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Folletos populares Fomento Social

 
La condenación del comunismo
 
por J. Azpiazu

 
 
 
Con licencia eclesiástica
Fomento Social
[ Madrid 1951]

 

La condenación del comunismo

por J. Azpiazu

¿Es cosa nueva la condenación del comunismo?

Gran revuelo armó en casi todas las naciones la reciente condenación del comunismo hecha por la Sede de Roma. Sobre todo en Italia, entre las huestes de Togliatti, y en Inglaterra, donde la suavidad del laborismo parece que no roza con la condenación; ha tenido también repercusión hondísima aun entre el pueblo protestante.

Pero ¿es nueva la condenación del comunismo? No. La condenación existía de antiguo; sólo que ahora se ha puesto más claramente de manifiesto a la vista de todo observador juicioso, y acaso de algunos más o menos aficionados al sistema de la mano tendida y en peligro de caer en la apostasía o en la condenación misma.

Un ligero paseo a través de las encíclicas pontificias a lo largo de los siglos XIX y XX, nos hará ver la antigüedad de la condenación y, en el fondo, la razón de ser de la misma.

Propiamente ha habido en la historia del mundo dos clases de comunismo: uno más o menos empírico de soñadores o ilusionistas, y otro llamado científico en contraposición al primero.

A aquél pertenecieron Roberto Owen, Fourier, Saint Simon y, si se quiere, Proudhon. No se preocuparon éstos de poder dar un sello científico al sistema, sino que con hechos –excepto Saint Simon y Proudhon, que fueron teóricos– pensaron que podrían convertir la vida de familia humana en vida comunitaria. Para ello funda Owen, en 1824, la Colonia de New Harmony, con sus 124 personas; Fourier intenta formar sus falansterios, de 2.000 personas cada uno… Pero la vida comunitaria cede y se rompe ante la exigencia de la libertad y de los lazos de la vida familiar. Los sueños desaparecen en el despertar de la realidad.

Pero estas tendencias o ensayos comunistas traen graves consecuencias doctrinales: ruptura de lazos familiares, doctrinas disolventes del matrimonio, falsas teorías acerca del derecho de propiedad y multitud de males que afligen a la conciencia católica.

Todo esto ocurre por el primer tercio del siglo XIX. New Harmony se fundó en 1824 y se disolvió al poco tiempo; Fourier vivió de 1772 a 1837; Proudhon publicó en 1840 su obra, tan frágil en el fondo como célebre por el título: ¿Qué es la propiedad? La propiedad es un robo.

La Iglesia acudió al remedio rápidamente.

En 1846 condena Pío IX, en la encíclica Qui Pluribus, «la nefanda doctrina del comunismo, contraria al derecho natural, doctrina que echa por tierra los derechos de todos, la propiedad, la misma sociedad humana».

Más tarde, el mismo Pontífice, en 1874, en su encíclica Quanta cura, condena «los funestísimos errores del comunismo y del socialismo, que aseguran que la sociedad doméstica tiene su razón de ser solamente en el Derecho civil».

Aparece ya la condenación de los errores por parte de la Iglesia. No impone censuras, pero declara explícitamente sus derechos y su doctrina, precisamente en los dos puntos principales atacados entonces por el comunismo utópico: familia y propiedad.

La segunda fase del comunismo empieza propiamente en 1867 con la publicación del libro El Capital, de Carlos Marx. El comunismo de Marx se llama científico, en contraposición al anterior, llamado utópico, porque Marx trató de darle bases filosóficas y económicas, de que sus antecesores prescindieron. Pero con Carlos Marx comienza el socialismo teórico y práctico, porque Marx no se preocupó solamente de escribir, sino de actuar. La Primera Internacional, fundada en San Martín Halls (Londres), la fundó Marx en 1864; todas las dificultades que en su formación tuvo con Lasalle y en las escisiones anarquistas y nihilistas de Bakunin las sufrió también Marx.

Los Pontífices salieron al paso de estas direcciones antisociales. El 28 de diciembre de 1878 escribió León XIII su primera encíclica «contra los socialistas, comunistas o nihilistas, que… se empeñan en trastornar los fundamentos de toda sociedad civil». El golpe va derecho contra Marx y contra Bakunin.

Desaparecida la Primera Internacional en vida del mismo Marx (1876), se creó por sus discípulos y seguidores, en 1889, en París, la Segunda Internacional, que arraigó rápidamente.

La reacción de la Iglesia no se hace esperar.

Prescindiendo de la encíclica Diuturnum, del mismo León XIII (29 de junio de 1891), en que vuelve el Papa a rechazar «los tremendos monstruos de la sociedad civil –así los llama el Pontífice– del comunismo, socialismo y nihilismo», aparece en escena la gran encíclica Rerum Novarum, de 15 de mayo de 1891.

Nacida la Segunda Internacional, ya estaban formándose los sindicatos socialistas, ya actuaba en España la Unión General de Trabajadores, aunque con poco éxito todavía, cuando le sale al encuentro León XIII con una encíclica cuyo resumen es el siguiente: «la doctrina que enseña al obrero el socialismo es perniciosa, falsa y contraproducente; en cambio, la que le enseña el catolicismo es salvadora». Magnífico y sencillo plan de uno de los documentos más hermosos que han salido de pluma humana. El ataque es de frente. Toda la encíclica va a eso: a condenar el fundamento filosófico y social del marxismo: el materialismo absurdo y la negación de la propiedad privada. Y no sólo los condena el Papa, sino que en su constructiva encíclica aporta remedios; porque toda la última parte del egregio documento referente a los deberes del Estado en cuanto a una sobria intervención social, defendida por León XIII, es totalmente nueva en el mundo de la doctrina política.

