José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

Giner

Francisco Giner de los Ríos 1839-1915

En el comercio social, en la práctica vulgar de las relaciones humanas, hay una frase homicida para ayudar a formar concepto de un hombre a quien a otro se presenta, cual es la siguiente: el señor es primo de Cánovas, por ejemplo, o nieto de Mendizabal, o cuñado de Fortuny... ¡Desdichado el pariente de un hombre ilustre! Son incalculables las dificultades con que tropieza para establecer su personalidad, y solo a costa de una labor incesante y penosísima dejará de ser cuñado, primo o compadre de Fulano, para ser él quien es, con sus vicios o sus virtudes, sus grandezas o sus ruindades: todo eso que ama uno en sí mismo satisfecho de ser como es, de cualquier modo que sea, y orgulloso de su nombre, aunque apenas se llame Pedro. [88]

Y es curiosa la antítesis que en el acto –siempre cursi– de una presentación con tal motivo se ofrece: porque presentar un hombre a otro es dar vida al primero en la esfera de las relaciones del segundo, y decir en su abono los vínculos que le unen con determinada eminencia, es matar su personalidad para dejarle convertido en anejo de la persona de quien se habla. –¡Vida! ¡Muerte! Aquí encajaría como de molde una amplia consideración filosófica, si no estuviese tan gastado el tema que se siente uno mal del estómago cuando alguien le amenaza con filosofar sobre la muerte y la vida.–

Todo cuanto va dicho, va dicho en elogio del Dr. Giner: Ríos Rosas ha sido una personalidad saliente en la historia política de España, y, sin embargo, el nombre del Sr. Giner es un nombre que tiene el valor propio, absoluto, de una cifra altamente significativa. A nadie se le habrá ocurrido decir, como inciso aclaratorio: el sobrino de Ríos Rosas.

¿Qué ha sido preciso para alcanzar este resultado? Toda una vida de no interrumpido combate: una incansable actividad y un altruismo inverosímil: sacrificar al placer científico hasta el más legítimo esparcimiento, y hacer de ese placer inmediatamente participe [89] a la sociedad. Aprender y enseñar: estas palabras sintetizan la existencia del hombre a quien el presente artículo se refiere. Si el carácter fuese susceptible de representación objetiva, un corazón pudiera darnos idea del carácter de D. Francisco: un corazón, que toma de los pulmones la sangre vivificante, arrójala en seguida a nutrir las más apartadas regiones del organismo, y, en premio de este trabajo ciclópeo, resérvase solo aquella cantidad escasa que para seguir moviéndose necesita.

Entre un hombre de ciencia como Giner y la inmensa mayoría de sus colegas, hay la propia diferencia que entre un explorador a lo Stanley y un conquistador a lo Pizarro. Legítimamente sin duda, busca este último en el dominio del país conquistado, indemnización a los afanes de la conquista: aquel renuncia el precio de sus trabajos. Para Giner la ciencia es un fin, no un medio: viaja sin previo itinerario, y no desea llegar a parte alguna determinada, sino marchar en línea recta examinando a donde su inteligencia, encarrilada en la lógica, le conduce: llegar a una conclusión el primero no le inspira la idea de reclamar los derechos del primer ocupante, sino la de telegrafiar inmediatamente a sus amigos que acudan a cultivar aquel terreno aún no roturado; y al hacerlo, [90] envía anónimo el telegrama para renunciar hasta la gloria misma del descubrimiento.

Es sorprendente ver desarrollar tan continuados esfuerzos, a un hombre físicamente poco aparatoso, y solo al parecer dotado de las más imprescindibles energías. Hace esto pensar en los Leyden de la electricidad estática y en los elementos acumuladores de la dinámica: en esos aparatos en los que una enorme cantidad de fuerza puede ser almacenada y escondida; y, efectivamente, entre ver a Giner y hablarle, hay el infinito abismo que media entre ver y tocar una batería, entre examinar su conformación externa, y experimentar sus formidables efectos.

Con ser amplio campo el del derecho natural, para hombres de tales alientos era mezquino espacio en el que apenas podía revolverse; y así, sin dar de mano la filosofía del derecho, ha echado sobre sus hombros la más pesada de las cargas, ha acometido la más difícil de las empresas: la de la reorganización de la enseñanza.

Háse ocupado la sociedad en formar, mal que bien, el hombre intelectual o el hombre físico para utilizarlos de un modo inmediato, y descuidado la formación de el hombre; y este [91] es el vicio fundamental del sistema. La enseñanza de las distintas profesiones, artes u oficios, tropieza con ese inconveniente, y en ese inconveniente fracasa. Porque esa enseñanza superior –que más bien debiera llamarse ulterior– contaba con que había de dársele formado el hombre, y el hombre no se le da formado: creíase destinada a edificar sobre una sólida base humana y halla esta base insegura o deficiente.

Como sabe el más vulgar jardinero que tal o cual cultivo puede desarrollar de preferencia tales o cuales órganos de una planta y hacerla, por ejemplo, exuberante en pétalos o vigorosa en sexualidad, sabe todo el mundo que una educación bien dirigida puede hacer sobresalir determinadas aptitudes levantándolas del nivel de las restantes. El principio de la división de trabajo ha matado la antigua aspiración a la enciclopedia, pregonando urbi et orbe que dado lo complejo de la vida social, un hombre apto para todo no sirve para nada; pero en esta misma complejidad de la vida ha hallado el anterior principio, en cuanto al hombre se refiere, justificadas limitaciones.

