José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

Antón

Manuel Antón Ferrándiz 1849-1929

Si eso de andar siempre a la husma de contradicciones no fuese ya tarea justamente desacreditada, yo empezaría poniendo al antropólogo cuyo nombre encabeza estas líneas, en contradicción consigo mismo; con lo cual, al decir de Hegel, no conseguiría sino recordarle que es perecedero.

Acudo yo a escuchar la palabra de Antón con la misma frecuencia con que él la dirige al público, y, he de decirlo con franqueza: el entusiasmo que por el trasformismo siento, no sabe perdonarle que se exprese acerca de esta doctrina con injustificadas reservas. Tratándola con el mayor respeto, afirmando siempre que es digna de detenidísimo estudio, jamás le he oído pronunciarse resueltamente en su favor y aceptarla integra, sin ambigüedades ni vacilaciones. [100] Resultan influidas por el trasformismo cuantas ideas expone, pero declararse él trasformista...; yo a lo menos no lo he oído, ni tengo noticia de que haya hecho sobre el particular afirmaciones explícitas.

¿Obedece acaso esa actitud singularísima el respeto que le inspira su maestro M. de Quatrefages? Es posible; pero lo que no era extraño en el naturalista francés, lo es y mucho en el antropólogo español. Quatrefages se vio sorprendido por la revolución cuando ya llevaba muchos años en el poder, y por un espíritu de consecuencia no muy bien entendido pero a la fin disculpable, se resistió con todas sus fuerzas a reconocer la legalidad instaurada. Antón se ha formado con posterioridad a esa revolución y no puede invocar en favor de su actitud razón alguna de inercia o consecuencia.

Sea de esto lo que fuere, Antón es un naturalista que trabaja con fe, y que procura hacer a cuantos le rodean participes de su entusiasmo. Digámoslo en honor de los naturalistas españoles; los pocos que a estos estudios se dedican en nuestro país, no se limitan a seguir el progreso de la ciencia en los países extranjeros, sino que también ellos activamente en su adelantamiento intervienen. Antón, como Quiroga, Calderón y Bolívar, no vive en una eterna [101] noche de luna, recibiendo la luz de los hechos naturales por reflexión de la mente de sabios de otros pueblos; sino que busca directamente esa luz y refléjala a su vez sobre las corporaciones científicas de los distintos países.

Toda cuestión científica, tiene su cuello o nudo vital que dicen los botánicos en la mecánica: sus raíces extiéndense hacia abajo en solicitud de las matemáticas: su tallo elévase a las ciencias físico-químicas, a la biología, a las ciencias sociológicas.

Nuestro público toma de ordinario el rábano por las hojas; como la jirafa, nútrese solo de los ramúnculos más elevados y ramas, tallo y raíces quédanle desconocidos. Por eso, a fuerza de decir vulgaridades, adquiere reputación muy pronto cualquiera que se de a hablar sobre la vida de los pueblos o las ventajas de la civilización; circulan profusamente sus trabajos, y pasan como Carne de Liebig, muchos y muy grandes tarros de Revalenta arábiga. En cambio están perdidos, para estos efectos, los que se dedican a las ciencias naturales, y hombres como Quiroga, Bolívar o Calderón no tienen –entre nosotros, en el extranjero ya es otra cosa– la fama de cualquiera de esos precoces publicistas que hacen grandes síntesis de la vida de los imperios con una [102] generalidad delatora de la superficialidad de sus conocimientos.

Antón hace excepción a esta regla por haberse dedicado a aquellos particulares de la ciencia de la naturaleza que, limítrofes ya a la sociología invádenla frecuentemente con avasalladoras oleadas. Preocúpase de estos asuntos mayor número de gentes por la más inmediata influencia que ejercen en el desenvolvimiento de las sociedades, y es traído y llevado el nombre de quien tales o cuales soluciones defiende. En el museo de ciencias y en la cátedra del Ateneo, Antón ha dado gran número de lecciones acerca de las razas humanas primitivas, y siempre ha tenido un público numeroso e ilustrado, aunque, a decir verdad, más ilustrado que numeroso.

Ese desvío que en nuestro país se siente hacia este género de estudios, no es debido a otra cosa que a las dificultades que ofrece. Hacerse hombre es lo que importa, y hay medios más fáciles de conseguirlo. A políticos eminentes hemos oído todos largos discursos en los que calumniaban épocas, desfiguraban caracteres, desconocían doctrinas, interpretábanlo todo a su antojo. La base de su argumentación no resistía al impulso de un estornudo, y sin embargo el discurso nos hizo efecto y le escuchamos [103] atónitos. Pero vayan ustedes a inventar en ciencias naturales y dirán aquello de las plumas de la gacela o lo del ardiente polo, verbigracia, y no agraviando lo presente.

El número de las especialidades en la ciencia natural ha llegado a tal punto que hay sabios que no se dedican a estudiar sino un género de insectos o de moluscos llegando a describir infinidad de especies y variedades. Este particularismo da en cierto modo razón de la falta de público para tales trabajos, pero en España ese público es más escaso en parte alguna, y apenas alcanzará la cifra de un centenar de personas.

Y sin embargo, esos delicados trabajos son los primeros arcos donde se sustentan doctrinas grandiosas como la de la evolución, magníficas concepciones sobre la génesis de los mundos, todo ese edificio gigantesco que asombra y enorgullece como que es la obra en que más alto se muestra el poder de la inteligencia humana, la ciencia a que se halla encomendada la resolución de los más graves problemas que a la humanidad afectan.

Pero todo nos sale por una friolera. La única de estas cuestiones que alguna vez al público preocupa, es la del origen del hombre, asunto que suele ser los domingos después del almuerzo, [104] tema de conversación que plantea el hijo de familia que va a la Universidad, para escandalizar a sus hermanas y ganarse dos bofetadas de su padre. –¡Negar que el hombre procede del mono es afirmar que se deriva del burro!– exclama todo convulso el estudiante para protestar de aquél atropello a la libertad del pensamiento; acométele de nuevo el autor de sus días, le arroja a empellones en un desván, da dos vueltas a la llave y la paz del hogar se restablece.

Voila tout.

Transcripción íntegra de las páginas 99-104 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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