Facundo Goñi
 
Informes diplomáticos inéditos

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Facundo Goñi

[ Despacho fechado en Guatemala el 30 de junio de 1856 ]

[ Sobre una reunión privada, celebrada en Guatemala el 25 de mayo de 1856, para tratar de «la invasión cada día creciente de los Estados Unidos en el territorio ocupado por los pueblos hispano-americanos», que ya ha tomado «todos los caracteres de una lucha entre las dos razas», mantenida por Facundo Goñi, encargado de negocios de España en Costa-Rica y Nicaragua, con Juan Nepomuceno de Pereda y Nazario Toledo, ministros plenipotenciarios de Méjico y de Costa-Rica en Guatemala, invitado por ellos. ]

 
Legación de España en Costa-Rica y Nicaragua

Nº 30

Exmo señor:

Muy señor mío. Los Ministros Plenipotenciarios de Méjico y de Costa-Rica en Guatemala, Sres. D. Juan Nepomuceno de Pereda, y D. Nazario Toledo me invitaron para que concurriera a una reunión particular que deseaban tener en mi presencia, con el objeto de tratar acerca de los peligros que amenazan a Centro-América y en general a todos los Estados hispano-americanos, y sobre los medios más conducentes a asegurar su independencia para el porvenir. Atendido el carácter privado de la conferencia no hallé inconveniente en asistir, como lo verifiqué el 25 del pasado Mayo. En ella manifestaron dichos dos Señores que la invasión cada día creciente de los Estados Unidos en el territorio ocupado por los pueblos hispano-americanos habrá tomado ya todos los caracteres de una lucha entre las dos razas: que en tal concepto la hispano-americana debía proponerse seriamente y desde luego la cuestión de su futura existencia y adoptar las medidas necesarias para su conservación y común defensa.

– Que por tanto, recordando que el año 1826 a excitación de Bolívar y por efecto de la guerra de la independencia se reunió en Panamá un Congreso de Plenipotenciarios de los diferentes Estados cuyo objeto era la formación de una liga ofensiva y defensiva, convendría hoy a imitación de lo que se hizo entonces, aunque con mayores motivos y casi espíritu y fines absolutamente diversos, procurar la reunión de una Asamblea de Representantes especiales de todos los Estados sea en Méjico o en otro punto que previamente se designará; Asamblea en la cual pudiera tener representación preferente la España como la Madre de toda la gran familia. Que en dicha Asamblea podría deliberarse sobre la formación de una alianza defensiva entre todos los Estados hispano-americanos, pudiendo entrar en ella la España con las condiciones de superioridad y con las ventajas que le corresponden de derecho y le serían reconocidas en las hipótesis indicadas.

– Y finalmente que si encontraba yo atendible el pensamiento enunciado, podría comunicarlo a mi Gobierno para los efectos convenientes.

Observé a dichos los Señores que encontraba laudable su pensamiento, y sobre todo el espíritu que lo animaba, si bien su realización hallaría naturalmente dificultades que se ocurren al examen menos detenido: que por lo demás, consideraba que sin comprometer mi puesto a los ojos de mi Gobierno podía darle cuenta de la conferencia como de una reunión particular y privada, exponiendo las reflexiones que estimara oportunas acerca del pensamiento emitido por dichos Señores.

Así terminó la entrevista, por consecuencia de la cual el Sr. Toledo, Ministro Plenipotenciario de Costa-Rica dirigió al Sr. Pereda que lo es de Méjico una Nota estimada como Memorándum de la conferencia, y destinada a ser el punto de partida para las gestiones ulteriores. El Señor de Pereda me ha remitido copia de dicha Nota, y juntamente una comunicación reservada, cuyos dos documentos acompaño a V. E. Hasta aquí la relación de lo sucedido, sobre lo cual he creído que no sería improcedente informar a V. E., añadiendo sobre la idea lo que paso a manifestar.

Desde luego ignoro naturalmente hasta que punto serán atendidas por sus respectivos Gobiernos las gestiones tan celosamente iniciadas por los dos citados Ministros Plenipotenciarios: ignoro igualmente si en el caso de que fueran favorablemente acogidas serían aceptadas también por las demás Republicas hispano-americanas; pero admitiendo la hipótesis de que el pensamiento hallase eco en los Gobiernos de éste hemisferio y de que se intentara convertirlo en hecho, me permitiré elevar a la superior ilustración de V. E. las consideraciones que en el puesto en que me hallo me sugiere el examen de aquel proyecto.

