Edwin Elmore Letts
 
1890-1925
Edwin Elmore Letts 1890-1925

Brillante escritor peruano, «soldado del ideal», nacido en Lima el 18 de enero de 1890 –hijo del ingeniero Teodoro Elmore Fernández de Cordova (1851-1920) y de Irene Letts Basadre–, pretendió reorganizar el pensamiento hispanoamericano, e impulsó la convocatoria de un «Congreso Iberoamericano de Intelectuales», proyecto al que dedicó todos sus esfuerzos desde 1923, pero que no se llegó a celebrar, pues su artífice fue asesinado, en Lima, el 31 de octubre de 1925, por el poeta Santos Chocano. Falleció el 2 de noviembre y su entierro, al día siguiente, constituyó una impresionante manifestación de duelo. En 1924 había contraido matrimonio, en Italia, con Elmina de Marinis: su única hija nació poco después de quedar viuda la madre, quien, tras el asesinato de su esposo, volvió a Italia y vivió en Florencia.

«Hizo sus primeros estudios (1899-1903) en el Colegio Lima, dirigido por don Agustín Whilar. En 1904 ingresó al Forest School, Essex de Inglaterra, donde permaneció hasta fines de 1905. En 1906 prosiguió sus estudios de Instrucción Media en la condición de alumno libre, para ingresar inmediatamente después a la Escuela de Ingenieros, cuyos estudios siguió hasta 1910, en que llamadas las reservas, con motivo del conflicto surgido con el Ecuador, se presentó a las filas del ejército como voluntario para hacer su servicio militar y tomar parte en las maniobras de ese año, alcanzando en dicho servicio el grado de oficial de reserva. En 1913 inició sus estudios en la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos, de Lima, estudios que interrumpidos en 1914, fueron reanudados en 1922 y proseguidos en 1923. Fue Director Gerente de la Empresa de Agua del Barranco y Miraflores, socio, con don José Tavolai, de la negociación para la colocación de los cables subterráneos de Lima, y redactor fundador de la revista de ciencias sociales y letras, Mercurio Peruano.» («Biografía y bibliografía de Edwin Elmore», Mercurio Peruano, nº 89-90:508.)

Su activismo hispánico le llevó en 1917 a publicar en Lima un informe sobre la significación y trascendencia de la «fiesta de la raza»; y en 1919, en el Mercurio Peruano, «Sobre el españolismo de Rodó», donde ofrece «algunas de las razones que justifican el epíteto de españolista, aplicado a Rodó», quien había fallecido un año antes. La madrileña revista Nuestro Tiempo reprodujo varias de sus páginas («El Sr. Elmore dedica un artículo a la memoria del ilustre Rodó, cuya obra estaba saturada del más sano españolismo...», Nuestro Tiempo, año XIX, nº 248, Madrid, agosto de 1919, págs. 205-208).

A principios de 1923 ya tenía planeado organizar un Congreso de Intelectuales Hispanoamericanos, y busca implicar a figuras relevantes de las naciones hispanoamericanas. Pronto logra la complicidad del entonces patriarca de la filosofía cubana, Enrique José Varona (1849-1933), y el apoyo entusiasta de José Vasconcelos (1882-1959), entonces ministro de Educación de México (ver su Carta a Edwin Elmore de 23 de abril de 1923). En mayo de 1923 el Repertorio Americano publica su «Idea de un Congreso de Intelectuales Hispanoamericanos», donde, además de los nombres de Varona y Vasconcelos, aparecen implicados el colombiano Baldomero Sanín Cano (1861-1957) y el argentino José Ingenieros (1877-1925).

«Nosotros (Buenos Aires, agosto), publica un artículo de Edwin Elmore (Nosotros y la nueva era), donde se dice, entre otras cosas: "La política exterior de los países hispanoamericanos de los años comprendidos por la guerra y la «paz» que la siguió, ha sido de la más absoluta y servil abdicación de la personalidad y la independencia colectivas... En cuanto a México –nuestro amado México–, la cosa cambia de aspecto por completo. Su honrosa revolución, pictórica de virilidad y de sentido, ha revelado valores humanos de primera fuerza, que yacían oprimidos por la organización oficial de la ramplonería, la mediocridad y la ineptitud. Debido al esfuerzo recio y heroico de tal vez más de dos generaciones de hombres (no de muñecos sobornables), el nombre de México es hoy unánimemente admirado en el Continente por la gente de conciencia; y todo el que ama la libertad y tiene una idea de la misión constructiva que nos toca realizar en América, rinde homenaje de reconocimiento y de respeto a la patria de Juárez.
Dado el abrumador desconocimiento que reina entre nosotros de la labor crítica y constructiva de la brillante generación de mexicanos que, desde 1910, ha asumido la responsabilidad de sus propios destinos, arrollando pujantemente todo lo que se opone al normal y armonioso desenvolvimiento de sus aspiraciones e ideales, se hace pesado y laborioso desentrañar los orígenes del actual estado. ¿Cómo ha llegado México a producir hombres como Obregón, Caso, Vasconcelos, Lerdo de Tejada y cien más que operan, cada uno en su esfera, una vigorosa renovación de normas, leyes, costumbres e instituciones en su país? Se nos dirá: el fenómeno no es nuevo; México ha sido siempre fecundo en personajes políticos, plenos de valor y de energía... Pero ahora no se trata sólo de eso. No se trata de empíricos de la acción, no se trata de patriotas más o menos leales a una causa o más o menos afortunados en la lucha. Se trata ahora de un magnífico movimiento de madura gestación moral e ideológica; se trata del surgimiento de un grupo de hombres –todavía en su mayor parte desconocidos por nosotros– inspirados por una idea soberana, poseedores de una voluntad potente y ricos en esa generosidad y esa nobleza que sólo confieren a los hombres las grandes concepciones. No sería extraño que, en esta nueva época de nuestra historia –ciertamente más interesante y trascendente, por múltiples razones, que la de nuestra relativa independencia–, la herencia de los Miranda, Bolívar y San Martín correspondiera a los hijos de Anahuac.".» (España, Madrid, 31 de agosto de 1923, año IX, nº 385, págs. 12-13.)

