Leopoldo Basa, El mundo de habla española, Valencia 1930  
Leopoldo Basa
de la Real Academia Gallega

El mundo de habla española

Prólogo de
Federico García Sanchiz

Cuadernos de Cultura
XXII
Valencia 1930

 

Cuatro palabras...

Leopoldo Basa. Es aquel señor de madurez comparable a la de una tarde serena; pulcro y suelto en el vestir, de ademanes seguros y suaves. En suma: un gentleman como no se encontraría otro en las avenidas de Hyde Park.

Su aspecto corresponde al espíritu, pues el amable hidalgo, que podría reposar en su holgura económica o dedicarse al deporte sentimental entre las muchachas soñadoras que prefieren a estos caballeros de sienes grises, anda siempre interesadísimo en asuntos que no le atañen de una manera directa y personal.

Característica de las almas grandes es apasionarse por ajenos problemas.

Y he ahí lo habitual en Leopoldo Basa: tutela de artistas, reivindicación de razas calumniadas, exhumación de olvidadas glorias.

No fue desde niño un ocioso entretenido, ni muchísimo menos un parásito. Ha trabajado de firme, en España y América, desempeñando en la Argentina cargos y puestos de verdadera trascendencia social, y puede caberle el orgullo de haber contribuido a modelar el futuro de la República del Plata. Todavía [4] joven regresa a España y, habitualmente, distribuye su tiempo entre Valencia, San Sebastián, Barcelona, Madrid y París. Silueta representativa en el Casino, la de este apacible mundano, con su voz queda, su risa indulgente, sus recuerdos que a veces desvela sin insistir demasiado..., un poco de espuma, si abajo, hay torbellino.

En realidad, Basa es una figura singular. No responde de ningún modo a la idea que se tiene del indiano, y que sostienen indefectiblemente aquellos nuestros compatriotas enriquecidos a fuerza de sudores allá en las Indias y que al fin retornan, casi petrificados por dentro y por fuera, a la aldea nativa. Por el contrario, sospecha uno que Leopoldo Basa fue a Buenos Aires a gastarse su caudal y que lo rehizo. Y no se sospecha, sino se sabe de cierto, que figuraba en los círculos intelectuales porteños, colaborando en los grandes diarios, publicando bellos libros. Acaso su vuelta a la patria obedece a su propósito de conservar su independencia, propósito que lograría de no apasionarse, como dije antes, por las cuestiones quijotescas. Por ejemplo, ahora...

Ahora la emprende contra el último despojo de que España está siendo víctima en América. Me refiero a eso de rotularla América Latina o Ibero-América. Desde un principio el Nuevo Mundo tuvo desgracia respecto de su bautismo, denominándosela por aquel usurpador Américo Vespucio. Y pase aún lo de Ibero-América, que completa el ideológico panorama con la aportación lusitana; de Hispano-América a Ibero-América va lo que de una fruta mondada a con la corteza. Por mi parte, yo prefiero comer las manzanas y los albaricoques con su tan sabrosa cáscara, que además dicen los doctores contiene el [5] mayor número de vitaminas. No me desagrada, sino que me ilusiona, redondear idealmente España con Portugal. Nada de anexiones políticas, pero sí integridad moral de los dos pueblos, que se hallan desgajados, mutilados: con exceso lírico Portugal, sin lirismo España... No divaguemos, que esto es Iberismo y contra él no va Leopoldo Basa, sino contra el Ibero-Americanismo, por las razones de orden americano, principalmente, que con buen juicio aporta; y tornando a lo nuestro, diré, que lo inaceptable del todo es llamar Latina a la América española, en la que incluso los elementos culturales italianos y franceses penetraron por obra y gracia de España: el Renacimiento transbordó en Sevilla y la Enciclopedia iba en las bodegas de los barcos de la Real Compañía Guipuzcoana.

Con gran copia de datos y de investigaciones directas, con apostillas sutiles, demuestra Leopoldo Basa la impropiedad de unos y otros remoquetes; de lemas y divisas que significan verdaderos hurtos, .a los que nosotros nos resignamos por algo que no se explica y que más que apatía constituye memez.

En cuanto a los hispanoamericanos, creo yo que la actitud de Leopoldo Basa y de cuantos con él coincidimos, debe halagarles, ya que sólo se pregonan y se requieren los parentescos satisfactorios.

Termino ya. Mi ilustre amigo el señor Basa ha querido que yo, contertulio del autor en el Casino de Madrid, dijera unas palabras antes de las suyas. Sea. Mas ello ha sido como si un fumador pidiese fuego a su vecino de corro. La cerilla es mía. El cigarro es de Leopoldo Basa. Y de los de Vuelta Abajo...

Federico García Sanchiz


El mundo de habla española

Utilitarismo e idealismo han sido los móviles de aquellos que colonizaron el doble continente americano. Los ingleses llevaron consigo el utilitarismo; los españoles, el idealismo.

En las doctrinas de Kant figura un precepto que dice: «condúcete de tal manera, que trates siempre a la Humanidad, ya en tu persona ya en la de otro, como un fin, sin servirte de ella como de un medio». Los ingleses vieron en América un medio para su gran utilitarismo; los españoles la convirtieron en un fin de su idealismo.

El utilitarismo inglés en América quedó tronchado al comenzar el utilitarismo norteamericano; pero el idealismo español, aunque sus hijas americanas se independizaron, continúa, si bien con otro espaldar y otro nombre: ahora se llama Hispano-Americanismo.

Acerca de la unión espiritual que esto significa y que puede muy bien colaborar en la implantación de beneficios prácticos, suenan otros nombres hiperbólicos y falsos, como ser Ibero-Americanismo y América Latina, totalmente injustos, infundados y perjudiciales al único legítimo, o sea, al Hispano-Americanismo. [8]

A demostrarlo así, manteniendo de paso la luciente crestería hispana, tiende este trabajo compendioso.

Al conjuro de asunto tan interesante acuden los argumentos en tropel, argumentos de carácter histórico, etnográfico, sociológico y lingüístico. Acuden entrelazados y hay que ordenarlos y abreviarlos a la vez, porque el entregarse al desarrollo que fácilmente pudieran adquirir, equivaldría a crear varios libros y esa no es la índole de este trabajo, concebido con la intención de obtener una exposición concisa al par que clara y convincente.

Un brevísimo prefacio hacia el campo de la historia antigua facilitará la llegada a deducciones exactas, por eso no lo omito.

* * *

Europa, especie de península occidental del Continente asiático, ha sido la gran plataforma de los hombres en cuanto se refiere a la significación de su cultura. En la estructuración humana, la savia de la Europa formada (no la de la Europa en formación) ha tenido y tiene importancia muy principal.

La Etnografía, ciencia muy reciente, nos da a conocer los distintos grupos más o menos importantes de la Humanidad, y nos permite describir en breves renglones la formación de Europa.

Dos individualidades étnicas se encuentran en los comienzos de la historia de su población: la aria y la indogermánica. Después, influida por Oriente, aparece la cultura griega. A continuación llega el florecimiento del Imperio romano, que interviene en el [9] desarrollo del celtismo y del germanismo; más tarde irrumpe éste y, con los pueblos letoslavos, cristaliza la Europa actual en el primer milenio de nuestra era.

Esto han venido diciendo los sabios años y años, hasta que hace poco, y con motivo del descubrimiento revolucionario de Glozel, esos mismos sabios se han insultado de una manera vergonzosa, llegando a decir algunos de ellos, entre mil cosas rectificativas y nuevas, que la civilización pasó de Europa a Asia; debido a lo cual, un escritor respetable ha manifestado, con muy buen juicio, que en Prehistoria la «verdad» es una mentira de la víspera.

A través de etapas históricas, largas y convulsionadas y después de suplantaciones presididas por políticas rígidas, van apareciendo los estados nacionales y se va produciendo la división etnográfica de Europa. Intercalados en el grupo románico, figuran los Estados español, francés, italiano y portugués, de idioma y costumbres diferentes y con una separación más acentuada entre sí, a pesar de estar en un mismo grupo, que la que puede existir por ejemplo entre ingleses y escoceses o entre alemanes y holandeses, que están en grupos diferentes.

Ahondando en los estudios etnográficos llegamos a las culturas matriarcales y patriarcales; la tometista, la americana emparentada con la tometista, la malayopolinesia, la indogermánica y la de los pastores. Y así, estudiando e investigando, al alejarnos del momento del descubrimiento de América, nos perdemos y divagamos, porque tales son los arcanos de la historia y más aún los de la prehistoria, que ambas juntas podrían llamarse «la ciencia de la rectificación». [10]

Por otra parte, mucho más que la Historia puede la Infrahistoria y en virtud del dinamismo de ésta las influencias extrañas tallaron poco el alma española. En todo el Continente americano tendría fuerza la propia Infrahistoria si los indios diversos no hubieran desaparecido en casi su totalidad; pero como desaparecieron, la Infrahistoria que allí gravita es la de la raza colonizadora que fue de Europa. En una parte grande del norte, Historia e Infrahistoria inglesas; en el resto, el Centro y el Sur, Historia e Infrahistoria españolas.

Abandonando el tronco para subir por las ramas, en alguna de ellas llegaremos a encontrarnos con los latinos, de igual modo que persistiendo en tales rutas arbóreas y aéreas nos encontraríamos todos en la civilización cuaternaria. Pero eso no es más que rebuscar y extraviarse, y a cambio de tal extravío nos hallaremos en sitio de claras orientaciones si nos circunscribimos al tiempo antes citado, al del descubrimiento de América. Ese es el momento espectable (tras de otros precursores) en que los nexos de unión que de grupos afines hacen un pueblo formaron definitivamente el español en el mismo solar, de idéntica religión, de lengua y destinos comunes, de cultura y convivencia iguales. Ese pueblo, o sea España, sintió la conciencia de sí mismo, que es lo que da la fuerza definitiva a los pueblos; y, alejado de todo estatismo, formó un estado fuerte, un pueblo robusto y bien definido que desarrolló su actividad histórica en valerosa expansión por el mundo. Y así llevó su sangre y su idioma, o sea su raza, a Méjico, a una parte de los Estados Unidos del Norte, al Centro y Sur-América, a las Islas Canarias, Filipinas y Marianas, sin perjuicio de dominar en vastas zonas europeas [11] de otras razas, como ser los Países Bajos, Italia, parte de Francia, Portugal y algo de Africa. Debido a esto se acercan actualmente a cien millones los seres que en el mundo hablan el idioma español (contando los judíos de Oriente y una pequeña parte de los referidos Estados Unidos).

El momento del descubrimiento de América señala la cristalización de la raza hispana, acentuada y desarrollada después en forma asombrosa, en el doble Continente americano.

* * *

España terminó la reconquista de su tierra obedeciendo a una obra política y nacional más que a una obra religiosa. El Rey Don Jaime, en Valencia, repartió tierras por igual entre labradores cristianos y labradores moros, anunciando serios castigos a unos y a otros si abjurasen de sus respectivas religiones. Este gran rey amaba la sinceridad por encima de todo.

El infante Don Juan, hijo de los Reyes Católicos, que guerreó contra los moros, decía que no guerreaba contra ellos por infieles, sino para recuperar el territorio que habían quitado a los españoles. Entre moros y cristianos no era fatal ni feroz el factor religioso. Así lo demuestran el sinnúmero de pactos y aún la compadrería que durante ocho siglos hubo entre moros y cristianos españoles. (Mantiene este aserto don Miguel de Unamuno.)

La civilización de los sarracenos hacía menos ingrata su dominación. Eran flexibles, eran tolerantes, eran sabios y artistas. [12]

El idioma español, cuando los árabes entraron en España, estaba ya formado con palabras que tenían su etimología en el latín y en el griego; por eso la influencia árabe no fue grande en el idioma, pero sí lo fue en las costumbres del pueblo y por lo tanto en su psicología. Regiones hay en España que aun son árabes y lo seguirán siendo durante siglos. El Levante español, paraíso de energía y de luz, en el que los naranjales tienen las ufanías del perfume y del oro, guarda el alma mora. La guarda y no la esconde. Más árabe es España que latina. Con los romanos no comulgó jamás. La soberbia romana tropezaba con la soberbia española y corría sangre gloriosa. Sagunto y Numancia lo recuerdan. Con los árabes no fue igual.

En la España árabe, fuera de las épocas eminentemente guerreras, las ciencias y las artes tuvieron un gran esplendor. El pueblo mozárabe (cristianos sometidos) vieron sin disgusto como las lanzas y las espadas se convirtieron un día en instrumentos de agricultura. Supieron con respeto como alguna de las bibliotecas moras tenía seiscientos mil volúmenes, producto de sabias rebuscas en todos los países conocidos, y como los maestros y alumnos de la Universidad de Córdoba eran universalmente celebrados. Se enteraron con curiosidad y aprovechamiento de los estudios que los moros hacían en su corte sobre bibliografía, teología, judicatura, medicina, alquimia, botánica, historia, filosofía, matemáticas y astronomía.

