El pesimismo en el siglo XIX (1878) a b c d e f g h Erasmo María Caro (1826-1887)

Erasmo María Caro · El pesimismo en el siglo XIX

Un precursor de Schopenhauer, Leopardi
III

No hay más que tres formas de felicidad posible para la humanidad, tres maneras de comprenderla y de realizarla. Se equivocaría el que quisiera excitar y torturar su imaginación para inventar alguna felicidad inédita; puede asegurarse que esta felicidad entraría en los cuadros trazados de antemano, y esta es ya una prueba manifiesta de la pobreza de nuestra facultad de sentir, y de la esterilidad de la vida.

—O bien se cree poder alcanzar la felicidad en el mundo tal como es, en la vida actual e individual, sea por el libre ejercicio de los sentidos, la riqueza y la variedad de las sensaciones; o ya por el desenvolvimiento de las facultades del espíritu, el pensamiento, la ciencia, el arte [34] y las nobles emociones que de aquí resultan, o ya por la actividad heroica, el gusto de la acción, la pasión del poder y de la gloria.

—O bien se trasporta la idea de la felicidad, se la concibe como realizable para el individuo en una vida trascendente después de la muerte: es la esperanza en la cual se precipita la muchedumbre de los que sufren, de los pobres, de los despreciados por el mundo, de los desheredados de loa vida; es el asilo abierto por las religiones, y particularmente por el cristianismo a las miserias sin remedio, y a los dolores sin consuelo.

—O bien, por último, separándose del más allá trascendente, se concibe un más allá terrestre, un mundo mejor que el mundo actual que cada generación prepara sobre esta tierra por sus trabajos y sus experiencias. Se hace el sacrificio de la felicidad individual para asegurar el advenimiento de este ideal nuevo, nos elevamos al olvido de nosotros mismos, a la conciencia y a la voluntad colectiva, se goza de antemano con la idea de esta felicidad, para la cual se trabaja y que otros gozarán, se la quiere para sus descendientes y nos embriagamos con la idea de los sacrificios que reclama: este noble sueño de felicidad de la humanidad futura sobre la tierra, por los descubrimientos de la [35] ciencia, por las aplicaciones de la industria, por las reformas políticas y sociales, es la filosofía del progreso, que en ciertas almas entusiastas se convierte en una religión. –He aquí las tres teorías de la felicidad en las cuales se halla agotada la imaginación de la humanidad: estos son los «tres estados de la ilusión humana» de Hartmann, sucesiva o inútilmente recorridos por las generaciones que se remplazan sobre la escena del mundo, y que cambiando de creencia sin cambiar de desengaño, no hacen más que agitarse en el círculo de un infranqueable error, la incorregible creencia en la felicidad.

M. de Hartmann no tiene razón al pensar que estos tres estados de ilusión se suceden. Son simultáneos, coexisten en la vida de la humanidad, no ha habido tiempo alguno en que no hayan estado representados; son tres razas eternas de espíritus más bien que tres edades históricas. A la hora en que yo escribo, ¿no hay en la inmensa variedad de la sociedad contemporánea optimistas del tiempo presente, optimistas de la vida futura, optimistas de la edad de oro que el progreso hará surgir sobre la tierra? Además, estos diversos estados muchos hombres los recorren en una sola vida: cualquiera de nosotros ha perseguido sucesivamente la imagen de la felicidad en los sueños de la vida actual, en la [36] vida futura, en el porvenir de la humanidad. Por último el orden de sucesión y de desenvolvimiento que M. de Hartmann señala, no es por ningún concepto un orden riguroso; todo hombre puede recorrer estas diversas etapas en un orden diferente, hasta en un orden inverso; no es raro ver un alma, después de haber atravesado las ilusiones de la felicidad terrestre, detenerse y reposar en la fe de lo invisible y lo divino. Y al mismo tiempo no es imposible que esta evolución se lleve a cabo de un modo contrario, comenzando por las más nobles aspiraciones religiosas y concluyendo en la indolencia optimista.