Que la liga de los pueblos hispano-americanos esté motivada por las circunstancias y aconsejada por los peligros que los amenazan es cosa harta obvia para que necesite demostrarse, y en tal grado, que no se presenta en el horizonte visible otro remedio contra los ataques perseverantes y cada día más intensos de que parcialmente y en detalle está siendo objeto.

También parece incuestionable la conveniencia para la España de entrar en aquella liga, si fuese fácilmente hacedera, y si las condiciones de la política europea y general no opusieran obstáculos o embarazos. Y la conveniencia de España no solo estribaría en las ventajas naturales para su comercio, intereses materiales, y poderío, sino muy principalmente, y con relación a un porvenir más lejano, en la conservación de su raza y su lengua.

Pero si todo esto es cierto, no lo es menos que el pensamiento de la liga hispano-americana sobre ser ya tardío y haber dejado pasar su mejor oportunidad hallaría fuertes dificultades en el carácter y en la condición moral y material de éstos Estados. Y aun realizado, es decir, estipulada y formada la alianza, todavía se hace difícil y es improbable que produjera los resultados eficaces y positivos que deben ser su objeto.

Sin embargo de todo, como la idea de la liga es alimentada por las personas sensatas de América, y forma la aspiración general, como no se ofrece otro remedio conocido contra el peligro que amenaza a estos Estados, como todo cuanto se haga en el sentido de su unión aun cuando no tenga las consecuencias reales que debieran desearse, será siempre favorable a su situación y porvenir, nunca puede desdeñarse, ni menos combatirse la iniciación y el proyecto de aquella alianza.

Procuraré desenvolver brevemente éstos varios puntos.

Las Repúblicas hispano-americanas emancipadas de su madre patria prematuramente y sin la preparación ni medios ni elementos para ser Estados independientes y constituir economía separada, han experimentado harto amargamente las consecuencias de aquel paso. Treinta años hace que agitándose en convulsiones y pasando sin cesar de la anarquía más deletérea al despotismo más infecundo apenas han hecho otra cosa, salvo alguna excepción, que destruir los elementos sociales que les legó la España. Porque las Repúblicas hispano-americanas no por haberse emancipado dejaron de ser menores de edad, ni adquirieron por eso condiciones de Gobierno ni personalidad propia. Cuerpos débiles material y moralmente como compuestos de población escasísima relativamente a sus inmensos territorios y formada además en su base de la raza indígena cuya incapacidad intelectual es harto notoria, se han resentido constantemente del vicio radical de su constitución. Habiendo adoptado además, bien que fatalmente, la forma política más contraria a su índole y a sus antecedentes, resultó que el régimen y Gobierno establecidos han sido siempre y necesariamente una mentira en la práctica. Como no tenían en sí mismos estos pueblos elementos tradicionales de poder público, como además veían ante sus ojos el ejemplo fascinador de los Estados Unidos, imitaron irreflexivamente sus instituciones y adoptaron la República con la más amplia declaración de derechos políticos. ¿Pero que derechos políticos, que igualdad, ni que voto público podría existir en pueblos compuestos en su mayoría de indígenas y en el resto de negros y mestizos principalmente? Resultó naturalmente que el poder quedó en manos del escaso número de blancos y de mestizos, y la política vino a ser una contienda entre cierto número de individualidades o de familias que han hecho siempre juguete de sus resentimientos y disensiones a la masa de la población.

Dichas familias aparecieron al hacerse la independencia divididas en dos secciones o llámense partidos, a saber, el llamado servil y el liberal: es decir (y cualesquiera que hayan sido las denominaciones adoptadas en diversos puntos) el que queriendo la independencia no quería la libertad, pretendiendo suceder al Gobierno Español y mandar con sus tradiciones; y el que quería la independencia unida a la libertad política en toda su extensión. De las luchas entre ambos partidos surgió el militarismo, que tan funesto papel viene haciendo durante los últimos seis lustros en éstos Estados. Pero como los llamados partidos políticos no han sido generalmente en éstos países agregaciones unidas por una doctrina o un principio común, sino parcialidades divididas entre sí por resentimientos personales, las contiendas han presentado siempre un carácter pequeño. Así se explica que hayan prevalecido tanto las rivalidades de localismo fomentadas por las largas distancias y la dificultad de comunicaciones materiales, y que se haya revelado en éstos pueblos desde la independencia la propensión a dividirse y subdividirse en pequeños Estados habiendo quedado fraccionados hasta la impotencia las grandes demarcaciones que existían unidas bajo la dominación española.