Supieron con asombro cuán grande era la erudición de las mujeres musulmanas, brillando como poetisas y doctoras. Vieron con aprovechamiento y gratitud el cultivo del arroz, del algodón, de la caña [13] de azúcar, de la palmera, las manufacturas de cerámica, seda, algodón, paño y la aplicación del añil y la cochinilla para el tinte de pieles. ¡Fácil es comprender lo que puede y graba una cultura superior que actúa en un país muy cerca de ochocientos años! Por todo esto, hace muy poco, España y en su nombre Córdoba, un tiempo Atenas de Occidente, joya del mundo que tuvo por centenares los baños públicos y conserva como tesoro insuperable la Mezquita, celebró el primer milenario de la proclamación del Califato en aquella ciudad, rindiendo así admiración y tributo a un ayer de hace mil años, de gloriosa civilización, única entonces, única y maravillosa.

Tras la decadencia de la monarquía visigoda, que terminó en Don Rodrigo, hubo en España la invasión musulmana, y tras la decadencia musulmana, que se inició a la muerte de Almanzor, hubo la reconquista española, que terminó en Granada. En la raza española existen por esto dos grandes gérmenes, visigodo el uno, árabe el otro; el germen latino es casi nulo, hay que buscarlo con microscopio, como dijo muy bien un argentino, el ingeniero Federico Correa.

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Al finalizar el siglo XV estaba en su gran período, el asiento de la raza hispánica. Hasta la dinastía era genuinamente española, indígena, aragonesa y a la vez catalana y castellana. Si el príncipe Don Juan, a quien antes aludimos, no hubiese muerto prematuramente en Salamanca, no se hubiera interrumpido tampoco lo castizo de la dinastía española. Pero, a pesar de todo, la raza no se alteró en su esencia, [14] aunque más tarde vinieran Habsburgos y Borbones a regir los destinos del pueblo español. Ese pueblo recio, caballeresco, indómito, soñador y en su gran mayoría sano de alma, fue el que descubrió, pobló y civilizó América. La civilización que allí encontró de los aztecas y los incas fue muy grande; pero esa civilización tenía una laguna terrible, una quiebra lamentable, la de los sacrificios humanos que se hacían por millares. La civilización cristiana, reputada como la mejor del mundo, fue la que allí enseñaron los españoles.

Si es cierto que los muertos mandan, en España los tenemos imperiales, empavesados en sus sepulcros irradiantes, hablándonos de nuestra unidad y de nuestro origen definitivo. Esos muertos-guías, muertos-antorchas que han formado nuestro techo nacional, que lo han imbricado tan fuertemente que las tejas no se han roto ni separado, pueden visitarse, sabemos quiénes son y dónde están. Colocaron las últimas tejas del gran cobertizo, tanto en el orden moral como en el material, suprimiendo los toldos y pabellones que antes se encontraban en el suelo de España dividiéndolo y subdividiéndolo en enconadas y sangrientas luchas.

Granada y Alcalá de Henares guardan los sepulcros principales. Isabel, Fernando, Cervantes.

La capilla Real de Granada, sepulcro de los Reyes Católicos, sintetiza con su belleza plástica el momento histórico del descubrimiento de América. Ternura y fuerza; confianzas terrenales y sobrehumanas; temperamento fraternal todavía no agriado por la guerra de las Comunidades en Castilla.

Todos los españoles pudientes debieran de peregrinar un día de su vida a ese monumento gótico y [15] con ellos los americanos de origen español, porque aquella capilla que guarda tan emocionante mausoleo, guarda también la síntesis de nuestra raza, el timón del arado que, ajustado a una nueva civilización, empezó a labrar la tierra americana.

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Yo creo que es fácil hacerse cargo de casi todo lo que precedió al descubrimiento de América; pero lo que no se puede comprender ni saber, por más que se estudie y por mucha que sea la imaginación que se tenga, es todo lo que pasó durante los primeros cincuenta años del dominio español en las dilatadas tierras de la confederación azteca y del imperio incásico, donde tan grande y prodigiosamente actuaron Cortés y Pizarro.

Nada fue lo que lucharon los españoles con los millares de indios, ni con las fieras, ni con las condiciones climatológicas del Nuevo Mundo, ni con las distancias espantables, ni con el suelo ignoto y pavoroso en su extensión y variedad, ni con las enfermedades; nada fue, digo, eso (unido y aun ampliado), al lado de las luchas de toda clase que sostuvieron entre sí.

Los buenos historiadores de ahora eliminan todo prejuicio de índole religiosa, política y nacional, y, dentro de las mejores normas, prescinden de sus ideas modernas y se adaptan al medio en que actuaron los personajes que estudian.

El juzgar aquellos tiempos desde los nuestros es muy difícil. Nuestro ambiente nos perturba, nos [16] ofusca, nos llena de soberbia estúpida. Pero si libres de todo prejuicio y dentro de una justedad perfectamente equilibrada entramos a analizar aquellos tiempos, tenemos que justificar muchas cosas que el vulgo repudia y condena, sobre todo el vulgo extranjero.

De acuerdo con esto cabe pensar que si por ejemplo el lobo Lope de Aguirre hubiera nacido en estos tiempos de cinematógrafos, bares, teatros, automóviles, cabarets y campeones de baile, quizá se hubiera quedado en perro de policía; así como, de haber nacido entonces, es posible que hubieran sido lobos muchos de los que hoy no pasan de ser perros falderos.

Lope de Aguirre era hijodalgo, hijo de señores vascos, oñacinos, y se fue a América, como se fueron en aquel entonces otros cientos y otros miles.

Iban los segundones nobles, iban los bandidos de peor laya, los buenos y malos soldados, los grandes y los mediocres capitanes; iban los ambiciosos, los patriotas, los amantes del rey, los enemigos del rey, los que habían simpatizado en Castilla con los comuneros, los que los odiaban y querían a los alemanes; iban los curas sin conciencia y los curas virtuosos; iban los criminales que andaban huyendo de la justicia. Iba todo y en ese todo había de todo: patriotismo, nobleza, ansias de gloria, amor a la quimera del oro y la maldad, eterno baluarte esta última, donde se han atrincherado y se atrincheran los desheredados rebeldes que son perversos.

La vida de un hombre entonces no valía nada. Los escrúpulos nacidos de civilizaciones posteriores no existían. El fuerte era el que mejor triunfaba. En esa fortaleza encontraba necesario asiento la crueldad. El que era fuerte, si al par era muy bondadoso, [17] sucumbía. De las cuestiones religiosas se valían los políticos, de las cuestiones políticas valíanse los religiosos, de ambas cosas se valían los guerreros. Imposible era deslindar tales campos en la Europa de entonces. En ella hubo, en la primera mitad del siglo XVI, una brillante alborada muy favorable a la actividad de la civilización, que fue interrumpida en Francia por el furor y el odio sañudo que tan incomprensiblemente despiertan las cuestiones religiosas, ya que debieran ser siempre sencillos derivados de amor y paz. Las matanzas más horribles, los asesinatos más crueles, los incendios más injustos, todo un desgarramiento doloroso, enemigo hostil de principios vivificadores, invadió Francia, llevando sus coletazos hasta la colosal monarquía española. De ahí muchas de las injusticias, a veces crueles, cometidas en América, hijas de una generación torpe que, especialmente en Francia, condujo a exacciones tiránicas, a presiones abusivas y a devastaciones crueles. Es frecuente atribuir esto a España solamente, cuando su actuación en tal sentido ha sido secundaria, aunque después de empezada esa etapa de represalias odiosas se prolongase más en España que en los otros países.

Para darse ligera idea de cómo andaban las cosas en aquellos tiempos, por ejemplo en Inglaterra, baste saber que Enrique VIII mandaba matar a todo el que negase que eran legítimos los hijos bastardos que él tenía.

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En América, los encomenderos del Perú se convirtieron en señores feudales. El ansia de libertad de los comuneros de Castilla contra la absorbente [18] autocracia austríaca se manifestó en América entre los descontentos, que hasta llegaron a hablar de hacer Rey del Perú a Pizarro y a D. Sebastián de Castilla; y por último en el espíritu de los insurgentes, a cuyo frente, de un modo más o menos falseado, se puso Lope de Aguirre.

En breves líneas he aludido al estado social de Europa y América en el siglo XVI, como marco necesario para toda descripción pequeña o grande que quisiera hacerse del prólogo de la vida hispanoamericana.

Al aludir a la Independencia de América y a sus preliminares, los recuerdos históricos iluminan las figuras de Bolívar, San Martín, Sucre, Miranda y Nariño; pero su luz no llega a Lope de Aguirre, y, sin embargo, el documento que él y sus doscientos marañones firmaron el 23 de Marzo de 1561, fue el acta primera de independencia americana, según yo creo y hube de recordar en un ensayo que publiqué el 20 de Enero de 1927 en el suplemento literario de La Nación, de Buenos Aires, titulado «El primer separatista de América».

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Los caciques indios ofrendaban perlas y oro a los españoles en señal de amistad. Uno hubo que ofreció a Vasco Nuñez de Balboa su propia hija, la princesa de Coiba, y el ilustre adelantado, prendado de su belleza, la tuvo por compañera y fue leal amigo y aliado de su suegro. Este insigne capitán español, valeroso, noble y camarada, como ningún otro, de sus hombres de guerra, tiene un puesto importantísimo en la historia de América debido a sus grandes [19] hechos, entre los que culmina el descubrimiento del Océano Pacífico, que logró hacer presa de la más grande emoción, emoción que revive en todos los que ahora, después de más de cuatrocientos años, leemos lo que aquel capitán dijo, tremolando el pabellón de España, desenvainado el acero y entrando a pie por aguas del Pacífico hasta que éstas le cubrieron el pecho.

En actitud dramática, con la fuerza de un romanticismo epopéyico, así conminó:

«¡Vivan los muy altos y poderosos reyes de Castilla, los más grandes de la Tierra, D. Fernando de Aragón y doña Isabel de Castilla!... ¡Yo, Vasco Nuñez de Balboa, en sus nombres y en el de la Corona de Castilla, tomo real, corporal y actual posesión de estos mares, tierras, costas y puertos, con las islas del Sur y todo lo anexo a ellas! ¡Y si cualquier príncipe o capitán, cristiano o infiel o de cualquier ley o secta, sea la que fuere, alegase pretensión o derecho a estas tierras y mares, reinos y provincias que les pertenezcan o puedan pertenecerles, estoy pronto y preparado para defenderlas y mantenerlas en nombre de los soberanos de Castilla, presentes y futuros, los cuales ostentan imperio y dominio sobre estas Indias, islas y tierra firme del Norte y del Sur, sobre todos sus mares y entrambos polos ártico y antártico, y en ambos lados de la línea equinoccial, dentro o fuera de los trópicos de Cáncer y Capricornio, ahora y siempre, mientras el Mundo dure y hasta el día en que sea llamado a juicio todo el género humano!...» [20]

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Espíritus de gallardía, romanticismo y valor como el de Vasco Nuñez de Balboa; espíritus de rebeldía y peregrinación como el de Aguirre el loco o el lobo, no se apartaron aún de la tierra americana. En ella encarnaron frecuentes veces en los gauchos legendarios, fieros, fuertes, altivos, dignos, sin disciplina posible, tan pronto feroces como los lobos, tan pronto nobles como los perros. Montoneros de arrogancias singulares, son hombres de hierro, verdaderos sagitarios en sus caballos criollos. Sus arneses son de cuero y plata, sus chambergos los llevan puestos como para requebrar mocitas, ya que en ellos va una flor; sus estribos son argentados y las botas de cuero terminan en espuelas de gran espiga y mucho ruido. Detrás, en la cintura, llevan la daga grande, o sea el facón que en la lucha manejan sonrientes hasta morir si es preciso para su honor y valor; para morir riendo, como si amasen una muerte bella. Los pocos gauchos que ahora quedan son caballeros de otros tiempos, son aventureros de las Pampas, disfrazados de buscadores de nuevos rumbos; son nietos de aquellos españoles que fundaban pueblos, de paso que la Quimera los empujaba.

Pero, tristeza da el decirlo si se piensa con romanticismo, a sus caballos criollos los van barriendo los caballos de los motores de los automóviles, y a ellos, a los simpáticos gauchos, cuatreros en el buen sentido de la palabra, pintorescos y bravos, los barren, en sus ricas llanuras, olas humanas nada simpáticas, olas turcas, olas rusas, olas judías, olas de gentes antípodas de ellos y de sus intrépidos ascendientes, aquellos bravos soldados y a la vez [21] padres navegantes, como con tan amoroso acierto los designa el muy ilustre argentino Ricardo Rojas.