Leopardi atravesó estos tres estados, y no deteniéndose en ninguno, ha descrito cada uno de ellos, y nos ha mostrado con rasgos singularmente enérgicos, por qué no se ha detenido, y el error de los hombres que piensan encontrar en ellos un abrigo. Hasta la edad de diez y ocho años, su adolescencia soñadora no franqueó sino rara vez los límites de la fe religiosa. Emplea los recursos ya variados de su erudición en componer una especie de apología de la religión cristiana, el Ensayo sobre los errores populares de los antiguos (1815). Pero ya bajo esta nomenclatura de las supersticiones de la antigüedad, dioses y diosas, oráculos, apariciones, magia, al lado de apóstrofes, a «la religión del amor» que [37] le encanta y le consuela en sus juveniles dolores, se encuentran ciertas señales del escepticismo futuro. Al mismo período de su vida pueden referirse sus Proyectos de himnos cristianos que animan ya de un modo tan triste el sentimiento del dolor universal. Es ya un pesimista el que se dirige en estos términos al Redentor: «Tú lo sabias todo desde la eternidad; pero permites a la imaginación humana que te consideremos como el más íntimo testimonio de nuestras miserias. Tú has experimentado esta vida que es la nuestra; tú has conocido la nada de ella; tú has sentido la angustia y la infelicidad de nuestro ser... Y también en esta suplica al Creador: Ahora voy de esperanza en esperanza, errando todo el día y olvidándote, aunque siempre engañado... Vendrá un día en que, no teniendo ya otro estado al cual acudir, pondré toda mi esperanza en la muerte y entonces recurriré a ti...» Esta hora del recurso supremo no llegó; en el mismo momento en que arrojaba con mano febril sobre su papel empapado de lágrimas estos fragmentos de himno y de oración, fue cuando percibió que el abrigo de su fe había desaparecido de su vista y ya no quedaba nada; permaneció solo, en pie, con su precoz decrepitud, en medio de las ruinas de su cuerpo y de su alma ante un mundo vacío y bajo un cielo de bronce. [38]

Tomó su partido sin vacilar: pasó de una fe ardiente a una suerte de escepticismo feroz y definitivo, que no admitió jamás ni incertidumbre, ni combates, ni ninguna de estas aspiraciones hacia el más allá, donde se refugia en una especie de voluptuosidad inquieta el lirismo de nuestros grandes poetas contemporáneos. En Leopardi no hay nada parecido a estas turbaciones del alma, estas tristezas o a estas luchas psicológicas, cuya expresión es tan conmovedora. Permanece inmóvil en la soledad que se ha hecho. Apenas algunas alusiones desdeñosas de pasada «al temor de las cosas de otro mundo.» En ninguna parte se menciona a Dios ni aun para negarlo. El nombre mismo parece que se evita: cuando se ve obligado como poeta a hacer intervenir un ser que haga este papel, lo llama Júpiter. La Naturaleza, principio misterioso del ser, pariente próximo de lo inconsciente de Hartmann, aparece sola, frente al hombre, en la meditación perpetua de lo desconocido que abruma al poeta: a ella sola es a la que el hombre interroga sobre el secreto de las cosas tan indescifrable para ella como para él. «Estoy sometida al destino, dice ella, al destino que lo ordena, cualquiera que sea la causa, causa que ni tú ni yo podemos comprender.» La Naturaleza y el destino, es decir, las leyes ciegas e inexorables, [39] cuyos solos efectos aparecen a la luz, cuyas raíces se sepultan en la noche. Cuando el poeta pone en escena la curiosidad del hombre sobre los grandes problemas, tiene una manera muy particular de buscar un desenlace. –Las momias de Ruysch resucitan por un cuarto de hora; dan cuenta de cómo murieron. «¿Y qué es lo que hay después de la muerte?», pregunta Ruysch; pero el cuarto de hora ha trascurrido, las momias se callan.–

