Filosofía en español 
Filosofía en español

“Grimorio”

Término que penetra en la lengua española, procedente del francés, a mediados del siglo XIX, de la mano del lexicógrafo Ramón Joaquín Domínguez (1811-1848), orensano de Verín, muerto en las revueltas madrileñas de 1848 contra el general Narváez (cuyo Diccionario nacional de la lengua española, tras su muerte, siguió siendo publicado por Francisco de Paula Mellado).

Se puede advertir que la presencia de grimorios arrecia en los periodos históricos en los que interesa combatir la racionalidad, mediante la difusión de especies mágicas y supersticiosas entre una población semianalfabeta siempre receptiva a colaborar en su embrutecimiento. En la España del tardofranquismo, por ejemplo, de la mano del Congreso por la Libertad de la Cultura, impulsado por el gobierno de los Estados Unidos de Norteamerica, a través de la CIA, se procuró consolidar la Brujología como nueva “ciencia incipiente”, en plena promoción del “pensamiento mágico” frente al “racionalismo soviético”. Así, en San Sebastián, del 21 al 23 de septiembre de 1972, se celebra un Primer Congreso Nacional de Brujología, donde “se estaban poniendo los cimientos para una disciplina de indudable interés cultural y de extraordinario atractivo”: con dineros yanquis la editorial Seminarios y Ediciones S. A., en su Colección “Hora H”, publica en 1975 Brujología. Congreso de San Sebastián. Ponencias y Comunicaciones (375 páginas): dos años antes, en 1973, el gallego Akal se había apresurado a reeditar el famoso libro de San Cipriano, &c.

Los individuos de número de la Real Academia Española de la Lengua no incorporaron este término a su diccionario hasta el año 1989.

1845 «Grimoire, s. m. gri-mo-a-r. Grimorio: libro mágico; especie de formulario de hechicería, que se consultaba para evocar los muertos y los espíritus malignos. || Fig. y fam. Enigma, laberinto, misterio, discurso ininteligible, escrito ambiguo y oscuramente confuso, como las combinaciones de los signos cabalísticos.» (Ramón Joaquín Domínguez, Diccionario universal francés-español, por una sociedad de profesores de ambas lenguas, Establecimiento léxico-tipográfico de R. J. Domínguez, Madrid 1845, pág. 644.)

1852 «Grimorio, m. Libro de magia para invocar a los muertos.» (Ramón Joaquín Domínguez, Compendio del Diccionario nacional de la lengua española, Establecimiento de Mellado, Madrid 1852, tomo segundo, pág. 102.)

1853 «Grimorio, s. m. Libro de magia que se usaba antiguamente, como un formulario de hechicerías para invocar a los muertos y a los espíritus.» (Ramón Joaquín Domínguez, Diccionario nacional o gran diccionario clásico de la lengua española, Establecimiento de Mellado, quinta edición, Madrid 1853, pág. 883.)

1855 «Grimorio, s. m. Libro de magia que se usaba antiguamente, como un formulario de hechicerías para evocar a los muertos y a los espíritus.» (Diccionario enciclopédico de la lengua española, Biblioteca Ilustrada de Gaspar y Roig, Madrid 1855, tomo II, pág. 78.)

1858 «El extravío de la razón humana no debía contenerse allí. La revolución mensual de la luna, comprendida en veinte y ocho días, contó veinte y ocho habitaciones en las cuales se detenía este astro, y cada una de esas habitaciones tuvo su genio particular dotado de una cualidad especial. Era más simple nombrar las constelaciones que en efecto encuentra la luna en su curso; pero ¿dónde hubiese estado entonces lo maravilloso? Valía más crear esas posadas de la luna y sacar de ellas los horóscopos; la nomenclatura de las condiciones calculadas así de la revolución lunaria es inmensa y presenta cuanto se puede concebir de mediocre y de trivial en este género; tan original había sido la imaginación en la representación de las imágenes simbólicas de los signos del zodiaco, cuan pobre e incolora es en estos pronósticos; creese escuchar a esas desgraciadas sibilas de nuestro tiempo que mediante una miserable gratificación dicen la buena ventura en un juego de naipes enmugrecidos por sus dedos o en un grimorio que ellas mismas no saben leer.» (Historia filosófica de la francmasonería, por Kauffmann y Cherpin, traducida del francés por Heraclio C. Fajardo, Buenos Aires 1858, pág. 100.)

