Filosofía en español 
Filosofía en español

José Sebastián Coll Cochet  1777-1849

Médico español, licenciado en medicina tras estudiar en la Universidad de Zaragoza y cursar la clínica en la Universidad de Valencia, quien, tras cuarenta años de práctica profesional (en 1805 médico por oposición en el Hospital general de Zaragoza, desde 1810 médico titular en San Millán de la Cogolla, desde 1820 médico titular en Fuentesauco, desde 1823 médico titular de la ciudad de Toro y sus tres hospitales), siendo médico titular de Toro, en 1833 frustrada capital provincial en beneficio de Zamora, queda atrapado por las novedades de la Homeopatía instaurada por Samuel Hahnemann, germanosajón afrancesado en su vejez, dicho el “Hipócrates alemán” por sus seguidores. Pretende Coll que estuvo interesado por la homeopatía antes que “el joven” Ramón López (a) Pinciano, pero no existe testimonio público que le sitúe a finales de 1834 entregado en Toro al activismo homeopático, cuando Pinciano ya estaba traduciendo lo que pudo publicar recién iniciado 1835, los tres primeros de los siete libros homeopáticos que tradujo y editó ese año de 1835 (y no “en 1836”, como escribe Coll en 1843, por lo que tampoco es cierto lo que Coll asegura, que en “el año 35, un año antes que Pinciano comenzase sus publicaciones dichas, se verificó en Cádiz la de los archivos de medicina homeopática”…; esta preterición de Pinciano es frecuente, por lo demás, entre quienes al irse institucionalizando la homeopatía en España, quisieron atribuirse presuntos gloriosos laureles por tamaña hazaña…).

1843 «Pero España carecía de obras traducidas a nuestro idioma, que enseñasen aquella doctrina escrita en alemán, y después traducida al francés. A esta necesidad quiso ocurrir en 1836 el joven Dr. Don Ramón Isaac López Pinciano, que decía haber estudiado en Francia la medicina y doctorádose allí mismo. No favorecía mucho a los progresos de una ciencia nueva el crédito que pudiera adquirirle la circunstancia de ser su apóstol un muchacho apenas conocido en nuestra península, con todo él se vino a Madrid, donde tradujo al español, y publicó la carta del conde Saint Desguidi, dirigida a los médicos franceses; y algunas otras obras de homeopatía, cuya traducción no concluyó, abriendo al mismo tiempo suscrición a un periódico titulado, el Monitor médico-quirúrgico, del que solo dio pocos números, cesando luego su publicación, sin duda porque Pinciano solo no podría desempeñar al mismo tiempo tantas atenciones como se había impuesto. Si hubiera tenido colaboradores, hubiera podido continuar el servicio que había comenzado a hacer a su patria, que sin embargo le tiene que agradecer el haber sido de los primeros a facilitar medios de ir principiando a conocer la homeopatía. El año 35, un año antes que Pinciano comenzase sus publicaciones dichas, se verificó en Cádiz la de los archivos de medicina homeopática, traducidos del francés, de que se dieron a luz cuarenta o cincuenta números, y cesó. Antes que el Dr. Pinciano de su redacción periodística, me hallaba yo ya ocupado seriamente del estudio de la homeopatía en las traducciones francesas del Dr. Jourdan.» «Desde aquel momento muchos médicos de diversas provincias por haber leído en los papeles públicos algunos pequeños escritos míos de homeopatía, principiaron a pedirme noticias de sus obras elementales, y del lugar donde podrían hallarlas, y que se les indicase al mismo tiempo cómo o de que parte podrían adquirir algunos preparados medicinales homeopáticos. Por mi parte satisfice sus deseos, señalando los puntos del extranjero donde hallarían venales las obras que apetecían, y noticiándoles que las atenuaciones usuales homeopáticas de cuantas sustancias medicinales hasta el día estaban suficientemente estudiadas, elaboradas con esmero, y de acción bien acreditada por el uso que de ellas estaba haciendo en mi práctica, se vendían a precios cómodos por don Alejandro Rodríguez Tejedor, farmacéutico de Toro, quien hacía algunos años poseía la única farmacia homeopática completa que se conocía en España, porque aunque el Dr. Pinciano, de quien queda hecha mención, puso al despacho público en una botica de Madrid cincuenta o sesenta preparados homeopáticos, este pequeño surtido había desaparecido ya.» (José Sebastián Coll, Examen crítico-filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática comparadas entre sí, Madrid 1843, págs. 345-346 y 362-363.)

Inicia Coll su activismo homeopático por escrito en 1839 al publicar discretamente, bajo sus iniciales “D. J. S. C.”, el librito titulado Aviso a los amigos y enemigos de la homeopatía (Imprenta de Julián Pastor, Valladolid 1839, IX+127 páginas, 16 cm.), del que conserva un ejemplar la Real Biblioteca, en el Palacio Real de Madrid (disponible allí, además, convenientemente microfilmado).

«Un título de extrema rareza, perteneciente al “período incunable” de la edición homeopática española, debido al aragonés José Sebastián Coll (Aviso a los amigos y enemigos de la homeopatía por D. J. S. C., Imprenta de Julián Pastor, Valladolid 1839) y que nos ha sido posible consultar, contiene una temprana exposición de la nueva doctrina junto a datos autobiográficos y noticias de sus estudios clínicos con medicamentos homeopáticos en los hospitales de Toro (Zamora).» (Alejandro Gómez Guerrero, “Sobre la biblioteca homeopática del Palacio Real”, Noticias bibliográficas, Madrid, noviembre-diciembre 1999, nº 72, págs. 20-21.)

Fechada en Toro el 11 de diciembre de 1839, envía Coll una comunicación, ya firmada con su nombre y no con siglas, al Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, texto que, al publicarse, abre el primer número, enero de 1840, de la segunda serie de esa revista: “Homeopatía. Ventajas de la medicina homeopática, casos prácticos y reflexiones en su apoyo” (Madrid, 10 de enero de 1840, nº 1, páginas 1-6). Ahí presenta tres casos de 1837, 1838 y 1839, resueltos los tres brillantemente por el autor recurriendo sencillamente a unos modestos globulitos con árnica en sexta dilución. Afirma en esa comunicación que “hace más de un año” (a mediados de 1838, por tanto) hay establecida una “sección de clínica homeopática… en el hospital general de esta ciudad [de Toro] y desempeñada por mí”, y recuerda el anuncio de la botica homeopática de Toro aparecido cuatro meses antes en el mismo Boletín (lo que acredita que en Toro existía botica homeopática mediado 1839, cuatro años después de que, desde la céntrica Puerta del Sol de Madrid, estuviera ya operando la pionera botica homeopática del farmacéutico licenciado José María Sánchez, bajo la inmediata dirección de Ramón López-Pinciano):

1839 «Anuncio. En la botica del licenciado D. Alejandro Rodríguez Tejedor, farmacéutico en Toro, hay un abundante surtido de medicamentos homeopáticos, preparados a todo coste y con el mayor esmero, los cuales se darán a precio arreglado, tanto a los farmacéuticos cuanto a los particulares que los necesiten; y se les remitirán conforme a sus pedidos, ya en glóbulos impregnados de las diluciones que deseen, o ya en líquido desde la primera hasta la última atenuación inclusive, encerrados en frasquitos proporcionados para que no puedan sufrir avería que los desvirtué. Se advierte a las personas extrañas a la farmacia, que deberán conservarlos para su uso en sitios de una temperatura media, privados de la mucha luz y de la proximidad de cualquiera sustancia aromática; con cuya precaución conservarán su eficacia medicinal sin detrimento alguno por muchos años.» (Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Madrid, 19 de septiembre de 1839, tomo sexto, nº 223, pág. 300.)

Al quedar ya desvelado con precisión nominal, por la primera entrega de 1840 del Boletín de Medicina…, que Toro era núcleo homeopático de primer orden, con veterano médico titular homeópata converso, sección de clínica homeopática en su hospital general y hasta botica surtida de medicamentos homeopáticos en busca de clientela nacional con anuncios en la prensa especializada; desde el entorno del maestro de medicina práctica de la escuela de medicina de la Universidad de Valladolid (escuela que años después pasó a Facultad, cuando la ley Moyano de 1857, artículos 133 y 134, dio a Valladolid la Medicina que tenía Salamanca, y a Salamanca la Teología que desaparecía de Valladolid), enviaron al médico homeópata de Toro una propuesta en la que su receptor no supo percibir cierto aroma de indudable burla:

«Sr. D. José Sebastián Coll.– Ciertamente que la Medicina de poco tiempo a esta parte ha dado un gigantesco paso hacia su perfección (merced a la filosofía del siglo y al genio experimental que esta ha introducido) y no parecía dable que unos principios tan luminosos como los emitidos por Broussaix, dejasen de conducirnos con el tiempo a una feliz práctica. Pero inesperadamente Hahnemann, siguiendo un rumbo diametralmente opuesto, se gloría de haber conseguido la palma: y la escuela de clínica de esta Universidad literaria de Valladolid, no ha dejado de ver con sorpresa, tanto por sus ilustrados escritos, como por el aura popular, los beneficios que V. prodiga a la humanidad doliente siguiendo este último.
Deseosa esta juventud médica y su digno Catedrático de no omitir nada de cuanto pueda contribuir a realizar las esperanzas que la Nación tiene puestas en ella y no poseyendo los medios para instruirse en la citada doctrina, no duda conseguir del loable celo por el honor y progresos de la ciencia, que noblemente a V. anima, se sirva comunicarnos sus luces homeopáticas y comprobar en esta Universidad los ensayos que con tanta ilus­tración y constancia ha practicado en esa población y limítrofes. Nuestro digno Catedrático queriendo contribuir todo lo posible a tan laudable objeto, ofrece franquear todos los enfermos que la escuela tiene a su cargo. Si la doctrina de Hahnemann se halla conforme a los hechos; si estos son más ventajosos que los que actualmente obtenemos; no dudaremos suscribir a ella, y la pos­teridad agradecida concederá un distinguido lugar en los fastos de la historia patria al nombre de Coll, como Apóstol de la Homeopatía en España; y a esta escuela no le cabrá uno innoble por contarse entre sus primeros creyentes. = Dios &c. Valladolid 21 de Enero de 1840. = Los encargados de la comisión. - Juan Andrés Enríquez - Pío Hernández.»

Ese escrito, fechado en Valladolid un martes, lo recibe en Toro el viernes 24 de enero, y emocionado ante la perspectiva de poder difundir la buena nueva entre alevines de médico, le faltan horas para presentarse en la otrora capital de España, Pincia en otro tiempo llamada (distante en carruaje diez leguas, si utilizó la línea regular Toro, Mota, Torrelobatón, Cabezón, Valladolid). Pero, como el mismo Coll reconoce, “…apenas llegado, veo que había yo incurrido en una equivocación”. Quienes habían solicitado que Coll les comunicara “sus luces homeopáticas” no imaginaban que fuera a presentarse, sin avisar siquiera, en persona, y esa parte del lance quedó en simple malentendido. Tras lo que vino, no transmite Coll rencor hacía los alumnos de esa escuela clínica, quienes incluso, tras lo sucedido, quizá reafirmaron su incipiente curiosidad por la homeopatía y tomaron partido por su ejemplo: nueve años después será el segundo firmante de aquel escrito, Pío Hernández Espeso, ya médico homeópata, quien disponga una póstuma “Biografía del doctor Coll”. Deshecha la equivocación, Coll prefiere entrever en aquella carta cierto lance oculto (que atribuye al catedrático que habría guiado o inducido a los ardorosos e ingenuos alumnos):

«Enterado del contenido de este amistoso y honorífico escrito; bien ajeno de pensar que alzaba un guante arrojado en señal de desafío; acepto la invitación, y sin tardanza, parto para donde se me llama. Apenas llegado, veo que había yo incurrido en una equivocación, y los DD. Médicos en otra. Consistía la suya en haberse persuadido que había yo de reusar la lid: estaba la mía (teniendo en esto por compañera la escuela Clínica, que sin percibirlo hizo de heraldo de dichos DD. que con designio permitieron este paso), en haber tenido aquel escrito por otra cosa que un reto literario. De cualquiera punto de vista que se mirase este acontecimien­to, me era ya forzoso saltar a la arena…»

Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, decide Coll personalmente solicitar entonces por escrito al rector de esa Universidad Literaria, Blas Pardo Moneo, un acto público donde poder defender la tesis “La Homeopatía hija de la experiencia y fundada sobre leyes naturales de eterna verdad, es tan evidente y cierta como estas mismas leyes y su utilidad práctica mayor sin comparación que la de cualquiera otro sistema médico”. El rector, verbalmente a través de un tercero, elude la propuesta lamentando que el reglamento universitario solo contemple como actos públicos literarios los propios de las cátedras, oposiciones y doctorado.

