Juan de Mal Lara
 
La filosofía vulgar · 1568

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Preámbulos de la Vulgar Filosofía, sobre todas las partes de los Refranes

Juan de Mal Lara, Preámbulos de la Vulgar Filosofía, sobre todas las partes de los Refranes

Parte 1
Origen de la Filosofía Vulgar

Juan de Mal Lara, Origen de la Filosofía Vulgar

Señalada merced hizo Dios a los hombres, cuando les comunicó parte de su saber, y les concedió tener voto en todas las cosas, que crió maravillosamente con su palabra, como se tiene bien entendido de la confianza, que hizo de nuestro padre primero, Adam, a quien dio tanta sabiduría, con que pudiese poner él solo nombres a todo lo criado, según las propiedades, que en cada uno evidentemente conociese, y por las causas, que lo moviesen a entenderlo todo de raíz. Fue asimismo tal merced moneda, que corrió de allí adelante de hijos a nietos, naciendo en los hombres hechos por la mano de Dios una manera de profesión de sabios, de tal suerte, que no hubo nación, que no conociese los suyos por aventajados, como los Persas sus Magos. Los Babilonios sus Caldeos. Los Indios sus Gymnosofistas. Los Celtas sus Druidas. Según que Diógenes Laercio (habiendo de tratar de vidas de Filósofos) lo propone. Y gentes hubo también que se contentaron con sabios (cada una con el suyo) los de Tracia con Samolxis. Los Escitas con Anacharsis. Los de Fenicia con su Ocho. En fin no hubo nación tan bárbara, tan apartada del trato de las templadas regiones, que no pudiese hacer catálogo de los que entre sí habían profesado (sino letras) algún saber, que le quedase como herencia espiritual, y los que más se jactaron de este bien, y se gloriaron de este nombre, y quisieron ganar a los otros, fueron los Griegos, que a todos llamaron Bárbaros, y levantaron pendones por la sabiduría, en nombre de los siete Sabios. Tales Milesio, y Solón Salamino, Chilón Lacedemonio, Periandro Corintio. Y viniendo a tanta presunción se atribuyeron con estudio (por ventura aprendido de Bárbaros) el nombre admirable de sabios, que su lengua decía Sophùs, lo cual aunque fue recibido con admiración, y tomado con humildad de los que tenían gana de saber, no faltó alguno, que se enfadase del nombre impuesto en hombres, que tanto les faltaba para henchir la medida de tan glorioso título. Y fue Pitágoras este, que habiendo aprendido mucho, caminando, y navegando por diversas tierras, y mares llegando al mercado destos sabios, movió algunas preguntas suficientes, púsolos en pruebas, de tal manera, que les hizo conocer, que se alzaban con el nombre de la Sophia, y ablandó aquel presuntuoso nombre (según dice Marco Tulio) y púsole nombre de Filosofía, que es deseo de saber, y estudio empleado en la ciencia, y a los que la pretendían y estudiaban, Filósofos, que quiere decir estudiosos, y dados a saber. Visto, y examinado, que a ninguno delos que viven puede cuadrar el nombre de sabio, sino a solo Dios. Y así fingieron los poetas haber nacido Palas (que es la sabiduría) del cerebro de Júpiter, por artificio de Vulcano, según lo trae Píndaro en sus Olimpios, y los comentos Griegos sobre él enseñan esto, porque los hombres no debían tomar más larga la merced, que se les hizo. Esta filosofía, y manera de saber, se extendió por todo el mundo, y no había corrido tanto que ya primero que ella naciese en Grecia, no se hallase origen en España de grandes ciencias, y echadas las raíces de la sabiduría, que tuvo principio de aquellos primeros padres, que pudieran con razón llamarse sabios, pues tan cerca estuvieron de la mano de Dios, y muchos de ellos (según lo enseña la Sagrada Escritura) hablaron con él, y de tal conversación bastaba un pequeño resplandor para alumbrárseles el ingenio en todas las artes, y ciencias, que los tristes ciegos