|
Francisco Fernández González 1833-1917
|
|
«Hijo de un comandante de caballería que se había distinguido en la guerra de la Independencia, estudió en Valladolid la primera enseñanza y algo de latinidad, y continuó luego sus estudios en Madrid con los Escolapios y en el Instituto de San Isidro, obteniendo siempre la nota de sobresaliente y ganando premios cuando se daban. Más tarde (24 de octubre de 1850) fue nombrado alumno pensionado para la Escuela Normal de Filosofía, previa oposición a la que concurrieron noventa y seis aspirantes, de los cuales únicamente cuatro obtuvieron plazas para la sección de Filosofía y Letras. Cursó luego (1850-52) los años de estudios superiores de las últimas materias citadas, agregados (1852) a los de la Universidad Central bajo el rectorado del marqués de Morante, y sirvió una de las plazas de profesor agregado en los Institutos de Madrid. En el del Noviciado, hoy del Cardenal Cisneros, tuvo a su cargo, en el curso de 1852 a 1853, la cátedra de Retórica y Poética. Concluidos los cuatro años de estudios que comprendía la Facultad de Filosofía y Letras, alcanzó el primer lugar en la calificación de los exámenes de mérito comparativo, que se verificaban anualmente para apreciar el aventajamiento de los pensionados. También había ganado premios anuales en las asignaturas cursadas en la Universidad, y conseguido la nota de sobresaliente en la licenciatura. Matriculóse en las asignaturas del doctorado (1854), y explicó (1854-55) durante un curso la Historia crítica y filosófica de España en la Facultad de Filosofía y Letras, sustituyendo a don Eugenio Moreno López, que se hallaba enfermo. A la vez se encargó de la enseñanza de la lengua griega en las facultades de Medicina y Farmacia. En virtud de oposición con el único pensionado que, además de Fernández y González, quedaba de 1850, fue designado en primer lugar para la Primera cátedra de Psicología, Lógica y Ética que vacase en los Institutos provinciales, y recibió poco después (16 de septiembre de 1855) el nombramiento de catedrático de la referida asignatura en el Instituto de Teruel. No llegó a tomar posesión porque, teniendo entonces el grado de Doctor, cuyos estudios hizo de 1854 a 1855, firmó las oposiciones a la cátedra de Literatura general y española de la Universidad de Granada, fue por unanimidad propuesto en el primer lugar de la toma, y nombrado catedrático de dicha asignatura en 24 de octubre de 1856.» (1891: EHA 8:246-247) |
|
Fue hermano de Manuel Fernández y González (1821-1888), el prolífico y famoso autor de folletines y novelas históricas entonces tan leídas, nacido en Sevilla («en la antigua calle de Vizcainos, hoy rotulada con el nombre del popular novelista, nació el 6 de Diciembre de 1821. Prisionero su padre por ideas políticas en la Alhambra, hubo Manuel de hacer sus primeros estudios en Granada...» MOS 1:202). Francisco Fernández y González obtuvo en 1856, por unanimidad, la cátedra de Literatura General y Española de la Universidad de Granada. Uno de los miembros del tribunal fue Julián Sanz del Río, con el que mantenía relaciones al menos desde 1855. (En los escalafones figura como fecha de su ingreso el 11 de febrero de 1856.) La Universidad de Granada le encargó el discurso inaugural del primer curso que explicó en esa institución, el de 1856-1857, donde introdujo varias referencias a Krause y a su estética. Ocupó la cátedra de Granada hasta 1864. («Había dado clases de literatura en el Instituto de Ronda, donde había informado a sus alumnos adolescentes del krausismo, por él aprendido de labios del mismo Sanz del Río. Entre esos alumnos se encontraba Francisco Giner de los Ríos», Juan José Gil Cremades, El reformismo español, Ariel, Barcelona 1969, pág. 49, nota 102.) Durante estos años granadinos fue uno de los pioneros en estudiar las actividades de los sarracenos por España. En 1861 apareció su Plan de una biblioteca de autores árabes españoles, o estudios biográficos y bibliográficos para servir a la historia de la literatura arábiga en España (opúsculo reeditado en microficha por Pentalfa, Oviedo 1983). «Merced a los estudios publicados sobre Estética fue ascendido (1864) a catedrático de esta asignatura en la Universidad Central» (EHA 8:246-247). Esta cátedra había sido introducida en la universidad española (por el Reglamento de 1858) merced a las presiones de Julián Sanz del Río, el principal propagandista hispano de la filosofía alemana versión Krause, quejoso el catedrático de Historia de la Filosofía de la manera como la Ley Moyano de 1857 había dejado organizada la recién creada Facultad de Filosofía y Letras. |
|