Así se explica que existan erigidas en naciones soberanas e independientes pequeños grupos de pueblos que solo eran oscuros departamentos bajo el Gobierno Español, y que no poseen condición alguna material, ni política, ni social, ni intelectual para conservar su independencia como cuerpos morales. Por eso es tan frecuente encontrar en el régimen y gobierno de estos pueblos la parodia y la puerilidad propia de la falta de personalidad propia de que adolecen: por eso al comparar su lenguaje oficial con la realidad corresponden tan mal por lo común las cosas a las palabras afectando extrañamente a todo europeo que por primera vez visita éstos países. Como quiera es lo cierto que entregados a sí mismos éstos pueblos han caminado desde su emancipación desvirtuando sus fuerzas más y más cada día tanto por sus disensiones interiores, como por el fraccionamiento de las antiguas demarcaciones. Las naciones extranjeras que las alentaron y ayudaron en la obra de su independencia solo llevaron en mira por una parte debilitar a España, y por otra explotar a las colonias sublevadas. Así se encuentran tan repetidos los ejemplos en que han sido víctimas de exacciones violentas y de ocupaciones de territorio, ejercidas con frívolos pretextos.

En semejante situación las Repúblicas hispano-americanas, solas con su división y su anarquía, se han encontrado a vuelta de algunos años e inopinadamente con un pueblo de raza distinta que habita su mismo hemisferio, cuyas instituciones y leyes habían imitado, cuyas costumbres y prácticas habían pretendido remedar en su inexperiencia, y éste pueblo se presenta hoy como su enemigo declarado, como el genio exterminador que se ha dado a sí mismo la misión y el destino manifiesto de aniquilarlos.

En efecto; el carácter las tendencias y los designios de los Estados Unidos, que se habían revelado bastante hasta aquí se presentan hoy demasiado imponentes en su desnudez para no poner pavor en el corazón de todos los pueblos hispano-americanos. Se anexaron a Tejas, adquirieron California, se agregaron a Nuevo Méjico, quedando así privado el antiguo Reino de Nueva España desde el año de 1832 hasta el 2 de Febrero de 1848 fechas del Tratado de Guadalupe Hidalgo de la mitad más mil novecientos treinta y nueva leguas cuadradas de territorio y replegadas sus fronteras desde el río Sabina hasta el río Grande del Norte. Después de esto y sin abandonar sus proyectos sobre el resto, han extendido los anglo-americanos sus miradas sobre el grande Istmo llamado Centro América, cuya ocupación dejaría a Méjico en el aislamiento. Años atrás estaban limitados a las costas del Atlántico: el Tratado de Oregón y la adquisición de la California les abrieron puertos al Pacífico atrayendo su población hacia el Oeste. Pero hoy quieren más: quieren absorber a Méjico todo y a la América Central poniendo sus fronteras en Panamá, quedando dueños de ambos mares; teniendo en su mano el Comercio del Mundo y la llave de comunicación con la América del Sur. Y marchan sin interrupción y con perseverancia. Sus águilas no detienen su vuelo sino para tomar descanso. El intemperante apetito de absorción de que parece hallarse poseída esta raza no tiene ejemplo en la historia. Se han visto pueblos guerreros animados del espíritu de conquista, y hordas de bárbaros invasores; pero no se ha visto un pueblo que ajeno a los sentimientos marciales, e insensible a la gloria militar, dueño de los recursos de la civilización material más avanzada, aspire como éste a extenderse por extenderse, y a absorber por absorber, como si obedeciese a un secreto y misterioso impulso, que le hace desear que solo su sangre sea la sangre que circule por las venas del género humano, que solo su lengua sea la que modulen los labios de los hombres. Y es tan poderoso éste instinto, que parece comunicarle su propia sangre, y tan vehemente, egoísta y exclusivo el sentimiento de raza que sintiéndose incompatible con las demás, aspiran a exterminarlas, especialmente las que consideran y llaman inferiores. Los españoles durante su dominación en América no solo consintieron a los indígenas sino que los favorecieron por medio de leyes sabias y benéficas; la raza anglo-americana por un sentimiento de aversión que parece innato propende a extinguir a los indios, y así lo verifica cuando se apodera de un territorio nuevo habitado por ellos.

