La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo quinto
Carta primera

Satisfácese a una objeción contra una aserción incluida en el Discurso pasado: con cuya ocasión se discurre sobre los influjos de los Astros


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§. I

1. Muy Reverendo P. Maestro, y muy señor mío: Recibí la de V.P. del día 6 del pasado, con la [66] gustosa noticia de haber fenecido el viaje, y restituídose a su celda con salud: atención cariñosa, que estimo mucho. Apreciando asimismo como favor el remitirme los reparos, que ha meditado sobre mi Discurso Metafísico del Todo, y la Nada, que tuvo la curiosidad de leer en su tránsito por este Colegio: juntamente con otro, que viene a ser como un comentario de aquella definición, que Dios hizo de sí mismo, y nos comunicó su siervo Moysés en el libro del Éxodo: Ego sum qui sum, destinado a mover al amor de Dios por un principio de la más elevada Metafísica, inducido a esta lectura de haberle insinuado un Lector Teólogo compañero mío, que en dichos Discursos tocaba yo algunos puntos de Metafísica, y Teología natural (en que con toda propiedad se puede decir, que para lo de Dios todo es uno) y opinaba en algunos de ellos con algún desvío del más común sentir de los Escolásticos: lo que la lectura de dichos Discursos efectivamente le mostró ser así; o ya porque en ellos establezco alguna doctrina particular, o ya porque con algún modo particular explico la doctrina común, inclinándose V.P. a que en varios puntos hay de uno, y otro. Pero añade V.P. que todo lo especial que asiento, o en la substancia, o en el modo, en el Discurso que llamo comentario de la definición de Dios, le parece bien fundado; de modo, que sino lo persuado enteramente, le doy por lo menos una gran probabilidad.

2. Y aún parece que extiende su aprobación al Discurso del Todo, y la Nada, a excepción de un punto determinado, en que me dice no puede convenir conmigo; esto es, en la continencia formal de todas las perfecciones criadas en la esencia del Criador. Sin embargo, yo creo haber probado bien esta aserción. Pero a mis pruebas opone V.P. lo primero, que estas sólo pueden concluir en orden a las causas unívocas, y particulares, no en orden a las generales, y las que llaman equívocas los Filósofos. Mas yo pretendo, que prueban universalmente de todas. Y en cuanto a la distinción de causas en universales, [67] y particulares, unívocas, y equívocas, digo lo primero, que yo no admito causa equívoca alguna, y únicamente a Dios reconozco por causa generalísima. Y aún juzgo, que sólo en este sentido se debe entender Santo Tomás, cuando atribuye a Dios la cualidad de causa equívoca; esto es, porque en contraposición de las causas propiamente unívocas, cuya activad está limitada a efectos de alguna determinada especie, no otra que la propia de cada causa, Dios se extiende a todas las especies, y a todos los géneros.

3. ¿Pues qué (me dirán muchos Filósofos de las Aulas) el Sol, la Luna, los demás Astros, no son causas comunes de estas cosas sublunares? ¿Cómo se puede negar el influjo del Sol en todos los vegetables, en los minerales, y aún en todos los animales, sin excluir al racional? ¿No es axioma inconcuso aquel: Deus, Sol, & homo generant hominem?

4. Pero lo dicho dicho. Eso de los influjos de los Astros dio un gran bajío en su crédito de algún tiempo a esta parte, especialmente después que se reconoció, que lo mucho que algunos Filósofos rancios se empeñaron en exaltar su actividad, dio en todo, o en gran parte origen, y fomento a los delirios de la Astrología Judiciaria.

5. Aquel grande hombre Juan Pico, Duque de la Mirándula, a quien con tanta razón llamaron el Fenix de su siglo, y con la misma pudieran llamar Angel humano, tanto por su comprehensiva inteligencia, como por la pureza Angélica de su vida, no concedió otro ejercicio, o función a los Astros en esta gran República del Universo, que el movimiento, y la iluminación; entendiéndose, que por lo menos respecto del Sol, en la luz comprehendió también el calor, el cual inseparablemente se difunde con la luz. Es el Mirandulano impugnado comúnmente por los Filósofos, los cuales atribuyen una opinión tan poco favorable a esas lumbreras celestes, al ardor con que aquel Príncipe se aplicó a impugnar los varios caprichos de la Astrología Judiciaria; juzgando conveniente para desacreditar más a los Astrólogos, humillar también en [68] alguna manera a los mismos Astros.

6. Sin embargo yo, pidiendo primero la venia a los innumerables Filósofos, que disienten del Mirandulano, entre los cuales reconozco, que hay algunos dignos de la mayor veneración, me atrevo a ponerme de su parte, por lo menos hasta el punto de dar por probabilísima su opinión.

7. Para lo cual supongo, que si los Astros son injuriados en ella, el que con más justicia se puede quejar es el Sol. Ni esto es negable, ni habrá alguno, que lo niegue, cuando parece, que ya todo el mundo se ha convenido en conceder a este gigante Astro la alta prerrogativa de Padre universal de todos los vivientes.

8. Ahora pues. Pretendo, que para todo lo que el Sol obra en este Orbe sublunar, no ha menester otra cualidad activa más que el calor. Otra cualquiera virtud es superflua, y por consiguiente imaginaria, porque la naturaleza no duplica, o multiplica las causas, y entidades sin necesidad. Lo que pruebo así. El único género en que la experiencia nos muestra clara, e inmediatamente el influjo activo del Sol, es la producción de los vegetables. ¿Y cómo obra en ella? Mediante el calor. Calienta el Sol la tierra: calentándola disuelve, y pone en movimiento los jugos nutricios que hay en ella: puestos estos jugos en movimiento, penetran, y descogen las semillas, que encuentran al paso: ya descogidas, les prestan el alimento para que vayan creciendo hasta lograr aquel volumen, que pide la naturaleza de cada vegetable, con las ramas, hojas, flores, y frutos correspondientes.

9. Prescindo aquí de la cuestión bastantemente espinosa de si en las semillas, que Dios produjo al principio del mundo, estaban formalmente contenidas todas las plantas, que por el discurso de los siglos habían de salir de ellas: opinión bastante válida entre los modernos, pero de que no tiene dependencia alguna al asunto presente; porque, que sea verdadera dicha opinión, que lo sea la opuesta de que cada vegetable sucesivamente va produciendo la semilla [69] correspondiente a su especie (lo que a la verdad parece más conforme al sagrado Texto del Génesis, cap. I. donde se expresa, que las plantas hacen sus semillas: Protulit terra herbam virentem, & facientem semen, iuxta genus suum), eL Sol tiene sólo el oficio de causa dispositiva, moviendo con el calor del jugo de la tierra: lo primero, para que penetrando las semillas, las extienda; y extendidas, vaya difundiéndose por sus varios miembros, y ministrando a todos el nutrimento debido, hasta arribar a su perfección.

