La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo cuarto
Carta XXVI

Que no ven los ojos, sino el Alma;
y se extiende esta máxima
a las demás sensaciones


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1. Díceme V.S. que habiendo leído con la mayor atención la Carta que escribí sobre la Electricidad todo su contenido le pareció muy bien, exceptuando aquella proposición en que afirmo (y aun pudiera decir, supongo) que no miran, ni ven los Ojos, sino el Alma; la cual dice V.S. le parece opuesta a la experiencia, y aun a la Sagrada Escritura. Que la experiencia dicta, que los ojos miran, y ven sienta V.S. que no necesita de prueba, porque es experiencia de todo el mundo. Todo hombre dirá: Abro los ojos, y veo cuanto se me presenta delante de ellos: cierro los ojos, y nada veo. Y a estas acciones acompaña una firme, e invencible persuasión de que los ojos miran, y ven, que a ningún argumento filosófico podrá ceder.

2. La Sagrada Escritura en mil partes con las más decisivas expresiones nos obliga a creer lo mismo. En el capítulo 11 de los Números: Nihil aliud respiciunt oculi nostri nisi Man. En el 4 del Deuteronomio: Oculi vestri viderunt omnia, quae fecit Dominus contra Belphegor. En el 19 de Job: Quem visurus sum ego ipse, & oculi mei conspecturi sunt. En el 16 del Eclesiástico: Muta talia vidit oculus meus. Omítense otros muchos.

3. Pero nada de esto me hace fuerza. Y empezando por lo último, que en nuestro respeto debe ser preferido a todo, respondo lo primero, que en las Sagradas Letras es muy frecuente usar de la voz Ojos, para denotar algunas de las potencias internas del hombre. V.gr. [364] Psalm. 19. Verumtamen oculis considerabis. No considera la vista corpórea, sino la razón. Psalm. 18. Averte oculos meos ne videant vanitatem. ¿Cómo ven los ojos la vanidad? ¿O qué color tiene ésta para que pueda ser objeto de los ojos? Psalm. 122. Ad te levavi oculos meos, qui habitas in caelis. ¿Pueden ver los ojos corpóreos a Dios como presente en los Cielos? Eclesiast. cop. 4. Nec satiantur oculis eius divitiis. La saciedad, o hambre de las riquezas no pertenece a los ojos, sino al corazón, o potencia apetitiva. Ecles. cap. 2. Omnia quae desideraverunt oculi mei non negavit eis. El deseo no es de los ojos, sino de la voluntad.

4. Respondo lo segundo, y más al propósito, que comúnmente los Escritores Sagrados adaptan las voces al uso que de ellas hace el Pueblo, más que lo que significan en acepción rigurosamente filosófica. En el cap. 1. del Génesis se expresa, que las aguas fueron el agente productivo de peces, y aves, siendo cierto que sólo concurrieron como materia de que se hicieron. En el mismo lugar se dice, que Dios crió esos peces agigantados, que llamamos cetáceos; Creavi Deus cete grandia. Pero el Filósofo dice, que ésa fue educción, y no creación. Del mismo modo en el cap. 38 del Eclesiástico se dice, que Dios crió de la tierra los medicamentos. También esta fue educción, y no creación. En el 17 del Levítico se afirma, que la alma de todo animal está en la sangre: Anima omnis carnis in sangine est; expresión que suena, que entre todas las partes del cuerpo sólo este líquido es informado del alma; cuando la sentencia común de los Filósofos, por no ser parte orgánica, le niega toda animación.

5. Ni por eso aquellas proposiciones contienen error, o falsedad; porque sin contradecir lo que dice el Filósofo, son verdaderas en la acepción que les da el uso popular, y civil. Es así, que el criar en el lenguaje filosófico significa producir las cosas, o sacarlas de nada: esto es, darles el ser, sin preceder alguna materia de [365] que se formen. Pero el común de los hombres usa del verbo criar, para significar cualquier especie de producción. Del mismo modo, aunque el Filósofo, después de un sutil examen de la materia, diga que la visión no se ejerce en los ojos, o por los ojos, para que sea verdad en la acepción vulgar el que los ojos ven, basta que la visión de tal modo dependa del ministerio de los ojos, que sin él sea imposible ver los objetos. Y los mismos Filósofos, fuera de los ejercicios de su profesión, hablan en estas materias como el Pueblo. Yo, aunque sé que el criar es producir las cosas de la nada, y asimismo que todas las plantas se engendran de alguna materia presupuesta, diré, sin embarazo, en una conversación en que se hable de flores, que la rosa es la más bella flor que Dios crió. Diré también, si se habla de frutas, que en tal tierra se crían las mejores frutas del mundo. Asimismo, aunque siento que el acto de visión no es ejercicio de los ojos, varias veces he dicho, y diré, para testificar la verdad de una cosa, que me consta por propia inspección, que la he visto por mis propios ojos.

