Lorenzo Hervás Panduro
 
Doctrina y práctica de la Iglesia en orden a las opiniones dogmáticas y morales

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Lorenzo Hervás Panduro

Tratado sobre la doctrina y práctica de la Iglesia
en orden a las opiniones dogmáticas y morales

 
§ II. Entre los sabios del paganismo se obscureció la verdadera idea de las opiniones probables dogmático-morales reservada solamente para los que profesan la religión divinamente revelada: doctrina apostólica sobre ellas

Las opiniones en lo dogmático, y moral han sido gajes necesarios de la limitación de la mente humana en todas las edades del mundo, aunque en aquellas en que el paganismo inficionó casi todo el género humano, éste casi perdió la idea de tales opiniones, porque en él se obscureció y confundió la de la virtud, en que se fundan y a que se deben dirigir. La razón natural con la luz inextinguible, que en ella encendió el Criador, y la vista conoscitiva de todo lo visible enseñan, muestran y hacen especulativamente ciertas, y sensiblemente evidentes las verdades dogmáticas ya de la existencia del mismo Criador, y del carácter de sus atributos, y ya de la verdadera naturaleza de la virtud, con que el espíritu humano se perfecciona, se dirige, y habilita para lograr su máximo, y sumo bien. Éste, que es el objeto único, a que el espíritu humano no menos por inclinación, que por razón se dirige, y que al mismo tiempo es incentivo, y móvil de todas sus operaciones, se conoció mal, o confusísimamente por el paganismo, cuyos mayores sabios tan discordes, y disparatados fueron en determinarlo, que Warron [6v] doctísimo entre ellos observando atentamente la gran muchedumbre, y variedad de sus dogmas advirtió, como refiere san Agustín en el capítulo 1 del libro 19 de la ciudad de Dios, que doscientas, y ochenta, y ocho podían ser las sectas, u opiniones diferentes, que de ellos resultasen sobre el último, y sumo bien, y mal del espíritu humano.

El último, y sumo verdadero bien del hombre es el norte necesario, y único de todas sus operaciones virtuosas: más que idea, y que opiniones dogmáticas, o morales podían tener de la virtud los sabios paganos, que en lugar del solo único norte de la verdadera virtud enseñaban dogmas, de que resultaban doscientos, y ochenta, y ocho nortes diferentes? Errantes, y descaminados navegantes eran los sabios del paganismo por el proceloso mar, en que sus vicios les habían engolfado para navegar sin norte alguno, y naufragar miserable, e indubitablemente. Las direcciones de sus navegaciones eran tantas, tan diversas, y tan erradas; cuanto lo eran sus opiniones. Cada uno de ellos, dice san Agustín en el capitulo 41 del libro 18 de la ciudad de Dios, defendía pública, y privadamente la suya particular: unos afirmaban, que había un mundo sólo: otros, que eran innumerables los mundos: unos daban principio y fin al mundo, otros lo hacían totalmente eterno. Quien enseñaba gobernarse todo por Dios, y quien creía, que todo era efecto del acaso: [7] quien hacía mortal al espíritu humano, y quien lo hacía inmortal. Unos al espíritu humano daban su último resolutivo en lo bestial, otros negaban esto… Si entre estas cosas ellos decían algunas verdades, con la misma facilidad decían las falsas por lo que ellos formaban una ciudad de confusión, o una verdadera Babilonia».