Pero el animoso homeópata intentará no volver a Toro de vacío, sin haber presentado y discutido públicamente las doctrinas nuevas. En vez de la universidad podría ser la Academia Médico-Quirúrgica de Castilla la Vieja, de la que además es “socio corresponsal y subdelegado”. Pero le dan largas durante semanas, a pesar de “la manifiesta impaciencia del pueblo, por ser cuanto antes espectador de una solemnidad médica, en que debían ventilarse cuestiones de muerte a vida para él”. También fracasa su gestión ante el Jefe superior político de la provincia, “para que en desempeño de su misión de proteger las ciencias y la salud de los pueblos, se sirviese designar lugar capaz y decente, donde celebrar bajo su presidencia el acto repelido por el Señor Rector de la Universidad y después por la Academia médica”. Por fin cede la Academia Médico-Quirúrgica, y le convoca para el lunes 24 de febrero a las cuatro de la tarde, sin público ajeno a la institución. Ese mismo día, a las ocho de la mañana, comunica Coll que no asistirá para “actuar encerrado a solas con mis antagonistas”, y retorna a Toro para reanudar sus obligaciones como médico titular, tras haber pasado 23 días intentando ser escuchado en Valladolid en acto público.

Cabe imaginar que, durante el mes de marzo, la situación en Toro se fue haciendo cada vez más insostenible para el fracasado misionero homeópata, a medida que fueron llegando las sorprendentes y divertidas noticias, mejoradas y ampliadas, como es proverbial en estos casos, de lo sucedido en Valladolid durante tan larga ausencia de su médico titular decano, y sobre todo aquel aciago lunes 24 de febrero. Mientras Coll cubría las diez leguas de vuelta de la línea regular de carruaje Valladolid, Cabezón, Torrelobatón, Mota y Toro, suponemos, en la otrora capital de España, Pincia en otro tiempo llamada, los responsables de la Academia Médico-Quirúrgica de Castilla la Vieja ocultan su renuncia e incluso jalean la presencia de público para el acto no desconvocado, de manera que “cuando inquieto de tanto aguardar mostraba su impaciencia” el pueblo, el Vice-presidente, puesto en un balcón del edificio académico, remató con ademán disimulado y candoroso: “Señores, nosotros no tenemos la culpa del chasco que ustedes sufren con tanto esperar al Señor Coll, se le ha convocado y no concurre.”

La salida era casi obligada: José Sebastián Coll renuncia a su puesto de médico titular en Toro, abandona la sección de clínica homeopática del hospital de esa ciudad y hasta deja solo al boticario filohomeópata Alejandro Rodríguez, una vez decidido a fijar su “residencia permanente en Valladolid, seguro de que la homeopatía ha de dar las bases sólidas y permanentes que aseguren para siempre jamás y hagan certera la práctica de la medicina”. El lunes 6 de abril de 1840 (como había nacido el 28 de marzo de 1777, acababa de cumplir 63 años), firma un Manifiesto de veinte páginas que manda imprimir en Valladolid, en el mismo taller que el librito de 1839, relatando a su manera lo sucedido: “Manifiesto. El presente contendrá en bosquejo la conducta de la Academia Médico-Quirúrgica de Castilla la Vieja, y de su Socio corresponsal y Subdelegado D. José Sebastián Coll, Médico titular decano de Toro, con motivo de haberse este último presentado en la capital de dicha provincia, llamado a defender en su Universidad literaria, teórica y prácticamente la doctrina homeopática del Doctor Samuel Hahnemann”.

Cabe también suponer que, al difundirse en abril de 1840 tal Manifiesto, la situación en Valladolid se fue haciendo cada vez más insostenible para el tenaz misionero homeópata, cuando los doctores de la escuela de medicina que habían urdido la “invitación” de enero, los responsables de la Universidad literaria, de la Academia Médico-Quirúrgica y hasta el Jefe político, fueron leyendo la homeopática versión de lo sucedido. Unos meses después Coll está casi determinado a tener que fijar pronto nueva “residencia permanente”, esta vez en Madrid.

1841 «Extracto de periódicos. Nacionales. Los números 9 y 10 de los Archivos de medicina homeopática contienen un discurso acerca de las dosis infinitesimales por el Dr. Mure. […] Inserta también dicho periódico, dos observaciones recogidas por D. José Sebastián Coll, médico de Toro, de una fiebre héctica clorótica curada con Phosph 3.ª dilución, y Ipec. 3.ª dilución, y otra de una fiebre tifoidea, que desapareció después de haberse empleado la 25.ª dilución del jugo reciente de la belladona y la 3.ª de nuez vómica. Últimamente después de varios consejos para la práctica homeopática en muchas enfermedades, terminan estos números con la exposición de los prosélitos que parece va haciendo la homeopatía en España. Nosotros somos los primeros en desear que se estudie imparcialmente esta doctrina tan preconizada por unos como ridiculizada por otros. A decir verdad, sentimos que esta circunstancia de tener acérrimos entusiastas y enemigos jurados, la asemeje algún tanto a otras muchas teorías que han aparecido de tiempo en tiempo, cautivando la imaginación con sus maravillosas apariencias; pero queremos que la práctica y el raciocinio desmientan aserciones fundadas al parecer en la experiencia, y en argumentos más o menos especiosos.» (Semanario de Medicina. Periódico de la Academia de emulación de ciencias médicas, Madrid, 6 de mayo de 1841, nº 18, pág. 141.)

A finales de 1843, “D. José Sebastián Coll, profesor de Medicina en esta Corte”, lanza el prospecto de su libro Examen crítico-filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática comparadas entre sí, que reproduce el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia (n° 158, 17 diciembre 1843), donde se le presenta “como uno de los más decididos y laboriosos partidarios de la doctrina de Hahnemann”. Ese prospecto anuncia la publicación de la primera entrega de 80 páginas de ese libro para el 15 de diciembre de 1843, y también avisa que, cuando esté mediada la edición de esa obra, aparecerá la primera entrega de una nueva versión del Organon de Hahnemann que está preparando. Como encargado de las suscripciones en Toro figura su hijo Eusebio. (“Eusebio Coll falleció el 4 de agosto de 1878, a los 67 años de edad”, y sus familiares, olvidado ya D. José Sebastián, decidieron ahorrarse nueva placa funeraria utilizando el reverso de la paterna de 1849…)

1843 «Bibliografía. Examen crítico-filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática comparadas entre sí, por D. José Sebastián Coll, profesor de Medicina en esta Corte. Tenemos a la vista el prospecto de esta obra, que no dejará de ser interesante, tanto por su fin y objeto, como por el nombre de su autor que se ha dado ya a conocer como uno de los más decididos y laboriosos partidarios de la doctrina de Hahnemann. Después de hacer una breve reseña histórica de los progresos de la medicina, explica el plan de su obra de la manera siguiente…» (Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Madrid, 17 diciembre 1843, n° 158, págs. 399-400.)

«Examen crítico filosófico de las doctrinas homeopática y alopática comparadas entre sí, por D. José Sebastián Coll, profesor de Medicina en esta Corte. Ha salido ya la 1.ª entrega de esta obra (única de su clase hasta ahora en España) que formará un volumen de 450 a 500 páginas en 8.° marquilla, buen papel, impresión compacta y esmerada, y se publica por entregas de 80 páginas, siguiendo abierta la suscripción en Madrid, librerías de Cuesta, calle mayor; de Ríos, calle de Carretas; de Villa, plazuela de Sto. Domingo, y de la Viuda de Razola, calle de la Concepción Gerónima, y en las provincias, en todas las principales librerías, en las administraciones de correos y estafetas. El precio de cada entrega en Madrid es 4 reales vellón y 5 fuera de la Corte. En las provincias no se recibirá suscripción por menos de cuatro entregas tomando libramiento contra la administración principal de correos de esta Corte por valor de 20 reales a favor de D. José Sebastián Coll, a quien se le dirigirá calle de Bordadores número 7, cuarto principal de la izquierda, donde también recibirá los avisos y reclamaciones que se le dirijan francos de porte. La 2.ª entrega parecerá dentro de pocos días.» (Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Madrid, 31 diciembre 1843, n° 160, págs. 415-416.)

1844 «Examen crítico filosófico de las doctrinas médicas, homeopática y alopática comparadas entre sí, por D. José Sebastián Coll, profesor de medicina en esta corte. Ha salido ya la segunda entrega de esta obra, y sigue abierta la suscrición en esta corte, en las librerías de Villa, plazuela de Sto. Domingo; Cuesta, calle mayor; de Ríos, calle de Carretas, y viuda de Razola, Concepción Gerónima. El precio es de 4 rs. por entrega de 80 páginas en 8.° marquilla, buen papel, esmerada y correcta impresión. Y para que el público, por los hechos, por el testimonio de los enfermos socorridos, y por el informe de sus ojos, juzgue las doctrinas contenidas en la presente obra, y para que hasta los enfermos más pobres disfruten los ventajosos resultados de su aplicación práctica, su autor D. José Sebastián Coll, ha establecido en su casa, calle de Bordadores, núm. 7, cuarto principal de la izquierda, un dispensario público de homeopatía, donde los pobres sean socorridos de sus dolencias, dándoles gratis las medicaciones y medicamentos que necesiten hasta terminar la curación. A los no pobres solo se les exigen 4 rs. en cada visita por razón de escribiente, libros de actas y de registros, y otros gastos de escritorio. El establecimiento dicho, está abierto todos los martes, jueves y sábados de cada semana, de tres a cinco de la tarde.» (El Nuevo Avisador, Madrid, sábado 20 de enero de 1841, n° 462, pág. 2.)

«Examen crítico filosófico […] Ha salido ya la 2.ª entrega de esta obra […] La TERCERA ENTREGA aparecerá dentro de pocos días.» (Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Madrid, 11 febrero 1844, n° 166, pág. 48.)

«Examen crítico filosófico […] Ha salido la 5.ª entrega de esta obra […] Debiendo terminar la publicación de esta obra en la 6.ª entrega, no se admiten suscriciones en las provincias mas que por toda ella, pudiendo verificarlas en las administraciones de Correos y Estafetas tomando una libranza contra la administración principal de esta Corte, valor de 30 rs. vn. y a favor de D. José Sebastián Coll, que vive calle de Bordadores núm. 7 cuarto principal de la izquierda donde recibirá también los avisos y reclamaciones que se le dirijan francos de porte.» (Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Madrid, domingo 7 abril 1844, n° 174, pág. 112.)

portada

Examen crítico filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática comparadas entre sí. Por Don José Sebastián Coll, Profesor de Medicina en esta Corte.

Munere fundar cotis,
Allios secare faciens,
Impos ipsa secandi.
Hor. de Art. Poet.

Madrid 1843 ⋅ Imprenta de Don Vicente de Lalama ⋅ Calle del Duque de Alba, n. 13
——

Aunque este libro lleva en portada fecha de 1843, en realidad la mayor parte de su contenido se publica durante los primeros meses de 1844. Editado por su autor mediante suscripción de entregas de 80 páginas, su “Prospecto” se difunde en diciembre de 1843, distribuyéndose la primera entrega a finales de ese mes (calculaban entonces que formaría un volumen de 450 a 500 páginas). La segunda entrega sale mediado enero de 1844, la tercera en febrero, la quinta a principios de abril, y con la sexta queda conformado un tomo de IV+460 páginas. Pedro Rino (en plena polémica homeopática con Cayetano Balseyro), firma un artículo en Badajoz, el primero de mayo de 1844, en el que ya cita este Examen crítico filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática, a la página 385 (Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Madrid, domingo 12 de mayo de 1844, n° 179, pág. 145, nota 1). La edición del libro es descuidada y abundan las erratas (más de 80 se advierten en las páginas 459-460). Solo cuando coincide se inician los capítulos en nueva página, ofreciéndose el texto de corrido.

