Ignacio Iglesias Suárez
 
1912-2005

Ignacio Iglesias Suárez 1912-2005 Periodista anticomunista español y funcionario del Congreso por la libertad de la cultura (de 1952 a 1972), antiguo dirigente del POUM, nacido en Mieres en 1912 y fallecido en París el 15 de octubre de 2005. En 1997 escribió unas Notas autobiográficas que se reproducen más abajo en su integridad y a las que remitimos para los detalles de su biografía. Terminada la guerra española fue internado en el campo de concentración francés de Argelès sur Mer, del que se escapó. Durante la guerra mundial estuvo en los campos de concentración alemanes de Dachau y Allach, de donde en abril de 1945 fue liberado por tropas norteamericanas. Unos meses después comenzó a trabajar en París en la organización yanqui International Rescue Committee, de «ayuda» a los refugiados (fundada en 1933 por militantes socialistas, gustan recordar que a sugerencia de Alberto Einstein –recién huído a Princeton– para ayudar a los perseguidos por la hitleriana Alemania: durante la Guerra Fría se convirtió en un brazo operativo de la CIA –que se fundó en septiembre de 1947–, como Eric Thomas Chester documenta en su libro de 1995 Covert Network: Progressives, the International Rescue Committee, and the CIA, transformándose de una pequeña y modesta organización a ocupar el protagonismo que aún mantiene en el presente) y después fue contratado por el Congreso por la libertad de la cultura, primero como traductor de su revista en francés Preuves, y desde enero de 1953 para hacerse cargo de la secretaría de redacción de la nueva revista Cuadernos del Congreso por la libertad de la cultura, que apareció en marzo de ese año y publicó 100 números hasta 1963. Hasta que se jubiló en 1972 trabajó para el Congreso por la libertad de la cultura, institución muy discutida desde los años sesenta por parte de algunos periodistas ingenuos e intelectuales burgueses occidentales escandalizados, no se sabe muy bien por qué, cuando se fue desvelando que tales actividades culturales eran directamente financiadas por el Imperio norteamericano a través de instituciones como la CIA, la Fundación Ford, &c., como un arma más en la Guerra Fría contra el Imperio soviético. Anarquistas y antiguos dirigentes trotskistas españoles como Julián Gómez García (Julián Gorkin), director de Cuadernos, o el propio Ignacio Iglesias (ver más abajo su conversación de 2005 con Juan Manuel Vera) conocían y aceptaban ser agentes del Imperio guasintoniano como la forma más eficaz de combatir el stalinismo y el comunismo… desde la socialdemocracia liberal.

Ignacio Iglesias

Nació en Asturias el año 1912. Periodista en activo, tuvo que salir de España como consecuencia del resultado de la guerra civil. Desde su fundación el año 1953, es redactor jefe de la prestigiosa revista «Cuadernos» del Congreso por la Libertad de la Cultura. Colabora en diversas publicaciones latinoamericanas.

Respuestas

1.ª Un arte vivo es la búsqueda ansiosa y apasionada de una nueva relación vital del hombre con las cosas, en aquello en que las cosas y el hombre encuentran su común y más elevada expresión. En este sentido puede afirmarse que todo arte representa una verdadera aventura espiritual. El artista debe embarcarse en esta aventura ansioso de buscar, conquistar y expresar la verdad; en todo caso su verdad y no la de cualquier grupo o partido político. Si no lo hace así, perderá su estilo, es decir, su arte. Y un artista sin estilo no será jamás un verdadero artista. Dudo, por otra parte, que un artista pueda hacer buen arte con sentimientos ajenos, puesto que en tal caso su obra perdería autenticidad. Ahora bien, la obra de arte es creada por el hombre para los hombres; no crea para sí, sino para los demás. Esto quiere decir, en última instancia, que la actitud creadora no es absolutamente libre, puesto que suele estar condicionada por las circunstancias.

2.ª La nacionalización del arte se me antoja la peor de las nacionalizaciones. La tutela del poder respecto al artista resulta no sólo insoportable, sino contraproducente. En efecto, el poder comienza por aconsejar y termina por dirigir implacablemente, inmiscuyéndose así en los problemas de la creación e imponiendo una estética determinada, casi siempre sirviéndose de individuos con ideas mostrencas. En las artes, como en las ciencias, como en toda la vida social, el dogmatismo es la entropía del pensamiento. El Estado, pues, debe ocuparse de otros menesteres y dejar al artista en plena libertad de creación. Si es cierto que el arte no puede ser puro entretenimiento, tampoco debe resultar mera propaganda estatal. No puedo comprender cómo un joven novelista español, que pasa por ser uno de los principales inconformistas de nuestra actual novelística y cuyo nombre no viene al caso, pudo caer en el conformismo de elogiar públicamente esta sentencia de Fidel Castro, del más puro estilo staliniano: «Dentro de la revolución, los escritores y artistas gozan de todos los derechos; contra la revolución no gozan de ninguno.» He aquí las perspectivas de un arte uniformado, que marca el paso a las órdenes de un jefe político. Por definición –afirmó Camus en cierta ocasión– el artista no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino de quienes la sufren.

3.ª El arte no es una diversión solitaria: es un medio de emocionar al mayor número posible de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y de alegrías comunes. El artista se forja precisamente en ese perpetuo ir y venir de sí mismo a los demás. El arte puro es un arte vacío, puesto que uno de los principales motivos de la creación artística es la necesidad de sentirse esenciales con respecto al mundo en que vivimos. ¿La misión del artista es estética o social? Pregunta ociosa, que dimana de esa permanente controversia que opone el fondo a la forma y viceversa, lo cual sólo produce tautología y perogrulladas. Considero que existe o debe existir en la obra de arte una relación estrecha entre el tono y el pensamiento, o sea entre la forma y el fondo. En la obra artística no se puede prescindir de una cierta perfección, que no siempre es formal. No se es artista por haber elegido determinado arte, sino por haber decidido hacerlo de cierta manera. ¿No es verdad que consideramos una obra como completa cuando despierta nuestro interés y nos produce al mismo tiempo un placer estético? A fin de cuentas, ni realismo que excluya el libre juego de lo creativo, ni formalismo que trate de volar por encima de las cosas.

