Filosofía en español 
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Historia moral y filosófica... doce filósofos y príncipes antiguos

Pedro Sánchez

Historia moral y filosófica

[ Preliminares ]

[ Licencia del Rey - 20 mayo 1589 · Informe de Fr. Gabriel Pinelo al supremo Consejo - 6 mayo 1589 · Licencia del Arzobispado de Toledo - 3 junio 1589 · El Doctor Francisco de Pisa, al Lector - 10 septiembre 1589 · Encomienda el autor esta obra a su Ángel Custodio: y la pone debajo de su patrocinio y amparo · Pedro Sánchez al Deán y Cabildo de la santa Iglesia de Toledo · El Deán y Cabildo de la santa Iglesia de Toledo a Pedro Sánchez - 22 septiembre 1589 · Prohemio. De la Historia Moral · El Maestro Pedro Sánchez, al piadoso Lector. ]


portada, i recto

Año 1589
Historia moral y filosófica

En que se tratan las vidas de doce Filósofos, y Príncipes antiguos, y sus sentencias, y hazañas: y las virtudes moralmente buenas que tuvieron. Y se condenan los vicios de que fueron notados. Apurando lo bueno, y desechando lo malo que tuvieron. Sacando de todo ello la médula y sustancia de lo mejor y más provechoso, y moralizándolo, para utilidad de nuestras costumbres, y vida Cristiana. Y en el último lugar, y fin de la obra, se trata la vida de la Muerte, que es el fin y remate de las cosas humanas. Con algunas consideraciones provechosas para la buena vida.
Compuesta por el maestro Pedro Sánchez, Racionero de la santa Iglesia de Toledo. Dirigida al Deán y Cabildo de la misma Santa Iglesia.

Con privilegio. Impreso en Toledo, en casa de la viuda de Juan de la Plaza. Año 1590.
Está tasado a tres maravedís cada pliego.

Accipe vestem de tesauris filii mei ad sacrificia celebranda.
Quoniam mente pura in meis laudibus permansisti.

i vuelto

EL REY.

Por cuanto por parte de vos el Maestro Pedro Sánchez, Racionero de Toledo, nos fue hecha relación, que vos habíades compuesto un libro, intitulado Historia Moral y Filosófica: el cual era muy útil y provechoso. Atento a lo cual nos suplicasteis os mandásemos dar licencia para le imprimir, y privilegio por veinte años, o como la nuestra merced fuese. Lo cual visto por los de nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la Pragmática por nos sobre ello últimamente hecha dispone, fue acordado, que debíamos mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón, y nos tuvimos lo por bien: por la cual os damos licencia y facultad, para que por tiempo y espacio de diez años cumplidos, primeros siguientes, que corren y se cuentan desde el día de la fecha de esta nuestra cédula en adelante, vos, o la persona que para ello vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis imprimir, y vender el dicho libro, que de suso se hace mención. Y por la presente damos licencia y facultad a cualquier Impresor de estos nuestros Reinos, que vos nombraredes, para que por esta vez le pueda imprimir. Con que después de impreso, antes que le venda, le traiga al nuestro Consejo, juntamente con el original que en él fue visto, que va rubricado, y firmado al fin de Lucas Camargo nuestro escribano de Cámara, y uno de los que en el nuestro Consejo residen, para que se vea si la dicha impresión está conforme al original. Y traigáis fe en pública forma en cómo por Corrector por nos nombrado, se vio, y corrigió la dicha impresión por el original, y se imprimió conforme a él: y que quedan asimismo impresas las Erratas por él apuntadas, para cada un libro de los que así fueren impresos: y se os tase el precio que por cada volumen hubiéredes de haber. Y mandamos que durante el dicho tiempo, persona alguna sin vuestra licencia no le pueda imprimir, ni vender: so pena que el que lo imprimiere, y vendiere, haya perdido y pierda cualesquier libros, moldes, y aparejos que de él tuviere: y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís, por cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha pena sea la tercera parte para el juez que lo sentenciare: y la otra tercera parte para la nuestra Cámara: y la otra tercera parte para el denunciador. Y mandamos a los del nuestro Consejo, Presidente, y Oidores de las nuestras Audiencias, Alcaldes, Alguaciles de la nuestra casa y Corte, y Chancillerías, y a todos los Corregidores, Asistente, Gobernadores, Alcaldes mayores, y Ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier de todas las ciudades, villas, y lugares de los nuestros Reinos, y señoríos, y a cada uno de ellos en su jurisdicción: así a los que ahora son, como a los que serán de aquí adelante, que os guarden y cumplan esta nuestra merced: y contra ella no os vayan, ni pasen, ni consientan ir ni pasar en manera alguna: so pena de la nuestra merced, y de diez mil maravedís para la nuestra cámara. Dada en san Lorenzo, a veinte días del mes de mayo, de mil y quinientos y ochenta y nueve años.

YO EL REY.

Por mandado del Rey nuestro Señor.
Juan Vázquez.

ii r

Este libro del Maestro Pedro Sánchez, Racionero de la santa Iglesia de Toledo, que se llama Historia Moral y Filosófica, vi por comisión y mandato del supremo Consejo. Y me parece se podrá imprimir, y publicar, por ser doctrina limpia, y segura de sospecha de error: y que será de gran utilidad para las costumbres, y de varia materia, y lección muy provechosa para todos estados de gentes. En San Felipe de Madrid, de la Orden de nuestro padre San Agustín, a 6 de Mayo de 1589.

Fr. Gabr. Pinelo Prior.

 

El Licenciado Andrés Fernández, Canónigo de Toledo, juez y Vicario general en todo el Arzobispado de Toledo, &c. Por el tenor de la presente doy licencia para que se imprima un libro, intitulado Historia Moral y Filosófica, que ha hecho el Maestro Pedro Sánchez, Racionero de la Santa Iglesia de Toledo: e impreso, poderlo vender, atento que consta tener para ello licencia del Rey nuestro señor, y a que está visto y examinado por personas doctas, y de muchas letras, y rectas conciencias. Fecha en Toledo a tres días del mes de Junio de mil y quinientos y ochenta y nueve años.

El Licenciado Andrés Fernández.

Por mandado del Vicario general.
Pedro Pantoja.
Notario Público.

ii v

El Doctor Francisco de Pisa, al Lector

Y

Yo he leído con atención, y con gusto particular, este libro que compuso el Maestro Pedro Sánchez, Racionero de la santa Iglesia de Toledo: y he paseado esta espaciosa floresta de varia lectura y erudición: en la cual no sólo refiere la verdad de la historia de los doce Príncipes (como lo profesa) más a propósito de ella, disputa y determina muchas cuestiones Teológicas: y declara lugares de la Santa Escritura: reprehende los vicios, y persuade con elegantes razones y ejemplos, a las virtudes: con las cuales cosas nuestro autor sutilmente entretiene al Lector. De manera que enseña dulcemente, y deleita provechosamente: que son las cosas que pide Horacio en su Arte Poética, para que la obra sea de todo punto, digna de loa: y lo que demanda el natural del hombre: conviene a saber, que la doctrina (que es manjar del entendimiento) no se le proponga secamente, sino con alguna salsa que quite el fastidio, y alivie en parte el trabajo del estudio. {Omne tulit punctum quimiscuit utile dulci, lectorem delectando, pariterque monendo.} Por lo cual tengo para mí que este libro será de mucho provecho y gusto, a los Lectores curiosos de saber historias, y amigos de varia lección, y muy digno de imprimirse, y salir a luz. Es de estimar en mucho en un hombre ocupado en oficios eclesiásticos, como es el autor, el tiempo que le resta después de haber cumplido enteramente con la residencia de su Iglesia (que otros emplean en descanso, o entretenimientos) gastarse en estudios tan loables y provechosos, como estos, con que a sí mismo aprovecha, y a los próximos. Y es honor de su patria, y de su Iglesia. En Toledo, 10 de Septiembre de 1589.

El Doctor Francisco de Pisa.

iii r

Encomienda el autor esta obra a su Ángel Custodio:
y la pone debajo de su patrocinio y amparo.