«Ahora bien, las probables intenciones racionalistas y liberales de quienes se decidieron a darle a la Estética el rango de disciplina universitaria autónoma pudieron contribuir a que los moderados la viesen como una nueva amenaza desde el área filosófica, como estaba sucediendo con la Historia de la Filosofía, que era una asignatura que se temía que hiciese peligrar la estabilidad política e ideológica nacionales en las manos de quien estaba desde su activación en 1854. Aún más era de temer por los moderados la Estética si la novedad de su inclusión como materia universitaria propia vino propuesta, al menos en parte, por el titular de aquélla, Sanz del Río, pues al ser considerado éste crecientemente por los moderados como una amenaza nacional, les causaba temor el dominio que podía ejercer en el área en la que quedaba inscrita la nueva disciplina, la filosófica, y a cuyo estudio estaba obligado todo licenciado que quisiese ser doctor al impartirse el Doctorado de Filosofía y Letras exclusivamente en la Universidad Central. |
|
Salvo el breve periodo en el que la cátedra de Estética fue eliminada de los planes de estudios (en 1867, siendo ministro Severo Catalina –fue nombrado catedrático de Metafísica–, aunque fue restaurada en 1868) la ocupó desde 1864 hasta su jubilación en 1903. Casado con Isabel Matilde Amador de los Ríos Fernández, hija de José Amador de los Ríos Serrano (1818-1878), yerno y suegro se influyeron sin duda mutuamente: el suegro se encargó de la cátedra de Estética de 1862 a 1864, el yerno la tuvo en propiedad a partir de 1864; el suegro fue autor de una famosa Historia social, política y religiosa de los judíos en España y Portugal (1875-1876), el yerno publicó Instituciones jurídicas del pueblo de Israel en los diferentes Estados de la Península Ibérica... (1881), &c. El suegro se refería en sus clases a él como «nuestro muy amado hijo político», y al yerno se referían en sus correspondencias privadas Marcelino Menéndez Pelayo (quien ocupó la cátedra que dejó vacante el suegro, Josephus Amator Fluminum), Gumersindo Laverde, Juan Valera, Antonio Rubio Lluch, &c., con los sobrenombres de nuestro muy amado hijo político y Don Hermógenes. En 1871 fue el suscriptor nº 268 a las Obras completas de Platón puestas en español por Patricio de Azcárate. Académico de la Historia (1867), de San Fernando (1881) y de la Lengua Española (1889, sillón Q). [Pero no fue académico de la de Ciencias Morales y Políticas, como asegura el Espasa, que además precisa como fecha 1867, error que repite HDFE 3:195.] Senador del reino (1878-1885, 1891-1892). Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, rector de la Universidad Central (1895-1903) y consejero de instrucción pública. Falleció en Madrid el 30 de junio de 1917. La Universidad de Castilla la Mancha (institución creada en 1982 y que comenzó su andadura en 1985) ha tenido la curiosa ocurrencia de promover en 2001 un Premio de Periodismo que lleva el nombre de «Rector Francisco Fernández y González» [rector, pero de la Universidad de Madrid], para «premiar los trabajos de mayor calidad que se hayan dedicado a la institución académica» manchega, y que al menos ha sido convocado un par de veces (en las notas de prensa y páginas de internet dedicadas a este premio se ofrecen datos biográficos del «Rector Francisco Fernández y González» tomados de la enciclopedia Espasa). |
|
«En la alta Administración del Estado tenemos actualmente, entre los discípulos de Sanz del Río: Salmerón, Ministro de Justicia; Ruiz de Quevedo, Subsecretario –por decirlo así, en el mismo departamento–; Azcárate (profesor de legislación comparada en la Universidad), Director General del Registro Civil y de la propiedad; F. Fernández González, Director general de Instrucción pública. Nosotros podemos pues algo; y tratamos de hacer honor a los principios y a la dignidad y sinceridad de nuestras convicciones. Yo creo que es la primera vez que los principios filosófico-jurídicos de los que Krause y Röder, no menos que Ahrens, se han hecho los apóstoles en el mundo, van a ser proclamados sin la menor restricción por parte del Ministerio de Justicia. Dios quiera que así sea por el bien y el honor de la Humanidad y de nuestra patria. Usted comprende muy bien que en este momento tenemos en España muchas dificultades muy graves, sobre todo, quizás, la de los carlistas, que aunque es verdad que valen poca cosa, el ejército está en tal estado de desmoralización que permite a los partisanos del absolutismo pasearse por casi todo el Norte de España.» (Carta de Francisco Giner de los Ríos a Hermann Freiherr Leonhardi, marzo 1873; publicada por Enrique M. Ureña & José Manuel Vázquez-Romero, Giner de los Ríos y los krausistas alemanes. Correspondencia inédita, Universidad Complutense, Madrid 2003, carta nº 14, páginas 105-106. Anotan los editores de esta carta: «Leonhardi ecribe en su diario (conservado en Dresden en su archivo) el 1 de abril de 1873: 'Una carta de Giner de los Ríos muy rica en contenido. Una anterior de él se perdió. Toda una serie de discípulos de del Río ocupan ahora altos cargos estatales [...] Están tratando de reorganizar los estudios de la Facultad de Filosofía en el espíritu de Krause, y quieren tener en cuenta a Fröbel en la reorganización de la esfera educativa'.»)
