Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo

Carta defensiva

que sobre el primer Tomo del Teatro Crítico Universal,
que dió a luz el Rmo. P. Mro. Fr. Benito Feijoo,
le escribió su más ficionado amigo D. Martín Martínez,
Doctor en Medicina, y Médico Honorario de Familia de S. M.
Profesor de Anatomía, Examinador del Proto-Medicato, Socio,
y actual Presidente de la Regia Sociedad de Ciencias de Sevilla, &c.

Mándame V. Rma. decir mi parecer sobre el primer tomo de su Teatro Crítico Universal; y siendo imprescindibles su precepto, y mi obediencia, no he tenido poco que hacer en saber desnudarme del sublime concepto, y apasionada veneración conque miro cualquier Escrito de V. Rma. para constituirme en el estado de indiferencia, que pide la verdadera crítica.

Solicita V. Rma. desterrar los errores populares: empeño tan propio de su generoso, y nada vulgar ingenio, como de su extendida, y no común erudición. Nunca, Padre Rmo. se logra el fin de semejantes obras, porque el vulgo siempre se queda vulgo, y así el mundo se queda como estaba; pero siempre se logra el intento, porque siendo todos deudores al público de contribuirle con el fruto de nuestras reflexiones, y experiencias, sólo es detestable quien satisfecho con la ruín mecánica de tener que comer, se olvida de la noble tarea de buscar qué enseñar: Enitendum est (dice Salustio) non degere veluti pecora, quae natura prona, & ventri obedientia finxit.

El insigne Francisco Bacon de Verulamio, el hombre, entre los Naturalistas, de mejores entrañas, y talentos que ha parido la naturaleza, y a quien deben el aumento que hoy tienen (y me atrevo a decir el que tendrán) todas las [323] Artes naturales, solicitó, paseándose por ellas, dar la inducción metódica de buscar la verdad, para así desterrar el error. V. Rma. nuevo Verulamio Español, discurriendo no menos dueño por todas las Ciencias, solicita desterrar el error, para que así parezca la verdad: la erudición en ambos es disputable, el orden analítico diverso, el fin uno.

En nuestra España, feracísima de ingenios, pero escasa de cultura, se contentan nuestros Sabios con meter su hoz en la miés propia, fundada sobre los cimientos de una acomodada Filosofía, sin desear de las demás Artes más que una ordinaria, y superficialísima tintura. Por eso me ha sido V. Rma. admirable entre los demás; porque como prodigioso monstruo de erudición, no contentándose con meter su hoz en la miés Teológica, y Moral, que le son propísimas, la introduce en todas las demás Profesiones con tal acierto, y valentía, como que no le son ajenas; y siéndolo para mí casi todas, no obstante diré con ligereza, y como por complacer al concepto de V. Rma. tomándome la libertad de extenderme algo más en la Medicina, como facultad de quien, aunque no bien inquilino, no soy del todo huesped.

§. I

En el primer Discurso de la Voz del Pueblo sale V. Rma. al opósito del numeroso batallón de necios, que tienen canonizada entre sus sentencias que la Voz del Pueblo es Voz de Dios; siendo la contradictoria recibida sentencia entre los más sabios. Séneca dice que lo mejor no agrada a los más, y que es argumento de falsedad la muchedumbre: la razón es, porque el vulgo no vive por razón, sino por ejemplo; y más va por donde se va, que por donde se ha de ir. Sus opiniones más son conspiración, que consentimiento; porque más son hijas del tumulto, que de la reflexión. No hay cosa más parecida al pueblo de las gentes, que el vulgo de las aguas; fácil a tomar movimiento, y aún precipicio: cada gota débil, y poco activa; pero todo el torrente furioso, e irresistible: el correr un pequeño [324] arroyo, aunque sea a despeñarse, es bastante pretexto para seguirle todo un abismo de olas: cuanto más antiguo el origen, tanto más impetuoso el curso: ni respeta su furor al edificio más bien fundado, ni a la muralla más segura; y si por acaso tropieza en alguna constante roca, ya que no pueda desquiciarla, explica en la detención su combate, en la espuma su enojo, y en el murmureo su venganza. Pero al paso de su obstinación, es monstruo de tan raro capricho, que a la más leve determinación suele tomar contrario rumbo, aunque rara vez el más llano, y seguro. Esto nos enseñó Diógenes, cuando en un gran concurso que salía del Teatro, se puso a entrar, rompiendo por entre la muchedumbre, y preguntado por qué con esta acción desairaba el crédito de su prudencia: sentenciosamente respondió: Siempre estudié en ir contra la multitud, para así mejor acertar.

§. II

El segundo, y cuarto Discurso son un extracto de la política civil, y cristiana; pues fuera de que es más acomodada temporalmente la práctica de la virtud que la del vicio, aún cuando no lo fuera, la haría desabrida el temor de la pena, que cuanto más coja, y de tardo pie tanto llega más dura, y pesada:

Raro antecedentem scelestum deseruit pede paena claudo. Por lo que fue adagio entre los antiguos, que los Dioses tenían pies de lana, y manos de hierro.

§. III

El tercer punto de la humilde, y alta fortuna es un Iris de paz, que viene influyendo alegría a los mortales, y borrando los antiguos fantásticos motivos de su envidia: justifica a la Providencia en la igual distribución de las fortunas, probando que laboribus omnia Dii vendunt; y así, que las mayores dignidades las vende Dios a mayor precio; pues al paso que da más que comer, suele dar menos gana. Son sin duda los bienes temporales como los manjares [325] delicados, que cuanto más sabrosos, tanto más hueso tienen que roer, espinas que temer, y superfluidades que desaprovechar. Toda nuestra desgracia está en no conocerlo, pues pesamos las fortunas a bulto, sin descontar las taras; pero desde hoy ya con las ilustres pruebas que V. Rma. nos franquea, espero que nos vuelva a todos la dicha, volviéndonos el conocimiento; para que así cante Virgilio con tanta razón como dulzura:

O fortunatos nimium, sua si bona norint
Agricolas!

