La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Ilustración apologética
Discurso XXX

Paradojas Físicas


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1. Ya tenemos en el campo al Sr. Mañer armado de Filósofo: dudo si con armas propias, o ajenas: sólo sé que son falsas. Y en cuanto a la repetida cantinela con que ahora nos vuelve a dar matraca en el número primero, de que aun en caso que fuesen errores los que impugno en mis Paradojas, no serían errores del Vulgo, y por consiguiente impertinentes a mi propósito; traslado a lo dicho sobre el Consectario, que no soy amigo de machacar. Ahora vamos siguiendo las Paradojas por su orden.


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Paradoja primera
El fuego elemental no es caliente en sumo grado

2. ¿Qué tiene contra esta Paradoja el Sr. Mañer? Tiene lo primero, que el Sol es fuego formalmente en sentencia muy recibida de los Filósofos modernos; y así la prueba que yo, contra el sumo calor del fuego elemental, tomo del exceso que hace al calor de aquel el de los rayos del Sol, recogidos en el foco del Espejo Ustorio, o es contra producentem, o nada prueba, porque uno y otro es formalmente fuego.

3. Bien. Convengo con los Filósofos modernos en que el Sol es formalmente fuego. ¿Pero es fuego elemental? ¡Oh lo que le sorprende la preguntilla al Sr. Mañer! Vuelva a [168] mirar la Paradoja. ¿No ve que en ella no niego el sumo calor a todo fuego formal ut sic, sino al fuego elemental? Ergo non est ad rem el argumento entretanto que el Sr. Mañer no nos prueba que es fuego elemental el del Sol, que será lo mismo que probar que el Sol está debajo de la Luna.

4. Tiene lo segundo, que para probar el exceso del calor del Sol sobre el del fuego de acá abajo, sería menester hacer el cotejo congregando las partículas ígneas de este elemento, así como están congregados los rayos del Sol en el foco del Espejo Ustorio. Respondo, que este cotejo o esa congregación de las partículas ígneas no es menester para nada. La razón es evidente: porque Aristóteles, y los que siguiéndole atribuyen sumo calor al fuego elemental, hablan de éste, no en la suposición de que se congregasen sus partículas ígneas (como los rayos del Sol en el Espejo Ustorio), sino en el estado natural en que le tenemos y experimentamos. Y así, como yo pruebe que hay otro fuego (sea congregado o disgregado) de calor más intenso que aquel, pruebo bien que el calor del fuego elemental (como le considera la sentencia Aristotélica) no es sumo: porque calor sumo es el calor máximo posible, y no puede ser máximo, si es posible otro mayor. Muéstrenos o en Aristóteles, o en sus Sectarios algún pasaje donde para atribuir calor sumo al fuego elemental, pidan la circunstancia de que se congregen sus partículas como se congregan los rayos solares en el Espejo Ustorio.

5. Tiene lo tercero, que la llama fulminada (es frase culta, que significa el rayo, o centella), que es fuego elemental, es tan activa como los rayos del Sol en el Espejo Ustorio. Niego el asunto: porque los rayos del Sol recogidos en el Espejo vitrifican las materias que se presentan en el foco: y a esta operación que es la más alta del fuego, no alcanza la llama fulminante. Esta rompe los muros, derrite los metales (que es todo lo que nos pondera de ella el Sr. Mañer); pero que vitrifique piedras y metales, ni nos lo dice el Sr. Mañer, ni hasta ahora lo he oído o leído. Respondo lo segundo, que aun cuando se concediese todo, nada probaría el argumento. La razón es, porque nada se prueba a favor [169] de la máxima Aristotélica, con que el fuego elemental solamente fomentado en tales o tales materias, solamente congregado de este o aquel modo (mucho menos si se extrae a estado violento) tenga calor sumo. La máxima Aristotélica es general; y una máxima general, en materia física respecto de cualquier especie, se falsifica siempre que no se verifique en todos los individuos de ella, considerados en su estado natural. Tan lejos está de eso la sentencia del calor sumo del fuego elemental, que no se halla tal calor en él (aun permitido el asunto del argumento) sino cuando le extraen a un estado violento, y que por tal es de brevísima duración.

