Armando Palacio Valdés 1853-1938

Armando Palacio Valdés (1853-1938) Escritor español nacido el 4 de octubre de 1853 en Entralgo (hermosa aldea del concejo de Laviana, en la entonces provincia de Oviedo), hijo de un abogado ovetense, su madre pertenecía a una adinerada familia de Avilés, donde vivió hasta 1865, en que se trasladó a la capital de Asturias para estudiar el bachillerato (que entonces se cursaba en el mismo edificio de la Universidad de Oviedo). «Leí en la biblioteca de la Universidad la Iliada, de Homero, traducida en verso libre por Hermosilla. Aunque tiene fama esta traducción de indigesta, me causó extremado placer. La edición era excelente, lujosa, y esto contribuye más de lo que generalmente se cree para hacernos amables los libros. Por espacio de algunos días viví en constante embeleso entre aquellos héroes tan divinos y aquellos dioses tan humanos. Sobre todo las diosas hicieron verdaderos estragos en mi imaginación infantil y lograron rápidamente convertirme al gentilismo. Fui un empedernido pagano por más de dos meses, sin que mi familia ni mis profesores pudieran sospecharlo. ¡Cuál gritaría nuestro descomunal y fragoroso catedrático de Religión y Moral si supiese la gente que frecuentaba mi cerebro! Quise leer también en la misma biblioteca El paraíso perdido, de Milton, traducido por el canónigo Escoiquiz, pero no fue posible. Me aburrió infinitamente. Yo era entonces, como acabo de manifestar, un pagano que quemaba incienso en los altares de los ídolos. Aquellas legiones flotantes de ángeles y arcángeles suspendidos en los espacios, sin tierra donde apoyarse, me parecían tristes volatineros...» «Leí, pues, durante los años de la segunda enseñanza muchos y buenos libros: la Historia de los Reyes Católicos y de Felipe II, de Prescott; la Conquista de Méjico, de Solís: la Historia de la revolución inglesa, de Guizot; gran parte de la Historia Universal, de César Cantú; el Viaje del joven Anacarsis por la Grecia, las Lecciones de literatura, de Hugo Blair; El Deber, de Julio Simón; el Libro de los oradores, de Cormenin; obras de Michelet, de Laboulaye, &c. Leí asimismo alguno de los libros que entonces se hallaban a la moda: las Palabras de un creyente, de Lamennais, y El mundo marcha, de un señor llamado Pelletan. El estilo metafórico y enfático de estos escritores, en el cual sobresalió como ninguno Edgar Quinet, me sedujo entonces tanto como ahora me enfada. (...) Mas de todas las obras que entonces leí, la que me dio más golpe y logró cautivarme fue la Historia de la civilización europea, de Guizot. Estas lecciones, profesadas en la Sorbona, fueron para mí una revelación y me iniciaron en lo que llamamos filosofía de la historia. A tal punto me impresionaron que después de haberlas leído varias veces resolví aprenderlas de memoria. Y así lo puse por obra: leía una lección repetidas veces y luego cerraba el libro y la escribía, resultando transcrita casi al pie de la letra.» (La novela de un novelista [1921], XXXI).

Además de las lecturas formó grupo en Oviedo el bachiller Armando Palacio Valdés con «unos cuantos estudiantes más adelantados que yo en la carrera. Era un grupo de chicos estudiosos y de notable ingenio y discreción. Alguno de ellos han muerto jóvenes; otros se han distinguido en diferentes carreras del Estado; sólo dos se consagraron a la literatura: Leopoldo Alas y Tomás Tuero. El primero llegó a ser, con el pseudónimo de Clarín, un crítico eminente; el segundo, a causa de su precaria situación y aún más de su invencible apatía, no dio de sí lo que todos esperábamos. (...) Con estos dos me ligué especialmente.» (La novela..., XXXIII.) «En los años de mi adolescencia y en los primeros de mi juventud he creído firmemente que yo había nacido para cultivar las ciencias filosóficas y políticas y para ser un astro esplendoroso dentro de ellas. Llegar a ser un sabio respetado y solemne fue mi única ambición entre los quince y los veinte años» (Confidencia preliminar a sus Páginas escogidas, 1917).