§. IV

En la séptima Disertación, donde se prueba que la aplicación a las letras, y manejo de los libros no daña a la salud, juzgo que en esto todos los excesos son viciosos; pues así como el cuerpo con falta de alimento se ahila, y con sobra se ahita, o con el demasiado ejercicio se disuelve, y con el poco se entorpece; así la mente, sin el debido pasto de la meditación, se debilita, y con el demasiado ejercicio de sus potencias se enerva; pues tanto suele exceder en esto, que enferma, y hace enfermar al cuerpo con crudos conceptos, y melancólicas, e indigestas ideas: uno, y otro extremo son viciosos: Medio tutissimus ibis.

§. V

El Discurso sobre la Astrología es tan conforme al mejor sentir de los prudentes, que no deja que decir, sino que admirar. Tiénense estos juicios astrológicos, o vanas predicciones de los efectos de los eclipses, y cometas por cavilación de supersticiosos, pasatiempo de desocupados, nutrimiento de astutos, y embeleso de crédulos.

El vulgo está tercamente impuesto en darlos ciega fe contra lo que enseña la Sacra Escritura por Jeremías, cap. 10. A signis Caeli nolite metuere, quae timent gentes, quia leges Populorum vanae sunt. De las señales del Cielo, que temen las gentes, no temais, porque las leyes de los Pueblos son vanas; y nuestro Pueblo es tan Pueblo, y muchos que se tienen por gentes, que no sólo temen los signos del [326] Cielo, sino los antojos del Repertorio. Cítase un pronóstico casualmente sucedido, sin que basten a quitarle el crédito muchos no sucedidos, y pronosticados. Como si jugando en combinaciones, no fuera moralmente imposible errarlo todo: que el que aún sin puntería tira muchas veces, alguna da en el blanco; y no hay tan desatinado Herrador, que no dé tal cual golpe en el clavo, por más que dé ciento en la herradura. Todos estos pronósticos se parecen al ridículo Oráculo de Tiresias, según Horacio:

O! Laertiade, quidquid dicam, aut erit, aut non.

Y así habían de acabar los Piscatores;

De cuanto he dicho, el Cielo me es testigo,
Que será, o no será lo que yo digo.

Porque mirándolo con reflexión, ¿sobre qué razón, o experiencia fundan los Astrólogos estos soñados influjos de Astros, y Planetas? ¿De qué sabrán que Marte quema, y Saturno enfría? Dirán quizás, que porque Marte es rojo, y Saturno ceniciento: conque por este arancel también dirán que el clavel quema, y la cal enfría; y si dijeren que experimentan salir calor de Marte, no sé yo cómo saben que viene de él, y no de otra causa.

¿Por dónde habrán adivinado cuál es la casa, y exaltación de cada Planeta? Acaso responderán que porque Dios le crió allí. Pero como ninguno de ellos fue testigo de esta grande obra, debemos creer que ninguno de ellos lo sabe. Fuera de que esta división de casas es voluntaria, y diversa, según varios; y el influjo, en caso de haberle, fuera uno, y natural: luego para rastrear el influjo es impertinente la tal división; como que lo que es natural no puede gobernarse por el plácito de los hombres. Y aún suponiendo legítima la división, ¿no es cosa ridícula creer que cuando uno nace, la fortuna de sus hermanos esté escrita en la tercera casa, la de sus padres en la cuarta, de sus hijos en la quinta, de su mujer en la séptima, y de los amigos en la undécima? ¿No es extravagante cosa que un Planeta mande en España, y otro le quite el mando en Carabanchel? Y en fin, ¿no es necedad que Aries domine en [327] la cabeza, teniendo demasiada, y Piscis en los pies, no teniéndolos?

Pero permitamos que haya estos entusiásticos influjos, casas, y exaltaciones, y que sean verdaderos delirios, o chocheces de Caldeos, y Egipcios; toda la Astrología de un País no puede sevir para otro; y si no, díganme ¿qué Astrología tendrán los que habitan debajo del Polo, donde no hay parte Oriente, ni Occidente, y donde siempre están en un mismo aspecto las Estrellas fijas, y el Zodiaco?

Quisiera preguntar también, ya que señalan influjo a todos los Astros, y Planetas, ¿qué influjo tienen las Ansas de Saturno, y los Satélites de Júpiter? ¿O por qué a la insigne Vía Lactea, compuesta de innumerables Estrellas conglomeradas, no la han dado especial influencia, habiéndosela señalado a otros Astros más nebulosos, y pequeños? Ya veo que no hay vacante, porque todos los dominios, y empleos están dados; pero podían señalarles la futura.

Pues pasemos al poder que dan a la Luna. Dicen que en estando esta en Aries, Tauro, o Capricornio, no se ha de dar purga; porque siendo Signos ruminantes, habrá náusea, o vómito. ¡Graciosa locura! no sólo trasladar las propiedades de aquellos animales, cuyos nombres arbitrariamente han puesto a sus Signos, sino hacer que de rechazo vuelvan sobre los purgados. ¡Milagro es cómo estando la Luna en Aries, Tauro, o Capricornio, no vedan a todos que jueguen, porque no topeten!

Tanto se teme el poderoso influjo de la Luna, que apenas hay mujer (de los hombres lo callo de vergüenza) que no resista purgarse, hasta ver en el Almanaque si es día de cuadratura; y para casarse, que es negocio de más entidad, jamás consultan al Piscator, y todas se casan, sin reparar en qué estado está la Luna. Para mí en todo caso, el dar la luz del Sol más, o menos, de lado, o por detrás, a esta gran bola opaca, nada varía la virtud del influjo, y casi nada la del reflejo, principalmente para los que se [328] purgan a obscuras, y se casan a ciegas. El mejor día para purga es cuando es necesario: el mejor para caza cuando hay mucha: para negocio cuando se encuentra conveniencia; y para casarse cuando hay mujer a gusto. Por menos de un rela de plata se puede tener este Pronóstico, que sirve para todos los años; que lo demás es necedad, o superstición, que nos dejaron por herencia los Moros, gente agorera, y que tanto aprecio hace de la Luna, que no sólo la tiene por blasón de sus armas, sino por regla de sus cómputos, y vaticinios. La mejor señal de catarros es cuando el que está caliente se pone al frío: de fiebres podridas, garrotillos, y dolores de costado, cuando después de muchas lluvias viene calor; y de viruelas cuando corren. Entonces habrá más enfermedades de sobreparto, cuando haya más paridas; y el haber más paridas depende de haber más preñadas. Esta es la pura verdad, y los demás son chismes que les achacan a las Estrellas.