6. Noto aquí, que el Sr. Mañer hablando del Espejo Ustorio en general, determina el número de los rayos del Sol que se congregan en él, a tres millones cuatrocientos y setenta y cuatro mil rayos. Señor mío, el número de los rayos que se congregan, no en todos los Espejos es uno, sino mayor o menor, según el mayor o menor diámetro del Espejo. Mas ya sé en lo que consiste. Leyó aquel número de rayos el Sr. Mañer en las Memorias de Trevoux del año de 1716, tratando del gran Espejo Ustorio del Sr. Villete; y como está tan bien en las materias, lo que allí se dice de aquel Espejo particular, lo aplicó a todos los Ustorios, echando a todos los tres millones de rayos, con su aditamento. También le faltó saber, que dentro de un mismo Espejo se puede computar mayor o menor número de rayos, según la mayor o menor extensión latitudinal que se diere a cada rayo, lo cual es arbitrario; y así noté, que cuando en aquellas Memorias se hace cómputo del número de rayos que se congregan en el grande Espejo de Villete, se le da a cada rayo la decimasexta parte de una línea cuadrada del pie de París; si el rayo se quiere imaginar más delgado, o dividirse el rayo que allí se señala, en cuatro rayos distintos, que esto es voluntario, pues es divisible sin término (como todo Cuanto continuo), será cuadruplicado el número de rayos; y si se imaginare más grueso, será menor el número. Otra vez le digo al Sr. Mañer, que oportet studuisse. Esto de andarse a [170] trasladar de los libros, para escribir en materias que antes no se han estudiado poco ni mucho, es ocasionado a mil yerros enormes, porque aun creyendo que se traslada al pie de la letra, fácilmente se toma una cosa por otra.


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Paradoja II
El aire antes se debe juzgar frío, que caliente

7. Aquí el Sr. Mañer nada dice a favor de la sentencia común que impugno. Sólo inclina a que el aire, considerada precisamente su naturaleza, antes se debe juzgar indiferente a frío y calor, que frío ni caliente. Lo cual, si bien no lo contradigo por ahora, pues en la propuesta de la Paradoja cotejo los dos extremos entre sí, no con el medio, pero no lo prueban los experimentos que alega. Es así que algunas veces se pueden señalar agentes extrínsecos que en ausencia del Sol (y yo también en su presencia) enfríen el aire, como vientos septentrionales, o las nieves de montes vecinos; pero otras muchas veces que no hay tales agentes extrínsecos, precisamente por la ausencia del Sol, si es algo dilatada como en las noches de Invierno, se experimenta el aire frío: luego es preciso confesar que es frío por su naturaleza; pues a no serlo, siempre necesitaría de agente extrínseco para enfriarse.

8. Al cargo que me hace el Sr. Mañer, de que debí para mi prueba hacer cuenta, no sólo de la ausencia del Sol, mas también de la de los fuegos subterráneos, los cuales por sí solos pueden calentar el aire, aun en ausencia del Sol: Respondo que yo consideré la causa ordinaria y regular del calor del aire; no la regular y extraordinaria, cuales son los fuegos subterráneos, quienes en rarísimos parajes son en tanta copia, y están tan vecinos a la superficie de la tierra que pueden dar calor sensible al aire. [171]


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Paradoja III
El agua, considerada según su naturaleza, antes pide ser sólida, que fluida

9. Dice lo primero el Sr. Mañer, que como yo pruebo esta Paradoja por el mismo principio que la antecedente, él responde por los propios medios que a la antecedente ha respondido. Ahora subsumo yo. Sed sic est, que a la antecedente no ha respondido ni bien, ni mal: luego a ésta no responde ni mal, ni bien. Y así es; pues se contenta con decir que ha respondido, y pasa a proponer por argumento un texto de la Escritura, con que da por concluida la disputa sobre esta Paradoja.

10. Váyase un poquito más despacio el Sr. Mañer, y advierta, que además de la prueba común a ambas Paradojas, hay otra especial ad hominem contra Aristotélicos, que consiste en que la agua en su sentencia es fría in summo, y la frialdad in summo no puede menos de helar, y por consiguiente consolidar al sujeto en quien se halla. ¿Cómo se deja esto en el tintero?

11. Veamos ahora el texto, que ya había mucho tiempo que tenía ociosa su grande erudición escrituraria. Dice, que los tres días de la Creación estuvo la agua fluida, pues al tercero la congregó Dios en un lugar; lo que no pudiera hacer sin milagro, a estar helada. Sed sic est, que los tres primeros días faltaba el agente extrínseco del Sol, que la liquidase, pues éste fue criado al cuarto día: luego estaba la agua flúida en virtud de su propia naturaleza, y no por la fuerza de algún agente extrínseco.