En septiembre de 1870 obtuvo el grado de bachiller en Artes y en octubre se trasladó a Madrid para seguir en la Universidad Central la carrera de Leyes, cursando los estudios de Derecho y de Administración, de los que se licenció en 1874, manteniendo de estudiante en Madrid la relación con Clarín y con Tomás Tuero (en 1872 vivían en el mismo piso y sacaron tres números de Rabagás, 'periódico audaz', político satírico).

«El propósito de dedicarse al estudio de materias filosóficas y económicas le llevó a ingresar en el Ateneo un año antes de acabar las carreras emprendidas; allí figuró desde el primer día entre los elementos más activos y de más asidua concurrencia: los que fueron fundadores de la famosa sala de conversaciones conocida por la Cacharrería. Al año de su ingreso se nombró a Palacio Valdés secretario de la Sección de Ciencias Naturales y Políticas, bajo la presidencia de José Moreno Nieto. El medio en que se desenvolvía Palacio Valdés fue torciendo o desviando la que él consideraba su más verdadera vocación. A su espíritu afloraba una inclinación al cultivo de la literatura con intención humorística; recogió las primicias una revista de corta existencia que fundó con Alas y tuero bajo el título de Rabagás. Después, aparte algunas traducciones del francés, se dedicó a la crítica literaria desde las columnas de la Revista Europea y del diario El Cronista; de la primera publicación tuvo a su cargo el puesto de redactor-jefe, verdadero director, desde 1875 al 78, y en ella conquistó los primeros éxitos literarios con unas interpretaciones críticas y humorísticas de novelistas, oradores y poetas coetáneos, trabajos que años adelante agrupó en el tomo titulado Semblanzas literarias. Entre los éxitos obtenidos por el crítico destacan: unos comentarios al libro de Francisco de Paula Canalejas Estudios de filosofía religiosa, en el que descubrió reminiscencias con indicios de plagio de la obra Historia de las ideas religiosas en Alemania, y la sátira a Manuel de la Revilla, que era a la sazón gran oficiante de la crítica literaria.» (Constantino Suárez, Escritores y artistas asturianos, tomo VI, Oviedo 1957, página 19.)

El delicado tratamiento que el joven Armando Palacio Valdés dio en 1875 a su descubrimiento del plagio perpretado por don Francisco de Paula Canalejas (El problema religioso, Doctrinas religiosas del racionalismo contemporáneo...) tuvo curiosas consecuencias, que en 1919 recordaba don Armando a dos de sus biógrafos:

«Adquirí el compromiso de hacerlo [un comentario sobre el libro de Canalejas]; leí el libro del Sr. Canalejas y me puse a buscar todas las obras que hubiese sobre el mismo tema. Fruto de mis investigaciones fue un lamentable hallazgo. En una de mis pesquisas topéme con un libro que se titula también Estudios de filosofía religiosa, de un alemán. Lo leí y tuve que convencerme que la obra de don Francisco Canalejas había sido totalmente copiada de la obra alemana. Señalé lo más fina y benévolamente que pude en el juicio crítico estas coincidencias. Y como recientemente Perojo había hecho una tremenda campaña contra Canalejas, D. Francisco, a quien la diferencia de trato, dentro de la censura, conmovió, me dedicó en no recuerdo qué periódico un artículo tan sumamente elogioso para mí, que no sé si puede haber alguno que se le compare.» (Luis Antón del Olmet y José de Torres Bernal, Los grandes españoles. Palacio Valdés, Pueyo, Madrid 1919, pág. 65.)

Entre sus traducciones «del francés», que fueron apareciendo en la Revista Europea y luego en forma de libro, aprovechando la misma composición tipográfica, el libro del alemán Eduardo Hartmann (1842-1906), La religión del porvenir; y el libro de Erasmo María Caro (1826-1887), profesor de la Sorbona, El pesimismo en el siglo XIX. Un precursor de Schopenhauer, Leopardi; ambas publicadas en la Biblioteca de Ciencias y Artes del editor Eduardo de Medina / Casa Editorial de Medina, donde en 1878 publicó también Palacio Valdés su opúsculo Los oradores del Ateneo, con textos ya aparecidos en su mayor parte en la Revista Europea.

