Filosofía en español 
Filosofía en español

cubierta del libro

Discurso leído en el solemne acto de recibir la investidura de Doctor en Medicina y Cirugía, por don Antonio Gómez Torres.

Imprenta médica de D. Manuel Álvarez, calle de San Pedro, núm. 16
Madrid 1866

¿Cuál es la educación física y moral de la mujer más conforme a los grandes destinos que le ha confiado la providencia?

——

Ilmo. Sr.

Cualesquiera que sean los usos y leyes,
las mujeres forman las costumbres de todos los países.
Aimé-Martin.

Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Sor Juana de la Cruz.

Si contemplamos por un momento esa agitación febril que embarga todos los espíritus, ese pasmoso movimiento intelectual que está realizando por medio de la prensa, de la tribuna y de los diferentes círculos científicos la mayor revolución que jamás ha conmovido al mundo; si examinamos con fría razón nuestra turbulenta sociedad, y paramos la atención en los vicios que la corroen, y las encontradas pasiones que la conmueven y agitan, veremos que, hoy mas que nunca, necesita la humanidad para no precipitarse en el abismo, de una mano bienhechora que, apartándola de la peligrosa vía que ha emprendido, la encamine en el sentido del bien y de la verdad.

Pero, ¿a quién encomendar tan importante misión? ¿Será por ventura algún guerrero, algún filósofo o algún consumado político, el encargado de levantar sobre bases sólidas los cimientos de una civilización nueva?

Hay en la tierra una divinidad olvidada, que nos educa cuando niños, que nos inspira cuando hombres, que rige al mundo a su capricho sin figurar en nada, con quien el hombre comparte sus placeres e infortunios; y este misterioso ser es el único capaz de salvarnos del cataclismo que de cerca nos amenaza.

Buscamos la causa de nuestras perturbaciones en las doctrinas de los filósofos, en la forma de gobierno, en las leyes más o menos sabias que nos rigen, y nos olvidamos de las que enseñan a los filósofos, de las que dirigen a los gobernantes, de las que imponen la ley a los legisladores, nos olvidamos en una palabra de la mujer: ella es, pues, la gran arma que debemos esgrimir contra ese cúmulo de vicios, que cual terrible cáncer, corroe los fundamentos de nuestra vacilante sociedad. Si esto es cierto si pues conocemos el mal, hora es todavía de aplicar el remedio: eduquemos a la mujer.

Y ¿cuál es la educación física y moral de la mujer, más conforme a los grandes destinos que le ha confiado la Providencia?

Para comprender la importancia del tema, echemos una ojeada, siquiera sea rápida, sobre la historia de la humanidad, y veremos, que sus progresos y decadencia, se encuentran estrechamente ligados con el grado de moralidad y cultura de las mujeres, hasta tal punto que según un sabio de nuestra época{1}, la civilización no es otra cosa que el respeto a la mujer.

El pueblo más floreciente de la antigüedad era el pueblo hebreo, y nótese que era el único que respetaba a la mujer. Vemos a Roma, en medio de su severidad de costumbres, levantarse a una altura sorprendente; viene luego la inmoralidad y la licencia, que, desde el palacio de Augusto{2}, del reformador de las costumbres públicas, se irradia a las últimas clases sociales, y principia Roma a decaer hasta arruinarse su vasto imperio; en esta época de decadencia, dice Séneca, que las matronas romanas contaban los años, no por la sucesión de los cónsules, sino por el cambio de maridos. Paulo Emilio, al repudiar a su mujer, dijo: «yo he hecho lo que con un zapato cuando incomoda:» así que, envejecer o dejar de agradar, era un crimen para la mujer romana: no era una esposa, una compañera lo que el hombre buscaba: sino un rostro agradable.

