José Campillo Rodríguez
 
1834-1902

Profesor español, activista católico y antikrausista (aunque dos teresianas se empeñen en bautizarle como krausista), que, desde octubre de 1886 hasta su fallecimiento el 10 de enero de 1902, fue catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad Central (antes, de 1862 a 1864 fue catedrático de latín y griego del Instituto de Ávila, de 1864 a 1881 catedrático de la Universidad de Oviedo, primero de historia universal, luego de literatura española, y de 1881 a 1886 catedrático de literatura latina en la Universidad de Valladolid). Nacido en Valderas, provincia de León, el 19 de marzo de 1834, estudió en Madrid en la Universidad Central, en la Facultad de Filosofía y Letras (1858, en el curso 1859-1860 obtuvo el premio extraordinario, grado de Bachiller) y en la Facultad de Derecho (1859-1862), ganando por oposición ya en 1862 una cátedra de Instituto.

«La animación que reina en la Universidad Central con motivo de las oposiciones a cátedras, que han comenzado a verificarse, es indecible; la multitud que acude a hacer sus pruebas en tan noble palenque, presta más de una saludable enseñanza, y es digna de todo encomio. Según sabemos hacen oposición a las cátedras de latín y griego los señores D. Antonio García Castañón, D. José Campillo y Rodríguez, D. Vitoriano Rivera, D. Manuel Gil Flores, D. Manuel Medina Alonso, D. Vicente Tejedo y Mingarro, D. Salvador Valera y Frentter, D. Federico Mendoza y Roselló, D. Primo Olivanes y Yagüe, D. Pedro Lahille y Ricard, D. Sebastián Obrador y Font, D. Francisco Codera y Zaidin, D. Pedro Baudrés y Miguel, D. Genaro Rodríguez Quiñones, D. Francisco Ruiz de la Peña. Son jueces: Amador de los Ríos, presidente, Bardón, Camus, García Menendez, Cruz, Alenda y Ramírez, secretario. A las tres vacantes de latín y castellano se presentan: los señores don Toribio Caballero, D. Servando Díaz Ansola, D. José Campillo y Rodríguez, D. Francisco de Paula Arias, D. Nicolás Latorre y Pérez, D. Teodoro Sanz de Rueda, D. Francisco Benavides y Cros, D. Eduardo Bazaga y Gutiérrez, D. Primo Olivares y Yagüe, D. Pedro Bandrés y Miguel, D. Pedro Lahitte y Ricard, D. Ulpiano Gómez Calderón, D. León Carnicero y Rochel, don Juan José Domínguez, D. Ramón Biel, D. Luis María García, D. Celedonio Velázquez y D. José Campo y Rodríguez. Son jueces: Illmo. Sr. D. José Lorenzo, presidente, Miguel Romeo y Azuares, Sax, Tro, y por renuncia del Sr. Alvarez del Río, el Sr. Alvarez Pedroso, y Catalina, secretario.» (Revista Ibérica de Ciencias, Política, Literatura, Artes e Instrucción Pública, Madrid, 30 de abril de 1862, tomo III, nº 2, págs. 171-172.)

«Terminados los ejercicios de oposición a las cátedras de latín y griego de los institutos de Ávila, Ciudad Real, Jaén y Santander, han sido propuestos en primer lugar los Sres. D. Sebastián Obradors y Font, D. Primo Olivares y Yagüe, D. José Campillo y Rodríguez y D. Francisco García Castañón.» (La Esperanza, periódico monárquico, Madrid, miércoles 2 de julio de 1862, año décimooctavo, nº 5.436, pág. 4.)

Como catedrático de latín y griego del Instituto de Ávila leyó en Madrid, el primero de febrero de 1864, el discurso correspondiente a su tesis doctoral al recibir la investidura de doctor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, sobre «Los Godos, nuevos elementos de cultura que trajeron a la civilización española...». Opositor con Salmerón a la cátedra de Historia Universal de la Universidad de Oviedo, se benefició de la renuncia de quien había sido propuesto por el tribunal en primer lugar:

«Admitida la dimisión de la cátedra de Historia de la Universidad de Oviedo, hecha por D. Nicolás Salmerón, ha sido nombrado para dicha cátedra conforme al art. 35 del reglamento de 1º de mayo, el Sr. D. José Campillo.» (La Correspondencia de España, Madrid, domingo 16 de octubre de 1864, año XVII, nº 2.345 de la mañana, pág. 1.)

y con fecha 1º de noviembre de 1864 ingresó en el escalafón de catedráticos de Universidad, ocupando por oposición la cátedra de Historia universal de la Universidad de Oviedo.

En febrero de 1865, tres años antes de que fuera expulsada definitivamente de España, la reina Isabel II tuvo el rasgo de ceder a la nación española las tres cuartas partes de la venta de los bienes de la Corona y a la villa de Madrid el Buen Retiro, para que fuese convertido en jardín público. Ante las crecientes protestas el general Ramón María Narváez, vuelto al poder en septiembre de 1864, había prohibido mediante una circular que los catedráticos expresasen ideas contrarias a la Corona y al Concordato de 1851, tanto en la cátedra como fuera de ella. Por lo que al publicar Emilio Castelar su famoso artículo («El rasgo», La Democracia, 25 de febrero de 1865), Antonio Alcalá Galiano, ministro de Fomento, ordenó a Juan Manuel Montalbán, rector de la Universidad, que le abriera expediente al objeto de destituirle de la cátedra que había ganado por oposición. Se negó el rector, por lo que fue cesado y sustituido por el moderado Miguel Baamonde, marqués de Zafra. El lunes 10 de abril de 1865 tomó posesión el nuevo rector, en medio de importantes disturbios estudiantiles que culminaron bañados en sangre, en la conocida como noche de San Daniel. Al día siguiente, en pleno consejo de ministros, fallecía de una apoplejía Alcalá Galiano; y Manuel Orovio, el nuevo ministro, una de las primera cosas que hizo fue suspender de empleo y sueldo como catedrático a Emilio Castelar. El día 20 de abril varios profesores auxiliares de la Facultad de Filosofía –Nicolás Salmerón Alonso, Miguel Morayta Sagrario, Valeriano Fernández Ferraz, Manuel María del Valle Cárdenas– renunciaron a sus cargos para no verse «en el compromiso de sustituir al ilustrado profesor», los tres primeros, y por «el estado de mi quebrantada salud», el cuarto; siendo admitidas el día 22 tales renuncias; y luego encausados Salmerón, Ferraz y Morayta por «abandono de destino, injurias graves y desacato a la autoridad». Francisco de Paula Canalejas fue nombrado sustituto interino de la cátedra de Castelar durante unos días, hasta que el 28 de abril se hizo cargo de ella José Campillo Rodríguez, quien hacía unos pocos meses había ganado la cátedra de Historia universal de la Universidad de Oviedo.