6. En cuanto a la experiencia universal, que V.S. alega, digo, que nada prueba. Ya en otras partes he escrito, fundado en razones evidentes, que la experiencia, no siendo bien reflexionada, induce a innumerables errores. Y ahora, sin salir del asunto en que estamos (esto es, de la acción de la vista, y del ministerio de los ojos en ella), daré a V.S. una nueva prueba de esta verdad. Los mismos que fundan en la experiencia la aprehensión de que ven con los ojos, si se les pregunta dónde ven los objetos, v.gr. un hombre, una torre, una montaña, dirán que los ven en el mismo sitio adonde están, y que esto les consta por una experiencia clarísima, de modo, que conciben que la actividad de su vista en algún modo se extiende a tocar el hombre, la torre, &c. cuanto es menester para verlos en sí mismos. Con todo es ciertísimo que esto no es, ni puede ser.

7. Pero doy, que a uno de estos ignorantes desengañe [366] de su error un Filósofo, y le persuada que no ve la torre en sí misma, sino en una imagen suya, que se estampa en sus ojos, o en cada uno de ellos como en un espejo. Persuadido a esto, supongamos se trata de examinar, qué disposición tiene en el ojo esa imagen, o cómo están distribuidas, y colocadas sus partes. Dirá sin duda, que están colocadas como las de la torre; esto es, las superiores arriba, y las inferiores abajo, las de mano derecha a la derecha, las de la izquierda a la izquierda. Lo más es, que el mismo Filósofo, que le apartó de su dictamen en lo primero, si no sabe más que mera Filosofía, o no sabe más Filosofía que la que le enseñaron en alguna de nuestras Aulas, creerá lo mismo, que él en lo segundo; y estará firmísimo en que la propia experiencia de la visión lo convence visiblemente. Con todo, la Optica convence lo contrario; esto es, que las partes de la imagen ocular están en sitio inverso, o al revés de las correspondientes de la torre; de modo, que lo que en la torre está arriba, en la imagen está abajo; lo que en la torre abajo, en la imagen está arriba; y las partes laterales del mismo modo, las del derecho en el izquierdo, y las del izquierdo en el derecho. Esto se hace manifiesto en la Optica, no sólo con razón demostrativa, mas también por experiencia incontrastable, como V.S. podrá ver en el libro primero de Optica del P. Dechales, proposic. 2, o en el segundo del P. Tosca, proposic. 4.

8. Y lo que más sorprenderá a los nada, o poco impuestos en los curiosos secretos de la Optica es, que si no estuviese en el modo que he dicho, contrapuesta en la positura la imagen con el original, no se vería éste según su propia disposición. Todo esto hacen patente los instruidos en la Optica, no sólo con evidencia rigurosamente Matemática, mas también con infalibles experimentos, como V.S. podrá ver en los dos Autores citados.

9. Creo basta lo dicho para que V.S. reconozca cuán poco hay que fiar en esa que llama experiencia universal, [367] de que los ojos miran, y ven. De hecho, esa experiencia no es propiamente experiencia, sino ilusión, como muy frecuentemente lo son las que el Vulgo ignorante alega en otras materias.

10. Habiendo yo, pues, satisfecho a los dos argumentos, que V.S. me propone a favor de la común aprehensión, pasaré a probar positivamente la proposición, que en la Carta antecedente disonó a V.S. Mas para evitar toda equivocación, debo advertir, que mi proposición de que no miran, ni ven los ojos, sino el alma, se verificaría en algún sentido propio, aun cuando el acto de visión se ejerciese en los ojos; porque siendo la visión un acto vital, enteramente proviene, como todos los demás actos vitales, de la virtud del alma, aunque las denominaciones caen sobre todo el compuesto. Así, aunque con verdad se dice, que el hombre, o este compuesto de alma, y cuerpo, ve, oye, camina, &c. la facultad, o virtud para todos estos ejercicios enteramente es propia del alma. No es, pues, eso sólo lo que pretendo en aquella proposición, sino mucho más; esto es, que ni el acto de visión se ejerce en los ojos, o no son los ojos el órgano de que usa el alma para mirar, y ver. Esto, pues, es lo que he de probar, y lo pruebo de este modo.