Aparece luego el cristianismo y cambia por completo la suerte de este interesante ser; ya no es la esclava sino la compañera del hombre; se le enseña que él es el rey de la creación y la mujer es la reina; que el marido y la mujer forman un cuerpo y una sola vida; que no pueden poseer ningún bien dividido, y que extendido el mismo cobertor sobre ellos, son igualmente ricos. Se establece la santidad e indisolubilidad del matrimonio en estas significativas palabras: Serán dos en una carne; lo que Dios unió no lo separe el hombre{3} y la mujer del estado de abyección y desprecio en que se encontraba, se eleva al rango mas alto que podía soñar. De simple instrumento de placer, pasa a ser digna madre de familia, rodeada del respeto y consideración de los hijos y dependientes: así se creó la identidad de intereses, se garantizó la educación de los hijos, resultando esa intimidad en que se hermanan marido y mujer, padres e hijos, sin el derecho atroz de vida y muerte, sin facultad siquiera para castigos demasiado graves; y todo vinculado por lazos robustos, pero blandos, afianzados en los principios de la sana moral, sostenidos por las costumbres, afirmados y vigilados por las leyes, apoyados en la reciprocidad de intereses, asegurados con el sello de la perpetuidad y endulzados por el amor{4}. La mujer rehabilitada por el cristianismo volvió a ser la ayuda, la compañera, el ángel del hombre{5}.

Viene después el protestantismo, esa secta hija de la soberbia de un hombre, y se empeña en destruir el benéfico influjo del cristianismo, predicando la solubilidad del matrimonio y dejando al libre arbitrio el establecimiento de la poligamia{6}: con él pierde la mujer su influjo en la familia, falta ese consensus unus et conspiratio única: desaparece ese amor desinteresado y puro que forma el poema de la vida, y el hombre, en fin, se envilece, porque desde las dulzuras del amor conyugal, hasta el embrutecimiento del serrallo, ha dicho un escritor{7}, hay la misma distancia, que de la civilización a la barbarie.

En nuestra época, la mujer tiene consideraciones diferentes según el país donde se la estudia. La mujer dice el P. Ventura no es lo que debe ser sino en los pueblos cristianos.

Donde quiera que el cristianismo es desconocido, la mujer carece de personalidad civil y aun de personalidad humana: tal pasa en Turquía, en Persia, en las Indias, Japón, Australia, Egipto, Marruecos y en todo el resto de África: en unas partes es una propiedad, una cosa que se compra, que se vende y que se destruye cuando se quiere: en otras es una bestia de carga, una máquina condenada a los más penosos trabajos: en otras no es más que una esclava, que se castiga, que se arroja de la casa o se abandona a la miseria y a la deshonra: y en otras partes, en fin, no es más que una víctima que se inmola a la superstición mas estúpida. ¡Y todo esto pasa a la vista de los pueblos civilizados y en pleno siglo diez y nueve!

En los mismos países católicos es todavía un ser arrojado de su lugar, caído de su tronco, relegado por el orgullo del hombre al mundo de los placeres y de las frivolidades, sin libertad para el bien y como dice un compatriota{8}, «el mundo no sabe todavía, lo que es, ni lo que es capaz de ser la mujer; la sociedad le cierra la boca desde que nace hasta que muere. De esta rápida ojeada histórica vemos efectivamente, resaltar como hecho capital, que el engrandecimiento o decadencia de los pueblos está en perfecta relación con su moralidad; se moraliza y se engrandece: viene la perversión de costumbres y decae.

¿Y quien es el encargado de moralizar los pueblos? quien moraliza las familias; quien moraliza los individuos; la mujer, en cualquiera de los períodos de su vida en que la consideremos. Cuando niña, enseña a sus hermanitos a balbucear aquellas mismas palabras que ella hace poco balbuceaba: se une luego a un hombre, y si era descuidado o indiferente, lo hace justo y devoto, imprimiéndole sus virtudes de una manera dulce y suave: como madre, en fin, es la encargada de esculpir en el corazón de sus hijos las primeras ideas morales y religiosas, y enseñar con su lengua y ejemplo todas las virtudes domésticas.