«Milá y Fontanals, además de varias poesías latinas y provenzales de los tiempos medios, ha traducido la oda Sic te Diva Potens de Horacio. Está en la Revista Meridional que publicó en Granada Fernández y González. También tradujo el Rey de Tule de Goethe.» (MMP a Laverde, 27 julio 1875, MPEP 1:219) «Leo en un periódico que Amador de los Ríos ha fallecido en esa. Merece un buen artículo en tu Biblioteca de traductores. ¡Lástima que yo no gozara de mejor salud para optar á su cátedra si la vacante se provee por concurso, y mayor lástima aun si sale á oposición, que, por falta de edad, no puedas tu tomar parte en ella! ¿No habría manera de conseguir que se derogue eso de la edad, ó que, á lo menos, se establezca alguna excepción que te comprenda? Mira á ver si Eguilaz puede hacer algo.» (Gumersindo Laverde a MMP, 26 febrero 1878, MPEP 3:30) «Mucho he sentido la muerte de Amador de los Ríos. Murió cristianamente. Bueno me ha referido sus últimos momentos. Dicen unos que su cátedra se sacará á oposición. Otros (¡parece increíble! ) que será suprimida. Yo he escrito a los Pidales para que hablen a Toreno, y este me conceda una dispensa de edad, fundada en que la ley ha tenido para mí efecto retroactivo, por estar yo graduado con anterioridad al decreto &c. &c. Pero más quisiera que saliese a concurso, y que Vd. se la llevara.» (MMP a Gumersindo Laverde, Sevilla 3 marzo 1878, MPEP 3:34) «Los Krausistas acaban de publicar el Análisis del pensamiento racional, obra póstuma de Sanz del Río. En el último número de La Ilustración viene el principio de la biografía de Amador de los Ríos, escrita por su yerno Fernández y González.» (Laverde a MMP, 21 marzo 1878, MPEP 3:43) «Veo con gusto por ella cuan complacido quedaste de tu visita á Granada y de la buena acogida que allí tuviste y buenos hallazgos bibliográficos que hiciste. Pero aun me alegra mas el saber que lleva tan favorable sesgo la cuestión de tus oposiciones á la cátedra de Amador de los Ríos. Teniendo de tu parte á Cánovas, lo tienes todo para el caso. Yo creo que ha habido poca habilidad por parte del Ministro. Si quería favorecerte, el camino mas corto y derecho era declarar que el Decreto sobre edad no te comprendía, por ser tu doctor ya cuando fue publicado. No era gracia, era justicia: nada tenían que clamar los adversarios. Pero, en fin, á lo hecho pecho. Ahora lo que importa es que el tribunal se componga en su mayoría de amigos, sin que, por eso tenga trazas de reaccionario. Que entren en él Valera, Fernández Guerra, Milá, Eguilaz, Canalejas, Fernández González y Revilla... y creo que no habrá duda. Por lo demás, los esfuerzos hechos para excluirte prueban que los adversarios no se sienten con fuerzas para lidiar contigo. A Fr. Zeferino le harían mil favores si le admitiesen la dimisión de la mitra y le dieran una jubilacioncita de 5.000 pesetas. También la ciencia española saldría gananciosa. A Pidal le ruego que proponga una adición á las bases para la ley de Instrucción pública, á fin de que en las Universidades (en el doctorado siquiera) se explique la Historia de la ciencia española.» (Gumersindo Laverde a MMP, 11 abril 1878, MPEP 3:51) «Querido Marcelino: se acaba de nombrar su tribunal de V. Valera, Milá, Guerra, Fernández González, Campoamor, Rubí, Cañete. ¿Qué tal? Campoamor acaba de renunciar y en su lugar pondrán a Borao.» (Alejandro Pidal a MMP, julio 1878, MPEP 3:112) «Ya está nombrado el tribunal de oposiciones. Compónenle Valera, Milá, Aureliano Fernández-Guerra, Cañete, Rubí, Campoamor, Fernández González. Campoamor renunció alegando que tenía íntima amistad conmigo. En su lugar nombraron a Borao. Valera también ha renunciado, aunque Alejandro y yo le suplicábamos que no lo hiciese. Las razones que da no dejan de hacerme alguna fuerza. Dice que habiendo manifestado él en todas partes, que yo debo llevarme la cátedra, si se procede en justicia, y siendo público y notorio este su modo de pensar, atribuirán a compadrazgo su nombramiento, &c. Siento mucho que se le haya metido esta idea en la cabeza. No sé qué otro consejero de Instrucción Pública nombrarán para presidente. D. Aureliano aceptó ya, según carta suya que hoy he tenido. Suponiendo que Borao (como progresista que es, a lo cual se agrega el no conocerme) se arrime a Fernández y González, suponiendo (cuanto se puede suponer) que el consejero nombrado en sustitución de Valera sea también adverso, siempre quedarían a mi favor Milá, Fernández Guerra y Cañete: agregándoseles Rubí, tendríamos mayoría. Yo no le conozco, y quizá sería conveniente prevenirle, para que no le ladease Canalejas a favor de su sobrino que es uno de los opositores. ¿Tratas á Rubí?» (MMP a Laverde, 14 julio 1878, MPEP 3:113) «Mi estimado amigo y maestro: La contra-renuncia de V. llegó a tiempo, según me informan Pidal y Valera. Mucho agradezco a V. esta singular muestra de cariño. No busco favor sino justicia seca; pero me hubiera dolido el encontrarme con gente prevenida en contra. Afortunadamente todo lo que los periódicos dijeron de renuncias &c., era añagaza de los otros opositores. El Tribunal ha quedado de esta manera: Valera, presidente. Milá. A. Fernández-Guerra. Cañete. Rosell. Rodríguez Rubí. Fernández-González. Las oposiciones serán hacia el 20 de octubre, cuando Valera vuelva de París, de ver a su hermana.» (MMP a Manuel Milá Fontanals, 1 agosto 1878, MPEP 3:130) «El martes hace la primera