Filosofía en español 
Filosofía en español

Historia moral y filosófica... doce filósofos y príncipes antiguos

La vida de Aristóteles, príncipe de los Filósofos Peripatéticos.


§ 4. De otras sentencias de Aristóteles.
Y cuánta prudencia es hablar poco.

Q

Quien pensase poder hacer catálogo y mención de todas las gravísimas, y profundas, y provechosas sentencias de Aristóteles, podría persuadirse, que podría agotar el mar, y recoger sus aguas en el puño. Y por tanto será mejor dejar de tratar de ellas, que proseguirlas. Mas con todo eso se me hace de mal, pasarlas todas en silencio. De una hace mención Valerio Máximo (a mi parecer muy cierta) y es, que Ninguno ha de decir de sí bien, ni mal. Porque alabarse es de hombres vanos, y vituperarse es de locos {Vale. li. 7 cap. 2.}.

¶ Y teniendo gran respeto a la religión decía, que nunca los hombres debían mostrar más humildad, ni hablar con mayor respeto, que cuando hablaban con los dioses. Y también dijo una proposición muy verdadera. La injuria, que injustamente se hace, es infamia del que la hace, y no del que la padece.

También es suya esta sentencia. Si los hombres viesen lo interior de su cuerpo, le juzgarían por vilísimo.

Y es conforme a lo que dice Boecio. Parecer el hombre hermoso no le viene [7r] de naturaleza, sino de la corta vista de los que le miran{Boe. 3 de conso.}. También dijo otra proposición muy doctrinal. Contra los enemigos secretos que tenemos dentro de nosotros, habemos de trabajar por alcanzar victoria. Y aun pluguiese a Dios que los Cristianos tomásemos este consejo, que no nos dejásemos vencer de los enemigos interiores, y secretos, que son nuestros sensuales apetitos, y este yo mismo: de quien trataremos largamente en la vida de la muerte.

¶ También decía Aristóteles. Un solo daño tiene la pobreza, que no puede socorrer a los pobres en sus necesidades. En lo cual descubrió nuestro filósofo el pecho del humano y misericordioso ánimo que tenía.

¶ Mas ¿para qué es tratar de las sentencias de Aristóteles, pues nos faltaría tiempo, aunque no hubiéramos de tratar de las vidas de otros? Las cuales (porque otros nos están llamando muy aprisa) dejaremos en el tintero, remitiendo a quien las quisiere ver sumadas (sin revolver más libros) en Eusebio, y en Séneca, y en San Agustín de la ciudad de Dios, y en Valerio Máximo en el sexto y séptimo libro: cada uno de los cuales autores dijo algo: y Plutarco más que todos: y mucho más el Florentino que los vio a todos {Euseb. In histo.; Sene. Episto. 65; Aug. Decimi. Lib. 8 cap. 12; Vale. in li. 6 §. 7; Plu. De vi. Arist.; Floren 1 part. Histo. ti. 4 ca. 3.}.

¶ Lo que más es de alabar (demás de la gravedad de sus sentencias de este filósofo) es, que hablaba poco, y nunca sin necesidad. Y esto dio él por consejo a Calístenes su discípulo (como refiere Valerio Máximo) enviándole una vez con un recaudo a Alejandro, y le dio este aviso. Mira que hables muy poco con Alejandro; y eso que hablares sea jocundo, y agradable, porque acerca de los reales oídos, el hablar poco es acepto, y el silencio es muy seguro {Vale. li. 7 ca. 2.}. Mas él tomó tan mal este aviso de su maestro, reprehendiendo demasiadamente a este príncipe, que se arrepintió tarde de no haber tomado este consejo tan saludable: porque en pena de mucho hablar, y con libertad demasiada, le hizo matar este príncipe: lo que no hiciera, si tomara el consejo de Simónides, referido por Plutarco, que nunca se había arrepentido de callar, y de hablar sí, muchas veces {Simónides}. Y por eso es muy alabado el estilo de enseñar de Pitágoras: el cual no enseñaba tanto a sus discípulos a hablar, ni a disputar, como a callar. Porque sin comparación es mayor ciencia saber callar, que saber hablar: y arguye más prudencia y doctrina. Y por eso dice el sabio Salomón en los proverbios. El que refrena su lengua, y modera sus labios, es prudentísimo {Proverb. 9}. Y exagerando esto más en otro capítulo, dice, que la muerte y la vida están en manos de la lengua {Prover. 18.}. Es miembro tan peligroso, y tan sobresalido el de la lengua, que no sin gran misterio, la próvida naturaleza, y madre de las cosas, la encerró en la boca, como en la cárcel, y le puso tantas guardas delante, que son los dientes, y la proveyó de porteros, que son los labios: y esto para dar a entender cuántos guardianes, cuántos calnados, y cerraduras ha menester la lengua, para que no se desmande. Porque (con ser miembro tan pequeño) puede hacer gran daño: y a ratos no bastan todas estas guardas para detenerla. Y conociendo esto el profeta David, presenta esta petición a Dios. Pon señor guarda en mi boca, y puerta de circunstancias a mis labios {Psal. 141.}: Entendía él muy bien, que no hay lanzas tan enerboladas, ni tan afiladas, que más sangre derramen de los cuerpos, que las malas lenguas, de la honra, y de la fama. Conocía también, que quien mucho habla, mucho yerra, y por eso pedía guarda para su boca, que es el silencio. Por lo cual conociendo los Egipcios ser tan provechoso el silencio, dice Rufino, que tenían en Alejandría en gran veneración un ídolo llamado Serapis, que tenían su estatua con el dedo en la boca, como que persuadía a todos el silencio. [7v]