Ahora bien, las Repúblicas hispano-americanas desde Méjico hasta el Uruguay, víctimas de discordias intestinas, débiles no solo en fuerzas, sino en su constitución social y política, ocupando con su población escasa y heterogénea dilatados territorios cuya extensión daña naturalmente a su fuerza y unidad, se ven atacadas parcialmente por una nación poderosa diferente en carácter y tendencias, unida en su solo sentimiento, invasora y absorbente que alternativamente y sin interrupción se posesiona de varios puntos, y proclama su pensamiento de apoderarse de todos.

Es pues llegado el caso de que las Repúblicas hispano-americanas se propongan seriamente la cuestión de su existencia. To be or not to be es el problema, cuya solución les urge tanto que quizás las ocupará ya tardíamente. ¿Y que otra solución puede ofrecérseles para defenderse de su común enemigo que el de una alianza y unión común? Sin renunciar cada una de la Repúblicas a su ser político y a su individualidad propia, sin abdicar su independencia y soberanía en cuya conservación teórica se muestran todas sobrado celosas; dependientes pudieran sin embargo corregir su actual fraccionamiento y suplir la falta de unidad política y gubernativa, con una liga ofensiva y defensiva franca, íntima, y cordial, que inspirada por la identidad de raza, carácter y costumbres, y sostenida por la conveniencia y la necesidad hiciera considerar común todo peligro, y atendiera a rechazar todo ataque exterior cualquiera que fuese el punto y el territorio en que se verificara. Este sería el único medio de conservarse y preservarse de las anexaciones parciales que las destruyen, si éste remedio es factible; porque si no lo fuese, nada les es dado hacer para sostenerse mientras la Providencia no quebrante las fuerzas del enemigo que las acecha, mientras ni se agote la vitalidad en que rebosa y que lo impulsa a desbordarse.

Por otra parte, el pensamiento de una alianza común ente las Repúblicas hispano-americanas no es nuevo pues que según queda atrás indicado se trató de realizar hace treinta años. El 15 de Julio de 1826 se deliberó y acordó por los Plenipotenciarios de las Repúblicas entonces existentes y reunidos en Panamá un Tratado de amistad perpetua entre todas ellas, en cuya obra trabajó Bolívar con más celo que provecho. Y lo que se intentó hace treinta años cuando tan distinta era la posición respectiva de los pueblos de este hemisferio, cuando los peligros que temían eran más remotos y de menos trascendencia, harto justo sería que se intentase hoy en que el peligro es inminente y que los Estados hispano-americanos se ven amenazados no ya en su ser político sino en su existencia natural y de su raza. Así es que los acontecimientos de Nicaragua han despertado generalmente la idea de la unión, como lo comprueban, entre otros, los hechos de que en éste punto se tiene noticia, el uno el haber propuesto el Presidente de Venezuela D. José Tadeo Monagas en su Mensaje dirigido el 20 de Enero último a la Cámara el restablecimiento de la antigua Confederación Colombiana; y el otro el haberse tomado en consideración el 27 de Marzo por la Convención Constituyente del Perú una proposición del Diputado Sr. Latorre excitando al Gobierno para que invitara a formar tratados de alianza defensiva para el caso de que una de ellas fuera invadida por cualquiera nación extraña. Tan sentido es ya el peligro, y la conveniencia de una alianza entre los Estados hispano-americanos. ¿Pero será la alianza efectiva y eficaz tanto como conveniente? Esto es lo que procuraré tratar más adelante.

En cuanto a la conveniencia para la España de entrar en la liga, no podría dudarse si pudiera efectuarse sin inconvenientes y producir resultados prácticos y positivos, cosas todas que no aparecen claras a la simple consideración del proyecto. La España que hace veinte años adoptó respecto a sus antiguas provincias americanas la política del reconocimiento, y que obrando como lo haría un Padre con respecto a sus hijos inconvenientemente emancipados, se decidió a tratar como iguales a los que habían sido sus súbditos, natural es que, reconocida y aceptada su nueva condición, tenga interés en estrechar sus relaciones con ellas como la voz de la sangre, los antecedentes y las afinidades de familia lo reclaman; siendo justo también que los pueblos hispano-americanos conociendo cuan desastrosa les ha sido en general su emancipación, tratarán de buscar en una unión íntima de familia el remedio a sus males. Y éste fenómeno se verificaría por la fuerza misma de las cosas si los pueblos americanos vivieran lo bastante para poder reemplazar a los pasados resentimientos de la lucha el afecto de familia, reacción tan natural y lógica en los pueblos como en los individuos en casos idénticos. Además, la idea de una alianza que sustituyera el antiguo estado de las cosas existió aun en la época de la guerra de la independencia. De ello es testimonio el plan presentado a las Cortes por varios Diputados en la sesión de 27 de Enero de 1822 cuyos artículos 14 y 15 decían así.

