Biblioteca Feijoniana del Proyecto Filosofía en español
 

La Razón con desinterés fundada, y la Verdad cortesanamente vestida, Madrid 1727[ Anónimo ]

La Razón
con desinterés fundada,
y la Verdad
cortesanamente vestida.

Unión, y concordia de opiniones,
en contra, y favor
de las Mujeres,
documentos a estas,
y advertencias
a los Hombres
para el modo de tratarlas.

Consagrado todo a María Santísima Señora Nuestra, con el Soberano Título de Portaceli.

Con Licencia
En Madrid: Véndese este papel en el puesto de Franciso de Fabregas, en las gradas de San Felipe el Real
 
[ 1727 ]

 

Humilde oración a Nuestra Señora de Portaceli.

No obstante, Señora, ser la Verdad el asunto de este papel, no temo por decirla, aunque hay muchas verdades desgraciadas, porque el temor nace de la culpa, y no de la desgracia; que aun por eso luego que Adán se miró culpado, se escondió temeroso, porque es tan hijo del delito el miedo, que nació de un parto el temor con el pecado {Gen. 3.}, y así no se ha de vincular a las desgracias, cuando sólo es herencia de las culpas. Pero con ser esto cierto, y que al que dice la verdad le sirve ella misma de defensa, la tengo en Vos, Señora, más segura, como Soberana Arca del Testamento, en quien concurre la virtud, y la verdad {Psalm. 131.}. Llamóla David con el epíteto de Santa, y mudándole Salomón el elogio, la intituló Arca fuerte {Paralip. 6.}; ambos discretos, e iluminados; porque conteniendo en sí las Tablas de la Ley, que eran unas Divinas Verdades, claro está había de ser Arca de Santidad para mover a desengaños, y Arca de fortaleza para defender la verdad de los culpados.

Además de ser, como Arca Santa, y fuerte, protección de las verdades, sois Puerta de la Suma Felicidad, Puerta del Ceilo, donde sólo reina la verdad: Sois Torre de David, edificada con baulartes, y mil escudos pendientes para su resguardo; y si estos sintió San Ambrosio ser mil Puertas, por la parte de vuestra fortaleza, y protección, sois Escudo para la resistencia {Cant. 4. Ambr. Serm. 4 in Psalm. 118.};y por la de vuestra piedad, sois Puerta para facilitarnos la entrada de la Glora; y una Puerta, que vale por muchas, porque sois Puerta, que son mil Puertas. Y pues todos necesitamos su franqueza, teniéndonos por dichosos en llegar a vuestras Puertas, porque hallamos en ellas la Corona de vuestras misericordias, os suplico humildemente, para poder llegar a pisar sus umbrales, ampareis a las Mujeres, como vuestro sexo, y más devoto, para que con el conocimiento de sus defectos, corrijan en adelante sus excesos; que asistais a los Hombres, para que procurando en todo vuestro agrado, logren sus obligaciones el acierto; y que a mí me deis vuestros auxilios, para que no desmereciendo por mis delitos la gracia, merezca besaros humilde las plantas en la Gloria. [4]

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Prólogo

Opinión es muy común, que la verdad se ha de decir desnuda; y fúndanse sus padrinos, en que así la pintaron los Antiguos, tomando su principio de la inhumanidad de Cambises, llorando después acá los siglos muchas verdades desgraciadas; pero yo siento con el dictamen de los menos, que son los prudentes, que si la desnudez es buena para pintarla, necesita vestirse para decirla; porque siendo la codicia de los hombres tan interesada, no hay que extrañas huyan de ella, cuando se les propone desnuda. Saben pocos adornarla, y por eso unos se excusan de decirla, y muchos, que por indiscretos se introducen a ello, se pierden por desnudarla; y de aquí nace el error común, de que se oyen con desagrado, se escuchan con desprecio; que los avisos son injurias, y los desengaños ofensas; y los más huyen de decirlas, porque juzgan que en ello aventuran lo que tienen; pero yo me persuado, y lo acredita la experiencia, que no enojan las verdades por verdades, sino por verdades imprudentes, nacidas de celos indiscretos, que más ofenden, que avisan, y hieren más, que enmiendan; porque si para decir la verdad basta una cándida sinceridad, para decirla con fruto, se necesita una gran discreción; por lo que, a mi parecer, tiene más coste el vestirla, que el alcanzarla.

No es tanta mi presunción, amigo Lector, que blasone de tener caudal para vestido tan costoso, porque la discreción, y prudencia es tan sublime, que es don que reparte el Cielo, pero a lo menos, sin faltarte al respeto, te hablo con desengaño en este escrito. En él te ofrezco una verdad desnuda, por lo que dice de pasión, que por eso le llamo: Razón con desinterés fundada, donde hallarás, ya que no sutilezas de discursos, que te diviertan, a lo menos, razones desnudas de lisonja, que te persuadan: Y una verdad vestida, no de sofismas, ni apariencias, con el arte que el lisonjero viste sus mentiras, sino con un traje de cortesana; habiendo procurado arreglarme, para conseguir el fin que intento, al medio tan difícil que piden las verdades; porque es tan grave su pensión, que si se dicen ásperas, desobligan, y si blandas, no alcanzan, porque ha de ser una blandura, que no se atrase la eficacia, y una aspereza, que no se roce en la cortesía.

De cuatro circunstancias, dijo un Político, ha de estar adornada, para ser bien oída, que son: Decoro, Dulzura, Oportunidad y Razón. Decoro, porque verdad dicha sin respeto, más es osadía, que advertencia; Dulzura, porque ganando con la dulzura al cariño, se conquista fácilmente el entendimiento; Oportunidad, porque de decir la verdad sin venir a tiempo, en lugar del aviso, se logra el desprecio; y es como sembrar en tiempo de Verano, que sólo da la tierra polvo, y asperezas: y últimamente Razón, porque de decir verdades el que no le toca, se suele seguir, que siendo en la realidad verdades, se le reputen por murmuraciones. Creo las lleva [5] todas, si no me engaño, porque a ninguno injurio con sus voces; uso de palabras dulces, para persuadir; me valgo de la obligación que tengo, para amonestar; y de la serenidad del tiempo, para convencer; pues sería ocioso este intento, cuando dominando las pasiones contra, y a favor del Teatro Crítico, era tal el ruidoso estruendo de la tempestad, que al trueno de cada Gaceta, unas nubes despedían lluvia de doctrina para fecundar, y otras descargaban piedras de baldones, y dicterios para herir, y arruinar. Y cuando no las hallares en él, ni cosa alguna que te guste, recibe el buen afecto; que aunque es muy común decir, no sirve este sin efecto, a mí me queda el consuelo de que digo la verdad, y que por ello no temo cosa alguna; pues soy de sentir, que en materia de verdades no debe temer el que las dice, sino el que las oye; porque quien las dice, se halla inculpable, quien las escucha, vive delincuente, y es tan justo que tema el culpado, como injusto, que tema el inocente. Dios te guarde.

Este papel tiene las licencias necesarias, y aprobaciones, como más largamente consta de su original, a que me remito. [6]

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Censura de R. P. Manuel Irigoyen, Maestro en Sagrada Teología, y Prepósito en el de Clérigos Menores de nuestra Señora de Portaceli de esta Corte.

He visto de orden de V.S. un papel, que se intitula: La Razón con desinterés fundada, y la Verdad cortesanamente vestida, cuyo asunto es, unir, y concordar las opiniones, en contra y favor de las Mujeres, porque ni le parece bien a su Autor tanta alabanza sola, como las de una; ni le suena bien, y con razón, tanto vituperio solo, con que las infama la otra. No quiere sólo alabarlas, porque no se vuelvan desvanecidas, ni sólo quiere decir sus defectos, por atender con Cristiana urbanidad a su decoro: quiere publicar las prendas, que le ilustran, para que todas procuren aumentarlas; y quiere juntamente publicar sus defectos, para que todas procuren enmendarlos: discreta mezcla, en que descubre el Autor su gran cordura, para que ni pase por lisonja el elogio, ni por infame intención el vituperio.

Muchos son los bienes, y males, que escriben las Sagradas plumas de las Mujeres; y no es razón, que se pondere lo malo, y se quede sin alabanza lo bueno. Llenas están, dice San Jerónimo, las Historias Griegas, y Latinas de las heroicas virtudes de las Mujeres, y que están pidiendo, como de justicia, muchos libros para su alabanza: Plena est Historia, tam Graeca, quam Latina virtutibus faeminarum: & quae integros libros stagiter {B. Hieronim. In Prolog. Ad sophoniam.}. Pues qué prudente puede extrañar, que haga el Reverendísimo Feijoo un breve tratado para su elogio, si piden estamparse en libros enteros sus virtudes? Si tan mal le suena a alguno su alabanza, qué buen eco puede hacer a otros las afrentas de un sexo, a quien aclama la Iglesia por devoto? Es verdad, que son muchas las comparaciones con que pondera la Escritura la malicia de las Mujeres; pero también es cierto, que no las hace para agravio, las hace sólo para documento: no es injuria, es advertencia; no es su intento injuriar a las Mujeres, sólo tira a hacer advertidos a los Hombres: bueno será que cada uno las contemple así para huírlas; pero no es razón que las trate así para infamarlas.

Yo no sé qué pretende, quien sintiendo sus aplausos, se emplea sólo en divulgar sus defectos; porque, o los publica para ignominia, o los hace notorios para la enmienda: el primer intento, ni es político, ni Cristiano: si intenta lo segundo, yerra los medios para conseguirlo; destruye lo mismo que intenta con la mala opinión que publica. Como quiere conseguir la enmienda, cuando públicamente las infama? Cómo quiere que obren bien, si las desacredita con su opinión? Una sospecha basta, dice Séneca, para hacer casi necesaria la culpa {Senec. Epist. 3.}: Ius peccandi suspicando fecerunt. Si [7] una sospecha obliga a tanto, ¿qué será la pública voz de sus defectos? Juzgue bien, retrate su dictamen, pase a elogiarlas, como el Reverendísimo Feijoo, y hallará las virtudes, que no conocía en las Mujeres; porque es tan poderosa, es tan eficaz la alabanza, que pasa a ejecutar lo mismo que llega a decir; que así lo asegura el Consul Plinio, ponderando el noble genio de aquel amoroso Príncipe, que tenía por blasón de su grandeza, tributar a los demás alabanzas {Plin. De suo Principe.}: lo mismo es, dice, alabarlos, que hacerlos buenos con su elogio: Faciebas ergo, eum diceres, optimos. No extrañen tanto poder, porque en frase de Agustino tiene la lengua sus manos: Manus habet ipsa lingua corporea {San Aug. De Orig. Civi. Lib. 4 cap. 16.}. Pues qué mucho forme los méritos, que alaba, si tiene manos para obrar la lengua? Hace lo mismo que dice; diga, pues, virtudes, si quiere hacer virtuosas las Mujeres.

Esta es la industria de que se valió la discreción de Séneca para mitigar el bárbaro genio de Nerón, a quien dedica los libros, que escribió de Clemencia, para que en ellos, como en un espejo, se viese Nerón a sí mismo: Scribere de Clemencia, Nero Caesar, institui, ut te tibi osterendum {Senec. Lib. 1 de Clementia.}. Mejor pudiera verse su fiereza en los libros de la ira; pero dejando, como improporcionado, este medio, apeló su prudencia al ingenioso ardid de la alabanza, para que ablandara el elogio, lo que había endurecido el furor; para que templara sus rigores, al verse aplaudido de clemente. Esta fue la industria de Séneca, y este es el ardid del Reverendísimo Feijoo; vea, pues, como ingenioso arbitrio, lo que juzgaba alguno adulación. No es medio prudente para quitar delitos, dar con el delito en los ojos: La buena fama conserva la virtud; pero la destruye la mala opinión. No quiero decir que no se reprehenda el vicio, pero ha de ser sin infamar al sexo. Así lo hace el discreto Autor de este papel; por cuya causa lo juzgo muy digno de imprimirse, para que corrijan unas lo malo, y aspiren las demás a lo perfecto. Así lo siento en este de Porta-Coeli. Madrid y Junio 12 de 1727.

