José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

[ Epílogo ]

Pero antes de retirarme por el foro, y aunque sea a modo de aparte de los que en las comedias malas se acostumbran, sit mihi fas audita loqui, como dijo un poeta que escribió en latín por odio a los estudiantes de segunda enseñanza: séame lícito relatar lo que he oído. No puedo decidirme a terminar el libro sin dedicar breves palabras a esos Jeremías hipócritas que lamentándose de que no hay sabios en España se tienen a sí mismos por los únicos ejemplares de la raza. Pónganse ustedes en guardia contra todo pesimista en exceso; porque, salvo contadas excepciones, es un granuja el que duda de la honradez de los demás, como es un necio el que tiene en poco la ajena sabiduría.

Ya por lo que precede acerca de los hombres [130] de ciencia habrá venido el lector en conocimiento de que yo no pertenezco a la respetable cofradía. Mas no he de hablar de mí, ni aun como pudiera hacerlo de otro. ¿Hay exhibición más ridícula que la del 0? El imbécil, porque multiplica la cifra que tiene a su izquierda, cree que vale diez veces más que ella. Yo soy un cero ilustrado que me conozco a mí mismo; sé que a mi lado, y por natural contraste, el que valga como dos valdrá como veinte –tanto la comparación me desfavorece;– solo, aislado, por mí mismo, ¡oh desgracia! no tengo valor absoluto.

Perdón, señores; girando en derredor de un concepto, relájase fácilmente la fuerza centrípeta de la atención, y el pensamiento se escapa por la tangente. ¿A qué venía todo esto? ¡Ah, sí! volvamos al asunto.

Faltan estímulo y orientación en nuestro país, o lo que es lo mismo, ventajas asequibles por la selección y adaptación a un fin. Esto es todo: vamos por partes.

En otros países están las cosas dispuestas de manera que el que trabaja por virtud de su propio trabajo encuentra adecuada recompensa. En el nuestro, como por regla general no sucede esto, apenas cabe fiar sino en una protección, de cualquier género que sea, [131] protección que ejerciéndose a ciegas, aquí acierta y allá yerra, y es siempre perjudicial a la postre. En estas condiciones no se va a ninguna parte: todo aquello que necesita protección, que no es viable por sí, no vale la pena de ser conservado y debe sucumbir en la lucha por la vida para dejar paso a otros organismos fuertes y vigorosos.

Y haciendo punto en esta cuestión, de fijo antes comprendida que enunciada, pensemos en esa viciada dirección que esteriliza muchos y grandes talentos en nuestra patria.

Teóricamente a lo menos podemos decir que todas las mañanas nos levantamos con treinta duros –mi bolsillo sabe bien que esto es pura teoría;– quiero decir, con un caudal determinado de energías que cada uno emplea, como puede o como quiere, en ser titán del mundo de un viajero, o en contar las patas a las arañas, o en pasear por la Puerta del Sol, o en seducir a la criada de su casa. Del haber diario con que los suponemos, no gastará en ideas la inmensa mayoría más de un perro chico, y no vale la pena de averiguar en qué tan exigua cantidad se emplea: pero llegando a los que todo se lo gastan en el ejercicio de sus actividades psíquicas, es incalculable el número de inteligencias que esterilizan sus [132] energías en empresas ruinosas para el progreso, tal como debe entenderse.

Se necesita verdadero humorismo, hoy que las necesidades del momento se imponen más que nunca y el porvenir nos exige una atención predilecta, se necesita verdadero humorismo para pasarse la vida coleccionando pergaminos que a lo sumo servirían para tambores, o escudriñando rancias historias que no lograron probablemente interesar ni a los mismos protagonistas, o aprendiéndose de memoria versos de poetas antiguos, poetas a quienes sus contemporáneos no pudieron leer de puro latosos y soporíferos.

