Filosofía en español 
Filosofía en español

Cesáreo Rodríguez y García-Loredo  1900-1967

Presbítero católico español, doctor en Sagrada Teología, canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica Metropolitana de Oviedo y profesor de religión en la universidad de esa ciudad, encargado de filosofía mientras esa cátedra estuvo vacante en los años cincuenta (hasta la llegada de Gustavo Bueno en 1960 como catedrático). Poco después “Don Cesáreo” publicó una serie de más de diez artículos en el diario Región, de Oviedo, con feroces ataques al “fratello Bono”, que era como se refería a Bueno para hacerle masón. Murió trágicamente en un accidente automovilístico: sentado “Don Cesáreo” en el asiento del acompañante, el conductor calculó mal un adelantamiento, de manera que una vara que sobresalía del tractor que estaban rebasando atravesó mortalmente al canónigo. Se dió la circunstancia de que tal suceso se produjo en las cercanías de Santo Domingo de la Calzada, por lo que el organista titular de la Catedral de Oviedo, don Ángel González Pérez, que era amigo y paisano de Gustavo Bueno, ambos naturales de esa ciudad, solía repetir que era seguro que “Don Cesáreo” iría mentando al filósofo en los momentos previos a su tránsito. “Don Cesáreo” es recordado principalmente por su libro El 'esfuerzo medular' del krausismo frente a la obra gigante de Menéndez Pelayo (Oviedo 1961, 800 páginas), copioso comentario a “un arbitrario texto orteguiano”:

«I. Un texto orteguiano. Don José Ortega y Gasset en sus Obras completas, vol. I, pág. 212 y bajo el epígrafe: Una respuesta a una pregunta, escribe así: "Por los años del 70 quisieron los krausistas, único esfuerzo medular que ha gozado España en el último siglo (1. Advierta el caro lector cómo ahí Ortega se expresa defectuosamente. Si hubiera dicho: 'el krausismo, único esfuerzo medular...', entonces la expresión sería correcta; pero en manera alguna lo es esotra: 'los krausistas, único esfuerzo medular...'), someter el intelecto y el corazón de sus compatriotas a la disciplina germánica. Mas el engaño no fructificó porque nuestro catolicismo, que asume la representación y la responsabilidad de la historia de España ante la historia, acertó a ver en él la declaración del fracaso de la cultura hispánica y, por tanto, del catolicismo como poder constructor de pueblos. Ambos fanatismos, el religioso y el casticista, reunidos, pusieron en campaña aquella hueste de almogávares eruditos que tenía plantados sus castros ante los desvanes de la memoria étnica". En ese párrafo orteguiano se injuria al Catolicismo, al par que en el ámbito filosófico e histórico se hacen afirmaciones reveladoras de la gran cerrazón mental, indocumentada crítica y desmedida petulancia de Ortega.» (op. cit., 1961, Primera parte: el 'esfuerzo medular' del krausismo, págs. 19-20.)

«Rodríguez y García-Loredo, Cesáreo: El esfuerzo medular del krausismo frente a la obra gigante de Menéndez Pelayo, Oviedo. El canónigo y profesor de Teología de la Universidad de Oviedo, Dr. D. Cesáreo Rodríguez y García-Loredo, ha deseado aportar a la fiesta del centenario de Menéndez y Pelayo una obra fundamental, que ha de leerse muy detenidamente y con espíritu abierto al aire polémico, que el autor imprime a sus páginas. En la nota que trazamos, no se puede entrar en el fondo del libro, señalando únicamente que la figura literaria y filosófica de Ortega y Gasset está presente y puesta al par y enfrente de la de D. Marcelino. El ilustre Dr. Rodríguez y García-Loredo conoce a ambos profundamente y cuanto escribe resalta ese conocimiento, admirativo sobre uno y adversario en cuanto al otro. Una obra importante, merecedora de la mayor atención El esfuerzo medular del krausismo frente a la obra gigante de Menéndez Pelayo.» (ABC, Madrid, sábado 30 de diciembre de 1961, pág. 111.)

