Miguel Morayta Sagrario
 
1834-1917

Miguel Morayta Sagrario Ideólogo espiritualista español, republicano federal iberista, anticlerical infatigable y adalid de masones, cómplice del secesionismo filipino, periodista y catedrático de Historia en la Universidad Central (desde 1868, primero de Historia de España, más tarde de Historia universal), nació en Madrid el 3 de septiembre de 1834, hijo de Justo Morayta Moreno y de Antonia Sagrario Fernández. Compañero de estudios de Emilio Castelar (1832) –de quien fue íntimo amigo y colaborador en la política– y de Francisco de Paula Canalejas (1834) –de quien se convirtió en cuñado al casarse éste con su hermana Rafaela Morayta Sagrario–, los tres fundaron en 1851, siendo estudiantes muy jóvenes, El eco universitario. En 1854, en nombre de los redactores del periódico El Pensamiento, respondió a una crítica que les había dirigido otro periódico, «A La Esperanza» (artículo que fue reproducido por algunos otros periódicos). En 1855 formó parte del grupo (con Manuel Gómez Marín, Francisco de Paula Canalejas y otros jóvenes) que, dirigido por Francisco Pí y Margall, publicó la revista política y literaria titulada La Razón (que dejó de aparecer con el golpe de Estado de 1856). Al licenciarse y doctorarse en la Facultad de Filosofía (sección de Literatura) de la Universidad Central, en 1856, fue inmediatamente nombrado profesor auxiliar de Metafísica (al año siguiente, en 1857, se licenció también en Jurisprudencia). En enero de 1857 colabora en el primer número del «periódico de literatura» titulado El Cubano, escribiendo sobre las Poesías de Plácido (Gabriel de la Concepción Valdés, mulato fusilado en 1844 por su implicación en la conspiración de la escalera):

«Eramos pocos. Con el título de El Cubano saldrá a luz el 1º de próximo enero un periódico, que desean sus redactores sea eco de la América española, bajo la forma de revista quincenal de ciencias, literatura, industria y comercio.» (La Iberia, Diario liberal de la tarde, Edición de Madrid, martes 4 de noviembre de 1856, año III, nº 701, página 4, columna 2.)

«Periódico de literatura. Ha aparecido El Cubano, revista quincenal de ciencias, literatura, industria y comercio, bajo la dirección de don Manuel Gómez Marín. El primer número contiene: Revista quincenal por M. G. M. –De las comunicaciones ultramarinas, por don José Canalejas y Casas. –De la importancia de la ciencia económica, por M. G. M. –Sección de noticias. –Sección literaria. –Poesías de Plácido, por don Miguel Morayta de Sagrario. –Pobre Pastora, romance por don J. Miguel de Losada. –El Cid, considerado en sus relaciones con la nacionalidad española, por don Francisco de Paula Canalejas. –La salida del sol. –Revista minera. –Mercados.» (La Iberia, Diario liberal de la mañana, Edición de Madrid, jueves 15 de enero de 1857, año IV, nº 760, página 3, columna 4.)

Entre finales de 1859 y principios de 1860 fue uno de los impulsores de la obra periódica (ocho entregas al mes) Crónicas de la Guerra de África («por los señores Castelar, Canalejas, Cruzada Villaamil y Morayta. Gran publicación de lujo, ilustrada con grandes láminas autografiadas, hechas en el mismo campo de batalla por D. José Vallejo.»).

En octubre de 1861 figura como «editor responsable» en el primer número de la Revista ibérica de ciencias, política, literatura, artes e instrucción pública (cuya «Advertencia» inicial fue escrita por Francisco de Paula Canalejas, y su primer artículo, «Generación de los sistemas filosóficos», por Julián Sanz del Río). Los redactores iniciales de Revista Ibérica eran Francisco de Paula Canalejas (director), Ricardo Alzugaray, Miguel Morayta y Gregorio Cruzada Villaamil (secretario), y esa publicación quincenal se mantuvo ininterrumpidamente durante cuarenta y un números, los cursos académicos 1861-1862 y 1862-1863, siendo Miguel Morayta uno de sus principales animadores. Los dos últimos tomos de Revista Ibérica (desde enero a junio de 1863) añaden al título de la publicación el rótulo de «Órgano hispano-cubano». Esta revista fue numerosas veces retirada y censurada por la autoridad gubernativa y judicial.

«...como si esta ciencia [la filosofía] estuviera llamada en nuestros tiempos a ser la piedra de toque de todo adelanto, de todo movimiento, de todo desarrollo. Base de las ciencias particulares, estudio el más apropiado para robustecer las fuerzas del espíritu, y fundamento sin el cual la obra del hombre quedaría a merced del viento, la filosofía, despreciada no ha muchos años, y temida hoy por algunos, porque la verdad es demasiado bella y poderosa para no infundir miedo a los que viven de la preocupación o del engaño; la filosofía, por su misma importancia, de tal modo se ha impuesto a todas las inteligencias, que a nadie es hacedero otra cosa que respetarla, ya que no empeñarse en su estudio y explicación.» (Morayta, «Reseña y examen de los Discursos de apertura de las Universidades españolas en el curso académico de 1861 a 1862», Revista Ibérica, nº 4, 30 noviembre 1861, pág. 318.)

En 1862 colabora en el primer tomo de El arte en España, revista quincenal de las artes del dibujo, publicación impulsada por Gregorio Cruzada Villaamil y Manuel Cañete, entre otros.

«Era imposible juzgar del valor e importancia de las Cantigas mientras las Cantigas no estuviesen totalmente impresas. No habían faltado esfuerzos de iniciativa individual para lograrlo: de don Florencio Janer sabemos que intentó tal publicación, que hubiera salido muy mediana, a juzgar por otras suyas, en que demostró más buena voluntad que ciencia paleográfica. Con los bríos de la mocedad y con caudal más positivo de conocimientos literarios, derivado principalmente de la enseñanza de Amador de los Ríos, quiso hacer otro tanto nuestro compañero de profesorado don Miguel Morayta, que ojalá hubiera perseverado en tales estudios, para los cuales mostraba no vulgares disposiciones. Morayta, por los años 1864 a 1865, tenía ya copiada una gran parte de las Cantigas y meditaba publicarlas todas; y aunque naturalmente hubo de fracasar su proyecto ante invencibles dificultades materiales, basta leer los extractos y artículos que por entonces publicó en La Reforma, en la Revista Ibérica y en otros periódicos, y que son de lo más discreto y formal que hasta entonces se había escrito sobre la materia, para no regatearle el título de iniciador donde tan pocos hay que citar. Sólo a un olvido podemos atribuir la omisión de su nombre en el prólogo de la edición académica de las Cantigas, en que tampoco se menciona el bello estudio de don Juan Valera (1872), trabajo de poca extensión y poco alarde erudito, pero de mucha sustancia crítica y de muy buen gusto.» (Marcelino Menéndez Pelayo, «Las Cantigas del Rey Sabio», en La Ilustración Española y Americana, 8 de marzo de 1895.)

