Filosofía en español 
Filosofía en español

Historia moral y filosófica... doce filósofos y príncipes antiguos

La vida de Aristóteles, príncipe de los Filósofos Peripatéticos.


§ 8. Cuán mal hace la mujer del difunto que dilata las Misas,
y obras pías del testamento. Y si las que se cumplen
por malos ministros, le aprovechan.

E

El primer aviso que el avisado y celoso albacea ha de tener, es, que ante todas cosas pague de los bienes del difunto (después de los derechos del enterramiento) las deudas, y los cargos que manda descargar por su testamento, y después las obras pías, y las mandas graciosas. Porque si primero pagase las mandas, si no hubiese para las deudas y descargos, no sería prudente distribuidor, ni haría bien [14r] su oficio. Y no debe dar blanca a los herederos, hasta que estén pagados los acreedores. Y primero ha de pagar a los que tuvieren mejor derecho, y después a los que no le tienen tal. Como (si hay obligaciones y cédulas), primero a las obligaciones, y después a las cédulas. Y de las obligaciones, primero (comúnmente hablando) a los más antiguos, y después a los menos. Y lo mismo en las cédulas: guardando a cada uno su antigüedad. Salvo si hubiese otras deudas más privilegiadas. Y si sobrare algo, después de bien cumplido el testamento, eso será para el heredero. Mas (si fuese tan pingüe la hacienda, que con razón no se pudiese temer falta) podrá guardar en la paga el orden que quisiere. Y lo que es muy digno de condenar en esta materia, es, que hay algunas viudas, que las dejaron los maridos por albaceas, y herederas, que se engarrafan tan reciamente de la hacienda del testador, que (por no desposeerse) difieren el cumplimiento de las pobres ánimas de los maridos, que les dejaron encomendadas, de un año para otro, y de otro para otro, habiendo hacienda con que poderlo cumplir luego. Y no contentándose con lo que a ellas les pertenece, detienen mucho tiempo lo que es de la parte de sus maridos: y por demasiada avaricia, no le expenden en cumplir sus descargos y mandas. Y mostrándoles tanto amor en vida, que les dieran todas sus joyas y atavíos, aunque fuera para jugarlas (como acaece muchas veces) ahora en el tiempo de la verdadera necesidad, por no decirles una Misa, los dejan estar penando en el purgatorio, esperando que les hagan algún bien de su propia hacienda, suspirando, y gimiendo, como hace el pajarito que está encerrado en la jaula piando, y dando chillidos porque le den de comer.

¶ Otra cosa hacen algunas viudas, no menos digna de condenar que esta: y es, que habiéndolas dejado sus maridos por herederas condicionalmente, con tanto que vivan continentemente, o mientras no se casaren, no guardando la condición de honestidad, viudez, u otra cualquiera con que les dejaron la herencia, gozan de ella, y no se quieren desposeer. Lo cual (demás de ser pecado mortal) las obliga a restitución (como dice Cayetano en la Suma) {Caieta. in sum. Verbo. pena.}. Y lo que muchas veces acaece, aunque no haya precedido esta condición, si se casan otra vez, es, que los amores nuevos del marido presente, las hacen olvidar tan de veras del primero, que no se acuerdan muchas veces a decirle una Misa, ni a rezar por él una Avemaría. Y si tiene hijos del segundo, se olvidan totalmente del primero, y aun de los hijos que tuvieron de él, (tanto es el amor que tienen a los postreros). Por los cuales amores, y nuevos entretenimientos, no se acuerdan, ni les pasa por pensamiento cumplir las Misas, y otras obras pías que mandó en su testamento el otro marido, que les dejó la hacienda que ahora gozan con el presente. Y (para evitar este inconveniente) me resuelvo, en que el mejor aviso que puede haber en materia de testamentos, es, cumplir en vida el prudente y temeroso testador lo que ha de mandar por su testamento, si buenamente lo puede hacer (aunque cesasen las otras ocasiones) siquiera por la que tocamos en el párrafo pasado: la cual me parece que concluye, y es, que consigue mayor premio de las buenas obras, el que las hace luego, que el que las manda hacer. Porque (como habemos declarado) no consigue el testador la remisión de las penas de purgatorio por las buenas obras que manda hacer, hasta que las cumple el albacea. Y si él no las cumple, mirad cómo le podrán aprovechar. Y el que las hace luego, merece luego, y goza del premio de sus buenas obras.