D

Doctrina es de aquel gran Filósofo Plutarco Queronense, dando documentos a los padres {Plut. Queronense de educatione filiorum.} de cómo han de criar a sus hijos, para que no salgan aviesos y mal acondicionados, que desde pequeños les den ayos, o pedagogos, que con gran cuidado les enseñen buenas costumbres, y los aparten de los vicios, a que son inclinados. Y dice, que han de ser tan virtuosos, como era Fénix ayo de Aquiles: a quien su padre Peleo le encomendó, para que le enseñase, como cuenta Homero. Porque así como los buenos labradores ponen cuentos y estacas a los árboles tiernos, para que los vientos y tempestades no los derriben: así es necesario arrimar las nuevas plantas de los niños a virtuosos ayos y maestros, para que los terremotos de los vicios y malas costumbres, y la malicia de sus propias inclinaciones, no los hagan dar de ojos en grandes malezas. Para que siendo desde la primera edad bien inclinados y doctrinados, comiencen a dar señal de los buenos frutos que han de llevar en la edad madura, brotando en la niñez pimpollos de loables costumbres. Por lo cual cuando nació Alejandro, escribió el Rey Filipo de Macedonia, su padre, al Príncipe de los filósofos Aristóteles, pidiéndole con grande instancia, que fuese su ayo: afirmando, que no se holgaba tanto de haberle nacido aquel hijo para sucesor de sus Reinos, cuanto porque había nacido en su tiempo, para que pudiese ser su maestro.

¶ Pues si los padres (por el grande amor que tienen a sus hijos) tienen cuidado de darles los mejores ayos y preceptores que pueden hallar, para que les enseñen buenas costumbres, ¿cuánto más pretenderá aquel padre soberano dar ayos, preceptores, tutores, y curadores, a sus hijos, reengendrados en la Cruz, que miren por ellos, y que les inspiren santas inspiraciones, y que los defiendan de aquel Dragón infernal, que los anda cercando, buscando (como dice San Pedro) a quién trague? Para esto provee la Majestad de Dios nuestro Señor al niño de un Ángel Custodio, que le guarde: como dice el Maestro de las Sentencias: desde que se nace (según Santo Tomás) o desde que es animado el Embrión (como quieren otros doctores). {Sentenc. Dist. 11. Thom. 1 pa. q. 113 art. 5}. Mas entonces, como el niño sea parte de la madre, y tan conjunta cuando está en el vientre, el mismo Ángel Custodio que guarda a la madre, guardará al niño. Y así lo siente el Tostado sobre San Mateo. {Tosta. Math. 12 q. 3.}

¶ Este soberano beneficio de que usa con nosotros el Padre de las misericordias, de darnos Ángeles por tutores y defensores, que nos libren de los peligros espirituales y temporales en que caeríamos, si este celestial socorro nos faltase, encarece el Real Profeta, cuando dice hablando con el hombre: Encomendote a los Ángeles, y dioles la curaduría de tu persona, para que te guarde en todos tus caminos {Psalm. 90}. Sabía Dios ab aeterno, cuán mal inclinada es nuestra naturaleza desde su juventud {Genesi. 8}: y por eso en desembarcando de la navecilla del vientre de nuestras madres, y en tomando puerto en esta tierra de miserias, nos provee de Ángeles Custodios, que miren por nosotros, y que nos guíen, como guió el Ángel a los hijos de Israel, e iba delante de ellos, cuando huían de Faraón, hasta ponerlos en salvo. Y como prometió Dios a Moisés que le enviaría un Ángel, que fuese delante del ejército, y le guiase {Exo. 14}. Ese pues es el oficio de los Ángeles Custodios, ser guías, guardianes, y pedagogos, que encaminen al hombre al camino de salvación, y le enseñen, y administren. Esto es lo que dice el Apóstol de los Ángeles, que son espíritus administradores, enviados para nuestro ministerio {Hebr. 2}.

¶ Y no solamente provee la divina Majestad de Ángeles Custodios en particular, sino [iii v] también a los pueblos, ciudades, y provincias, y universidades. Verificándose lo que dice el Eclesiástico: En todas las gentes puso rectores {Eccles. 18}. Por los cuales dice la glosa, que se entienden los Ángeles. Y así dice San Jerónimo que conviene, para que estemos seguros de los enemigos infernales {Hieroni. In. Home. S. Mich.}. Porque no podría (como él dice) estar segura la fragilidad humana, entre las asechanzas de tantos y tales enemigos, si no estuviese cercada de la guarda de los Ángeles. Y es gran dignidad (dice el mismo en otra parte) que tenga cada ánima un Ángel delegado para su guarda, de tan excelente naturaleza, y cortesano de la corte del cielo{Idem. Super Math. 18 cap.}. Bien conocía la grandeza de este soberano beneficio el glorioso Agustín, cuando decía en sus Soliloquios: Grandes son, Señor, los beneficios con que nos honraste, dándonos Ángeles por administradores. Y como si fuesen pocos los beneficios que nos das en la tierra, añades los que son del cielo {Aug. In Solilo. C. 39}.

¶ De esta verdad católica, tan recibida de la santa Madre Iglesia, de que tenemos Ángeles que nos guardan, podríamos traer infinitos testimonios de las divinas letras. Mas dejando los demás (por brevedad) la hermosa Judith lo afirma con juramento, diciendo: Vive Dios que me guardó su Ángel {Iudith, 13}. Y en el Éxodo dice el mismo Dios: Yo enviaré mi Ángel, que vaya delante de ti, y te guarde en el camino, y te lleve al lugar que yo te tengo aparejado: mira que le obedezcas {Exod. 23.}. Y (lo que más es) el mismo Redentor da testimonio de la custodia Angélica, diciendo: Sus Ángeles siempre ven el rostro de mi padre {Math. 18}.

¶ Y aun Aristóteles (con ser infiel) parece que quiso atinar algo a esta verdad de la custodia Angélica: aunque él no tuvo noticia de Ángeles, sino de Inteligencias. El cual en un libro (llamado Secreta Secretorum) que dirigió a Alejandro, dice estas palabras: Oh Alejandro, ¿no sabes que tienes dos Custodios que te guardan, uno a la mano derecha, y otro a la izquierda, que tienen cuenta con tus obras, y las refieren a tu hacedor? Por lo cual te aconsejo, que te apartes de hacer malas obras {Secreta Secretorum Aristot. ad Alex.}. Por donde parece que andaba atinando en alguna manera a esta verdad, que los hombres tienen guardianes que miran por ellos, que nosotros llamamos Ángeles.

¶ Y los Príncipes y Prelados no solamente tienen un Ángel Custodio, como los otros hombres, sino dos: uno para guarda de su persona, y otro como persona pública, para la buena gobernación de los súbditos. Así lo dice el Tostado sobre San Mateo, y el Florentino en la tercera parte {Tost. Mathei 18, q. 12; Flore, 3 p. ti. 32 ca. 6, a. 4}

¶ Y lo que incumbe al oficio de Ángel Custodio de cada uno, es, apartarle con sus inspiraciones y saludables consejos, de vicios, pecados, y ofensas de Dios: y librarle de los lazos que le arma aquel infernal cazador, y de todos los males y daños que pueden suceder en esta peregrinación. Como hizo aquel Ángel en el libro de los Números, que apareció al Profeta Balan, con una espada desenvainada, y se le puso delante, para estorbarle que no fuese a maldecir al Pueblo de Dios {Nume. 22}. Y otro Ángel apareció a Agar, esclava de Abraham, en el desierto, y le aconsejó que se sujetase a su señora, y la obedeciese {Gene. 16}. Y el Ángel que recordó a San Pedro cuando estaba preso y aherrojado, y le dijo, que huyese de Herodes que le quería matar, significa al Ángel Custodio, que persuade y amonesta a quien guarda, que huya de la muerte infernal, que le quiere dar el demonio {Actu. 23}. Y el Ángel que recordó a Elías, cuando dormía a sueño suelto, y le mandó que caminase, significa las amonestaciones que hace el Ángel Custodio al hombre que camina para Dios, y que recuerde del sueño del pecado {3 Reg. 19}. Por manera, que el oficio del Ángel de la guarda es, persuadir al hombre todo aquello que es virtud, y apartarle todo lo que toca a vicios y pecados: y allegarle el bien, y apartarle del mal.