«Artº 14. Habrá una confederación compuesta de los diversos Estados americanos y de España con el nombre de Confederación hispano-americana, a cuya cabeza se pondrá nuestro Monarca Fernando 7º con el título de Protector de la grande Confederación hispano-americana, título hereditario para sus sucesores conforme al orden prescrito por la sucesión de la Monarquía.
Artº 15º. Dentro de dos años o antes si se puede habrá en Madrid un Congreso federativo compuesto de los representantes de los diversos gobiernos españoles y americanos en que se tratarán cada año los intereses generales de la Confederación sin perjuicio de la constitución particular de cada Estado.»

Este proyecto no fue aceptado por aquellas Cortes, las cuales solo acordaron el envío de Comisionados a América para informarse de la verdadera situación de los pueblos. Pero éste y otros hechos posteriores demuestran que si bien se han ofrecido siempre dificultades al proyecto, estaba en el sentimiento y en la conveniencia recíproca. Y a la verdad, si el proyecto fuera realizable nada podría llenar mejor los fines a que debe aspirar la España en sus relaciones futuras con América; a saber: el general de conservar una influencia privilegiada sobre la extensa parte del mundo que fue suya, y cuyos habitantes tienen la lengua, usos, costumbres y hasta consumos españoles; y el especial de hacerse un gran mercado de sus productos materiales y hasta intelectuales. Si a vuelta de algunos años sucede lo que sin vacilar puede pronosticarse, que la España se halle provista de las vías de comunicación interiores que se preparan, que sus productos se extraigan, y que su marina esté al nivel de su importancia, la España a la que falta campo para su expansión en el continente, la España así como tiene indicado su engrandecimiento territorial, si lo intentara, al otro lado del Mediterráneo, tiene también marcada la esfera de su vida comercial marítima en las regiones trasatlánticas que fueron sus dominios. Supuesto lo cual, la liga con América prepararía cumplidamente sus futuros destinos, si la ligas, aun suponiéndola factible de parte de éstos pueblos, no hallaría obstáculos en las condiciones de la política europea y en la situación de los pueblos del viejo y nuevo mundo.

Pero sobre éstas consideraciones de índole concreta, está el interés de la conservación de la raza que habla el idioma de Cervantes, que da testimonio vivo de nuestro inmenso poderío pasado, y cuya extinción en éstos países influiría fatalmente y de rechazo sobre la suerte y porvenir de la antigua Iberia. Es verdad que lo que se llama raza hispano americana no tiene sino en una parte escasa la sangre de los españoles. Harto conocido es que en la heterogeneidad de la población de éstas Repúblicas entran a componerla las razas, según los cálculos más atendibles, en las proporciones siguientes: una mitad de indígenas, un cuarenta por ciento de mestizos y negros, y un diez por ciento de blancos originarios de España. Pero siempre es cierto que la parte blanca, reuniendo por lo general la riqueza, la inteligencia y la dirección de las sociedades es la que sostiene la lucha contra la raza anglo americana. Así puede decirse con propiedad que la lucha actual existe entre la raza hispano y la anglo-americana; la primera poseyendo un espacio desmesurado y fraccionada, la segunda ocupando un espacio menor pero fuerte y unida; la primera aventajando en extensión, la segunda en intensión. ¿Cuál será el resultado de la contienda en que se debaten? Sea cual fuere nunca podría ser indiferente a España ni el resultado ni las consecuencias mediatas que serían su forzosa emanación.

A éste propósito y aun a riesgo de involucrar la cuestión, séame permitido añadir por vía de episodio que considerada la idea de la alianza hispano-americana el punto de vista más elevado que el político, e internacional, y con relación a un tiempo más lejano que el porvenir de algunos lustros, la realización de una alianza íntima estaría aconsejada no solo como defensa de la raza hispano americana sino de toda la raza latina. Porque la lucha que aquí se sostiene, si se la mira en su generalidad y en más vasta esfera que la de éste hemisferio, es la lucha entre el elemento latino y el anglo-sajón, lucha que cuenta muchos siglos de existencia, y que no tiene solo por teatro al nuevo mundo sino que comprende todas las zonas y se encuentra en todas las latitudes.