«Leemos en El Reino de anoche: ‘Hoy se han despedido de sus discípulos los señores Figuerola, Canalejas, Ferraz, Salmerón, Valle y Morayta, que presentarán sus dimisiones. También se anuncia la del señor Mata y algunas otras.’» (El Lloyd Español, Barcelona, 23 de abril de 1865, página 3, columna 2.)

«La Correspondencia de hoy trae los párrafos siguientes: ‘Anteayer, con efecto, quedó anulada en la Universidad Central la enseñanza de la asignatura de historia que explicaba el Sr. Castelar, y de que ha sido encargado el catedrático numerario de la facultad de letras de Oviedo, D. José Campillo y Rodríguez, para desempeñarla durante la suspensión de aquel profesor, al cual no ha venido a reemplazar en el sentido en que suele tomarse esta palabra, pues dicho Sr. Castelar conserva la propiedad de su plaza, como no puede menos, mientras que por resultas de un expediente gubernativo o judicial no se declare haber méritos para su separación.’» (La Esperanza, periódico monárquico, Madrid, martes 2 de mayo de 1865, año vigésimoprimero, nº 6.312, página 3, columna 3.)

«Anteayer, con efecto, quedó anulada en la Universidad Central la enseñanza de la asignatura de Historia que explicaba el Sr. Castelar, y de que ha sido encargado el catedrático numerario de la facultad de letras de Oviedo don José Campillo y Rodríguez, para desempeñarla durante la suspensión de aquel profesor, al cual no ha venido a reemplazar en el sentido en que suele tomarse esta palabra, pues dicho señor Castelar conserva la propiedad de su plaza, como no puede menos, mientras que por resultas de un expediente gubernativo o judicial no se declare haber méritos para su separación.» (El Lloyd Español, Barcelona, viernes 5 de mayo de 1865, año V, nº 2232, página 2, columna 1.)

Como es natural el poco airoso y delicado encargo recibido, que Campillo aceptó, para cubrir el puesto del que se había apartado al profesor expedientado, no sirvió precisamente para mejorar su fama y hasta provocó una manifestación de estudiantes en contra suya, los castigos correspondientes...:

«En un artículo que dedica La Democracia a tratar de los últimos desórdenes universitarios, se lamenta de que el consejo de disciplina haya condenado a los cuatro estudiantes que resultan culpables del alboroto ocurrido en la cátedra del Sr. Campillo. La Democracia se escandaliza y se indigna de que no se haya concedido a los acusados una libertad amplísima para presentar sus descargos, prometiendo ocuparse más detenidamente del asunto en uno de sus próximos números y añade después:
‘¿Y qué decir del papel a que queda reducido el Sr. Amador de los Ríos con esa disposición que el Sr. Zafra ha tomado, después de conferenciar con el gobierno, no sabemos si en Consejo de ministros? El Sr. Amador de los Ríos ha sido elevado por esto decreto a una especio de comisario de policía. ¡Quién lo hubiera dicho de esa facultad de filosofía y letras, tan ilustre, donde la libertad de pensar se había refugiado, y que llevaba la dirección intelectual y la dirección moral de la Universidad, contando entre sus timbres más gloriosos el odio de los enemigos de la razón humana, de los enemigos de la libertad!... Castigo ha sido grande, castigo terrible ¡oh! y no quisiéramos añadir castigo merecido, porque no se ha debido tener tanto rigor para proceder contra estudiantes que, si de algo pecaban, pecaban de exceso de celo a favor de su independencia, a favor de su libertad; y si contra algo protestaban, protestaban contra la violación de sus derechos, contra el bárbaro desconocimiento de su dignidad y de su ciencia.‘
El castigo que se ha impuesto a los pocos estudiantes que tomaron parte en la manifestación contra el Sr. Campillo ha sido merecido; pero, como de casi todos los que se ven precisados a imponer en estos malhadados tiempos parlamentarios, pudo haberse evitado, cortando la cabeza al mal antes de que hubiese tomado las proporciones que ahora tiene, no habiéndole dejado retoñar ni mucho ni poco. Y hablando de otra cosa: ¿qué diremos nosotros del castigo que ha sufrido el Sr. Castelar por su tenacidad en conservar su puesto en la Universidad propagando las ideas democráticas en todas partes? Ahora puede convencerse el Sr. Castelar de que nosotros estábamos en lo justo al anunciarle que después de los catedráticos supernumerarios que, ya por unas causas, ya por otras, hicieron dimisión, se vería abandonado en la desgracia por sus antiguos compañeros, por aquellos compañeros que al día siguiente de conocida su separación anunciaron a son de clarín que no tolerarían ni sancionarían con su permanencia en la Universidad el atentado que el gobierno había consumado en la persona del director do La Democracia. Ya ve el Sr. Castelar que los catedráticos gritadores, que los catedráticos que se reunieron en la Academia de jurisprudencia han ido mucho mas allá do lo que nosotros creíamos, porque no solo han abandonado por completo la idea de dimitir, sino que se muestran más celosos que el mismo marqués de Zafra en la represión de todo escándalo que parta de los estudiantes. ¿Cuándo se convencerá el Sr. Castelar de que una cosa es meter ruido y amenazar, y otra cosa es renunciar sueldos y derechos cuando se corre el peligro do no volverlos a atrapar en mucho tiempo? Los catedráticos liberales, créanos el señor Castelar, que a lo que vemos tiene mucho de candoroso; los catedráticos liberales, repetimos, conocen perfectamente lo que les conviene, y saben que por ahora no les trae cuenta hacer el papel de víctimas.» (La Esperanza, periódico monárquico, Madrid, jueves 11 de mayo de 1865, año vigésimoprimero, nº 6.320, pág. 1.)