En febrero de 1865, tres años antes de que fuera expulsada definitivamente de España, la reina Isabel II tuvo el rasgo de ceder a la nación española las tres cuartas partes de la venta de los bienes de la Corona y a la villa de Madrid el Buen Retiro, para que fuese convertido en jardín público. Ante las crecientes protestas el general Ramón María Narváez, vuelto al poder en septiembre de 1864, había prohibido mediante una circular que los catedráticos expresasen ideas contrarias a la Corona y al Concordato de 1851, tanto en la cátedra como fuera de ella. Por lo que al publicar Emilio Castelar su famoso artículo («El rasgo», La Democracia, 25 de febrero de 1865), Antonio Alcalá Galiano, ministro de Fomento, ordenó a Juan Manuel Montalbán, rector de la Universidad, que le abriera expediente al objeto de destituirle de la cátedra que había ganado por oposición. Se negó el rector, por lo que fue cesado y sustituido por el moderado Miguel Baamonde, marqués de Zafra. El lunes 10 de abril de 1865 tomó posesión el nuevo rector, en medio de importantes disturbios estudiantiles que culminaron bañados en sangre, en la conocida como noche de San Daniel. Al día siguiente, en pleno consejo de ministros, fallecía de una apoplejía Alcalá Galiano; y Manuel Orovio, el nuevo ministro, una de las primera cosas que hizo fue suspender de empleo y sueldo como catedrático a Emilio Castelar. El día 20 de abril varios profesores auxiliares de la Facultad de Filosofía –Nicolás Salmerón Alonso, Miguel Morayta Sagrario, Valeriano Fernández Ferraz, Manuel María del Valle Cárdenas– renunciaron a sus cargos para no verse «en el compromiso de sustituir al ilustrado profesor», los tres primeros, y por «el estado de mi quebrantada salud», el cuarto; siendo admitidas el día 22 tales renuncias; y luego encausados Salmerón, Ferraz y Morayta por «abandono de destino, injurias graves y desacato a la autoridad». Francisco de Paula Canalejas fue nombrado sustituto interino de la cátedra de Castelar durante unos días, hasta que el 28 de abril se hizo cargo de ella José Campillo Rodríguez, quien hacía unos pocos meses había ganado la cátedra de Historia universal de la Universidad de Oviedo.

«Leemos en El Reino de anoche: ‘Hoy se han despedido de sus discípulos los señores Figuerola, Canalejas, Ferraz, Salmerón, Valle y Morayta, que presentarán sus dimisiones. También se anuncia la del señor Mata y algunas otras.’» (El Lloyd Español, Barcelona, 23 de abril de 1865, página 3, columna 2.)

Pero pasada la tormenta, fue repuesto Morayta en su cargo de profesor auxiliar, y en 1868 ganó por oposición la cátedra de Historia de España de la Universidad Central. Tras el triunfo de la revolución de Septiembre ocupó Morayta el cargo de secretario de la Junta revolucionaria madrileña.

En mayo de 1870, representando al periódico La República ibérica, fue uno de los firmantes de una «Declaración» por la que la prensa republicana establecía cuatro bases doctrinales federales aplicadas a España, declaración que suscribían «Bernardo García, por La Discusión; Pablo Nogués, por El Pueblo; Luis Rivera, por Gil Blas; Andrés Mellado, por La Igualdad; Miguel Morayta, por La República Ibérica, y Miguel Jorro, por El Sufragio universal.»

«La cuestación hecha por iniciativa de Fernando Garrido en el almuerzo republicano del miércoles produjo cuatrocientos cincuenta reales. Los concurrentes al almuerzo designaron en el acto para la entrega de dicha cantidad al mismo Garrido, al Sr. Morayta y al director del Gil Blas, Roberto Robert. El miércoles por la tarde, los dos presos que actualmente existen en el Saladero, D. Ángel Gamayo y el que fue director de La Igualdad, recibieron trescientos reales. El jueves, nuestro amigo y director Roberto Robert puso en manos de la infortunada Modesta Periu ciento cincuenta reales.» (Gil Blas, Madrid, domingo 23 de julio de 1871, tercera época, año VIII, nº 388, pág. 3, col. 2.)

En pleno sexenio revolucionario –pero con el italiano Amadeo I como monarca constitucional– fue elegido diputado por el distrito de Loja, circunscripción de Granada, en las elecciones de 8 de marzo de 1871 (4.112 votos sobre 9.767 votantes), 24 de agosto de 1872 (6.929 votos sobre 6.929 votantes) y 10 de mayo de 1873 (11.400 votos sobre 11.401 votantes). Proclamada la República fue secretario general del ministerio de Estado. Tras la restauración borbónica se mantuvo siempre entre las filas de los republicanos: entre los posibilistas primero, luego en el Partido republicano nacional y más adelante formando parte del directorio del Partido de fusión republicana.

A finales de 1875 se convocó en Orense un «Certamen literario en conmemoración del nacimiento del sabio Padre Feijoo», que había de ser fallado el 8 de octubre de 1876. Morayta presentó un estudio a este concurso, al que también concurrieron Emilia Pardo Bazán (a quien tras vueltas y revueltas le fue concedido el premio) y Concepción Arenal. Ante la demora en resolverse el concurso, Morayta prefirió retirar su trabajo, que le fue devuelto; texto que reaprovechó más de tres décadas y media después en el libro El Padre Feijoo y sus obras (Sempere, Valencia 1912).

Fue muy sonado su discurso inaugural del curso 1884-1885 en la Universidad Central, sobre «La civilización faraónica y las razones y medios en cuya virtud se extiende a tantas comarcas». Este discurso, ampliamente difundido por la prensa, y que le trajo el honor de ser excomulgado por varios Obispos de la Iglesia católica, dio lugar a curiosas revueltas estudiantiles en Madrid (agitación vinculada a «La Institución Libre y la Política»). «En este discurso, que se divulgó profusamente, sostenía que la cátedra es libre, sin más limitaciones que las que exija la prudencia, haciendo a la vez profesión de varias teorías materialistas, racionalistas y anárquicas, opuestas a la constitución del Estado» (aseguraba en 1918 la Enciclopedia Espasa, 36:941).

«Despachos telegráficos. Madrid 1º, a las 4 tarde. Presidido por el señor Pidal, se ha verificado en el Paraninfo de la Universidad el acto de apertura del curso académico, pronunciando el discurso inaugural el doctor Morayta. Es un notable estudio sobre Historia Universal. El acto ha sido brillantísimo, asistiendo el claustro y muchos profesores y alumnos. […] Madrid 1º, a las 5’15 tarde. El señor Pidal, contestando al discurso del señor Morayta en la apertura de la Universidad, ha declarado ser partidario de la libertad de enseñanza, con sujeción a las leyes y particularmente al espíritu de la Constitución.» (La Dinastía, Barcelona, jueves 2 de octubre de 1884, año II, nº 574, pág. 6204.)

«Suma y sigue. ¡Otro conflicto! Exclaman hoy frotándose las manos los que pasan su fecunda vida soñando tropiezos para el ministerio, y queriendo ver conflictos por todas partes. […] Baste solo el ejemplo de lo ocurrido con motivo de la cuestión sanitaria, que ya se estaba agotando a juzgar por el ardor con que se han abalanzado sobre las frases casi de fórmula con que el ministro de Fomento ha declarado abierto el presente curso académico desde la Universidad central, para fundar en ellas un nuevo conflicto […]. Al catedrático de Historia señor Morayta le fue encargada la tentativa. Hábilmente escogió el tema de su trabajo y no poco arte desplegó en ligar sus disquisiciones orientalistas a las conclusiones anárquicas de su discurso; pero no era la inteligencia del señor Pidal y Mon la más a propósito para quedar atarugada y sin salida por tan poca cosa. Y así, a la doctrina del docto oportunista proclamando para la enseñanza la libertad absoluta y solo regulada por la prudencia individual (?) del profesor, el señor ministro de Fomento opuso instantáneamente la doctrina, no racionalista, sino racional de que la enseñanza oficial, ejercida como función del Estado y por éste costeada, no puede convertirse en arma de su propia destrucción, permitiéndose que la religión, la moral y las instituciones fundamentales de un Estado sean combatidas a la sombra y como si dijéramos en nombre de ese mismo Estado.» (La Dinastía, Barcelona, domingo 5 de octubre de 1884, año II, nº 580, págs. 6265-6266.)

