El pesimismo en el siglo XIX (1878) a b c d e f g h Erasmo María Caro (1826-1887)

Erasmo María Caro · El pesimismo en el siglo XIX

La escuela pesimista en Alemania, su influencia, su porvenir
III

¿Cuál es el porvenir reservado al pesimismo? Para contestar a esta pregunta no basta hacer notar la violenta exageración de las tesis que sostiene, el estupor del simple buen sentido ante una doctrina que quiere persuadir a la humanidad de que debe concluirse lo más pronto posible con la vida, y al mundo mismo de que debe cesar esa broma lúgubre que se permite al continuar existiendo. No basta repetir lo que Pascal decía del pirronismo: «La naturaleza sostiene a la razón impotente y la impide extraviarse hasta este punto.» –¿A qué concurso de circunstancias esta filosofía extraña debe su éxito y el ardiente proselitismo de que es objeto? ¿Durarán estas circunstancias? ¿Hay motivos para creer que esta fortuna de un sistema tan contrario a la naturaleza se detenga, y que esta [126] propaganda insensata se agote por la indiferencia de los unos o la resistencia de los otros?

M. James Sully, en el último capítulo de su libro, ha tratado de definir y clasificar todos los orígenes de esta filosofía. Expone lo que llama con una frase muy en boga «la génesis del pesimismo»; enumera, con gran lujo de divisiones y subdivisiones, «os elementos y los factores externos o internos.» según él, es preciso considerar la concepción optimista y la concepción pesimista de la vida, como efecto de una multitud de causas más o menos ocultas en la constitución íntima de cada uno de nosotros. El pesimismo es a la vez un fenómeno patológico y un fenómeno mental. Cuando se lleva a la exageración, revela una alteración grave en el sistema nervioso; llega a ser una verdadera enfermedad. El optimismo y el pesimismo, son pues, ante todo, una consecuencia del temperamento, herencia morbosa, humor y nervios. Es necesario también tener en cuenta la parte del carácter propiamente dicho, bien que el temperamento entre ya en él como un elemento esencial del ejercicio y del desenvolvimiento de la voluntad, más o menos dispuesta a entrar en lucha con lo de fuera, a sufrir la pena, a mirarlo frente a frente y sin temor. Así se ve que hay temperamentos optimistas y temperamentos pesimistas, [127] caracteres felices y caracteres desgraciados, sensibilidades más o menos tímidas y doloridas, naturalezas, en fin, dispuestas a apreciaciones completamente contrarias a propósito de los mismos hechos.

Los acontecimientos y las situaciones de la vida revisten dos aspectos muy diferentes, toman dos tintes opuestos, según que se presentan a los unos o los otros, a los unos preparados de antemano a interpretaciones favorables, a los otros inclinados a encontrarlo siempre todo defectuoso, los hombres y la vida (Fault finding).

Hay aquí un número de observaciones acertadas y finas. Uniría de buena gana la de un ilustre químico, con el cual hablábamos de esta cuestión del pesimismo y que la resumía de este modo, reduciéndola a términos muy sencillos: según él esta filosofía, con sus tristes visiones, era la filosofía natural de los pueblos que no beben mas que cerveza. «No hay peligro, añadía, en que se aclimate nunca en los países vinícolas y sobre todo en Francia; el vino de Burdeos esclarece las ideas y el vino de Borgoña arroja los malos sueños.»

«Esta es la solución química de la cuestión al lado de la solución fisiológica de M. James Sully.»

Estas son explicaciones que tienen su valor; [128] pero aún quedan muchas partes oscuras en la cuestión. En todo tiempo ha habido temperamentos tristes, caracteres desgraciados, ha habido también siempre bebedores de cerveza; lo que no ha existido en todo tiempo son sistemas pesimistas, es esta vega inaudita de una filosofía desesperada. Yo dudo, por otra parte, que este género de explicación sea suficiente, tratándose de las poblaciones innumerables del extremo Oriente, que piensan o que sueñan, según la doctrina de Buda; sería menester modificar mucho las fórmulas para que fuesen aplicables aquí. Pero quedémonos en el Occidente, y tratemos de no embrollar más una cuestión ya muy compleja. Concedo toda la atención que debo a las observaciones del anatómico Henle en sus Lecciones de antropología publicadas recientemente, cuando trata de investigar las causas del temperamento melancólico. Este temperamento resulta, según él, de una desproporción entre la fuerza de las emociones y la de movimientos voluntarios, siendo las impresiones muy vivas, muy numerosas; se acumulan se capitalizan, por decirlo así, en el sistema nervioso, por no poder traducirse al exterior y gastarse de un modo conveniente.

