Filosofía en español 
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El trabajo y la lucha de clases

Segunda edición · 1939 · III año triunfal
 
 
 

«Lo mismo que a cuatrocientos y pico kilómetros de distancia dijimos a los defensores del Alcázar: “Iremos por vosotros y os salvaremos”, y cumplimos nuestra palabra, así, lo mismo os decimos a vosotros:
 
En ningún hogar español dejará de encenderse lumbre, ningún obrero carecerá de pan, porque los que tienen más deberán desprenderse de algo a favor de los que tienen menos.»
 
FRANCO.

 
 

Índice

El trabajo y la lucha de clases

Por la independencia de España y la paz social, 3

Así hablaba la Falange, 5

Voz de José Antonio: Ante una encrucijada en la historia político-económica del mundo, 5

Raimundo Fernández Cuesta: Economía, Trabajo y Lucha de clases, 30

Julio Ruiz de Alda: La tierra, 33

Así lo realiza España, 37

Por lo que España lucha, 38

Se conservan las conquistas sociales, 40

Normas programáticas del Estado español, 41

  I.  El nuevo Estado proteje y dignifica al obrero, 43

  II.  El nuevo Estado proteje y atiende los intereses del campesino y del ganadero, 50

  III.  El nuevo Estado apoya a la clase media, 53

  IV.  Contra el encarecimiento de la vida y los beneficios extraordinarios, 53

El Fuero del Trabajo, 55.

 


El trabajo y la lucha de clases

Por la independencia de España y la paz social

Se adueñaron ellos de las grandes ciudades, se incautaron de las industrias y transportes, creyendo que la riqueza, el dinero, les ponía a cubierto de asechanzas. Tuvieron en los técnicos uncidos a su corro y en las agrupaciones obreras revolucionarias que invadieron las funciones de gobierno la mejor coyuntura para resolver los problemas sociales y dar a todos los productores el bienestar que merece la condición humana. Pero llevaban al Poder demasiado rencor y ninguna base ética; no venían a instaurar la paz social, un régimen de convivencia fructífera, la verdadera democracia, sino la substitución de un predominio por otra tiranía: el “quítate tú, que me ponga yo”. Y en estas circunstancias no podían tener consigo a las masas del país; no podían formar en sus filas más que los nuevos explotadores; no podían tras los millares de muertos en las eufóricas salidas al frente de los primeros meses contar con un ejército, sino de alquilones. Desde el principio, pues, quedaba roto el equilibrio social y carecían de combatientes decididos y retaguardias unidas para imponer su ideario, aun a la fuerza.

Salió, en cambio, nuestro Movimiento Nacional, de los campos españoles, y anduvo por breñas y villorrios, apoyado a su paso por la totalidad de las gentes, a rescatar las ciudades e industrias y tráficos: el marinero cántabro, labradores castellanos, aragoneses y navarros, empleados, estudiantes y hombres de carrera, unidos en la protesta contra la vida rijosa y gris y la atonía económica y el desprestigio en que gobernantes sin fe ni principios habían sumido el nombre de España. Hallaron en el mando inteligencia no común y un gran corazón y el Ejército se vio colmado de voluntarios, pues era toda la gente trabajadora y sana que cifraba su empeñó en salvar a su Patria. Y se ganaron las minas y los saltos de agua y los centros fabriles, se rescataron los puertos uno a uno y se restablecieron los tráficos; en la España Nacional no faltaron los víveres ni el trabajo y al tender un trozo de pan no se preguntaban las ideas políticas de quien lo recibía, pues era un español y con eso basta.

Así, mientras triunfaban los ejércitos se afianzaba y prosperaba lo vida de la retaguardia, una retaguardia operante que, comulgando con los del frente, constituía la expresión acabada de la Nación en armas y la base más firme para el éxito de las operaciones militares. Y entre victoria y victoria se iban echando los cimientos del Estado nuevo; se devolvía a la familia y al individuo su papel de elementos primigenios de la sociedad; se estructuraban las relaciones de obreros, técnicos y empresarios, hermanándolos en la consecución del fin común: la producción; se restablecía el respeto mutuo y se lograba el mayor ejemplo de compenetración que registra nuestra historia; en suma, se ganaba la guerra porque se iba ganando la paz.

Esta es la paz que el Caudillo ofrece, no sólo a los enemigos de un día, sino a los españoles todos. “Paz y amor entre los españoles ofrecía Francisco Franco, desde Tenerife, en aquel 18 de julio del Alzamiento patriótico; Trabajo para todos, justicia social llevada a cabo sin encono ni violencia, y una equitativa y progresiva distribución de la riqueza, sin destruir ni poner en peligro la economía española.” Dos años han pasado desde entonces y en este período las voces autorizadas y la labor legislativa del Nuevo Estado no han hecho más que dar cuerpo y convertir en realidades aquellas promesas. Ahí está el Fuero del Trabajo, carta fundamental de los trabajadores de la futura y grande España. Nuestros claros precursores y nuestros caídos pueden volver serenamente a su descanso, pues se instaura al fin la España Una, Grande, Libre e Imperial que tanto ansiaron.


El trabajo y la lucha de clases

Así hablaba la Falange

Voz de José Antonio

I Conferencia del Círculo de la Unión Mercantil

II Discurso del 17 de noviembre de 1935

Ante una encrucijada en la historia político-económica del mundo
 

I

Vamos a pensar que estamos, por un instante, en el último tercio del siglo XVIII. Del siglo XII al XVI el mundo vivió una vida fuerte y sólida, en una armonía total; el mundo giraba alrededor de un eje. En el siglo XVI empezó esto ya a ponerse en duda, el siglo XVIII ya no creía en nada; si queréis, no creían en nada los más elegantes, los más escogidos del siglo XVIII; no creían ni siquiera en sí mismos. Empezaron a asistir a las primeras representaciones, a las primeras lecturas en que los literatos y los filósofos de la época se burlaban de esa misma sociedad afanada en festejarles. Vemos que las mejores sátiras contra la sociedad del siglo XVIII son aplaudidas y celebradas por la misma sociedad a la que se satiriza.

En este ambiente del siglo XVIII, en este siglo XVIII, que todo lo reduce a conversaciones, a ironías, a filosofía delgada, nos encontramos dos figuras bastante distintas: la figura de un filósofo ginebrino y la figura de un economista escocés.

El filósofo ginebrino es un hombre enfermizo, delicado, refinado; es un filósofo al que, como dice Spengler que acontece a todos los romanticos –y éste era un precursor ya directo del romanticismo–, fatiga el sentirse viviendo en una sociedad demasiado sana, demasiado viril, demasiado robusta. Le acongoja la pesadumbre de esa sociedad ya tan formada y siente como el apremio de ausentarse, de volver a la naturaleza, de liberarse de la disciplina, de la armonía, de la norma. Esta angustia de la naturaleza es como la nota constante en todos sus escritos: la vuelta a la libertad. El más famoso de sus libros, el libro que va a influir durante todo el siglo XIX y que va a venir a desenlazarse casi ya en nuestros días, no empieza exactamente como habéis leído en muchas partes, pero sí casi empieza en una frase que es un suspiro: Dice: “El hombre nace libre y por doquiera se encuentra encadenado”. Este filósofo –ya lo sabéis todos– se llama Juan Jacobo Rousseau; el libro se llama “El contrato social”.

“El contrato social” quiera negar la justificación de aquellas autoridades recibidas tradicionalmente o por una designación que se suponía divina o por una designación que en la tradición se apoyaba. Él quiere negar la justificación de esos poderes y quiere empezar la construcción de nuevo sobre su nostalgia de la libertad. Dice: el hombre es libre; el hombre por naturaleza, es libre y no puede renunciar de ninguna manera a ser libre; no puede haber otro sistema que el que él acepte por su libre voluntad; a la libertad no puede renunciarse nunca, porque equivale a renunciar a la cualidad humana; además, si se renunciara a la libertad se concluiría un pacto nulo por falta de contraprestación; no se puede más que ser libre e irrenunciablemente libre; por consecuencia, contra las libres voluntades, los que integran una sociedad no puede levantarse ninguna forma de Estado; tiene que haber sido el contrato el origen de las sociedades políticas; este contrato, el concurso de estas voluntades, engendra una voluntad superior, una voluntad que no es la suma de las otras, sino que es consistente por sí misma, es un “yo” diferente, superior e independiente de las personalidades que lo formaron con su asistencia. Pues bien, esta voluntad soberana, esta voluntad desprendida ya de las otras voluntades, es la única que puede legislar; ésta es la que tiene siempre razón; ésta es la única que puede imponerse a los hombres sin que los hombres tengan nunca razón contra ella, porque si se volvieran contra ella se volverían contra ellos mismos; esta voluntad soberana ni puede equivocarse, ni puede querer el mal de sus súbditos.

Por otra parte, tenemos el economista escocés. El economista escocés es otro tipo de hombre; es un hombre exacto, formal, sencillo en sus gustos, algo volteriano, bastante distraído y un poco melancólico. Este economista, antes de serlo, explicó Lógica en la Universidad de Glasgow y después Filosofía Moral. Entonces la Filosofía Moral se componía de varias cosas bastante diferentes: Teología natural, Ética, Jurisprudencia y Política. Había, incluso, escrito en el año 1759, un libro que se titulaba “Teoría de los sentimientos morales”, pero, en realidad, no es este libro el que le abrió las puertas de la inmortalidad; el libro que le abrió las puertas de la inmortalidad se llama “Investigaciones acerca de la riqueza de las naciones”. El economista escocés, ya lo habéis adivinado todos, se llama Adam Smith.

Pues bien: para Adam Smith el mundo económico era una comunidad natural creada por la división del trabajo. Esta división del trabajo no era un fenómeno consciente, un fenómeno espontáneo. Los hombres se habían ido repartiendo el trabajo sin ponerse de acuerdo; a ninguno, al proceder a esa división, había guiado el interés de los demás, sino la utilidad propia; lo que es que cada uno al buscar esa utilidad propia había venido a armonizarla con la utilidad de los demás, y así en esta sociedad espontánea, libre, se presentan: primero el trabajo, que es la única fuente de toda riqueza; después, la permuta, es decir, el cambio de las cosas que nosotros producimos por las cosas que producen los otros; luego, la moneda, que es una mercancía que todos estaban seguros habían de aceptar los demás; por último, el capital, que es el ahorro de lo que no hemos tenido que gastar, el ahorro de productos para poder con él dar vitalidad a empresas nuevas. Adam Smith cree que el capital es la condición indispensable para la industria; “el capital condiciona la industria...” son sus palabras. Pero todo esto pasa espontáneamente, como os digo; nadie se ha puesto de acuerdo para que esto suceda así y, sin embargo, anda así, tiene que andar así; además, Adam Smith considera que debe andar así y está tan seguro, tan contento de esta demostración que va enhebrando, que, encarándose con el Estado, con el soberano –él también le llama el soberano–, le dice: lo mejor que puedes hacer es no meterte en nada, dejar las cosas como están. Estas cosas de la economía son delicadísimas; no las toques que, no tocándolas, se harán solas ellas e irán bien.

El libro de Rousseau se ha publicado en 1762; el de Adam Smith se ha publicado en 1776, con muy pocos años de diferencia. Hasta entonces son dos disquisiciones doctrinales: una tesis que aventura un filósofo y una tesis que aventura un economista; pero he aquí que en aquel final agitado del siglo XVIII ocurre lo que tiene que ocurrir para que estas dos tesis teóricas se pongan inmediatamente a prueba. Como si estuviéramos en un cinematógrafo, ante una de esas películas que hacen desfilar delante de nuestros ojos diversos acontecimientos y hacen aparecer, como surgiendo de un fondo lejano y adelantándose a la pantalla, cifras de fechas... 1908, 1911, 1917... esta noche podemos imaginar que vemos saltar hacia la pantalla todas esas cifras: 1765, 1767, 1769, 1785, 1789, por último. Las cinco primeras de estas fechas corresponden a la invasión de las máquinas, máquinas que van a transformar la industria, sobre todo la industria de los hilados y los tejidos; corresponden al invento de la primera máquina de hilar, de la primera máquina de vapor, de la primera máquina de tejer...: la última, 1789, no hay que decirlo, corresponde nada menos que a la Revolución francesa. La revolución se encuentra con los principios roussonianos ya elaborados y los acepta. En la Constitución de 1789, en la del 91, en la del 93, en la del año tercero, en la del año octavo, se formula, casi con las mismas palabras usadas por Rousseau, el principio de la soberanía nacional: “El principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación. Ninguna corporación, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ella expresamente.” No creáis que siempre se da entrada, al mismo tiempo que se declara esto, al sufragio universal. Sólo en una de las Constituciones revolucionarias francesas, en la de 1793, que no llegó a aplicarse, se establece ese sufragio; en las demás, no; en las demás el sufragio es restringido, y aun en la del año VIII, desaparece; pero el principio siempre se formula: “toda soberanía reside esencialmente en la nación.”

Sin embargo, hay algo en las Constituciones revolucionarias que no estaba en el “Contrato social”, y es la declaración de los derechos del hombre. Ya os dije que Rousseau no admitía que el individuo se reservase nada frente a esta voluntad soberana, a este “yo” soberano constituido por la voluntad nacional. Rousseau no lo admitía; las Constituciones revolucionarias, sí. Pero era Rousseau el que tenía razón. Había de llegar con el tiempo el poder de las Asambleas a ser tal que, en realidad, la personalidad del hombre desapareciera, que fuera ilusorio querer alegar contra aquel poder ninguna suerte de derechos que el individuo se hubiese reservado.