Si nos propusiéramos extendernos entraríamos en consideraciones filosóficas de alta importancia, y demostraríamos palpablemente, que la mujer física, es el complemento del hombre físico: y la mujer moral es el complemento del hombre moral; resultando que a través de la idea de dualidad, que nos dan a primera vista los reyes de la creación, se descubre la unidad de estos dos seres privilegiados, siendo el uno parte integrante del otro, y percibiéndose en todo la dualidad aparente y la unidad real. Vemos en uno contornos duros, en otro suaves y mórbidos; en uno la dureza de carácter, en el otro la dulzura; el uno interviniendo con energía en los asuntos públicos, el otro sirviendo de ángel de paz en el hogar doméstico, y realizando entre ambos un solo y único fin: puede decirse que el hombre es la cabeza, y la mujer el corazón del mundo.

De las consideraciones anteriores se desprende, que la mujer, esa hermosa flor de la naturaleza, tiene como el hombre, misiones importantísimas que llenar sobre la tierra. Como ser físico le ha encomendado la Providencia la conservación de la gran obra del Criador; como ser moral está destinada a ser la compañera del hombre así en lo divino como en lo humano, socia rei humanae atque divinae, dice Godiano: no es bueno que el hombre esté solo, hagámosle una ayuda semejante a él non est bonum esse hominem solum; faciamus ei adjutorium simile sibi, dice el libro de los libros{9}. De estas palabras, que envuelven una ley de orden social, se deduce, no solo que la mujer es por lo menos de igual condición que el hombre, sino que también está destinada por el Supremo Hacedor a ser la compañera, la ayuda del hombre en todas sus necesidades ya materiales, ya espirituales, y por consiguiente a ejercer una misión no solo en el estado doméstico, sino también en el político y religioso. Considérese bajo este doble aspecto a la mujer, y veremos cuan injustos son los detractores de la más bella e interesante mitad del género humano.

En cada uno de los destinos que la Providencia confió a la mujer, tiene esta que cumplir con deberes muy sagrados, que ha de conocer para practicarlos, y realizar así la voluntad del Supremo Legislador. Nada hay más trascendental, ni más descuidado, que la educación de la mujer: ella, según que se la educa bien o mal, ofrece fases muy diversas, que han sido la causa de que los filósofos de todas épocas la pinten con caracteres tan encontrados, presentándola unos, como ángel tutelar, sin el cual es imposible toda dicha; otros como la mayor de las calamidades: tomando por tipo unos, para sus inspiraciones, la mujer honrada y virtuosa; y otros para sus epigramas, la mujer perversa y descreída; ella es, dice un sabio de nuestra época, poderosa y débil, sublime y baja, apasionada y feroz, compasiva y cruel; ella es capaz de sufrirlo todo y de emprenderlo todo. Ella es lo mejor y al mismo tiempo lo peor, lo más horrible y lo más funesto que hay en la humanidad; ella es un ángel o un demonio, es una criatura admirable o un monstruo.

Si tan hondas modificaciones es capaz de imprimir la educación, si tal es su importancia, si tan trascendentales son sus consecuencias, veamos ahora las ventajas sociales de esta segunda naturaleza.

El objeto de la educación es, según Kant, desarrollar a cada individuo en toda la perfección de que es susceptible; y constando de dos partes, ambas esenciales y ambas susceptibles de perfeccionamiento, habrá, y hay efectivamente, dos especies de educación; una, cuya tendencia será desarrollar el cuerpo en toda la perfección de que es susceptible, educación física: otra, y será la más importante, que tendrá por objeto la perfectibilidad del alma, educación moral. Si fijamos todo nuestro conato en la educación del alma, alteraremos el equilibrio necesario para el buen desempeño de las funciones que corresponden a la vida orgánica, y tendremos por resultado seres impresionables, raquíticos, entecos, sin aptitud para el trabajo corporal: el cuerpo y el alma, ha dicho un escritor, son el jinete y el caballo unidos para el mismo viaje: si desatendemos el caballo, no podrá llegar al fin de la jornada, si nos cuidamos de él exclusivamente, se debilitará el jinete y no podrá refrenarlo: será pues el bello ideal de una buena educación el desarrollo de ambos.