pareja el ejercicio de preguntas. El miércoles entramos en fuego nosotros. A. Fernández-Guerra pondrá las preguntas de literatura hispano-latina, Milá y Rosell las de Edad-Media, Cañete las del siglo XVI, Valera las del XVII, el yerno de Amador las del XVIII, y Rubí las del XIX. Veremos lo que sale.» (MMP a José María de Pereda, 25 octubre 1878, MPEP 3:178) «Anteayer tuvieron el primer ejercicio Canalejas y Moguél. Ayer me tocó a mí. Creo que lo hice bastante bien, a pesar de mi poca disposición para ejercicios orales. Asistió un gentío inmenso. Los jueces (fuera de Fernández-González, que desde el principio me hace la guerra) quedaron muy contentos y hasta entusiasmados, según hoy me dijo Aureliano. Creo por todo lo dicho que el negocio va bien. La semana que viene (si Dios quiere) tendremos las lecciones.» (MMP a Laverde, 31 octubre 1878, MPEP 3:179) «Mi carísimo Gumersindo: Te supongo enterado de la caída de Aureliano y de la suspensión de los ejercicios. Al fin se han reanudado (con asistencia del mismo Sr. que está ya bien) y esta tarde explica su lección Canalejas. No puedes imaginarte cosa más pedantesca y soporífera que su programa. (...) A pesar de tanto como dicen y trabajan contra mí, la diferencia hasta ahora es tan grande, que no dudo que tendré en mi favor a todos los del Tribunal, excepto Fernández-González que (como casi todos los de esta Facultad de Letras) es enemigo acérrimo de mi candidatura. Esta animadversión llega á un punto ridículo. Al hijo de Rubió le mandaron tachar en el discurso de Doctorado todos los párrafos en que se refería á mí (por noticias que yo le había dado) so pena de no admitírsele. En el Tribunal estaban Revilla, Morayta, Camus y otros ejusdem furfuris.» (MMP a Laverde, 11 noviembre 1878, MPEP 3:185) «Mi carísimo Gumersindo: No te extrañe mi largo silencio. Para contestar a tu última he esperado que las oposiciones acabasen del todo. Te doy, pues, la buena noticia de que he sido propuesto en primer lugar de la terna por seis votos contra uno. No necesito decirte que este uno es Fernández González, representante aquí de las iras universitarias. Para el segundo lugar salieron empatados Canalejas y S. Moguél, resolviéndose el empate a favor de Canalejas que lo merecía mucho menos que el otro. Para el tercer lugar tuvo Sánchez Moguel seis votos contra uno, el de Fernández González. La conducta de éste ha indignado mucho a tirios y troyanos. Revilla dijo a Valera que a haber sido él juez, me hubiera dado su voto.» (MMP a Laverde, 28 noviembre 1878, MPEP 3:191) «No necesito advertirte que en mi toma de posesión (que, entre paréntesis, me dio un Rector montañés, D. Manuel Rióz) brillaron por su ausencia Canalejas, Revilla, Morayta, Camus y Bardon. Fernández González fue, pero ni siquiera me saludó. Los demás estuvieron muy finos. Me tienes, pues, en quieta y pacífica posesión de la cátedra de Josephus Amator Fluminum.» (MMP a Laverde, 25 diciembre 1878, MPEP 3:215) «Mi carísimo Marcelino: recibe la mas cordial enhorabuena por verte ya remplazando al memorable Amador Fluminum en el pináculo del Doctorado, así como por las muestras de simpatía que con tal motivo has recibido y también por los desdenes con que te han honrado los D. Hermógenes de la Universidad central. Por García Romero sé ya hace días tu toma de posesión y lo que en ella pasó. No te afectes por tales miserias, ni por las que en adelante salgan á la superficie. Los buenos y los decentes harán justicia á unos y á otros. Limítate á cumplir con tu deber, rózate con tus émulos lo menos que puedas... y adelante! Podrás darles una buena lección al inaugurar tus explicaciones, consagrando un recuerdo a tu predecesor y elogiando, entre sus buenas prendas, la falta de envidia que le hacía, no con celos, si no con gozo, mirar los progresos de sus discípulos y alentarlos, &c. Indirectas del Padre Cobos.» (Gumersindo Laverde a MMP, 29 diciembre 1878, MPEP 3:218) «Estoy, desde que llegué, en quieta y pacífica posesión de la cátedra de Amador de los Ríos (que D. h.). He empezado mis explicaciones por la literatura hispano-latina. A propósito de Amador: hace poco se vendieron (a lo menos en parte) sus libros, que no eran muchos aunque había algunos curiosos. Lo supe tarde y apenas pude coger más que algunos folletos. (...) Para dar noticia de las doctrinas de Virgilio Cordobés, me valí de su obra que desde el año 44 está publicada por Heyne en una colección de documentos impresa en Leipzig. No parece que Amador ni su yerno hayan tenido conocimiento de esta publicación.» (MMP a Laverde, 18 enero 1879, MPEP 3:234) «El pedestre Cano ha removido, aunque infructuosamente, el cielo y la tierra en favor suyo ¡Cuántos me le han recomendado por su buen espíritu moral! ¿Y qué me dices de nuestro muy amado hijo político, que me recomendó á La Rua? Risum teneatis.» (MMP a Antonio Rubió Lluch, 17 enero 1885, MPEP 22:1087) «Lo de la Academia anda muy turbio, pero quizá en la sesión de mañana llegaremos a un acuerdo. La cuestión está entre Manuel del Palacio y el catedrático Fernández y González, yerno de Amador de los Ríos, hombre docto al modo de su suegro, pero todavía más pedante y destartalado que él.» (MMP a José María de Pereda, 6 marzo 1889, MPEP 9:555) «En Granada empezó á publicarse una España Arabe en 1862, pero no sé que saliera más que el primer tomo que contiene la crónica de Aben Adhari traducida por Fernández y