En el proyecto del Congreso tenía también un importante protagonismo el habanero Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964): volviendo de Europa a bordo del Oriana le escribe Elmore –tras un «prolongado letargo que, por razones que no es del caso señalar, ha sufrido mi espíritu»– y le informa (agosto de 1924) de los avances que el proyecto ha dado en París, donde pudo exponerlo, entre otros, a los españoles Miguel de Unamuno y Eduardo Ortega y Gasset, y al argentino Leopoldo Lugones:

«A mi paso por la Habana le hablé a ud. de esta preocupación mía, acerca de la cuál le había escrito al gran maestro Varona. El proyecto de reunir en un ágape de entusiasmo y de fe a nuestros hombres más distinguidos por la riqueza y la generosidad de su intelecto, fue bien acogido por un grupo muy selecto de Habaneros, como antes había sido recibido por hombres como Vasconcelos y Sanin Cano. Diversas cartas y notas periodísticas se han producido hasta ahora en torno a esa iniciativa, pero aún no puede decirse que ha cuajado.
Volviendo a las andadas –esta vez con más fundadas esperanzas de alcanzar un resultado positivo– quiero ahora referirle algo de las impresiones que he tenido, en relación con esa idea al proponerla personalmente a la consideración de algunos de los hombres de pensamiento que habíamos juzgado dignos de participar de ese «banquete».
Son, en efecto, dignos de ese banquete Unamuno, Francisco García Calderón, Leopoldo Lugones y Eduardo Ortega y Gasset, a quienes un feliz azar me ha permitido ver; y como ellos tantos otros que, a pesar del vigor de su inteligencia y de la dignidad de su actitud, no logran imprimirles, por su aislamiento, la más ligera huella de sus designios o aspiraciones o ideales a los acontecimientos y las cosas que hoy se precipitan en nuestro continente y fuera de él, alejándonos cada vez más de la ruta anhelada.»
El caso es que solo en París, y ya al terminar mi viaje, tuve oportunidad de hablar de nuestro asunto, medio desvanecido en mi mente entre las evocaciones y los recuerdos suscitados por los paisajes, galerías y museos. Por carta –pues se hallaba en Les Salles, donde después fui a verle–Francisco García Calderón me dio la gran noticia de que Unamuno acaba de llegar a París acompañado por Dumay, el director de Le Quotidien, que había emprendido un viaje especial para arrancar de las débiles garras de los cernícalos del Directorio presa tan noble. Averigüé pronto el paradero del maestro, muy cercano a mi hotel, y en seguida fui a verle. Al llegar yo, le esperaba en su cuarto Eduardo Ortega y Gasset, cayendo luego otros visitantes. Aunque casi no había modo de poder hablar largo y tranquilamente con don Miguel, pues llovían las visitas, mediante una cita especial le consulté mi tema. El maestro, como podrá ud. suponer, no requirió explicación ninguna, y comprendió al instante los alcances de la idea y su inmediata utilidad, y hasta puedo afirmar que, de permitírselo la premura de los brevísimos días que pasaba en París (teniendo que concurrir a los agasajos que se le hicieron), le hubiera dedicado parte de su infatigable entusiasmo. Hube de conformarme con su declaración –y es bastante por cierto– de hallarse dispuesto a concurrir a la reunión, si por ventura llegase a realizarse, ¡oh esperanza de poder convocarla un día en esa encantadora Habana!... Y, a propósito: Unamuno me dijo que tal vez sería esa la sede más conveniente.
Después –y esta vez por Ventura– supe que Lugones se encontraba en el hotel Regina. Con el recio publicista bonaerense pude hablar una hora larga. Venía de Ginebra, donde trabaja en la oficina de cooperación intelectual creada por la Liga. Y, es curioso: este conspicuo miembro de un instituto formado –al parecer– para fomentar la mejor inteligencia entre todos los pueblos de la tierra, se mostró, si no por completo, casi del todo escéptico en cuanto a la idea de una posible organización hacia la práctica del «pensamiento hispanoamericano», ente cuya existencia o por lo menos cuya eficacia él pone en duda... Sin embargo, al final de nuestra charla quedaron absueltas los objeciones que él opuso al proyecto, si bien desde ahora puede adelantarse que su actitud sería negativa en el congreso. De todos modos –y él lo reconoció– sus opiniones serían muy interesantes por el hecho mismo de contrastar con el entusiasmo, a veces demasiado lírico y retórico, de los panhispanistas, que –desgraciadamente– no suelen curarse tanto de la realidad como de las palabras.
Reconociendo, como no podía menos de hacerlo un argentino, la gran trascendencia americana del proyecto, Lugones percibió muy bien todo lo que significaría para la vida espiritual del Continente y las orientaciones de su civilización, la realización de ese proyecto. No se necesita, en verdad, gran perspicacia para comprender cómo puede seducir a un hombre como Lugones la idea de sentirse convertido un día en el centro de atención de todos los seres pensantes de nuestra América. Indudablemente, si no por otras razones de ideal americanidad –pues Lugones parece cultivar cierta ideología europeísta– por la sola idea de verse elevado a una tribuna continental, el interés del publicista quedó comprometido; ¿quién, en verdad, puede adivinar las consecuencias ideológicas de conferencias semejantes?... En cuanto a esto, Francisco García Calderón, mi egregio compatriota, me demostró hallarse poseído de su serena fe y su generoso entusiasmo de siempre.» (Carta a Emilio Roig de Leuchsenring, 12 agosto 1924.)