En la Universidad de Oviedo pronunció tres discursos inaugurales de curso. El del curso 1866-1867, «señalando un peligro que sin duda existe en algunas tendencias de los estudios filosóficos modernos», peligro que se asocia a Krausse (que es citado 15 veces), el kraussismo (6 veces), lo kraussista (5 veces) y los krausistas (2 veces), y que finalizó con una advertencia clara y distinta, dirigida a los alumnos, frente al krausismo:

«Jóvenes alumnos, vosotros de quienes es el porvenir de la patria, cuya gloria científica estáis llamados a conservar y aumentar; cuando con el corazón abierto a la esperanza, y con el generoso afán de grandes empresas, a que os impulsa vuestra propia lozana vitalidad, os lancéis en el difícil camino de la ciencia, hacedlo con fe, porque la poca filosofía mata tanto como la mucha ilustra y fortalece el alma; pero no os olvidéis de que el principio de la sabiduría es el temor y por consiguiente, la creencia en Dios. Vosotros, queridos alumnos, que al despediros de vuestros amados padres habéis cada cual oído de sus labios esta religiosa recomendación: «se buen cristiano», y que al apartaros de vuestras tiernas madres, las dejáis en oración, pidiendo a Dios que os sea propicio y os ayude; tened bien presente que el racionalismo germánico de la escuela de Krausse aleja a Dios del mundo, secando en el corazón del hombre hasta el germen de la fe y de la esperanza.» (José Campillo, Discurso de apertura del curso 1866 a 1867 en la Universidad de Oviedo, pág. 19.)

aunque el gacetillero de turno percibiera en él sin embargo mucha oscuridad:

«Gacetilla. Apertura. Tuvo lugar el 1º del presente mes en la Universidad literaria de esta capital, con la solemnidad de costumbre. El Sr. Campillo pronunció el discurso inaugural, en el que notamos mucha oscuridad, al propio tiempo que estamos conformes con lo que el Trabajo manifestó en el último número. Damos las gracias al Sr. Rector, por la atención que ha tenido en mandarnos dicho discurso.» (La Revista Ovetense. Periódico científico literario, de intereses morales y materiales, de noticias y anuncios, Oviedo, jueves 4 de octubre de 1866, año I, nº 17, pág. 3.)

Y los de los cursos 1869-1870 («dado el estado actual de la ciencia, examinar si existe una ley de unidad bajo la que deba estudiarse la historia, las principales teorías que con este fin se han formulado») y 1875-1876 («origen y tendencia de la Estética como medio de determinar la verdadera esencia de la belleza»).

El domingo 9 de abril de 1871, Pascua de Resurreción, se inauguró en Madrid la primera asamblea general de las Juventudes católicas de España, organización presidida por José María Martorell y Fivaller (Marqués de Monesterio), y en la que José Campillo participó como presidente de la Academia de la Juventud Católica de Oviedo, ciudad en la que no descuidaba el activismo político:

«Nuestros lectores recordarán las Conferencias dominicales que, por iniciativa de algunos demócratas individualistas, se abrieron hace cerca de un año en la Universidad de Oviedo, sobre las principales cuestiones políticas y sociales que en el día se ventilan. En ellas tomó parte nuestro querido amigo y correligionario el Sr. D. José Campillo y Rodríguez, doctor en las facultades de Derecho, filosofía y letras, catedrático de aquella Universidad y presidente de la Juventud católica. El tema que desenvolvió fue La soberanía nacional como derecho natural del hombre. Ya teníamos noticia del discurso que pronunció con tal motivo, y que mereció los unánimes elogios de amigos y adversarios; pero grande fue la satisfacción que sentimos al leerlo impreso, porque hemos reconocido la justicia con que se le prodigó el aplauso. Quisiéramos reproducir algunos trozos, que agradarían sobremanera a nuestros lectores, por la copia de la doctrina o por la fuerza de la lógica; mas en los momentos actuales, en que no se atiende a otra cosa que a las cuestiones palpitantes del día, un trabajo tan serio y abstracto pasaría en general inapercibido. Sin embargo, por ser cabalmente de oportunidad en estos mismos instantes, vamos a trascribiir lo que dice el Sr. Campillo y Rodríguez sobre la contradicción que envuelven etimológicamente las palabras monarquía y democracia.
«La primera de monos mone monon, que significa uno solo, y de arjia, que sale del verbo arjo, que significa ser príncipe, ser el principal. La segunda se compone de demos demon, que significa pueblo, y de cratia, que sale del verbo crateo, que significa mandar, ser el principal. De modo que monarquía significa mando o gobierno de uno solo, y democracia mando o gobierno del pueblo. Ya veis, por consiguiente, si hay o no verdadera contradicción en aplicar estas dos ideas a una misma persona o institución.»
Esto, por supuesto, a nadie coge de nuevo, por mas que no sea helenista. Basta con haber saludado algunas obras de Derecho público. Pero el caso es que la casi totalidad de los que hablan de monarquía democrática no saben la verdadera acepción de estas palabras, y que las pronuncian, como tantas otras, ignorando completamente su significación.» (La Esperanza, periódico monárquico, Madrid, martes 20 de febrero de 1872, año vigésimooctavo, nº 8.362, pág. 2.)

En 1871 se trasladó de cátedra dentro de la misma Universidad de Oviedo, dejando la de Historia universal para asumir la de Principios generales de literatura y literatura española. En la relación de personal del distrito que figura en la primera edición de la Historia de la Universidad de Oviedo de Fermín Canella, publicada en 1873, pág. 487, figura como «Catedrático de Literatura general y Española y Auxiliar de la de Literatura Latina».

«Para los ejercicios de oposición a la cátedra de Principios generales de literatura y literatura española vacante en la universidad de Santiago, ha sido nombrado el tribunal siguiente: D. Manuel Milá y Fontanals, don Leopoldo Eguilaz Yanguas, D. José Fernández Espino, D. José Pardo y Fernández y D. José Campillo y Rodríguez, catedráticos de la misma asignatura en las universidades de Barcelona, Granada, Sevilla, Valladolid y Oviedo respectivamente; D. Mames Esperabé Lozano, de literatura latina en Salamanca; D. Francisco Codera y Zaidin, de árabe en Madrid; D. Saturnino Fernández de Velasco, de autores griegos en Sevilla, y D. José Fernandez Sánchez, de historia natural en Santiago.» (El Imparcial. Diario liberal, Madrid, miércoles 26 de marzo de 1873, pág. 2.)

En 1876 Gumersindo Laverde no duda en situar a Campillo entre los neos «o como ahora dicen, ultramontanos»:

«Conozco la fuerza que tiene lo que V. me dice para inducirme a ir a Madrid; pero, fuera de que ya pedí mi relevo al Director general, tengo la razón de que, siendo un solo opositor, durarían tan poco los ejercicios que apenas me darían tiempo para descansar (y esto me conviene muy poco, dada la escasa salud de que gozo), y si quisiese detenerme allí mas tiempo, tendría que vivir a mis expensas (pues el Gobierno solo paga dietas a los jueces, y eso con gran morosidad, los días que hay ejercicios), y eso no se compadece con mi situación económica, estando necesitado de hacer gastos extraordinarios para salir a veranear en busca de salud, y teniendo en perspectiva el descuento del 20 por 100! Por otra parte, si Cañete y los Catalanes quieren, ellos bastan y sobran para hundir a Revilla. Si se nombra otro en mi remplazo, tendrá que ser de la misma asignatura, y solo hay tres disponibles, y todos neos, o como ahora dicen, ultramontanos, a saber, Campillo de Oviedo, Eguilaz de Granada, y Mudarra de Sevilla, pues a Borao, ex-director de I. P., no sería cosa de haberle ir a ser presidido por Amador.» (Carta de Gumersindo Laverde, desde Valladolid, 24 de abril de 1876, a Marcelino Menéndez Pelayo, MPEP 2:10.)