Índice del libro e inicio de cada parte

Prólogo, 1-6

“Una grande controversia, cuyo teatro es toda la Europa, se está agitando hoy con motivo de la aparición de la reforma médica fundamental hecha por el Dr. Samuel Hahnemann; lo que hace que el mundo médico se halle dividido en dos grandes bandos o partidos, el uno llamado Alópata y el otro Homeópata: el primero sigue las doctrinas de la antigua escuela o alopática (Alopática: se ha convenido generalmente en nombrar así toda doctrina y toda escuela médica que no es la homeopática) y campea bajo la enseña de contraria contrariis curantur. El otro establece el tratamiento de las enfermedades según la doctrina nueva o reformada, cuyo distintivo es similia similibus curantur. Uno y otro partido, como declara el lema de sus banderas, tiene pretensiones, bien opuestas. El alopático, se esfuerza en persuadir que él solo está en posesión de la verdadera ciencia médica, y que la nueva doctrina u homeopática no es nada real, ni a nada puede conducir su práctica, más que a perder en inacción un tiempo muy precioso, cuando se destina sin tardanza al socorro de nuestras enfermedades. La escuela moderna, u homeopática pretende también a su vez, que fuera de ella no hay salvación para los enfermos; que la alopatía es un absurdo perjudicial a la humanidad, en tal grado, que su práctica no es para el hombre honrado. Bajo cualquiera punto de vista que se mire esta cuestión, enteramente humanitaria, se verá la absoluta necesidad de que una de las dos partes contendientes haga dimisión de sus creencias y abjure sus errores, porque... una de dos: o la homeopatía es una mentira abominable y perjudicial, o al contrario, es una verdad útil y por tal digna de aprecio. En el primer caso, si la homeopatía es un error... ¿a qué dejarlo cundir y circular tanto tiempo? Si la homeopatía es una verdad, cuantos esfuerzos se hagan para sofocarla, serán vanos; ella triunfará sin duda: pero para asegurarse de su valor o inutilidad, es necesario cuanto antes someterla al juicio de la razón y al crisol de la experiencia. Si de esta doble prueba sale victoriosa, la menor detención en admitirla será un crimen de lesa humanidad, así como lo fuera también el no desterrarla inmediatamente lejos de nosotros en el caso contrario.”

Introducción, 7-35

“Ya hace muchos años que la Homeopatía o reforma médica general amaneció al mundo científico, pero tan repentinamente y con tal brillo, que deslumbró a la multitud ignorante: ostentaba un carácter tan positivo y cierto, que dejaba muy atrás todas las doctrinas médicas que le habían precedido. Tan original y extraordinaria apareció, que en nada se asemejaba a las anteriores, con lo que llamó la atención de todos los talentos, los puso en movimiento, y a proporción de su temple peculiar, cada uno la recibió de diverso modo. Muchos expendedores de drogas medicinales en varias naciones, por la disminución, que de este consumo podía traer la homeopatía, juraron su ruina y la de los que la ejercían, valiéndose para conseguir su depravado intento, de cuantas imposturas les sugería su abominable corazón y los de sus amigos y paniaguados: y como cada uno de estos conspiradores reunía muchos adictos, se deja ver fácilmente, cuan excesivo debería ser su número, y cuan perniciosa su predicación al sencillo pueblo que tenía la desgracia de abrigar y escuchar aquellos apóstoles, sin reflexionar que todos predicaban para el saco como si el lema de su bandera fuese: las boticas no se han establecido para el bien de los enfermos, sino para el de los boticarios. Aquella medianía de talentos, por una parte fácil de deslumbrar, y por otra bien hallada con su poltronería y sus preocupaciones, que tiene por divisa el insensato orgullo de ver el término de la ciencia encerrado en el horizonte de su estrecho saber, despreció y desechó la homeopatía con desdén y sin examen.”

Cap. I. Rápida ojeada sobre la historia de la medicina desde su origen, hasta la era Hahnemanniana, 35-43

“El primer hombre, dice Leclerc, debió ser por necesidad al primer sacerdote, porque no tuvo ni pudo tener en mucho tiempo otro sacrificador, otro ministro del culto y de las relaciones entre el Criador y sus criaturas: por la misma razón diré yo también que debió ser el primer médico, pues no había con él otro hombre que se encargase de evitar y reparar los desórdenes a que su salud quedó expuesta desde su expulsión del paraíso en castigo de su desobediencia y rebelión. Sabemos por el Génesis que desde el momento mismo de la prevaricación de nuestros primeros padres, estos se hallaron desnudos, confusos, avergonzados, llenos de remordimientos; y como dejados de la mano del Señor, sujetos a mil y mil penalidades: pero como la divina Justicia trae de la mano a la misericordia, también les dejó en los seres de la creación, los remedios seguros de sus males. Perdida la inocencia por la caída de la gracia que les daba hasta entonces el dominio sobre todos los seres de la naturaleza y aun sobre sus propias pasiones, se hallaron sumidos en el torbellino de los afectos de ánimo más encontrados; sometidos a la influencia de los seres que les rodeaban, y en la necesidad de procurarse el alimento con el sudor de su rostro. Fuera ya del paraíso, era bien natural que en su estado de abandono, impelidos de sus necesidades y del instinto, vagarían de una a otra parte en busca de los medios de satisfacerlas. En estas excursiones, desnudos como se hallaban, debían sufrir bastante del medio ambiente.”

Cap. II. Historia abreviada de la homeopatía y su hallazgo, por el Dr. Samuel Hahnemann, 43-52

“La palabra homeopatía se compone de los dos radicales griegos Homeios que quiere decir semejantes, análogos, pahtos, padecimiento, o afección. Sirve para denotar que la doctrina médica que lleva este nombre, cura las enfermedades naturales por medio de sustancias medicinales que tengan la propiedad de producir en el hombre sano enfermedades artificiales, análogas a las naturales que se intenta curar. El principio fundamental, o base de la homeopatía es la ley de armonía general, que regla y coordina las tendencias y movimientos de todos los cuerpos naturales, aplicada a las tendencias y movimientos de nuestros órganos, formulada por similia similibus curantur. Si se quiere averiguar la antigüedad de la homeopatía, su origen se pierde en la oscuridad de los siglos. Algunos antes de aquel, en que el gran de Hipócrates floreció, la historia nos dice ya, que hubo un pastor llamado Melampo que por medio de la administración del Heleboro (que entre sus numerosos síntomas produce en el hombre sano Furor - Ausencia de ideas - Enajenación mental y demencia) curó a las hijas del rey Preto que por su locura creían haberse convertido en vacas. Curación lograda a no poderlo dudar, conforme a la ley de los semejantes.”

Cap. III. Protestación de fe médica del autor, 52-59

“Hijo de un Dr. en medicina, y dedicado por elección propia al estudio de la profesión paterna, lo emprendí con todo el empeño de que era capaz, y con el mismo después de haber dejado los bancos de la escuela, continúe siguiendo siempre a la ciencia en sus progresos, porque mi vocación por el arte salvador de la vida de los hombres, no podía ser más decidida.”

Cap. IV. Espíritu de la doctrina homeopática, 59-86

“No se puede conocer la esencia de las enfermedades y los cambios ocultos que producen en el cuerpo: es un absurdo querer fundar el tratamiento sobre conjeturas establecidas con este objeto. No se pueden adivinar las virtudes curativas de los medicamentos por medio de hipótesis químicas, ni por las impresiones que hacen en los sentidos del olfato, vista y gusto, y fuera absurdo pretender, sin más fundamento que el que nos dan aquellas impresiones de los sentidos, la curación de las enfermedades con unas sustancias cuyo abuso acarrea tanto peligro. Semejante modo de proceder se intenta cohonestar, invocando en su apoyo la costumbre general, y aun el ser el solo que se sigue hace millares de años, pero estas alegaciones no hacen menos contrario a la razón y a los intereses del género humano, el tener por verdades las hipótesis vagas que se forjan sobre la naturaleza íntima de las enfermedades, y oponer a estas, virtudes no menos imaginarias, atribuidas a los medicamentos.”

Cap. V. La escuela medica ordinaria, ¿conoce el uso de los instrumentos de su oficio? ¿Tiene medios seguros de adquirir este conocimiento? Crítica de su materia médica, 87-127

“A nadie se le oculta cuán importante sea en todo arte o profesión, tener un completo conocimiento de los instrumentos de que tiene que servirse el que la ejerce, para que sus obras salgan perfectas y bien acabadas. Esta importancia es mayor sin comparación que en cualquiera arte o manufactura, en una profesión como la del médico, que tiene a su cuidado conservar la obra más perfecta que ha salido de las manos del supremo Criador, y reparar los menoscabos a que de continuo se halla expuesta. En el desempeño de un encargo como el nuestro, que es el más interesante, útil y necesario para la sociedad, y esto como por voto de la Sabiduría infinita, que dice en el libro de Job: Nullum censum super censum salutis… Que es el más sagrado y más noble, como que su desempeño ha sido por muchos siglos exclusivo al sacerdocio y a los príncipes: que es el que más acerca al hombre a la naturaleza divina, hasta en opinión de los paganos, pues Cicerón ha dicho: “Homines ad Deos nulla allia re propius accedunt, quam saluten hominibus dando.” En el desempeño, repito, de un ministerio tan interesante, noble y sacerdotal, nunca estará de más cuanto esmero, cuidado y atención se ponga para la elección, perfección y cabal conocimiento de los medios o instrumentos que haya de emplear la mano, por otra parte inteligente y diestra, del que quiere asegurar la perfección de su obra y no perderla.”

Cap. VI. De la experimentación pura, 127-156

“Si la alopatía no puede sacar algún partido de sus medios de indagar la virtud de los medicamentos, la homeopatía posee el criterio seguro de evidenciar el modo, con que cada uno de aquellos se comporta con el organismo; hasta tiene el poder de utilizar en muy alto grado la experimentación clínica, tan inútil para la alopatía. En el hecho de haber descubierto la casualidad los tres específicos que la escuela alopática posee, aunque su hallazgo haya costado tres mil años de investigaciones, la recta razón persuade, que la ley natural que forma la especificidad de aquellas tres sustancias, no existe para ellas solas, y por consiguiente, que la Sabiduría infinita ha de haber puesto entre nosotros un específico seguro, para la curación de cada estado morboso, que a cada momento puede asaltarnos; toda la dificultad está en saberlos buscar, de modo que demos con ellos. Ya hemos visto que por medio de la experimentación clínica, se necesitan millones de años para la formación de una riqueza farmacéutica, tal que nos deba inspirar seguridad y confianza; ¿qué rumbo, pues, tomaremos, que nos lleve con seguridad al descubrimiento de las virtudes positivas de los medicamentos? Yo no veo otro que el de la experimentación sobre el hombre sano, única vía que nos puede llevar, respecto a este particular, a las regiones donde habita la verdad.”

Cap. VII. Exposición de la ley de los contrarios, 156-177

“Consiguiente al designio que me he propuesto de presentar en esta obra, a la consideración de mis lectores, ambas doctrinas médicas, la homeopática y la alopática, una al frente de otra, para que vistas paralelamente, les sea más fácil su comparación, y puedan con mayor comodidad juzgar del valor respectivo de cada una, voy a presentar la base de la doctrina antigua u ordinaria, haciéndola seguir inmediatamente de la de la nueva escuela. Ninguno me negará que cuando una proposición es falsa, falsas deben ser también sus consecuencias; que el principio fundamental de una doctrina, sea la que quiera, ha de ser como una alta torre que levantándose en medio de sus dominios, los descubre todos, y los domina hasta en sus límites más remotos; que del mismo modo, el principio directivo de una doctrina debe explicar todas las partes de esta, y presentar todas sus aplicaciones sin exceptuar una sola, como otras tantas consecuencias naturales, obligadas del mismo; porque ¿qué se diría, v. gr., del sistema de Newton, si el movimiento de uno solo de los cuerpos celestes no pudiera ser explicado por las leyes de la atracción? Los alópatas no ignoran estas verdades, y sin embargo, caen en la inconsecuencia de obrar contra ellas, puesto que el principio directivo de su escuela no solo está en la imposibilidad de explicar algón otro hecho o consecuencia, de que se le supone generador, sino que se encuentra casi en total falta de relación con la doctrina médica, cuya presidencia se le quiere obligar a desempeñar por fuerza. Por fuerza, sí; pues los alopatistas y nosotros sabemos muy bien, que su ley de contraria contrariis curantur, no encierra en sí la doctrina de su escuela, a quien sirve de enseña. Ellos mismos saben que les es imposible descubrir dicha ley en las mil y una doctrinas más o menos parciales, más o menos disparatadas, heterogéneas, opuestas, que se combinan para formar el caos de la escuela médica ordinaria. Esto, no obstante, el pensamiento que la domina hace ya veinte y cinco siglos, es la ley de los contrarios. Para descubrir esta inconsecuencia de la conducta de nuestros cohermanos alópatas, bastará una leve ojeada a los métodos terapéuticos, de que se sirven al mismo tiempo que proclaman dicha ley.”