Edwin Elmore Letts 1890-1925

Frente a la España invertebrada de la que había escrito Ortega hacía poco, con el Congreso que proyecta –cuya «organización no puede ser labor de un solo hombre, y por esto me parece conveniente poner la iniciativa en manos de una de esas instituciones (no oficiales) de cultura que en nuestros países existen»–, Edwin Elmore busca intentar precisamente «la vertebralización –por decirlo así– de nuestra rudimentaria espiritualidad» (Carta a Emilio Roig, 12 agosto 1924).

El número de octubre de 1924 de la Revista Social de La Habana, bajo el título «Un Congreso libre de intelectuales latinoamericanos», publica la carta de Elmore a Emilio Roig, y a finales de noviembre Luis Araquistain se hace amplio eco del proyecto en El Sol, de Madrid, celebrando la idea «de una posible organización del "pensamiento hispanoamericano"» y lamentando la frialdad de Leopoldo Lugones:

«También han comprendido al señor Elmore en Cuba, en Méjico, probablemente en todos los pueblos del mar Caribe, donde se siente casi a diario el vuelo caudal de las águilas norteamericanas. Pero el ilustre poeta argentino D. Leopoldo Lugones, que forma parte del organismo creado por la Sociedad de Naciones para la cooperación intelectual de todos los miembros, «se mostró, si no por completo, casi del todo escéptico en cuanto a la idea», escribe el Sr. Elmore. Y es que al Sr. Lugones le han oscurecido este problema de la cultura hispánica preocupaciones internas de su país, dignas, sin duda, de tenerse en cuenta. El Sr. Lugones cree, con perfecto derecho, que hay que optar entre una dictadura roja y una dictadura blanca o negra; entre algo como el bolchevismo y algo como el fascismo, y que lo que no sea eso equivale a perder el tiempo.» (Luis Araquistain, «Cultura hispánica. Un congreso de escritores», El Sol, Madrid, 21 de noviembre de 1924.)

El 16 de diciembre de 1924, al calor del recién conmemorado centenario de Ayacucho, firma Edwin Elmore en Miraflores una «Carta abierta al insigne maestro de la juventud hispanoamericana don Enrique José Varona», que Varona responde, desde la Habana, el 9 de enero de 1925. La revista Nosotros, de Buenos Aires, que publicó ambos documentos en febrero de 1925 (bajo el rótulo: El Comité Internacional de Cooperación Intelectual y El Congreso Libre de Intelectuales Latino-Americanos –adviértase que Elmore suele apellidar a su proyecto hispanoamericano, o iberoamericano, pero no latinoamericano–) entiende que, mediante esta carta, «que tiene el carácter de un manifiesto, propicia el escritor peruano Edwin Elmore, la realización, a un siglo de distancia, del proyecto gigantesco de Bolívar, de federar los estados hispano-americanos». Se imagina Elmore la institución que proyecta como un forum de la raza, en el siguiente párrafo:

«Por eso nosotros, los jóvenes americanos que aspiramos sólo a ser los discípulos de los discípulos de Próspero, anhelamos con vehemencia la creación de un núcleo de deliberación, propaganda y acción armónica que preste a nuestras convicciones el apoyo moral de que hoy se hallan huérfanos. Ese núcleo no puede constituirse bajo la égida de la Unión Panamericana ni bajo los auspicios de la Liga de las Naciones, porque ninguna de estas dos instituciones reúne las condiciones ni las excelencias que el criterio, desapasionado y sereno pero claro y firme, de las nuevas generaciones, considera indispensables. Sin dejar de reconocer los beneficios parciales, y limitados por circunstancia que no es del caso señalar, que tanto la Liga como la Unión han producido, nosotros contemplamos la urgente necesidad de estudiar cuestiones y resolver problemas exclusivamente nuestros y para los cuales ni la Unión ni la Liga resultan ser instrumentos adecuados. ¿Por qué no ha de poder crearse, al margen y por encima de todo prurito de patriotería hispánica, una institución permanente de estudios políticos, sociales, internacionales, &c., destinada a contemplar sistemáticamente y desde puntos de vista doctrinarios y elevados los problemas de nuestro complejo proceso de civilización? ¿No sería este instituto, forum o asamblea, un complemento, al par de la Liga y de la Unión? ¿Qué razones influyeron para que se nos condene a ese eterno desconcierto y esa eterna desvinculación moral y cultural en que hemos vivido después de los milagros de nuestra guerra de independencia? Aun desde el punto de vista de ese oficialismo neutro e ignaro de nuestras mesocracias ¿qué obstáculos insuperables se oponen a la creación de ese forum de la raza? La razón geográfica del panamericanismo ¿ha de primar sobre las razones espirituales del paniberismo? ¿puede olvidarse, al considerar estas cuestiones, el infinito número de factores y circunstancias de diversa índole que unen a los pueblos de origen hispano-portugués entre sí al par que les alejan del grupo de naciones mercantiles y bélico industriales que amalgamó la guerra de 1914? ¿pretende ignorarse ahora que de haber existido, no ya una liga política, ni una federación efectiva de nuestras naciones, sino siquiera una cordial inteligencia entre nuestros gobernantes las absurdas actitudes producidas entre nosotros ante el conflicto de las oligarquías plutocráticas no se hubieran producido?» (Edwin Elmore, Carta abierta a Enrique José Varona, Miraflores, Perú, 16 dic 1924.)

Y poco antes de terminar ese año, el 30 de diciembre de 1924, en una reunión celebrada en el Hotel Bolívar –por supuesto– de Lima (reunión abierta convocada en la prensa por siete firmantes, que inicialmente había de celebrarse en la Biblioteca de la Universidad de San Marcos), se dieron los primeros pasos para la organización efectiva del Congreso Iberoamericano de Intelectuales (al día siguiente El Comercio, de Lima, lo denominaba Congreso Libre de Intelectuales Iberoamericanos). Se acuerda constituir un «Comité central en La Habana» y la propuesta de Edwin Elmore por la que:

«2.– Serán miembros por aclamación o natos: Varona, Sanguily, Caso, Sanin Cano, Vaz Ferreira, Vasconcelos, Ingenieros, Rojas, García Calderón, Alfonso Reyes, Henríquez Ureña, Suárez, Palacios, Eugenio Garzón, Orestes Ferrara, Jacinto López, José de la Riva Agüero, V. A. Belaúnde, Madeiros de Alburquerque.» (Lima: reunión del 30 de diciembre de 1924.)