¶ Y hay otra cosa en esto, que merece más el testador por las buenas obras que manda hacer en el testamento acerca de Dios, que si el heredero hiciese por él, las mismas obras, sin que el testador las mandase. [14v] Y la razón es de Gabriel {Gab. lec. 58. lit. E}, sobre el Canon. Porque cuando ordena las tales obras (si está en buen estado) merece premio esencial de gracia y gloria, el cual no puede conseguir por la ordenación de otros. Porque sólo aquel que hace el acto meritorio, consigue, y le corresponde premio esencial, y no otro alguno.

¶ También es de considerar que es necesario (como habemos dicho) que el testador esté en buen estado cuando hace el testamento (so pena que no le serán meritorias las limosnas y obras buenas que mandare hacer a sus albaceas, aunque se cumplan). Mas si el albacea está en pecado mortal cuando cumple aquellas buenas obras, no por su malicia de él, dejarán de aprovechar al testador que las ordenó, estando en gracia. Mas las oraciones y limosnas que hace el albacea, estando en mal estado, por el difunto de su mera y espontánea voluntad, sin que el mismo difunto las mandase, no le pueden aprovechar al difunto, si el que las hace por él, estuviese en pecado mortal. Porque (pues él no puede merecer para sí mismo por las obras buenas que hace cuando está en pecado mortal, porque son obras muertas) menos podrá merecer para otro.

¶ Acerca de lo cual se ofrece esta dificultad, que se sigue de lo que acabamos de decir. Ya tenemos averiguado que no aprovecha al difunto la buena obar que hace por él, el heredero o albacea, que está en pecado mortal, de su voluntad, sin que lo mandase el testador. Veamos ahora, las Misas que mandó el testador decir por su testamento, si se dicen por malos ministros, que están en pecado mortal, aprovecharle han al difunto, o perderá él, algo por la malicia del mal ministro.

¶ A esta cuestión satisface muy bien Silvestro {Silv. verb. suffra.}, y San Antonino {Anto. 1 p. ti. 10. ca. 1. §. 2.} en la primera parte, y Gabriel {Ga. super Can. Lec. 2.} sobre el Canon, en la lección segunda. Y la resolución de todos es. Que el mal ministro que está en pecado mortal, así como en las oraciones que hace, y en la Misa que dice, no puede merecer para sí, ni un grado de gracia, ni de gloria, que es lo que dicen los Teólogos, ex opere operantis, porque tiene cerrada la puerta del merecimiento con la tranca del pecado mortal: así no puede merecer para otro, por no estar en amistad de Dios, que aborrece a los pecadores (como él mismo dice por David) {Psal. 118}. Pero ex opere operato, que es por parte de la obra que se obra en el sacrificio de la Misa, cuya virtud y eficacia manó de la pasión de Cristo, tanto aprovecha la Misa del mal Sacerdote, como la del bueno. Y la razón es, porque no celebra el mal Sacerdote como persona particular, sino como ministro de la Iglesia, que siempre está en gracia y amistad de Dios. Y pues ella es la que ofrece el sacrificio (ahora sea por manos del bueno, o del mal ministro) tanto valor y eficacia tendrá (cuanto a este respecto) la Misa del uno, como la del otro, de parte de la obra que se obra, y que se ofrece en persona de la santa madre iglesia. Porque es tan grande la virtud y eficacia del venerable Sacramento de la Misa, que no basta la malicia del mal Sacerdote (por muy pecador que sea) para impedirla.