Manuel de Irigoyen. [8]

 

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§. I.

Una dificultad grande suele considerarse con circunstancias de imposibilidad temida: Difficultas magna impossibilitati aequiparatur. {Lyt, I, §. Ex quo}; y siendo las señas de los que saben los temores con que enseñan, por ser la desconfianza Aurora de la Ciencia, confesando el Rmo. P. M. Feijoo el justo temor de Sabio al dar a luz el primer tomo de su Teatro Crítico, y especialmente al entrar en la defensa de las Mujeres, bien merece su recelosa pluma remontarse, aplaudida de otras más delicadas que la mía, y con elogios más dignos de los que mi ignorancia puede darle, diciendo sólo de su Rma. y su obra lo que de Salomón la discreta Reina Saba: Maior est sapientia, & opera tua, quam rumor quem audivi, {3. Reg. Cap. 10} y que la pasé, y leí tan gustoso, que puedo repetir con Séneca {epist. 46} Tanta dulcedine me tenuit, & traxit, ut & gavitus & delectatus sum, disculpándose los escrupulosos, lo que creo estimarán los entendidos. Y si pareciese que excedo, alabando en lo que mi obligación medita, reconociendo, o por ser la verdad confiada, o por correr la afición animosa, Plinio el Segundo {lib. 7 epist. 28} llamó: Felicissimum errorem, al empeño de este afecto, que no es porfiado, siendo estudioso, ni culpable, pareciendo debido. Así también lo parece respective al Autor de la Contradefensa Crítica, a favor de los Hombres; pues manifestando lo arduo de su empresa, y no ser oposición a la elocuencia de su Rma. le confiesa (como tan debido) la veneración, como a Religioso; la humildad, como a Sacerdote; y la dirección, como a Sabio: Con que justo es decirle, ser grande hazaña de humilde sentir, sujetarse a jurisdicción de ajeno juzgar.

Temeridad fuera mía con estos supuestos, querer redarguir escritos, que guardo muy gustoso para mi enseñanza, y no poca osadía intentar herir, cuando mi inclinación, y genio me arrastran a suavizar. Corto yo la pluma muy a medida de mis discursos, que son gordos; porque quiero más tropezar por demasiado redondo, que precipitarme por delicado, y agudo; fuera de que intereso en ello mi propia utilidad, y conveniencia; pues tiene bien acreditado la experiencia, que el que en Teatro público se pone a capear ajeno ornato, se ve después en él vergonzosa, y confusamente manteado, sin que le sirva de defensa aun la misma ropa de sus razones; como allá a David, de quien dice Lira, refiriéndolo por de Rabí Salomón, que le vino aquella gran frialdad en que no le abrigaba su ropa, 3 Reg. 3 por haberle cortado a Saúl un pedazo de su [9] vestidura, 1. Reg. 10 y fue justo juicio de Dios, que el que cortó la ropoa ajena, no le abrigase la suya propia, siendo gran falta de cordura no mirar el peligro en que se pone el que hiere, o muerde a otro; pues a los hijos de Israel, que murmuraron, y mordieron de Moisés, y Aarón en el Desierto, les envió Dios ponzoñosas Serpientes que los mordiesen, Num. Cap. 21. Vers. 6.

No es este mi ánimo, como he dicho, sino manifestar lo que en términos bastantemente claros expresa el R. P. Feijoo, y parece no haberse entendido como debe, y declarar lo que prudentemente discurro, quiere establecer el Autor de la Contradefensa Crítica, a favor de los Hombres, para que así queden este, y los demás justamente satisfechos a sus quejas, y la Defensa de las Mujeres, ilustres, varoniles, y fuertes en su ser: No para presunción de la que no lo son, sino para ejemplar a quien deban seguir, que es lo que me parece el medio proporcionado con que todos quedarán contentos, y especialmente los prudentes; porque no siendo lo frágil capaz de censura, sino antes bien de conmiseración, a nadie puede parecer mal haya quien proponga medios, y razones, para que sea la corrección apacible en las malas, sin que desmerezcan el agrado, y alabanza las buenas; pues es como de justicia debido, dar a cada uno lo que le corresponde, y es usar de un medio, a quien llamó un Discreto: Acierto de los aciertos morales.

Sentenciar sin oír, ofrece desconfianzas al dudar; porque así como no basta ser uno acusado para prueba de su culpa, como discretamente dijo el Emperador Justino, así tampoco basta negar, o alegar negando, para justificación de su inocencia. Habló el R. P. a favor de las Mujeres, motivado de que muchos hacen dolencia común, lo que sólo es delito de particulares; como Diógenes, que viendo pendientes de un olivo a unas, que la Justicia había castigado, tuvo osadía a deir: Ojalá todos los árboles del mundo llevaran este fruto; siendo así, que ha habido, y hay tantas dignas de coronarse con laures. Así lo manifiesta en el num. 1 de su discurso con estas palabras: A tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las Mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena. Y dejando su erudita elocuencia correr la pluma en la expresión de muchas, con los vivos colores de su elegancia, y retórica, debieron de parecerle delicados, y sublimes elogios, capaces de ensoberbecer al sexo, al Autor de la Contradefensa, y habló luego en un total desprecio suyo, y alabanza de los Hombres, explicando en otro sentido algunas de las razones, y autoridades del Teatro Crítico. Después han hablado otros, ya en Sátiras, ya en Apoyos, y ya en Desagravios de que merece, sólo he de tirar a concordar los dos primeros Autores de la Defensa, y Contradefensa; pues si el recto sin que llevo no me engaña, uno, y otro, aunque al parecer tan opuestos, vienen en substancia a establecer, y decir una misma cosa, sin que haya lugar para que ninguno los note de apasionados.

No niega absolutamente el segundo, que las que refiere ilustres, y singulares en variedad de materias el primero, sean por ello dignas de sus aplausos, sino que suponiéndole ofendido con la Novela de su introducción, prorrumpió quejoso, pintando muy bien la desatención de la otra, como se acostumbra en las querellas, juzgando ser medio aquel de sus oprobios, para [10] que templasen las vanas el ardor de la soberbia con que pudieran precipitarse, entendiendo mal los elogios de las que refiere el Teatro Crítico, y queriendo probar, o alegar superioridad a los Hombres. El P. Mtro. Feijoo, no les concede esta ni da igualdad en los talentos a todas, ni menos afirma el ser todas buenas: pues al principio del num. 4 dice así: No niego los vicios de muchas. Y por lo tocante a la presunción, y vanidad que pudiera ocasionarles el persuadir, y probar la igualdad de ambos sexos en las prendas intelectuales, haciéndose cargo de este reparo en el §. 24 satisface a él, manifestando no ser este su intento, y que no llegando a pensar de sus prendas más de lo que deben, no puede hacerlas vanagloriosas, o presumidas.

Con que siendo el fin del uno, defender, y elogiar a las Mujeres, para evitar el desprecio con que muchos Hombres universalmente las tratan; y el del otro, vituperarlas, alabando a los Hombres, para evitar el grave perjuicio que pudiera resultar de querer ellas la mayoría, sabiendo los discretos la mucha latitud que admite el Encomio, o Elogio, a diferencia de la Historia; pues como dijo Luciano: Ille, qui Encomium scribit hoc unum spectat, ut quibuscumque modis possit eum quem laudandum suscepit, extollat, atque oblectet, etiamsi per mandatium id consequatur quotendit, parum id curat. At contra Historia, nihil falsum inferri sibi, nec pausilum quidem permitit; y no ignorándolo el P. Feijoo, pues lo confiesa así al fin del num. 5 me parece se pueden concordar en lo que años há dijo un Discreto: El decir que todas las Mujeres son buenas, es sobra de afección, y el decir que todas son malas, es falta de razón; y lo que es cierto, que en los Hombres hay mucho que reprehender, y en las Mujeres no poco que alabar. Y en que en ellas, como en todas las demás cosas, hay Mujeres malas, y Mujeres buenas, en lo cual conviene aun el Autor de la Contradefensa, siendo al parecer tan opuesto; pues respondiendo a aquella proposición, de que es tanto el desprecio que hacen de ellas, que uno, u otro apenas quieren aprobar una sola por buena, dice al fol. 8 B. con no poco gracejo: No van fuera de camino, mas concédaseles alguna, por si no tienen abogada que las defienda en la hora de la muerte, en cuya graciosa expresión manifiesta bien ser este su mismo sentir.

Admitida la querella, y vista después del traslado la defensa, y contraquerella, con la respuesta que a ella han dado muy doctrinal, y prudente, el Autor de los Desagravios de la Mujer ofendida, y poco decente el del Apoyo a la defensa de las Mujeres, pues debió tener presente aquellas palabras del Espíritu Santo: Ne respondeas stulto iuxta stultitiam suam, ne efficiaris ei similis, parece que sólo falta la sentencia; pero no presumiendo ser yo Juez, sino sólo un tercero en la contienda, digo, son muy acres las razones con que las impugna el Autor de la Contradefensa Crítica; son muy fuertes, y eficaces las del R. P. Feijoo con que las defiende; pero que según aquel tercero llamado Zorobabel, en la disputa que se movió entre los Guardas, o Criados de Darío, Rey de Persia, Esdras, lib. 3 cap. 3, Fortiores sunt Mulieres. Son más fuertes las Mujeres: Super omnia autem vincit veritas. Pero sobre todo es más fuerte la verdad, y esta me parece ser lo que acabo de decir, y ahora nuevamente repito, que ha habido, y hay en el mundo muchas Mujeres buenas, y muchas malas; honestas, torpes, discretas, necias, prudentes, locas, fuertes, frágiles, valerosas, cobardes, silenciosas, y habladoras, &. Pues en lo poco que he visto, y leído, he hallado caso, y conocido personas [11] que lo comprueban todo: este es mi sentir, y me parece será de todo hombre prudente. Y pues tengo la Verdad por asunto, protesto decirla con desinterés en todo el discurso, alabando en los Hombres, y Mujeres lo bueno, y reprobando lo malo, advirtiendo a los unos el modo de tratarlas, y a las otras el de portarse con ellos, y gobernarse a sí, para que se les tenga, y guarde el decoro debido; sin ser mi ánimo herir, ni reprehender a persona alguna particular, ni a todos en común, cuando hablare de viciio, o defecto de algún sexo, pues sólo mira a la reforma de las que en él se hallaren incursas, siendo mi fin seguir la máxima de aquel Discreto, que dijo: Ser la parte moral en los que escriben, la ganancia de los que leen. Pues el hechizar las atenciones, debe ser con dirección de las costumbres, porque deleitar sin enseñanza, suele derrotar la curiosidad.

 

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§. II.

Preguntado el Filósofo Anaxarco por los Lacedemonios, qué cosa era la verdad, respondió así: Es la verdad una salud, que nunca enferma; una vida, que nunca acaba; un rocío, que a todos sana; un Sol, que jamás se pone; una Luna, que nunca se eclipsa; una hierba, que nunca se seca; una puerta, que a nadie se cierra; y un camino, que nunca cansa; con que siendo este el que yo he de andar, poco tengo que temer la fatiga, ni menos el peligro del corto bajel de mi discurso; pues dijo Quilo, preguntado de lo mismo por los Corintios: Es un tiempo, que nunca se turba; una flota, que no perece; un Mar, que jamás se altera; y un Puerto donde ninguno peligra.Y así, servirá de basa fundamental la formacion de Eva, par que sepan todos la atención, y respeto que a las sucesiones se les debe.