4.ª Sí, y no sólo para el artista. Digamos, empero, que el artista tiene necesidad de ser independiente, pero asimismo y sobre todo de sentirse independiente, incluso en aquellos casos en que esa independencia no pase de ser ilusoria. Arte y cultura son la expresión de la más profunda libertad.

5.ª Indudablemente, más de veinte años de ausencia pesan mucho en la vida para que uno pueda considerarse integrado en la actual sociedad española. Quiérase o no, la visión de España está condicionada en mi caso por la situación y talante del exilio. Ahora bien, tampoco me considero totalmente aislado o desarraigado de España. Mis ocupaciones y preocupaciones continúan girando en torno a la órbita hispana, de la que no quiero ni puedo escapar. Al fin y al cabo, la españolidad es algo más que un mero accidente geográfico. Y si bien es cierto que el alejamiento físico impide disponer de una visión completa de la realidad española, no lo es menos que permite ver las cosas con mayor objetividad y más amplia perspectiva. Se me antoja que el transterrado –para utilizar una expresión del amigo Ferrater Mora– ha logrado, como venturosa contrapartida de no pocos sinsabores, dilatar sus horizontes mentales y por ende curarse de ese provincianismo tan español. Se aprende mucho más cuando se sale de la jaula patria, en primer lugar que la convivencia no es una vana palabra...

6.ª La actitud del artista debiera de ser ésa, sea cualesquiera la naturaleza de la sociedad en que vive. Sólo un orate puede volverse de espaldas a las terribles realidades actuales y proclamarse ajeno a cuestiones que afectan al conjunto de la humanidad. Por desgracia, no siempre es así. Bastantes intelectuales pasan de un conformismo a otro y de una servidumbre ideológica a otra en nombre del progreso, por caer en el error de identificar a los humillados y oprimidos con un partido político cualquiera. En el mundo –escribió el cubano Martí– ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz.

Sergio Vilar, Manifiesto sobre Arte y Libertad.
Encuesta entre los intelectuales y artistas españoles,

Barcelona 1964, páginas 185-188.

 

Notas autobiográficas (1997)

Nací en 1912, en el corazón de la cuenca minera asturiana. Mi padre, Marcelino Iglesias, fue minero picador, y mi madre, Orosia Suárez, tenía un pequeño taller de costura. Mi tío Nemesio Suárez fue uno de los fundadores de la Federación Socialista Asturiana, en 1901, y su nombre figura en el libro de Andrés Saborit Asturias y sus hombres (Toulouse 1964). Otro de mis tíos, hermanastro de mi padre, Benjamín Escobar, fue asimismo fundador del Partido Comunista en Asturias, en 1920, y también es mencionado en el citado libro de Saborit. Mi padre, que militaba desde muy joven en las Juventudes Socialistas, abandonó éstas en el momento de la escisión entre los que quisieron ser fieles a la II Internacional y los partidarios de la III Internacional creada por los bolcheviques rusos, pero no se adhirió al naciente PC. A partir de entonces se dedicó exclusivamente a tareas sindicales y participó en la creación del Sindicato Único de Mineros, del que fue uno de sus dirigentes. Tanto mi padre como su hermanastro Escobar sufrieron persecuciones y encarcelamientos durante la dictadura militar del general Primo de Rivera. El hecho de trabajar mis padres y ser hijo único propició el que pusieran el máximo interés en mi educación. Hice mis estudios de bachillerato, como alumno libre, en el Instituto Jovellanos de Gijón, y luego, en la misma ciudad, en la Escuela Industrial, los de Perito Mecánico y Técnico Industrial, con el propósito de acabar siendo ingeniero, propósito frustrado a consecuencia de la revolución de octubre de 1934.

Comencé a militar muy joven y a finales de 1930 fundé con un amigo de entonces la Juventud Comunista en Sama de Langreo, centro de la cuenca minera del Nalón; a las pocas semanas, por orden de la dirección del PC de Asturias, fui expulsado acusado de trotskista. Establecí correspondencia epistolar con Juan Andrade y Andrés Nin e ingresé en la Oposición, convertida más tarde en Izquierda Comunista. Organice en mi pueblo un pequeño grupo y colaboré en la revista Comunismo, órgano teórico de los trotskistas españoles.

En el Archivo Histórico de Salamanca se encuentra la carta que firmé solicitando el ingreso de nuestra organización en Asturias en la Alianza Obrera, que luego dirigió el movimiento insurreccional de octubre de 1934. Durante el mismo fui miembro del Comité local y tras su fracaso logré escapar y llegar a Madrid. Allí estuve un par de meses, transladándome luego a Barcelona a petición de Nin. Colaboré cotidianamente con él durante poco más de un año, pues en abril de 1936 regresé a Asturias. Mi contacto con Nin me fue muy enriquecedor, pues reforzó en grado sumo mi formación política e intelectual.

Participé activamente en la formación del POUM y en la hora actual soy el único superviviente de la reunión fundacional, celebrada el 29 de septiembre de 1935 en el domicilio del recientemente fallecido Francisco de Cabo. Asistieron, por el Bloque, Maurín, Bonet, Arquer, Rovira y Coll, y por la Izquierda Comunista Nin, Molins y yo. El Comité Ejecutivo del POUM quedó integrado por todos los mencionados, salvo yo, designado para dirigir las Juventudes junto con Germinal Vidal, Pedrola, Solano y Gelada, todos ellos del Bloque. A causa de mi regreso a Asturias, meses después, puede decirse que prácticamente no participe en sus tareas.