El liberalismo (se puede llamar así porque no a otra cosa que a levantar una barrera contra la tiranía aspiraban las Constituciones revolucionarias), el liberalismo, tiene su gran época, aquella en que instala a todos los hombres en la igualdad ante la ley, conquista de la cual ya no se podrá volver atrás nunca. Pero lograda esta conquista y pasada su gran época, el liberalismo empieza a encontrarse sin nada que hacer y se entretiene en destruirse a sí mismo. Como es natural, lo que Rousseau denominaba la voluntad soberana viene a quedar reducida a ser la voluntad de la mayoría –teóricamente, por expresar una conjetura de la voluntad soberana, pero en la práctica por el triunfo sobre la minoría disidente–, la que había de imponerse frente a todos: el logro de esa mayoría implicaba que los partidos tuvieran que ponerse en lucha para lograr más votos que los demás; que tuvieran que hacer propaganda unos contra otros, después de fragmentarse. Es decir, que bajo la tesis de la soberanía nacional, que se supone indivisible, es justamente cuando las opiniones se dividen más, porque como cada grupo aspira a que su voluntad se identifique con la presunta voluntad soberana, los grupos tienen cada vez más que calificarse, que combatirse, que destruirse y tratar de ganar en las contiendas electorales. Así resulta que en la descomposición del sistema liberal (y naturalmente que este tránsito, este desfile resumido en unos minutos, es un proceso de muchos años), en esta descomposición del sistema liberal, los partidos llegan a fragmentarse de tal manera que, ya en las últimas boqueadas del régimen, en algún sitio de Europa, como la Alemania de unos días antes de Hitler, había no menos de 32 partidos. En España no me atrevería a decir los que hay porque yo mismo no lo sé; ni siquiera sé, de veras, los que hay representados en las Cortes, porque aparte de todos los grupos oficialmente representados y de los fundidos en agrupaciones parlamentarias, aparte de los Diputados que, por sí mismo, o con uno o dos amigos entrañables, ostentan una denominación de grupo, hay en nuestro Parlamento –don Mariano Matesanz lo sabe– algo extraordinariamente curioso, a saber: dos minorías compuestas cada una por diez señores y que se llaman minorías independientes, pero, fijaos, no porque ellas, como tales minorías, sean independientes de las demás, sino porque cada uno de los que las integran se sienten independientes de todos los otros. De manera que los que pertenecen a esas minorías, a las que ni don Mariano Matesanz ni yo pertenecemos, porque nosotros somos independientes del todo, los que pertenecen a esas minorías se agrupan, tienen como vínculo de ligazón precisamente la nota característica de no estar de acuerdo; es decir, están de acuerdo sólo en que no están de acuerdo en nada. Y, naturalmente, aparte de esta pulverización de los partidos, mejor, cuando se sale de esta pulverización de los partidos porque circunstancialmente unas cuantas minorías se aúnan, entonces se da el fenómeno de que la mayoría, la mitad más uno, la mitad más tres de los Diputados, se siente investida de la plena soberanía nacional, para esquilmar y para agobiar, no sólo el resto de los Diputados, sino el resto de los españoles, se siente portadora de una ilimitada facultad de autojustificación, es decir, se cree dotada del poder hacer bueno todo lo que se le ocurre y ya no considera ninguna suerte de estimación personal, ni jurídica, ni humana para el resto de los mortales.

Juan Jacobo Rousseau había previsto algo así, y decía: “Bien, pero es que, como la voluntad soberana es indivisible y además no se puede equivocar, si por ventura un hombre se siente alguna vez en pugna con la voluntad soberana, este hombre es el que está equivocado, y entonces cuando la voluntad soberana le constriñe a someterse a ella, no hace otra cosa que obligarle a ser libre.” Fijaos en el sofisma y considerad si cuando, por ejemplo, los Diputados de la República, representantes innegables de la soberanía nacional, os recargamos los impuestos o inventamos alguna otra ley incómoda con que mortificaros, se os había ocurrido pensar que en el acto este de recargar vuestros impuestos o de mortificaros un poco más estábamos llevando a cabo la labor benéfica de haceros un poco más libres, quisierais o no quisierais.

Corre paralela la historia del liberalismo económico a la historia del liberalismo político. Lo mismo que Rousseau se encontró con que la Revolución francesa al poco tiempo acogió sus principios. Adam Smith tuvo la suerte, raras veces alcanzada por ningún escritor, de que Inglaterra diera también acogida a sus principios económicos. Inglaterra estableció poco después la completa libertad económica. Abrió la mano al libre juego de la oferta y de la demanda, que según Adam Smith, iba a producir más, sin presión de nadie más, el equilibrio económico. Y, en efecto, también el liberalismo económico vivió su época heroica, una magnífica época heroica.

Nosotros no nos tenemos que ensañar nunca con los caídos, ni con los caídos físicos, con los hombres que, por ser hombres, aunque fueran enemigos nuestros, nos merecen todo el respeto que implica la dignidad y la cualidad humana, ni con los caídos ideológicos. El liberalismo económico tuvo una gran época, una magnifica época de esplendor; a su ímpetu, a su iniciativa se debieron el ensanche de riquezas enormes hasta entonces no explotadas; la llegada, aun a las capas inferiores, de grandes comodidades y hallazgos; la competencia, la abundancia, elevaron innegablemente las posibilidades de vida de muchos. Ahora bien, por donde iba a morir el liberalismo económico, era porque, como hijo suyo, iba a producirse muy pronto este fenómeno tremendo, acaso el fenómeno más tremendo de nuestra época, que se llama el capitalismo. Y desde este momento sí que me parece que ya no estamos contando viejas historias.

Yo quisiera de ahora para siempre que nos entendiéramos acerca de las palabras. Cuando se habla de capitalismo no se hace alusión a la propiedad privada; estas dos cosas no sólo son distintas, sino que casi se podría decir que son contrapuestas. Precisamente uno de los efectos del capitalismo fue el aniquilar casi por entero a la propiedad privada en sus formas tradicionales. Esto está suficientemente claro en el ánimo de todos, pero no estará de más que se le dedique unas palabras de mayor esclarecimiento. El capitalismo es la transformación más o menos rápida, de lo que es el vínculo directo del hombre con sus cosas, en un instrumento técnico de ejercer el dominio. La propiedad antigua, la propiedad artesana, la propiedad del pequeño productor, del pequeño comerciante, es como una proyección del individuo sobre sus cosas: en tanto es propietario en cuanto puede tener esas cosas, usarlas, gozarlas, cambiarlas. Si queréis, casi en estas mismas palabras ha estado viviendo en las leyes romanas durante siglos el concepto de la propiedad; pero a medida que el capitalismo se perfecciona y se complica, fijaos en que va alejándose la relación del hombre con sus cosas y se va interponiendo una serie de instrumentos técnicos de dominar. Lo que era esta proyección directa, humana, elemental de relación entre un hombre y sus cosas, se complica; empiezan a introducirse signos que envuelven la representación de una propiedad, pero signos que cada vez van sustituyendo mejor a la presencia viva del hombre; y cuando llega el capitalismo a sus últimos perfeccionamientos, el verdadero titular de la propiedad antigua ya no es un conjunto de hombres, sino que es una abstracción representada por trozos de papel: así ocurre en lo que se llama la Sociedad Anónima. La Sociedad Anónima es la verdadera titular de un acervo de derechos: y hasta tal punto se ha deshumanizado, hasta tal punto le es indiferente ya el titular humano de esos derechos, que el que se intercambien los titulares de las acciones no varía en nada la organización jurídica, el funcionamiento de la sociedad entera.

Pues bien, este gran capital, este capital técnico, este capital que llega a alcanzar dimensiones enormes, no sólo no tiene nada que ver, como os decía, con la propiedad en el sentido elemental y humano, sino que es su enemigo. Por eso, muchas veces, cuando yo veo cómo, por ejemplo, los patronos y los obreros llegan, en luchas encarnizadas, incluso a matarse por las calles, incluso a caer víctimas de atentados donde se expresa una crueldad sin arreglo posible, pienso que no saben los unos y los otros que son ciertamente protagonistas de una lucha económica en la cual aproximadamente están los dos en el mismo bando; que quien ocupa el bando de enfrente contra los patronos y contra los obreros es el poder del capitalismo: la técnica del capitalismo financiero. Y si no, decidme: cuantas veces, patronos, habéis tenido que acudir a las grandes instituciones de crédito a solicitar un auxilio económico, sabéis muy bien qué intereses os cobran: del 7 y del 8 por 100; y sabéis no menos bien que ese dinero que se os presta no es de la institución que os lo presta, sino que es de los que se lo tienen confiado, percibiendo el uno y medio o el dos por ciento de interés: y esta enorme diferencia que se os cobra por pasar el dinero de mano a mano, gravita juntamente sobre vosotros y sobre vuestros obreros, que tal vez os están esperando detrás de una esquina para mataros.

Pues bien, ese capital financiero es el que durante los últimos lustros está recorriendo la vía de su fracaso, y ved que fracasa de dos maneras: primero, desde el punto de vista social (esto debíamos acaso esperarlo); después desde el punto de vista técnico del propio capitalismo, y esto lo vamos a demostrar en seguida.

Desde el punto de vista social, va a resultar que, sin querer, voy a estar de acuerdo en más de un punto con la crítica que hizo Carlos Marx. Como ahora, en realidad desde que todos nos hemos lanzado a la política tenemos que hablar de él constantemente, como hemos tenido todos que declararnos marxistas o antimarxistas, se presenta Carlos Marx por algunos –desde luego, por ninguno de vosotros– como una especie de urdidor de sociedades utópicas. Incluso en letras de molde hemos visto aquello de “los sueños utópicos de Carlos Marx”. Sabéis de sobra que si alguien ha habido en el mundo poco soñador, éste ha sido Carlos Marx: implacablemente, lo único que hizo fue colocarse ante la realidad viva de una organización económica, de la organización económica inglesa de las manufacturas de Manchester, y deducir que dentro de aquella estructura económica estaban operando unas constantes que acabarían por destruirla. Esto dijo Carlos Marx en un libro formidablemente grueso, tanto que no lo pudo acabar en vida, pero tan grueso como interesante, esta es la verdad; libro de una dialéctica apretadísima y de un ingenio extraordinario; un libro, como os digo, de pura crítica en el que, después de profetizar que la sociedad montada sobre este sistema acabaría destruyéndose, no se molestó ni siquiera en decir cuándo iba a destruirse ni en qué forma iba a sobrevenir la destrucción. No hizo más que decir: dadas tales y cuales premisas, deduzco que esto va a acabar mal; y después de eso se murió, incluso antes de haber publicado los tomos segundo y tercero de su obra; y se fue al otro mundo (no me atrevo a aventurar que al infierno, porque sería un juicio temerario) ajeno por completo a la sospecha de que algún día iba a salir algún antimarxista español que lo encajara en la línea de los poetas.

Este Carlos Marx ya vaticinó el fracaso social del capitalismo sobre el cual estoy departiendo ahora con vosotros. Vio que iban a pasar, por lo menos, estas cosas: primeramente, la aglomeración de capital. Tiene que producirla la gran industria. La pequeña industria apenas operaba más que con dos ingredientes: la mano de obra y la primera materia. En las épocas de crisis, cuando el mercado disminuía, estas dos cosas eran fáciles de reducir: se compraba menos primera materia, se disminuía la mano de obra y se equilibraba, aproximadamente, la producción con la exigencia del mercado. Pero llega la gran industria, y la gran industria, aparte de ese elemento que se va a llamar por el propio Marx capital variable, emplea una enorme parte de sus reservas en capital constante; una enorme parte que sobrepuja, en mucho, el valor de las primeras materias y de la mano de obra; reúne grandes instalaciones de maquinaria que no es posible en un momento reducir. De manera que para que la producción compense esta aglomeración de capital muerto, de capital irreducible, no tiene más remedio la gran industria que producir a un ritmo enorme como produce; y como a fuerza de aumentar la cantidad llega a producir más barato, invade el terreno de las pequeñas producciones, va arruinándoles una detrás de otra y acaba por absorberlas.

Esta ley de la aglomeración de capital la predijo Marx, y aunque algunos afirmen que no se ha cumplido, estamos viendo que sí, porque Europa y el mundo están llenos de “truts”, de sindicatos de producción enormes y de otras cosas que vosotros conocéis mejor que yo, como son esos magníficos almacenes de precio único que pueden darse el lujo de vender a tipos de “dumping”, sabiendo que vosotros, pequeños comerciantes, no podéis resistir la competencia de unos meses y que ellos en cambio, compensando unos establecimientos con otros, unas sucursales con otras, pueden esperar cruzados de brazos vuestro total aniquilamiento.

Segundo fenómeno social que sobreviniese: la proletarización. Los artesanos, desplazados de sus oficios, los artesanos que eran dueños de su instrumento de producción y que, naturalmente, tienen que vender su instrumento de producción porque ya no les sirve de nada, los pequeños productores, los pequeños comerciantes van siendo aniquilados económicamente por este avance ingente, inmenso, incontenible del gran capital, y acaban incorporándose al proletariado, se proletarizan. Marx lo describe con un extraordinario acento dramático cuando dice que estos hombres, después de haber vendido sus productos, después de haber vendido el instrumento con que elaboran sus productos, después de haber vendido sus casas, ya no tienen nada que vender, y entonces se dan cuenta de que ellos mismos pueden ser una mercancía, y se lanzan al mercado a alquilarse por una temporal esclavitud. Pues bien, este fenómeno de la proletarización de masas enormes y de su aglomeración en las urbes alrededor de las fábricas, es otro de los síntomas de quiebra social del capitalismo.

Y todavía se produce otro, que es la desocupación. En los primeros tiempos del empleo de las máquinas, se resistían los obreros a darles entrada en los talleres. A ellos les parecía que aquellas máquinas que podían hacer el trabajo de 10, 100 o 400 obreros, iban a desplazarles. Como se estaba en los tiempos de fe en el “progreso indefinido” los economistas de entonces sonreían y decían: “Estos ignorantes obreros no saben que esto lo que hará será aumentar la producción, desarrollar la economía, dar mayor auge a los negocios...; habrá sitio para las máquinas y para los hombres.” Pero resultó que no había ese sitio, que en muchas partes las máquinas han desplazado a la casi totalidad de los hombres en cantidades exorbitantes. Por ejemplo, en la fabricación de botellas de Checoeslovaquia –éste es un dato que viene a mi memoria– donde trabajaban, no en 1710, sino en 1920, 8.000 obreros, en este momento no trabajan más que 1.000, y, sin embargo, la producción de botellas ha aumentado.

El desplazamiento del hombre por la máquina no tiene ni la compensación poética que se atribuyó a la máquina en los primeros tiempos, aquella compensación que consistía en aliviar a los hombres de una tarea formidable. Se decía: “No; las máquinas harán nuestro trabajo, las máquinas nos liberarán de nuestra labor.” No tiene esa compensación poética porque lo que ha hecho la máquina no ha sido reducir la jornada de los hombres, sino, manteniendo la jornada igual poco más o menos –pues la reducción de la jornada se debe a causas distintas–, desplazar a todos los hombres sobrantes.