Lo célebre de los Reportorios suele ser que ponen lo que debían olvidar, y olvidan lo que debían poner. Este año, anunciando varios sucesos, no anunciaron que había de haber día del Corpus. Mal sabrá los futuros contingentes a quien se le escapan los necesarios. Más útil fuera que hubiera Calendarios, donde se observase la atmósfera, y cuerpos que más de cerca nos circundan, porque estos tienen mayor poder, y aún único para la mutación de los temporales, y sucesos de nuestra salud. Los Planetas, sobre no influir más que luz remisa, e insensible calor, están demasiado altos para nosotros. Por eso aquel famoso Sócrates jamás discurrió de Astros, ni Meteoros, porque decía con gracia: Quae supra nos, nil ad nos.

Los Eclipses no incluyen más misterio que ser unos estorbos de la luz: conque para mí lo mismo quiere decir que se interponga entre el Sol, y mi vista el globo de la Luna, que un árbol, o una tapia. La sombra de un tejado, o un sombrero para mí es un total eclipse. Tan nada terribles son estos espantajos de los Astrólogos, que cada día del Estío pudiéramos tomar a buen partido, que algún [329] Planeta se pusiera por toldo entre el Sol, y nuestras molleras, y sería señal de menos tabardillos. Cada noche, interpuesta la tierra a nuestra vista, padece el Sol eclipse; cuyo fatal influjo sólo anuncia descanso, y sueño a los mortales. ¡Bueno es esto para los que en día de eclipse no se atreven a salir de casa, por no quedarse muertos de repente!

Los Cometas son más formidables, pues se cree que traen tras su cola mil calamidades, y plagas. Yo estoy en la opinión de que son unos Planetas vagabundos, y más remotos, conque los temo menos que a los demás. Y si cuando no hubiera cometas no hubiera guerras, pestes, tempestades, carestías, y muertes de Reyes, yo el primero creería que anunciaban esto; pero como sin ellos lo veo, no creo que cuando sucede, sucede por ellos.

¡Oh qué gran beneficio hará V. Rma. a la universidad de los hombres, si logra desterrar de su mente estos perjudiciales terrores, que aunque sólo pánicos, suelen hacer efectos prodigiosos! Del Pueblo Chinense cuenta Oleario, que da tanta fe a sus Astrólogos, que si les pronostican enfermedad, o muerte, enferman de aprensión, y mueren de miedo; y qué mucho si a los nuestros los tienen engañados estos Piscatores, como si fueran Chinos. Tan insolente suele ser la terquedad, que del mismo ingenioso Cardano (que dió en esta flaqueza) se dice que murió el año que pronosticó; y es que por salir con su tema, se abrevió con hambre la vida, midiéndola hasta el preciso término de su predicción. Todas estas son boberías, que aunque para los ignorantes tienen mucho de cebo, no tienen más de verdad que el último Dios sobre todo, que las honesta; porque como notó el Poeta Filósofo:

Prudens futuri temporis exitum
Caliginosa nocte premit Deus,
Ridetque, si mortalis ultra
Fas trepidat
: [330]

§. VI

En el duodécimo, y decimotercio Discurso son tan ciertas las conclusiones, que sólo hallo de singular el modo de probarlas; esto es lo que tuvo por difícil Horacio, saber probar el sentir común con modo singular: Difficile est proprie communia dicere: prenda que nadie puede negar a V.Rma. David en su tiempo alcanzó que la vida de los hombres se extendía a setenta años; y en los Potentados, cuando más, a ochenta, y de allí en adelante trabajos, y dolores; pues desde David acá nada ha acortado el término de la vida humana, pues hoy alcanzamos quien llega a ochenta, ciento, y algunos más años de edad. En el Psalm. 89 dice: Dies annorum nostrorum in ipsis septuaginta anni. Si autem in Potentatibus octoginta anni: & amplius eorum, labor, & dolor. Y con menos exageración lo nota el Eclesiástico, cap. 18. Numerus dierum hominum, ut multum centrum anni. Todo lo que se nos cuenta de mayores edades, o es milagroso, y divino, o fabuloso, y poético, o variedad de cómputos, pues los Egipcios contaban los meses, y las Lunas por años; y así mil años suyos corresponden a poco más de ochenta nuestros. Lo mismo digo de las prodigiosas fuerzas que fingió la antigua poesía en Hércules, Milón, Hector, y Aquiles, y las extraordinarias estaturas; pues, o son fábulas, o monstruosidades, de que no carecen nuestros tiempos. Muchas veces he solido contemplar, viendo armas, y vestigios, que han quedado de quinientos años a esta parte, que no han perdido los hombres, y demás vivientes nada de su estatura, fuerza, y duración; y a debilitarse el mundo sucesivamente (como el vulgo piensa), no fuera poco reparable en cinco siglos su detrimento. La verdadera causa de la decadencia en los hombres, es la frecuencia de aflicciones, y vicios, por los cuales

Nil equidem durare diu sub imagine eadem
Crediderim: Sic ad Ferrum venistis ab Auro
Saecula.
[331]

§. VII

En el Consectario de la fábrica del Mundo, como la imaginó Descartes, me he de tomar la liberdad de exponer algunas de mis reflexiones, para persuadir que esta fue sólo una ingeniosa fantasía de este Filósofo, irreconciliable con las leyes del Universo, e incompatible con la constancia de su duración. Y que aún reputándola no como sentencia, sino como hipótesis, en caso de haber Dios hecho sobre sus principios este mundo aspectable, no sólo no se observarían los mismos fenómenos que hoy se observan; pero ni aún se hubiera podido formar, y mucho menos permanecer.

