Antonio García Castañón
 
Discurso sobre la Felicidad · 1856

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Antonio García Castañón, Discurso sobre la Felicidad, Madrid 1856

Discurso sobre

La Felicidad
 

 
pronunciado por el Licenciado en Literatura

Don Antonio García Castañón
 

en el acto solemne de recibir la investidura
de Doctor en la Facultad de Filosofía,
Sección de Literatura
 
 

 
 
 

 
 
Madrid 1856
Imprenta de A. Andrés Babí,
calle de Cervantes, 38.
 
 
 

 
 
Excmo. e Ilmo. Señor.

La materia de que voy a tratar, Excmo. Sr., es a todas luces la más importante y necesaria, así para el individuo como para la humanidad entera; y por lo mismo la más digna que pudiera ofrecer a la alta consideración de V. E. y de estos Ilustres Sacerdotes del santuario de la sabiduría: solo siento el tener que reducirla a los estrechos límites de mi ingenio, y el no poder presentar de ella sino el más incompleto bosquejo.

Sí, la felicidad es el centro adonde convergen todos nuestros deseos, el pábulo continuo de nuestro pensamiento, y la aspiración constante de nuestra voluntad. Este deseo, o mejor dicho, este amor de sí mismo, está de tal modo encarnado en nuestra naturaleza y le es tan esencial, que no le es posible despojarse de él ni por un solo instante. [4]

Me atrevo a asegurar, sin recelo de engañarme, que no ha existido ni existirá jamás un hombre, ni rico ni pobre, ni ilustrado ni ignorante, que haya renunciado a su felicidad; ni una inteligencia tan extraviada que haya dado en esta aberración; pues aun los que por un capricho desechan un bien o se precipitan en una desgracia, o lo hicieron como lo más conforme a su gusto, o se engañaron en sus cálculos. Mas tan acordes como se encuentran los hombres en este punto, tan divergentes se hallan a pocos pasos sobre el objeto de su felicidad.

Algunos filósofos cristianos, dominados más del ascetismo religioso que de los principios de la razón, colocaron, cual ilustres prosélitos de Zenón, la felicidad del hombre en la virtud, cuyo error, aunque no es trascendental, no debe pasar sin correctivo. Y para que no se crea que es una preocupación, tan frecuente en el día contra el cristianismo, apelo a la autoridad del P. Granada, el representante más eminente del misticismo religioso en nuestra nación, el cual, en el Símbolo de la fe, al tratar de la nona excelencia de la religión cristiana dice: «Aunque la virtud sea de grande estima y veneración, mas no consiste en ella nuestro último bien (como los filósofos estoicos afirmaban) sino solamente es medio y camino para alcanzar este sumo bien… El último fin de la ley no es hacer al hombre virtuoso, sino bienaventurado, y para llegar a esto lo hace virtuoso.»

Mas por desgracia no es ese el único error que tenemos que combatir. Sensible es ver a Paley y a los que en pos de él se arrastraron, presentar una revista de los placeres que conducen y de los que no conducen a nuestra felicidad, como si la felicidad no estuviera colocada sobre todos esos mezquinos y míseros pasatiempos, por más que sean honestos y lícitos. Más lastimoso todavía es el ver a la humanidad ignorante marchar extraviada nada menos que sobre la cuestión que más de cerca le atañe, sufriendo lo terrible de las consecuencias de la más deplorable decepción. Al observar, Excmo. Sr., que suele hallarse el contento [5] en medio de las más duras privaciones, reinar en la mediocridad y desertar de la grandeza; al reparar que uno se olvida de sí mismo en medio de las diversiones ruidosas, mientras otro solo goza en la soledad; al ver en fin, que ninguno está tranquilo hasta no estar devorando el objeto de su pasión, se concluye de estos antecedentes con la sentencia más perniciosa que puede imaginarse: aquel es feliz el que cree serlo.