«Una cuestión que se creía muerta, la cuestión del discurso pronunciado por el Sr. Morayta en la apertura de la Universidad, ha venido a renovar los buenos tiempos de la política melodramática que nos ha reducido al estado en que nos hallamos y que Dios sabe dónde nos llevará todavía. Los sucesos han partido de una protesta de los estudiantes ultramontanos a favor de la condenación lanzada por el alto clero contra el discurso del señor Morayta. Contra esta protesta de los estudiantes ultramontanos, fulminaron otra los estudiantes liberales, y en cualquier parte hubiera terminado todo con esto, quedando a salvo el derecho de ambos cuerpos beligerantes. En cualquier parte menos en España. El primer día de la manifestación sonaron, entre los gritos a favor de la libertad de enseñanza, otros que no podían sonar bien en los oídos de las autoridades, y se hicieron algunas prisiones. El segundo día se agravó la manifestación y hubo heridos y contusos. Los ánimos no están mejor dispuestos hoy […].» (Archivo Diplomático de España, Madrid, 21 de noviembre de 1884, año II, nº 77, págs. 329-330.)

«Impresiones. En su número del domingo inserta La Publicidad un manifiesto que dirige a los estudiantes barceloneses el catedrático de la Universidad Central don Miguel Morayta. En dicho manifiesto consigna el señor Morayta que de España, de Italia, Portugal y Bélgica ha recibido entusiastas felicitaciones por haber afirmado resueltamente Y DESDE ALTISIMA TRIBUNA, que el catedrático en su cátedra, ni tiene, ni puede tener más limitación que su propia conciencia. Ya lo ven nuestros lectores; el señor Morayta no se contenta ya con el derecho de predicar en su cátedra lo que crea conveniente: considérase con derecho para hacerlo desde altísima tribuna o sea a nombre de la Universidad, cuando se le presenta una oportunidad de llevar la voz de aquel Centro académico. Y el señor Morayta es lógico. Así como según su teoría el que se apodera de una cátedra puede enseñar lo que quiera sin más limitación que su propia conciencia, por igual razón y con igual derecho, el que en un momento dado tenga la representación o lleve la voz del Claustro puede decir en nombre de éste cuanto se le antoje. Temblemos para el día en que los catedráticos de derecho penal se limiten a predicar la ley de Linch o para cuando se apoderen de las cátedras de economía política los partidarios prácticos de las teorías de Malthus.» (La Dinastía, Barcelona, martes 16 de diciembre de 1884, año II, nº 700, págs. 7898-7899.)

«No tiene desperdicio el siguiente suelto de fondo del Diario de Barcelona : (…) “La Publicidad, en su número del 10 del corriente en la sección de sus Ecos políticos, publica in capite lo siguiente: «En la noche de un viernes del último mes de Abril hablaban cuatro o seis amigos en un gabinete del señor Castelar. –¿Has empezado tu discurso? Preguntó uno. –¡No! contestó el interpelado, que era el señor Morayta; pero ya tengo pensado el tema. Y como continuara exponiéndole y alguno le encontrara bueno y otro no, Castelar cortó la conversación diciendo: –Todos son asuntos excelentes, con tal de que sirvan para armar un gran ruido a Pidal. –¡Serás servido! concluyó Morayta. Y desde entonces no volvió éste a consultar con nadie su propósito, ni su trabajo. Pero ¡vive Dios! Que ha cumplido su palabra.» Y la noticia no se puede poner en duda si se considera que quien la da es un periódico que tiene por corresponsal en Madrid al señor Morayta que por este motivo puede estar bien enterado en el asunto de que se trata. Además, dada esta circunstancia y la de ser La Publicidad propiedad de la familia del señor Morayta, no es de creer que invente cosa que pueda resultar en su daño.”» (La Dinastía, Barcelona, jueves 18 de diciembre de 1884, año II, nº 704, pág. 7946.)

«Despachos telegráficos. Madrid 10, a las 6’15 tarde. El señor Silvela (don Manuel) (…) califica de abuso de confianza el discurso de Morayta, pues que no tenía derecho a hablar en nombre de todos los catedráticos, hiriendo el sentimiento de la mayoría del pueblo español esencialmente católico. Lamenta la protesta de los escolares y las censuras de los obispos considerándolos actos anti-liberales. Censura enérgicamente que no se anunciara minutos antes siquiera que las autoridades civiles entrarían en la Universidad. (…).».”» (La Dinastía, Barcelona, lunes 12 de enero de 1885, año III, nº 742, pág. 246.)

«Impresiones. Morayta, el alter-ego del místico señor Castelar, ha entonado himnos al librepensamiento en el teatro de la Alhambra de Madrid, en celebración del establecimiento de una escuela laica. Allí el causante de las algaradas estudiantiles, ha repudiado toda religión positiva y ha hecho coro a los discursos ateístas del señor Chies, Director de Los Dominicales. Al lado de la oración del señor Morayta debería colocarse los pasajes místicos, henchidos de fervor religioso, en que el señor Castelar canta el arrobador efecto de los espirales de incienso que se elevan y desvanecen ante el ara sagrada durante el santo sacrificio de la misa (…). Estos pasajes de Castelar, al lado de los discursos pronunciados en el teatro de la Alhambra por su lugar-teniente señor Morayta, quedan reducidos a la categoría de agua de borrajas.» (La Dinastía, Barcelona, jueves 23 de julio de 1885, año III, nº 1056, pág. 8.)

«Para La Publicidad no hay más Dios que Castelar; y Morayta es su profeta.» (La Dinastía, Barcelona, miércoles 30 de marzo de 1887, año V, nº 2082, pág. 9.)

«El Congreso Literario Internacional. El banquete posibilista. Madrid 14 octubre 1887. Sr. director de La Dinastía. (…) El miércoles por la noche Castelar, que no había asistido a ninguna sesión del Congreso literario, convidó a Julio Simón que se hallaba en el propio caso, a un banquete en el Hotel Inglés. Pero este banquete tenía por principal condimento la salsa política, de tal modo que todos los comensales pertenecían al bando posibilista. No fue esto solo; el republicano español declaró virtualmente correligionario suyo al republicano francés y éste, en honor de la verdad, no rehuyó el compadrazgo político. Los brindis, como era de suponer acentuaron, determinaron más bien esta solidaridad de ideas. Los pronunciaron Paz y Muñoz, Morayta, el profesor de la Universidad central y corresponsal como es sabido, bajo el pseudónimo de Felipe de nuestro colega barcelonés La Publicidad, y Castelar, quien, al decir de La Correspondencia, estuvo cual nunca elocuente y que cantó, con muy bellas frases, las glorias de la república vecina que existe y de la república para nosotros con que sueña. (…) A la prensa republicana, no castelarista, le ha sabido a cuerno quemado según la gráfica expresión vulgar, el tal banquete. El Liberal lo ha denominado ‘El secuestro de Julio Simón’, (…)» (La Dinastía, Barcelona, martes 18 de octubre de 1887, año V, nº 2416, pág. 2, col. 1.)