En otro lugar hay un extraño diálogo de un islandés que, después de haber esquivado la sociedad, ha huido de la naturaleza, y encontrándola frente a frente en el fondo del Sahara la apremia con preguntas, de las cuales cada una es una queja. «¿Por qué me ha enviado sin contar conmigo a este nuevo mundo? ¿Por qué, si me ha hecho nacer, no se ha ocupado de mí? ¿Cuál es, pues, su objeto? ¿Qué pretende? ¿Qué quiere? ¿Es mala o impotente?». La Naturaleza contesta que ella no tiene más que un cuidado y un deber: dar vueltas a la rueda del Universo, en la que la muerte es el sostén de la vida y la vida de la muerte. «Pero entonces, –responde el islandés– puesto que todo lo que se destruye sufre, puesto que lo que destruye no goza y es bien pronto destruido a su vez, dime lo que ningún filósofo sabe decirme: ¿a quién agrada, pues, a quién es útil esta vida [40] desgraciada del Universo, que no subsiste más que por la ruina y por la muerte de todos los elementos que la componen? La Naturaleza no se toma el trabajo de contestar a su molesto interlocutor: dos leones hambrientos se arrojan sobre él y lo devoran, esperando la muerte a su vez sobre la arena del desierto.

El silencio, he aquí la sola respuesta a estas grandes curiosidades que van a estrellarse contra un muro infranqueable o a perderse en el vacío. No hay, pues, felicidad que esperar bajo una forma trascendente. He aquí el primer estado de ilusión atravesado por Leopardi, o más bien por la humanidad que lleva en él. Ha demostrado al hombre la sinrazón de sus esperanzas fundadas sobre lo invisible. Pero al menos el hombre no podrá gozar del presente, puesto que no tiene porvenir, tratar de engrandecer su ser por medio de los grandes pensamientos y las grandes pasiones, confundirle con una inmolación sublime ya con la patria que le hará un héroe poderoso y libre, ya con otro ser al cual le hará donación de un ser y se enriquecerá con su propia felicidad? ¡El patriotismo, el amor, la gloria, cuántas razones para vivir todavía; aunque el cielo esté vacío, cuántas maneras de ser feliz! Y si es preciso renunciar a las quimeras del ideal, todo esto no es bien sólido y [41] sustancial, todo esto no es la realidad misma bajo su forma más noble y más bella, y no vale la pena de vivir?

Nadie mejor que Leopardi, ciertamente, ha sentido en sí el alma de la patria. Leyendo su Oda a Italia parece que escuchamos a un hermano de Petrarca o un rival de Alfieri. El que escribía estos versos que todas las mentes italianas han retenido, que todas las bocas repiten y que han valido, sin duda, muchos batallones de voluntarios al vencido de Novara y al vencedor de San Martino, es indudablemente un gran patriota, pero es un patriota desesperado. Ama a su patria, pero la ama en el pasado: no cree en su porvenir. Cuando ha celebrado en versos ardientes su gloria desvanecida, cuando ha evocado para despertarla de su sueño el recuerdo de las guerras médicas y entona, terminándolo, el himno interrumpido de Simonides, el desaliento se apodera de él ante la Italia cautiva y resignada. Y ya las poesías de esta época qué amargura respiran: «Oh, gloriosos antepasados, conserváis alguna esperanza por nosotros? ¿No hemos perecido por completo? Quizá tengáis el poder de conocer el porvenir. Yo estoy abatido y no tengo ninguna defensa contra el dolor; oscuro es para mí el porvenir y todo lo que alcanzo a distinguir de él, es tal, que hace [42] que la esperanza me parezca un sueño y una locura{10}. Los grandes italianos, Dante, Taso, Alfieri, ¿para qué han trabajado? ¿En qué han parado definitivamente sus esfuerzos? Los unos han concluido por no creer en la patria; los otros se han estrellado en una lucha insensata. Dante mismo, ¿qué ha hecho? Ha preferido el infierno a la tierra: ¡hasta tal punto le era la tierra odiosa! «¡El infierno! ¿Y qué regios, en efecto, no vale más que la nuestra? Y sin embargo, menos pesado, menos doloroso es el mal que se sufre, que el hastío que sofoca. ¡Oh, feliz tú, que pesaste la vida llorando!». Él mismo también descendió al fin de su vida a los infiernos en el poco a burlesco y trágico a la vez, el más largo que ha escrito (ocho cantos y cerca de tres mil versos), los Paralipomenos de la Batrachomyomachia; mas fue para burlarse dura y tristemente de la ilusión patriótica que había hecho latir un instante su corazón. –Aquí, como en otros muchos puntos, podemos observar que el pesimismo se equivoca, como se engaña frente a la esperanza obstinada de una nación, qué crimen contra la vida y contra la patria se puede cometer desalentando estas grandes ideas, abatiendo las energías viriles de un hombre y de [43] un pueblo. El italiano que no hubiese cedido a un desaliento prematuro, que hubiese luchado hasta el fin contra la decepción de los hombres y la transición de la fortuna, estaría más inspirado que el poeta: treinta años más tarde el patriota hubiese tenido razón contra el desesperado.