1864 «Grimorio o Grymorio. Este era el arte de evocar las almas de los muertos, arte que representaba un gran papel en tiempo en que las supersticiones populares permitían a impudentes juglares explotar la credulidad pública, haciéndose pasar por hechiceros. Por extensión se daba el nombre de grimorio a la colección que contenía los conjuros mágicos a propósito para llamar y hacer aparecer a los demonios. Esto no era, como es fácil de pensar, mas que una absurda reunión de palabras vacías de sentido, de frases incompletas mezcladas de pretendidos caracteres diabólicos, que los bribones entregados a la explotación de la cábala, pronunciaban con su voz ronca y misteriosa, para hacer creer a los tontos que se ponían de esta manera en relaciones directas con el diablo. Todo profano que hubiera cometido el atrevimiento de leer en el grimorio se exponía a que el espíritu de las tinieblas le llevase al infierno o le retorciera el pescuezo. A pesar de tan espantosas amenazas, la curiosidad excitaba a muchas gentes, o espíritus débiles, como puede deducirse por las diferentes ediciones del grimorio que se han hecho en los siglos XVI y XVII. La más completa tiene por título: El gran grimorio con la grande clavícula de Salomón, y la magia negra o las fuerzas infernales del gran Agryppa, para descubrir los tesoros ocultos y hacerse obedecer por todos los espíritus, fuente de todos los artes mágicos, un vol. en 18.º, sin fecha ni indicación de lugar. En el lenguaje ordinario se llama grimorio una escritura muy difícil de leer, un discurso erizado de palabras y frases ininteligibles: “Las obras de este gran filósofo humanista son un verdadero grimorio”.» (Enciclopedia Moderna de Mellado, Complemento, tomo segundo, Madrid 1864, columnas 304-305.)

1867 «Grimorio, m. Libro de magia que se usaba antiguamente como un formulario de hechicerías. Grimori.» (Pedro Labernia, Novísimo diccionario de la lengua española, Espasa Hermanos, Barcelona 1867, tomo II, pág. 109.)

1895 «Grimorio, m. Libro mágico, especie de formulario de brujería, que servía en la antigüedad para evocar los muertos y los espíritus.» (Elías Zerolo & al., Diccionario enciclopédico de la lengua española, Garnier Hermanos, París 1895, tomo I, pág. 1160.)

1907 «Un libro, raro ya, que los adeptos a la brujería han tenido a bien en atribuir a un papa célebre para darle crédito. El Grimorio de Honorio presenta y preconiza, bajo el nombre de Pentaclo, del evangelio de San Juan, esta figura cabalística, donde se lee con otra fórmula preservadora las palabras † Et Verbum caro factum est † (1. Veritable Gremoire avec un recueil des secrets magiques, pág. 13.)» (Edmundo Le Blant [1818-1897], “El primer capítulo de San Juan y las creencias en sus virtudes secretas”, ΣOΦÍA Revista Teosófica, Madrid, octubre 1907, nº 10, pág. 363.)