Activo masón, como Gran Maestre del Gran Oriente de España logró absorber algunos grupúsculos de las fragmentadas y despistadas organizaciones masónicas y, sobre todo, la fusión de esta «obediencia» con el Gran Oriente Nacional de España (del Vizconde de Ros) dando lugar, el 21 de mayo de 1889, al Grande Oriente Español, donde el M.·. Il.·. H.·. Miguel Morayta y Sagrario fue el primero en ocupar cargo de nombre tan sonoro como el de «Gran Maestro y Soberano Gran Comendador» (de 1889 a 1901, y más adelante desde 1906 hasta su fallecimiento en 1917).

«P. P. Gil, SOLF.·.. Plancha. El Directorio (tres puntos) .·. de la Unión de la Masonería española (tres pares de puntos) .·. ha pespunteado una carta al Emperador Federico I de Alemania. Entiendo poco de ortografía masónica; pero he averiguado que esos simbólicos puntos con que los masones dan la puntilla a la gramática son, en resumidas cuentas, una abreviatura. Esto trae consigo una confusión de mil demonios; así, cuando escriben: 'herm.·. Castelar', no sabemos si al jefe del posibilismo le llamar hermoso, hermafrodita o hermano. Pero, vuelvo a mi punto de partida. El vizconde de Rós, conocido en el siglo y en los motines escolares con el nombre de Miguel Morayta, ha hecho una plancha en honor de S. M. el Emperador Federico. Antes de seguir más adelante conviene observar: Primero: Que Morayta, a quien todos teníamos por un plebeyo demócrata, es un título nobiliario. Segundo: Que hay dudas sobre si es vizconde de Rós o de gorra; y Tercero: Que esta plancha, en la que voy a ocuparme, no es la primera que ha hecho. El señor vizconde de la Chichonera trata a S. M. I. como si hubieran comido juntos en un mismo plato, y empieza llamádole 'Querido'...» (La Dinastía, Barcelona, miércoles 21 de marzo de 1888, año VI, nº 2676, pág. 1, cols. 2-3.)

«P. P. Gil, Séptimo tropiezo. [...] Me volví hacia el otro grupo, capitaneado por Morayta, el cual llevaba a modo de taparrabo el mandil masónico, y se pasaba la mano por el pecho como quien se quita el polvo. Adelantado tres pasos a la manera de quien ejecuta con los piés otros tantos compases de una polka, me dijo que era hermano del Emperador Federico, del Rey David, de Cicerón, de Alcibiades, y así fue soltando nombres y nombres hasta que concluyó por referirme toda la historia universal. Como yo sonreía maliciosamente, él se puso muy serio y un tantico amostazado. –No os riáis, porque todo lo que habéis oído es cierto, ciertísimo; y aun os asombrareis más cuando os diga que, de la misma suerte, soy hermano y muy hermano del gran arquitecto del universo.» (La Dinastía, Barcelona, martes 17 de abril de 1888, año VI, nº 2718, pág. 2, col. 2.)

«El Congreso Nacional Pedagógico. Octava y última sesión. [...] Don Miguel Morayta pronunció un discurso humorístico en su mayor parte. Expuso la diferencia que va de un maestro de escuela a un catedrático, diciendo: "Vosotros cobráis mucho menos que yo, y yo trabajo algo menos que vosotros." Dijo que gestionaría cerca del ministerio de Ultramar para que se haga extensivo a Filipinas lo solicitado para Cuba. Calificó de intrusos a los que ejercen el magisterio sin tener título profesional, y de ahí tomó pie el señor Morayta para descolgarse con una felípica contra los sacerdotes y monjas consagrados a la enseñanza.» (La Dinastía, Barcelona, lunes 13 de agosto de 1888, año VI, nº 2916, pág. 1, col. 2.)

«Telegramas. Madrid 15, a la 1'30 madrugada. En la Universidad de Salamanca los estudiantes asistieron a clase, entregando a la redacción de La Concordia, una protesta contra los conservadores, dirigida a sus compañeros de Sevilla, Granada, Valladolid, Zaragoza, Barcelona y Valencia. Esta protesta dice: "Compañeros, sin otros estímulos que vuestra digna conducta, obedeciendo a impulsos de nuestras conciencias y rindiendo culto al compañerismo, protestamos, como vosotros, contra la política conservadora, contra esa reacción hipócrita y ominosa, que solo lleve en la historia páginas de retroceso y de sangre. La bárbara conducta conservadora que hizo célebre el día 19 de noviembre de 1884, acuchillando a nuestros compañeros y hollando los fueros de la Universidad, se había censurado duramente en España; pero precisaba evitar la reproducción de aquellas escenas, si esos mal llamados conservadores asaltaran nuevamente el poder, que siempre lo utilizaron para trabajar contra los más caros intereses de la patria, en provecho de sus propios intereses. Como vosotros silbamos a Cánovas, a sus correligionarios, a su prensa, que nos insulta, y a su política, funesta e inculta; como vosotros silbamos y despreciamos la medianía más vulgarmente mediana que tiene ese partido, resuelto al ex-Poncio madrileño, que responde por Villaverde (al más Herodes); como vosotros queremos que desaparezcan los conservadores, entre cuyas eminencias ocupan los primeros lugares hombres llamados Oliveres y Villaverdes... ¡Viva la libertad, el progreso, la dignidad escolar, la prensa democrática y el señor Morayta! ¡Muera la reacción!" Fírmanla 15 escolares.» (La Dinastía, Barcelona, jueves 15 de noviembre de 1888, edición de la tarde, año VI, nº 3073, pág. 2, col. 2.)

«Con gran satisfacción hemos leído en un periódico madrileño la siguiente carta: "Valencia 20 enero 1891. Mi distinguido amigo, Hijo sumiso de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, y como tal aceptando sus enseñanzas sin discutir sus para mi sagradas decisiones, fiel a las mismas, no puedo prestar mi apoyo a la candidatura del por muchos conceptos persona dignísima y cumplido caballero, mi particular amigo D. Miguel Morayta Sagrario, que por acuerdo del Comité que usted tan dignamente preside aspira a la representación en el Parlamento por la circunscripción de esta capital. Tanto usted como mis queridos amigos y compañeros de Comité, comprenderán, con su buen criterio, que si yo, por mis deberes de 'católico antes que político', no puedo prestar mi voto a la candidatura del Gran Oriente de las logias masónicas de España, menos he de aconsejar a los electores con mi carácter de miembro de ese Comité, presten su apoyo a un candidato enemigo de mis creencias religiosas [...] De ustedes afectísimo amigo, Vicente Arnal Asensi". El ejemplo de un republicano posibilista –dice un valiente escritor– que atiende antes a los dictados de su conciencia católica y no quiere votar ni recomendar la candidatura de Morayta, Gran Oriente de la Masonería, es edificante y abre el pecho a la esperanza de que aun Europa no haya olvidado al monje Hildebrando, y de que si no hay desmayos puede ser un hecho en España el ideal de la unión de los católicos sin distinción de partidos.» (La Dinastía, Barcelona, sábado 31 de enero de 1891, año IX, nº 3905, pág. 2, col. 1.)

«Notas sueltas. Algunos estudiantes de Madrid muy graciosicos y enemigos de cumplir su obligación, han realizado un conato de algarada en conmemoración de la de 1884. Esos aprovechados discípulos del motín, han tratado de vengar supuestos agravios acaecidos cuando ellos estaban en la época de la lactancia. Pero ya se ve; la mala semilla sembrada por Morayta y otros hombres de conciencia, brota, aunque de una manera vergonzante, como la cizaña. Es uno de los éxitos de Morayta. ¡Vaya un catedrático!» (La Dinastía, Barcelona, sábado 21 de noviembre de 1891, año IX, nº 4203, pág. 1, col. 2.)