También escucho con curiosidad a Sully cuando nos dice, que allí donde se encuentra un [129] sistema refinado para el mal de la vida con una imaginación ardiente para los bienes ideales, y al mismo tiempo, una debilidad relativa de los impulsos activos y del sentido práctico, hay grandes probabilidades para que el defecto de equilibrio se traduzca por una concepción pesimista de la vida. Igualmente me interesa el curioso estudio de Seidlitz sobre Schopenhauer bajo el punto de vista médico, y contemplo bien claro, de qué manera ha llegado a ser Schopenhauer el primer humorista terrible que hemos visto, misántropo y misógamo. Aprovecho esta masa de observaciones de detalles arrojadas a la corriente de la ciencia.

Hago notar solamente quede este modo se explica bien el pesimismo objetivo e individual, pero no el pesimismo objetivo e impersonal, aquel que se expresa por un sistema de filosofía y se traduce por la popularidad del sistema. Este es el hecho que se trata de comprender en su contraste con los instintos más enérgicos de la naturaleza humana que quiere vivir, que se adhiere a la vida que se irrita por ella hasta el punto de exclamar, si no escuchara más que a sí misma: «¡Tomadlo todo, pero dejadme la vida!» Se recoge más de una explicación plausible cuando se aborda el aspecto etnológico y social del problema, las afinidades y los temperamentos [130] de las razas, los medios en los cuales se desenvuelven, las grandes corrientes que modifican la vida intelectual y moral de los pueblos. M. James Sully hubiera podido, a nuestro juicio, extenderse mucho más de lo que lo ha hecho sobre este aspecto de la cuestión. Ha indicado demasiado rápidamente puntos de vista muy interesantes, de los cuales cada uno hubiera merecido un estudio profundo. Las causas morales y sociológicas, como se dice hoy, de esta fortuna del pesimismo son múltiples: desde luego es el efecto natural de una reacción «contra el optimismo vacío del siglo pasado»; en segundo lugar, la depresión que se produce, por efecto de una ley tan verdadera en la historia como en la fisiología, después de un período de tensión extraordinaria en los sentimientos y de confianza exaltada en los fines ideales de los que varios nos han engañado.

Ha habido en Alemania, en estos últimos veinte años, como un estado de postración en los espíritus, que resultó de la bancarrota de las grandes esperanzas, de la quiebra de un ideal social y político, del hundimiento de las ambiciones extravagantes de ciertas escuelas estéticas y filosóficas. El ideal militar que ha brillado a los ojos de la Alemania no es ni con mucho el que ella había soñado: lo que la prometía la [131] filosofía de la historia, construida para su gloria y uso, era la conquista del mundo por las ideas más bien que por las armas. Unid a esto la destrucción gradual por la crítica de las tradiciones y de la creencias religiosas, que al retirarse parecen arrastrar consigo todo lo que constituye la belleza y el valor de la vida. La ciencia es verdad que se halla en completo florecimiento y sus progresos debieran consolar al hombre; pero no ha proporcionado todavía a la masa del género humano una nueva fuente de inspiración, nuevas formas que puedan traducir sus emociones. La ausencia de todo calor y de toda renovación en el arte, una especie de agotamiento que es probablemente más que un fenómeno pasajero, deja sin satisfacción alguna la necesidad de entusiasmo que en nosotros existe. El solo arte que parece conservar una vitalidad suficiente y alguna fecundidad interna es la música, que por las vías particulares por donde camina, tiende ella misma a ser la expresión del temperamento pesimista, como lo prueban las relaciones secretas, casi místicas que ligan a Wagner y a la música del porvenir con la escuela de Schopenhauer.

