Enrique Suñer Ordoñez
 
1878-1941

Enrique Suñer OrdoñezMédico pediatra y escritor español, autor en 1937, en plena guerra civil, de un famoso libro, Los intelectuales y la tragedia española, de lectura necesaria como fuente para valorar la realidad académica española durante las primeras décadas del siglo XX. Nacido en Poza de la Sal (Burgos) el 26 de septiembre de 1878 [según el Escalafón de 1914 y el de 1931; en diciembre según la enciclopedia Espasa], falleció en Madrid el 26 de mayo de 1941. Estudio medicina en la Universidad Central, en la que se doctoró, obteniendo por oposición, muy joven, la cátedra de Patología General de la Universidad de Sevilla (ingresó en el cuerpo de catedráticos de universidad el día 5 de enero de 1903). También por oposición pasó a ocupar la cátedra de Enfermedades de la Infancia de la Universidad de Valladolid, y en 1921 la de Pediatría de la Universidad de Madrid. En 1906 fue pensionado por el Ministerio de Instrucción Pública para estudiar en el extranjero, y en 1911 representó al Gobierno español en el III Congreso internacional para la protección de la infancia, celebrado en Berlín (donde presentó la comunicación: Contribución al estudio de la etiología y de la profilaxia de las diarreas de verano de los niños pequeños en España). Publicó numerosos trabajos de su especialidad médica (Lecciones elementales de patología general, Madrid 1902; «Fundamentos del tratamiento dietético en los sufríticos», Discurso de recepción en la Real Academia de Medicina de Valladolid, Valladolid 1908; Curso de medicina infantil, R. Alvarez, Madrid 1909; «Apuntes sobre cuestiones éticas con algunas consideraciones de carácter biológico», Discurso de inauguración del curso 1919 a 1920, Universidad de Valladolid 1919; Enfermedades de la infancia. Doctrina y clínica, Valladolid 1918, 3 vols.; 2ª ed., Valladolid 1921, 2 vols.; Nacimiento y evolución de la inteligencia. Formad el espíritu de vuestros hijos, Aguilar, Madrid 1930). Fundador en 1923 y primer director de la Escuela Nacional de Puericultura, en 1928 fue elegido académico de la de Medicina de Madrid, leyendo en el acto de la recepción el discurso «Notas médico-psicológicas sobre educación infantil».

Durante los últimos años de la dictadura de Miguel Primo de Rivera fue nombrado Consejero de Instrucción pública, lo que le permitió conocer de cerca las actuaciones político universitarias del momento, sobre todo las referidas al profesorado: «Aun cuando mi actuación era meramente ciudadana, no obstante que el guión de todos mis actos brillaba con los colores de los más puros sentimientos nacionales, emblema de mis creencias, el mero hecho de no sumarme a la campaña desencadenada por el profesorado masón, marxista y loco contra lo representado por Primo de Rivera, bastó para considerarme en entredicho y merecer la excomunión de los pontífices de la extrema izquierda intelectual.» (Los intelectuales..., pág. 75.) Bajo el gabinete presidido por el general Berenguer, en 1930, al poco de ser nombrado ministro de Instrucción pública el rector de la Universidad Central, Elías Tormo Monzó, y Manuel García Morente como subsecretario, fue cesado Enrique Suñer de su cargo de consejero de Instrucción pública.

Unos meses después de haber abandonado el Consejo aceptó intervenir en un mitin organizado por estudiantes católicos, en el Teatro Alcázar, como protesta ante la discriminación que sufrían en la universidad por respecto a las ventajas que recibía la FUE. En aquella intervención pública de 1930 Suñer describió sin tapujos lo que entendía estaba sucediendo entonces en España: «Parecía absolutamente evidente que un plan misterioso fraguaba una conmoción importante en la vida española. Hasta llegué a expresar mi convencimiento de que la táctica empleada recordaba exactamente la seguida por los comunistas rusos. Traducía yo entonces los primeros vagidos de la criatura engendrada por mi cerebro, que sin duda se hallaba alojada en el seno más íntimo de mi subconsciencia. Con verdadero sentido profético lancé al exterior la génesis de una revolución judaico marxista que, a la hora aquella en que hablábamos, se estaba incubando en España.» (Los intelectuales..., pág. 134.)

