Miguel Sánchez López
 
1833-1889
Pbro «el padre Sánchez»

Miguel Sánchez López (1833-1889) el padre SánchezPresbítero católico español, activo miembro del Ateneo de Madrid, reconocido polemista y fecundo escritor doctrinal, impugnador del krausismo, del espiritismo, de Ernesto Renán, del carlismo, &c., nació en la calle Viento nº 8 de Almogía (Málaga) el 9 de octubre de 1833, y falleció en Madrid, abatido por la enfermedad, desanimado y casi en la indigencia, el domingo 22 de septiembre de 1889 («ha sido durante más de un cuarto de siglo el ariete que ha descargado golpes más formidables sobre el racionalismo, el materialismo y el jacobinismo», resume una necrológica). Estudio en el Seminario Conciliar de Málaga, y publicó sus primeros artículos en La Cruz (revista dirigida en Sevilla por León Carbonero y Sol, donde en junio de 1855 –tomo I de 1855, pág. 625– ya aparece su nombre –«En Málaga: Miguel Sánchez, Gonzalo García Guerrero, del seminario conciliar»– entre las primeras «Adhesiones a la felicitación y protesta de sumisión dirigida a Su Santidad por la redacción de La Cruz»). Diferencias con su obispo, Juan Nepomuceno Cascallana Ordoñez (1785-1851-1868), le llevaron a establecerse un tiempo en Roma (no sabemos en qué circunstancias y entregado a qué tareas: «Yo tengo en mi alma la idea, la imagen del Capitolio que vi en 1859...»). Después fue director del Colegio de Gibraltar y residió en Sevilla, antes de trasladarse definitivamente a Madrid. En 1862 aparece publicado en Madrid el primero de los tres volúmenes de su obra El Papa y los gobiernos populares.

En 1863 figura entre los colaboradores de La Concordia, revista moral, política y literaria, publicada en Madrid y dirigida por el académico Fermín de la Puente y Apezechea (en la relación de colaboradores de esa revista figuran: «Sr. D. Nicomedes Pastor-Díaz, Fernán Caballero, Sr. D. Joaquín Francisco Pacheco, Sr. D. Antonio de los Ríos Rosas, Sr. Marqués de Molins, Sr. D. Antonio Aparisi y Guijarro, Sr. D. Lorenzo Nicolás Quintana, Sr. D. Miguel Sánchez, Presbítero, Sr. D. Severo Catalina, Sr. D. León Galindo y de Vera, Sr. D. José Emilio de Santos, Sr. D. Pedro de la Puente y Apezechea, Sr. D. Salvador López Guijarro.» No deja de ser curioso que Nicomedes Pastor-Díaz falleció el 22 de marzo de 1863, antes de que apareciera el primer número de La Concordia, en la que figura como colaborador:

«Un mes duró su enfermedad [de Pastor-Díaz], que su médico el Sr. D. Mariano Benavente, que de otro grave ataque le salvara en el año anterior, llamando a consulta al Sr. D. Vicente Asuero, calificó, con éste, de hipertrófia en el corazón, la misma, según entiendo, que nos había arrebatado al Sr. Donoso Cortés, cuyas palabras y hechos recordó alguna vez durante la enfermedad. [...] Hablaba con frecuencia de la muerte, y del estado de su conciencia, sobre todo con su amigo el señor D. Miguel Sánchez, Presbítero. Finalmente, de él propio salió el pedir los Santos Sacramentos. Designó para confesar al Reverendo P. D. Antonio Zarandona, Procurador general de las misiones en Ultramar, de la Compañia de Jesús, después de haberse convencido de que el P. D. Félix Cumplido, a quien pidió varias veces, no se hallaba en Madrid.» (Fermín de la Puente y Apezechea, «Prólogo general» –fechado en Madrid, 26 de marzo de 1863– a las Obras de Don Nicomedes Pastor-Díaz, de la Real Academia Española, Madrid 1866, tomo I, págs. LVI y LVIII.)

En los números 3 (24 de mayo) y 6 (14 de junio de 1863) de La Concordia publicó Miguel Sánchez una de las primeras reexposiciones críticas de las doctrinas de Krausse y del kraussismo [escritos ambos con s geminada, moda seguida después por muchos de los adversarios católicos al krausismo]: «Filosofía Kraussista. Su carácter» y «Filosofía Kraussista. Su método. Punto de partida».

«Entre todas las modernas teorías filosóficas, el informe, oscuro, nebuloso, verdaderamente caótico sistema de Krausse, es el que, con predominio casi exclusivo, turba hoy la fantasía de los racionalistas en España. Nos importa darlo a conocer tal cual es, por lo mismo que hay empeño en divulgarlo presentándolo como no es, con caracteres que no son suyos, ni podrán nunca [38] pertenecerle. Su fuerza estriba únicamente en el misterioso prestigio de la oscuridad. Convirtamos su base en polvo, con solo derramar sobre ella los brillantes fulgores de la verdad. «El mal, decía Balmes, no se extingue con la represión; es mucho más útil y provechoso, es enteramente indispensable ponerle enfrente, ahogarlo con la abundancia del bien.»
¿Qué es la filosofía de Krausse? ¿Cuál es su índole, su forma especial? ¿En qué consiste la esencia de su doctrina? ¿Cuál es su verdadera síntesis? Responder a estas preguntas es el objeto único de este y los demás artículos que acerca del kraussismo nos proponermos escribir. Describiremos este ruidoso sistema, sin pasión, con verdad, con sus propios y naturales coloridos. Tan grande es nuestro empeño, tan firme es nuestro propósito de no alterar ni en un solo ápice la forma, la esencia, el conjunto de esta filosofía, que ni aun al sol de la fantasía confiaremos la fácil tarea de reproducir su exacta imagen en las planchas fotográficas. No queremos que nuestros lectores examinen el retrato; contemplarán la realidad misma, que, tal cual es, descubriendo su esencia, hablando en su propio idioma, desfilará por delante de sus ojos. Muchas son las personas que hablan hoy del kraussismo; pocas, por fortuna para ellas, son sin embargo las que hasta ahora han empleado, han perdido, en estudiarlo el tiempo y la paciencia, que para conocerlo con profundidad son indispensables.
Su valor consiste en la entonación dogmática con que se propone, las sombras misteriosas desde las cuales se anuncia, y las densas tinieblas que forman la atmósfera de error en que vive. El filósofo kraussista se expresa con la misma ambigüedad, con la propia enigmática concisión, con las extravagantes fórmulas que en sus respuestas empleaban los oráculos de la antigüedad gentílica.» (Miguel Sánchez, «Filosofía Kraussista. Su carácter», págs. 37-38.)

