José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

[ Prólogo ]

En el reparto de los favores de la opinión pública ha tocado bien poca cosa a los hombres de ciencia; los artistas lo han acaparado todo. Así resulta que en el templo del arte, no ya los que ofician de pontifical, hasta el último monaguillo tiene su sotana de popularidad que indebidamente le prestigia; y, en cambio, en el Sanedrín de la ciencia se encuentra poco menos que desnudo el Sumo Sacerdote.

No vestiré yo ciertamente al que de traje carezca, ni tal cosa me propongo. A disponer de credenciales de popularidad agraciárame a mí mismo con el primer nombramiento: que padezco de ella un hambre que no espera satisfacción y mucho menos hartura. Voy solamente a hacer en público un trabajo de diferenciación que todos mis lectores –si los tengo– [8] en su fuero interno y para su uso particular habrán hecho; y con ello si alguien resulta favorecido soy yo seguramente. La luz no necesita del prisma para ser vista, y sí este de aquella para producir sus efectos: y, en tal sentido, el separar el rojo del violeta más que la realidad de la luz denota la existencia del prisma. Diré de una vez lo que todos en distintas ocasiones habrán pensado de fijo: –y así de prisma asciendo a lente que reúne y concentra en un punto toda la luz que llega a su superficie.–

Cúmpleme advertir desde ahora, para que nadie se llame a engaño, que he de limitarme a exponer las impresiones puramente personales que he recogido en el trato de algunos de nuestros hombres de ciencia. ¡Ojalá no me gane nunca la idea de un mi amigo que me incita a hacer otra serie de nuestros sabios de bisutería! ¡Vade retro! Mientras pueda ir a casa de Ansorena que no me hablen de García de la Rosa. Sin duda que a iguales fines conduce el panegírico de lo bello que la sátira de lo que no es estético, más siempre que haya lugar a escoger estimo preferible lo primero. No sólo a las manos de la Salada, a todas las manos.

Llevar flores
mejor que en puñal las cae.[9]

Teniendo ambos caminos expeditos, marchar por el segundo indicaría satisfacción en procurar el descrédito, y nada me es más extraño. Las gentes que se gozan en la maledicencia parécenme a los miserables que asesinan a sus parientes para heredarlos: estos suelen hallarse con que el testamento no los favorece: aquellos comprenden tarde y a sus expensas que el prestigio ajeno no es cosa susceptible de reparto.

Será así este libro mesa de artística disección, pero no acerbo de repugnantes despojos. Prepare el carnicero podredumbre para los buitres, y déjenme servir los yantares de los gourmets de paladar exquisito.

Repúgname, por temperamento, ese género de crítica que creo pueda ser ventajosamente sustituido por el silencio. Y es que tengo para mí que todos acuden a las luchas intelectuales de buena fe, y que el que predica el error lo hace teniéndolo por verdad de evidencia incontrastable, al modo como un médico puede administrar un veneno, en la confianza de que es un verdadero específico lo que administra.

Si de su voluntad dependiera, nadie, estoy seguro, se contentaría con menos que con ser Aristóteles y Goethe, Newton y Darwin, todo en una pieza: pero el logro de una personalidad [10] científica depende de tan infinito número de variables, que su adquisición casi por sobrenatural pudiera tenerse.

Esto, que enseña modestia a los que han llegado, inspire resignación a cuantos se han quedado en el camino y, sobre todo, convenza al público en general de la necesidad de la benevolencia. Y así como nadie insulta la pobreza ni la debilidad física, convencidos de que la humanidad no podría existir si todos nos aprestásemos a la lucha por la vida en igualdad de condiciones,– respétese y compadezca la deficiencia intelectual, –en esto hago mi causa– y aun téngasela por necesaria: que es el grado de erección cerebral de que los diferentes hombres son susceptibles, algo como la atomicidad en química, donde gracias a las capacidades de saturación diferentes se hace posible la multiplicidad de reacciones.

Cierto que el ánimo se subleva, que la indignación embarga, cuando se contempla en la cúspide y codeándose con los Dioses sujetos nacidos para vivir a más modestas alturas. Pero ¿acaso son ellos responsables? Anatema sobre los centinelas infieles que les han franqueado la entrada a la mansión de los elegidos, sin revisar debidamente sus pasaportes: la opinión pública procéselos por traidores, [11] y caiga sobre ellos la maldición de las gentes honradas. Pero en cuanto a los otros... Seamos razonables: si yo me viera propuesto para Sumo Pontífice, con ser cosa tan fuera de mi profesión, que diría Cervantes, dudo si hallaría en mí la suficiente honradez para renunciar la administración del dinero de San Pedro.

Si atentamente se estudia, todo lo que sucede, como por algo sucede, es susceptible de explicación satisfactoria. Cuando no hay bastantes capitalistas que se gasten un duro en ir al Teatro, los empresarios regalan las localidades y llenan el Teatro de tifus: por honor al arte es lícita y hasta encomiable esta inocente superchería. Pues así acontece con esos intrusos: son como las cuentas de cera con que una muchacha modesta sustituye las perlas que faltan en su collar, para que, siquiera a primera vista, no resulte desagradable el efecto. Y cumplen un fin, sin duda, esos hombres odiados pero no odiosos, que todo lo dificultan y embarazan, torpes y tardos por deficiencia o por pereza: que ya que no de otra cosa sirven de lastre, sin el cual posiblemente se perderían a veces en las alturas los aeronautas del progreso.

Ahora bien: si el edificio científico levántase, digámoslo así, por suscripción nacional, y en esta clase de empresas únese en amigable [12] consorcio el óbolo del obrero y la donación del potentado, ya al hacer el arqueo es justo y es equitativo establecer distinción entre uno y otro, citando el nombre de los que han legado cuantiosas sumas, y dejando en el olvido a los que han contribuido con cantidades pequeñas.

Inspirado en esta idea, cuenten con mi discreción absoluta los hombres de ciencia que no lo son, y así por rara modestia lo reconocen, e igualmente aquellos otros que pretenden hacer pasar por armas de buen temple sus espadas de hoja de lata: que en último término no hay crítico más temible para un vanidoso que él mismo, ya que no puede abrir la boca sin revelar el secreto de su insignificancia.

Conste, en cambio, que al celebrar estos interviews o lo que sea, no me he guiado por mi exclusivo criterio, que fuera pretencioso hasta lo ridículo erigirme en juez de tan sagrados merecimientos: y conste que si en cuanto me ha sido posible he preferido a la juventud, es porque ella es la potencia que empuja hacia el progreso, y en ella he encontrado la savia de las nuevas doctrinas y los caracteres de una pieza que, para encauzar y dirigir el oleaje de ideas y pasiones en el actual periodo evolutivo, se hacen necesarios: y porque en ella fío que recabará para la libertad y la civilización, [13] que son hermanas gemelas, lo que la generación que acaba no supo lograr por torpe o por meticulosa; y en fin, porque prefiero a la unción el bautismo, y quisiera que mientras yo viva –y Dios me guarde muchos años– fuese mi libro un censo de población y no un cementerio de nombres.

Transcripción íntegra de las páginas 7-13 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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