En 1917 aparece en Rusia la Tercera Internacional. Sin ánimo de agotar el filón de las condenaciones, que sería inexhaustible, nos encontramos ya con Pío XI y con su encíclica Quadragesimo anno, de 15 de mayo de 1931. Si este documento, como afirma el Papa en su proemio, no es más que una confirmación y ampliación de la doctrina de León XIII cuarenta años atrás, ha de contener idénticos ideales y análoga argumentación. Y así es, en efecto. Sólo que cuando Pío XI escribía esta encíclica había gobernado ya el socialismo en media Europa, regía el comunismo en Rusia, que había lanzado en 1917 la Tercera Internacional; pululaban por todas partes las escisiones socialistas que todos hemos conocido en el campo de la política y de la sociología, dando lugar al Pontífice a que, después de recorrer las diversas categorías de comunistas y socialistas, unidas por un lazo común de materialismo y ateísmo, concluyera: «el socialismo, ya se considere como doctrina, ya como hecho histórico, ya como acción, si sigue siendo verdadero socialismo.., es incompatible con los dogmas de la Iglesia, católica» (Quadragesimo anno, núm. 22); «socialismo y catolicismo son términos contradictorios» (Quadragesimo anno, núm. 48).

Durante su pontificado, Pío XI no pierde jamás de vista al principal enemigo de la Iglesia en aquellos tiempos. Así, en la encíclica Caritate Christi compulsi, de 3 de mayo de 1932, en la encíclica Acerba nimis, dirigida a los católicos mejicanos oprimidos por el comunismo y la persecución religiosa en 1932, en la Dilectissima nobis, dirigida a los católicos españoles, y en la encíclica Divini Redemtoris, cuyo propio título dice ser: contra el comunismo ateo, condena al comunismo.

La labor del actual Pontífice es ya más conocida de nuestros lectores.

Hagamos un alto y reflexionemos un poco.

El comunismo y el socialismo, hermanos gemelos de una doctrina –el materialismo ateo– y movidos por una misma ansia de persecución a Cristo, han sido atacados por la Iglesia desde su nacimiento. Lo que ocurre es que los católicos más ciegos o menos atentos a esta trayectoria de ideas espirituales no han querido o no han podido ver estas condenaciones de la Iglesia al comunismo.

El comunismo necesariamente trae consigo la apostasía de las masas, la incredulidad, el odio a la Iglesia, la furia contra todo lo divino. Por otra parte, la Iglesia tiene su Código canónico, publicado en su última recopilación en 1917, en el cual condena la apostasía y la maquinación contra la Iglesia con censuras y excomuniones.

Y la Iglesia, en vista del auge del comunismo, ante al engaño de no pocos católicos y el error de muchos obcecados, aplica las sanciones de su Código en un Decreto de 1 de julio contra los comunistas y lo lanza a la publicidad.

He aquí la realidad de lo sucedido.

Razones y alcance de la condenación del comunismo

El texto de la Sagrada Congregación del Santo Oficio condenando el comunismo (1 de julio de 1949) reprueba y condena las acciones humanas favorables al comunismo (párrafos 1 y 2), y castiga a las personas inscritas en el comunismo o favorecedores del mismo (párrafos 3 y 4). En consecuencia, el Decreto prohíbe a todos, conforme a la doctrina general del canon 1.399 (párrafos 2, 3 y 4), inscribirse en el comunismo o difundir y propagar sus escritos; a la vez prohíbe que sean admitidos los comunistas a la recepción de los sacramentos (párrafo 3), y aplicando el canon 2.314, censura a los que defienden y propagan el comunismo materialista y anticristiano con excomunión reservada al Sumo Pontífice.

Razones de la condenación del comunismo

No hay que ir muy lejos para comprender las razones de la condenación del comunismo. El título de la encíclica Divini Redemptoris, de Pío XI (17 de marzo de 1937), contra el comunismo ateo nos lo manifiesta.

El comunismo es ateo, antiespiritualista, antieclesiástico, anticatólico y, por tanto, condenable.

Por consiguiente, los bautizados entregados voluntaria y conscientemente al comunismo, a sus doctrinas y consecuencias, son verdaderos apóstatas, y como tales, condenados (canon 2.314). El sello del ateísmo ha caracterizado siempre el socialismo, y, sobre todo, el comunismo bolchevista ruso (recuérdese la Liga de los sin Dios), el mismo sello anticristiano y de invitación a la apostasía llevan actualmente los ensayos comunistas yugoslavos, checos y polacos, y lo llevaron los regímenes comunistas mejicano de 1932 y español de 1936.

Toda la encíclica de Pío XI, Divini Redemptoris, contra el comunismo tiende a probar verdades encerradas en este párrafo:

«Esto es lo que, por desgracia, estamos viendo; por primera vez en la Historia asistimos a una lucha fríamente calculada y cuidadosamente preparada contra todo lo que es divino. El comunismo es por naturaleza antirreligioso; considera la religión como “opio del pueblo”, porque los principios religiosos que hablan de la vida de ultratumba desvían al proletariado del esfuerzo por realizar el paraíso soviético, que es de esta tierra» (número 22).

No es, sin embargo, el ateísmo la única razón condenatoria del comunismo. Porque, aparte de esta ausencia de Dios, tiene en su seno el comunismo otra serie de doctrinas que están en abierta oposición con la doctrina católica, como son, por ejemplo, la doctrina de la lucha de clases y la doctrina contra el derecho natural de la propiedad privada, repetidas veces condenadas por la Iglesia.

Vistas sumariamente las razones de la condenación del comunismo, aun sin perjuicio de ampliarlas más adelante, lleguémonos al punto principal.

Alcance de la condenación del comunismo

Empecemos por una afirmación que es preciso probar.

Tanto el comunismo como el socialismo son hijos del sistema de Carlos Marx, y se diferencian entre sí, no en el fondo de la doctrina, sino en las distintas maneras de aplicarla en la vida. En general, es más duro, pero más consecuente consigo mismo, el comunismo; más suave, aunque inconsecuente, el socialismo.

Marxismo, comunismo y socialismo son exactamente iguales, con diferencia de grado únicamente, no de especie.

Marxismo, socialismo y comunismo

Los mejores intérpretes del marxismo y de su doctrina son Engels y Lenin. El primero porque fue gran amigo e incansable colaborador de Marx durante largos años; el segundo porque fue quien, en los tiempos modernos, recogió más puramente la doctrina marxista y la aplicó en Rusia (1917). Hay que prescindir, naturalmente, de detalles de ejecución, como los citados por Antonio Ramos en su libro Nosotros los marxistas. Lenin contra Marx (Madrid, Ed. España, 1932).