González.» (MMP a Rafael Altamira, 15 septiembre 1891, MPEP 11:311) «En 1873 pasé a Madrid y estudié allí lo restante de la carrera (Bardum, Camus, G. Blanco, Salmerón, Castelar, Amador, Canalejas, Fernández González...). A todos los ha conocido Vd. Mis mejores recuerdos son de Canús (de quien no fui discípulo oficial, porque ya traía aprobadas sus dos asignaturas, pero sí oyente asiduo en ambas cátedras), de Amador, a quien pongo en segundo lugar entre mis maestros literarios (era menos profundo y estaba menos adelantado que Milá, pero tenía más condiciones de vulgarizador, aunque menos espíritu científico y menos severidad de método); y finalmente de Bardón, que fue mi verdadero maestro de griego, puesto que el primero, es a saber Bergnes de las Casas, aunque sabía la lengua bastante bien, no sabía enseñarla.» (MMP a Leopoldo Alas, 27 septiembre 1893, MPEP 12:414) «En el número próximo hablaré del discurso de nuestro amado hijo político, procurando entresacar de aquel pedantesco fárrago las cosas verdaderamente útiles que contiene y ponerlas en forma llana e inteligible. (...) El viernes pasado pregunté en la Academia de la Historia sobre el estado en que se hallaba el asunto de los papeles de Kende. Y vine a sacar en limpio que (durante mi ausencia en Santander) se había nombrado para examinarlos una comisión compuesta de D. Hermógenes, Hinojosa y Rodríguez Villa, los cuales, según fueron manifestando, habían examinado los papeles y opinaban que algunos debían comprarse y los demás devolverse por ser inútiles para nuestra biblioteca. » (MMP a Juan Valera, 21 febrero 1894, MPEP 12:560) «En 26 de enero de 1894 tomó posesión de su plaza de número en la Academia Española el Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, D. Francisco Fernández y González, persona universalmente reputada como una de las más doctas de nuestra nación en filología y en historia, y calificado, no ha mucho, de arabista de primer orden por autoridad tan respetable como la de Hartwig Derembourg. El cariño y sincera estimación que como discípulo y compañero profeso al jefe de nuestra Facultad, podrían hacer sospechoso mi testimonio si no se tratase de méritos tan notorios y probados como los del Dr. Fernández y González, estudiante de por vida, tipo perfecto del estudiante de Letras, tal como en otras partes existe, aunque entre nosotros, con raras excepciones, sea planta exótica todavía. La robustez hercúlea de su temperamento intelectual le ha permitido cargar sobre sus hombros todo el peso y balumba de conocimientos diversos que integran el programa de nuestra Facultad, y por saberlo todo muy a fondo, no se le debe calificar de especialista en nada. Pasman la variedad de sus estudios y lecturas, las raras investigaciones a que se entrega, el número de lenguas antiguas y modernas, aún de las más exóticas y difíciles, que ha llegado a dominar para sus trabajos de comparación y análisis o para utilizar las fuentes históricas. La Estética, que es su cátedra oficial y universitaria, es quizá lo que le ha preocupado menos; ni siquiera se ha cuidado de recoger en un libro sus numerosos y dispersos estudios sobre la Idea de lo Bello y sus conceptos fundamentales, sobre el sentimiento de lo bello como elemento educador en la historia humana, sobre lo sublime y lo cómico, sobre la fantasía y el ideal, y sobre todos los temas capitales de la Metafísica y Psicología Estéticas. Pero así y todo, su influencia en este orden de estudios, ya en la Universidad de Granada, donde primitivamente profesó, ya en la de Madrid, donde sucedió a Núñez Arenas, ha sido muy considerable y beneficiosa a nuestra cultura; y lo hubiera sido mucho más si a la cátedra de Estética acompañase en nuestras escuelas, como debía acompañar, la de teoría e historia del arte, única que puede hacer positivos y fecundos los resultados de la indagación especulativa, mostrándolos realizado en el proceso histórico de las bellas formas. Al señor Fernández y González se debe el gran servicio de haber difundido desde su cátedra por más de treinta años, los resultados de la Estética alemana posteriores a la magna enciclopedia de Vischer, que sirvió de primitivo fondo a su enseñanza, si bien procurando depurarla de sus vicios de origen, mediante una libre interpretación espiritualista, al modo que Carriére, por ejemplo, lo practica en Munich. Y aun siendo predominantemente hegeliano el sentido de sus lecciones (lo cual apenas puede evitarse en Estética, ciencia que debe a Hegel el primer ensayo de organización sistemática, y ha tenido dentro de su escuela los principales cultivadores), no por eso ha mirado con indiferencia el señor Fernández y González la tendencia realista y formal que desde Herbart hasta Zimmermann tantos resultados útiles ha traído a la ciencia de lo bello, sino que ha procurado concertar y armonizar ambas direcciones, inclinándose en estos últimos tiempos al alto sentido del idealismo real que impera en la grande obra de Max Schasler. Y todo esto lo ha enseñado y propagado en la Universidad de Madrid el Dr. Fernández cuando (exceptuado el nombre venerable de Milá y Fontanals, que fue estético de verdad, pero que pertenece a una generación anterior) la Estética solía aprenderse en España por cartillas como la de Krause, por absurdos sermonarios llenos de pasmarotadas sentimentales como el del P. Iungmann, por indigestos centones de Cousin y de Levèque, y