¶ Y en tanto es esto verdad, que dice Escoto en el cuarto {Sco. lib. 4 dist. 13 q. 2.}, que el Sacerdote descomulgado, y el cismático, y herético, no deja de consagrar, si hay materia y forma, y tiene la intención de la santa madre Iglesia. Porque (aunque perdió la Fe por el crimen de herejía) no perdió el Carácter sacerdotal, de quien depende la potestad de consagrar. Y es el Carácter, una virtud sobrenatural que infunde Dios en el ánima, la cual por ninguna virtud criada se puede corromper, y aniquilar. Y así, aunque el derecho impide al hereje el acto de celebrar, y todo lo tocante al oficio sacerdotal, de que se hizo indigno, y le excomulga, suspende, y degrada, siempre le queda el Carácter en su fuerza y vigor, y por [15r] consiguiente podría consagrar si tuviese materia, forma e intención. Y que esto sea así, vese claramente, pues los Sacerdotes que han cometido crimen de herejía, si se convierten a la fe, cuando los admite y reconcilia la santa madre iglesia, no los torna a ordenar ni a bautizar, porque no se les borró el Carácter del Bautismo, ni el Sacerdotal, que recibieron. Y si van al infierno por no haberse querido convertir, se llevan consigo este Carácter, impreso en el ánima, que es el sujeto en que está. Como tampoco al mal Cristiano que parte en pecado mortal derecho al infierno, no se le despinta el Carácter del Sacramento del Bautismo que recibió, antes permanecerá eternalmente, como la misma ánima en que está.

¶ De lo que acabamos de decir se infiere la respuesta de la cuestión que propusimos, y es, que pues no dejará de consagrar el Sacerdote herético, teniendo materia, forma, y la intención que tiene la santa madre Iglesia, que tampoco dejará de consagrar el Sacerdote católico (por malo y pecador que sea) aunque esté en pecado mortal, y su sacrificio no perderá su gran valor y eficacia por la malicia del ruin ministro. Porque la potestad de consagrar no se funda en la gracia del Sacerdote que consagra, sino en el Carácter y potestad que tiene para consagrar: el cual (como habemos declarado) por ningún pecado (por enorme y grave que sea) se despinta, ni se borra de la ánima, en quien por virtud divina se plantó, en esta vida ni en la otra.

¶ También se sigue de esta doctrina, que aunque el ingrato y malaventurado discípulo Judas, estando en aquel pecado tan nefando de vender al Maestro y Redentor del mundo, después que en la última cena fue ordenado Sacerdote, y él, y los otros discípulos recibieron potestad para consagrar, no dejará de consagrar si celebrara estando en aquella detestable determinación de vender al Redentor, y entregarle en manos de sus enemigos, porque ya había recibido el Carácter Sacerdotal, que por ninguna gravedad de pecado se puede borrar del ánima. Por manera que así como (según disposición del santo Concilio Tridentino) {Conci. trident. Ses. 14. c. 6.} no dejará de absolver el mal Sacerdote que está en pecado mortal, así tampoco dejará de celebrar, ni dejarán de aprovechar los sacrificios a los vivos, y a los muertos, que el mal Sacerdote ofreciere, porque no los ofrece en su nombre, ni como persona particular, sino en nombre de la amantísima esposa de Cristo, que siempre está en su gracia, y amor.

¶ Otra cosa muy notable nos queda por declarar en esta materia, en la cual me he enfrascado tanto, por ser tan provechosa, como pocas veces tratada en estilo vulgar. Y es esta. Pues (como habemos declarado) es de tanta eficacia, y de tanta alteza y dignidad el sacrificio de la Misa, que aun la malicia del ministro no puede impedir su virtud, si la Misa que se dice por muchos difuntos, o por todas las ánimas de purgatorio, si aprovechara tanto a cada uno, como si se dijese por él sólo.

¶ A esta duda satisface (entre otros muchos doctores), Silvestro, y Pedro de Palude {Silv. Verb. suffra. q. 7. Petrus in. 4 dist. 45}, diciendo, que si el valor de los sufragios se considera, en cuanto procede de la virtud de caridad por la conexión y participación que tienen unos miembros con otros, no se disminuye la caridad por comunicarse, y distribuirse en muchos, antes se aumenta. Y debajo de esta consideración no se disminuye el merecimiento de los sufragios por ofrecerse por muchos. Mas si se considera el valor de los sufragios en cuanto son obras de satisfacción, aplicadas a los muertos (según la intención del que las hace) más aprovechan a aquel por quien particularmente se ofrece: que a los demás (aunque todas las ánimas de purgatorio gozan de este beneficio) [15v] por la caridad en que todos partieron. Porque dice Santo Tomás en la tercera parte {Tho. 3. p. q. 79. ar. 5. in respon.}, que esta obra es satisfactoria a aquellos por quien se ofrece, o a los mismos que la ofrecen, según la cantidad de su devoción. Y de esta manera dice el Florentino, y Silvestro {Floren. 1 p. ti 10 c. 2. §. 4. Silv. in verb. sufra q. 7.}, que la Misa dicha por muchos, no vale tanto a cada uno, como si se celebrase por él solo.