Esta máxima bien examinada es como la caja de Pandora, que encierra en sí todos los males del mundo; pues siendo irresistible por una parte el deseo de nuestra felicidad, y siendo por otra lícito el aspirar a ella, aunque sin proponerla por motivo de nuestras acciones, si es cierto que consiste para cada uno en lo que es conforme a su gusto, he aquí la puerta abierta a todos los caprichos, a todos los crímenes y a todos los delitos que se pueden concebir. Pero no, afortunadamente la felicidad que es posible alcanzar en esta vida (que es de la que aquí tratamos), es una cosa real, firme y estable, al alcance de todos, y la misma para todos los seres susceptibles de ella, a lo menos en sus condiciones esenciales. No, no hay que cansarse en examinar qué placeres se adaptan mejor al gusto de cada uno, porque en ninguno de ellos reside esa prerrogativa: el placer, aun el que está subordinado a la justicia, no es más que un elemento de nuestra felicidad. Si la felicidad ha de ser una cosa real, justa y verdadera y al alcance de todos, no puede ser otra que la que puede gozar cada uno después de haber cumplido su destino; colocada mas allá del bien, solo puede ser el premio digno de haberle realizado libre y desinteresadamente, de haberse sometido como ser racional al orden ab-eterno pre-establecido. Pero no podemos dar un paso más allá en esta cuestión sin sentar como preliminares algunas nociones sobre el bien.

Dios, al realizar en el tiempo el mundo que tenía presente desde la eternidad, ha dado a cada uno de los seres que le componen una naturaleza revestida de propiedades o facultades [6] convenientes al fin que le asignaba en el orden del Universo. Pues ahora en general, el bien de cada criatura consiste en el cumplimiento de este fin, en virtud de los medios conducentes que para ello se le han concedido, y su destino es el estar ocupado en realizarle. Así pues, el bien de un planeta será el estar trazando constantemente la línea que le ha señalado el dedo de su Criador: el bien de una planta consistirá en que llegue a dar de sí todo aquello de que es susceptible conforme a su naturaleza; y el bien de un animal, en el desarrollo de su naturaleza, y en el ejercicio regular y armónico de todas sus funciones orgánicas. Véase, pues, en la historia de los animales cómo cada clase está dotada de unos órganos tan acomodados para llenar su destino providencial.

Notemos de paso que el bien es el fin realizado, y que el fin o destino de los seres es conforme a las propiedades de su esencia y naturaleza, a sus tendencias y a la estructura de sus órganos, y así va siendo diferente en cada clase de seres, pero en armonía con el fin universal que solo el mismo Autor de la naturaleza alcanza a comprender. Supongamos ahora que cada uno de estos seres está dotado de inteligencia para comprender por el conocimiento de su naturaleza y facultades el uso que debe hacer de sí; es decir, para comprender su destino, y que en su cumplimiento está su bien; y de una actividad libre en lugar de la fuerza ciega que a él le conduce para realizarle o no, ¿se comprende que estos seres se quedarían en la inacción, u obrarían de una manera contraria a su naturaleza? Pues este ser es el hombre.

El hombre como un ser compuesto de elementos tan diferentes, tiene un destino mucho más amplio que cumplir, y por eso su bien se realiza en una inmensa escala. Por la parte que confina con los animales, su bien se realiza de una manera análoga; está por consiguiente en el desarrollo de su naturaleza física, en la salud y robustez de sus órganos, y en la perfección [7] con que ejerzan sus funciones: por la parte que toca con su Criador, consiste su bien en la armonía, delicadeza y regularidad de todas sus afecciones en el desarrollo, cultura y perfección de su inteligencia, y en el vigor y flexibilidad de su voluntad. Mas estas facultades nunca llegan en esta vida a desenvolverse todo lo que es posible, y por consiguiente nunca alcanzan aquí todo su bien; por eso el bien humano, aunque tiene una escala indefinida según la perfección que consigue, nunca llega al grado supremo. Este consistirá por tanto en que su inteligencia abarque la verdad absoluta, en la adhesión firmísima de la voluntad al bien e infinita repugnancia al mal, y en la plena satisfacción de todas las exigencias sensibles, lo cual no puede suceder hasta reunirse con la primera causa, en quien reside la plenitud de todas las perfecciones.