10. Que para prestar este beneficio a los vegetables, no ha menester el Sol otra facultad que la del calor, lo muestra visiblemente la experiencia, en que para dicho beneficio suple en muchos casos el fuego la falta de Sol. En el Diccionario de Moreri leí, que el Duque de Wirtemberga, País muy frío de Alemania, tiene una huerta muy espaciosa de naranjos, y limones. Sábese, que las semillas de estas dos especies, mayormente la de los limones, no fructifican sino en Países, o calientes, o muy templados. ¿Pues cómo se logran estos frutos en el frío clima de Wirtemberga? Sustituyendo el calor del fuego al del Sol, para lo cual esparcen por el terreno varios hornillos, que encienden a sus tiempos; añadiendo a esta diligencia la de cubrir los árboles con toldos, o techos levadizos, los cuales hacen el doble servicio de preservar del rigor de las heladas, y contener para que no se disipe el calor de los hornillos.

11. Es asimismo notorio, que en muchos parajes los Labradores pobres aceleran la madurez de algunas de las frutas de sus huertos, regando las raíces de los árboles con agua caliente, o tibia, por el interés de sacar algún mayor precio de su anticipada venta. Se dice que esta maniobra deteriora los árboles, y lo creo. Mas este daño no proviene de aquella anticipada calefacción, sino del frío, que muchas veces sobreviene prontamente a aquel extemporáneo calor, a causa de que como la referida negociación se ejerce sólo con las frutas más tempranas, [70] v.g. cerezas, es preciso caiga en la Primera, estación en que con los días templados, o medianamente calientes se entreverán otros bastantemente fríos. La razón porque el frío, sucediendo repentinamente el calor, daña las plantas fructíferas, no es ignorada de algún Físico mediano. Los Labradores ven el efecto, y los Filósofos la causa.

12. Ni el Sol ejerce otro influjo, que el expresado, respecto de los vegetables; ni supuesto este influjo, respecto de los vegetables, necesita este Globo, o Mundo, que habitamos, otro alguno para todas sus producciones, porque los vegetables sirven inmediatamente, o mediatamente al aliento, y por consiguiente a la propagación de todos los animales; esto es, sustentan por sí mismos muchos animales, y gran parte de éstos prestan alimento a otros de su misma clase: v.g. respecto del hombre son nutrimentos gran parte de los vegetables, y gran parte de los brutos; de éstos, según sus varias especies, unos se nutren, en cuanto pueden, de otros brutos, como las bestias feroces, las aves carnívoras, y los peces mayores, porque de unos brutos a otros no hay otro derecho, que el de la superioridad de la fuerza.

13. ¡Pero (¡ay Dios!) cuántos racionales inicuamente se arrogan el mismo derecho! ¡Los mayores se ceban en los menores, éstos en otros menores, y así sucesivamente hasta la más infeliz, y humilde plebe, que viene a nutrir a los demás hombres, como los más de los insectos a otros brutos! esto es, sin compensación: devoran éstos a aquellos; pero nunca por falta de fuerza aquellos a éstos; y así sólo tienen recurso (hablo igualmente que de los insectos, o minutísimos brutos, de los minutísimos racionales, que vienen a ser como insectos en la clase intelectual) sólo tiene recurso, digo a los frutos, hojas, y raíces de los vegetables. Pero otro mundo hay en que los pequeños pueden desquitarse de lo que sufren a los grandes. Hablo de aquel mundo en que innumerables poderosos, y opulentos envidian, y envidiarán eternamente a los miserables Lázaros. [71]


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§. II

14. Vuelvo ya de esta reflexión moral, que me ocurrió al paso, al asunto propio de esta Carta, en que me resta examinar, si respecto de otros cuerpos diversos de las substancias animales, y vegetables, influye el Sol con otra cualidad distinta de la del calor. Realmente no falta Filósofos, que en orden a algunos efectos de esta clase dan al Sol una ocupación de bastante importancia. Hablo de la generación de los metales, que quieren muchos sea obra de este noble Planeta; lo que si fuese así, sería consiguiente constituir este influjo en otra cualidad distinta del calor: siendo constante, que el calor del Sol penetra muy pocos pies de la superficie de la tierra; y no menos cierto, que las venas de varios metales yacen a mucho mayor profundidad.

15. Pero lo primero, habiendo visto que para cuanto el Sol obra en la superficie de la tierra no ha menester otra cualidad, que la del calor, legítimamente podemos conjeturar, que la misma le baste para otro cualquiera efecto, a que pueda extenderse su influjo. Lo segundo, porque es sumamente probable (tal lo juzgo), que el Sol, ni mediante el calor, ni mediante otra alguna virtud activa, influye en la generación de los metales. La razón es, porque para ésta tiene la tierra mucho más a mano otro agente suficientísimo en los fuegos subterráneos, y no multiplica la naturaleza las causas sin necesidad.

16. La existencia de los fuegos subterráneos a distancias ya mayores, ya menores del centro de la tierra, invenciblemente se prueba. Lo primero de los muchos Volcanes esparcidos en varias Regiones, que algunos Autores cuentan hasta cuatrocientos, o quinientos. Lo segundo, del calor que se experimenta en las minas profundas, y tanto mayor, cuanto es mayor la profundidad. Lo tercero, de los terremotos, cuya causa ya no se duda ser el fuego subterráneo; y como no hay Región alguna, que no haya padecido este terrible azote del Cielo en algún tiempo, se sigue, que este nuestro elemento por todas partes [72] está minado de el del fuego. Teniendo, pues, la tierra dentro de su jurisdicción en el fuego elemental un agente tan poderoso para todo lo que necesita, o la producción, o la mixtura, o la purificación de sus minerales, ¿qué ha menester salir de sus límites a mendigar el socorro del fuego celeste para estos efectos?