Es preciso tener en cuenta también un elemento literario que tiene su importancia, el brillo de las cualidades que tan vivamente han [132] llamado la atención de la Alemania sobre el nombre de Schopenhauer, desde que un rayo de luz se ha posado sobre él, esa vena de escritor humorístico, esa crítica sangrienta de los filósofos de Universidad, esas brillantes diatribas contra Hegel y su escuela, esa sátira de las costumbres pedantescas y del sentimentalismo, esa justicia vengadora más divertida que terrible ejercida contra las mujeres, instrumentos del amor que maldice, agentes secretos del genio de la especie que condena. Y después, el antiguo fondo de romanticismo germánico se ha despertado a la voz de los pesimistas. Existe cierto secreto orgullo en tomar la actitud de un mártir de lo absoluto, en sentirse encadenado sin esperanza por la naturaleza misma de las cosas y en gozar con el ruido de sus propias cadenas. «En realidad, dice graciosamente M. Sully, el pesimismo adula al hombre presentándole un retrato de sí mismo, en que aparece cual otro Prometeo, un Prometeo vencido, torturado por la mamo implacable de un nuevo Júpiter, el universo que nos ha engendrado y que nos contiene, al universo que nos abate y que no puede concluir con nuestra resistencia ni responder a nuestro orgulloso reto. El pesimismo coloca a su sectario sobre el pedestal de una divinidad ultrajada y dolorida, y lo presenta a su propia [133] admiración falta de espectadores que lo rodeen.»

Una de las causas más eficaces del éxito de esta filosofía, es que presta una impresión, una voz a los disgustos sordos, a los rencores o a las reivindicaciones de toda clase, que agitan a la sociedad alemana bajo su superficie disciplinada oficial y militar. La masa del pueblo, y aún algunas partes de las clases directoras, aprenden en la escuela y bajo el pretexto del pesimismo, a preguntar muy alto si las desigualdades monstruosas en las condiciones del bienestar entran como un elemento eterno y necesario de la naturaleza. Se maldice la vida tal como está ordenada; siempre lo mismo, esperando cambiarla, cuando se llegue a ser más fuerte. Parece que los síntomas de un desencanto casi universal se han multiplicado en una proporción considerable de seis años a esta parte. M. Karl Hillebrand, en un artículo reciente de la National-Zeitung hace constar el hecho, escribiendo estas líneas características: «Nuestros soldados, y nuestros soldados son la nación, se han hallado en contacto, durante su estancia en Francia, con una civilización más antigua y más rica; han vuelto a su casa con necesidades y aspiraciones que recuerdan de un modo sorprendente las necesidades y aspiraciones que las legiones romanas trajeron del Oriente.» [134]

Sea de esto lo que quiera, la burguesía alemana parece cuidarse un poco menos de la gloria desde que comprende que la ha pagado muy cara, a cambio de los impuestos siempre crecientes y del rudo sistema de milicia nacional, al cual está sujeta; y en cuanto a las clases obreras, –se ha podido verlo en las últimas elecciones verificadas en Berlín– están bastante teñidas de socialismo{28}.

Más de una vez nos hemos sorprendido de que la filosofía del nirvana, resucitada por la ciencia moderna, haya tenido un renacimiento inesperado en pleno siglo XIX en el pueblo alemán, en el momento mismo en que este pueblo descendía de lo alto de un sueño para poner el pié sobre la tierra, y cuando extiende sobre la realidad terrestre una mano activa y dura. En el fondo vemos ahora cómo se explica este fenómeno: es una especie de reacción de ciertos instintos de esta raza, oprimidos y contrariados por el militarismo exagerado que ha creado su gloria, y por la vida de cuartel que esta misma gloria la impone. El antiguo idealismo alemán, sujeto rudamente a una disciplina de hierro, a una batalla sin tregua que ha reemplazado a los idilios de otro tiempo y a las epopeyas [135] metafísicas, se refugia en una filosofía amarga que protesta contra la dura ley de la lucha por la existencia, que condena el esfuerzo, que maldice la vida, que compara la vanidad de la gloria con la fatiga que cuesta, con la sangre que hace derramar, con la pobreza de los resultados; o conquistar, o mantener por la fuerza. El pesimismo es la inversa del triunfo en un pueblo que no es belicoso por naturaleza, que lo ha llegado a ser por necesidad y por política, que se le obliga a desempeñar el papel de conquistador a su pesar, y que a través de su triunfo se le aparece su vida tranquila de otro tiempo y tiene la nostalgia del reposo. Ya que no puede descansar, aspira a la nada. Se dirá que estos no son más que actos y crisis; convenido; pero es preciso tenerlas en cuenta.