En esta ciudad pues de los sabios paganos no se encuentra, ni encontrar se puede luz alguna, que nos haga conocer lo verdadero doctrinal de las opiniones dogmáticas, y morales porque de la virtud, en que éstas se apoyan, ellos solamente supieron disputar para estar, y contradecirse. La idea verdadera, constante, y universal de la virtud estaba reservada para aquellos espíritus humanos, que fueron ilustrados con la revelación divina. Aquella gente, aquel pueblo israelítico (dice san Agustín en el capítulo últimamente citado) a quien la revelación divina se manifestó no confundió, como el paganismo, los profetas falsos con los verdaderos: concordemente reconoció a estos, que le eran sus filósofos, sabios, teólogos, profetas, y doctores de la virtud». Esta gente, o pueblo, que casi desconocido, y aun despreciable a la vista de la grandeza humana, era objeto de los cuidados del Altísimo, que por medio de él disponía, y preparaba la ilustración de todo el género humano, tuvo verdadera idea del sumo, y último fin del espíritu humano, y de la virtud, que a él le lleva; por lo que en tal pueblo únicamente [7v] nos permitiría la antigüedad del mundo buscar, y hallar la luz, que buscamos sobre el verdadero doctrinal de las opiniones dogmáticas, y morales, si en su historia se hubiera hecho mención de ellas. Mas esta mención no se hace, y solamente de la historia evangélica inferimos, que a la clase de doctores austeros, que entre los hebreos se llama la farisaica, el divino Salvador echó en cara la hipocresía de sus obras, y el empeño, con que pretendiendo enseñar, y sujetar el pueblo a sus opiniones rigorosas le hacía intolerable el yugo suave de la ley.

En la historia del pueblo cristiano ilustrado celestialmente, mucho más que el hebreo, porque el mismo Dios por sí mismo lo ha ilustrado, hallaremos sobre el verdadero doctrinal de las opiniones dogmáticas, y morales la luz, que buscamos, y la hallaremos clara, pura, y resplandeciente desde el principio de su ilustración. Tomemos en manos las sagradas escrituras del nuevo Testamento, y leamos en ellas la doctrina apostólica, que el doctor de las gentes da, y enseña sobre la práctica de opiniones no ya vanas, especulativas, o filosóficas, mas morales, y religiosas, en que se trata de obrar obsequiando a Dios u ofendiéndole; y en que se trata de la virtud, o del pecado: y de opiniones, que derivando de unos mismos principios del cristianismo, y teniendo un mismo objeto se contradicen declarando unas por vicioso, lo que otras reconocen no serlo. Leamos [8] pues esta doctrina del doctor de las gentes, que sabiendo haber opiniones diversas entre los romanos sobre la calidad de los manjares lícitamente comestibles, y sobre la de los días, en que la abstinencia de ellos, o la festividad se debería hacer, les escribe del modo siguiente.

«Acoged{1} caritativamente a los que están tiernos en la fe sin entrar con ellos en disputas de opiniones. Algunos creen, que pueden comer toda especie de cosas: y el que así no piensa tierno en la fe, cree estar prohibidas algunas, coma hierbas que ciertamente no lo están. [8v] Mas el que come de todo, no desprecie al que todo no come: y el que de todo no come, no juzgue al que come de todo: a cualquiera de estos el Señor ha llamado, y tiene en su servicio. Tú, que te abstienes de comer de todo, quien eres, que te atreves a juzgar al que está al servicio de otro? Él es responsable a su Señor en el bien, o en el mal, que hace: no temas; él estará en el bien pues el Señor puede hacerle estable en él. Algunos hacen diferencia entre los días (creyendo que algunos sean más, o menos propios para la abstinencia); y otros juzgan ser iguales, o semejantes todos los días: cada uno siga su opinión, (con que cree obrar lícitamente). El que hace diferencia de días (para abstenerse de algo), hace esto creyendo agradar a Dios: y el que no se abstiene, o el que come, esto hace creyendo agradar a Dios, y por esto le da gracias: y así mismo el que se abstiene, o no come, esto hace creyendo agradar a Dios, y le da también gracias. No vivimos, ni morimos para nosotros; mas nuestra vida, y muerte son del Señor; si vivimos, o morimos somos del Señor: pues Jesucristo murió, y resucitó para ser Señor de muertos, y vivos.