Cap. VIII. Ley de los semejantes, 178-196

“Hay otra ley del organismo tan antigua como él, que ha sido mejor reconocida por Hahnnemann que por cuantos le han precedido, y según esta ley formulada por similia similibus curantur, que es clara, sencilla, perceptible, aplicable en todas las partes a la doctrina que preside, y utilísima para la práctica, se cura una enfermedad dada, con suavidad, prontitud y seguridad, aplicando un agente terapéutico, el más análogo posible a la enfermedad dada. Los que todavía no han examinado la doctrina de la nueva escuela, desechan esta ley como un portento increíble e irrealizable; pero ellos mismos saben, y deben tener presente que lo portentoso, que lo maravilloso, solo toma este carácter en nuestra propia ignorancia, pues en el curso ordinario de las cosas, todo es natural y sencillo para el hombre ilustrado. El ignorante en la óptica antes de mirarse por primera vez en un cristal azogado, no creería posible que un espejo de tres cuartas de altura había de presentar su imagen entera, no de tres cuartas de altura, sino de cinco pies o más que fuese la del sujeto, porque se le prevendría que una extensión de cinco pies no podía encerrarse en la de tres cuartas: del mismo modo, pues, la ley de los semejantes es una verdad igual a cualquiera de aquellas que cuando se nos anunciaron nos parecieron absurdas, hasta que con el tiempo se nos hicieron familiares.”

Cap. IX. Problema médico. ¿Cuál de las dos escuelas lo resuelve mejor?, 196-245

“Por lo que antecede de esta obra ha podido ya comenzar a percibir el lector cuan vacilante, sujeta a vaivenes y envuelta en tinieblas ha marchado la alopatía desde su origen hasta hoy; cuan injusto sea su desdén y su esquivez hacia su hermana la homeopatía, mucho mejor que ella incomparablemente, y con qué poco motivo se abroga y da a sí misma el dictado de única medicina racional. De la injusticia de este procedimiento se hallará más persuadido después de la lectura del presente capítulo, que tiene por objeto hacer ver de qué modo cada una de las dos escuelas resuelve el problema médico. Considerando que el fin de toda doctrina médica en todos tiempos, en todos climas y en todas las escuelas, ha sido, es y será, curar las enfermedades por la aplicación de las virtudes curativas de los medicamentos, presentaremos la cuestión médica abrazando los miembros o extremos siguientes: 1.° Averiguar en las enfermedades lo gue hay que curar, 2.° Averiguar en los medicamentos las virtudes positivas, de que están dotados, y 3.° Aplicar la virtud de los medicamentos bien conocidos a las enfermedades igualmente bien conocidas. A la resolución del problema, ambas escuelas proceden armadas de una ley y escudadas de un hecho. El de que pretende la alopática derivar su ley es imaginario: en el capítulo destinado a la exposición de dicha ley hemos ya probado que no existe un remedio que se pueda llamar contrario de una enfermedad, considerada según sus causas, sus síntomas y su curso, como era necesario para poderle calificar de contrario absoluto, y no siendo posible hallar un contrario absoluto, la ley de los contrarios es una quimera fundada sobre un hecho quimérico. En homeopatía suceden las cosas de otra manera muy diversa. Su ley procede del hecho sencillo, positivo y a todas horas visible de que un medicamento que en el organismo sano produce un estado morboso sui generis, cura en el enfermo otro estado morboso natural, que mirado por el lado de los efectos primitivos del remedio, le sea semejante según sus causas, sus síntomas y su desarrollo.”

Cap. X. Exposición del método fisiológico, 245-252

“El sistema de medicaciones así llamado, consiste en el uso, ya simultáneo, ya alternativo de los métodos antiflogístico y revulsivo; es el más general y casi exclusivamente seguido hoy día. Su autor Broussais, ha perseguido incansablemente y con razón, la ontología médica hasta hacerla sucumbir a los repetidos golpes de su vigorosa crítica; pero él mismo no ha podido libertarse de este vicio, puesto que hace depender todas las enfermedades de la irritación, entidad ontológica, incomprensible, e incapaz de servir de principio general del sistema fisiológico, porque no lo abraza en toda su extensión, supuesto que Broussais admite enfermedades por abirritación, o procedentes de debilidad, a más de que todo principio general debe crear leyes secundarias que nos lleven a la solución completa de cuantos problemas encierra el sistema, y el de la irritación no satisface esta necesidad.”

Cap. XI. Exposición del método antiflogístico, 252-274

“La palabra antiflogístico se compone de los dos radicales griegos; anti, contra, lo opuesto; y flego, yo quemo. Se llaman también antiflogísticos los medios de tratamiento de las inflamaciones, entre los cuales figuran principalmente la sangría, la dieta, el reposo, las bebidas dichas refrescantes, las sales neutras &c.: como destructores presuntos del flogisto u flogiston, nombre que da Sthal a la materia del fuego. De donde enfermedad flogística, enfermedad inflamatoria, e inflamación, son sinónimos que denotan, quasi flammis comburi. Este término que se inventó en la infancia de la medicina, no se halla a la altura del siglo: está fundado sobre comparaciones inexactas, por eso Mr. Andral lo ha desterrado enteramente de su anatomía patológica, y Mr. Magendie se declara a cada paso contra él en sus escritos, sobre los fenómenos físicos de la vida. Sin embargo, mientras no se le sustituye por otro más conforme a lo que por él se quiere representar, habremos de conservarlo (bien que sin la idea de incendios ni de llamas) para designar aquella modificación del organismo, caracterizada por el calor elevado sobre el grado normal, dolor, tensión y rubicundez de la parte afecta: fenómenos que todos vemos y conocemos, aunque no podemos descubrir el supuesto fuego u flogiston que se les da por causa, ni el cambio oculto que ha sufrido el estado de nuestra vida, y motivó aquellas alteraciones visibles, únicas de que nos dan conocimiento las observaciones microscópicas sobre la patogenia, y que en el estado actual de la ciencia nos pueden ilustrar sobre la naturaleza de estas enfermedades.”

Cap. XII. Del metodo revulsivo, 275-285

“La palabra revulsivo viene del verbo latino Revellere, apartar, desviar con violencia, arrancar. Sirve para nombrar un método terapéutico, y también una serie de agentes, de procedimientos y medicaciones, por cuyo medio se provocan metástasis o transmutaciones morbosas. Estos transportes de la enfermedad cuando son obra de la naturaleza sola, sin intervención de causa conocida ni provocación de parte de la medicina, han recibido y conservan desde Hipócrates el nombre de Crises. De ellas unas son perniciosas, otras saludables. Estas últimas suceden cuando a resultas de un movimiento tumultuoso de la naturaleza, el organismo todo y la enfermedad se conmueven y esta deja un órgano importante, trasladándose a otro que lo es menos: entonces la enfermedad pierde de su intensión y aun a veces se resuelve. También puede recibir alivio u solución el mal, aunque su traslación no se haga a órgano menos importante siempre que este logre desahogarse por medio de las evacuaciones que se llaman críticas, como ordinariamente sucede respeto al estómago, intestinos, vejiga urinaria, aparato circulatorio &c., por vómitos, diarrea, orinas o sudor.”

Cap. XIII. Del método antipático, 286-300

“Otro de los métodos que la escuela médica dominante tiene adoptados para el tratamiento de las enfermedades, es el llamado antipático, enantiopático, u paliativo. La palabra Antipatía de la que se deriva el adjetivo Antipático, viene o está compuesta de los dos radicales griegos Anti que significa contra, Pathos padecimiento. De aquí es que la voz antipático sirve para designar un método terapéutico, que consiste en oponer a las enfermedades remedios contrarios a ellas. En el discurso consagrado a la exposición de la ley de los contrarios, ya hemos dejado expresado que para que un remedio se pueda decir verdadero contrario de la enfermedad dada, que siempre es una cosa real, es indispensable que la contrariedad no sea hipotética, sino real también y absoluta, es decir, que no se limite a alguna fracción de la enfermedad, ni a estas o las otras condiciones de ella, sino a la totalidad de la afección morbosa considerada en cuanto a sus causas, sus síntomas y su curso. Contrarios positivos de esta índole ya dijimos, e hicimos ver allí que no existían, y que solo pueden hallarse respecto a algún síntoma separado. De aquí proviene que todo tratamiento antipático e enantiopático, que significa lo mismo, cuando no es perjudicial y aun mortífero, no pasa de paliativo, exceptuando algunos casos de enfermedad reciente, leve, de curso muy rápido, en una persona antes robusta, porque entonces como el mal todavía no ha echado raíces muy profundas, ni se halla el organismo muy habituado a él, cualquiera emoción de la acción vital toma una decidida tendencia hacia el restablecimiento de la armonía funcional que constituye la salud, y esta algunas veces se recupera por este medio indirecto, que no conviene frecuentar demasiado, porque su resultado es muy casual.”

Cap. XIV. Del eclectismo médico o método ecléctico, 300-304

“Poco se necesita examinar este modo de proceder en medicina para conocer su ningún valor, y que no merece siquiera el nombre de método, pues consiste en no seguir ninguno, obrando sin regla y por puro capricho. La secta apellidada ecléctica parece que fue formada por algunos médicos antiguos, entre quienes Archigéno era el más famoso. Todo el arte eclético se cifra en espinzar la medicina entresacando de todas las sectas médicas y las farmacopeas, aquellas opiniones y aquellos medicamentos que a los eclécticos parecen los mejores, para hacer de ellos un cierto baturrillo, sin orden ni concierto, despreciando lo demás por inservible. Creen con esto hacer un gran servicio a la ciencia que disecan, separando sus partes más de otras, a fin de tomar más cómodamente lo bueno separado de lo malo, en cuya operación pretenden que consiste el bello ideal del médico, aunque en realidad no sea más que un continuo destruir sin jamás reedificar el edificio médico, privando a las partes que lo constituyen de la necesaria trabazón, y substrayendo algunas de ellas.”

Cap. XV. De las dosis infinitesimales de la homeopatía, 304-344

“El escollo, contra que más frecuentemente se estrella la medianía de talentos médicos, es la pequeñez de las dosis que la homeopatía emplea. Juzgando a esta sin examen y sin tomar informes de la experiencia, no hay duda que parece inverosímil que se puedan atacar victoriosamente las enfermedades con átomos medicinales invisibles. Mas si pensamos en ello, veremos que nuestra incredulidad viene del hábito tan antiguo de administrar otras dosis mucho mayores, y que debe despreciar esta duda todo espíritu recto y vigoroso, que desoye las preocupaciones para escuchar solo lo que le diga la razón apoyada en los hechos. Solamente en el cerebro de hombres los más limitados y orgullosos, al mismo tiempo puede alojarse la idea de que en las ciencias todas, ya nada nos queda que adelantar, que todas han tocado su Zenith, más arriba del cual ni hay ni puede haber progreso. Si se hubieran libertado de este error, tampoco hubieran caído en el de no conceder a la esfera de lo posible otros límites que los de su estrecho saber. Quod non intelligo nego, es su ordinario resuello, y una lógica tan detestable, no puede menos de inducirlos a juicios siniestros y absurdos, conduciéndolos a las más extravagantes consecuencias. Si solo creyéramos posibles los fenómenos, cuyo porqué y modo de ejecución nos son conocidos, ¡dónde iría a dar nuestro escepticismo!… y si nos determinábamos a obrar segun él… ¡de cuantos recursos, de cuantas utilidades no nos veríamos privados! Desde luego ni se sembraría ni tendríamos pan, porque ignorando el mecanismo y las leyes de la germinación, se debía concluir según la misma lógica de su adopción, la imposibilidad de germinar los cereales. El piloto por la misma razón renunciaría a los servicios que a toda hora le presta la brújula, que según el mismo modo de discurrir tendría por imposibles, no obstante el testimonio diario de su propia experiencia, porque no comprende cómo se obran. Nadie debía aprender a leer, mediante que antes de saber dar un sonido propio y la necesaria combinación a las letras del alfabeto, nadie es capaz de saber cómo estos signos habían de expresar y trasmitir nuestras ideas; en una palabra, nada deberíamos creer, pues de ninguna cosa conocemos la esencia.”