Ni ha tenido la compensación de implicar un aumento de salarios; porque, evidentemente los salarios de los obreros han aumentado; pero aquí también lo tenemos que decir todo tal como lo encontramos en las estadísticas y en la verdad. ¿Sabéis en la época de prosperidad de los Estados Unidos, en la mejor época desde 1922 hasta 1929, en cuánto aumentó el volumen total de los salarios pagados a los obreros? Pues aumentó en un 5 por 100. Y, ¿sabéis en la misma época en cuánto aumentaron los dividendos percibidos por el capital? Pues aumentaron en el 86 por 100. ¡Decid si es una manera equitativa de repartir las ventajas del maquinismo!

Pero era de prever que el capitalismo tuviera esta quiebra social. Lo que era menos de prever era que tuviera también una quiebra técnica, que es acaso la que está llevando su situación a términos desesperados.

Por ejemplo: las crisis periódicas han sido un fenómeno producido por la gran industria y producido precisamente por esa razón que os decía antes cuando explicaba la aglomeración del capital. Los gastos irreductibles de primer establecimiento son gastos muertos que en ningún caso se pueden achicar cuando el mercado disminuye. La superproducción, aquella producción a ritmo violentísimo, de que hablaba antes, acaba por saturar los mercados. Se produce entonces el subconsumo y el mercado absorbe menos de lo que las fábricas le entregan. Si se conservase la estructura de la pequeña economía anterior, se achicaría la producción proporcionalmente a la demanda mediante la disminución en la adquisición de primeras materias y de mano de obra; pero como esto no se puede hacer en la gran industria, porque tiene ese ingente capital muerto, la gran industria se arruina: es decir que técnicamente la gran industria hace frente a las épocas de crisis peor que la pequeña industria. Primera quiebra para su antigua altanería.

Pero después, una de las notas más simpáticas y atractivas del período heroico del capitalismo liberal falla también. Es aquella arrogancia de sus primeros tiempos, en que decía: “Yo no necesito para nada el auxilio público: es más, pido a los Poderes públicos que me dejen en paz, que no se metan en mis cosas.” El capitalismo muy en breve bajo también la cabeza en este terreno: muy en breve, en cuanto vinieron las épocas de crisis, acudió a los auxilios públicos, y así hemos visto cómo las instituciones más fuertes se han acogido a la benevolencia del Estado, o para impetrar protecciones arancelarias, o para obtener auxilios en metálico. Es decir que, como dice un escritor enemigo del sistema capitalista, el capitalismo, tan desdeñoso, tan refractario a una posible socialización de sus ganancias, en cuanto vienen las cosas mal es el primero en solicitar una socialización de las pérdidas.

Por último, otra de las ventajas del libre cambio, de la economía liberal, consistía en estimular la concurrencia. Se decía: compitiendo en el mercado libre todos los productores, cada vez se irán perfeccionando los productos y cada vez será mejor la situación de aquellos que los compran. Pues bien, el gran capitalismo ha eliminado automáticamente la concurrencia al poner la producción en manos de unas cuantas entidades poderosas.

Y vienen todos los resultados que hemos conocido, la crisis, la paralización, el cierre de las fábricas, el desfile inmenso de proletarios sin tarea, la guerra europea, los días de la trasguerra... y el hombre que aspiró a vivir dentro de una economía y una política liberal, dentro de un principio liberal que llevó a una política y a una economía de sustancia y de optimismo, vino a encontrarse reducido a esta cualidad terrible: antes era artesano, pequeño productor, miembro de una corporación acaso dotada de privilegios, vecino de un Municipio fuerte, y ya no es nada de eso: al hombre se le ha ido librando de todos sus atributos, se le ha ido dejando químicamente puro en su condición de individuo; ya no tiene nada; tiene el día y la noche; no tiene ni un pedazo de tierra donde poner los pies, ni una casa donde cobijarse, la antigua ciudadanía completa, humana, íntegra, llena, se ha quedado reducida a estas dos cosas desoladoras: un número en las listas electorales y un número en las colas a las puertas de las fábricas.

Y entonces mirad qué dos perspectivas para Europa: de una parte la vecindad de una guerra posible; Europa desesperada, desencajada, nerviosa, acaso se precipite a otra guerra; de otro lado el atractivo de Rusia, el atractivo de Asia, porque no se os olvide el ingrediente asiático de esto que se llama comunismo ruso, en el que hay tanta o más influencia marxista germánica, influencia típicamente anarquista asiática. Lenin anunciaba como última etapa del régimen que se proponía implantar –lo anunció en un libro que se publicó muy poco antes de triunfar la revolución rusa– que al final vendría una sociedad sin Estado y sin clases. Esta última etapa tenía toda clase de características del anarquismo de Bakunin y de Kropotkin, pero para llegar a esta última etapa había que pasar por otra durísima, marxista, de dictadura del proletariado, y Lenin, con extraordinario cinismo irónico, decía: “esta etapa no será libre ni justa. El Estado tiene la misión de oprimir; todos los Estados oprimen; el Estado de la clase trabajadora también sabrá ser opresor; lo que pasa es que oprimirá a la clase recién expropiada, oprimirá a la clase que hasta ahora la oprimía a ella. El Estado no será libre ni justo. Y, además, el paso a la última etapa, a esa etapa venturosa del anarquismo comunista, no sabemos cuándo llegará.” Esta es la hora en que no ha llegado todavía; probablemente no llegará nunca. Para una sensibilidad europea, para una sensibilidad de burgués o de proletario europeo, esto es terrible, desesperadamente. Allí sí que se llega a la disolución en el número, a la opresión bajo un Estado de hierro. Pero el proletariado europeo desesperado que no se explica su existencia en Europa, ve aquello de Rusia como un mito, como una posible remota liberación. Observad a dónde nos ha conducido la descomposición postrera del liberalismo político y del liberalismo económico: a colocar a masas europeas enormes en esta espantosa disyuntiva: o una nueva guerra, que será el suicidio de Europa, o el comunismo que será la entrega de Europa a Asia.

¿Y España, mientras tanto? En realidad, nuestro liberalismo político y nuestro liberalismo económico, casi se han podido ahorrar el trabajo de descomponerse, porque apenas si han existido nunca. El liberalismo político ya sabéis lo que era. El liberalismo económico tampoco tuvo que fallar en España, porque la mejor época del liberalismo económico, la época heroica del capitalismo en sus orígenes, el capitalismo español, en general, no la ha vivido nunca. Aquí las grandes empresas, desde el principio, acudieron al auxilio del Estado; no sólo no lo rechazaron, sino que acudieron a él, y muchas veces –lo sabéis perfectamente, está en el ánimo de todos– no sólo impetraron el auxilio del Estado, no sólo gestionaron aumentos de arancel protectores, sino que hicieron de esa discusión arma de amenaza para conseguir del Estado Español todas las claudicaciones. Y no hablemos más de esto.

Pues bien: en España que no fue nunca superindustrializada, que no está superpoblada: donde conservamos la posibilidad de rehacer una artesanía que aún permanece en gran parte donde tenemos una masa fuerte, entrenada, disciplinada y sufrida de pequeños productores y de pequeños comerciantes, donde tenemos una serie de valores espirituales intactos, en una España así ¿a qué esperamos para recobrar nuestra ocasión y ponernos otra vez –por ambicioso que esto suene–, en muy pocos años, a la cabeza de Europa? ¿A qué esperamos? Pues bien, esperamos a esto: a que los partidos políticos hagan el favor de dar por terminadas sus querellas sobre si van o no a liquidar las pequeñas diferencias que tienen pendientes en el Parlamento y fuera del Parlamento. Esta es la verdad; he prometido rigurosamente no dar a esto ni por un instante caracteres de mitin, pero decidme si la situación de los partidos españoles no es desoladora. Fijaos en la característica (y ya veis que quiero colocar la cosa todo lo alto que puedo) de la tragedia española y de la tragedia europea que habéis tenido la benevolencia de ir siguiendo conmigo esta noche: el hombre ha sido desintegrado, ha sido desarraigado, se ha convertido, como os decía antes, en un número en listas electorales y en un número en la cola de la puerta de las fábricas; este hombre desintegrado, lo que está pidiendo a voces es que se le vuelvan a poner los pies en la tierra, que se le vuelva a armonizar con un destino colectivo, con un destino común, sencillamente –llamando a las cosas por su nombre– con el destino de la Patria. La Patria es el único destino colectivo posible. Si lo reducimos a algo más pequeño, a la casa, al terruño, entonces nos quedamos con una relación casi física; si lo extendemos al universo nos perdemos en una vaguedad inasequible. La Patria es, justamente, lo que configura sobre una base física una diferenciación en lo universal, el destino de todo un pueblo; es, como decimos nosotros siempre, una unidad de destino en lo universal.

Pues bien, para esta integración del hombre y de la Patria, ¿a qué esperamos? A que los partidos de derecha y los partidos de izquierda se den cuenta de que estas dos cosas son inseparables y ya veis que no les censuro por ninguna menuda peripecia, les censuro por esta incapacidad para colocarse ante el problema total del hombre integrado en su Patria. Los partidos de izquierda ven al hombre, pero le ven desarraigado. La constante de las izquierdas es interesarse por la suerte del individuo contra toda arquitectura histórica, contra toda arquitectura política como si fueran términos contrapuestos. El izquierdismo es, por eso, disolvente; es, por eso, corrosivo; es, por eso, irónico, y estando dotado de una brillante colección de capacidades, es sin embargo muy apto para la destrucción y casi nunca apto para construir. El derechismo, los partidos de derecha enfilan precisamente el panorama desde el otro costado. Se empeñan en mirar también con un solo ojo en vez de mirar claramente, de frente y con los dos. El derechismo quiere conservar la Patria, quiere conservar la unidad, quiere conservar la autoridad, pero se desentiende de esta angustia del hombre, del individuo, del semejante que no tiene para comer.

Esta es rigurosamente la verdad, y los dos encubren su insuficiencia bajo palabrería: unos invocan a la Patria sin sentirla ni servirla del todo; los otros atenúan su desdén, su indiferencia por el problema profundo de cada hombre con fórmulas que, en realidad, no son más que mera envoltura verbal, que no significa nada. ¡Cuántas veces habréis oído decir a los hombres de derechas: estamos en una época nueva, hace falta ir a un Estado fuerte, hay que armonizar el capital con el trabajo, tenemos que buscar una forma corporativa de existencia! Yo os aseguro que nada de esto quiere decir nada, que son puros buñuelos de viento. Por ejemplo: ¿qué es eso de un Estado fuerte? Un Estado puede ser fuerte cuando sirva un gran destino, cuando se sienta ejecutor del gran destino de un pueblo. Si no, ese Estado es tiránico. Y generalmente los Estados tiránicos son los más blandengues. Cuando Felipe II asistía a la entrega de un hereje a la hoguera, estaba seguro de que dejándole ir a la hoguera servía al designio de Dios. En cambio, cuando un Gobierno liberal de nuestros días tiene que fusilar a uno que ha traicionado a su Patria, no se atreve a fusilarle porque no se siente suficientemente justificado por dentro.

Otra de las frases: hay que armonizar el capital con el trabajo. Cuando dicen esto, creen que han adoptado una actitud inteligentísima, humanísima, ante el problema social. Armonizar el capital con el trabajo... que es como si yo dijera: “me voy a armonizar con esta silla.” El capital –y antes he empleado bastante tiempo en distinguir el capital de la propiedad privada– es un instrumento económico que tiene que servir a la economía total y que no puede ser, por tanto, el instrumento de ventaja y de privilegio de unos pocos que tuvieron la suerte de llegar antes. De manera que cuando decimos que hay que armonizar el capital con el trabajo, no decimos –no dicen, porque yo nunca digo esas cosas– que hay que armonizaros a vosotros con vuestros obreros. (¿Es que vosotros, empresarios, no trabajáis también?: ¿es que no corréis los riesgos? Todo esto forma parte del bando de trabajo.) No, cuando se habla de armonizar el capital con el trabajo lo que se intenta es seguir nutriendo a una insignificante minoría de privilegiados con el esfuerzo de obreros y patronos... ¡Vaya una manera de arreglar la cuestión social y de entender la justicia económica!

¿Y el Estado corporativo? Esta es otra de las tres cosas. Ahora son todos partidarios del Estado corporativo; les parece que si no son partidarios del Estado corporativo les van a echar en cara que no se han afeitado aquella mañana, por ejemplo.

Esto del Estado corporativo es otro buñuelo de viento. Mussolini, que tiene alguna idea de lo que es el Estado corporativo, cuando instituyó las veintidós Corporaciones, hace unos meses, pronunció un discurso en el que dijo: “Esto no es más que un punto de partida; pero no es un punto de llegada.” La organización corporativa, hasta este instante, no es otra cosa, aproximadamente, en líneas generales, que esto: los obreros forman una gran Federación; los patronos forman otra gran Federación (los dadores del trabajo como se les llama en Italia); y entre estas dos grandes federaciones monta el Estado como una especie de pieza de enlace. A modo de solución provisional está bien, pero notad bien que éste es, agigantado, un recurso muy semejante al de nuestros Jurados Mixtos. Este recurso mantiene hasta ahora intacta la relación del trabajo en los términos en que la configura la economía capitalista. Subsiste la posición del que da el trabajo y la posición del que arrienda su propio trabajo para vivir. En un desenvolvimiento futuro, en un desenvolvimiento que parece revolucionario y que es muy antiguo, que fue ya hechura que tuvieron las viejas Corporaciones europeas se llegará a no enajenar el trabajo como una mercancía, a no conservar esta relación bilateral del trabajo, sino que todos los que intervienen en la tarea, todos los que forman y completan la economía nacional, estarán constituidos en Sindicatos verticales, que no necesitarán ni de Comités Paritarios ni de piezas de enlace, porque funcionarán orgánicamente como funciona el Ejército, por ejemplo, sin que a nadie se le haya ocurrido formar Comités Paritarios de soldados y jefes.

Pues con estas vaguedades de una organización corporativa del Estado y del Estado fuerte, y de armonizar el capital y el trabajo, se creen los representantes de partidos de derecha que han resuelto la cuestión social y han adoptado la posición política más moderna y más justa.

Todo eso son historias. La única manera de resolver la cuestión es alterando de arriba abajo la organización de la economía. Esta revolución en la economía no va a consistir como dicen por ahí que queremos nosotros, los que todo lo dicen porque se les pega al oído, sin dedicar cinco minutos a examinarlo, en la absorción del individuo por el Estado en el panteísmo estatal.