Si el Señor es juez de vivos, y muertos, porque tú juzgas a tu hermano, o porque le desprecias. El juicio de todos se hará en el tribunal de Jesucristo en el que todos nos presentaremos: pues está escrito así: vivo yo, dice el Señor: toda criatura se me arrodillará, y toda lengua confesará a Dios. Así pues cada uno de nosotros [9] dará cuenta de sí a Dios. Por tanto no queramos juzgarnos unos a otros: mas procurad no dar a vuestro hermano motivo de ofensa, o de escándalo. Sé, y creo estar cierto en Jesucristo, que según la ley del Señor no hay comida alguna inmunda, o vedada, mas solamente lo es respecto del que juzga serlo. No obstante, si porque la comes, se entristece, o disturba tu hermano, que la cree vedada, comiéndola no vas por el camino de la caridad. No quieras por una comida perder, o escandalizar a tu hermano, por quien Jesucristo murió. No se dé con esto (a los gentiles) motivo para injuriar nuestra santa religión: pues el reino de Dios no es comida, ni bebida, mas justicia, paz, y gozo en el Espíritu-santo: y quien de este modo sirve a Jesucristo, agrada a Dios, y es alabado por los hombres. Por tanto sigamos el camino de la paz, y hagamos las cosas de edificación. No quieras pues por la comida destruir en tu hermano la religión, que es obra divina. A la verdad todas las comidas son lícitas; pero obra mal, quien las come con escándalo: y es cosa buena no comer carne, ni beber vino, ni hacer otra cosa semejante, con que tu hermano se ofenda, escandalice, o se debilite en la religión. Tú comes de todo con buena conciencia, o creyendo ser lícita toda comida? Bienaventurado aquel, que no escrupuliza sobre lo que juzga ser lícito. Mas el que juzga lícitas unas comidas, y otras las juzga ilícitas, si come éstas, peca: porque pecado es todo lo que no se hace con conciencia buena». [9v]

Hasta aquí literalmente la doctrina apostólica de san Pablo sobre la especulación, y práctica de las opiniones de ser lícita, o ilícita una cosa. El santo doctor aconseja en primer lugar, que a los ignorantes, o tiernos en la religión no se hagan disputas de tales opiniones: reprende después agriamente al que juzgando ser lícito un manjar, y comiéndolo desprecia la ignorancia del que no lo come, porque lo cree ilícito; e igualmente reprende al que absteniéndose de comer un manjar porque lo cree ilícito, juzga reo de pecado al que con buena conciencia lo come. El santo apóstol añade, que la variedad de opiniones sobre creer lícito, o ilícito algún manjar es como la que también hay entre los que creen, que unos días son mejores, que otros para abstenerse de comer carnes, y concluye diciendo, que cada uno siga su opinión.

Encarga en segundo lugar el santo apóstol a los que juzgaban ser lícito todo manjar, que no hicieran uso práctico de esa opinión, cuando éste podría causar escándalo; o ruina espiritual en el prójimo: y últimamente concluye diciendo, que quien obra en conciencia buena, no debe escrupulizar: ya que el pecado consiste en no obrar con buena conciencia.