El primer reparo que se ofrece, supuestos los principios de este Filósofo, es, que al empezar el movimiento sobre su propio centro los cuerpos (o sean cilíndricos, o cúbicos), de que se formó su caos, daríamos en el vacío (inconveniente que, según Descartes no puede vencer toda la Omnipotencia de Dios). Pruébase, porque los cuerpos cúbicos no pudieron revolverse para que tropezasen sus ángulos, sin que se apartasen sus superficies; y por consiguiente, sin que dejasen en medio lugar sin cuerpo, no habiendo entonces materia sutil que le ocupase; porque suponemos que aún no estaba formada, siendo aquella la primera revolución, o movimiento.

Pero saltemos este difícil paso, y permitamos que llegaron a chocarse los ángulos: parece que ninguno podría separarse por la misma razón; pues no habiendo aún materia sutilísima, o ramento, que llenase su hueco (porque esta se había de hacer del ripio que se desmoronase), o no podría separarse, o daremos segunda vez en el vacío, de que tanto huimos.

Hay otra razón para que ningún ángulo pudiera separarse, y es, que siendo estos primordiales cuerpos cúbicos sumamente sólidos, y continuos, sin porosidad, o flaqueza, no parece que tendrían principio de división, ni que habría fuerzas en la naturaleza para quebrantarlos; porque lo divisible es divisible por el hueco interpuesto; y lo indivisible, [332] porque todo es lleno, o compacto.

Nam neque conlidi sine inani posse videtur
Quidquam, nec frangi, nec findi in vina secando.

Demos, no obstante, que se desmoronasen al choque los primeros ángulos: quisiera que me explicara algún Cartesiano quién los determinó a ser colocados en aquella precisa aptitud, para ajustarse al hueco a vista del vorticoso rápido movimiento que debía sacralos de su quicio. Ya aquí damos tercera vez en el vacío, imposible necesario.

Ni es de omitir el argumento conque Zenón probó contra Aristóteles la imposiblidad del movimiento, el cual vale contra Descartes, porque también este Filósofo defendió a la materia indefinidamente divisible. Decía Zenón: Si el contínuo no consta de partes finitas, y físicamente indivisibles, no puede haber movimiento; porque el móvil, puesto en el principio de él, deberá andar primero la primera, y más cercana mitad del espacio; y porque aquella mitad tiene otras dos mitades, antes deberá andar la primera, y más cercana; y ocurriendo siempre mitades de mitades hasta el indefinito, nunca se dará una mitad, la cual pueda andar primero, sin que le falten que andar otras indefinitas mitades; y así nunca hallará la última por donde debe empezar el movimiento.

Ni vale el juego de palabras en que busca refugio Descartes, diciendo que las partes ni son finitas, ni infinitas, sino indefinitas; que es decir que no podemos señalar la última, aunque la tenga; pues lo primero no se pregunta qué sean las partes respecto de nuestro saber, y comprensión, sino qué sean en sí mismas, si finitas, o infinitas; y decir que ni uno, ni otro, es tragarse el arduo bocado de dos contradictorias, pues, o son finitas en sí, o no son finitas; y si no son finitas, lo mismo es esto que ser infinitas, si no es que juguemos con las voces así como no ser mortal es lo mismo que ser inmortal; y no ser prudente lo mismo que ser imprudente. Si preguntáramos de las Estrellas si su número era terminable, o interminable, ¿no sería cosa de risa, que porque no podamos contarlas respondiéramos [333] que ni eran terminables, ni interminables, sino indeterminables? La misma fruslería sería, si de las arenas del Mar se preguntase si eran pares, o impares; y porque no podemos numerarlas, dijésemos, que ni eran pares, ni impares, sino indepares.

Volviendo a la formación del Universo, tengo al pensamiento Cartesiano por un entusiasmo Filosófico, y un inútil rodeo de supuestos; pues para explicar los fenómenos naturales, era mejor ahorrar palabras, y tiempo, y saltando por muchas dificultades, decir que Dios crió ya hechos, figurados, y movidos los tales tres Elementos, que le agradaron a Descartes, lo cual era más congruente al Libro Sagrado; pues el Génesis no dice que en el principio creó Dios cuerpos cúbicos, que tropezando se formaron en globos, en sutilísimos ramentos, y moles estriadas, de que al fin se hicieron torbellinos, cuyos centros ocuparon los Astros, su intermedio el Eter, y la circunferencia los Planetas; sino que en el principio creó Dios el Cielo, y la Tierra, empezando la Historia por donde Descartes la acaba.

Con mucha razón los Escépticos despreciamos estas Físicas ideales, que no se fundan en observación, y experiencia, como inútiles para adelantar las Ciencias naturales; pues si Cartesio no nos puede dejar demostrada la figura de las partículas del fuego, ni el aire (entre quienes vivió), ¿a qué fin intentó investigar, ni de qué sirve para los usos humanos inquirir los cilindros, y movimientos de aquella primera masa universal, y resucitar la antigua fábula del Caos? Estos no son más que unos ingeniosos delirios; o como decía Dionisio el de Sicilia: Verba otisorum senum ad imperitos juvenes.

Pero pasemos adelante. Constituyó este Filósofo la esencia de la materia en la extensión; y la extensión que quedaría, si Dios destruyese un cuerpo, dejando los demás, dice que no es hueco: conque al cuerpo le hace espacio, y al espacio cuerpo. Y si la actual extensión de la materia consiste en tener en sus partes unas fuera de otras, [334] pudiendo Dios de potencia absoluta hacer que se penetren, y estén en un lugar dos cuerpos, también podrá hacer que estén en un lugar dos partes de materia; y así que no tenga sus partes unas fuera de otras; de donde se infiere que la actual extensión no es esencia, sino modo natural de estar la materia: como en mí es modo estar extenso, y no recogido. Y como quiera que en la idea de materia siempre se concibe esencial aptitud al movimiento local, parece que la esencia de la materia más es ser cosa moble, que cosa extensa.