¶ Lo último que quiero proponer en esta materia de testamentos, y que es muy digno de advertencia para el celoso testador, es, que (pues por disposición del Derecho) puede el testador mandar el quinto de sus bienes por su alma, habiendo herederos forzosos: ¿cuál es mejor, que el que los tiene, mande de este quinto, o el que no los tiene, de toda su hacienda, que se compre renta perpetua, para capellanías, y casamientos de huérfanas, y otras obras pías que se hagan cada año: o que se distribuya luego toda la hacienda que se pudiera emplear en renta, y que de presente se casen las huérfanas a quien alcanzare, y se hagan limosnas, sacrificios, y obras pías de toda la hacienda?. Como si uno tuviese de hacienda diez mil ducados, y no tuviese herederos forzosos: ¿cuál sería mejor, repartirlos todos luego, y expenderlos en Misas, y en casamientos de huérfanas: o comprar la renta que con todos diez mil ducados se pudiese comprar (aunque fuese poca) para que cada año se hiciese alguna memoria?

¶ Parécele al doctísimo doctor Gabriel {Gab. sup. Ca. lec. 52.} tan dificultosa esta cuestión, que no se atreve a determinarla, y deja el campo abierto al lector para especularla. Mas lo que parece que se podría responder, debajo de mejor juicio, es, que si en lo uno y en lo otro hay igual caridad y respecto a la honra de Dios, e igual conato de la voluntad (siendo las demás cosas iguales) tanto se merece en lo uno, como en lo otro, cuanto al premio esencial. Porque más acepta Dios el afecto de la voluntad en las buenas obras, que la cantidad, pues antepuso el Redentor del mundo los dos cornaditos que ofreció aquella buena vejecita en el templo, a las amplias ofrendas, y limosnas que ofrecían otros {Mat. 12.}.

¶ Mas si el que instituyese memorias perpetuas no tuviese intento, ni pretensión de su interés y merecimiento, y descargo de las penas que ha de padecer en el purgatorio, sino que totalmente las instituyese por la honra de Dios, parece que serían más meritorias, y más aceptas las memorias perpetuas, y que obligarían más a Dios, para remitirle las penas de purgatorio: teniendo fundada su intención el instituidor, no en el proprio provecho, sino en el aumento y mayor perpetuidad del servicio de Dios por quien las instituye perpetuas. Y por ese santo celo parece que merecería más en la prolongación y perpetuidad de las buenas obras, que si se hiciesen de presente las que se pudiesen hacer con aquella cantidad. Porque esta disposición procede de caridad más intensa, y más desinteresada de su propio provecho. Y no es de creer que el que por puro amor de Dios pospone su propio interés a la honra de Dios, reciba menoscabo de su buena intención en el premio de esta obra. Ni ha de ser defraudada de galardón la caridad perfecta, que (como dice el Apóstol) no busca lo que es suyo, sino lo que es de Jesucristo {1 cori. 13}. Y así parece que se pretende más la honra de Dios en la memoria perpetua, que en lo que de presente se distribuye. Y esto parece lo mejor, y más acertado. Mas (como quiera que sea) siempre se debe enderezar la intención al culto divino, y a la honra de Dios, en las buenas obras. Por lo cual es cosa más razonable (teniendo respecto al culto divino) que se instituyan memorias perpetuas (si puede ser) que teniendo respecto al propio interés, gastar de presente en obras pías lo que hay, sin que pasen para adelante. [16r]