El 18 de julio de 1936 formé parte de una columna, en su mayoría mineros, que se proponía llegar a Madrid e impedir allí la sublevación militar. Ocupamos León el 19 a la madrugada y en la noche del mismo día, ya en Benavente, provincia de Zamora, enterados de que en León y Oviedo se había sublevado el Ejército, decidimos regresar a Asturias en autocares, eligiendo carreteras secundarias y pasando el Puerto de Leitariegos, a más de 1.500 metros de altura, hasta llegar al frente de las afueras de Oviedo, ya en manos de los sublevados, el 21 de julio. Allí estuve varios días, hasta que, reclamado por el Comité de Sama de Langreo, volví para ocupar el mismo puesto que en octubre de 1934.

Enfrentado una vez más a los stalinistas, decidí irme a Bilbao, para estar al lado del camarada José Luis Arenillas, médico de profesión, el cual desempeñaba la función de Inspector general de Sanidad del Ejército del Norte. En realidad, lo que me proponía era dar el salto a Francia, para seguir luego hasta Barcelona y ponerme allí a las órdenes de mi organización. Gracias a la ayuda del presidente del Gobierno de Cantabria, el socialista Juanito Olazábal, pude embarcar en un barco de pesca que zarpó del puerto de Santander a primeros de enero de 1937, pero la presencia de un buque de guerra franquista malogró el intento de llegar a Francia, pudiendo al fin atracar en Castro Urdiales; unos días después logre embarcar en un yate muy veloz, que salió de Bilbao y de noche, casi pegado a la costa, logrando alcanzar el puerto francés de Bayona. En tren viajé hasta Barcelona, a donde llegué a mediados del mes de enero de 1937.

Por decisión del Ejecutivo me incorporé inmediatamente a la redacción de nuestro diario, La Batalla, como redactor político; escribí la mayor parte de los editoriales y varios artículos y comentarios. Suspendido el periódico como consecuencia de los hechos de mayo, Nin me envió a Lérida en compañía del amigo Víctor Alba, redactor también de La Batalla, para intentar editarla allí. En Lérida recibimos la noticia de la detención de Nin y el inicio de la represión comunista contra los poumistas. Regresamos a Barcelona, ya arrojados a la clandestinidad. Puesto en relación con Arquer, que aún estaba en libertad, me ocupé con él de editar La Batalla clandestina. Conté entonces con una documentación falsa que me facilitó, en nombre del Consejo de Asturias, replegado a Barcelona, el diputado socialista Amador Fernández, asturiano y conocido de mi padre.

En el verano de 1938, con las sucesivas direcciones del POUM encarceladas y ya sin posibilidad de acción política alguna, busqué refugio en una unidad militar anarquista. Previamente me entrevisté con varios miembros de la sección Defensa del Comité Nacional de la CNT, instalado en un edificio de la Vía Layetana, en Barcelona, a los que expuse quién era y lo que deseaba. Me acogieron muy bien y me dieron una carta para Antonio Ortiz, militante anarquista que mandaba la 24 División y estaba instalado en Seo de Urgel. Éste también me acogió con gran simpatía y me envió a la 119 Brigada Mixta, cuyo 569 Batallón estaba al mando de un cenetista asturiano. Éste resultó ser un joven minero de mi pueblo, que conocía mucho a mi padre. A su lado estaba, pues, tranquilo y libre de los stalinistas. Meses después pasó a mandar la brigada y aprovechó esta circunstancia para inscribirme en la Escuela de Guerra de Barcelona, aduciéndome que lo había hecho sin decirme nada para evitarme ir a la batalla del Ebro, para donde tenía que marchar mi unidad. Ingresé en la Escuela de Guerra con el nombre de Ignacio Andrés I. Suárez, para evitar ser reconocido por algún comunista. Con los demás alumnos y profesores efectué la evacuación a Francia, acabando en el campo de concentración de Argelès Sur Mer, cerca de la frontera franco-española.

Merced a la ayuda de unos militantes del PSOP, partido socialista de izquierda dirigido por Marceau Pivert, muy próximo al POUM, logré huir del campo y ocultarme en Perpiñán, de donde me dirigí hacia el este de Francia, pasando unos cuantos días en Besanzón acogido por un matrimonio del PSOP, hasta ingresar luego en un albergue para refugiados españoles establecido en Pontarlier, cerca de la frontera suiza. Allí conocí a la que siete años después sería mi esposa. Y también a un comunista que había sido chófer en el consulado soviético de Barcelona, el cual me denunció de no sé qué actividades, por lo cual fui encerrado en un castillo próximo y luego conducido de nuevo al campo de Argelès. En enero de 1940 pude salir del campo para ir a trabajar a Dijon, donde los camaradas del PSOP me habían obtenido un contrato de trabajo. Allí me encontré con el compañero Alberto Aranda, fallecido hace unos meses en Madrid. Trabaje unos meses en un taller mecánico, hasta que el avance de las tropas alemanas hizo que tuviera que irme. En junio llegué a Toulouse, donde me junté a Wilebaldo Solano y otros camaradas del POUM.

Solano y yo nos fuimos a Montauban, no lejos de Toulouse. Para abreviar diré que los dos fuimos detenidos, junto con algunos más del POUM. Los días 17 y 18 de noviembre de 1941, una quincena de poumistas –Andrade, Solano, Rodes, &c.– comparecimos ante la sección especial del Tribunal militar, acusados, ¡colmo de la ironía!, de "actividades comunistas". Las condenas variaron de los cinco años de cárcel que sufrió Andrade a los veinte años de trabajos forzados recibidos por Solano. Las sentencias fueron publicadas por el diario La Dépêche, de Toulouse, el 27 de noviembre: yo figuraba con una condena de "12 años de trabajos forzados, degradación cívica y diez años de prohibición de residencia en Francia". Los condenados a trabajos forzados, seis en total, fuimos trasladados al presidio de Eysses el 15 de octubre de 1943.

