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Nicolás Estévanez Murphy 1838-1914
En plenos preparativos de la revolución de 1868, fue llamado por el General Prim, quien le dio instrucciones en su londinense refugio de Paddington para que se pusiera de acuerdo con Amable Escalante. Tomó Estévanez parte activa en la revolución de 1868 y en el movimiento federal de 1869: detenido en Béjar, estuvo prisionero en las cárceles de Salamanca y de Ciudad Rodrigo durante once meses, recobrando la libertad con la amnistía de 1870. Desde la cárcel colaboró en El Combate y El Rayo. Su nombre aparece, desde el primer número (15 de junio de 1871), entre la relación de colaboradores que figuran en la cabecera de La Ilustración Republicana Federal, publicada en Madrid y dirigida por Enrique Rodríguez Solís. Frecuentó por un tiempo los círculos masónicos, que abandonó «por no tener que tratar a príncipes y reyes». Reintegrado al ejército y destinado de nuevo a las Antillas, prestó sus servicios en Puerto Rico (donde se casó con María Concepción Suárez Otero, con la que tuvo dos hijos) y Cuba, donde fue propuesto para comandante por méritos de guerra. El 25 de agosto de 1871 fue fusilado Juan Clemente Zenéa, y el 11 de noviembre publicaba Estévanez, en La Ilustración Republicana Federal, un artículo en su recuerdo titulado «¡Glorias cubanas!» (que continuó en otras dos partes dedicadas a Plácido y a Heredia). Apareció esta tercera entrega de ¡Glorias cubanas! cuando Nicolás Estévanez pedía la licencia absoluta del ejército: ya al ser fusilados en la Habana los famosos ocho estudiantes de medicina, el 27 de noviembre, uno de los momentos más recordados de la guerra de los diez años, había roto públicamente su sable discrepando de lo que consideraba un crimen («En la concurrida esquina de San Rafael y Prado, una placa en bronce recuerda la actitud honorable de Nicolás Estévanez, el militar español que honró a su patria rompiendo su espada, indignado por el crimen.»). |
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«Para Nicolás Estévanez, capitán del ejército colonialista español en Cuba, la tarde del 27 de noviembre de 1871 quedó imborrable en su memoria. Ese día protestó públicamente ante el horrendo crimen cometido en La Habana contra ocho estudiantes de Medicina acusados sin prueba alguna de la supuesta profanación de la tumba del periodista español Gonzalo Castañón. Días antes de la ejecución, Estévanez supo que miembros del denominado Cuerpo de Voluntarios –una fuerza represiva para pacificar a los cubanos en la capital del país– andaban iracundos y sedientos de venganza por el hecho que encartaba a los estudiantes. Desconocía entonces que un consejo de guerra dictó ocho sentencias de muerte, las que calificó de 'ilegales' y criticó la actitud del Capitán General de la Isla quien 'cedió cobardemente a la presión de una turba inconsciente...' Estévanez solía pasear por la Acera del Louvre, uno de los lugares más concurrido en La Habana de entonces. Poco después de las cuatro de la tarde del 27 de noviembre 1871 mientras caminaba por ese sitio notó la escasa presencia de transeúntes. Se detuvo ante un café y en ese instante escuchó una descarga de fusilería procedente de la Fortaleza de la Punta. Al indagar a un camarero qué ocurría éste le respondió: 'Los están fusilando'. '¿A quién?,' preguntó el oficial español y la respuesta fue: 'A los estudiantes.' Fue entonces cuando a viva voz condenó el atroz asesinato y quebró su espada en señal de protesta. El honesto capitán español renunció a su carrera y abandonó a Cuba. Una tarja en el portal del capitalino Hotel Inglaterra, lugar donde se encuentra La acera del Louvre, recuerda aquel gesto valiente de quien en sus memorias calificó al fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina como 'baldón eterno para España'.» (Evelio Tellería Alfaro, «Nicolás Estévanez: un militar honesto», trabajadores.cubaweb.cu) |