17. Ciertamente, si algún cuerpo mineral nos excita la idea, u ofrece la apariencia de deber su producción a la actividad del Sol, ninguno tanto como el oro. La hermosura, la nobleza, la solidez, el resplandor de este precioso metal parece que son otros tantos auténticos testimonios de que este Rey de los minerales debe su origen al Príncipe de los Astros. De modo, que si conviniésemos con los Filósofos, que constituyen al Sol padre de todos los metales, sería preciso conceder al oro, no sólo la primogenitura, más también la preeminencia de único hijo suyo legítimo, dejando a los demás en la humilde clase de bastardos.

18. Pero todo esto es un alegato de mera apariencia. Y contra esta apariencia está la experiencia, quien decide soberanamente en las materias de física.

19. El Padre Regnault en el tom. 2 de sus Coloquios Físicos, coloq. 8, refiere, que habiendo un curioso bajado a una profunda mina de oro en Hungría, experimentó la tierra fría hasta la profundidad de 480 pies; desde allí empezaba a minorarse el frío, al cual sucedía un calor violento, tanto más fuerte, cuanto más se profundaba.

20. Este hecho nos ofrece la deducción de dos consecuencias decisivas en la cuestión presente. La primera es, que estando aquella mina tan profunda, no podía penetrar hasta el sitio de ella la actividad del Sol, cuyo calor, como ya se insinuó arriba, no es extiende sino a muy pocos pies de la parte superior de la tierra: lo que confirma también, en el experimento propuesto, el frío, que se percibió hasta llegar a la altura de 480 pies. Ni se me replique, que aunque el calor solar esté limitado a tan corto espacio de tierra, acaso se extenderá mucho más [73] otra alguna cualidad activa del Astro, mediante la cual engendre el oro en senos muy distantes de esta exterior corteza de nuestro Globo. Digo, que el asunto de esta réplica carece de toda verosimilitud, mostrándonos la experiencia, que la virtud productiva del Sol se mide por los grados de calor, que comunica a la tierra. Así en las altísimas montañas, donde el Sol poco, o nada calienta, poco, o nada produce, como lo vio Monsieur de la Condamine en algunos de aquellos eminentísimos picachos de las cordilleras de los Andes. De modo, que en las mayores alturas, donde pudo arribar, no se veían sino peñascos desnudos, y estériles arenas. Bajando de allí a alguna muy grande distancia, ya se encontraba uno, u otro muy pigmeo arbusto; y descendiendo más, se iba entrando en algunos bosques (Relación del viaje hecho a la América por orden del Rey Cristianísimo, para averiguar la figura de la tierra, escrita por Mr. de la Condomine).

21. La segunda consecuencia, que se deduce del hecho referido, es, que en él se nos muestra otro agente para la fábrica del oro, muy distinto, y muy independiente del Sol; esto es, aquel calor intenso, que se experimenta descendiendo de la profundidad de 480 pies: efecto sin duda de algún fuego subterráneo, y que parece ser únicamente destinado a aquella noble producción metálica; pues en las obras de la naturaleza ninguna hay superflua, y en aquel profundo seno no es fácil señalar conducencia, u destinación a otro fin a aquel calor, y fuego tan retirado de los animales, y vegetables, que pueblan nuestro Globo.

22. Ni obsta a lo dicho el que en algunas partes se encuentran venas de oro a corta distancia de la superficie de la tierra. Porque a esto se satisface lo primero, diciendo, que también en algunas partes hay fuegos subterráneos vecinos a la superficie de la tierra, como se ve en los Volcanes. A que podemos añadir la experiencia de algunas fuentes de agua calidísima, cuales son las que [74] hay en la Ciudad de Orense, mi patria, con el nombre de Burgas, cuyo intenso calor parece no puede ser producido de otra causa, que de algún vecino fuego subterráneo.

23. Puede decirse lo segundo, que ese oro, que se halla cerca de la superficie de la tierra, no tiene su nacimiento en aquel sitio, sino en otro mucho más profundo. ¿Pues cómo se trasladó de una parte a otra? Con gran facilidad: esto se entiende, no en aquella consistencia dura, y sólida, con que se nos hace palpable, sino en vapores exaltados por los fuegos subterráneos; los cuales, ascendiendo a lugar, o frío, o templado, vuelven a condensarse en aquella ponderosa masa propia de este metal; al modo que el agua del mar, ríos, y lagos, disuelta acá abajo por el calor, sube en vapores a alguna altura de la Atmósfera, donde destituida del calor, se vuelve a condensar en gotas, y baja en lluvia lo que subió en vapor.

24. Sin embargo ocurre aquí una no leve dificultad; esto es, que el oro se pueda disolver en vapores, a lo cual parece se opone su compactísima textura; y lo que hace más fuerza, la experiencia; sabiéndose la que el célebre Roberto Boyle hizo de tener en continua fusión al fuego de un hornillo, por espacio de dos meses, un trozo de oro, el cual pesado exactísimamente antes, y después de la fusión, se hallo no haber perdido en el fuego, ni el peso de un grano.

25. Está bien. Doy por cierto el hecho, como atestiguado por el mismo Boyle, que era un Filósofo de inviolable veracidad. ¿Mas cómo se probará, que en las entrañas de la tierra no haya fuego, ya por la magnitud de su volumen, ya por la calidad del material, que le alimenta, mucho más activo que el del horno de Boyle? Los terremotos, y los Volcanes parece que prueban invenciblemente una gran superioridad de fuerza en aquel, comparado con este. Aquel fuego, que trastorna dilatadas cordilleras, que arroja a grandes distancias enormísimos peñascos, [75] ¿a qué materia se aplicará debidamente, que no la resuelva, o en cenizas, o en vapores?

26. Añado, que no es preciso, que los vapores, que los fuegos subterráneos exaltan para que se condensen en otro cerca de la superficie de la tierra, sean extraídos de otro mineral de la misma especie. Antes se debe tener por cierto, que son resolución de otra materia muy distinta; porque la naturaleza no hace oro del oro: eso sería hacer nada; o, usando de la locución vulgar, hacer que hacemos; sino de materia, que no es oro. ¿Pero qué materia es esa? Llanamente confieso, que no lo sé. Y acaso nadie puede saberlo; porque los Mineros, que registran aquellos senos, carecen de la Filosofía, que pide este examen; y los Filósofos no espero que jamás quieran habitar tan incómodos alojamientos todo el tiempo que es necesario para hacer las debidas observaciones.