El 30 de mayo de 1944, las tropas alemanas nos llevaron –salvo a Solano, que se encontraba en la enfermería– al campo de concentración de Dachau, Baviera, cerca de Munich. El 6 de julio fui destinado al comando de Allach, un pequeño campo de trabajo –unos 8.000 deportados– situado entre Dachau y Munich. El 30 de abril de 1945 nos liberó una unidad del ejército norteamericano, integrada en su mayor parte por chicanos mejicanos, al mando de oficial californiano, profesor, que hablaba un perfecto castellano. Permanecí en cuarentena hasta el 25 de mayo, fecha en que fui repatriado a Francia, para llegar una vez más a Toulouse en los primeros días de junio. He de señalar, como hecho curioso, que durante mi encarcelamiento en Montauban, antes de ser conducido a Alemania, fui amnistiado por el gobierno del general De Gaulle, merced a una ordenanza del 1 de julio de 1943 fechada en Argel.

Tras unas semanas de descanso para recomponer el estado físico –casi cinco años de prisión y de deportación, amén del tiempo pasado en los campos franceses– me trasladé a Burdeos, donde había un buen grupo del POUM. Solano había reanudado la publicación de La Batalla en Burdeos, hacia el mes de junio de 1945. No recuerdo si cuando llegué Solano continuaba allí o ya se había ido a París, donde se encontraban algunos compañeros: Andrade, Bonet, Rodes, &c. En todo caso pronto me fui también a la capital francesa, donde se estableció la dirección del POUM. El Comité Ejecutivo en el exilio quedó constituido por Bonet, Solano, Rodes, Roc y yo mismo, si la memoria no me es infiel. La Batalla veía la luz cada quincena y además se editaban boletines y hojas de información. El partido quedó reorganizado a base de los centenares de antiguos militantes, repartidos por toda la geografía francesa. Y se establecieron relaciones continuas con los camaradas quedados en España o salidos ya de la cárcel, en particular con los de Cataluña, que se habían organizado clandestinamente. Sin embargo, pronto sufrimos un primer contratiempo: unas docenas de compañeros, dirigidos por los antiguos dirigentes del POUM Arquer y Rovira, nos abandonaron para crear un nuevo partido, el Moviment Socialista de Catalunya.

Colaboré muy asiduamente en La Batalla, con mi nombre o empleando los seudónimos de Andrés Suárez, Luis Soto, Ramón Puig, &c. También fui su director durante unos meses. Al mismo tiempo me ganaba la vida trabajando en un organismo norteamericano de ayuda a los refugiados, cuya sección española dirigía nuestro camarada Rodes, de Lérida. Cesé en ese trabajo de secretario-intérprete el 31 de marzo de 1952, a causa de una reducción de personal. Trabajé luego, durante unos meses y con carácter provisional, en la administración de un diario parisino, Franc-Tireur, en donde ya trabajaba otro buen amigo y camarada, Josep Rebull. Asimismo hice unas traducciones para la Editorial Poseidón, de Buenos Aires, que me había procurado mi viejo amigo Francisco de Cabo, que residía entonces en la capital argentina. Por último, en enero de 1953, gracias igualmente a otro compañero y amigo, Víctor Alba, entré en la Asociation Internationale pour la Liberté de la Culture, para ocuparme de la secretaría de redacción de Cuadernos, revista en lengua española destinada sobre todo a los países iberoamericanos; la sucedió Mundo Nuevo, que existió hasta abril de 1971. Me ocupé, por último, de la revista de ciencias sociales Aportes, hasta octubre de 1972, fecha en que me jubilé.

Creo que mi último artículo publicado en La Batalla lleva la fecha del 12 de junio de 1953, que debe corresponder, poco más o menos, a mi apartamiento del POUM. Ya hacía algún tiempo que habían surgido mis discrepancias. La principal correspondía a la llamada entonces cuestión rusa, mejor dicho a la caracterización del régimen soviético. Al contrario de lo que pensaban los trotskistas y otros más o menos próximos a sus puntos de vista, hacía años que yo consideraba que la URSS se había convertido en capitalismo de estado y la burocracia en una nueva clase social dominante, explotadora y poseedora. Expuse estos puntos de vista con el seudónimo de Andrés Suárez, en artículo titulado "Las nuevas tendencias de la economía política rusa", que salió en La Batalla el 1 de febrero de 1947. Abundé en los mismos argumentos en una serie de cuatro artículos, publicados de agosto a diciembre de 1951, también en La Batalla, con el título general de "Burocracia y capitalismo de Estado". Y, finalmente, el 15 de agosto de 1952, apareció en boletín interno mi proyecto de tesis "La URSS. De la revolución socialista al capitalismo de Estado", que firma conmigo el compañero Josep Rebull. Desde luego, hace cincuenta años mis puntos de vista respecto a la Unión Soviética resultaban muy minoritarios, incluso en el POUM. Abandoné, pues, el partido silenciosamente, sin tratar de formar grupo alguno y menos aún buscar refugio en otra organización, actitud que he mantenido hasta el día de hoy. Mas desde entonces no he dejado de mantener relaciones amistosas con todos y cada uno de mis antiguos camaradas. El POUM representó muchísimo para mí y a ese recuerdo me atengo.

Durante los años que van desde mi regreso del campo de concentración nazi, a mediados de 1945, hasta mi jubilación en octubre de 1972, sobre todo, he escrito y publicado mucho, primero en La Batalla y luego en distintas revistas hispanoamericanas, en éstas de temas literarios por lo general, así como en Ibérica y España Libre, publicaciones antifranquistas editadas en Nueva York. También colaboré en algunas revistas españolas, como Revista de Occidente, Cambio 16, Historia y Vida e Indice. Publiqué igualmente Trotsky et la Révolution Espagnole, Editions du Monde, Laussane 1974, con traducción española de la Editorial ZERO, Bilbao 1976; con el seudónimo de Andrés Suárez, El proceso contra el POUM. Un episodio de la revolución española, Ediciones Ruedo Ibérico, París 1974; La fase final de la guerra civil, Editorial Planeta, Barcelona 1977; y León Trotsky y España (1930-1939), Ediciones Júcar, Gijón 1977.