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Vuelto a la península, integrado en el Partido Republicano Federal, miembro del Directorio republicano con Orense, Pi, Figueras y Castelar, fue diputado por Madrid en 1872. Elegido para las Constituyentes por tres distritos, optó por representar a Canarias. Se sublevó en Andalucía el 23 de noviembre de 1872: tomó Linares, atacó Almuradiel, fue rechazado en La Carolina y el 6 de diciembre batió a la columna Borrero en la acción de San Andrés. Proclamada la República el 11 de febrero de 1873 fue nombrado Gobernador de Madrid (puso un cartel en su despacho que avisaba: «El Gobernador no tiene ni destinos, ni dinero, ni nada que dar»), destino desde el que pudo deshacer hasta once movimientos sediciosos de los reaccionarios carlistas y se destacó en la defensa del orden durante los sucesos del 23 de abril de 1873, tras cuya neutralización colaboró generosamente en salvar la vida del frustrado general Serrano. Ministro de la Guerra durante un breve periodo (del 11 al 28 de junio de 1873), se le recuerda por haber rechazado las pretensiones de algunos republicanos para que se convirtiera en Dictador. El presidente Francisco Pí Margall (11 de junio al 18 de julio) le encargó ese mismo año de 1873 que preparase su vuelta a Cuba, pero al requerir Estévanez hacerlo al frente de un ejército de al menos veinte mil hombres, que no pudieron ser reclutados, declinó asumir aquella proyectada misión pacificadora. Con la restauración en España del régimen monárquico, y repuestos los Borbones en el trono, hubo de exiliarse con su familia, estableciéndose primero en Lisboa, logrando el gobierno español su expulsión de Portugal en 1876 por sus activismo antimonárquico. Vuelto a Cuba fue también expulsado de la isla en 1879 (el Capitán General le concedió doce horas para abandonarla), marchando a los Estados Unidos y luego a Méjico. Acabó por establecerse en París, donde se integró como traductor y colaborador habitual en la casa editorial de los hermanos Garnier, que mantenía importantes colecciones en español destinadas al número creciente de lectores hispanos de ambos hemisferios. Se encargó primero de preparar ediciones destinadas a un público juvenil, luego algunos títulos técnicos y novelas, para abordar más adelante versiones en español de clásicos: Aristóteles, Séneca, Cicerón, Teofrasto, Montesquieu, Diderot, &c. Nunca dejó de estar presente en la política española: en las elecciones generales de primero de febrero de 1891 figuró su nombre junto a los de Salmerón, Pí, Palanca, Pulido y Ortiz, en la candidatura de coalición republicana, obteniendo 6.471 sufragios. Retornó a España en agosto de 1898, estableciendo su residencia en una quinta de Getafe, cerca de Madrid, con voluntad de reintegrarse más efectivamente en la política activa española, en el entorno de Francisco Pí Margall. Se convirtió en un habitual colaborador de la prensa y en El Imparcial fue publicando sus Memorias (1899), que luego aparecieron como libro, Fragmentos de mis memorias (2ª ed., Tipografía de los Hijos de R. Álvarez, Madrid 1903, 547 págs.). Las Memorias de Estévanez fueron reeditadas en Madrid en 1975 y en Tenerife en 1989. Una anécdota que allí se cuenta sirvió para que el 22 de mayo de 2004, día en el que matrimonió el Príncipe de Asturias con una hija de Oviedo, doña Letizia Ortiz, un grupo de republicanos asturianos decidiese instaurar esa fecha para conmemorar, en Cangas de Onís, al oso regicida que abrazó y mató con sus garras al rey Favila en 739, el hijo y sucesor de Don Pelayo (en la conmemoración de 2006 se constituyó ya la Cofradía del Oso Regicida): |