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Para conjeturar algo acertado referente a la cultura que a América pudieron llevar los españoles en los primeros cien años de su conquista, basta dar una ojeada a la cultura española de entonces, y de ésta, en particular, a la sevillana, ya que Sevilla fue la madrina de América en los comienzos de la colonización hispanoamericana.

Tres bibliotecas particulares había entonces en Sevilla, iguales a las mejores del mundo y no superadas por otra alguna de igual carácter: la de don Fernando Colón, hijo del gran almirante; la del duque de Alcalá y la del doctor Luciano Negrón.

El ansia de cultura era tan grande entonces, la afición a saber tan desmedida, que en estas bibliotecas, de fácil acceso al público, estaban los libros o atados con cadenas o puestos tras de fuertes rejas de alambre, a través de las cuales podía entrar una mano para hojear y consultar; pero de allí no podía salir el libro, pues, de otro modo, se los llevaban.

Esto algunos lo consideraban como falta de cultura y yo entiendo que era ansiedad de ella, por lo mismo que la adquisición de los buenos libros de ciencias, letras y artes, era entonces muy difícil y costosa.

El Renacimiento se extendió por Europa en los comienzos del siglo XVI, llegó a las comarcas españolas y transformó el mundo viejo en otro totalmente nuevo. Surgió el entusiasmo por las investigaciones y estudios de las épocas antiguas, y a su calor fueron [22] apareciendo anticuarios, humanistas, jurisconsultos, eruditos y poetas, que dieron forma a una conveniente y nobilísima emulación entre los hombres y muy especialmente entre italianos y españoles, en los ramos del saber y de las artes.

Entre tal ebullición del intelecto, las carabelas españolas llevaban a América hombres de ciencia, artistas, capitanes, literatos, artesanos y soldados. Mucho han comentado y exagerado las lacras de tales muchedumbres; en cambio su acción benéfica en aquellas tierras donde todo estaba por hacer, se estudió menos o se elogió con sordina. Ahora, por fortuna, la Justicia mundial alborea. La crítica, manejada por hombres ilustres de todas las razas, va cambiando en nuestro favor. No somos ni fuimos bárbaros ignorantes, ni crueles, como cosa excepcional y tal como hasta ahora se vino diciendo sistemáticamente.

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De un acertado ensayo de José María Salaverría, lleno de justedad, como todos los suyos, hablando. del famoso Conde Keyserling, uno de los sabios que más interés despiertan en la época moderna, tomo los párrafos siguientes:

«Por lo que nos interesa a los españoles, tenemos que reconocer que la fortuna, por el momento, se inclina de nuestra parte. Los más destacados de estos sabios a la moderna atribuyen a España una consideración a la que no nos tenían habituados los grandes intelectuales extranjeros. No es sólo consideración, sino preocupación trascendente, y además una honda simpatía. Cuantas veces tiene que hablar [23] Oswaldo Splenger de algún punto de la Historia de España, lo hace con un acento grave y respetuoso; Waldo Frank se interesa por España profundamente, y Keyserling, de modo extraordinario.

Lo singular en este caso es que el motivo de la nueva estimación se basa en virtudes que hasta hoy eran consideradas como negativas. Es decir que lo español tiene un valor por lo que menos se podía esperar: por su sentido antiindustrialista, antiprogresista, antieficacista de la existencia. Con lo cual una vez más se nos demuestra que nada hay menos fijo y consecuente que las ideas; las teorías vienen, van, vuelven con la inestabilidad con que se conducen toda las cosas en un mundo expuesto a eternas sorpresas Nos hallábamos, en efecto, los españoles situados en una posición como de excluidos; es decir, fuera de la cultura. El siglo XVIII, y luego con redoblada insistencia el siglo XIX, afirmaron que el espíritu español, el sentido español de la vida, era positivamente adversario de la civilización.

Y ahora es cuando el pensamiento extranjero da la vuelta y se decide a resaltar ciertas virtudes españolas que antes se tenían por vicios o errores. No habrá sido pequeño el asombro de muchos españoles cultos cuando hayan oído decir al conde de Keyserling que la civilización que España formó en América es superior a la que los ingleses y demás pueblos septentrionales establecieron en los Estados Unidos, y esto porque nuestra civilización se fundó sobre el espíritu profundo y permanente de la tierra, al revés de los norteamericanos que no sienten la tierra, que no estiman la tierra más que como un mero valor industrial. Después de haber soportado durante tanto tiempo una opinión completamente [24] contraria, puesto que se acusaba a la colonización española de no buscar más que el oro y de desdeñar la agricultura, esta versión del filósofo báltico suena con un tono de incomparable reconciliación.»

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Poco hacía España en América tendiente a formación y desarrollo de factorías comerciales, que es lo que hicieron y aun hacen otros países que van en la vanguardia de la vida moderna. No cimentaba España factorías, cimentaba naciones, como más tarde se vio en el nacimiento de diez y nueve de éstas. Hizo allí verdaderos ciudadanos libres, siendo el primer protector de los indios el mismo Felipe II que hasta prohibió que los curas pudieran heredar a aquéllos para evitar de tal modo presiones odiosas en los últimos momentos de la vida de los indígenas, quienes por este y otros hechos quedaban amparados de tal modo que, cuando llegó el momento para entrar en la categoría de ciudadanos y hombres civiles con patria propia, estuvieron perfectamente capacitados para ello, aparte de las naturales convulsiones que surgen siempre de las pasiones desatadas y de las ambiciones humanas.

Por esto, si España ha perdido las colonias materiales, las espirituales las conserva, y ahí está, para probarlo, el recuerdo de la emocionante Exposición Hispano-Americana de Sevilla.

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El aporte cultural de España a aquellos países, en lo que a las artes industriales se refería, fue muy [25] grande. Llevó todo lo suyo, mucho de otros países europeos y perfeccionó lo que encontró. Los misioneros, los artistas y los artesanos de los distintos gremios fueron los que dieron tal impulso, al cual contribuyeron poderosamente los Cabildos allí instituidos, con sus ordenanzas y reglamentos, que, en definitiva, no eran otra cosa que verdaderos tratados de procedimientos industriales. Merced a éstos se fueron fabricando telas, joyas, cerámicas, libros, grabados, armas, esculturas, navíos, &c. El día que España se resuelva a hacer un museo, que ningún otro país podrá tener, «Museo Colonial Americano», si se hace con acierto y riqueza, se probará al mundo de modo convincente lo mucho que valió y pesó la Civilización Española en las Indias.

Como datos luminosos y para muestra, recordaremos que en el año 1535, instaló España una imprenta en la Ciudad de Méjico, y, catorce años después fundó la Universidad de Lima.

Los capitanes españoles, exploradores y fundadores, al par que guerreros, en aquel continente inmenso no reconocido aún ni sondeado en su totalidad, a pesar de los siglos que han pasado, venteaban el porvenir con un sentido y un acierto tan prodigiosos casi siempre, que hoy impresiona el estudiarlo y así advertirlo.

En el sitio que juzgaban más apropiado (y hay que ver las cosas que se han de tener presentes al fundar una ciudad) clavaban una gran estaca. Era este el primer monumento, el más significativo, el más transcendental, la base de toda sociedad bien organizada, el árbol donde se hacía justicia. Después y poco a poco iban creando los órganos vitales de todo pueblo: el Fuerte, el Hospital de Caridad, [26] la Iglesia Matriz, el Cabildo, la Aduana, la Casa de Gobierno, el teatro, los cafés, los hoteles, los comercios, las mansiones solariegas y no solariegas, todo ello con calles que, entonces y relativamente, eran mucho más de lo que hoy son los mejores bulevares de las capitales modernas. Y así empezaron ciudades como la de Buenos Aires, que, en la actualidad se acerca a dos millones y medio de habitantes y tiene las perfecciones y los refinamientos de las mejores capitales modernas.

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De los hombres que España tenía entonces a su servicio para su medro mejor y su mejor triunfo en la siempre difícil política internacional, dan una idea los tres notabilísimos que en Italia poseía en tiempos de Felipe II. En Nápoles el Duque de Osuna, hombre de visión genial y que como pocos conocía la ciencia de las fuerzas materiales y morales. En Venecia el Marqués de Bedmar, de extraordinaria inteligencia y táctica sutilísima y en Milán el Marqués de Villafranca, enérgico, sin dejar de ser astuto, prudente y previsor. Unidos estos tres grandes hombres, como en efecto lo estaban, hacían temible la política de España en Europa. Entonces la nación española tenía, como siempre tienen los países fuertes, el hombre que para cada cosa le era necesario, y así, con toda la energía, la firmeza y el poder resultantes de la suma de las distintas cualidades a que he aludido, fue inyectando paulatinamente vida europea en las dilatadas regiones americanas. [27]

* * *

Poco enaltecernos los españoles aquella época y aquella epopeya de proyecciones nunca bien estudiadas ni descritas. Hasta encontramos ridículo el hacerlo, sin pensar en que si otros hubiesen realizado hechos tan rutilantes (los más grandes como influyentes en la Historia y en la Civilización) no cesarían de contarlos, escribiendo su canto con letras de oro.

Hemos callado mucho tiempo, o mejor dicho, hemos hablado muy poco, y los de afuera para inutilizarnos de todas las maneras, porque éramos muy fuertes, acecharon nuestras faltas, las agrandaron, las pusieron al sol e hicieron sonar los clarines para que el mundo las supiese y nos obsequiase con su bilis negra.

En el momento en que en la vida surge un gran hombre o pasa un hecho extraordinario, la leyenda se apodera de ellos, los barniza, los amplía, los disloca, y la humanidad vacua disfruta pasando el goce de generación a generación, eternamente. Pero la leyenda, hembrita dócil y muchas veces malintencionada, sirve también de cómplice a los aviesos y envidiosos, y, obediente a los mismos, abrillanta por los siglos de los siglos las calumnias más infames.

Menos mal que ahora, como antes dije, los estudiosos de casi todos los países que van a la cabeza, sacan de los arcanos nuestras glorias olvidadas, las bordan, las pulen y las glosan. ¡Secundémosles los españoles, o, por lo menos, recojamos el eco de su admiración y contribuyamos a expandirla por el mundo! [28]

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Del poder material y espiritual de aquellos españoles, noblemente aventureros, aun se habla hoy en los grandes acontecimientos mundiales. Así, con motivo del viaje de Mr. Herbert Clark Hoover a los países hispanoamericanos, díjose en Norte-América que, aunque el Presidente electo de los Estados Unidos se embarcaba en el gigantesco acorazado Maryland, orgullo de la flota del Pacífico, iba en condiciones parecidas a las de Francisco Pizarro y otros conquistadores españoles, que fueron en débiles carabelas, con la diferencia de que la conquista iniciada ahora por Hoover, sólo tenía un carácter de buena voluntad. En esta cita y en el parangón que ella encierra hay un contraste de gran humorismo y es que la conquista material de América la hicieron unos cuantos españoles en zuecos de hadas, y la conquista moral de la misma la preparó ahora Mr. Hoover, en dos formidables acorazados, el Maryland del Pacífico y el Utah del Atlántico.

El ilustre ciudadano de vida pública excepcionalmente meritoria, el honrado nieto de cuáqueros, que manejó, con el mejor acierto, nueve mil millones de dólares durante la gran guerra en compra y venta oficial de víveres, quiere hacer en la América española una conquista espiritual. Quizá le acompañe una buena fe; pero antes que él, con él y después de él, estuvo, está y estará la famosa doctrina de Monroe, interpretada de mil modos diferentes, o sea, como mejor convenga. (Hablando del águila yanqui y de sus codicias imperialistas, ha publicado un libro bien documentado, que se titula «Yanquilandia Bárbara», el escritor argentino Alberto Ghiraldo.)

Son incompatibles con los sentimientos amistosos ofrecidos por Hoover a las naciones hispano-americanas, [29] las intervenciones de los Estados Unidos en Nicaragua y Haití y el envío a otras repúblicas hermanas de oficiales y soldados norteamericanos para organizar fuerzas militares y navales. Tal anacronismo patentiza la falta de sinceridad en todo lo que al respecto se anunció y prometió. Así lo declaran también algunos pacifistas yankis, como por ejemplo, la sociedad de esa índole llamada Peoples Lobby.

Entró España en la arcaica existencia americana, quedando maravillados los españoles de la cultura bárbara que hallaron en Méjico y en Perú, como antes se dijo. Los libros españoles de Oviedo, Pedro M. de Anglería, Colón, Padre C. Molinos, Padre J. de Acosta, Padre Avendaño, B. Ribera de Sahagún, F. Ximénez, Cieza de León, Garcilaso de la Vega, Padre R. de Aganduru y otros, así lo pregonan.

