José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

San Martín

Alejandro San Martín Satrústegi 1847-1908

Falta fe en el propio esfuerzo para conseguir el ideal a que se aspira, y así, en la lucha por la existencia, en vez de la noble y varonil audacia del atleta, empléanse esas femeninas rufianerías de la impotencia, esos mendicantes clamoreos del pesimismo, última y más lastimosa expresión de la miseria fisiológica.

Curros Enríquez, uno de los pocos poetas masculinos que ha producido la generación presente, protesta un día y otro de ese cansancio moral de nuestra juventud, en nombre de los ideales modernos, de ese porvenir al que hemos prometido mucho y que espera en la necesidad de vivir la realización de nuestras promesas: su voz no logra excitar esa languidez, sacudir ese marasmo, y cada vez más se acentúa [32] la postración y el desfallecimiento. No de hierro, de marfil podrían aceptarse los caracteres si de esta sustancia los hubiere en gran número, y así, ya que no la tenacidad que resiste, poseeríamos al menos la elasticidad que protesta; pero ello es que van escaseando los hombres sólidos, en este sentido, es decir, con forma propia, y abundan los líquidos, que toman la forma del vaso que los contiene: plebeya acomodación, pasividad lamentable y odiosa que, por sarcasmo sin duda, han bautizado algunos con el nombre de adaptación al medio.

Y, sin embargo, es muy hermoso sentirse hombre y lleva muy lejos el amor al trabajo y la confianza en el propio esfuerzo. No puedo en esta cuestión mostrarme escéptico. No puedo creer que mueran muchos Homeros entre los aguadores de las fuentes públicas como alguien ha dicho. Yo creo que son tan pocos los hombres que esgrimiendo como formidable ariete su talento, no logran abrirse paso entre las masas de ignorantes: creo que están en tan corto número, que ni como excepción vale la pena de pararse a contarlos.

Sucede en muchas épocas de calma en que la crítica apenas encuentra ocasión de ejercitarse, que no son los hombres de más lastre [33] científico los que más brillan: antes este mismo lastre los lleva a fondo, en tanto que salen a la superficie otros que, siendo de poca densidad, pueden flotar fácilmente.

No así en estos períodos de efervescencia, de lucha, de revolución, de tormenta. Y es que acontece en la sociedad algo análogo a lo que ocurre en un conocido aparato de física: si está en reposo el tubo flota la esfera de corcho y se hunde la de plomo: apenas el tubo se pone en movimiento precipítase al fondo el corcho, y es el plomo el que se eleva a la superficie.

Estoy, pues, convencido de que todos los aguadores merecen serlo. Es más, mi optimismo respecto a la facilidad del triunfo es tal, que creo que debieran serlo igualmente algunos que no lo son; y es que haciendo falta muchos hombres de talento, ocupamos las plazas vacantes con números que hacen de sabios como los actores de reyes o de magnates. Por desgracia algunos representan tan mal su papel...

Esto pensaba yo saliendo de la casa en que el Dr. San Martín habita: el Dr. San Martín, uno de esos hombres que hunden el areómetro de la crítica hasta dos metros más allá de la línea de enrase aun usando el mercurio en vez del agua como líquido de experiencia. [34]

Y ahora que salgo de casa del doctor, confesaré ingenuamente que ya siento haber ido a visitarle. Arrostro el temor de que trascienda a descortesía mi franqueza. Bien sabe Dios que no hay nada de eso; pero yo soy muy celoso de mis placeres, y el último tercio de mi visita a D. Alejandro me ha producido una impresión penosa.

Tengo entendido que hay una enfermedad a que llaman los médicos agorafobia: el enfermo atacado de ella siente horror al espacio: cuando está en una llanura extensa, en una plaza anchurosa, experimenta vértigos, mareos... Estos individuos sólo pueden vivir en un gabinete tamaño como una ratonera.

Pues yo en casa del Dr. San Martín he sentido una agorafobia intelectual –no sé si habré acertado a explicarme– que únicamente atribuyo a la rápida ojeada que he tenido ocasión de dirigir por la enorme extensión de los conocimientos del maestro.

Entrar en su gabinete ya produce estupor: el lienzo de pared de la izquierda está totalmente oculto tras un enorme estante atestado de libros; en el de la derecha, dos estantes más arrojarían de buen grado a un sofá y a un espejo que los separa, para extender sus dominios; de frente hay un piano y sobre él otro estante. [35] Aún no he terminado: sobre la mesa de despacho se apiñan los libros hasta el punto de que no debe ser muy fácil, no ya escribir una Memoria, pero ni firmar una carta; las sillas están ocupadas totalmente: el doctor se sentó a comer ante un veladorcito pequeño, y el asiento del sofá fue teatro de una lucha cuerpo a cuerpo, en la que multitud de revistas y de tomos de enciclopedia fueron desalojados de sus posiciones estratégicas.

El Dr. San Martín es un mentís viviente a la paradoja mecánica de Hegel, o al adagio español quien mucho abarca poco aprieta. Tiene profundos conocimientos en todas las ramas del saber humano, y enlaza y reúne conceptos de diversas ciencias a propósito de un asunto determinado, logrando presentar siempre un punto de vista peculiar y suyo en la cuestión de que se ocupa.

Desde los primeros años de su vida del profesorado en Madrid se le tuvo por un gran teórico; pero, por lo mismo, se dudó de sus condiciones para la práctica. Hoy si pasan Vds. por los claustros de la Facultad de Medicina y hablan con alguno de los que han estudiado con él, escucharán este arreglo de una frase célebre: «No hay más Dios que San Martín y Robina es su profeta.» Robina fue, no ha mucho, [36] un distinguido alumno interno de su clínica.