La mujer, ser por naturaleza débil, necesita por esta razón no omitir medio alguno para dar vigor a su organismo, preparándolo, desde la primera infancia, al mejor desempeño de las importantes funciones que la naturaleza le ha de confiar; así lo reclama su egoísmo, y lo exigen también las generaciones venideras: ella es un vástago cuyas ramas han de perderse en la posteridad.

La alimentación de la niña deberá ser sana y reparadora, el aire que respire debe ser puro, los vestidos poco ajustados, a todo lo cual acompañará un ejercicio moderado y bien dirigido, con el fin de procurar el conveniente desarrollo de sus cavidades torácica y abdominal; así los trabajos gimnásticos, prefiriendo entre ellos los que adunan el movimiento al recreo, son de una utilidad indisputable; el baile, equitación, paseo, natación y algunos otros se encuentran en este caso.

Reseñados ligeramente los principales medios que a la educación física se refieren, nos vamos a ocupar; a grandes rasgos también, de la educación moral: esta con la intelectual tiene tan estrechos vínculos, tantos puntos de contacto, que su aislamiento, siempre difícil, ha de ser necesariamente artificial; sabemos que no es lo mismo la educación que la instrucción, pero las consideramos sin embargo como dos ruedas dentadas, que engranan perfectamente y que han de funcionar durante la vida de un modo simultáneo. Todas las desgracias que legítimamente deplora la mujer, todas proceden de su viciosa educación: la mujer de nuestra sociedad todo se lo promete de su belleza física ¡fatal ilusión! los placeres que tal belleza proporciona son tan fugaces como el humo; después el hombre principia a buscar con noble afán otra belleza de que la mujer no se cuida, y es la única capaz de proporcionarle días de paz y de ventura; no la encuentra y entonces aparece el hastío con su repugnante faz, y principia el período de martirio para la mujer.

No es necesario para contrarrestar estos vicios, verdaderas úlceras sociales, una vasta instrucción: bástale a la niña, durante sus primeros años, aprender a la vez que sus labores peculiares, lo que constituye la enseñanza elemental: ligeros rudimentos de historia natural, que le enseñarán el modo de ser y relaciones que existen entre los diversos seres que pueblan el universo: algo de geografía e historia, que le darán a conocer la razón de los principales fenómenos meteorológicos, la extensión y divisiones de la tierra, y a grandes rasgos las vicisitudes porque ha pasado la humanidad, desde que el Criador de todo, disipando las tinieblas del caos, produjo la luz y cuanto admiramos; nociones un poco más extensas de la historia patria, que le pondrán de manifiesto los hechos más gloriosos de sus mayores, las vicisitudes porque atravesaron, y las causas determinantes de sus períodos de engrandecimiento y decadencia; lo que se debe prodigar, digamos así a la niña y a la mujer, es la enseñanza religiosa. Si los estudios históricos, geográficos, &c. pueden concluir a los catorce o quince años, la enseñanza moral y religiosa debe durar toda su vida: allí aprenderá sus deberes como hija; las obligaciones que respecto a su esposo contrae en el sacramento del matrimonio; las que le impone la tierna posición de madre, y por último, los deberes que la sociedad tiene derecho a exigirle como mujer.

Enséñese a la niña desde la más tierna edad algunas oraciones, para inculcarle el deber de tributar a Dios el homenaje debido por sus beneficios, a la vez que el respeto y consideración que ha de tener a sus padres y mayores; más adelante, cuando principia a cuidarse de su belleza física, se le marcará la pequeñísima importancia que tiene cuando se la compara con la moral: lo pasajero de la primera, lo duradero de la segunda: que la primera puede ofrecerle algún placer fugaz como ella, y muchos dolores permanentes; y de la segunda ha de esperar placeres tan eternos e infinitos como el ser a quien se complace. Las conquistas de la belleza, dice a este propósito un escritor, aprisionan solo el corazón, o como si dijéramos, la mitad del enemigo: la otra mitad, la inteligencia, que queda libre, no tarda mucho en conseguir el rescate absoluto del cautivo.