1908 «El objeto principal, el sujeto mejor dicho de este estudio, no existe, no tiene realidad, y nadie puede vanagloriarse de poseer el famoso Libro de San Cipriano. A pesar de esto, las prensas gimen todos los años, y este mismo, sin ir más lejos, se han impreso, que sepamos, dos ediciones del pretendido grimorio; caras, muy caras, naturalmente, porque se hacen casi siempre con el deliberado propósito de estafar y engañar a los incautos. Se trata, desde luego, de una falsedad, de un hecho punible no sólo ya por cualquier Código existente confeccionado para la seguridad de un pueblo, sino por el más alto y elevado Código de la moral, sobre el que se basan cuantos existen y pueden imaginarse. […] Como todos los grimorios y libros mágicos de la Edad Media, promete al público la revelación de grandes misterios, el regalo de poderes y facultades extraordinarias y el logro, en fin, de la mejor dicha sin grandísimos esfuerzos. […] La simple inspección del Libro de San Cipriano, de cualquiera de las copias manuscritas que conservan y no enseñan fácilmente los aldeanos gallegos y portugueses, patentiza sin esfuerzo la falsedad. La cuestión no se resuelve por esto, porque tratándose de un libro ocultista, de un verdadero grimorio que corre de mano en mano, manuscrito, acaso mal copiado, seguramente lleno de faltas, de equivocaciones que no pueden corregirse fácilmente por la naturaleza secreta del mismo, siempre hemos de sospechar para hacer una crítica verdadera y exacta que nos hallamos en presencia de una mala edición de algo verdadero. […] El espécimen del Sr. Barreiro no es, sin embargo, el pretendido Libro de San Cipriano, sino sencillamente una versión española del famoso grimorio francés Le Dragen Rouge, como puede comprobarse confrontando los dos textos: […] El erudito gallego fué sorprendido en su buena fe, o por falta de diligencia, en lo que creyó sin valor, no reparó en dar por Libro de San Cipriano la conocida y popularisima versión del grimorio francés, más general, más conocido en toda la Península que el libro atribuido al santo. […] La verdadera magia jamás ha sido escrita como tal para difusión y conocimiento de todo el mundo. Ha sido siempre un saber enojoso para el vulgo, tan sellado y oculto para él como el saber científico actual lo es para quien no está impuesto en la poesía y la verdad que existe tras la aparente aridez y ocultismo que manifiesta. Una página al azar de cualquier libro de ciencia podría darse a un ignorante como un verdadero grimorio. […] En la Edad Media, durante la exaltación de la Kábala, el prestigio del libro llega s su colmo s pesar de que la crítica señalaba ya la existencia de las obras apócrifas. El libro oculto produce mil maravillas, y en un pasaje del Talmud jerosolimitano vemos que el rabí Jehoschua ben Chanania se valía del Libro de la Creación para hacer milagros. Este oficio es el que desempeñarán en seguida los famosos grimorios, que por no poderse atribuir a una autoridad remotísima se les atribuirá a los más fácilmente aceptables para el vulgo. Los pontífices tendrán así sus grimorios, lo mismo que los hombres más eminentes en virtud y en saber.» (Rafael Urbano [1870-1924], “Un apócrifo de la magia. El libro de San Cipriano”, ΣOΦÍA Revista Teosófica, Madrid, diciembre 1908, nº 12, págs. 468-477.)

1909 «Con el nombre de Cipriano encontramos varios santos de la Iglesia cristiana a quienes pudiera atribuirse la paternidad del famoso grimorio que estudiamos, si principalmente no se atribuyera a uno de ellos. […] Ahora bien; de la vida de cada uno de ellos, por lo menos de los principales y más remotos, se ha hecho una sola y se ha creado así un personaje completamente mítico, a quien se ha adjudicado la paternidad del estupendo y ridículo grimorio.» (Rafael Urbano [1870-1924], “Un apócrifo de la magia. El libro de San Cipriano II”, ΣOΦÍA Revista Teosófica, Madrid, marzo 1909, nº 3, págs. 81-89.)

1910 «Hay en esta mujer un gran misterio. Su grimorio es fértil en enigmas. Nadie conoce como ella el secreto de los filtros, y la han visto en las noches de crenilunio buscando hipnales entre el césped, y conversando con lamias y lemures.» (Ricardo Baeza [1890-1956], “Rachilde”, Prometeo, Madrid 1910, nº XXIV, pág. 1.)