¶ Y porque en las dudas que tocan a esta materia de testamentos, y en las decisiones de ellas, hay algunas veces controversia, y diversidad de pareceres entre los Doctores que las tratan, remito al lector a los lugares citados, para que allí vea lo que ha de tener en el particular de cada una de ellas. Y entretanto (porque ha mucho tiempo que dejamos a nuestro filósofo Aristóteles ordenando su testamento) al cual propósito habemos traído esta materia, será bien que acabemos ya su historia, y digamos de la manera que murió. De cuya disposición de testamento será bien que nosotros tomemos ejemplo en él, y dispongamos de los bienes que Dios nos ha dado, y ordenemos con tiempo nuestro testamento. Y lo que sería mejor y más seguro, es, que nos descarguemos en vida. Y por obviar al descuido que podrían tener nuestros albaceas, que ahora (que tenemos tiempo) hagamos entera restitución de lo que somos a cargo, e instituyamos las memorias que nos pareciere a nuestro gusto, y hagamos limosnas y obras pías de nuestra hacienda, cuando es nuestra, y tenemos aparejo para distribuirla. Y los que son albaceas de los difuntos, que sin dilación y con presteza cumplan sus mandas, legatos, y descargos, porque Dios depare quién haga lo mismo por nosotros. Y lo que yo aconsejo a todos, es, que cada uno sea albacea de sí mismo, y cumpla en vida su testamento.

§ 9. De la muerte de Aristóteles,
a cuyo propósito se trata del año Climatérico.

D

En el párrafo sexto dijimos (conforme a la sentencia de Plutarco) cómo Aristóteles después de haber escrito gran multitud de libros, y habiendo aprovechado con sus letras a muchos discípulos, que conocían el tesoro de su profundísima y universal ciencia, y de cómo por miedo de Antipater, y de otros muchos émulos, y enemigos que tenía, se ausentó de Atenas, y con su mujer e hijos se fue huyendo a Cálcide: siguiéndole muchos de sus discípulos, que no se podían hallar sin el pasto de su singular doctrina {Plutarc. In vita Arist}. De donde después vino a Eubea, donde ordenó su testamento, y dispuso de su hacienda, y libertó sus esclavos, y proveyó otras cosas que le pareció que convenían. Y después de esto expendió todo el espacio de su vida en especular los altos y profundos secretos de naturaleza, inquiriendo las condiciones, y propiedades de todos los animales, hasta los más abscondidos en el profundo del mar. Y después de haber escudriñado las calidades de los elementos, y las influencias de los Planetas, y los movimientos de los cielos, y todo lo demás que con la perspicacidad de su entendimiento penetró: al fin, estando en Eubea, vino a parar al abrevadero de la muerte, que es el término de nuestra navegación, para do caminamos tan por la posta, que no paramos, ni dejamos de caminar un punto. Y con tanta velocidad nos lleva el caballo ligero del tiempo, que no hay Águila que vuele con mayor velocidad, que nuestra vida. Y por eso la comparaban los antiguos a los Centauros, que eran unos hombres, que lo eran hasta la cintura, y de allí abajo eran caballos {Cor. Copi [Cornucopia] ver. Centaurus.}. Y dicen, que peleó Hércules con uno de ellos (llamado Eutiro) sobre quien se casaría con Deianira. Estos monstruos no los hubo en el mundo (como dicen San Agustín en su Ciudad de Dios) {August.de civi. lib. 18 c. 23?} sino que es una fábula, y ficción, para significar la velocidad del tiempo. Porque el hombre de la cinta arriba, representa la vida humana: y el caballo ligero, y velocísimo en que va, es la ligereza con que corremos a la muerte. Lo cual nos dio bien a entender el profeta Job, por estas palabras {Iob. 9}. Mis días pasaron con mayor [16v] prisa, que es la del correo que va por la posta: huyeron, y no vieron alegría: desaparecieron como navíos que navegan con viento próspero, y como el Águila que va volando tras la presa. Y el real profeta dice. Mis días declinaron como sombra {Psalm. 101}. Y la sabiduría dice, que pasa nuestra vida como una señal de nube {Sap. 2.}. Y el Apóstol Santiago la compara al vapor que en apareciendo, se desvanece. Todos los cuales apodos denotan la velocidad y presteza con que vamos a la muerte {Iaco. 4}.