Es cosa sin disputa, que la primera Mujer fue formada, no de los pies del Hombre, porque no la juzgase totalmente inferior, ni tampoco de la cabeza, porque ella no tuviese presunciones de Superior al Hombre, sino que fue de la costilla del lado. Gen. 2. Vers. 22., parte media del cuerpo, para que supiese se le había dado Dios por colateral, y compañera suya, y como a tal la amase, y estimase; lo cual reconoció así el mismo Adán, llamándola compañera, aun cuando pretendía disculparse con ella, y fue de la costilla del lado izquierdo, que es donde reside el corazón humano. Pues aunque en todos los animales está el corazón en medio del pecho, se inclina algo al lado izquierdo en los Hombres, según Aristóteles, lib. 3. De Part. Anim. Cap. 4, para corregir con su calor la frialdad de aquella parte; con el vínculo del matrimonio, la obligacion en que están de corresponderse con una recíproca conformidad de ánimos, y concordia de voluntades.

Dijo Dios no era bueno estuviese solo el Hombre, Gen. 2 Vers. 18 y formó luego a Eva; y aunque al parecer se dirigió esta altísima Providencia, sólo a la propagación, como dice Lira. San Juan Crisostomo l atribuye a que necesitaba Adán de compañera para otras cosas; pues dice, que habiendo criado, por respeto del Hombre, todos los animales, y producido frutos de que se pudiese sustentar, formó de su mismo lado otro animal racional, partícipe de su misma sustancia, y su semejante en todo, para [12] que él lograse el consuelo, y gozo del trato, y comunicación, y ella le ayudase a todas las cosas convenientes para la vida: Vides quomodo omnia propter virum fiunt. Condita enim creatura, productis brutis, & cibo, & ministerio utilibus: quia formatus homo indigebat aliquo confabulatore, & ei, qui particeps, sua substantia multum solatii aferre posset: Ideo ex latere illius hoc rationales animai format, & secundum industriam suam, & sapientiam perfectum, & absolutum hoc facit, per omnia homini simile, idest rationale, quod posset in necessariis, & commoditatibus huius vitae subsidio esse. Chrysost. Homil. 5. In Gen. Luego déjase bien conocer el aprecio que se debe hacer de las Mujeres, el honesto, y Cristiano cariño que unos han de tenerlas, y la atención, y respeto con que otros deben tratarlas, respective cada uno según el estado y clase de ambos sexos. Pues siendo la ingratitud hija de la bastarda villanía, como el agradecimiento de la nobleza, será lo contrario degenerar de esta, faltando en ello al reconocimiento del primer beneficio; pues aunque fue luego por su desobediencia instrumento de nuestras desdichas, logró el mundo después otra en su sexo María Santísima Señora nuestra, que lo fue de mayores felicidades. Pues si la original Justicia, que perdimos por la primera Eva, haría a los Hombres inmortales, hoy la gracia que logramos por la segunda, los hace Dioses: Facta est vere nunc Mater viventium per gratiam, quae Mater ante extitit morientium per naturam. San Pedro Chrysolog. Ferm. 140.

Olvidados no pocos de tan justa obligación se hallan muchos, que imitan a los arrendadores de la viña, que deleitando, y utilizándose de sus frutos, dieron en recompensa, y satisfacción muchos palos, y pedradas a los que la pedían; siendo así, que ninguna cosa de cuantas hay en el mundo infama tanto al Hombre, como el ser intgrado, en sentir de Séneca. Pero no es ya mucho, si atendemos a lo que dijo Diógenes, que preguntándole cuál era la cosa que entre los Hombres más presto se envejecía. Respondió discretamente: Que el beneficio, pues claramente experimentamos, y vemos, que el que ayer se recibió, hoy está olvidado. Pero avergüéncense los Hombres de su mala correspondencia, y pórtense de modo, que no les comprehenda la reprehensión de San Pedro Damiano, lib. 8, epist. 3 al otro, que despreciaba a su madre, comparándole con el fuego, símbolo de la ingratitud, que consume, y desprecia lo que le da esplendor, y actividad: Quid aliud quam naturam ignis cerneris imitari, qui cum ex lignis prodeat, ligna consumit, & incinerem vertit? Ligna namque exquibus aegreditur quasi matrem nascendo consumit. Y porque no le parezca voluntaria en mí esta persuasión tan debida, sépase no falta texto expreso en la Escritura, que manifieste el respeto que a una Mujer se le debe; pues en el capítulo quince del Génesis, hallamos a la hermosa Sara, Mujer de Abraham, con dos nombres; porque primero se llamó Sarai, y después se llamó Sara, poniéndole este Abraham, de orden expreso de Dios; y quitándole el de Sarai: Dixitque Deus ad Abraham: Sarai uxorem tuam non vocavis Sarai, sed Saram; pero nótese, que Sara conservaba en ambos nombres el de Señora: porque Sarai significa Señora mía: Domina mea; y Sara el de Señora: Domina; pero con la diferencia digna de toda nota; que cuando parece que a la mutación del nombre perdía alguna cosa de su decoro, entonces se le aumenta la veneración, y el aplauso; porque Sara, no sólo significa Señora, sino Señora de olor, o [13] fama: Sara Domina odoris, y esto por mandarlo así Dios: [...] Abraham, para que sepa, que no sólo ha de tener la Mujer el título respetable, y decoroso de Señora, sino de Señora de buena fama; pues se les debe a todas el aplauso en lo bueno, y el disimulo en lo malo, para que ninguna pierda por nuestros arrojos la reputación, y crédito de su buena fama; pues pueden corregírseles sus defectos, sin que esta se les ultraje, tomando ejemplo en San Lucas, que sólo llama a la Magdalena Mujer pecadora: Mulier in Civitate pecatrix, Luc. 7 y San Juan del mismo modo a la Samaritana: Venit Mulier de Samaria aurire aquam, Ioann 4 callando su nombre, que era Fotina.

Motivado del poco aprecio que de esto se hace, dijo el Reverendísimo Padre Feijoo en su Defensa, que se hallan en muchos libros invectivas para deshonrarlas. Invectiva, es lo mismo que reprehensión, o carta reprehensiva. Así consta de las Epístolas del Ilustrísimo Guevara, 2 part. en la Epístola al Arzobispo de Bari, not. I fol Mihi 298, donde trae la que el Filósofo Esquines escribió a su enemigo Demóstenes: Luego aunque llámase así las sentencias, y autoridades de los Santos Padres, no es el término tan extraño como parece; pero sírvale de disculpa al que lo nota de tal, no haber visto esta noticia; y de advertencia lo que sobre ellas previno el Padre Rmo. en el principio del num. 5 que las declamaciones de los Escritores Sagrados, se deben entender dirigidas a las perversas, que no es dudable las hay; pues sólo hablan los Santos, y Autores prudentes de las que huyendo de la modestia de su obligación, se precipitan con su desahogo, y no de las cuerdas, y retiradas, que ponen toda su mira en la conservación de su honor.

Pero porque hay Hombres tan inconsiderados, que quieren aplicarles a estas, lo que se siente, y corrige de las otras malas, o que suponen lo que les parece, para comprehenderlas todas en los defectos de algunas, o para vituperar esta, o aquella en particular; llamó muy bien su Rma. a tales motivos, o causas invectivas, entendido así materialmente por invenciones; pues como tan docto, y experimentado, no le faltarán suficientes casos, y doctrinas con que comprobarlo, y una de ellas en términos bien propios, lo que de Paulo Emilio refiere Plutarco. Repudió este a su Mujer, confesando que era discreta, honesta, y de muy noble sangre; quejáronse sus parientes de ello, y preguntándole la causa, les mostró un zapato diciendo, que él sólo sabía la parte donde le apretaba el pie; pero ya previno a tales invenciones Salomón la respuesta, que al Hombre inconsiderado todo le es materia de risa: Quasi per risum stultus operatur scelus. Prov. Cap. 10 vers. 23. Pues porque a este, o aquel le apriete un zapato, quiere que su Mujer, esta, aquella, o todas vivan descalzas de su honor, pretendiendo a la sombra de un donaire introducir mil injusticias. [14]

 

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§. III.

Omito las cuestiones, y disputas, de si las Mujeres en común son mejores, o peores que los Hombres; si es defectuoso el sexo femíneo, o no lo es, y el batidero mayor, que llama el Rmo. Padre Feijoo a la cuestión del entendimiento; pues además de no ser del caso para el intento que he propuesto persuadir, y probar, y estarlo ello ya suficientemente, es tan cierta su aptitud para toda ciencia, y arte, que aun los más necios pueden notar esta doctrina de la experiencia, su maestra. Pues el que sobresalgan más los Hombres en la delicadeza de sus discursos, en lo industrioso de sus ideas, y en la valentía de sus hechos, es cosa bien clara no nace de la inhabilidad de las Mujeres, sino del mayor ejercicio, y aplicación de los Hombres; fuera, de que si, como dice Séneca, epist. 37 tanto tiene cualquiera cosa de buena, cuanto cumple con el fin para que fue criada, siéndolo todos en primer lugar para servir a nuestro Criador, con que merezcamos gozarle, poco les embaraza a las Mujeres ser perfecto, o defectuoso su sexo, frágil, o débil, igual, o menor entendimiento que los Hombres. Y para lo tocante al trabajo, estudio, y gobierno Político, y Económico, así como no ignoran las Mujeres que no las pertenece la administración, ni ejercicio de lo de fuera de casa, así tampoco, ni ellas, ni los Hombres deben tener por desprecio del sexo, que no sobresalgan tanto como los Hombres en ello, y que intervengan, y dispongan el gobierno de lo que está dentro de ella; pues criándose desde niñas en ello, siempre son más hábiles para las cosas, y ejercicios domésticos, como los Hombres, por la misma causa, para los públicos; como sin nota de apasionado a uno, ni otro sexo lo definió San Ambrosio, lib. de Pard. Cap. II, Sicut enim vir publicis officiis, ita Mulier domesticis ministeriis habilior Aestimatur. Siendo esto lo justo, y proporcionado para la conservación de la paz, y buen régimen de las casas, como lo manifiesta el Santo, ponderando el de la del Patriarca Abraham, con el reparo que hizo en el hospedaje, y recibimiento de aquellos Ángeles que tuvo por huéspedes; pues notó, que Abraham previno todo lo que estaba fuera de casa, y Sara su mujer, lo dispuso dentro: Foris maritus invit at, intus Sara conviviam adornat. Siendo en la piedad, y servicio de Dios iguales, aunque no en el ejercicio de los ministerios, pues se aplicó cada uno al que a su persona tocaba: Quod pietatis est vult esse commune: quod pudorisset, integrum manet Sara, San Ambrosio, lib. I de Abrah. Cap. 5.

Conózcanse con esto los Hombres, y conózcanse también las Mujeres, para que atendiendo unos, y otros a lo que cada uno toca, logren así el acierto en todo, y el vivir en paz las familias, cosa que tanto nos persuaden las Divinas letras. Sepa ceder el marido, y sepa ceder la Mujer, porque si cada uno quiere salirse con la suya, será una guerra más civil, que impida el acierto en el gobierno de la casa, y una inquietud externa, e interna, que daña mucho para el servicio de Dios. Gobiérnelos la razón, que todo lo ajusta, y compone, y no el genio, y condición, que todo lo avasalla, y pierde; y así, para su régimen tengan presente el consejo del Ilustrísimo Señor Don Juan de Palafox, que yo les prometo el acierto, si [15] usasen de él, como su celo lo escribe: Yo no he hallado (dice el Docto ejemplar, y experimentado Obispo) otro remedio en las ocasiones que aconsejo, que no son pocas, por ser Padre de tantas almas a los maridos, y a sus Mujeres, sino que esté la paciencia de parte de aquel a quien entonces grava la tendencia: y digámoslo de esta suerte, que si no puede ser menos, riñan, y sufran a semanas. Comienza enojado el marido, tenga paciencia en aquel caso la mujer; comienza enojada la mujer, tenga paciencia entonces el marido: y cuando el uno le dice una pesadumbre, dígale el otro un regalo; si le echa una maldición, échele una bendición. Con esto, con la paciencia del uno, y después en estando ambos desenojados, se podrá poner en razón la causa. Pero si no hacen esto (prosigue el Santo Obispo) sino que el uno maldice, y el otro maldice; el uno se encoloriza, y el otro se encoloriza; el uno rabia, y el otro rabia; en qué ha de parar la pesadumbre, sino en iras, cóleras, y rabias? Y en que cuando cada uno quiere que lo padezca el otro, lo padecen entrambos, no sólo en esta vida, sino también en la otra. Palaf. Tom. 3 Luz a los vivos, a núm. 394, fol. 168. Son tan ciertos estos últimos efectos, que ojalá no fueran tan prácticos; pero el que quisiere librarse de contagio tan perjudicial, y común, aplique la medicina del Autor, que yo paso a lo restante de la Defensa, y Contradefensa.