Persuadiendo con ligereza que no pudo formarse el Mundo con las leyes que le impuso Descartes, voy a imitar a V. Rma. persuadiendo que en caso de ser, no pudo durar; porque intentando todas las partes de la materia con fuerte conato (según él nos enseña) apartarse del centro, a la primera de enmedio no hará estorbo la segunda, que también intenta apartarse, ni a la segunda la tercera, y así hasta el indefinido (para hablar en su término): conque no hallando estorbo que la detenga, la materia central vencerá a la superficial, dejando inane el medio. De donde se sigue que mucho ha que el Mundo hubiera reventado como una bomba cargada de pólvora.

Pero demos que conservara toda la materia sus límites: parece que todos los sutilísimos ramentos, o elemento primero diseminado, siendo una substancia fluidísima, y ella sola capaz del más acelerado movimiento, no habiendo cuerpo que la estorbase el paso (pues si creemos la mente de este Filósofo, penetra los más estrechos intersticios), debiera haberse recogido de golpe al centro del remolino; y aún ahora conforme se fuera engendrando, toda en un momento, siendo liquidísima, debía irse retirando a lo más rápido de él, impelida de la materia más tarda, y provocada de su agilidad, y ligereza; pues la misma razón que da Descartes para que se retirase al centro del Torbellino la sutilísima materia que forma las Estrellas fijas, hay para que se retire también toda la que ocupa los intermedios de la Globulosa, y Estriada. [335]

De lo cual se seguiría lo primero dar cuarta vez en el inconveniente del vacuo, pues quedarían entre los restantes elementos los espacios inanes que desamparaba el primero. Lo segundo, que accediendo al centro todo el primer elemento diseminado, se hubiera agrandado ya tanto el Sol (y lo mismo los demás Astros fijos), que hubiera ya tostado a los vivientes, y llegado el juicio final, acabando el Mundo con fuego. Lo tercero, que como el contínuo choque tira a aterir, y desmenuzar las materias, ya se hubieran todas reducido a sutilísimas, y los tres Elementos se hubieran convertido en uno, disolviéndose el Universo; y no creo yo que Descartes, que mandó en el Mundo como en casa propia, tenga caudal para suplir tantos huecos, y reparos.

Parece que los oigo responder, que los Elementos son convertibles, y que al paso que unas materias se sutilizan, otras sutiles se traban; pero quisiera yo preguntar con qué liga se unen las fluidísimas, minutísimas, y homogéneas partículas del primer elemento; pues no teniendo figura desigual, ni composición heterogénea, no pueden trabarse, ni eslabonarse entre sí, porque no puede de otro modo concebirse que se vuelva en sólido lo líquido, y lo sutil en estriado. Alegan las manchas del Sol: pero estas no creo yo que son concreciones de materia sutil; pues si lo fueran (según su hipótesis), ni pudieran estar, ni las pudiéramos ver en el Sol, como que debieran apartarse del centro del remolino a la circunferencia, donde formaran nuevos Planetas, por no poder seguir lo rápido del centro: más creo yo que estas máculas, o son pábulos del fuego, o deslumbres de la vista, o humos de las fáculas.

Hay otro reparo contra la duración del Universo; y es, que una vez formado el segundo elemento, o materia globulosa, a pocos embates, y tropiezos perdería su figura esférica; pues así como en el primer choque los cuerpos cúbicos perdieron sus ángulos, y se hicieron redondos, así prosiguiendo los tropiezos, los redondos deberían perder su globosidad, y no habiendo de donde reclutar otros [336] nuevos, porque todo se haría un ripio irregular, y lo sutilísimo no podía condensarse en globos, como queda esforzado, ni lo estriado, porque nadando en un líquido, cedería el lugar, y evitaría el choque; se sigue, que muy luego hubiera faltado el Eter, y la luz, e invertídose el orden de la naturaleza. Este reparo se funda en que el mismo movimiento que sirve a hacer una cosa, continuándose la destruye. Así el movimiento que del mosto hace el vino, prosiguiendo le vuelve vinagre; y el mismo movimiento que anima el mundo pequeño del hombre, ese mismo, continuando su acción le envejece, y acaba.

Ultimamente, quisiera que algún Apolo Cartesiano me revelara por qué todos estos vórtices, siendo líquidos, y tocándose unos con otros, no se han confundido, haciéndose de todos los Torbellinos un gran Turbillón: pues de dos Ríos, aunque corran encontrados, el más rápido se lleva al otro, reduciéndole a su corriente, y dirección: luego de dos remolinos de materia líquida, el más vehemente poco a poco irá metiendo al otro en su jurisdicción. De donde se infiere, que todo el Universo ya se hubiera otra vez reducido a la ruda, e indigesta mole en que empezó, y perdido su constante armonía:

Quippe reluctatis iterum pugnantia rebus,
Rupissent Elementa fidem.

§. VIII

Acerca del decimocuarto asunto, que la Música que hoy se usa en los Templos, aunque tenga más primor, y gracia, no tiene la gravedad, y decencia, que corresponde al culto, sólo puede negarlo quien no escuche el dictamen de su conciencia, o no acierte a hacer justicia en los informes de su oído, o quien poco melindroso, todo sensual, y nada reflexivo, no distinga la Ara del Teatro. A tanto ha llegado el abuso, que en nuestros días se escuchan por las calles mezclar a coros las Aves Marías, y los Minuetes, y entreverar impropiamente la tierna, y humilde Oración del Padre nuestro con el marcial estruendo [337] de clarines, y timbales; pero protestando, es menester callar, que es de tal condición el mundo, que siempre ha estimado más delirar con los muchos que sentir con los pocos. Volviendo al intento, yo siempre he hecho juicio que la Música nueva, en orden a lo artificioso, no es más que una paráfrasis sobre la antigua, y en orden a su viveza, y gracia, que más es a propósito para curar tarantulados, que para hacer devotos.