Pero el destino del hombre no se limita a realizar su bien individual. El hombre recibió en su inteligencia y actividad libre, unas facultades que le encumbran sobre todos los demás seres del Universo, y le introducen en un mundo infinitamente superior. Su razón no solo comprende su bien, sino el de los demás seres inferiores que no alcanzan esta prerrogativa; el uso que debe hacer de ellos, como hacerlos concurrir al bien universal, y el lugar que ocupa cada uno en el orden de la creación: al mismo tiempo se siente unido por las más estrechas relaciones con otros seres de idéntica naturaleza y mancomunidad de destino, y subordinado al Autor del inmenso cuadro que contempla a su vista. Este vasto horizonte que vislumbra su inteligencia, traza al propio tiempo el inmenso círculo dentro del cual ha de obrar su actividad para realizar el mayor bien posible.

Y reduciendo todo esto a pocas palabras, diremos que el bien del hombre no puede ser otro que el desarrollo completo y armónico de su naturaleza considerada en el conjunto de sus relaciones. El destino se diferencia del bien como el proyecto de [8] un plan del plan realizado: es el objeto a que debe atender, el ideal que debe seguir; mientras que el bien es la verificación sucesiva de ese ideal, el tránsito a la realidad. Pero nuestra razón al paso que concibe el bien comprende la necesidad de obrar conforme a él, porque en lo contrario no ve sino el mal; pues este nuevo carácter que la razón descubre en el bien cuando le propone por motivo de nuestras acciones, es lo que se llama deber. De modo que al determinar el bien del hombre, queda al mismo tiempo determinado su destino, su deber, y como veremos más adelante, la condición de su felicidad.

En el bien del hombre debemos distinguir dos partes principales: la realización de su esencia considerada en sí misma, cuyos deberes para consigo mismo se pueden reducir a uno, el perfeccionamiento de su ser, y la realización de su esencia en sus relaciones con todos los demás seres. En este conjunto de relaciones el hombre debe tratar a cada ser según su esencia particular, y poner en armonía su propio bien con el de todos los seres que entran en la esfera de su acción. El deber que corresponde a este bien consiste en subordinarse al bien general.

Ahora se comprenderá mejor la fuerza de este axioma vulgar, «que el bien del hombre consiste en el cumplimiento de sus deberes;» lo cual vale lo mismo que decir, que para realizar su bien es preciso someterse a esas condiciones que la razón concibe como indispensables.

Después de esta excursión por el terreno del bien, que he creído de todo punto necesaria, entraremos en la materia que nos ocupa. Pero antes todavía es preciso desvanecer otro de los muchos errores de que viene erizada esta cuestión, que consiste en confundir el placer con la felicidad.

Para esto supongamos, y esto es un hecho incontestable, que el hombre ha sido colocado en el mundo únicamente para cumplir su destino, para llenar su bien y no para conseguir su [9] felicidad, y que con este fin ha recibido las dos facultades principales, la inteligencia para conocerle, y la actividad libre para realizarle. La sensibilidad desempeña en la vida del hombre un papel subordinado, y solo se le ha dado como complemento y auxilio de las demás facultades. El hombre debiera obrar en realidad como si estuviera privado de toda afección agradable y desagradable, o al menos no considerar estos estímulos, sino como centinelas que velan a las puertas de la conciencia para avisarnos de las necesidades que tenemos que satisfacer y de los deberes que tenemos que llenar; sin olvidar al mismo tiempo que ellas no son, ni la medida de nuestras necesidades, ni la regla de nuestras acciones. Dado este aviso por la sensibilidad, la razón debe elevarse a la noción del bien, que es la única regla de sus acciones, y juzgar al través de ella cómo y cuándo se deben ejecutar esas acciones a que nos impelen las exigencias sensibles; pero en realidad para obrar, considerarlas como si no existiesen. Obrando así jamás se entregaría a los excesos de la gula, ni de la crápula; desarrollaría lo más posible su inteligencia, adquiriendo conocimientos fijos y seguros sobre el bien y el destino de los seres, sin extraviarla por necedad, ni por buscar razones especiosas con que disculpar sus acciones reprensibles; y por último, coadyuvaría al bien de los demás, no aún por el placer puro de la virtud, sino por concurrir al pensamiento de Dios, por sostener el orden y poner el suyo en armonía con el bien universal.

