Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Rodolfo Eucken

Desde hace siete lustros en Europa y en los Estados Unidos ha venido operándose un movimiento intensísimo en la alta intelectualidad, representando tres modalidades del pensamiento filosófico contemporáneo. Höffding los clasifica de esta suerte: De un lado Guillermo Wendt, Roberto Ardigó, Francisco Heriberto Bradley, Alfredo Fouillée y algunos de los discípulos del maestro francés, representando la dirección objetiva y sistemática. De otro, la dirección biológica en la teoría del conocimiento, sustentada, por los filósofos cientificistas James Clerk Maxwell, Ernesto Mach, Enrique Hertz, Guillermo Ostwald y Ricardo Avenarius, quien ofrece una característica algo distinta con su doctrina de la Historia Natural de los problemas, pero que, sin embargo, en lo fundamental pertenece a la mencionada corriente ideológica. Y por fin el tercer grupo, integrado por los pensadores que propugnan la filosofía valorista, entre los cuales figuran el malogrado Juan María Guyau, Federico Nietzsche, William James y Rodolfo Eucken, para no citar más que a los tratadistas prominentísimos.

Un español ilustre, doctísimo profesor y crítico perspicaz, Eloy Luis André, afirma resueltamente, demostrando una certera visión de lo que significó la cultura alemana con anterioridad a la guerra, que en la cuna de la Filosofía racionalista existía una corriente formidable en la ideología, cuyo resultado efectivo fue el triunfo del idealismo. Evidentemente, en casi todas las ciudades importantes de Alemania, que cuentan con una tradición gloriosa, se advertía un resurgir de la idealidad filosófica y científica [206] y un criterio que tiende a armonizar las conquistas obtenidas por el experimentalismo con los ensueños líricos de la mente, acuciada por el ansia de lo inefable. En Jena, la ciudad donde Ernesto Haeckel conquistó sus grandes triunfos como experimentador a innovador, Rodolfo Eucken consiguió constituir un núcleo de entusiastas laborantes del pensamiento especulativo. Eucken tiene una alta significación en la psiquis de la Alemania contemporánea y en su simpática y plácida ciudad ha llevado a cabo felizmente una obra dilatada, que hasta hace poco ha sido juzgada de una manera harto superficial. Fue preciso que se otorgara al egregio escritor, en 1908, el premio Nóbel de la Literatura para que trascendiera su fama más allá de las fronteras de la patria. Por la veracidad, la seriedad y el vigor de su pensamiento, por la amplísima visión de los problemas psicológicos, por la vibración y la elegancia de su estilo y por la maestría con que propugna su concepción idealista del mundo, ha merecido Eucken el homenaje de la cultura contemporánea, sin distinción de razas ni confesiones.

Eucken nació en Jena en 1846 y cursó Filosofía y las Ciencias con gran devoción, obteniendo a los veintiocho años una cátedra de Filosofía en la Universidad de su ciudad natal. Por su aula han desfilado dos generaciones de jóvenes alemanes y extranjeros, que acuden a Jena atraídos por el justo renombre del docto profesor, que es uno de los más elegantes expositores con que cuenta el profesorado alemán. Eucken posee cualidades excepcionales para realizar el apostolado docente contemporáneo. Acaso una buena parte de la notoriedad que ha alcanzado en los últimos tiempos se debe a su modo especial de comprender las luchas morales de nuestros días. Algunos de sus biógrafos afirman que ejerce una indudable sugestión en el ánimo de sus alumnos, tanto por el contenido doctrinal de sus lecciones como por el tono de combate que, en general, emplea en sus disquisiciones y por sus dotes de conversador insinuante y ameno. En la cátedra se conduce Eucken como un padre y en su casa, convertida en una especie de Seminario; recibe, a menudo, a sus alumnos, especialmente los extranjeros, a quienes prodiga sus consejos, orientándoles y despertando su vocación hacia [207] determinadas disciplinas e indicándoles la manera de hacer fecundo el estudio.

Refiere Eloy Luis André que hace diez o doce años Eucken, a pesar de contar 65, se hallaba en la plenitud de la vida, revelando por su agilidad, que su alma conservaba todo el vigor de la juventud. Desprovisto en absoluto de la rigidez y la severidad de la mayoría de los catedráticos de su país, diríase que es uno de aquellos atenienses, orgullo de la Grecia antigua, que explicaban Filosofía en la augusta serenidad de los campos helénicos. La cualidad principal de Eucken es la espontaneidad. Sus discursos, improvisados siempre, a la par que reflejan una gran cordialidad, revelan que no tiene reservas mentales.