¶ Y pues la Reina de los Ángeles nunca tuvo pecado de que (por persuasión del Ángel) se pudiese apartar, es cosa digna de saber, si tuvo Ángel Custodio. Pues no solamente fue preservada de pecado actual, sino también de original: y nunca tuvo fómite, [iv r] ni cosa que diga imperfección, de que el Ángel Custodio la pudiese guardar.

¶ A esta cuestión satisface el Tostado sobre San Mateo, por esta Conclusión. Aunque la Sacratísima Virgen María Nuestra Señora era más perfecta que los Ángeles, (no cuanto a la naturaleza, sino cuanto a la gracia, y perfección de caridad) y tuvo mayor excelencia y santidad que ninguna pura criatura, y por eso fue ensalzada sobre todos los coros de los Ángeles, no la privó de la custodia Angélica {Tosta. Math. 18 q 34.}. Porque aunque es verdad, que no la pudo el Ángel Custodio retraer de pecar, porque (por razón de ser confirmada en gracia) no pudo pecar mortalmente, ni venialmente, propter abundantem sanctificationem, como dicen los Teólogos: mas para ser ayudada para merecer más en sus obras, y en los actos de perfección que hacía, y para estorbar los impedimentos y tibiezas que ofrece el demonio en las buenas obras para desquilatar el merecimiento de ellas: y también para alumbrar la fantasía, y para confortar la lumbre natural del entendimiento para las obras de perfección, fue cosa conveniente que tuviese Ángel Custodio. Y asimismo para librarla de los peligros exteriores que ella no sabía, y pudiera caer en algunos de ellos, si el santo Ángel no la avisara, guiara, e instruyera. Como cuando el Ángel la amonestó (como dice el Evangelista San Mateo) que huyese de Egipto, porque Herodes andaba negociando de matar al niño Jesús {Math. 2}. Y después de muerto Herodes, la amonestó que se volviese a Jerusalén {Ibi.}. Estos, y otros semejantes avisos, le daban a los Ángeles. Y es de creer que serían los Custodios que ella tenía.

¶ Y digo los Custodios: porque la Madre de Dios no solamente tuvo un Ángel Custodio, como tenemos todos, sino dos: uno como persona privada, del primer orden de los Ángeles: y otro de la jerarquía de los Arcángeles, que la encaminaba en lo tocante al servicio de su hijo: hasta cuya muerte duró la custodia de este Ángel. Y la del propio que tenía como persona particular, le duró hasta la muerte. Así lo dice el Tostado, y otros doctores {Tosta. ubi sup. q. 34}.

¶ Y aunque la madre de Dios tuvo estos dos Ángeles Custodios que miraban por ella, y por lo tocante a su servicio y ministerio, mas Cristo nuestro Redentor no tuvo Ángel Custodio, ni había para qué tenerle, pues no podía ejercitar en él, lo que en nosotros es necesario: conviene a saber, persuadir el bien, y disuadir el mal: que es lo que toca a su oficio.

¶ Y nuestros primeros padres en el estado de la naturaleza entera, cosa cierta es, que tuvieron Ángeles Custodios: aunque se aprovecharon mal de sus consejos: como prueba el Docto Gabriel sobre el segundo libro de las Sentencias {Gab. Super 2.Sen. Dist. 11 q. Unic. Conclus. 1.}.

¶ Y también concede la divina clemencia el socorro de la custodia Angélica a los infieles. Y el mismo Antecristo (que ha de ser el peor de los hombres) ha de tener Ángel Custodio. Y aunque no admitirá él sus santas inspiraciones, todavía procurará (cuanto fuere en sí) por estorbarle algunos maleficios, que hiciera si le faltara este socorro del Ángel Custodio.

¶ Y lo que es muy digno de notar de los Ángeles, es, lo que de ellos dice Santo Tomás en la primera parte {Tho. 1 pa. q. 112 art. 3}. Y es, que la mayor parte de ellos siempre asiste en el divino consistorio. Y algunos hay, que no siempre son asistentes, sino administrantes: como los Custodios, y otros que son enviados al mundo por mensajeros. Los que siempre asisten en el divino acatamiento, son superiores, y de mayor dignidad. Y estos declaran a los inferiores, y que son ministrantes, lo que Dios les revela, y que ven en la divina esencia para que lo manifiesten a los inferiores, y vengan al mundo por mensajeros, y paraninfos, a los recaudos y ministerios que Dios les manda por medio de los superiores. [iv v]

¶ Esto es lo que dice San Dionisio en su celestial Jerarquía, que los Ángeles superiores inmediatamente son alumbrados de Dios: y estos alumbran a los inferiores: y que el Ángel superior comunica al inferior su inteligencia, o su concepto. Porque esta es la manera de hablar de los Ángeles, y su lenguaje, descubrir sus conceptos los superiores a los inferiores {Dionisi. de Caelus hierar. c. 4}. Y estas son las lenguas de los Ángeles, de que trata el Apóstol en la Epístola a los de Corinto, cuando dice: Aunque yo hable con lenguas de Ángeles, &c. {Cor. 13}.

¶ Y también es muy notable consideración en materia de Ángeles, que los que son enviados a este mundo por mensajeros, aunque mientras dura su legación no están en el cielo, porque ninguna criatura puede estar en dos lugares: y los que vienen por Ángeles Custodios, o para otro cualquier efecto, en donde quiera que estén, están gozando de la divina esencia, y tienen la lumbre de gloria, según la proporción de sus merecimientos. De los cuales quien mayor parte tiene, recibe mayor lumbre, y por consiguiente mayor gloria. Mas tan contento está el que tiene un grado de ella, como el que tiene muchos. Y ninguno desea más gloria de la que tiene. Porque viendo a Dios, no le queda qué desear, pues tiene todo lo que puede dar contento y gloria. Por manera, que estando el Ángel guardando al hombre, goza de Dios inmediatamente: como prueba Santo Tomás {Thom. ubi supr.}. Porque así como si el Rey envía un Grande de su casa y corte, a otro Reino por Embajador, no le quita los gajes y misión que tiene en su palacio Real: así no permite la grandeza del Rey de los Reyes, que el Ángel que él envía por Custodio, o por Embajador a la tierra, pierda un punto de la gloria que gozaba en el cielo. Y así como el demonio cuando nos viene a tentar se trae consigo la pena que tenía en el infierno: así el Ángel, adonde quiera que va, goza de su misma gloria.

¶ De todo lo que de la Angélica Custodia habemos dicho, podemos inferir, cuán útil y necesaria es para nosotros, y la gran obligación que tenemos los hombres, de reverenciar a nuestros Ángeles Custodios. Lo cual consideraba yo cuando comencé a poner manos en esta obra. Y por tanto, oh Ángel mío bienaventurado, a quien Dios encomendó el oficio de mi custodia, acordé de ponerla debajo de la sombra de tu favor y amparo: y puesta, estaré tan alegre, como dice la divina Escritura, que estaba el Profeta Jonás debajo de la sombra de una Yedra, que le defendía de la fuerza del calor del Sol {Ionae 4}: como espero la defenderá tu excelencia, de la violencia de los murmuradores: y taparás las bocas a los maldicientes, que suelen hacer carnicería, y lavar sus manos con la sangre de los sudores ajenos. Como las tapó otro Ángel a los Leones, para que no despedazasen al Profeta Daniel {Dani 6}. Y con tal intercesor, tendré por muy cierto el divino favor, pues para ello me da atrevimiento el Profeta Job, cuando dice: Si hablare por él, el Ángel a Dios, habrá misericordia de él {Iob 33}. Y así espero que estará tan segura mi obra con tal intercesor, de las malas lenguas, como estaba la hermosa Judith cuando salió libre de los reales de Holofernes, y decía: El Ángel del Señor me ha librado {Iudith 13}. Y en haberte elegido por Patrón (o Ángel Custodio bienaventurado) he tomado el consejo del melifluo Bernardo sobre los Cantares: Llama, y pide el patrocinio del Ángel Custodio, para que te favorezca en todas tus necesidades {Ber.super Canti.}Y para que la divina Majestad se sirva de que ampares y defiendas esta obra que ofrezco a tu excelencia, le presento esta petición, ordenada por la santa madre Iglesia. Deus qui inefabili providentia, sanctos Angelos tuos ad nostram custodiam mittere dignaris, largire suplicibus tuis, eorum semper participatione defendi, & aeterna societate gaudere. Per Christum Dominum nostrum.

v r

Al Deán y Cabildo de la santa Iglesia de Toledo, Primada de las Españas,

el Maestro Pedro Sánchez, Racionero de la misma Santa Iglesia.