Estas declaraciones conscientes y de tan marcada autoridad, hacen honor a la justicia y a la cultura hispánicas de aquellos tiempos.

El esfuerzo de los descubridores hacia todos los ámbitos, su vida quimérica llena de grandes virtudes en los más y de grandes vicios en los menos, vida de grandes aciertos y de grandes errores, produce asombro.

No es justo aludir a tales tiempos y omitir la cita de aquellos a quienes Ricardo Rojas, el gran pensador argentino, pensador y poeta, dio como ya se dijo, el nombre eminente y emocional de «padres navegantes». Cortés, Pizarro, Elcano, Lagazpi, Urdeneta, Almagro, Valdivia, Balboa, Ponce de León, Solís, Irala, Garay, Loaysa, Saavedra, Grijalba, Gaytán, Mendaña, Quirós, Torres, Meneses y Lazcano.

La conciencia hispánica de aquel entonces, sus hombres de letras, sus capitanes y descubridores, su [30] fuerza expansiva en fin, acusan un vigor perfectamente concentrado, no un vigor derivado de nada ni de nadie, vigor de una raza, de un pueblo típico, inconfundible, definido: pueblo español.

Fuentes de libertad son las organizaciones municipales españolas transplantadas a América y fuentes de libertad son las leyes españolas de Indias, fórmulas legales que ninguna civilización superó, ni aun igualó. Después, las obras del eminente y hoy admirado en todos los países civilizados, Francisco de Vitoria, fundador del Derecho internacional. Hombres civiles como Don Félix de Azara cuya figura gloriosa veneran los intelectuales americanos. Don Félix de Azara, geógrafo, geodesa, gran colonizador y político, que, en lo tocante a la posesión de la tierra, quería resolver en el siglo XVIII problemas hondos que aun hoy no están resueltos en los países más cultos y avanzados.

¿Qué participación tiene Latio en todo cuanto se deja dicho? Esta breve digresión sirve para demostrar que, en el momento de descubrir y poblar América, España tenía una raza totalmente suya. La calidad de ese linaje ha venido perpetuándose de generación en generación. Podrá España haber desaparecido un tiempo de la vanguardia humana por cansancio, pero no por haber degenerado. La cita de varias opiniones de extranjeros, emitidas al respecto, darán más fuerza a este aserto que cualquiera otro razonamiento propio o nacional, por muy bien argumentado que él estuviera. [31]

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Un escritor portugués, Agostinho de Campos, dijo que lo que han padecido los españoles ha sido «Gigantismo», no decadencia, y lo demuestra en esta forma: «España tuvo la desgracia de ser durante el siglo XVI, señora de media Europa. En virtud de su propia energía y auxiliada por otras circunstancias, España pasó los mares y fue señora de medio mundo. Para no decaer nunca, después de todo esto, hubiera sido necesario que conquistase y conservase la otra mitad de Europa y la otra mitad del mundo. En lugar de esto, España salió de donde había estado pero quedó donde siempre estuvo.»

El Ministro de Marina de la República Francesa, Mr. Georges Leygues, hablando una vez de España y dirigiéndose al Rey Alfonso XIII y a su Gobierno, ha dicho, entre mil cosas bellas, lo siguiente: «Ninguna raza es más altiva, más cortés, más enérgica ni más valiente que la vuestra. Ningún país tiene como España un pasado tan rico en actos caballerescos y en intrépidas aventuras. Ha sido España la que constituyó el primer gran Imperio después de la caída del Imperio romano. Estos grandes recuerdos llevan consigo la promesa de un futuro lleno de brillantez y prosperidad, cuyo renacimiento saludamos ya con admiración. ¡Tierra de epopeya y de grandeza tal es la España que yo veo y comprendo!»

Un ilustre escritor checoeslovaco, Mr. Vlatismil Kybal, ha publicado un libro sobre España titulado «Ospanelsku», en el cual, entre muchos párrafos halagadores para el amor propio español, elijo uno solo referente a la raza. Dice: «los españoles han realizado en la historia una labor gloriosa y la historia de ellos es la historia de una gran nación. La gloria española ha abarcado no solamente Europa, sino el [32] globo entero, y existen hoy casi cien millones de habitantes de la tierra que hablan la lengua de sus descubridores. Los mismos españoles tienen una viva conciencia de la grandeza de su nación y una fe firme de su digno porvenir. La España moderna, progresiva, ilustrada, laboriosa y rica, está llamada a desempeñar un gran papel, no sólo en la Península Ibérica, sino también en Africa.»

Casi todo el mundo ignora la relación que Mister Evans, primer comandante del Yowa, buque de la escuadra norteamericana, hizo del combate de Santiago de Cuba. En su relación afirma que jamás se dieron iguales ejemplos de heroísmo y de fanatismo por la disciplina militar; que en las páginas de la historia nada hay registrado semejante al valor y a la energía de que él fue testigo, y, refiriéndose a alguno de esos actos, manifiesta que sólo puede definirlos llamándolos «actos españoles».

Un marino argentino, Costa Palma, Comandante de «La Sarmiento», dijo en Sevilla que la raza hispanoamericana tiene una gran misión que cumplir y que esa misión la cumplirá para glorificarse y demostrar sus altos designios. Y lo dicho en la misma ciudad por el eminente embajador argentino Enrique Larreta, llega a producir en los españoles la más grande y duradera de las emociones gratas.

Los americanos de origen hispano son de su hora sin dejar de ser de su estirpe, pero mucho más de aquélla que de ésta. Los españoles son de su estirpe primero y de su hora después. Mas no se crea que esta pequeña diferencia en el ritmo intelectual y sentimental de tales hermanos perjudica a la raza, no, más bien la favorece, llevándola a un sano equilibrio. [33]

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El ir recopilando los relatos y comentarios honrosos para España, que en una y otra ocasión fueron haciendo hombres ilustres de todos los países, daría un resultado fatigoso.

Todo esto y mucho más del tiempo nuevo unido a lo del tiempo viejo, mantiene el alma de España en América; acusa la raza que, tras la investigación, brilla como brilla al sol la roca con hojuelas de mica. Es el espíritu fuerte de la estirpe afincado en el Escorial, en la Alhambra, en las fábricas vascas, en la industria catalana y de otras regiones, en la agricultura de Valencia, Cataluña y Castilla, en un rincón sagrado valenciano, Sagunto, donde frente a la tradición y a la historia está una de las fábricas de hierro americano más importantes del mundo. Es el espíritu de la raza guardado en la obsequiosidad andaluza y levantina, en los campos de sus tierras plenos de frutas y flores; en el vigor, honradez, laboriosidad e inteligencia que distingue a los de la región gallega; en el noble trigal castellano, en la serena sobriedad de sus colonos y amos, en las cepas jerezanas y otras cepas, en el tesón aragonés aplicado a las actividades de la inteligencia humana y que produce ejemplares como Ramón y Cajal y Joaquín Costa. Está ese espíritu en el litoral español, único en el mundo, por bañarlo tres mares muy diferentes, a pesar de estar unidos, lo cual crea características múltiples y pintorescas. Está en Don Quijote y en Toledo, Compostela, Avila, Granada, Salamanca, Segovia y Burgos. Con objetos sacados de los archivos, catedrales y casas particulares de esos y otros pueblos se formó ha poco en la Exposición Internacional de Barcelona «El Pabellón Nacional», que, a poder conservarlo tal como fue, llegaría a clasificarse como [34] uno de los mejores museos del mundo. Esas ciudades españolas no son camaranchones de trastos viejos, sino cámaras cuidadas de magníficos recuerdos históricos. En ellas todos los hombres estudiosos y muy especialmente los americanos cultos encuentran la vida del tiempo viejo, vida de místicos, de estudiosos, de pícaros, de soldados, de aventureros, de tapadas y de galanes, vida de arte, de ciencia y de sensualidad. Allí el alma española compleja, contradictoria, ruidosa, original; allí el misticismo, la picaresca, el humorismo y la pasión, el realismo y la caballería. El misticismo ha quedado en lienzos, maderas y pergaminos; la sensualidad murió, volvió a nacer, volvió a morir y está viviendo porque tantas veces como muere nace. Merced a este espíritu fuerte y de raíces muy hondas, España puede ofrecer al mundo su vino diciéndole: «tú que tanto me has calumniado, bebe, mi vaso no es de aluminio ni de asta, es de oro viejo, labrado por caballeros de aquí y de América en siglos de ensueño y de gloria».

Todo esto empieza a tener un gran valor moral en América, ya que sirve para fijar y acentuar el nacionalismo en sus repúblicas patriotas, amenazado por peligros modernos.

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Para justificar el aserto antedicho elegimos uno de los países sudamericanos, por ejemplo, la Argentina, y nos referimos a su momento actual.

Hasta antes de la gran guerra la inmigración en la República Argentina estaba alimentada casi exclusivamente por españoles e italianos. El capital extranjero que allí llegaba para empresas grandes era [35] inglés. Así se fue formando durante un siglo la gran República del Plata, con un nacionalismo fuerte, claro, mantenedor de las virtudes de la raza originaria. Terminada la guerra mundial, las cosas cambiaron en todos los órdenes y en todas partes: en la Argentina también. Ya no llegan allí en gran número solamente españoles e italianos, van también otras razas, van rusos, eslavos, polacos, servios, escandinavos, checoeslovacos y rumanos. Antes de la guerra los escritores argentinos eran hijos de españoles, eran hijos, nietos o biznietos. La oriundez estaba clara y visible; actualmente tiende a ser grísea, porque muchos de esos escritores tienen una ascendencia muy diferente de la anterior. El capital que ahora invade la América española es yanki. Los Estados Unidos llevan colocados en ella dos mil doscientos millones de dólares y quieren colocar muchos más. Con todo esto la Argentina teme que su nacionalismo se altere y para evitarlo vuelve los ojos a la cuna que tuvo, a su origen, y estudia con interés, casi con amor, la historia, las tradiciones, las costumbres. la arquitectura, las artes y la ciencia de España. Las estudia como cosa propia. Busca en el tronco progenitor la savia que pueda contribuir a autorizar su nacionalismo, batido por un oleaje peligroso. Acude a su raza, mantiene su raza, no latina ni ibera, sino española. Cultiva un hispanoamericanismo consciente y sabio que le permite seguir en el camino de engrandecimiento que tan felizmente lleva emprendido, sin que se pierdan ni se alteren las virtudes de su pueblo. [36]

* * *

El estilo colonial español en arquitectura, al que los arquitectos argentinos han llegado triunfadores, interpretándolo y desarrollándolo mejor que nadie, indica cómo el espíritu español y el americano van machihembrados sin violencia y con amor en la creación más poética del hombre: el hogar, venera moral de dos valvas vivientes que aspira a retener el amor peregrino.

Con los conquistadores y colonizadores fueron a América arquitectos de España. La mano de obra allí era indígena y por serlo imprimía al todo cierto sello a veces estimable. Esos obreros americanos vinieron después a España e influyeron también un poco en el arte de la abeja reina Y como además de esto tenemos, como ya lo dije, que los argentinos son los mejores arquitectos del estilo colonial español, nos encontramos con aliento de América en la madera de España y con aliento de España en el barro americano.

La cátedra de arte colonial hispanoamericano últimamente creada en la Universidad de Sevilla, la inauguró con varias conferencias sobre la arquitectura colonial española en América, el arquitecto argentino don Martín S. Noel.

Lo que antes dije de la República Argentina respecto a los deseos que tiene de conservar su nacionalismo relacionado con su cuna, puede decirse de Uruguay, país que se conserva muy español, de gran civismo y muy adelantado en determinadas leyes y formas de Gobierno. Puede decirse de Méjico que, a pesar de la influyente vecindad yanki, a pesar de sus transformaciones violentas, mantiene calurosa y resueltamente su psicología típica, resultante de la raza india, prieta y fuerte, y principalmente de la raza [37] hispánica, blanca, intrépida e inteligente. Puede decirse de todos los países hispanoamericanos.

Volviendo al asunto del Estilo Colonial Español, puede asegurarse que esa caída uniforme de gotas espirituales, esa estilación de ritmo espontáneo, ha dado forma, entre otras cosas, con el andar del tiempo, a un estilo sobrio, airoso, alegre, pintoresco, señoril, de aspecto estético al par que educativo, que poco a poco va afincando en el suelo americano hasta llegar a algunos estados yankis, como La Florida y California, donde los norteamericanos se complacen en sacudir la influencia inglesa, buscando orígenes más antiguos como el de la madre Hispania. Tuvo esto su primer chispazo en la Exposición de Chicago, y en pocos años casas, muebles y utensilios son en tales países marcadamente españoles. Por esto en presencia del estilo español que allí se estima, la sonrisa despectiva inglesa, que tanto irrita a los yankis, se convierte en gesto de seria curiosidad.