Dice Lenin:

«Llamamos marxismo al sistema de ideas y doctrinas de Marx. Marx es el continuador y consumador genial de las tres grandes corrientes espirituales del siglo XIX que tienen por cuna a los tres países más cultos de la Humanidad: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés, entrelazadas con las ideas revolucionarias francesas en general» (Lenin, Carlos Marx. La traducción castellana está publicada en Carlos Marx, El capital, edic. 1935, página 29.)

Análogas ideas vuelve a repetir Lenin en un artículo suyo:

Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo” (publicado en C. Marx, Obras escogidas, Edición del Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú, Ediciones Europa América, 1938, págs. 70 y siguientes): «La doctrina de Marx… es la legítima heredera de lo mejor que creó la Humanidad en el siglo XIX, bajo la forma de filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.»

El marxismo es eso. Una reacción, más o menos científica, contra los movimientos utópicos comunistas anteriores, de Fourier, Owen, Blanc, Saint Simon y aun Proudhon; que nace de tres fuentes, que vamos a examinar separadamente.

La fuente práctica de la economía inglesa

¿Qué aprendió Marx de la economía inglesa?

En su amplísimo conocimiento de la vida de Inglaterra, donde pasó Marx casi cuarenta años (1849-1883), conoció perfectamente la industria de aquel capitalismo naciente, que sin el freno de una legislación social, trabajaba a mansalva en provecho del capital con salarios cortos y jornadas largas.

Páginas y páginas, capítulos y capítulos de El capital, de Marx, están llenos de datos perfectamente clasificados y autenticados de cosas espantosas. La Factory Art inglesa (1850) autorizaba el trabajo de doce horas los cinco primeros días de la semana y de ocho el sábado, quitando solamente hora y media para comer; en los trabajos de alfombras se trabajan setenta y ocho horas semanales (pág. 319); en los de algodón, doce y trece al día (pág. 727); los panaderos tenían una jornada de once de la noche a seis de la mañana, y luego pasaban repartiendo el pan gran parte del día (pág. 322). Modistas había que trabajaban veintiséis y aun treinta horas seguidas por la competencia de las propietarias (pág. 326); doce horas, más las extraordinarias, se trabajaban en las minas de carbón (pág. 330); había trabajos que durabas veinticuatro horas, y se continuaban de no aparecer a tiempo los relevos (pág. 331).

Los salarios eran escasísimos: niños había que trabajaban doce horas de jornada y ganaban cuatro o cinco chelines por semana (pág. 335); jornadas de diez horas se computaban a chelín y medio, y las horas extraordinarias, a tres chelines (pág. 631); propietarios había que porque habían oído que las judías alimentaban más, daban éstas, en vez de pan (pág. 660), a sus trabajadores.

El trabajo de niños era también espantoso: niños había que a los siete años empezaban a trabajar desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche (pág. 316); fábricas en que la mitad de los operarios eran menores de trece años, y no mayores de dieciocho los restantes; fábricas había en que obligaban a los niños a seguir trabajando después de haber dormido en ellas solamente tres horas (pág. 337).

Frente a este panorama pone Marx el del hambre y el de las enfermedades; el enorme ejército industrial obrero de reserva, que conforme aumenta la maquinaria va quedando sin trabajo. Marx aprovecha el censo de Inglaterra y Gales de 1861 para ir anotando, industria por industria, la baja de la mano de obra existente por el aumento de maquinaria. (pág. 221); recuerda que en un semestre de 1866 van quedando sin trabajo en sólo Londres de 80 a 90.000 hombres (pág. 732); sabe que la procreación es de ordinario mayor en la miseria, y para hacer campaña recoge frases de economistas como éstas: «la pobreza parece estimular la procreación» (A. Smith); «Dios ha querido que los hombres dedicados a oficios más útiles nazcan en gran abundancia.» (Galliano); «la miseria más bien estimula el aumento de población» (Laing) (pág. 734).

Ante estos montones de basura social y moral, que Marx se complace en amontonar ante el lector en más de un centenar de páginas; ante la miseria del salario y ante su más mísera concepción por los economistas; ante el panorama de casas sucias, enfermedades y muerte del trabajador, contrastando con las enormes ganancias del capital, Marx acaba por hacer suya aquella frase de otro economista alemán (Thünen): «El hombre se ha dejado esclavizar y vive esclavizado de su propio producto: el capital».

¿Qué consecuencias puede sacar un lector, sobre todo si es trabajador y pobre, de la lectura de páginas y páginas por este estilo? De no tener un juicio más que equilibrado; de no saber distinguir situaciones y hechos, materialismo y cristianismo, teorías y realidades; tiene que deducir, mal o bien, las mismas conclusiones que quiere sacar Marx, a saber: que el capital chorrea sangre y lodo (pág. 854), que el monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción (página 856), que el capitalista explota al trabajador robándole su propio beneficio. Luego es justo (!), concluirá Marx, que el proletariado se alce contra el capitalismo y lo expropie.

He aquí cómo influye en el socialismo la primera fuente, la economía inglesa. Aquí cabe decir que el socialismo es hijo del liberalismo.

La fuente científica

Pero falta la base científica. Marx la pone en la célebre teoría del doble valor en cambio y en uso del capital, y en la consiguiente plusvalía del producto robado por el capitalista al trabajador. Porque todo el valor del objeto está en el trabajo (Marx), y al dar el capitalista el salario al trabajador y vender luego el objeto por un precio superior, se queda con una ganancia que propiamente es del trabajador y no del propietario. Esa plusvalía robada constituye la ganancia del capitalista y forma la base de la injusta expropiación del trabajador. Así ha revestido de forma científica su inducción, y lo ha hecho con una teoría que para Marx es «lo mejor de su libro», según propia confesión en carta a Engels. (El capital, prólogo del Instituto Marx-Engels-Lenin, pág. 7.)

Esta tesis es la que Marx se esfuerza en probar detenidamente en su lenta, árida, fatigosa, pero menuda y bien dirigida argumentación contra el capital.