S. P. M.

S

Suelen los amorosos padres, y celosos del provecho de sus queridos hijos, cuando ya son de edad, y se ven cercanos a la muerte, trabajar pecho por tierra, por ponerlos en estado, y dejarlos bien puestos, temiendo que por su ausencia no se pierdan. Pues habiendo yo los días pasados (por la divina miseración) engendrado un hijo de la propia sustancia de mi flaqueza de ingenio, y pocas letras, cuyo nombre es Árbol de Consideración y varia doctrina: y habiéndole ya sacado a volar, y puéstole los ojos al Sol del favor y amparo del Ilustrísimo señor don Gaspar de Quiroga, meritísimo Arzobispo de esta Santa Iglesia: como hace el Águila a sus hijuelos, antes que los eche a volar {Cornu, Copi. verbo aguilae lite. M.}. Y viéndole con su favor tan crecido, y tan extendido por el mundo (sin que él lo mereciese, ni su progenitor) teniendo ya seguridad que este hijo mayor está bien puesto, debajo de tal amparo, me ha nacido otro hijuelo a mi vejez: que es como un pobre pastorcillo, que no merece estar sino en el aprisco, y rebaño de los que están puestos en olvido. Y este hijuelo que me ha nacido a la postre, es un tratadillo, llamado Historia Moral y Filosófica: a quien yo llamo hijo de mi vejez. Porque le he sacado a luz en edad tan madura, que pudiera con justo título dar carta de repudio a los libros, y alzar mano del ejercicio de las letras, (en que me han nacido, y se me han caído los dientes, con menos aprovechamiento que yo quisiera) y recogerme a buen vivir. Mas como yo le haya producido y criado a mis pechos, con amor paternal que le tengo, se me hace de mal dejarle huérfano sin padre: como quedaría si yo faltase, aunque quedase encomendado a albaceas, y tutores, que mirasen por él, y le hiciesen imprimir. Y así temiendo yo, no se criase vicioso, andando por casas ajenas, procuré de ponerle en estado, antes que Dios me llamase: pues ya (según el curso de naturaleza) no pueden ser muchos mis días. Y así le he hecho imprimir, estando yo presente, después de haberle encomendado a varones de grandes letras: (y de ser bien examinado, por mandado de su Majestad) que le limasen, y corrigiesen, para que no saliese con algunos reveses, vicioso, y mal acondicionado.

¶ Y ya que le tenía en este estado, estuve algunos días suspenso, pensando con qué señor le asentaría, para que le favoreciese. Y al fin de diversos discursos, me vine a resolver en esta determinación, de ponerle debajo del amparo y protección de vuestra Señoría: con cuya autoridad no temerá los bocados de los murmuradores, que son aquellas Raposillas que dice la Esposa en los Cantares, que andan royendo las viñas {Canti. I}. Los cuales (por más malévolos que sean) quedarán confusos, y les acaecerá como a la Mariposa, la cual (siendo tan desaprovechado) no sirve, sino de apagar la candela para que no alumbre, ni aproveche. Mas al fin ella paga con su muerte su malicia, y temeridad. Y no podrá apagar la candela que está puesta en la linterna de la autoridad y defensa de vuestra Señoría, la malicia de los murmuradores. [v v]

¶ Y pues yo he tenido tan generosos pensamientos, de atreverme a dedicar este libro a este amplísimo Senado, donde hay tantas letras, y de tan diversas facultades (siendo un pequeño gusanillo) suplico a vuestra Señoría (ya que el servicio no lo merezca) acepte mi voluntad, y le ampare, con su acostumbrada clemencia. En lo cual guardará Vuestra Señoría la antigua y loable costumbre que tiene de favorecer a los que se ejercitan en el estudio de las letras: y les dará espuelas para aprovechar a sí, y a otros, y componer obras de mejor estilo, y de mayor doctrina. Porque mucho hace al caso para que los hombres se animen a buenos y loables ejercicios, ver favorecidos por los Príncipes los honestos trabajos. Y por eso preguntado Solón Salamino (como dice Estobeo) que cuál era excelente República. Respondió: Aquella donde los buenos son galardonados, y estimados {Solon}. Y así una de las alabanzas que se pueden decir de este amplísimo Senado es, que (entre las otras obras pías, y de perpetua memoria que hace) favorece tanto a los que se quieren dar a las letras, que tiene estudios, y Colegios, adonde con gran cuidado se enseñan los que sirven en esta Santa Iglesia. Y (demás de darles preceptores que los enseñen diversidades de ciencias) les da todo lo necesario para su estudio, mantenimiento, y vestuario, en sus Colegios. Y también da licencia a los Prebendados, que con celo de aprovechar, se quieren ir a otras Academias, para que vayan a estudiar, y sean habidos por presentes en la renta y emolumentos de sus beneficios. De donde se sigue, que aprovechan tanto en los estudios, que muchos de los capitulantes salen cada día para Oidores de audiencias Reales, y oficios de Inquisición, y a Obispados, y Arzobispados, y Cardenalatos, y a otras diversas plazas: donde hacen gran servicio a Dios, y a la Majestad de nuestro señor el Rey don Felipe: y se engrandece con perpetua fama la grandeza de esta Santa Iglesia; que cría con leche de doctrina, y a costa de sus grandes rentas, varones tan eminentes como estos, y otros muchos que echa a volar por diversas partes de la Cristiandad. Y salen de aquí tantos Obispos y Prelados, por la noticia que tiene de su virtud, y grandes letras el Rey nuestro señor, que tanto resplandor dan en la Iglesia de Dios.

¶ Y una de las razones porque en nuestros tiempos ha llegado a tanta cumbre el ejercicio de las letras, es, ver que los Letrados son tan favorecidos, y estimados, y que no caben las Universidades de oyentes, después que (por divina inspiración) dispuso el santo Concilio Tridentino {Sessio 24, ca. 18}, que los beneficios Curados, se diesen por habilidad y suficiencia: y que pasen los opositores por las picas de riguroso examen. Y así debemos mucho a Dios los que habemos alcanzado tan felices tiempos, que no solamente los Curados, y Prelacías, se dan a personas calificadas en costumbres, y letras, sino que las Canonjías, y otros beneficios pingües, se dan comúnmente a letrados, eminentísimos, de los cuales está lleno este gravísimo Senado.

¶ Y así nunca en los tiempos antiguos estuvieron las letras tan favorecidas como el día de hoy. Y si queremos inquirir la razón, no hay otra, sino la que da Peroto en el Prólogo sobre la traducción de Polibio, al Papa Nicolao Cuarto {Peroto ad Nicola}. El cual dice, que la razón porque antiguamente hubo tanta copia de Oradores, y Filósofos, era, porque reinaba Octaviano, Augusto, Alejandro, y Filipo, y otros Príncipes, que favorecían tanto las letras, que dice Sabelico {Sabelico}, que habiendo tomado Alejandro por fuerza de armas la ciudad de Tebas, mandó que no tocasen en la persona y bienes del poeta Píndaro, ni en los de su familia. La cual razón corre hoy, por favorecer tanto Vuestra Señoría las letras, y a los que se dan a ellas, más que aquellos Príncipes antiguos.