Cap. XVI. Recibimiento, progresos y estado actual de la homeopatía en España, 344-387

“Desde 1834 los periódicos de nuestra nación, señaladamente el Boletín de medicina y cirugía, comenzaron a hablarnos alguna rara vez de la homeopatía, como de una novedad más digna del ridículo, que de pensar en ella seriamente. La causa de un recibimiento así estaba en la homeopatía misma, que ofrecía puntualmente el viceversa de las opiniones que desde el origen de la medicina habíamos tenido por más racionales y mejor fundadas. Acostumbrados a ver algunas veces las dosis medicamentosas más abultadas sin efecto sensible, no era de extrañar nuestra repugnancia en creer la actividad de las imperceptibles que usa la nueva escuela. Más adelante ya los periódicos usaban de un lenguaje más serio cuando nos hablaban de la nueva doctrina, presentándola, como una invención que aunque podía ser caprichosa hasta cierto grado, también contenía alguna verdad útil, en cuyo apoyo nos referían casos de curaciones homeopáticas, tomados o copiados de los periódicos extranjeros. Dos años se pasaron de este modo dándonos los periodistas progresivamente algo más frecuentes, y algo más favorables noticias de aquella revolución científica, que si llegaba a resultar enteramente fundada sobre la verdad, amenazaba destruir el edificio médico antiguo; esta idea picaba mucho la curiosidad de algunos médicos, y les persuadía la necesidad de estudiar y conocer bien la homeopatía, para averiguar qué doctrina era aquella que ya iba levantando bastante rumor en varias capitales de Europa. Pero España carecía de obras traducidas a nuestro idioma, que enseñasen aquella doctrina escrita en alemán, y después traducida al francés. A esta necesidad quiso ocurrir en 1836 el joven Dr. Don Ramón Isaac López Pinciano, que decía haber estudiado en Francia la medicina y doctorádose allí mismo. No favorecía mucho a los progresos de una ciencia nueva el crédito que pudiera adquirirle la circunstancia de ser su apóstol un muchacho apenas conocido en nuestra península, con todo él se vino a Madrid, donde tradujo al español, y publicó la carta del conde Saint Desguidi, dirigida a los médicos franceses; y algunas otras obras de homeopatía, cuya traducción no concluyó, abriendo al mismo tiempo suscrición a un periódico titulado, el Monitor médico-quirúrgico, del que solo dio pocos números, cesando luego su publicación, sin duda porque Pinciano solo no podría desempeñar al mismo tiempo tantas atenciones como se había impuesto. Si hubiera tenido colaboradores, hubiera podido continuar el servicio que había comenzado a hacer a su patria, que sin embargo le tiene que agradecer el haber sido de los primeros a facilitar medios de ir principiando a conocer la homeopatía. El año 35, un año antes que Pinciano comenzase sus publicaciones dichas, se verificó en Cádiz la de los archivos de medicina homeopática, traducidos del francés, de que se dieron a luz cuarenta o cincuenta números, y cesó. Antes que el Dr. Pinciano de su redacción periodística, me hallaba yo ya ocupado seriamente del estudio de la homeopatía en las traducciones francesas del Dr. Jourdan.”

Apéndice.

Manifiesto. El presente contiene en bosquejo &c., 387-421

“El presente contiene en bosquejo la conducta de la academia medica-quirúrgica de Castilla la Vieja, y de su socio corresponsal y subdelegado don José Sebastián Coll, médico titular decano de Toro, con motivo de haberse este último presentado en la capital de dicha provincia, llamado a defender en su universidad literaria, teórica y prácticamente la doctrina homeopática del Dr. Samuel Hahnemann.” [con alguna variación reproduce → Manifiesto.]

Discurso del diputado Wolf, 421-455

“El Gobierno de Hesse, atendiendo a los deseos de las dos cámaras, que por sí mismas no habían sido más que los intérpretes de una fracción notable de la población del gran ducado, decretó el 5 de octubre de 1833, que los médicos homeópatas gozasen en adelante del derecho de dispensar por sí mismos sus medicamentos. A principios del año de 1839, se esparció la noticia entre el pueblo de que se trataba de revocar este decreto. Inmediatamente el diputado Wolff, puso en la mesa de la segunda cámara una proposición, en la que pedía el sostenimiento del decreto de 1833, y pronunció con este motivo, un discurso que creemos deber dará conocer, y es como sigue:”

Tabla de materias, 457-458

Errores en que ha incurrido el encargado de pasar las pruebas por el autor, 459-460

En la nota final al “Prospecto” del Examen (diciembre de 1843) prometía Coll que, al llegar a la mitad de la publicación de esa obra, “saldrá la primera entrega de la Exposición de la doctrina médica-homeopática u organon del arte de curar, por el doctor Samuel Hahnemann; y después las demás obras elementales del mismo autor, indispensables para estudiar y practicar la homeopatía con fruto.” Juan Andrés Enríquez, desde Fermoselle (provincia de Zamora, como Toro), en escrito fechado el 27 de enero de 1844, pide ayudar “al anciano Coll”:

«También se echará de ver que la doctrina de Hanhemann, ejecutada imperfectamente y con timidez, ha dado resultados prontos, felices e indudables. Las dosis infinitesimales, piedra de escándalo para sus nuevos creyentes, se han manifestado tanto o más enérgicas que las alopáticas. Tal vez en otro artículo me proponga probar por una serie de casos prácticos que estas dosis son activas, aunque no conozcamos el por qué y que la doctrina de este sabio médico es una grande adquisición para la ciencia. Sus hombres deben animar y ayudar al anciano Coll a llevar a cabo la traducción que anuncia cuya tardanza eclipsaba la ilustración médica Española.» (Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Madrid, domingo 18 febrero 1844, nº 167, pág. 53.)

Aquellos planes cristalizan con cierto retraso, pero mejorados, en junio de 1844, cuando Coll difunde el prospecto de su Biblioteca Médica Homeopática, de la que el Examen se convierte, retrospectivamente, en virtual primera entrega, “que sirve como de prefacio a la colección”. Además, ha procurado profesionalizar su industria, encontrando la colaboración de un editor e impresor, Ignacio Boix, del que dice contento: “cuanto sale de su establecimiento tipográfico en esta corte, reputado por el mejor de España…” Ignacio Boix, mediado 1844, estaba en expansiva huida hacia adelante, que no pudo impedir sus inminentes fracasos, la “Enciclopedia española del siglo diez y nueve”, la “Biblioteca de Educación”, &c.

Biblioteca Médica Homeopática

Prospecto

Bajo este título se va a publicar una colección de las obras doctrinarias de la nueva escuela médica que son indispensables y al mismo tiempo suficientes para aprender fundamentalmente la Homeopatía y practicarla con buen resultado. Constará esta colección traducida da al castellano por D. José Sebastián Coll, profesor de medicina en esta villa y corte de Madrid, de los siguientes cuerpos de obra.

1.° El examen crítico-filosófico de las doctrinas médicas Homeopática y Alopática comparadas entre sí, original de dicho Coll, que se acaba de publicar y que sirve como de prefacio a la colección.

2.° La exposición de la doctrina médica homeopática, o Organon del arte de curar, de Samuel Hahnemann, traducción al castellano sobre la 5.ª y última edición, aumentada con muchos opúsculos del mismo autor, cuyo retrato adornará la portada de este grueso volumen.

Ocioso creo recomendar el mérito de esta obra que está siendo la admiración del orbe médico y que constituye todo el dogma de la homeopatía, purgando la medicina antigua de las hipótesis que la oscurecían y de la multitud de errores que la hacían inservible a su destino de curar nuestras enfermedades.

3.° Los cuatro tomos de la tercera y última edición del Manual y repertorio homeopáticos de G. H. G. Jhar, obra útil a todo homeópata y para el principiante, de absoluta necesidad, por cuanto en los casos que todos los días se le ofrecen de consultar la materia médica pura para la elección de un medicamento apropiado a la indicación que desea llenar, le hace mucho más abreviada y fácil esta operación intelectual.

4.° La materia médica pura de Samuel Hahnemann, que pone al médico en posesión de conocimiento positivo y puro del modo que cada sustancia medicinal administrada al hombre sano afecta su organismo; revelando de este modo al observador atento la enfermedad natural análoga, que la misma sustancia aplicada al enfermo, deba curar de seguro. La traducción de los seis tomos originales de esta obra se dará en cuatro.

5.° La última edición de la Doctrina y tratamiento de las enfermedades crónicas por Samuel Hahnemann, formarán también dos gruesos volúmenes de su traducción española. Esta obra imponderable, da al médico estudioso el conocimiento exacto y el poder de triunfar de las afecciones crónicas más pertinaces, contra que la escuela médica ordinaria confiesa su impotencia.

6.° La Farmacopea homeopática de G. H. G. Jhar, que contiene la Historia natural medicinal de la homeopatía: el modo de poner en su pureza natural absoluta las sustancias medicinales antes de someterlas a las atenuaciones homeopáticas: las precauciones que exigen estas manipulaciones: medios de seguridad que han de adoptarse para conservar los preparados sin detrimento y sin alteración de sus propiedades dinámicas: las reglas que deben seguirse en la elección de las dosis, y la forma material bajo que estas deberán administrarse según la diversidad de circunstancias que intervengan en cada caso de medicación; preceptos relativos a la determinación de la oportuna repetición de las dosis, avisos prácticos para distinguir la agravación medicinal de la agravación morbosa, &c. &c. un tomo regular.

7.° La guía del médico homeópata, por el Dr. alemán A. D. S. Ruoff. Consta de dos partes, la primera contiene la indicación por orden alfabético, de las enfermedades, según las denominaciones nosológicas de la escuela médica ordinaria, los síntomas de estas enfermedades y los remedios que les han sido opuestos con buen resultado. La segunda comprende la lista de los medicamentos por orden alfabético, y detrás del nombre de cada uno, las enfermedades que homeopáticamente se han curada por su administración. Este tratado, que formará un pequeño volumen apto para llevarlo cómodamente en el bolsillo prestará también importantes servicios al homeópata principiante, fijándole su atención sobre un número muy pequeño de medicamentos que consultar en la Materia Médica pura, a fin de elegir el más directo y apropiado al caso presente, sin necesidad de recorrer la Materia Médica en toda su extensión.

Son tantas las instancias que desde la aparición de la cuarta entrega de mi Examen crítico-filosófico, los suscritores a él me dirigen para que dé a luz la traducción castellana de las obras clásicas de homeopatía, que en el prospecto de aquella obra prometí publicar en seguida, que reconocido además a la favorable acogida con que han honrado mi Examen y deseoso de corresponder al honor que tan generosamente se me dispensa, he resuello ocuparme inmediatamente de la publicación de la Biblioteca Homeopática, para que por su medio entren en posesión de las verdades y beneficios de la nueva doctrina los médicos españoles que no poseen otro idioma que el nativo y para que aun los versados en el de otras naciones, hallen en la suya propia las obras que a bastante mayor precio tienen que procurarse del extranjero.

Para que la edición reúna las cualidades de belleza y perfección a la de su menor coste que el de las extranjeras, será del cargo de D. Ignacio Boix, cuyo constante empeño en mejorar el arte de la imprenta, está bien evidenciado por cuanto sale de su establecimiento tipográfico en esta corte, reputado por el mejor de España.

Condiciones de la suscrición

La Biblioteca médica homeopática se dará al público por entregas de seis pliegos en 8.° marquilla o sean 96 páginas de impresión clara y buen papel a 4rs. cada una en Madrid y cinco en las provincias francas de porte.

Cada mes se publicarán dos entregas, poco más o menos y cuando sea dable dar mayor número de entregas se avisará a los suscritores.

La obra constará de catorce tomos en 8.° marquilla, conteniendo los tratados que dice el prospecto que antecede.