La intervención en ese mitin fue recogida por los periódicos derechistas, y Ángel Herrera Oria, el abogado fundador de ACNP y director de El Debate, le invitó a colaborar en ese gran periódico católico, cometiendo Enrique Suñer el desliz de aceptar (Los intelectuales..., pág. 135), aunque con una sección de puericultura, que mantuvo un tiempo.

Volvió a intervenir Enrique Suñer en la palestra política indignado por los «sucesos de San Carlos» (25 de marzo de 1931), en los días previos a la proclamación de la República, al publicar un artículo titulado «La Puericultura de la Revolución» (El Debate de 27 de marzo, recogido en Los intelectuales..., págs. 149-152), que desencadenó una serie de ataques contra su persona: si hemos de hacer caso a Suñer, le habría cabido el honor de ser el primero en recibir como calificativo el de cavernícola (de la pluma del Dr. Manuel Bastos Ansart), insulto que a partir de entonces logró gran éxito, difusión y persistencia en España. Hasta la Junta de la Facultad de Medicina y el Colegio de Médicos (inducido por Gregorio Marañón) intervinieron contra Suñer por haber escrito aquél artículo, y como respuesta El Debate le organizó un homenaje en el Hotel Nacional, al que asistieron Víctor Pradera, Ramiro de Maeztu, &c., unos días antes del 14 de abril.

Poco tiempo después, «por lo que a mi persona afecta, la flamante República premió mi labor, desinteresadamente patriótica, con las dos siguientes determinaciones: fue la primera la suspensión de empleo en mi cátedra, oficiosamente decretada por el decano de la Facultad de Medicina, Sebastián Recaséns, seguida de la advertencia hecha por Marcelino Domingo, Ministro de Instrucción pública, de una formación de expediente, con destitución definitiva, por mi comportamiento en los finales del pasado Régimen. La segunda fue el «ukase» decretado por el tristemente célebre «Licenciado Pascua», hoy embajador en Rusia de la roja España, privándome de la dirección de la Escuela Nacional de Puericultura, fundada por mí, en la cual había con esfuerzo firme trabajado durante cinco años en beneficio de nuestros niños, y cuya solidez debió ser tan grande, cuanto que los recién llegados no se atrevieron a suprimir la institución que yo había creado.» (Los intelectuales..., pág. 161.)

[En 1932] «Algo parecido ocurrió en el Colegio Oficial de Médicos. Aquí la candidatura independiente para la Junta directiva la encabezaba el doctor Antonio Piga, y apoyada por colegiados contrarios a la política del Gobierno derrotaban a la candidatura oficial, al frente de la cual figuraba el doctor Hinojar. Tal derrota era la réplica de la clase médica a una política sectaria desarrollada desde la Dirección General de Sanidad por el doctor Marcelino Pascua, afiliado al socialismo, pero ya en la última fase de su evolución hacia el comunismo. Durante su etapa había destituido a los doctores Enrique Suñer, de la Dirección del Instituto Nacional de Puericultura, fundado y organizado por aquél; al doctor Codina, uno de los creadores de los servicios antituberculosos; al doctor Goyanes, adalid de la lucha anticancerosa; al doctor Nogueras, que durante quince años había dirigido el Sanatorio Victoria Eugenia desinteresadamente. El doctor Pascua persiguió con extremado rigor la presencia de Crucifijos e imágenes religiosas en hospitales y sanatorios. Las asambleas médicas celebradas en Segovia, Avila, Burgos y Granada habían solicitado la destitución del Director General, fundándose en incompetencia para el desempeño del cargo.» (Joaquín Arrarás, Historia de la Segunda República Española, Editora Nacional, Madrid 1970, tomo I, página 377.)

Durante la República colaboró en la revista Acción Española (fue bastante citado su «Estudio clínico social sobre la mentira», tomo XII, pág. 276-ss.), revista que, como es sabido, era «notoriamente enemiga del régimen» republicano.