«Pero casi lo más admirable del libro que comentamos es el garbo dialéctico, la majeza retórica, la guapeza y desenfado de las invectivas, la donosura de los insultos y demás argumentos, que nos retrotraen a los mejores tiempos polémicos de nuestro siglo diecisiete. Entendámonos: no es que el autor combata con argumentos –empleando esta palabra en su sentido dialéctico usual: “proposiciones razonadas”– las tesis “liberales”, “krausistas”, “masónicas”, “ateas”, “republicanas” o “comunistas” (términos que, como cualquier hombre medio sabe por la simple información diaria, sin necesidad de estudios, significan lo mismo). No. Los argumentos sólo se emplean contra doctrinas dignas de ellos. Por ejemplo, si se tratase de elucidar ese acuciante problema filosófico, que gravita sobre nuestras conciencias sin dejarnos descanso, de si un ángel agota o no la “especie” en sí. En este terreno, cabría enarbolar argumentos. Pero frente a los enemigos que nuestro autor combate, falta la base para esgrimirlos. Me explicaré: nuestro autor, en el ejercicio público de su función docente universitaria –quiero decir: dando clase– adelantó una división del pensamiento humano, poco extendida aún en los medios pedagógicos, pero que está llamada a alcanzar amplia difusión por su sencillez y facilidad de comprensión: según ella, los pensadores pueden dividirse en escolásticos, de un lado, y “cerdos” (mil perdones) de otro.» (Vidal Peña, “Un libro humorístico”, Autenticidad, Oviedo, 8 mayo 1962).

«Por cierto, que fue al P. Ruiz al primero a quien oí hablar de Gustavo Bueno, haciendo un juego de palabras como los que les gustaba hacer a los clérigos con Baroja, llamándole “Impío”, y metiéndole en el mismo saco que a Sartre: —A ese profesor Bueno, que en realidad es muy malo, que acaba de llegar a la Universidad, yo le suspendería también, de ser alumno mío. Porque no sabe filosofía.– Ahí el buen P. Ruiz hubiera dado en hueso, porque Gustavo Bueno era mucho mejor conocedor de la filosofía tomista que Sartre, y él mismo suele declararse tomista y marxista: a fin de cuentas, dos métodos útiles para explicar la realidad. Ya en la Universidad, el clero dejó de ocuparse de Sartre, porque nuestro profesor de religión, el inagotable D. Cesáreo Rodríguez y García Loredo, el autor de Franco rey, magnífico opúsculo sacado de su obra magna, El esfuerzo medular del krausismo contra la obra gigante de Menéndez Pelayo, que diligentemente fue requisado de las librerías por agentes de la policía político social para que no sirviera de amena lectura a los enemigos del régimen, se dedicaba a refutar a Voltaire con mucho brío. Más tarde atacó a Gustavo Bueno en una serie de artículos publicados en el diario Región, en los que le llamaba “Leoncito” y “Gustavo Adolfo de Suecia”. Considerando Gustavo que D. Cesáreo se estaba pasando en sus ataques, un buen día le abordó en el claustro, bajo la estatua del inquisidor Valdés Salas, ante la que don Ignacio de la Concha solía lamentarse diciendo: “Qué desgracia, ¡llamarle Inquisidor a nuestro Fundador!” Gustavo Bueno se acercó a D. Cesáreo, y éste le preguntó: —¿Es usted Castresana? (que era el catedrático de latín, y hombre muy piadoso). —No, soy Gustavo Bueno –contestó Gustavo Bueno en persona (y al escuchar el nombre del Maligno, don Cesáreo se enrolló el manteo a la cabeza y puso pies en polvorosa). El clero, desde el comienzo, mantuvo una actitud beligerante contra Gustavo Bueno.» (Ignacio Gracia Noriega, “Para presentar a Gustavo Bueno”, El Catoblepas, mayo 2003, 15:17.)