Se venderán sueltos los tratados según se vayan publicando, siendo diferente el precio al que se fija por suscrición, que ya se anunciará a su debido tiempo.

Hallándose ya impreso El examen crítico filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática comparadas entre sí, original de D. José Sebastián Coll, y que sirve de prefacio a la colección; inmediatamente se dará principio por la Exposición de la doctrina médica homeopática, u organon del arte de curar, de Samuel Hahnemann, con su retrato: y en seguida se irán dando los demás tratados que van expresados.

Los avisos y reclamaciones deberán remitirse francos de porte a D. Ignacio Boix.
Se suscribe en Logroño en la librería de Ruiz.

(Boletín Enciclopédico Riojano de Anuncios, Logroño, 16 de junio de 1844, año 1°, n° 26, págs. 5-7.)

La Biblioteca Médica Homeopática solo llegó a conocer un volumen que llevara impreso ese rótulo, pues el Examen crítico-filosófico…, como hemos dicho, apareció antes de que hubiese cristalizado el proyecto con tal nombre. En 1844 aparece la traducción que Coll hace de la quinta y última edición alemana del Organon publicada en vida de Hahnemann, a partir de la segunda versión francesa de esa obra (Imprenta de D. Ignacio Boix, Madrid 1844, 427 páginas + 2 de erratas.) Respecto de la edición anterior en español, la dispuesta por Ramón López Pinciano en 1835, la edición de Coll en 1844 añade varios textos breves de Hahnemann. Confrontamos el primer párrafo del Prefacio, en ambas traducciones, para entretenimiento del ocioso lector y gozo de hermeneutas del ramo:

Samuel Hahnemann, Organon, primer párrafo del prefacio:
versión Ramón López Pinciano, Madrid 1835, págs. 3-4

Prefacio

La antigua medicina, o la Alopatía, para decir algo de ella en general, supone en el tratamiento de las enfermedades, tan pronto una superabundancia de sangre, que jamás tiene lugar, tan pronto de principios y de acritudes morbíficas. En consecuencia, sustrae la sangre necesaria a la vida, y trata ya sea de barrer la supuesta materia morbífica, ya de llamarla a otros puntos, por medio de los vomitivos, de los purgantes, de los sudoríficos, de los sialagogos, de los diuréticos, de los vejigatorios, de los cauterios, &c. Se imagina, por este medio, disminuir la enfermedad y destruirla materialmente; mas solo consigue aumentar los padecimientos del enfermo, y privar al organismo de las fuerzas y de los jugos nutritivos necesarios a la curación. Ataca el cuerpo con dosis considerables, largo tiempo continuadas, y frecuentemente renovadas, de medicamentos heroicos, cuyos efectos prolongados, y las más veces temibles la son desconocidos. Parece que ella misma se propone desfigurar la acción, acumulando muchas sustancias desconocidas en una sola fórmula. En fin, con un largo uso de estos medicamentos, añade a la enfermedad ya existente, otras nuevas enfermedades medicinales, que es imposible a veces curar. No deja jamás tampoco para mantenerse en buen crédito con los enfermos,{*} de emplear, siempre que puede, medios que por su oposición suprimen y palían durante algún tiempo los síntomas; pero que dejan tras de sí mucha más disposición a reproducirlos, es decir, que exasperan la enfermedad misma. Mira sin razón los males que ocupan las partes exteriores del cuerpo, como de naturaleza puramente local, como aislados e independientes; y cree haberles curado cuando les hace desaparecer con tópicos, que obligan al mal interno a dirigirse sobre una parte más noble y más importante. Cuando no sabe qué hacer contra la enfermedad, que se rehúsa a ceder, o que va siempre agravándose, emprende al menos a tientas modificarla con los alterantes, notablemente con el calomel, el sublimado corrosivo y otras preparaciones mercuriales a altas dosis.

{*} El mismo motivo la hace buscar ante todas cosas un nombre determinado, griego sobre todo, para designar la afección, a fin de hacer creer al enfermo que se la conoce ya de largo tiempo, y que se está mucho mejor en estado de poderla curar.

versión José Sebastián Coll, Madrid 1844, págs. 5-6

Prefacio

La antigua medicina o la alopatía, por decir algo de ella en general, supone en el tratamiento de las enfermedades ya una superabundancia de sangre que jamás hay, ya algunos principios y acrimonias morbíficas. En consecuencia de esto, quita la sangre necesaria a la vida, y trata, ya de expeler la pretendida materia morbífica, ya de llamarla a diferente punto por medio de los vomitivos, de los purgantes, de los sudoríficos, de los sialagogos, de los diuréticos, de los vejigatorios, de los cauterios, &c. Ella cree que con estos medios disminuye la enfermedad, y la destruye materialmente; pero no hace más que acrecentar los padecimientos del enfermo, y privar al organismo de las fuerzas y de los jugos nutritivos necesarios para la curación. Ataca al cuerpo con dosis considerables, continuadas largo tiempo, y renovadas con frecuencia de medicamentos heroicos, cuyos efectos prolongados y con bastante frecuencia temibles la son desconocidos. Parece que hasta se empeña en desfigurar su acción, acumulando en una misma fórmula muchas sustancias desconocidas. En fin, con el uso prolongado de estos medicamentos añade a la enfermedad ya existente nuevas enfermedades medicinales, que a veces es imposible curar. Tampoco deja jamás, por conservar su crédito para con los enfermos,{1} de emplear cuando puede, medios que por su oposición suprimen y palían durante algún tiempo los síntomas; pero que dejan tras de sí una disposición mayor a reproducirlos, es decir, que exasperan la enfermedad. Considera, sin fundamento, las enfermedades que ocupan las partes exteriores del cuerpo como puramente locales, aisladas e independientes, y cree haberlas curado cuando las ha hecho desaparecer por medio de tópicos que obligan al mal interno a fijarse en una parte más noble y más importante. Cuando no sabe ya qué hacer con una enfermedad que no quiere ceder, o que va siempre agravándose, trata de modificarla a ciegas por medio de los alterantes, principalmente con los calomelanos, el sublimado corrosivo y otras preparaciones mercuriales a altas dosis.

{1} El mismo motivo la hace buscar ante todas cosas un nombre determinado, griego sobre todo, para designar la afección con el objeto de hacer creer al enfermo que se la conoce ya de largo tiempo, y que por lo mismo se la puede curar con mucha más facilidad.

 

1845 «Biblioteca Médica-Homeopática o sea colección de las obras doctrinarias de la nueva escuela médica que son indispensables, y al mismo tiempo suficientes, para aprender fundamentalmente la homeopatía y practicarla con buen resultado. Se han publicado ya dos tomos de esta escogida colección: el primero Examen crítico-filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática, comparadas entre sí, original del Doctor Don José Sebastián Coll, y que sirve como de prefacio a esta biblioteca. En esta obra la primera y única de su clase hasta ahora en España, se encuentran discutidos los puntos cardinales de ambas doctrinas médicas en un lenguaje claro y sencillo, y con la más severa lógica. Forma un tomo de cerca de 500 páginas en 8.° marquilla de buen papel y letra, y se halla de venta a 24 rs. en casa de don Ignacio Boix, calle de Carretas número 8. El tomo segundo: Exposición de la doctrina médica-homeopática u organon del arte de curar por el Doctor S. Hahnemann, quinta y última edición traducida al castellano, con varios opúsculos del autor, por D. José Sebastián Coll. Ocioso sería recomendar el mérito de esta obra que está siendo la admiración del orbe médico, y que encierra todo el dogma de la homeopatía. La merecida celebridad de su autor, la sinceridad y buena fe que caracterizan sus producciones, el haberse hecho cinco ediciones durante su vida, y el hallarse traducida a todos los idiomas, la recomiendan ya demasiado. Un tomo de más de 400 páginas en 8.° marquilla (que traído de París cuesta 40 rs.) ha costado a los suscritores a esta colección, el ínfimo precio de 16 rs. Se halla de venta en casa de don Ignacio Boix o 30 rs. para los no suscritores. La Biblioteca Médica Homeopática constará de catorce tomos en 8.° marquilla, y se publica por entregas de seis pliegos o sean 96 páginas. Sigue abierta la suscrición a 4 rs. cada entrega en Madrid llevada a casa de los suscritores, y 5 en las provincias franco de porte. A los suscritores a toda la colección se les dará gratis el retrato de Hahnemann perfectamente grabado. Circunstancias que el editor no ha podido evitar, han retrasado algo la publicación de estas obras; pero en adelante se darán cada mes dos entregas, o más si fuese posible. Están en prensa para aparecer sin interrupción el Manual y Repertorio homeopático de G. H. G. Jhar, en los que se estrenará fundición y se mejorará considerablemente el papel. Se suscribe en Madrid en la librería de don Ignacio Boix, editor, calle de Carretas, números 8 y 35, en la de los señores viuda de Calleja e hijos, y en las provincias en las principales librerías. Nota. Atendiendo a que muchos suscritores tienen ya en francés o en alemán alguna de las obras de esta colección, se admitirá suscrición por obras sueltas.» (El Tiempo, diario conservador, Madrid, sábado 5 abril 1845, pág. 4.)

No será malicia suponer que este “anuncio póstumo” de la Biblioteca Médica Homeopática, publicado por El Tiempo, uno de los efímeros periódicos más o menos marginales que salían de la Imprenta de D. Ignacio Boix (Calle de Carretas, número 8), tuvo que ver con la aparición, cinco días después, del primer número de Gaceta Homeopática de Madrid, periódico dirigido por Coll y realizado junto con dos de sus amigos más cercanos y fieles, el boticario Ramón Castillo (con establecimiento abierto en Preciados 21) y el médico Pío Hernández (recuérdese, segundo firmante de la carta que había recibido Coll en Toro el 24 de enero de 1840, cinco años antes). Gaceta Homeopática de Madrid no está controlada por Ignacio Boix, ni siquiera se sirve de sus talleres, sino que es impresa por N. Sanchiz (Calle de Jardines, número 36). En su primer número ofrece íntegro ese mismo anuncio de la Biblioteca Médica Homeopática (páginas 23-24), que remite al editor Boix, pero seguramente sabiendo ambas partes que tal proyecto ya pertenecía al pretérito.

La Gaceta Homeopática de Madrid persiste un año, dos entregas al mes los días 10 y 25, desde el n° 1 (10 de abril de 1845) hasta el n° 24 (25 de marzo de 1846), en total 571 páginas. Son los meses de consolidación institucional de la homeopatía en España, cuando ingenuos médicos filántropos redentores de la humanidad doliente hubieron de enfrentarse o someterse a individuos de la calaña de Núñez e Hysern.

1845 «Sociedad Hahnemanniana Matritense. Extractos de las actas. Sesión de convocación, el 27 de octubre de 1845. A las ocho de la noche de este día, casi todos los profesores de esta capital, que de buena fe han abrazado la Homeopatía, se reunieron a invitación de dos de ellos, para acordar los medios más a propósito de defenderla y propagarla, y convinieron en que la formación de una sociedad científica era lo más conducente para conseguir este objeto. Acto continuo se nombró presidente interino a don José Sebastián Coll, por ser el más anciano, y secretario a don Román Fernández del Río, por ser el más joven. Concluida esta operación se nombró una comisión compuesta de los señores Rollán, Núñez, Torrecilla y Alonso para que a la sesión inmediata presentara un proyecto de reglamento.»

«Advertencia. Habiéndose retirado el señor D. José Sebastián Coll de la dirección y redacción de este periódico, otro individuo ha tomado a su cargo la continuación del trabajo que dicho señor había emprendido.» (Gaceta Homeopática de Madrid, 10 de noviembre de 1845, nº 15, pág. 337.)

1846 «Sociedad Hahnemanniana Matritense. Extractos de las actas. Sesión literaria del 22 de febrero de 1846. Presidencia del Señor Núñez. Abierta la sesión a las ocho de la noche se leyó el acta de la anterior y fue aprobada. El secretario dio cuenta de tres oficios remitidos por los señores don José Sebastián Coll, don Ricardo López Arcilla y don Pío Hernández despidiéndose de la sociedad.»