Pero pronto el crítico filosofante se trocó en literato: «Después por un juego de la fortuna me ví convertido en novelista, y comprendí que la fortuna tenía razón. Me acaeció lo que a Federico II de Prusia. Creyó haber nacido para músico y literato y resultó un guerrero... Para mí ha sido tan fácil escribir novelas como a un tenedor de libros efectuar sus operaciones aritméticas. ¡Cuán fácil es dejarnos arrastrar por aquello que nos es fácil! Así yo, puesto a escribir novelas, me hallé cautivo de ellas y tan contento como el pez en el agua. El sabio no volvió a sacar la cabeza fuera hasta muchos años después, al publicar los Papeles del Doctor Angélico.» (Confidencia preliminar..., 1917.)

En muy pocos años Armando Palacio Valdés se convirtió en uno de los novelistas españoles más admirados y conocidos en todos los países de lengua española y en otros extranjeros merced a las repetidas reediciones y las abundantes traducciones de sus obras a muchas lenguas.

«Novelista español, que en el corto espacio de quince años ha logrado crear y arraigar una sólida reputación.» (Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, tomo 14, página 597, 1894.)

«Las novelas de Armando Palacio Valdés circulan por la Gran Bretaña como por patria propia; de tal manera el alma asturiana empareja en muchos aspectos con el espíritu sajón y se divorcia de sus gemelas, aun de la galaica y aun de la montañesa, pueblos hermanos que por su situación topográfica parecen destinados a vivir en una misma casa de vecindad.» (Francisco Acebal, «Alma asturiana», en Alma española, nº 9, Madrid, 3 de enero de 1904.)

Novelas y escritos principales por orden cronológico: El señorito Octavio (1881), Marta y María (1883), El idilio de un enfermo (1883), José (1885), Riverita (1886), Maximina (1887), El cuarto poder (1888), La hermana San Sulpicio (1889), La espuma (1891), La fe (1892), El maestrante (1893), El origen del pensamiento (1894), Los majos de Cádiz (1896), La alegría del capitán Ribot (1898), ¡Solo! (1889), Seducción (1900), La aldea perdida (1903), Tristán o el pesimismo (1906), Papeles del Doctor Angélico (1911), La guerra injusta (1917), Años de juventud del Doctor Angélico (1917), La novela de un novelista (1921), El saladero (1923), La hija de Natalia (1924), Santa Rogelia (1926), Los cármenes de Granada (1927), A cara o cruz (1929), Testamento literario (1929), El gobierno de las mujeres (1931), Sinfonía pastoral (1931), &c.

Falleció Armando Palacio Valdés en Madrid, el 29 de enero de 1938, a los 84 años de edad, en plena guerra civil. En los primeros años del franquismo la difusión de sus obras y su fama fue en aumento. En 1945, el año en el que se trasladaron sus restos desde Madrid al cementerio de La Carriona, en Avilés, la editorial Aguilar publicó sus Obras completas en dos gruesos volúmenes. Ediciones FAX [de la Compañía de Jesús, Zurbano 80, Madrid] reeditó numerosas veces los 31 volúmenes de su edición de las Obras Completas en tomos sueltos. Las distintas y exitosas adaptaciones cinematográficas hicieron alcanzar a sus narraciones gran popularidad: José (1925), La hermana San Sulpicio (Florián Rey, muda en 1927, sonora en 1934; nueva versión en color en 1952), La fe (Rafael Gil, 1947), Las aguas bajan negras (adaptación de La aldea perdida, José Luis Sáenz de Heredia, 1948), &c. En 1953 la conmemoración del centenario de su nacimiento supuso que se le dedicaran bustos y calles en numerosas ciudades de España e Hispanoamérica, y que numerosas instituciones se bautizaran con su nombre.

Al final del siglo XX la figura de Armando Palacio Valdés parecía haber caido en el olvido, pero merced al impulso del Ayuntamiento de Laviana, que restauró su casa natal en Entralgo para convertirla en museo y Centro de interpretación Armando Palacio Valdés, el año 2003, sesquicentenario de su nacimiento y centenario de La aldea perdida, supuso el inicio de un renovado interés por su obra (congreso Palacio Valdés, un clásico olvidado, inicio de la reedición de sus obras, &c.).

 
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