«Supongo que tus oposiciones se verificaran en Octubre, y concluidas y mientras se resuelve el expediente en el Consejo, podrás dar una vuelta por Londres y explorar aquellas bibliotecas. ¡Que elocuente revolcón ha dado Alejandro Pidal a Fabié y a Moreno Nieto! Siento los escrúpulos de Valera. No hay tribunal posible –a lo menos decente– si todos nuestros literatos dan en imitarle. Para mi, el jurado debe formarse con nueve de los Señores siguientes –Gayangos, Fernández Guerra, Cañete, D. Leopoldo, Fernández y González, Canalejas, Milá, Borao, Eguilaz, Adolfo de Castro– y, como suplentes, Mudarra, Campillo (el de Oviedo), y Arnal y Vicente (de Valencia). De este círculo no cabe salir, so pena de formar un tribunal de poca importancia. En ese catálogo he puesto todos los escritores que se han distinguido en la ilustración de nuestra historia literaria y todos los profesores de asignatura análoga.» (Carta de Gumersindo Laverde, desde Santiago, 5 de junio de 1878, a Marcelino Menéndez Pelayo, MPEP 3:78.)

En Oviedo publicó Campillo unas Lecciones de calotécnia para un curso de Principios generales de literatura y literatura española (Oviedo 1879), que mereció un comentario de su compañero de claustro, Leopoldo Alas, en la Revista de Asturias de 25 de febrero de 1879: «Un libro nuevo: Lecciones de Calotecnia... por Don José Campillo».

«Lecciones de calotecnia para un curso de principios generales de literatura y literatura española, por don José Campillo y Rodríguez, doctor en las facultades de derecho y filosofía y letras, catedrático numerario por oposición de principios generales de literatura y literatura española en la Universidad de Oviedo. Un tomo en 4º. de 240 páginas, Oviedo, Brid, 1879. Notable por todos conceptos es el libro publicado por el Sr. Campillo, y sobre todo por la propiedad y claridad con que define técnico y la ortodoxia que brilla en toda su parte doctrinal que tanto tiene de peligrosa por compleja y abstracta; empezando por condenar el nombre de estética no usado por la escuela socrática, ni por la neoplatónica, ni por la socrática cristiana hasta que Baumgartem lo usó por primera vez y Kant lo confirmó adoptándolo; pero en cuya impropiedad han convenido después los pensadores más distinguidos de todas las escuelas. Estamos muy conformes en esto y en todo con el docto autor de este buen libro.» (La Época, diario político, Madrid, lunes 24 de febrero de 1879, pág. 4.)

«Lecciones de calotecnia para un curso de principios generales de literatura y literatura española, por don José Campillo y Rodríguez, catedrático de literatura de la universidad de Oviedo. Oviedo: imprenta de V. Brid, 1879. No habiendo podido estudiar detenidamente esta obra, copiaremos las siguientes líneas de la censura eclesiástica. Dice el censor eclesiástico: "No sólo no encuentro en dicho escrito cosa alguna contraria a los principios que en materia de fé y de costumbre enseña la Iglesia católica, sino que me parece un trabajo altamente recomendable, con el cual el Sr. Campillo ha justificado una vez más la envidiable reputación de sabio y de creyente que entre nosotros disfruta. A la luz de la fe más pura y de la más sólida metafísica se examinan en dicho escrito todos los sistemas referentes a la belleza que han sostenido las escuelas filosóficas, tanto antiguas como modernas. Esta obra, que no vacilo en llamar fundamental, es una demostración práctica de la perfecta analogía que entre la fé y la razón han encontrado siempre las más sanas inteligencias."» (El siglo futuro, diario católico, Madrid, martes 11 de marzo de 1879, pág. 1.)

«Lecciones de Calotecnia, para un curso de principios generales de literatura y literatura española, por don José Campillo y Rodríguez, catedrático de literatura de la universidad de Oviedo. (Oviedo, imp. de V. Brid, 1879). Libro bien meditado, bien escrito y que merece se le consagre una atención sostenida. Forma un volúmen de 240 páginas en 4º español.» (La ilustración española y americana, Madrid, 22 de marzo de 1879, pág. 16.)

«Con inusitadas fiestas nacionales se celebró años después el tercer centenario del inmortal Calderón de la Barca, gloria de la escena española; y para representar a la Universidad ovetense en las solemnidades de Madrid, el Claustro designó a los Sres. Don José de Posada Herrera, D. Juan Alvarez Lorenzana, D. Manuel Pedregal y Cañedo, D. Estanislao Suárez Inclán, D. Julián García San Miguel, D. Lorenzo Nicolás Quintana, D. Placido de Jove Hevia, D. Acisclo F. Vallín y D. Florencio Rodríguez Valdés, de los que basta citar el nombre para saber sus muchos merecimientos. Las fiestas de Oviedo fueron organizadas por los catedráticos de la Universidad e Instituto Sres. Campillo, Aramburu, Buylla, Polo, Gómez y Quiroga con los redactores de la excelente Revista de Asturias, y se verificaron en los días 24 y 25 de Mayo de 1881. (...)» (Fermín Canella Secades, Historia de la Universidad de Oviedo, segunda edición, Oviedo 1903, página 250.)

«Ha sido nombrado catedrático de literatura latina de la Universidad de Valladolid, en virtud de traslación, D. José Campillo y rodríguez, que sirven la de Oviedo. Han sido nombrados supernumerarios de filosofía y derecho en la Universidad de Oviedo D. Armando González y d. Gerardo Berjano.» (La Iberia, diario liberal, Madrid, jueves 2 de junio de 1881, pág. 3.)

En junio de 1881 fue nombrado catedrático de literatura latina de la Universidad de Valladolid, en virtud de traslado de la cátedra que desempeñaba en Oviedo. En Valladolid publicó unas Lecciones de literatura griega (1882) y desempeñó la cátedra de Metafísica, publicando allí un Curso de metafísica (1885) –del que en 1888 apareció en Madrid una segunda edición–.

«No divaguemos. Proponémonos al escribir este modesto artículo, decir algo del sublime de mala voluntad. Algunos estéticos modernos, poetas que ejercieron en la literatura general una influencia que aún no podemos definir, defienden en sus obras una teoría rechazada por la Religión, por la dignidad y por la ciencia. Refutar esa teoría: hé aquí a lo que aspiramos. Sentimos no tener a la vista las brillantes lecciones de Calotécnia, escritas por nuestro más querido maestro, el que hoy es Catedrático en la Universidad de Valladolid, D. José Campillo y Rodríguez. Sin embargo, algún recuerdo conservamos de la doctrina explicada por tan ilustre Profesor, y los principios de esa doctrina no serán olvidados en estas páginas. ¡Ojalá que algún día podamos hacer público de una manera más elocuente, el respeto que profesamos al que será siempre nuestro amigo e inolvidable maestro!» (Alfredo de la Escosura, «Apuntes sobre el suicidio», La América, Madrid, 28 de marzo de 1882, año XXIII, nº 6, pág. 7.)