Cierto es el exceso de robustez, y fortaleza en los Hombres, pues la ejercitan más que las Mujeres; pero también lo es en estas la valentía, y esfuerzo, que en varias ocasiones han mostrado muchas, para que no todas se hayan de reputar por pusilánimes, y cobardes; lo cual, aunque bastantemente probado con las que a este asunto llevan referidas, servirá en primer lugar para mi intento lo que al principio de sus Décadas escribió Tito Livio de las Mujeres Sabinas. Encendióse cruda guerra entre los Romanos, y Sabinos, por el robo que a estos habían hecho de sus Mujeres los romanos, para la población de su nueva Ciudad; y fue tanto su valor, y compasión de que por ellas se maltratasen sus padres, y maridos, que puestas en medio de los dos Ejércitos, les imploraron la paz, y que descargasen sobre ellas sus iras; pues tenían por mejor partido el morir, que vivir huérfanas sin padres, y viudas sin maridos. Y fue tan plausible, y acepta su valentía, y representación a Rómulo, y a Mecio Curcio, Capitán de los Sabinos, que dejando inmediatamente las armas, trataron de la paz, unieron las Ciudades, y los Reinos, danto todo el Imperio a Roma, y parte de la Ciudad a los Sabinos. Dividió Rómulo en treinta Cortes el Pueblo; y para gloria, honor, aplauso, y memoria de tan heroica hazaña, merecieron les diese los nombres de las Mujeres Sabinas, tomándolos de las más antiguas, y nobles, como quieren unos, o de las que cayó por fuerte, como quieren otras.

Telesile, famosa, y celebrada Griega, que teniendo Cleomenes sitiada la Ciudad de Argos, donde ella estaba con otras varoniles Mujeres, la defendió con su industria, y trabajó contra la potencia del enemigo. Margarita, hermana de Renato, Rey de Nápoles, y mujer de Enrique Sexto de Inglaterra, que siendo éste preso en tres ocasiones diferentes por Eduardo, pretendiente de aquel Reino, formando ella Ejércitos, y saliendo a campaña, le puso todas tres veces en libertad, conquistándole asimismo la Ciudad de Londres, que le estaba revelada; y venciendo en la batalla al Capitán [16] Eduardo, que fue el que prendió la primera vez a su marido, le hizo degollar al punto. La Española Sancha, hija del Rey de Navarra, que libertó de la prisión en que estaba el Conde Fernán González, su marido, llevándose sobre sus hombros, hasta dar con los Soldados Castellanos: casos todos, que prueban bien estar el valor en las personas, y no deberse atribuir todos los lauros de las Mujeres esforzadas, y guerreras a sus Soldados animosos; que si le pareció así al Autor de la Contradefensa Crítica, notando lo de Semiramis, quizás ignoraría, que entre las heroicas hazañas de esta insigne Mujer, fue una, que habiéndosele amotinado la Ciudad de Babilonia, la llevaron la noticia a tiempo que estaba ocupada en peinarse; y siendo estudio este tan afectado en las Mujeres, y teniendo por atar una trenza, fue tal su resolución, y viveza, que dejándola desgreñada, sin reducirla a la prisión lisonjera de cinta, montó a caballo, y poniéndose sobre la Ciudad amotinada, la redujo a su debida obediencia, por cuya causa se le erigió una estatua, con el mismo traje, y disposición que estaba cuando fue a sosegar el motín, y castigar la conjuración. Pero cuando las que en las Historias humanas se celebran no fueran tantas, y tales, solas las que la Escritura engrandece (que tiene bien que notar el que con cuidado las registre) bastan para volver por la honra de todas; y así, ni hacen falta las de las Historias, ni se necesita el valor de Agripina, que salía con su marido a la campaña, y esperaba al paso al Ejército victorioso, para darle a los Soldados las gracias por su esfuerzo, ni la relación de las batallas de Artemisa, y Semiramis, ni menos que encarezca Cicerón la fortaleza de Minerva, de quien tomaron el nombre las Fábulas, y la pinte a la Soldadesca, sin soltar las armas de la mano, cuando los hechos desnudos de la Escritura dejan muy atrás los encarecimientos de los que escriben sin Fe.

Por lo tocante al gobierno, está por ley Divina, y natural sujeta la Mujer al marido, cuanto a la administración de familia; pero no la sujeto la Ley Divina, por entender, que la autoridad de mandar en ningún caso es dada a las Mujeres, sino porque habiendo de haber en la familia una Cabeza, era forzoso lo fuera el varón, por ser la parte principal en la procreación, y sustento de los hijos, que es el fin del matrimonio. Tienen los Hombres la fuerza, la prudencia, las armas, y buena salud, todo necesario para el gobierno; pero no obstante esto, las Leyes Civiles, que prohiben a las Mujeres todos los cargos, y oficios que son proprios de los Hombres, como juzgar, demandar en juicio, y otros semejantes, no se fundan en falta de prudencia, como afirma el Maestro Márquez en su Gobernador Cristiano, sino en que las acciones varoniles son contrarias a la modestia de la Mujer. Mas como dice San Jerónimo, cuando los Hombres faltan a lo que deben, suele Dios despertar Mujeres que suplan por ellos, dejándolos confundidos, y mostrando juntamente la poderosa fuerza de su brazo, y seguridad de su providencia; como se vió en tiempo del Rey Josías, que ciegos los Sabios Varones de Pueblo de Diios, les manifestó el verdadero camino por medio de una Mujer llamada Floldad, I Reg. Cap. 22. Vers. 14.,y cuando se acobardaron los Israelitas, qué hizo su Majestad Caudillo de ellos a Débora, quien les gobernó el campo en guerra, dándoles victoria de sus enemigos, y juzgó sus causas en paz, sentenciando sus diferencias debajo deuna palma, que quedó famosa por su nombre, lib. Iudic. Cap. 4. [17] y cada día se experimenta en el gobierno de las casas, como más común; pues si el enemigo ha armado, y arma sus lazos para introducir por medio de algunas Mujeres sus falsedades, y engaños, toca a la Divina Providencia elegir otras observantes de su Santa Ley, que gobiernen, y persuadan sus verdades, haciendo como el verdadero, y más sabio Médico, triaca del mismo veneno.

En cuanto a la discrección, y prudencia, son muchos los dichos, y hechos de singulares Mujeres, que pudieran referirse para acreditársela; pero también pudieran bastar por todas las de Cenobia, de quien ya hizo mención el Autor de los Desagravios, con la carta que le escribió Aureliano, Augusto Emperador Romano; pues no falta quien dice fue la más ilustre de todas las Mujeres ilustres que hubo en el mundo, porque en ella se hallaba la riqueza de Creso, el ánimo de Alejandro, la prontitud de Pirro, el trabajo de Anibal, la sagacidad de Marcelo, y la justicia de Trajano. Sobre ser muy principal en sangre, pues descendía del linaje de los Ptolomeos, Reyes que fueron de Egipto, y estar casada con Obdenato, Capitán general de los Romanos en la conquista del Asia, y Príncipe, y Señor de los Palmerinos; ser la más rica, la más hermosa, la más libre, y la más mirada, y deseada de toda Asia, fue con todo esto tan casta, que nunca se le notó, ni dijo de ella deshonestidad, ni liviandad alguna; antes bien decía Obdenato su marido, que jamás estando en cinta le consentía llegar a ella, diciendo: Que la buena Mujer no había de tomar marido para regalarse, sino sólo para tener hijos. Muerto Obdenato a traición por su sobrino Meonio, levantaron los Ejércitos por Emperador del Oriente a su hijo Herodiano, y por su corta edad dieron a Cenobia su madre la Tutoría, y Gobernación del Imperio. Y hallándose en edad de 35 años viuda, tutora de su hijo, Capitana del Ejército, y Gobernadora del Imperio, se dio tan buena maña, que alcanzó tan ilustre nombre en el Asia, com Semiramis en la India. Pero qué mucho, si según los Historiadores, era constante en lo que emprehendía, cierta en lo que decía, larga en lo que daba, justa en lo que sentenciaba, severa en lo que castigaba, discreta en lo que decía, grave en lo que determinaba, y muy secreta en lo que hacía.

No todas las Mujeres son habladoras; pues de esta Reina Cenobia dicen, que comía mucho, pero que hablaba poco; ni tampoco todas son bobas, pues manifiesta lo contrario el caso de aquella viuda, a quien injustamente había condenado el Rey Filipo, padre de Alejandro Magno. Dio este una sentencia inicua contra una pobre viuda estando privado de la razón con el vino; pues aunque fue muy ilustre, fue infamado por lo demasiado que bebía. Hiciéronsela saber, y sintiendo su injusticia, dijo, que apelaba. Replicáronle, que ante quien, pues la había dado el Rey, quizás teniéndolo por bachillería, o simpleza, y les respondió con grande agudeza: Apelo del Rey Filipo, que ahora está borracho, para cuando esté cuerdo. Y fue tan acertada la apelacion, que en la realidad hizo su efecto; pues luego que el Rey descansó, y durmió un poco, revocó, y anuló todo lo que había mandado. Ni fue menos discreto, y gracioso el dicho de aquella Reina Mora, que refiere Guevara, oyó a un viejo Moro, criado del Rey Chiquito, llamado Mahomad; y fue el caso, que cuando los invictísimos, y Católicos Reyes tomaron a Granada del poder de los Moros el año [18] de 19492, se fueron muchos a la África en compañía de la Reina; y oyendo ésta en el camino la triste, y dolorosa algazara que hacían, y preguntando lo que era, le respondieron, ser los Moros, que lloraban, porque desde aquel paraje se ocultaban las Torres de Granada, y temían no volver al ver jamás; y a ello dijo la prudente Reina: Lloren como Mujeres los que no fueron para pelear, y defender a Granada, como Hombres. Dicho (que a no pocos puede aplicarse en variedad de materias) yo conocía a una tan discreta, como noble; siendo así, que era muy ilustre, que decía había tratado a muchos Hombres prudentes, y sabios, sólo hast la boca; pues como su conocimiento se ha de tomar como el de las campanas por el sonido de la voz, hay muchas, que pareciendo bien formadas, y de noble metal, apenas mueven la lengua, cuando empiezan a cascarrear, manifestando en ello su quiebra, y lo falible de los juicios, y conceptos humanos. A otra, que de los fanfarrones, y presumidos de nobles, que a todas horas quisieran estar refiriendo su Genealogía, decía echaban sangre por la boca; y cierto, que si en lo natural es accidente peligroso, en lo Político lo tengo por incurable, pues manifiestan muy bien los tales su mucha debilidad de cabeza, cosa muy difícil de reparar. Pero más autoridad que todo esto tienen para su prueba las Sagradas letras, donde se singularizan tantas de prudentes, y discretas; contentándome yo con decir, que si hubo una Dalila, que ambiciosa, y halagüeña engañó, y vendió a su marido, hubo también una prudentísima, y hermosa Abigaíl, que sin temer las asperezas de un monte, supo buscar a David, y aplacarle con su cortesanía, y diligencia el furor con que caminaba al Carmelo contra su necio marido Nabal, quedando de ello tan pagado David, que muerto a pocos días Nabal, lo solicitó, y recibió por su esposa. 1 Reg. Cap. 25.

 

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§. IV.

