José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

Carracido

José Rodríguez Carracido 1856-1928

Los nombres «jurisconsulto,» «fisiólogo,» «químico,» son menos comprensivos que los en cierto modo sus correspondientes «abogado,» «médico,» «farmacéutico,» pero agradan más al oído. Parece que aquéllos suenan a sabiduría y a ciencia, y éstos a todo lo contrario. Quizás el uso continuo, el tráfico incesante, ha desgastado estos nombres, cantos rodados del lenguaje que han perdido su primitiva forma cristalina. Acaso les perjudica la idea de servicio remunerado que despiertan: los halagos del interés, sin perjuicio de ser placenteros a la postre, provocan en nosotros un primer movimiento de repulsión como ese con que de los derechos del amor protesta el pudor desde el corazón de una virgen. Tal vez, en fin, resultan mezquinos porque representan [54] aplicaciones de ideas, y una idea sólo es grande y hermosa cuando es abstracta y la percibe la inteligencia evolucionando en el total consensus; no cuando se concreta y petrifica, que, entonces, tornándose inflexible pierde lo que tenía de general, de comprensiva y se limita y empequeñece. –Sucede a las ideas lo que a los monos del viejo continente, que viven bien en las soledades de los bosques de África, y enjaulados en el Retiro se vuelven tísicos a las dos semanas de cautiverio.–

Felicito con entusiasmo al Dr. Carracido por haber renunciado a la práctica de su profesión: el ejercicio de las profesiones debe ser abandonado a la voracidad de esas, que se ha dado en llamar honrosas, medianías. Quien se sienta con fuerzas para servir los intereses generales de la humanidad, no debe limitarse a influir sobre los particulares intereses, ni cediendo a los desdenes de la fortuna, ni mucho menos en virtud de voluntad espontánea. ¿No sería un dolor que hubiesen consagrado su vida, Pasteur a curar caballos de regimiento, Bercelius a despachar pomada de belladona, y Spencer a intervenir los asuntos de un usurero tramposo?

No: en el profesorado debía tener Carracido representación, y allí, en efecto, la tiene; bien [55] que la asignatura que explica, por el carácter de aplicación a que obliga su enunciado, no sea la más a propósito para dar realce a la personalidad del maestro. Culpemos de ello a la desventurada organización de nuestros estudios universitarios. Obtener el máximum de efecto útil, es preocupación constante de cuantos tratan de aprovechar una fuerza cualquiera: nuestras universidades más parecen dispuestas para perder que para utilizar las energías de cuantos en su funcionamiento activa o pasivamente intervienen. Afortunadamente ya por ahí se dice que la Facultad de Farmacia –como la forma poética– está llamada a desaparecer.

Yo me alegraría muy mucho de esta desaparición, siquiera fuese por oír al Dr. Carracido explicar cosa de más provecho que la materia farmacéutica. Amo tanto las grandes síntesis de la ciencia, como odio sus mezquinas aplicaciones, el manoseamiento de los particulares detalles: toda esa labor, en cierto modo mecánica, en que el obrero se abisma, asfixiándose en las propias briznas, objeto de su trabajo, adquiriendo la caquexia del particularismo, y sin que, abiertos los balcones de los hechos que dan a lo general, se asome a contemplar el infinito. No puedo comprender en virtud de qué [56] monstruoso subjetivismo háse desviado el cauce de una ciencia como la Química al ruin objeto de investigar qué es lo que cura el dolor de muelas, o calma las punzadas de una callosidad ulcerosa. No me haría más efecto ver detenerse dos horas al Sud-expréss en la estación de Vallecas.

Explicar un asunto cualquiera poniéndole en parangón y comparanza con alguno de los fenómenos en que las ciencias naturales entienden, presta no poca amenidad al discurso; y Carracido, que de este modo procede, obtiene como orador triunfos que deben satisfacerle. Yo creo que hay en esta costumbre la base de un nuevo método científico que consistiría en investigar la entidad y el número de las ideas parientes que una determinada, propuesta en cualquier orden de conocimientos, tiene en aquellos otros órdenes que son del dominio de las ciencias naturales.

Podría llegarse de este modo y de una vez para siempre, a determinar el verdadero carácter de la sanción penal –cosa que tanto en la actualidad se discute:– y a decidir la cuestión batallona del proteccionismo y el libre cambio: y a verificar los quilates de realidad de no pocas doctrinas filosóficas y teorías políticas. Arrojaríase mucha luz sobre un gran [57] número de cuestiones de interés social, acerca de las cuales no han llegado nuestros sabios sino a establecer media docena de conclusiones paradójicas que a sí mismas se destruyen por sus contradicciones internas: llegaríase a dar de mano a tales trabajos, en verdad poco dignos de encomio porque eso de hacer paradojas es peligroso entretenimiento que tiene algo de vicio solitario, estéril y enervante.

No es esta la ocasión de hacer de nuevos métodos propaganda; pero yo estimo que el asunto es digno de consideración y estudio, y si ocasión propicia se me ofreciere, prometo volver sobre él; –con lo cual le haré caer, de seguro, en el mayor y más justificado descrédito.–

Considerando cuan breve tiempo ha bastado al Dr. Carracido para adquirir legítimo prestigio, se hace sensible que no haya retrasado mucho tiempo aún su aparición en el mundo. Porque así son los climas a la extensión como las épocas al tiempo, y unas y otras tienen su flora característica. Al contemplar las lozanas palmeras de Alicante, despiértase la idea del desarrollo que hubieran podido alcanzar a sentir el sol de África, proyectándose sobre su áspero tronco, y las auras tropicales divagando por entre sus ramas gallardas: pues al considerar [58] el realce de la personalidad científica de Carracido, pienso yo que, a vivir en una época aún para nuestro país remota, hubiera sido mayor su nombradía, y él mismo se hubiese hallado también en más idóneo medio para desenvolver sus facultades.

No hay para qué ocultarlo: en España, la temperatura de la opinión, que diría Ferreras, alcanza aún muy pocos grados en el termómetro del interés por los estudios experimentales, y son éstos delicadísima planta que vive mal hasta en la artificiosa atmósfera del invernadero. ¡Ojalá que en tal orden de cosas, y a favor de un fenómeno de desviación análogo al que los geólogos suponen experimentado por el eje de la tierra, el sol ecuatorial fecunde pronto este nuestro país en que tiritan de frío no pocas palmeras, resistiendo la glacial atmósfera de la indiferencia del público!

Transcripción íntegra de las páginas 53-58 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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