Los estilos de los Luises, tantos siglos triunfadores, han tenido que ceder el campo en América al estilo español. Y como para el comercio no hay filigranas patrióticas, pues la síntesis de su espíritu está en sus dos primeras sílabas, tenemos que Italia imita el mueble español y lo exporta por valor de casi cincuenta millones de liras al año, y lo imitan también Francia y Norte-América, pues España, mal organizada siempre para el desarrollo práctico de las dos primeras sílabas a que aludí, no da abasto a la demanda que se le hace. Piedras, tejas, hierros, maderas, cerámica y tapices, cuadros, líneas y colores, aliento de España sutil y de emoción es lo que América está prefiriendo en sus hogares cuidados. Y éstos, en definitiva, vienen a ser elocuentes diagramas [38] del mejor panorama español, el panorama espiritual.

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Ese triunfo del arte colonial español en toda América, no quedará en tales límites, porque aún hay algo más muy original en España, sus jardines, que seguramente han de triunfar también en el suelo americano. No han triunfado ya porque su formación no es rápida, porque exige largo tiempo y la psicología americana está formada a base de rapidez. Pero todo cambia en el mundo y esa psicología sufrirá también sus variantes, y, entonces, los jardines españoles tendrán señalado éxito en los parques de América, privados y públicos. Así lo exigirá al fin el imperio del nacionalismo, tendiente a beber y nutrirse en sus propios orígenes.

Los jardines son luz, limpieza y color y nada hay más limpio, luminoso y colorista que los esmaltes y los reflejos metálicos de la cerámica cuando están combinados con las gamas de las flores. Los mármoles se ennegrecen, los bronces dejan de brillar y una especie de verdín o cardenillo mancha sus tonos broncíneos, los hierros se oxidan; nada más completo y acertado que la cerámica andaluza de orígenes árabes, con la maravillosa algarabía de sus colores, siempre brillantes y entonados,

El arte andaluz de hacer con azulejos, ladrillos y flores jardines soñadores, es mayor que el de hacerlos con materias ricas, como el mármol y el bronce. Los azulejos son verdaderas faïences esmaltadas, verdaderos tapices de porcelana.

En los jardines sevillanos se ven remozados los [39] viejos estilos, vese en lo moderno los encantos de la tradición local y hasta conservan en cierto modo la intimidad de los patios floridos. Y hablar de la tradición andaluza es hablar de la tradición americana, porque Andalucía es el principio de América y América es la continuación de muchas cosas andaluzas. Los famosos patios cordobeses y sevillanos tienen sus vástagos en la provincia del Camagüey de Cuba, donde aun las mujeres jóvenes, como en Sevilla, viven tras de las rejas y alejadas de la moderna libertad neoyorkina, parisién o madrileña.

Ni las cariñosas villas italianas, ni los bellos parques de Francia, ni los cuidados jardines ingleses pueden compararse a los jardines andaluces, en los que alterna el perfumado mirto o el arrayán con los naranjos olientes (antes de ofrendar su oro) y con los cipreses emocionantes, centinelas perennes de invariable misticismo y verdes jugosos que con los laureles se prestan a toda clase de formas ornamentales.

Si se quiere dar vida a una canción de arrebolamiento, hay que pensar en Andalucía, ánfora inclinada, de proporciones gigantes, que sin cesar vierte flores, luz, panderetas, vinos generosos, guitarras, mantones polícromos y mocitas perfectas, con labios rojos que adornan la vida andaluza, como las amapolas adornan los campos trigueros; de ojos azabachados, verdaderos puñalejos.

Y estas mocitas de profundo encanto y gracia victoriosa nacieron también de aquellos padres navegantes, en Venezuela, en Cuba, en Guatemala, en toda la tierra americana; nacieron y siguen naciendo. [40]

* * *

En todo hombre hay dos hombres: uno de ellos muere a los cuarenta años, el otro nace a esa misma edad. En América, y hasta hace unos cuantos lustros, el primero de esos dos hombres, sugestionado por la leyenda negra de que antes se habló, le ponía un veto a España, si bien este veto era suspensivo, porque el otro. hombre, el segundo, generalmente lo retiraba. Hoy en día esos dos hombres americanos ya no vedan en tal sentido, salvo contados casos de aberración, hijos de una obcecación morbosa o de una ignorancia invencible.

Muy favorable a este cambio hacia la verdad ha sido la reivindicadora hispanofilia, pujante y fecunda, que se inició ha tiempo en los Estados Unidos de la América del Norte, extendiéndose entre los estudiosos del mundo. Esa hispanofilia serena, sabia y justa, va dando muerte a la leyenda negra que tanto mal le hizo a España. Esta, en su recogimiento mientras la vejaban, en su aislamiento mientras la calumniaban, se ha superado. Por eso una notable poetisa chilena, en un banquete que le dieron en Madrid, habló de la grandeza de la decadencia española, diciendo cosas muy bellas y de emoción que la prensa francesa comentó con asombro.

El año 1921 hubo en Madrid el VII Congreso Postal Universal, en el que España tuvo mucha significación y gran poder, porque los diez y nueve países de su habla en América estuvieron a su lado y arrastraron consigo a los Estados Unidos del Norte. Se vio entonces la fuerza del hispanoamericanismo.

Cuando se terminó ese Congreso, el más joven de los congresistas, que era un uruguayo (Adolfo Agorio), dijo en nombre de todos los americanos, [41] dirigiéndose a los españoles: «vuestra suerte está unida a la grandeza de América y hacia un ideal superior vamos todos, sin que nada ni nadie pueda detenernos en el camino.»

En Quito, en una tumba que está vacía dentro de la Catedral, pero que fue hecha para guardar los restos del gran Pizarro, se reza actualmente cada ocho días un responso por su alma en el momento de un oficio solemne al que acuden reverenciosos y llenos de amor a su raza los ecuatorianos.

El Gobierno de Cuba, a pesar de la encubierta tutela norteamericana, a la que necesariamente se ha de someter y de la cual no puede librarse, acaba de prohibir que las películas sonoras y habladas se exhiban o presenten allí en otro idioma que el español, medida a la que aun no ha llegado España. Esto y la devolución de trofeos de guerra que la Madre Patria hizo a la República Cubana, demuestra, entre otras cosas, el afecto que une a los dos países.

El monumento que en honor de España va a levantar la República Argentina en su capital y que casi está terminado, será uno de los mayores, sí no el mayor de aquella nación. Por la importancia que tiene y por lo que representa y significa debo describirlo en este trabajo tal como lo reseña su autor, el notable escultor argentino Arturo Dresco.

Consta de veintiocho figuras de dos metros y medio, distribuidas en ocho grupos, todas ellas en bronce. Al frente, en la base, se ve a Colón de hinojos a los pies de Isabel la Católica. En el cuerpo central culminan las figuras que representan a España y a la Argentina. En la base, a uno y otro extremo del monumento, se yerguen Solís y Magallanes, respectivamente, a cuyos pies se halla una figura [42] alegórica. Estos son los grupos que, en rigor, pueden calificarse de complementarios. La idea central del monumento está representada en cuatro grandes composiciones, en que el escultor resume la acción de España en América. Allí está personificado el espíritu de la conquista. Allí su intrepidez y su expansión civilizadora. Cada figura individual es una síntesis y todas evocan el heroísmo de una época y el genio de una raza. Son navegantes y fundadores de ciudades, religiosos y soldados, legisladores y educadores. Allí están reunidos en la plástica rememorativa, individualizados por la efigie cuando la iconografía lo permitió o evocados con rasgos y atributos aproximativos cuando faltó la imagen de auténtico rigor histórico. Se llaman Pedro de Mendoza y don Juan de Garay, Bartolomé de las Casas y Sebastián Gaboto las del primer grupo; las del segundo grupo son: Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, Domingo Martínez de Irala, Luis de Cabrera, Martín del Barco Centenera y Juan Sebastián de El Cano. En el tercer grupo se hallan Juan José Vértiz, Pedro de Ceballos, fray Francisco Solano y Hernández Arias de Saavedra –Hernadarias–. En el cuarto grupo están representados Félix de Azara, Joaquín del Pino, Pedro Cerviño y Baltasar Hidalgo de Cisneros. Estos grupos se hallan dispuestos en los dos frentes longitudinales y están limitados por tres macizos arquitectónicos. El monumento es de líneas amplias y simples, de suerte que la arquitectura y la escultura se complementan, como corresponde al desarrollo de una idea clara y precisa.

De un periódico de aquella República, «La Nación», cuya importancia mundial nadie desconoce, tomo la explicación de este homenaje a España. [43]

«La justificación del monumento a España está en su mero enunciado. Así lo comprendió la hidalguía de los argentinos. Quede constancia de ello, ya que el subrayarlo nos honra no poco. Por eso y por otra cosa se tomó en el viejo Cabildo la resolución de erigirlo, y fue ello en las horas del centenario, cuando todo hablaba de emoción de patria. Por eso y no por mera casualidad fue el monumento a España el primero de los que proyectó erigir la Comisión Nacional. No era ése un recuerdo que avivaran circunstancias propicias. Era algo más: era un sentimiento de amor omnipresente que tomaba allí impulsos para objetivarse en una expresión de bronce y de granito plásticos. Por eso quisieron ayer ese monumento los argentinos; por eso le quieren hoy; por eso le querrán mañana.»

En la Argentina, además, se ha creado oficialmente la fecha del 12 de Octubre, titulándola «fiesta de la raza», y la principal manifestación de ese día se hace acudiendo en fraternal comitiva, argentinos y españoles, al magnífico monumento que estos regalaron a aquel país el año 1910, dedicado a la Constitución argentina, por las nobles miras que encierra en su preámbulo.

La brillantez con que también se celebra esa fiesta en otras repúblicas hispanoamericanas; los otros monumentos que a España y al ejército español se levantan y proyectan levantar en varios países americanos (sin la intervención de las colectividades españolas), hablan elocuentemente del poder de unión que la raza tiene, la raza hispana y no otra.

En la República Argentina se vende también un sello para agregar al oficial que es necesario en las cartas que tienen que circular. Ese sello vale diez centavos [44] y lleva una leyenda que dice: «Pro Ciudad Universitaria de Madrid». Su venta se anuncia en los grandes diarios en forma muy llamativa y con grandes letras que dicen: «Use y propague esta estampilla: así contribuirá a la más grande obra de acercamiento hispano-argentino hasta ahora intentada. La construcción de la casa del estudiante argentino en la Ciudad Universitaria de Madrid y la creación de su Caja de Becas».

Esta Ciudad Universitaria va a ser la mejor del mundo y en ella tendrán pabellones especiales todos los países hispanoamericanos, pabellones para sus estudiantes y para sus profesores.

El ideal de España al querer atraer a sus centros culturales los hombres nuevos y estudiosos de diez y nueve países diferentes, si bien pertenecientes a una misma raza (la española), es de un universalismo honroso y muy propio de ella, que, como pocas naciones, puede estar orgullosa de su pasado.

En la creación de este soberbio monumento espiritual están empeñados muchos hombres cultos de España, y al frente de ellos el Rey Alfonso XIII.

Siguiendo la enumeración de afirmaciones consoladoras, nobles, de familiarización y de ensamblaje espiritual entre España y sus hijas, debo citar aún las siguientes:

El empréstito español a la Argentina y otro de distinto orden de la Argentina a España con intervención de banqueros de uno y otro país.

La venta de buques de guerra a la República Argentina construidos en Astilleros españoles y los que en los mismos se construyen para el Uruguay.

La creación en España del Banco Exterior de Crédito, con miras a América. [45]

El homenaje que Madrid hizo a don Hipólito Irigoyen, Presidente de la República Argentina.

El tratado de propiedad artística, literaria y científica firmado por España con el Perú.

Lo establecido en la quinta Conferencia Internacional Americana, celebrada en Santiago de Chile el año 1923, en virtud de lo cual va a levantarse en la isla de Santo Domingo, la primera que tocó Colón, un faro monumental dedicado al mismo, en el que intervendrán los mejores arquitectos del mundo.

Lo que dicen muchos escritores americanos, como por ejemplo la inspirada poetisa argentina Margarita Abella Caprile, cuya belleza impresiona y cuyo timbre de voz seduce. Esa artista singular, en París, al dirigirse a la Reina de España, así le habló, recitando uno de sus bellísimos sonetos:

«...
Yo he venido a deciros que en la América mía
Es orgullo ser hijos de la sana hidalguía
Y del altivo empuje del ánimo español,
Y que la luz del Cristo de los conquistadores,
Con su inmenso destello, nubló los resplandores
Que ardían milenarios, en el templo del sol.»

