José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

Salmerón

Nicolás Salmerón Alonso 1837-1908

Nada con más realidad ha podido compararse el progreso, que al flujo creciente con que el mar ensancha sus dominios. Cada ola que asciende, deja marcado en la playa el límite a donde la ha llevado la fuerza viva que poseyera: viajero que graba su nombre en la roca, donde, falto de fuerzas, se detiene. Del propio modo, la humanidad ha eternizado cada una de sus embestidas al progreso, cubriendo de gloria un nombre que queda en la historia como hito perenne del punto más alto que ha podido alcanzar en aquel acometimiento. La gráfica del pensamiento humano, puede así trazarse uniendo por líneas estos puntos indicadores, de las potencias máximas que se han gastado en allanar el camino del progreso.

Entre dos formidables sacudidas, entre dos [18] esfuerzos gigantescos, el pensamiento queda estacionario, pero en modo alguno inactivo. No invade la ola tanto terreno como la anterior, ni llega a la altura de la que la sigue; y parece que sus energías se emplean en un trabajo interno que, más que a la realización del acto, aspira al engendramiento y a la acumulación de potencias.

Desde Aristóteles a Kant, el pensamiento traza una ondulación completa. Cae desde el filósofo estagirita hasta Tomás de Aquino: asciende desde Descartes hasta el idealista alemán. La cresta de esta ondulación resbala enseguida sobre Compte para estrellarse en Spencer; y Salmerón inicia esa tendencia noble en que una filosofía despreocupada e independiente comienza preguntando modestamente si hay objeto metafísico, para llegar con segura planta a la concepción fisiológica del universo.

La sociedad, ganosa de fórmulas concretas, de principios de aplicación inmediata, aseméjase a aquel individuo de la parábola que recoge los frutos caídos sin levantar la vista al árbol que los produce. Tan extremado utilitarismo ha matado al hombre como hombre, para convertirlo en máquina transformadora de fuerzas físicas, o en organismo elaborador de energías intelectuales. El obrero y el hombre [19] de ciencia han expulsado al hombre de la sociedad, digámoslo así, general, relegándolo al hogar de la familia; y exagerada esta tendencia, cuando el sabio ofrece a la humanidad la fórmula de su constitución natural, el programa de su funcionamiento fisiológico, entonces para la humanidad el propio hombre de ciencia desaparece, y el estadista, el político, el hombre exterior –parodiando al filósofo santo– es lo único que hace latir su corazón y despierta sus fanatismos.

Sin protestar de esta manera de ver, empezaré diciendo que con admirar yo tanto al doctor Salmerón, Salmerón, esto es, el hombre interior, es lo que en él más digno de admiración encuentro: y al esbozar su personalidad científica, doy a este modo de plantear la cuestión tan transcendental importancia, que tengo la convicción más profunda de que, a haberse penetrado bien del carácter del maestro, no hubieran circulado acerca de su doctrina tantos errores, ni hubieran alcanzado crédito opiniones tan desprovistas de fundamento.

Es inútil buscar el árbol genealógico del pensamiento de Salmerón: la filosofía de Salmerón es suya. No quiere esto decir que haya nacido en él por generación espontánea: cierto es que la inteligencia considerada como individuo [20] viene influida por la herencia, y nútrese del alimento que el medio en que vive le proporciona. Pero al propio modo que ese mismo individuo, algunas inteligencias, por virtualidad indefinible, de todo un complejo sistema de fuerzas dan una única resultante, y de lo que fuera de ellas era vario y distinto, hacen un quimo homogéneo que ya es suyo y no del ambiente que los rodea. Y entiéndase bien que así en diferenciar me intereso, el simple fenómeno de ósmosis, cosa común a la materia mineral, de este trabajo de asimilación que sólo a un organismo vivo es dado realizarlo.

