José Vasconcelos Calderón (1882-1959)
 
Obras de José Vasconcelos

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José Vasconcelos

El Proconsulado, cuarta parte de Ulises Criollo [1939]

Malgré tout

Y por lo mismo que la raíz de lo hispanico se veía combatida y negada en su suelo nativo era placentero sentirse en Madrid. Las capas no contaminadas de la población, mantenían los usos y hábitos rancios. La fuerza imperecedera de un concepto, un modo de vida, era bastante para derrotar la más poderosa intriga. La rebelión mental se me imponía en todos los órdenes: me daba temas para mi Estética. Por ejemplo, la capilla cerrada de los fenomenologistas germanizantes de Ortega y Gasset y Unamuno el dilettante filosófico, divergentes en casi todo, coincidían en el propósito de asentar el pensamiento filosófico en la famosa angustia del sueco protestante Kierkegaard. Un místico sin fe, o sea la negación de la mística. Y de aquella negación angustiada salía el sentimiento con que en vano se pretende llenar el vacío de las esencias abstractas de los Husserls, Brentano.

Unamuno partía de la pobreza mental (parecida a la suya) [542] del monje árido Kierkegaard, para sostener en su Agonía del Cristianismo y en El Sentimiento Trágico de la Vida, doctrinas de negación en estilo de lugares comunes trabajosos. Y Ortega, por su parte, comenzaba a descubrir a Bergson, lo leía en las traducciones alemanas, con veinte años de retraso. Los de segunda fila, como De los Ríos, seguían krausistas con retoques de Marx. Contra todos apunté: la esencia mística, el substrátum de la conciencia, no es angustia, sino confianza, ¿y qué tiene que ver con Kierkegaard, el indeciso, la raza castellana afirmativa que tomó de San Francisco la alegría de sus místicos y de la savia ibera el ímpetu fervoroso de los conquistadores, los misioneros?

A nadie visité y nadie nos visitaba, excepción hecha de Díez Canedo, tan comprensivo y caballeroso en todas las circunstancias. Por su parte, mi editor Aguilar, aunque muy metido dentro de la olla izquierdizante en boga, me veía a menudo, me llevaba a excursiones y paseos. Corpus Barga me invitó para hablar en el Ateneo y acepté, pero advirtiendo; haré la defensa del catolicismo español ahora que le tira todo el mundo, a nombre de los protestantes de Ultramar. Y con esto quedó aplazada la conferencia, que es lo que yo deseaba. Viví en suma, sin otro horizonte que el obstáculo.

El ambiente, en cambio, no lo podían destruir y seguía siendo delicioso. De mañana desayunábamos churros y melón, café. Es muy bueno el café que preparan en España, y los churros superan a toda clase de doughnuts y roscas inglesas o yanquis, por la sencilla razón de que están fritos en aceite de olivo, no en manteca de animales o vegetales. Y todo el mundo sabe que el melón de Valencia es arquetipo de la especie cucurbitácea, dulce, jugoso, aromático y abundante; pero la fama que no trasciende, es la de un melón alargado, blanco por dentro y por fuera verde, que se da en las cercanías de Madrid: es incomparable. Todos los productos de la tierra gozan en España de una suerte de bendición. Nada iguala en excelencias a las peras aragonesas, ni las mejores de Francia. Y la fresa es tan abundante y lozana que no acaba uno de distinguir las calidades supremas de fresas, fresones, fresillas de Aranjuez. Y los espárragos se dan largos y blancos, gruesos y delicados en sus envases de vidrio, que envidia el propio Burdeos. [543] Una granada española es grande, dulce, jugosa, con granos gruesos de oscuro rubí. En todas partes hay manzanas y nadie las come, a no ser por prescripción médica o porque no hay otra fruta en la mesa. Pero en España las manzanas de Asturias no llenan ni empalagan: deleitan en todos los tamaños y en sinfonía de sabores jugosos, delicados incitantes. Y no hay nada mejor que las uvas y los higos de Andalucía. Los duraznos de la meseta se dan en gama de dulzor y aromas varios. Y de la almendra de Castilla se hacen los turrones y mazapanes que son el tesoro de las dulcerías de la Carrera de San Jerónimo, únicas en el mundo.

Madrid tiene color. Esto se aprecia bien cuando se ha pasado una temporada en Francia, país de cielos nublados y de edificios grises. Una calle cualquiera de los barrios madrileños, produce efecto de sinfonía clara; los muros se ven dorados; los árboles tienen un verde luminoso; el cielo es azul transparente. Abundan los tiestos con flores en los balcones y saledizos. Las tejas de aleros y techados se conservan rojas; los más modernos edificios de las colonias lujosas, conservan una gracia peculiar. Un soplo de vida en grande y a plena luz, ensancha por doquiera la visión y explica la tradición pictórica nacional. Sin embargo, ya ni esto agradaba a los descastados. Azaña escribió en esos días para Les Nouvelles Littéraires un artículo dirigido contra la cruda luz madrileña, luz africana que «lastimaba sus sensibilidades de occidental». Echaba de menos las brumas parisienses y, acaso sin saberlo, se hacía eco de las trivialidades –españoladas– de Anatole France y otros antiespañoles.