Económicamente falla Marx. Si fuera verdadera, el trabajador tendría derecho a expropiar a quien primero le expropió. Pero es que Marx no da importancia alguna al valor y a la productividad del capital (trabajo muerto), como él lo llama. Aquí está su grave error. A través de su falsa aplicación de la teoría de los valores, piensa que el capital industrial (porque es trabajo muerto) nada vale en absoluto; y como ve por añadidura que sin el trabajo vivo del obrero nada produce el capital, piensa que éste en la producción es igual a cero. No le ocurre que en manos del obrero el trabajo muerto del capital se torna vivo, vigoroso y fuerte.

El argumento se podría volver contra Marx con sólo indicar que tampoco el trabajo vivo sin el capital (trabajo muerto) puede hacer prácticamente nada –sobre todo en las actuales circunstancias– y que, por consiguiente, ha de ser igual a cero.

Es el gran equívoco económico de la obra de Marx.

La fuente filosófico-religiosa

Llegamos ahora a la base filosófico-religiosa de Marx.

Marx era judío y ateo. Llega a Berlín pocos años después de la muerte del filósofo Hegel, cuya doctrina estaba en Alemania en su apogeo. Era «el filósofo alemán» por antonomasia, y apenas se podía hablar contra él. En su juventud, Marx adoptó a regañadientes la doctrina hegeliana; pero pronto «se adhirió al círculo de los hegelianos de izquierda, dirigidos por Bruno Bauer, que aspiraban a sacar de la filosofía de Hegel conclusiones ateas y revolucionarias». (Lenin, C. Marx, publicado en Obras escogidas de Carlos Marx, Barcelona, edic. Europa-América, t. I, pág. 33.)

Marx, como Feuerbach, en un principio fue algo hegeliano; después, acérrimo materialista. Manifestó esta tendencia: en su tesis de doctorado, intitulada así: Diferencia entre la  filosofía natural de Epicuro y Demócrito, tesis encabezada con estas palabras, aunque clásicas, muy izquierdistas: Odio a todos los dioses. En la comparación sale triunfante Epicuro. ¿Se quiere más grosero materialismo?

Quien ejerce más influencia en Marx es Luis Feuerbach, sobre todo con su libro La esencia del cristianismo, publicado en Leipzig en 1840. Su aparición, dice Engels, la celebramos (Marx y él) con un gozo indescriptible. Como que decía muy bien con el izquierdismo de Marx un libro que explicaba el nacimiento del cristianismo y de los dogmas religiosos por los instintos y sentimientos populares como lo hizo la filosofía religiosa de Marx y Engels; como el mismo Marx preconizó, la filosofía materialista de Feuerbach iba a servir de anillo entre la filosofía hegeliana y el socialismo, fundamentando su básica «concepción materialista de la Historia», principal teoría filosófica de Marx.

La expuso brevísimamente en la Crítica de la economía política, publicada en Londres en 1859 (hay traducción española de Jacinto Barriel, Editorial Atlante, Barcelona), compendiada en estas palabras:

«El resultado general al cual llegué y que, una vez encontrado, me sirvió de hilo conductor de mis estudios, puede formularse brevemente de la siguiente manera: En la producción social de su vida, los hombres contraen ciertas relaciones independientes de su voluntad, necesarias, determinadas. Estas relacione de producción corresponden a cierto grado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de esas relaciones forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta una superestructura jurídica y política, y a la cual responden formas sociales y determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material determina de una manera general el proceso social político e intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre lo que determina su existencia, sino su existencia social lo que determina su conciencia» (págs. 9-10).

Concretando estas ideas el P. Víctor Cathrein, S. J. –el mejor relatador del socialismo marxista a pesar de la antigüedad de su obra (El socialismo. Traducción de Sabino Aznarez, Barcelona, Gustavo Gili, 1907, págs. 103 y sgs.)–, y completándolas con otras de la correspondencia nutridísima de los dos jefes socialistas, las reduce a estas proposiciones: «No existe dualismo alguno entre la materia y el espíritu. Nada hay invariable, todo se halla en proceso de evolución siempre creciente que nunca llega a su término. El factor que determina y dirige el proceso de evolución es el conjunto de las condiciones económicas. En cada momento histórico la estructura económica de la sociedad forma la base que explica toda la superestructura de las instituciones jurídicas, políticas, religiosas y filosóficas».

Surge ya claro que la materia es el único motor de la vida aun intelectual, y que, por consiguiente, ha de prescindirse en ella de Dios y del espíritu. Con su filosofía de la naturaleza, piensa explicar Marx la eternidad de la materia y la ausencia de Dios Creador. Aquí está el materialismo ateo.

A esta doctrina materialista tipo Feuerbarch ha de añadirse otra de tipo Hegel.

Como materialista, Marx odia a Hegel, idealista. Pero comprende que puede aprovechar como elemento de método –no de fondo– la filosofía hegeliana, trasplantándola del idealismo al mundo de la realidad, y decide aplicarla a manera de capa externa que cubra su materialismo, y dé tono científico a su teoría de la evolución de la Humanidad hacia la dictadura del proletariado.

Posee Hegel su famosa trilogía de la tesis, la antítesis y la síntesis, como estados diversos de la evolución de la idea en su perpetuo devenir, y esa trilogía la aplica Marx del modo siguiente: la existencia del régimen capitalista actual es la tesis hegeliana; pero como por medio de la lucha de clases habrá una pugna que se desarrollará en revoluciones violentas, aparecerá la antítesis hegeliana; la cual, a su vez, merced a las leyes económicas y científicas marxistas (plusvalía, concentración de capitales, &c.), producirá como fruto maduro la desaparición del capitalismo y la dictadura del proletariado (síntesis hegeliana).

Así logra unir Marx en una teoría dos enemigos irreconciliables; el idealismo de Hegel y el materialismo de Feuerbach, haciendo de la dialéctica del primero alma y elemento vitalizador del materialismo del segundo. Ya está en la calle el sistema materialista.

El ideal comunista

El ideal comunista francés de Marx no hay que probarlo. Desde joven (1847) perteneció, con su amigo Federico Engels, a la «Liga comunista», por encargo de la cual escribió con Engels, el Manifiesto comunista en 1848.