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«Suponiendo que en Cangas habría de estar exento de obligaciones, llevaba el propósito de estudiar mucho. Había contado, sin la huéspeda, esto es, sin mis nuevos compañeros, que eran una legión de atolondrados. Encargué bastantes libros a Oviedo, pero creo que todos se quedaron vírgenes. Los capitanes eran ya maduros, y se contentaban con que los dejáramos hablar de Arbalán y de Mendigorría, de Luchana y de Morella, o murmurar un tantico de O'Donnell y de Narváez; pero los subalternos eran jóvenes y nuestra existencia fue demasiado movida. Ya eran expediciones a Ribadesella o al Infiesto, ya cabalgatas a Onís o a Covadonga, ya partidas de caza... y aun de pesca. Únicamente el capitán Alcalá se pasaba la vida herborizando, no porque la botánica la importara mucho, sino porque le gustaba comer berros. Nuestro jefe era D. Juan Vázquez de Mella, un veterano muy amable, muy digno y por añadidura liberal, bastante más liberal que su hijo el orador carlista, quien por entonces no había nacido ni pensaba en eso; como que asistí meses después a la boda de sus padres ¡si seré viejo! Los subalternos, publicábamos un periodiquito, manuscrito, por supuesto, del que circulaban copias, no diré por todo el mundo, pero sí por Cangas y lugares adyacentes. Se titulaba El Orangután y era inocentemente subversivo. Se suspendió por consejo del comandante Mella, pues éste, aunque progresista no encontró bien que hiciéramos en verso y prosa la apología del oso que devoró a Favila, Rey de Cangas. Suspendido el periódico, solíamos ir en peregrinación a Villanueva, el sitio mismo en que Favila murió, y allí nos descubríamos respetuosamente en honor del oso regicida.» |
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Tras fallecer Pí Margall en 1901 se propuso unificar a todos los defensores de la República para alcanzar el poder por la vía parlamentaria. El 26 de abril de 1903 fue elegido diputado republicano por Madrid, en el periodo del gabinete Silvela-Maura. Pero su impaciente radicalismo militar le llevó a formar grupo con Alejandro Lerroux, Francisco Ferrer Guardia y otros defensores de la vía insurreccional. De hecho Mateo Morral (1880-1906), el anarquista catalán y regicida frustrado (se le recuerda sobre todo por la matanza, treinta muertos, que provocó en Madrid el 31 de mayo de 1906, al arrojar una bomba desde el tercer piso del número 88 de la calle Mayor sobre la comitiva nupcial de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, de la que salieron ilesos quienes se suponían destinatarios principales del explosivo disimulado en un ramo de flores), que se suicidó tras asesinar al guardia que le reconoció el 2 de junio, cerca de Torrejón de Ardoz, en una huida en la que contó con alguna ayuda del activista José Nakens, y que pertenecía a una acaudalada familia del pujante sector textil de Sabadell, íntimo colaborador de Ferrer Guardia, tuvo en Nicolás Estévanez uno de sus principales mentores ideológicos, e incluso compuso una obra titulada Pensamientos revolucionarios de Nicolás Estévanez, que se publicó con prólogo de Federico Urales. Mateo Morral era socio de Luis Bulffi (el propugnador de la ¡Huelga de vientres!), y desde Salud y Fuerza difundían en español las doctrinas de Pablo Robin y afines. Escribe el anarquista Juan Montseny (1864-1942) –Federico Urales– sobre Nicolás Estévanez en el prólogo a la recopilación de Mateo Morral: |
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«Le conocí ya de viejo. Nos frecuentaba a menudo cuando vivíamos en Madrid, algunas veces con el abnegado Fermín Salvochea, su amigo en ideas y en espíritu revolucionario. Sospeché que andaba muy mal de dinero el pobre. Había rehusado los honores de la Cruz de San Fernando, supremo honor en el ejército español del que formara parte. Había, también, rehusado a los honores y a los pagos de su grado de brigadier y a su paga de ex-ministro del Estado español. Y ya de viejo, había de vivir de su pluma con la escasez propia de que, en España, viven las plumas independientes. Nicolás Estévanez, nació en Canarias el año 1838. Era alto y bien plantado, como Galdós y Guimerá, también canarios. Tomó parte en la revolución de 1868 y un año después, en el movimiento federal, doctrina política que sustentó toda su vida. Fue detenido en Béjar y encerrado en las cárceles de Salamanca y de Ciudad Rodrigo. Estuvo preso hasta que fue comprendido en la amnistía promulgada el año 1870 para celebrar la coronación de Amadeo; pero por revolucionario fue dado de baja en el ejército a pesar de que llegó a ser uno de sus principales técnicos. Representó a la ciudad de Salamanca en las Asambleas