En el frontispicio del palacio que Méjico hizo construir en Sevilla, acudiendo ese país, solícito y devoto, como sus hermanos, al grandioso certamen internacional que allí se realiza, figura con tintas de oro la siguiente leyenda: «Madre España: Porque en mis campos encendiste el sol de tu cultura y en mi alma la lámpara devocional de tu espíritu, ahora mis campos y mi corazón han florecido». [46]

Ciérrase con esta hermosa cita el número de las que anteriormente se dejan consignadas, para demostrar que entre los americanos de origen español está integérrimo un sentimiento afectivo que, por su índole, no corresponde a Italia, Francia, Rumania ni Portugal (países latinos), sólo corresponde a España, creando el hispanoamericanismo.

* * *

Ese sentimiento benevolente y cultural también se apoya en el espíritu de comprensión y de orden y en la amistosa inteligencia que existe entre los países de origen español. Los Códigos de Derecho Internacional, concebidos a base de una justicia sana y no de la fuerza odiosa, tan pronto como sean ratificados por todos los estados americanos, crearán una sociedad internacional envidiable. El cartabón con que se miden los asuntos europeos no sirve para medir los asuntos americanos. La diferencia que existe entre ambos continentes es muy grande. En Europa no puede enterrarse el fermento de los viejos odios. En América, la familia americana, hija de la estirpe española, libre de pasiones oxidadas y siempre con ideales nobles, cree en la justicia y la busca. Bolivia y el Paraguay, Chile y Perú lo demostraron recientemente.

Los Estados Unidos de la América del Norte podrán mucho, sobre todo en las cuestiones económicas, pero no podrán borrar el predomino espiritual de España, porque a ello se opondrían las fuerzas de origen, que no deben de considerarse lirismos ridículos, ya que no se trata de nada que obstaculice el progreso de la civilización americana, sino de algo [47] que más bien la consolida, prestándole la fuerza que da el carácter que en toda nación viene a ser lo que son las varengas en la fábrica de un navío.

* * *

Desaparecidos los odios y las rencillas derivados de las distintas guerras que hubo en la América española al hacerse independiente, lucha que con todos sus personajes de epopeya tuvo los terribles caracteres de las guerras civiles, quedan hoy las raigambres históricas con todo su poder de acercamiento y compenetración. Así vemos a historiadores argentinos averiguando con interés cuál fue el punto de España donde nació don Juan Garay, fundador de Buenos Aires. Vemos historiadores de Centro-América queriendo probar que los restos del primer Almirante de las Indias, Cristóbal Colón, están en Santo Domingo y no en Sevilla, a lo cual nuestros doctos, con pruebas contundentes, replican que esos restos descansan bajo las bóvedas de la Catedral de Sevilla. Vemos a la principal Academia de Historia de los Estados Unidos del Norte enfrascada en averiguar cómo era la bandera española enarbolada en la Plaza de Armas de Nueva Orleáns (Luisiana) en los últimos tiempos de la dominación hispánica. Y sabemos, por otros historiadores, que el famoso canal de Panamá, abierto en el istmo de su nombre, después de tan ímprobos trabajos y tan titánicas luchas, fue estudiado y pretendido hacer por los españoles en tiempo de Carlos V. Y no se enumeran más, porque para ejemplo basta lo dicho.

Estos estudios, estas ansias de investigación y las citas anteriores de otro orden, demuestran que América [48] empieza a saber que las tradiciones seculares fomentan firmemente la unidad moral de los pueblos: empieza a echar de menos en su ser un espíritu creador, el espíritu de la tradición, y claro está que al procurarlo y ahondar en la historia encuentra el pecho, el regazo y los brazos de la amorosa madre, de España. Y ahí están los mejores orígenes del hispanoamericanismo.

Alguien dijo que la historia del mundo es la historia de unas pocas familias. En efecto, en cada nación suele haber una familia que, por la actuación de sus antepasados, encarne o compendie la historia de su país. Dentro de esta verdad están los países hispanoamericanos, a pesar de su juventud. Pues bien, destacada en cualquiera de esos países una de dichas familias, de gran formato, se verá que sus orígenes no están en Italia, ni en Francia, ni en Rumanía ni en Portugal; sino que, en general, están en la irradiante España.

Entre españoles y americanos fraternos no hay apasionamientos políticos ni religiosos, no hay odios de raza, no hay guerra económica; por el contrario, la epopeya y el romance los envuelve, la historia los acaricia, la sinceridad los une, la antorcha de la civilización les alumbra iguales rutas.

España tuvo un orto deslumbrante en el sol de su vida, su raza lo volverá a tener.

Como consecuencia de lo que se deja expuesto, debe deducirse que la denominación de América latina que se da a la América española es caprichosa, no es acertada ni es justa.

Veamos ahora por qué motivos se ha dado y aún sigue dándose. [49]

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En América durante muchos años y con relación a España estuvo tomándose la parte por el todo. No se estudiaba a España ni poco ni mucho. De ella se veía solamente lo que de ella llegaba, el emigrante pobre y a veces analfabeto. Debido a esto, el orgullo del origen quedó envuelto en una bruma espesa y la denominación de América latina fue tomando incremento, fomentada hábilmente por Italia y por Francia, sobre todo por esta última, que de ese modo entraba gallardamente en la familia, titulándose hermana mayor y llevando hacia sí afectos y admiraciones muy justos, sí; pero que no le corresponden por ese motivo, sino por ser la irradiadora suprema de liberalismo y de espíritu universal.

Pero ¡oh sorprendente acción del tiempo que todo lo transforma! En Francia se empieza a hacer justicia a España en este asunto. Es muy interesante un artículo publicado en «La Petite Gironde» de Burdeos, periódico de gran circulación en Francia, el día 6 de Enero de 1929. Titúlase «El imperialismo americano», y se refiere a los peligros que encierra para el hispanismo el imperialismo yanki, nacido de la doctrina de Monroe, de la conquista económica de las repúblicas hispanoamericanas, que es un hecho, y de su conquista moral, que es un intento. En ese artículo no se alude ni una sola vez a la América latina, se alude repetidas veces a la América española y se termina así: «Importa mucho al mundo entero que España no se deje arrebatar el rol que su gloriosa tradición y sus cruentos sacrificios le deben asegurar cerca de las naciones hispánicas; Europa entera está estrechamente unida a España en este [50] asunto y es necesario que España se halle persuadida de esto, para que tenga plena confianza en sí misma y en su misión histórica.»

Si este atisbo de sana evolución se acentuase en Francia, no habría ya que pensar en tal asunto, pues como eje que ella es de la mentalidad humana, tiene tal prestigio, que impondría muy pronto al mundo el denominativo de América española, que es el único justo por su rotundidad.

La constante repetición de América latina tendía y tiende a arrancar y a desecar las raíces hispánicas. Hasta ahora no se ha conseguido, parece ser que no se conseguirá; pero es indudable que tal definición es un enemigo más de España, lleno de malicia y que ocasiona confusión a fuerza de inexactitud. Crea además una rutina y la rutina tiene una fuerza que esclaviza y agranda los errores que se mantienen colectivamente.

Diciendo «América latina», como también se dice en Norte-América y otros países americanos, tal vez quieran argüir que se le concede un abolengo, si no mejor, de frondas mayores; el que eso sea injusto no importa, otras injusticias análogas perduran entre los humanos y nadie se esfuerza por corregirlas. Además, sustituyendo el denominativo injusto de «latina» por el justo de «española» se concedía mayor irradiación a España y eso sería virtud inusitada en la historia de la Humanidad. Bueno que España labore por su engrandecimiento moral y material; pero pretender que las grandes agrupaciones humanas la ayuden en tal camino, aun haciéndola justicia, sería lo mismo que pedir luz propia a los astros muertos.

La evolución del periódico francés a que se ha aludido obedece al deseo de contrarrestar el [51] engrandecimiento material y moral de los Estados Unidos del Norte.

Entre Francia y España existe una gran diferencia. La acentúa el suelo y el cielo de ambas y la marcada psicología de los dos pueblos evidente en sus costumbres y en todas las manifestaciones del arte. Nadie más indicado para reconocerlo que el turista americano que, en sus viajes de emociones, orientaciones y estudio, pasa del territorio francés al español. No quieren referirse estas líneas a la superioridad que en uno y otro campo pueda haber en distintas cosas, sino a la diferencia total que hay en el conjunto; búsquese en lo que se busque, ya sea en la arquitectura, en la pintura, en las letras o en las costumbres; y no se dice en la ciencia, porque ésta no tiene solar ni color, es universal y resulta del talento y del estudio de todos los hombres.

Ante esta falta de comunión espiritual, por más amistad que haya entre los dos pueblos, ¿qué es lo que significa ni qué fuerza tiene para juzgarlos hermanos, el que las palabras inclemente e inclement, por ejemplo, tengan su etimología en el latín inclemens, de in negativo y clemens, clemente? (Cítase tan sólo este adjetivo por no citar mil palabras más que harían odioso este trabajo.)

¿No es altamente caprichoso, por no decir ridículo, que sea ese y no otro el origen de las denominaciones «latinoamericanismo» y «América latina»?

Algo parecido a la raza, que, de no fijarse en un punto esencial, se pierde uno en las raíces múltiples, ocurre con la lengua española. Del ario deriva el sánscrito; del sánscrito salió el latín; en el latín influyó el griego; a España pasó el latín popular de formas rudas, llevado por los soldados, que se mezcló [52] con los dialectos de la península, formando lenguas nuevas denominadas neolatinas. El latín de las clases elevadas de Roma y el de los escritores, influyó menos en España que el latín popular de formas primitivas. Pasó largo tiempo y llegó la decadencia del Imperio Romano, que invadieron los bárbaros, quienes contribuyeron poderosamente a corromper el latín, tanto el plebeyo como el de las clases cultas. Estas influencias actuaron en España de un modo y en las Galias de otro, y así se llegó al Renacimiento.

Toda argumentación para fundar como atinada la clasificación de «América Latina» resulta fragorosa y casi incompleja al lado de la verdadera: «América Española».

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Analicemos ahora la clasificación de «Iberoamericanismo», lamentable también, con la circunstancia agravatoria de que está arraigada entre algunos españoles dirigentes.

Iberoamericanismo, espiritualmente hablando, quiere decir: unión de España y Portugal, unión de Portugal y de Brasil, unión de Brasil y las diez y nueve Repúblicas hispanoamericanas y unión de Brasil y España.

¡La complejidad es grande; es absurda, casi es morbosa!

¿Cuántas complicaciones aparecerían en tan soñada unión, de poder utilizar un microscopio para estudiar las almas de los pueblos, lo mismo que se utiliza para estudiar las células vegetales?

Los hijos de los diez y nueve países americanos de origen hispano, no hablan ni quieren saber nada de iberoamericanismo. Esta clasificación, inventada [53] equivocadamente por unos cuantos españoles, la aceptan los portugueses cuando les conviene, y pocos, muy pocos brasileños.

Una cosa hay en Portugal, derivada principalmente de España, que tiene allí gran importancia arquitectónica, y es el estilo Manuelino. Los portugueses niegan en este caso la influencia hispánica, y para acreditar su teoría le buscan otros orígenes.

El estilo de Isabel, como ahora se dice en España (el manuelino de Portugal), se formó con las postrimerías del gótico, los avances del renacimiento que entonces empezaba a llegar y la influencia decisiva del mudéjar. Este último fue formado en España con sus artistas y sobre todo con los artistas árabes que en casi su totalidad se quedaron en suelo español después de la rendición de Granada, no siendo expulsados a tierras africanas como los otros moros.

Los maestros franceses reconocen el estilo de Isabel como creado en España, pero los portugueses, en su estilo similar, rechazan tal ascendencia, atribuyéndolo exclusivamente a su inventiva y a las transformaciones aludidas producidas en territorio suyo, sin siquiera la intervención del mudéjar español, que dicen reemplazaron con otro mudéjar trasplantado del Norte africano.

Estas proyecciones españolas tienen demasiada importancia para España al absorber algo de Portugal y entonces éste no las acepta, tomando del Iberismo, como se ve, aquello que le conviene o dejando del mismo lo que no le agrada.

Sólo un detalle hay, verdaderamente luso, en el estilo manuelino, y es el referente a barcos y cuerdas. El resto, lo típico, o sea la riqueza fantástica en [54] la amalgama de los estilos referidos, derivó de España, aunque en ésta esa riqueza sea más moderada.