«El existencialismo, por lo demás, estaba de moda, tanto entre los lectores de las revistas literarias (no había número de Índice o de Acento en que no se mencionara media docena de veces por lo menos a Sartre o a Camus) como entre la gente de la calle, que tomaba el rábano por las hojas. ¿Qué era ser existencialista? Vestir de negro y padecer la “angustia vital”, que se manifestaba físicamente en el ceño perpetuamente fruncido y, a ser posible, en la palidez del rostro. Incluso la moda existencialista llegó a la Universidad, muy poco permeable a las modas. En una clase de Religión del canónigo don Cesáreo, martillo de herejes, un alumno burlón le pidió que refutara con un par de pases de castigo a los existencialistas. A don Cesáreo aquella petición, tan razonable, por lo demás, le agarró descolocado, porque él todavía estaba en la refutación de Voltaire, y subrepticiamente criticaba a su compañero de Cabildo don Rafael Somohano porque había escrito una refutación contra Sartre, alegando que a un autor tal no se debe acercar nadie ni para refutarle. Por lo general, si mencionaba a Sartre o a Unamuno, los despachaba con el calificativo de “infracerdos”, aunque Camus se libraba porque, según don Cesáreo, su madre era española, “y los españoles somos buenos razonadores”. En cuanto a lo de refutar a los existencialistas, aquel día no estuvo vivo y se disculpó: —¡Hombre!, refutar a los existencialistas en dos palabras… Pero uno de los alumnos le apuntó: —¿No es verdad, don Cesáreo, que como dicen las Escrituras, quien es sucio de cuerpo lo es de alma? ¡Pues entonces…! Aquello le pareció muy bien a don Cesáreo: —¡Ahí, ahí! Ahí dio usted en el clavo. Pero otro de los alumnos elevó la protesta quejumbrosa: —Don Cesáreo, que mi padre es carbonero, y no es existencialista. Probablemente, también, no todos los que vestían de negro eran existencialistas (por ejemplo, los curas como don Cesáreo, sin ir más lejos), pero era evidente que algunos vestían de negro por parecer existencialistas.» (Ignacio Gracia Noriega, “Los existencialistas de la Quintana”, La Nueva España, Oviedo, 1 marzo 2008.)

«No sé si al potente hidalgo [Jesús Evaristo Casariego] le gustaría haber nacido el mismo día, mes y año que Albert Camus, a quien sin duda reprocharía sus ideas “modernas”, pero las disculpada por el mismo motivo que el canónigo don Cesáreo Rodríguez y García-Loredo, quien en sus clases de Religión en la Universidad refutaba enérgicamente a Voltaire, Rousseau y Sartre con la palabra “infracerdos”, pero no a Camus, el cual no era “infracerdo” porque su madre era española.» (Ignacio Gracia Noriega, “Una semblanza de Jesús Evaristo Casariego a los cien años de su nacimiento”, La Nueva España, Oviedo, 1 junio 2013.)

«No era una ciudad dormida del todo y tampoco era la Vetusta de La Regenta, aunque los ovetenses tenían a gala suponer que podían encontrar a Ana Ozores, a don Álvaro Mejía y al Magistral a la vuelta de la esquina y don Pedro Caravia, catedrático de filosofía en el Instituto Alfonso II (“un catedrático de nuestra ciudad, que no es de Universidad, que sigue la ‘cara vía’ de Ortega”, había escrito sobre él el malévolo canónigo Don Cesáreo, el autor de El esfuerzo medular del krausismo contra la obra gigante de Menéndez y Pelayo y de Franco rey) se ufanaba de haberle contestado al canónigo don Eliseo Gallo (un elemento “progresista” en la Catedral, contra quien don Cesáreo escribió un tratado teológico en más de mil páginas, demostrando que era hereje), que le preguntó si el Cabildo de entonces era como el de La Regenta, a lo que respondió don Pedro: “El cabildo de ahora hace bueno al de La Regenta”.» (Ignacio Gracia Noriega, “De cuando la capital dejaba de ser una ciudad dormida”, La Nueva España, Oviedo, 28 febrero 2015.)

[ Razones que nos asisten a los españoles para proclamar Rey a nuestro Caudillo ]