1914 «No; no volví a acordarme de la señoritas de Heredia, tan absolutamente… desinteresantes; de aquella Marta, fea y sabia como un grimorio, como una fórmula química, como un cultivo bacteriológico; de aquella Mariana, necia y hermosa como una madreperla, como una dalia, como el pavón de Juno…» (Vicente Díez de Tejada [1872-1940, escritor y telegrafista], “Error”, Blanco y Negro, Madrid, 12 abril 1914, pág. 1.)

1917 «Grimorio (del fr. grimoire, forma paralela de grammaire, estudio del latín, ciencia profunda, gramática). m. Libro antiguo de magia.» (José Alemany y Bolufer, Diccionario de la lengua española, Ramón Sopena, Barcelona 1917, pág. 850.)

1919 «Mas en el momento que esto sucediera, la Prensa recibiría una herida de muerte, pues en el interno y misterioso valer de las palabras está el único grimorio del periodista.» (Huberto Pérez de la Ossa [1897-1983], “Glosas del momento. Abracadabra”, El Correo Español, diario legitimista, Madrid, 16 septiembre 1919, pág. 1.)

1922 «Entretanto el veterano puso diabólicamente de manifiesto encima de la mesa, a la luz de la vela de sebo, un grimorio, donde vino a agitarse una mosca abrasada.» (Luis Bertrand, “Partida para el sábado”, Caras y caretas, Buenos Aires, 20 enero 1922, pág. 32.)

1923 «Prueba triste de ello es el desarrollo que en estos últimos lustros ha logrado la arqueología simbólica y propiciante del espiritismo que, habiendo nacido con el primer mago de la época del bronce, se nos brinda ahora remozada con barniz extrafúlgido de pseudociencia experimental. Parece que en tiempos, como los actuales, de crítica milimétrica y ultrarreparona, no debía haber espacio para creencias de criolla decrépita y prácticas de superstición pueril; no obstante, las mesas giratorias y las sesiones de aquelarre, con la aparición consabida de silfos, duendes y espectros, atraen y seducen a muchedumbres de neuróticos y papanatas. El culto de lo misterioso y espeluznante consigue tantos y tan fieles prosélitos como en la decadencia romana los mitos absurdos y repelentes de la Frigia. Y no son pobres bausanes de campo u hombres ingenuos y mujeres histéricas de toda condición los que se agolpan en torno de un trípode saltarín o a la vera de un adivino translúcido, para ver cómo hacen el indio el rey Baltasar o los Doce Pares de Francia evocados con fórmulas dignas del grimorio medioévico, sino gente de carrera y lustre y periodistas y literatos o personas de tanta ilustración que “han acabado por asquearse de las burradas y las embrutecedoras estupideces predicadas en los púlpitos de las iglesias” y quieren creer en “algo aceptable” (1. V. Flammarion, op. cit., pág. 22).» (P. Bruno Ibeas [1879-1957], “En torno a la filosofía de los fines”, España y América, Madrid, diciembre 1923, año XXI, tomo IV, pág. 410.)

1925 «A pocos metros a la izquierda de la estación de Juvisy y en la línea férrea de Orleans a París, en medio de ese verdadero nido de verduras característico de la banlieu, el viajero columbra el retiro del astrónomo-poeta, el apóstol espiritualista, Camilo Flammarión, que a los ochenta y tres años acaba de morir. Yo tuve en mi juventud, en el verano de 1897, la dicha de visitar allí al maestro querido; de contemplar por vez primera aquella su faz serena, al par que vibrante e inquieta […] No hay que decir el embeleso con que recorrí el pintoresco recinto, devoto cual el del musulmán en la Meca: la cúpula de la ecuatorial; las demás salas de aparatos; la rica biblioteca, en la que alternaban con los libros de Astronomía y demás ciencias naturales los clásicos grecolatinos de cuando Flammarión estudiaba con Renán en el mismo seminario las obras de Blavatsky y de Eliphas Lévy. Precisamente en el momento de mi llegada el maestro tenía en las manos un viejo grimorio en pergamino y absorta su vista en una de las láminas, truculenta viñeta de un cometa antiguo, cuya cola aparecía exornada de puñales, copas de veneno, cabezas cortadas, teas incendiarias y demás simbolismos de cuantas calamidades iba el cometa a verter sobre los mortales, a su paso por nuestro mundículo.» (Doctor Roso de Luna [1872-1931], “El tránsito de Camilo Flammarión. Una flor de recuerdo en su tumba”, La Esfera, Madrid, 27 junio 1925, nº 599, pág. 14.)