Precisamente la revolución total, la reorganización total de Europa tiene que empezar por el individuo, porque el que más ha padecido con este desquiciamiento, el que ha llegado a ser una molécula pura, sin personalidad, sin sustancia, sin contenido, sin existencia, es el pobre individuo, que se ha quedado el último para percibir las ventajas de la vida. Toda la organización, toda la revolución nueva, todo el refortalecimiento del Estado y toda la reorganización económica irán encaminados a que se incorporen al disfrute de las ventajas esas masas enormes desarraigadas por la economía liberal y por el conato comunista.

¿A eso se llama absorción del individuo por el Estado? Lo que pasa es que entonces el individuo tendrá el mismo destino que el Estado; que el Estado tendrá dos metas bien claras: lo que nosotros decimos siempre: una hacia afuera, afirmar la Patria; otra hacia dentro, hacer más felices, más humanos, más participantes en la vida humana a un mayor número de hombres. Y el día en que el individuo y el Estado, integrados en una armonía total, tengan un solo fin, un solo destino, una sola suerte que correr, entonces sí que podrá ser fuerte el Estado sin ser tiránico, porque sólo empleará su fortaleza para el bien y la felicidad de sus súbditos. Esto es precisamente lo que debiera ponerse a hacer España en estas horas: asumir este papel de armonizador del destino de la Patria, darse cuenta de que el hombre no puede ser libre si no vive como un hombre; y no puede vivir como un hombre si no le aseguran un mínimo de existencia; y no puede tener un mínimo de existencia, si no se ordena la economía sobre otras bases que aumenten la posibilidad del disfrute de millones y millones de hombres; y no puede ordenarse la economía sin un Estado fuerte y organizador: y no puede haber un Estado fuerte y organizador sino al servicio de una gran unidad de destino que es la Patria. Entonces ved cómo todo funciona mejor, ved cómo se acaba esta lucha titánica, trágica, entre el hombre oprimido por el Estado y el Estado que se siente opresor del hombre. Cuando se logre eso (y se puede lograr, y esa es la clave de la existencia de Europa, que así fue Europa cuando fue y así tendrán que volver a ser Europa y España) sabremos que en cada uno de nuestros actos, en la más humilde de nuestras tareas diarias estamos sirviendo al par que nuestro modesto destino de España y de Europa, y del mundo, al destino total y armonioso de la Creación.

II

Ya vosotros sabéis de antiguo cómo distinguimos nosotros entre la propiedad y el capitalismo. Si alguna duda hubiera, las palabras de Raimundo Fernández Cuesta, que eran todas de luz, lo hubieran puesto suficientemente en claro. Yo os invito, para que nunca más pueda jugarse con la ambigüedad de estas palabras, a que me sigáis en el siguiente ejemplo: Imaginad un sitio donde habitualmente se juegue a algún juego difícil. En esta partida se afanan todos, ponen su destreza, su ingenio, su inquietud. Hasta que un día llega uno más cauto que ve la partida y dice: perfectamente, aquí unos ganan y otros pierden; pero los que ganan y los que pierden necesitan para ganar o perder esta mesa y estas fichas. Bien: pues yo, por cuatro cuartos, compro la mesa y las fichas, se las alquilo a los que juegan y así gano todas las tardes. Pues éste que sin riesgo, sin esfuerzo, sin afán ni destreza, gana con el alquiler de las fichas, éste es el capital financiero. El dinero nace en el instante en que la economía se complica hasta el punto de que no pueden realizarse las operaciones económicas elementales con el trueque directo de productos y servicios. Hace falta un signo común con que todos nos podamos entender, y este signo es el dinero; pero el dinero, en principio, no es más que eso: un denominador común para facilitar transacciones. Hasta que llegan quienes convierten a este signo en mercancía para su provecho, quienes disponiendo de grandes reservas de este signo de crédito, lo alquilan a los que compran y a los que venden. Pero hay otra cosa: como la cantidad de productos que puede obtenerse, dadas ciertas medidas de primera materia y trabajo, no es susceptible de ampliación; como no es posible para alcanzar aquella cantidad de productos disminuir la primera materia, ¿qué es lo que hace el capitalismo para cobrarse el alquiler de los signos de crédito? Esto: disminuir la retribución, cobrarse a cuenta de la parte que le corresponde a la retribución del trabajo en el valor de producto. Y como en cada vuelta de la corriente económica el capitalismo quita un bocado, la corriente económica va estando cada vez más anémica y los retribuidos por debajo de lo justo van descendiendo de la burguesía acomodada a la burguesía baja, y de la burguesía baja al proletariado, y, por otra parte, se acumula el capital en manos de los capitalistas; y tenemos el fenómeno previsto por Carlos Marx que desemboca en la revolución rusa.

Así, el sistema capitalista ha hecho que cada hombre vea en los demás hombres un posible rival en las disputas furiosas por el trozo de pan que el capitalismo deja a los obreros, a los empresarios, a los agricultores, a los comerciantes, a todos los que, aunque no lo creáis a primera vista, estáis unidos en el mismo bando de esa terrible lucha económica, a todos los que estáis unidos en el mismo bando, aunque a veces andéis a tiros entre vosotros. El capitalismo hace que cada hombre sea un rival por el trozo de pan. Y el liberalismo, que es el sistema capitalista en su forma política, conduce a este otro resultado: que la colectividad, perdida la fe en un principio superior, en un destino común, se divida enconadamente en explicaciones particulares. Cada uno quiere que la suya valga como explicación absoluta, y los unos se enzarzan con los otros y andan a tiros por lo que llaman ideas políticas. Y así como llegamos a ver en lo económico con odio mortal a quien nos disputa el mendrugo, llegamos a ver en lo político con odio mortal a quien nos disputa el trozo mínimo de poder que nos asignan las constituciones liberales.

He aquí por qué, en lo económico y en lo político, se ha roto la armonía del individuo con la colectividad de que forma parte, se ha roto la armonía del hombre con su contorno, con su patria, para dar al contorno una expresión que ni se estreche hasta el asiento físico ni se pierda en vaguedades inaprehensibles.

Perdida la armonía del hombre y la Patria, del hombre y su contorno, ya está herido de muerte el sistema. Concluye una edad que fue de plenitud y se anuncia una futura Edad Media, una nueva edad ascensional. Pero entre las edades clásicas y las edades medias ha solido interponerse, y éste es el signo de Moscú, una catástrofe, una invasión de los bárbaros.

Pero en las invasiones de los bárbaros se han salvado siempre las larvas de aquellos valores permanentes que ya se contenían en la edad clásica anterior. Los bárbaros hundieron el mundo romano, pero he aquí que con su sangre nueva fecundaron otra vez las ideas del mundo clásico. Así, más tarde, la estructura de la Edad Media y del Renacimiento se asentó sobre líneas espirituales que ya fueron iniciadas en el mundo antiguo.

Pues bien: en la revolución rusa, en la invasión de los bárbaros a que estamos asistiendo, van ya, ocultos y hasta ahora negados, los gérmenes de un orden futuro y mejor. Tenemos que salvar esos gérmenes y queremos salvarlos. Esa es la labor verdadera que corresponde a España y a nuestra generación: pasar de esta última orilla de un orden económico social que se derrumba a la orilla fresca y prometedora del orden que se adivina: pero saltar de una orilla a otra por un esfuerzo de nuestra voluntad, de nuestro empuje y de nuestra clarividencia, saltar de una orilla a otra sin que nos arrastre el torrente de la invasión de los bárbaros.

Esta pérdida de armonía del hombre con su contorno origina dos actitudes: una, la que dice: Esto ya no tiene remedio; ha sonado la hora decisiva para el mundo en que nos tocó nacer y no hay sino resignarse, llevar a sus últimas consecuencias la dispersión, la descomposición. Es la actitud del anarquismo: se resuelve la desarmonía entre el hombre y la colectividad en los individuos; todo se disgrega como un trozo de tela que se desteje. Otra actitud es la heroica: la que rota la armonía entre el hombre y la colectividad, decide que ésta haga un esfuerzo desesperado por absorber a los individuos que tienden a dispersarse. Estos son los estados totales, los estados absolutos.

Yo digo que si la primera de las dos soluciones es disolvente y funesta, la segunda no es definitiva. Su violento esfuerzo puede sostenerse por la tensión genial de unos cuantos hombres, pero el alma de esos hombres late de seguro una vocación de interinidad; esos hombres saben que su actitud se resiste en las horas de tránsito, pero que, a la larga, se llegará a formas más maduras en que tampoco se resuelva la disconformidad anulando el individuo, sino en que vuelva a hermanarse el individuo y su contorno por la reconstrucción de esos valores orgánicos, libres y eternos que se llaman el individuo, portador de un alma, la familia, el sindicato, el municipio, unidades naturales de convivencia.

Tal misión es la que ha sido reservada a España y a nuestra generación, y cuando hablo de nuestra generación, ya entenderéis que no aludo a un valor cronológico; esto sería demasiado superficial. La generación es valor histórico y moral; pertenecemos a la misma generación los que percibimos el sentido trágico de la época en que vivimos y no sólo aceptamos, sino que recabamos para nosotros la responsabilidad del desenlace. Los octogenarios que se incorporen a esta tarea de responsabilidad y de esfuerzo pertenecen a nuestra generación; aquellos, en cambio, por jóvenes que sean, que se desentiendan del afán colectivo, serán excluidos de nuestra generación, como se excluye los microbios malignos de un organismo sano.

Esta conciencia de la generación está en todos nosotros. Y, sin embargo, andamos ahora partidos en dos bandos, por lo menos... andan partidos en dos bandos los de fuera de Falange: la izquierda y la derecha.

¿Qué es la juventud de izquierda? Es la que creyó en el 14 de abril de 1931. ¿Qué es la juventud de derecha? Es la que creyó en el 19 de noviembre de 1933. Pero fijaos en que aquella juventud de izquierda fue la primera en declararse defraudada cuando lo que pudo ser ocasión nacional de 1931 se resolvió en una ocasión rencorosa de represalia zafia, persecutoria y torpe, en que pronto se sobrepuso a la alegría colectiva del 14 de abril el viejo anticlericalismo sectario y pestilente de los Albornoces y de los Domingos. Y la juventud de noviembre de 1933 también llevaba en el alma la convicción de que salía de aquella tortura del primer bienio para entrar, a la carrera, cuesta arriba, en una ocasión nacional y reconstructora; pero a ella también se le ha metido en el alma el desaliento, cuando la ocasión revolucionaria de Asturias y Cataluña, en vez de tener el desenlace limpio y tajante que exigían todos, se ha disuelto en trámites y componendas inacabables, y cuando aquellos propósitos de justicia social que se agitaban en la propaganda han tenido que sacrificarse por necesidades políticas al burdo egoísmo de los caciques que se llaman agrarios.

Desbordando sus rótulos los muchachos de izquierda y de derecha que yo conozco han vibrado juntos siempre que se ha puesto en juego algún ansia profunda y nacional. Yo he visto a los diputados jóvenes de derechas que se sientan cerca de mí físicamente en el Parlamento, felicitarme cuando me opuse a aquel monstruoso retroceso de la contrarreforma agraria, y he visto a los jóvenes de izquierda felicitarme cuando he denunciado en público la inmoralidad y el estrago de cierto partido del régimen. En cuanto llega así un trance de prueba nacional o de prueba moral, nos entendemos todos los jóvenes españoles, a quienes nos resultan estrechos los moldes de la izquierda y de la derecha. En la derecha y en la izquierda tuvieron que alistarse los mejores de quienes componen nuestra juventud, unos por reacción contra la insolencia y otros por asco contra la mediocridad del espíritu bajo las banderas contrarias, tuvieron que someter el alma a una mutilación, resignarse a ver a España sesgada, de costado, con un ojo, como si fueran tuertos de espíritu. En derechas e izquierdas juveniles arde, oculto, el afán por encontrar en los espacios eternos los trozos ausentes de sus almas partidas; por hallar la visión armoniosa y entera de una España que no se ve del todo si se mira de un lado, que sólo se entiende mirando cara a cara, con el alma y los ojos abiertos.

En esta hora solemne me atrevo a formular un vaticinio: la próxima lucha, que acaso sea electoral, que acaso sea más dramática que las luchas electorales, no se planteará alrededor de los valores caducados que se llaman derecha e izquierda; se planteará entre el frente asiático, torvo, amenazador de la revolución rusa en su traducción española y el frente nacional de la generación nuestra en línea de combate.

Ahora, que bajo esta bandera del frente nacional no se podrá meter mercancía de contrabando. Es la palabra demasiado alta para que nadie la tome como apodo. Habrá centinelas a la entrada que registren a los que quieran penetrar para ver si de veras dejaron fuera del campamento todos los intereses del grupo y de clase: si traen de veras encendida en el alma la dedicación abnegada a esta empresa total, situada sobre la cabeza de todos, si conciben a España como un valor total fuera del cuadro de valores parciales en que se movió la política hasta ahora. Concretamente, los centinelas han de tener consignas que señalen los límites del frente nacional. Primero, un límite histórico; nada de propósitos reaccionarios, nada de nostalgias clandestinas de formas terminadas o de vuelta a sistemas sociales y económicos reprobados. No basta con venir cantando himnos. Estas cosas tienen que haberse dejado sinceramente a la entrada por quienes aspiren a que los centinelas les dejen paso. Segundo, un límite moral. Nosotros no podemos sentirnos solidarios de aquellas gentes que han habituado sus pulmones y sus entrañas a vivir en los climas morales donde pueden florecer los “straperlos”. Estos son los linderos infranqueables en lo negativo; esto es lo que excluye...

Pero no basta la exclusión. Hay que proponerse, positivamente, una tarea. La de dar a España estas dos cosas perdidas: primera, una base material de existencia que eleve a los españoles al nivel de seres humanos; segundo, la fe en un destino nacional colectivo y la voluntad resuelta de resurgimiento. Estas dos cosas tienen que ser las que se imponga como tarea el grupo, el frente en línea de combate de nuestra generación. Y hace falta, para que nadie se llame a engaño, decir lo que contienen estas dos proposiciones terminantes.