Ese mismo año de 1863 aparece su voluminosa refutación de Ernesto Renan: La vida de Jesús. Impugnación de M. Renan (Madrid 1863, 387 págs), y al año siguiente, el año que se conocería la compilación doctrinal que es el Syllabus, publica sobre Los santos padres (Madrid 1864, XIII+438 págs.) y traduce del italiano y anota la Historia de las herejías, por San Alfonso María de Ligorio (Madrid 1864, 2 vols.). Además ve la luz la primera entrega de sus Sermones de Cuaresma y Semana Santa.

«Cuando se publicó la Vida de Jesús, de Mr. Ernesto Renan, aparecieron en España algunos juicios críticos, más o menos extensos, que pueden considerarse como inspirados en la filosofía espiritualista. A este número pertenecen los libros del catedrático en teología D. Juan Juseu y Castanera y del presbítero D. Miguel Sánchez, los artículos del señor D. Severo Catalina que se insertaron en La Concordia…» (Luis Vidart, La filosofía española, indicaciones bibliográficas, Madrid 1866, página 163.)

«También habíamos omitido algunos escritos filosófico-sociales muy importantes, entre los cuales recordamos: la Teoría de la autoridad de D. Calixto Bernal, la Filosofía social del señor Leal, El Papa y los gobiernos populares del presbítero D. Miguel Sánchez, La verdad del progreso del académico Sr. Catalina, la Filosofía de la legislación natural del doctor Fabra Soldevilla,» (Luis Vidart, La filosofía española, indicaciones bibliográficas, Madrid 1866, páginas 203-204.)

«No terminaremos esta reseña sin citar las apreciables historias elementales de la filosofía del ilustre Balmes, del Sr. García Luna y de D. Víctor Arnau; así como también tres obras que ha poco vieron la luz pública y que se hallan muy enlazadas con la ciencia filosófica; la Historia de las herejías de S. Alfonso de Ligorio, traducida, anotada y continuada hasta nuestros días por el presbítero D. Miguel Sánchez, la Historia de la elocuencia cristiana, del Sr. Bravo y Tudela y la Historia filosófica de la religión cristiana, del Sr. José Lesen y Moreno.» (Luis Vidart, La filosofía española, indicaciones bibliográficas, Madrid 1866, página 232.)

En 1868 publicó un amplio estudio sobre Felipe II y la liga de 1571 contra el Turco (Madrid 1868, XIII+405 págs.), y tras el destronamiento de Isabel II en la gloriosa revolución de septiembre de 1868, en los inicios del sexenio revolucionario, su pluma procuró defender el lugar de la religión en el nuevo escenario político (La libertad de cultos, Madrid 1868, 32 págs.; La cuestión religiosa en las Cortes o defensa del misterio de la Santísima Trinidad, Madrid 1869, 64 págs.) y refrenar las pretensiones de la derecha primaria carlista (El derecho a la corona de España. Carta al Sr. D. Antonio Aparisi y Guijarro, Madrid 1869, 68 págs.; La fusión dinástica. Carta a un personaje carlista, Madrid 1869, 55 págs.). No sabemos al servicio de quién, con qué medios y para qué, pero se desplazó ampliamente por el extranjero en estos meses de grandes reajustes en la Iglesia de Roma (la primera sesión del Concilio Vaticano I se celebró el 8 de diciembre de 1869; la cuarta, que concluyó con la declaración dogmática de la infalibilidad pontificia, tuvo lugar el 18 de julio de 1870). ¿Quizá en el entorno de los exilados que acompañaron a Isabel II? Al parecer estaba por París cuando la Commune (marzo-mayo 1871): «Después viajó por toda Europa hallándose en París cuando ocurrieron los sucesos de la Commune, siendo entonces el sacerdote ejemplar que, cuando sus hermanos pelean, atiende sólo a restañar heridas, a secar lágrimas y a economizar sangre. De aquellos sucesos sacó provechosas lecciones que le fortalecieron en sus ideas y que le hicieron aborrecer más y más las luchas sangrientas de las armas.»

De nuevo en Madrid, en 1872 publica un voluminoso Prontuario de la Teología moral (Madrid 1872, VIII+810 págs.), una alegato contra los delirios espiritistas (Lo que es el espiritismo: carta al señor Vizconde de Torres de Solanot, presidente de una Sociedad espiritista, Madrid 1872, 116 págs.) y asume la dirección de El consultor de los párrocos, revista de ciencias eclesiásticas (que aparece el 2 de mayo de 1872 y se mantiene varios años con periodicidad semanal).

Parece ser que, durante la República, su paisano y amigo José Carvajal Hue (Málaga 1835), ministro de Hacienda (de junio a septiembre de 1873) durante la presidencia de Pi Margall, habría pensado proponerle como obispo: «Siendo ministro Carvajal, su fiel amigo, brindó al Padre Sánchez con una silla metropolitana, pero la oferta venía de la república y el honrado clérigo, conservador y monárquico, no aceptó.»