«Hoy debe llegar a Barcelona el catedrático de la Universidad Central y distinguido periodista don Miguel Morayta, notablemente mejorado de la grave enfermedad que ha sufrido en Llausá. Marchará a Madrid dentro de tres o cuatro días. Celebraremos su completo restablecimiento en el más breve plazo.» (La Dinastía, Barcelona, jueves 29 de septiembre de 1892, año X, nº 4515, pág. 3, col. 2.)

«Lista de los candidatos de oposición republicana [para Barcelona]: Don Juan Sol y Ortega, zorrillista; don Francisco Pi y Margall, federal; don Miguel Morayta, posibilista, y don Gabriel Lluch, independiente.» (La Dinastía, Barcelona, viernes 6 de enero de 1893, año XI, nº 4613, pág. 2, col. 3.)

«La Publicidad extraña que los conservadores no se hayan exhibido en los días anteriores a la elección, perorando, publicando manifiestos, &c., y con este motivo nos atribuye no sabemos cuantos maquiavélicos planes. El colega, en la perturbación producida por sus disgustos electorales, nos ha confundido con los amigos del señor Morayta, incluso aquellos para quienes aún significa algo el ancho anillo con los símbolos masónicos y que siendo algunos millares en las logias de Barcelona, según dicen ellos mismos, no han sido ni 700 para votar al gran Oriente español.» (La Dinastía, Barcelona, miércoles 8 de marzo de 1893, año XI, nº 4673, pág. 2, col. 3.)

«Quéjanse los demócratas, singularmente los revolucionarios, de la atonía, debilidad e indiferencia que se ha apoderado del país, y piden que, para atajar el mal, se destruya lo ruinoso y se edifique lo nuevo, sobre las ruinas. [...] Y ¿qué es eso nuevo que los tales caballeros pretenden edificar sobre lo que califican de ruinoso? ¿Lo saben ellos acaso? Pí y Margall pedirá la federación pactista-sinalagmática; Ruiz Zorrilla, la república unitario-radical; Salmerón, un estado de Derecho tan confuso como sus ideas; Carvajal una república que pelee con su propia sombra; Morayta una masonería oficial; los socialistas un Estado omnipotente que anule al individuo; los anarquistas... ¡la mar! No hay que hacer caso, por consiguiente, de la vana palabrería de los revolucionarios. No hay que destruir, sino reedificar lo destruido durante 25 años de insensata propaganda, toda vez que antes de ésta había ideales, entusiasmo, fibra en el país.» (La Dinastía, Barcelona, martes 27 de febrero de 1894, año XII, nº 5019, pág. 2, col. 1.)

«La sesión celebrada por el Ayuntamiento, el miércoles último, redújose [...] a enviar al señor Morayta una sentida comunicación de pésame por la sensible pérdida de su señora esposa.» (La Dinastía, Barcelona, martes 19 de febrero de 1895, año XIII, nº 5364, pág. 2, col. 3.)

«Un caracterizado progresista ha dicho que nada hay definitivo relativo a la fusión de los zorrillistas con el señor Morayta.» (La Dinastía, Barcelona, sábado 24 de mayo de 1895, año XIII, nº 5364, pág. 3, col. 4.)

«Leemos en un colega local: "Lemmi, jefe supremo de todas las sectas, ha nombrado diez consejeros para que le ayuden a dirigirse en los asuntos referentes al gobierno y régimen de la masonería universal. Uno de estos consejeros que aconsejan a un judío y a un ladrón (como llamó a Lemmi la h.·. Diana Vaughan), es... ¡D. Miguel Morayta! Y don Miguel Morayta es catedrático de la Universidad de Madrid, y el Estado, que se llama católico, le paga con dinero de los católicos, mientras él va descristianizando a la juventud que pasa por su aula."» (La Dinastía, Barcelona, domingo 16 de junio de 1895, año XIII, nº 5478, pág. 2, col. 5.)

«Mientras los señores Muro, Carvajal y Morayta confeccionan el futuro partido republicano nacional, los señores Pí y Margall y Salmerón gestionan la formación de otro grupo que no sabemos cómo se llamará, ni si será nacional o extranjero, puesto que es difícil la coexistencia de dos partidos igualmente nacionales e igualmente republicanos.» (La Dinastía, Barcelona, domingo 7 de julio de 1895, año XIII, nº 5499, pág. 1, col. 5.)

«La cuestión universitaria. [...] Terminemos por hoy estas consideraciones [...] haciéndonos eco de un rumor que ha circulado con mucha insistencia, y que hemos oído de boca de quien puede estar bien informado. ¿Es cierto que ha permanecido tres días de incognito en Barcelona el señor Morayta, Gran Oriente de la Masonería? ¿Qué relación puede haber entre la estancia en esta ciudad del catedrático de la Central y los motines escolares de estos días? ¿Indicará esto que determinadas sociedades, semi-legales, semi-secretas, aspiran a tomar cartas en el asunto? ¿Responderá a este propósito la presencia de muchos individuos que nada tienen que ver con los estudiantes, en la ilegal manifestación del lunes por la tarde? Lo ignoramos por completo: sólo diremos que son muchas coincidencias, y que de ser verdad lo que se nos ha dicho, la venida misteriosa del señor Morayta, puede tenerse por indudable. Casimiro Comas y Domenech.» (La Dinastía, Barcelona, miércoles 9 de octubre de 1895, año XIII, nº 5601, pág. 1, col. 4.)

«Notas sueltas. En la velada necrológica a Ruiz Zorrilla ha dicho el señor Salmerón que las actuales Cortes son honor de la monarquía y mengua para la patria. Tiene la lengua muy larga ese caballero, y cuando le inspira el despecho, la esgrime a estilo femenino para pinchar, a modo de alfiler. [...] Por lo demás, no sabemos con qué cara fueron este señor y el señor Morayta a honrar la memoria de un hombre de cuyos actos se mostró el primero dolorosamente sorprendido y se burló el segundo desde las columnas de un periódico que ya había comparado a Ruiz Zorrilla con un adoquín.» (La Dinastía, Barcelona, martes 18 de junio de 1896, año XIV, nº 5847, pág. 1, col. 3.)

Morayta había tomado muy pronto partido por los anticlericales secesionistas filipinos: ya en agosto de 1890 se entrevistó en Madrid con José Rizal y con Marcelo Hilario del Pilar, para impulsar la fundación de logias masónicas exclusivamente para filipinos, aceptando presidir la Asociación Hispano-Filipina y asumir la propiedad del periódico La Solidaridad. Ese mismo año se funda en Madrid la logia La Solidaridad, para españoles procedentes de las islas Filipinas, y a finales de 1890 encarga Morayta al estudiante filipino Antonio Luna Novicio que redacte el proyecto de una organización masónica para Filipinas que siguiera el modelo peninsular: ya en 1891 se funda en Manila la logia Nilad. Marcelo Hilario del Pilar llegó al masónico grado 33, y su amistad con Morayta fue tal que, al fallecer Isabel Serrano (febrero de 1895) fue este héroe nacional filipino quien presidió los oficios del funeral de la esposa de Morayta. Aunque, al parecer, Morayta no acompaño a Marcelo Hilario del Pilar cuando, el 4 de julio de 1896 se murió Plaridel, tuberculoso, en Barcelona. (El Archivo General de Indias conserva «copias de cartas y relación de las cruzadas entre don Miguel Morayta y las sociedades másonicas de Filipinas, noviembre 1894-febrero 1895» [Diversos 35, D.8].)