Pero no es sólo el italiano el que es preciso ver en Leopardi, sino el intérprete de la humanidad. Estas grandes sombras antiguas a quienes ha consagrado tan bellos cantos, las evoca para hacerlas proclamar la locura de su heroísmo y la nada de su obra. Bruto, el joven, es el que en 1824 lanza en una oda famosa el anatema sobre estas inmolaciones sublimes que eran la fe de la antigüedad y abdica de su patriotismo estéril. «No, yo no invoco al morir, ni a los reyes del Olimpo y del Cocyto, ni a la tierra indigna, ni a la noche, ni a ti, último rayo de la negra muerte o memoria de la posteridad! ¿Cuándo aconteció que una tumba haya sido tranquilizada por los sollozos o adornada por las palabras de una vil multitud? Los tiempos se precipitan hacia lo peor y nos engañaríamos mucho al contar a nuestros nietos corrompidos el honor de las almas ilustres y la suprema venganza de los desgraciados. ¡Que en torno mío agite el pájaro rapaz sus alas! ¡Qué este animal me despedace, [44] que el huracán arrastre mis despojos ignorados y que el aire lleve consigo mi nombre y mi memoria!»

La gloria literaria, esta gloria por la cual Leopardi mismo confiesa que siente una pasión inmoderada, ¿vale la pena que nos tomamos por adquirirla? Il Parini nos hace ver claramente a qué se reduce este fantasma. Se creería leer una página de Hartmann; hasta tal punto se parecen los argumentos de los dos pesimistas. Nadie negará, dice Hartmann, que cuesta mucho trabajo producir una obra. El genio no cae del cielo completamente formado: el estudio que debe desenvolverlo antes que esté lo suficiente maduro para producir frutos, es una tarea penosa, abrumadora, en que los placeres son raros de ordinario, salvo aquellos quizá que nacen de la dificultad vencida y de la esperanza. Si a costa de una larga preparación se coloca uno en estado de producir algo, los solos momentos felices son los de la concepción; pero bien pronto les suceden las horas largas de la ejecución mecánica, técnica de la obra. Si no estuviera aguijoneado por el deseo de concluir, si la ambición o el amor a la gloria no impulsaran al autor, si ciertas consideraciones exteriores no le obligaran a apresurarse, si en fin, el espectro del hastío no se levantara por detrás de la pereza, el placer que nos [45] podemos prometer de la producción, no bastaría para hacer olvidar las fatigas. ¡Y la crítica envidiosa e indiferente! ¡Y el público tan limitado y tan poco competente! Que se pregunte cuántos hombres por termino medio, son accesibles de una manera seria a los placeres del arte y de la ciencia{11}.

Esta página de Hartmann es el análisis más fiel de los argumentos de Il Parini, que termina de este modo: «Qué es un gran hombre? Un hombre que muy pronto no representará nada. La idea de lo bello cambia con el tiempo. En cuanto a las obras científicas son pronto desacreditadas y olvidadas. El matemático más mediano de nuestros tiempos sabe más que Galileo y Newton. Pues entonces la gloria es una sombra y el genio de quien es la única recompensa, el genio es un regalo funesto para quien lo recibe.