Nuestro actual Régimen es, por su ideario, inmutable o permanente, es decir, tiene que permanecer: 1.º porque es bueno u óptimo y trae origen de una grandiosa e insuperable Cruzada; 2.° porque los españoles auténticos –que hoy son aquí la inmensa mayoría o casi totalidad– nos encargaremos de que sea permanente el mismo, cueste lo que cueste. En tal sentido, el Régimen no tiene sucesor, a lo sumo se sucede a sí mismo. La monarquía, como se sabe, está de derecho instaurada; pero, aunque al día de mañana o en el porvenir se instaure de hecho o tenga rey, no por eso cambia el Régimen o, lo que es igual, el ideario que el Régimen encarna. El futuro rey tiene que hacer plenamente suyo –“mente et corde”!– ese ideario; sino, nunca será rey de España. Mas no pensemos todavía en la instauración de hecho, ya que, por muchísimas y poderosas razones, el caudillaje de nuestro heroico e incomparable Franco debe ser vitalicio. Únicamente se podía ir pensando en eso, si los españoles nos decidiésemos –ya de una vez– a proclamar Rey a nuestro Caudillo, como también Príncipe de Asturias a su nietecito Francisco Franco. Acaso sea ésta la primera vez (al menos yo no sé de otras) que aparezca en letras de molde lo que se dice en esa última cláusula. En tiempos atrás movido estuve (pensando únicamente en el bien y grandeza de la Patria) a tratar, con la pluma, tan interesante y vital tema; quizá más adelante le dedique un folleto. Pero sostengo en absoluto la suma conveniencia de llevar a la práctica lo que en la cláusula se propone como hipótesis o condicionalmente. Ahora he aquí solamente un brevísimo e incompleto esquema sobre las razones que nos asisten a los españoles para proclamar Rey a nuestro Caudillo:

* * *

1.ª Porque ningún rey de España –desde el primer godo hasta el último borbón– mereció la corona como la merece Franco.

2.ª Porque, a excepción de muy pocos (v. g., San Fernando, los Reyes Católicos, Felipe II y…), no nos gobernó rey alguno tan bien como nos gobierna Franco.

3.ª Porque nuestro Caudillo reúne al mismo tiempo en su persona estas dos cualidades –además de otras aún superiores–, que muy pocos reyes de España lograron reunir: egregio militar y –tan certera y sabiamente– político de gran altura; hasta en sus discursos políticos supera Franco a todos los demás Jefes de Estado; entre éstos no hay ninguno que enjuicie como nuestro Caudillo los grandes problemas internacionales.

4.ª Porque Franco personifica (además de la reciedumbre, temple y grandeza de nuestra estirpe) la espléndida realidad, y a la par es símbolo glorioso, de una España renovada, rejuvenecida, potente, forjadora de un luminoso y esplendente porvenir…

5.ª Porque ya es tiempo de que los españoles elijamos y tengamos un rey que por sus venas corra sangre netamente española, que sea él enteramente indígena, lo cual es mucho más que simplemente nativo.

6.ª Porque ningún miembro de las antiguas dinastías –austríaca y borbónica– tiene el más mínimo derecho en orden a ceñirse la corona española, pues en España se extinguieron ambas dinastías: la austríaca, por consunción, y la borbónica, por deserción “de facto”.

7.ª Porque con la proclamación de Franco como Rey se evitarían los litigios y disensiones, que pueden ser graves, ya que entre las distintas ramas borbónicas hay varios pretendientes o aspirantes a la corona de España –y aún dentro de una misma rama y fuera de ella se controvierte si el candidato ha de ser el padre o el hijo–; también es muy sabido que los partidarios de un pretendiente rechazan al aspirante que apoyan otros partidarios y viceversa; sería insensato y loco que repitiésemos las guerras dinásticas y sucesorias de los siglos XVIII y XIX, pudiendo como podemos arreglar fraternalmente las cosas en el ámbito de nuestra propia casa, con personas muy nuestras y sin necesidad de buscar afuera lo que tenemos –¡y magnífico e inigualable!– dentro.

8.ª Porque el proclamar Rey a nuestro Caudillo está en la mente –ya de manera inconsciente, ya de consciente modo– del pueblo español.

9.ª Porque, celebrando a tal fin –y con todas las garantías de plena y legítima libertad y legalidad– un referéndum, es indudable que Franco sería elegido Rey clamorosamente, plebiscitariamente, por aclamación, pues los pueblos saben quiénes son sus grandes benefactores y, además, no hay español (desde los tiernos niños de la escuela –con su sobrealimentación– hasta los decrépitos y venerables ancianos –con el nunca por ellos sospechado subsidio de vejez–) que no haya recibido, beneficios de Franco…

10.ª Porque con elegir Rey a nuestro Caudillo no queda arrumbada, ni mucho menos, la tradición monárquico-española, pues lo esencial y predominante en ella es la institución o la monarquía misma, no precisamente el individuo-rey; en la larga serie de reyes nuestros se encuentran monarcas mediocres, malos y hasta bastante malos; sin embargo, nuestra monárquica tradición no sólo permanecía firme, sino que aún con su virtualidad o eficacia mantenía en pie a esos mismos reyes.