José Carlos Mariátegui, amigo de Elmore, que no había asistido a la reunión, publicó inmediatamente en Mundial, el primer día del nuevo año, un comentario en el que, apoyándose en la autoridad de la adhesión al proyecto que Luis Araquistain había publicado en El Sol, anima a la prensa a examinar y discutir seriamente la iniciativa de Elmore. Mariátegui muestra su escepticismo ante el proyecto, pero desmarcándose, por supuesto, del poeta Leopoldo Lugones y su «actitud inequívocamente nacionalista, reaccionaria, filofascista», y formula una pregunta que durante décadas ulteriores entretendrá a tantos profesores: ¿Existe ya un pensamiento característicamente hispano-americano?:

«Edwin Elmore, escritor de inquieta inteligencia y de espíritu fervoroso, propugna la reunión de un congreso libre de intelectuales hispano-americanos. El anhelo de Elmore no se detiene, naturalmente, en la mera aspiración de un congreso. Elmore formula la idea de una organización del pensamiento hispano-americano. El congreso no sería sino un instrumento de esta idea. La iniciativa de Elmore merece ser seriamente examinada y discutida en la prensa. Luis Araquistain ha abierto este debate, en El Sol de Madrid, en un artículo en el cual declara su adhesión a la iniciativa. [...] Hablar vaga y genéricamente de la organización del pensamiento hispano-americano es, hasta cierto punto, fomentar un equívoco. Un equívoco análogo al de ese íbero-americanismo de uso externo que todos sabemos tan artificial y tan ficticio; pero que muy pocos nos negamos explícitamente a sostener con nuestro consenso. Creando ficciones y mitos, que no tienen siquiera el mérito de ser una grande, apasionada y sincera utopía, no se consigue, absolutamente, unir a estos pueblos. Más probable es que se consiga separarlos, puesto que se nubla con confusas ilusiones su verdadera perspectiva histórica. Conviene considerar estos temas con un criterio más objetivo, más realista. Por haber sido tratados casi siempre superficial o románticamente, apenas están desflorados. Dejo para otro día la cuestión de la posibilidad y de la necesidad de organizar el pensamiento hispano-americano. Creo indispensable, ante todo, formular una interrogación elemental. ¿Existe ya un pensamiento característicamente hispano-americano? He aquí un punto que debe esclarecer este debate.» (José Carlos Mariátegui, «Un congreso de escritores hispano-americanos», Mundial, Lima, 1 enero 1925.)

En este artículo de primero de enero, reconoce Mariátegui que la iniciativa de Elmore, difundida hace meses por varios países hispanoamericanos, no ha sido convenientemente divulgada y estudiada en el Perú: «No he leído, a este respecto, sino unas notas de Antonio G. Garland –intelectual reacio por temperamento y por educación a toda criolla "conjuración del silencio"– aplaudiendo y exaltando el congreso propuesto». El aludido por Mariátegui, Antonio G. Garland (1891-1958), periodista, escritor y diplomático –de 1918 a 1922 fue cónsul de Perú en Barcelona– era un año más joven que Elmore (Emilio Roig nació en 1889, Elmore en 1890, Garland en 1891, Mariátegui en 1894... todos eran niños cuando el 98), y al día siguiente, con la disculpa del artículo de Mariátegui, ya le envía una carta Elmore invitándole a sumarse a la causa (Carta a Antonio Garland, 2 enero 1925).

Las navidades de 1924 a 1925 fueron fecundas para el proyecto. En su carta a Garland, le informa Elmore: «y hoy acaba de celebrarse en casa del señor Carlos Ledgard, uno de los más distinguidos fundadores de Mercurio Peruano, una reunión de hombres de letras que, habiendo sido congregada en honor de un grupo de delegados argentinos, tuvo a bien dedicarle a mi iniciativa una atención que me honra y que agradezco en lo que vale y significa».

El plan era convocar el Congreso en La Habana, y el mexicano Antonio Caso, que fue de los siete firmantes de la convocatoria pública, intervino en la reunión del día 30 de diciembre, y además figuraba entre los miembros por aclamación o natos propuestos por Elmore –quien, por supuesto, no se hacía figurar a sí mismo entre ellos–, había de trasladar personalmente a la isla ese anhelo «que ha encontrado en la raza iberoamericana de hoy inagotable fuente de espirituales energías» (como expresa Edwin Elmore al comienzo del manifiesto que para la ocasión dirigió «A los cubanos»: «Palabras dedicadas a los encargados de organizar en La Habana el Primer Congreso Iberoamericano de Intelectuales», 5 de enero de 1925). Un manifiesto por el que aparecen mencionados Próspero, González Prada, Varona, Martí, Antonio Caso, pero, sobre todo, «un profeta de Europa», que no llega a ser nombrado, aunque de él toma Elmore dos citas de tres líneas cada una, la segunda cerrando precisamente el escrito, en forma de advertencia. Este profeta de Europa, cuyo nombre no desvela Elmore, no es otro que Eugenio d'Ors, y las citas todas proceden de un mismo artículo, publicado cuatro meses antes, en el ABC de Madrid («Glosas. Europa, curada...», 28 de agosto de 1924).

Edwin Elmore Letts 1890-1925
De izquierda a derecha, primera fila: Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), Manuel Beltroy Vera (1893-1965), Edwin Elmore Letts (1890-1925), Max Arnillas Arana (1902-1974); segunda fila: Juan A. Mackay (1889-1983), C. H. Johnson, L. Cutbill, S. Rycroft & Jay C. Fields («Edwin Elmore y la Y. M. C. A. Fotografía tomada por Mr. Inrman [Samuel G. Inman], Director de La Nueva Democracia [órgano del Comité de Cooperación para América Latina CCLA]. En el campamento de la Y. M. C. A., en Chosica», Mercurio Peruano, nº 89-90, Lima, noviembre-diciembre 1925, lámina entre páginas 482 y 483.)