1927 «Cuatro actos contienen, en la ópera, lo más señalado del vasto drama de Goethe. Se ve en él: primero el laboratorio del doctor Fausto que, cargado de años y de desilusiones, duda de la existencia de poderes divinos o infernales. Para comprobarlo, el viejo doctor hace una invocación al espíritu maligno, aprendida en un antiquísimo grimorio. Para sorpresa suya, el diablo se presenta; pero Fausto le ve llegar sin miedo.» (“Fausto, ópera en cinco actos, Gounod”, Ondas, Madrid 24 abril 1927, pág. 9.)

1931 «Para comprobarlo, Fausto hace una invocación al espíritu maligno, aprendida en un antiquísimo grimorio. Para sorpresa suya, el diablo se presenta; pero Fausto le ve llegar sin miedo.» (“En nuestros estudios, Fausto”, Ondas, Madrid 9 mayo 1931, pág. 2.)

1932 «Para comprobarlo, Fausto hace una invocación al espíritu maligno, aprendida en un antiquísimo grimorio. Para sorpresa suya, el diablo se presenta; pero Fausto le ve llegar sin miedo.» (“Martes. Gounod: Fausto”, Ondas, Madrid 5 marzo 1932, pág. 5.)

1935 «Para comprobarlo, Fausto hace una invocación al espíritu maligno, aprendida en un antiquísimo grimorio. Para sorpresa suya, el diablo se presenta; pero Fausto le ve llegar sin miedo.» (“Fausto, ópera de Carlos Gounod”, Ondas, Madrid 16 marzo 1935, pág. 38.)

1946 «Y las mariposillas, abierto el libro grimorio de sus alas, y los perros de los cercados o los espejuelos doctorales y el estetoscopio sobre el yacente cuerpo querido del hijo médico nos dejan medir y entrever honduras y abismos de poesía y de humano dolor.» (Gerardo Diego [1896-1987], “El cuclillo canta”, ABC, Madrid, 31 enero 1946, pág. 3.)

«Llegué a pensar muchas veces que se le agriaba el humor el día en que no se había embebido suficientemente en aquel grimorio misterioso, como queriendo desentrañar un íntimo sentido cabalístico.» (Luis Calvo [1898-1991], “Goya y Zuloaga”, ABC, Sevilla, 31 marzo 1946, pág. 3.)

1975 «Porque, en verdad, las fórmulas escritas en el grimorio son de difícil aprendizaje, pero hay otra magia mucho más accesible: la que brota de lo más profundo del corazón, cuando se sufre por alguien a quien se quiere.» (“Preussler, Ottfried: Krabat, el molino del diablo, Doncel, Madrid 1975, 252 páginas”, ABC, Madrid, 20 noviembre 1975, pág. 45.)

1976 «El nombre de Anderson Imbert está asociado a su actividad profesoral y crítica de la literatura hispano-americana. Sus estudios sobre Rubén Darío, Juan Montalvo o Sarmiento, su famosa y bien difundida, como libro de texto indispensable, Historia de la literatura hispano-americana han ocultado en cierta forma la otra cara de la luna del autor, o sea su actividad narrativa, tan antigua como la crítica o quizá más en sus orígenes y que ha ido alternando rigurosamente con su obra crítica literaria que consta de novelas y sobre todo de narraciones breves, que ha ido coleccionando y publicando desde 1961, en que se edita El Grimorio, al que siguen…» (Antonio Valencia, “El leve Pedro (por Enrique Anderson Imbert, Alianza Tres, Madrid 1976, 237 págs.”, Blanco y Negro, Madrid, 13 noviembre 1976, pág. 67.)