federales y fue profesor en el Ateneo militar. Con Pí, Orense, Castelar y Figueras, formó parte del directorio republicano. Para diputado en las Cortes Constituyentes, fue elegido por tres distritos, siendo uno de ellos Madrid y su país natal. Optó por el acta de Canarias. En noviembre de 1872, inició una revolución por toda Andalucía, apoderándose de la ciudad de Linares y derrotando a la columna del general Borrero. Al ser proclamada la República, después de haber renunciado al empleo de brigadier, fue nombrado gobernador de Madrid y sofocó varios movimientos antirepublicanos confiándole más tarde el Ministerio de la Guerra, en el desempeño del cual, se distinguió por su probidad y liberalismo, rechazando las proposiciones que le hicieron algunos elementos militares de proclamarse dictador. Al caer la República, se refugió en Portugal, de donde fue expulsado a petición del gobierno español, trasladándose entonces a París. En la capital de Francia fijó su residencia, viviendo de traducciones, de artículos y del producto de algún libro, después de haber sido ministro y de haber rehusado todos los honores y pagas de su carrera política y militar. Conspiró siempre y siempre estuvo pensando en su República federal, pues federales eran entonces todos los republicanos. Los dividió el Poder y la proclamación de una República por unas Cortes monárquicas, en su mayoría. Se adoptó la República, como forma de gobierno, no porque fueran de ella partidarios la mayoría de los diputados, sino como un mal menor. Y la República no pudo ser federal o no fue federal, por culpa de los republicanos a quienes el Poder convirtió en unitarios. De ahí las convulsiones de Andalucía, de Cartagena y Alcoy. En frente de la revolución cantonal de Cádiz, de Cartagena y de Alcoy, se pusieron los internacionalistas federales de aquel tiempo. En Cádiz, nuestro entrañable amigo Fermín Salvochea. Al frente de la revolución cantonal de Cartagena, se puso otro carácter, que luego, ya en su vejez, también fue muy amigo nuestro; José López Montenegro, teniente coronel de Infantería y autor de El botón de Fuego. Al frente de los sublevados de Alcoy, se puso otro internacionalista, secretario que era de la Federación Regional Española. Se llamaba Albarracín, a quien no pudimos conocer, porque murió tuberculoso, muy joven. El espíritu de aquellas insurrecciones cantonales era el espíritu del anarquismo de hoy. Más depurado, mejor delineado, más concreto con ideales puramente propios de nuestros días. Cuando Nicolás Estévanez nos visitaba en nuestra redacción de Madrid, en sus últimos tiempos, mi compañera estaba encinta de Federica. Estévanez tenía un tic: abría y cerraba los ojos continuamente y al nacer Federica y en sus primeros años, tenía el mismo tic que Estévanez. ¿Habría influido en Federica en embrión, las visitas que nos hacía Nicolás Estévanez? Con tal motivo yo gastaba algunas bromas a mi compañera sobre los motivos que habían podido influir en que Federica tuviera el mismo defecto visual que Estévanez. Sin embargo, el pobre era ya viejo. Luego se marchó otra vez a París y a Federica le desapareció el tic. No le vimos más. Dejó escritas varias obras y artículos muchos: Memorias autobiográficas, publicadas en El Imparcial de Madrid y luego en un tomo. Calandraca; Resumen de la Historia de España, que escribió para la Escuela Moderna. Fue redactor de El Noticiero de España y colaboró en El Imparcial, en Las Dominicales, en Gente Vieja, de Madrid y en el diario de Tenerife. Era un hombre cordial, sencillo, modesto, gracioso, dicharachero. En fin, era un hombre. Por serlo, rechazó todos los honores y las vanidades de su carrera política y militar. De su temperamento revolucionario dan fe los escritos que de Nicolás Estévanez publicamos en este volumen.» (Federico Urales, prólogo a Mateo Morral, Pensamientos revolucionarios de Nicolás Estévanez, 3ª edición, Biblioteca de la Revista Blanca, Barcelona 1932.) |