Pero el doctor no solamente lo es, y de todas veras, sino que además es hombre de una educación más que correcta. Si algún alumno contesta a una pregunta con lo primero que salta en su mollera, puede estar seguro de que el maestro no expresará su desagrado; quedará un momento pensativo y exclamará por fin: Quizá... puede que tenga Vd. razón... sin embargo...

Este sin embargo... vale cualquier cosa: a continuación de él viene una descarga de objeciones que da al traste con la serenidad del discípulo.

Esta tolerancia respecto a las ideas de los demás es lo que más en él me parece digno de elogio. Para mí, ser tolerante es ser sabio: porque es tener siempre presente la falibilidad de nuestros juicios, y apreciar debidamente todo humano trabajo, bueno o malo, por ser obra humana: y no tener en sí mismo una hiperbólica fe, sino una confianza circunspecta; y estar siempre dispuesto a una rectificación honrosa y no a una terquedad irrisoria. En fin, todo lo contrario de esas pobres gentes, que no nombro por haberme propuesto hacer de esta serie un pan sin levadura: ridículos heraldos de la primera tontería que se les ocurre, que excomulgan [37] a todo el que no comulga en sus... ideas –diré con notoria impropiedad de lenguaje;– con lo cual demuestran la poca racionalidad de lo que predican cuando sólo a tales desmanes confían el proselitaje.

Juzguen Vds., dada esta personalidad de que acabo de hacerles, no una fotografía, sino un bosquejo de aficionado: dado este fondo, del que he querido ofrecer algo como un esquema, juzguen, repito, cuál sería el emplazamiento en aquel cuadro de un hombre que, como yo, participa del ligero modo de ser contemporáneo (en lo cual me parezco a Moreno Nieto, según Cánovas).

Juro a Vds. que el rato que pasé Dios me lo tome en cuenta. En parte alguna he sentido nada semejante. Y es que no me pasma un sabio que tenga el pelo blanco o el bigote cano, y cuya edad sea un minuendo del que sustrayendo la mía quede aún una apreciable diferencia: paréceme, entonces, que puedo disponer de suficiente tiempo para que tanta y tanta nebulosa como existe en mi mente, se vaya concretando y diferenciando hasta constituir astros, no importa de qué magnitud, enhorabuena sea la de un garbanzo. Pero cuando tal condición –la condición de sabio– se me ofrece en un hombre que, como el Sr. San Martín, es [38] todavía joven, entonces hallo imposible que en breve tiempo pueda atraer a mí tanta materia cósmica: me pasma esa potencia atractiva tan formidable; me persuado de que hay algo más que la cantidad de impresiones recibidas, y este algo es la calidad –cantidad en último término (no reñiré con los filósofos)– calidad, digo, de la placa dispuesta a recibirlas.

Reniego de la indiferencia culpable con que el Dr. San Martín contempla en su propia casa la evolución de una enfermedad gravísima, y le advierto que en término no lejano puede producirle serios disgustos. Como esos tumores que creciendo y desarrollándose empujan y rechazan cuanto encuentran a su paso, así en el gabinete del doctor aumentando diariamente los libros, amenazan arrojar de la casa, no ya a los amigos, al mismísimo propietario. Si no se muda de habitación o muda él de conducta, el mejor día al volver del Ateneo o de la Academia va a encontrar que su gabinete es un macizo de papeles que opondrá a su paso el derecho de la impenetrabilidad.

Háganse Vds. cargo de mi situación en aquella butaca: cada vez que me movía, y estaba nervioso, escuchaba el crujido de alguna cubierta arrugada por mi imprevisión, o de algún periódico apelotonado por mi descuido. [39] Estaba rodeado de mis mayores enemigos, y el único aliado con que pudiera contar, el dueño de la casa, más bien a ellos que a mí paréceme que concedería su apoyo.

Aprovechando un minuto de ausencia del maestro, me dirigí a su mesa y traté de parlamentar con alguno de los soldados de aquel ejército numeroso. Escogí uno que se me hizo simpático por su elegante traje: –¿Quién eres? le pregunté. –The... (no recuerdo cómo), me contestó. –Ve al diablo, dije para mí, debes ser inglés y no podemos entendernos.

Me dirigí a otro y le hice la propia pregunta. Die... –fue lo primero que me dijo– y después no sé qué palabrotas guturales, roncas, antiarmónicas. Presumí que debía ser alemán y mi desaliento llegó al máximum. ¿Cómo había de tratar con ellos, yo, que el único idioma que chapurreo un tanto es el castellano?

Dícese que el pesimismo es un grito de debilidad, un rugido de impotencia; que así en la India el hombre sintiéndose débil y pequeño en medio de todo lo grande, el mar y las montañas, la fauna y la flora, dudó de sus fuerzas y lloró su desgracia. Yo cuando visito a un sabio salgo de su casa pesimista para un par de semanas.

Ríase quien quiera de mi impropia alegoría [40] yo pienso que todos los hombres acaban en punta: todos son conos –por supuesto de distintas dimensiones– y depende la estimación que los damos de la superficie que nos presentan. Hay quien se muestra por la base y nos sorprende, haciendo que por un momento le creamos cilindro: el error no es duradero. A otros los vemos el vértice y no sabemos, o tardamos en saber, que son como el Ateneo, que detrás de tres metros de fachada oculta un local espacioso. Otros, en fin, se presentan de lado y estos nos dan idea de su magnitud desde el primer momento.

El Dr. San Martín no cabe en estos grupos: ofrece a la vista una superficie de sección o truncadura; es decir, desde el primer instante descubre bastante extensión, pero quédale aún mucha más que sólo puede darse a conocer en fuerza de repetidos sondajes.

Transcripción íntegra de las páginas 31-40 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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José Verdes Montenegro y Páramo
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