«El Nacional y Morayta. Madrid, 22, a las 5'20 tarde. El gobierno cree que los trabajos de los filibusteros del Centro Hispano-Filipino tienen estrecha relación con la sociedad secreta descubierta hace poco en Manila. El Nacional, hablando de tales manejos sediciosos, traza una silueta del señor Morayta, a quien supone algo así como instigador de dichos trabajos. Dice El Nacional que el señor Morayta es 'gran Oriente' o 'gran tunante' de una sociedad de masones e indigno de ocupar una cátedra que le sirve para exponer doctrinas subversivas. Le califica de mal español, de traficante de malas ideas y de corruptor de la juventud para lucrarse a costa de ella. Añade que muy de otra manera le calificaría si creyera que en vez de un charlatán y un vividor es un hombre convencido de las ideas que expone; pero que tratándose de un catedrático mercader que no cree nada de lo que predica a sus víctimas, merece todos los epítetos que le aplica y otros más duros y denigrantes.» «Registro domiciliario. Madrid, 22, a las 6'30 tarde. Esta mañana el delegado de vigilancia del distrito de la Latina practicó un registro en la casa número 44 de la calle del Pez, donde vive el señor Morayta, presidente de la Sociedad Hispano-Filipina. El señor Morayta no está, como se había dicho, en Arcachón, sino en Puigcerdá. Asistió al registro el abogado don Francisco Colón y un hijo de éste. El registro ha sido minucioso, no habiéndose encontrado, según parece, entre la correspondencia nada que resulte sospechoso. Únicamente se ha hallado una carta contestación a otra del señor Morayta, en la que se dice que es de sentir que España se lance a una guerra con cualquier nación americana.» (La Dinastía, Barcelona, domingo 23 de agosto de 1896, año XIV, nº 5915, pág. 3, cols. 3 y 4.)

«Notas sueltas. Ya para nadie es un secreto que se conspiraba en Madrid contra la soberanía de España en Filipinas. Uno de los organismos utilizados para los trabajos filibusteros, parece ser la Masonería, la cual añade con esto un título más a su nefanda historia. El llamado Gran Oriente, señor Morayta, se ha apresurado a protestar de que en su Centro Hispano-Filipino-Masónico se conspirara contra España; pero aparte de que, como dice el Heraldo, varias veces han sido confirmados algunos rumores que había rectificado el señor Morayta, basta fijarse en el objetivo de aquella Sociedad para comprender que indirecta e inconscientemente, por lo menos, perjudica a la causa española. No es de ahora, sino de muchos años atrás, que se lamentan los conocedores del archipiélago filipino, del inmenso daño que el señor Morayta y sus acólitos están causando con la propaganda contra las órdenes religiosas que han sido hasta la fecha el más poderoso auxiliar de nuestra dominación en aquellas lejanas tierras. En cuanto llegan a la Península los jóvenes isleños para cursar Derecho o Medicina en nuestras Universidades, se encuentran con el banderín de enganche que les ofrecen los Círculos Hispano-Filipinos patrocinados por el señor Morayta y sus masones; y allí, en vez de aprender a amar a España, a identificarse con sus instituciones políticas y sobre todo con su religión –lazo el más estrecho entre los hombres– aprender a odiar una y otras, resultando de ello el divorcio moral entre la juventud filipina y la madre España, base del divorcio material y de la lucha sorda que puede sobrevenir.» (La Dinastía, Barcelona, martes 25 de agosto de 1896, año XIV, nº 5917, pág. 1, cols. 2-3.)

«Primera guerra separatista. No es un secreto para nadie la parte activa que ha tomado la masonería tanto en la primera como en la segunda guerra separatista. [...] ¿Querrá explicarnos el señor Morayta qué causas obligaron a los masones afectos a España a sumarse con los de la manigua? [...]» «El proceso filipino. Madrid 26, a la 1 tarde. El hijo del señor Morayta ha puesto a la disposición del juez, señor López de Saá, el libro de actas del Centro Hispano-Filipino. Parece que el señor Morayta no llegará a esta corte hasta dentro de dos o tres días.» (La Dinastía, Barcelona, jueves 27 de agosto de 1896, año XIV, nº 5919, pág. 1, col. 5; y pág. 3, cols. 2.)

«Clarín. Palique. Iba a hablar, sin permiso del Sr. Retana, de lo de Filipinas. Y como no se a estas horas si a Morayta le han reducido a prisión o le andan buscando, prefiero dejar mis lucubraciones coloniales... y del reino para cuando sea a punto fijo (o punto filipino) si estamos seguros. Porque, a mi ver, Morayta debe de ser tan culpable como yo. Y si a él le prenden, ¿por qué no nos han de detener a mí... o al obispo-arzobispo de Madrid-Alcalá?» (Madrid Cómico, 28 de agosto de 1896, año XVI, nº 706, pág. 295.)

«Lo primero que hicieron al insurreccionarse los filibusteros filipinos, fue asesinar a los frailes. Este odio de los insurrectos demuestra que no cayó en terreno estéril la semilla anti-clerical sembrada por los masones. Y en esto no cabe hacer distinción entre masones filipinos y de la Península, puestos estos, con el señor Morayta al frente, han hecho todo lo posible para combatir a los misioneros del archipiélago oceánico. En cambio a los mismos masones de por acá y al indispensable Morayta, se deben en gran parte las reformas escolares y municipales otorgadas a Filipinas, que han dado por resultado el que muchas escuelas públicas y municipales vinieran a parar a manos de filibusteros. De esta doble desdicha nacional no podrán absolver jamás a los masones españoles todos los jueces habidos y por haber.» (La Dinastía, Barcelona, miércoles 23 de septiembre de 1896, año XIV, nº 5946, pág. 1, col. 3.)

«Hubo un tiempo, en que los progresistas se afiliaron a las sociedades secretas y se pusieron el mandil y asistieron a las absurdas ceremonias de la masonería, pero aquel vértigo pasó y desde el señor Sagasta hasta el señor Becerra y demás barricaderos que les acompañaban, renunciaron a seguir poniéndose en ridículo y se retiraron de las sociedades secretas. Hoy por hoy, a la masonería no puede pertenecer más que alguno a quien le guíen malos propósitos, o algún cursi, que piensa todavía en las antiguas ridiculeces. [...] El señor Morayta, por ejemplo, parece que se sinceró ante las autoridades y los jueces, demostrando que no tenía la menor relación con los insurrectos, ni con los promovedores de la insurrección. Y sin con el señor Morayta, que al fin es hombre político apasionado, que pertenece a un partido enemigo de lo existente, se confirma la opinión de que no tiene nada que ver con los rebeldes filipinos, ¿qué habrá que pensar del señor Pantoja, magistrado y funcionario del primer tribunal de la Nación, jefe de los taquígrafos y del Diario de Sesiones del Senado [...]?» (La Dinastía, Barcelona, sábado 10 de octubre de 1896, año XIV, nº 5963, pág. 1, col. 5.)