La raza latina era Señora exclusiva del mundo cuando la anglo-sajona y la eslava hoy tan vigorosas y amenazadoras se hallaban en la obscuridad y en la barbarie. Entonces la raza latina cuyo poderío no había tenido ejemplo en lo pasado, se halló reunida en un solo cuerpo de nación. Esta unidad política se quebrantó con la invasión de los bárbaros y con la caída del Imperio Romano; pero la raza aunque fraccionada sobrevivió a aquel cataclismo, y aun volvió hasta cierto punto a unirse bajo el cetro de los Monarcas de Castilla, extendiendo sus dominios por el vasto mundo de Colón.

Pero la raza latina principió a declinar hace dos siglos en virtud de la ley de alternativa de todos los seres físicos y morales, al paso que en dicha época ha adquirido la anglo sajona una prepotencia desmesurada, prepotencia que la hace dueña del presente, y que solo puede recelar del crecimiento progresivo con que la amenaza la raza eslava en los futuros destinos humanos.

Pero en la época actual la preponderancia y tendencias absorbentes de la raza anglo-sajona se manifiestan en todos los puntos del globo. Ella es su rama primogénita, partiendo desde las islas británicas, su asiento natural y primitivo, es dueña en gran parte del Mediterráneo cuyas llaves posee, y que domina después con la ocupación de Malta y de las islas Jónicas; pesa sobre el istmo de Suez; circunvala con sus numerosas posesiones al África hasta el Cabo. Después tiende su imperio sobre las innumerables islas de la inmensa Oceanía, y sobre los preciosos territorios de la Australia. En el hemisferio Americano arranca su dominación desde el polo ártico pasando de la Groenlandia por el Labrador y el Canadá, hasta los Lagos en donde la rama segundo-genita continua el imperio hasta el Atlántico por las Floridas, y hasta el Pacífico por California amenazando extenderse indefinidamente. Pasando del Norte al Sur de la América posee un gran número de Islas en el Archipiélago de las Antillas, ocupa la Cayena y desciende posesionándose de varios puntos hasta las extremidades de ésta parte del mundo. Tan colosal y múltiple dominación en una raza que cuenta con los recursos y medios de la civilización más adelantada, no puede menos de inspirar serias alarmas para el porvenir a la raza contra la cual asesta sus tiros.

Y es de notarse que en el sistema de invasión que desde sus tiempos primitivos caracteriza a los anglo-sajones la raza segundo-genita descuella y aventaja con gran exceso a la primitiva y ostenta una fuerza de invasión desconocida por su osadía y arrojo.

En vista de esto ocurre naturalmente que si bien las dos ramas de la raza anglo-sajona pueden tener disidencias pasajeras entre sí y divergencias en sus intereses respectivos, ambas sin embargo caminan a un fin respecto a las demás, al engrandecimiento y extensión de la suya propia, a la absorción de territorios, a la dominación del mundo. La Inglaterra y los Estados Unidos, son ramas de un mismo tronco; y podrán encontrar rivalidades en su común tendencia, pero es uno mismo el genio, el carácter el instinto de ocupación y el fin de sus esfuerzos, como es una misma la sangre que las anima.

Y precisamente sus mismas rivalidades suelen servir al resultado común. Cuando en un punto dado una raza ataca, y la otra defiende, bajo éste doble título ambas absorben, y sus escisiones tienen el carácter de una emulación para apoderarse más pronto de la presa.

Ahora bien; si la raza anglo-sajona no se detuviese en su marcha si como todas las probabilidades anuncian sigue acreciendo su imperio ¿no es de temer que a vuelta de cierto tiempo el mundo llegue a ser anglo-sajón?

La cuestión así mirada adquiere las más vastas proporciones y no afecta solo a la España a pesar de ser la principalmente interesada, sino que afecta a Francia, Italia y a todas las naciones de origen latino. La cuestión así mirada deja de ser americana para ser europea y universal. Porque si el peligro amenaza hoy a las Repúblicas de las Indias occidentales, andando el tiempo se sentirían de rechazo sus efectos en todos los pueblos afines, cualquiera que sea la parte del mundo que habiten. Porque si solo la Inglaterra, cuya población constituye la primera rama, domina hoy la cuarta parte del Globo, el día en que los anglo-americanos se apoderaran de éste hemisferio el mundo quedaría a discreción de la raza.

Séame dispensado el precedente episodio, aunque un tanto inoportuno, y sin que pueda desconocer que tan lejanas aunque probables eventualidades no pueden determinar el sistema político de una nación, cuyo carácter es siempre más concreto y tiene que ajustarse a necesidades más próximas y a veces a resultados inmediatos.