«Frases. A mi querido maestro el eminente literato Don José Campillo y Rodríguez. El amor es la fe del sentimiento...» (Alfredo de la Escosura, «Frases», La América, Madrid, 28 de julio de 1883, año XXIV, nº 14, pág. 7.)

La Gaceta de Madrid de 22 de octubre de 1886 publicaba un Real Decreto del ministerio de Fomento por el que se nombraba a Campillo catedrático de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central. Dos meses después hacía público Campillo que abandonaba el Partido Liberal Reformista para volver al Partido Liberal Conservador de Cánovas:

«El Sr. D. José Campillo, distinguido profesor del Instituto, catedrático de la historia de la filosofía en la Central y autor de varias importantes obras, ha escrito una carta al Sr. Romero Robledo separándose de la agrupación que acaudilla el jefe de la disidencia. El Sr. Campillo entiende que no es patriótico en estos momentos dividir las fuerzas monárquicas, porque esa división sólo aprovecha al enemigo común. Y vuelve a sus antiguas tiendas y a la ortodoxia de la doctrina, para seguir al partido de que es jefe insigne el Sr. Cánovas.» (La Época, Madrid, lunes 13 de diciembre de 1886, pág. 1.)

«El joven Madinaveitia sufrió el examen de grado, pero con mal éxito, cosa que me sorprendió mucho y muy dolorosamente. Vino el pobre desolado, pues no contaba con tal resultado, en vista de sus antecedentes y aun del mismo ejercicio de la licenciatura. No quiso hacer uso de ninguna recomendación, que, sino para torcer el veredicto del jurado, hubiera podido servir para ilustrarle respecto al carácter del examinando. Componían el tribunal los Señores Ortí y Lara, Campillo y Amador de los Ríos.» (Carta de Federico Baráibar, desde Vitoria, 31 de diciembre de 1886, a Marcelino Menéndez Pelayo, MPEP 8:199.)

«Es hermoso espectáculo seguirle a Vd. en toda la historia de su gran inteligencia (hasta donde puede verse en sus libros) y escribirla hoy en medio de esas olas de alemán fermentado, repartiendo justísimos laureles y zarandeando juristas y filósofos abstractos. Todo lo que dice de Yungamann o Yugman o como se llame, es doblemente divino, primero porque es divino y después porque es el Evangelio. Yo fui de los primeros españoles que leyeron la traducción del muy venerable Ortí y Lara (a quien traté algo en Santoña). Mi hermano mayor, Jenaro, ingeniero militar, jefe de aquella plaza entonces, ayudó al Sr. Ortí a traducir esa Estética de Yugman y por eso la leí yo tan pronto. Lo gracioso es que no se sí Vd. sabrá que ha matado dos Catedráticos a un tiempo, porque si Ortí tradujo eso, el señor Campillo, su compañero de doctorado hoy, escribió una cosa que hacía aprender de memoria a los pobres estudiantes y que él llamaba Calotecnia. Yo, mozo audaz y vanidosillo entonces, lleno de mi Madrid y de mis lecturas extranjeras, escribí unos artículos más razonados que prudentes, haciendo ver a ese señor, con buenas palabras, 1.º, que Calotecnia era una mala palabra para significar lo que él quería, y le recordaba la Pirotecnia, y 2.º, que no se debe copiar a Yugmann y menos sin decirlo.» (Carta de Leopoldo Alas, desde Oviedo, 12 de marzo de 1888, a Marcelino Menéndez Pelayo, MPEP 9:163.)

«El catedrático de la universidad Central, Dr. D. José Campillo y Rodríguez, ha tenido la desgracia de ver morir a los siete años de edad, a su hijo del mismo nombre, arrebatado al cariño de su padre por dolorosa y aguda enfermedad. Acompañamos al Sr. Campillo en su justo dolor.» (La correspondencia de España, Madrid, martes 31 de julio de 1888, pág. 3.)

«Ateneo. Bajo la presidencia del Sr. D. Juan Valera comenzaron anoche los debates en la Sección de Literatura y Artes, consumiendo el primer turno en pro de la Memoria del Sr. Fernández Llera el ilustrado catedrático de la Universidad Sr. Rodríguez Carracido. Determinó la condición da la obra de arte, diciendo que es una especie da selección o escogimiento de la belleza natural y en modo alguno una imitación fiel de la naturaleza. Terminó dando la supremacía al arte simbólico, porque representa, por su carácter general y sintético, lo mismo que las leyes fundamentales de las ciencias. Otra vez más aplaudió el Ateneo la palabra correcta, precisa y clara del Sr. Carracido y apreció gustoso la elevación de sus conceptos. D. José Campillo, también catedrático, rectificó al Sr. Carracido, mostrándose partidario de la escuela espiritualista. Mereció también justos aplausos. En la sesión próxima usarán de la palabra don Narciso Campillo, D. Gabriel Rodríguez y el señor Vidart.» (La Iberia, diario liberal, Madrid, miércoles 16 de enero de 1889, pág. 2.)

«Ateneo. El tema propuesto por el Sr. Fernández Llera en la sección de Literatura del Ateneo, fue anoche discutido con extraordinaria animación. Intervinieron en el debate los Sres. D. Narciso y D. José Campillo, y D. Luis Vidart, que pronunció un animado discurso. Todos los oradores fueron muy aplaudidos.» (El Imparcial, diario liberal, Madrid, miércoles 30 de enero de 1889, pág. 3.)

«Ateneo. En el Ateneo continuó anoche la discusión de la Memoria del Sr. Llera acerca de "La imitación de la naturaleza por el arte." Dicho ateneista pronunció un hermoso discurso, como todos los suyos, manteniendo sus afirmaciones de que el arte debe ser la imitación reflexiva de la naturaleza. Le contestó D. José Campillo en un buen discurso, sosteniendo la tesis idealista. Fueron muy aplaudidos los oradores.» (El Imparcial, diario liberal, Madrid, miércoles 24 de abril de 1889, pág. 3.)

«El Sr. Rodríguez Miguel, catedrático de Salamanca, me ha enviado un tomito de Nociones de Estética, que, salvas algunas incorrecciones de lenguaje, me parece mejor que las obras escritas sobre el mismo asunto por Campillo, Cano, Mudarra y demás turba yugmanista.» (Carta de Gumersindo Laverde, desde Lugo, Otero de Rey, 1º de julio de 1889, a Marcelino Menéndez Pelayo, MPEP 10:88.)