Desde hace diez años se viene hablando en España de la conveniencia de un acercamiento luso-español. Hubo congresos en que, para tal fin, estuvieron reunidas las universidades españolas y portuguesas; se estudió igualmente esa aproximación en el aspecto económico; se habló, escribió y discurseó mucho; pero prácticamente no se hizo nada, porque es muy difícil, sí no imposible, el hacer algo de eficacia poderosa. Un ilustre escritor portugués dijo que el tan mentado intercambio lusoespañol es un desierto y que lo que sólo está en pie es el atávico recelo de Portugal respecto de España y la ignorancia de ésta en cuanto a su vecina, que si no la desdeña, por lo menos parece que le es indiferente. Esta es la pura verdad, una vez descontados por ambas partes las gratas cortesías internacionales.

Don Francisco Cambó, en su libro Por la Concordia, aboga por el Iberismo como un gran ideal ibérico; pero lo hace así porque olvida que los portugueses no pueden abandonar su vehemente personalidad, personalidad que es hija de un nacionalismo extremo, firme e inconmovible.

En el precioso pabellón que los portugueses construyeron en la Exposición de Sevilla, y al cual llevaron maravillas como las obras pictóricas del gran Nuño Gonsalves, lo cual ganó la gratitud de los españoles, dio una conferencia muy interesante el ilustre hispanófilo portugués Agustín de Campos; la dio en correcto español, y a pesar de su mérito, este alarde honroso le sirvió para que a su regreso a Lisboa le pidieran cuentas de por qué no había hablado en portugués. Si el ilustre escritor a que aludo [55] hubiese dicho su discurso en Inglaterra o en Francia, empleando los idiomas inglés o francés, los suyos se hubieran vanagloriado; pero el haberlo dicho en español, en España, les molestó. Ya ve el señor Cambó qué lejos está de toda posibilidad el Iberismo.

En la península ibérica hay dos cosas muy diferentes entre sí y son las dos naciones peninsulares que la forman. Tienen un pasado que no es común (salvo en cortas etapas) y su presente y su futuro son de absoluta independencia y de rumbos diversos por ser dos países vivos que marcan avances diferentes y dejan estelas muy distintas.

Dicen los portugueses que Portugal es una nación formada por misterioso dinamismo histórico. Los estudios hechos por hombres de ciencia parecen ayudar ese criterio. De la fábula y de los mitos surge igualmente un tipo portugués, diferente del celta y diferente del ibero. Por allí pasaron fenicios, griegos, romanos, visigodos, musulmanes, castellanos; se fundó un condado, éste se convirtió en reino, y en todo momento, lo mismo en sus tiempos desgraciados que en sus tiempos áureos, Portugal conservó su carácter propio, en el cual nada intervino tampoco la dominación española de los tiempos de Felipe II durante sesenta años.

En la actualidad, el patriotismo peninsular que existe en aquel país no es localista, sino que es el camino directo hacia una simpatía cosmopolita, humana, mundial. Esto es, ven en el amor a España el principio del amor al cosmopolitismo. En cambio España circunscribe su patriotismo peninsular al amor entre las dos naciones, lo cual despierta alguna susceptibilidad portuguesa.

Portugal siente todavía hispanofobia a causa de [56] los libros sofisticadores que aun perduran en las escuelas, que más tarde son destruidos por los libros serios y estimables del hombre de estudio; pero que dejan su mala influencia en el vulgo numeroso, contribuyendo a mantener suspicacias y recuerdos impropios de la sesuda filosofía que hoy impera en el mundo.

Algo puede cambiar este sentimiento, debido a las numerosas visitas que hicieron los portugueses a España, con motivo de la Exposición de Sevilla, a trece horas de Lisboa. Hagamos votos calurosos por que así sea.

Con buena voluntad siempre hay manera de elogiar una acción, una frase o una ley; con mala voluntad siempre se la puede criticar en tono acerbo. Nadie desconoce la locución «Las lenguas de Esopo», nacida precisamente para demostrar que muchas cosas tienen dos aspectos y por esto se las puede alabar o zaherir según cuadre o convenga al comentarista.

España con su equivocado iberoamericanismo suele invitar a Portugal a ingresar en la gran familia hispana, obedeciendo a una manera franca de sentir el patriotismo peninsular; pero al mismo tiempo que tiene este gesto noble, tiene negligencia para ahondar en la vida portuguesa, y de ahí también algunos prejuicios torpes de los españoles, radicados siempre en el vulgo inmenso.

El vocablo de Iberoamericanismo rechazado por la Real Academia de la Lengua, única que en este caso tiene autoridad, es en nuestro idioma lo que en medicina se llama neoplasma, o sea un tejido nuevo, anormal. Y lo curioso del caso es que esta anormalidad la mantiene frecuentemente el [57] Gobierno español y alguna institución semioficial, a pesar de su principal carácter de hispanoamericanismo, en virtud del cual debiera de enterrar y olvidar semejante error.

Entidades como la Unión Iberoamericana de Madrid y el Centro Gallego de Montevideo, quieren mantenerlo y fomentarlo. En su empeño habrá un fin noble; pero, desgraciadamente, constituye una lamentable equivocación, pues amparando una cosa invertebrada van contra el hispano-americanismo, que es la única verdad en este asunto. Se divorcian de él y con tal disparidad de criterios ayudan también al latinoamericanismo, del que hábilmente se aprovechan Italia y Francia en perjuicio de España.

De ahí el que una comisión de intelectuales, presidida por el señor Fernández Medina, ministro del Uruguay (uno de los diplomáticos americanos de más prestigio en España), haya visitado hace algún tiempo al jefe del Gobierno español para pedirle que oficialmente se emplee siempre el vocablo «Hispanoamericanismo».

Los lusitanos cristalizaron su raza solamente en el Brasil. En las otras diez y nueve naciones fueron españoles bien definidos, puros y claramente perpetuados los que allí descubrieron, poblaron y civilizaron.

Los brasileños hablan de su raza refiriéndose a Portugal. A «Las Lusiadas», gran poema del mar, poema del inmortal portugués, le llaman el poema de su raza. Los portugueses, refiriéndose al Brasil, dicen «la América de lengua portuguesa» y los brasileños, hablando de Portugal, le llaman «Patria de su Patria». Portugueses y brasileños cantan la confederación espiritual que forman Portugal y Brasil, [58] confederación cuyo cetro preponderante es del soberano Camoens. Y enfrente de ella, amistosamente, España y los diez y nueve países de habla española forman otra confederación igual, cuyo cetro prepotente entregaron a Cervantes.

Pero llega a más la complejidad de que hemos hablado. Brasil acepta hasta cierto punto la herencia espiritual que le dejaron los portugueses; pero sólo hasta cierto punto. Así el escritor brasileño Renato Almeida dice: «Nuestra condición de americanos nos libra de las formas europeas y nuestro destino no es proseguir la obra portuguesa, sino hacer cosa propia y libre con la marca natural de la influencia y herencia recibidas; pero sin sujeción a su dominio. Ni fusión política ni unidad literaria con Portugal. Respetemos con veneración las glorias portuguesas; pero no acreditemos que sean fuerzas capaces de orientar al Brasil, cuya finalidad se manifiesta en otros términos y para otros destinos. Ni política ni literariamente se armonizan los ideales de los dos países y no se puede hablar en raza común cuando el caldeamiento étnico del Brasil crea tipos tan diferentes de los portugueses. Nuestro universo es totalmente otro y la transformación de la lengua entre nosotros acentúa cada vez más esa separación.»

Como se ve, Brasil padece algo de lusofobia. En la trayectoria luminosa hay el desequilibrio propio de las rápidas y apasionadas sustituciones.

Además de lo razonado sobre el vocablo «Iberoamericanismo» hay que entrar a juzgarlo desde los países suramericanos de habla española.

En la América del Sur existe una política internacional que tiende a la mejor armonía entre los [59] distintos Estados que forman ese continente, pendientes todos del progreso.

Brasileños y demás suramericanos siéntense vinculados por lazos de vieja amistad, fundada en comprensiones recíprocas y en admiraciones mutuas, pero nada más.

Nada hay de común allí más que el origen continental. Los otros orígenes son distintos. Dos razas, dos culturas, dos idiomas; diversidad que, desde luego, no conduce al odio, pero tampoco a repetidas emociones fraternas.

Hasta la misma independencia del Brasil se hizo en condiciones diferentes a las de las repúblicas hispano-americanas.

La originalidad y la complejidad de las civilizaciones española y portuguesa son muy marcadas para que se las pueda confundir o mezclar.

Fidelino de Figueiredo, portugués ilustre, ha dicho que toda aspiración de confraternidad iberoamericana tiene un largo y difícil camino que recorrer antes de plasmar en realidades eficientes.

Por todo esto el iberoamericanismo es una aspiración mal enfocada y peor definida. Quizá se pueda abordar dentro de algunos siglos, pero, hoy por hoy, las preocupaciones serias de España (principal creadora del ibero-americanismo) deben circunscribirse al hispanismo en la América española, o sea al hispanoamericanismo.

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Hemos hablado del predominio espiritual de la raza hispana en América por razones de carácter histórico, etnográfico, lexicológico y de psicología. [60] Maestros americanos, como Ricardo Rojas, Vasconcelos y Palacio, hacen estudios admirables, disecando la sociología y la historia, tendientes a crear en América una forma original y propia de civilización. El empeño es digno de tales mentalidades, pertenece a honrosas inquietudes propias de los pueblos nuevos; pero la realidad les sale constantemente al paso señalándoles las fuentes de Europa y entre ellas y para ellos las de España. Hasta ahora nada ha cambiado; veamos si es razonable suponer que tal estado de cosas puede cambiar.

Si España mantiene y sigue desarrollando pujantemente su resurgimiento, América estará siempre unida moralmente a ella. Los progresos españoles serán mágicos señuelos para atraer a las repúblicas hispanoamericanas.

América se entera con orgullo de que la ingeniería española en transportes de energía eléctrica de alta tensión va a la cabeza de todos los países. Supo ufanamente el resonante triunfo del periodismo español en la Exposición de Colonia, que por estar unido a diarios americanos de nuestra estirpe, hizo ver al mundo una clara y valiosa manifestación de hispanoamericanismo. América sabe con noble vanidad que España seca sus pantanos, electrifica sus vías férreas, intensifica la producción agrícola, y sabe que, después de obtener la paz de Marruecos, civiliza aquel país; levanta en él ciudades con rapidez de magia (como la llamada Villa Sanjurjo) y se dispone a construir un túnel submarino entre ella y Africa, habiéndose premiado con tal motivo en la Academia de Ciencias de París un trabajo hecho para tal fin por el ingeniero español Ibáñez de Ibero, aunque no sea éste, según parece, el que se ha de realizar. [61]

América aplaude con orgullo a los profesores, pensadores e investigadores que España le envía como exponentes de su cultura y estima en sumo grado a los artistas hispanos. América bate palmas por los avances de la aviación española, tanto en el campo de las intrepideces como en el de los inventos (recuérdese el autogiro Cierva, reputado como lo más perfecto de cuanto hasta ahora se ha inventado en aviación).

América se da cuenta de las perfecciones de la ingeniería naval española, tanto en las naves de guerra como en las mercantes. América levanta monumentos al soldado español y España los levanta dedicados a aquellos países. América acude amorosa a la Exposición de Sevilla sabedora de que en el regazo acogedor de la nación progenitora podrá mostrar al mundo todo lo que es y todo lo que vale, y su juventud acudirá en parte a la magna Ciudad Universitaria que España levanta en los alrededores de Madrid. España realiza y seguirá realizando exposiciones de libros hispanoamericanos y acaba de implantar la Cátedra hispanoamericana, creada bajo los auspicios de la Junta de Relaciones Culturales. Esa Cátedra fue inaugurada en la Universidad de Madrid por don Enrique Butty, decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

Sevilla y Barcelona, con sus dos exposiciones, hablaron elocuentemente al mundo de lo que España ha sido, es y será, de su fuerza actual, de su poder y su riqueza. Fueron dos exponentes de gran vitalidad y gloriosa significación histórica, noble y prodigioso alarde no igualado todavía y difícil de igualar. [62]

Todo esto y más que omito, es siembra de luz que despierta en América sanas inquietudes que favorecen el amor hacia el origen. Ese amor está beneficiado por intercambios honrosos, tanto para el magnífico tronco. histórico como para sus grandes ramas, pletóricas de modernísima floración. Esta fuerza expansiva y civilizadora, esta pulsación de la raza, llegará a crear un gran movimiento americanista español, debido al cual España terminará por americanizarse, acabará por inocularse su propia sangre, la muy viril que derramó por América los siglos XV y XVI; traerá a su trono savia americana, que quizá la libre de la anunciada decadencia de occidente.