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Pío Baroja, que estudió con detalle el atentado de Mateo Morral, del que le llamó inicialmente la atención sobre todo que la bomba utilizada estuviera envuelta en una bandera de Francia, implica en sus Memorias a Nicolás Estévanez en la frustrada conspiración contra Alfonso XIII. Habría sido Nicolás Estévanez, que recaló en Barcelona diez días antes del atentado, rumbo a La Habana (días después también recaló en las islas Canarias, que no visitaba desde 1866), quien habría transportado y entregado a sus amigos la bomba elaborada en Francia. Además, «estando dos o tres años después en París, en una cervecería de la Avenida de Orleans, Baroja, Estévanez y el periodista Javier Bueno, éste de manera impertinente le dijo al viejo Estévanez que él creía que había participado en el atentado de Morral. Al oírlo, Estévanez se puso muy rojo y después palideció» (es probable que don Pío Baroja ya supiera entonces que Javier Bueno era hijo no reconocido de José Nakens, nacido en 1890 de los amores del anciano director de El Motín con la actriz Soledad Bueno). El 2 de junio de 1906 se pegaba un tiro el terrorista Mateo Morral, el recopilador de los Pensamientos revolucionarios de Nicolás Estévanez, inmediatamente después de asesinar al guarda Fructuoso Vega, que le llevaba detenido a Torrejón, tras sospechar en la venta de Los Jaraices que aquel catalán que había pedido una tortilla francesa de tres huevos fuera el autor del sangriento atentado del 31 de mayo. Diez días después llegaba Nicolás Estévanez a La Habana, con voluntad de establecer su retiro en Cuba, hubiera o no transportado hasta Barcelona tres semanas antes la bomba con la que su discípulo debiera haber eliminado en Madrid al Borbón, el día en el que contraía matrimonio, para reproducirse legalmente y continuar su estirpe coronada. Así dejó escrita su «Llegada a Cuba»: |
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«Me ha sorprendido siempre una pregunta que me han dirigido repetidas veces: '¿te gusta el dulce?' Porque lo que no me gusta ni creo que le guste a nadie, es lo amargo, ni lo agrio, ni lo desabrido. Es lo mismo que cuando me disparan la interrogación inconcebible: '¿te gusta el calor?' ¡Pues no ha de gustarme! Lo que no me place ni me conviene es el frío. Por eso allá en la inhabitable Europa, entre escarchas y hielos, particularmente desde que empecé a sentir el peso de los años, pensaba frecuentemente en retirarme a Cuba para gozar de su ambiente bienhechor. Y al cabo lo conseguí. Ojalá no tenga que desandar lo andado, como ya me ha sucedido otras veces. Pero ¡cuántos contrasentidos se albergan en el corazón del hombre! El día de mi llegada a Cuba –12 de Junio de 1906– fue de honda tristeza para mí. La satisfacción del cansado peregrino que después de vagar por montes y desiertos pone sus pies doloridos en el más apetecido oasis; mi propia satisfacción al contemplar este oasis cubano, que ha sido tantas veces para mí la lejana visión del descanso y el sosiego; mis ansias realizadas, mis logradas esperanzas y mis anhelos cumplidos, quedaron neutralizados por un sentimiento doloroso que se apoderó de mí al entrar en el puerto de La Habana. ¿Era un mal presentimiento? ¿Era una ilusión desvanecida? ¿Sería tal vez reminiscencia nostálgica, recuerdo amargo de tantos amigos muertos, añoranzas de la juventud? Sólo sé que hube de hacer esfuerzos para contener las lágrimas; no era decoroso que yo desembarcara llorando como una vieja. Al embocar el puerto, vi por primera vez, flotando en las alturas del Morro, la bandera de Cuba independiente; la saludé con respeto, pero pensé en la otra, en la bandera mía, en el glorioso pabellón de España; glorioso todavía, que los crímenes cometidos a su sombra han deshonrado a los perpetradores de los crímenes sin deshonrar la bandera. Y si es que también la han deshonrado, a pesar de eso ¡la adoro! La patria ausente y vencida es más amada, por lo mismo que patria es sentimiento. El sentimiento y la idea son dos cosas bien distintas. La idea de patria puede ser discutida; para algunos, podrá ser la patria una convención artificiosa, un territorio circuido por fronteras, también convencionales y no