Además de la dirección de El consultor de los párrocos dispone Miguel Sánchez una serie de tratados morales, no menores, en lengua latina: Cursus Theologiae Dogmaticae, auctore Michaèle Sánchez (Matriti 1874, VIII+910 págs.); Expositio bullae Santae Cruciatae, auctore Michaèle Sánchez(Matriti 1875, XII+534 págs.); Theologia moralis Sancti Alphonsi Mariae de Ligorio. Ed. novissima, omnibus auctior, cum notis et appendicibus recentiores ecclesiae declarationes decisionesque continentibus, accurante D. D. Michaéle Sánchez, presbytero (Matriti 1876, 2 vols., IV, 543, 611 páginas). Aunque es sobre todo conocido en Madrid por su activismo en el Ateneo:

«El debate, sostenido a grande altura por los Sres. Montoro, Moret, Figuerola e Iñigo, ha decaído notablemente al terciar en él el Padre Sánchez. Este intencionado y hábil polemista incurre siempre en la grave falta de extraviar las discusiones y de agriarlas dándolas un marcado carácter personal. El incidente surgido entre él y el Sr. Figuerola ha tenido poco de instructivo y nada de ameno ni de edificante. Obstinado en traer al debate inoportunas cuestiones teológicas y en aludir a la personalidad política de su adversario, buscando sus armas en repetidas citas históricas y en artificiosas sutilezas, un tanto sofísticas; olvidándose de la lógica de sus principios que le impide condenar en los protestantes la intolerancia que justifica sin duda en los católicos; ingenioso a veces, intencionado otras, cáustico y violento casi siempre, el Sr. Sánchez, si ha mostrado que aún conserva sus antiguos hábitos de polemista, ha extraviado en cambio el debate, provocando un intempestivo y enojoso incidente, que podrá tomar mayores proporciones si en él tercian (como parece) algunos pastores protestantes, resueltos, sin duda, a perder el tiempo en la defensa de una causa muy poco simpática entre nosotros. Esperamos, sin embargo, que el debate logrará encauzarse de nuevo cuando en él tome parte el Sr. Pelayo Cuesta, autoridad de mayor excepción en todo lo que a instituciones inglesas atañe, y persona de tan probada sensatez como reconocida inteligencia.» (Manuel de la Revilla, «Revista crítica», Revista Contemporánea, Madrid 15 de diciembre de 1876, año II, tomo VI, volumen V, número 25, páginas 624-625.)

«Cierta noche, y en ocasión en que el Sr. Sánchez pedía la palabra, oímos decir a nuestro lado: «Este señor cura padece una equivocación; se dirigía a San Luis y entró distraído en el Ateneo.» […] El Sr. Sánchez ha entrado de lleno en los derroteros de la nueva apologética: no pertenece a la escuela de San Anselmo y San Bernardo; pero, en cambio, es discípulo aprovechado de Luis Veuillot. Hace bastantes años que esgrime su palabra, sutil y revoltosa, en el Ateneo de Madrid, si bien ha padecido un prolongado mutismo, ocasionado, a lo que parece, por la suspicacia clerical. […] Es un polemista escabroso; un defensor audaz del antiguo régimen; tiene bastante nervio dentro del género especial de su oratoria, y maneja con éxito ese estilo, ora místico, ora volteriano, que por medio de intencionadas burlas e incesantes sarcasmos pretende inculcarnos el amor de Dios y del prójimo. […] La verdad de todo es que estos detractores irreconciliables de la revolución, son en el fondo espíritus revolucionarios. Compárese, si no, la forma en que el Cristianismo se difundía en sus primeros tiempos con el método que hoy adoptan sus apóstoles para esparcirlo por el orbe, y se notará con claridad la profunda revolución que en su modo de ser y de propagarse se ha operado. Bajo este sentido, el padre Sánchez es un demagogo del apostolado, un descamisado del catolicismo; su temperamento no le llevará seguramente al desierto a vivir con raíces y frutas y a gozar de los inefables misterios de la soledad y del éxtasis, antes bien, le arrastrará constantemente hacia el choque ruidoso y apasionado de las ideas, hacia la invectiva, hacia la sátira; es un fanático del pasado con instintos y lenguaje democráticos. […] El Sr. Sánchez, a pesar de cuanto llevamos dicho, no es un orador católico a la moderna, en la acepción más completa de la palabra. Fáltale para esto una condición esencial, la de ser lego, joven y bien quisto de las damas. No pertenece a esa falange inquieta de fogosos mancebos que constituyen hoy la policía de la Iglesia, y que, juzgándose intérpretes únicos de la voluntad divina, vilipendian a cuantos desconocen su autoridad en materia de fe, de costumbres y de literatura. Su carácter sacerdotal le impide afectar ese buen tono y exquisita cortesanía en la intemperancia misma que tanto brillo comunica a los apóstoles con bigote y rizada cabellera.» (Armando Palacio Valdés, «Los oradores del Ateneo. Don Miguel Sánchez», Revista Europea, Madrid 25 de febrero de 1877, año IV, tomo IX, número 157, páginas 248-250.)

«El Padre Sánchez se muerde la lengua cuando habla el Sr. Figuerola. Y a propósito del Padre Sánchez: séame permitido hacer presente a mis lectores el disgusto que me aflige por haber lastimado con algunas inadvertidas palabras la intachable reputación de este orador. No ha sido mi ánimo jamás dirigir el más pequeño ataque a la digna y respetable figura del Padre Sánchez, y hago tal declaración para contestar a los cargos que me lanza desde el Consultor de los Párrocos. Nadie puede dudar de lo mucho que yo admiro al Sr. Sánchez como particular y lo mucho que le respeto como presbítero ¿Juzgaría el Sr. Sánchez que esta admiración y este respeto se han entibiado porque haya cometido el involuntario error de suponerle más aficionado a los bisteaks de las grandes poblaciones que a las raíces y frutas del desierto? Me dice en su contestación que no fuma. Nunca lo he afirmado. Es más; creo que obra muy cuerdamente no fumando, sobre todo si el cigarro le hace salivar en demasía. Me dice que tampoco bebe vino. ¿Cómo no he de estar conforme con esta saludable costumbre, cuando yo mismo, con ser racionalista, lo aborrezco? Deseo, por tanto, hacer constar que me separan del Padre Sánchez cuestiones de dogma, no de disciplina, y que no ha sido mi propósito ofender en lo más mínimo el amor que dice sentir por el ascetismo y la maceración..» (Armando Palacio Valdés, «Los oradores del Ateneo. Don Laureano Figuerola, Revista Europea, Madrid 1º de abril de 1877, año IV, tomo IX, número 162, página 409.)