¶ Pues conociendo nuestro filósofo la poca estabilidad de la vida (habiendo dispuesto de su hacienda, como le pareció que convenía) llamó la muerte a su puerta, y no pudo hacer menos de recibirla. Y acerca de la manera de su muerte varían mucho los Autores. Procopio en el libro cuarto de su historia, y Gregorio Nacianceno contra Juliano, y Francisco Mirandulano, afirman, que se desesperó, y se arrojó en el mar {Proco. li. 4. Nazianze. Ora 1. contra Iulia. Francis. Mi 4. philoso.}, por no poder entender la causa del flujo y reflujo, y crecer y menguar del mar de Euripio, que crece y mengua siete veces al día. Y lo mismo afirma Laurencio Vala, en el tratado del libre albedrío {Lauren. de libe. arbi.} Y Francisco Mirandulano añade, que cuando se arrojó en el mar, dijo. Pues Aristóteles no puede comprehender al Euripio, comprehenda el Euripio a Aristóteles. Otros dicen que murió de veneno que bebió voluntariamente. Cuya opinión no quiere admitir Plutarco: antes afirma que murió de enfermedad. Y la razón que da es. Porque si él se matara, no ordenara su testamento, ni se le diera nada de disponer de su hacienda al que no tenía en nada privarse de la vida {Plutarc. in vita Arist.}. Y la cabeza del testamento declara, que es falsa la opinión de los que dicen que se mató, tomando veneno: porque comienza así. Todas las cosas se harán bien, mas venga lo que viniere, Aristóteles ordena su testamento, en esta forma. Donde parece, que de decir esta palabra, Todas las cosa se harán bien, se infiere, que no se quería matar, pues matándose, no se le podían hacer las cosas bien. Y (ahora muriese de una manera o de otra) todos los historiadores convienen, en que su muerte fue en el año climatérico, que es el año de sesenta y tres. Y porque hubo siete Aristóteles, como dice Plutarco {Plutar. ubi supra} en la vida de Platón, digo que este de quien habemos tratado, es Aristóteles Estagirita, cuyos son los libros que habemos referido, y los que hoy se leen en las escuelas, sin otros muchos que no parecen.

¶ Y (porque acabamos de decir que murió Aristóteles en el año Climatérico, que es el de sesenta y tres) quiero dar fin a su vida, con advertir a los viejos que llegaren a este año, que estén bien apercibidos, y a punto, para si Dios los llamare. Y aunque en todo tiempo debe haber este aparejo (por la poca seguridad que tenemos de llegar a mañana) pero este año (si dicen verdad los Astrólogos) es el más peligroso de la vida del hombre. Porque aunque los antiguos tenían por muy peligrosos todos los años septenarios de la vida, como son el de siete y catorce, y veintiuno, y todos los de adelante, de siete en siete (como dice Marcelio Fiscino, y Aulo Gelio) pero mucho más temían el año de sesenta y tres (como dice el Obispo de Mondoñedo en una epístola, y Pedro Mejía en su Silva) {Marc Fis. Li. 2. De triplici. vita.; Aulo Gelio li. 15.; Mondo. episto. a don Fadrique}. Porque este número se compone de tres veces veintiuno, y de nueve veces siete. Y ellos tenían por muy peligrosos todos los septenarios, cuando más el de sesenta y tres que tiene tantos sietes. Y por eso cuando uno había salido de este año, pensaba que se había escapado del mayor peligro del mundo. Y Julio Firmico dice, que cuando Octaviano Emperador salió de este año, no cabía en sí, de placer (como consta de una carta que escribió a Cayo, su sobrino) {Iulio Firmico}. Y no es de maravillar que en los años de nuestra vida haya unos más peligrosos que otros, pues vemos por experiencia, que en cualquier enfermedad se tienen por muy peligrosos los días críticos, que son los que [17r] llaman términos, del seteno, catorceno, y veintiuno: y vemos cada día que en estos términos empeoran, y peligran muchos enfermos, como muchos viejos el año Climatérico. Y pues son tan peligrosos los días críticos, no es de maravillar que lo sean los años Climatéricos. Mayormente que no se puede negar ser verdadera aquella Máxima de nuestro Aristóteles en los Meteóros {Arist. 1Metheo.}, que este mundo inferior, y por consiguiente el hombre (cuanto al cuerpo) está sujeto a los cuerpos superiores, y a las influencias de los cielos, y de los Planetas: los cuales naturalmente unas veces influyen salud, y otras, enfermedades peligrosas, y muy graves. Y pues esta filosofía es tan cierta, podría ser que los Planetas malévolos se juntasen, y concurriesen con los Signos ascendientes, e influyesen en este dicho año, peores calidades e influencias, que en los otros años. Lo cual yo no tengo por regla cierta, sientan los Astrólogos lo que les pareciere. Lo que yo tengo por muy cierto e infalible, como (tocando esta misma materia) dijimos en nuestro Árbol de consideración, es, que Dios es señor de los tiempos, y que todas las criaturas están sujetas a él en potencia obediencial, y la vida y la muerte del hombre está en su mano, y pendiente de su divina voluntad. Y esto no contradice a la fuerza y virtud que el dio a los agentes naturales, para la generación y corrupción de las cosas, y para producir sus efectos.