Entre todas estas influencias más o menos activas, la más importante de todas, la más decisiva, la que siempre se olvida, aquella de que M. James Sully hace mal en no ocuparse bastante, es la evolución que se ha llevado a cabo durante estos treinta o cuarenta últimos años, el progreso constante de la filosofía crítica que ha destruido los ídolos metafísicos con la misma mano hábil y segura con que había minado «los ídolos religiosos.» La metafísica gobierna al mundo, sin disputa, por una acción de presencia [136] o de ausencia. No puede desaparecer momentáneamente o sufrir un eclipse sin que una turbación profunda se produzca en el espíritu humano. Indiquemos con un rasgo las negaciones y las supresiones que se han hecho en la filosofía, o si se quiere, las simplificaciones radicales que la han reducido a su más simple expresión, y veremos, a medida que estas supresiones se operan, disminuir el precio de la vida hasta que llega a cero; después, por debajo de cero, hasta que no pueda apreciarse más que por cantidades negativas como hace el pesimismo.

El cristiano, el deísta, el discípulo de Kant encuentran razones para vivir, aunque la vida sea desgraciada. Tiene en sí misma su valor absoluto, que determinan la idea de la experiencia, la educación de la persona humana por el obstáculo y el sufrimiento, la certidumbre de un orden trascendente. Empobrezcamos la vida suprimiendo estas ideas. Queda el deber, que bastará al estoico para soportar la vida: trabaja en este fin ideal del universo que concibe, aun separado de toda idea de sanción. Cree en lo absoluto bajo la forma del bien: esto es lo bastante para que él viva, es lo bastante para que muera satisfecho de una existencia que no habrá sido inútil, fijos el pensamiento y la mirada sobre ese bien abstracto que honra sin acertar a [137] definirlo. Pero la crítica continúa su obra, juzga que el deber no tiene más que un valor completamente relativo, a bien como se nos dice, «es da simple forma de las relaciones de los fenómenos», o bien es una astucia para hacernos obedecer a expensas nuestras las inspiraciones de la especie que tiene necesidad de nuestro sacrificio. Otra ilusión destruida: cuando la astucia queda desenmascarada, nos hacemos indiferentes o nos sublevamos. El progreso queda por lo menos como una razón suficiente para vivir. Pero no; la ciencia demuestra que no hace otra cosa que desenvolver nuestra miseria, y que el infortunio humano aumenta en todo lo que el hombre conquista sobre el tiempo, sobre el espacio, sobre las fuerzas de la naturaleza.

No resta más como objeto que pueda asignarse a esta pobre existencia, despojada sucesivamente de todos sus móviles y de todos sus fines que la ciencia misma; mas la ciencia estará siempre al alcance de muy pocos, y estos pocos, ¿encontrarán en ella un valor absoluto? La ciencia es un medio, ya para desenvolver la conciencia, ya para mejorar la suerte de los hombres sobre la tierra; mas si estos fines se declaran quiméricos, el medio cae con ellos y ya no tiene valor.