Yo bien se –o por mejor decir, se me figura,– y así al principio de este artículo lo manifiesto, que como todos los filósofos anteriores a Kant son hijos de Aristóteles, en los que han nacido más tarde alienta el espíritu del fundador del criticismo. Al decir, pues, que la filosofía de Salmerón es suya, es porque entiendo que el que directamente a la realidad se atiene para formar un sistema, renuncia a todo otro documento que el documento vivo que su propia observación le suministra; y esta filosofía que no ha tenido padres, sin el pecado original se ostenta. Al volver hacia atrás su mirada, no buscará este sabio apoyo en los filósofos que le precedieron, antes bien, los considerará con [21] espíritu crítico: que fuera donoso fiar en el testimonio ajeno más que en el propio testimonio; y no hay empleado que al encargarse de una tesorería se culpe a si, o culpe a la caja de que los fondos no concuerden con el haber que acredita al tesorero a quien sustituye: que bien al contrario, a éste hace responsable de que no sea expresión fidelísima su balance de las existencias de la caja.

Si de este modo hasta el influjo de Kant en Salmerón, reduzco a lo que estimo por justo límite, ¿qué no diré de la influencia de Krause, omnímoda según lo que por ahí se propala? Que nadie se enfade por lo que voy a decir: pero confesemos que con ser las doctrinas de Krause las primeras que de modo oficial se importaron a nuestra patria, aparte de Federico de Castro, Romero Girón, González Serrano y alguno otro, nadie entiende una palabra de krausismo. Perdón: temo haber extremado la idea. Quiero decir que nadie trata a Krause con intimidad suficiente para decidir nada menos que de una paternidad, cuestión que hasta en el orden natural se ofrece aventurada y peligrosa. Y también diré que, sin ser yo sospechoso de krausista, no puedo menos de lamentarme del empeño que hay en desprestigiar ese sistema, empeño que procede seguramente [22] del vicio fundamental de que adolecen los estudios históricos. Si en vez de un bazar de insustanciales curiosidades fuese la Historia una ciencia natural, un estudio de la evolución de la humanidad constituido por el propio modo que la embriología, ya alguien hubiese pensado si esos sistemas de vida efímera, híbridos al parecer, y que al parecer a ninguna parte conducen, no serían semejantes a esos órganos de la economía que pronto desaparecen o que tempranamente se atrofian, órganos cuyas funciones fisiológicas se desconocen, pero que algún papel representan en el organismo, cuando de su extirpación es la muerte del individuo inmediata consecuencia.

Nada de escuela cerrada y mucho menos de mote de sistema, que dice el ilustre González Serrano con admirable acierto. Salmerón rechaza lo dogmático, tanto por ser anticipación e imposición, cuanto por lo que tiene de estadizo; y ofrécese, en este concepto, decidido evolucionista. Yo creo que por eso no escribe: porque un libro es como una fotografía del estado del pensamiento en un momento determinado, y ni una placa fotográfica, ni una serie de ellas tampoco, puede darnos idea del movimiento. Presentan estados –palabra que clama por reposo,– estados definidos, términos, sin duda, [23] de una evolución, pero no alcanzan a la expresión de esa metamorfosis en la sucesión indivisible y continua de las transformaciones que se originan.

Pero si ha renunciado casi por completo a ese medio de expresión que mineraliza, por decirlo así, el pensamiento, fosilificándolo al encarnarlo en una forma inflexible, es en cambio de la palabra hablada rey absoluto. Orador de cuerpo entero, en cada una de sus cláusulas, macizas de contenido ideológico, yo creo que es de los pocos hombres que dicen lo que quieren decir, y al modo y en la medida que quieren decir lo que dicen: cajista admirable que no comete un error de composición en el trabajo que realiza.

No me extraña que algunos encuentren oscura su oratoria, aquí que estamos acostumbrados a que los habladores den su idea –cuando la tienen– en disolución tan poco concentrada, que para un miligramo de pensamiento no es raro que empleen quintales métricos de excipiente. Yo, más propiamente que oscura, la encontraría espesa; y por ello celebro que sea para algunos estómagos manjar de digestión laboriosa.

El hombre vulgar pasea su mirada por la superficie de las cosas: el sabio clava en las [24] cosas su mirada: y todo el problema de la educación intelectual consiste en dar temple a cosa tan sutil como una mirada, para que, en vez de resbalar, penetre. Pero una vez logrado este efecto, aquel que ve las cosas por dentro las ve bien de otro modo de el que por fuera las examina, y al relatar el primero lo que observa, la relación no podrá menos de chocar vivamente al segundo. Va aquel más delante y descubre otros panoramas: vive en otra época distinta, y habla en castellano mientras que el que le escucha aún paladea el romance.