¶ Pues viendo yo cuán sublimados son por Vuestra Señoría, y cuán bien galardonados los que en esta santa Iglesia y Arzobispado de Toledo, se dan al ejercicio de las [vi r] letras, y entendiendo el gran provecho que hacen en la viña de Dios, los Prebendados que la cultivan, y trabajan en ella, unos leyendo, otros predicando, otros escribiendo y enseñando, otros con sus buenas obras, doctrina, y ejemplo, dando gran resplandor en ella: por no degenerar yo de hijo de tal madre, como es esta santa Iglesia, donde me he criado: queriendo imitar en algo el aprovechamiento que mis mayores hacen en ella, he tenido atrevimiento y osadía de querer yo también ofrecer en este santo Templo donde resido, el Cornadillo de esta mi obra, fabricada con mis pocas fuerzas: como el niño que queriendo imitar a los que ve andar, va a gatas, y como puede, trabajando por seguirlos. Y como el mismo niño, que no sabiendo bien hablar, ceceando, y tartamudeando, dice algunas palabrillas mal pronunciadas, y que apenas se pueden entender: imitando cuanto es en sí, a los que ve hablar. Así yo he procurado con mi insuficiencia, y pequeño talento, imitar a mis mayores, que tanto, y con tanto aprovechamiento veo trabajar en esta viña: haciendo (siquiera) unas letrillas, y un abecé (pues más no puedo) en que lean los principiantes, y faltos de letras, las hazañas de algunos Príncipes y Filósofos antiguos: sacando de ellas algunas moralidades y sentencias, que (si la torpeza de mi pluma no lo estorba) espero en Dios serán provechosas. Y si no lo fueren, a lo menos lo serán para mostrar el deseo que yo tengo de servir a Vuestra Señoría, ofreciéndole este retoño y pequeño fruto de mis estudios: a quien yo quisiera poder servir con obra más erudita y agradable, pues tanto se debe a la virtud, y a la generosidad, y esclarecida sangre, hermoseada con tanta autoridad de letras, como en este amplísimo Senado resplandece. Cuya benignidad, y celo de religión, y otras buenas partes, están tan extendidas con perpetua fama por el mundo: que se ofrecía aquí (si el capítulo Testes {4. Q. 3. Testes} admitiera por testigos a los que son de casa), gran campo donde se pudiera espaciar mi pluma, refiriendo la nobleza y generosidad de los presentes, heredada de los ilustres y antiquísimos linajes de sus pasados, con que tanto ha querido ilustrar la majestad divina este Teatro: que en letras excede al de los Atenienses: y en prudencia y buena gobernación, al de los Romanos: y en sangre, a los Catones y a los Gracos. Por las cuales razones (si el Eclesiástico diera licencia para alabar a los que viven) no fuera yo corto en escribir sus grandezas, de los que son tan largos en obrarlas {Eccles. 11}. Mas es tanta la humildad que (entre las otras virtudes) resplandece en Vuestra Señoría, que entiendo hacerle mayor servicio en pasar en silencio sus grandezas, que en ponerlas en historia. Y porque alabarlas un gusanillo como yo, parece que sería desalabarlas: por tanto desistiendo de este cuidado, quiero tender mis redes, en confianza del favor de Vuestra Señoría, a quien Nuestro Señor prospere en su servicio, y después de este destierro lleve a su bienaventuranza.

vi v

El Deán y el Cabildo de la Santa Iglesia de Toledo, Primada de las Españas,

al maestro Pedro Sánchez, Racionero de ella.

S. P. D.

G

Gran contento reciben los padres cuando ven a sus hijos ejercitados en buenas, y virtuosas costumbres, y señalarse en el ejercicio de las letras. Y nosotros le tenemos muy grande, de que en esta santa Iglesia se haya criado hijo, que merezca serlo de tal madre. Y por tanto os agradecemos, y estimamos en mucho, la dedicación de vuestro libro, intitulado Historia Moral y Filosófica. En el cual habemos conocido la mucha erudición y varia doctrina que tiene, de donde cada uno que le leyere, puede coger el fruto de la ciencia a que fuere más aficionado. Porque tiene abundante copia de Filosofía natural y moral, y mucha doctrina de la sagrada Teología, y otras muchas cosas de provecho y gusto. De donde se echa de ver cuán perito y universal os mostráis en todas las ciencias. Y parece que habéis abierto tienda de diversas, y muy preciosas mercaderías: y plantado un deleitoso enjertal de diversos viduños. Y estimamos en mucho, que cumpliendo con la obligación de vuestra Prebenda, y con los cargos que tenéis en esta Santa Iglesia, hayáis tenido lugar de poner en término que se pueda gozar de su fruto, la Historia presente: que no es menos apacible, gustosa y erudita, ni habrá costado menos trabajo, que el Árbol de Consideración y varia doctrina, que pocos días antes sacastes a luz, y con tanto aplauso y aprovechamiento, está recibido en estas partes. Y pues todo va dirigido a gloria y honra de Dios, su divina majestad premiará de su mano tan virtuoso trabajo. Y nosotros corresponderemos con agradecimiento en las ocurrencias que tuvieredes necesidad de nuestro favor y amparo. De Toledo, en nuestro Cabildo, a 22 de Septiembre de 1589.

Por mandado del Deán y Cabildo de la santa Iglesia de Toledo, Primada de las Españas.

Juan B. de Chaves, Secretario.

vii r

Prohemio.
De la Historia Moral,
JESÚS. MARÍA.

C

Costumbre es de algunos jugadores avisados, cuando han hecho alguna gran ganancia, alzarse a su mano, y no aventurar en la continuación del juego la ganancia, y el caudal. Y así parece que fuera muy acertado, contentarme yo con haber tenido osadía de sacar a plaza (haciendo publicación de mi ignorancia) el libro del Árbol de Consideración, y varia doctrina, que con menos idoneidad y más atrevimiento que convenía, pocos días ha, eché a volar: con harta vergüenza, y temor mío, por conocer mi rudeza: sin echar otro lance, y tornar a proseguir el juego, componiendo de nuevo otro libro. Y aunque fuera mejor, y más acertado, alzarme a mi mano, si algún crédito se granjeó en aquellas primicias de mis estudios, y poner perpetuo silencio en escribir, que tornar de nuevo a descubrir mis faltas, y sacar a luz otra obra, trazada en el ruin taller de mi boto entendimiento, y fraguada en el crisol de mi rudeza. Mas desconfiando de mis fuerzas para tan ardua provincia, y confiando totalmente en el favor y gracia del altísimo, sin cuyo socorro ninguna cosa buena puede hacer la flaqueza humana (como dice el Vaso de Escogimiento a los de Corinto {2 Cori. 3}: y se contiene en el capítulo último, de Consecratione {De conse. Distin. 4 c. ulti.}) me he atrevido (como otro San Pedro) a tender mis redes, y descoger mis pobres velas a los vientos: estribando en el divino favor {Lucae 5}. El cual (como se contiene en el capítulo Omnis Christianus {De conse. dist. 1 c. omnis Christ.}) habemos de pedir humildemente en todas las cosas que comenzaremos, conforme a la instrucción del Apóstol. Todas las cosas que hicieredes, en palabra, o en obra, las habéis de hacer en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. En el cual estoy muy confiado, favorecerá mi intención, que es, aprovechar (si pudiese) a los pequeñitos, y que carecen de letras, con alguna doctrina moral, con que reformasen sus costumbres, sin tener yo tan temerario atrevimiento, de escribir para aquellos, de cuyas migajas de doctrina, caídas de la mesa de sus altos entendimientos, yo me hallo indigno {1 Cori. 10}.

¶ Pues en este señor tengo yo depositada mi esperanza, confiando que del inmenso Océano de su divina sabiduría, destilará algunas goticas sobre la tierra de mi ignorancia, para salir a luz con esta alta empresa, que en su nombre, y para su servicio se ha comenzado: pues él es, el que despierta y hace elocuentes las lenguas de los niños {Sapi 10}. Y él es, el que purificó los labios del profeta Isaías con el fuego, para que cesasen los impedimentos y torpeza de su lengua {Esai. 6}. Y el que hizo al tartamudo Moisés, hablar al Rey Faraón despiertamente {Exo. 4} Y él sólo es, el que trae al deseado fin las cosas totalmente desesperadas: como dice la ley primera {L. I ad finem C. de ve.}.

¶ Y por eso los escritores Católicos, desconfiados de sus fuerzas, y muy confiados del divino favor, en el principio de sus obras guardan esta loable costumbre, de implorar [vii v] el divino favor. Como hace Boecio en el tercero de Consolatione {3 de Consol c. 15.}: donde dice: Ante todas cosas habemos de invocar al Padre Universal, que nos favorezca: sin el cual ninguna cosa se puede hacer bien. Este mismo estilo guardó Orígenes en la exposición del Levítico, diciendo: Para exponer la Sagrada Escritura, primeramente habemos de acudir a Dios, para que podamos considerar las maravillas de su ley {Orige. Super Leviti.}. Y aun el Poeta Juan de Mena usó de esta misma costumbre, como parece por este su elegante metro {Mena metro 3.}.