Resurgimiento económico de España. Os decía que el fenómeno del mundo es la agonía del capitalismo. Pues bien: de la agonía del capitalismo no se sale sino por la invasión de los bárbaros o por una urgente desarticulación del propio capitalismo. ¿Qué vamos a elegir sino esta salida? Y en ella hay tres capítulos que exigen tres labores de desarticulación: el capitalismo rural, el capitalismo bancario y el capitalismo industrial. Son los tres muy desigualmente propicios a la desarticulación. El capitalismo rural es bien fácil de desarticular. Fijaos en que me refiero estrictamente a aquello que consiste en usar la tierra como instrumento de rentas, o, según decían algunos economistas, como valor de obligación. No llamo de momento capitalismo rural a aquel que consiste en facilitar crédito a los labradores, porque éste entra en el capitalismo financiero a que aludiré en seguida, y tampoco a la explotación del campo en forma de gran empresa. El capitalismo rural consiste en que, por virtud de unos ciertos títulos inscritos en el Registro de la Propiedad, ciertas personas que no saben tal vez dónde están sus fincas, que no entienden nada de su labranza, tienen derecho a cobrar una cierta renta a los que están en esas fincas y las cultivan. Esto es sencillísimo de desarticular, y conste que al enunciar el procedimiento de desarticulación no formulo todavía un párrafo programático de la Falange; el procedimiento de desarticulación del capitalismo es simplemente éste: declarar cancelada la obligación de pagar la renta. Esto podrá ser tremendamente revolucionario, pero desde luego no originará el menor trastorno económico; los labradores seguirán cultivando sus tierras, los productos seguirán recogiéndose y todo funcionaría igual.

Le sigue en orden de la dificultad ascendente la desarticulación del capitalismo financiero. Esto es distinto. Tal como está montada la complejidad de la máquina económica es necesario el crédito; primero, que alguien suministre los signos de crédito admitidos para las transacciones; segundo, que cubra los espacios de tiempo que corren desde que empieza el proceso de la producción hasta que termina. Pero cabe transformación en el sentido de que este manejo de los signos económicos de crédito, en vez de ser negocio particular de unos cuantos privilegiados, se convierta en misión de la comunidad económica entera, ejercida por su instrumento idóneo, que es el Estado. De modo que al capitalismo financiero se le puede desmontar sustituyéndole por la nacionalización del servicio de crédito.

Queda, por último, el capitalismo industrial. Este es, de momento, de desmontaje más difícil porque la industria no cuenta sólo con el capital para fines de crédito, sino que el sistema capitalista se ha infiltrado en la estructura misma de la industria. La industria de momento requiere la existencia de diferentes patrimonios: la constitución de grandes acervos, de disponibilidades económicas sobre la planta jurídica de la sociedad anónima. El capital anónimo viene a ser el titular del negocio que sustituye a los titulares humanos de las antiguas empresas. Si en este instante se desmontase de golpe el capitalismo industrial, no se encontraría, por ahora, expediente eficaz para la constitución de industria, y esto determinaría, de momento, un grave colapso.

Así pues, en la desarticulación del orden capitalista, lo más fácil es desmontar el capitalismo rural; lo inmediatamente fácil desmontar el capitalismo industrial. Pero como Dios está de nuestra parte, resulta que en España apenas hay que desmontar capitalismo industrial, porque existe muy poco, y en lo poco que hay, aligerando algunas cargas constituidas por Consejos de Administración lujosos, por la pluralidad de empresas para servicios parecidos, y por la abusiva concesión de acciones liberadas, nuestra modesta industria recobraría toda su agilidad y podría aguardar relativamente bien durante esta época de paso. Quedarían, para una realización inmediata, la nacionalización del crédito, y la reforma del campo. He aquí por qué España, que es casi toda agraria, rural, se encuentra con que, en este periodo de liquidación del orden capitalista, está en las mejores condiciones para descapitalizarse sin catástrofe. He ahí por qué, no por vana palabrería, contaba con esta razón al decir que la misión de saltar por encima de la invasión de los bárbaros y establecer un orden nuevo, era una misión reservada a España.

Dos cosas positivas habrán, pues, de declarar quienes vengan a alistarse en los campamentos de nuestra generación: primera, la decisión de ir, progresiva, pero activamente, a la nacionalización del servicio de banca; segunda, el propósito resuelto de llevar a cabo, a fondo, una verdadera ley de reforma agraria.


El trabajo y la lucha de clases

Raimundo Fernández Cuesta

Economía, Trabajo y Lucha de clases
 

La verdadera solución

No es posible, ni humano, contemplar impávidos, según hacen los marxistas, la total destrucción de la clase obrera, esperando que de esa destrucción salga la emancipación del proletariado, ni tampoco remediar su actual situación mediante concesiones puramente graciosas, otorgadas por sentimentalismo o compasión, sino que se debe buscar la redención económica de todos los españoles, no de parte de ellos, mediante una transformación social, profunda y completa; no queda otro remedio que construir un orden nuevo formado por elementos psicológicos y técnicos distintos de los expuestos.

Hay que cambiar, ante todo, la finalidad de la economía, subordinando ésta a la Moral y viendo en ella el medio de satisfacer las necesidades humanas, no el de acumular riquezas o saciar placeres. Buscando en los negocios una ganancia remuneradora y no un provecho exorbitante, estableciendo salarios, precios y valores justos, huyendo en definitiva de los móviles predominantemente egoístas.

Hemos de ver al Estado como algo inmanente, no transcendente, considerando a cada individuo como depositario de parte del poder esencial de aquél y al Estado formado por todos y cada uno de nosotros, no mediante una relación directa, sino a través del Sindicato.

Queremos, en lugar de la Economía incoherente e irresponsable del sistema capitalista, otra, basada en la noción de las necesidades públicas, en el principio de la responsabilidad y en una organización sindical, en la que empresarios y obreros aparezcan confundidos en el concepto de productores consagrados a una misma tarea.

Debemos formar Sindicatos verticales y nacionales. Es decir, Sindicatos que, en lugar de ser exclusivamente de obreros o patronos, inspirados tan sólo en un interés de clase, lo estén en la producción, ya que vemos muchas veces que los proletarios de una industria determinada tienen más vínculos con los capitalistas de esta industria que con los propietarios que trabajan en otra industria competidora y opuesta. Sindicatos que descargarán al Estado de una serie de funciones económicas que ellos deben asumir, desburocratizando la Economía y llegando a la supresión del salariado mediante un reparto equitativo de los beneficios entre los factores que han intervenido en la producción. Disciplinarán la Economía, pero no será una disciplina de Estado que mate la iniciativa privada, sino más bien una autodisciplina de los mismos productores y en interés social.

Defendemos la propiedad privada en cuanto es inherente al hombre e inseparable de él, ya que tan absurdo es atribuir el producto del trabajo de cada uno a la comunidad, como repartir el de todos entre unos cuantos privilegiados. Pero la propiedad que merece nuestro respeto ha de ser real, concreta, tangible, representada por cosas que se conservan, por tierras que se trabajan, por instrumentos que se utilizan en empresas fecundas y nacionales que asientan al hombre sobre bases fijas y permanentes. Nunca especulativa, ficticia, formada por títulos bursátiles anónimos e internacionales, que convierte al hombre en el capitalista desarraigado sin patria y sin conciencia... y es el verdadero verdugo del trabajador y del pequeño terrateniente, propietario, industrial o comercial, es decir, de todos aquellos que lejos de utilizar el capital como instrumento de dominio lo emplean en servicio del trabajo y de la producción.

Negamos la afirmación marxista de que el obrero no tiene patria. Que Carlos Marx, judío desarraigado lo dijera, era natural. Para él, los obreros no eran seres humanos, sino la masa moldeable, el elemento que precisaba para ensayar sus teorías. La redención del proletariado poco le importaba, sólo tenía el egoísmo propio del hombre de ciencia que sueña con ver confirmadas en la práctica sus predicciones y doctrinas. Pero, además, no comprendemos por qué razón el patriotismo ha de ser cualidad exclusiva de las clases elevadas. ¿Es que los obreros no forman parte integrante de la nación? Los obreros, lejos de mirar al Estado como algo indiferente o distinto a ellos, deben considerarse dentro del mismo y darse cuenta que los conflictos y problemas que le plantean, a la corta o a la larga, sobre ellos recaen.

Lo que debe hacerse es unir a los dos (el capital y el trabajo) en una síntesis suprema. Esto es, formar un concepto unitario y superior integrado por el capital y el trabajo y que utilice a ambos como elementos necesarios del proceso económico. Cuando esa síntesis se haya conseguido, podrá decirse que existe la Corporación.


El trabajo y la lucha de clases

† Julio Ruiz de Alda

La tierra
 

No conviene que al enfocar el estudio del problema de la tierra adoptemos un punto de vista fragmentario. Sería erróneo considerar sus distintos aspectos, financiero, técnico, administrativo, &c., y descuidar su función total que es la de servir al hombre. Encaucemos pues nuestro examen no olvidándonos de referir continuamente al hombre nuestras observaciones y nuestros hallazgos. Resultará así nuestro trabajo más completo, pues será forzoso continuamente juntar al frío y exacto análisis de la realidad la consideración de sus efectos morales. Queda indicado con esto que no se resuelve este problema con expedientes de tipo externo o material y es inútil añadir, por tanto, que no tiene salida satisfactoria con el orden presente. Es menester transformar el espíritu actual; la solución de este problema es, en consecuencia, trabajo de muchos años.

Para resolverlo habrá que luchar con la desconfianza harto fundada de los labradores. El campesino se ha vuelto receloso y suspicaz para todos los que se acercan a proponerle recursos con que aliviar su malestar, porque se ha visto siempre burlado u olvidado. Mas nosotros le conquistaremos, porque él ha de ser uno de los soportes básicos de nuestra revolución, e iniciaremos esa conquista formando núcleos juveniles (que ya existen en gran cantidad de pueblos) que mantengan bien despierto el sentido nacional. Y les atraeremos a nuestra bandera no señalando al Estado, según es costumbre en estas propagandas, como remedio a sus males, sino a ellos mismos. Ellos, con fuerte ánimo, con el optimismo bien templado, deben ser los que pongan término a su mal sin esperar la ayuda, que nunca llega, de un mentiroso sistema. Ya basta, para engaño el que significó el 12 de Abril cuyo aniversario coincide ahora con su fracaso.

Examinando nuestro país por encima pueden distinguirse en él las siguientes zonas: la que podríamos llamar “verde”, que abarca a Galicia, las Vascongadas, Navarra, y una pequeña parte de León; la parte andaluza; la meseta y, finalmente, Levante. La primera es explotada por familias que viven en pleno campo y cultivan por sí mismas la tierra; su producción tiene un carácter marcadamente familiar, y como consiste en gran parte en productos derivados de la ganadería, como leche, manteca, &c., es casi continua. Tienen en esa zona asignado un gran papel nuestros Sindicatos para suministrar abonos, aportar perfeccionamientos técnicos, &c.; pero sobre todo, para gestionar la venta y colocación de los productos. Sabrá también el Estado que nosotros propugnamos cuidar la enseñanza de tipo profesional pero no por empleados que lo hagan de un modo frío y rutinario, sino por gentes compenetradas con los campesinos y sus necesidades y que sientan los problemas de la tierra.

Cataluña y Levante son comarcas ricas, excelentemente cultivadas y aprovechadas, en las que existe, aunque no tan extendida como en la zona antedicha, la producción familiar, pese a la creencia general de que en estas zonas predomina el industrialismo. Los productos de esta zona, frutas principalmente, son de calidad y están destinados, por tanto, a la exportación.

La zona andaluza puede ser subdividida en otras dos: secano y olivar. Esta última, como se sabe, es de producción variable, y tiene el inconveniente de ocupar sólo durante poco tiempo a los obreros; no llega a cuatro meses entre las dos faenas de la poda y la recolección.

La solución para este largo paro de ocho meses quizá estuviera en emplear a los mismos obreros en industrias de tipo familiar derivadas de la aceituna, en entregarles para su cultivo parcelas de regadío.

Llegamos, por fin, a la meseta, zona la más considerable de España. Las lluvias son escasas e irregulares y en ella podemos distinguir dos partes: la dedicada al cultivo del trigo y demás cereales y la que no admite por su pobreza ni este cultivo ni casi ningún otro. En la primera no se han llegado a alcanzar las cifras de producción proporcionadas a la riqueza del terreno, por falta de capital y de técnica. Hay un trabajo inmenso a emprender en este sentido, sobre todo contra el absentismo, que es una de las mayores plagas para los campesinos. Es necesario que el dinero del campo no vaya íntegro a la ciudad, sino que se devuelva en buena parte al mismo campo con el fin de emplearlo en mejoras agrícolas. Ya Mussolini dictó una ley obligando a los propietarios a dedicar la mitad de sus ganancias a adelantos técnicos, saneamiento de la vivienda rural, &c., y nosotros habremos de seguirle por este camino.

Será necesario también, tanto en esta zona como en otra, agrupar fincas pequeñas hasta constituir grandes patrimonios con el fin de que en ellos se puedan aplicar los métodos que ordena la técnica e intensificar de este modo la producción. Es preciso ensayar el cultivo por grandes sindicatos de labradores; será la única manera de que los campesinos puedan vivir, porque ahora con la escasez de sus medios y lo rudimentario de sus procedimientos, la floja renta de sus tierras les hace arrastrar una existencia miserable.

En cuanto a los que habitan suelos estériles serán trasladados a comarcas feraces, dedicando esos terrenos a lo único que parece que sirven, a la repoblación forestal. Esta Castilla desnuda será entonces un inmenso bosque donde habitarán gentes si no ricas, al menos fuertes, sanas y alegres.

España podría aumentar considerablemente su producción de frutas y hortalizas con el riego: comarcas infecundas podrían emplearse en este sentido; todo ello originaría una gran actividad industrial como la de fabricación de almíbares, conservas de frutas y legumbres, &c., y el movimiento comercial consiguiente al intercambio de estos productos. En la zona de Levante, en las partes que hay agua merced a un sistema admirable, el riego se hace directamente, sin necesidad de apelar a ninguna instalación. En Andalucía, en los sectores a donde se podría llevar el agua, se alega, para que no se haga, que el coste de la instalación necesaria nunca sería compensado por el producto de las tierras. Quizá sea, efectivamente, antieconómica una medida en tal sentido, mas no se puede negar su importancia social. Atendiendo a eso, el Estado Nacionalsindicalista pondría su esfuerzo en esta tarea, aunque esa obligación fuese para él una grave carga.