Y no se crea, Exmo. Sr., que pretendo con esto demostrar la inutilidad de esta facultad del alma, sino señalar el lugar que ocupa en el mecanismo de la naturaleza humana, para inferir de aquí el uso que debemos hacer de ella, y cómo debemos hacerla concurrir al cumplimiento de nuestro destino.

Bajo este punto de vista diremos que el dolor es tan importante como el placer; el uno para invitarnos a la acción, que omitida menoscabaría nuestro bien, el otro para hacer mas suave [10] su realización: aquel para castigo de los extravíos de nuestras funciones y excesos en la satisfacción de nuestras necesidades, este para premio de la regularidad y armonía en el ejercicio de nuestras funciones; en una palabra, de realizar exactamente el bien. Y para comprender ahora la importancia de esta facultad para incitar a la voluntad, obsérvese cómo la privación de estos estímulos trae de ordinario consigo la omisión del deber, cuyo cumplimiento reclama. Una madre desnuda de la ternura que debe profesar a sus hijos, la lleva con frecuencia esta falta al descuido de unos deberes tan sagrados. Fácil está de aplicar esta teoría a todas las situaciones de la vida, que nosotros no podemos extender más, por no molestar la atención de tan respetable auditorio.

Solo añadiremos que el dolor es la expresión del mal, pues que aparece siempre que se omite el bien, o se apartan de él nuestras acciones por exceso o por extravío: y que el placer es el sentimiento del bien, un remedo de la felicidad, puesto que acompaña a la satisfacción mesurada de nuestras necesidades, al ejercicio regular y armónico de las funciones, y de cada una de las acciones que ejecutamos para realizar nuestro bien.

A pesar de esto no perdamos de vista este papel secundario que desempeñan el placer y el dolor. Colocados por norte de nuestras acciones solo sirven para conducirnos al polo opuesto a aquel a donde nos encaminábamos: son unos estímulos ciegos que, lejos de tenerlos por guía, debemos someterlos al imperio de la razón. El hombre, repito de nuevo, debe obrar como si estuviera desnudo de toda afección, proponiéndose solo realizar el bien, cumplir su destino, sacrificando para ello si es preciso el goce más intenso y arrostrando el dolor más profundo. Solo así puede en muchas ocasiones evitar el mal y la desgracia, conseguir su bien y llegar a la posesión de la felicidad verdadera.

La felicidad no consiste pues en huir el dolor, ni en nadar en un mar de delicias, ni en la fruición de los placeres más intensos [11] y bulliciosos: y sin embargo el placer es un elemento de la felicidad. ¿En qué consiste pues la felicidad? En la fruición de aquellos placeres que experimenta el alma en cada una de las acciones que se propone únicamente realizar su bien, y aún más que todo en la satisfacción íntima de la conciencia por haber llenado fiel y desinteresadamente su destino.

La felicidad no excluye por tanto ningún placer: antes es preciso experimentarlos todos (no precisamente en cada individuo) para llenar nuestro destino: todos son buenos en su origen y en su objeto; solo reprueba el proponerlos por fin de nuestras acciones, y el experimentarlos cuando el bien no lo exige. La felicidad aunque es el objeto de todo nuestro anhelo. se nos escapa de entre las manos cuando nos proponemos directamente conseguirla; aun cuando realizásemos exactamente nuestro bien sin extraviarnos un punto, como enseña el delicado egoísmo de Jeremías Bentham, no sería posible alcanzarla, experimentaríamos, es verdad, todos los placeres inherentes a la ejecución de las acciones buenas y evitaríamos el mal; pero siempre se menoscabaría en su porción más preciosa. Esa satisfacción íntima y pura de la conciencia solo la experimenta el alma cuando ha obrado el bien exento de todo interés personal. Se parece en esto al verdadero interés de la amistad, que está en ser puro y desinteresado. Cuando un magnate, por ejemplo, está penetrado del amor y desinterés de un doméstico, cuando ve que su fidelidad y asidua atención a complacerle procede de un acendrado cariño y no de lo que de él espera, entonces es cuando le cree digno de todas sus gracias; pero desde el momento en que advierte que el interés personal es el secreto de su lealtad, por más que no tenga la menor queja le retira todos sus favores.