«Incansable y en extremo celoso por la propagación de la santa causa que con tanto ardor defendía y sin detenerse por lo avanzado de su edad y las penalidades de un asiduo y continuo trabajo, se dedicó a poco tiempo a la traducción del Organon del arte de curar, del inmortal y célebre Hahnemann y el Manual de materia médica de Jhar y si esta última obra no ha salido por él, no fue culpa suya, pues trabajos tuvo preparados anunció el laudable deseo de dar una Biblioteca homeopática. Mas a pesar de tantas y repetidas pruebas de acendrado amor a la ciencia, y reconocida filantropía hacia la humanidad doliente, aun le faltaba apurar la copa de la amargura y resignarse a sufrir los mil y un disgustos de la sensible y apasionada parcialidad de ciertos comprofesores, siendo víctima de la notoria injusticia de sus contemporáneos que rara vez perdonan a los que como el señor Coll se lanzan denodados en el espinoso campo de la reforma. Pero era tan acerba y tan continua la crítica que se le hacía, fueron tantos y tan repetidos los insultos científicos y personales que se le dirigieron, que naturalmente habrían abrumado a un espíritu de menos temple que el que abrigaba el entusiasta y decidido homeópata aragonés. Lejos pues de ceder el campo a sus implacables enemigos, decidió y llevó a cabo la creación de un periódico homeopático (Gaceta Homeopática, primer año) del que fue digno director y donde para memoria suya y honor de la homeopatía española existen algunos trabajos que convencerán mañana a sus injustos detractores del equivocado juicio que de él habían formado. Pero ¡oh fatalidad! ¡A los seis meses de tarea periodística, empezó a sentir el desgraciado Coll, que sus fuerzas le abandonaban, que su espíritu decaía y que a su entusiasmo y proselitismo le sustituían la indiferencia y apatía! Su vista se resintió notablemente y juzgando que tan natural fenómeno emanaba de la perniciosa influencia del clima de Madrid, marchó a la Andalucía y como ya caminaba a pasos agigantados hacia el fatal e inevitable destino del hombre, apenas gozó del bello y delicioso cielo andaluz…» (Pío Hernández, “Biografía del doctor Coll” (La Unión, Madrid, domingo 21 octubre 1849.)

«Hace unos años, un periódico homeopático francés publicó un artículo sobre la homeopatía en España, altamente injurioso para algunos médicos homeópatas de Madrid, artículo remitido desde esta capital, en el que se dice con pasmosa audacia, que formada la sociedad Hahnemaniana de Madrid a instancia del Sr. Núñez, y superando los obstáculos que surgieron para mantener la armonía entre los homeópatas, triunfa en fin, excluyendo de la sociedad algunos legos o profanos (laiques) que habían hecho más mal que bien a la homeopatía con su adhesión. Es imposible faltar a la verdad con más audacia y malicia. ¿Quiénes fueron los legos o profanos que se dice fueron expulsados? Los profesores en medicina, y cirugía y farmacia D. José Sebastián Coll, D. Pío Hernández, D. Pedro López, D. Ricardo López Arcilla y D. Ramón Castillo. La salida de la sociedad de los cincos legos, ya la dejamos apuntada en el artículo anterior, y no reconoció más causa que el parecer indecoroso alternar por más tiempo con un presidente por votación calculada. Respecto a lo de legos hay una verdad y un error, puesto que de los cinco, ninguno reunimos la circunstancia de estar ordenados ni aun de prima tonsura, mientras que el Sr. Núñez lo está de epístola, según dicen; los cinco ejercemos legítimamente la profesión, menos uno, el Dr. Coll, porque ya descansa en paz; el señor Núñez, también la ejerce, pero su legitimidad está muy fundadamente disputada. Aquí se nos ocurre una pregunta: ¿es verdad que en el año 44, es decir, uno antes de su protestada incorporación en el gremio médico, pidió una certificación para que se le abonaran seis años de práctica médica en los hospitales del ejército de D. Carlos, y que se le negó, o no obtuvo, que es lo mismo, porque pedía una cosa a todas luces injusta?» (Pío Hernández, “Apuntes para la historia de la homeopatía en España”, La Década Homeopática, Madrid, 30 de mayo de 1856.)

1847 «Mais le lieu où elle s'est développée le plus complètement et avec le moins de lenteur, c'est dans la capitale où la professent avec enthousiasme deux professeurs de la faculté des sciences médicales, Joaquin de Hisern et Bartholomé Obrador. Parmi les médecins qui ne sont point attachés à la faculté, on compte les docteurs Joseph Sébastien Coll, Joaquin Lario, Eduardo Garcia, Ramon Fernández del Río, et beaucoup d'autres qui ne sont pas aussi connus. Ces praticiens ont obtenu de brillants succès qui leur ont valu l'admiration et les sympathies de toutes les classes de la société. On a déjà établi un dispensaire à Madrid. Les principes de la nouvelle méthode ont été exposés et discutés dans la salle de clinique de la faculté et à l'académie dite d'Esculape; enfin on a publié un journal mensuel intitulé Boletín oficial de la sociedad hahnemaniana matritense. Le docteur Coll s'adonne d'une manière spéciale à ces travaux littéraires. Il a fait paraître un Examen critique et comparatif des deux écoles, et s'occupe avec ardeur de la traduction et de l'impression des principaux ouvrages homœopathiques dont il constitue une bibliothèque médicale choisie. Ce grand travail est déjà très-avancé.» (Del informe de Francisco Folch que incorpora, entrecomillado, Augusto Rapou en su Histoire de la doctrine médicale homœopathique, son état actuel dans les principales contrées de l'Europe, París 1847, tomo 1, “Espagne”, págs. 178-179.)

Necrología

La Homeopatía española acaba de perder uno de sus primeros apóstoles.

El doctor don José Sebastián Coll, celoso y ardiente propagador de la doctrina de Hahnemann, ha fallecido en la ciudad de Toro de una fiebre nerviosa el 28 de agosto último [1849], a los 70 años de edad.

Este instruido e infatigable médico, después de haber adquirido una buena reputación en el ejercicio de la alopatía y haber asegurado su porvenir, emprendió el estudio de la Homeopatía a la edad de 56 años cumplidos con una actividad y una decisión, propias solo de una edad más temprana; y cuatro años después la ejercía ya exclusivamente y con toda pureza. El hallazgo de la verdad en medicina, que por espacio de cerca de 40 años de práctica había buscado en vano en todos los sistemas alopáticos, produjo en él tal entusiasmo, que le decidió a dedicar a la propaganda de esta verdad, de él tan querida, los pocos años que le quedaban de vida, sin que fueran bastante a retraerle de su propósito, ni los disgustos que le proporcionaron sus primeros ensayos prácticos, ni la consideración de su avanzada edad, ni el acendrado cariño que profesaba a sus hijos, ni las amonestaciones de sus amigos.

En 1840 renunció la plaza de médico titular de Toro, y se estableció en Valladolid para poder contestar mejor a la especie de reto que por la Academia médico-quirúrgica de Castilla la Vieja, de que era socio corresponsal, se le dirigió, y esta conducta franca y resuelta le proporcionó el conseguir uno de sus mayores triunfos. Un año después pasó a fijarse en Madrid, donde supo sostener sus doctrinas con la energía que siempre lo había hecho.

Tanto en Valladolid como en Madrid hizo algunos prosélitos que en el día propagan y defienden con ardor la Homeopatía.

Desde 1839, en que su práctica empezaba a ser exclusivamente homeopática, hasta fines de 1845, en que el estado de su salud empezó a privarle de ello, se ocupó de escribir algunos tratados literarios que vieron la luz pública en diferentes épocas.

El 1.° titulado Aviso a los amigos y enemigos de la Homeopatía, se publicó estando todavía en Toro en 1839, y fue escrito con el objeto de hacer formar una idea verdadera de la Homeopatía a la mayoría ilustrada de la población, y desenmascarar a algunos enemigos embozados de esta doctrina.

El 2.° fue un Manifiesto de la conducta observada con él por la Academia de medicina de Valladolid, cuando en 1840 se trasladó a dicha ciudad a defender la Homeopatía.

El 3.° fue su Examen crítico filosófico de las doctrinas médicas homeopáticas y alopáticas comparadas entre sí.

El 4.° una traducción de la 5.ª  edición alemana (2.ª francesa) del Organon del arte de curar de Hahnemann. Cuando hizo esta publicación formó el proyecto de traducir las obras más indispensables para la práctica de la Homeopatía, y a no ser por causas independientes de su voluntad, hubiera llevado adelante su empresa, pues tenía trabajos preparados al efecto. Finalmente, en 1845 fue uno de los fundadores y director de la Gaceta Homeopática de Madrid. A los seis meses su salud empezó a resentirse de tal modo, que tuvo que abandonar a Madrid dirigiéndose a Andalucía, de donde volvió muy en breve para pasar a la Coruña. Una grave indisposición de una hija suya política le hizo marchar de la Coruña a Toro con la mayor precipitación; y sus hijos y amigos aprovecharon esta ocasión para no dejarle apartar de su lado, y que concluyese tranquilo el resto de sus días, y efectivamente lo lograron, habiendo tenido el desconsuelo de perderle para siempre un año después. Séale la tierra leve.

R. F.

Boletín Oficial de la Sociedad Hahnemanniana, Madrid 1849, tomo IV, páginas 222-223.

1851 «He aquí, señores, por qué me veis sentado en esta cátedra; he aquí por que vengo a examinar con severa crítica la doctrina homeopática en el salón del Ateneo. Y puesto que ya sabéis cual es el objeto de mi presencia en esta clase, permitidme que, antes de entrar en la exposición del plan de mis lecciones, o lo que es lo mismo, de mi programa, os ponga de manifiesto ciertos antecedentes que, en mi concepto, tienen íntima y trascendental relación con la cuestión que va a ocuparnos. No van a versar estos antecedentes sobre cómo y cuándo se introdujo la homeopatía en España, ni sobre la acalorada polémica sostenida años atrás por los profesores antagonistas Balseiro y Rino; ni sobre los escritos del malogrado Coll, otro de los pro-hombres de la secta hanemaniana; ni sobre las discusiones de la Academia de Esculapio en los salones de San Isidro, suspendidas antes de haber hecho uso de la palabra cuantos la tenían pedida en pro y en contra, entre los últimos de los cuales estaba el que tiene ahora la honra de ocupar vuestra atención; ni sobre el reto científico que hizo a los homeópatas españoles el Instituto médico de emulación, teniendo abierto el palenque por espacio de tres días y paseándose delante de sus tiendas los mantenedores, sin que se presentara nunca ningún caballero hanemaniano a correr lanzas con ellos…» (Pedro Mata, Examen crítico de la Homeopatía, Madrid 1851, lección primera.)