«Tengo entendido que nuestro orador no se macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de otros productos ultramarinos. En cuanto a aquellos otros que el sol de Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado horror por ellos, recordando el último capítulo de Pepita Jiménez. Y no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, que después de todo no tenía ni la mitad de su talento, pues a tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver, como la de aquel, su imagen de madera honestamente vestida con muchos pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota y sirviendo de incentivo a sus castísimos arrobos. Nada más fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez un recuerdo de estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero, ¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más torpe...! ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde el Sr. Valera se agita, que no cree en la eficacia del agua de Lourdes ni en la elocuencia de la burra de Balaan! El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta sacrifiquemos nuestra opinión..» (Armando Palacio Valdés, «Los oradores del Ateneo. Don Juan Valera», Revista Europea, Madrid 15 de abril de 1877, año IV, tomo IX, número 164, página 471.)

«El Sr. Carvajal se ha distinguido siempre en las contiendas parlamentarias por el empleo de la sátira, que maneja con rara habilidad. Pues bien, este elemento, tan característico de su oratoria, lo ha hecho desaparecer así que levantó su voz en la cátedra del Ateneo, juzgando, y no sin razón, que en los severos moldes del debate científico no cabe con holgura esa referencia continua a la persona, que se observa en toda lucha parlamentaria(1). (1) Advertiré de paso que no quiero recordar al lector con estas palabras las formas empleadas en el debate por el Padre Sánchez, a quien ya he tenido la honra de dedicar un artículo.» (Armando Palacio Valdés, «Los oradores del Ateneo. Don José Carvajal», Revista Europea, Madrid 20 de mayo de 1877, año IV, tomo IX, número 169, páginas 632.)

«No soy por ningún concepto responsable de que el Sr. Vidart haya venido a exigir el lugar que le corresponde en esta galería. Por mi gusto, jamás hubiera trabado relación de ningún género con un hereje contumaz (creo que así se dice), con un iluso que se ríe de todo; de todo, hasta del Padre Sánchez. Mas ya que a ello me obliga el loco intento de escribir semblanzas de oradores profanos, es mi deseo que esta sirva de severo correctivo para la mucha impiedad del orador que va a ser tema de estos renglones. [...] El reflejo de la hoguera hirió entonces el rostro del hombre y exhalé un grito de espanto. Las facciones de aquel fantasma con gorro frigio semejaban de un modo horrible a las del P. Sánchez. El terror inundó mi cuerpo de un sudor frío, y desperté.» (Armando Palacio Valdés, «Los oradores del Ateneo. Don Luis Vidart, Revista Europea, Madrid 3 de junio de 1877, año IV, tomo IX, número 171, página 702 y 704.)

Ignoramos las razones y las circunstancias por las que vuelve de nuevo a pasar varios meses fuera de España: «Por haber estado en el extranjero desde Agosto de 1878 hasta Enero de 1880...» (Miguel Sánchez, «Un crítico criticado», Revista Contemporánea, tomo XXVIII, pág. 306, 15 agosto 1880). Por esos meses (los de la publicación de la encíclica Aeterni Patris de León XIII, restauradora del tomismo) publica en Roma: Spiritismus a se ipso confutatus, auctore D. D. Michaele Sanchez (ex Typographia Polyglotta S. C. de Propaganda Fide, Romae 1879, 63 págs.).

A partir de 1880 se convierte en colaborador esporádico de Revista Contemporánea, el proyecto iniciado cinco años antes por el neokantiano José del Perojo, en el que tanto intervino Manuel de la Revilla (incapaz ya a partir de abril de 1880), revista que acababa de ser comprada por José de Cárdenas, quien le imprimió un notable giro ideológico afín a Cánovas del Castillo, donde hasta 1886 publicó Miguel Sánchez varios artículos: «El divorcio. Cartas a Mr. Alejandro Dumas [hijo], acerca de su obra ‘La Question du divorce’» [Madrid, 13 febrero 1880, 25 de febrero de 1880...], «La cuestión de los jesuitas en Francia» (15 mayo 1880), «Los católicos de la extrema derecha y el Conde de Chambord» (30 junio 1880), «Los neo-ultramontanos franceses y el Conde de Chambord» (15 julio 1880), «Un crítico criticado. Carta al catedrático de Teología, Sr. D. Gregorio Naranjo, canónigo de Málaga» [Madrid, 7 agosto 1880], «La cuestión de Marruecos» (15 enero 1881), «Carta al Sr. Moraita acerca de su discurso de apertura de curso de la Universidad Central» (15 octubre 1884), «Carta al Sr. Montaña acerca de su obra sobre Felipe II» [Madrid, 25 octubre 1884], &c.