Respecto a las Confederaciones, son tan halagüeños sus resultados que sólo en ellas se ha podido lograr lo que se llama la bonifica integral, que es ya una realidad en la Confederación del Ebro. Pero para crear una Confederación es menester recoger una comarca entera, mejorar sus comunicaciones, estudiar detenidamente sus condiciones, &c. Y hay que darles un margen amplio de libertad y cuidar su unidad para que la dispersión no las haga infecundas. El Estado se descargaría con esa autonomía de una serie de quehaceres que ahora asume sin necesidad. Lograría paliar el paro con grandes construcciones necesarias, ocuparía después a esos mismos obreros en industrias ajenas a los resultados del riego y aun absorbería las familias de suelos estériles de que antes se habló. Excusado es señalar la importancia política de estas medidas. El modo de ejecutarlas sería con dinero del Estado, pero gratuito, porque a él solo incumbe la misión de crear la riqueza nacional. Los usuarios serían responsables de los servicios utilizados.

La repoblación forestal ha de ser el índice del resurgimiento de España. El día que comiencen los yermos a cubrirse de árboles habremos sin duda logrado iniciar la marcha ascendente de nuestra Patria. Para esta gran tarea de formar una de las más fuertes bases de la riqueza nacional serán movilizadas patrióticamente las juventudes.

En una palabra, podría resumirse así cuanto es preciso hacer por el campo: apostolado. Es necesario comenzar un verdadero apostolado entre los hoy desheredados campesinos que ha de consistir en enseñarles con cariño y cordialidad en fortalecer los Sindicatos, en dar vida a las Confederaciones, en acometer una decisiva política rural. Pero todo eso forma parte de un solo plan y ese plan sólo puede ser ejecutado dentro de nuestro Estado Nacionalsindicalista. Por eso dijimos al principio que las milicias de los campesinos habrían de ser los pilares de nuestro Movimiento: porque al hacerse la Revolución Nacional se resolvería su problema que es uno de nuestros más anchos y angustiosos problemas, el problema de la tierra, y ellas salvarían todo un patrimonio material y moral –que reside en el “sentido campesino de la vida”– sobre el que descansa toda verdadera civilización.


El trabajo y la lucha de clases

Así lo realiza España

escudo

Por lo que España lucha
 

La España Nacional lucha por la Unidad y el engrandecimiento de la Patria, salvándola de la desmembración y de la muerte; por la defensa de su Fe y de su civilización y por devolverle el sentido católico y tradicional que forjó su grandeza; por restablecer la paz y el amor entre los españoles escindidos por un siglo de enconadas luchas sociales y políticas; por reintegrar a los sindicatos a sus grandes y pacíficas funciones económicas y sociales; por defender la riqueza nacional de su sistemática destrucción por la anarquía; por multiplicar su riqueza vigorizando su antes decadente economía; porque la riqueza cumpla su obligación de mejorar las condiciones de vida de todos los españoles; porque no haya un hogar sin lumbre ni una familia sin pan; porque existan muchos menos pobres y menos grandes ricos; porque la clase más débil no sea explotada por la más fuerte o dotada; por redimir a los campesinos de la usura y de la pobreza secular; por arrancar de la miseria a los trabajadores del mar, por librar a las clases media y humildes del terrible azote de la tuberculosis; por evitar a España la horrible mortandad infantil; porque desaparezcan de nuestro territorio las míseras y lóbregas viviendas, sustituyéndolas por otras alegres y habitables; por devolver a nuestros montes la riqueza forestal perdida; por hacer efectivo el pronto riego de nuestras extensas tierras, áridas y ardientes; por salvar a la familia del materialismo y la disolución; por elevar el nivel de cultura de nuestra Nación y que por falta de medios no se pierda ninguna inteligencia: por reintegrar a España el puesto que en el mundo le corresponde; por llevar amparo y eficaz ayuda a los millares de españoles perdidos en el mundo; por devolver a todos el orgullo de ser españoles.

De cómo cumplimos este programa, lo pregonan nuestras Leyes y nuestras nuevas Instituciones.

La del Auxilio Social, con millares de comedores y guarderías infantiles en toda la España liberada; el Servicio Social de la Mujer, que estimula y premia el amor a los necesitados; el Subsidio a las familias de los combatientes pobres, que les asegura la normalidad de sus ingresos; la Ley de exención del pago de alquileres a los obreros sin trabajo; la fiscalía de la vivienda, que corrige las deficiencias de los hogares humildes, la Ley de préstamos bancarios, para las carreras de los hijos de los funcionarios; el Patronato Nacional Antituberculoso que, en plena guerra, ha creado 8.000 camas más para los tuberculosos pobres; la Ley que obliga al establecimiento de comedores en las fábricas para comodidad de los trabajadores; la mejora de la Ley de Seguros por accidente, la Ley del Trigo que, revalorizándolo, convierte en realidad nuestro lema de: “ARRIBA EL CAMPO”; la Ley de Préstamos a los cultivadores facilitándoles simientes seleccionadas; la revalorización y tasa mínima del pescado, en beneficio de los trabajadores del mar; la Ley de concesión del derecho al trabajo remunerado a los penados, en beneficio de sus familias; la Ley de redención de las penas por el trabajo; el Patronato Nacional de Ciegos; la nueva Ley de Enseñanza, con numerosas becas para los estudiantes pobres y la gran Ley que establece en toda España, el salario familiar.

Jamás nación alguna creó y llevó a la práctica en menos tiempo y más difíciles circunstancias, instituciones y leyes de un fondo social tan humano y tan justo.

Esta es nuestra ejecutoria y nuestro proceder. Así concebimos y así forjamos España.

Francisco Franco.


El trabajo y la lucha de clases
Se conservan las conquistas sociales
 

En tanto no se dicten fórmulas relativas a salarios y a la participación de los obreros en los beneficios de la producción, serán respetadas cuantas conquistas impliquen mejoramiento de trabajo para la sociedad y para la economía nacional.

(Palabras de Franco al sumir la Jefatura del Estado.)

Ni un solo decreto ha dictado el nuevo estado español que derogue la legislación social anterior al 18 de julio de 1936.


El trabajo y la lucha de clases
Normas programáticas del Estado Español

(26 puntos de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.)

Todos los españoles tienen derecho al trabajo. Las entidades públicas sostendrán necesariamente a quienes se hallen en paro forzoso.

(Punto 15).

Todos los españoles no impedidos tienen el deber del trabajo.

(Punto 16).

El Estado reconocerá la propiedad privada como medio lícito para el cumplimiento de los fines individuales, familiares y sociales, y la protegerá contra los abusos del gran capital financiero, de los especuladores y de los prestamistas.

(Punto 13).

La riqueza tiene como primer destino –y así la afirmará nuestro Estado– mejorar las condiciones de vida de cuantos integran el pueblo. No es tolerable que masas enormes vivan miserablemente mientras unos cuantos disfrutan de todos los lujos.

(Punto 12).

El Estado nacionalsindicalista no asistirá impasible a la dominación de la clase más débil por la más fuerte.

Reprobamos e impediremos a toda costa los abusos de un interés parcial sobre otro.

(Punto 11).

Mientras se llega a la nueva estructura total, mantendremos e intensificaremos todas las ventajas proporcionadas al obrero por las vigentes leyes sociales.

(Punto 15).

Todos los españoles participarán en el Estado a través de su función familiar, municipal y sindical.

(Punto 6).

Organizaremos corporativamente a la sociedad española mediante un sistema de Sindicatos verticales por ramas de la producción, al servicio de la integridad económica nacional.

(Punto 9).


El trabajo y la lucha de clases

I

El nuevo Estado protege y dignifica al obrero
 

Por la dignificación del obrero, como factor humano en el proceso de producción

En todo momento debe merecer al hombre, en el proceso de la producción, el trato de dignidad que su condición merece, por encima de la atención que se dispense a los simples instrumentos de trabajo. Por ello debe dedicarse atención especial a aquellas condiciones de vida bajo las que han de prestar su trabajo los obreros en las industrias; y, de entre ellas, merece atención especial las que hacen referencia a la forma de efectuar sus comidas los trabajadores. Así, el Decreto de 8 de junio de 1938, atiende a esta finalidad de que el máximo decoro y el sentido de orden presidan todos los actos de la vida del obrero, al disponer que toda empresa sujeta a un régimen de trabajo que no conceda a sus obreros un plazo de dos horas para el almuerzo, viene obligada a habilitar un local comedor a cubierto de los rigores del tiempo y con las correspondientes mesas, asientos y agua, así como acondicionado para poder calentar las comidas. Lo mismo deberá efectuarse en los trabajos al aire libre, como los agrícolas, cuando se realicen por temporadas en sitios fijos. Asimismo previene que las empresas con locales permanentes que reúnan más de cincuenta trabajadores, tendrán el plazo de un año para establecer comedores en los que, a base de una cooperación de la misma empresa, puedan los obreros efectuar sus comidas a precio módico, en condiciones de higiene, sencillez y alegría.

La obra del Auxilio Social

El instrumento más poderoso con que cuenta la Nueva España para realizar la vasta obra de justicia social que exigía el país lo constituye el Auxilio Social, creación de la Falange Española Tradicionalista, que no es la caridad de viejo corte ni una organización para dar de comer al menesteroso que mañana pudiera ser nuestro enemigo. “AUXILIO SOCIAL” es el Pan y es la Patria; es la Justicia, sana y alegre, como la entiende la Falange.

“AUXILIO SOCIAL” fomenta el trabajo de modo indirecto, para evitar la miseria en los hogares, protege a la Maternidad e Infancia con la institución de Casas de la Madre y Jardines maternales. Hogares infantiles, Hogares escolares, Residencias de aprendices y Comedores infantiles; ayuda a los sin trabajo, con el establecimiento de las Cocinas de hermandad; y lleva los primeros socorros y mantiene a cuantos en los territorios recién liberados se encuentran sin alimentos ni recursos.

Para atender a esta actividad vastísima, que no es simple promesa, sino una realidad traducida en más de un año de socorrer y educar a millares de españoles que los azares de la vida habían llevado a una situación precaria, cuenta con recursos obtenidos con el gravamen de todo lo superfluo. A ello responde la implantación del Día semanal del Plato Único y del Día sin postre: las cuestaciones públicas semanales, la suscripción de la Ficha Azul mediante la cual el suscriptor se compromete a entregar quincenalmente determinada cantidad de los artículos de primera necesidad, en cuantía proporcional a la del consumo que se realice en el hogar del donante, o cierta suma en metálico.

A dar una idea de la magnitud de la organización baste decir que tan sólo los Comedores infantiles originan mensualmente un gasto de más de seiscientas mil pesetas y que para la cuestación pública semanal se movilizan más de cuarenta mil muchachas de la Sección Femenina.

Para la aplicación de todo el sistema de “AUXILIO SOCIAL” existe una verdadera Milicia nacional femenina, creada por un decreto del 7 de octubre de 1937 que impuso a la mujer el servicio social obligatorio, cuyá duración es de seis meses.

Ninguna capacidad malograda por falta de medios económicos

En la nueva organización estatal la cultura es patrimonio común de todos los españoles; por lo tanto es un decidido propósito del Movimiento que no quede malograda ninguna capacidad natural por falta de medios económicos. La Orden del Ministro de Educación Nacional de 16 de diciembre de 1938 establece la creación de una Junta Superior de Selección y Protección Escolar que se ocupará_como su nombre indica, de la selección y protección escolar en sus diversas ramas mediante las inscripciones de honor y premios, inscripciones gratuitas y dispensas de derechos y tasas y becas en metálico concedidas a los alumnos de situación económica modesta y que por su capacidad se hagan merecedores de las mismas.

De esta manera todos los españoles, cualquiera que sea su posición económica y según su mérito y capacidad, tendrán acceso a todas las esferas de la cultura.

Trabajo, producción y distribución de bienes

Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S. creará y mantendrá las organizaciones sindicales aptas para encuadrar el trabajo y la producción y reparto de bienes. En todo caso los mandos de estas Organizaciones procederán de las filas del Movimiento y serán conformados y tutelados por las Jefaturas del mismo, como garantía de que la organización sindical ha de estar subordinada al interés nacional e infundida en los ideales del Estado.

(Artículo 29 de los Estatutos de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S.)

La protección judicial de los intereses de los trabajadores estaba al cuidado de instituciones inasequibles al partidismo

Con fecha de 13 de mayo de 1933 se dicta un Decreto de Ministerio de Organización y Acción Sindical, por el que se suprimen los Jurados Mixtos del Trabajo y los Tribunales Industriales, quedando atribuidas las funciones que eran propias de tales organismos, a las Magistraturas de Trabajo como institución que habrá de adaptarse a la organización sindical del país. Con ello obreros y patronos como formando en dos bandos opuestos, sometiéndose todas las cuestiones de trabajo al único denominador posible el interés de la producción.

Socorro a los parados

La Orden de 29 de diciembre de 1936 establece que tendrán derecho a ingresar y ser socorridos en los centros de asistencia social, todos los obreros en paro forzoso que no dispongan de ingresos que alcancen dos pesetas diarias por la primera persona y una peseta diaria más por cada una de las demás que vivan bajo su mismo techo y tengan obligación de sostener.

Dentro de esta determinación de obreros que tienen derecho al socorro, se establece una preferencia en favor de aquellos que hayan de atender a mayor número de hijos o familiares y, en especial, en favor de los que estuviesen enfermos o impedidos.

Vivienda gratuita para todo trabajador en paro forzoso

El Decreto de 1.º de mayo de 1937 les exime de la obligación de pagar el alquiler de la vivienda que ocupen, cuando sea inferior a 150 pesetas, y el importe de las cuotas que les corresponde por suministros de agua y luz, cuando tal consumo sea inferior al que, por término medio, resulte utilizado en el trimestre último.

Asimismo, el Decreto-ley de 28 de marzo de 1937, al establecer una condonación total del alquiler de fincas urbanas que no se haya satisfecho al partir del 1.° de julio de 1936, se refiere concretamente, al caso de ser el inquilino, obrero, empleado o dependiente, en paro forzoso y sin fortuna propia.

Ni un español en paro

El Decreto-ley de 2 de enero de 1937, determina como misión de los Gobernadores civiles la de hacer que no exista un solo español en paro forzoso, o que no reciba socorro proporcional a sus necesidades.