[ en proceso ]

«El poeta Santos Chocano ha matado en duelo en Lima al director de un diario de esa capital.» (El Sol, Madrid, jueves 5 de noviembre de 1925, página 5.)

* * *

«En la trágica muerte de Carlos Aguirre y Sánchez, como en la de Edwin Elmore, la fatalidad nos burla, viendo con sus ojos claros el caos de nuestra conciencia. [...] Y Elmore muere a manos de un fantoche, en un pueblo ensangrentado por la tiranía del doctor Leguía. [...] El Perú, con lágrimas que no rodaron, y con el unánime sentimiento de los pueblos hermanos en la lengua, ha hecho honor a Edwin Elmore. Afortunadamente, no todos los que hablamos español estamos bajo la dominación del doctor Leguía, señor de horca y cuchillo, ni excusamos con palabras zalameras al que, ayer de rodillas ante Estrada Cabrera, lame hoy la planta de Gómez en busca del bello-sino de oro. [...] Carlos Aguirre y Sánchez y Edwin Elmore, ambos trágicos, ambos grandes, pasan a la posteridad como los símbolos del espíritu nuevo y constructor de veinte pueblos de América.» (Miguel Ángel Asturias, «Carlos Aguirre y Sánchez y Edwin Elmore», 14 de mayo de 1926.)

Algunas menciones modernas a Edwin Elmore

«No podían ocurrir en Inglaterra casos como el de Santos Chocano, y el periodista Elmore en Lima. El 9 de abril de 1925 [ojo: fue el 31 de octubre], el poeta peruano José Santos Chocano disparó su revólver sobre el joven escritor socialista Edwin Elmore. Este le atacaba a causa de las simpatías de Chocano por los gobiernos de fuerza. Chocano había llamado a Elmore, en estilo potente y eufórico, «hijo del traidor de Arica». Elmore le amenazó con escupirle la cara. Chocano había respondido que si osara levantarle la mano le destaparía los sesos. Elmore falleció a consecuencias del balazo en la barriga. Síntesis de la sentencia absolutoria: Elmore comenzó, y pocos son los hombres que se dejan abofetear por otro más fuerte si tienen un revólver en el bolsillo.» (Joaquín Edwards Bello, «El periodista y su deber», en En torno al periodismo y otros asuntos, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile 1969, pág. 78.)

«Pero algo estaba cambiando en el ambiente. De repente, empiezan a llegar revistas nuevas. Una revista publicada en el Perú titulada Amauta, que publicaba un joven ensayista llamado José Carlos Mariátegui. A menudo pasaba por La Habana Edwin Elmore, un joven de una gran conciencia política y una preocupación americana, que habría de morir asesinado por Santos Chocano, algún tiempo después. Recibíamos de México un periódico titulado El Machete, que publicaba Diego Rivera.» (Alejo Carpentier, «Conciencia e Identidad de América», Discurso pronunciado en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela el 15 de mayo de 1975.)

«José Santos Chocano (1875-1934). Poeta peruano que participó en la revolución mexicana con las fuerzas del general Francisco Villa. En 1925 Vasconcelos lo atacó violentamente en un artículo titulado «Poetas y bufones». Un escritor peruano Edwin Elmore Letts defendió a Vasconcelos y Santos Chocano lo asesinó.» (Nota puesta al tratar de Chocano por los editores de José Vasconcelos, Obra selecta, Biblioteca Ayacucho, Caracas 1992, pág. 336.)

«En octubre de 1923, Haya fue desterrado por Leguía: encomendó a Mariátegui la dirección de Claridad que fue clausurada en 1924. Este mismo año Mariátegui sufre la amputación de su pierna sana. En 1925, en asociación con su hermano Julio, inauguró la Editorial Minerva en la calle de Sagástegui. El mismo día de tal inauguración Chocano mató a Edwin Elmore Letts, poco después de haber visitado a Mariátegui, quien lo había invitado a la ceremonia inaugural (oct. 1925). Citamos el hecho por dos razones: 1º porque demuestra el espíritu comprensivo y respetuoso de las jerarquías intelectuales que hasta allí anomaban a Mariátegui; 2º porque la presencia de Chocano en ese momento era un reto: estaba en plena polémica contra José Vasconcelos y los liberales peruanos, defendiendo el principio maquiavélico y leninista de las “dictaduras organizadoras”. Era el defensor de un sistema grato a la extrema derecha y después a la extrema izquierda: ambivalencia plena.» (Luis Alberto Sánchez, «Amauta: su proyección y su circunstancia», en Saúl Sosnowski (ed.), Lectura crítica de la literatura americana. La formación de las culturas nacionales, Biblioteca Ayacucho, Caracas 1996, pág. 605.)

Reivindican en mayo de 1998 al poeta asesino Chocano

La peruana ANEA –Asociación Nacional de Escritores y Artistas– y la Universidad Mayor de San Marcos, homenajearon en mayo de 1998 a Santos Chocano, para algunos «el Cantor de América», con una mesa redonda bajo el título Chocano: análisis de su proceso, con voluntad reivindicadora del poeta asesino, pues, según Dora Narrea Valdivia de Castillo, presidente de ANEA, «Se enterró a Chocano, y Chocano tuvo que salir del país. Y se le olvidó...». El diplomático y escritor Augusto Matías Elmore Holtig, hijo de Teodoro Elmore Letts y por tanto sobrino carnal de Edwin Elmore, publicó en la revista Caretas la siguiente nota, bien significativa:

«Que una entidad fantasma como la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA) quiera oficiar de médium para revivir el cadáver de José Santos Chocano, no me extraña ni alarma. Ya hace unos meses la misma institución, por así llamarla, intentó atraer la atención oficial calificando a Mario Vargas Llosa de persona no grata. Pensé entonces que cada quien tiene el derecho de ganarse la vida, aunque sea a costa de su propia vergüenza. Pero que la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de cuyos claustros salieron los miles y miles de estudiantes que, el 3 de noviembre de 1925, acompañaron y llevaron en hombros los restos de Edwin Elmore Letts, asesinado vilmente por Chocano, acompañándolo en un recorrido de kilómetros hasta el cementerio Presbítero Maestro, sea esta Universidad, digo, la que auspicie un intento de reivindicar la memoria del asesino, me parece algo abominable.
Si la convocatoria a un acto en homenaje a Chocano se tratase tan sólo de hacerle recordar a la gente que hubo alguna vez un poeta famoso y hábil en el manejo de los versos, además de pomposo, ditirámbico, solemne, y venal, vaya y pase; cada quien al fin de cuentas es dueño de sus gustos o sus malos gustos en literatura.
Pero si el acto que se ha anunciado para el día de hoy en la Casona de San Marcos tiene la intención de volver a colocar en forma simbólica en las sienes del poeta asesino la corona de laureles que por su crimen se sintió obligado a devolver a la ciudad, o la de reivindicar no su poesía ampulosa sino su memoria, mucho me temo que el acto pudiera estar revelando algo más.» (Augusto Elmore, «Reviviendo muertos», Caretas, nº 1517, Lima, 21 de mayo de 1998.)

Otras menciones recientes a Edwin Elmore

«El 31 de octubre de 1925 dio muerte a Edwin Elmore Letts, hijo del ingeniero Teodoro Elmore, quien colocó las minas que debían proteger Arica el 7 de junio de 1880. Edwin Elmore había estudiado en Europa y estaba de regreso en el Perú. No le gustaba la poesía de Chocano, lo criticó públicamente. Ante “tamaño atrevimiento”, Chocano lo llamó por teléfono y le dijo: “¿Hablo con el hijo del traidor de Arica?”. Elmore le replicó: “Eso no se atrevería a decírmelo usted cara a cara”. Luego, el joven poeta escribió una violenta carta contra Chocano y se dirigió a El Comercio para que se la publicaran. Chocano estaba en el mismo trance, pero contra Elmore. Ambos se encontraron en el salón principal de dicho diario y se trenzaron en una feroz pelea. Según Héctor López Martínez: “... las personas que presenciaron este lance no tuvieron tiempo de intervenir. De improviso el señor Chocano, que había logrado desasirse de su contendor –decía El Comercio– extrajo un revólver del bolsillo. En esos momentos, el señor Elmore dio unos pasos atrás, hasta llegar a la pared de la subdirección y la reja interior que da salida al vestíbulo. Allí se detuvo a unos tres o cuatro metros del señor Chocano. Partió el tiro: el señor Elmore se llevó ambas manos al lado izquierdo del abdomen y, después de unos segundos de vacilación, salió andando de la imprenta a la calle. Al atravesar la reja se cogió de ella, para no caer”. Fue trasladado herido al Hospital Italiano. Se le diagnosticó hemorragia interna, por lo que fue intervenido quirúrgicamente, pero falleció el 2 de noviembre. Chocano fue detenido; sufrió cárcel dorada en el Hospital Militar, donde publicó la hoja periodística La Hoguera.» (Juan Villanueva Sotomayor, Biografías: los personajes peruanos y sus obras, 2005, «José Santos Chocano», páginas 329-330, www.identidad-peru.com)

«Muere cobardemente asesinado por la espalda, por un tiro de pistola que le disparó el escritor José Santos Chocano en la puerta del edificio del diario El Comercio. Dejando viuda a su esposa embarazada Elmina, quien poco tiempo después diera a luz al único hijo del matrimonio. El hecho tuvo como origen una polémica entre José Vasconcelos, el maestro mexicano de la juventud, y el poeta José Santos Chocano. Vasconcelos había criticado sus declaraciones adhiriéndose a Lugones que, estentóreamente, se declaraba a favor de los gobiernos autoritarios. Chocano se refería particularmente al de Leguía, que ya era un gobierno dictatorial. El penalista español Jiménez de Asúa escribió en esa coyuntura un artículo muy lúcido, que comenzaba así: "Edwin Elmore, terciando en la polémica entablada entre José Vanconcelos y José Santos Chocano escribió un artículo que no quiso imprimir el diario La Crónica solidarizándose con los conceptos ideológicos sobre el primero. Chocano ha dicho que ese trabajo contenía palabras soeces, insultos, pero el que lo lee sin apasionamientos podrá convencerse que no hay posible injuria en estos alegatos de origen doctrinal, como califica Elmore el tema que se impone a desenvolver en los siguientes párrafos". Al escribir Elmore ese artículo doctrinario y a favor de la democracia, en contra de Chocano, que se había adherido a Lugones, quien pregonaba que había llegado la hora de la espada, lo lleva a La Crónica que, lejos de publicarlo, se lo hace conocer a Chocano. El poeta, que era un megalómano, al leerlo se enfureció. Y en lugar de escribir un artículo rebatiendo aquella nota, toma el teléfono para llamar a Elmore y proferir insultos contra su padre. Le espeta entonces con un "No, no, usted es el hijo del traidor de Arica", aludiendo a una especie que ningún historiador digno ha recogido. Elmore, indignado por el agravio escribe entonces una carta relatando a la letra todo el insulto que había recibido, y la lleva a publicar en El Comercio, con tan mala suerte que, minutos después, se encuentra con Chocano. En ese momento, el escritor, indignado, lo agarra de la solapa con la mano izquierda y lo abofetea con la derecha. Al narrar el hecho El Comercio, cuyo director fue testigo del hecho, dice: "De improviso, el señor Chocano, que había logrado desasirse de su contendor, extrajo un revólver del bolsillo. En ese momento, el señor Elmore dio unos pasos atrás, hasta llegar a la pared del hall... Allí se detuvo a unos 3 ó 4 metros del señor Chocano. Partió el tiro: el señor Elmore se llevó ambas manos al lado izquierdo del abdomen..." El poeta estaba fuera de sí, porque lo habían abofeteado. Estuvo unas horas en la carceleta, pero después, simulando un ataque al hígado, es llevado al Hospital Militar San Bartolomé. Lo recluyen en un cuarto con balcón a la calle donde se dan manifestaciones de sus a láteres, que eran muchos, dado que era famoso. Desde el hospital dirige La Hoguera, periódico en el que insulta al padre de Elmore, a los abogados, a los jueces, a todo el mundo que se le oponía. Seis meses después el Congreso lo indulta. Chocano lía entonces maletas, y se dirige al sur, a Chile, donde encuentra la muerte a manos de un demente. Quien a hierro mata, a hierro muere.» (http://genealogiafamiliar.net [agosto 2010])