12. ¿Quién le dijo al Sr. Mañer, que no había en los tres primeros días agente extrínseco que calentando la agua la liquidase? ¿No había luz en este tiempo? Claro está, pues Dios la crió el primer día. ¿Y esa luz no venía de algún cuerpo iluminante? Así lo dicen Padres, y Expositores comúnmente, y así lo dirá también el Sr. Mañer, pues anda a [172] ahorrar de milagros, y sin milagro no podía estar la luz sin inherencia a algún cuerpo iluminoso. Supuesto, pues, que había cuerpo iluminante, ¿de dónde sabe el Sr. Mañer, que ese cuerpo iluminante no era también calefaciente? Demos un paso más. Y si le añadiese yo, que ese cuerpo iluminante era el Sol, ¿qué diría el Sr. Mañer? Haría burla de mí, ya se ve; porque consta de la Escritura que el Sol fue producido el cuarto día. Pues ríase también de Santo Tomás, que dice expresamente que el Sol y todos los demás Luminares celestes fueron hechos el primer día. (1. p. quaest. 70, art. 1) Ríase asimismo del Eximio Suárez, que afirma lo mismo. (lib. 2 de Opere sex dierum, cap. 2) En uno y otro hallará explicado, cómo se entiende la producción de los Luminares, que la Escritura señala en el día cuarto; como también la razón por qué Moisés no la asignó al primero. Esta sentencia no hay duda que es difícil, por la aparente oposición del sagrado Texto: con todo, es la más seguida, porque se les encuentran más espinas a todas las demás que hay en esta materia. Pero cualquiera que se lleve, se abre lugar a que haya agente extrínseco que caliente el agua en los tres primeros días. Porque si se dice con algunos, que Dios crió el primer día la luz separada de todo cuerpo, del mismo modo pudo producir el calor. Si se quiere decir con otros, que la produjo inherente a otro cuerpo distinto del Sol, como ese cuerpo fue iluminante, pudo ser también calefaciente. Si, en fin, con otros, que Dios por sí mismo, sin intervención de otra causa, produjo y conservó la luz aquellos tres días, como inexistente precisamente al cuerpo iluminado, del mismo se puede decir que produjo y conservó el calor.

13. Como quiera que aquello haya sido (que con certezaa nadie lo sabe), lo que sabemos con certeza es, que en los Países subpolares, precisamente por la larga ausencia del Sol, la agua del mar está helada y sólida. Y si no, señálenos el Sr. Mañer el agente extrínseco que la enfría allí; lo que no hace ni podrá hacer, si no es que recurra al aire. Pero de ese modo, por escaparse de esta Paradoja, cae en la red [173] de la antecedente, concediendo que el aire por sí mismo es frío.

14. Y no dejaré aquí de advertir, que el Sr. Mañer, cuando extraña tanto el oír que el agua por su naturaleza antes pide ser sólida, que flúida, se pasma de pocas cosas. ¿Qué fuera si alguien le dijera lo mismo del aire? Pues ve aquí que no falta quien lo diga, y lo pruebe; y a fe que es un gran Físico. Por si no quiere creerme, cítole al famoso Médico de Lieja Herman Boerhave in Instit. Chymiae, tom. 1, pag. 211 de la impresión de París de 1724.


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Paradoja IV
O todas las cualidades son ocultas, o ninguna lo es

15. Dice el Sr. Mañer, que esto no es Paradoja, ni merece nombre de tal, sino sólo argumento de los Cartesianos, sin afirmación, ni conclusión en ninguno. ¿Este es fallo, o laberinto? O quiere decir el Sr. Mañer, que la misma tesis, que propongo por Paradoja, es argumento de los Cartesianos; y esto no puede ser, porque tan gran disparate sería decir que una proposición sola es argumento, como decir que una piedra sola es toda la casa; o quiere decir, que el argumento con que pruebo aquella proposición, es de los Cartesianos: y de aquí ¿cómo puede inferirse que la proposición probada no es Paradoja? ¿Son, por ventura, incapaces los Cartesianos de formar argumentos probativos de Paradojas? Item: ¿Qué quiere decir argumento de los Cartesianos, sin conclusión en ninguno? ¿Puede haber argumento sin conclusión, o consiguiente, que es lo mismo? ¡Extraña lógica es la del Sr. Mañer!

16. Yo leí las Obras Filosóficas de Descartes, y de algunos Cartesianos: y protesto que no me acuerdo de haber leído en alguno el asunto de la presente Paradoja. Pero que lo fuera, ¿qué teníamos con eso? Hice yo pleito homenaje de [174] no escribir jamás sino lo que ningún otro escribió? En fin, ¿qué quiere decir, el que yendo yo por este rumbo, bien pudiera llenar de Paradojas el tercer tomo? ¿Qué es ir por este rumbo? ¿Es usar de los argumentos de los Cartesianos? Eso no bastará acaso para llenar ni aun tres hojas, porque es menester que los argumentos sean probativos de Paradojas, y que los prueben bien: porque yo no he de echar mano de todo lo que tenga visos de argumento para llenar un escrito, como hace el Sr. Mañer: y acaso no hallaré en todos los libros de los Cartesianos argumento alguno contra la opinión común, que me cuadre. ¡Oh, qué cosas nos ha dicho aquí el Sr. Mañer en menos de seis líneas!

Omitimos la Paradoja quinta, porque da pleno asenso a ella el Sr. Mañer.


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Paradoja VI
El Sol, en virtud de su propia disposición intrínseca, calienta, y alumbra con desigualdad en diferentes tiempos

17. Fundé esta Paradoja en las manchas que a veces se observan en el Sol, las cuales, prescindiendo de otras causas, es preciso disminuyan la luz y calor del Sol. Dije prescindiendo de otras causas, porque es cierto que hay otras que hacen lo mismo, y aun más poderosamente que aquellas manchas, como la mayor distancia del Astro, la incidencia oblicua de sus rayos, los vapores interpuestos, &c.