¶ Y porque la experiencia nos enseña, que acaece morir muchos en el año de sesenta y tres, como murió Platón, y Diógenes, y San Bernardo {In eius legenda lec. 4.}, y también nuestro Aristóteles, será consejo muy acertado, que los que ya han llegado a la edad de la vejez (que es una enfadosa enfermedad, y muy peligrosa, aunque no consumada, como dice Galeno) {Gale. de sani. tunc.da} en que parece que los esté amenazando la muerte, enviándoles cada día indisposiciones, y enfermedades, y falta de virtud, por aposentadores de su cercana venida, que antes que lleguen a este año, y estando en él, y después de haber pasado adelante, estén muy a punto, la barba sobre el hombro, bien apercibidos, y pertrechados, y proveidas las lámparas de sus corazones de aceite de buenas obras, para cuando Dios los llamare, y enviare al Fiscal riguroso, y terrible Alguacil de la muerte, a hacer entrega y ejecución en su vida, y llevarle a la cárcel, triste brete, y mazmorra de la sepultura, donde estos cuerpos tan regalados han de ser entregados a los gusanos hambrientos. Y al fin (tarde o temprano) ha de llegar aquel día: y cada paso que damos estamos un poco más cerca de él. Y pues es sentencia muy verdadera la de Cicerón en el libro de Senectute, que los mozos pueden vivir poco, y los viejos no pueden vivir mucho, también deben de pertrecharse, y hacer este aparejo los mozos, como los viejos. Porque demás de que son muchos más (sin comparación) los mozos que se mueren, que los viejos (como nos lo enseña la experiencia) tan poca seguridad tiene el mozo, como el viejo, de llegar a mañana, pues así a los unos como a los otros se endereza aquel aviso del Redentor. Velad, que no sabéis el día ni la hora {Mat. 25}. Y si todos debemos estar en vela, cuánto más lo deben estar los que son de madura edad, que tienen ya pasada la verdura de su vida. Y así como la fruta verde se coge del árbol con alguna dificultad, y la madura ella misma se cae de suyo, y se viene al suelo, así más fácilmente se mueren los viejos, y por menor ocasión. Y parece que a los mancebos es algo dificultosa la muerte, y les es amarga su memoria: mas a los viejos, verdaderamente Cristianos, (como están maduros y sazonados para morir) no se les hace tan de mal la muerte: antes cuando se ven en manos de la vejez (que es verdugo de los yerros que se hicieron en la mocedad) están contentos, porque a cabo de tan larga navegación, ven ya la tierra para do caminaban, y comienzan a entrar por la barra, y por el [17v] puerto de la muerte, que es el marinero que los ha de llevar a gozar de Dios: y no querrían (si son cuerdos) volver otra vez a las dudosas y tempestuosas ondas del mar Océano de los trabajos, de que van a salir: sino acabar ya con los trabajos de esta vida mortal, y pasar el golfo de la muerte, para ir a gozar de la verdadera vida, pues la que acá vivimos es tal, que me parece que la conocía bien el autor de este metro.

No sé, vida, quién te alaba
Donde nada se asegura,
Ni temo mal que se acaba,
Ni quiero bien que no dura.
Si la vida da fatiga,
Y la muerte quita pena,
Luego la muerte es la buena,
Y la vida es la enemiga.

[ Hojas 13v-17v. ]