a lo sumo, por la Estética de Hegel, traducida, o más bien, arreglada en francés por Bénard, obra ciertamente genial y admirable, pero después de la cual ha llovido mucho en Estética y en Filosofía, precisamente por lo mismo que el impulso de Hegel en su tiempo fue tan poderoso y fecundo. «Dígame Vd. si ha recibido la última España Moderna, en que va un artículo mío sobre el discurso de D. Hermógenes.» (MMP a Juan Valera, 29 marzo 1894, MPEP 3:218) «Si recibió la última España Moderna, allí vería un artículo mío sobre el discurso de D. Hermógenes. En la que saldrá mañana o pasado va otro muy largo sobre Tirso de Molina con ocasión de un libro reciente.» (MMP a Juan Valera, 6 abril 1894, MPEP 12:617) «...apenas se había publicado en lengua vulgar ninguna muestra de este género, hasta que en 1882, nuestro aventajado orientalista don Francisco Fernández y González, digno rector de la Universidad de Madrid, tuvo la suerte de encontrar en el códice 1876 del Escorial (no catalogado por Casiri) una importante colección de doce novelas árabes...» (Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, pág. 70.) «En La Razón, revista quincenal, Madrid, 1860, t. I, hay tres artículos muy dignos de leerse, de D. Francisco Fernández y González, Berceo o el poeta sagrado en la España cristiana del siglo XIII (números 3, 4 y 5).» (Marcelino Menéndez Pelayo, Antología de poetas líricos castellanos, pág. 168.) «En casi todos los historiadores árabes de que hasta ahora han dado traducción, extracto o noticia, los orientalistas, se habla en términos análogos de D. Julián y de su hija. Sirva de ejemplo Aben-Adhari, de Marruecos, historiador del siglo XIII, que ha sido puesto en castellano por nuestro docto compañero de Universidad y de Academia, D. Francisco Fernández y González.» (Marcelino Menéndez Pelayo, Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, pág. 30.) «Francisco Fernández y González. Spanish Orientalist; professor in the University of Madrid; member of the Academia de la Historia. He is a son-in-law of the historian D. José Amador de los Rios. His great interest in the history and literature of the Jews has been manifested in the following works: "De la escultura y la pintura en los pueblos de raza semítica y señaladamente entre los judíos y los árabes," in Revista de España, 1871; "Instituciones juridicas del pueblo de Ysrael en los diferentes estados de la Península Ibérica desde su dispersión en tiempo del emperador Adriano hasta los principios del siglo XVI" (vol. X. of the Biblioteca Jurídica de Autores Españoles), Madrid 1881; "Ordenamiento formado por los procuradores de las aljamas hebreas pertenecientes al territorio de los estados de Castilla en la asamblea celebrada en Valladolid el año 1432; texto hebreo rabbinico... traducido, anotado e ilustrado con una introducción historica," Madrid 1886 (from Boletín de la Real Academia de la Historia, VII); "El mesianismo israelita en la Peninsula ibérica durante la primera mitad del siglo XVI", in Revista de España, XVIII, nº 406 et seq., treating of David Reubeni and Salomon Molcho. (Bibliography: Kayserling, Bibl. Esp. Port. Jud., p. 45.) Richard Gottheil & Meyer Kayserling.» (The Jewish Encyclopedia, Nueva York 1901-1906, págs. 364-365.) «No sabía lo que Vd. me cuenta del Sr. Fernández y González, pero no me sorprende en lo más mínimo. Le trata a Vd. como nos ha tratado a todos los trabajadores de buena conciencia que hemos pasado por la Facultad de Letras. Pero no hay que desalentarse por eso: más o menos pronto, el mérito, cuando es tan sólido como el de Vd., se abre camino y triunfa de todas las asechanzas de la envidia, de la pedantería y de la malevolencia.» (MMP a Julio Cejador Frauca, 6 agosto 1905, MPEP 18:367) «Mi siempre estimado amigo y jefe: El catedrático de Lógica de esta Universidad D. Alberto Gómez Izquierdo, me ha manifestado el deseo de V. de conocer un opúsculo de D. F. Fernández y González, referente a Martínez de la Rosa: tengo la satisfacción de decir á V. que en esta Biblioteca existe, con el título Elogio fúnebre (...)» (Francisco Guillén Robles a MMP, 10 diciembre 1907, MPEP 19:398) «En la Biblioteca Nacional está el discurso de Fernández y González sobre Martínez de la Rosa. Pero yo quisiera un ejemplar para mi, que acaso podrá encontrarse de lance el día menos pensado, porque la mayor parte de los ejemplares debieron de quedarse en Granada. Espero que el verano próximo vendrá Vd. a continuar sus tareas sobre la filosofía española del siglo XIX. Buena tarea le queda todavía con las revistas y folletos.» (MMP a Alberto Gómez Izquierdo, 2 enero 1908, MPEP 19:430) «Otro tanto diría del inolvidable maestro D. Francisco Fernández y González (1833-917), sapientísimo orientalista, prodigio de erudición, que explicaba Estética en la Universidad Central siguiendo a Hegel y a Vischer; alma liberal y generosa, alistado en el partido conservador por esas paradojas tan frecuentes en España.» (Mario Méndez Bejarano, Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX [1927], capítulo XVII. El siglo de las luces, § VII. El hegelianismo, pág. 460.) «Que don Antonio Arnao, el fecundo poeta de Las melancolías, y don Francisco Fernández y González, miembro de cuatro Academias, Rector de la Universidad de Madrid y, aún mozo de veinte años no cumplidos, catedrático de Retórica y Poética, hombre de vastos conoceres, y sólida formación