El pesimismo en el siglo XIX (1878) a b c d e f g h Erasmo María Caro (1826-1887)

Erasmo María Caro · El pesimismo en el siglo XIX

Un precursor de Schopenhauer, Leopardi
II

Observemos de más cerca la filosofía moderna del pesimismo, y tratemos de recoger sus primeros síntomas en el siglo XIX. La ocasión se nos presenta con la publicación de los profundos estudios que jóvenes escritores como M. Bouché-Leclercq y M. Anlard, han consagrado en estos últimos años a Leopardi, y que dando novedad sobre ciertos puntos al asunto{5} nos permiten comprender mejor el carácter de su obra. [25] Agradezco a M. Anlard el haberse aplicado a poner de relieve el pensamiento del filósofo, borrado con frecuencia por los pálidos resplandores del poeta y el lirismo del patriota. Hubiera deseado todavía más atrevimiento y decisión en el desempeño de esta idea. ¿Qué importa que Leopardi sea menos dogmático que los filósofos alemanes, que no tenga sistema y que su pesimismo derive de una negación universal en vez de ser la deducción de una teoría metafísica? ¿No es la ausencia de todo sistema, un sistema también que ha figurado en el mundo, pues es el de los escépticos? Se nos dice que Schopenhauer ha querido fundar escuela y que en efecto la ha fundado, mientras que Leopardi, aunque habla varias veces de «su filosofías no escribe para propagar su doctrina. ¿Quién lo sabe? ¿Por ventura, un hombre poeta o filósofo, escribe para otra cosa que para esparcir sus ideas, y no es propagarlas el expresarlas con tanto brillo y con tanta fuerza? Aquellas son razones muy endebles. Lamento que el joven autor, hallándose en camino de un problema tan interesante no lo haya resuelto; pero nos ha dado facilidad para resolverlo por la rica variedad de documentos que nos ofrece, las traducciones y los comentarios que ha coleccionado y que nosotros vamos a aprovechar. [26]

¿Por qué el capítulo titulado Leopardi y Schopenhauer, no es más que un capítulo episódico, uno de los más insignificantes del libro en vez de ser el más importante? En estas páginas harto breves, trataremos de mostrar que ha existido producción casi simultánea de las mismas ideas en el poeta italiano y en el filósofo alemán, sin que pueda observarse ninguna recíproca influencia del uno sobre el otro. Precisamente en el año de 1818, mientras que en el retiro de su soledad amarga y enojosa de Recanati se presentaba en el alma de Leopardi esa fase tan grave que le hacía pasar casi sin transición desde el cristianismo a la filosofía de la desesperación, fue el mismo año en que Schopenhauer partía para Italia después de haber entregado a un editor su manuscrito de El Mundo considerado como voluntad y como representación. El uno, confinado en la pequeña ciudad que servia de cárcel a su ardiente imaginación; el otro impaciente de la celebridad que debía tardar aún veinte años, igualmente oscuros ambos, seguramente no se encontraron; es también cierto que Leopardi no leyó jamás el libro de Schopenhauer, que no debía propagarse hasta mucho más tarde aun en Alemania, y que Schopenhauer no conoció hasta mucho tiempo después, si es que llegó a conocerlo, el pesimismo de un escritor que [27] Niebuhr había dado a conocer a sus compatriotas como un helenista, y que en Francia no era entonces apreciado más que como un poeta patriota.

En cuanto a la cuestión de saber si Leopardi tiene derecho a ser colocado entre los filósofos, basta comparar la teoría de la infelicitá, con lo que se ha llamado «la enfermedad del siglo» la enfermedad de Werther y de Jacobo Urtis, la de Lara de René y de Rolla{6}. Se ha hablado con poco fundamento del pesimismo de lord Byron o del de Chateaubriand; este no es, bien considerado, más que una forma del romanticismo, el análisis idólatra y morboso del yo del poeta, concentrado respetuosamente en sí mismo y contemplándose hasta que se produce en él una especie de éxtasis doloroso de embriaguez, dando gracias a Dios, «de haberle hecho fuerte y solitario»{7}, oponiendo su sufrimiento y su aislamiento a los goces de la multitud grosera, pagando a este precio su grandeza y esforzándose en hacer de la poesía un altar digno de la víctima.

La antigüedad, que en este punto era del [28] sentir de Pascal, odiaba al yo, y lo proscribía: las costumbres, de acuerdo con el gusto general, a duras penas permitían estos desahogos de una personalidad llena de sí misma, y aficionada naturalmente a dar demasiada importancia a sus tristezas y alegrías. Los dioses, los héroes, la patria, el amor, sin duda también, pero en la expresión de sus sentimientos generales no en el análisis de los incidentes biográficos, he aquí el fondo de la poesía antigua; la poesía personal es rara. Esta fuente de inspiración tanto tiempo comprimida, ha brotado en nuestro tiempo, ya se sabe a qué altura y con qué abundancia. –De este culto, alguna vez extravagante, del yo, ha salido el lirismo contemporáneo con sus grandezas y sus pequeñeces, sus inspiraciones sublimes y sus infatuaciones; de ahí todos estos dolores literarios que han agitado tan profundamente, conmovido toda una generación, y que las nuevas generaciones, con su educación científica y positiva, la cuesta trabajo tomar en serio. Pero estas altaneras o elegantes tristezas nada tienen de filosóficas, no proceden de una concepción acerca del mundo y de la vida; salidas del yo, tornan a él, en él se encierran y en él se complacen con un delicado orgullo: se guardarían, como de una profanación, de compartirlas con el vulgo. No es la humanidad la que sufre, es el [29] poeta, es decir, una naturaleza excepcional. Para que semejantes sufrimientos puedan ligarse a una teoría filosófica, no tanto les hace falta sinceridad y profundidad, como la generalidad del sentimiento en que se inspiran. El pesimismo, por el contrario, no hace del dolor un privilegio, sino una ley: no crea una aristocracia de desesperados. La sola superioridad que reivindica para el genio es la de ver con claridad lo que el vulgo siente de un modo confuso. La existencia entera la dedica a la desgracia, y esta ley de padecer la extiende del hombre a la naturaleza, de la naturaleza a su principio, si es que lo hay y puede conocerse. El mal subjetivo podría no ser más que un accidente insignificante en el mundo: el mal objetivo es lo que hace ver el mal impersonal absoluto, que reina en todos los grados y en todas las regiones del ser. Esto sólo puede ser una filosofía: lo demás es literatura, biografía o novela.