Queda el amor, último consuelo posible de la vida presente o, por mejor decir, última ilusión, pero la más tenaz, que es preciso disipar para convencerse de que la vida es mala y que la más feliz, vale menos que la nada. Es un error como todos los demás pero que persiste más tiempo que los otros, porque los hombres creen alcanzar en él una sombra última de felicidad, [46] después que han sido engañados en todo. Error beato, –dice con frecuencia el poeta–. Que sea error; ¿qué importa, si este error nos hace felices? No, no nos hace felices, aunque nos engañe y nos atraiga sin cesar; es una fascinación que, siempre está renaciendo, que cada vez nos deja más desconsolados, y que cada vez se apodera más de nuestro corazón apasionado de su mismo error. La lucha del hombre con este fantasma que nunca deja de irritar su imaginación, que no se deja conjurar, ni por la cólera, ni por el desprecio, ni por el desden, ni por el olvido, ¡con qué elocuencia está descrita en las Ricordanze en el Risorgimento, en Aspasia, sobre todo! Es conocida la historia de los infortunios amorosos del poeta, para quien amar no fue más que una ocasión de sufrir. Dos veces, sobre todo, su corazón fue ocupado, y dos veces fue deshecho; en los dos extremos de su corta existencia, el fantasma pasó cerca de él, hizo brillar la alegría ante sus ojos, un relámpago de alegría bien fugitivo, y después que el fantasma hubo pasado, el poeta, que había creído cogerle y estrecharle entre sus brazos, quedó más solo y más desolado. –¡Qué queréis! El poeta era torcido y contrahecho, no tenía más que genio. Schopenhauer le hubiera explicado su caso en dos palabras: «La estupidez, –dice este terrible humorista–, no repugna a [47] las mujeres. El genio es el que suele desagradarlas como una monstruosidad. No es raro ver a un hombre imbécil y grosero, suplantar en el favor de ellas a un hombre lleno de talento y digno de amor por todos conceptos.» Por otra parte, ¿qué esperar de las mujeres?, añadía, recordando un epigrama griego: –¡tienen los cabellos largos y las ideas cortas!

Leopardi no se vengó de Aspasia con la misma brutalidad, permaneció poeta en su venganza; pero su ironía no es menos cruel por ser más fina. Leamos otra vez la elegía que lleva este nombre, y en la que su corazón se explaya. En el fondo se da cuenta de su error; es lo de todos los hombres, por lo menos de los que tienen imaginación: no es la mujer la que ha amado, es la belleza de la cual ha creído encontrar en ella un rayo. La que acaricia el enamorado con la mirada, es la hija de su imaginación, es una idea muy parecida a la mujer, que el amante, en su éxtasis confuso, cree amar. No es a ésta, sino a la otra, a quien él persigue y adora. Al fin, reconociendo su error, y viendo se ha equivocado, se irrita y acusa sin razón a la mujer. Rara vez el espíritu femenino alcanza la altura de esta concepción, y la mujer no sueña ni podría comprender lo que inspira a ciertos amantes su belleza. [48]

«No hay sitio en estas frentes pequeñas para un pensamiento tan grande.»

No son más que falsas esperanzas las que el hombre se forja con el relámpago luminoso de estas miradas; en vano es que demande sentimientos profundos, desconocidos y viriles a este ser frágil y débil. No, no es a ti a quien yo amaba, exclama el poeta, sino a esta diosa que ha vivido en mi corazón y que en él está sepultada. La belleza, la angelica beltade cuyo espejo engañoso hace el encanto de la mujer sobre la cual se pone, la ha cantado también Leopardi en el Pensiero dominante. Pero, ¿qué es pues, esta belleza que él celebra así? ¿Qué puede ser esta cosa, que no es más que idea, un dolce pensiero? El poeta nos lo dice: no es más que una quimera, la sombra de una nada, pero que vana, y todo como es, se pega a nosotros y nos sigue hasta la tumba.

Si la belleza no es más que una quimera, si el amor no es más que otra quimera, la sombra de una sombra, debemos comprender por ahí uno de los más sorprendentes fenómenos de la psicología del amor, la asociación inevitable de esta idea y la de la muerte.