inmutables; para mi es algo inmaterial superior a todo eso. No la personifican ni el Estado ni sus instituciones pasajeras ni el suelo mismo, sino el alma de la raza, el pensamiento, el recuerdo, la ilusión. Pasaron, felizmente, las luchas que ensangrentaron a Cuba en tiempos no lejanos; y yo deseo, con todas las ansias de mi espíritu, que cada día se estrechen más y más los lazos de paz y unión entre cubanos e hispanos; anhelo como nadie que para siempre se olviden los agravios mutuos y, por consiguiente, ruego que no se dé intención política ni se interprete como censura para nada ni nadie lo que ahora he de decir. Fue de lucha enconada entre españoles y cubanos la segunda mitad del siglo XIX. Pero los españoles –quizá también los cubanos– estábamos divididos. Todos los españoles queríamos la conservación de Cuba para España, y más que nadie la anhelaba yo; todos quedamos entonces mantener lo que llamábamos «integridad del territorio». ¿Y qué nos dividía? Que los unos querían, solamente conservar el territorio, y los otros queríamos conservar al mismo tiempo el honor. Prevaleció la política de los primeros, y así perdimos honor y territorio. Mas no debemos desalentarnos, que los pueblos como los hombres se rehabilitan con el arrepentimiento, la confesión de sus yerros, la confianza en si mismos y la fe en lo porvenir. Los españoles podemos hoy gritar sinceramente: ¡viva Cuba! Al vitorear a Cuba, algo vitoreamos que siempre será nuestro: la lengua patria, la lengua en que los cubanos pronuncian sus apellidos, declaran sus amores y entonan sus endechas. Y al mismo tiempo que a Cuba, podemos y debemos vitorear cien veces a nuestra querida España. Pero no a la España de la Inquisición y el retroceso, no a la España de hoy mismo en lo que tenga de medioeval y atávico, sino a la venidera, a la España próspera, regenerada, rejuvenecida que ya se dibuja en lontananza, que yo preveo, que todos presentimos, que surgirá sin duda... cuando nazca y viva una generación que la merezca. ¿Pero esto es hablar de mi llegada a Cuba?... Que se me perdone si más que a Cuba me refiero a España. No es descortesía, no es ingratitud; es un sentir que se desborda, un presentimiento de que España renacerá de sus ruinas, la evidencia de que, cuando resurja y se purifique y se engrandezca, toda América lo celebrará. Toda América, si. El Nuevo Mundo es prolongación de España en lo moral y en lo físico, en la leyenda y el arte, en la historia y en la geografía. Y más que en otra cualquiera región americana, vivirá España en la memoria y en el corazón de Cuba, penetrará su gloria en edades venideras, hasta donde llegue Cuba soberana. Pero los hijos de Cuba no deben contentarse con una soberanía precaria, nominal y discutida. Tocaremos este punto en capitulo especial. Desembarqué, ya lo he dicho, desalentado, triste, seriamente enfermo; dolorido el cuerpo y más dolorida el alma; rodeado de buenos y cariñosos amigos, pero sin horizonte, que desde mi aposento del hotel no podía descubrir mi vieja Habana.» |
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No logró Nicolás Estévanez establecerse definitivamente en Cuba y acabó por volver a Madrid, viajando con frecuencia a París. En 1909, el año de la semana trágica de Barcelona (tras la huelga general del 25 de julio, jaleada por los «jóvenes bárbaros» del Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux), el año del fusilamiento de su amigo Francisco Ferrer Guardia (13 de octubre), decide abandonar definitivamente España, a la que ya no volverá, falleciendo en París el 21 de agosto de 1914, víctima de una pulmonía contraída al parecer desempeñando una misión de enlace, pues no dudó en presentarse como voluntario, a pesar de su edad, al servicio de Francia, en los primeros días de la nueva guerra europea, que más tarde sería conocida como Primera Guerra Mundial. |