Enhorabuena los cultivadores que solo en espera de la flor cuidan la planta, a trueque de obtener aquella lo más desarrollada posible, no [92] vacilen en condenar los órganos restantes a atrofia definitiva: enhorabuena los ganaderos, únicamente atentos al desarrollo muscular de las reses, lleven sus trabajos de selección hasta producir monstruosas deformaciones en el esqueleto: el hombre no puede ser tratado de igual modo. En la educación humana la planta, es decir, el hombre, es lo primero que importa. Hé aquí la base de la revolución que Giner persigue en la enseñanza.

Dejando que el hombre se forme por sí, como acontece ahora, pretender que responda a las exigencias de la actual civilización, es pretender un absurdo. Abandonado a sí propio el clavel más doble reproduce el tipo originario de que fuera apartado por el cultivo: por igual atavismo, en virtud de fatalidad idéntica, abandonado a su instinto el hombre civilizado, retrogradaría hasta el primitivo salvaje.

Catedrático Giner de esta enseñanza superior, ha podido apreciar más que otro alguno los funestos resultados de la actual desacertada educación primera, y aplícase por ello a remediar en la juventud las deficiencias del método educador de la infancia, a más de luchar sin tregua porque las próximas generaciones sean con más solícito interés atendidas. Giner enseña siempre. [93]

Como en redor de un pararrayos puede trazarse un área de protección física, área en la cual se encuentran los objetos sustraídos a la acción de la descarga eléctrica; en derredor de Giner puede ser trazada una área de protección moral, y en ella viven no pocos jóvenes que aspiran a hacerse hombres, en el sentido noble de la palabra, no en esa vulgar acepción, hipérbole poética que más que de la augusta realidad es hija de una autoadulación despreciable.

A nadie haré la ofensa de explicar las anteriores palabras: sucede con los hombres en sociedad lo que con los minerales en la naturaleza. Los cristalógrafos admiten formas tipos: el cubo, el prisma, &c.; son raros los minerales que la presentan. Tal cuerpo cristaliza en prismas, pero tiene truncado un triedo o modificada una arista; tal otro parece que aspiró a ser cubo y ha quedado en octaedro. De igual modo puede decirse que hay pocos hombres de facetas regularmente geométricas y homologas, y es lo común una especie de hemiedría en el orden psíquico, como es lo corriente esa otra especie de hemiedría orgánica que nos imposibilita para ser ambidiestros.

Es más, las cosas suceden como si el hombre, poseedor de una cantidad muy limitada de energías, no pudiese dedicar a una empresa un [94] capital determinado, sin que se resintiesen de falta de recursos todas sus actividades restantes: o como en el organismo de un anémico en que una ligera revulsión en los pies bastara a dejar punto menos que exangüe la cabeza. La frase «Fulano tiene un gran talento pero un corazón perverso», indica esta irregular distribución de la vida entre dos distintas facultades: la inteligencia y el sentimiento. ¿Qué corresponde a la educación? Hacer que todas ellas armónicamente se desarrollen sin perjuicio de que una sobresalga: del mismo modo que en un individuo sano funciona cada órgano, según su especie, sin que deje por eso uno de ellos de predominar sobre los demás constituyendo idiosincrasia.

No descansa Giner en esta ímproba tarea que, como un buen plan médico, a la vez corrige y tonifica; y así con infatigable constancia interviene... localmente, dirían los cirujanos, sobre las imperfecciones de la juventud que le rodea, y sométela al propio tiempo al tratamiento general que aspira más que a utilizar a levantar las fuerzas, a vigorizar la potencia pura, a acrecentar eso que en otros órdenes de cosas llámase capacidad o energía, o capital disponible, o riqueza acumulada.

Por más que sea sensible confesarlo, nadie [95] negará exactitud perfecta a las siguientes palabras de Alfredo Calderón:

«La ciencia moderna ha buscado en el orden simiano los antecesores del hombre natural. También el hombre moral tiene sus antropoides y esos predecesores de la más alta encarnación de la conciencia en el mundo, somos nosotros mismos. El preparar ese advenimiento del hombre futuro es la más noble misión que nos incumbe realizar sobre la tierra.»

El nombre de Giner figurará en España a la cabeza de los que se dedican a esa noble misión, que casi por completo encaja en la pedagogía científica de que él es propagandista infatigable. Suspiremos porque esa propaganda alcance el éxito que merece, y lamentémonos de haber nacido tan pronto que no hayamos podido formarnos con sujeción a sus leyes.

Un necio orgullo, además de un error lamentable, va envuelto en la frase «he dado tantos hombres a mi patria», con que algunos viejos dicen cumplida su misión sobre la tierra. El hombre tiene, a veces, el triste privilegio de que sus hijos no reproduzcan el tipo, al contrario de lo que a los demás seres acontece. La descendencia de un individuo cualquiera de la escala zoológica es siempre de la especie a que sus progenitores corresponden; el hijo del hombre [96] no es hombre siempre. Lo que ha suministrado el viejo que tan pedantescamente se expresa, es la primera materia, el barro en el que así puede ser tallado el Júpiter de Fidias, como el monstruo de Horacio. ¿Formar un hombre? Esa es difícil empresa cuya realización es de la sola, exclusiva competencia del pedagogo.

Transcripción íntegra de las páginas 87-96 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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