18. Dos cosas dice a esto el Sr. Mañer: la primera, que supone que esta observación o reflexión la habré visto en las Memorias de Trevoux del año 1725, art. 57, donde se propone en nombre de Monsieur Maraldi, y del P. Rheita: la segunda, que los Autores de las Memorias impugnan allí mismo la opinión de Rheita, y Maraldi, y así debí hacerme cargo del argumento que hacen contra ella. [175]

19. A lo primero digo, que le protesto al Sr. Mañer (creame si quiere), que cuando escribí las Paradojas Físicas, aún no tenía en mi librería, ni había visto las Memorias de Trevoux del año de 25. Mas esto importa poco, pues como dije poco ha, yo no hice pleito homenaje de decir siempre lo que ningún otro dijo.

20. A lo segundo respondo, que prescindiendo de si los Autores de las Memorias impugnan la opinión de Rheita, y Maraldi, es cierto que no impugnan la mía. La conclusión que ponen dichos Autores, es ésta, y concebida en estos propios términos: No es del Sol de quien depende precisamente el grado de frío, o de calor, que reina sobre la tierra. Esta proposición prueban; y ésta en ninguna manera es opuesta a lo que yo digo en la Paradoja. Es claro: pues yo no digo (y fuera un gran absurdo el decirlo), que dependa precisamente del Sol el grado de frío, o calor, que hay sobre la tierra. En aquel adverbio precisamente no reparó el Sr. Mañer, aunque lo copió. ¡Notables descuidos padece en la observación de los adverbios! Decir que depende precisamente del Sol el aumento, o disminución de calor, y frío, sería negar que haya otras causas que influyan en lo mismo. Esto no lo digo, ni me pasa por la imaginación; antes todo lo contrario, como puede verse en el num. 20, que es el primero de mi Paradoja. Es claro que hay otras, y mucho más observadas que la que yo señalo. Lo que digo es, que aun en defecto de aquellas, o prescindiendo de aquellas, las manchas del Sol por sí mismas disminuyen algo el calor, y luz que comunica el Astro a la tierra: lo cual, ni lo niegan los Autores de las Memorias, ni pueden negarlo. Pero aunque no me impugnan a mí, pudieron con razón impugnar a Maraldi, y a Rheita: porque el primero probablemente atribuía la moderación de los calores de un año, y el segundo la intensión de los fríos de otro a las manchas del Sol, como a causa única, según entienden su opinión los Autores de las Memorias. Esto yo también lo juzgo improbable, porque no ocupando las manchas, por lo común, sino una muy corta porción respectivamente al todo del disco Solar, es poquísimo, [176] y casi insensible el aumento del frío, o disminución de calor que pudieran inducir: por consiguiente, habiendo sido muy notables la disminución de calor, y aumento de frío de los dos años de que hablan Maraldi, y Rheita, es preciso concluir, que con las manchas del Sol concurrieron otras causas. Luego ni yo seguí la opinión de Maraldi, y Rheita, ni es contra mí lo que dicen los Autores de las Memorias.

21. Asimismo es evidente que nada hace contra mí otro pasaje que cita el Sr. Mañer de las Memorias de Trevoux del año de 1716; pues sólo pretenden en él sus Autores lo mismo que en el citado arriba: conviene a saber, que hay otras causas, fuera de las manchas del Sol, o la falta de ellas, bastantemente poderosas para hacer los años, o fríos, o calientes, lo cual yo redondamente concedo.

22. Sobre el contexto de esta Paradoja me nota el Sr. Mañer dos descuidos. El primero es decir aquí, que las manchas transitorias del Sol disminuyen el calor, y la luz hacia las Regiones elementales, habiendo dicho donde traté de los Eclipses, que la falta de luz, y calor del Sol, por la interposición de la Luna, no puede hacernos daño perceptible. Pretende que hay contradicción entre estos dos pasajes. Y cierto que sólo los ojos linces del Sr. Mañer pudieran descubrirla. Si yo dijese, que la disminución de calor, y luz del Sol, ocasionada de las manchas, nos hacían daño perceptible, vaya con Dios que hubiese contradicción. Pero no se hallará que haya dicho tal. Mas aunque lo hubiera dicho, no habría sombra de ella. ¿Es por ventura, lo mismo para el efecto de dañar la disminución de luz, y calor por tres horas solamente (que es lo más que dura el Eclipse Solar), que la disminución de calor, y luz, ocasionada de las manchas del Sol, que dura a veces meses, y años? Si yo dijese que el faltarme alguna porción del alimento necesario, por una comida sola, no podía hacerme daño, ¿se me podría inferir de ahí, que tampoco podría hacerme daño esa falta continuada por un año entero? ¿No podría asegurar el daño en este segundo caso, y negarle en el primero sin contradicción alguna? ¿Qué duda puede tener esto? [177]