11.ª Porque no es necesario, ni muchísimo menos, que todos los monarcas sean de sangre real; la Historia Universal abona eso mismo; sin ir más lejos, recordemos a los dos Napoleones, a la actual dinastía de Suecia, &c., &c.; en la misma España, la monarquía goda fue –no rara vez– electiva; además los primeros reyes de las distintas naciones y de las diferentes dinastías mal podían ser de sangre real; todo eso de sangre real, sangre azul… es un mito racista, como el de la sangre aria de los hitlerianos o nazis, mito éste reprobado por la Santa Sede o, más en concreto, por Pío XI; en realidad no es la sangre lo que da nobleza al hombre, sino las virtudes del mismo; por eso dijeron sabia y cristianamente nuestros antepasados: “Sólo virtud es nobleza” (y entre paréntesis digo: como ello es así, sinceramente o sin adulación ni lisonja –pues nunca he adulado o lisonjeado a nadie– asevero esto, que reconocen todos los españoles sin doblez, veraces, probos: las ejemplares y excelsas virtudes de nuestro Caudillo confieren a éste nobleza “superabundante” para ser de hecho Monarca o Rey; y no quiero hacer comparaciones, porque resultarían aquí inoportunas y odiosas); en fin, que eso de la sangre no cuenta; los que se jactan por tener meramente sangre azul alardean de una cosa enteramente vanal; acaso no pocos “azules” no puedan noblemente enorgullecerse de llevar en sus venas sangre íntegramente española; los viejos y exagerados “expedientes de limpieza de sangre” –y, sobre todo, otros conocidos hechos que no pasaron por el tamiz de los expedientes– cuántas desagradables cosas revelaron sobre los orígenes –más o menos remotos– de los que tanto se preciaban de portar sangre “azul”…

12.ª Porque los españoles de hoy somos libérrimos o muy dueños de fundar y establecer –y ello es un gran honor y gloria singular para nosotros, ya que también somos un pueblo singular o el de más acusadas y originales características raciales– una dinastía nueva y muy nuestra…, iniciando así una vigorosa tradición, puesto que la de antaño se extinguió; y que nadie se admire o sorprenda porque yo hable de tradición iniciada y tradición extinguida; desde luego, todas las tradiciones comienzan; pero, una vez comenzadas, hay tradiciones ya de por sí inmutables, porque no dependen de las circunstancias de lugar, tiempo, &c.; mas también se dan otras tradiciones que son mudables por muy varios motivos, v. g., porque no se adaptan a las circunstancias de lugar y tiempo, porque envejecieron hasta llegar a lo caduco e inservible, porque ya cumplieron definitivamente su misión, &c., &c., y por lo mismo se extinguen o se debe extinguirlas; de aquí la necesidad o suma conveniencia de que se inicien otras que sustituyan a ésas; ahora al caro e inteligente lector corresponde aplicar la doctrina que acabamos de sentar.

l2.ª Porque españoles de preclarísima inteligencia y hondamente preocupados por los grandes problemas nacionales siempre suspiraron –o al menos tuvieron íntima y dolorida añoranza– por una dinastía genuinamente española; cuánto se vino lamentando –desde hace más de cuatro siglos– por nuestros hombres más egregios la prematura muerte del Príncipe don Juan, hijo y heredero en el trono de los Reyes Católicos y que se llevó al sepulcro tantas frustradas esperanzas de España; aún hoy mismo ningún español docto (y que tenga apropiado corazón para sentir y experimentar la viva, penetrante y estremecedora emoción de la Patria) visita la monumental iglesia de Santo Tomás de Ávila sin que, al contemplar el grandioso mausoleo del doncel o real mancebo, no se vea inundado de nostalgia, de tristeza y no se le arrasen de lágrimas sus ojos; el muy sentido y hondo fervor monárquico del gran Menéndez Pelayo se cifró y, como si dijéramos, polarizó siempre en torno a San Fernando (recuérdese el maravilloso discurso que sobre el santo Rey pronunció don Marcelino Menéndez Pelayo en Sevilla) y a los Reyes Católicos; no se entusiasmó ni aún con la dinastía austríaca, y muchísimo menos con la borbónica, cuya instauración en el Trono español nos acarreó todas estas magnas desventuras y males que enumera don Marcelino: afrancesamiento, frivolidad, &c., &c.; mas adviertan mis lectores que yo estoy hablando el lenguaje lícito, justiciero e inexorable de la Historia…; líbreme Dios de aludir ahora –ni remotamente, ni entre líneas– a ninguna de las supervivientes personas de dicha rama borbónica.