humanística, sean indulgentes conmigo en lo mucho que mi atrevimiento necesita. En este punto, señores académicos, en que me refiero, siquiera tan de pasada, al octavo sillón Q, mi quinto antecesor, mi retatarabuelo en esta Casa, permitidme una alusión familiar, traída de la mano de los apellidos, a mi pariente Modesto Fernández y González, autor de La hacienda de nuestros abuelos y de un ameno Viaje a Portugal, que no fue académico de la Española, ciertamente, aunque sí de la de Jurisprudencia y Legislación, pero que pesa en mi agradecido ánimo por haber firmado múltiples artículos en los periódicos y revistas de fin de siglo con el seudónimo Camilo de Cela. Disculpad mi licencia en atención a ser el único antecedente literario de mi sangre. Tras don Francisco Fernández y González, a quien don Antonio Maura dedicó un penetrante estudio en el Boletín de esta Academia, ocupó la silla que me brindáis el Rvdo. P. Fidel Fita y Colomer, S. J.,...» (Camilo José Cela Trulock, La obra literaria del pintor Solana, discurso de ingreso en la Real Academia Española, el 26 de mayo de 1957.) «Francisco Fernández y González,(3) hermano del novelista Manuel, se licenció de Literatura en Madrid, en 1854 –el mismo año en que comenzaba su docencia Sanz del Río–, y diez años más tarde, en 1864, obtuvo la cátedra de Estética de la Central. (3) Francisco Fernández y González (1833-1917). Poco después de licenciarse ganó la cátedra de Literatura en la Universidad de Granada. Su actuación docente en esta ciudad tiene particular importancia, ya que fue profesor de Giner de los Ríos. En Madrid, después de la de Estética, ganó la cátedra de Metafísica. Siendo ya catedrático de la Central se licenció en Derecho Canónico en 1865 (A. E. N., libro 48). Muy afecto al krausismo –ocupó el cargo de rector de la Universidad en la última década de siglo–. No siguió en política la línea marcada por éste, la democracia. Como observa Méndez Bejarano, Fernández y González estuvo siemper 'alistado en el partido conservador por esas paradojas tan frecuentes en España'...» (María Dolores Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, CSIC, Madrid 1966, página 184.) «Terminada la licenciatura salió Marcelino inmediatamente para Madrid, donde se matricula en las asignaturas del curso del doctorado: Estética, Historia Crítica de la Literatura Española e Historia de la Filosofía, de las que respectivamente eran catedráticos D. Francisco Fernández y González, D. José Amador de los Ríos y D. Francisco de Paula Canalejas. De Fernández y González el mismo Menéndez Pelayo nos dejó trazada, años después, una perfecta semblanza, de la que entresacamos los rasgos más característicos: «Estudiante de por vida, (...)». Retrato perfecto, acabado hasta en esos rasgos discretamente caricaturescos, es el que traza aquí Menéndez Pelayo de su maestro; quien esto escribe, que todavía alcanzó a conocer al Sr. Fernández y González –estaba ya próximo a cumplir los ochenta años– como maestro de Estética en el doctorado, responde de la fidelidad de las pinceladas. Aquel profesor debía haber explicado, como le gustaba a Unamuno, cuando era maestro de griego en Salamanca, una cátedra de cosas. «El toro ensogado. Es posiblemente el espectáculo tradicional más primitivo, según relata el conde de las Navas en su libro La fiesta más nacional, donde se da cuenta de una carta de Francisco Fernández y González, fechada el 6 de marzo de 1896, en la que se hace referencia a una crónica latina del siglo XII que menciona «la repetición en Castilla de una fiesta muy usada entre los romanos y de orden semejante a correr vacas enmaromadas. Consistía en atar los cuernos de un toro con una maroma, al cual llamaban la atención por ambos lados». La tradición permanece arraigada, efectivamente, en muchos pueblos de Castilla y de otras regiones españolas, pero no es menos cierto que Teruel hace un rito del toro ensogado o de sogas desde la Edad Media, que a tanto llega el testimonio documental de la fiesta.» (Alfonso Zapater, La tauromaquia aragonesa, 3 vols., citado en internet.) «Como ya sabemos, además del informe de Delgado Jugo, figura, en la publicación de 1869 que comentamos, el discurso de Francisco Fernández González, que lleva por título Del lenguaje hablado considerado en su origen y primeras determinaciones formales según el criterio de la razón humana (pp. 29-53). Prescindiendo de la fronda retórico-progresista que lo integra en buena parte, por lo que toca a su estricto contenido, se trata de una de las múltiples disquisiciones acerca del «origen del lenguaje» que inundaron el siglo XIX, aunque para nosotros su interés resida en la vinculación que establece entre la perspectiva naturalista y la filología (según tendencia del autor ya señalada algo más arriba al mencionarle a propósito de la discusión del tema de las razas aborígenes). La cuestión del origen del lenguaje es planteada, en efecto, «en el terreno naturalista» (p. 35), si bien cuenta con un contexto filosófico de fondo consistente en un «armonismo», propio del cosmos y del conocimiento de él (pp. 35-36), que no parece ajeno a ciertas concepciones krausistas (véase nuestro cap. 10º, sobre «Antropología y krausismo»), «germanismo» filosófico que se transparenta al referirse al lenguaje, en cuanto manifestación de la «facultad expresiva humana», como «la ley propia de la razón en su determinación externa» (p. 