23. El segundo descuido me le atribuye el Sr. Mañer, siendo suyo. Es el caso, que me imputa la inteligencia (errada a lo que él pretende) de un texto de Job; la cual no es mía, ni la puse en mi nombre, sino de otros Autores, sin aprobarla ni reprobarla. Y esto le basta al Sr. Mañer para decir con la satisfacción que suele: A estos yerros va expuesto, P. Rmo. el que traslada sin más reflexión que tomar lo que en otro halla. La falta de reflexión (como también lo libertad de palabras tan insultantes) toda está de parte del Sr. Mañer. Si su merced hiciera alguna reflexión, por poca que fuera, en lo que lee, advirtiera que sólo refiero la sentencia de otros, y la prueba que toman de aquel texto, sin aprobar ni la sentencia, ni la prueba; antes bien todo va metido en una cláusula que empieza: Creen algunos, &c: lo que evidentemente manifiesta, que todo el contexto de dicha cláusula se refiere a la opinión de aquellos algunos.

24. La Paradoja séptima se omite, porque el Sr. Mañer dice que asiente a ella. Es verdad que para decir esto sólo, hizo su división como en las demás: puso Paradoja VII arriba con letras gordas, y luego debajo el asunto de la Paradoja, que es la más larga de todas, porque se atendió mucho a no omitir superfluidad alguna a fin de abultar el Anti-Teatro.


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Paradoja VIII
La extensión de la llama hacia arriba, en forma piramidal o cónica, es violenta a la misma llama

25. Cuanto propone contra esta Paradoja el Sr. Mañer, depende de que ignora el distintivo del movimiento natural, y el violento. Prueba lo primero que la llama es más leve que el aire que la circunda. Hasta aquí va bien. Luego subsume: el cuerpo más leve, que aquel líquido que le rodea, sube sobre él naturalmente, o con [178] movimiento natural: luego la llama, con movimiento natural, y no violento, sube sobre el aire que la circunda. De la menor subsumpta no da otra prueba, sino que siempre vemos en todos los líquidos que el leve se pone sobre el grave.

26. Digo que la menor subsumpta es falsa, y la prueba ninguna; como puede verse en estotra que procede sobre la misma experiencia: Siempre vemos que el cuerpo grave sube cuando hay fuerza superior a su gravedad que le impela hacia arriba: luego sube naturalmente. El antecedente es verdadero, y la consecuencia falsa. Lo mismo puntualmente sucede en la prueba del Sr. Mañer, que en esta instancia. Y ¿qué mucho, si idénticamente el caso es el mismo? Lo que le evidenciaré ahora al Sr. Mañer.

27. Sube un cuerpo, siempre que es más grave que él el líquido que le circunda. ¿Pero por qué sube? Porque hay fuerza superior a su resistencia que le impele hacia arriba; conviene a saber, la del líquido circundante, que como más grave que el circundado, hace más fuerza que él para ocupar el lugar ínfimo, y no puede ocuparle sino en virtud de la acción con que impele hacia arriba el otro. Hasta aquí convienen los Filósofos modernos, y entre ellos el P. Vicente Tosca en la misma autoridad que cita el Sr. Mañer, como si estuviera a su favor, siendo así que le degüella.

28. Pasemos adelante. ¿Qué es movimiento natural? Aquel que proviene de virtud intrínseca, y natural del mismo móvil. ¿Cuál es el violento? El que no proviene de virtud propia del móvil, sino de impulso extraño. Ve aquí ajustadas todas las cuentas. El cuerpo menos grave, circundado de líquido más grave, se mueve hacia arriba. ¿Pero por virtud propia? No, sino por el impulso del líquido más grave, que hace fuerza por ocupar su lugar. El aceite v.gr. eternamente se estaría en el fondo de la vasija, si no vertiesen en ella agua, u otro licor más pesado que él. Pero vertido éste, por razón de su mayor gravedad, hace más fuerza que el aceite para ocupar el lugar ínfimo, y con esta fuerza impele hacia arriba el aceite. Ni más ni menos que la piedra eternamente [179] se estaría en el suelo, si una fuerza mayor que la resistencia de su gravedad no la impeliese hacia arriba.

29. Todo esto supone la sentencia, hoy corriente, de que en ningún cuerpo hay levidad absoluta, sino respectiva. Esto es, todos son graves; pero más o menos; y se dice leve respecto de otro, el que es menos grave. También se debe suponer, que cuando distinguimos el movimiento natural y violento, hablamos según la sentencia común, porque en la Cartesiana que no admite movimiento alguno, ni aun el de los graves sino en virtud de impulso extraño, no hay esta distinción.