Terminaré diciendo que me casé en 1946 con una española que había conocido en Francia, en 1939; que tengo dos hijos –él ingeniero electrónico y ella con unas licencias en La Sorbonne– y tres nietos. Y que hago de benévolo patriarca en una familia muy unida. Cachan, Francia, 24 de diciembre de 1997.

Tomado de la Fundación Andrés Nin, fundanin.org/iglesias.htm

 

2005 «J.M.V. —Conozco tu amor a la literatura. También sé, que has estado relacionado en el exilio con diversas actividades literarias y revistas culturales. Algunas de ellas un tanto controvertidas. ¿Cómo evalúas ahora esta actividad?
I.I. —Fue muy como grata y beneficiosa para mí. Desde muy joven tuve, por decirlo así, tuve tres pasiones principales: la literatura, la política y las matemáticas. La política me había absorbido bastante tiempo. Las matemáticas fueron casi abandonadas al tener que dejar mis estudios como consecuencia de la revolución asturiana de 1934. Digo casi porque de vez en cuando recurría a ellas como sedante y también en ayuda de mi hijo, hoy ingeniero electrónico. ¡Qué placer hallar la derivada y la diferencial de un cociente de dos funciones!
Y en cuanto a la literatura jamás dejo de interesarme, pues fui y soy un lector voraz, con la particularidad de leer muy deprisa y bien a causa de la práctica o de una cualidad innata. Cuando tenía diez o doce años disfruté con Los tres mosqueteros y las novelas del italiano Emilio Salgari. Más tarde llegaron las lecturas serias. En literatura hubo bastantes libros que dejaron huella en mi recuerdo. Por ejemplo Jean Cristophe, de Romain Rolland, que leí allá por los años veinte, en una traducción al castellano cuya editorial no recuerdo y que comprendía tres o cuatro volúmenes. Y también otorgué un gran valor literario a Mi vida, la autobiografía de Trotski. Una novela que me impresionó bastante cuando la leí a poco de llegar a Francia fue el Viaje al final de la noche de Celine; en cambio la volví a leer hace cuatro o cinco años y me decepcionó. Esto evidencia, sin duda, que los gustos cambian, como cambia todo en la vida. Me viene a la memoria aquel verso del gran poeta portugués Luis de Camoens que dice: "Cambian los tiempos y cambia la esperanza / El ser cambia y cambia la confianza." Otra lectura que me emocionó fue Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, una novela corta que a mi parecer es una verdadera joya literaria.
Mi actividad casi eminentemente literaria durante unos veinte años me fue muy beneficiosa, pues no solo me permitió relacionarme con lo más selecto de la intelectualidad iberoamericana y española, ésta tanto del exilio como del interior de España, sino asimismo colaborar en varios diarios y revistas, más de una veintena en total.
J.M.V. —Me gustaría que me hablaras de tu participación en la revista Cuadernos.
I.I. —Si me permites haré un poco de historia personal. En los primeros años había trabajado en un organismo norteamericano denominado International Rescue Committee que ayudaba a los refugiados en Francia de los países del Este y a los españoles víctimas de la guerra civil. La sección española, la más importante, estaba dirigida por José Rodes, del POUM de Lérida. Estuve trabajando en dicha organización hasta final de marzo de 1952, fecha en que cesé, por reducción del personal. Durante el verano trabajé como sustituto en la administración del diario Franc-Tireur, desaparecido años después, gracias al compañero y buen amigo José Rebull, el Pep, que tenía un buen puesto en dicho diario. Terminado este trabajo fue cuando recibí una carta del director de la revista Preuves, publicada en francés por el Congreso por la Libertad de la Cultura. Aclararé que esta organización, creada en Berlín en 1950, estaba integrada por escritores socialdemócratas y liberales –liberales en el lato sentido de la palabra, que nada tiene que ver con el liberalismo reaccionario que actualmente se estila– como Silone, Bertrand Russell, Julian Huxley, Arthur Koestler, André Gide, François Mauriac, Karl Jasper, Upton Sinclair, John Dos Passos, Salvador de Madariaga, Faulkner, Steinbeck, Germán Arciniegas… cuyo propósito era la defensa de la libertad de la cultura y la oposición al totalitarismo estalinista y a toda clase de dictaduras.
En la mencionada carta del director de Preuves me proponía hacer de traductor de los artículos publicados en dicha revista para preparar una edición en castellano (entre paréntesis añadiré que mi nombre le había sido sugerido por mi amigo Víctor Alba, corresponsal de Preuves en Latinoamérica). En la charla que mantuve con dicho director, François Bondy, le convencí de que lo que cabía hacer era una revista en la que colaborasen escritores de América Latina y exiliados españoles.
Así nació Cuadernos, cuyo primer número vio la luz en marzo de 1953, en el que figuré como secretario de redacción. Entre los intelectuales españoles en el exilio pronto colaboraron Ramón J. Sender, María Zambrano, Américo Castro, Francisco Ayala, Claudio Sánchez Albornoz, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez y otros muchos más. A ellos de unieron luego escritores residentes en España como Vicente Aleixandre, Julián Marías, Aranguren, Tierno Galván, C. J. Cela, Laín Entralgo… De los latinoamericanos contamos con la colaboración de Alfonso Reyes, Roa Bastos, Manach, Gabriela Mistral, Borges, Murena, Verissimo, Rosa Arciniegas, Luis Alberto Sánchez, &c. O sea, con las más revelantes firmas de aquella época, tanto en lo que concierne a los españoles como a los latinoamericanos. También contó con las firmas de conocidos hispanistas franceses como Jean Cassou, Charles V. Aubrun y Jean Camp.