Había ya recibido de Proudhon las bases de algunas ideas que después desarrolló Marx, había agitado la revolución francesa de 1848, como agitó luego la de la Commune de 1871; había conocido los escritos del teórico Saint Simon, habla visto los ensayos de Owen y de Fourier. Todos le parecieron vanos y sin contenido. Él se propuso formar un comunismo científico.

Para conocer qué profundamente comunista es Marx, basta leer cualquier párrafo del Manifiesto comunista. La convicción nace de pronto y por entero:

«Un espectro recorre Europa –así comienza el Manifiesto–, el espectro del comunismo. Contra este espectro se han coligado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes… Dos consecuencias se desprenden de este hecho: que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas; que es hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus objetivos, sus tendencias, saliendo al paso de ese ese espectro del comunismo con un manifiesto del partido…»

«¿Qué relación guardan los proletarios con los comunistas en general? Los comunistas no forman un partido aparte frente a los demás obreros; no tienen intereses propios separados de los intereses del proletariado…; los comunistas no se distinguen de los demás partidos más que en esto: en que destacan y reivindican siempre en todas y en cada una de las acciones nacionales de los proletarios los intereses comunes de todo el proletariado independiente de su nacionalidad… Las tesis teóricas de los comunistas… no son sino la expresión generalizada de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se va desarrollando a la vista de todos… El proletariado no tiene patria… El proletariado no tiene que romper más que sus cadenas… ¡Proletarios de todos los países, uníos!»

No hace falta más. Se puede añadir, en plan de confirmación, las últimas palabras de El capital, de Marx:

«Al disminuir progresivamente el número de magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más numerosa y disciplinada, unida y organizada por el mecanismo del propio régimen capitalista de producción. El monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción, que ha florecido con él y gracias a él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto que son ya incompatibles con la envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. La hora de la propiedad privada capitalista ha sonado. Los expropiadores son expropiados.» (El capital, t. I, pág. 856.)

Si estos documentos no bastan, vaya otro de Lenin. Cuando, en 1917, triunfa Lenin en Petrogrado y Moscú, e impone el nuevo régimen, proclama Lenín:

«Nosotros somos descendientes directos de Carlos Marx. Su doctrina no ha sido puesta en práctica hasta hoy; la propiedad privada ha seguido reinando en los países socialistas. En Rusia se acabó la propiedad privada de producción y de renta. Eso quiso Marx, eso quiere Rusia.»

Esa fue la realidad. ¿Un testimonio? Ante una requisitoria de los periodistas americanos, Stalin, que es otra autoridad en la materia, contesta:

«Yo entiendo que Lenin no introdujo en el marxismo ningún principio nuevo, como tampoco borró ninguno de los viejos principios del marxismo. Lenin era y sigue siendo el más fiel y consecuente discípulo de Marx y Engels, y se basa plena e íntegramente en los principios del marxismo. Pero Lenin no fue sólo un ejecutor de la teoría.» (Stalin, “Entrevista con la primera delegación de obreros norteamericanos” 9 de septiembre de 1927; publicada en Obras escogidas, de C. Marx, edic. del Instituto Marx-Engels-Lenin, de Moscú.)

No es, pues, extraño que un moderno investigador, S. Chang, estudiando estas cuestiones en su tesis doctoral (1931) llegue a decir que el comunismo moderno está identificado con el marxismo. Lo cual añade, lo digo no solamente por virtud de testimonios, sino de mi propio estudio.

Marxismo y comunismo son, pues, idénticos.

Socialismo y comunismo

Pero ¿el marxismo no es el socialismo? Y el socialismo, ¿es comunismo?

La pregunta tiene en nuestro caso un valor especial, porque estamos tratando de la condenación del comunismo. ¿La vamos a extender al socialismo? Si es lo mismo, indiscutiblemente que sí.

Apenas apareció en el mundo el socialismo o el comunismo científico de Marx –entonces eran iguales–, aparecieron los teóricos economistas, más o menos afines a las ideas del pensador judío, divididos en socialistas revisionistas y en socialistas ortodoxos. El primer grupo, capitaneado por Eduardo Bernstein, no quería aceptar sin control todas las teorías de Marx, algunas de las cuales las creía falsas; el otro, en cambio –a su cabeza iban Engels y Kautsky–, aceptaba el marxismo con fe y convicción.

Esto en cuanto a las ideas. Pero, ¿y en cuanto al método?

El comunismo marxista de El capital, de Marx, no es sólo ideológico, es práctico; propugna y quiere la expropiación de los potentados, ansía la dictadura del proletariado. Para eso hay que ser revolucionario, y no todos tienen temple de revolucionarios y antiburgueses. La burguesía es muy placentera, pese a Marx y a los mismos ortodoxos, que se dejan seducir por su delicias.

«El actual oportunismo –decía Lenin en 1914–, personificado en su principal representante el ex marxista Kautsky, cae dentro de las características que Marx asigna a la actitud burguesa, pues este reconocimiento limita el reconocimiento de la lucha de clases a lo que las instituciones burguesas permiten… El oportunismo se niega a reconocer el principio de la lucha de clases al llegar al punto más esencial, el período de tránsito del capitalismo al comunismo, al período del derrocamiento de la burguesía y de su total anulación.» (Lenin, Carlos Marx, pág. 56). Es, como decía Lenin, «el liberalismo podrido que intenta revivir bajo la forma de oportunismo socialista» (Lenin, Vicisitudes históricas de la doctrina de Carlos Marx, 1913).

Lenin pone el dedo en la llaga. Estos socialistas, que viven dentro de un acondicionado oportunismo, viene a decir, se parecen a los estrategas de café o a los predicadores que hablan y no dan trigo. Ahora no hay más que hacer una sencilla aplicación.

El socialismo en general –en España como fuera,– se ha nutrido de tres clases de hombres: el proletariado que, ansiando mejoras, piensa hallarlas por el camino del socialismo; el científico que estudia, discute o apoya las teorías marxistas en su gabinete, bien acondicionado; el capitalista que, viendo la tormenta que avanza, sale al campo con un mísero paraguas de concesiones, creyendo que con ellas va a detener la revolución.