«Guerra entre conservadores. Dice El Resumen: "A medida que nos vamos acercando al período electoral, se ponen en evidencia las luchas a muerte entre los conservadores. En Consejo celebrado el 20 de Setiembre último se acordó la candidatura oficial por el distrito de Valencia de Don Juan del distinguido catedrático de filosofía y letras de la Universidad Central, Sr. D. José Campillo. El acuerdo del Consejo no agradó a parte de los caciques conservadores, como los Sres. Chicarro y Dato, y aprovechando la debilidad que va caracterizando a este Gobierno en las cuestiones electorales, han acudido en queja al señor Cánovas del Castillo. De éste han alcanzado se revoque el acuerdo del Consejo, y se sustituya al Sr. Campillo por el joven oficial de los registros Sr. Martínez Alonso, pariente, según se dice, del Sr. Chicarro. Como es natural, amigos del Sr. Campillo se proponen acudir al Sr. Silvela en queja y así sucesivamente."
Por lo inserto se ve que la armonía entre los conservadores de León se parece como dos gotas de agua a la que reina entre los ministeriales de Salamanca, Valencia y otras provincias, pero lo más grave es lo malparada que queda la seriedad del Gobierno: ¿por qué declaró candidato ministerial al catedrático Sr. Campillo? ¿Por qué ahora le abandona y acuerda sustituirle con el Sr. Martínez? Porque no parece razón bastante que éste sea pariente del Sr. Chicarro, ni menos la de que haya sido pasante del señor Dato. Lo probable es que se pretenda alentar la guerra solapada que allí hacen algunos conservadores al Sr. Molleda, director general de los Registros y diputado de oposición en las actuales Cortes. No les gusta ahora a los caciques el Sr. Molleda y le combaten, viniendo a pagar los vidrios rotos el Sr. Campillo, amigo de los Sres. Molleda y Villaverde, y que ha sido la víctima sacrificada por el ministro de la Gobernación.» (La Iberia, diario liberal, Madrid, sábado 11 de octubre de 1890, pág. 2.)

«Al efecto nos hemos dirigido a amigos de Oviedo, León, Palencia, Zamora y Santiago preguntándoles si apoyarían allí la candidatura independiente de Dn. José Mª de Pereda para Senador por la región económica de León, y esperamos su respuesta. Con el mismo objeto me dirijo a ti para que valiéndote de tu influencia personal y la que te da el carácter de diputado recomiendes a personas de aquellas localidades la candidatura de nuestro amigo, y consigas del Gobierno no la hostilice y si pudiera ser la patrocine haciendo desistiera de la suya el Conde de Peña Ramiro, cuando menos respecto a Santander por el mal efecto que causa ver que su Sociedad Económica prefiera un extraño a un individuo de su seno y del mérito de Pereda. La primera parte de mi petición la podrás conseguir valiéndote, entre otras personas de Dn. José Campillo su compañero en el Doctorado de letras en esa Universidad y del Sr. Molleda, Director gral. de los Registros; y la segunda por medio del Sr. Pidal nuestro futuro presidente.» (Carta de Sinforoso Quintanilla, desde Santander, 27 de febrero de 1891, a Marcelino Menéndez Pelayo, MPEP 11:75.)

«D. José Campillo y Rodríguez (escolástico). –Curso de Metafísica, Valladolid 1885, cap. IV. –Propiedades generales o trascendentes del ser, párrafo IV. –La Belleza. –Condiciones fundamentales de la Belleza. –Lo sublime. –Divisiones de lo sublime.» (Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de las ideas estéticas en España, Las ideas estéticas en España durante el siglo XIX.)

Según el escalafón a 1º de enero de 1902, además de la cátedra de Historia de la Filosofía, tenía acumulada Campillo la cátedra de Ética, perteneciente también a la Licenciatura en Filosofía (que entonces sólo podía cursarse en Madrid). Pero tal escalafón de 1902 sufrió muy pronto movimientos, pues el 10 de enero de 1902 fallecía José Campillo, dejando vacante la única cátedra de Historia de la Filosofía existente en la universidad española en los umbrales del siglo XX. Las necrológicas en la prensa no pudieron ser más escuetas, inducidas más por la persona de su yerno, Emilio Menéndez Pallarés [reconocido masón leonés, que en 1907 había de ser abogado defensor de José Nakens].

«Ayer recibió cristiana sepultura en el cementerio de Santa María el cadáver del catedrático D. José Campillo y Rodríguez. El entierro fue una sentida manifestación de duelo.» (La Época, Madrid, domingo 12 de enero de 1902, año LIII, nº 18.529, pág. 3.)

«Ayer recibió cristiana sepultura en el cementerio de Santa María el sabio catedrático de la Universidad Central D. José Campillo y Rodríguez. El entierro fue una sentida manifestación de duelo. Reciba nuestro pésame la distinguida familia del Sr. Campillo.» (El Imparcial. Diario liberal, Madrid, domingo 12 de enero de 1902, año XXXVI, nº 12.486, pág. 3.)

«Ha fallecido en esta corte el día 10 del actual el respetable Sr. D. José Campillo y Rodríguez, Doctor en las Facultades de Derecho y Filosofía y Letras, Catedrático de la Universidad Central, y padre político de nuestro querido amigo y paisano D. Emilio Menéndez Pallarés. Cuando una amistad sincera une a dos almas, necesariamente de las penas y las alegrías que una y otra experimenta participan ambas de las sensaciones que producen, por lo que no podríamos dejar de tomar una parte importante en el duelo que aflige a nuestro querido amigo por desgracia tan tremenda. Sírvanle estas breves palabras para mostrarle la participación que nos cabe en la pena que por tan sensible pérdida sufre, así como para expresar nuestro deseo de que pronto su alma encuentre el consuelo necesario a extinguir su dolor en lo posible.» (Revista Ilustrada de Banca, Ferrocarriles, Industria y Seguros, Madrid, 25 de enero de 1902, pág. 46.)

«[En 1902] El profesorado español lamenta la ausencia de D. Ricardo Becerro de Bengoa, de vastas y universales aptitudes; D. Manuel Pedrayo y Valencia, D. Andrés Montalvo y Jardín, D. Ulpiano Gómez Calderón, D. Manuel Campos, D. Ezequiel Zarzoso y Ventura, D. Epifanio Ralero, D. Blas de Loma y Corradi, D. José Mateos Gago, D. Modesto Falcón, D. José Pinilla, D. Luis Rodríguez Seoane, D. Dionisio Roca y Subirana, D. José Campillo y Rodríguez, D. José Orodea, y D. Vicente Esquivel.» (La Ilustración española y americana, Madrid 8 de enero de 1903, año XLVII, nº 1, pág. 19.)