27. De lo discurrido hasta aquí se deduce legítimamente, que el Sol no es causa equívoca, sino unívoca; porque lo que él directa, y propiamente ejecuta, sólo es calentar la tierra, y los jugos, y semillas, que sirven a las producciones, que corren por cuenta de otras causas; y respecto del calor no es el Sol causa equívoca, sino tan unívoca como la que más. A que añado, que si éste es causa equívoca, lo mismo se puede afirmar del fuego elemental; pues como se vio arriba, debidamente aplicado, tanto influye como el Sol en la producción de los vegetables, y en la de los minerales mucho más que el Sol.

28. Yo me inclino mucho a que no hay en todo el campo de la naturaleza causa equívoca alguna; y que si se examinan bien las cosas, se hallará, que el efecto propio, inmediato, y directo de cualquiera causa tiene uniformidad con la naturaleza, o genérica, o específica de la misma causa; y por consiguiente ésta no es equívoca, sino unívoca en orden a aquel efecto; lo cual no quita, que la misma causa, o concurriendo parcialmente con otras, u disponiendo la materia, o removiendo algún impedimento, [76] preste tal cual influjo para otro efecto muy diverso.

29. Y el que esas, que llaman causas equívocas, no pueden prestar acción alguna a los efectos, que como tales les atribuyen, sino disponiendo la materia, o per modum removentis prohibens, se prueba eficacísimamente de que muchos de los efectos, que se le atribuyen, son de superior perfección específica, y aún genérica a la de esas causas. Varios Naturalistas modernos han hallado, como ya escribí en el Discurso pasado de El Todo, y la Nada, que no hay vegetable alguno en quien no se produzcan algunos insectos, todos de diferente especie en las diferentes especies vegetables. Todos esos insectos son de la clase animal, o vivientes sensibles, por consiguiente de superior perfección específica, y genérica a la de los vivientes insensibles, o meramente vegetables.

30. Esfuerzo más este argumento con una experiencia demostrativa, de que aun agentes que carecen, no sólo de vida sensitiva, más aún de la vegetativa, pueden influir de algún modo en la producción de efectos, informados, no sólo de la vida vegetativa, más también de la sensitiva. Esta experiencia nos ministra la invención de que usan los Egipcios para multiplicar las aves domésticas, y que pocos años ha imitó felizmente en París el célebre Observador de la naturaleza Mr. de Reaumur. Forman los Egipcios unos hornos, en cada uno de los cuales colocan millares de huevos gallináceos, con tal disposición, y a tal distancia, que el fuego, que encienden en los hornos, les de aquel grado de calor, que es menester para su fomento, sin riesgo de daño alguno. Con esta industria suple el fuego ventajosamente para la educción de los pollos la incubación de las madres. Y digo ventajosamente, porque en la incubación son muchos los que se pierden, a causa de que siendo a las madres preciso acudir a otros menesteres, frecuentemente interrumpen aquel fomento; en cuyas interrupciones, especialmente si se resfría el ambiente, como a cada paso sucede, se enfrían, [77] y estragan los huevos: riesgo a que no están expuesto en los hornos, siendo allí fácil continuar en el mismo grado de calor que los fomenta.

31. Combinando esta experiencia con las que hemos propuesto arriba de lo mucho que en las regiones, o estaciones frías sirve el fuego para la producción de los vegetables, y en todos tiempos para la de los minerales, se infiere la gran utilidad del fuego para la propagación de las substancias, que pertenecen a todos los tres Reinos de la naturaleza. A que es consiguiente la importantísima secuela, de que Dios nada crió que no sea bueno, y muy bueno, útil, y muy útil; cuando aún el fuego, que sólo presenta a los ojos el aspecto feroz de elemento destructivo, hallamos que es sumamente benéfico, y productivo. Es así que Dios no hizo cosa, que no sea, o pueda ser muy útil al hombre; aunque para que en algunas, y aún en muchas, se logre la utilidad de su destino, dejó al cuidado del hombre la indagación de su debido uso.

32. Privado ya el Sol de la preeminencia de causa universal, ¿qué debemos juzgar de los demás Astros? Que con más razón que el Sol se deben sujetar al mismo despojo.

33. En tres clases se pueden dividir los Astros; esto es, Planetas, Cometas, y Estrellas fijas. Cuento entre los Astros a los Cometas; esto es, por luminares permanentes como los demás, y criados como ellos al principio del mundo; pues si bien esto no está aún averiguado con una certeza total, me basta, por lo que mira al presente asunto, el que ésta es la opinión más válida entre los Astrónomos modernos.

34. Empezando, pues, por los Planetas, el que entre éstos, después del Sol, puede con alguna apariencia optar, ya que no a la preeminencia de causa universal, sí a ser reconocido por un agente de influjo dilatadísimo sobre innumerables substancias de nuestro Globo, es la Luna. El vulgo de todo el mundo, desde tiempo inmemorial, ha conspirado a venerar en la Luna un amplísimo dominio respecto de los vegetables, y no muy limitado hacia la de los animales. Es verosímil, que de algunos Filósofos antiguos bajó a los [78] vulgares esta creencia, que tan profundas raíces echó en todos los Agricultores. Y entre esos Filósofos antiguos ciertamente se puede contar el mayor de todos ellos; esto es, el grande Estagirita; pues en el lib. 4 de Generatione Animalium, cap. 10, después de cualificar a la Luna de un Sol menor que el que obtiene sin limitación alguna ese nombre, le atribuye positivo influjo, o conducencia para todas las generaciones: Fit enim quasi alter Sol minor, quamobrem conducit ad omnes generationes, perfectionesque.

35. Pero en varias partes de mis escritos anteriores, fundado en las exactas observaciones de varios modernos, he mostrado, que cuanto se publica de estos influjos lunares carece de todo fundamento, o no tiene más fundamento que las desatinadas observaciones de la gente del campo, de la cuales se dejaron engañar los Filósofos; y engañados éstos, autorizaron, y confirmaron las erradas ideas de la gente del campo.

36. En que debo advertir, que cuando digo, que para impugnar las falaces ideas de los influjos lunares, me fundé en las exactas observaciones de varios modernos, hablo sólo de los influjos respectivos a animales, y vegetables, no de los respectivos a la Atmósfera, en cuyo espacioso campo constituye el vulgo el más dilatado imperio de la Luna; porque para dar por fabuloso ese imperio, no me fundo en ajenas observaciones, sino en las propias, y repetidas que yo mismo hice por la larga serie de muchos años; las cuales enteramente me han convencido, de que cuanto se dice de la correspondencia de las mudanzas de los temporales, o al novilunio, o al plenilunio, o al cuarto creciente, o al menguante, o a la cuarta, o a la quinta Luna, todo, todo, sin exceptuar ni una mínima parte, todo es mero sueño, ilusión, y patraña.