Esta doctrina clara, pacífica, y contraria a la que presentemente enseñan farisaicamente no pocos rigoristas, da el apóstol, y doctor de las gentes sobre la variedad de opiniones, y el uso práctico [10] de ellas. La misma doctrina el santo apóstol vuelve a dar en el capítulo octavo de su primera epístola a los corintios. Entre éstos empezó a haber diversidad de opiniones sobre si era lícito comer lo idolotito; esto es, lo comestible sacrificado a los ídolos; y el santo apóstol consultado sobre esta variedad de opiniones; responde a los corintios dándoles la siguiente doctrina. «Sabemos que los idolititos son como los demás comestibles, pues todos conocemos lo que ellos son: pero esta ciencia, o conocimiento (que algunos tienen de ser los idolotitos, como los demás comestibles) envanece; y la caridad edifica. Si alguno cree, que sabe una cosa, no por esto sabe el modo de saberla. Quien conoce a Dios, por Dios es conocido, o amado. En orden a los manjares, que se sacrifican a los ídolos, sabemos, que no hay ídolo, o divinidad en las cosas mundanas: pues no hay más Dios, que uno solo: y aunque entre los paganos hay dioses, que se llaman de cielo, o tierra pues son muchos sus dioses, y muchos son sus señores; no hay sino un solo Dios Padre, del que son todas las cosas, y por el que nosotros somos, o existimos. Pero no todos tienen la ciencia, o conocimiento de lo que son los idolotitos: pues algunos aun con conciencia, o creencia de ser cosa de ídolo el idolotito, lo comen como sacrificado a los dioses, y se mancha su conciencia, porque no está bien instruida. Mas la comida no nos hace recomendables [10v] a Dios: pues ni porque comamos carne seremos más virtuosos, ni dejaremos de serlo porque no comamos. Lo que os encargo, es, que advirtáis que no sea motivo de ofensa, o escándalo a los ignorantes el uso lícito, que creéis hacer de la comida de los idolotitos. Si alguno ve en la mesa, o templo de los ídolos estar sentado al que juzga poderse comer el idolotito, esta vista no podrá provocarle, o tentarle para comerlo con conciencia poco instruida. Y su hermano, poco instruido, por quien murió Jesucristo, perecerá por tu ciencia, o porque tú conoces, y crees que es lícito comer el idolotito? Obrando de este modo pecaminosamente contra vuestros hermanos, y vulnerando su conciencia poco instruida pecáis contra Jesucristo. Por tanto si mi hermano se escandaliza por la comida, no comeré jamás carne para no escandalizarle».

Hasta aquí la doctrina del santo apóstol, que en el capítulo décimo de la dicha epístola a los corintios la vuelve a repetir, e ilustrar. Él con interrogación enfática les dice, que sabe muy bien que los ídolos, y los idolotitos no son divinidades, ni cosa equivalente: les añade, que le es lícita la comida de cosas, que en sí son indiferentes; mas que no por esto siempre será conveniente comerlas, y prosigue diciendo: «de todo lo que se vende en la carnicería, comed no haciendo pregunta alguna, porque no tengáis escrúpulo [11] si algo es idolotito: porque del Señor son la tierra, y lo que en ella hay. Si algún pagano os convida a comer, y aceptáis el convite, comed todo lo que os ponga en la mesa no preguntándole nada por no escrupulizar: mas si alguno en el convite os dijese; que la comida es idolotito, o manjar sacrificado a los ídolos, no lo comáis; y os digo, que no lo comáis por motivo del que os lo ha dicho, y por razón de la consciencia. De la consciencia digo no vuestra, mas del que habiendo dicho, o juzgado, que el manjar era idolotito, pueda escandalizarse. Yo era libre para comer el idolotito; mas porque he de usar de mi libertad con escándalo de otro?».

Hasta aquí la total instrucción apostólica de san Pablo en orden al uso práctico de las opiniones varias, que entre los cristianos había sobre si era lícito, o no comer los manjares sacrificados a los ídolos. Con esta instrucción apostólica poco, o nada conviene la doctrina de aquellos rigoristas, que pretenden sujetar a su opinión particular las conciencias de los demás. Ellos condenan como reos de pecado a todos los que obran contra la opinión, que defienden, y llegan a tener el atrevimiento de negarles la absolución sacramental. San Pablo deja a todos en su opinión particular, y solamente les encarga, que obren según ella con la advertencia de no practicarla públicamente [11v] en circunstancias de poder escandalizarse algún ignorante de opinión contraria; porque en tal caso se pecaría contra la caridad. San Pablo llama bienaventurado al que obrando según su opinión, o conciencia, no escrupuliza sobre ella, y aconseja, que no se hagan preguntas curiosas, con que se puedan angustiar los conciencias.