Un año largo más tarde de producirse la vacante, con fecha 27 de marzo de 1903, se nombra a Marcelino Menéndez Pelayo vocal suplente sexto del tribunal de oposiciones a la Cátedra de Historia de la Filosofía de la Universidad Central (MPEP 16:776), y tres días más tarde el propio Ministro de Instrucción Pública le ruega encarecidamente que acepte ese nombramiento (MPEP 16:782), pues no debió ser batalla sencilla la suscitada por la sucesión de la cátedra que desde 1886 había ocupado y neutralizado Campillo.

[Ese mismo mes de marzo de 1903 había ganado Adolfo Bonilla y San Martín la cátedra de Derecho Mercantil de la Universidad de Valencia, de la que tomó posesión en abril, aunque ya en mayo le confiesa a don Marcelino que el derecho mercantil «me distrae demasiado y no me permite dedicar el tiempo que yo quisiera a la Literatura pero... veremos si me libro de esto teniendo éxito en Historia de la Filosofía» (MPEP 16:838). Bonilla, en septiembre de 1903, no sabe nada de las oposiciones a Historia de la Filosofía (MPEP 17:131), aunque logra liberarse de las obligaciones de su cátedra valenciana y volver a Madrid, con una comisión de servicios en el Instituto de Reformas Sociales. Un año más tarde, sin duda para dotarse de méritos con los que merecer la paralizada cátedra de Historia de la Filosofía vacante, comienza Bonilla a impartir, en noviembre de 1904 y en el Ateneo, el que se convertiría en famoso curso de Historia de la Filosofía española.]

De forma que, tras dos años de cabildeos políticos y académicos, Adolfo Bonilla se convirtió en el sucesor de José Campillo, al ganar el 14 de febrero de 1905 la única cátedra española de Historia de la Filosofía. Adolfo Bonilla recibió los votos de Gumersindo Azcárate Menéndez, Nicolás Salmerón Alonso, Manuel Sales Ferré, Francisco Fernández González, Manuel Sanz Benito y Pedro María López Martínez. (Sólo Antonio Hernández Fajarnés «votó al otro», le escribe ese mismo día Bonilla a don Marcelino, MPEP 18:623.) [La delicada cátedra de Historia de la Filosofía, que había ocupado de manera tan neutra el escolástico José Campillo Rodríguez, después del intermedio de Adolfo Bonilla fue recuperada, a finales de 1926, por el presbítero católico Javier Zubiri Apalategui, el sucesor del sucesor.]

«José Campillo Rodríguez. Biografía. Catedrático, escritor y periodista español, que vivió en la segunda mitad del siglo XIX, doctor en derecho y filosofía y letras; fue catedrático de latín y griego en el Instituto de Avila, de historia universal y literatura general en la universidad de Oviedo, de metafísica en Valladolid y de historia de la filosofía en Madrid (1886). Publicó: La soberanía nacional, como derecho natural del hombre; Origen y tendencia de la estética como medio de determinar la verdadera ciencia de la belleza (1875), Lecciones de calotecnia (1879), premiada por la Universidad de Oviedo; Lecciones de historia de la literatura griega, Tratado de metafísica (1885), y además pronunció el Discurso inaugural, en las fiestas del Centenario de Calderón, en Oviedo.» (Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Hijos de J. Espasa, Barcelona 1911, tomo 10, página 1278.)

«José Campillo y Rodríguez. Son muy escasos los datos que he conseguido en torno a la vida de este autor, pese a su relativa cercanía temporal, pues floreció en la segunda mitad del siglo XIX. Fue doctor en derecho y en filosofía y letras y ejerció la docencia, primero, en el Instituto de Ávila como catedrático de latín y griego, pasando posteriormente a la Universidad de Oviedo, donde explicó historia universal y literatura general, trasladándose después, como catedrático de metafísica, a la Universidad vallisoletana y, posteriormente, a la de Madrid, donde en 1886 ocupaba la cátedra de historia de la filosofía.» (Gonzalo Díaz Díaz, Hombres y documentos de la filosofía española, CSIC, Madrid 1983, tomo 2, páginas 72-73.)

Sorprendente adscripción de José Campillo al krausismo en cierta bibliografía católica

Aunque los krausistas fueron tenidos por los católicos, en el siglo XIX, como elementos confundidos y peligrosos, al consolidarse en el siglo XX enemigos doctrinales mucho más perniciosos se observan, en ambientes pre y postconciliares, curiosas posiciones filokrausistas entre católicos progresistas que, de tanto curiosear en las peculiaridades de esos otros hermanos separados, llegaron a admirar e imitar lo que entendieron como bondadosos principios pedagógicos krausistas, de los que hasta se hicieron apologetas. Y con tales orejeras, no poca frivolidad y un tanto de apresuramiento, se irá colando en la bibliografía la especie de que don José Campillo, el esforzado catedrático que advertía en Oviedo ya en 1866 del peligro que suponía el krausismo (tras haber sufrido en 1865 el rechazo de los estudiantes madrileños, cuando aceptó sustituir al expedientado Castelar) y que presidía en 1871 a la Juventud Católica de Oviedo, &c., era otro apóstol ardoroso de los que sembraba «el ideal krausista».

Así, María Dolores Gómez Molleda (1922), vinculada a la Institución Teresiana, la organización católica fundada por San Pedro Poveda, profesora e investigadora del CSIC, publicó un año antes de ganar una cátedra de Historia en la universidad española el libro Los reformadores de la España contemporánea (CSIC, Escuela de Historia Moderna, Madrid 1966, 522 págs.), prologado por Vicente Palacio Atard. En la página 184, nota 3, escribe de Emilio Castelar que «al ser separado de su cátedra en 1865, en circunstancias de todos conocidas, fue sustituido por los krausistas Canalejas y Campillo»; en la página 300, nota 2, dedicada a José Campillo Rodríguez, asegura de forma terminante (y absolutamente falsa y gratuita) que «Campillo Rodríguez sustituye a Castelar en su cátedra de Madrid cuando éste es castigado, hasta 1866, en que vuelve a Oviedo; su filiación krausista se comprueba en el discurso de apertura que da en la Universidad ovetense este año de 1866 sobre 'El panentheismo', discurso refutado por Ortí y Lara en El Pensamiento Español de 8 de octubre del mismo año (A. E. N., libros 56 y 453)», y en las págs. 312-313 remacha otra vez que José Campillo es uno de los «viejos maestros de la primera generación krausista» que pasaron por la Universidad de Oviedo.