11. Si los ojos fuesen el órgano proprio de la potencia visiva, entretanto que ellos estuviesen sanos, vivos, y animados, no podría faltar la vista; pero esto es falso: luego, aquella enfermedad, que llamamos Gota serena, y que proviene únicamente de obstrucción del nervio óptico, siendo perfecta la obstrucción, falta enteramente la vista; con todo, los ojos están vivos, y animados; a no estarlo, no sólo se coagularían sus humores, pero las túnicas, que los contienen, padecerían en breve tiempo, como cadáveres, una entera corrupción, lo cual no sucede, como muestra la experiencia.

12. Bien sé, que comúnmente los Médicos explican [368] este defecto de la vista por la falta de fluencia de los espíritus animales del cerebro a los ojos, cuyo curso impide la obstrucción, o compresión del nervio óptico. Pero lo primero, la existencia de los mínimos cuerpecillos, que llaman espíritus animales, para mí es muy incierta. ¿Y por qué se han de admitir, si sin ellos se puede explicar toda la economía animal, y en mi sentir mucho mejor que con ellos? Lo segundo, los que asientan la existencia de estos espíritus, les dan sutileza, y tenuidad inmensa, con la cual es incompatible, que la obstrucción, o compresión del nervio óptico, por grande que sea, les estorbe el paso. Según los mismos Filósofos, que los admiten, es, sin comparación, menos tenue que ellos el jugo nutricio; y con todo, éste penetra el hueso más compacto. No sólo eso penetra el mismo estado, no deja de nutrirse; a no ser así, se gangrenaría, y corrompería infaliblemente. Juzgo, que éste es el argumento decisivo.

13. Pero si los ojos no son el órgano de la vista, ¿cuál lo es, o en qué parte del animal tiene su ejercicio esta potencia? Digo, subscribiendo a la sentencia del ilustre Pedro Gasendo, del P. Malebranche, del Jesuita Bouhours, y otros agudos Filósofos modernos, entre quienes entran también uno, u otro de los Autores Médicos, como Lucas Tozzi, y el Doctor Martínez, que el órgano, o sujeto propio, donde se ejerce la visión, es el principio, u origen del nervio óptico, que está, como el de todos los demás nervios, dentro de la substancia del cerebro. Lo mismo digo de todas las demás sensaciones; esto es, que todas se hacen en el origen de los nervios correspondientes.

14. En cuanto a la visión, procede el negocio de este modo. Los rayos visuales, que vienen del objeto al ojo, pasando por sus humores ácueo, vítreo, y cristalino, llegan a conmover la túnica llamada Retina, que es término del ojo hacia la parte de adentro, y término del [369] nervio óptico hacia la parte de afuera. Esta conmoción, o impresión, que hacen los rayos visuales en la retina, se propaga en un momento por el nervio óptico, que es continuación de ella, hasta el origen del nervio que está dentro del cerebro; lo cual no tiene más dificultad, que la que vemos suceder en la cuerda de un instrumento músico, que herida en cualquier parte suya, en un momento se propaga la conmoción hasta su última extremidad. En llegando la impresión al origen del nervio óptico, resulta, o se excita en el alma aquella percepción del objeto, que llamamos Visión.

15. El hecho es cierto, pero el modo impenetrable. Por lo menos nadie pudo explicarlo hasta ahora. Esta dificultad es transcendente a todas aquellas afecciones del alma, que resultan de tales, o tales movimientos de los miembros del cuerpo; como asimismo a todos los movimientos del cuerpo, que resultan de tales, o tales afecciones del alma. Entre un espíritu puro, cual es el alma, y la materia, hay una distancia filosófica tan grande, que se hace ininteligible, que esta resultancia provenga de alguna conexión natural de uno con otro. Por lo que algunos recurren a la mera voluntad del Criador, que ab aeterno quiso que haya esta secuela del alma al cuerpo, y del cuerpo al alma, o esta sucesión de movimientos corpóreos a afecciones animásticas; y de éstas a aquéllos, que sin serlo parece secuela natural. Pero el que aquella conexión natural nos sea, o ininteligible, o de muy difícil inteligencia, en ninguna manera prueba que no la haya. ¡Oh, cuánto, y cuánto hay en la naturaleza, de cuya existencia estamos ciertos, sin poder penetrar el modo!