Cabe dentro de los proletarios la clase interesante de los ex proletarios: es decir, de los que fueron obreros, y son líderes; dejaron la herramienta para ir al mitin y a la presidencia del sindicato. Es decir, hay socialistas que llamaríamos don Juan del Pueblo (el soldado desconocido), el líder (Prieto, Largo Caballero, Jouhaux, Blum, Bevin), el científico (Fernando de los Ríos, Lasky), y el capitalista más o menos socializante por necesidades del bolsillo.

Las revoluciones no se hacen todos los días, ni los revolucionarios surgen cada paso; en cambio, han menudeado –sobre todo en el siglo XX– los Parlamentos, los Gobiernos y los diputados socialistas en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en España, en Italia, en Noruega, en Suiza; y, sin embargo, a pesar de que desde treinta o más años, el mundo va navegando hacia el socialismo, sigue la burguesía y sigue el proletariado, con reformas y mejoras, es verdad, pero a cuyo socaire viven en perfecta y cómoda burguesía los líderes, los parlamentarios, los gobernantes y los científicos socialistas. No creen en el socialismo, mientras que el pueblo todavía cree en él.

Y es que ese socialismo actual es un comunismo desvaído, aguado, de vaselina, contemporizador, que se vende y se compra, que avanza y retrocede, como las mareas.

Compárese este socialismo con el comunismo de Lenin, imponiendo en Rusia de golpe, en 1917, la socialización y la expropiación de toda la propiedad privada inmueble. Lenin tenía derecho a llamarse socialista y a reivindicarse auténtico sucesor de Marx; los socialistas, generalmente, no lo tienen.

Por eso aparecen tantísimos socialismos: socialismo de Estado, socialismo de cátedra, socialismo educador, y hasta un híbrido y repugnante socialismo-religioso.

El ateísmo del socialismo

Pero en medio de todo esto hay una nube negra, preñada de tormenta. En el orden religioso hay un punto de contacto fundamental entre el socialismo y el comunismo, y es el materialismo y la antirreligiosidad. La teoría materialista de la Historia de Marx se salva de la catástrofe, y es admitida por todo el socialismo –hasta por una buena parte del laborismo, que es la más aguada del socialismo–; del mismo modo que el ateísmo y la irreligiosidad son dogmas impuestos análogamente al socialismo que al comunismo. Por donde el socialismo viene a ser, en general, tan ateo e irreligioso como el comunismo, aunque sin su bravura revolucionaria y sin el ánimo de sacar de la doctrina todas las consecuencias que encierra; es teórico, pero no práctico. Pero es tan ateo como el comunismo, y el principal responsable de la pérdida de la fe en las masas obreras españolas y aun del mundo.

Consecuencias

Varias observaciones hay que hacer antes de terminar.

Es la primera que conviene salir al paso de algunos católicos, poco formados, o tímidamente escandalizables, que hablan del comunismo como de algo que no pretende más que cierta vida en común dentro de un mejoramiento del pobre y del desvalido. Y aun se admiran cuando oyen decir que los Pontífices condenan el comunismo.

No; esto no es comunismo. Si el comunismo no fuera más que mejoramiento del pobre, elevación del pueblo, salvación de la gente del hampa, todos podríamos y deberíamos ser comunistas auténticos. No, comunismo no es eso. Ni siquiera es sólo afán de colectivismo ni de vida en común, ni menos de nacionalización de empresas, aunque este camino económicamente conduzca al desastre.

Algo muy diverso es negar el derecho del ser humano a la propiedad privada de los bienes legítimamente obtenidos, y admitir la posible renuncia a este derecho en individuos determinados que adoptan una propiedad y una vida común, como lo hacen los religiosos. ¿Cómo va a ser esto malo? No; lo que ocurre es que el derecho legítimo de propiedad privada es, en su recto ejercicio, el camino natural y ordinario por donde ha de andar la sociedad humana; lo otro es lo que hacen unos pocos que se sacrifican por más altos ideales, no negando aquel derecho en quien quiera ejercerlo, sino renunciando en sí mismos a su uso para fines más elevados.

Conviene también referirse aquí a otros que, desgraciadamente en España serán bastantes, antiguos inficionados de viejo comunismo, que rehúsan dejar su veneno, que les corroe el alma, aun cuando externamente no pueden alistarse a entidades públicamente prohibidas y llenas de peligros.

El canon 1.325 distingue entre hereje, apóstata y cismático. Hereje es el bautizado que, reteniendo el nombre de cristiano, niega pertinazmente alguna de las verdades que hay que creer como de fe divina o católica, o de ella duda; apóstata es el que se aparta totalmente de la fe cristiana; cismático es el que no quiere sujetarse al Sumo Pontífice y a los miembros de la Iglesia dependientes del mismo.

Por desgracia, en España hay aún muchos que, habiendo estado inficionados de comunismo, viven con ánimo hostil a la religión, desprecian los deberes de cristianos y la doctrina de la Iglesia, ansían el triunfo de un bolchevismo ruso que cambie la faz de España. ¿Qué decir de ellos? Rigurosamente hablando, son apóstatas en su fe; y a tal naufragio les llevó sin duda el comunismo o socialismo, donde, a vueltas, de otras doctrinas, bebieron esa ponzoña de enemistad contra la Iglesia. Son comunistas, hoy durmientes, y por ello viven quizá en los linderos de la censura como comunistas. Pero si tienen en su vida orientaciones y actividades comunistas clandestinas, juzgo que incurren en la excomunión del decreto de 1.º de julio; y si consciente y voluntariamente trabajan en el comunismo, caen también en la censura del canon 2.314, párrafo 1.º, contra los apóstatas.