El predominio espiritual de la raza hispana en América no deja lugar a otros predominios semejantes. Además tiene el formidable apoyo del idioma. Impresiona lo que de nuestro idioma dijo una vez un ilustre mejicano, don Federico Gamboa, director de la Academia Mexicana: «Mientras mejor lo guardemos y mejor podamos hablarlo, nuestra personalidad se afirmará más y más. Demostremos cada día dentro del patriotismo irreductible y bendito que nos distingue y caracteriza, que somos hijos independientes, ¡pero legítimos!, de la España grande y gloriosa. Y si alguna vez, que ojalá nunca llegue, hubiéramos de desaparecer como nación y como pueblo, que tal escudo nos sirva de mortaja y que nuestra última maldición al destino o al enemigo que nos acabe, nuestra última palabra de amor para los nuestros y nuestra última plegaria a Dios, nosotros y nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos la digamos en español.»

No se ignora que algunos escritores sudamericanos se creen humillados al tener en su idioma el [63] mismo punto de vista que los españoles. Alguno de ellos dijo que tenían que expresarse en las formas envejecidas de un idioma en retardo.

El asunto es digno de ser meditado ya que los argentinos son generalmente estudiosos y muy estimables por sus ansias de superación; pero el caso presente parece ser de condición morbígena y no se debe pasar en silencio. El lamento de este escritor puede estar apoyado o combatido en la Filología Española y a ella hemos recurrido. Hemos repasado estudios de esta clase hechos por alemanes, franceses, ingleses e italianos y en ninguno de los que hemos consultado hallamos nada aproximado al aserto de que el idioma español está en retardo y sus formas han envejecido. Por el contrario hemos aprendido en una obra del alemán Fiedrerici Georg, que cuando los españoles descubrieron América había allí un gran grupo lingüístico bastante homogéneo (el aruaco insular) que proporcionó un gran número de palabras al idioma español, muchas de las cuales pasaron a otros idiomas europeos, ocurriendo todo esto sin que los españoles se lo propusieran ni se dieran cuenta de ello. (Cita al efecto las palabras canoa, bejuco, cacique, cocuyo, hamaca, macana, maíz, sábana, tabaco, yuca, &c.). Hoy sucede lo mismo, constantemente enriquecen el idioma español palabras americanas, pero no como antes, que los españoles no se daban cuenta de ello, sino enterándose mucho, por medio de su Real Academia de la Lengua y de los numerosos Académicos correspondientes que hay en los países de habla española. Una prueba de esto es el reciente envío a los Académicos correspondientes de la República Argentina, hecho en consulta .por la Real Academia Española, de varias palabras, [64] entre ellas «Juvenilia», título de una novela del eximio escritor argentino Miguel Cané, y que la docta Corporación española quiere llevar a su acervo, para tener una palabra de significación no igualada en otros idiomas, pues define exclusivamente la parte de la juventud correspondiente a la vida del estudiante.

Ese idioma envejecido y en retardo está ahora estudiándose con afán en las Universidades y Colegios norteamericanos, ingleses, franceses, alemanes e italianos y los filólogos de estos países hacen antologías, diccionarios y libros en los que se estudia lo más acabado y representativo de la Literatura Española, lo mismo la prosa que la poesía, desde las obras de Alfonso el Sabio y la monumental Celestina hasta los versos de nuestros poetas contemporáneos.

Hay un género en la Literatura del mundo, el género novela, inventado por Cervantes, que se escribió en ese idioma que hoy se dice envejecido y que está en retardo.

En ese mismo idioma ha desarrollado en Buenos Aires un ciclo de conferencias el pensador español José Ortega y Gasset, abordando temas de elevada especulación mental y obteniendo un éxito sin precedentes en aquella ciudad (así lo dijeron los periódicos porteños).

El famoso filólogo alemán doctor Carlos Vossler, profesor de la Universidad de Munich (y ex rector de la misma), hace estudios hace diez años, tendientes a dar al idioma español el primer puesto entre los idiomas románicos. Si a esto agregamos que la estructura y las características de la sintaxis española tienen unos primores a los que no llegan los demás idiomas; si recordamos que en la Real Academia de [65] la Lengua hay una sección presidida por el señor Torres Quevedo para dar entrada en el idioma hispano a las voces científicas modernas procedentes de otros países; si en América hay Académicos correspondientes y los tienen también las regiones españolas que poseen un dialecto y todos ellos hacen aportes interesantes constantemente, ¿cómo explicarse que pueda haber un escritor americano que diga que el idioma español está envejecido y en retardo?

Otro escritor sudamericano, hablando en una fiesta de confraternidad (de esto hace ya algún tiempo), dijo que España podía trasmitir bajo todas sus formas el pensamiento moderno, y más tarde, en una carta íntima, se regocijaba de que sus compatriotas no tuvieran, como los españoles, el embarazo de una literatura nacional envejecida y atrasada.

Son estas dos proposiciones totalmente diferentes. Obligados a sacar de ellas una conclusión, descubrimos una acrobacia muy peligrosa. Descubrimos una elasticidad alejada del mérito, y, ante espíritus tan poco sinceros, pensamos que en casos como éste a que se alude no pueden ser ni cosechadores de orgullo nacional ni de preocupación hispana.

Algunos americanos modernos dicen que el idioma español es pobre; lo dicen de hinojos ante el francés; y los suizos acusan al idioma francés de idéntica pobreza, quizá arrodillados ante el alemán o el italiano. En ambos idiomas, suizos y americanos, con buena voluntad, encontrarían todas las palabras que necesitasen o bien sus equivalentes.

Así como esos americanos (por suerte muy pocos) ponen su veto sistemáticamente a todo esplendor español, así hay españoles (también pocos) que lo [66] ponen a la pujante ascensión de muchos países hispanoamericanos. Son seres que se dedican a ver exclusivamente la parte mala de los hombres y de las cosas. Padecen calvicie interna y en el arbolado propio de todo espíritu cultivado tienen enormes calveros. Quieren disparar como las piezas de artillería y no pasan de hacer estampidos de neumático, que, una vez producidos, se desinflan. Hay seres que hilan y los hay que deshilan. Los primeros fabrican telas útiles, los segundos crean trapos y aun los deshacen.

A cambio de esos americanos, hay otros, muchos e ilustres, que viven encariñados con la lengua de su origen. El embajador de la República Argentina en España, señor Daniel García Mansilla, en su folleto «Proyecto de asociación cultural hispanoamericana para conservar el idioma»; el escritor venezolano don Rufino Blasco Fombona, en los diarios de Madrid; el señor José María Peralta y Lagos, ministro de España de la República de El Salvador, en su folleto «Defensa del idioma», y la poetisa argentina Alfonsina Storni, en «El Sol», de Madrid (no cito más por no fatigar), aprecian la riqueza y hermosura de la lengua española y hablan de la necesidad de conservarla pura. Esta última escritora ha dicho: «El lenguaje es uno y cualquier escritor de habla castellana dondequiera haya nación, pertenece al tronco común y está en su propio interés aumentarlo y no disminuirlo, reverenciarlo y no mancillarlo.» [67]

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Nos hemos detenido excesivamente en este asunto, porque su índole apasionante lo puede justificar, aunque se trate de opiniones muy excepcionales.

Todos los países civilizados tienen los mismos elementos de civilización: lenguaje, religión, instituciones políticas e instituciones económicas. Estos dos últimos elementos son muy parecidos en todas las naciones; varían la religión y el lenguaje y éste es el que tiene más fuerza. Herder dice: «es preciso considerar a los órganos fonéticos como timón de nuestra inteligencia y al lenguaje como llama celeste que inflama nuestras ideas y sentimientos.»

Para España su idioma es un elemento psicosocial de primer orden, si estudia concienzudamente el alma española en América, que es lo más evolutivo que España tiene, adentro y fuera de sí.

El tener el mismo idioma equivale a una invitación para pensar del mismo modo como, sobre poco más o menos, dijo Renán.

Juan Zorrilla de San Martín dice que «en las lenguas formadas, como en las obras geniales, hay algo más de lo que está al alcance del análisis material, porque son el producto del genio de un pueblo, el genio mismo si se quiere».

El idioma español es vaso sagrado donde los países hispano-americanos vierten su intelecto, consagrando sentimientos de confraternidad entre ellos y la Madre Patria; es arca vargueña que guarda fielmente la poesía de veinte pueblos hermanos, y es sabido que la poesía marca en el alma el lugar de las flores predilectas.

En América y en España son iguales los tañedores de guitarra y este es el instrumento que el pueblo [68] tiene en ambas partes para expresar penas y alegrías.

Cantar los amores en el mismo idioma equivale a crear una afinidad de sentimientos de la que nacen simpatías favorables a una gran fuerza de atracción.

Y es el caso que sobre esto del idioma no sabe todavía España lo mucho que tiene que agradecer a América, que a pesar de su cosmopolitismo agudo, a pesar de la emigración española que allí llega destrozando el español con vicios lingüísticos propios de varias comarcas, a pesar de que el libro intelectual que más circula allí es el francés, conserva el idioma con giros y frases de una pureza verdaderamente clásica, aparte de los americanismos naturales y de los barbarismos y solecismos de que tampoco los españoles están libres.

Dice Altamira que el trabajo de crear defensas y leyes contra infundadas novedades que destruyan el español, lo han hecho mejor y en más grande escala que los mismos españoles, lingüistas americanos, desde Bello y García del Río a Cuervo, una de las primeras autoridades, si no la primera hoy día en materia de español.

Así que, aunque España llegase a aislarse del mundo, suspendiendo su intercambio intelectual con todo país civilizado y se entregase a dormir por dos siglos, al despertar no hallaría momificado ni seco su idioma; América habría cuidado, mantenido y enriquecido la flora de su significación psíquica.

El idioma español es en América lábaro espiritual de bellas guirnaldas. A la música de la lengua española, rica y viril, se fusionan muchas almas, pero como las grandes civilizaciones llegan también a América en otros vehículos, el lábaro espiritual [69] cervantino debe de ir siempre acompañado de todo el brillo de la civilización moderna, empresa en la que España, por fortuna, está empeñada hace algún tiempo.

Esos pocos escritores a que aludí no debieran de olvidar que amando las tradiciones, estudiando a conciencia la historia y el idioma y no renegando sistemáticamente del origen, es como se crea una autonomía espiritual. La económica es más difícil de crear, sobre todo cuando un coloso apoya su pie calzado con bota de oro, sobre el cuello de la aspirante a independiente.

Profesores y pensadores italianos y franceses visitan actualmente la América española, para competir con los españoles que allí llegan a dar conferencias desde hace veinte años; pero cuando los americanos las oyen en un idioma que no es el suyo no pueden apreciar bien el grado de compenetración que hay entre el pensamiento y la lengua en que éste se desenvuelve.

Este tema del idioma nos lleva de paso a pensar en algo que carece de cierta expresión. En España son extranjeros los franceses, los yankis, los ingleses, los rumanos, &c., pero los nacidos en las Repúblicas de origen español no lo son. Ellos así lo sienten y lo declaran cuando visitan a España. Los españoles piensan de igual manera; ¿qué son entonces? ¿Cómo llamarles? Ese nombre está por crear y debe crearlo la Real Academia de la Lengua, ya por iniciativa propia, ya aceptando el que resulte mejor de los que la propongan, por ejemplo, en una encuesta. ¿Por qué no denominarlos «Fraternos»? [70]

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De todo lo que se deja expuesto puede deducirse, sin titubeos, que la raza que descubrió, pobló y civilizó la mayor parte de América fue española netamente, con latidos latinos muy lejanos. Que el iberoamericanismo está mal aplicado y todavía mal definido, debiéndose tan sólo a don Alonso Quijano, que en este caso cambió la intrépida lanza por el arco de un violón. Que una cosa simpática y posible es el iberismo y otra imposible y absurda el iberoamericanismo. Que España no perdió su predominio espiritual en América y lo mantendrá indefinidamente si continúa llevando su civilización hacia el rango primero. Y que en consecuencia y por razones históricas, etnográficas, lingüísticas, sociológicas, de sentimiento y de pensamiento, debe decirse: «Hispanoamericanismo», «América española» y «Países hispanoamericanos».

Otra cosa será apartarse de la verdad y de la justicia y coadyuvar al forzado imperio espiritual en América de países que no tienen derecho a ejercitarlo.

Fuera de América y de España y sus posesiones están las Islas Filipinas que conservan gran amor a la que fue su nación genitriz, y como aquellas importantísimas Islas acabarán por obtener su independencia, pues todo el poder de Norte-América no basta para que su psicología encaje y arraigue entre los filipinos, allí se hablará siempre español, debido a lo cual, seguirá habiendo en el mundo otro mundo donde aun no se pone ni se pondrá el sol: el mundo de habla española.

 

Opúsculo de 70 páginas, número XXII de Cuadernos de Cultura,
«Publicación quincenal | Redacción y administración: Embajador Vich, 15, entlo., Valencia 1930.»


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Leopoldo Basa
El mundo de habla española (1930)