§. IX

En el decimoquinto Discurso soy del mismo sentir que V. Rma. porque cuatro cosas se consideran en las lenguas: energía en las voces, dulzura en los acentos, riqueza en las frases, y abundancia en las palabras, que corresponda a la abundancia de las ideas. En energía ninguna lengua vence a la otra; pues la misma fuerza de expresión tiene la voz Galerus en Latín, que Sombrero en Romance: en dulzura tampoco, pues a cada uno le suena mejor su nativa, y acostumbrada; y así al Vizcaíno le agrada más la aspereza del Vascuence, que la melodía Griega; y no hay Jueces bastante desapasionados, que den sentencia, pues, o les preocupa el parentesco con la suya, o les inclina la vanidad de la que mejor poseen, u otros infinitos respetos: que en caso de haber Jueces bastantemente indiferentes, sin duda la lengua, que (anteponiendo su nativa) fuera segunda para los más, sería la primera para todos. De la armonía en las lenguas comunes no se puede hacer juicio, porque según las varias Naciones, se varía la prolación, y así se varía la dulzura: Un Español que sabe Latín suele no entender el Latín de un Francés, porque se le desfiguran las voces con el extraño acento, y sonido. Vulgarmente se refiere de un energúmeno, que compelido el diablo a que hablase en Latín con la antigua pronunciación Romana, que se usaba en tiempo de Cicerón, fueron tan extraños los acentos, que ninguno de los Latinos que había delante pudo entender lo que decía. Tampoco unas lenguas van muy desiguales de otras en la riqueza de las frases, pues cada una suele tener su fuerza, y [338] copia donde la otra su debilidad, y pobreza: en el cortejo de las Damas suele preferirse la Francesa, en los ejercicios de devoción la Española, en la explicación de las Ciencias la Griega, y Latina, y así de las demás: conque sólo resta que se excedan en la abundancia de palabras, y en esto (si no excede) no cede la Española a otra alguna. No niego por esto que es utilísima la Francesa; pero no es porque lleve ventajas a la nuestra, sino porque siendo las lenguas como llaves para abrir el secreto de las noticias, y habiendo cuidado tanto esta Nación de encerrar en la suya las más selectas, quien quisiere descubrirlas necesita poseer esta clave: política muy acertada, y contraria a la Española, que siempre ha tenido a desprecio tratar las materias graves, y científicas en idioma vulgar, como si fuera razón, o conveniencia cuidar más del decoro, y aprecio de una lengua ajena, que de la propia, y natural.

§. X

El intento decimosexto del desagravio de las mujeres, es tan justo, como bien trabajado. A lo menos yo, como Profesor Anatómico, puedo decir, que no siendo la organización que diversifica los dos sexos, instrumento de los pensamientos, y conviniendo hombres, y mujeres en la fábrica del cerebro (única Silla, y Emporio de las ideas), debo creer que en la aptitud para las Ciencias no son desiguales los oficios, pues no son diferentes los órganos.

§. XI

Entremos ya al ancho campo de la Medicina, en el cual V. Rma. cortó tan elásticos los puntos de la pluma, que es de temer que la vehemencia de su Retórica, queriendo apartar al Vulgo del extremo de la confianza, le haga pasar al opuesto extremo del desprecio, y la desesperación.

Sería, Padre Rmo. prudente estratagema, considerando al Pueblo torcido al extremo de un ciego asenso, inclinarle al opuesto, a no ser él de tan flexible, y deleznable condición, que suele quedarse donde le ponen, sin [339] acertar por falta de uso el debido medio de la rectitud:

Dum vitam stulti vitia in contraria currunt.

Nada halaga más mis pensamientos que la doctrina Escéptica; pero V. Rma. se muestra tan rígido, que por precepto superior me es preciso proponerle algunos reparos con la mayor humildad, esperando resignadamente su decisión, porque excediéndome tanto V. Rma. en todas líneas, entre nuestros dos ingenios debo decir con Virgilio:

Tu major, tibi me est aequum parere Menalca.

Que se honre al Médico por necesidad, porque le crió el Altísimo: que justamente recibe su gratificación de los Reyes: que su doctrina corona de glorias su cabeza: que merece ser alabado entre los Magnates: que el Altísimo crió de la tierra la Medicina, y que el varón prudente no la despreciará: que hay Arte para que con el específico de un leño se endulce la agua amarga: que la virtud de las Medicinas es para que la conozcan los hombres, y que Dios les ha dejado esta Ciencia para así ser alabado en las maravillas de la naturaleza: que curados se mitigan los dolores: que pueden confeccionarse suaves ungüentos de sanidad: que se dé lugar al Médico después de orar a Dios, porque para esto lo crió; y finalmente (¡cláusula admirable!) que jamás se aparte el Médico de nosotros, porque sus obras nos son necesarias; solo puede negarlo quien niegue la sagrada irrefragable verdad del Eclesiástico, cap.38.

De cuyo infalible testimonio se infiere, que son dignos de todo honor los Médicos, y que hay esta utilísima Arte, pues fuera indecentísimo a la Providencia criar los medicamentos, y no criar quien rectamente los administrase; porque ya se ve, en vano era hacernos el beneficio de su creación, negándonos el de su aplicación. Se infiere también, que de justicia recibe el Médico la donación de los Reyes, y poderosos (bueno es esto, cuando el no gratificar al Médico es pecado, como dijo un discreto, que hasta ahora no ha llegado a pies de Confesor); y en fin, para resumir se infiere, que el intento del Libro Sagrado es apartarnos de la desconfianza que el Teatro Crítico [340] quiere infundirnos. Tan lejos está el supuesto, que V. Rma. presume, que siendo error popular la murmuración, y el desprecio, más necesitamos torcer al vulgo al honor, y al aplauso (como dice el Sagrado Texto) que a la desconfianza, y menosprecio, procurando artificiosamente que se constituya en el medio virtuoso, y esto con mucho tiento, porque suele acontecer, que

In vitium ducat culpae fuga, si caret arte.