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«Hablar de Estévanez es evocar un período largo y majestuoso de nuestra historia nacional, no solamente la política. Aquel gran hombre, entrado en años cuando lo conocimos, tenía y guardó siempre una vitalidad tan firme que no se hacía viejo, ni en lo mental ni en lo físico. En una cosa, sin embargo, estaba como estereotipado: seguía perteneciendo a los hombres del 48 en punto a la conservación de ideales; no a los mismos ideales de aquella época (de ser así, no hubiera realizado progresos) sino en el culto, en el amor a los ideales, con menosprecio de toda especie de aprovechamiento de los mismos para fines utilitarios. Estévanez era ignorantísimo en el arte de ganar dinero: es verdad que esta positiva ignorancia no era efecto de incapacidad sino de un arraigado menosprecio. Militar, militar español de arriba abajo y de la buena época tenía del honor un concepto ya casi incomprensible. Patriota, sin ninguna duda, y no por rancios sentimientos, sino por estar persuadido de que España tiene una misión histórica y debe cumplirla en Europa. Por supuesto que la palabra Europa le indignaba. Cuando un grupo de amigos, con Morote, Ginard de la Rosa y algunos más de aquí y de España pensamos publicar en Madrid un diario y llamarlo Europeo, Estévanez me escribió una carta (a pesar de verme con frecuencia) lamentándose de aquella iniciativa y añadiendo que sólo su afecto y su temor a hacemos daño le impedía censuramos acre y públicamente. El Europeo no salió y hoy no me pesa. Para Estévanez la palabra Europa representaba una idea casi antagónica de la palabra España. Nuestro enemigo nacional en este conjunto de naciones saturadas de imborrables prejuicios, de enemistades seculares, de latentes odios, de ambiciones rastreras y siempre retoñantes. Africanos mejor: más exacto además y más honroso. Lo peor de cuanto ha sucedido en la Península Ibérica ha sido la desaparición de nuestro califato de Córdoba. Aquella cultura sí pudo ser nuestra. Al desenvolverse con los siglos, hubiera contrabalanceado, con sus claridades andaluzas, las neblinas del Norte. Por algo los astutos godos, francos, ostrogodos, visigodos, germanos de todas cataduras y motes, nos empujaron a esa guerra civil que fue la Reconquista. Poco ha faltado para que la Cruzada occidental hiciera de nuestra Península Ibérica una cosa semejante al Asia Menor. Estévanez era republicano: y no lo digo para enseñar una perogrullada, sino para que conste esa verdad ante la afirmación de que dejó de serlo para destacarse más allá, para hacerse anarquista. Porque llegó a creerse así en España el desafortunado Estévanez sufrió persecuciones, prisiones, mil quebrantos. En el fondo, para la cortedad de vista, cabía confusión: en efecto, el maestro en federalismo, estaba lejos de la política ostriforme, de lo que en nuestro país llamamos 'consecuencia' y que consiste en pensar 'hoy como ayer, mañana como hoy y siempre igual'. El federalismo, en su concepto, había terminado en cuanto a partido político: sembró en su tiempo ideas, éstas habían germinado y no cabía esperar ya más que una recolección fructífera. (...) Estévanez bohemio; pero entiéndase que vivía con el mayor decoro. No cobraba (tampoco Ruiz Zorrilla) su pensión de ex ministro; mas tenía un retiro militar y éste, considerándolo muy suyo, lo aceptaba. No era bastante, sin embargo. Esto, por lo que tiene de íntimo, no debiera escribirse, a no requerirlo así el enlace con otros hechos políticos. (...) Habitó Estévanez en distintos lugares de París. Su último domicilio, donde vivía al estallar la gran guerra, se hallaba en el Boulevard Raspail (para precisar, número 111). Ocupaba un pisito y en éste su gabinete de trabajo tenía un balconcillo que daba al Boulevard y desde donde se veía el cementerio de Montparnasse, en la acera de enfrente. El balconcillo estaba en un ángulo de la pieza y contiguo a la puerta. A continuación en el hueco de la pared y hasta el otro ángulo de la habitación se encontraba una mesa, donde escribía Estévanez. Encima de la mesa lo primero que se ofrecía a la vista y lo primero que Don Nicolás ofrecía eran los cigarrillos y los fósforos. En este cenobítico interior vivía Estévanez. En aquella mesa dirigiendo de vez en cuando la mirada a través de las cortinillas, a la luz