Tu Caliope me sey favorable
Dándome alas de don virtuoso,
Porque discurra por donde no oso,
Convida mi lengua con algo que hable:
Levante la fama su voz inefable
porque los hechos que son al presente
Vayan de gentes sabidos en gente:
Olvido no prive lo que es memorable.

¶ Y aun los autores infieles guardaban el mismo estilo en el principio de sus obras implorando de sus vanos dioses, el favor que no les podían dar: como hizo Valerio Maximo en el prohemio de su libro {Vale. Ma, In proh.}: donde alaba a los autores que comienzan sus obras, pidiendo el favor de Júpiter. Y lo mismo hace Tito Livio en el Prohemio de sus Décadas {Tito Livi, in prohe}. Y dice, que los autores ante todas cosas han de pedir el auxilio divino, para que la obra tenga buen suceso. Y el Poeta Ovidio, en el principio de su Metamorfosis, dice. In nova fert animus mutatas dicere formas corpora, Dii caeptis (nam vos mutastis et illas) aspirate meis {Ovidi in prin. Methamor.}. Y el poeta Virgilio en el principio de su Eneida, pide el socorro de las Musas {Virgi}. Y Lucano el de Júpiter. {Luca.}

¶ Pues si los Gentiles (para haber de comenzar sus obras) lo primero que hacían, era, pedir el ayuda, y socorro a aquella burlería y vanidad de sus falsos dioses: cuánto mayor razón tenemos los Cristianos, sabiendo que es muy verdadera la sentencia del Apóstol, que para ninguna cosa somos suficientes, sino que la suficiencia nos ha de venir de Dios: para postrarnos delante del divino acatamiento de nuestro verdadero Dios, y señor, suplicándole, que pues él sólo es, el que puede dar el ser, y perfección a las cosas {2 Cori. 3.}: como certifica su Apóstol: le dé a esta, que en su nombre, y para su servicio se ha comenzado {Phili. 2}.

¶ Pues a ti, clementísimo Padre, y a tu unigénito Hijo, y al Espíritu Santo, tres personas, y un solo Dios verdadero, pide este tu indigno y desaprovechado siervo, el favor y ayuda que no merece, para esta obra, que en tu nombre y confianza se ha comenzado. Y por conocerme por indigno de tan soberana merced, pongo por intercesora a la que (de piadosa costumbre) es de los pecadores: para que lo que aquí se tratare, sea provechoso, y muy acertado. Lo cual (por tener experiencia de mi ignorancia) someto a la corrección de la santa Iglesia Romana, nuestra madre, y a la lima y censura de mejor juicio.

¶ Y lo que yo aquí pretendo tratar, es, la historia de las vidas de algunos Príncipes, y Sabios antiguos, los más eminentes que yo he hallado, y de mejor doctrina, y de más loables costumbres morales, que yo he podido descubrir en los historiadores, y autores antiguos que yo he visto. De cuyas sentencias y doctrina, y de lo que hicieron y dijeron, y de las costumbres moralmente buenas que tuvieron, he trabajado por [viii r] sacar lo mejor, y más cendrado, dejando lo malo y vicioso. Y después de cernido y apurado lo mejor de sus palabras y obras, lo voy moralizando para sacar de ello la médula, el zumo, y la substancia, que entiendo que podrá aprovechar a la reformación y mejoría de nuestras costumbres.

¶ Y no porque estos hayan sido infieles, debemos dejar de aprovecharnos de su doctrina, desechando lo malo, y siguiendo lo bueno. Antes dice San Agustín en su Doctrina Cristiana, que les hemos de tomar a los Gentiles lo bueno que dijeron, como a injustos poseedores, y aplicarlo a nuestros usos: aprovechándonos de las cosas buenas, y doctrinales que dijeron, y apartándonos de los yerros en que cayeron {Augu. 2 lib de doctrin. Christ.}. Y así pasándolos por la coladera del buen entendimiento, echarse han a mal las heces y escoria de lo malo, y quedará lo bueno, y moral, para aprovecharnos de ello: a la manera que dice Aristóteles en el libro de los Animales {Aristot. In anima.}: y Plinio en el libro treinta y uno: que se puede sacar agua dulce de la mar {Pli. lib. 31}. Y esto se haría, metiendo en el mar unas bolas de cera huecas: que si las abriesen después de un día natural, hallarían dentro agua dulce. Porque como la cera es porosa, entrando por sus poros el agua, se queda la terrestreidad amarga y salada fuera, y entra dentro lo mejor del agua, y más sutil. Y lo mismo dice Plinio, que se hará colando el agua del mar por vaso de barro, llamado Arcilla. Por manera, que así como David sacó de las manos de Goliat la espada con que le cortó la cabeza, así los varones sabios pueden sacar de los libros, y vidas de los Gentiles, razones y sentencias, con que confundan los errores y falsedades que en lo tocante a nuestra fe ellos dijeron: y aprovechar nosotros con ello al pueblo Cristiano {1 Reg. 17}.

¶ Y parecióme seguir en este tratado, estilo de historia: porque suele ser más apacible, y agradable a los lectores. Y aunque algunos condenan la lectura de los libros, y vidas de Gentiles, absolutamente: no tienen razón: pues se pueden ahechar, y dejar aparte la paja y neguilla, y tomar el grano de las cosas provechosas, que a ratos tratan. Y parece ser así, pues el gravísimo doctor S. Jerónimo confunde los errores de Joviniano, con muchas autoridades de Gentiles Filósofos, contenidas en sus libros {Hiero 46, Iovi.}. Lo cual no hiciera, si no hubiera revuelto sus escritos. Y lo mismo se halla en Agustín, y Lactancio Firmiano, y en otro infinito número de autores Católicos, y muy graves: que se aprovecharon de sentencias y autoridades de Gentiles en sus obras. Y el Vaso de Escogimiento alega algunas veces lugares de Gentiles, y los recita San Jerónimo en una Epístola {Hiero.}.

¶ Verdad es, y que no se puede negar, que hay algunos libros de Gentiles, y aun de Cristianos, que sería mejor no leerlos, y que los habían de desterrar del mundo, y borrarlos de la memoria de los hombres. Como son algunas profanas y deshonestas invenciones de algunos libros de caballerías, e historias de amores: que son tan perniciosos, que podríamos decir de ellos lo que dijo Temístocles, del arte que compuso Simónides para la memoria {Temisto.}. Yo más quisiera arte para olvidar muchas cosas, que para acordarme de ellas. Así se habían de poner en olvido perpetuo estos libros profanos y deshonestos, que no sirven sino de descubrir a los mozos, y a las flacas doncellas, el camino de su perdición. ¿Qué seguridad puede tener entre los deshonestos amores, la flaca castidad de una doncella? Bien entendía las zarazas y el veneno que está escondido debajo del dulce estilo de estos libros infames y perniciosos el Poeta Ovidio, cuando entre los remedios de amor que escribió, da por particular precepto a las honestas matronas, que no los lean, ni los vean de sus ojos: y que huyan de Calímaco, y de Safo, que tratan del amor {Ovid. 2 de reme. amo.}. Mas (lo peor es) diciendo él esto, da documentos a los enamorados. Y por eso dicen, que le desterró el Emperador César Augusto {Idem de arte Aman.}. [viii v]

¶ Y así me parece, que pues destierran y castigan las leyes a los que hacen moneda falsa, y a los que falsifican los pesos, y las medidas, y a los que hacen instrumentos falsos: que habían de castigar más gravemente a los escritores, que con la deshonestidad de sus obras falsifican la honestidad, y la pervierten y destruyen. Y por tanto habían de ser abrasados todos los libros deshonestos de caballerías, y los que tratan de deshonestidad. Como lo fueron aquellos, de que se hace mención en los Actos de los Apóstoles, que fueron quemados en pública plaza, y que se apreciaron en cincuenta mil denarios {Actuum 2}: que era una moneda de plata {Ver denarius}: como dice Antonio de Nebrija.

¶ Esta pena tienen muy merecida los libros profanos, y que levantan polvaredas de tentaciones, y encienden los corazones tiernos en llamaradas de vicios. Mas los libros que tratan de materias morales, provechosas para las costumbres, y de donde se puede sacar doctrina para la vida virtuosa, y honesta: estos escritos habían de estar con letras de oro: y por justicia se había de mandar que se publicasen, y leyesen: por las virtudes morales, y buena filosofía, y la rectitud de buenas costumbres que nos enseñan: cuales son los libros que escribieron, y las sentencias que enseñaron los Príncipes y Filósofos que en este compendio se tratan: dejando aparte algunos errores, y expurgándolos de algunas falsedades, que (como infieles) mezclaron en ellos.