«El amor es fuerte como la muerte, la mujer es amarga como la muerte; a estas melancólicas palabras se encuentran a menudo en el [49] Cántico de los cánticos, en el Eclesiates, y en los Proverbios. Estos pensamientos, tan frecuentes en la inspiración de Salomón, abundan también en los líricos. Mas en ninguna parte se ofrece un esfuerzo tan grande como el de Leopardi para convencernos bien de este fenómeno raro. «El Amor y la Muerte son hermanos gemelos: el Destino los engendró al mismo tiempo. Dos cosas tan hermosas no las hay en este mundo de aquí abajo, no las hay tan poco en las estrellas. De la una nace el placer más grande que se encuentra en la mar del ser: la otra calma los grandes dolores... Cuando comienza a nacer en el fondo del corazón la pasión del amor, al mismo tiempo que ella, se despierta en el corazón un deseo de morir lleno de languidez y decaimiento. ¿Cómo es esto? Yo no lo sé; pero tal es el primer efecto de un amor verdadero y poderoso.» La misma doncella, tímida y reservada, que de ordinario al nombre de la muerte siente enderezarse sus cabellos, osa mirarla frente a frente, y en su alma inocente comprende la dulzura de morir, la gentilezza del morir. –Tratemos de darnos cuenta de este singular fenómeno. Quizá cuando se ama, este desierto del mundo nos aterra: se ve en adelante la tierra deshabitada sin esta novela, única, infinita felicidad que concibe el pensamiento. Acaso también el [50] amante presiente la terrible tempestad que va a levantar en su corazón la lucha de los hombres, la fortuna y la sociedad conjuradas contra su felicidad; tal vez, en fin, en el secreto temor de lo que hay de efímero en todo lo que es humano, la desconfianza dolorosa de sí mismo y de los otros, el temor de no amar o de no ser amado algún día, lo cual parece más horrible a los que aman que la nada misma. Es un hecho que, las grandes pasiones sienten instintivamente que la tierra no puede contenerlas y que harán estallar el frágil vaso del corazón que las ha recibido; por eso se refugian desde luego en el pensamiento de la muerte como en un asilo. He aquí lo que nos sugiere el poeta cuyo pensamiento, a pesar de un grande esfuerzo, permanece alguna vez, indeciso, y a la página siguiente, baja este título expresivo: A se stesso, encontramos, a manera de posdata, un comentario completamente personal de sus últimas desilusiones sobre el amor y los bienes de la tierra: «Y ahora tú reposarás para siempre, mi fatigado corazón. Ha perecido el error supremo que había creído eterno para mí. Ha perecido. En mí, bien lo percibo, se extinguió no sólo la esperanza sino el deseo mismo de los caros errores. Reposa para siempre. Has palpitado bastante. No hay cosa alguna que merezca tus latidos y la tierra [51] no es digna de tus suspiros.» ¡Mísero poeta! ¿Qué hombre no ha escrito este epitafio sobre la tumba en que ha creído sepultar su corazón, y qué hombre no lo ha dolorosamente desmentido más de una vez?

Así, arrojado de asilo en asilo, del patriotismo estéril y desconocido a la gloria, de la gloria al amor, el hombre no encontrará al menos un consuelo, hasta una felicidad, en este grande pensamiento del progreso que merece trabajar sin descanso, que hace que nada se pierda del trabajo humano y que muestra la miseria del mundo actual como el precio y el rescate de la felicidad que han de gozar nuestros descendientes? –Este es el tercer estado de ilusión; Leopardi lo mide, como los otros dos, con una mirada intrépida que no quiere extraviarse con quimeras, sino ver claramente lo que es y lo que será siempre, «el mal de todos y la infinita vanidad de todo.»