Fue apartado de su cátedra de forma definitiva por la República: sólo tres días después del 18 de julio de 1936, el Gobierno ordenó «la cesantía de todos los empleados que hubieran tenido participación en el movimiento subversivo o fueran notoriamente enemigos del Régimen» (Gaceta de Madrid, 22 de julio de 1936) y entre el 3 y el 19 de agosto se confirmaron las bajas definitivas de varios catedráticos de la universidad, entre ellos Enrique Suñer Ordoñez (fueron también cesados por la República durante ese primer mes de la guerra: Antonio Royo Villanova, Pedro Sáinz Rodríguez, Severino Aznar Embid, Lorenzo Gironés Navarro, José María Yanguas Messía, Vicente Gay Forner, Alfonso García Valdecasas, Gonzalo del Castillo Alonso, Ángel A. Ferrer Cagigal, Salvador Gil Vernet, Martiniano Martínez Ramírez, Francisco Gómez del Campillo, Eduardo Pérez Agudo y Blas Pérez González; el día 28 de agosto lo fue José María Gil Robles).

En septiembre de 1936 también dejó de ser académico, al decretar el gobierno de la República la disolución de todas las Academias, que debían transformarse en meras secciones de un proyectado Instituto Nacional de Cultura, que no llegó a pasar del papel.

Durante los primeros meses de la guerra civil permaneció en zona republicana, hasta que logró llegar a la nacional, a Burgos, en cuya Junta Técnica del Estado le fue confiada la vicepresidencia y luego la presidencia de la Comisión de Cultura y Enseñanza (que ya venía funcionando hacía varias semanas, nominalmente presidida por Pemán, pero de hecho gestionada por Eugenio Vegas Latapie, a quien ninguna gracia hizo la inesperada aparición de Enrique Suñer).

«Un vicepresidente inesperado. Cuando la Comisión no había empezado, ni mucho menos, a superar, con la fórmula arbitrada, la inestabilidad de carecer, en rigor, de presidente, nos encontramos con la sorpresa del nombramiento del doctor Enrique Suñer como vicepresidente. Era catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid. Yo le conocía por haber colaborado algunas veces en Acción Española. Evadido de la zona republicana, acudió en seguida a entrevistarse con el general Mola. En términos, al parecer, de extremada violencia, le expuso la imperiosa necesidad de emprender una 'limpia general', para hacer saltar de sus puestos docentes a cuantos no se juzgara identificados con los ideales del movimiento. Mola se limitó a escucharle y a remitírselo al generalísimo, con una carta en la que manifestaba su interés por todo lo que le había expuesto. Franco le acogió con mucho más calor; pero como ya ocupaba Pemán la presidencia de la Comisión de Cultura y Enseñanza, no pudo más que nombrarle vicepresidente, sin haber consultado antes con ninguno de nosotros. Se vinieron, así, por tierra todos mis planes. Mientras Pemán fue presidente nominal, yo había actuado como secretario en sus casi permanentes ausencias; en la práctica, manejaba yo la Comisión. Incluso estaba autorizado para abrir toda la correspondencia y para retener los expedientes vidriosos, hasta que Pemán pudiera verlos y decidir sobre ellos. Ahora le correspondería al doctor Suñer, legalmente, resolver todos los problemas que se plantearan en las ausencias de Pemán. Muy pronto tuve que enfrentarme, de manera abierta, con él y sus planes exterminadores, con todo entusiasmo secundados por Mariano Puigdollers.» (Eugenio Vegas Latapie, Los caminos del desengaño. Memorias políticas 1936-1938, Tebas, Madrid 1987, página 98.)

El 28 de febrero de 1937 (mes y medio antes de la unificación) firma el texto de su libro Los intelectuales y la tragedia española, escrito durante los meses de enero y febrero, y que fue publicado inmediatamente por la Editorial Española, en Burgos. El catedrático cesado por el gobierno republicano pasó después a presidir el Tribunal de Responsabilidades Políticas, al ser creado este organismo por el gobierno del general Franco, en plena guerra civil [institución que al adoptar ese nombre se inspiró, sin duda, en el Tribunal de Responsabilidades Políticas de la Dictadura, creado por la República, ante el que, por ejemplo, presentó Jose Antonio Primo de Rivera su defensa de Galo Ponte el 26 de noviembre de 1932].