Es tan necesaria, y gloriosa la Arte de la Medicina, que Cristo mismo, y sus Apóstoles curaron. De Cristo refieren los Evangelistas que tomó el pulso, y aplicó sobrenaturales medicinas (así nos hubiera dejado la virtud, como nos dejó el ejemplo): S. Lucas, y S. Pablo la ejercieron: aquel en Antioquía, y este en Damasco; y de S. Pablo consta que hizo su receta, aconsejando el uso del vino a su Timoteo: el Angel no se desdeñó de hacer colirios: el Sapientísimo Rey Salomón disputó desde el cedro del Líbano hasta el hisopo de la pared; y esta profesión tuvieron muchos Santos, y Pontífices, como Eusebio Griego, Nicolao Quinto, y Juan XXI. Luis Patavino (creado Cardenal por Eugenio Cuarto) fue Médico; y no cito más, así por no dilatar el discurso, como porque estos sobran para autorizar de honesto, necesario, y científico (del modo que lo son las Artes naturales) el uso de la Medicina.

Y descendiendo a noticias profanas, los Egipcios, de Médicos hacían Sacerdotes, y de Sacerdotes Reyes: Medicus non es, nolo te constituere Regem: a lo menos aquel gran Tremegisto igualmene apreció entre sus dictados ser Médico, que Rey, y Sumo Sacerdote. Médicos también fueron Giges, y Sabor, Reyes de los Medos: Avicena, y Sabiel de los Arabes: Mitridates de los Persas: Mesues de Damasco; y no falta quien diga que Alejandro, Hércules, Dionisio el de Sicilia, y el Emperador Adriano. Entre los monumentos más antiguos se hallan venerados por Héroes, o hijos de Dioses, a Apolo, Quirón, Esculapio, Apis, Isiris, y Osiris; y finalmente entre los Griegos mereció el Grande Hipócrates los mismos honores que la Deidad [341] de Hércules: tan lejos está de que a la Medicina la haga despreciable su incertidumbre, que de ahí la vino su mayor gloria; pues, como dijo Platón, difficilia pulchra: y si esto es así ¿qué Arte puede disputar con la Medicina en obscuridad, y dificultad? Conque de esto infiero, que la decadencia que ha padecido esta Facultad desde aquellos tiempos a los nuestros, es hija de uno de los errores vulgares, el cual más se debe rescindir que promover.

Verdaderamente, Rmo. P. M. si desnudamos a los Médicos de la moral certidumbre de sus noticias dietéticas, diagnósticas, prognósticas, y curativas, y de la artificiosa administración de sus alterantes, y específicos, esforzando con V. Rma. que saben muy poco de la curación de los enfermos, pero nada saben, ni aún pueden saber del régimen de los sanos; lo que sé es, que por poco que sepan, sabrán más que nada; conque es menester suponer que deliraba Homero, padre de la sabiduría Griega, cuando en la Odisea cuarta dijo:

Est Medicus prudens multis praetantior unus
Ille viris.

Y en otra parte: Medicus, aut quilibet sciens supra omnes homines, poniendo sobre los hombres al Científico, y sobre los Científicos al Médico.

¿Y en qué profesión se necesita más penosa, y extendida lectura para instruirse: más perspicacia de sentidos, y viveza de ingenio para ajustar prontamente las combinaciones: más solidez de juicio, y nervio de prudencia para profesar materia tan circunspecta, en que se trata de la vida de los hombres, y que la ocasión es precipitada: más refinada política para saberse conducir con tan varios estados, genios, costumbres, y aprensiones de gentes: más enfadosos trabajos para estudiar sobre cadáveres, y asquerosos lechos? Y en fin, ¿qué facultad hay más meritoria, por más expuesta a sustos, tristezas, incomodidades, riesgos, y calumnias? Bien advirtió Hipócrates que el Médico ex aliena miseria dolorem sibi metit. [342] Facultades hay de mayor excelencia; pero su gloria no las viene tanto del mérito de los sujetos, como de la dignidad de los objetos. ¡Oh, P. Rmo. si Dios nos hubiera descubierto específicos para todas las enfermedades del cuerpo, como su piedad los ha dejado para las del alma, qué poco tuviéramos los Médicos que trabajar, y cuánto menos que merecer!

Confieso que se desgraciarán algunos por lo instable de las conjeturas; pero preguntémosle al Teólogo si sabe que todos los que confiesa se salvan; o al Jurista, si todas las sentencias que da se aciertan. Ojalá que en todas las profesiones civiles, como en la Medicina, las culpas de voluntad fueran sólo errores de entendimiento; pero el vulgo ignorante no sabe distinguirlas; y finalmente confieso que a algunos matarán los medicamentos; pero fuera de que a muchos dan vida, y se debe tomar esto en data de los cargos, ¿qué quiere decir esta cantinela, y alboroto popular contra la pobre Medicina? Con errada conjetura mata un General más en un día, que un Médico en cien años.

Desprecia el vulgo nuestras obras, porque, o no suele ver sus efectos, o suele ver los contrarios. Esta es pensión de todas las Artes conjeturales. Piensa el Político, por medio de un proyecto, componer la República, y con el mismo suele perderla. Juzga el Militar, debajo de una prudente conjetura, que dando batalla, libertará al Estado; pero como es falible, dándola, suele perder un Reino; y no son por esto el Político, el Militar, y otros semejantes, reos del desprecio, y la desconfianza. En las cosas matemáticas, y demostrativas no es mucho que salga el efecto, no pudiendo dejar de salir: esto más se debe a la naturaleza de la Ciencia, que al mérito del Profesor: y así que el Aritmético ajuste exactísimamente la cuenta, y el Zapatero acabe puntualísimamente el zapato, no es de admirar, porque con la debida aplicación no puede dejar de ser así: conque teniendo estos Artífices menos que vencer, no se deben tanto alabar; pero quien siempre lucha entre las olas de la conjetura, teniendo que superar [343] con sus discursos, o los secretos de la naturaleza, o los insultos del acaso, aún cuando no consiga el suceso, tiene el primer derecho a la alabanza. Las demás Ciencias sólo tienen que persuadir, o vencer las criaturas, para instruirlas, o dominarlas; la Medicina sólo tiene el arduísimo empeño de inquirir los arcanos del mismo Criador. Vuelvo a decir con Platón, que sólo difficilia pulchra.