30. De modo que el Sr. Mañer se quedó en los arrabales de la cuestión. Propúsonos la experiencia que está a los ojos de todos, y le pareció que con esto tenía ajustado el negocio; siendo así que esa misma experiencia, bien mirada, prueba invenciblemente mi Paradoja. Con esto queda desvanecido lo demás que dice sobre el experimento de Bacon, pues todo mira a persuadir que la llama sube en forma piramidal, cuando el líquido que la circunda es más grave que ella, y no sube, cuando aquél no es más grave: lo que no sólo concedemos, sino que de esto mismo hacemos argumento concluyente a favor de la Paradoja.


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Paradoja IX
Es dudoso si los graves, apartados a una gran distancia de la tierra, volverían a caer en ella

31. Dos equivocaciones tan monstruosas hallo en la impugnación que hace el Sr. Mañer a esta Paradoja, que estaba por decir que superan a cuanto hasta ahora he hallado de admirable en su Anti-Teatro. La primera es confundir la proposición categórica con la hipotética. Yo digo que es dudoso, si los graves bajarían debajo de la hipótesi propuesta; esto es, en caso que se apartasen a [180] una gran distancia de la tierra. Y el Sr. Mañer me arguye con la experiencia de que los graves bajan, y que las mismas varias sentencias que hay en orden a la causa que los hacen bajar, suponen que bajan; y que cuando en la Estática se disputa sobre la aceleración de los graves en el descenso, se da por asentado que bajan; y daca que bajan, y torna que bajan, y vuelve que bajan. Señor, por amor de Dios, que no es eso. ¿Quién ha de ser tan fatuo que le niegue que los graves bajan, ni dude de ello? Suponemos que bajan, y bajarán eternamente, entretanto que un Angel no los coloque en aquella gran distancia de la tierra que pide nuestra hipótesi; prescindiendo por ahora de si una pieza de artillería podrá apartar la bala a esa distancia. La duda propuesta no es si bajan o no bajan, como hoy están las cosas; sino si bajarían o no bajarían, en caso de removerse muchísimo de la tierra. Para uno que dijese es dudoso si los bueyes, en caso que tuviesen alas, volarían, ¿qué argumento sería probable a secas que los bueyes no vuelan, y aferrar en que no vuelan, y traer testigos de que no vuelan? Si la duda está propuesta debajo de una hipótesi que jamás se vió, ¿qué impugnación será argüirle con lo que de facto sucede?

32. La segunda equivocación es instar con unos entimemas, cuyo consiguiente es contradictorio a lo que se supone en el antecedente, al argumento que hago yo, en que el consiguiente, bien lejos de ser contradictorio, tiene conexión con el antecedente. Yo arguyo así: Es dudoso cual sea la causa del descenso de los graves, si alguna facultad intrínseca suya, o la virtud atractiva de la tierra: luego es dudoso, si puestos a una grandísima distancia, bajarían. Esta duda, que hay en el consiguiente, se infiere de la que hay en el antecedente. La razón es clara; porque puesta la segunda sentencia, los graves no de cualquiera distancia bajarían, pues podría la distancia ser tanta, que estuviesen fuera de la esfera de actividad de la virtud atractiva de la tierra; la cual como finita, no a cualquiera distancia alcanza. Luego la duda de si la causa del descenso de los graves es la [181] virtud atractiva de la tierra, trae consigo necesariamente la duda de si puestos en cualquiera remotísima distancia, bajarían. ¿Qué instancia es para esto aquel entimema del Sr. Mañer, los Cielos se duda si son sólidos, o fluidos: luego dudoso es el que haya Cielos? ¿Qué instancia, digo, se puede hacer con un entimema donde el consiguiente es contradictorio a lo que se supone en el antecedente; a otro, donde no hay tal contradicción, antes hay conexión? Yo le pondré en la misma materia otro entimema, donde la duda del antecedente infiere la del consiguiente: Es dudoso si el Cielo (hablando en general) es fluido, o sólido: luego es dudoso si hay siete Cielos Planetarios, o uno sólo. Aquí sí que la consecuencia es buena; porque no hay repugnancia en el consiguiente a nada de lo que supone el antecedente, antes hay conexión: porque si el Cielo el es fluido, todo será un cuerpo etéreo continuo desde la Luna al Firmamento; y si es sólido, no pueden salvarse los varios movimientos de los Planetas, sin poner siete Cielos distintos. Así, Sr. Mañer, que hay dudas que tienen entre sí conexión; dudas que tienen inconexión; y dudas que tienen entre sí repugnancia: y querer hacer instancia con las últimas a las primeras, es carecer no sólo de la Lógica artificial, mas aun de la natural.