Eucken, que es un temperamento pletórico, tiene, en algunos respectos, la vivacidad del sajón y el vigor mental y la energía que caracteriza a los germánicos. De todos los filósofos contemporáneos el doctísimo maestro de Jena es el tratadista que ha logrado estructurar un sistema integral en el que el optimismo, se manifiesta por dondequiera. No es en modo alguno un espíritu contemplativo, pues en su obra entera se advierte una intensísima inquietud y el anhelo de elaborar nuevas normas de vida. Llegó a la Filosofía procediendo de las disciplinas históricas y su proceso intelectual fue largo, como el de su compatriota Wundt, que partió de las ciencias experimentales y de la Psicología fisiológica. Al contrario de lo que ocurrió a Schopenhauer, que, después de escribir El mundo como voluntad y como representación, puede decirse que agotó su capacidad creadora, para Eucken, que es un prototipo de la mente sana en un cuerpo sano, el trabajo constituye una exigencia fisiopsíquica, evidenciando su gran potencialidad intelectual. Una de sus biógrafos refiere que al terminar un libro tiene ya perfectamente proyectado el inmediato. Su gran amor al estudio y las ansias de su espíritu le hacen vivir en perpetua actividad; de ahí que sus libros sean interesantes, puesto que van reflejando las nuevas fases por que atraviesa su ego.

En España, donde de ordinario se ha juzgado el krausismo por parte de los ultramontanos, neokantianos y positivistas, con notorio desvío, considerando al fundador de la doctrina como un filósofo oscuro y de segundo [208] orden, no dejaría, seguramente, de producir alguna extrañeza el hecho de que a Rodolfo Eucken, restaurador del krausismo, si bien su espíritu es más ágil y más profundo que el de Krause, se le tributara el homenaje del mundo culto al ser laureado con el premio Nobel. Por mediación de Reuter recibió Eucken la influencia de Krause, como fue también discípulo de Lotze, cuyas enseñanzas apenas dejaron huella en su ánimo. Asimismo contribuyeron a formar la personalidad del eminente tratadista Teichmilller, que le inició en la Filosofía de Aristóteles, y Trendelemburg, que le inclinó en el sentido de infundir a la Filosofía una tendencia ética, haciéndole ver, además, la íntima relación que existe entre la especulación y el proceso histórico. Pero Eucken, en realidad, ha sido considerado por la mayoría de los críticos como un caso de autodidactismo, pues en casi todos sus libros se advierte la simpatía que tiene, por los grandes maestros de la antigüedad y, singularmente, por Platón y Aristóteles, Plotino y San Agustín, y en los tiempos modernos sus autores predilectos fueron Kant y Goethe y, sobre todo, Hegel y Fichte. Estudiando a fondo la obra entera del profesor de Jena se adquiere la convicción firmísima de que su concepción filosófica de la existencia, en lo esencial, tiene grandes puntos de contacto con la de Krause.

A Eucken le cupo la gloria, hace algunos años, de explicar en la Universidad de Harward un curso de Filosofía, en la misma cátedra donde había enseñado el ilustre William James durante una larga temporada. En los Estados Unidos fue muy bien recibido y escuchado con delectación. En el American Review of Reviews, Thomas Seltzer hizo notar la vaga semejanza que existe entre el pragmatismo del filósofo yanqui y el evangelio activista de Eucken, ya que uno y otro filósofo conceden gran importancia a la acción y a la vida y no lo fían todo a la pura especulación, sosteniendo que el factor intelectual, por sí solo, no puede explicar el mundo y el significado de la existencia, ni dar a la Humanidad una norma de conducta.

En la producción filosófica de Eucken distinguen sus biógrafos dos períodos perfectamente diferenciados: el preliminar o preparatorio y el de alta especulación. Durante el primero publicó, entre otros libros, [209] Die Methode der Aristotelischen Forschung (El método de Aristóteles en su relación con los principios fundamentales de la Filosofía, Berlín 1872; Geschichte und Kritik der Grundbegriffe der Gegenwart, Leipzig 1872; segunda edición, 1892; Geschichte der Philosophischen Terminologie, 1879; Beiträge zur Geschichte der neuern Philosophie vor nenhmlich der deutschen, Heidelberg 1886 y Die Philosophie der Thomas von Aquino und die Kultur der Neuzeit, Halle 1886. Terminó el primer ciclo que tiene un carácter predominantemente histórico, con la obra Die Lebensanschauungen der grossen Denker, que apareció en 1890 y que ha sido traducida a casi todos los idiomas europeos, incluso al castellano.