Pasada esta primera época de la vida, durante la cual se le ha enseñado a conducirse como tierna hija y cariñosa hermana, aparece en la mujer un sentimiento vago, una inquietud que le atormenta y que al principio no sabe descifrar; pero bien pronto esta perturbación moral, cede su plaza al amor, a esa llama que ardiendo en el cielo, según la feliz expresión de un poeta, brilla hasta nosotros con sus dulces reflejos: ábresele a la mujer desde aquel momento nueva vida; adórnala la naturaleza con todas sus galas: y del mismo modo que las flores se matizan con los más vivos colores para ser fecundadas, así la mujer, en este brillante período de su vida, presenta en relieve todas sus gracias.

Entonces es cuando necesita de una grande enseñanza para dirigir en sentido conveniente los ciegos impulsos de su corazón: entonces es cuando se le debe hacer resaltar las excelencias y atractivos del pudor, de esa flor delicadísima, de hermosos colores, que apenas puede sufrir el leve oreo del aura más apacible, como dice el elegante Balmes: entonces es la hora de preparar a la mujer para ese amor religioso y puro que hace decir a Clementina: y cuando el ángel de la muerte se deje ver, le alargaré la mano y le diré: «Acércate ¡oh ministro de paz! Yo te sigo a las regiones a que anhelo llegar, y allí guardaré un puesto al hombre para quien no lo deseaba poco ha; pero a cuyo lado quiero estar eternamente sentada:» he aquí un modelo de amor santo digno de ser imitado.

Es necesario además disponerla para el matrimonio enseñándole, que es el paso más trascendental de su vida, y el que reclama más serias meditaciones, puesto que de él depende su dicha o infortunio temporal: debe oír previamente el consejo de sus padres y el de todas aquellas personas imparciales de reconocido criterio y moralidad; pero a la vez recomendamos a las jóvenes no acepten en manera alguna esos matrimonios de familia, absurdas combinaciones que no llevan otra divisa que el vil interés, y que ligan el porvenir de dos individuos al resultado de una operación matemática: en tales casos los padres creen haber hecho un gran negocio, y han asegurado la desdicha de dos seres, que ambos han podido vivir dichosos: el matrimonio, como ha dicho un escritor, es un magnífico alcázar que no tiene más que una puerta, el amor: el interés, es la puerta falsa. ¡A cuántos el egoísmo mal entendido de los padres ha servido para labrarles una dorada cadena de dolor y de infortunio! ¡Cuántos que nadan en la abundancia se reducirían de buena voluntad a la miseria por tener a su lado un objeto amado!

Hasta ahora hemos considerado a la mujer formando parte de una familia más o menos numerosa; pero llega un momento en que, no bastándole el amor materno, desea una afección más íntima, más exclusiva; desea identificar su existencia a la del hombre a quien ama, y en el instante en que lo realiza, tiene lugar la formación de una sociedad igual a aquella que le dio origen, y que ha de ser a su vez fuente de otras sociedades; aquí es donde principia la verdadera importancia de la mujer. La joven que hasta entonces no había sabido más que obedecer, se trasforma en reina absoluta: desea y ve cumplidos sus deseos; quiere y es obedecida. Si hay un hecho incontestable, es la influencia de la mujer en todos los períodos de su vida, influencia que han conocido, que han confesado y que hasta han utilizado los hombres más sabios de todos los tiempos. Decía el poeta Horacio a los romanos: «Por más que hagáis, no os librareis de las grandes desgracias que os amenazan. Roma está arruinada, porque sus mujeres están corrompidas.» San Pablo en todas sus cartas se ocupa de la mujer y se encarga de instruirla. Tertuliano escribió varios tratados dirigidos exclusivamente a ella{10}. San Ambrosio una vez elegido obispo, lo primero que hizo fue escribir para cristianizar a las mujeres{11}. San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Gregorio, San Francisco de Sales, todos estos grandes hombres rivalizaron en celo por la cultura de la mujer. Comprendían bien que el hombre forma la filosofía especulativa y la mujer forma la filosofía práctica: que el hombre tiene las ideas, pero la mujer las pone en acción: y que moralizando a la mujer, todo estaba hecho. Mientras la filosofía de Epicuro, dice el P. Ventura, no pasó los umbrales de las academias, poco daño hizo; pero llegó el caso de que la mujer la acogiera con tal entusiasmo, que no había una que no llevase la imagen de Epicuro pendiente de su collar o brazalete, y entonces principió aquella espantosa corrupción que aseguró la caída del imperio más vasto y más floreciente de la antigüedad.