33. Ahora reparo en otra solemne equivocación del Sr. Mañer; y es, que aquella expresión de que tal vez uso en la duda del descenso de los graves puestos a cualquier distancia de la tierra, la tomó al revés, como si yo comprehendiese en ella las distancias más cortas, y dudase de si bajaría el grave puesto a dos, cuatro, diez, veinte varas de la tierra. ¡Buena duda sería esa! No, señor; esta proposición, es dudoso, si los graves, puestos a cualquiera distancia de la tierra, bajarían, equivale, y hace el mismo sentido que esta, es dudoso, si los graves, por más, y más que se apartasen de la tierra, bajarían. ¡Que también sea menester explicar esto!

34. A lo del experimento de la bala de artillería, disparada verticalmente, sobre que cité a Cartesio, digo que yo le cité muy bien; pero el Sr. Mañer buscó la cita muy mal. [182] La cita fue de este modo: Véanse las Epístolas de Cartesio a Mersenno, tom. 2, Epist. 106. El Sr. Mañer no registró más que la Epístola 106, y debió registrar más. Si mi intento fuese remitir el lector únicamente a la Epístola 106, excusado era decir véanse las Epístolas (en plural) de Cartesio a Mersenno. ¿Pues a qué fin se determinó aquel número? A fin de señalarle al Sr. Mañer desde dónde había de empezar a leer. Es así, que en la Epístola 106 le dice Cartesio a Mersenno que no quedaba satisfecho del experimento, a menos que se hiciese con una pieza de artillería que recibiese bala de hierro de treinta, o cuarenta libras. Si fuese el Sr. Mañer pasando hojas hasta la Epístola 111, que no estaba tan lejos, hallaría que el P. Mersenno hizo el nuevo experimento en la forma que se lo había dictado Cartesio, como se colige de estas palabras: Gratias etiam ago pro experimento de globo versus Zenith exploso, qui non recidit, quod certe valde mirabile est. Estas segundas gracias no tenían sobre qué caer, si Mersenno no se hubiese arreglado en el segundo experimento al dictamen de Cartesio. Pero dice el Sr. Mañer que en las Obras de Mersenno no se halla esta especie. Y ¿qué sacamos de ahí? Tampoco se hallan sus Cartas escritas a Cartesio. ¿Es preciso que un Autor introduzca en sus Obras todo lo que sabe, o ha visto? ¿No pudo también Mersenno tener concluidas sus obras cuando hizo aquellos experimentos?

35. Después de todo le confieso al Sr. Mañer que no fío mucho en el experimento alegado, porque pudo inclinarse algo la máquina al disparar, y caer la bala a distancia que no la percibiesen los que asistían a la operación. Pero con la duda que tiene, sirve de algún aditamento a las razones de dudar que se propusieron a favor de la Paradoja, y para eso se trajo.

36. Corona el Sr. Mañer esta Paradoja con un descuido mío, que consiste en que tocando incidentalmente la magnitud de la tierra, no la determine a punto fijo, sino según el poco más, o menos. Bien por cierto: como si esto estuviese evidentemente averiguado con toda precisión. Todos los Matemáticos que tratan de Geografía hallan grandísima [183] dificultad en hacer las observaciones con tal exactitud que no quepa el más o menos. Y de aquí vino, que según las observaciones diferentes, se señala diferente magnitud. ¿Cuánta discrepancia se encuentra entre la medida de Snelio, y la del P. Ricciolo? ¿Y cuánta también entre el P. Ricciolo, y los Matemáticos Parisienses? Sin embargo, el Sr. Mañer quiere que a punto fijo le señale la circunferencia de la tierra. Harélo cuando los Matemáticos estén acordes sobre el punto.


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Paradoja X
En la composición de todos los vegetables entra alguna porción metálica

37. Concede la Paradoja el Sr. Mañer, pero me nota tres descuidos. El primero consiste, en que dando por más probable en una parte el que no hay virtud atractiva en el mundo, en otra asiento como evidente, que la tierra tiene virtud magnética. Esta nota supone que apud omnes lo mismo significa virtud magnética, que virtud atractiva, y supone mal. Cuantos traten del Imán filosóficamente usan de la voz virtud magnética. Sin embargo, muchísimos llegando a explicar qué virtud es ésa, niegan que sea virtud atractiva; esto es, que obre el Imán por verdadera atracción. De modo, que virtud magnética significa, sin determinación filosófica, aquella facultad productiva de los efectos que se observan en el Imán; ahora esta facultad sea substancial, o accidental, consista en alguna cualidad Aristotélica, o en puro mecanismo, obre por tracción como dicen unos, o por atracción como dicen otros. Pero virtud atractiva significa determinadamente facultad que obra por verdadera atracción.

38. El segundo descuido dice, que está en esta proposición mía, la aguja magnética en las Regiones Boreales baja la cúspide de la línea horizontal a buscar el Polo terrestre. [184] Dígole, que la misma proporción hallará en el P. Dechales lib. 1 de Magnet. Tert. Ord. Experiment. experim. 5. Y en el P. Tosca lib. 1 de Geografia, cap. 3, prop. 13, num. 3. ¿Para qué he de dar más satisfacción a quien trata de descuido todo lo que ignora?