Perdón, señores, si no puedo resolverme a creer en la seriedad de estas ocupaciones, yo que no hubiera comprado la estatua de Teseo sino al peso y para hacer perros grandes: por si resulta cierto, como parece, que la humanidad tiene su fin en sí misma, es preciso no preocuparse tanto de pequeñeces que no valen la pena, y atender más a este presente que con estar siempre escapándosenos de las manos, es lo que por todas partes nos envuelve: tanto más, cuanto que en relación con los fines que la humanidad persigue, la historia no tiene otro objeto que hacer buena la teoría de la evolución, y es esta teoría de suyo tan racional, que [133] cabe dudar de la cordura de quien la rechace.

Pero ¿es que se halla cortado a pico el camino del progreso, que tantos se vuelven y retroceden, temblando que los que vienen detrás los empujen al abismo? Si es que sienten cansancio deben tener en cuenta que la sentencia de muerte pesa sobre los que se duermen en las ásperas sendas del Mont-Blanc; si lo hacen para enorgullecerse del espectáculo, no olviden que hay un Tesino y un Trasimeno delante de cada Capua, pero sólo hay un Zama a sus espaldas.

En hora buena que edificio tan gigante como el que construimos se fundamente en sólidos cimientos, pero no vayamos a ahondar tanto que saquemos el barreno por los antípodas.

Y ¿qué diré de esos filósofos que desde las guardillas de sus anticipaciones dogmáticas dirigen miradas de conmiseración a los obreros que trabajan pegados al terruño? La verdadera filosofía no cae como la lluvia sino que asciende como la savia. Compadezco su indefendible orgullo: ni abarcarán todo el espacio de una sola mirada como pretenden, porque es imposible; ni lo poco que vean lo verán con claridad por la altura de su observatorio: ni... y ahora recuerdo que Condillac ha dicho algo de esto. Nihil novum sub sole. [134]

Señores, hablo formalmente, menos política y más administración, como por ahí de público se dice: mientras perdíamos el tiempo discutiendo teologías, otras naciones más prácticas o más conocedoras de sus verdaderos intereses, dedicábanse a los estudios experimentales, ese filón inagotable de prosperidad y de riqueza, y por no convencernos a tiempo de que lo eternamente discutible es eternamente inútil, nos ha sucedido lo que a los conejos en la fábula de Iriarte: nos han alcanzado los perros.

Y al fin y a la postre habrá que convencerse de que no servíamos para esto; con alardear tanto de nuestros antiguos estudios teológicos, ello es que no hemos producido un hombre como Lutero, o como Abelardo, o como Descartes, en tanto que apenas iniciados en nuestra patria los estudios experimentales, hemos tenido a Fourquet, y a Orfila, y a Mata.

Dícese que estos estudios son caros y necesitan de los Gobiernos una protección decidida y constante, cosa que en España no acontece. Podrá ser, pero es también que la opinión no está preparada al efecto. La iniciativa ha de partir del individuo: el Estado no puede preparar la canastilla de recién nacido, sin sospechar fundadamente el embarazo. Cuántos van por [135] ahí hablando del fruto de su vientre y... ¡compadezca Dios su hidropesía!

De nuevo salta al paso la cuestión del proteccionismo. Hoy por hoy son pocos los experimentadores con que podemos contar, y en la posibilidad de que ninguno de ellos pudiere aprovecharse del oficial apoyo, quiero saber para qué serviría que el Gobierno dotase con 100 millones de pesetas un gabinete de trabajos de experimentación, si había de poner a su frente, por ejemplo a... pero pluma queda: a dos pasos he estado de dejar caer sobre el papel treinta o cuarenta nombres de nulidades prestigiosas, que abunda eso más por esta tierra de gracia que el bacalao por los bancos de Terranova.

Lo mejor será dar por terminado el libro, no sea que haciendo traición a mis propósitos, cometa una inconveniencia. Tengo miedo a mi pluma que, quizá por ser femenina es, a veces, indiscreta.

Acaso se continúe

Transcripción íntegra de las páginas 129-135 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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José Verdes Montenegro y Páramo
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