Su labor propiamente personal la inicio Eucken con el libro Die Einheit des Geisteslebens in Bewusstsein und Tat der Menschheit, que vio la luz en Leipzig en 1888. En este volumen delinea su concepción filosófico idealista, esbozando el plan que más tarde hubo de desenvolver sistemáticamente, planteando el problema de la vida espiritual y el de la religión. A juicio de algunos críticos, puede considerarse este libro como un trabajo magistral, pues en él reveló Eucken una gran penetración psicológica, al mismo tiempo que un arte exquisito para exponer con claridad las más intrincadas cuestiones. Mas con representar un esfuerzo extraordinario esta obra, no llega a revestir la importancia que la titulada Der Kampf um einen Geistlichen Lebensinhalt. Neue grundlegung einer Weltanschauung, que es un admirable estudio de la lucha para espiritualizar la existencia. Asimismo tienen un gran valor filosófico los libros Der Wahrheisgehalt der Religion, 1901, en el que propugna la tesis de lo que de verdadero tiene la Religión; Gesammelte Auffsazte zur Philosophie und Lebesanschauung, 1903, y Der Sinn und Werth des Lebens, 1907, en el que defiende la necesidad de una nueva vida renovadora y fecunda, tanto en valores individuales como en energías colectivas, haciendo observar el alcance y significación que reviste la existencia.

De todos los libros escritos en el último período por Eucken, el más interesante, aunque tal vez no sea el más fundamental, es el que lleva por título Geistige Stromungen der Gegenwart, estudio de las corrientes espirituales de nuestro tiempo, repleto de [210] observaciones y de juicios certeros. Eucken ha podido elaborar su sistema, porque antes de señalar las líneas fundamentales se impuso la abnegación de examinar y criticar concienzudamente las concepciones filosóficas de los pensadores más eminentes de todas las épocas. A juicio del famoso profesor, las concepciones filosóficas pueden dividirse así: la del sentido religioso de la vida, del idealismo inmanente y la del naturalismo. A diferencia de otros autores, no considera el subjetivismo artístico como un sistema independiente, sino que lo estudia considerándolo como una escuela intermedia entre las concepciones religiosa e idealista. Tampoco examina aisladamente el materialismo científico y el socialismo, a los cuales incluye en la concepción naturalista. Para Eucken todos los sistemas se integran en dos direcciones opuestas: la del naturalismo y la del idealismo.

Lo realmente digno de elogio en la labor crítica del egregio maestro de Jena es la sinceridad con que examina cada uno de los sistemas, sin olvidar a los pensadores aislados. Como psicólogo y como historiador del pensamiento ha demostrado Eucken una sagacidad extraordinaria, portentosa, y en ciertos respectos, por su potencialidad intelectual, guarda algunas analogías con Kant, pues, como el fundador del racionalismo, de las conclusiones de la crítica, recoge los fundamentos de la sistematización filosófica. El concepto básico de la existencia para Eucken se apoya en que el desenvolvimiento de la Humanidad, aun en todo aquello que depende de la Naturaleza y en todo lo que está sometido a ella, rompe para sí el círculo de la Naturaleza misma e inaugura un nuevo mundo vivo. O, dicho en otros términos: la realidad del proceso existencial hace trascender al hombre de la Naturaleza. Desde este punto de vista, los principios fundamentales de Eucken guardan cierta afinidad con el idealismo cristiano y con el voluntarismo de Wundt. La síntesis de su pensamiento puede concretarse así: La vida, al elevarse y dignificarse la condición del hombre, tiende a constituir la Filosofía de la cultura.

El activismo de Eucken, impregnado de confianza y de optimismo sano, confortador, considera que el hombre, por medio de la cultura superior, logra dominar el Universo conquistando una categoría elevada, sin [211] considerarse añadido meramente a la Naturaleza, según defiende la concepción naturalista; sino más bien transnaturalizado o preternaturalizado. En realidad, a juicio de Eucken, se opera una reversión a la Naturaleza, pero consiguiendo el hombre el dominio y llegando al triunfo, al aprovecharse, y en cierto modo dirigir las fuerzas naturales. Gan gran elegancia de estilo afirma Euclen al hablar de nuestra limitación para comprender la infinidad de lo divino, que solo puede considerarse como desgraciado por no ser rey aquel que ha perdido una corona real.