13.ª Porque el Comunismo en general y, en especial, los rojo-comunistas españoles con los demás compañeros de viaje y “tontos útiles” no sólo ven con buenos ojos (dado que ésos consideran o tienen en cuenta la larga permanencia de nuestro Caudillo en el poder, permanencia que prevén continuada hasta un también largo futuro) la instauración de una monarquía en España, sino que además anhelan la misma; es de suponer que tales enemigos nuestros se dan por satisfechos con un futuro rey perteneciente a la dinastía borbónica, máxime si la elección o designación de éste recae en este determinado pretendiente que (según se dijo, aunque yo no sé si ello es cierto) en tiempos pasados lanzó un “manifiesto”. Y anhelan ésos la instauración de la monarquía principalmente por estos motivos: 1.° porque así Franco (adversario número uno, entre los jefes de Estado, de los comunistas y que además no les deja hacer de las suyas en España) desaparecería del escenario o, al menos, no ejercería el más alto poder; para que desapareciese Franco los comunistas se irían aun al Infierno, si la infidelidad, apostasía y ateísmo de los mismos les dejase creer en él; 2.° porque los comunistas y demás “linaje” juzgan que esa monarquía “les serviría de puente” o cabeza de puente para dar –y lograr– el asalto definitivo a la anticomunista fortaleza española. En cambio, si eligiésemos Rey a nuestro Caudillo, todos esos experimentarían honda desazón al ver frustradas sus perniciosas y depravadas esperanzas; ¿y qué mejor señal y qué más decisiva prueba habrá que puedan inducirnos y acuciarnos para elegir Rey a nuestro Caudillo?…

14.ª Porque nuestro Franco es “otro” caudillo “semejante” al caudillo don Pelayo; he dicho “otro”, porque Franco no es un “segundo” Pelayo; también he dicho “semejante”, porque no es “igual”; y me sostengo en las afirmaciones sentadas, razonándolas así: grandes, indudablemente, muy grandes los méritos del Caudillo don Pelayo, pero mayores los del Caudillo don Francisco Franco; don Pelayo inició la Reconquista en las ingentes, roqueñas, impresionantes y maravillosas montañas de Covadonga; la batalla desarrollada –y victoriosa– en este siempre memorable y sagrado lugar fue trascendental, de magna esperanza, señera; mas don Pelayo no llevó a cabo la Reconquista; hubieron de pasar nada menos que cerca de ocho siglos, al par que iban surgiendo nuevos caudillos y reconquistadores; en cambio, Franco realizó la segunda Reconquista en menos de tres años; no en vano el tan insigne, clarividente y sabio tribuno don Juan Vázquez de Mella y Fanjul decía ya por el año 1924, ante la heroica y prodigiosa actuación de Franco en África, que se honrarían en tener a éste por compañero los mismos Hernán Cortés y Francisco Pizarro; por otra parte, el caudillo Pelayo se enfrentó con los hijos de la Media Luna, que todavía, aunque profesaban una falsa religión, eran monoteístas o creían en un solo Dios; pero el caudillo Franco tuvo que luchar estrenuamente contra los hijos de la “hoz y el martillo”, ateos de la más perversa y diabólica ralea que jamás el mundo ha visto; ahora bien: en lo que Franco debe ser “igual” a don Pelayo es en la secuela o natural consecuencia del caudillaje; así como el Caudillo don Pelayo fue por los suyos levantado (en el histórico y famoso campo del “Repelao”) sobre el pavés y proclamado Rey, también así nosotros debemos exaltar (o en la Plaza Mayor de Salamanca, o en el Espolón de Burgos, o en la Plaza de Oriente o, como lugar más evocador y hasta ungido por el óleo de la santa tradición, en Covadonga y en su “Campo del Rey Pelayo”) a nuestro Caudillo don Francisco Franco al Trono de San Fernando y de los Reyes Católicos; el Caudillo don Pelayo tenía la corona “merecida”; el Caudillo don Francisco Franco la tiene “supermerecida”; en fin, nótese esto (que corrobora la tesis que estoy propugnando o defendiendo): es muy probable que el Caudillo don Pelayo no necesitó tener sangre real para ser elegido rey; su nombre es, indudablemente, hispanorromano; su sangre (en opinión de tan insignes y sabios historiadores como Menéndez Pelayo, A. Ballesteros, &c., &c., cuyas razones en pro no voy a examinar ahora) era asimismo hispanorromana –probablemente astur–, no goda y, por lo mismo, no tenía Pelayo sangre real; luego, “a fortiori”, tampoco el Caudillo don Francisco Franco necesita en modo alguno tenerla; pero en todo caso, ya sabemos que aquí o en este asunto no cuentan ni la sangre real ni la sangre azul; basta y sobra la “magna gesta Dei per Francum” para ceñirle a éste la Corona; por lo demás, de gestas mucho menos importantes surgió el primer origen de casi todas las dinastías, como enseña la Historia.