El P. M. Fábregas, en un ponderado artículo, hace una comparación exquisita y detallada entre la encíclica Humanum genus de 20 de abril de 1884, en la que León XIII condenó a los masones, y las diversas encíclicas modernas, sobre todo la Divini Redemptoris contra el comunismo, para descubrir una larga serie de analogías y casi identidad en los ataques que a la Iglesia masones y comunistas dirigen, y en el modo secreto de células que ambos mantienen. Según esta doctrina, podría aplicarse a los comunistas la misma excomunión que en el canon 2.335 se lanza contra los masones. Sin embargo, como toda interpretación de censuras ha de ser restrictiva, concluye el P. Fábregas que, aunque de suyo no incurrieran en esta excomunión los comunistas, son, sin embargo, vitandos. Y como el artículo del P. Fábregas es anterior a la condenación del comunismo hecha por el Santo Oficio el día 1.º de julio de 1949, hoy se podría más fácilmente aplicar también a los comunistas esta censura, ya que el mismo Santo Oficio les aplica otra más fuerte en el canon 2.314.

Hemos dicho que socialismo y comunismo son en el fondo idénticos, aunque diversos en la forma de actuar. El laborismo, por ejemplo, se contenta en gran parte con nacionalizar empresas, pensando que éste es un medio apto para ir formando poco a poco la conciencia de que sobra la propiedad privada; otros socialismos van más allá. En general, el socialismo –y respeto excepciones de formas más desvaídas– es también materialista crudo, ateo en sí mismo; enemigo de la unión, de la concordia de los hombres, y de la Iglesia de Cristo. Y lo ha sido a todo lo largo de la Historia en sus doctrinas y en sus manifestaciones políticas, antirreligiosas y sociales. Y para ello han inventado una filosofía acerca de la religión, que comenzó con Marx y terminó con el horrendo librito de Lenin: La religión.

Por consiguiente, en virtud del decreto, parece que los que voluntaria y conscientemente profesan la doctrina del comunismo (léase socialismo) materialista y anticristiano y la defienden; y, sobre todo, de ella se hacen propagandistas, son verdaderos apóstatas, y como tales incurren en las excomuniones indicadas en el decreto, ni pueden acercarse a la recepción de los Sacramentos.

Se dirá que las palabras condenatorias del decreto son de estricta interpretación, y que no pueden aplicarse a los socialistas lo que a los comunistas se les impone. Así es, pero es que, en virtud del decreto, la condenación viene en virtud del materialismo del anticristiano y de la apostasía, y éstas son, en ambos grados, iguales.

Gran parte del pueblo socialista o socialistoide español creo que no es todavía así. Ni puede decirse que sea apóstata, aunque esté casi totalmente abandonado en sus deberes religiosos, ni puede decirse que sea anticristiano si envía a sus hijos a la escuela religiosa o a la catequesis. Pero de los jefes más o menos ocultos de ese antiguo o moderno socialismo español, auténticos ateos y materialistas, no puede hablarse tan benignamente. Que si hoy hubiera en España cierta libertad para un socialismo al estilo de 1935 o 1936, podría acaso una parte de su masa pasar por el Jordán del olvido o de la ignorancia, pero sus jefes caerían de lleno en las censuras pontificias.

Comunismo y capitalismo

Condenación del comunismo no quiere decir absolución del capitalismo anticristiano. Tan condenado está el capitalismo liberal, sórdido, avaro, codicioso e injusto, como el comunismo rabiosamente ateo. Quien adora a su bolsa en vez de adorar a Dios es tan ateo como el que pone en la vida material toda su religión. Entiéndase el capitalismo injusto, no el mero sistema económico, mejor o peor para los fines del bienestar económico o social.

Entiéndase que se habla de aquel capitalismo «basado en erróneas concepciones, capitalismo que se arroga sobre la propiedad un derecho ilimitada, sin subordinación alguna al bien común, condenado por la Iglesia como contrario al bien común, condenado por la Iglesia como contrario al derecho natural». Así habló Pío XII en su alocución de 1.º de septiembre de 1944.

El capitalismo vicioso, arrastrado por los tres demonios sociales de la Humanidad, el ansia de riqueza, la ambición y el abuso de la fuerza, es en sí mismo, dañoso, erróneo y condenable.

Oposición de la Iglesia y del comunismo

Despréndese fácilmente de todo esto la oposición violenta entre la Iglesia y el comunismo.

El comunismo es puramente económico, se dice por algunos. No hay tal; lo hemos visto; es esencialmente ateo, negador de la inteligencia y del espíritu, de la providencia y del más allá, de la caridad de los unos para con los otros y de los principales derechos humanos. Todo esto nos es economía, sino ética, moral, teología y cristianismo.

Anticatólico aparece el comunismo no solamente en la vida y escritos de sus corifeos, sino en todas las campañas pasadas y presentes del comunismo y del socialismo contra la Iglesia.

Por eso las frases que Pío XII dijo en más de una ocasión, hablando del socialismo, en orden a su incompatibilidad con el catolicismo, tienen toda su fuerza al final de este artículo: «Socialismo y catolicismo son términos contradictorios». (Quadragesimo anno, núm. 49.)

Hoy es el comunismo el enemigo número uno del catolicismo. Las razones están a la vista: opera con armas de motivos económicos, que son las que al hombre material y pobre más fuertemente dañan; opera sobre masas, que forman la mayoría del mundo, y que son incontenibles cuando se desbordan; opera más violentamente sobre elementos menos cultos y, por tanto, más inaccesibles a la defensa por la vía del espíritu; opera con armas de auténticas fuerzas vivas: opera brutalmente, ¿Quién puede contener una inundación, el golpe furioso del mar en la tormenta?

Es, además, el comunismo el enemigo número uno de la Iglesia porque tiene en algunas de sus teorías y finalidades notas y rasgos de verdad, que acaso los católicos hemos sido remisos en desgajarlas con valentía para declarar su valor: quiere elevar al pobre y sacarlo de la miseria.

«El comunismo es un huracán terrible que se abate sobre el mundo, amenazando con revolverlo todo. Pero un hilo de aquel viento es cristiano. Acojámoslo pronto en nuestra vela.» (Ricardo Lombardi, La doctrina marxista.)