Poquísimo fundamento puede tener con lo dicho aquel riguroso dictamen del Autor de la Contradefensa Crítica, fol. 22. lin. 1. Por atrevida halló a la Mujer que da consejo al Hombre; pero más lo es el Hombre que lo toma de la Mujer, el que le pide, y quien le cumple. Pero tiene la disculpa, de que siendo elogio de los Hombres su Contradefensa, ya se dijo en el §. I con Luciano, admite este cualquiera exageración, o arrojo para conseguir su intento, pues sólo en la Historia es circunstancia precisa la verdad. Esta lo es ciertísima, que a muchos Hombres han sido apreciables, y provechosos los consejos de sus prudentes Mujeres; y aun por eso Dión, hablando con el Príncipe que instruye, dice así: No pienses que la Mujer ha de ser sólo compañera para los ratos de gusto, sino que también la has de tener por consejera, y ayuda para llevar las cargas de la vida; y así, unos se han perdido, y otros dejado de ganar grandes fuertes, que sin duda hubieran mejorado, tomando los consejos de sus prudentes Mujeres. Parécenles a muchos incapaces, y es por lo que las aborrecen: hacen caso de honra, y fundan el ser cabezas, en no seguir la razón que sus consortes les persuaden; y manifiestan en ello lo flacas que tienen las suyas; pues su misma inteligencia en que están, de que ellos sólo son los prudentes, y cuerdos, es a mi ver la mejor prueba de su locura, para lo que, ya sea cuento, o realidad, es muy del caso lo que se dice sucedió en Atenas. Dicen, que hubo, entre otros, un doctísimo [19] Filósofo, y Astrólogo, que por gran conocimiento de las cosas naturales, publicó un pronóstico, que para tal día había de llover un agua tan nociva, que a todos cuandos mojase había de enloquecer por algún tiempo. Guardóse el Pueblo, que lo creyó; y los demás Filósofos, que no alcanzaban la causa de tan peregrino efecto, no sólo no lo creyeron, y se burlaron de él, sino que para mayor mofa, se salieron al campo a que les diese el agua, y luego que les cayó, quedaron todos locos: como el que lo está, piensa que sólo él es cuerdo, y los demás locos, sucedió así; pues viniendo a Atenas, y teniéndose por cuerdos, dieron tras el otro pobre Filósofo cuerdo, diciendo: Al loco, al loco; y fue menester ponerse en salvo, porque todos los locos daban tras él como si lo fuera, siendo él sólo en la realidad el cuerdo. Pero sobre todo ello, es cierto, como verdad Divina, que el necio no distingue la cordura de los otros, y que a todos los que tiene por tales: In via stultus ambulans, cum ipse sit insipiens omnes stultos stimat, Eccles. Cap. 10. Y en esta inteligencia, el Sabio Rey Don Alonso, a uno que se alababa de haber hallado un Sabio, le dijo con su acostumbrada discreción: Como el sabio pudo ser conocido del necio?

No quiero decir, que todos los consejos que han dado las Mujeres han sido buenos, pues muchos se han perdido por ellos; ni tampoco, que todos los que hoy den, deban seguirse; ni menos el afirmar que todas son capaces de darlos, pues aun en los Hombres se hallan pocos de las calidades precisas para aconsejar, y muchos que lo hacen sin ellas, como lo notó muy bien Trajano; pues en una de las cartas que escribió a su Maestro Plutarco, entre otras cosas, le dice así: En lo que más me ocupo ahora es, en buscar Hombres sabios para la República, esforzados para la guerra, y cuerdos para mi casa; y te sé decir, Maestro, que para mandar, y guerrear me sobran, y para consejos me faltan; porque el dar consejo es un oficio, que lo usan muchos, y lo saben pocos; pero si el decir, que ha habido muchas que los han dado muy útiles, y que muchos se han perdido por no tomarlos, por lo que deben los maridos prudentes oírlas con agrado cuando se ofreciere, sin despreciar su dictamen, aunque muchas veces no deba seguirse, por hablar con sencillez, o poco conocimiento, o práctica en la materia; pues en tales casos se ha de procurar satisfacerles con afabilidad, y agrado, o a lo menos disimular su yerro para la conservación de la paz, y amor, a que los maridos están tan obligados.

Al Emperador Teodosio le fueron muy importantes para ser Príncipe justo los recuerdos que Placidia le hacía, de lo agradecido que debía mostrarse a Dios. La mayor fortuna de Augusto César consistió en el consejo que le dio la Emperatriz Libia; pues viéndole vacilar, en sí mataría al Cónsul Zina, que se había conjurado contra él, le dijo así: Pues has muerto hasta hoy sin perdonar ninguno a los que has sabido, te han querido quitar la vida, y no ves enmienda en otros; prueba ahora lo contrario, y procura con benignidad hacer de Zina a un buen amigo, que así ganarás nombre de piadoso: Máxima verdaderamente de Príncipe, y de Príncipe sabio; pues el Rey Don Alonso, con el renombre de tal, justamente adquirido decía, que con la Justicia estaba bien quieto, con los buenos, y con la clemencia con los malos. Y habiéndola usado con frecuencia, fue singular la que ejecutó con Marino Basa, capital enemigo; pues cogiéndole prisionero en la toma de Arpario, y teniéndole [20] ya sus Soldados para dar una cruel muerte, mandó lo suspendiesen, pues le perdonaba su clemencia, y le restituyesen su hacienda. Hízolo Gobernador, y Presidente de su Consejo, y recibió a sus hijos por criados, afirmando le tenía mostrado la experiencia, que ninguna cosa del mundo mueve más al amor sus voluntades de los contrarios, que el saber es su enemigo manso, y apacible. Tomó el César este apreciable consejo, y fue después amada de todos su vida, y con eso aseguró su Imperio. Estando un día jugando a los naipes Ptolomeo, Rey de Egipto, y un Paje leyéndole los procesos de Justicia, para sentenciarlos, entró la Reina Berenice, y quitándoselos al Paje de la mano, afeó mucho a su marido aquel modo de despachar, diciéndole, que cosas de tanto peso como las vidas de los Hombres, no se habían de juzgar así, sino con atención, y mucha reflexión. Estimóle el Rey su consejo, conociendo su razón, y fue causa el observante, de ser en adelante muy atento, recto y amado Príncipe; pero muy al contrario le sucedió al Emperador Juliano, pues murió rabiando y comido de cáncer, por no tomar el consejo de su Mujer, que conociendo ser la causa de aquella enfermedad, las blasfemias que había dicho contra Cristo Señor nuestro, le rogaba con afectuosas lágrimas se redujese, y pidiese a Dios perdón; pero acabando protervo, por no hacer caso de ella, tampoco le haría Dios de él.

También se refiere en el Specul. Exemplor. Dist. 9, exempl. 89, que siendo amonestado por su Mujer Príncipe divertido, para que se confesase, e hiciese penitencia de sus culpas, se burlaba de ella, y decía no creía que había Infierno, penas, ni demonios, sino que eran invenciones para poner miedo; pero sucedióle, que estando la noche siguiente en su cama, vinieron con espantoso ruido los demonios, y le maltrataron hasta quitarle la vida, y llevarse su alma; fue a verle su Mujer por la mañana, y halló el cuerpo hecho un carbón, y en la mano una cédula, que decía así: Ya me he certificado con la experiencia, que me dijeron la verdad en que hay Infierno. No permita su Majestad haya ninguno que se niegue a oír, ni creer tales consejos de sus Mujeres; pues aunque algunos, poco atentos a las leyes de Cristianos, suelen a veces llamarlas demonios; estos consejos no son de tales; porque como respondieron aquellos que refiere San Juan, cap. 30, que suspensos oían predicar a Cristo Señor nuestro, y les dijeron unos Judíos, para que le oían, si tenía demonio, y estaba loco: Haec verba non sunt doemonium habentis: Num quid doemonium potest Coecorum oculos aperire. Tales palabras no son de quien tiene demonio, pues el demonio no puede dar vista a los ciegos. Caen en su locura estos locos mundanos, cuando ya no tiene cura: así consta de la Sabiduría: Nos insensati vitam illorum aestimabamus insaniam. Ecce quomodo computati sans inter filtos Dei, & inter Sanctos fors illorum est. Ergo quomodo computati sunt inter filios Dei, & inter sanctos fors illorum est. Ergo erravimus avia veritatis, sap. Cap. 5. Nosotros locos teníamos su vida por loca, pero su cordura ha descubierto nuestro frenesí. Pero no sólo en estas materias, sino también en las Políticas, y Económicas, se conoce claramente el yerro de los que teniendo tales Mujeres, hacen tan gran desprecio de ellas, que aun oírlas quieren; pues el estimarlas, y tomar sus buenos consejos, encaminados a sus mayores aciertos, como de quien más los ama, y se los desea, no es perder los maridos el derecho de Cabezas, que siempre ellas han de reconocerles, pues no es posible falten a él por eso las Mujeres cuerdas. [21]

Habiendo dicho en otras materias que hay de todo en las Mujeres, mal pudiera afirmar sin nota de arrojado, ser todas constantes para la observancia del secreto, cuando se hallan tan pocos que sepan reservarle; pues si del Pórtico Olímpico dice Plinio, lib. 36. Histor. Cap. 2, que con eco artificial repetía siete veces la voz que oía una sola; hay muchos, que sin artificio alguno la repiten más veces por ser como vasos de boca muy ancha, que cualquier licor, por precioso que sea, lo derraman, y malvaratan; o mejor, según el Eclesiástico, como el loco, que en concibiendo la palabra la pare luego, como si le estuviese voceando, y gimiendo en las entrañas: A facie verbi parturit fatuus, tamquam gemitus partus infantis, Eccles. Cap. 19, vers. 11. Pero tampoco dejo de decir, no son todas inconstantes, ni tan infieles como algunos las calumnian; lo cual es tan cierto, que me he de valer para probarlo de uno de los que más agriamente en esta materia las ultrajan. El Ilustrísimo Obispo de Mondoñedo Don Fr. Antonio de Guevara, instruyendo a los privados de los Príncipes, en su litro intitulado Alabanzas de la Aldea, y Desprecio de la Corte, y encargándoles la observancia de los secretos en todo el cap. 19 lo concluye, previniéndoles, que sobre todo los guarden de las Mujeres, aunque sean propias, porque cuanto son buenas para juntar, y guardar dineros, tanto son peligrosas para guardar secretos; pues aunque sepa la Mujer que a ella le va la vida, a su marido la honra, a sus hijos la hacienda, a sus deudos la fama, y a la República la paz, será más fácil que pierda la vida, que no que guarde un secreto, sólo porque piensen que ella manda a su marido.

Notable, y rigurosa calumnia por cierto, que comprehende dos partes: Una de su inconstancia, y otra de su soberbia, altivez y apetencia a mandar: No ignoro, que atendiendo a esta última, no faltó quien dijo es pecado de Mujeres el mandar, y que en la creación de todas las cosas, fue la última que crió dios a Eva, porque si asistiera a la creación de las demás, querría dar reglas y dirección al mismo Dios. Ni tampoco que es cierto haber Mujeres que lo solicitan, y se desvelan por ello, como los Hombres: pero sepan estos, y sepan las otras, como de paso, para que tengan ejemplar que seguir, y las que lo huyen, tomen aliento para proseguir. Lo primero, que ordinariamente los que desean mandarlo todo, son los que menos caudal tienen para ello, pues los que lo tienen saben lo que es, y huyen de ello. Y lo segundo, que ha habido quien, como prudente, no sólo ha sabido dejar de entrometerse en el gobierno propio, y correspondiente a su marido, sino que hubo una Sara tan modesta, tan humilde, y tan sujeta en todo a la voluntad de Abraham, que no quiso por sí sola resolverse a despedir una criada, que importaba para la quietud de todos, sin que primero no lo mandara el Patriarca, rogándole que la despidiera: Eijce Ancillam, & filium eius. Gen. 21 cap. Vers. 10. Pero al intento.