En estos años, mediante distintos opúsculos, se continua enemistando con los sectores católicos que se mantenían en la derecha primaria más ortodoxa, lo que sin duda hubo de afectar notablemente su equilibrio dentro del gremio clerical: Examen teológico-crítico de la obra del Excmo. Señor D. Candido Nocedal titulada ‘Vida de Jovellanos’ (Madrid 1881, 170 págs), Los intransigentes y la doctrina cristiana (Madrid 1882, 477 págs.), El regalismo. Cartas al Sr. Fernández Montaña (Madrid 1885, 126 págs.), El catolicismo y el libre-cambio, carta al Sr. Ortí y Lara (Madrid 1885, 109 págs.), Errores del Sr. Ortí y Lara acerca de la encíclica 'cum multa' (Madrid 1885, 187 págs.), Novedad e ilegitimidad del carlismo (Madrid 1886, 202 págs.). «En Febrero de 1887, S. M. la Reina tuvo a bien nombrarle rector de la iglesia patronato del Buen Suceso de la corte, cargo que a algunos pareció harto modesto, dados sus méritos.» Pero poco debió mantenerse en ese puesto, pues sólo dos años después, en otra necrológica publicada a raíz de su fallecimiento, puede leerse: «Hace tiempo que habiendo renunciado el cargo de rector del Buen Suceso, vivía humilde y modestamente en una casa de la calle de Jacometrezo, donde el estudio constituía su ocupación, olvidando en él las vicisitudes y amargura de una existencia laboriosa y llena de los sinsabores que acompañan al genio en su peregrinación sobre la tierra.»

«Ultimamente los periódicos españoles han puesto el grito en el cielo ante la idea de la alianza con Alemania indicada por el distinguido explorador D. Saturnino Giménez en el Deutschs Kolonial Zeitung, en un artículo en que se proponía la cesión a Alemania de las islas Chafarinas. Justo es confesar que la idea de una alianza con Alemania no debe achacarse ni mucho menos al Sr. Giménez, puesto que ha germinado por mucho tiempo en la mente de nuestros gobernantes. El oficial alemán Von Couring, publicó en 1878 una obra sobre Marruecos en la que inició la idea de que Alemania tomara parte en este empeño colonizador, y el padre Sánchez, en un artículo publicado a este propósito no consideraba impertinente ni inatendible esta pretensión, si bien se refería por lo que toca a Alemania a la parte occidental de Marruecos (2). (2) La cuestión de Marruecos, por Miguel Sánchez, Revista Contemporánea, febrero 1882.» (Federico Rahola, «España y Maruecos», en La Ilustración, revista hispano-americana, año 6º, nº 247, 26 julio 1885, página 467.)

«(1) Memoria Testamentaria del Sr. D. Fernando de Castro, fallecido el 5 de mayo de 1874, publicada por su fideicomisario y legatario D. Manuel Sales y Ferré, catedrático de Geografía Histórica en la Universidad de Sevilla, Madrid, imp. de E. Martínez, 1874. Vid. sobre ella un sangriento artículo de D. Miguel Sánchez en El Consultor de los Párrocos.» (Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, tomo III, Madrid 1881, pág. 803.)

«Telegramas. Madrid 8, a las 4,45 tarde. El entierro del señor [Manuel] Fernández y González ha revestido la importancia de una verdadera solemnidad, presidiendo el duelo el ministro de Fomento, señor Navarro Rodrigo, el padre Sánchez y el señor Núñez de Arce; todas las Academias estaban representadas, como asimismo todos los teatros, siendo numerosísima la asistencia de autores, escritores y periodistas.» (La Dinastía, Barcelona, lunes 9 de enero de 1888, año VI, nº 2554, página 2, columna 2.)

«Telegramas (de la prensa asociada). Madrid 22, a las 11,10 noche. Ha fallecido el célebre ateneista padre Sánchez.» (La Dinastía, Barcelona, martes 24 de septiembre de 1889, año VII, nº 3413, página 3, columna 2.)