37. Sólo añadiré aquí un nuevo argumento contra los pretendidos influjos de la Luna, consiguiente a lo que establecí arriba, que el Sol nada influye sino mediante el calor; lo cual se debería verificar igualmente de la Luna, si ésta tuviese algún influjo. Luego constando, como por [79] la experiencia ciertamente consta, que la Luna no presta algún calor sensible a la tierra, se sigue que también carece de toda influencia.

38. No parece, pues, que a la Luna le queda otra actividad, o jurisdicción que ejercer en nuestro Globo, sino la que tiene sobre las aguas del Océano para moverlas al flujo. Digo al flujo, porque para el reflujo no han menester otro agente, que su propio peso. Pero aún esa jurisdicción (sobre que en ella no ostenta la Luna alguna virtud productiva, que es influjo de que aquí se trata, si sólo locomotiva), aún esa jurisdicción, digo, es harto litigiosa, como se ve en la gran variedad con que han discurrido los Filósofos sobre este punto. Y aún si hemos de estar a la opinión más válida hoy en toda la Europa, que es la del gran Newton, hallaremos, que más jurisdicción, actividad, o dominio ejerce nuestro Globo sobre la Luna, que la Luna sobre nuestro Globo. En el sistema Newtoniano, que es de la Atracción universal, todos estos grandes cuerpos que llamamos Esferas, o Globos totales, en cuyo número entre la tierra con la multitud de todos los Astros, recíprocamente atraen unos a otros, aunque con desigualdad, proporcionándose la fuerza, o virtud atractiva a la mole, cantidad, o volumen del cuerpo atrayente. Así, según los Newtonianos, la tierra atrae a la Luna, y la Luna a la tierra; pero mucho más la tierra a la Luna, por ser mucho mayor el cuerpo de la tierra, que el de Luna. De que necesariamente se sigue, que mucho mayor impulso ejerce nuestro Globo en los movimientos de la Luna, que la Luna en los movimientos de nuestro Globo, de cuya totalidad es parte el flujo de las aguas del Océano.


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§. III

39. Habiendo visto, que si se habla del influjo activo, o propiamente tal, es, o muy poco, o muy dudoso, el que la Luna ejerce en las cosas sublunares, ¿qué diremos de los otros cinco Planetas, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, y Saturno? Mas qué hemos de decir, [80] sino es que resolvamos divertirnos un rato con los sueños de Astrólogos, y Almanaquistas, los cuales con su jerigonza de aspectos benignos, malignos, trino, cuadrado, sextil, de los Planetas, dan que hablar a los ignorantes, y que reír a los cuerdos; consolándose del desprecio que hacen éstos de sus quimeras, con la atención que les prestan aquellos. Sobre que el que no estuviere enteramente desengañado, puede leer el Discurso VIII del primer Tomo del Teatro Crítico; añadiendo sólo a lo que dije allí, que la razón de falta de calor sensible, por la cual negué a la Luna los influjos que se le atribuyen, del mismo modo milita en los otros cinco Planetas nombrados.

40. Saliendo de los Planetas hacia la parte de arriba (aunque no en todos tiempos conservan su superioridad de sitio) hallamos al paso aquellos espantajos de necios, y supersticiosos, que llamamos Cometas. Sobre que tampoco tengo que hacer más que remitirme a lo que de ellos he escrito en el Discurso X del mismo Tomo primero del Teatro Crítico; y repetir el argumento de falta de calor, pues nadie experimentó que le calentase los sesos algún Cometa. Finalmente, téngase por dicho lo mismo respecto de las Estrellas fijas.

41. Pero aquí de Dios, exclamarán contra mí algunos. ¿Es creíble que el Altísimo, siendo tan Sabio, como poderoso, criase tantos, tan brillantes, y tan hermosos Astros, que para que estuviesen ociosos, sin oficio, u destino alguno al servicio del hombre? ¿Y quién (exclamo yo ahora por mi parte), quién dice tal cosa? ¿No pueden sernos útiles esos Astros, aunque no tengan algún influjo activo en las substancias materiales de nuestro Orbe? En efecto, prescindiendo de que tengan, o no, tal actividad, es cierto que independientemente de ella nos son útiles, y muy útiles. Cuando la Luna no nos presentára otro favor que el de la iluminación, con que suple la falta de la del Sol, ¿cuántas gracias deberíamos al Criador, que la dio este destino? Esa luz, aunque diminuta ¡oh cuántas maldades evita, que sin ella protegería la obscuridad de la noche! Y al contrario, [81] ¡cuántas operaciones nocturnas, o necesarias, o útiles, facilita totalmente impracticables sin el socorro de esa luz!

42. Agréguese a esto lo mucho que conduce el estudio del movimiento anuo, y menstruo de ese Astro, para el justo reglamento de varias cosas pertenecientes al culto, y algunas dentro de la esfera del Gobierno político.

43. Agréguese también lo que sirve la Luna para el conocimiento de las longitudes: cosa de suma importancia en la Náutica. Para cuya investigación también pueden guiar los demás Planetas; aunque por distinto rumbo; esto es, atendiendo al momento en que éste, o aquel Planeta eclipsa tal, o tal Estrella fija. Aunque a la verdad de esos Planetas principales ya apenas se hace caso para este efecto, después que el gran Galileo descubrió aquellos cuatro menores secundarios, o subalternos, que llaman Satélites del Planeta Júpiter: en consecuencia de cuyo descubrimiento hicieron poco después los Astrónomos el de su uso para otro conocimiento más exacto de las longitudes, que el que antes se lograba por medio de los Planetas mayores.

44. Las estrellas fijas de muchos modos sirven a dirigir la navegación por medio de varios instrumentos, que los Astrónomos han inventado para ese fin. Una constelación sola; esto es, aquella que vulgarmente llamamos Carro, y los Astrónomos apellidan Osa mayor, o Cynosura, supliendo en infinitos lugares la falta de reloj para distinguir las horas de la noche ¡oh cuán cómodo es para caminantes, rústicos, y oficiales de varias Artes mecánicas, que quieren utilizarse en su trabajo alguna porción de tiempo anterior a la venida de la Aurora!