El mismo Guevara en la II parte de sus epístolas en la primera de las que escribió al Condestable de Castilla Don Íñigo de Velasco, se queja, si a la Duquesa su Mujer le reveló alguna cosa de las que con él había tratado; y encargándole, que de descubrir el Consul Quinto Furio la conuración del Tirano Catilina a Fuluya Torcata, Mujer Romana, lo dijo esta a una amiga suya, y divulgándose así, resultó el que a Quinto Furio le costó la vida, [22] y a Catilina la vida, y la honra: Dice luego, en prueba de mi aserción, unas palabras dignas de todo aprecio, y reflexión, como de Autor tan Cristiano, Discreto, Político y Cortesano: No es razón (dice) de pensar, ni es justo osar decir, que todas las Mujeres son iguales, pues vemos que hay muchas de ellas que son honradas, honestas, cuerdas, discretas y aun secretas; y que tienen algunas de ellas los maridos tan bobos, y necios, que sería más seguro fiar de ellas, que confiar de ellos. Y luego, con tanta discreción, como gracia, prosigue así: No perjudicando a las señoras, que son discretas, y secretas, sino hablando comúnmente de todas, digo, que tienen más habilidad para criar hijos, que no para guardar secretos. Nótese con cuidado su discreción, y cortesanía; y nótese también, que en pocas palabras confirma, y corrobora cuanto llevo dicho hasta aquí desde el principio.

Es cosa difícil la observancia del secreto, y es cosa muy útil el guardarlo. Aun por eso el dedo segundo de la mano, que comúnmente se dice Índice, se llama salutaris, saludable, pues es jeroglífico del silencio, porque lo significa poniéndolo en los labios: Dicitur salutaris, quia silentium indicat, & indicit. Pero no obstante se hallan Mujeres que saben guardarlo, mejor que muchos Hombres; pues supo la Princesa de Egipto guardar muy bien el de la ocultación del niño Moisés, para asegurarse la vida, siendo después Caudillo, y libertador del Pueblo de Dios, Exod. Cap. 2. La prudente Raab, la de los Exploradores que envió Josué a Jericó, por más que intentaron los Ministros que los buscaban saber de ella su paradero, y morada, despreciando el respeto del Rey, y las amenazas con que pretendían obligarla, Josué, cap. 2. Y sobre todo, Salomón celebra tanto los labios de su esposa, que saben tan poco abrirse, que má parecían uno, que dos: Vita concinea labia tua, Cant. 4. Num. 3. Más una cinta de escarlata, que dos hojas de clavel, pues pierde este tanto de fragrante cuanto se abre, y se deshoja; pero sobre todo es lo peor, y más lastimoso, que haya Hombres, que ni sepan callar lo suyo, ni lo ajeno. Así parece lo sintió no ha muchos años el Doctísimo Garau; pues refiriendo en una de sus Declamaciones Sacras las necedades de que se confesaba Reo Catón, y que una de ellas era haber fiado un secreto a una Mujer, porque decía no era menos que querer cerrar el viento en una red; dice luego: Pero ya son en esto muchos Hombres como las Mujeres entonces; donde puede reparar el curioso, en el ya son de los Hombres, y en el entonces de las Mujeres.

No es dudable, que el revelar los secretos que el corazón esconde, es punto que toca a la amistad, y que es testimonio del amor, y voluntad; pues lo manifestó Cristo Redentor nuestro, que hablando con sus Discípulos, les aseguró, que ya no había de llamarles Siervos, porque el criado no sabe lo que discurre su señor, sino Amigos, dando por causal para confirmarlo estas palabras: Porque os he descubierto lo que entendí en el pecho de mi Padre: Quia omni quaecumque audibi a Patre meo, nota feci vobis. Ioann. Cap. 15 vers. 15. Pero también es ciertísimo, que hay pocos entre Hombres, y Mujeres a quien poderlos fiar, y que en esto se ha de usar mucho de la prudencia, acompañada de la experiencia de los sujetos; y así, por lo que mira al texto del Profeta Miqueas, que se alega en contrario para no fiar aun de la Mujer propia; leído, y mirado con cuidado, no sé yo quién queda en él más notado de infiel; pues si ambos quedan iguales, a lo menos [23] parece que el Hombre queda más infamado. Laméntase el Profeta de lo poco que hay que fiar en ninguno; y al vers. 5 del cap. 7 que se cita contra la Mujer propia, para que el marido no le fíe secreto ninguno, donde nuestra vulgata lee: Ab ea quae dormit infinutuo, custodi claustra oris tui, leyeron los setenta: Cave non credere quicquam ei, no le des crédito a lo que dijere; pero en las palabras antecedentes del mismo verso, donde lee la vulgata: Nolite credere amico: & nolite considere in duce, leyó el Hebreo: No credatis amico, ne uxores fidatis marito. No creáis al amigo, ni las Mujeres os fiéis del Marido: con que siendo esta desconfianza a que las persuade, más propia del secreto, que su veracidad, de que las arguye, me parece, que Hombres y Mujeres pueden quedar desengañados de su inconstancia; procurar cada uno remediarla, y enmendar los demás defectos que tuvieren. Esto es evidente, que de haber tantos habladores, hay tan pocos que sepan hablar; porque como dijo aquel Sabio Pítaco: Loqui ignorabis, qui tacere nescit, el que no sabe callar, no sabe hablar: Y así, se refiere de un Filósofo, que llevándole un mozo muy hablador para que le enseñase, pidió dos pagas, una por enseñarle a callar, y otra por enseñarle a hablar; y ojalá huviera muchas Academias como la de Pitágoras, que enseñaba a sus discípulos a callar, diciendo, que los otros Filósofos enseñaban a hablar, y él a callar, porque no había en el mundo Filosofía, como saber el Hombre refrenar su lengua; y es tan cierto, que como dijo el Espíritu Santo, está la vida, y la muerte en ella: Mors, & vita in manibus linguae. Prov. Cap. 18. Pero sin este reparo tan debido, por lo mucho que con ella se ofende a Dios, tengo para mí, en materia de secretos, que son tan pocos los observantes, y tantos los que se parecen a los flatos de estómago, que no haciéndoles asiento la comida, vomitan luego que comen, que si a estos se les pusieran hasquiñas, habían de ser muy conocidos los Militares, y Golillas.

 

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§. V.

Llegué ya a la materia más principal, que es la vergüenza en las Mujeres, la que con particular acuerdo reservé para el fin, por hablar con alguna extensión, y todo desinterés en ella, sobre la que a poca costa, a mi parecer, han de quedar concordes los dos Autores de la Defensa, y Contradefensa Crítica, que parece estar muy opuestos. Afirma el Rmo. P. Feijoo, es gracia característica del sexo, y que juzga ser esta la mayor ventaja, que las Mujeres hacen a los hombres; y el Autor de la Contradefensa dice, no se conforma con esto, porque el día de hoy manifiestan bien lo perdida que la tienen muchas Mujeres, la variedad de trajes indecentes, el aliño, y afeites del rostro, que con tanto extremo usan, y la gala, y alarde con que publican sus perfecciones, de que se siguen no pocos escándalos, y multitud de ofensas contra la Majestad Divina: Luego no niega serles la vergüenza natural, sino que vitupera la desenvoltura de muchas que la tienen perdida. Tengo por asunto la Verdad, y así no dejaré de decir desapasionadamente lo que siento.

Serles la vergüenza natural a las Mujeres, es cosa cierta; como también haber sido la naturaleza más larga, y liberal en esta parte con ellas, que con los Hombres, por la mayor necesidad que tienen de su amparo; y ser [24] la vergüenza el mejor adorno, y más hermoso afeite, que puede tener la Mujer, es tan cierto, que lo dijo el Espíritu Santo: Gratia super gratiam Mulier Sancta, & pudorata, Eccles. Cap. 26. Y ya que no pruebe serles natural la vergüenza, lo que refiere Plinio, del modo de fluctuar los cadáveres en el agua, por ser causa natural la que lo ocasiona, de cuyo sentir es también Celio Rodiginio, Antiq. Lect. Lib. 3 cap. 10 lit. B, por estas palabras: Scribit idem Plinius, virorum cadavera stuitare supina, faeminarum prona, velut pudir eraum parcente natura. Verum, & hoc naturali provenit ratione, quando Mulierum antica posticis longe pernoscuntur ponderosiora uteri respectu, & mammarum, quod in homine contrasit omnino. (Pues quiero ser en todo legal). No parece mala prueba lo que ya apuntó el Autor de los Desgravios, de las Doncellas Milesianas, que entre otros Autores lo refiere Aulo Gelio, lib. 15 cap. 10, que habiendo dado muchas de ellas de repente, en un frenesí tan extraño, y arrebatado, que se degollaban sin poder ser remediadas, creciendo esto cada día, y no hallando medicina que las aprovechase, dispusieron los Gobernantes de la Ciudad, que las que en adelante muriesen de aquella locura, las llevasen a enterrar desnudas a vista de todo el Pueblo; y viendo poner en ejecución el mandato, les causó tan gran pudor, espanto, y vergüenza, que sanaron totalmente de tan rabiosa enfermedad: Magnum profecto (dice Plutarco in Mot. Lib. de Clar. Mulier. Cap. 11) pudoris atque ingenuitatis argumentum, tantum apud illarum animos ignominiae, & pudicitiae metum valuisse, ut quas mores, & dolor ab instituto non averterat, oblata turpitudinis species ita cognoverit, ut ignominium perpeti nullo modo possent, quam post mortem subituras esse intuebantur. Con que bien se puede decir con este caso, y otros muchos, que hay a él semejantes, es la vergüenza el homenaje que dio Naturaleza a la Mujer, para guardar la reputación, castidad y honra. Pero si esta, que según Platón, es hermana del temor, se echa a la Mar, claro es, que todo se pierde; porque siendo el temor, y vergüenza la más fuerte, y única cerradura de las Mujeres, si les falta, ni bastan guardas, ni aprovechan clausuras, ni lo remedian cárceles, como lo explicó discretamente el Filósofo Teopompo. Enseñóle cierto Hombre una Ciudad muy hermosa, y no reparando en lo sublime de los edificios, en lo bien dispuesto de las calles, en la abundante provisión de las Plazas, ni en otras muchas cosas, que tenía que alabar; preguntóle solo, si le agradaban las murallas, por ser altas, fuertes, y a su parecer muy bien labradas. Y él respondió: Si son para defender Hombres, son bien altas, pero si se hicieron para Mujeres, bajas me parecen. Lo cual comprueba también la experiencia, pues a ninguna le falta efugio aun en los mayores peligros, si quiere ser buena.

Son muchísimos los casos que pueden referirse de Divinas, y Humanas letras, de Mujeres torpes, y deshonestas que ha habido en el mundo. Pero son también innumerables los que pudieran notarse de otras muy castas, honestas, y vergonzosas; y siendo así, que el día de hoy hay, como hasta aquí, de todo en el mundo, referiré algunos bien particulares, para que sirvan de respuesta a los que totalmente las calumnian de torpes, y escandalosas; y de ejemplar vergonzoso, y mucha confusión a las que lo fueren, para que viendo en ellos, como en espejo, los feos lunares de sus imperfecciones, procuren [25] refrenar las pasiones de sus apetitos. No necesito recurrir a lo que dice Francisco Senense, de aquella Mujer llamada Armenia, que comiendo cierto día con su marido, otros Caballeros, y Matronas en la mesa del Rey Ciro; y preguntándole después en casa, qué le había parecido de la gala, y gentileza del Rey, le dijo, tan discreta, como honesta: Marido mío, como en toda la comida quité los ojos de ti, no te puedo dar razón de lo que me preguntas. Ni tampoco de lo que refiere Plutarco de la Mujer de Tucídides el Griego, que preguntándole, cómo podía sufrir el hedor de la boca de su marido, que era muy malo, respondió a ese modo: Como nunca otro, que mi marido, se me llegó cerca, creía que a todos los Hombres les olía mal la boca. Pues sin salir de nuestra España tenemos innumerables casos, que comprueben nuestro intento; y me contentaré sólo con hacer mención de dos, que valen por doscientos.