Por eso, y volviendo a considerar la cuestión únicamente en lo que tiene de hispano-americana, resulta de todo lo expuesto que éstos pueblos están en el caso de multiplicar los esfuerzos para defenderse y para alejar e impedir la dominación que les amenaza dando tiempo a que se quebrantaran las fuerzas de los invasores si tales fuesen los designios de la Providencia. Y a la España tocaría una parte preferente en ésta empresa si las circunstancias todas la pusiesen en aptitud de acometerlas.

Pero como dejo indicado al principio el proyecto de unión entre las Repúblicas hispano-americanas ofrece a la simple consideración grandes dificultades, y puede además conjeturarse que aun realizado sería estéril en sus consecuencias, atendida la escasez de elementos para llevarlos a cabo.

Desde luego ocurre que el proyecto de alianza ofensiva y defensiva aun limitada entre las Repúblicas hispano-americanas, viene tardíamente después que Méjico se encuentra despojado de la mayor parte de su antiguo territorio, después que los Norte-americanos se han puesto en posesión de importantes puertos en el Pacífico, después de haberse posesionando, de hecho al menos, del Istmo de Panamá por medio del ferrocarril construido en aquel tránsito, y por último después de haber invadido a Centro-América y hallarse ocupando por medio de Walker a Nicaragua que amenaza a los otros Estados y va agotando en una lucha de ocho meses los recursos de éstos.

Así es que la población americana que se extiende desde Panamá hasta los confines de Méjico con la Unión se encuentra atacada en unos puntos, comprimida en otros, y por consiguiente en condiciones poco desembarazadas para concurrir a la liga hipotética con esfuerzos enérgicos.

Solo la América del Sur libre hasta hoy por su misma distancia de la presión anglo-americana está en mejores condiciones bajo éste concepto.

Pero dejando a un lado lo tardío de la época en que pudiera agitarse el proyecto de la liga, y pensando en él, según las actuales condiciones de la América española, ocurre naturalmente que surgirían graves dificultades a su realización. Es lo más verosímil que iniciada la idea por cualquiera de los Gobiernos de las diferentes Repúblicas faltase el acuerdo en lo demás para ejecutarla; y esta falta nacería de lo que precisamente constituye el malestar de los pueblos hispano-americanos, según dejo atrás expuesto, de sus disensiones individuales, de sus rivalidades de localismo, en suma de su anarquía interior y exterior. Surgirían disidencias respecto al punto de residencia del proyectado Congreso, se despertarían las susceptibilidades celosas en las naciones pequeñas y los temores de absorción de su independencia, y vendrían los pequeños resentimientos interiores a formularse en cuestiones de partido, y en suma se disiparía el proyecto mejor combinado. Así es que para defenderse estos Estados contra el enemigo común que los amenaza necesitan primero defenderse contra sí propios; y antes de intentar vencerle deberían procurar triunfar de sí mismos, triunfo siempre el más difícil en las naciones como en los individuos. Deberían estos pueblos sustituir el orden a la anarquía, la unión a las perpetuas divisiones y desconfianzas, al patriotismo de aldea y al instinto de localidad y de caciquismo, y en fin la virilidad de una inteligencia seria, a la puerilidad de la imitación y de la parodia.

Pero aun en la hipótesis de que el proyecto de la liga fuera ejecutado sin restricciones por todos los Gobiernos americanos y de que se acordara y sancionara en un Congreso especial de Representantes, ¿que medios eficaces de defensa común podrían emplear estos Estados los unos respecto de los otros? Si se considera la escasez de su población respecto a sus incultas y dilatadas tierras, el atraso social en que viven, la falta de vías de comunicación terrestre, la escasez de medios marítimos, la penuria que de ordinario los aqueja, las distancias que separan a unos de otros y en suma la imposibilidad de auxiliarse ¿de que serviría el compromiso estipulado y escrito? ¿cómo un departamento de Méjico atacado por invasores podría ser defendido eficazmente por fuerzas de la América del Sur ni viceversa atendidas las condiciones en que se encuentran?