«Continúa mezclado el nombre de la masonería en la rebelión de Filipinas. Se ha dictado auto de procesamiento contra el señor Pantoja, Gran Oriente, en competencia con el otro Gran Oriente señor Morayta. Pero ¿por qué han de dedicarse esos señores a una asociación que o es ridículamente nula, o ha de ser fatalmente perturbadora? ¿Para qué quieren la masonería? ¿Para progresar? Pues ahí están los partidos políticos progresistas [...] ¿Para moralizar? Bastan las asociaciones de temperancia [...] ¿Para medrar? De esto ha tenido fama la masonería, pero el señor Morayta es testimonio viviente que la destruye con su eterna y nunca lograda aspiración a ser diputado a Cortes. Pues si no sirve la masonería para el medro, ni para la moral, ni para el progreso, ¿para qué sirve? Lo hemos dicho ya: para nada, como le ocurre a la que capitanea el señor Morayta, cuyo templo sirve sólo para cuatro danzantes, para extender nombramientos de afiliados que luego resultan filibusteros a estilo Villarroel, como le ha sucedido a la que acaudilla el señor Pantoja.» (La Dinastía, Barcelona, domingo 11 de octubre de 1896, año XIV, nº 5964, pág. 1, col. 2.)

Tras varios intentos infructuosos de volver a las Cortes españolas (tras haber sido diputado desde abril de 1871 a enero de 1874, representado a Loja), resultó electo por el distrito de Valencia en las elecciones de 16 de abril de 1899 (6.359 votos sobre 17.754 votantes), pero al abrirse las cámaras en junio de 1899, el Congreso discutió si admitirle en su seno, por su implicación, en tanto que Gran masón, en el proceso secesionista de las islas Filipinas, siendo defendido por Maura y otros leguleyos formalistas que argumentaban que debía respetarse la voluntad del pueblo elector antes que reconocerle como enemigo de España.

«Don Miguel Morayta. La primera batalla reñida en el Congreso antes de constituirse la Cámara popular, la provocó la admisión del diputado electo por Valencia, D. Miguel Morayta. Diputados pertenecientes a distintas fracciones del Parlamento se oponían a que el catedrático Sr. Morayta fuese admitido en el Congreso, fundándose en que había realizado hace poco, siendo gran Oriente de la masonería, actos que prepararon o produjeron la rebelión de los filipinos contra España. Se le hacía responsable de haber introducido la masonería en Filipinas, y dado a aquellos naturales los elementos y bases de donde salió la célebre conspiración del Katipunam. Se discutió en la sesión del sábado 9 largamente el asunto, interviniendo en el debate los señores Silvela, Romero Robledo, Maura, Sagasta, Pí y Margall, Olazabal, Ugarte, Ibarra, duque de Bivona y el interesado Sr. Morayta, exponiendo sus diversas opiniones contrarias unas y otras favorables a la proclamación. El Sr. Maura expuso conceptos verdaderamente legales [...]. Después de numerosas rectificaciones votaron cincuenta diputados por la no admisión y quince en sentido favorable. En la sesión del lunes 12 se renovó la discusión [...]. Por fin, en esta misma sesión y en votación ordinaria, fue aprobada la admisión del Sr. Morayta como diputado a Cortes. Los electores republicanos de Valencia se hallaban muy excitados, y habían anunciado que de no ser admitido el Sr. Morayta, en nueva elección le votarían otra vez, considerándole digno de tal distinción.» (Nuevo Mundo, Madrid, junio 1899, pág. 95.)

«Asunto del día. La cuestión suscitada por la supuesta incompatibilidad parlamentaria de Morayta ha adquirido los caracteres de una cuestión nacional. A primera vista parece mentira que un hombre de tan escasa talla política y literaria haya llegado a adquirir celebridad, siquiera tan triste y efímera como la que a Morayta le cabe en suerte. Pero bien mirado, aquí se trata, más que de una personalidad, de los hechos que se le atribuyen, íntimamente relacionados con la desconsoladora hecatombe sufrida por España en los últimos años. La cosa merece ser meditada, para sacar de su estudio provechosa consecuencia. Morayta se ha pasado largos años atacando cuantas instituciones forman el nervio de la historia de España. No se ha olvidado todavía la serie de tumultos que 15 años atrás ocurrieron en la Universidad Central, de entre los cuales destacó en gran manera la figura de Morayta, y de los que no salió muy bien parado el principio de autoridad y sobre todo el respeto debido a los prelados. En su furor masónico no ha reparado jamás Morayta en la respetabilidad de ciertas investiduras [...]. Mas he aquí que ahora es Morayta el acusado, el señalado como traidor a la patria, y no ciertamente por los frailes y por determinado partido, sino por hombres pertenecientes a diversas agrupaciones políticas. Prueban este aserto las tremendas acusaciones de El Nacional de Madrid. [...] Los que durante largos años jalearon a Morayta, o se han convertido en implacables acusadores o no se deciden a salir en su defensa.» «Contra Morayta. Madrid, 8, a las 5 tarde. En los pasillos del Congreso reina extraordinario revuelo con motivo de la cuestión Morayta. En los grupos de los diputados que se muestran hostiles al Gran Oriente de los masones españoles, se ve al duque de Bivona y al señor Gasset. Por los impacientes se proponen contra el señor Morayta medidas radicales que son recibidas con muestras de agrado por la mayoría de los representantes del país. [...] Aseguran que en el caso de que el Congreso no admita al señor Morayta, el republicano Blasco Ibáñez dimitirá su acta con objeto de obligar al Gobierno a que convoque nuevas elecciones por Valencia.» (La Dinastía, Barcelona, viernes 9 de junio de 1899, año XVII, nº 6927, pág. 1, col. 3; pág. 3. col. 3.)

«Miguel Morayta. Un perfil de actualidad nos da don Salvador Canals en El Español de Madrid, acerca de la figura –la triste figura– del Gran Oriente de la Masonería española. [...] '–¡Es mucho Morayta éste!, dirán los que no lo conozcan, y lo creerán un heterodoxo del tamaño de Renan, como Renan en la elocuencia maravillosa, como Renan en el influjo universal sobre los espíritus. Nada de eso. El señor Morayta no pasa de ser, por este aspecto intelectual, un pobre diablo. Ni dice ni escribe bien veinte palabras seguidas, ni piensa ni sabe cosa alguna nueva, ni nadie le hace caso para seguirlo, aunque ya vemos que muchos se lo hacen para hostilizarlo. Es el señor Morayta un sectario vulgar de lo más cursi en el género. Se dedicó a la Historia, a predicarla mejor que a estudiarla, y de la Historia ha hecho arma con que demostrar unas cuentas herejías religiosas y científicas. [...] En sus libros, en las explicaciones de su cátedra, Morayta es un señor que junta el cielo con la tierra a trueco de demostrar que la religión es una gran perrería. Aun en los tiempos prehistóricos halla el señor Morayta argumentos para hablar mal de los curas y de la fe católica. [...] Y en cuanto a su influjo en la opinión española, se puede declarar que es completamente nulo dentro y fuera de la cátedra. Gusta a sus alumnos, porque es fácil de convencer en los exámenes, pero no ha marcado en su influencia una generación de licenciados y de doctores. Nadie le hace caso. Conocemos discípulos de Salmerón o de Ortí y Lara. ¿Quién sabe de discípulos de Morayta? Fuera de la cátedra, basta decir que su gran obra de Historia se ha publicado por entregas, y todos sabemos lo que esto significa en España cuando no se trata de novelas, sino de obras de estudio. [...] ¡De hombre de tan notoria insignificancia intelectual hemos hecho Deux ex machina de una tragedia callejera en 1884 y de una tragedia parlamentaria en 1899! No hay quien nos remedie. Seguimos aplicando cristales de aumento a lo pequeño y cristales ahumados a lo grande, y nada vemos en sus justas proporción y medida.' Ahora debemos recordar a nuestros lectores que El Español no es periódico reaccionario, ni polaviejista, ni cosa que lo valga, sino órgano del señor Gamazo, es decir liberal, muy liberal, pero dotado, por lo que se ve, de fino instinto de observación.» (La Dinastía, Barcelona, jueves 15 de junio de 1899, año XVII, nº 6933, pág. 2, col. 1.)