45. De las apariciones, y curso de los Cometas, con tantas observaciones como sobre ellos hicieron, y aún hacen los Astrónomos, no parece que hasta ahora ha resultado algún documento en beneficio del género humano. Pero acaso se logrará en adelante, especialmente si, como muy probablemente se espera, se llega a conseguir la total certeza, de que estos son unos Astros permanentes, [82] que como Saturno, Júpiter, Marte, Mercurio, y Venus giran al derredor del Sol. Muchos siglos estuvo el Mundo con muy poco conocimiento de la luz, que podrían prestar otros Astros a la Náutica, y a la Geografía; y careciendo enteramente del que para uno, y otro se adquirió por los Satélites de Júpiter de ciento y veinte años a esta parte, hasta que en los dos últimos siglos logró la diligencia de los Astrónomos preciosos adelantamientos en el conocimiento de esos Astros respectivamente a aquellas dos Artes. ¿Por qué en los tiempos venideros no se podrá averiguar alguna conducencia de los Cometas para lo mismo?

46. Pero aún dado que ni el Sol, ni otro algún otro Astro, ni aún la colección de todos, ejerza casualidad en las producciones de este Orbe inferior: dado también que las observaciones de su posición, y curso nunca nos den alguna ilustración, ni sobre la Geografía, ni sobre la Náutica: dado en fin, que la consideración de ellos esté desnuda de toda conducencia para el gobierno eclesiástico, y político; ¿se seguirá de aquí que Dios los haya criado sin destinación a alguna particular utilidad del hombre? En ninguna manera. Aun separados los beneficios referidos, que nos hacen los Astros, resta otro muy mayor: otro en que se interesa nuestra eterna felicidad, porque se interesa en él, respecto de nosotros, la Religión. ¿No es cierto que la prodigiosa cantidad de esos grandes, y hermosísimos luceros nos está incesante, y claramente representando la existencia, la grandeza, el poder, la hermosura de su Criador? ¿Y por consiguiente incitándonos incesantemente a su culto, y a su amor?

47. Hágome cargo de que son muchos, son infinitos los hombres, que no usan para tan alto fin de la presencia de ese prodigioso espectáculo. Pero eso en ningún modo degrada el beneficio del Criador en ponerlo a su vista. Culpa suya es no aprovecharse de él, porque es una omisión libre, originada de su voluntaria distracción a contemplar los despreciables bienes a que los llaman sus pasiones. [83]


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§. IV

48. Opone V.P. lo segundo contra lo que he dicho de la continencia formal de las perfecciones criadas en la esencia del Criador, que esto le parece una cosa ininteligible; porque ¿cómo puede incluirse en esa esencia alguna perfección de la criatura, según el concepto formal con que la posee la criatura, sin estar en Dios mezclada con la imperfección con que está en la criatura? ¿Qué respuesta piensa V.P. que le daré a esa objeción? La que V.P. estará muy lejos de esperar. Mi respuesta es, que también para mí es ininteligible eso mismo que lo es para V.P. ¿Qué quiero decir en esto? Que no formo, ni puedo formar un concepto claro, una idea distinta de esa continencia formal de las perfecciones criadas en el ser del Criador. ¿Pero de esto se sigue, que no haya tal continencia formal? En ninguna manera. Son muchos los objetos de cuya realidad se hace evidencia, sin que por eso nuestro entendimiento pueda formarse una imagen representativa, una idea clara de ellos.

49. Esta es una máxima verdadera, aún extendiéndola a los objetos criados. En el Infinito es transcendente su verdad a cuanto entendemos de sus perfecciones, o atributos. Todas nuestras ideas son defectuosas, no por falsas, sino por obscuras. La Divinidad toda está circundada de nieblas, como en varias partes nos intiman los sagrados libros: Dominus dixit ut habitarent in nebula. (Reg. 3. cap. 8.) Dominus pollicitus est ut habitaret in caligine (Paralip. 2. cap. 6.) Qui tenet vultum Solii sui, & expandit super illud nebulam suam (Job. cap. 26.) Posuit tenebras latibulum suum. (Psalmus 17.)

50. Así por cualquiera parte que nuestro entendimiento quiera mirar el Ente infinito, encuentra con nieblas, que no puede disipar; sin que eso le impida un asenso infalible a algunas verdades pertenecientes a ese objeto; sí sólo que forme un concepto claro, y distinto de ellas. Pondré un ejemplo, que facilite a V.P. este pensamiento mío. La luz de la razón natural, por sí sola, nos manifiesta [84] con la mayor evidencia, que Dios existe ab aeterno. ¿Pero podemos formar alguna distinta, y clara imagen de la Abeternidad; o, usando de la expresión común de los Escolásticos, de la Eternidad à parte ante? En ninguna manera. Tienta nuestra imaginación, cuando lo pretende, surcar el piélago inmenso de siglos, y más siglos del tiempo imaginario que precedió la creación del mundo; y después de discurrir cuanto quiera por siglos de siglos, ve que nada ha adelantado; siempre se halla como en el principio del viaje, siempre le resta un piélago sin margen ulterior. Y finalmente, con un esfuerzo inconsiderado se arroja a abarcar, como ceñidos en un volumen, todos esos interminables siglos de siglos, y da con los ojos en una densa niebla, en que no ve otra cosa que la temeridad de su empeño.

51. No pretendo yo que esta paridad sea totalmente adecuada a mi opinión de la continencia formal de todas perfecciones criadas en Dios. Sólo me favorezco de ella por la parte que prueba, que el que no podamos formar dentro de nosotros un concepto claro, o una imagen mental bien distinta de alguna perfección divina, no infiere la carencia de tal perfección en Dios. Pero subsistiendo entre uno, y otro asunto la discrepancia de que la Ab-eternidad> de Dios se demuestra con la mayor evidencia, la continencia formal de todas las perfecciones criadas en Dios no sale de la esfera de opinión, que probablemente deduzco de los principios que insinué en el Discurso de el Todo, y la Nada, donde desde el número 86, hasta el 95 inclusive, con razones, y autoridades apoyé dicha opinión.


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§. V

52. Poneme V.P. lo tercero la autoridad de todos los Teólogos Escolásticos, los cuales unánimes establecen, que las perfecciones, que a distinción de las Simpliciter simples llaman Mixtas, sólo se contienen en Dios eminencialmente.