Véase pues, cuan difícil y cuan poco practicable aparece el proyecto de una alianza común defensiva entre todos los Estados hispano-americanos. Y éstas conjeturas se desprenden sin esfuerzo del espectáculo que ofrecen todos ellos desde Méjico pasando por Centro América, Nueva Granada, Bolivia, el Perú, hasta el Río de la Plata. Solo Chile es una laudable excepción, pues cualquiera que sean las causas que lo eximan de la suerte de los demás, sea la influencia del clima, o su posición marítima, o la homogeneidad de su raza, o las condiciones de su Gobierno, Chile progresa en todas las esferas y bajo todos los aspectos. Esta excepción pudiera inspirar aliento y confianza respecto a las demás Repúblicas, si desgraciadamente no se encontraran estas en condiciones harto desfavorables para poder seguir aquel ejemplo. Y sin embargo las Repúblicas hispano-americanas ocupan la más ventajosa posición del globo para el comercio, posee los productos más variados; conservan aun dos tercios del continente americano: tienen la unidad de la Religión, lengua y costumbres: cuentan cuarenta años de desorden y de amargas experiencias, causas todas que debieran impulsarlas al orden, a la unión, a la restauración de sus fuerzas, y al fomento del bienestar; pero no ofrecen esperanzas de tan deseado cambio, y por más lamentable no es menos real que si continúan como hasta aquí, es fuerza condenarlas a vivir más o menos en la infancia que sería seguida de una muerte fatal y próxima.

Supuesto cuanto dejo expuesto considero innecesario descender a examinar otras hipótesis. Creo innecesario conjeturar si todas las Repúblicas hispano-americanas entre las cuales hay algunas no reconocidas aun por la España y dominadas por resentimientos como Nueva Granada, acogerían el pensamiento de una unión con la madre-Patria. Creo igualmente innecesario conjeturar acerca de la forma en que podría efectuarse la liga de las naciones hispano-americanas con su antigua madre patria, es a saber, en qué términos y con que condiciones hubiera de hacerse la alianza; que posición hubiera de ocupar la España, que ventajas habrían de ofrecérsele y dentro de qué limites habría de obligarse: finalmente que garantías hubieran de estipularse y por que medios podría conseguirse mejor el objeto. Creo innecesario repito considerar ni aun hipotéticamente estos puntos porque la alianza solo podría ser aceptada por la España en cuanto se limitara a dar por resultado la mayor estrechez e intimidad en sus relaciones con estos pueblos, pero no en cuanto la obligara a esfuerzos materiales arriesgados y sin compensación; no en cuanto la creara conflictos perjudiciales; no en cuanto le acarreara compromisos extraños.

Otra cosa sería que la España tan privilegiadamente favorecida por sus títulos naturales para tratar con éstos países, entrara en un acuerdo colectivo que se adoptaría por las Potencias Occidentales de Europa o por las que tengan intereses en ésta parte del mundo, con el objeto de mantener las actuales Repúblicas hispano-americanas y preservarlas de la absorción que las amenaza. Esto, siquiera no envolviera para la España la trascendencia de su política indicada en el porvenir, sería factible y más capaz de producir los resultados inmediatos que se pretenden.

A pesar de todo cuanto dejo manifestado consideré no solo lícito sino conveniente fomentar en los atrás citados Representantes de Méjico y Costa Rica la idea de la alianza, no por que dejaran de apreciarse en la reunión particular los obstáculos que se presentan a su realización, sino por comprender que nada de cuanto se haga en el sentido de la unión puede perjudicar a los intereses de estas Repúblicas, ni por consecuencia a los de España identificados con aquellos bajo éste respecto.

Como quiera, si la idea a que se refiere el presente Despacho mereciera alguna atención, V. E. en su superior compresión juzgaría respecto a los medios que fueran oportunos para impulsarla, ya encargando confidencialmente a todos los Representantes de S. M. en América que explorasen a los Gobiernos y comunicaran sus informes y sus observaciones a V. E. ya prescribiéndoles en una instrucción vaga y genérica la conducta que debieran seguir en el caso de que se les propusiera éste asunto y con respecto a las eventualidades que se ofrecieran para lo futuro. Creo más probable que V. E. estime conveniente prescindir absolutamente de la idea mientras no tome otra forma y otras proporciones; pero así y todo he considerado que quizás no serán improcedentes las reflexiones que a propósito del proyecto me he permitido exponer en el presente Despacho.

Dios guarde a V. E. muchos años.
Guatemala 30 Junio 1856

Exmo Señor
B. L. M. de V. E. su atento y seguro servidor,
Facundo Goñi

 
[ Transcripción íntegra y literal del texto, actualizando la ortografía, realizada por Iván Vélez Cipriano
a la vista del original manuscrito conservado en el Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores de España,
Fondo Correspondencias, Nicaragua, 1854-1857, número 30. ]


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