La filosofía de la revista, su norma, quedó reflejada claramente en las siguientes líneas publicadas en su numero 7: "Cuadernos no es ni quiere ser una revista sectárea, sometida a una línea doctrinal o a una tendencia política determinada; es, por lo contrario, una tribuna democrática de confrontación y de intercambio de ideas, de interpretaciones, de rebusca y de exposición de valores culturales y humanos. En ella cada colaborador asume la responsabilidad plena de sus trabajos." Eso sí, enfrentada decididamente a los regímenes totalitarios y a las dictaduras de todo tipo. Su oposición al franquismo, por ejemplo, fue siempre inequívoca, por lo que su difusión estaba prohibida en España.
Mi experiencia fue positiva, ya que me permitió conocer a fondo las tareas de un secretario de redacción y saber hacer una revista. Pude tratar a intelectuales de gran valor, de los que siempre se aprende algo. Además, me abrió las columnas de importantes diarios y revistas en los que colaboré, por lo general, en comentarios sobre temas literarios.
J.M.V. —Años después el Congreso por la Libertad de la Cultura fue acusado de una financiación irregular y de relaciones con la CIA, ¿cómo viviste tales acusaciones?
I.I. —Este fue un episodio más de la llamada guerra fría. Tanto yo como mi compañero y amigo Julián Gorkin, así como otros colegas, antiguos comunistas o anarcosindicalistas, acogimos esa historia sin grandes aspavientos ni problemas de conciencia. Siempre considere y considero que mas que servirse de nosotros, fuimos nosotros los que nos servimos del Congreso.
Me explicaré: éste no hizo de nosotros unos anticomunistas, puesto que ya lo éramos. Por lo demás, puedo afirmar rotundamente que en Cuadernos jamás recibí una orden cualquiera, ni se me impuso ningún artículo o texto. Como testimonio irrefutable, ahí está la colección de la revista ¿Por qué digo que fuimos nosotros los que nos servimos del Congreso? Pues porque nos dio la posibilidad de luchar contra el estalinismo merced a unas publicaciones que tenían miles de lectores y no como nos ocurría antes, que sólo contábamos con boletines o periódicos de escasa circulación. Los estalinistas lo vieron claro, por lo que nos presentaban como agentes de la CIA, acusación máxima en aquellos tiempos. Por lo que parece y leí en un libro aparecido en París, en 1995, cuyo autor es Pierre Gremion, director de investigación en el prestigioso CNRS (Centro Nacional de Investigación Social), éste afirmó (pagina 430) que la CIA había financiado, sirviéndose de la Fundación Farfield, de Nueva York, el festival L´oeuvre du XXe siècle, en 1952, festival esencialmente musical organizado por el Congreso en París. En ese libro se publicó la relación de las fundaciones y otros organismos que sostuvieron económicamente al Congreso, unas doce entre ellos el International Rescue Committee, que mencioné antes por haber trabajado yo en él durante unos pocos años. He de añadir que gracias a la independencia de que disfruté en Cuadernos, mi relación con la dirección del Congreso se limitó a varias entrevistas con el Secretario General para resolver asuntos meramente administrativos. Supe, merced a mi amigo Gorkin, que tenía más contactos que yo con los dirigentes del Congreso, que más de la mitad de sus gastos generales corrían a cargo de la rica Fundación Ford, lo que se confirma en el libro en cuestión. Y eso fue todo. Las interioridades del Congreso las conocí años después de mi jubilación, mediante la lectura del mencionado libro de Gremion, que relata en sus pormenores la creación y la actuación del Congreso por la Libertad de la Cultura, de 1950 a 1975. En este libro (página 431) puede leerse una declaración firmada por John K. Galbraith, George F. Kennan, Robert Oppenheimer y Arthur Schlesinger, que lleva fecha del 5 de mayo de 1966, que dice: "Basándonos en nuestra experiencia de las relaciones con el Congreso durante los últimos dieciséis años –tanto en sus seminarios, sus festivales, sus revistas y sus dirigentes– podemos afirmar de forma categórica que no tenemos la menor duda en cuanto a la independencia de sus designios, la integridad de sus cuadros y el valor de su contribución. El Congreso, dirigido por su secretario general Nicolas Navokov, fue siempre una institución completamente independiente y permeable sólo a las voluntades de sus miembros, de sus colaboradores y de su Comité ejecutivo…". Desde luego puedo afirmar, ateniéndome a la más estricta verdad que se equivocaron conscientemente o no, aquellos que se figuraron que el Congreso actuaba como un remedo de la actuación soviética, la cual no sólo ayudaba con magnanimidad a las revistas y publicaciones de toda índole que propagaban su política, sino que igualmente controlaba todo férreamente.
¿Puedo añadir algo más? Pues que con mi jubilación en 1972 –aprovechando que los antiguos deportados podíamos solicitar ser jubilados al cumplir los 60 años – salí del Congreso tal como había entrado: sin ser propietario de nada y sin otros recursos que aquellos con los que me beneficié con la jubilación, los suficientes para subsistir modestamente, como siempre viví. Igual le ocurrió a mi amigo Julián Gorkin, que por desgracia falleció hace unos años.» (Juan Manuel Vera, «Un diálogo con Ignacio Iglesias», disponible íntegro en el sitio de la Fundación Andreu Nin, fundanin.org)