15.ª Porque la real consorte o futura Reina debe ser –dado el tan importante papel que las reinas desempeñan en las monarquías– un modelo para los españoles; y así ha de reunir ella todo un cúmulo de altas cualidades; entre las mismas, he aquí sólo algunas: 1.ª como Reina del pueblo católico por excelencia –y, a la vez decorada ella misma con el honrosísimo y singular título de “Majestad Católica”–, ha de sobresalir por su acendrado catolicismo; pero, además, por un catolicismo no adventicio (o en cuya profesión haya mediado, como causa ocasional, una razón de Estado), sino un catolicismo connatural, como si dijéramos, o adquirido ya, poco después del natalicio, en el seno de la Iglesia Católica; nutrido a través de los primeros años de la infancia y fomentado con el ejemplo y la enseñanza de un católico y piadoso hogar paterno; desarrollado posteriormente, robustecido y practicado con exquisita fidelidad plena…; todo ello ya lleva consigo el noble y sobrenatural cortejo de tantas virtudes, que son las más altas cualidades; por eso no insisto –y la brevedad me lo exige– en enumerar otras que debe tener nuestra futura Reina, ya que implícitamente, al menos, en esa cualidad fundamental se contienen todas; ex profeso solamente sí dedico unas palabras a estotra que sigue: 2.ª sobremanera conviene que nuestra futura Reina sea española, como lo fueron las mejores Reinas de España con Isabel la Católica a la cabeza; en pro de ello muchas y obvias son las razones; al presente, a mí sólo me basta decir: una Reina española conoce mucho mejor que una extranjera –máxime si no es de origen católico– el carácter, la manera de ser, la idiosincracia, las aspiraciones, las necesidades, los defectos, las virtudes y el corazón de nuestro pueblo…; y como al conocimiento sigue el amor y éste se agranda merced a los vínculos de la sangre y de la fraternidad –como las leyes y el orden de la caridad así lo demandan–, no cabe duda que el corazón de una Reina española rebosará de amorosa ternura materna hacia sus fraternos súbditos; sucede aquí algo parecido a lo que acontece con esta aspiración –y praxis, al mismo tiempo– de la Iglesia, que es tan sabia y que conoce, como nadie en este mundo, al hombre y su humano corazón: desea la Iglesia –y de hecho viene realizando su deseo– que el Clero de los distintos pueblos o naciones sea Clero indígena… Ahora bien: todos los españoles no reñidos con la verdad y que conserven en su conciencia sólo un adarme de nobleza no pueden menos de reconocer y confesar que en Doña Carmen Polo y Vereterra, egregia esposa de nuestro Caudillo, concurren –y en eminente grado– todas esas cualidades; bien manifiestas son su ejemplar piedad católica, su tan viva caridad con los desvalidos y necesitados, su afabilidad benevolente, su exquisita prudencia en no inmiscuirse jamás en los asuntos políticos o del Estado, su natural y cristiana sencillez, nunca alterada por la vanidad, y como si Doña Carmen no supiese que es la primera Dama española y que su estirpe es de las de más raigambre, solera y abolengo de Asturias, “do viene –como decía nuestro clásico– toda nobleza” y que ha dado también esposa –Doña Jimena– a otro Caudillo célebre: al Cid Campeador… ¿Qué mejor Reina, pues, para España? Y he ahí una razón más que debe impulsarnos a elegir a Franco por nuestro Monarca.