38). En todo caso, liga la dilucidación de los problemas acerca del origen del lenguaje (es decir, de la variedad de los lenguajes, supuesta la unidad de la especie humana y la plausibilidad de un lenguaje único primitivo, que por sí solo sería insuficiente, sin embargo, para explicar aquella posterior variedad: p. 42) a la «tonalidad o acentuación» de los diversos sistemas lingüísticos, vinculada con la diversidad topográfica (condiciones variadas: montes, llanos y costas: p. 45), pero también con las «disposiciones anímicas»... «relacionadas al propio tiempo con tales condiciones» (p. 46). Aunque se den otros factores, «ninguna le dará importancia comparable a la que consigue en todos los casos la ley del acento, encarnada en la pronunciación» (p. 47). Esa especie de «música de las lenguas» (p. 48: «el arte musical es la paleontología de los idiomas») está llamada a contribuir al adelantamiento de la «antropología, como ciencia de la naturaleza humana» (p. 48). Relaciona Fernández González, para concluir, los caracteres de ciertas razas con sus «formas idiomáticas» (ibidem), mostrando cómo estas últimas revelan el espíritu de aquéllas. En este sentido, hace un expresivo canto a la decadencia de la raza semita y al «espíritu entusiasta, idealista y emprendedor de los arios» (p. 51), verdadero «oxígeno idealista» (dice: p. 52) para el «destino futuro del mundo» (si se combina con el «hidrógeno material» de los elementos mongoles: ibidem). De esa combinación (en la que está claro qué raza representará el papel de «espíritu» informador) dependerá el progreso del mundo y el «desenvolvimiento de la esencia del hombre». Aparte del interés que tenga para nosotros (interés que ya hemos subrayado con anterioridad, a propósito del mismo autor) esa combinación de la perspectiva raciológica con la lingüística, como índice de la problemática interna de la posición naturalista propia de la antropología dominante en el siglo XIX (también en España), las conclusiones del autor introducen también –creemos– interesantes elementos de juicio para la valoración –tan dificultosa siempre– del «progresismo» mayor o menor de la antropología, que instituciones como la Sociedad Antropológica habrían encarnado. En este sentido, cabría decir que, aquí como en otros casos, la positiva valoración que C. Lisón hace de este discurso de Fernández González (alabando su «enfoque metodológico» por lo que tiene de «contemplación total», con su correspondiente interacción «sintética» de factores; Lisón, pp. 105-106), como precursor nada menos que de M. Mauss y su noción de «hecho total social», parece olvidar el contexto preciso en que Fernández González enuncia sus tesis: el de una asociación raciología-filología unida a una consideración del lenguaje como «espíritu» de las razas para la cual no todos los «espíritus» son iguales (pues los arios reivindican «entre todos los pueblos la primacía en el apostolado de la Ciencia y el Arte»: p. 5l); ello seguramente no sería ya tan conforme al espíritu de la antropología social actual para la que Lisón busca, constantemente, precedentes en el siglo XIX.» (Elena Ronzón, Antropología y antropologías. Ideas para una historia crítica de la antropología española. El siglo XIX, Pentalfa, Oviedo 1991, páginas 269-271.) «La teoría de la Atlántida en España y su identificación con Tartessos parece haberse hecho patente ya desde finales del siglo XIX a través del injustamente olvidado historiador español Francisco Fernández y González, padre del célebre Juan Fernández Amador de los Ríos, quien hizo este reclamo de prioridad teórica de su padre al alemán Adolf Schulten, al que los propios historiadores españoles le adjudicaron la inmerecida fama de haber sido el primero en defender esta teoría. ¡Hay que ver como somos siempre con los nuestros!» (Jorge Díaz [(a) Georgeos Díaz-Montexano], Introducción a la Atlantología Científica. La única ubicación posible de la Atlántida, resumen en internet del libro Atlantis entre Iberia y Mauritania, el enigma de Gibraltar, 1994.) «Entre los más jóvenes de la generación de 1826 (nacidos entre 1819 y 1833, cumplían 30 en torno a 1856), la generación de Juan Valera («Hegel, para mí, es el príncipe de los filósofos modernos, y sobre éste será mi trabajo, mientras que voy censurando a Krause; ya ve Vd. que la empresa es peliaguda», le escribe a Laverde), Adolfo de Castro (martillo de sectarios alemanes en el prólogo a Obras escogidas de filósofos [españoles] de 1873 y antikrausista tardío), Pi Margall, Castelar e Isabel II; Tiberghien, Engels, Spencer y Renan; figuran los discípulos más viejos de Sanz del Río: Francisco Fernández y González o Tomás Romero de Castilla, pero también dos de los contradictores más firmes, desde posiciones y argumentaciones diferentes, de Krause (y en menor medida de los krausistas): Juan Manuel Ortí Lara y Zeferino González.» (GBS, Historiografía del krausismo y pensamiento español, 1997.) «Francisco Fernández y González. Filólogo e historiador (Albacete 1833 - Madrid 1917). Era hermano del novelista Manuel Fernández y González. Compuso, entre otras interesantes obras: Primeros pobladores históricos de la península Ibérica, Las doctrinas de R. Lulio y Lo ideal y sus formas.» (Personajes de la Historia de España, Espasa, Madrid 1999, tomo 5, página 640.) |
|
|
|
R
|
| Proyecto filosofía en español © 2004 www.filosofia.org |
Averiguador | ||