Si el hombre amante, si el hombre esposo no es, como hemos visto, otra cosa que un espejo donde se reproducen fielmente las virtudes o los vicios de la mujer, al considerarla como madre diremos, que su alma ha de ser el alma de su hijo: a nuestro sexo, dice Le Maistre{12}, pertenece sin duda formar geómetras, tácticos, químicos; pero lo que llamamos hombre, es decir, el hombre moral, sería una gran desgracia que no haya sido formado en el regazo de la madre, porque nada es capaz de reemplazar esta educación. Si la madre considera un deber grabar profundamente en la frente de su hijo el carácter divino, podemos estar seguros de que la mano del vicio, no lo borrará jamás.

Hemos visto, Ilustrísimo Señor, la importancia de la mujer en todos los períodos de su vida, testificada por la historia; hemos procurado indagar los destinos que le confió la Providencia; hemos analizado los deberes que tiene que cumplir, para en relación con ellos, marcar la educación más conveniente.

Sentimos con toda nuestra alma, que ni la rapidez con que hemos tenido que concluir este imperfecto trabajo, ni nuestro limitado ingenio, nos hayan permitido tratar, de la manera que merece, un punto de tamaña importancia. Hágase, pues, conocer a la mujer lo que vale, aprenda que su influencia es omnímoda, su poder inmenso y edúquesele a la vez en la virtud, para que utilice estas prerrogativas de un modo conveniente, y al cabo de algunos años habremos conseguido, lo que no se logrará jamás andándose por los espacios imaginarios. La regeneración del mundo.

He dicho.

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{1} La Mujer Católica, por el R. P. Ventura de Raulica.

{2} Repudió Augusto a la virtuosa Escribonia, para casarse con Livia, descarada prostituta.

{3} Et erunt duo in carne una. Itaque jam non sunt duo sed una caro. Quod ergo Deus conjunxit homo non separet. Matth XIX.

{4} Balmes: El protestantismo comparado con el catolicismo, en sus relaciones con la civilización europea. Barcelona, 1857.

{5} Mr. Gaume: Histoire de la famille.

{6} Lutero en su comentario sobre el Génesis, dice: «Por lo que toca a saber si se pueden tener muchas mujeres, la autoridad de los patriarcas no deja en completa libertad: y añade esto, no se halla ni permitido ni prohibido, y yo por mí no decido la cuestión.

{7} Aimé-Martin: Educación de las madres de familia, o de la civilización del linaje humano por medio de las mujeres. Barcelona, 1856.

{8} Severo Catalina: La mujer apuntes para un libro. Madrid, 1864.

{9} Génesis.

{10} De habitu mulieris: De cultu faeminarum: De pudicicia: De monogamia.

{11} Tres libros: 1.º a las vírgenes: 2.º a las viudas: 3.º exhortaciones a la virginidad.

{12} Le Maistre: Veladas de San Petersburgo.

{Transcripción íntegra del texto contenido en un opúsculo de papel impreso de 15 páginas.}