El primero, de aquella ilustre señora, principio, y origen del Nobilísimo linaje de los Coroneles, que según varios Historiadores, el ser hermosa con exceso a las de su tiempo, motivó al Rey dejarse vencer de su inclinación, y solicitar su trato; a que escudándose su honestidad, discurría modos con que la aborreciese, y se disculpaba no le podía hablar estando su marido en el Pueblo. Parecióle al Rey fácil salvar este inconveniente para lograr su intento, y le envió fuera a un negocio, teniendo por cierto conseguirlo por este medio; pero como la señora discurría otros para su recato, fue muy heroico en Cristiandad, y nobleza lo que arbitró para su resguardo. Avisóle el Rey el día que iría a visitarla (ausente ya su marido) y tomando ella aceite hirviendo, y echándoselo en brazos, y pechos, se le hicieron unas grandes ampollas, las que abiertas descubrían bien asquerosas llagas. Llegó el Rey, y diciéndole, la señora había rehusado condescender con su gusto, por hallarse con dolencia, que le parecía causaría a su alteza aborrecimiento, le manifestó las llagas, y viéndolas disformes, y vertiendo sangre, volvió luego la cara, y se salió, escupiendo con grandísimo asco del cuarto, quedando ella victoriosa a costa de su ardid y pena. Llegó a los oídos de la Reina el caso, aunque no la verdad del hecho; y un día de besamanos, que concurrió esta señora con otras muchas, la trató con seriedad, y aspereza, culpándola de atrevida en ponerse en su presencia, por la injuria de que la tenían infamada. Disculpóse con humildad, e informandola de la realidad del suceso con los muchos, e irrefragables testigos de las señales que en sus miembros había dejado el fuego, quitóse la Reina la Corona de oro que tenía, y poniéndosela a la señora en su cabeza, le dijo: Vos merecéis la Corona y debéis ser coronada. Entró luego el Rey, y preguntando el motivo de aquella novedad, le respondió la Reina: Informada de la bondad, y castidad que con vos vio, me quité mi Corona, y coronéla. Y de aquí le quedó a la señora llamarse Coronela, y a sus descendientes Coroneles.

El segundo caso, no menos ejemplar, es de una sucesora suya Doña María Alonso Coronel, Mujer del nunca bastantemente celebrado en las Historias Don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, de quien desciende la antiquísima y muy ilustre Casa de los Excelentísimos señores Duques de Medina Sidonia. Hallábase esta señora en Sevilla con cuatro hijos, de edad de 24 años, y ausente su marido en el ejercicio de las armas, como tan diestro, y necesario su valor, y esfuerzo en tiempos tan turbados; y como se prolongaba la [26] ausencia y su juventud la movía a lo que su verdor produce, cuanta más era su honestidad, tanto más se hallaba oprimida de sugestiones impuras. Mortificábala el estímulo que decía San Pablo: Datus est mihi stimulus carnis meae Angelus Satanae, qui me colaphicet, 2 ad. Cor. Cap. 12. Luchaba, y batallaba su espíritu: Caro concupiscit adversus spiritum, & spiritus adversus carnem. Y conociendo en medio de la lucha el riesgo, por la flaqueza de nuestro débil ser: Caro autem infirma. Si un Santo Tomás de Aquino, para evitar este mismo riesgo de caer, se valió del medio de ahuyentar con un tizón encendido a una Mujercilla que le provocaba (desde cuyo tiempo quedó libre de tan peligroso asalto) esta señora, aplicándose a sí misma este remedio, por ser quien a sí se mortificaba, verificándose lo que decía Job: Factus sum mihi metipsi gravis, cap. 7 consumió con el fuego material el impuro, que interiormente le abrasaba: Ignis libido est, sacrificando su cuerpo, y queriendo antes morir, que pecar: Acción tan ilustre, hecho tan heroico, y resolución tan meritoria, que nunca volvió a padecer semejantes sugestiones y guardó castidad muchos años que vivió con su marido después. Y si allá en el otro Reino le premió Dios su virtud, permitió también, que para gloria del nuestro, honor suyo, lustre de su Casa, y ejemplo, que persuada la custodia de esta virtud, se estampase en las Historias, y la elogiase el discreto Poeta Juan de Mena con la siguiente copla, que es en orden la 69.

Poco más bajo vi otras enteras,
  la muy castadueña de manos crueles,
  digna Corona de los Coroneles,
  que quiso con fuego vencer sus hogueras.
Oh ínclita Roma, si de esta supieras
  cuándo regías el gran Universo,
  qué gloria, qué nombre, qué prosa, qué verso,
  qué Templo vestal a esta hicieras!

 

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§. VI.

No es mi ánimo querer aprobar con esto la desenvoltura que en muchas Mujeres le experimenta el día de hoy, la poca honestidad en el vestir, con el pretexto de moda, y el mucho aseo, y excesivos, cuanto perjudiciales afeites en el tocar, todo contrario a la vergüenza que Naturaleza les puso para su resguardo, y que faltándoles esta, todo va perdido; por lo que me parece, que si en la Mujer vergonzosa hay poco que reprehender, en la que es desenvuelta no hay nada que alabar. Pero ni digo que todas lo son, ni dejo de confesar que hay muchas; y así, pues he dicho parte de lo bueno que hay en el sexo para defensa del en común, y ejemplar de muchas en particular, justo me parece oigan también las comprehendidas en estos defectos lo que noto de perjudicial en ellos, para que queriendo desengañarse (que no lo espero) desprecien lo que les pueda ocasionar vanagloria, y abracen lo que les conviene de enseñanza, para usar de la debida reforma. Gran lástima es, que donde piensan las pobres ahorrar, y ganar crédito, pierdan las haciendas libertad, vidas y honras; debiendo [27] considerar, que nadie ha de pensar ganar con ofensas de Dios, porque por ahí se pierde todo. La mujer que vive deshonestamente por sustentarse, viene por allí a morir de hambre, y para, llena de inmundicia, en un Hospital: la que viste profanamente para granjear crédito, y tomar estado, por allí lo pierde uno, y otro; y la que se afeita por parecer hermosa, acaudala con aquello mismo su fealdad, pues a breve tiempo le queda el rostro arrugado, sucios los dientes, y toda ella abominable, siendo a sí misma de gran tormento, y a los que la miran de horror, lo que antes lisonjeaba el apetito con su hermosura aparente, pues aunque moza, se pone a pocos años como antañona, a quien pintó el gracioso Quevedo, Mus. 6 Rom. 72.

Responso sobre chapines,
alma en pena con soplillo,
zarpa antaño na fiambre,
Mancebita de abinicio.

Lastimosos tiempos en que toda la modestia, y honestidad antigua se desprecia, y sólo que la malicia, e interés inventa, se abraza. Todo el mundo de vestir antiguo es hoy una irrisión, y lo que cada día se adelanta para el fausto, y bien parecer, es un deleite. Quejábase en su tiempo Fray Luis de Granada, de que vivían muy gran parte de los Cristianos como si no lo fuesen, ni creyesen que había Dios, Juicio, Gloria, ni Infierno, ni otra vida después de esta, sino que todo se acababa con ella, por la mucha soltura de vicios, y excesos, contando entre ellos los trajes, tom. 19 part. 4, tract. 2, cap. 3 §. 4. Num. 30. Pues cómo lloraría ahora si viviera este Venerable Varón, siendo tanta la diferencia de su Siglo a este en que nosotros vivimos. Hallábase mucho más próximo al de nuestro Rey Católico Don Fernando, en que se vivía con tanta parsimonía en España, que escribiendo en ocasión de unas grandes fiestas al Condestable de Castilla Don Bernardino de Velasco, le decía así: Ruegoos que vengais a la Corte, y traigais vuestro jubón de brocado para honrarnos con él. Y ahora, ya que por justísima providencia de nuestro Monarca se prohibieron los galones, y telas, se han introducido, e introducen tales bordados, y con tan buenos coloridos, que arrastran las más remotas atenciones, y mucho más los intereses, pues sobrepuja su precio, siendo inferior su valor intrínseco.

Aun duran algunas cosas, y ya son muy comunes los tontillos; y estos se usan de dos maneras: las más honestas, los llevan muy subidos, y las menos, los llevan muy bajos, pero ambos modos son detestables, porque el primero es vano, y el segundo vano, y escandaloso; pues con su pompa, y redondez, al bajar, o alzarse a coger alguna cosa, al subir, y bajar una escalera, y otras acciones comunes, se siguen no pocas indecencias, y deshonestidades, de que ojalá no hubiese tantos testigos, verificándose en ambos géneros de tontillos lo que dijo Tertuliano: Omnes pompa in publicum deferuntur, aut ut gloria insolescat, aut luxuria negocietur. Que sólo puede ser su uso por vanidad, o por liviandad; y así, a las que usan del menos malo, se les puede advertir, que lo que es del viento, el viento se lo lleva. Que San Antonino de Florencia no dejaba entrar en las Iglesias a las que iban con mucha [28] pompa, según refiere Surio: y finalmente, que San Francisco de Sales, quien suaviza cuanto puede esta materia, en la tercera parte de la Introducción a la Vida Devota, cap. 25, cicasinen, dice así: Quisiera yo, que mi devoto, y mi devota fueran siempre los mejor vestidos de la tropa; pero los menos pomposos, y afectados; y como se dice en los Proverbios, que se adornasen de gracia y dignidad. Más a las que usan de los muy bajos, y escandalosos, sepan, afirma, San Vicente Ferrer, se condenarán las Mujeres pomposas, y vanas en sus vestidos, aunque por otra parte sean castas, y honestas, y que este es el décimo haz, o gavilla de los condenados: Decimus facisculus est de Mulieribus, quae & si castae, & honestae ex huiusmodi tamen picturis pomposis, & vanis ornamentis damnabuntur, San Vicent. Fer. Serm. Dom. 4 Post. Pasch.

La Mujer galanamente vestida, es una tabernera de veneno, dice San Jerónimo, pues aunque ella diga no solicita, ni provoca a nadie, le desmiente su traje, que es atractivo; y como dice el Santo, aunque ninguno beba de su veneno, peca ella porque públicamente convida con él: Et si nullum inde sequatur damnum, suplitium tamen aeternum meretur, quia venenum attulit, si fuisset qui biberit. San Jeron. Ad Demetriad. La Mujer afeitada, no es otra cosa que un mesón de los demonios, dice San Ambrosio, lib. 1. De Virg. , donde recogen los pasajeros que caminan al Infierno. Pobres de las que así abren la puerta para su perdición; pues como afirma San Cipriano, ponen en Dios las manos, queriendo corregir, y enmendar lo que con tanto consejo hizo su Providencia; y agradandose más de su cara como ellas se la hacen, que como se la dio Dios, sin hacer caso de que es obra de su Majestad lo que nace, y del diablo lo que se muda: Opus Dei est omne quod nascitur, diaboli quodcumque mutatur. Teman, añade el Santo, que el día del Juicio les diga no las conoce por obras suyas.