Bibliografía selecta de Edwin Elmore

1913 «Universidades y Revoluciones» (La Unión, 6 de marzo de 1913.)

1914 «Peligro de un alejamiento entre la República Argentina y los demás países hispano-americanos» (El Comercio, 21 de julio de 1914.)

1915-1917 «Aspectos», serie de ensayos publicados en Balnearios, de Miraflores, con el pseudónimo de Silvestre Vasombrío.

«Belleza, Dibujo y Humorismo (ensayo de interpretación de una tendencia moderna en el arte del dibujo)», tres ensayos, en Balnearios, Miraflores 1915.

1916 «Plétora de universitarios y despoblación de la industria» (La Crónica, 23 de febrero de 1916.)

«Meditaciones de la playa», tres ensayos, en Balnearios, Miraflores 1916.

1917 Informe sobre la significación y trascendencia de la Fiesta de la Raza (seguido de El problema indígena desde el punto de vista del nacionalismo), en el nº 21 del Boletín de la obra Unión de Labor Nacionalista, firmado como «Alonso Quijano», Librería e Imprenta El Inca, Lima 1917, 8 páginas más portadilla.

Tema frívolo, Imprenta La Moderna, Lima 1917

1919 «Sobre el españolismo de Rodó», Mercurio Peruano, Lima, mayo de 1919, año II, número 11, págs. 364-374. Tirada aparte por Sanmartí y Cia. Impresores, Lima 1919, 13 páginas.

«Rol Social y político de la República Argentina en América» (Cultura Obrera, 2 de mayo de 1919.)

«La cuestión de México (¿Intervencionismo?)», Mercurio Peruano, nº 15, septiembre de 1919.

1920 Dos artículos (El clamor del sentimiento y La vuelta al cristianismo, dedicado a sus compañeros de la redacción de Mercurio Peruano), Lima 1920.

En torno al militarismo (propaganda para la formación de los ejércitos civiles), Imprenta La Opinión Nacional, Lima 1920, 11 págs.

«Un sacerdote de la cultura» [Eugenio D'Ors], en tres partes: Mercurio Peruano, nº 27, 29 & 30, septiembre, noviembre & diciembre de 1920.

1922 El esfuerzo civilizador y otros ensayos, El Progreso Editorial, Lima 1922, 145 páginas.

«Sobre la figuración de Unamuno en la inquietud política e intelectual de nuestros días», Mercurio Peruano, nº 47, mayo 1922.

«Meditación de un hombre», Mercurio Peruano, nº 48, junio 1922.

1923 «Nosotros y la Nueva Era», Mercurio Peruano, nº 57, marzo 1923.

«Varona, Vasconcelos, Sanín Cano y José Ingenieros. Idea de un Congreso de Intelectuales Hispano-americano», Mercurio Peruano, nº 57, marzo 1923; reproducido en Repertorio Americano, VI, mayo 1923.

«Unamuno en Yanquilandia», Mercurio Peruano, nº 58, abril 1923.

1924 El nuevo Ayacucho, Edición del Autor, Lima 1924, 25 págs.

Sobre Edwin Elmore y sobre el proceso por su asesinato

1925 Mercurio Peruano, nº 89-90, Lima, noviembre-diciembre 1925. Consagrado enteramente a su homenaje: «Edwin Elmore» (403-404); Alberto Ureta, «Edwin Elmore y sus ideas sociales» (405-409); Mariano Ibérico, «La vocación de Edwin Elmore» (410-412); José Carlos Mariátegui, «El idealismo de Edwin Elmore» (413-416); César Antonio Ugarte, «La cultura peruana según Elmore» (417-421); Manuel Beltroy: «Edwin Elmore, el precursor» (422-428), «Edwin Elmore» [poesía] (429); Juan A. Mackay, «In memorian» (430-431); José León Bueno, «Edwin Elmore en la universidad» (432-434); Juan Marinello Vidaurreta, «Proyecto de un Congreso Libre de Intelectuales Hispano-Americanos» (435-440); Edwin Elmore: «Alrededor del proyectado Congreso libre de intelectuales iberoamericanos» [carta a Varona] (441-451), «Carta al señor Emilio Roig de Leuchsenring» (453-458), «Carta al Director de Mercurio Peruano» (469-470), «Sobre el españolismo de Rodó» (471-481), «El medio antiguo. Consideraciones sobre la conquista» (482-486), «Diario íntimo. Inédito (fragmentos)» (487-494), «A sus hermanas Laura y Lily, en Londres» [seis cartas inéditas] (495-507); «Biografía y bibliografía de Edwin Elmore» (508-510); Antonio Sagarna, «Una carta del doctor Antonio Sagarna sobre Edwin Elmore» (511-512).

Algunos documentos relacionados con el asesinato de Edwin Elmore, editados por Teodoro Elmore Letts, Sanmartí y Cía. Impresores, Lima 1925, 23 páginas.

1926 Vasconcelos frente a Chocano y Lugones: los ideales americanos ante el sectarismo contemporáneo, edición y prólogo de Teodoro Elmore Letts, Lima 1926, 64 páginas.