¶ Mandaba Dios en los Números, que la olla donde se cocían las carnes, que no la dejasen destapada{Nume}. Y entremeterse el altísimo Dios en esta particularidad, no fue para más, que para darnos aviso, que para que no se salga la olla de nuestro corazón, que está hirviendo a borbollones con el fuego de la envidia y malquerencia de los próximos, y para que no se hinche de inmundicias de odio, y aborrecimiento, y eche espumas, y aun espumajos de infamias y murmuraciones, que la tapemos, y le echemos encima la cobertera del temor de Dios, para que no se desenfrene la lengua ni salga de su estancia, donde la encerró naturaleza. Es la boca, cuando no está cubierta con el temor de Dios, como bolsa sin cerraderos, de donde luego se sale cuanto está en ella, y por eso nunca ha de estar abierta para decir mal del prójimo. Mas es lástima grande, que hay muchos que tienen las bocas abiertas, y tan destapadas, y las lenguas tan someras, y tan afiladas, que no tienen otro oficio, sino cortar de vestir a sus prójimos, al talle que a ellos les paerce, y dan tijeradas a pelo, y a pospelo, y quitan y ponen, añaden, y cercenan, en su fama y en su honra, y meten a sacomano las vidas ajenas, soltando las lenguas, sin freno del temor de Dios, para que vuelen por do quisieren: a los cuales fuera muy mejor no haber tenido lenguas, y haber sido mudos, desde su nacimiento, que haberlas empleado tan mal. Porque si de toda palabra ociosa habemos de dar estrecha cuenta (como dice el divino cronista San Mateo {Mat. 12.}) ¿cuánto más estrecha se nos tomará de las palabras perjudiciales y de las detracciones, murmuraciones, e infamias, que tan a rienda suelta hablamos, en perjuicio de terceros? Y (aunque no sea en perjuicio de otro el hablar demasiado) tiene otro daño muy grande, que es testimonio de falta de prudencia, y de poca sabiduría. Porque los vasos vacíos siempre suenan más que los llenos. Y así los que poco saben, y tienen el cerebro vacío, son más parleros, y habladores, que los sólidos, y que están llenos de prudencia, y sabiduría. Y por eso me parece muy acertado el parecer de Zenón filósofo: que por eso nos dio Dios dos oídos, y una sola lengua, porque ha de ser mucho más lo que oyéremos, que lo que habláremos {Zenón}. Por manera que el hablar mucho es tan dañoso, cuanto es provechoso hablar poco, y eso cuando conviene. Y por eso fue maravilloso aviso el que dio nuestro filósofo a Calístenes, que no alargase razones con Alejandro, sino que hablase poco. Y no tomar este consejo no le costó menos que la vida, como hemos visto: porque es condición de príncipes fastidiarse de muchas palabras, y agradarse con muchos servicios. Mas por ahora dejaremos esta materia, porque habemos de revolver sobre ella en la vida de Catón §. 7. Por volver a la historia de Aristóteles.

§ 5. En que se prosigue la vida de Aristóteles: y del testamento que hizo en vida.