No, el porvenir no será más feliz que el presente; será, debe ser aún más miserable. –¡El progreso! ¿Pero de dónde podrá sacar el hombre su principio y su instrumento? Del pensamiento, sin duda; pero el pensamiento es un don fatal: no vive más que para aumentar nuestra desgracia iluminándola. Vale más mil veces ser ciego como el bruto y la planta. Henos aquí muy [52] lejos de la caña pensadora. –El pastor errante sobre los montes del Himalaya, se dirige a la luna; condenada, como él, a un eterno trabajo; la toma por testigo de que las bestias que guarda son más felices que él; ellas, por lo menos, ignoran su miseria, olvidan pronto todo accidente, todo temor que atraviese su existencia, no experimentan el hastío{12}. Mirad la retama; crece feliz y tranquila sobre las faldas del Vesubio, en tanto que a sus pies duermen tantas ciudades sepultadas, tantas poblaciones presas de la muerte en el pleno triunfo y el orgullo de la vida. Ella también, la humilde retama, sucumbirá también un día al poder cruel del fuego subterráneo; pero al menos perecerá sin haber levantado su orgullo hasta las estrellas, tanto más juiciosa y más fuerte que el hombre cuánto que no se habrá creído inmortal como él.{13} Leopardi vuelve cruelmente la frase de Pascal. «Aún cuando el Universo lo aplastara, el hombre sería, sin embargo, más noble que él, porque el hombre sabe que muere y la ventaja que el Universo le lleva. El Universo no sabe nada.» Esto es precisamente lo que constituye nuestra inferioridad según Leopardi; saber sin poder. [53] La planta y el animal nada saben de su miseria; nosotros medimos la nuestra. Y este sufrimiento no tiende a disminuirse en el mundo, sino al contrario. Las almas más ilustradas, las más delicadas adquieren tan sólo más aptitud para sufrir; los pueblos más civilizados son los más desgraciados. Este es también, como ya se sabe, el tema perpetuo del pesimismo alemán. La conciencia de la desgracia hace la desgracia más profunda y más incurable: la miseria de los hombres y las naciones se desarrolla en proporción de su cerebro, a medida que su sistema nervioso se perfecciona y se afina, y que ellos adquieren por ahí instrumentos más delicados, órganos más sutiles para sentir el dolor, para acrecer su intensidad, para eternizarlo por la previsión y por el recuerdo. Todo lo que el hombre añade a su sensibilidad y a su inteligencia, lo añade a su sufrimiento.

Tal es el sentido, que se hace claro con esta interpretación de varios diálogos extraños y oscuros, el Nomo y el Duende, Eleandro y Timandro, Tristán y su amigo, y de esta Historia del género humano, donde se ve renovarse después de cada grande período este disgusto de todo lo que los hombres habían sufrido en el período precedente, y engrandecerse este amargo deseo de una felicidad desconocida, que hace su tormento, por [54] que es extraña a la naturaleza del Universo. Júpiter se cansa de cubrir a esta raza ingrata con sus dones que tan mal se aprovechan y tienen tan mala acogida. Verdad es que el primero de estos beneficios había sido mezclar a la vida verdaderos males para distraer al hombre de su mal ilusorio, y para aumentar por el contraste el valor de los bienes reales. Júpiter no había imaginado, por lo pronto, nada mejor para eso, que enviar al hombre una multitud variada de enfermedades y la peste. después, observando que el remedio no obra a su gusto y que el hombre se aburre siempre, crea las tempestades, inventa la pólvora, lanza cometas y regula eclipses para arrojar el espanto entre los mortales y reconciliarles con la vida por el temor de perderla. Por último, les concede un incomparable presente, envía entre ellos algunos fantasmas de aspecto excelente y sobrehumano, que fueron llamados Justicia, Virtud, Gloria, Amor de la patria, y los hombres se tornaron más tristes todavía, más tristes que nunca y más perversos.

El último y el más funesto regalo hecho a los hombres fue la verdad. Se cae en un lamentable error cuando se dice y se predica que la perfección del hombre consiste en el convencimiento de lo verdadero, que todos sus males provienen de las ideas falsas y de la ignorancia. [55] Es todo lo contrario, porque la verdad es triste. La verdad, que es la sustancia de toda filosofía, debe ocultarse cuidadosamente a la mayor parte de los hombres, porque sino, se cruzarían de brazos y se echarían esperando la muerte. Procuremos con cuidado sostener entre ellos las ideas que nosotros juzgamos falsas y seremos unos verdaderos bienhechores. Exaltemos las ideas quiméricas que hacen nacer los actos y los pensamientos nobles, la abnegación y las virtudes útiles para el bien general, esas imaginaciones bellas y felices que son las únicas que dan valor a la vida. –Pero la verdad, así que penetra en el mundo, cumple su tarea y todas estas ilusiones que hacían la vida tolerable, caen una por una; he aquí el sólo progreso.