La expuesta doctrina del santo apóstol claramente nos hace conocer, que el santo conocía, y declaraba, que era lícito comer todo manjar, y que no obstante aconsejaba, que a cada uno se dejase obrar según su opinión sin disputar, si alguna era pecaminosa. Mas el santo siendo apóstol, y doctor de las gentes consiguió con su doctrina, y autoridad refrenar el atrevimiento de los que se dilaceraban condenando como pecaminosa la opinión contraria a la que defendían? A esta pregunta nos da respuesta clara la historia de los primeros siglos de la iglesia, en los que la misma discordia de opiniones continuó, y a Juliano apóstata dio motivo del proyecto no menos ingenioso, que malicioso, que formó, y ejecutó para afligir a los cristianos, y reducirles por hambre, y sed a desesperación; o a desertar del cristianismo. En éste continuaban atrevidamente los rigoristas enseñando, que era pecaminosa la opinión de los que decían que era lícito comer los comestibles [12] sacrificados a los dioses del paganismo; y Juliano Apóstata se valió de este atrevimiento de los rigoristas para afligir a los cristianos. Juliano, dice, Teodoreto en el capítulo 15 del libro 3 de su historia eclesiástica, contaminó con abominables sacrificios primeramente todas las fuentes de Antioquía, y después del arrabal Dafniense para que los que la bebiesen, participasen de la maldad. Asimismo después contaminó de la misma manera todas las cosas, que se vendían en el mercado. Los cristianos de Antioquía, añade Teodoreto, gemían, y se lamentaban abominando tales cosas; mas comían las cosas contaminadas obedeciendo a la apostólica ley, que dice: comed todo lo que se vende en la carneceria». Los cristianos de Constantinopla obraron diversamente que los de Antioquía, como se infiere claramente de las siguientes palabras de san Nectario su obispo en el exordio a una oración sobre el ayuno cuaresmal{2}: «inficcionó, dice, y contaminó con sacrificios a los dioses todo lo comestible, que se solía vender públicamente para que todos, sino querían morir de hambre, comieran por fuerza los comestibles sacrificados, y porque según el oráculo de Teodoro mártir serían socorridos los cristianos en el peligro; esto sucedió prodigiosamente, pues todos ellos en lugar [12v] de pan comían trigo cocido, que los ricos liberalmente daban a los pobres para toda la semana; por lo que Juliano desesperando conseguir lo que quería, vencido con la abstinencia, y constancia de los cristianos, mandó que se vendieran otra vez públicamente los comestibles sin infección alguna». Hasta aquí las palabras de Nectario, que en el caso referido indica bastante claramente con el hecho, que entre los cristianos de Constantinopla prevalecía la opinión de los que decían, o juzgaban, que no se podían comer lícitamente los comestibles idolotitos: aunque es creíble, que muchos cristianos de opinión contraria dejasen de comerlos por despecho al emperador Juliano.

De la expuesta [13] doctrina apostólica, que inmediatamente ilustraré con la prueba apostólica, se infieren claramente muchas máximas, que no convienen con las modernas de los rigoristas; y en orden al asunto presente se infieren con particularidad las dos siguientes. «Sobre opiniones probables de ser lícita o ilícita alguna cosa cada uno siga la que quiera{3}: y la libertad en seguir, y practicar una opinión con preferencia a otra solamente puede faltar, o coartarse por causa del escándalo del prójimo{4}». Esta causa es la única limitación extrínseca de la libertad de opinar sobre lo que no es claramente pecaminoso: y en todos los casos, en que falte la dicha limitación, cada uno abunde en su modo de opinar, como enseña el apóstol s. Pablo, cuyas palabras alegando san Juan Capistrano dice{5}: cuando las diversas opiniones de los doctores no repugnan a la sagrada escritura, ni a las buenas costumbres, cada uno elija la opinión que quiera: y así se debe entender la autoridad de s. Pablo, que dice: unusquisque in suo abundet. Antes que el Capistrano, habían alegado Friburgo{6}, y santo Tomás{7}, la dicha autoridad para probar; que según ella se puede adoptar sin pecado cualquier opinión probable.