Se celebró en esos días uno de los banquetes de la serie que cada año da Madrid en honor de los artistas, los hombres de letras de España y la América española. Creo que era en honor de Fierovanti, el escultor argentino. Me habían invitado, pero no pude concurrir. Y en los brindis se abordó el tema tan socorrido del idioma común, amenazado en este momento por las pretensiones autonomistas exageradas de los catalanes, los vascos, los gallegos; todo el mundo, por el momento, parecía contagiado del prurito de disgregación. Como si deshecho el imperio, en América, por la internacional metodista, no quedase ánimo para oponerse a la desintegración de la España peninsular. [544] Y habló en elogio del idioma Unamuno, pero haciendo constar que su lengua materna era el vascuence. Y Valle Inclán, recordó que se expresaba mejor en su lengua propia, el gallego. Y dije yo en la peña del Henar: «Va a ser necesario que un mexicano venga a decir: ¡mi lengua materna es el castellano!...»

Famosa en todo el mundo es la cocina francesa, sobre todo en París, que es una Cosmópolis. Y no negamos la suculencia de ciertos platos regionales franceses, ni la excelencia de las trufas y el foie gras, pero el servicio francés diario, de la côtelette con papas y la ensalada, resulta pobre, comparado con la fiesta española, que es un puchero, un cocido, en las variantes que cada provincia introduce. Y los callos a la madrileña y los arroces y el garbanzo, no los sospecha Francia, ni la variedad de mariscos, el calamar, el centollo, los langostinos, &c., &c. Los productos de tres mares se vierten a diario en el mercado madrileño. Y se puede pasar un año comiendo platos diversos, de la más refinada y sana gula, según lo comprobábamos, semana a semana, los comensales de un círculo a que me ligó Bernabeu, mi amigo de México; asociación sin estatutos, de diez a doce caballeros que se juntaban, una vez a la semana, para comer sabroso.

A mediodía, la Avenida que va de la Castellana a la Puerta del Sol, principalmente por el sector del Banco y la Granja del Henar, con sus mesas sobre la acera amplísima, da la impresión de un vasto salón al aire libre. Mujeres bonitas y población masculina vestida con lujo descuidado y garboso, circula despreocupada, sin embargo, grave y llena de dignidad. En las mesillas se conversa o se leen los diarios. El jerez brilla en copas grandes; las botanas son de pequeños mariscos y aceitunas. Es lujo de ciertos cafés abrir botella nueva para el servicio de cada cliente. Ni en Francia existe vino comparable al Tío Pepe, un jerez que por entonces era el de moda. En materia de vinos de mesa, tintos sobre todo, nadie iguala a los franceses, burdeos y borgoñas y cháteaux de la Provenza; pero en vinos de aperitivo, los mismos franceses ríndense al oporto v al jerez, vinos peninsulares. Las tertulias al aire libre de las mesillas se disuelven a las dos de la tarde. Sigue la comida abundante, luego la siesta y el trabajo se reanuda. De noche, [545] otra vez los cafés reúnen a la población amiga a conversar y lucir. Los teatros empiezan tarde para que la gente disfrute la cena y la charla. Y todavía después de medianoche, a la salida de las revistas teatrales, en que nunca faltan mujeres soberbias, vuelve la gente al café, para comentar los sucesos del día, entre sorbos de espeso, delicioso chocolate, con panecillos acanelados, ligeros, gustosos. Ninguna capital europea se divierte tan prolijamente como sabía hacerlo el Madrid de los años que precedieron a la guerra civil.

Al principio paramos en una pensión céntrica; muy agradable. Y dedicamos varias semanas a ver museos y frecuentar sitios famosos.

Y como la incomodidad principal de Madrid, o casi la única, y muy grave, es la del ruido nocturno, ya para establecernos rentamos un departamento alto, el más alto de todos, el ático. Tiene otra ventaja el ático, es barato porque no hay español que no prefiera el piso principal, que es el segundo, el más próximo al estruendo y ajetreo de la calle. «¿Qué tienen ustedes los extranjeros que siempre buscan el ático para vivir?» me preguntó Aguilar cuando le di parte de casa. «¡Ah! –exclamé– ¿y cómo hacen ustedes los de aquí para dormir en primero, tercero o cuarto pisos, con ese ruido infernal de tranvías, voceadores, claxons, que de noche se agitan más que de día?» Y se alzaba de hombros, como diciendo: ¡Vaya una raza enclenque, delicada, que se anda fijando en el ruido!...

Don Carlos Pereyra y su esposa, la buena, talentosa poetisa María Enriqueta, nos habían ayudado con informes y sugestiones, consejos de toda índole, pero no hallamos casa vacía por la zona que ellos habitan. Desde la terracita de nuestro ático podíamos contemplar la pradera de San Isidro, que tantas veces pintara Goya. En el bajo de Manzanares, a pocas cuadras, teníamos la capilla de San Antonio de la Florida, el patrono de las solteras que ambicionan marido, famosa por los murales soberbios que allí dejó el gran pintor español. A distancia; mirábamos la sierra de tonos metálicos, recortada sobre el cielo azul, envuelto el panorama en la atmósfera clara que Velázquez transportó a sus telas. «Vive en ambiente clásico, ambiente de Velázquez, el filósofo oaxaqueño», escribió uno de los cronistas que acudió a visitarnos. ¿Pero qué rincón [546] de Madrid no tiene ambiente clásico? Muy cerca de nuestra casa, el hermoso parque de Oeste era el paraíso de los niños. Cada mañana llevaban allí a mi nietecita para que disfrutara del sol. La tuberculosis, amenaza de los niños de Inglaterra y de Francia, ya no es riesgo inminente en España.

[Transcripción del texto ofrecido en las Obras completas publicadas por
Libreros Mexicanos Unidos, México 1958, tomo 2, págs. 541-546.]


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José Vasconcelos
Obras completas
México 1958, II:541-546