Poetas y bufones. Polémica Vasconcelos-Chocano. El asesinato de Edwin Elmore, editado por José María Rodríguez, Agencia Mundial de Librería, Madrid [mayo 1926], 179+4 páginas.

Proceso contra José Santos Chocano por el asesinato de Edwin Elmore. Informe oral del abogado de la parte civil doctor Carlos García Gastañeta (versión estenográfica), Sanmartí & compañía, Lima [1926], 54 páginas.

Proceso completo seguido contra José Santos Chocano por la muerte de Edwin Elmore Letts. Fallado en 22 de junio 1926, Imprenta Garcilaso, Pileta de la Merced 156 [Lima], 119 páginas.

1927-1928 José Santos Chocano Gastañodi, El Libro de mi proceso, tomo I, Imprenta Americana, Lima 1927, 205 págs.; tomo II, Imprenta Americana, Lima 1928, 290 págs.; tomo III, Imprenta Americana, Lima 1928, 345 págs.

1931 José Santos Chocano Gastañodi, El Libro de mi proceso, Compañía Ibero Americana de Publicaciones, Madrid 1931, 675 páginas.

Sobre Edwin Elmore en el Proyecto Filosofía en español

   feb 1923 · Mariano Ibérico Rodríguez, Edwin Elmore, El esfuerzo civilizador
 6 abr 1923 · José Vasconcelos, Carta a Edwin Elmore
21 nov 1924 · Luis Araquistain, «Un congreso de escritores» · El Sol (Madrid)
17 dic 1924 · Waldo Frank, Carta a Edwin Elmore
30 dic 1924 · Lima: reunión del 30 de diciembre de 1924 · El Comercio [Lima 31 dic 1924]
 1 ene 1925 · José Carlos Mariátegui, Un congreso de escritores hispano-americanos
 9 ene 1925 · Enrique José Varona, Respuesta a Edwin Elmore
16 abr 1925 · Leopoldo Lugones, Un Congreso libre de trabajadores intelectuales · El Sol
17 abr 1925 · Una carta desconsoladora · El Sol
18 abr 1925 · Luis Araquistain, Lo explicable y lo inexplicable del Sr. Lugones · El Sol
20 abr 1925 · Luis Araquistain, Organización de la cultura hispánica · El Sol
31 oct 1925 · Carta de José Santos Chocano a Edwin Elmore · Dos cartas... El Sol
   nov 1925 · Teodoro Elmore Letts, Dos palabras
 6 nov 1925 · José Carlos Mariátegui · La tragedia del sábado: Edwin Elmore · Mundial (Lima)
18 nov 1925 · Por qué mató Santos Chocano · El Sol
19 nov 1925 · Luis Araquistain, Edwin Elmore · El Sol
22 nov 1925 · El artículo de Vasconcelos que dio origen a la tragedia · El Noroeste
25 nov 1925 · Por qué mató Santos Chocano a Edwin Elmore · La Voz de Menorca
 2 dic 1925 · José Vasconcelos, El trágico fin de Edwin Elmore
 6 dic 1925 · Edwin Elmore · El Estudiante (Madrid)
   dic 1925 · Edwin Elmore · Mercurio Peruano (Lima)
   dic 1925 · José Carlos Mariátegui, El idealismo de Edwin Elmore · Mercurio Peruano
 8 sep 1926 · Luis Jiménez de Asúa · Elmore y Chocano
14 sep 1926 · Luis Jiménez de Asúa · La muerte de Edwin Elmore. Chocano, homicida

Textos de Edwin Elmore en el Proyecto Filosofía en español

   abr 1919 · Revista de revistas · Mercurio Peruano
   may 1919 · Sobre el españolismo de Rodó
   jun 1919 · El triunfo del Ideal, por D. Enrique Castro y Oyanguren
   jul 1919 · Épica, José Ortega y Gasset
   ago 1919 · La cuestión universitaria (Un aspecto olvidado) · [La doctrina de Monroe]
   sep 1919 · La cuestión de México (¿Intervencionismo?)
   oct 1919 · Paralelismo y sincronismo de la evolución argentina
   may 1920 · Flos sophorum (Flor de los sabios), por Eugenio D'Ors
   jun 1920 · Baroja y Manuel Gálvez
   mar 1923 · Nosotros y la Nueva Era · México, el Perú y Bolivia, ausentes del Congreso Panamericano · La revolución intelectual en la China · Varona, Vasconcelos, Sanin Cano y José Ingenieros · Harding-Hughes versus Obregón
   abr 1923 · Unamuno en Yanquilandia · Un periodista de los que hacen falta. Julio Navarro Monzó
   may 1923 · Roberto Levillier: La tienda de los espejos

12 ago 1924 · Carta a Emilio Roig de Leuchsenring
16 dic 1924 · Carta abierta a Enrique José Varona · Nosotros [febrero 1925]
 2 ene 1925 · Carta a Antonio Garland
 5 ene 1925 · A los cubanos
25 ene 1925 · Carta a Emilio Roig de Leuchsenrings (desde Buenos Aires)
 1 feb 1925 · Carta a Alberto Zum Felde (desde Montevideo)
 2 feb 1925 · Carta a Emilio Roig (desde Montevideo)
11 feb 1925 · Carta a Emilio Roig (desde Buenos Aires)
19 feb 1925 · Carta a Emilio Roig (desde Buenos Aires)
22 feb 1925 · Carta a Amaya (desde Buenos Aires)
28 feb 1925 · Carta a Emilio Roig (desde Buenos Aires)
 7 mar 1925 · Carta a Emilio Roig (desde Buenos Aires)
12 jun 1925 · Carta abierta al señor Leopoldo Lugones (desde Lima)
   oct 1925 · Vasconcelos frente a Chocano y Lugones
31 oct 1925 · Carta abierta a José Santos Chocano · Dos cartas... El Sol

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