En enero de 1938 el gobierno del general Franco creó el Instituto de España, donde renacieron con su propia personalidad las Academias que había disuelto la República. La Academia de Medicina se restableció en San Sebastián, hasta que en 1939 pudo volver a Madrid, y en la capital guipuzcoana fue presidida por Enrique Suñer, con la colaboración de Leonardo de la Peña y Santiago Carro (en San Sebastián, en 1938, se publicó la segunda edición de Los intelectuales y la tragedia española).

«El Instituto quedaría legalmente constituído por un decreto de primero de enero de 1938, que revelaba un sorprendente poder adivinatorio. Por el artículo octavo del mismo eran designados para constituir la Mesa del Instituto, entre otros, los 'Señores Académicos siguientes: presidente, don Manuel de Falla, de la Academia de Bellas Artes; vicepresidente, don Pedro Sainz Rodríguez, de la Academia Española; secretario perpetuo, don Eugenio d'Ors, de las Academias Española y de Bellas Artes...' El señalado poder adivinatorio estribaba en considerar a Sainz Rodríguez 'de la Academia Española', cuando en el Anuario de esta Corporación figura como elegido el 5 de enero; es decir, cuatro días después de que el generalísimo hubiese previsto su elección. (...) La designación de presidente del Instituto había sido un problema espinoso. El nombre de Falla, en quien recayó el nombramiento, fue sugerido por Marañón. En carta que escribió a Pérez de Ayala desde Biarritz, el 30 de diciembre, le hablaba de que había visto unos días antes en París a Eugenio d'Ors, y agregaba: 'Me pidió consejo sobre quién deberá ser presidente del Instituto. Tal vez esperaba que le dijera que él era el indicado. Pero le dije que Falla, y me contestó que le parecía muy bien y que lo propondría'. En aquella misma carta, comentaba: 'Me habló de presentar mi candidatura a presidente de la Academia de Medicina, a lo que me negué rotundamente'. El citado decreto designaría al doctor Enrique Suñer.» (Eugenio Vegas Latapie, Los caminos del desengaño. Memorias políticas 1936-1938, Tebas, Madrid 1987, páginas 281-282.)

Terminada la guerra civil Enrique Suñer recuperó la cátedra que le había sido arrebatada por la República en 1936, y pasó a dirigir el Instituto Cajal, la Asamblea Suprema de la Cruz Roja Española, el Consejo General de Médicos de España, y la Escuela Nacional de Puericultura, que logró reconstruir y devolver a su actividad, a pesar de las dificultades de la postguerra. Su última actividad académica fue la de ser principal impulsor del Congreso Nacional de Medicina de 1941, que se estaba celebrando en Madrid cuando se produjo su fallecimiento.

Tiene curiosidad advertir el furioso sectarismo y partidismo acrítico que destilan algunos historiadores e ideólogos relativamente jóvenes, funcionarios de la universidad española de la restauración borbónica, setenta años después, cuando descalifican sin más el libro Los intelectuales y la tragedia española, partidismo que les nubla la razón y les evita, por supuesto, tener que descender a la discusión de los contundentes hechos sectarios que en esa obra de 1937 se relatan:

«Particularmente repugnantes fueron algunos posicionamientos de antiguos miembros de la JAE o que se beneficiaron de la acción de la misma al haber disfrutado de pensiones o incluso salieron en su defensa ante los ataques recibidos desde su creación por los sectores más reaccionarios de la sociedad española, como Enrique Suñer, que publicó en 1937 un infumable panfleto titulado Los intelectuales y la tragedia española, en el que arremetía sin pudor contra la Institución Libre de Enseñanza, la Junta, Giner de los Ríos o José Castillejo.» (Luis Enrique Otero Carvajal, «La destrucción de la ciencia en España», en Historia y comunicación social, nº 6, Madrid 2001, págs. 149-186, nota 56.)

«Y qué decir de la vileza almacenada en libros como Los intelectuales y la tragedia española (Burgos, 1937), del médico "depurador" Enrique Suñer, y Una poderosa fuerza secreta. La Institución Libre de Enseñanza (San Sebastián, 1940), al que contribuyeron algunos individuos que luego brillarían en el nuevo régimen.» (José Manuel Sánchez Ron, El País, 14 octubre 2006.)

Sobre Enrique Suñer Ordoñez

Textos de Enrique Suñer Ordoñez en el Proyecto Filosofía en español

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