¶ Fue tan estimada la Filosofía moral antiguamente, que dice San Jerónimo contra Joviniano, que Antístenes grande Orador tenía escuela de Retórica {Hiero. co. Iovi. 2.}: y como oyese una vez disputar a Sócrates de la excelencia de la virtud, y de otras cosas morales, que determinó de oírle: y dijo a sus discípulos: Id a buscar maestro para vosotros, que ya yo le he hallado para mí. Y luego se dio al estudio de la moral Filosofía: entendiendo la ventaja que hace a las otras ciencias de humanidad.

¶ Esta pues es la ciencia y doctrina que yo querría que aprendiésemos en las escuelas de las vidas de los Príncipes y Filósofos de que habemos de tratar: una moral filosofía, y una honesta y virtuosa manera de vivir. Y espero en la divina Majestad, que saldré con mi intención, si el Lector quisiere aprovecharse de mi trabajo, y sacar labores de doctrina de las vidas de los Filósofos, que por celo de aprovecharle, le presento en esta obra.

ix r

El Maestro Pedro Sánchez, al piadoso Lector.

A

Alzado había yo mano de mis ordinarios estudios (candidísimo Lector) y estaba determinado de no tomar más pluma para escribir, después que acabé de plantar el Árbol de Consideración y varia doctrina, por hallarme ya en edad, que parece fuera mejor, y más sano consejo, ocuparme en aparejar el matalotaje, y aderezar las alforjas para aliviar de esta vida, que tratar de imprimir otro libro a mi vejez. Mas lo que al presente falta a la edad cansada, sobra a la voluntad que siempre he tenido de emplear en tu servicio la pobreza de mi talento, y no dejar piedra por mover, para aprovechar a los pequeñitos: a los cuales yo soy muy devoto y aficionado: teniendo por muy cierta la sentencia de Cicerón en sus Oficios: Todas las cosas engendró naturaleza para servicio del hombre: y al hombre para aprovechar a los otros hombres {Cicer. de oficiis}. Y Aristóteles dice, que aquel se puede llamar bueno, que no solamente aprovecha a sí, sino a sus próximos {Arist. 5 Ethico.}.

¶ Y si queremos mirar en ello, toda la fábrica del mundo, y las criaturas, que Dios crió en él, nos enseñan la obligación que todos tenemos a aprovechar unos a otros. A lo cual nos podría mover el ejemplo de las Abejas: que nunca hacen sino trabajar, labrando panales de dulce miel, para provecho del hombre. Y hasta el gusano de la seda no hace otro oficio, sino labrar el capullo de la seda, y encerrarse en la sepultura que él ha fabricado para nuestro servicio. Y si quisiésemos llevar adelante esta consideración: ¿qué otro ejercicio hace la tierra, sino producir cada día abundancia de frutos, y darnos (a manos llenas) todos los mantenimientos de que nos sustentamos?

¶ Y así también nos aprovechan los otros elementos, cada uno con el talento que tiene. Y toda esa máquina celestial, y los Planetas que están en ella, ¿quién no sabe cuán provechosa es para la conservación de la vida humana, y para el sustento que (sin que a ella le resulte algún provecho) nos da, mediante la virtud de sus influencias? De las cuales (como Aristóteles afirma) depende la gobernación de este mundo inferior {Arist. 2 metheo.}. Y subiendo más la tecla, hasta aquellos celestiales cortesanos, y espíritus Angélicos, nos son muy provechosos con sus santas inspiraciones, y con defendernos de las asechanzas de los demonios. Y los santos que están gozando de Dios tienen particular cuidado de aprovecharnos con su intercesión: como dice Santo Tomás {2.2. q. 83 art. 11 ad. 1.}. Y la misma madre de Dios, y Reina de los Ángeles, siempre está abogando por nosotros ante su hijo, y mostrándole en nuestro favor (como dice el melifluo Bernardo) los pechos que le dio, y el vientre en que le trajo {Bernard. in sermo.}. Y el mismo Verbo encarnado muestra al Padre (para persuadirle que nos perdone) las cicatrices, y señales de las llagas, estampadas en su sacratísima carne, con que nos redimió. Pues teniendo yo delante de los ojos este dechado del beneficio y aprovechamiento que hacen todas las criaturas unas a otras, y el que nos hace cada día el autor de todas ellas, he tomado atrevimiento de querer aprovechar a los que gustaren de leer las historias de algunos gravísimos Príncipes y Filósofos antiguos: moralizándolas, con la pobreza de mis flacas fuerzas, lo mejor que yo he podido, con celo de hacer algún fruto a los que se quisieren aprovechar de mi trabajo: entendiendo que tuvo razón el gran Filósofo Platón, escribiendo a Arquitas Tarentino, diciendo, que no sólo nacimos para nosotros, sino parte para nosotros, y parte para nuestros amigos. Y lo mismo afirma Cicerón en sus Oficios, y Aristóteles en las Éticas {Pla. ad Arquitam. Cicer. I de oficiis, Arist. 5 Ethico.}. [ix v]

¶ Y si alguno dijere, que fuera mejor, más loable, y provechoso ejercicio, escribir vidas de Santos, que no de pecadores, e infieles. A esta objeción podría yo satisfacer, diciendo, que son tantos, tan graves y tan doctos, y han cortado la pluma tan delgada, los autores que se han ocupado en este santo, y loable ejercicio, de escribir vidas de santos, que fuera temeridad, un hombre tan pecador, meter la mano en esta materia, de donde creo que saliera más leprosa, que la de Moisés. Y por eso quise tratar vidas de pecadores, y no vidas de santos, que tan tratadas están por tantos Flos sanctorum como salen cada día {Exo. 4}. Y vidas de pecadores ninguno las trata particularmente, ni se acuerda de ellos, para ponerlos en historia. Los cuales no se deben poner en olvido, pues Dios tanto se acordó de ellos, que por remediarlos, bajó del cielo a la tierra, y tomó sus pecados a cuestas. Y no parece que va fuera de propósito mi intención, pues no solamente nos representan los sagrados historiadores un varón tan heroico como el gran Baptista, y una mujer tan penitente como la Magdalena, para que los imitemos, sino también un Rico avariento, y un Ladrón malo, un Fariseo, y un Herodes, y un Caín, y un Nabal, para que imitemos las virtudes de los buenos, y huyamos de los vicios de los malos.

¶ Por razón de lo cual me ha parecido tratar de vidas de pecadores: y no solamente pecadores, sino infieles: cuya gravedad de pecado muestra santo Tomás en la Segunda de la Segunda parte. Y esto no para que los imitemos en lo malo que hicieron, sino en las costumbres moralmente buenas que algunos tuvieron {2. 2. q. 10 ar. 6.}.

¶ Y si acertásemos a desenvolver las vidas y sentencias de los que en este tratado se hace mención, hallaríamos mayores secretos, que en aquellos Silenos de Alcibíades se hallaban cuando se descogían sus figuras. Porque en ellas se nos descubrirían muchas y muy excelentes virtudes que tuvieron algunos de ellos; no teológicas ni meritorias, porque estas no las podían ellos tener, careciendo de Fe, sin la cual no se puede merecer, ni agradar a Dios, conforme al testimonio del Apóstol. Sine fide impossibile est placere Deo {Hebre. 11}. Pero virtudes morales muchas hallaremos en las vidas de estos infieles, aunque no meritorias, ni les aprovecharon para salvarle. De los cuales podremos sacar grande ejemplo, y doctrina, para ordenar nuestra vida, conforme al dictamen de la razón: como veremos en la continencia de unos, y en la justicia de otros, y en la prudencia y fortaleza que tuvieron: las cuales manaron de la fuente de su buen natural. Y eran mucho de estimar en ellos: aunque los infieles no tenían virtudes verdaderas, ni perfectas: como prueba el Doctor santo en la Segunda de la Segunda parte, diciendo: Las virtudes morales no son verdaderas, ni perfectas, sino cuando son enderezadas al último fin sobrenatural {2.2. q. 65}. Así como las monedas (aunque sean de oro fino) no valen nada (en cuanto monedas) si no están acuñadas: así las virtudes morales no son valiosas, si no están acuñadas con el cuño de la Fe y la Caridad. Y esta misma sentencia confirma Agustín en su Ciudad de Dios, diciendo. No es verdadera virtud sino la que va dirigida al sumo bien {Augu. 5 de Civi.}.