¿Las afecciones? Pero estas no son en la vida [138] tal cual se la pinta más que ocasiones de sufrir o por la traición que nos las arrebata o por la muerte que nos separa de ellas. ¿El placer? ¿Pero quién puede dudar de que es pagar demasiado caras, al cambio de tantas angustias y penas de todo género, algunas sensaciones recogidas al pasar y casi al mismo tiempo desvanecidas? ¿A qué debemos unirnos, pues, a través de esta peregrinación dolorosa de la vida, de esta multiplicidad de trabajos que la abruman y de disgustos que envenenan su curso? ¿A nosotros mismos, al yo humano? Pero se nos hace ver, con el último progreso de la filosofía, que la idea del yo, «no es más que una apariencia producida en el cerebro, no hay en ella más verdad que en la idea del honor y en la de derecho, por ejemplo. La sola realidad que responde a la idea que yo me hago de la causa interior de mi actividad es la del ser que no es un individuo, el Uno-Todo inconsciente. Esta realidad se encuentra lo mismo en el fondo de la idea que Pedro tiene de su yo, como en la que Pablo tiene del suyo{29}.» Nada queda, pues, más que este principio único, absoluto, anónimo, este Inconsciente lúgubre que encontramos en el término y en el fondo de todo, un principio ciego que [139] es impulsado a vivir, pero que sufre con este movimiento que se imprime, con esta actividad que se impone, y que tiene como vergüenza y miedo de sí mismo; cuando se encuentra frente a frente consigo mismo en la conciencia, se horroriza de lo que ve y torna atrás hacia la nada, de donde ha salido no se sabe cómo, de donde nunca debió haber salido para darse este triste espectáculo, y para imponer al mundo esta tortura sin razón, sin objeto y sin fin. En este punto, el pesimismo nos parece como el último término de un movimiento filosófico que lo ha destruido todo: la realidad de Dios, la realidad del deber, la realidad del yo, la moralidad de la ciencia, el progreso, y por lo mismo el esfuerzo, el trabajo, cuyas fuentes quedan secas por una filosofía que proclama su inutilidad.

Pero los excesos mismos de estas negaciones y de estas destrucciones, nos aseguran de que la influencia de esta filosofía será artificial y momentánea. Podrá aparecer de vez en cuando en la historia del mundo como un síntoma de la fatiga de un pueblo agotado por el esfuerzo industrial o militar, de una miseria que sufre y se agita sin haber encontrado ni su fórmula económica ni el remedio, como una confesión de desaliento individual a peculiar a una clase en las civilizaciones decrépitas, una enfermedad de [140] la decadencia. Pero todo eso no dura: es la actividad útil y necesaria; es el deber de todos los días, es el trabajo el que salvará siempre a la humanidad de estas tentaciones pasajeras y disipará estos malos sueños. Si lo que es imposible, existiese alguna vez un pueblo atacado del contagio, la necesidad de vivir, que estas vanas teorías no suprimen, le sacaría de este enervamiento y le encaminaría de nuevo hacia el fin invisible pero cierto. Aquellos estados son un devaneo do ociosos o una crisis demasiado violenta para ser larga. Este carácter del pesimismos nos revela su porvenir: es una filosofía de excepción y de transición. En el orden político es, como en Alemania, la expresión, ya de una fatiga excesiva o ya de graves sufrimientos que se agitan en la oscuridad, traduce una especie de socialismo vago e indefinido, que no espera más que una hora favorable para estallar, y que, esperando, aplaude con todas sus fuerzas estos anatemas románticos contra el mundo y contra la vida. –En el orden filosófico, representa el estado del espíritu como suspendido por encima del vacío infinito entre sus antiguas creencias, que han sido destruidas una a una y el positivismo que se resigna a la vida y al mundo tales como son. también aquí es una crisis y esto es todo. El espíritu humano no se [141] mantendrá mucho tiempo en esta actitud trágica. Renunciará a esta situación violenta de campeón desesperado; cansado de insultar a los dioses ausentes o al destino sordo a sus gritos teatrales, bajará su frente herida hacia la tierra y volverá sencillamente a la conducta de Cándido desengañado, que le aconseja cultivar su jardín. O bien, esforzándose por volver a la luz, irá por sí mismo al antiguo ideal abandonado por ilusorias promesas, a aquel que el positivismo ha destruido sin poder reemplazarlo y que renacerá de sus cenizas un día, más fuerte, más vivo, más libre que nunca, en la conciencia del hombre.

Fin

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{28} James Sully, Pesimismo, pág. 450.

{29} Filosofía de lo Inconsciente, 2º v., pág. 458.

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Armando Palacio Valdés Erasmo Caro · El pesimismo en el siglo XIX
Madrid [1878], páginas 125-141