Dispone, asimismo, como medida para evitar el paro, que se procederá a continuar aquellas obras públicas paralizadas; que los Ayuntamientos continuarán obras e iniciarán otras nuevas; que estimulará y, aún, se obligará a la puesta en actividad de aquellas industrias y fábricas paradas cuyos productos sean de interés para el consumo nacional; que los Gobernadores estimularán, impulsarán y coordinarán obras y trabajos y que dará órdenes para que se socorra a los necesitados, mientras no se les dé trabajo con fondos recaudados de instituciones benéficas, fondos provinciales, suscripciones, &c.

Regula la formación del censo de obreros parados en cada provincia, a base de los datos que a los Gobernadores faciliten las Delegaciones del Trabajo y los Ayuntamientos.

Vivienda sana y alegre para todos los españoles

Al iniciar el Estado de la Nueva España la promulgación de disposiciones protectoras para los españoles en relación con el problema de la vivienda, sintió, como primera necesidad, más la de hacer que tuvieran eficaz cumplimiento disposiciones legales ya existentes, que la de dictar nuevos preceptos que no tuvieran una plena garantía de su eficaz aplicación. A ello respondió la creación, por Decreto de 20 de diciembre de 1936, del cargo de Fiscal Superior de la Vivienda, con el carácter de gratuito y forzoso y dependiente del Gobernador General, y con el cometido de hacer que no existan viviendas insalubres o faltas de higiene peligrosas o no aptas para ser habitadas, evitar la aglomeración de moradores y la convivencia entre personas sanas y enfermas, velar para que sean observados en todo caso los reglamentos de construcción, ensanche de poblaciones, saneamiento, &c.

En esta labor de dotar a los trabajadores de España de vivienda sana y alegre, el Gobierno Nacional se ha preocupado de incrementar la construcción de casas baratas favoreciendo de manera especial, para ello, la iniciativa de entidades cooperativas.

Ni un enfermo sin sanatorio

El Decreto de 20 de diciembre de 1936 creó el Patronato Nacional Antituberculoso, cuyas funciones van dirigidas a la coordinación de recursos, inspección de sanatorios existentes y organización de nuevos establecimientos de esta clase y preventorios, y proponer iniciativas con objeto de cubrir las necesidades nacionales.

El espíritu que informa tal disposición, impregnada de un hondo sentido humanitario y de hermandad se manifiesta con la determinación de que la pensión a satisfacer por cada enfermo, sea proporcionada a los medios económicos con que cuente, de manera que las clases acomodadas se sacrifiquen por las necesitadas, en tal medida, que se procurará que ni un enfermo quede sin sanatorio.

En favor del Patronato Nacional Antituberculoso, el Decreto número 202 de 28 de enero de 1937 establece una elevación de la tasa de los servicios postales, el día décimo de cada mes, mediante el empleo de sellos especiales, que siempre podrán usarse voluntariamente. El cincuenta por ciento de la venta de los sellos especiales quedará a disposición del Patronato.

¡La nueva España cuenta con 30.000 camas para los trabajadores tuberculosos!

Régimen obligatorio de subsidios familiares

Uno de los más firmes propósitos del nuevo Estado es el fortalecimiento de la familia, sociedad natural, perfecta y cimiento de la Nación. Para ello es preciso otorgar al trabajador, además de su salario, la cantidad de bienes indispensable para que, aunque su prole sea numerosa, no se rompa el equilibrio de su hogar y llegue la miseria, obligando a la madre a la busca de otro salario con que cubrir la insuficiencia del conseguido por el padre.

Con esta finalidad se ha establecido el Régimen de Subsidios Familiares por la Ley de 8 de julio de 1935, desarrollada en el Reglamento de 20 de octubre del propio año, ya prometido por el Fuero del Trabajo.

Tienen derecho al subsidio todos los trabajadores cualquiera que sea su estado civil, edad, sexo, forma y cuantía de la remuneración y clase de trabajo, que tengan hijos o asimilados a ellos que vivan a sus expensas y en su propia casa y que sean menores de 14 años.

Al sostenimiento de este régimen de subsidio familiar contribuye el Estado con los patronos y los trabajadores que se benefician del mismo. El subsidio familiar, es decir, la suma asignada al subsidiado en atención a sus cargas de familia y para ayudar a su sostenimiento, se determina con relación a la cantidad de hijos que viven a expensas del trabajador y mediante una escala que se abre con dos hijos con el subsidio mensual de 15 pesetas y se cierra con el número de 12 hijos con el subsidio correspondiente de 145 pesetas. Por cada hijo o asimilado que exceda de los doce, el subsidio se adiciona en 25 pesetas.

La Caja Nacional d Subsidios Familiares se organiza por el Instituto Nacional de Previsión.

Responsabilidad por faltas cometidas en el trabajo

Junto a las mejoras que el nuevo Estado ha concedido al trabajador, establece, como es justo, el deber del mismo a realizar su labor con el máximum de competencia y actividad, conforme a sus condiciones físicas y capacidad profesional, desarrollándola con la subordinación que debe al Jefe de la Empresa, responsable ante el Estado de la dirección de la misma y se su ordenación al bien común. Por esta razón el Decreto de 5 de enero de 1939 determina la responsabilidad exigible al trabajador por faltas cometidas en el trabajo y especialmente por la disminución voluntaria del rendimiento debido, y dispone que se considerarán como tales faltas, además de esta última, el abuso de autoridad por parte de los empresarios, jefes o encargados respecto a los trabajadores a sus órdenes y los actos realizados por éstos contra los derechos o los intereses de la Empresa y las faltas de disciplina y respeto a sus jefes.

Accidentes del trabajo

También se ha ocupado el nuevo Estado, en su afán de interesarse por cuanto hace referencia al trabajador, de los accidentes que éste puede sufrir en el cumplimiento de su deber social, el Trabajo. Así, el Decreto de 13 de octubre de 1938 dispone que el plazo de un mes, fijado por el Reglamento de la Ley de Accidentes del Trabajo en la Industria, para pagar las rentas por indemnización, incapacidad permanente o muerte, se compute desde la fecha de alta en la curación con incapacidad permanente o en que venza el año a partir del día del accidente, sin obtener la curación, o desde el fallecimiento del obrero.

La calificación del grado de incapacidad permanente, del salario base de la indemnización o la declaración de los derechohabientes adoptadas por la Caja Nacional, prevalecerán sobre las propuestas de las entidades aseguradoras o patrono no asegurado.


El trabajo y la lucha de clases

II

El nuevo Estado proteje y atiende los intereses del campesino y del ganadero
 

La más decidida y eficaz protección para los intereses del campesino

En el sentido de una organización sindical agrícola, el Decreto-ley de 23 de agosto de 1937, implanta la más eficaz ordenación triguera con la creación del Servicio Nacional del Trigo. Las funciones que se le confieren son las que asumirá la organización sindical triguera del país, una vez creada y capacitada debidamente. Según ellas, todas las existencias de trigo tendrán un único comprador: el Servicio Nacional del Trigo, con lo que se obtiene la más infalible observación del precio de tasa establecido en garantía del cultivador, puesto que todas las compras que realicen los fabricantes para molturar trigo tienen que realizarse por intermedio de organismos oficiales, quedando absolutamente prohibido todo contrato de compra entre harinero y triguero. Esta es la norma fundamental de la ordenación triguera, en torno a la cual se disponen todas las complementarias, para que llegue al punto de máxima eficacia esta debida protección al agricultor cerealista español.

Para la salvación y desarrollo de la riqueza agrícola de la España liberada

La ley de 3 de mayo de 1938 creó el Servicio de Recuperación Agrícola con la misión de poner en cultivo, con la mayor rapidez, las zonas liberadas; recoger todos los productos agrícolas, cosechas pendientes y elementos de producción que se encuentren abandonados en dichas zonas, así como los que se hallaren en depósitos colectivizados; administrar las líneas e industrias agrícolas anejas de dichos territorios, cuyos propietarios hubiesen desaparecido; y, sin prejuzgar derechos definitivos, dictar los acuerdos que procedan para la devolución de los bienes agrícolas recuperados a sus legítimos dueños.

Con esta Ley, demuestra una vez más el Estado español que la previsión nacional va siempre al compás de la ocupación de nuevas zonas y adaptada a las necesidades peculiares de cada una.

Juntas Agrícolas de intensificación de cultivos

La Agricultura es una de las ramas que nutre la Economía Nacional, y el interés de la Nación exige que el Estado atienda y regule cuanto afecta a la explotación de la riqueza del campo, especialmente en los actuales momentos de la guerra, obligando además a colaborar en las faenas agrícolas a cuantos, aptos para el trabajo, no cooperen a las actividades de la campaña.

Con estas finalidades el Decreto de 20 de octubre de 1938 declara en primer lugar de interés y utilidad nacionales la realización de las labores agrícolas para la sementera de otoño y primavera. Establece además la formación de Juntas Agrícolas, presididas por los alcaldes, que determinarán el máximo de superficie que se debe sembrar, necesidades de semillas, brazos, ganados de labor, maquinaria, &c., y los que estén en disposición de ceder a Municipios vecinos o los que éstos necesiten. Distribuirán además estas Juntas los brazos, ganados y maquinaria donde más falta hicieran una vez cubiertas las necesidades de sus dueños y obligarán a tomar parte en las faenas agrícolas a cuantos, no dedicándose a actividades indispensables a la guerra, sean aptos para los trabajos del campo. En atención al alto interés nacional a que hemos hecho mención se castiga el abandono injustificado del cultivo o aprovechamiento de fincas rústicas.

Préstamos a los agricultores

Atento a la protección de los intereses agrícolas y con el fin de favorecer la explotación del campo, se ha establecido por disposición de 27 de octubre de 1938 la formación de un Consorcio Bancario para la concesión de créditos a los trigueros cuyas cosechas no excedan de un valor probable de 50.000 pesetas. El agricultor puede recibir en préstamo una cantidad que puede representar hasta el 50 por 100 del valor de la cosecha. Por su parte, al terminar la recolección, el cultivador que ha recibido el préstamo del Consorcio depositará en almacenes de la Junta Nacional del Trigo la cantidad de trigo necesaria para cubrir el importe del préstamo según la tasa establecida para el trigo en la fecha del vencimiento.

La disposición de 6 de julio de 1938 establece que el Servicio Nacional de Crédito Agrícola por medio del Servicio de Recuperación Agrícola puede conceder préstamos a los cultivadores de las zonas liberadas a partir del 1 de enero de 1938 con la garantía de las cosechas en pie y hasta la cantidad que represente el 30 por 100 del valor probable de las mismas, con un interés del 4 por 100 y con una cifra tope de 20.000 pesetas.

Se favorece la repoblación ganadera

Sabido es el estado lamentable en que ha quedado la riqueza ganadera en el territorio que durante un tiempo ha estado sujeto a la dominación marxista. El nuevo Estado, atento en todo momento a cuanto significa interés nacional, ha dictado normas para favorecer en breve plazo la repoblación de la riqueza ganadera del país. Para ello el Decreto de 30 de septiembre de 1938 da facilidades, especialmente a los agricultores modestos de las provincias que han sido liberadas por nuestro Ejército, para la adquisición de animales de recría, estableciéndose en las Juntas Provinciales del Fomento Pecuario listas de demandas y ofertas.

Por la normalización de la vida social y local en los pueblos recientemente liberados

La desdichada etapa marxista y la explicable anormalidad originada por la guerra han aconsejado la adopción de medidas transitorias que permitan la rápida vuelta a la normalidad de los pueblos que sufrieron la dominación roja y se van liberando. El Decreto de 23 de junio de 1938 del Ministerio del Interior dicta las normas por las que se regularán los pueblos liberados con posterioridad al 1 de febrero del mismo año, previendo un régimen especial para las poblaciones de más de 50.000 almas.

Por el mismo se encarga a las gestoras de los Municipios auxiliar a los vecinos para la rápida puesta en marcha de las explotaciones agrícolas y para la normalización de la vida civil doméstica, así como se les encomienda la custodia y administración de los bienes abandonados –mientras no se haga cargo de ellos el Servicio de Recuperación Agrícola– y asegure, municipándolos, los servicios de primera necesidad –hornos de pan, luz eléctrica, farmacias, &c.– que estuvieran desatendidos. Para cubrir tales necesidades podrán recurrir las gestoras al Banco de Crédito Local y exigir la prestación personal del vecindario, señaladamente para el saneamiento e higiene de vías públicas y viviendas y para la organización y puesta en marcha de explotaciones agrícolas e industriales.


El trabajo y la lucha de clases

III

El nuevo Estado apoya a la clase media
 

El Decreto de 2 de diciembre de 1936 implanta una decidida medida protectora en favor de los funcionarios del Estado, poniendo a disposición de los que carezcan de fortuna los medios necesarios para que puedan dar a sus hijos una carrera universitaria o hacerles cursar estudios en escuelas especiales o Academias. A tal efecto dicha disposición regula el otorgamiento de préstamos bancarios, con intervención de corredores de comercio, pero con los beneficios fiscales de estar exentos del pago del importe que corresponda por impuesto del timbre, así como de los derechos que se devengarían por la intervención.


El trabajo y la lucha de clases

IV

Contra el encarecimiento de la vida y los beneficios extraordinarios
 

Contra el encarecimiento de la vida

Tanto como conseguir que la retribución del trabajo sea justa, está el empeño del Estado español en hacer que un encarecimiento de la vida no desvirtúe aquella suficiencia, a la par que trata de evitar toda aparición de provecho ilícito que pudiera escudarse en las circunstancias.

Es altamente significativo, a este particular, lo que dispone la Orden circular dictada por el Ministerio del Interior con fecha 4 de mayo de 1938. En ella se prohíbe el aumento de precios, que es rigurosamente sancionado, y se establece que no se estimarán como motivos que justifiquen el aumento, ni la escasez de artículos, ni la prueba del precio de adquisición, ni la aplicación del porcentaje ordinario de beneficios. Es decir, que antes se consagra una pérdida que debe soportar el comerciante, que aquella de carácter general que gravitaría sobre todos los compradores si la prohibición de encarecimiento tuviera esta excepción.