1978 «Maritxu [María Erlanz Mainz de Güller 1912-1993] es una mujer abierta, culta, habladora, con una tez rosada y un aire muy limpio. Sus facciones son de corte vasco, pero con una gran dulzura en su rostro y un brillo especial en su mirada. […] Se describe a sí misma de esta forma: “soy alegre, valiente, luchadora y fuerte; me siento muy navarra.” Estudió magisterio por tradición familiar y porque le gustaba mucho. Fue maestra en Irañeta, al pie de la sierra del Aralar, durante la guerra. […] “Me fui a vivir a Pamplona, y durante la posguerra comencé a interesarme en la investigación parapsicológica. Siempre me ha gustado investigar sobre el ser humano. Ayudaba sobre todo a las personas que estaban hundidas o desoladas. A las viudas o madres que habían perdido maridos o hijos en la guerra. Acudían a mí y me satisfacía mucho lo que podía hacer por esas personas. […] Utilizo en mi trabajo los ‘tarots’. Concretamente el ‘tarot’ pequeño, aunque también uso las cartas españolas. Estoy ahora terminando un trabajo muy complejo que es el de los ‘grimorios.” Y me enseña Maritxu unas cartulinas repletas de números y de cifras. “El grimorio es el resumen de la simbología mágica. No puede traducirse al lenguaje corriente este simbolismo porque los brujos y los adivinos manejan fuerzas espirituales irracionales. Tengo unas 36.000 claves que equivalen a 16 leyes generales. Están inscritas en la armonía universal, con lo que se puede adivinar el desarrollo de un trabajo a distancia. Llevo treinta y ocho años enriqueciendo este estudio, aunque no lo hago de una forma continua.”» (Cristina de Areilza [1948-1985], “Entrevista con Maritxu Erlanz, clarividente navarra”, ABC, Madrid, 22 octubre 1978, pág. 120.)

1979 «En la Feria del Libro de Ocasión antiguo y moderno cada año hay nuevas sorpresas. El primer año [1977] el atractivo mayor fue el de los libros esotéricos y de ciencias ocultas. Yo compré “El magnetismo personal, atracción personal. Un método para desarrollarla”, “El arte de magnetizar al alcance de todos” y “El arte de la fascinación” con ilustraciones sobre “el ojo magnético”, “el aura” y “la influencia zodiacal”, y “El gran Grimorio”. El año pasado, la segunda Feria, se impusieron las novelas eróticas de los años 27, con portadas en color de grandes ilustradores.» (Carmen Bravo Villasante [1918-1994], “La bibliofilia. La feria del libro de ocasión”, ABC, Madrid, 9 mayo 1979, pág. 109.)

1982 «Naturalmente, al final hubo “Et maintenant”, que es el himno, santo y seña de la casa Bécaud en España. No en vano dejó escrito Valle-Inclán que el idioma de un pueblo es la lámpara de su “karma” y que toda palabra encierra un oculto poder cabalísico: Es grimorio y pentáculo…» (Ignacio Ruiz Quintano [1958], “Gilbert Bécaud, la estética de la astucia”, ABC, Madrid, 23 abril 1982, pág. 70.)