¶ Y aunque es así, que las virtudes morales de estos Gentiles no eran verdaderas virtudes, y por consiguiente no eran merecedoras de vida eterna, no por eso dejarán de ser provechosas para nuestras costumbres, sacando lo substancial de sus historias, y moralizándolas, y aplicándolas a nuestro provecho. Porque si (como dice Estrabón) aun la poesía (que es una antigua composición) puede ser provechosa, queriéndola moralizar: ¿cuánto más lo será la historia? {Strabo. I geogra.} Y que la poesía, y las fábulas moralizadoras, puedan ser provechosas, verlo hemos en aquella de Belerofonte, que iba en el caballo Pegaso, venciendo a todos los monstruos {Ovidi.}. De donde se puede sacar esta doctrina: que el que va en el caballo de la razón, vence a todos los vicios. ¿Y qué cosa más fabulosa [x r] puede ser, que decir de Tántalo, que está en el infierno, metido en las aguas del río Leteo, muerto de sed {Idem}: y que cuando se abaja para querer beber, se abajan las aguas: y que estando muerto de hambre, teniendo las manzanas sobre la boca, cuando las va a alcanzar, se le suben en alto? De la cual fábula se puede sacar esta moralidad: que al avariento, y al deshonesto, no le pueden hartar, ni satisfacer las riquezas, ni los vicios, por más enfrascado que esté en ellos. También cuentan de Hércules las fábulas antiguas, que entró en el jardín de las Hespéridas, y mató a la serpiente o dragón que le guardaba, y tomó las tres manzanas de oro {Luca.}. Por las cuales se pueden entender la honra, la fama, y la virtud: las cuales saca el valeroso varón (y que es otro Hércules) del jardín hermosísimo de las virtudes morales de los Filósofos.

¶ Y aunque la lección de la sagrada Escritura, y sus historias, tienen infinita ventaja, y excelencia, sobre las otras historias, y en ellas sería bien ocuparse siempre los que las entienden: mas porque no es dado a todos ir a Corinto, ni todos pueden entender sus misterios, y los que poco saben es mejor que las crean, que no que las traten y disputen: por eso es bien que haya en estilo vulgar algunas historias humanas, que sean honestas, y verdaderas, de que todos se puedan aprovechar para la vida política, y para la buena corrección de sus costumbres. Cuanto más, que así como un Capitán sale a las veces de su ejército, y se pasa al de los contrarios, para poder dar a los suyos algún aviso de lo que allá pasa, como hizo Alejandro cuando se fue disfrazado al real de Darío: como veremos en su vida: así un hombre (por sabio y religioso que sea) puede salir algunas veces de sus graves estudios, a la lección de las historias verdaderas, para colegir de ellas algunos avisos con que pueda aprovechar a otros. Los cuales (pues se hallan en las vidas de los Príncipes y Filósofos antiguos muchas veces) no es fuera de propósito tratar de sus historias. Porque es tan gran cosa la historia, que fenecen los Reinos, y los Reyes, y Monarcas del mundo, y ella no fenece: antes parece que hace revivir a los pasados, y les da como una manera de nuevo ser, con que los conserva en la memoria de los presentes: y (estando ellos muertos) los representa como si estuviesen vivos. Perecen los Reinos, y los Imperios (como hizo el de Troya, y el de los Romanos, y el de los Sabinos) mas sus historias nunca faltan, ni perecen. Son las historias como archivos en que están guardados los memoriales de las hazañas de los muertos, y como columnas que sustentan, y perpetúan su fama, para que viva en la memoria de los vivos. La cual perecería si faltase la diligencia de los historiadores. Así como las hierbas, y flores, en cortándolas, luego se marchitan: mas si las destilan, dura mucho su virtud y fragancia: así duran las hazañas de los heroicos varones, puestas en la Alquitara de la historia: y se hacen fintiosines, y de dura: y no las puede consumir el tiempo. Como significaban los antiguos, pintando un espartero, que no hacía otro oficio sino hacer sogas: y tenía par de sí un animal bruto, que todas se las comía. Por el cual entendían al tiempo, que todo lo consume. Y si algunas cosas deja, son aquellas que están puestas debajo del amparo y protección de la historia: la cual es como oloroso Bálsamo (según Herodoto) con que se embalsaman las hazañas de los muertos, para que no se corrompan {Herodo.}.

¶ Y ya que por ser de tanta dignidad la verdadera historia, me quise ocupar en su ejercicio, podría alguno preguntar, por qué hice historia de doce Príncipes, y Filósofos: y no de más, ni de menos. A lo cual querría yo satisfacer, diciendo, que no hice historia de más (aunque pudiera proceder casi en infinito) por no darte, amantísimo, y benigno Lector, fastidio con tan larga lectura. Ni de menos, porque yo soy muy aficionado al número duodenario, por los grandes misterios que debajo de él se hallan en las divinas letras {Gene. 25.}. Doce hijos tuvo Ismael, hijo de Abraham, de Agar esclava, que fueron [x v] valerosos Capitanes. Doce eran las Tribus de Israel {Exo. 24.}. Doce hijos tuvo el gran Patriarca Jacob {Gene. 42}. Doce varones escogió Josué para que fuesen a coger doce piedras de en medio del Jordán {Iosue 4.}. Doce provisores tenía en su casa el Rey David {3. Reg. 4.}. Doce bueyes sostenían aquel edificio y mar de metal que hizo el Rey Salomón {3. Reg. 7. 2. Parali.}. Doce Leones puso Salomón en las guardas de su trono {3. Reg. 10}. Doce mil varones señaló el Ángel de cada Tribu para que no fuesen heridos de los cuatro Ángeles que destruían la tierra. {Apoca. 7.}. Doce estrellas tenía la corona de aquella señora del Apocalipsis {Apoca. 12.}. Doce puertas tenía la santa ciudad que vio San Juan en su Apocalipsis {Apoca. 21. Nume. 13.}. Doce eran los panes de la Proposición {Iosue. 3.}. Doce fueron los exploradores, uno de cada Tribu, que mandó Dios a Moisés que enviase a la tierra de Canaan {Exo. 15.}. Doce fueron las fuentes que hallaron los Israelitas en el desierto de Helin, con que mataron su sed. Y para qué es menester, engrandecer más la majestad de este número doce, sino que de todos los hombres del mundo, escogió el Redentor doce Apóstoles, ni más, ni menos, para columnas de la Iglesia. Así que (por la dignidad de este número) me pareció escoger doce Príncipes, e ilustres Filósofos, de muchos millares que pudiera historiar. Y en ellos, y en el último lugar, como retaguarda, pongo a la princesa de la Muerte: porque ella es el fin, y remate de las vidas de todos.

¶ Recibe pues benignísimo lector la voluntad con que por tu servicio, y para quitarte de trabajo de revolver muchos libros, te ofrezco este pequeño servicio de mi trabajo: donde como en campo muy espacioso hallarás muchas virtudes morales, y muchas sentencias, que yo (con no pequeño estudio) he colegido de graves autores: y te las ofrezco apuradas, sacado en limpio lo mejor de lo que hicieron, y dijeron los Príncipes y Filósofos de que aquí se trata. Y aunque el servicio es pequeño, la voluntad de servirte es muy grande: y por eso la debes aceptar con tan generoso ánimo, como aceptó Artajerjes un puño de agua que un pobre labrador le ofreció, no teniendo otra cosa mejor con que le servir {Artaxer.}. Y aunque no he guardado el precepto de Horacio, que no salga a luz el libro que no hubiere nueve años que se compuso {Horati. in. episto.}, no tengo por inconveniente no haber tenido en novenas este mi libro, pues son ya tan cortas las vidas de los hombres, que pocos verían salidas a luz sus obras, si después de estar compuestas, y repasadas, y examinadas por grandes varones, como esta está, ya probada por el Real Consejo, hubiesen de guardar esta novena.

Vale in Christo candidissime lector.

[ Texto de las diez hojas preliminares sin numerar. ]