→ «Necrológica. El periodista y escritor Ignacio Iglesias murió el 15 de octubre en París, justo el día en que se celebraba el 70º aniversario de la Fundación del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Él hubiera querido estar presente en el acto porque participó en dicho acontecimiento con Joaquín Maurin y Andreu Nin en representación de sus camaradas de Asturias. Su enfermedad no le permitió intervenir en el reportaje que preparaba la televisión catalana. Ignacio Iglesias nació en Mieres en 1912. Cursaba estudios de Ingeniería cuando se produjo la insurrección de Asturias en octubre de 1934, en la que participó con gran entusiasmo. Y se marchó a Barcelona cuando fracasó el movimiento, donde tenía muchos camaradas y, sobre todo, Andreu Nin, secretario de la Izquierda Comunista y escritor revolucionario bien conocido. Su colaboración con Nin fue un momento estelar en su vida. Iglesias regresó a Asturias después de la victoria electoral de las izquierdas. Pero el partido le llamó en julio de 1936 para formar parte del equipo del diario La Batalla, órgano central del POUM, en el que se reveló como periodista político. Cuando fue detenido Andreu Nin y se inició la represión contra el POUM, Iglesias colaboró con Jordi Arquer, con Gironella y conmigo en las tareas de defensa de nuestro movimiento y de publicación de una prensa clandestina eficaz (La Batalla y Juventud Obrera) hasta que se incorporó a una división militar en la que luchaban militantes socialistas asturianos. En el exilio francés, Iglesias colaboró con la dirección del POUM y en 1941, en uno de los momentos más graves del exilio, fue detenido por la policía de Vichy con dirigentes del POUM como Andrade, Rodes, Solano, y procesado y condenado por un tribunal militar al servicio de la Gestapo. El escándalo fue enorme y George Orwell inició una campaña internacional bajo el signo de "la defensa del POUM perseguido por todas las policías de Europa". Iglesias y otros militantes del POUM fueron encarcelados en el presidio de Eysses, donde pasaron más de dos años, y después, deportados al campo de concentración de Dachau. A su regreso de Alemania, Iglesias se incorporó al Comité Ejecutivo del POUM y a la redacción de La Batalla, para la que trabajó con mucho interés. Y cuando se creó la Fundación Andreu Nin volvió a trabajar para el POUM con artículos políticos valiosos. Y, por suerte, la Fundación Andreu Nin pudo editar la obra más importante de Iglesias: El proceso contra el POUM. Este libro fue escrito, publicado y difundido en 1937, en la época de la represión estalinista contra nuestro partido y, muchos años más tarde, por la editorial Ruedo Ibérico. No olvidaremos a Ignacio Iglesias. Y me parece que el mejor homenaje que podemos rendirle será la publicación de sus mejores artículos, dispersos en todas nuestras numerosas publicaciones. Wilebaldo Solano es periodista y ex secretario general del POUM.» (Wilebaldo Solano Alonso [1916-2010], «Ignacio Iglesias, escritor y antiguo dirigente del POUM» El País, Madrid, 24 de octubre de 2005.)