de gentilidad recibieron, de mano en mano, de los Hebreos a los Egipcios, y destos a los que vinieron a ser sus discípulos. Así que cuanto más atrás, más perfectos, y cumplidos, pues al fresco se pintaba en ellos las imágenes de aquella divina sabiduría, heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced dibujado. Porque según habemos dicho resplandeció en Adam junto con el verdadero conocimiento de Dios una lumbre de todas las ciencias, que sus nietos fueron rastreando, y hallaron de aquella rica mina, la veta de los mejores metales, que pudieron, y fue uno de ellos Tubal, que viniendo a nuestra tierra enriquescido con tal mercaduría, puso en ella toda policía de buenas costumbres, y santas leyes, y enseñó aquella su doctrina recibida, y artes, que traían los hombres a España ocupados en honestos ejercicios. Y si alguna tierra había dócil, y aparejada para aprender, en aquella dureza de tiempos, fue la Bética, que llamamos Andalucía, que trescientos años después se nombró así del rey Beto (según dice Estrabón, libro tercero) y esto por ser junto al mar, por donde se comunican los bienes a las gentes mediterráneas. Recibió luego nuestra Andalucía aquella doctrina. Fue de ahí acrecentada por otros, principalmente del rey Atlante, y su hija Maya, los cuales enseñaron grandes particularidades de ciencias a los Españoles, pues no sin causa los Poetas fingieron del padre, que sustentaba el cielo a cuestas por su astrología y de la hija, que fue madre de Mercurio por su gran elocuencia, y elegante manera de hablar. Criáronse luego en España excelentes Poetas, y Filósofos de gran valor. De manera que poco a poco se hizo la tierra (feroz antes, y dada a la guerra) discreta, y avisada, mejorando su buen ingenio, con eminentes maestros, que cuanto decían, eran admirables secretos de Dios, y de la naturaleza, lo cual todo iba enseñado de tal manera, que aunque hubiese lecciones largas, y muchos años gastados en tan admirable ejercicio, no tanto se confiaban en libros escritos de su mano, como en lo encomendado a sus grandes memorias. Y como las vidas duraban aun en aquellos tiempos mucho, y la templanza de los cuerpos aun estaba buena, podía la memoria ser grande, y la ligereza del ingenio pronta. Ayudaba a esto, no darse a tantos vicios, que los corrompiesen, y estragasen, de forma que no pudiesen retener lo que recibían de tan suaves lecciones. Así vino la ciencia por sucesión (y como dicen) recepción de padres a hijos, y porque mejor quedase impresa la figura de tal filosofía, y doctrina de cosas así divinas como humanas. Hicieronse ciertas proposiciones, o verdaderas o probables, con que en razones breves se comprehendiese mucho, y fuesen como averiguadas sentencias que por los Griegos son llamadas Axiomas, dándoles un particular nombre de Refranes. Así que la Filosofía fue tratada en dos maneras, o según sus secretos misterios, que Aristóteles guardaba para declarar a su Alejandro, y a los que le oían solamente, o según los que el vulgo solía recibir, y entender en cosas palpables. Y aunque las proposiciones, que el vulgo tiene sean de lo más íntimo de la filosofía, llamaronse Vulgares, por dadas ya al vulgo, y puestas en vocablos, recibidos, y entendidos comúnmente de tal manera, que no es menester oír aquello de la boca del mismo maestro, según era Aristóteles, ni era otra cosa más, que sabiendo para cada cosa sus remedios comunes, dabanse de unos en otros sus aplicaciones, con título de Refranes hechos en el común lenguaje para todos, de lo cual se aprovechaba mucho el vulgo, por que era admitido a ser discípulo de la filosofía de tal manera, y decía él también cosas altas, aunque disfrazadas en el lenguaje de sus proverbios, y digamos los rústicos Refranes.


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