Contribución excepcional sobre beneficios extraordinarios obtenidos durante la guerra

Sin prejuzgar futuras disposiciones de mayor alcance, de acuerdo con los principios fundamentales en que descansa la construcción del nuevo Estado, excepcional y transitoriamente se ha implantado una justísima contribución sobre los rendimientos extraordinarios que por la guerra o durante la guerra se hubieren logrado y sin que haya de afectar a las actividades económicas y financieras que se desarrollen después de la completa pacificación de España. La Ley dictada por el Caudillo en 5 de enero de 1939 hace posible el propósito justo y humano de que “el beneficio obtenido por unos pocos sirva a través del Estado para atenuar en lo posible los quebrantos sufridos por muchos”, y que quienes nada perdieron con la guerra colaboren equitativamente a las cargas de la gran obra de reconstrucción española y del engrandecimiento nacional.

En consecuencia, toda persona natural o jurídica, sin distinción de nacionalidad, que haya obtenido u obtenga durante la guerra beneficios extraordinarios en sus negocios mercantiles o industriales, estará sujeta a una contribución excepcional proporcional a la cuantía de los mismos. La Ley considera como beneficios extraordinarios los que excedan del promedio de los obtenidos en el trienio inmediatamente anterior al 18 de julio de 1936; los que excedan del siete por ciento del capital empleado en los respectivos negocios si éstos se iniciaron con posterioridad a dicha fecha o en la misma no llevaban tres años de existencia, y la totalidad de los obtenidos por quienes no realizando habitualmente negocios industriales o mercantiles carecieran de capital especialmente asignado a la actividad productora del beneficio.

La contribución, según los casos que la propia Ley establece, puede variar entre un treinta y un ochenta por ciento de los beneficios extraordinarios obtenidos.


El trabajo y la lucha de clases
El Fuero del Trabajo
Firmado por el Caudillo el día 9 de Marzo de 1938. II Año triunfal

Preámbulo

Renovando la tradición católica, de justicia social y alto sentido humano, que informó nuestra legislación del Imperio, el Estado, Nacional en cuanto es instrumento totalitario al servicio de la integridad Patria, y Sindicalista en cuanto representa una reacción contra el capitalismo liberal y el materialismo marxista, emprende la tarea de realzar –con aire militar constructivo y gravemente religioso– la Revolución que España tiene pendiente y que ha de devolver a los españoles, de una vez para siempre, la Patria, el Pan y la Justicia.

Para conseguirlo –atendiendo, por otra parte, a cumplir las consignas de Unidad, Libertad y Grandeza de España– acude al plano de lo social con la voluntad de poner la riqueza al servicio del pueblo español, subordinando la economía a su política.

Y partiendo de una concepción de España como unidad de destino, manifiesta, mediante las presentes declaraciones, su designio de que también la producción española –en la hermandad de todos sus elementos– sea una unidad que sirva a la fortaleza de la Patria y sostenga los instrumentos de su poder.

El Estado español, recién establecido, formula fielmente, con estas declaraciones que inspirarán su política social y económica, el deseo y la exigencia de cuantos combaten en las trincheras y forman, por el honor, el valor y el trabajo, la más adelantada aristocracia de esta Era nacional.

Ante los españoles, irrevocablemente unidos en el sacrificio y en la esperanza, DECLARAMOS:

I

1. El trabajo es la participación del hombre en la producción mediante el ejercicio voluntariamente prestado de sus facultades intelectuales y manuales, según la personal vocación en orden al decoro y holgura de su vida y al mejor desarrollo de la economía nacional.

2. Por ser esencialmente personal y humano, el trabajo no puede reducirse a un concepto material de mercancía, ni ser objeto de transacción incompatible con la dignidad personal de quien lo preste.

3. El derecho de trabajar es consecuencia del deber impuesto al hombre por Dios para el cumplimiento de sus fines individuales y la prosperidad y grandeza de la Patria.

4. El Estado valora y exalta el trabajo fecundo, expresión del espíritu creador del hombre y, en tal sentido lo protegerá con la fuerza de la ley, otorgándole las máximas consideraciones y haciéndole compatible con el cumplimiento de los demás fines individuales, familiares y sociales.

5. El trabajo, como deber social, será exigido inexcusablemente, en cualquiera de sus formas a todos los españoles no impedidos, estimándolo tributo obligado al patrimonio nacional.

6. El trabajo constituye uno de los más nobles atributos de jerarquía y de honor, y es título suficiente para exigir la asistencia y tutela del Estado.

7. Servicio es el trabajo que se presta con heroísmo, desinterés o abnegación: con ánimo de contribuir al bien superior que España representa.

8. Todos los españoles tienen derecho al trabajo. La satisfacción de este derecho es misión primordial del Estado.

II

1. El Estado se compromete a ejercer una acción constante y eficaz en defensa del trabajador, su vida y su trabajo. Limitará convenientemente la duración de la jornada para que no sea excesiva, y otorgará al trabajo toda suerte de garantías de orden defensivo y humanitario. En especial prohibirá el trabajo nocturno de las mujeres y niños, regulará el trabajo a domicilio y libertará a la mujer casada del taller y de la fábrica.

2. El Estado mantendrá el descanso dominical como condición sagrada en la prestación del trabajo.

3. Sin pérdida de la retribución y teniendo en cuenta las necesidades técnicas de las Empresas, las leyes obligarán a que sean respetadas las festividades religiosas que las tradiciones imponen, las civiles declaradas como tales y la asistencia a las ceremonias que las jerarquías nacionales del Movimiento ordenen.

4. Declarado fiesta nacional el 18 de julio, iniciación del Glorioso Alzamiento, será considerado como Fiesta de Exaltación del Trabajo.

5. Todo trabajador tendrá derecho a unas vacaciones anuales retribuidas para proporcionarle un merecido reposo, organizándose al efecto las instituciones que aseguren el mejor cumplimiento de esta disposición.

6. Se crearán las instituciones necesarias para que en las horas libres y en los recreos de los trabajadores, tengan éstos acceso al disfrute de todos los bienes de la cultura, la alegría, la milicia, la salud y el deporte.

III

1. La retribución del trabajo será, como mínimo, suficiente para proporcionar al trabajador y su familia una vida moral y digna.

2. Se establecerá el subsidio familiar por medio de organismos adecuados.

3. Gradual e inflexiblemente se elevará el nivel de los trabajadores en la medida que lo permita el superior interés de la Nación.

4. El Estado fijará bases para la regulación del trabajo, con sujeción a las cuales se establecerán las relaciones entre los trabajadores y las Empresas. El contenido primordial de dichas relaciones será, tanto la prestación del trabajo y su remuneración como el recíproco deber de lealtad, la asistencia y protección en los empresarios y la fidelidad y subordinación en el personal.

5. A través del Sindicato el Estado cuidará de conocer si las condiciones económicas y de todo orden en que se realiza el trabajo son las que en justicia corresponden al trabajador.

6. El Estado velará por la seguridad y continuidad en el trabajo.

7. La Empresa habrá de informar a su personal de la marcha de la producción en la medida necesaria para fortalecer su sentido de responsabilidad en la misma, en los términos que establezcan las leyes.

IV

1. El artesanado –herencia viva de un glorioso pasado gremial– será fomentado y eficazmente protegido, por ser proyección completa de la persona humana en su trabajo y suponer una forma de producción, igualmente apartada de la concentración capitalista y del gregarismo marxista.

V

1. Las normas de trabajo en la empresa agrícola se ajustarán a sus especiales características y a las variaciones estacionales impuestas por la Naturaleza.

2. El Estado cuidará especialmente la educación técnica del productor agrícola, capacitándole para realizar todos los trabajos exigidos por cada unidad de explotación.

3. Se disciplinarán y revalorizarán los precios de los principales productos, a fin de asegurar un beneficio mínimo, en condiciones normales, al empresario agrícola y, en consecuencia, exigirle para los trabajadores jornales que les permitan mejorar sus condiciones de vida.

4. Se tenderá a dotar a cada familia campesina de una pequeña parcela, el huerto familiar, que le sirva para atender a sus necesidades elementales y ocupar su actividad en los días de paro.

5. Se conseguirá el embellecimiento de la vida rural, perfeccionando la vivienda campesina y mejorando las condiciones higiénicas de los pueblos y caseríos de España.

6. El Estado asegurará a los arrendatarios la estabilidad en el cultivo de la tierra por medio de contratos a largo plazo que les garanticen contra el desahucio injustificado y les aseguren la amortización de las mejoras que hubieren realizado en el predio. Es aspiración del Estado arbitrar los medios conducentes para que la tierra, en condiciones justas, pase a ser de quienes directamente la explotan.

VI

1. El Estado atenderá con máxima solicitud a los trabajadores del mar, dotándoles de instituciones adecuadas para impedir la depreciación de la mercancía y facilitarles el acceso a la propiedad de los elementos necesarios para el desempeño de su profesión.

VII

1. Se creará una nueva Magistratura del Trabajo, con sujeción al principio de que esta función corresponde al Estado.

VIII

1. El Capital es un instrumento de la producción.

2. La Empresa, como unidad productora, ordenará los elementos que la integran, en una jerarquía que subordine los de orden instrumental a los de categoría humana y todos ellos al bien común.

3. El jefe de la Empresa asumirá por sí la dirección de la misma, siendo responsable de ella ante el Estado.

4. El beneficio de la Empresa, atendido un justo interés del capital, se aplicará con preferencia a la formación de las reservas necesarias para su estabilidad, al perfeccionamiento de la producción y al mejoramiento de las condiciones de trabajo y vida de los trabajadores.

IX

1. El crédito se ordenará en forma que, además de atender a su cometido de desarrollar la riqueza nacional, contribuya a crear y sostener el pequeño patrimonio agrícola, pesquero, industrial y comercial.

2. La honorabilidad y la confianza, basada en la competencia y en el trabajo, constituirán garantías efectivas para la concesión de créditos. El Estado perseguirá implacablemente todas las formas de usura.

X

1. La previsión proporcionará al trabajador la seguridad de su amparo en el infortunio.

2. Se incrementarán los seguros sociales de: vejez, invalidez, maternidad, accidentes del trabajo, enfermedades profesionales, tuberculosis y paro forzoso, tendiéndose a la implantación de un seguro total. De modo primordial se atenderá a dotar a los trabajadores ancianos de un retiro suficiente.

XI

1. La producción nacional constituye una unidad económica al servicio de la Patria. Es deber de todo español defenderla, mejorarla o incrementarla. Todos los factores que en la producción intervienen, quedan subordinados al supremo interés de la Nación.

2. Los actos individuales o colectivos que de algún modo turben la normalidad de la producción o atenten contra ella, serán considerados como delitos de lesa Patria.

3. La disminución dudosa del rendimiento en el trabajo habrá de ser objeto de sanción adecuada.

4. En general el Estado no será empresario, sino cuando falte la iniciativa privada o lo exijan los intereses de la Nación.

5. El Estado, por sí o a través de sus Sindicatos, impedirá toda competencia desleal en el campo de la producción, así como aquellas actividades que dificulten el normal establecimiento o desarrollo de la economía nacional, estimulando, en cambio, cuantas iniciativas tiendan a su perfeccionamiento.

6. El Estado reconoce la iniciativa privada, como fuente fecunda de la vida económica de la Nación.

XII

1. El Estado reconoce y ampara la propiedad privada como medio natural para el cumplimiento de las funciones individuales, familiares y sociales. Todas las formas de propiedad quedan subordinadas al interés supremo de la Nación, cuyo intérprete es el Estado.

2. El Estado asume la tarea de multiplicar y hacer asequibles a todos los españoles las formas de propiedad ligadas vitalmente a la persona humana, el hogar familiar, la heredad de la tierra y los instrumentos o bienes de trabajo para uso cotidiano.

3. Reconoce a la familia como célula primaria natural y fundamental de la sociedad y al mismo tiempo como institución moral dotada de derecho inalienable y superior a toda ley positiva. Para mayor garantía de su conservación y continuidad se reconocerá el patrimonio familiar inembargable.

XIII

1. La Organización Nacionalsindicalista del Estado se inspirará en los principios de Unidad, Totalidad y Jerarquía.

2. Todos los factores de la economía serán encuadrados por ramas de la producción o servicios en Sindicatos verticales. Las profesiones liberales y técnicas se organizarán de modo similar, conforme determinen las leyes.

3. El Sindicato vertical es una corporación de derecho público que se constituye por la integración en un organismo unitario de todos los elementos que consagran sus actividades al cumplimiento del proceso económico dentro de un determinado servicio o rama de la producción, ordenado jerárquicamente bajo la dirección del Estado.

4. Las jerarquías del Sindicato recaerán necesariamente en militantes de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

5. El Sindicato vertical es instrumento al servicio del Estado, a través del cual realizará principalmente su política económica. Al sindicato corresponde conocer los problemas de la producción y proponer sus soluciones, subordinándolas al interés nacional. El Sindicato vertical podrá intervenir por intermedio de órganos especializados en la reglamentación, vigilancia y cumplimiento de las condiciones de trabajo.

6. El Sindicato vertical podrá iniciar, mantener o fiscalizar organismos de investigación, educación moral, física y profesional, previsión, auxilio y las de carácter social que interesen a los elementos de la producción.

7. Establecerá oficinas de colocación para proporcionar empleo al trabajador, de acuerdo con su aptitud y mérito.

8. Corresponde a los Sindicatos suministrar al Estado los datos precisos para elaborar las estadísticas de su producción.

9. La ley de sindicación determinará la forma de incorporar a la nueva organización las actuales asociaciones económicas y profesionales.

XIV

1. El Estado dictará las oportunas medidas de protección del trabajo nacional en nuestro territorio; y mediante Tratados de Trabajo con otras potencias cuidará de amparar la situación profesional de los trabajadores españoles residentes en el extranjero.

XV

1. En la fecha en que este Fuero se promulga, España está empeñada en una heroica tarea militar, en la que salva los valores del espíritu y la cultura del mundo a costa de perder buena parte de sus riquezas materiales.

A la generosidad de la juventud que combate y a la de España misma ha de responder abnegadamente la producción nacional con todos sus elementos.

Por ello, en este Fuero de derechos y deberes, dejamos aquí consignados como más urgentes e ineludibles los de que aquellos elementos productores que contribuyan con equitativa y resuelta aportación a rehacer el suelo español y las bases de su poderío.

XVI

El Estado se compromete a incorporar la juventud combatiente a los puestos de trabajo, de honor o de mando, a los que tienen derecho como españoles y que han conquistado como héroes.

 
[ Transcripción íntegra del texto e imágenes de un opúsculo formato 140×205 mm y 64 páginas. ]