Con la doctrina apostólica, que se acaba de exponer conviene la práctica [13v] diversa de los apóstoles en varias funciones de su apostolado. De esta práctica diversa tenemos entre otros el que largamente refiere san Pablo sobre variedad de opiniones en orden a observar, o abandonar algunas ceremonias moisaicas, la cual variedad produjo tantas discordias entre los apóstoles, y sus discípulos, que san Pablo fue a Jerusalén para consultar a los apóstoles. Yo dice el santo apóstol{8}(a) después de catorce años fui otra vez con Bernabé, y Tito, el cual, aunque era gentil, no había sido obligado a circuncidarse. Fui, porque algunos hermanos se habían introducido entre los nuestros para explorar la libertad, con que en Jesucristo procedíamos no obligando a la servil sujeción de la ley moisaica…. Habiendo venido Pedro a Antioquía, en cara le eché su proceder, porque era reprensible. El comía antes con los gentiles, de los que se apartó después que llegaron los hebreos porque les temía; y lo mismo hicieron otros hebreos, y aún también Bernabé; por lo que dije a Pedro: si tu siendo hebreo vives con los gentiles convertidos no observando las ceremonias de Moisés, porqué con este retiro les obligas a judaizar?». Hasta aquí san Pablo que en la relación expuesta nos hace conocer, que él procuraba abolir, en cuanto podía, la observación de la ley moisaica, y que san Pedro aún continuaba en observarla, cuando estaba con los hebreos: y ciertamente san Pablo antes había obrado, como san Pedro, pues como se lee en el capítulo XVI de los actos apostólicos, por temor de los judíos había hecho circuncidar a san Timoteo, porque su madre era judía.

Estos, y otros casos sucedidos en tiempo de los apóstoles, y con su dirección practicados son idénticamente los mismos, que presentemente se [14] critican por los rigoristas, y probabilioristas, como contrarios a la moral Cristiana: mas con ellos convienen, como inmediatamente se expondrá, la doctrina de los santos padres, y la continuada práctica de la iglesia. En orden a los casos antes insinuados debe saberse, que los apóstoles al principio de su apostolado dejaban a los fieles entera libertad para obrar según su opinión probable en orden a observar, o abandonar las ceremonias de la ley moisaica; mas después que inmensamente creció el numero de fieles, conocieron que la observancia de la ley perjudicaba a la propagación, y puridad del cristianismo, y por esto declararon, como se lee en el capítulo XV de los actos apostólicos no ser necesaria tal observancia, y últimamente procuraron abolirla.

——

{1} Epistola ad Romanos cap XIV. Infirmum autem &c
Se prosiga poniendo todo este capítulo de la epístola de san Pablo hasta sus últimas palabras ex fide, peccatum est: pues todo el capítulo se traduce.

{2} Beati Nectarii archiepiscopi constantinopolitani Oratio una grecè. Parisiis. 1554. 8.

{3} Unusquisque in suo sensu abundet: epist. ad roman. XIV 5. Véanse In omnes D. Pauli apostoli epístolas comentariorum tomus primus auctore d. Guilielmo Estio Duaci. 1614 fol. In cap. XIV &c. p. 199 = Commentaria in omnes D. Pauli epistolas auctore Cornelio a Lapide e soc. I. Antuerpie 1614. fol. In cap. XIV &c p. 199 =. Commentarium literale Augustini Calmet ord. S. Bened. Tomus VIII. in epist. D. Pauli. Venatiis. 1732. fol. In cap. XIV. v. 5. p. 114, en donde se lee: Unusquisque in suo sensu abundet: hoc est unusquisque liberrime sue sententie hereat; vel quilibet stet in opinione sua. Ita patres, et Interpretes passim.

{4} Ut quid enim libertas mea iudicatur ab aliend conscientia. I. ad corinth X 29.

{5} Véase el número 31 del apéndice a este tratado.

{6} Véase el número 18 del dicho apéndice.

{7} Véase el número 8 del dicho apéndice.

{8} Epist. ad. Galat. cap. 2.

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Transcripción, realizada por Sergio Méndez Ramos, del manuscrito
conservado en la Biblioteca Complutense (BH MSS 503), folios 6 a 14.


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