→ «El patético Wilebaldo Solano, eterno ex secretario general del difunto POUM, parece dedicarse ahora a escribir necrológicas (no es culpa suya, son los años). Dedicó hace pocos días, en El País, una a Ignacio Iglesias, recién fallecido a sus 93 años. Nada de esto se merecería un comentario, y lo que Solano escribe sobre la lejana militancia de Iglesias en el POUM no es falso. Lo grave es lo que no dice, lo que oculta, lo que censura.
Porque Ignacio Iglesias, en los momentos álgidos de la llamada «guerra fría», y durante treinta años, por lo menos, eligió sin vacilaciones el campo de la democracia contra el comunismo. No como Solano, que seguía siendo «de izquierdas», anticapitalista y antiimperialista y se hizo muchas ilusiones sobre la «revolución cultural» china, cosa que debe de haber olvidado con su memoria selectiva.
Solano conoció un instante de «gloria» con motivo de la salida de la demagógica película de Ken Loach Tierra y Libertad, cuando fue invitado a debates y platós de televisión, en París y Barcelona. Lo único que recuerdo de sus banalidades en defensa del POUM fue su afirmación de que los comunistas españoles y los poumistas se entendían perfectamente hasta la intervención soviética en nuestra guerra civil, que lo echó todo a perder, condenando (los soviéticos) al POUM como «hitlerotrotskista».
Que el PCE obedeciera a Moscú es un hecho; que lo hiciera a regañadientes, una mentira. Ignacio Iglesias (como otros ex poumistas, Julián Gorkin y Victor Alba, por ejemplo) fue tan firme en su compromiso anticomunista que, y no podía fallar por aquellos años tan tensos, se le tildó de «agente de la CIA». Yo le conocí en casa de otro «agente de la CIA», según Federica Montseny y Santiago Carrillo: Luis Mercier Vega, anarquista belga con más vidas que un gato y más aventuras que Zalacaín. Ambos habían colaborado en las publicaciones en español gemelas de Préuves, dirigida por Raymond Aron, e Iglesias había dirigido una, de cuyo nombre no logro recordarme.
Debo confesar que yo sólo conocía Préuves, y si luego leí las redactadas en español fue porque Mercier e Iglesias me prestaron algún ejemplar, que les devolví. Toda esta actividad intelectual, como el precursor Congreso para la libertad del espíritu –un movimiento liderado por Nabokov; no el novelista, su hermano, el músico–, fueron tildados de «operaciones de la CIA» porque, por aquellos felices tiempos, y aún hoy, según Solano y El País, no se podía ser tan anticomunista sin ser de la CIA. Pues lo único que puedo decir ahora es que si la CIA les subvencionó de verdad, esto significaría que no siempre se equivocaba, como tantos, en Hollywood, opinan. Y también que paga mal, ya que tanto Mercier como Iglesias vivían modestamente. Lo mismo ocurre con Orwell, a quien periódicamente se le acusa de haber sido de la CIA o del Intelligence Service, para intentar desprestigiarle.
Lo cierto es que en esas comidas en casa de Mercier, o en nuestros encuentros en un café desaparecido del Barrio Latino, o con motivo del romántico suicidio de Luis Mercier Vega, lo que más firmemente nos unía era el anticomunismo. Podíamos discrepar, y discrepábamos, sobre muchas cosas, pero nunca en cuanto a nuestro radical rechazo del totalitarismo, nazi o comunista, con la lógica conclusión de que la democracia burguesa, tan desprestigiada entre los «nuestros», y pese a sus defectos, era infinitamente preferible.
También es cierto que Iglesias no renegaba del POUM, como yo del PCE, pero para él se trataba del pasado. Su modestia exagerada le llevaba a considerar que su vida nada tenía de ejemplar, y, pese a mi insistencia, jamás escribió cosas autobiográficas; ni siquiera cómo, en dos ocasiones, los comunistas intentaron matarle en el campo de concentración nazi. Solano no hace la menor alusión a esos intentos, para no estropear sus ilusiones en un nuevo UHP reformado, convertido en UHF: ¡Uníos Hermanos Funcionarios!
Él pone Dachau, yo creía que era Mauthausen; de todas formas, un campo en donde los kapos comunistas no tenían todo el poder, autorizado por los SS, como un Buchenwald, ya que esos intentos de asesinato fueron muy artesanales, por así decir: el primero, en el barracón de españoles donde estaba Ignacio, dominado por los comunistas, quienes decidieron matarle de hambre. Pero en el barracón de al lado, de deportados franceses, había un comisario de policía resistente (no fueron muchos) que se dio cuenta, y le preguntó a Iglesias por qué sus compatriotas le mataban de hambre. Iglesias explicó que era un dirigente del POUM, y que este partido estaba falsamente considerado por los soviéticos y el PCE como una quinta columna hiterlotrotskista. Bueno, intentó resumirle esa guerra civil dentro de la guerra civil en España.
Es de suponer que el comisario no entendió todos los intríngulis de este enrevesado asunto; en cambio, entendió perfectamente que a un resistente español deportado sus «camaradas» intentaban asesinarle debido a divergencias políticas, y se fue a ver al jefe del barracón español para decirle que a partir de ese mismo instante Iglesias comería lo mismo que los demás; o tendrían que verse las caras con él y los suyos. Y así fue, los comunistas se rajaron.
El segundo intento fue cuando Iglesias, enfermo –con pulmonía, creo–, estaba en la enfermería del campo y un médico comunista, al enterarse de que era «trotskista», le declaró curado y le expulsó de la enfermería. Iglesias avanzó dos metros sobre la nieve helada y se desplomó, sin conocimiento. Segundo milagro: dio la casualidad de que un médico –socialista austriaco, me precisó Ignacio– llegó en aquel momento, y le volvió a ingresar en la enfermería. Si no hubiera muerto. También le cantó las cuarenta a su colega comunista, que no volvió a intentar nada.
A principios de los años 80 realicé, para la cadena de radio France-Culture, una emisión de cinco horas sobre «Una guerra perdida y olvidada», y entrevisté a Iglesias. Por cierto, Solano estaba presente, y como se considera propietario del POUM y de su memoria siempre estaba interviniendo. Tuve que ordenarle silencio en varias ocasiones. Le entrevisté aparte. No voy a negar que me interesaban los aspectos anticomunistas del testimonio de Iglesias, quien nos estuvo contando diferentes episodios de la represión contra el POUM, y cómo él logró escapar a la policía comunista, en 1937. (A propósito, Don Wilebaldo: Andrés Nin no fue sólo detenido, como escribes; fue despellejado vivo, y murió de esa horrenda tortura).
Al final del testimonio sobre su deportación, en el que relató esos intentos de asesinato, nos dijo: «Y yo, que siempre fui ateo, me sorprendí rezando para que fueran las tropas aliadas y no las soviéticas las que llegaran las primera para liberarnos». Y el ingeniero del sonido, emocionado, se olvidó las normas radiofónicas que les imponen no intervenir (salvo para problemas técnicos) y, nervioso, preguntó: «¿Y qué pasó? ¿Quiénes llegaron primero?». Iglesias sonrió y dijo: «Si hubieran sido los soviéticos no estaría aquí para contarlo».
Súbdito de la verdad, debo reconocer que en nuestros últimos encuentros Ignacio y yo discrepábamos sobre el PSOE. Pese a los GAL, Filesa y demás conturbernios y desfalcos, que condenaba, se hacía, sin embargo, demasiadas ilusiones sobre las «fuerzas sanas» del PSOE, y cosas así. Vivía en unos suburbios «verdes», a los que resultaba complicado llegar en autobús, yo iba en coche pero siempre me perdía. Durante mi última visita recuerdo que su mujer estaba frenética, porque una vez más, en un artículo reciente, se aludía al «POUM trotskista». «Ãƒâ€šÃ‚¡Si no éramos trotskistas! ¿Hasta cuándo lo van a repetir?». Ignacio, con pachorra, la decía: «Pero Carlos ya lo sabe». Les perdí de vista.
La última noticia que tuve de Ignacio y la última cosa suya que leí fue un artículo publicado en un periódico socialista asturiano, como él, acompañado de una carta en la que me ponía: «Si mi cuerpo está pachucho, espero que consideres que mi cerebro aún funciona». El tema de su artículo constituía una condena de los nacionalismos «periféricos», y una firme advertencia al PSOE para que no sucumbiera a sus cantos de sirena. No es decente hablar en nombre de los muertos: sólo puedo señalar que dicho artículo defendía tesis radicalmente opuestas a la política de Zapatero en estos momentos.» (Carlos Semprún Maura [1926-2009], «Ignacio Iglesias y la mentira», Ideas, libertaddigital.com, 1º de noviembre de 2005.)

Bibliografía selecta de Ignacio Iglesias

1974 Trotsky et la Révolution Espagnole, traduit par L. Mercier, Editions du Monde, París 1974, 104 págs. Trotsky y la Revolución Española, Editorial Zero (Lee y discute, serie R, 63), Bilbao 1976, 103 págs.

Un episodio de la revolución española. El proceso contra el POUM, Ediciones Ruedo Ibérico, París 1974, 209 págs.

1977 La fase final de la guerra civil. De la caída de Barcelona al derrumbamiento de Madrid, Editorial Planeta (Textos 22), Barcelona 1977, 234 págs.

León Trotsky y España (1930-1939), Ediciones Júcar (Crónica General de España 17), Gijón 1977, 147 págs.

2003 Experiencias de la revolución española. El POUM, Trotski y la intervención soviética, Fundación Andreu Nin, Barcelona 2003, 326 págs.

2009 Escritos del exilio, Sepha (Libros Abiertos 45), Málaga 2009, 316 págs.

Textos de Ignacio Iglesias en el Proyecto Filosofía en español

1954 S. Serrano Poncela: El Pensamiento de Unamuno
Luis Carretero y Nieva: Las nacionalidades españolas

1954 Ante la tumba del poeta

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