16. He dicho, que el hecho es cierto. Porque en primer lugar es indubitable que la alma es la que ve, la que oye, la que huele, &c. pues la materia es incapaz de percepción alguna, y sólo organizada de este, o aquel modo puede servir de instrumento para aquellas percepciones del alma, la cual tampoco, sin el órgano [370] corpóreo, puede ejercerlas. Este órgano necesariamente se ha de colocar en el cerebro: lo cual se prueba lo primero, de que por más presentes que estén los objetos a los exteriores órganos de los sentidos, si el cerebro carece de la disposición necesaria, para que la impresión, que los objetos hacen en ellos, se propague por los nervios hasta el cerebro, no se logra alguna sensación. Así, aunque el sonido de una campana llega a herir el tímpano del oído de un hombre que duerme, éste no le oye, hasta que el movimiento del tímpano sea tal, que le despierte. Un apoplético, aunque conserva animado, y sin lesión todo el ámbito del cuerpo, no siente la herida de una lanceta en cualquiera parte que le pique. En un catoco, o catalepsia está el sujeto con los ojos abiertos, y nada ve. Lo más particular es, que tal vez en este afecto percibe el alma el objeto perteneciente a un sentido, y no el que pertenece a otro. En la Historia de la Academia Real de las Ciencias del año de 38 se refiere de una mujer cataléptica, que no sólo teniendo los ojos abiertos nada veía, pero ni sintió, sangrándola, la picadura de la lanceta; y lo que es más, ni aun brasas encendidas aplicadas a las plantas de los pies. Sin embargo, dentro del mismo accidente algunas veces oía, y también reconocía algunas personas por la voz. Lo que verosímilmente proviene de que el nervio, por donde se propaga la impresión de tal, o tal objeto, tiene su origen en una parte del cerebro, que no está lisiada, u obstruida, estándolo las que dan origen a los nervios, que conducen las impresiones de otros objetos.

17. Lo segundo se prueba, que todas las sensaciones se hacen en el cerebro por medio de la conmoción de las fibras nérveas; porque aún faltando el objeto de tal, o tal sentido exterior, si por otra causa distinta el nervio, que pertenece a él, se conmueve del mismo modo que por la impresión que hace aquel objeto, resulta en el alma la misma sensación. Los que habiéndoles cortado una pierna, o una mano, padecen una fluxión reumática, [371] o podágrica en aquellos mismos nervios, por los cuales antes de faltarles esos miembros, sentían el dolor de gota, o reumatismo en la mano, o en el pie, sienten el mismo dolor, como existente en la mano, o en el pie, que ya no tienen; de suerte, que es una sensación perfectísima semejante a la que tenían antes de carecer de esos miembros; porque aunque no pasa del codo, o la rodilla la fluxión, les da al mismo movimiento en la parte donde existen, o la misma conmoción que antes; la cual propagándose hasta el cerebro, resulta en él la misma impresión, y por consiguiente la misma percepción en el alma. Si a alguno de noche dan un golpe en un ojo, ve un género de chispeo, o iluminación pasajera, porque el golpe dio el mismo movimiento al nervio, que daría la iluminación, si existiera. Por la misma razón, el que vio por un rato un objeto muy iluminado, v.gr. una vidriera expuesta a la luz del Sol, cerrando luego los ojos, ve por uno, o dos minutos el mismo objeto, o mantiene la misma sensación. Lo proprio sucede al que estuvo de cerca mirando la llama de una candela, que apagada ésta, y quedando el sujeto en perfecta obscuridad, por algunos momentos ve la llama, que ya no hay, aunque muy mitigada, y que sucesivamente se va mitigando más, y más; porque el movimiento del nervio óptico sucesivamente se va debilitando más, y más, hasta que cesando éste del todo, del todo cesa también la sensación de la luz.

18. Lo que he dicho del acto de ver, de oír, y de la percepción del dolor, se debe entender asimismo de todas las demás sensaciones, porque para todas milita la misma razón. Sólo siente el alma, y siente en aquella parte del cerebro donde está el origen de los nervios.

19. Ni por esto se niega, que los ojos son el órgano de la vista, las orejas del oído, las narices del olfato, &c. Organos son, porque son los conductos por donde vienen las especies de los objetos, o que reciben sus impresiones. Pero no son órganos, o instrumentos que usen [372] de ellas para el ministerio de sentir. V.gr. los ojos reciben los rayos visuales de los objetos, pero no los sienten. Reciben el impulso, o impresión de la luz, mas no para ejercer con ella la visión, sino para transmitir esa impresión por medio del nervio óptico al cerebro, donde se ha de ejercer la visión. De suerte, que lo que se llama órgano de la potencia visiva comprehende los ojos con todos sus humores, la retina, y todo el nervio óptico, hasta su origen, porque de todas esas partes consta el conducto por donde van las especies a aquel sitio, donde han de servir al alma para las sensaciones. Eso es con toda propiedad ser órgano.