Figúrense Vds. que por un proceso de evolución orgánica, bien racional seguramente, siguiendo la naturaleza en ese perfeccionamiento que, desde la aparición de un órgano visual tosco y rudimentario en la escala zoológica, hasta la producción del ojo humano se observa, hiciese que un día este órgano funcionase al modo como hoy nuestro microscopio artificial funciona. ¡Cuánto más penosamente seguiríamos la explicación que aquel observador nos hiciera de las cosas, que, por fortuna para nuestra satisfacción legítima, sigue el público en general la palabra de Salmerón!

En el orden físico la oscuridad es un vacío o una plétora de vibraciones: en el orden intelectual es también un vacío o una plétora de [25] actividades. Bien haya la segunda, no por la manoseada aunque exacta idea del encanto del misterio, sino porque indica una exagerada potencialidad, un desequilibrio en exceso: y es bien notorio que el desequilibrio es la única fuente de energías, ya que no conocemos otro modo de utilizar las fuerzas que por caídas de más a menos.

Resulta así oscuro Salmerón únicamente cuando el desequilibrio es grande –jamás ninguno de los que van citados le ha encontrado oscuro:– es decir, cuando el desnivel es considerable, lo cual no deja de ser a la postre un bien: que cuanto mayor es la diferencia de potencial con más intensidad circula la corriente.

Hay tres modos físicos de influir en la universal cultura –y perdonen Vds. en todo la impropiedad de la frase.– Para elevar el nivel intelectual, el sabio obra de tres maneras distintas, según la distancia a que de los diferentes elementos del público se encuentra. Sobre los más apartados obra por atracción, como el sol levanta las aguas de los mares: por esa noble ambición que el ideal despierta. Sobre los intermedios obra por simple transvasación o transfusión, o corriente exosmótica más propiamente. Sobre los más cercanos actúa por verdadera fuerza centrípeta, por un arrastre [26] como de torbellino, merced al cual casi los identifica consigo mismo y consigo mismo los confunde, animándolos del propio espíritu que le anima: cosa de que es comprobación irrefutable el hecho, que acredita la historia, de que alrededor de todo gigante del pensamiento aparezca una cohorte de astros de menor magnitud, formando a modo de séquito o cortejo.

No es posible aquilatar ahora lo que Salmerón ha influido en el nivel intelectual: hombres como él no pueden ser juzgados por sus contemporáneos, sino por las generaciones siguientes: porque es preciso separarse a alguna distancia para contemplarlos, como para contemplar una estatua.

Tengo por más difícil ser hombre que hombre de ciencia mismamente, y que toda otra especie de hombre; y hay quien sacado del círculo de la actividad especial a que se dedica, de todo otro fondo descompone y desencaja. Salmerón de igual modo resulta en la cátedra a que atrae un público numeroso con la elocuencia de su palabra, que en el gabinete de la calle de Montalbán, donde se respira una calma octaviana, donde conversa los jueves con sus discípulos predilectos, donde los retratos de Kant y Hegel, Scheling, Fichte y Sanz del Río, parece que os saludan benévolos, y donde una [27] carta de D. Fernando de Castro, en la pared, a modo de estandarte, os corrobora y conforta.

Allí, como no es ocasión de combate, las líneas de su figura, enérgicas y expresivas, adquieren inflexiones de dulzura y aun de una serena melancolía, y su mirada no os hiere como cuando pretende inocularos con ella su pensamiento, sino que más bien parece que se apoya en vosotros y creyerais sentir su tibio contacto y la blandura de su peso.

Y cierro con esta nota de carácter íntimo el artículo: que no sé si el hombre exterior o el hombre interno es de más importancia en una sociedad que, si para la vida científica se halla falta de inteligencias, para la vida moral no se encuentra muy sobrada de caracteres.

Transcripción íntegra de las páginas 17-27 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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