de un cielo encapotado, redactaba Estévanez lo que pocos españoles sospechaban, hermosos versos octosílabos. El romance español satisfacía sus sentimientos y sus delicadezas de arte. Y lo decía, cuando leyendo en la mayor intimidad alguna de sus composiciones movía la cabeza a compás de sus gratas cadencias. Allí se expansionaba Estévanez hablando de política nacional e internacional, tomando la defensa de Lerroux tantas veces como le parecía indispensable: equivale a decir siempre que le visitaba un correligionario. De aquí la conocida frase de Don Nicolás 'Lerroux combate a la monarquía y los republicanos le combaten a él'. No todo, sin embargo, eran elogios: algún resquemor exteriorizaba Estévanez cuando explicaba que Lerroux era un caso nunca visto en política: el caso de un jefe de partido que dirige a éste no en virtud de servicios acreditados sino en razón de los servicios que de él se esperan. De Castrovido hablaba bien y de Salmerón mal. A Castrovido lo trataba con afecto filial como los viejos tratan a los hombres a quienes conocieron en su infancia y para los cuales conservan, con el cariño de otros tiempos, el afecto y la consideración que estiman merecida. (...) La gran guerra venía. En 1912 en Francia era cosa esperada: se hablaba de ello como de un acontecimiento normal y para breve plazo. Lo que no pensaba absolutamente nadie es que la crisis de armas pudiera durar más de un trimestre. En España –me decía Don Nicolás– la opinión dominante es que ganará Alemania. Pues bien: la equivocación es completa. No ganará Alemania: ganará... Inglaterra. Donde vaya Inglaterra, allá irá el triunfo. La Gran Bretaña no ha perdido jamás una guerra. Ha perdido batallas tantas como se quiera, pero el triunfo final siempre ha sido suyo. (...) Y vengamos al triste desenlace. Estévanez estaba preocupado y como entenebrecido su ánimo. Parecía complacerse en pasear por el cementerio –por lo demás un verdadero jardín– de Montparnasse. En vano tomaba café sobre café, apilando platillo sobre platillo no sin sorpresa del camarero que solía servirle. Estalló la guerra. Apenas teníamos unos comienzos de impresiones. Estévanez leía con avidez la prensa. Pasaron ocho días sin que lo viera yo; plazo harto largo para mi constancia en visitarle. Volví a su domicilio y me abrió la puerta la hija de mi venerado amigo: su padre acababa de espirar en aquellos instantes. Mi compañero Calderón, el corresponsal de El Progreso, había sido el único acompañante del maestro en sus momentos últimos. Un cablegrama de Francisco Estévanez, desde Buenos Aires, me confirmó la confianza con que me había honrado siempre el padre. Entre la hija, Calderón y yo pudimos reunir unos cincuenta francos. Deliberamos. Pedimos auxilio a la Embajada. Nos fue prestado sin dificultad. Generosamente nuestra Embajada intervino y ella pagó el entierro del ex ministro de la Guerra de la primera República Española... Detrás del coche fúnebre de dos caballos, sin gualdrapas, caminando por espacio de cinco o seis kilómetros y a pie, iban cuatro o cinco personas. Al frente, Blasco Ibáñez. A la entrada del Pere-Lachaise, otro exiguo pelotón esperaba: Vinardell, Romajara, alguno más. Nos impusimos el deber, cumpliendo la voluntad de Estévanez, de disponer la cremación de su cadáver. Y allí, por el alegre anfiteatro, lleno de luz del cielo y embellecido por cortinajes de terciopelo rojo y oro, pasó primeramente el féretro. Y después repasó la urnita de alabastro donde las cenizas de aquel hombre de bien quedaron encerradas.» (Isidoro López Lapuya, La bohemia española en París a fines del siglo pasado, prólogo de José Esteban, Biblioteca de Rescate, Renacimiento, Sevilla 2001.) |
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Selección bibliográfica de Nicolás Estévanez Murphy:
Algunas traducciones al español realizadas por Nicolás Estévanez Murphy:
Sobre Nicolás Estévanez Murphy:
Sobre Nicolás Estévanez Murphy en el Proyecto filosofía en español:
Textos de Nicolás Estévanez Murphy en el Proyecto filosofía en español:
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