20. Y advierto a V.S. que esta doctrina filosófica, no sólo es apreciable por verdadera, mas también por el glorioso título de importantísima al servicio de la Religión, como inconciliablemente opuesta al impío dogma del Materialismo universal. Los Filósofos, que llaman Materialistas, interesados en desterrar de la naturaleza toda substancia espiritual, con el ministerio puro de la materia pretenden acomodar todas las funciones propias del espíritu. Así, a la materia sola variamente modificada atribuyen todas las facultades, que reconocemos en el alma; de modo, que no sólo pueda sentir, mas también discurrir, entender, amar, &c. Así, quitando al hombre la parte por donde es inmortal, no aspiran a menos que a persuadir, que es la fábula cuanto se nos dice del otro mundo; que no hay premio para los buenos, ni castigo para los malos; que acabada esta vida temporal, el hombre enteramente se acaba, y todo se acaba para el hombre.

21. Este dogma, con ser tan irracional, y desatinado, tiene bastante número de aficionados en otras Naciones, según nos han dado a entender las Cartas, que nos comunicaron nuestras Gazetas de dos Prelados Franceses. Los llamo solamente aficionados; esto es, no puedo creerlos persuadidos; y su afición viene del interés, que tiene su vida licenciosa, en quitarles (si es posible) todo miedo de la pena eterna. [373]

22. Muy lejos están de asentir a este error, yo lo confieso, aquellos Filósofos, que concediendo a la materia facultad para sentir, se la niegan para entender. Pero sin ser ésa su intención, prestan un gran auxilio a los Sectarios de él. Explícome. Los Filósofos Atomistas, cuanto tratan del alma de los brutos, no se la niegan con el rigor que los Cartesianos, pero les conceden una alma, que no lo es sino en el nombre, porque todas es materia, y nada más. Dicen, que es una porción la más sutil de la materia, la más tenue, más movible, más espiritosa. La flor de la materia la llama Gasendo. ¿Pero de qué sirve esta metáfora en un asunto meramente filosófico, en que no se pretende el ornato de la Retórica, sino la indagación de la verdad? Atenúen la materia cuanto quieran. Y después de suponerla atenuadísima, sutilísima cuanto quieran, denle el nombre según su arbitrio, siempre será materia, y no otra cosa. Pues digo, que siendo materia, y no otra cosa, no puede ver, no puede oír, en general le repugna todo género de sensación, o sentimiento; porque al solitario concepto de materia, no menos repugna el sentir, que el entender. O por lo menos, concedido lo primero, está andado más que la mitad del camino para asentir a lo segundo. Porque dirán los Materialistas, o lo dicen ya, que si la materia sutilizada hasta tal, o tal grado, sin dejar de ser materia, tiene facultad para sentir, atenuada algunos grados más, tendrá facultad para entender. Es cierto que ella, así como es infinitamente divisible, es infinitamente atenuable, esto es, es necesario consiguiente de aquello. En un alto grado, pues, de atenuación dará sentimiento a los brutos; en otro mucho más alto dará discurso, o entendimiento a los hombres. Vencida la dificultad de que la materia, sin dejar de ser materia, sea capaz de percibir, o reconocer los objetos, poco hay que hacer en que, exaltándola a mayor sutileza, tenga otra percepción más elevada, o más sutil.

23. Descartes reconoció muy bien esta dificultad cuando huyó de conceder alma sensitiva a los brutos; porque figurándose, que cuanto hay en los brutos no es más que [374] materia, vio, que la materia por sí no es capaz de sentir; y así, resolvió hacer a las bestias máquinas inanimadas. Reconoció la dificultad; pero recurrió, para disolverla, a una opinión, que sobre ser, cuanto yo alcanzo, manifiestamente falsa, es muy peligrosa hacia la Religión, como manifesté en el Tomo II. del Teatro Crítico, Discurso primero, num. 44, y 45. Así, no pudiendo admitirse, ni la opinión de Descartes, que despojaba de toda alma a los brutos; ni la de los Atomistas, que constituyen la alma sensitiva en lo que es puramente materia; porque fuera de ser absurdísima una, y otra, contra una, y otra se interesa la Religión; es preciso recurrir a la que expuse, y probé en el tercer Tomo del Teatro Crítico, Discurso IX, diciendo, que el alma de los brutos, aunque se puede llamar material, por su esencial dependencia de la materia, no es materia realmente, sino un ente medio entre espíritu, y materia. Nuestro Señor guarde a V.S. muchos años. Oviedo, y Noviembre 22 de 1752.

O.S.C.S.R.E.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo cuarto (1753). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo cuarto (nueva impresión), páginas 363-374.}


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