El tratar descubrir la norma que ha de seguir el individuo para hallar la verdad es el aspecto más característico de la filosofía del pensador alemán. Eucken no es un panteísta, porque no cree que Dios esté en todas las cosas y que todas las cosas contengan un algo de divinidad. Admite, por el contrario, que en el mundo se hallan indistintamente el principio del bien y el principio del mal. Esta doctrina es la que forma la base de su filosofía activista. Arguye el maestro, de Jena que si en el mundo existiese solo el bien, como pretenden los panteístas optimistas, no habría la más leve razón para que los individuos se esforzaran en luchar por conquistar el progreso. Pero como no es así, sino que existe también un principio del mal, que debe ser vencido, la vela constituye un combate cruento, y de ahí los conflictos que surgen para sobreponerse al mal y para desenvolver el bien. En sentir de Eucken, el hombre debe aprender a liberarse de la Naturaleza y de todo cuanto significa imperio del mundo cósmico. Desde el punto de vista zoológico, el hombre es un ápice en la esfera de la evolución, pero espiritualmente se halla todavía más bajo. Debe libertarse de las groseras inclinaciones de la animalidad, luchando contra cuanto significa sordidez y vulgaridad. Sólo procediendo así, podrá iniciar una vida verdaderamente espiritual desenvolviéndola en el interior de su propio ser, y enriquecerla de modo que pueda convertirse en una parte de la existencia espiritual del Universo.

Afirma Eucken que la vida espiritual es la única realidad del mundo, pues trasciende a la Naturaleza y al orden material, y, viviéndola intensamente, el hombre deriva de ella la libertad, llegando a crearse una [212] personalidad. Pero, por elevado que sea el grado que llegue a alcanzarse en la escala de la vida espiritual, no debe el individuo cesar en su actuación, porque la vida psíquica es infinita y no existen límites en el desenvolvimiento de la individuación espiritual. Haciéndolo así, el hombre no solo conquista la libertad y una personalidad, sino que se hace digno de la inmortalidad porque, siendo la vida espiritual perdurable, el hombre, como parte integrante de la misma debe ser igualmente inmortal.

En la filosofía de Eucken solo se considera dignos de alcanzar la inmortalidad a aquellos hombres que logran libertarse de la tiranía de lo que es meramente natural. Los hombres que estén dominados por la carne hállanse condenados a morir y a desaparecer, sin dejar mella de su paso por la vida. En la concepción filosófica de Eucken la religión ocupa un lugar preeminente. Al estudiar las religiones distingue el filósofo dos modalidades principales, que denomina las Religiones de la ley y las Religiones de la redención. Las primeras conciben a Dios, como ser que se halla fuera del mundo, que se limita a dar una ley a los hombres y que les premia y castiga según obedezcan o no a sus designios. El budismo rechaza las fórmulas de redención, cualesquiera que sean. El único deber que impone esta confesión es el del renacimiento, pues considera al mundo como elemento destructor y fuente de todo mal. Por esto proclama la renunciación del mundo y del propio ser. Eucken afirma que el cristianismo, como religión de redención, es bastante superior al budismo, pues en tanto reconoce la miseria y los males del mundo, no los considera como inherentes al orden universal, el cual en sí mismo es divino, sino como consecuencia de un abuso o de una falta primitiva. La doctrina del Cristianismo reclama por esto una vida de acción y de lucha, ya que significa la necesidad de vencer el mal y alcanzar un más alto grado de perfección. En este concepto el Dios cristiano representa la absoluta verdad espiritual y en el la libre personalidad halla su realización. Despojado el Cristianismo de todos los elementos históricos que en el curso del tiempo se han sobrepujado, resulta el más elevado y noble tipo de las religiones y ofrece una base para la religiosidad absoluta. Esta es la tesis que sostiene Eucken en uno de sus más [213] recientes libros: Können Wir noch Christen sein?, Leipzig, año 1911.

En los últimos años ha dedicado Eucken su esfuerzo a revisar sus libros más importantes y ha publicado otros también notabilísimos, entre los que descuellan los titulados Gesammelte Aufsaetze, 1903; Grundlinen einer neuen Lebensanschauung, 1907; Einfuehrung in der Philosophie des Geisteslebens, 1908, y Haupt probleme der Religions philosophie der Gegenwart, 1912.

Poco antes de declararse la gran guerra, hizo Eucken un viaje al Japón, dando en Tokio un curso de conferencias análogo al que dio hace años en la Universidad de Harward (Estados Unidos).

La gran celebridad de que goza Eucken débese principalmente a que ha planteado los problemas filosóficos con claridad meridiana, prescindiendo, siempre que le ha sido posible, de la terminología laberíntica, y a la sinceridad con que ha defendido sus puntos de mira, revelando una gran firmeza de convicción, También ha dejado de lado las formas académicas, expresándose siempre con una sencillez envidiable, que le ha granjeado incluso la simpatía de sus adversarios. Eucken es, en la hora presente, uno de los más sólidos prestigios con que cuenta la cultura alemana contemporánea.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 205-213