«El padre Sánchez. La muerte inesperada del insigne escritor y hablista don Miguel Sánchez ocurrida el domingo en Madrid, ha causado honda impresión y doloroso sentimiento en cuantos conocían sus excelentes cualidades y superiores conocimientos. Hace tiempo que habiendo renunciado el cargo de rector del Buen Suceso, vivía humilde y modestamente en una casa de la calle de Jacometrezo, donde el estudio constituía su ocupación, olvidando en él las vicisitudes y amargura de una existencia laboriosa y llena de los sinsabores que acompañan al genio en su peregrinación sobre la tierra. Mentira parece que el venerable sacerdote que discutía en el Ateneo fuerte como un atleta, y al que la naturaleza había dotado de una complexión robusta que parecía asegurarle larga vida, haya caido tan pronto en el sepulcro, donde lo ha llevado una calentura que terminó en una congestión. Todos sus condiscípulos han muerto dejando brillante memoria como Revilla, o han subido a las gradas más altas del poder como Castelar y don Antonio Cánovas del Castillo; sólo el P. Sánchez se mantenía retraido sin ambicionar encumbramientos y dedicado exclusivamente a su tarea favorita, el estudio. Algunas veces le ofrecieron la mitra, y la rehusó: había nacido para polemista, y no quería ser obispo: su arma no era la pastoral, sino el discurso; pero el discurso vivo, animado, chispeante de la polémica, no el sermón, docto y erudito, pero frío. Le gustaba más la tribuna que el púlpito; y era un sacerdote ejemplar, bondadoso, afable, en quien resplandecía, sobre todo, la primera de las virtudes, la Caridad. La personalidad del padre Sánchez, envuelta en los anchos pliegues del negro manteo, era una de las más salientes del Madrid culto y científico sin los ostentosos aparatos que a veces siguen a los hombres de su talento. Nació en la provincia de Málaga, en cuyo Seminario Conciliar se distinguió por su aprovechamiento, virtud, amor al estudio, condición y ciencia profunda. La Cruz, periódico que se publicaba en Sevilla, dio a conocer sus primeros artículos donde desde luego se adivinaba al orador y publicista que había de combatir toda la vida por la religión y por la ciencia. Muy joven disintió de su obispo y se marchó a Roma, y en Roma, bajo el pontificado de Pío IX, vivió mucho tiempo, aumentando en las ricas bibliotecas del Vaticano el caudal de sus conocimientos y fortaleciendo su espíritu en las ideas que ha profesado siempre, esto es, en los principios conservadores como base de la existencia de la sociedad; pero impuestos por el convencimiento y la razón, no por la fuerza ni por la barbarie. Después viajó por toda Europa hallándose en París cuando ocurrieron los sucesos de la Commune, siendo entonces el sacerdote ejemplar que, cuando sus hermanos pelean, atiende sólo a restañar heridas, a secar lágrimas y a economizar sangre. De aquellos sucesos sacó provechosas lecciones que le fortalecieron en sus ideas y que le hicieron aborrecer más y más las luchas sangrientas de las armas. Profundo teólogo, peritísimo en apologética y en historia, escritor fecundo y polemista infatigable, su pluma y su elocuente palabra ha sido durante más de un cuarto de siglo el ariete que ha descargado golpes más formidables sobre el racionalismo, el materialismo y el jacobinismo. Dirigió periódicos políticos y notables revistas científico-religiosas; publicó folletos y libros impregnados de sana doctrina, y comentó las obras de los Santos Padres, la teología moral de San Alfonso de Ligorio y otras obras de los primeros escritos católicos. Soldado decidido de la iglesia y campeón convencido de la Monarquía, estas dos grandes causas fueron el ideal de toda su existencia, y a una y a otra ha prestado eminentes servicios. Su campo de polémicas era el Ateneo donde su ciencia y su palabra fue siempre el contrapeso de las exageraciones filosóficas y de los extravíos de escuela. Si alguna vez se le vio desaparecer de la arena, era que andaba buscando nuevos elementos en sus arsenales de batalla para reaparecer pronto con mayor denuedo y luchar con nuevos bríos. Asombraba ver que no había asunto que le fuese extraño, ni que se citase obra que no conociese. Amigos y adversarios le querían, y cuando el año pasado se presentó una proposición pidiendo que se le nombrase socio de mérito del Ateneo, la suscribieron y la votaron luego los hombres más caracterizados de todas las ideas, reconociendo por unanimidad los servicios que había prestado a aquella casa, siendo el alma de sus secciones. En Febrero de 1887, S. M. la Reina tuvo a bien nombrarle rector de la iglesia patronato del Buen Suceso de la corte, cargo que a algunos pareció harto modesto, dados sus méritos; pero los que conocíamos su humildad, recordamos perfectamente que en más de una ocasión declinó la honra de ocupar en la Iglesia una alta jerarquía. La independencia de su carácter no le permitía sujetarse a trabas ningunas y no podía acomodarse a nada que molestara sus aficiones a la cátedra y al libro. Descanse en paz el ilustre sacerdote que supo captarse como pocos la estimación y admiración de las gentes por su bondad, educación admiradísima y vasta ilustración.» (La Dinastía, Barcelona, miércoles 25 de septiembre de 1889, año VII, nº 3414, página 2, columnas 1-2.)

«Telegramas (de la prensa asociada). Madrid 23, a las 7,15 noche. Al entierro del padre Sánchez, verificado hoy, ha asistido extraordinaria concurrencia de literatos y ateneistas, catedráticos, hombres de ciencia, periodistas, autores dramáticos, poetas y artistas.» (La Dinastía, Barcelona, miércoles 25 de septiembre de 1889, año VII, nº 3414, página 3, columna 3.)