La ciencia, a lo menos, ya que no la filosofía, ¿no es capaz de consolarnos con sus magníficos descubrimientos y sus progresos? Puede creerse que el sabio que ha tomado parte en los grandes trabajos de la filología de su tiempo, que ha conocido a los eruditos ilustres, desde Angelo Mai hasta Niebuhr, émulo él mismo de estos sabios, y destinado, si hubiera querido, a un gran renombre de helenista, ¿puede creerse que va a perdonar por eso a la ciencia? De ningún modo. Sabemos, con alguna sorpresa, que la ciencia del siglo XIX ha decaído tanto por la calidad [56] como por la cantidad de los sabios. El saber, o como se dice, las luces crecen en extensión sin duda; pero cuanto más acrece la voluntad de aprender más se debilita la facultad de estudiar: los sabios andan más escasos que hace ciento cincuenta años. Y que no se diga que el capital intelectual, en vez de estar acumulado en ciertas cabezas, se divide entre muchas y gana en esta división. Los conocimientos no son lo mismo que las riquezas, que divididas o aglomeradas, hacen siempre la misma suma. Allí donde todo el mundo sabe un poco, se sabe muy poco; la instrucción superficial quizá, no precisamente dividida entre muchos hombres, sino común a muchos ignorantes. Lo restante del saber no pertenece mas que a los sabios: ¿y dónde se encuentran los verdaderos sabios, a no ser quizá en Alemania? En Italia y en Francia lo que crece sin cesar es la ciencia de los resúmenes de las compilaciones, de todos esos libros que se escriben en menos tiempo que se leen, que cuestan lo que valen y que duran en proporción de lo que cuestan.

Este siglo es un siglo de niños, que, como verdaderos niños, quieren hacerlo todo de una vez sin trabajo profundo, sin fatiga previa. –¿Por qué no queréis tener en cuenta la opinión de los periódicos que dicen todo lo contrario?– [57] Lo sé, –responde Tristán–, que no es otro que Leopardi, aseguran todos los días que el siglo XIX es el siglo de las luces, y que ellos son la luz del siglo: nos aseguran también que la democracia es una gran cosa, que los individuos han desaparecido ante las masas, que las masas llevan a cabo toda la obra que hacían en otro tiempo los individuos, por una especie de impulsión inconsciente o de temor divino. Dejad hacer a las masas, se nos dice; pero estando compuestas de individuos, ¿qué harán sin los individuos? Ahora bien, a los individuos se los desalienta no permitiéndoles esperar nada, ni aún esta miserable recompensa de la gloria. Se les discute, se les injuria, se les fuerza a ponerse al nivel de todo el mundo. En eso solamente, a pesar de lo que dicen los periódicos que Leopardi persigue con cólera, es en lo que difiere este siglo de los otros. En todos los otros, como en este, lo grande ha sido muy raro; solo que en los otros la medianía es la que ha dominado; en este es la nulidad. –Pero este es un siglo de transición. –¡Donosa excusa! ¿Pues todos los siglos no han sido y no serán de transición? –La sociedad humana no se detiene jamás y su trabajo perpetuo es pasar de un estado a otro.

«Los libros y los estudios que a menudo me asusto de haber amado tanto, los grandes [58] proyectos, las esperanzas de gloria y de inmortalidad, son cosas de las cuales pasó ya el tiempo de reírse; así que yo me guardo bien de reírme de los proyectos y de las esperanzas de los hombres de mi tiempo; les deseo, con toda mi alma, el mejor éxito posible; pero no les envidio ni a ellos ni a nuestros descendientes, ni a aquellos que han de vivir mucho tiempo. En otro tiempo, he envidiado a los locos, a los tontos y a los que tienen una gran opinión formada de sí mismos, y de buena gana me hubiera cambiado por cualquiera de ellos. Hoy ya no envidio, ni a los locos ni a los sabios, ni a los grandes ni a los pequeños, ni a los débiles ni a los poderosos; envidio a los muertos, y sólo por los muertos me cambiaría.» Tal es la última palabra de Tristán sobre la vida y sobre la historia, sobre el siglo XIX y el progreso. Siempre este refrán lúgubre y monótono: Il commnn danno é l'infnita vanitá del tutto.

———

{10} Ode á Angelo Mai.

{11} Filosofía de lo Inconsciente, III parte, XIII cap.

{12} Canto de un pastor errante.

{13} La Ginestra.

<<

Erasmo María Caro · El pesimismo en el siglo XIX · a b c d e f g h

>>

filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2005 filosofia.org
Armando Palacio Valdés Erasmo Caro · El pesimismo en el siglo XIX
Madrid [1878], páginas 33-58