Condenación del comunismo

Decreto de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio
de 1.° de julio de 1949

(Acta Apost. Sed. de 14 de julio de 1949)

A esta Suprema Sagrada Congregación se han hecho las preguntas siguientes: 1.ª, si es lícito inscribirse en partidos comunistas o prestarles apoyo; 2.ª, si es lícito publicar, difundir o leer libros, periódicos, diarios u hojas volantes que sostienen la doctrina o la práctica del comunismo, o colaborar en ellos con escritos; 3.ª, si los fieles que realizan, sabiéndolo y libremente, actos a los que se refieren los números 1 y 2 del presente decreto, pueden ser admitidos a los sacramentos; 4.ª, si los fieles que profesan la doctrina del comunismo materialista y anticristiano, y sobre todo los que la defienden o de ella se hacen propagandistas, incurren, ipso facto, como apóstatas de la fe católica, en la excomunión reservada en especial modo a la Sede Apostólica.

Los Emmos. y Rvdmos. Padres puestos para la tutela de la fe y de las costumbres, teniendo presente el parecer de los Rvdmos. Consultores en la reunión plenaria de la Feria III (en vez de la IV) el 28 de junio de 1949, han decretado que se respondiera: Al 1.º: Negativamente: el comunismo, de hecho, es materialista y anticristiano, y los dirigentes, por consiguiente, del comunismo, aun cuando a veces de palabra declaren no combatir la religión, de hecho, sin embargo, con la teoría y la acción, se muestran hostiles a Dios, a la verdadera religión y a la Iglesia de Cristo; al 2.º: negativamente, porque son actos prohibidos por el mismo Derecho canónico (can. 1.399.); al 3.º: negativamente, conforme a los principios que se refieren a no administrar los sacramentos a aquellos que no tienen la debida disposición; al 4.º: afirmativamente.

En la siguiente Feria V (día 30 del mismo mes y año), Su Santidad Pío XII, en la acostumbrada audiencia concedida a Su Excelencia Rvdmo. Monseñor Asesor del S. Oficio, ha aprobado las deliberaciones de los Emmos. Padres y ha ordenado que se promulgue en el Acta Apostólicas Sedis.

Roma, 1.º de julio de 1949.

Decreto del Santo Oficio acerca de los matrimonios de comunistas
(11 de agosto de 1949)

La exclusión de los comunistas de la recepción de los sacramentos, ¿abarca también la prohibición de celebración de matrimonio en el que, por lo menos, uno de los contrayentes sea comunista?

En el caso en que tal prohibición no se prevea, ¿el matrimonio de los comunistas debe regirse conforme a los cánones 1.060 y 1.061, es decir, debe someterse a condiciones análogas a las exigidas para matrimonios de personas de diversa religión?

Considerado el carácter del sacramento del matrimonio, en el que los ministros son los mismos contrayentes, y en el que el sacerdote es testigo oficial, el sacerdote puede asistir al matrimonio de los comunistas conforme a los cánones 1.605 y 1.606. En los matrimonios comunistas que se refieren a la respuesta 4.ª del decreto de 1.º de julio de 1949, hay que observar lo prescrito en los cánones 1.001, 1.102 y 1.109, párrafo 3.º del Código de Derecho canónico.

Cánones citados en los decretos:

Canon 1.399.– Están prohibidos por el Derecho mismo… 2.º, los libros de cualesquiera escritores que defienden la herejía o el cisma, o ponen empeño en destruir de cualquier modo los fundamentos mismos de la religión; 3.º, los libros que atacan de propósito la religión o las buenas costumbres; 4.º, los libros de cualesquiera acatólicos, que traten exprofeso de religión, mientras no conste que no contienen nada contrario a la fe católica…; 6.º, los libros que impugnan o se mofan de algún modo del dogma católico, los que defienden errores condenados por la Sede apostólica, los que desprestigian el culto divino, los que intentan destruir la disciplina eclesiástica y los que adrede injurian a la jerarquía eclesiástica o al estado clerical o religioso…

Canon 1.060.– La Iglesia, prohíbe severísimamente en todas partes que contraigan entre sí matrimonio dos personas bautizadas, una de ellas católica y la otra afiliada a una secta herética o cismática; y si hay peligro de perversión del cónyuge católico o de la prole, también la misma ley divina prohíbe el casamiento.

Canon 1.061.– La Iglesia no dispensa el impedimento de mixta religión, a no ser: 1.º, que haya causas justas y graves; 2.º, que el cónyuge acatólico dé garantías de que no expondrá al cónyuge católico a peligro de perversión, y que ambos las den de que toda la prole será bautizada y educada solemnemente en la religión católica; 3.º, que haya certeza moral de que se cumplirán las garantías dadas. II. Por regía general, debe exigirse que las garantías se den por escrito.

Canon 1.065.– I. Apártese igualmente a los fieles de contraer matrimonio con aquellos que notoriamente abandonaron la fe católica, aunque no estén afiliados a una secta acatólica, o con los que dieron su nombre a asociaciones condenadas por la Iglesia, II. No debe el párroco asistir a estos casamientos sin consultar al Ordinario, el cual, examinadas todas las circunstancias del caso, podrá permitirle que asista, si hay causa grave y urgente, y el mismo Ordinario juzga, según su prudencia, que está suficientemente asegurada la educación católica de toda la prole y el alejamiento de peligro de perversión del otro cónyuge.

Canon 1.066.– Si un pecador público, o uno que esté notoriamente incurso en censura, se niega a confesarse antes, o a reconciliarse con la Iglesia, no debe el párroco asistir a su matrimonio, a no ser que haya alguna causa grave y urgente, acerca de la cual debe consultar al Ordinario, si es posible.

Canon 1.102.– I. Cuando se trata de matrimonios entre una parte católica y otra acatólica, las preguntas acerca del consentimiento deben hacerse según lo mandado en el canon 1.095, párr. 1.º, número 3. II. Pero están prohibidos todos los ritos sagrados; y si se prevé que de esta prohibición se han de seguir males más graves, puede el Ordinario autorizar algunas de las ceremonias eclesiásticas acostumbradas, excluida, en todo caso, la celebración de la misa.

Canon 1.109.– III. Por el contrario, los matrimonios entre parte católica y parte acatólica deben celebrarse fuera de la Iglesia, y si el Ordinario juzga prudentemente que no puede cumplirse esto sin que de ahí se sigan mayores, males, se deja a su prudente arbitrio el dispensar acerca de este punto, quedando en su vigor lo que se prescribe en el canon 1.102, párrafo 2.º

FIN


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