53. Esta objeción, si el supuesto que hace del unánime [85] consentimiento de los Teólogos Escolásticos puede verificarse, es terrible; porque este cuerpo unido es digno de la mayor veneración, y tal es la que yo le profeso. ¿Pero es enteramente innegable este supuesto? Creo que V.P. ni otro alguno podrá asegurarlo. Yo sé que son muchos los Teólogos que convienen en aquella máxima. Sé que los que yo he visto la proponen como doctrina común. Mas si es universalmente admitida de todos, eso es lo que nadie puede saber, porque nadie puede oír, u leer a todos.

54. Pero sea norabuena admitida de todos: ¿no se podrá conciliar mi opinión particular de la continencia formal con esa de la continencia eminencial, que se reputa ser común entre los Escolásticos? Creo que sí. Y aun pienso que el Príncipe, el Máximo de todos los Teólogos Escolásticos (Santo Tomás digo) me patrocina para dicha conciliación.

55. Este gran Doctor, en la primera parte de su Suma Teológica, quaest. 4. art. 2. donde pregunta, si en Dios están las perfecciones de todas las cosas, respondiendo afirmativamente, en el cuerpo del artículo explica de dos modos, o por distintos principios esa complexión de todas las perfecciones en Dios. Explícala lo primero por la actividad productiva de todas las perfecciones, la cual dimana de la continencia virtual eminencial de todas ellas, o ella por sí misma intransitive en una continencia virtual eminencial.

56. El segundo modo con que Santo Tomás explica la complexión de todas las perfecciones, no pertenece a la continencia eminencial, porque no recurre en este segundo a la actividad de causa universal, u otro algún predicado relativo a los efectos, o perfecciones criadas, sino al predicado absoluto de Ente per se subsistente; por cuyo título infiere, que Dios contiene todas las perfecciones, o modos del Ser: Secundo vero ex hoc, quod Deus est ipsum Esse per se subsistens: ex quo oportet, quod totam perfectionem essendi in se contineat.

57. De esta continencia de todas las perfecciones se [86] deduce inmediatamente la continencia de todo el ser; esto es, de cuanto hay de entidad, cuanto hay de positivo en toda la amplitud de los sujetos criados, que es mi principal, o único asunto en el Discurso, que sirve de comentario a la definición de Dios. La razón de esta ilación es, porque cuanto hay de entidad, cuanto hay de positivo en los objetos criados, todo es bueno; lo que reconocen todos los Metafísicos, cuando colocan la bondad entre los atributos esenciales del Ente, y convertible lógicamente, como los demás, con la razón del Ente; de modo, que hay ilación recíproca de una a otra, siendo legítimas estas dos: Est Ens, ergo bonum. Est bonum, ergo Ens.

58. Añado, que no sólo es bueno, es perfecto, o es perfección cuanto hay de entidad en los objetos criados; porque aunque con esa entidad están mezcladas, o embebidas en ella innumerables imperfecciones, esas nada participan de la entidad, ni la entidad tomada formal, y precisamente participa algo de ellas. La razón es, porque, como latamente expuse en el Discurso citado, las imperfecciones nada tienen de entidad, nada de positivo: son meras carencias desnudas de todo ser. Así cada criatura tiene una mínima parte de entidad envuelta en infinitos nadas; esto es, en las carencias del infinito número de entidades distintas de aquella pequeñísima porción de ser, que ella posee.

59. Y esta verdad metafísica nos insinúa la distinción esencialísima, que hay entre el Ente finito, y el infinito. ¿Qué es lo que constituye el Ente criado en razón de finito? Es tener un angostísimo ser, un prope nihil, como sufocado por las innumerables carencias de todas las demás entidades. ¿Qué es ser Dios infinito? Es tener en su esencia toda la inmensa plenitud del ser, plenitudo essendi, libre de toda carencia.

60. Confírmase esta máxima de que cuanto hay de entidad en las criaturas, no sólo es bueno, sino perfecto, con aquella aprobación con que Dios las calificó a todas, luego que salieron de sus manos: Vidit Deus cuncta quae [87] fecerat, & erant valde bona. No sólo las dio por buenas, sino por muy buenas. Aquel superlativo valde, añadido sobre la simple bondad, ¿qué puede significar, sino una bondad perfecta? Y de aquí se convence mas, que Dios no carece de alguna entidad; porque esto fuera carecer de alguna perfección, lo cual repugna al que es infinitamente perfecto.

61. De aquí colijo lo primero, que Santo Tomás de tal modo reconoce en Dios la continencia eminencial de todas las perfecciones criadas, que admite justamente en algún verdadero sentido la continencia formal. La primera le compete por el predicado relativo de causa universal. La segunda, por el título absoluto de la plenitud del ser, formalmente incluido en su Divina Esencia. Yo me amparo de esta doctrina, acogiéndome, como uno de los menores discípulos de Santo Tomás, a la sombra de tan divino Maestro. Si no he percibido bien su mente, muchos son los que me pueden corregir, y yo admitiré la corrección con toda la imaginable docilidad.

62. Deduzco lo segundo, que hablando con toda propiedad, Dios no se puede decir, ni causa unívoca, ni equívoca. En esta materia, como en algunas otras, transferimos en concepto, que formamos del Ente criado al increado; o ya porque no podemos formar un concepto claro, y distinto de aquel predicado Divino, a quien es análogo el que corresponde en la criatura: o porque aunque tal vez le hagamos, nos faltan voces con que explicarle. Digo que no es Dios con toda propiedad causa unívoca; porque esta, como la explicaron los Filósofos, tiene limitada su actividad a efectos de determinada especie: esto es, aquella misma a quien pertenece la naturaleza de la causa. Lo que no sucede en Dios, ya porque el Ser Divino no está contenido como inferior debajo de alguna especie, antes contiene en sí, como superior, todas especies, y todos los géneros. Tampoco es causa equívoca; porque no sólo influye disponiendo el paso, o preparando la materia, como expliqué arriba, el influjo del Sol; [88] antes directamente produce el ser del efecto con todos sus predicados, desde la diferencia individual, hasta la razón comunísima del Ente. Pero se puede llamar causa unívoca, porque da el ser específico a cada efecto con tanta propiedad, como la causa unívoca criada. Y se puede llamar equívoca, porque no está su influjo limitado a alguna determinada especie, antes se extiende a todas especies, y géneros.

63. Deduzco lo tercero, que las perfecciones divinas, que llaman los Teólogos Mixtas, realmente tan puras, y sin mixtion alguna, están en Dios como las que llaman simpliciter Simples. Pero las llaman Mixtas, consideradas en aquella razón común abstraída de Dios, y las criaturas; y en esa razón común van, aunque confusamente, envueltos los defectos con que se mezclan en las criaturas.