Y

Ya dijimos en el párrafo primero quién, y cuyo hijo fue Aristóteles y a dónde nació, y vivió, y cómo fue discípulo de Platón, y maestro de Alejandro. Y (porque habemos tomado oficio de historiador) dicen de él los historiadores, y principalmente Plutarco, que fue hombre no de hermoso aspecto: los ojos tenía muy pequeños, y las piernas muy delgadas. Andaba muy polido, y bien aderezado, y con muchos anillos en los dedos. Era en extremo humano, y bien acondicionado. [8r] Trataba muy bien a sus familiares y criados, que tenía muchos, y honraba mucho a sus discípulos. Era muy aficionado a su patria. Era muy rico, así por la herencia de sus padres, como por grandes mercedes que recibió de Alejandro, y de Filipo, y de otros príncipes que le eran aficionados. Tenía grandes heredamientos, y mucha renta: la cual expendía con modestia, y liberalidad. Tenía muchos esclavos, y esclavas, y gran cría de ellos.

¶ Fue casado con Pitaida, hija o sobrina de Hermia, con quien hicimos mención que había morado tres años {§. 1}. Y muerta esta, se casó segunda vez con una su esclava, llamada Herpilide, de la cual tenía algunos hijos. Quería tanto a los suyos, y era con ellos tan piadoso, que estando enfermo Nicanor su yerno, hizo voto de hacer estatuas muy costosas, a Júpiter, y a Juno, como si ellos le pudieran dar salud. Era tan amigo de sus amigos, que tuvo grandes pendencias y cosquillas con el grande Alejandro por defender a su amigo Calístenes, aunque no pudo tanto, que no le quitó la vida Alejandro, como dijimos en el párrafo pasado, por indicios de cierta conjuración. Lo cual sintió gravemente Aristóteles, y dijo tales palabras contra Alejandro, que se quejó de él en una epístola que escribió a Antipater, y le amenazó, diciendo, que no estaba satisfecho con la muerte de Calístenes, sino que se la había de pagar el que le había enviado a él, que era el mismo Aristóteles.

¶ Y después de esto anduvo temeroso y ausentado, y huyó a Cálcide, con su mujer e hijos y con muchos de sus discípulos, por huir de él, y de muchos émulos y perseguidores que tenía, de los cuales (por florecer tanto sus letras, y ser tan estimado, y por tener tantos y tan señalados discípulos) fue muy envidiado de muchos enemigos que tenía. Como es ordinaria costumbre de los malos, tener envidia a los buenos, no para imitarlos, sino para perseguirlos.

¶ Eran estos semejantes a aquellos que reprehende el Apóstol, escribiendo a Tito, diciendo, que obraban en malicia, y en envidia {Ad. Titum. 3.}: el cual es un vicio tan dañoso, que da este consejo Salomón en sus Proverbios. No comas con el hombre envidioso {Pro. 23.}. Y la razón porque nos conviene alejarnos del envidioso, es, que porque la envidia es piedra de amolar, con que se afilan las vidas ajenas, y para que no afile la nuestra, es bien echar a huir del envidioso.

¶ Pues conociendo nuestro filósofo el daño que de los envidiosos le podía suceder, se apartó de ellos, y se fue a Cálcide a vivir por miedo de Antipater. Y después de varios acaecimientos, que sería cosa prolija relatarlos, conociendo que era viejo y que (aunque estaba sano) la misma vejez es enfermedad pesada, y en especial para quien estaba tan cansado, y perseguido, determinó de disponer de sus bienes, y hacer su testamento en vida. Lo cual es harta confusión para los que dilatan el ordenar su testamento, y satisfacer sus cargos, y disponer de sus bienes, de un día para otro, y no le quieren otorgar en vida, ni aun cuando están enfermos, con gran peligro de sus almas. Lo que es de alabar en nuestro filósofo, que no siendo Cristiano, ni teniendo certidumbre de la estrecha cuenta que habemos de dar a Dios, quiso disponer de su hacienda, y ordenar su testamento (como dice Plutarco). En el cual entre otras mandas que hizo, dejó por libres a todos sus esclavos, (que eran muchos) mostrándose bien agradecido a sus servicios. Y por seguir nuestro principal intento, que es sacar alguna doctrina de lo que hicieron y dijeron estos filósofos y príncipes de quien tratamos, pues se nos ofrece tan buena ocasión, dejemos a nuestro filósofo [8v] ordenando su testamento, y entre tanto tratemos nosotros alguna doctrina provechosa de la materia de testamentos, que Aristóteles nos ha puesto en las manos, y si alguna cosa dijéremos buena, a él se la podemos agradecer, que nos ha ofrecido la ocasión de tratar de ella.

[ Hojas 6v-8v. ]