1985 «Con la palabra grimorio designaban los alquimistas toda fórmula secreta destilada en sus retortas. Maritxu Guler ha traído ahora, en uno de sus rápidos desplazamientos, el fichero rudimentario que contiene los suyos. “En aquellos tiempos estaba metida en estas cosas de la investigación y dije, bueno, voy a poner grimorio. Como pude haberle puesto otro nombre”. Las fichas, ya patinadas, traen signos aritméticos. “Son unos maravillosos quintetos con sus 16 leyes. Cuando una situación, frontón, examen académico, fútbol, lo que sea, por la complejidad de su estructura aparente y de su evolución visible no puede dominarse, hay que construir una teoría de esa situación, de esa evolución, para luego ver el resultado. Hay que imaginar un modelo. Hay que pasar de lo concreto a lo abstracto. Difícil, pero hay que pasar, eh. Estamos en el maravilloso campo de la imaginación: hay que crear, y el símbolo, esa pulsión vital, cumple la función de sustituto y da la solución a cuestiones que permanecen en suspenso en el inconsciente, tanto en el nuestro, colectivo, como en el cósmico. De verdad, es lo que he comprobado yo. Una vez realizados esos modelos, no valen para otro, cada uno tiene que ha cer los suyos. Yo los he hecho, yo los he creado, yo los he de manejar. Con sus 16 leyes. Claro que yo tengo que situarme en un estado especial para obtener resultados”. No obstante esa intransferibilidad, Maritxu tiene registrada la propiedad intelectual de sus metalogaritmos en el extranjero.» (Rafael Castellano, “Los ‘grimorios’: la conexión cósmica”, El País, Madrid, 12 agosto 1985.)

1989 «Grimorio. m. Libro de fórmulas mágicas usado por los antiguos hechiceros.» (Real Academia Española, Diccionario manual e ilustrado de la lengua española, Espasa-Calpe, Madrid 1989, pág. 791.)

1992 «Grimorio. (Del fr. grimoire.) m. Libro de fórmulas mágicas usado por los antiguos hechiceros.» (Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Espasa-Calpe, Madrid 1992, pág. 748.)

«Con el anuncio de la creación en España de unas cátedras de humanidades dentro de una reforma más de la enseñanza universitaria ha venido a mi memoria, algo desdibujadamente, un hecho que creo tiene interés recordar, aunque sólo sea a título de anécdota. Hace más de medio siglo, en mis primicias extranjeras de ampliación de estudios en París, cundió bruscamente un escándalo (vocablo utilizado en casi toda la prensa francesa y en los medios intelectuales), porque un periódico aireó la vergonzante noticia de que un ilustre catedrático internacionalmente prestigioso, con docencia por tanto, ignoraba el latín y el griego antiguos.Historiador o filólogo, había traducido incorrectamente a Tácito y a Heródoto de sus lenguas clásicas, lo que acarreó un cierto grado de vergüenza en la Sorbona y el natural regodeo de las esquelas políticamente opuestas. Comentando el suceso, un diario francés de circunspecta tradición, Le Figaro, estuvo bromeando que había profesores liberales para quienes “Lucrecio era un grimorio, y Platón, el alfabeto del diablo”, dicho francés un tanto despectivo.» (Francisco Vega Díaz [1907-1995], “Del grimorio al alfabeto del diablo”, El País, Madrid, 16 abril 1992.)

2017 «P. En la presentación de la mañana han insistido mucho en el guión, como acaba de hacer usted. El Destiny original tenía un lore [transfondo mitológico de una obra de ficción] muy complejo, pero que fundamentalmente se leía fuera del juego a través del Grimorio. ¿Cómo han hecho para integrarlo en la experiencia del juego de manera más profunda? R. Esto es una de las metas más claras. Queremos introducir tanto como podamos de la mitología del juego en la experiencia del juego en sí. El Grimorio fue una herramienta muy útil para expandir nuestro mito, pero en Destiny 2 queremos que se sienta como una parte más integrada, no como algo aparte. Que surja de manera natural mientras exploras los mundos.» (“David Allen, productor ejecutivo de 'Destiny 2', reflexiona sobre el creciente poder de la personalización de la experiencia en videojuegos”, El País, Tendencias, Madrid, 19 mayo 2017.)

gbs