El vestido, dice San Juan Crisostomo, le inventó Dios en castigo del pecado, y con eso condenó el nimio exceso, y solicitud en el adorno: Hoc enim pelliceo amictu, ambitiosus vestiendi luxus, & delicatissima luxuries in filiis talium parentum valde perstringitur. Vistióse Adán después de pecador, de hojas, tela pomposa, vana, y de la misma que fue ocasión de la culpa, y vistiólos Dios despues a Adán y a Eva de pieles de animales, tela tosca, humilde, y grosera, para que nos sirviese, dice el Santo, de perpetua memoria nuestro delito: Iussit eos togis pelliceis vestiri in perpetuam memoriam, quod in inobedientes fuerimus Domino. Pero muy olvidado se tiene esto con tanto exceso como en ambos sexos se experimenta, especialmente como más perjudicial en las Mujeres. Discúlpanse muchas, con que lo hacen por parecer bien, y complacer a sus maridos; y si esto puede ser motivo para que vistan de este color, o el otro, que les agrada, para vestir con superfluidad, e indecencia, ni es bastante, pues no hay ninguno para esto, ni los maridos lo quieren, ni ellas lo hacen con este fin. El Crisostomo: Igitur domi hoc facias; at vero contrarium sit; incultior domi: foras prodiscultissima, homil, ad. Colloss. Si esto es así, componte para dentro de casa donde tu marido te ve; pero lo que sucede es, lo contrario, que toda la pompa, y compostura es para salir fuera, y en casa, si no ha de venir gente, todo es desaliño, y descuido. María Santísima Señora nuestra, dice San Vicente Ferrer, tenía muy [29]} decentes vestidos, pero estos los usaba en casa, y para salir se ponía el más humilde: Beata Ana, Mater sua faciebat ei pulchra vestimenta, & nolebat portare nisi intra domum, Serm. 1 Dom. 1 Post. Penth. Pero ahora con el pretexto de agradar al marido, o con el de la moda, lo que sucede es, lo que dijo el Docto Jurisconsulto Zúñiga, que de toda la armonía de música, que se forma en la compostura de una Mujer para salir en público, sólo le toca al marido lo penoso de los ensayos, y de oír templar los instrumentos; lo cual tiene la prueba clara, en que luego que vuelven se desnudan, y quedan como antes, decentes para dentro de casa, que llaman. Saliendo Jantipa, Mujer de Sócrates, una vez de casa le preguntó, que dónde iba. Y respondiéndole que a ver una Procesión, como era discreto, y la conocía, le dijo: Tú nunca vas a ver, sino a que te vean; y lo peor es, que a muchas se les puede decir lo mismo, y que a estas tales, por más que procuren colorear sus salidas, tiene la experiencia descubiertas sus intenciones; y el agudo Ovidio, piloto grande de este mar, advierte a los que las vieren salir, que aunque sea a cosa devota, no las crean.

Spectatum Veniunt, Veniunt, Spectentur up ipse.

Con que ya no es mucho, que con esto escribiese el discreto Lope de Vega Carpio aquel curioso Enigma, que estampó en su libro Pastores de Belén, sobre la castaña.

Decid, Pastores, como se apellida
  aquella, que entre montes fue nacida,
  con siete letras entre espinas fieras,
De la cual, si quitáis las dos postreras,
  entre mil no hallaréis una,
  tanto se estima cuando se halla alguna.

No diré yo tanto, porque ni quiero ser tan absoluto como Ovidio, ni tan general como Lope; pero referiré las palabras que el P. M. Juan de Ávila, Apóstol de la Andalucía,le dijo a Doña Sancha Carrillo, Dama de Honor de la Emperatriz Doña Isabel, para que se las tengan por dichas las que se hallaren comprehendidas en sus excesos. Confesóse con él inspirada de Dios, que la quería convertir; y después de haberla oído con agrado, viéndola perfumada de fragrantes olores, y vestida de ricas galas, le dijo: Señora, esos olores huelen a Infierno, y estas vanísimas galas son cadenas que os arrastran el alma. Quedó atónita de oírlas, lavó con lágrimas los afeites; arrojó de sí toda gala, y fue luego una ejemplar señora de virtud; porque no cabe, ni se hermana el espíritu, donde hay afectación estudiosa con el cuerpo. Por esto, sucediendo en el Siglo pasado tener cierta Mujer engañados a Insignes, y Doctos Varones con su opinión de virtuosa, oyendo otro de menos letras, y años pintar su rostro, y traje, que aunque modesto, descubría alguna afectación, y aliño; y que teniendo lindas, agraciadas, y muy blancas manos, las mostraba con arte, y se las miraba con reparo, dijo inmediatamente: Esa mujer no trae buenas manos para Santa. Conocióse después ser todo su espíritu embuste, y fue castigada por el Santo Tribunal. La virtud no ha de tener más manos que las obras, y así en las [30] Vírgenes del Evangelio lucían las lámparas. Las manos blancas se llaman vulgarmente de nieve, y la nieve, y el hielo entorpecen las acciones. El fuego derrite la nieve, y la deshace, y el fuego del amor Divino toda la superfluidad, melindre, y cuidado con el cuerpo, porque es imposible, dice San Juan Crisostomo, que quien hace caso de él, y le estima con sobrado amor, no desprecie el alma: Impossible enim est aliquem agere curam anima, & tanti facere corporis pulchritudinem. Buena prueba de dos hermosuras bien particulares, con dos fines bien diversos.

Celebra la Escritura en el 2 de los Reyes, cap. 14, los cabellos de Absalón, y celebra también los de la hermosa Magdalena en el cap. 7 de San Lucas; pero hubo entre ellos la diferencia, que los de la Magdalena fueron tan dichosos, que el mismo Cristo los llenó de alabanzas, y los de Absalón fueron tan infelices, que le dejaron suspenso de un árbol, y la causa consistió en sus contrarias aplicaciones. Vivía Absalón tan enamorado de sus cabellos, que haciendo interés de su belleza, los vendía a muy grande precio: Ponderabat capillos capitis sui ducentis siclis pondere publico. Y la Magdalena, sacrificando a Cristo su hermosura, los ofrecía humildemente a sus pies: Secus pedis eius: capillis capitis sui tergebat. Era la de la Magdalena una hermosura despreciada, la de Absalón hermosura desvanecida; y hermosuras desvanecidas paran en tragedias; hermosuras despreciadas se transforman en gloria. Pues desprecien las señoras Mujeres la suya, y así serán apreciadas de todos, y especialmente de Dios. Acábense de desengañar, que como hijas todas de Eva: Serpens de cepit me, Gen. 3., se dan por engañadas, y no por perderse sin excusa, quieren perderse por engaño, que es la gana de parecer buenas, pero sin dejar de parecer bien, y esta gana de parecer bien las precipita a veces a dejar de ser buenas, por no dejar de parecer bien.

Pues, Tolite lapidem, dijo Cristo para resucitar a Lázaro, quitad esa vanidad humana para que se luzcan las obras de Dios: Tollite humanitatis obsequium, ut divina opera nunc clarescant, San Juan Crisostomo. Relumbrones de galas, anublan las luces de inspiraciones Divinas; y piedras de joyas, suelen ser losas de sepulcro, que no dejan resucitar. Escarmentemos en cabeza ajena, dice San Cipriano: Tormenta paucorum, exempla fiat omnium, y no aguardemos que nos abra los ojos el propio dolor, porque no ha de dar Dios a todas el aviso que a Santa Isabel, hija del Rey de Hungría. Estaba un día en el tocador para salir luego a vistas de su esposo, Príncipe de sangre Real, y mirándose con atención en el espejo, se le mostró Cristo tan lastimado, y maltratado en el mismo cristal, que aborreciendo las galas, y a sí misma, quebró el espejo, y se cortó el cabello, con ansias de parecer más a Jesús; y dejando el mundo, se fue a un Desierto, hasta morir. Ni el que dio a Santa Rosalea, y a otra señora en España, a quienes, estando también en el tocadore, se les mostró en el espejo un Ecce-Homo, Garan en sus Declamac. Ni aun el otro tan formidable, que refiere Mario Murc. Cit. de tosos demonios en forma de Serpientes, que arrojando llamas le apretaban la cabeza, y con sus diabólicas zarpas, llenas de suciedad, le lavaban la cara, cuello, y pechos; de cuya vista, cayendo desmayada, y medio muerta, volvió después en sí de todos modos, pues renunció del mundo, y sus vanidades. [31] Pero cesó de persuadir, como infructuoso, pues es esta una de aquellas enfermedades, que ni con dulce se remedian, ni con agrio se curan, porque las enfermas no quieren sanar; en cuya atención dijo el Gran Padre de la Iglesia San Bernardino de Sena, que si bajara del Cielo un Ángel, San Pablo, y aun el mismo Cristo Señor nuestro, a reprehender estos excesos, no esperaba verlos remediados: Si Angelus de Coelo descenderet, vel Paulus forte, vel Christus, & haec talia vestimenta, ut superflua praedicaret, credo quod victoriam non haberet. Palabras por cierto, que horrorizan; pero quiera Dios, que ellas solas tengan la culpa, y no se verifique de los Confesores, y Predicadores, lo que hablando con ellos escribe el Sauto: Utinam, Utinam, & iterum Utinam: Plerique non sint particeps Confessores, & alii ignoranter; vel carnaliter consulentes, & praedicantes, San Bernard. De Sen. Ferm. 47 art. 2, cap. 1.

Concluyó suplicando dos cosas a las señoras Mujeres: La primera, a todas, y cada una de las que usan de tocador, que pues en la Merced Calzada de esta Corte se vende a menos de dos pesos un finísimo, y cristalino Espejo, mucho más que los de Venecia, que hace parezcan más bellas a Dios, a los Ángeles, y Hombres de juicio; compuesto por el Docto Pío, y ejemplar Misionista, Fr. Francisco Miguel de Echeverz, en el fin de la 3 parte de sus Pláticas Doctrinales, que sacó a luz el año pasado de 1724. Que procuren todas colocarle en él, y tenerle muy presente al tiempo de vestirse, y tocarse, para que así moderen sus excesos; advertidas, y desengañadas, de que en el Tribunal de Dios no se les han de admitir excusas, ni les ha de valer decir no lo hacen con mal fin, ni tienen mala intención, pues en el caso siguiente, que entre otros allí refiere, les puede servir de último desengaño. Pidiéndole a Dios cierta señora virtuosa, se dignase manifestarla, qué cosa era lo que más aborrecía su Majestad en las Mujeres, vió en el Infierno una terriblemente atormentada, y oyó, que con lamentables voces decía así: Ay de mí! Que fui casta, limosnera, abstinente, y por ninguna otra cosa soy condenada sino por los trajes, y adornos que usé en mi persona, con los cuales fui peor que los demonios del Infierno, y su horrible fuego, pues este no abrasa sino a los condenados, pero el adorno de las Mujeres quema hasta los Justos, y los Santos, y esto es lo que más aborrece el Altísimo Señor en las Mujeres. Teman, pues, esto, aunque por otra parte sean buenas; mírense por amor de Dios en este Espejo que les digo, que hallarán casos bien espantosos; bastan ya las que sin remedio están gimiendo en los Infiernos. La belleza es engañosa, y vana, que engaña, y miente: Falax gratia, & vana est pulchritudo, y aquella Mujer será alabada, que sepa temer a Dios: Timens Deum ipsa laudabitur, Prov. 31.

La segunda cosa, que suplicó a todas en general, es, que procuren vivir con este santo temor, ser honestas, recogidas, y haciéndolas en sus casas, y ríanse de que los Hombres no las tengan por estudiosas, pues la Mujer es gloria del varón, según San Pablo: Mulier autem gloria est viri; y haciendo todas empeño de ser buenas, lo harán los Hombres de respetarlas, estimarlas, y asistirlas, aun por su propio interés, porque parece no tener nada el Hombre faltándole la Mujer; pues dice el Espíritu Santo, empieza su posesión desde que logra una Mujer buena: Qui possidet Mulierem bonam, [32] inchoat possesionem eius, Eccles. 36, vers. 26. Y últimamente, porque no es lo mismo conocer las obligaciones, que desempeñarlas, pues todos las conocen, y pocos las cumplen; y aunque conoce la mía mi respeto en el modo de decir la Verdad, que he intentado en este escrito, es corto mi caudal para desempeñarla, pues no alcanza a vestirla, como se debe, mi discurso, protesto la recta intención de no ofender a nadie, y que el desaliño de su vestido no ha sido intención de mi ánimo, sino desgracia de mi entendimiento; y pues el no ser discreto merece lástimas, y no iras, suplico a todas en común refrenen las suyas para conmigo, y como el sexo devoto me encomienden a Dios para servirle, que yo les ofrezco pedirle humildemente, les conceda un verdadero conocimiento para amarle.

Laus Deo, et Beate Virgini
Mariae.

 

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Transcripción, realizada a partir de un ejemplar original, del texto contenido en un impreso de 32 páginas, descrito con el nº 1060 en Doscientos cincuenta años de bibliografía feijoniana (de Silverio Cerra Suárez, Studium Ovetense, Oviedo 1976).


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