«Oigan ustedes a los integristas despachándose a su gusto. Leemos en El Siglo Futuro: "Si todas las cosas que en estos tiempos se han dicho y se han escrito llegasen a la posteridad, y no se deshiciesen y pudrieran antes con el papel continuo e inconsistente que las contiene, o no se quemasen con los montones de periódicos que pronto no cabrán ya en ninguna parte y habrá que quemar, la posteridad se explicaría fácilmente todos los fracasos de unas generaciones tan insensatas y corrompidas que se entusiasmaban con los dramones de Echegaray o Sellés, con los noveluchos de Pérez Galdós, con las filosofías krausistas de Sanz del Río y Salmerón o Morayta, y con los discursos de Castelar." Pero que mu bien hablao. Claro es, que entre los dramones de Sellés y Echegaray y el Thendis de Sánchez de Castro, que entre los noveluchos de Pérez Galdós y las estupendas novelas de Polo y Peyrolón y que entre las filosofías krausistas de Salmerón y las dulzonas de Ortí Lara, media un mundo de diferencia. Lo que tiene es que ni Ortí Lara, ni Polo; ni Sánchez de Castro pasarán a la posteridad y los otros puee que pasen.» (Madrid Cómico, Madrid, 28 de julio de 1900, tercera época, año XX, nº 43, página [7] 347.)

«Los de siempre. En el mitin anticlerical de mañana en el Frontón, perorarán Muro, Lozano, Estrada, Palma, Salmerón (hijo), Morayta y demás sistemáticos clerófobos.» (La Dinastía, Barcelona, domingo 21 de abril de 1901, año XIX, nº 6662, pág. 3, col. 3.)

«Eduardo de Lustonó. Castelar. (...) Refiere su íntimo amigo y casi hermano, mi querido compañero en Gente Vieja, Miguel Morayta, en su interesante libro Juventud de Castelar, que de este monstruo de la elocuencia podría decirse que no veía papel, por roto y destrozado que fuera, que no lo tomara en sus manos para leerlo. [...]» (Por esos mundos, Madrid, noviembre 1901, págs. 425-430.)

«En El Universo, periódico de Madrid, órgano del Episcopado español hallamos el siguiente suelto: "Para que se comprenda la tendencia del partido federal catalán, aliado del regionalismo, copiaremos lo que escribe el conocido escritor católico señor Polo y Peyrolón en su folleto Intervención de la masonería en los desastres de España. Dice así: 'Gran logia simbólica regional cataláunica balear, fundada en 1886 y dirigida por don Francisco Gran Abrines y don José María Vallés y Ribot. Tiene su casa social en Barcelona, con magnífico templo masónico y biblioteca pública, y cuenta con 30 logias y 947 miembros inscriptos, republicanos federales, ateos, regionalistas y enemigos declarados de los masones de Morayta y Pantoja'.» (La Dinastía, Barcelona, sábado 25 de noviembre de 1902, año XX, nº 8745, pág. 2, col. 2.)

«Los masones. Se reunieron anoche acordando que el señor Morayta tiene que defender en el Congreso a la masonería. Por otra parte el señor Morayta, según dijimos anoche, tropieza con la presión de los republicanos, que entienden no debe dicho diputado intervenir en el debate, pues de hacerlo saldrá a relucir el famoso Katipunan; en el que figuraban los cabecillas de la insurrección y bajo cuya bandera cometían los tagalos los actos más sanguinarios. La situación del señor Morayta es poco airosa.» (La Dinastía, Barcelona, sábado 30 de enero de 1904, año XXII, nº 8166, pág. 2, col. 4.)

«Los republicanos votaron en contra, por ser patrocinadores de la candidatura de don Justo Morayta, hijo del Jefe de la Masonería española.» (La Dinastía, Barcelona, viernes 22 de abril de 1904, año XXII, nº 8238, pág. 2, col. 1.)

Miguel Morayta Sagrario El 25 de junio de 1911 se funda en Madrid una Liga Anticlerical Española, con Miguel Morayta en la presidencia, Luis Morote como vicepresidente, Eduardo Ovejero de secretario, y Santiago Arimón, Augusto Barcia, Francisco Escola y Ricardo Villamor formando también parte de la Comisión ejecutiva como vocales. Esta Liga se proponía: «como fin remoto, separar para siempre los dos poderes, civil y religioso, ya separados en la conciencia de todo hombre culto, hasta llegar al completo laicismo de la vida civil.» La Palabra Libre. Periódico republicano de cultura popular (1910-1912) dirigido por Eduardo Barriobero, pasó a subtitularse en sus últimos números «Órgano de la Liga Anticlerical Española». Poco impulso público logró alcanzar esta Liga Anticlerical Española, institución que organizó el 22 de febrero de 1912, en el Ateneo de Madrid, una conferencia del senador portugués doctor Magalhães Lima (que fue publicada por el Gr.·. Or.·. Español), y poco más... ni siquiera Mariano de Cávia la tuvo en cuenta al glosar otras ligas coetáneas de moda:

«Hay Liga contra la Pornografía, que ningún resultado da hasta ahora; Liga contra la Trata de Blancas (idem de lienzo); Liga contra el Alcoholismo... La Liga contra el Ruido es más necesaria y más urgente...» (Mariano de Cávia, «De usted para mi», Nuevo Mundo, Madrid, jueves 14 de diciembre de 1911, año XVIII, nº 936, pág. 6.)

Muy vinculado a la prensa fue director y propietario también de la La Reforma, La República Ibérica, El Republicano Nacional y El Republicano; utilizando el pseudónimo de «Felipe» como corresponsal de La Publicidad de Barcelona, desde su fundación. Falleció en Madrid el 18 de enero de 1917.

Algunos autores, superándose en su ardor clasificatorio, han llegado a etiquetar a Miguel Morayta Sagrario como «representante del ala más izquierdista del krausismo» (así María Dolores Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, CSIC, Madrid 1966, página 186, nota 2; a quien sigue literalmente Gonzalo Díaz Díaz, Hombres y documentos de la filosofía española, CSIC, Madrid 1995, tomo V, página 657): a fuera parte la ocurrencia de considerar a Morayta como krausista, ¿desde qué confusas nieblinas puede llegar siquiera a enunciarse rótulo tan indefinido y gaseoso como el de «ala más izquierdista del krausismo»?

Ciento diez años después de su nacimiento, el 2 de octubre de 1944, el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo inició «Sumario 798-44 contra Miguel Morayta Sagrario por delito de masonería» [TERMC 11193, 15 folios], sumario que desgraciadamente tuvo que ser cerrado al año siguiente, el 20 de diciembre de 1945: «sobreseimiento definitivo por fallecimiento certificado en 1917». ¡De menuda se libró Morayta por morirse tan pronto y así eludir la justicia!

Bibliografía de Miguel Morayta:

Sobre Miguel Morayta en el Proyecto Filosofía en español:

Textos de Miguel Morayta en el Proyecto Filosofía en español:

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