Ahora bien: aquello es lo que caracteriza la teoría de la infelicitá en Leopardi. Ha sufrido, sin duda mucho, de todas maneras, por desgracias físicas, que pesaron de un modo muy fuerte sobre su juventud, y por una salud arruinada que arrastró a través de su vida como una amenaza perpetua de muerte, por ese hastío desesperado que le consumió en la pequeña ciudad de [30] Recanati, por la pobreza de la cual conoció los más humillantes sinsabores y, sobre todo, por esa sensibilidad nerviosa que trasformaba en suplicio intolerable las menores contrariedades, y a más de esto las amarguras de la ambición fracasada, las decepciones todavía más amargas de un corazón enamorado del amor y que no pudo percibir de él más que el fantasma. –Sí, es mucho lo que ha sufrido. No obstante, su teoría no es únicamente, y él no consiente que se vea en ella la expresión de sus sufrimientos: si procede de una experiencia, es de una experiencia generalizada; se trasforma en un conjunto de conceptos razonados y enlazados acerca de la vida humana.

Es preciso ver cómo el filósofo, que Leopardi nota dentro de sí, se defiende por no haber lanzado en el mundo más que el grito de un dolor íntimo, cómo teme exponer su corazón dolorido a la curiosidad pública, con qué orgullo rechaza la limosna de las simpatías que no ha solicitado y que le avergüenza. «No es más que por un efecto de la cobardía de los hombres que necesitan ser persuadidos del mérito de la existencia, por lo que se han querido considerar mis opiniones filosóficas como el resultado de mis sufrimientos particulares, y se atribuya a mis circunstancias materiales lo que es debido sólo a mi [31] entendimiento. Antes de morir quiero protestar contra esta invención de la debilidad y de la vulgaridad, y suplicar a mis lectores que traten de combatir mis observaciones y mis razonamientos, mejor que acusar a mis enfermedades»{8}. Que exista un enlace entre las desgracias de esta vida y la dura filosofía en que se refugió el poeta como en un último asilo, no ofrece ninguna duda; no es posible separar la figura acongojada de Leopardi del fondo monótono de sus pinturas y de sus doctrinas{9}; pero es preciso reconocer que por un esfuerzo meritorio de libertad intelectual, borra, hasta donde es posible, sus recuerdos personales para la solución que da al problema de la vida. Eleva esta solución a un grado de generalidad en que comienza la filosofía; su pesimismo es un pesimismo sistemático y no la apoteosis de su miseria. Por un rasgo que quisiéramos poner bien en claro, se distingue perfectamente de la escuela de los líricos y desesperados, en la cual se ha querido introducirle; no tiene más que un parentesco muy lejano con los Rolla, que le han reclamado por hermano; [32] los sobrepuja por la altura del punto de vista cósmico, al cual se eleva; ha querido ser filósofo, ha merecido serlo; lo es.

Juzguémosle, pues, como él desea ser juzgado, y veamos con qué exactitud la teoría de la infelicitá, esparcida en todas las poesías, recuerda o, mejor dicho, anuncia las inspiraciones de la filosofía alemana contemporánea.

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{5} Giacomo Leopardi, su vida y sus obras, por M. Boucher-Leclerq. – Un capítulo de los Ensayos sobre Italia, por M. Gebhart. – Ensayo sobre las ideas filosóficas y la inspiración poética de G. Leopardi seguido de obras inéditas, &c., por M. Anlard. – No olvidemos que en este asunto, como en tantos otros, M. de Sainte-Renne había abierto el camino por medio de un trabajo magistral publicado en la Revista de dos mundos el 15 de Septiembre de 1844, y recordemos que nuestro colaborador Mazade ha consagrado un estudio de una simpatía muy decidida a los Sufrimientos de un pensador italiano, en la Revista de 1º de Abril de 1861.

{6} M. Bouche Leclercq, ha tocado con acierto este punto interesante en varios pasajes de su obra sobre todo, pág. 75-76.

{7} Alfredo de Vigny, Moisés.

{8} Carta a M. de Sinner, 24 Mayo 1832.

{9} M. de Anlard traspasa lo justo cuando toma al pié de la letra la protesta de Leopardi y examina, bajo este punto de vista, para refutarla, lo que él llama la leyenda dolorosa, formada por sus biografías.

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Armando Palacio Valdés Erasmo Caro · El pesimismo en el siglo XIX
Madrid [1878], páginas 24-32