39. El tercer descuido es haber señalado por primer inquiridor de las partículas metálicas de los vegetables a Monsieur Gofredo, de la Academia Real de las Ciencias. No hice tal cosa. Referí la experiencia que hizo Monsieur Gofredo, sin decir ni significar que fuese el primero ni el segundo que examinó esta materia. Véase mi num. 39, que es el que cita el Sr. Mañer. Si a mí se me cita con esta legalidad, ¿qué será a los Autores que no veo?


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Paradoja XI
Sin fundamento, y aun contra toda razón se atribuye al Sol la producción del Oro

40. Aquí nos propone el Sr. Mañer un enredo que no podrá descifrar el mismo que inventó los enigmas. Dice, que de haber dicho yo que no alcanza la actividad del Sol a producir los metales, y especialmente la Plata, y el Oro, lo que se infiere, es, que yo supongo que el Sol es quien produce los metales, y especialmente la Plata, y el Oro. ¡Extraño raciocinio! De modo, que porque afirmo que no tiene actividad para producirlos, ¿se infiere, que supongo que los produce? ¡Es a cuanto puede llegar una buena Lógica!

41. Nótame luego por descuido el haber escrito que se dice, que el Oro debe su existencia al Sol. ¿Pues qué duda tiene, que esto se dice? Y aunque se diga sin verdad y aun sin fundamento alguno, ¿dejará de decir verdad el que sólo afirma que se dice? [185]


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Paradoja XII
Posible es naturalmente restituir la vista a un ciego

42. Esta Paradoja he propuesto, constituyéndola sólo en aquel grado de probabilidad que merecen las relaciones de los experimentos traídos por Autores que cito: añadiendo, y repitiendo por dos veces que no salgo por fiador de la verdad de aquellos experimentos. Esta protesta bastaba para indemnizarme de los ímpetus de otro cualquiera que no fuese tan riguroso como el Sr. Mañer; quien sin embargo de haberme negado por fiador, quiere como por justicia, obligarme a que pague por aquellos Autores, como si lo fuera. Ahora bien, por evitar pleitos, y apelaciones, aquí estoy pronto a pagar. ¿Qué es lo que debo?

43. No resulta de los Autores otra cosa, sino el argumento que me hace el Sr. Mañer, de que si los remedios para recobrar la vista de que doy noticia, fuesen ciertos, ya no hubiera ciegos en el mundo, pues para una pérdida tan sensible como es la vista, se hubieran propagado esos remedios, y a lo menos ningún Príncipe pudiera estar ciego, ni tuerto. Niego la secuela; la cual no probará jamás el Sr. Mañer. Aunque los remedios fuesen ciertos, y los supiesen todos los hombres, habría muchos y muchísimos ciegos, y habría Príncipes ciegos, y vizcos, y torcidos, y tuertos. ¿No ve el Sr. Mañer que los remedios de que se habló, no sirven para toda ceguera; antes con expresión se dijo que sólo restituían la vista, cuando esta falta nacía de haberse vertido los humores del ojo, mediante alguna picadura? Luego todos los demás que están ciegos, o tuertos por otras causas, ciegos y tuertos se quedarían, aunque los remedios fuesen eficaces, y públicos; de modo, que estos servirían sólo para una, u otra ceguera muy rara, pues es cierto que es harto raro el caso, en que se pierde la vista por este accidente. [186]

44. El compás a la izquierda con que el Sr. Mañer procura hurtar el cuerpo a la autoridad del P. Dechales, está ejecutado con destreza, si no envolviera una pesada injuria contra tan excelente Autor. ¡Qué bien comprehendido tiene el genio, y leídas las Obras del P. Dechales, quien insinúa, que en lo que dijo del ojo artificial, sólo fue mostrar la sutileza de su ingenio! Fue el P. Dechales sutilísimo, no hay duda; pero juntamente gravísimo y solidísimo, de cuya índole desdecía tanto escribir para ostentación de ingenio, cosa que no tuviese realidad, como de otros desdice escribir cosa que no sea mera ilusión. La construcción del ojo artificial no se inventó para el uso que se expresa en esta Paradoja, sino para representar los principales fenómenos de la vista, y dar una idea sensible de la Optica. Discurrió el P. Dechales estotra aplicación; sin embargo desconfía de su utilidad, como yo también; no porque mirando por sí solo con la consideración matemática el ojo artificial, y prescindiendo de todos los demás accidentes, no se haga evidencia de que supliría la falta de los humores, y túnicas del ojo que están hacia su convexidad; sino porque se juzga imposible que la retina, arrancado el ojo, se conservase en la debida temperie para ejercerse en ella la visión.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Ilustración apologética al primero, y segundo tomo del Teatro Crítico (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), páginas 167-186.}


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