«El padre Sánchez. En el Ateneo no se le conocía por otro nombre, muy pocos le llamaban don Miguel, y en la docta casa se le quería con entrañable afecto y allí tenía infinitos adversarios pero ningún enemigo. El padre Sánchez consideraba el Ateneo como su domicilio propio; en la delectación con que andaba por las galerías del suntuoso edificio se le adivinaba lo bien que se encontraba en él, y es que el Ateneo, con su caldeado salón de sesiones y su riquísima y abundante biblioteca, satisfacía las dos grandes pasiones que borbotaban en el corazón del pobre clérigo: la de las polémicas y la de los libros. El padre Sánchez no cabildeaba nunca por los pasillos. Lo general, en cuanto uno se acercaba a las puertas del salón, era oir la voz tonante del infatigable sacerdote, vibrando con extraordinaria energía, discutiendo con gran fuego y llenando el aire con esas inflexiones convencidas que toma el acento humano cuando la razón irradia sus resplandores rápidos sobre los argumentos como las culebrinas de luz que lanzan las nubes de tormenta. Cualquiera al verle entonces transfigurado, fogoso, terrible, pensaría involuntariamente en el desabrimiento que ebería caracterizarle; nada más inexacto; fuera de la atmósfera candente de la controversia el padre Sánchez era un hombre humilde, austero, grave, parco de palabras, muy metido en sí pero atento y deferente con todo el mundo; no había más que hablarle un momento para vislumbrar la serenidad de su espíritu; contestaba siempre con una dulce sonrisa que tenía algo de rayo de sol de Octubre y al separarse uno de su persona sentía el deseo imperioso de volver a contemplar aquel semblante tan lleno de simpatía y de mansedumbre. De otra suerte, como el padre Sánchez se hallara en el local y no estuviera discutiendo ya se sabía donde ir a buscarle: a la biblioteca. Allí se le encontraba de seguro, sentado ante un librote, fijo en sus páginas, hundido en la lectura, comiéndose las hojas con losojos, devorando con la avidez del bibliófilo el contenido de los volúmenes, muy lejos del Ateneo y de la tierra.
El padre Sánchez era uno de los veteranos del Ateneo antiguo de la calle de la Montera; el elemento joven de entonces, la denominada cacharrería, con el entusiasmo espumoso de la adolescencia era partidario decidido de aquel sacerdote austero, siempre erguido en la tribuna combatiendo por sus ideas y sus creencias. Los mozos de aquella época tal vez pobre pero brillantísima del Ateneo, son hoy ya viejos o a lo menos maduros y enmedio de las luchas de la vida que les han desparramado por diferentes caminos, no olvidan entre sus recuerdos aquella silueta suave y apacible pero tenaz en sus propósitos, que compartía con Moreno Nieto y Revilla la atención del público ilustrado que asistía a las sesiones de la casa del túnel, como la llamaban algunos socios por la oscura profundidad de su portalón. El padre Sánchez poseía dos cualidades que resaltaban como las facetas más luminosas de su carácter; una gran entereza de voluntad y un espíritu amplio y transigente. Consecuencia del primer aspecto de su personalidad moral era la extrema pobreza en que vivía; su rigidez de criterio para sí propio, el ascetismo de su temperamento le hacía rechazar cuanto pareciera que tendía a socavar los principios que constituían su credo, y como la sociedad no gusta de estos hombres inflexibles, graníticos, que no se inclinan nunca, el pobre Padre se veía de contínuo abandonado y solo. Siendo ministro Carvajal, su fiel amigo, brindó al Padre Sánchez con una silla metropolitana, pero la oferta venía de la república y el honrado clérigo, conservador y monárquico, no aceptó. La tolerancia religiosa del Padre Sánchez, hija de la blandura de su corazón, le malquistó enseguida con el clero duro y atrabiliario por desgracia en nuestro país. Dotado de una mirada honda y penetrante, el buen presbítero fue a hundir el cuchillo de la crítica en la llaga siempre abierta del sacerdocio: en la política. De aquí su folleto impugnando las doctrinas de Aparisi Guijarro y sus enérgicos artículos de El Tiempo contra la causa del carlismo.
Pero el mérito mayor del Padre Sánchez, donde brillaba explendidamente su inmenso talento era en la oratoria; el modesto ateneista poseía un dominio de la dialéctica asombroso; todo razón y lógica, de tan contundente manera usaba de la argumentación que abrumaba al adversario amontonando sobre él prueba tras prueba; pocas veces necesitaba conmover para atraerse al auditorio; le bastaba con el martillo de sus objeciones; pudiera decirse que su palabra insinuante tenía algo de batán. En la réplica no se descomponía nunca y se defendía atacando a fondo, con la audacia de los grandes polemistas. No gozaba de la dicción expléndida de Castelar, ni de la forma escultural de Cánovas del Castillo, pero disfrutaba en cambio de la manera de decir ática, cortada, incisiva, aguda, elegante y sobria de los oradores de batalla avezados a la lucha. El Padre Sánchez era un bibliómano acérrimo. En los domingos del Rastro y en tiempos de ferias, podía vérsele, vestido con sus raídas ropas que aumentaban lo macilento de su figura, husmeando en los puestos de libros y revolviendo con ansia, guiado por su olfato de ratón, los volúmenes amontonados en el suelo sobre una manta o hacinados sobre las tablas verdes de un catre. De esta suerte, con increible paciencia y hallazgo por hallazgo había conseguido reunir una bibliotequita no muy numerosa pero sí escogidísima y abundante en ejemplares raros y curiosos.
Tiempo hacía que el Padre Sánchez habíase retirado de la lucha activa, y sólo alguna vez que otra volvía a la brecha en la cátedra del Ateneo. El pobre orador sentía que las fuerzas le abandonaban, que declinaba su cuerpo, y lo que era peor, que su alma, espantada de su soledad, plegaba las alas abatida. Una fiebre pertinaz, apoderada de su organismo y clavada en él con garras de halcón, íbaselo llevando poco a poco apagándole la salud con el hálito continuo de aire que consume la vela sin desleirla de una vez; pero el pobre Padre, rayano en la horrible miseria, no tenía para pagar al médico y resignándose a morir no le llamó; gracias a cierta buenísima señora que le trataba de antiguo y que le recogió en su casa tenía el infeliz un hogar donde calentarse y un techo bajo el que guarecerse. Su único ingreso era la limosna que le producía su misa en el Carmen y de esta suerte, mendigando su sustento en una sacristía como cualquier cura de misa diaria, sin llamar en ninguna puerta, ni molestar a nadie, sin quejarse, a solas con su dolor y sus apuros, ignorado, olvidado, luchando con su desdicha, con admirable mansedumbre, mal vestido, mal comido, hambriento, atarazado por la fiebre, sin otra compaña que la de sus queridos libros como el señor Mabeuí de Los Miserables, tal vez herido por la ingratitud, se ha muerto silenciosamente el Padre Sánchez sin que nadie se entere de su desgracia hasta que se hallaba agonizando. Al ver su próximo fin la señora que con el bondadoso clérigo vivía avisó a varios personajes que le trataban; ninguno acudió a tiempo; el dolor es débil, vibra poco y no llega a ciertos corazones; el único que alcanzó a recoger el último suspiro del Padre Sánchez fue Teodoro, el popular conserje del Ateneo, en cuyos brazos casi cesó de existir el pobre orador, alegrando acaso esta circunstancia la hora última del infeliz moribundo. En cambio si el desventurado Padre Sánchez ha muerto de hambre y de falta de recursos, ha tenido un entierro lujoso como cualquier eminencia en minutas, vulgo exdirector general o exsubsecretario... ¡Váyase lo uno por lo otro!....
El Ateneo ha perdido, pues, una de sus figuras características; ya solo le queda Zahonero, y cuando éste con su temperamento nervioso, espumeante y exaltado deje oír allí su voz acerada, no le saldrá ya al encuentro aquella silueta enérgica y decidida; pero suave y simpática del Padre Sánchez, ni los jóvenes estudiosos que prefieren la biblioteca al charloteo insulso, podrán consultar a aquel amable y grave lector que se bebía afanosamente los libros. Yo no sé el epitafio que se estampará en la losa del pobre clérigo, pero si la verdad no hiriese como el sol cuando se le mira de frente y con fijeza, debería de leerse en la lápida de la sepultura esta sencilla inscripción: Aquí yace el Padre Sánchez, murió abandonado!... PEREZ NIEVA. 26 Septiembre 1889.» (La Dinastía, Barcelona, domingo 29 de septiembre de 1889, año VII, nº 3418, página 1, columnas 2-4.)