El placer es el goce de un bien particular: la felicidad el sentimiento puro y completo de todo nuestro bien: por consiguiente la felicidad será tanto mayor cuanto el sentimiento esté más desarrollado y más depurado. Y como a excepción de las sensaciones, sentimiento del bien físico, todas las demás afecciones son hijas de la inteligencia, como se observa que el placer que se experimenta a vista de un cuadro está en razón directa de los conocimientos que se poseen sobre esta materia, se sigue que estos placeres, elementos de la felicidad, serán tanto mas puros e intensos cuanto más profundos, exactos y completos sean nuestros conocimientos sobre el bien. Disminuyen por tanto nuestra felicidad la ignorancia, el ejercicio desarreglado de esta facultad, el error y todo cuanto contribuye a turbar su claridad, como la molicie, los vicios, las diversiones ruidosas y reiteradas.

Como la voluntad es la facultad encargada de realizar el bien, se puede decir que nuestra felicidad pende esencialmente de la cultura y perfección de esta facultad, la cual necesita por una parte de una firmeza invencible para remover los obstáculos que le impiden llegar a su bien, y de una docilidad suma para someterse fácilmente al dictamen de la razón. Menoscaban por esta parte nuestra felicidad el sensualismo, las pasiones violentas, la obstinación y todo lo que la enerva y debilita.

Además la especie humana puede considerarse como un cuerpo orgánico compuesto de tantos miembros como son los individuos que la constituyen. Ahora, una parte del bien es esencial y común a todos los individuos: cada uno tiene sus deberes para con Dios, para consigo mismo y para con sus semejantes; pero hay otra parte del bien que completa por decirlo así el cuerpo humano, y de que cada individuo elige la parte que quiere. Esta elección no debe ser arbitraria, debe cada cual elegir aquella parte de bien a que se sienta más inclinado por la aptitud de sus órganos y facultades. Del acierto en la elección en esta clase de bien, o lo que es lo mismo, del atinar con su vocación pende muchísimo la felicidad del individuo. La felicidad varía también según los individuos, el sexo, el carácter, el temperamento, [13] el grado de cultura, sin dejar de estar en todos sujeta a las mismas condiciones.

Mas como la inteligencia humana es tan débil y se engaña con sobrada frecuencia en la apreciación de los bienes particulares, y siendo necesario graduar su importancia relativa para atender con predilección a los más importantes y para sacrificar el menor al mayor cuando así lo exigen las circunstancias de la vida, el hombre necesita una piedra de toque, un principio superior en virtud del cual los vaya coordinando según su importancia relativa, uniéndolos así por un lazo orgánico y refiriéndolos a un principio común. Esta piedra de toque es el conocimiento y sentimiento de Dios, que purifican y completan todos los pensamientos y sentimientos aislados del hombre presentándolos en conjunto a la conciencia. Cuando posee este conocimiento, desplega en su actividad el orden, la mesura y la dignidad del que obra en presencia de Dios; entra en pleno goce de su libertad y da a todos los bienes el valor que verdaderamente tienen; y a medida que su actividad llega a ser libre y más racional, se desarrolla a la par el sentimiento en su pureza, en su plenitud y en su armonía. En este estado superior de la vida moral y religiosa, el hombre no está expuesto a sacrificar el bien general al suyo particular, porque reconoce que este no es más que un elemento que debe estar coordinado con el de los demás seres, y subordinado al bien absoluto.

Por antítesis al bien y a la felicidad se puede comprender el mal y la desgracia, pues no son otra cosa que lo contrario del bien y felicidad, como la enfermedad contraria a la salud, el dolor al placer, &c., sintiendo que los estrechos límites de este desaliñado discurso, no me consientan extenderme por este terreno.