64. Deduzco lo cuarto, que la continencia formal de todas las perfecciones criadas en el Ser Divino excluye en Dios toda imperfección. De modo, que en esta materia dos artículos capitales parece se deben dar por asentados. El primero, que todas las perfecciones criadas, según todo lo que tienen de positivo, están en Dios; porque si no, no contiene Dios en sí toda la plenitud del Ser, o toda la perfección de él, como dice Santo Tomás. El segundo, que esta plenitud de ser, u de perfección está purísima de toda imperfección, u defecto. De calidad, que la misma perfección, o bondad, que en la criatura está penetrada de imperfecciones, es en Dios íntegramente perfección, sin el mas leve defecto. Yo conozco la dificultad, acaso imposibilidad, de que nuestro entendimiento forme concepto claro de que una misma perfección colocada en el Criador, sea (digámoslo así) tan distinta de sí misma colocada en la criatura. Pero esta dificultad es común a otras muchas verdades objetivas, que como infalibles percibimos en el Infinito. Él mismo dijo que su habitación está circundada de nieblas: Dominus dixit, ut habitaret in nebula.

65. Arriba traje a este propósito el atributo de la [89] Ab eternidad, o Eternidad à parte ante. Pero aún en el Ente criado, aún acá de tejas abajo, hay objetos, de cuya realidad tenemos evidente certeza, y con todo nos es imposible formar concepto claro, y distinto de ellos. Es evidente que toda el alma racional habita en todo el cuerpo, y toda en cualquiera parte de él. ¿Pero quién puede formar un concepto claro de cómo una cosa, indivisible en su ser, informa el cuerpo en toda su extensión; y cómo lo que informa el cuerpo en toda su extensión, puede informar toda a cualquiera pequeñísima parte suya?

66. Otro ejemplo. No hay hombre, que no esté cierto de la real existencia de este Ente sucesivo, que llamamos tiempo. ¿Pero hay alguno, que forme idea clara, imagen intelectual distinta de este objeto? A cualquiera que se atribuya una tal idea, desde aquí le digo, que, o se engaña, o no percibe el sentido de mi pregunta, o habré de concederle, que tiene más ingenio que S. Agustín, pues este gran Doctor, en el libro undécimo de las Confesiones ingenuamente escribe, que por más que meditó sobre esta materia, no halló sino confusiones, y obscuridades.

67. Lo propio que a S. Agustín, respecto del tiempo, me sucede a mí respecto de la continencia formal de todas las perfecciones criadas en Dios. Paréceme que realmente hay esta continencia en la Deidad; a cuya persuasión me inducen ya las pruebas, que propuse en el Discurso, sobre que ahora disputamos: ya la autoridad poco ha alegada de Santo Tomás, de que Dios contiene todas las perfecciones del Ser; pues todas las perfecciones criadas, según su propia formalidad, no se puede negar que están comprehendidas en el amplísimo círculo del Ente: ya la de S. Bernardo, citado al num. 88. del cuestionado Discurso, donde abiertamente enseña, que Dios incluye en su Ser el ser de todas las cosas: ya en fin aquel Divino: Deus meus, & omnia, del Serafín Francisco.

68. Todo lo dicho, repito, me mueve a creer en Dios la continencia formal de todas las perfecciones criadas. [90] ¿Pero por eso formo dentro de la mente algún concepto claro de esa continencia formal? En ninguna manera. Acaso esta dificultad es común a todas las ideas que formamos de cuanto pertenece al Ente infinito. Y acaso proviene esto de que no tenemos otros moldes para fabricarlas, que los que nos ministra el Ente finito. Todo lo que hay en el Ente infinito es infinito. Y de lo infinito nos es negado formar alguna imagen bien distinta; esto es, alguna imagen, que no sea terminada, que no nos muestre por todas partes algunas extremidades, como sucede en las imágenes materiales, que forman la Pintura, y la Escultura. ¿Pero cómo se ha de formar imagen terminada de lo que es interminado, e interminable? Creo yo que cuanto hay en Dios tiene mucho de misterioso; pues aunque de varias verdades, pertenecientes al Ser Divino, nos hace evidencia la razón natural, siempre en esas mismas queda mucho obscuro. Sabemos (si me es lícito explicarme de este modo), sabemos el qué, pero ignoramos el cómo, y en el cómo está el misterio.

69. Mas no por eso piense V.P. que quedo con la satisfacción de que lo que he escrito de la continencia formal de todas las perfecciones criadas en el Ser Divino, aún en orden al qué de la cosa, tenga alguna firmeza. Antes debe hacer juicio, de que cuanto he discurrido sobre esta materia, va a Dios, y a ventura, y valga lo que valiere. Esto es lo que presento a los Teólogos Escolásticos, para que examinadas mis pruebas, cada uno haga el juicio que halle más razonable, sin entrar en cuenta para poco, ni para mucho, mi tal cual autoridad, que realmente ni aún llega a ser tal cual. Quiero decir, que es ninguna, o por lo menos incapaz de prestar un grano de probabilidad a alguna opinión.

70. Y en caso de que este pensamiento mío de la continencia formal logre la aprobación, que es menester para considerarle en el grado de opinión probable, ¿no podríamos constituir en esa misma continencia formal la que llaman los Teólogos eminencial? Imagino que hay en ello bastante apariencia para el asenso. Porque a una continencia [91] de las perfecciones criadas, exenta, y libre de todos los defectos, que tienen por criadas, o por contraídas a los entes criados, ¿qué le falta para ser verdaderamente eminencial, esto es, infinitamente elevada, y sublime sobre la continencia con que están esas perfecciones en las criaturas? Quaerendo dicimus, non sententiam praecipitamus. Habrá acaso quienes digan, que poner la cuestión en estos términos es reducirla a cuestión de nombre: crítica, que admitiré sin repugnancia, porque no contemplo la discusión muy importante.

71. Pero, P. Maestro, basta ya de Carta, que aún atendiendo sólo al papel que ocupa, es larga; y considerada la inamenidad del asunto, común a cuanto se trata en términos rigurosamente escolásticos, larguísima. Deseo, y ruego a nuestro Señor, que haga mucho más larga la vida de V.P. Oviedo, y Abril 10, de 1759.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo quinto (1760). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo quinto (nueva impresión), páginas 65-91.}


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