«Santo Tomás por todos motivos es un portento, un genio; por su santidad, es merecedor del culto que le tributa la Iglesia; por su ciencia, es digno Patrono de todas las escuelas; por la sorprendente multitud de acabadas y magníficas obras que brotaron de su áurea pluma en los pocos años que viviera, es acreedor a la admiración de los siglos. En breves palabras ha trazado el erudito patrólogo, Presbítero D. Miguel Sánchez, los rasgos más brillantes de la preciosa vida del Doctor Angélico, y dice así: [transcribe ocho párrafos] (Los Santos Padres, por D. Miguel Sánchez, Presbítero. Madrid 1864)» (Emeterio Valverde Téllez, Crítica filosófica o Estudio bibliográfico y crítico, México 1904, páginas 34-38.)

«Miguel Sánchez López. Biog. Escritor y sacerdote español, nacido en Almojía (Málaga) en 1833 y muerto en Madrid el 22 de septiembre de 1889. Hijo de unos pobres labradores, siguió con gran trabajo la carrera eclesiástica, para la que tenía decidida vocación. Ordenado ya de presbítero, disensiones con sus superiores le obligaron a salir de Málaga, estableciéndose en Roma. Después fue director del Colegio de Gibraltar y posteriormente se trasladó a Sevilla, donde predicó con general aceptación. Finalmente, pasó a Madrid y allí alcanzó mucha reputación, tanto por sus virtudes como por sus grandes dotes intelectuales. Especialmente en las discusiones del Ateneo fue donde más brilló. Esto no obstante, su humildad le impidió brillar como merecía y rehusó una mitra que se le ofreció, aceptando sólo la rectoría del Buen Suceso. Su caridad le llevó a morir en la mayor miseria, y ni aun tenía dinero para pagar al médico en su última enfermedad. Poseía siete idiomas, y el Ayuntamiento de Málaga honró su memoria dando su nombre a una calle de la ciudad. Publicó: El papa y los gobiernos populares (1852); Impugnación de la ‘Vida de Jesús’, de Renan (1862), que antes había aparecido en las columnas de La Regeneración; Historia de las herejías (1862); Sermones (6 t., 1862); El derecho a la Corona, carta a Aparisi Guijarro; Los Santos Padres (1862); Felipe II y la liga de 1571 contra el trono (1862); Novedad e ilegitimidad del carlismo; La guardia cuidadosa; La fusión dinástica; La libertad de cultos; El espiritismo (Madrid 1897); Expositio Bulla Santa Cruciata; Theologia Moralis de san Alfonso Ligorio; El divorcio, cartas a Alejandro Dumas (Madrid 1880); Un crítico criticado (1880); El transformismo o Darwinismo; Examen teológico crítico de la obra del señor Nocedal titulada ‘Vida de Jovellanos’; Los intransigentes y la doctrina católica (1882); El catolicismo y el libre cambio. De 1872 a 1877 dirigió El consultor de los párrocos. Fue, además, redactor de El Siglo, El Triunfo y La Lealtad.» (1926: EUI 53:1229; retrato por M. Rouzé, en el Ateneo de Madrid: EUI 53:1201.)

«Pero Jovellanos es causa permanente de polémica en toda la bibliografía contemporánea, en torno a su significación moral y política. ¿Estamos ante el padre del liberalismo español o ante un reformista anclado en la tradición cristiana? Unos, como Artola, o en su tiempo el presbítero Miguel Sánchez, creen en la primero, mientras otros, como Menéndez y Pelayo y con él sus exegetas actuales, como Rodríguez Casado, Peñalver, &c., se inclinan a considerarle como un reformador cristiano..» (Rafael Benítez Claros, «Jovellanos», Enciclopedia de la Cultura Española, Editora Nacional, Madrid 1966, tomo 3, página 776.)

«Ortí y Lara atacó al krausismo a partir de las posiciones de la filosofía escolástica. El grupo de los llamados entonces neocatólicos, defensores acérrimos de los derechos tradicionales de la Iglesia y antiliberales sistemáticos, estuvo representado por Francisco Navarro Villoslada y el periódico «El Pensamiento Español», fundado por Gabino Tejado en 1860. Cabe también mencionar a Aparisi Guijarro, Nocedal, Canga-Argüelles, el padre Miguel Sánchez, Moreno Nieto, Caminero y Torres Vélez..» (Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina, «Krausismo», Enciclopedia de la Cultura Española, Editora Nacional, Madrid 1966, tomo 3, página 826.)

Silverio Sánchez Corredera, Jovellanos y el jovellanismo, Biblioteca Filosofía en español, Oviedo 2004. Parte segunda, tercera etapa: «5. El presbítero Miguel Sánchez: la revulsión del reaccionarismo sin contemplaciones.»

En Almogía lleva su nombre el «Colegio Nacional Mixto Padre Miguel Sánchez», hoy «Colegio Público de Educación Infantil y Primaria Padre Miguel Sánchez» (o «CEIP Padre Miguel Sánchez»). «En Almogía nació el 9 de octubre del año 1833 el padre Miguel Sánchez, que fue confesor de Isabel II. Fue rector del Buen Suceso y consultor de la Nunciatura Apostólica. Publicó varios libros y tuvo gran celebridad en el Ateneo de Madrid, donde se conserva un retrato suyo.» [mayo 2007 en http://www.andalucia.cc/municipal/almogia/index.htm]

Bibliografía de Miguel Sánchez López

Sobre Miguel Sánchez López en el Proyecto Filosofía en español

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