Treinta años después otra teresiana, la doctora Ángela del Valle López, profesora titular del Departamento de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad Complutense, en un libro que le publicó en 1998 la editorial Narcea, titulado Aportación bio-bibliográfica a la historia de la ciencia: Universidad Central 1886-1902 (Colección Educación Hoy-Estudios, Madrid 1998, 272 páginas), prologado por Ángeles Galino Carrillo (tercera directora general que fue de la Institución Teresiana, y primera mujer que ganó por oposición una cátedra en la universidad española, en 1953, la de Historia de la Pedagogía e Historia de las Instituciones Pedagógicas de la Universidad de Madrid), dedica una entrada especial a José Campillo Rodríguez (páginas 113 y 114), donde de forma sorprendente vuelve a adscribir a José Campillo en las filas del krausismo.

En efecto, la doctora Ángela del Valle López, iluminada sin duda por las obras de la doctora María Dolores Gómez Molleda, asegura que «este leonés tuvo como maestros del krausismo a Julián Sanz del Río, Fernando de Castro y a Salmerón», que «la filiación krausista de Campillo se pone de manifiesto en el discurso de apertura que da en la Universidad ovetense en 1866 sobre El panentheismo...», que «en la universidad asturiana José Campillo forma a sus alumnos en el ideal krausista desde la cátedra de Historia Universal», que en Valladolid «pese a su breve estancia en esta universidad, la influencia de José Campillo debió ser notable, sembrando el ideal krausista» antes de pasar a ser catedrático de la «Universalidad [sic] Central en 1886». El oscuro episodio que llevó a Campillo a ser rechazado por los estudiantes de Madrid cuando se desplazó en 1865 desde Oviedo para sustituir al suspendido Castelar, pues otros profesores de Madrid como Salmerón o Morayta habían renunciado a su cargo para no tener que cubrir las clases del expedientado, se convierte de mano de la doctora Ángela del Valle López en la siguiente fantástica explicación: «A consecuencias de la Primera Cuestión Universitaria de 1865 se produce la destitución de Castelar, siendo sustituido provisionalmente por Canalejas. Más tarde, en 1866 llegaba de Oviedo a Madrid para ocupar dicha plaza José Campillo, krausista también, pero regresa de nuevo a Oviedo, donde se le nombra Decano de la Facultad de Filosofía, como catedrático más antiguo», &c.

Las especies introducidas por estas profesoras han logrado que en algunas perezosas listas basura de autores krausistas figure José Campillo Rodríguez, confundido a veces con Narciso Campillo Correa (1835-1900) y ¡hasta con José Campillo Cossío (1693-1743)! Búsquese por ejemplo en internet la secuencia "Francisco Pi y Margall, José Campillo y Cossío, Segismundo Moret Prendergast", &c.

Aunque más despistados en realidad andan por el Centro Digital de Estudios Biográficos del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, que en su Índice alfabético de Personajes, a 29 de abril de 2009, ni siquiera atinan con la fecha de nacimiento de José Campillo, salvo que por nacimiento entiendan su incorporación como catedrático en Madrid:

José Campillo Rodríguez según la Real Academia de la Historia el 29 de abril de 2009

Bibliografía cronológica de José Campillo Rodríguez:

1864 Discurso leído en la Universidad Central en el acto solemne de recibir la investidura de doctor en la Facultad de Filosofía y Letras, por el licenciado don José Campillo, Catedrático de Latín y Griego del Instituto de Avila, Establecimiento tipográfico de Vicente y Lavajos, Madrid 1864, 51 págs. Lleva fecha de 1º de Febrero de 1864 y en la página 3 puede leerse: «Tesis doctoral. Los Godos. Nuevos elementos de cultura que trajeron a la civilización española. Etimología de la palabra Godo. Noticias que acerca de su orígen dan los historiadores contemporáneos a su aparición en el imperio romano. Juicio de los historiadoers modernos acerca del orígen de este pueblo.»

1866 Discurso que en la solemne apertura del curso académico de 1866 a 1867 en la Universidad de Oviedo leerá..., («señalando un peligro que sin duda existe en algunas tendencias de los estudios filosóficos modernos»), Imprenta y litografía de Brid, Regadera y Compañía, Oviedo 1866, 19 págs.

1869 Discurso leído en la Universidad de Oviedo en la solemne apertura del curso académico de 1869 a 1870 por..., («Dado el estado actual de la ciencia, examinar si existe una ley de unidad bajo la que deba estudiarse la historia, las principales teorías que con este fin se han formulado»), Imprenta y litografía de Brid y Regadera, Oviedo 1869, 46 págs.

1875 Discurso pronunciado en la solemne apertura del curso de 1875 a 1876 en la Universidad de Oviedo, por..., («Origen y tendencia de la Estética como medio de determinar la verdadera esencia de la belleza»), Imprenta y litografía de Brid y Regadera, Oviedo 1875, 38 págs.

1879 Lecciones de calotécnia para un curso de Principios generales de literatura y literatura española, Imprenta y litografía de Vicente Brid, Oviedo 1879, VII + 240 págs.

1881 «Elogio de Calderón de la Barca», en el número extraordinario de la Revista de Asturias, publicado en Oviedo en mayo de 1881, conmemorativo del tercer centenario de Calderón.

1882 Lecciones de literatura griega para un curso de lección alterna de esta asignatura, Imprenta y Librería Nacional y Extranjera de Hijos de Rodríguez, Valladolid 1882, VIII + 293 págs.

1882 Programa de literatura griega acomodado al libro de texto, Imprenta y Librería Nacional y Extranjera de Hijos de Rodríguez, Valladolid 1882, 25 págs.

1883 Programa de literatura latina para un curso de lección alterna, Imprenta y Librería Nacional y Extranjera de Hijos de Rodríguez, Valladolid 1883, 17 págs.

1885 Curso de metafísica, Imprenta y Librería Nacional y Extranjera de Hijos de Rodríguez, Valladolid 1885, XV + 388 págs.

1885 Programa de metafísica, Imprenta y Librería Nacional y Extranjera de Hijos de Rodríguez, Valladolid 1885, 42 págs.

1888 Curso de metafísica... segunda edición corregida y notablemente aumentada con los tratados de Psicología, Cosmología y Teodicea, Establecimiento tipográfico de Ricardo Fé, Madrid 1888, 536 págs.

Sobre José Campillo Rodríguez:

1879 Leopoldo Alas, Un nuevo libro: Lecciones de Calotecnia, de José Campillo

2009 José Manuel Rodríguez Pardo, Los godos y «la recuperación de la Nación española»

Textos de José Campillo Rodríguez en el Proyecto Filosofía en español

1864 Tesis Doctoral. Los Godos, nuevos elementos de cultura que trajeron a la civilización española

1866 Discurso de apertura del curso de 1866 a 1867 en la Universidad de Oviedo

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