No presento las “razones” en contra de mi tesis; por ser tan inconsistentes y falsas, yo les llamo “sinrazones”, propias de pánfilos, papanatas y topos. Además, las he ido presentando, no en forma explícita y directa pero sí equivalente y plenamente, en los apartados que preceden, al par que también las he ido refutando más que suficientemente.

A mis fraternos compatriotas españoles brindo, pues, las ideas expresadas en los párrafos que anteceden; juzgo que son acertadas; espero que la Historia me ha de dar la razón. Las he escrito pensando únicamente en el bien de la Patria y de la Iglesia; no me ha movido ninguna mira o interés terrenos, pues, por una parte, abomino de la adulación, de la lisonja… y, por otra parte, ni busco, ni apetezco, ni quiero merced alguna de los hombres; sólo aspiro ardorosa y humildemente a la “merced suprema”, y ésta, no los hombres, sino Dios puede dármela.

(Cesáreo Rodríguez y García-Loredo, El “esfuerzo medular” del krausismo frente a la obra gigante de Menéndez Pelayo, Oviedo 1961, páginas 695-703.)

Bibliografía de Cesáreo Rodríguez y García-Loredo

1929 Sintaxis comparada de las oraciones hispano-latinas simples y compuestas. Un estudio sobre los 'Hispanismos' más notables, y de algunas reglas de 'Ortología' latina según el método moderno de lectura, Talleres Tipográficos Región, Oviedo 1929, VII+161 págs.

1940 Métodos en la organización de la catequesis y procedimientos en la enseñanza del catecismo... con un estudio acerca de la historia general de aquella y singularmente en España y Asturias, Imprenta Viuda de Flórez, Oviedo 1940, 145 págs.

1941 El magno y grave problema de la escasez de clero en la diócesis de Oviedo, Imprenta Viuda de Flórez, Oviedo 1941, 102 págs.

1943 Breve estudio dogmático-moral acerca de la Santa Misa, Imprenta Botas y Flórez, Oviedo 1943, 29 págs.

1944 Vindicando el dogma y la moral. Manojo de errores periodísticos, 386 págs.

1950 El estudio de la teología entre los seglares cultos, por el Dr. D. Cesáreo Rodríguez y García-Loredo, Canónigo, Doctor en S. Teología, Licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, Licenciado en Derecho Canónico, Examinador-Juez Prosinodal y Profesor de Teología en la Universidad de Oviedo. Introducción del Excmo. Sr. D. José María Fernández-Ladreda y Menéndez-Valdés, Ministro de Obras Públicas, Universidad de Oviedo, año 1950, 575 págs. «Nihil obstat: Dr. B. Ortiz Román, Censor, Oveti, 14 Octob. 1949. Imprimatur: Dr. J. Cuesta Fernández, Vic. Capitularis, Oveti, 14 Octob.1949.» «Dedicatoria. A mis amadísimos discípulos de la Facultad de Ciencias (5º, 4º, 3º, 2º y 1er curso) de la Universidad de Oviedo. E igualmente a mis dilectísimos alumnos del Instituto Diocesano de Cultura Superior Religiosa, Dedico muy en especial este primer tomo de mi obra.» Colofón: «Este libro se terminó de imprimir en la Imprenta 'Gráficas Summa' de Oviedo, en el mes de octubre de 1949.»

1954 El estudio de la teología entre los seglares cultos, tomo II, volumen II, Universidad de Oviedo 1954, 402 págs.

1961 Un arbitrario texto orteguiano. El 'esfuerzo medular' del krausismo frente a la obra gigante de Menéndez Pelayo, Imprenta La Cruz, Oviedo 1961, 800 págs.

1964 Franco: ¿rey de España? Respuesta a una cuestión de candente actualidad, Ponce, Puerto Rico 1964, 64 págs. 2ª edición, Ponce, Puerto Rico 1965, 64 págs.

1969 Prólogo a José María Lana-Díaz, Senda gris. Poemas, Tridente, Madrid 1969, 144 págs.

Sobre Cesáreo Rodríguez y García-Loredo en Filosofía en español

Jorge Vigón, “Teología y política”, La Vanguardia Española, Barcelona, 4 octubre 1955.

Vidal Peña, “Un libro humorístico”, Autenticidad, Oviedo, 8 mayo 1962.

gbs