Pero sucede también (y esto es lo ordinario) que una acción mala va acompañada de placer, mientras que para ejecutar muchas acciones buenas es preciso arrostrar los más duros [14] sufrimientos, o lo que os lo mismo, que el mal no encuentra inmediatamente el castigo, ni el bien su premio. Pero téngase presente que el crimen está condenado a los dolores más atroces o imperecederos, al paso que los sufrimientos de la virtud son de poca duración y remunerados con magnificencia: por eso hay dos estados superiores de nuestra alma, que son como el resumen de nuestra desgracia y de nuestra felicidad; son los sentimientos que más revisten el carácter personal, porque penden enteramente de nuestra voluntad, y aparecen como resultado inmediato de su modo de obrar. Estos sentimientos son el remordimiento y la paz del alma.

El remordimiento es el despecho interior que surge en el corazón del malvado que ha omitido o ejecutado deliberadamente alguna acción contraria a su bien o al de los demás. Este sentimiento le persigue y le punza sin cesar; y fija tan tenazmente su atención, que le impide gozar de cualesquiera otros bienes que posea: en este estado no le satisfacen ni la salud, ni los honores, ni las riquezas, ni la ciencia, ni nada de cuanto el corazón humano puede poseer. Véase cómo es de todo punto imposible adquirir la felicidad a costa del bien y de la moralidad. Este malestar interior es como un can enfurecido que más se irrita cuanto más se le trata de ahogar en la turbia atmósfera de los placeres impuros: es un espectro amenazador que se alza contra él en medio de las tinieblas de la noche, que despierta con él por la mañana, que se sienta con él a la mesa, que le acompaña a los festines, y le acosa pertinaz como una fatídica sombra.

Al contrario, la paz del alma es la satisfacción íntima y pura de la conciencia, que reina en aquel cuya conducta está en completa conformidad con su destino, que no ha omitido ni ejecutado ninguna acción contraria al bien. Ella no excluye ninguno de los placeres que experimentamos al realizarle, antes los supone: ella es solo la cima y como la corona de nuestra felicidad. Es también una copa de celestial ambrosía que se derrama [15] en todos los placeres para hacerlos mas satisfactorios, y un bálsamo consolador en medio de las desgracias. Los demás placeres pasan pronto; pero este estado acompaña al hombre en todos los instantes y situaciones de la vida: es además un castillo interior donde el hombre hace frente a todos los infortunios de la vida; pues nada consuela tanto en las prisión s ni aun en el patíbulo, como el no reconocerse uno el autor de las desgracias que padece. Este precioso tesoro, que nadie nos puede arrebatar, está en manos de todo el mundo el poseerle o perderle. He aquí cómo la felicidad, aun de esta vida, es el resultado necesario de haber realizado libre y desinteresadamente el bien, y de haber cumplido su último y supremo fin.

Sin embargo, en el curso ordinario de la vida este estado no se aprecia en lo que merece, y por eso se siente poco el perderle; pero se comprende mejor su valor en las circunstancias críticas y situaciones decisivas. La tranquilidad de conciencia es la que hace conservar al alma la serenidad en medio de los peligros más eminentes; y en fin, la que da ese temple de espíritu de que dice Horacio hablando del varón justo:

Si fractus illabitur orbis
Impavidum serient ruinae.

Pero sobre todo cuando este estado aparece en todo su valor, es cuando andando el tiempo llega el hombre a poner los pies sobre la línea que para él divide el tiempo de la eternidad. Entonces, cuando los remordimientos despedazan el corazón del malvado, y los terrores cubren su cuerpo de un helado sudor, como el que solo puede esperar en la muerte el fin de una pretendida felicidad o el principio de su desgracia, el alma del justo conserva su paz, está exenta de temor y llena de esperanza, pues para él la muerte no puede ser otra cosa que el lecho de su descanso, o si el bien moral tiene otro premio, como [16] infaliblemente le tiene, el principio de la eterna y suprema felicidad.

Concluyo pues diciendo, Excmo. Sr., que la única felicidad de que es susceptible esta vida es la que va inherente al cumplimiento de nuestros deberes y de la virtud; y que esta felicidad, lejos de estar en oposición con la verdadera, se halla con ella en la más perfecta armonía. He dicho.

Madrid, julio de 1856

Antonio García Castañón


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