1872 «Otro médico de la primera época de la homeopatía en España, de quien debemos en justicia hacer mención en este resumen histórico, es D. José Sebastián Coll, que siendo médico de la ciudad de Toro y de sus hospitales, estableció en uno de ellos una sección de clínica homeopática, en la que, para más comprobación de las ventajas de la nueva terapéutica, se admitían los enfermos tenidos por más incurables. Poco después publicó un pequeño folleto titulado Aviso a los amigos y enemigos de la homeopatía. Sin duda a [305] consecuencia de este escrito, la facultad de medicina de Valladolid le invitó en 1840 para que fuese a aquella Universidad a sostener sus doctrinas médicas y a contestar a las objeciones que se le dirigieran. El Sr. Coll se presentó al día siguiente en Valladolid, y la facultad delegó a D. Sabino de Ara para que, en nombre del claustro, conferenciase con el Sr. Coll a fin de enterarse qué cosa era la homeopatía. El resultado de estas conferencias fue que el Dr. Ara se convirtió a la nueva doctrina, lo cual sorprendió a la facultad y a la Academia, y trataron de eludir la discusión pública que habían provocado. Como D. Sebastián Coll se había dirigido al rector de la Universidad para que señalara día y hora con objeto de sostener el acto público literario a que se le había retado, el rector le contestó que no hablando el reglamento de la Universidad más que de tres especies de actos públicos, los de cargo de cátedra, los de oposición y los de doctorado, y no perteneciendo a ninguno de ellos el de que se trataba, creía que no podía autorizarlo. El Dr. Coll se dirigió entonces al Jefe político de la provincia, pidiéndole que designara local, día y hora para el acto a que el rector no había accedido. La autoridad civil atendió la pretensión, y señaló el 23 de Febrero para la discusión pública. En ese día se circuló en Valladolid una hoja anónima, llena de insultos contra el Dr. Coll, y al mismo tiempo una comisión de la Academia de Medicina solicitó del Jefe político que el acto fuese en el salón de sus sesiones. La autoridad convino en ello, y se aplazó la discusión para el día siguiente. Habiéndolo hecho saber así al Dr. Coll, éste se allanó a todo; pero exigió como condición precisa que el local estuviese abierto para todo el público que quisiera concurrir. La Academia le contestó que no podía acceder a esa exigencia, y que al acto literario asistirían únicamente los miembros de ella. Entonces el Sr. Coll renunció a su proyecto, se marchó de Valladolid para regresar a Toro, comunicándolo así a la Academia la víspera del certamen. Los académicos hicieron como que no tenían noticia de esta determinación de Coll, se reunieron en el día y a la hora señalados, dejaron que entrase el público y estuvieron esperando, no obstante que les constaba la retirada de Coll, provocada diplomáticamente por ellos mismos. Luego que vieron [306] impacientarse al público, el vicepresidente anunció que el acto no podía tener lugar, no por culpa de ellos, sino porque el Dr. Coll no comparecía. Enterado éste de la comedia que había representado la Academia, publicó un folleto, en Abril de aquel mismo año, para referir la historia de todo lo que había sucedido en tal asunto, y al mismo tiempo explicaba la doctrina homeopática, y cuál era entonces su estado en Europa. Los sucesos de Valladolid motivaron también la conversión a la homeopatía de D. Pío Hernández, sustituto de la cátedra de anatomía en aquella Universidad, y que había sido uno de los que firmaron el reto dirigido al Dr. Coll. En la ciudad de Toro se generalizó por entonces la homeopatía, y el farmacéutico D. Alejandro Rodríguez se proveyó de una farmacia homeopática muy completa, que todavía se sostiene, aumentada con mayor número de preparaciones. Por los años a que nos vamos refiriendo había en España un grande obstáculo para que se generalizara la homeopatía, y lo era la guerra civil de los siete años, que por entonces destrozaba nuestro país. Pero cuando en 1840 tuvieron término aquellos tristes acontecimientos, los hombres de ciencia pudieron con más desembarazo dedicarse a cultivarla y propagarla. Poco tiempo después, otro distinguido profesor, catedrático de fisiología de la facultad de medicina de Madrid, el Dr. D. Joaquín de Hysern, aceptó también la doctrina de Hahnemann y dio origen a uno de los focos de propaganda, que desde entonces tomaron actividad en la corte. Hallábase a la sazón de presidente de una sociedad de alumnos, titulada Academia de Esculapio, a la que pertenecían también el mayor número de los catedráticos de la escuela; y con motivo de haber ido a Madrid el Dr. Coll, y haberse reunido ya algunos jóvenes médicos partidarios de la nueva doctrina, se pusieron a discusión en dicha Academia los principios de la escuela hahnemanniana, abriéndose el debate con la lectura de una Memoria presentada por el socio D. Manuel Pérez de Cubas, en la que hacía una exposición completa de la doctrina homeopática. El doctor Hysern costeaba a sus expensas los taquígrafos que se buscaron para copiar estas sesiones, que se trasladaron a la capilla de los Estudios de San Isidro, porque se creyó que el salón de la Academia [307] no sería bastante capaz para contener el público que acudiera a ellas. Mas con sorpresa de los homeópatas y de los alumnos que deseaban oír a unos y otros contendientes, no concurrieron los médicos alópatas más que a la primera sesión, y puede decirse que no hubo controversia, pues solamente tomaron parte en ella don Román Fernández del Río, D. Sebastián Coll, D. Pío Hernández y el Dr. Hysern, que ampliaron la exposición del Sr. Cubas, sin más impugnadores que alguno que otro alumno, socios de la Academia, que usaron de la palabra en contra de la nueva doctrina, más bien por fórmula para que hubiese alguna discusión, que no porque tuviesen convicciones formadas en uno ni en otro sentido. Así es que estas sesiones fueron de poca importancia y concluyeron por inanición.» (Anastasio García López, Lecciones de medicina homeopática, Madrid 1872, págs. 304-307.)

La lápida que desveló una vida apasionante
(La Opinión de Zamora, Zamora, 4 de enero de 2009.)

lápida

Dos vecinos de Toro recuperan la historia de José Sebastián Coll, médico titular de la ciudad a mediados del XIX, que llegó a ser una autoridad nacional en Homeopatía.

Maite Barrio. 01.04.2009 | 02:00.

“Bajo esta losa funeral se entierra de parientes y amigos el consuelo, mostremos; ay! con lágrimas de duelo todo el pesar que nuestro pecho encierra. Pues á lejar (sic) el mal que al hombre aterra se consagró con rígido desvelo; los frutos alcanzar logre en el cielo del mucho bien que derramó en la tierra. (...)”.

Este epitafio laudatorio, inscrito en una lápida de mármol negro, acaparó la atención del toresano Javier Vila cuando inspeccionaba la escombrera de Toro en busca de algún pequeño “tesoro” de los muchos que ha logrado rescatar de la destrucción fruto de la ignorancia, el olvido o la ausencia de sensibilidad. Está dedicada, tal y como figura al final del texto, al doctor José Sebastián Coll, muerto en el año 1849. La losa funeraria procede del antiguo cementerio que existió en Toro en las inmediaciones del lugar dónde ahora se asienta el cuartel de la Guardia Civil, el cual fue construido por el Hospital General, siendo alcalde Ramón Rubio Rodríguez, con motivo de la peste que se desató en la ciudad en 1834 y fue desmontado en los años 30 del siglo XX, de ahí que las lápidas fueran a parar a la escombrera. La rimbombancia del lenguaje y la vehemencia del mensaje, dedicado, sin duda con cariño, por su “amigos Pío Hernández y Ramón Castillo”, hizo pensar a Vila que se trataba de un personaje destacado de la época, por lo que mostró la lápida a José Antonio Rodríguez Puertas, antiguo pedíatra de Toro e investigador de Historia, quien ha escrito un libro –prepara actualmente su publicación– sobre el antiguo Hospital General de Toro, los hospitales medievales de la ciudad y la casa de los niños expósitos, con el fin de recabar información. Para alegría de ambos –Rodríguez desconocía la existencia de la losa–, José Sebastián Coll era uno de los médicos catalogados por el investigador en sus trabajos.

Resultó que el fallecido fue un médico homeópata notable y “un gran publicista” de esta disciplina, ya que fue “el que más contribuyó a afianzar los progresos de la Homeopatía en España”, además de fundar en Toro uno de los primeros centros homeopáticos del país, según la investigación realizada por el pedíatra. Supieron también que cuatro o cinco años antes un grupo de médicos homeópatas se desplazó a Toro y preguntó en el Ayuntamiento sí se tenía conocimiento de la existencia de Coll, obteniendo una respuesta negativa. Decidieron por todo ello que debía “ponerse en valor la memoria” de “tan ilustre médico para la Academia de Medicina de Valladolid, para Castilla y León y para la ciudad de Toro”, por lo que Javier Vila se puso en contacto con una de los miembros de la delegación de la Sociedad Española de Medicina Homeopática, Maria Dolores Tremiño, a quien expusieron el tema, aunque, de momento, la iniciativa no ha fraguado.

José Sebastián Coll nació en la localidad aragonesa de Luna hacia finales de 1777 y, según Rodríguez Puertas, “no se sabe por qué vino a Toro, pero sí que lo hizo como médico titular por concurso presentando sus méritos al Ayuntamiento” y que una de sus obligaciones era asistir al Hospital General.

Su incursión en la Homeopatía fue tardía –comenzó sus estudios sobre la materia cuando tenía 56 años– y entró en contacto con ella tras traducir del francés la obra del homeópata alemán Hahnemam. “Fue su afición al francés lo que le llevó a la Homeopatía”, dice el investigador toresano, y “la explicación que le encuentro es que su padre pudo ser un afrancesado y que él fue una persona muy culta”.

En el Hospital General de Toro fundó un servicio de Medicina Homeopática “en el que solo atendía a desahuciados o casos raros, y obtuvo grandes éxitos”, aunque ello no evitó que la Junta Municipal de Beneficencia lo mandara cerrar. En este tiempo publicó una pequeña obra titulada Aviso a los amigos y enemigos de la Homeopatía, lo que le valió ser invitado por la Academia de Medicina de Valladolid para exponer en la Universidad la doctrina que practicaba, lo cual hizo en 1840, el mismo año que renunció a su plaza de médico titular de Toro para dedicarse de lleno a la Homeopatía y, sobre todo, a escribir otras tres obras sobre la materia. Las enseñanzas de Coll llevaron también a que precisamente en esa misma fecha el farmacéutico Alejandro Rodríguez Tejedor fundara en Toro una farmacia homeopática completa “como no se conocía entonces en España”.

En Valladolid parece que no le toman muy en serio, por lo que se marcha a Madrid, donde la corriente “estaba muy de moda”, y allí funda junto a otros dos médicos, uno de ellos su amigo Pío Hernández que le dedicó el epitafio, la Gaceta Homeopática, siendo, además, nombrado presidente de la Sociedad Homeopática de Madrid, la cual fundó. “Las rencillas tan notorias y frecuentes que existían entre los homeópatas”, comenta Rodríguez, hicieron que abandonara un año más tarde la sociedad junto a otro médico de Toro, Ricardo López Arcilla, “discípulo aventajado”. Según el pediatra toresano, también “eran terribles las discusiones que se establecían entre homeópatas y alópatas”, es decir, los seguidores de la medicina convencional. Se va entonces a Málaga y finalmente a La Coruña, donde fijó su residencia, pero regresa a Toro para que su nuera se recuperara de la tuberculosis que padecía. Con su primera mujer tuvo ocho hijos y tras morir aquella, a los cinco meses de enviudar se casó con una joven doncella toresana, Florentina Fernández. No mucho más tarde se agrava la enfermedad que padecía y muere el 28 de agosto de 1849 a los 72 años de edad. Uno de sus hijos fue concejal en el Ayuntamiento de Toro y la placa funeraria fue reutilizada 29 años después de su muerte en la fosa de otro de ellos, por lo que en su reverso figuran la leyenda “D. Eusebio Coll, falleció el 4 de agosto de 1878, a los 67 años de edad”.

Terapia “sin efectos secundarios”. La homeopatía es “un método terapéutico que consiste en dar al paciente como medicamento una muy pequeña cantidad de una sustancia que, en grandes cantidades, es capaz de provocar en una persona sana una enfermedad semejante”. Así define la Homeopatía la doctora María Dolores Tremiño quien trasladó a “un compañero, a quien le gusta mucho la Historia”, la iniciativa planteada por Javier Vila de recuperar la memoria del doctor Coll, según explicó ayer a este diario. Tremiño, no obstante, ha remitido a la doctora Inmaculada González Carvajal, que tiene su consulta en Oviedo –este diario no pudo contactar ayer con ella–, para profundizar en la trayectoria del homeópata de Toro, ya que fue mencionado por ella en un reciente congreso celebrado en Valladolid, dentro de una ponencia en la que se abordaba la historia de este método en Castilla y León. Aprovechó, por otro lado, para resaltar que la homeopatía “es una terapia que debe ser practicada por médicos, es válida para enfermedades graves y comunes, muy eficaz, no tiene efectos secundarios, es compatible con cualquier otra terapéutica y se aplica de manera individualizada y personalizada”.

Bibliografía de José Sebastián Coll

1840 Manifiesto… conducta de la Academia Médico-Quirúrgica de Castilla la Vieja ante la Homeopatía, Imp. Julián Pastor, Valladolid 1840, 20 págs.

1843 Examen crítico-filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática comparadas entre sí, Imp. Vicente de Lalama, Madrid 1843, 460 págs.

Textos de y sobre José Sebastián Coll en el proyecto Filosofía en español

1840 Homeopatía. Ventajas de la medicina homeopática, casos prácticos y reflexiones en su apoyo (10 de enero de 1840)

Manifiesto… conducta de la Academia Médico-Quirúrgica de Castilla la Vieja ante la Homeopatía (6 de abril de 1840)

1849 Pío Hernández, “Biografía del doctor Coll” (La Unión, Madrid, domingo 21 de octubre de 1849.)

gbs