Y como quiera que para ser consumado Médico se necesita casi una general Enciclopedia, pues como advirtió Hipócrates, para el digno uso de esta Arte son precisas muchas disciplinas, como son Gramática, Retórica, Filosofía, Pericia Griega, Astronomía, Geometría, Mecánica, Geografía, Historia natural de los tres Reinos, Animal, Vegetal, y Mineral, con la noticia de su naturaleza, y virtudes, Anatomía, Química, y Filosofía Moral, no sólo para conocer la temperatura del cuerpo por las constumbres del ánimo, sino para curar las dolencias de este; pues como cantó Lucrecio.

...Mentem sanari corpus ut aegrum,
Et pariter flecti Medicinae posse videmus.

Y todo esto, sobre las prendas naturales de vivos Sentidos, y rectas Potencias, sin duda sería muy recomendable cualquier perfecto Médico, sólo por estas circunstancias, entre enfermos, y sanos, aún cuando por la incertidumbre de la materia en que trata no mereciera mayores elogios. Atendiendo a lo cual dijo Séneca en el lib. 1 de Clementia: Medicinae apud aegros usus, apud sanos bonos existit. La Medicina para los enfermos es provecho, y para los sanos honra.

Tiene otra grande gloria la Medicina, que no puede quitarla esa misma ponderada incertidumbre; y es, que de ninguna de las Facultades mayores necesita para su ejercicio, y las demás necesitan de ella, no como ministra, sino como auxiliar. Los Juristas esperan su decisión para juzgar en los conceptos, partos, venenos, divorcios, impotencias, manías, estupros, heridas, muertes violentas, repentinas, y otros casos. Los Teólogos toman [344] dictamen en dispensación de vigilias, rezos, entierros en lugar sagrado; y lo que es más, en la exposición de los sentidos alegóricos, y metafóricos de la Escritura, pidiendo a la Medicina noticias de las yerbas, árboles, piedras, animales, fenómenos, y enfermedades de las sacras planas; para lo cual Valles escribió su Sacra Filosofía, y el Doctor Moles su Libro de Morbis in Sacris Litteris: y así S. Gregorio lib. 4 de Doctrina Christiana, dijo: Medicinae cognitio scientiis, & Scripturis necessaria est.

Confieso, P. M. que no hay tanta Medicina como el vulgo piensa. Ninguno más a favor de la duda, y el Escepticismo, que yo (como tengo esforzado en mis dos tomos de Medicina Escéptica); pero sólo la llevo hasta los precisos límites de la experiencia. Culpo el fárrago de medicamentos; pero alabo el uso de las bien indicados. Confieso la ignorancia de las causas morbíficas (pues quién negará que se ignora lo que se disputa) pero admito los carácteres por donde experimentalmente se distinguen, y curan; y en esto consiste todo el Arte, porque para ser Artes la Pintura, y Música, no han menester saber la naturaleza del color, y el sonido, sino el uso. Aborrezco los Dogmas, y Sistemas fundados en pensamientos de hombres; pero aplaudo las racionales experiencias, e inducciones, que pueden contribuir a establecer un sistema fundado en la naturaleza misma; y en fin sé que aunque la Medicina abstracta tiene en lo universal conclusiones metafísicas, y demostrables, como las demás que se llaman Ciencias, contraída a lo singular, va expuesta al error, porque de singulares no se da Ciencia; pero no pudiendo nuestra aprensión sufrir los males sin socorro, es menester en la práctica, que el enfermo, y el Médico tomen partido hacia la probabilidad; porque entre lo cierto del mal, y lo probable del bien, mejor es un remedio dudoso que ninguno.

Hágome cargo de los cuatro ídolos de Verulamio, que estorban el progreso de la Medicina: el ídolo de la Especie, el ídolo del Individuo por las singulares idiosincrasias, el ídolo del Foro por la comunicación con los [345] hombres, y el de las Escuelas, que él llama del Teatro, donde se ocupa la fantasía con opiniones anticipadas. Considero también que la mente humana es como un espejo desigual, que tuerce, o quebranta los rayos de luz de la verdad, y así fomenta la incertidumbre. Contemplo que en las tinieblas de la naturaleza tanto ve el ciego como el que tiene vista; ¿pero por esto hemos de echar del mundo todas las Artes de la conjetura? No se sabe demostrativamente la causa de una terciana; pero se la distingue como por la uña al Leon, y se sabe el método de castigarla con su específico contrario, que es lo que importa al enfermo; y para decirlo en pocas palabras, P. Rmo. si hubiera Médicos demostrativos, yo el primero entregaría mi salud en sus manos; pero hoy es menester valernos con valerosa confianza de los conjeturales, porque no hay otros.

Etmulero, a quien V. Rma. trae por auxiliar de la incertidumbre, está a cada paso de parte de la utilidad de la Arte; porque si no, debiera haber quemado los tres tomos de Medicina que nos compiló.

Baglivio, en su Libro Centauro, o Hermafrodítico, la mitad de Medicina sólida, y masculina, y la otra mitad de femenina ( para hablar en sus voces), está también de parte de la Medicina experimental, sobre los vestigios de Hipócrates, como consta de los mismos textos alegados, y otros muchísimos de sus Obras; pues si se hubiera declarado partidario de la desconfianza, hubiera violado la fe pública, haciendo que confiásemos en unos preceptos en que él mismo no confió. Aún el mismo Leonardo de Capoa, que fue el crítico que más se señaló en favor de la duda, no hallando en el hecho práctico la evidencia, ni pudiendo estar libre de toda acción, atónito, y como mordiendo el freno, sin duda por el provecho, aunque dudoso, que concebía, recetaba a sus enfermos, y les asistía: conque sinceramente no desconfiaba.

Thomas Sydenham, justísimo idólatra de la experiencia, aunque a cada paso expone su ignorancia teórica, [346] a cada paso descubre su pericia práctica; que si no, en vano era en sus Observaciones Epidémicas contemplar la naturaleza, si no diera lugar al Arte.

Yo mismo, de quien V. Rma. hace memoria (ya se ve, que no para autorizar el Discurso, sino para autorizar mi nombre, incluyéndome en su Escrito) sigo en la Medicina la secta media, y más benigna; de modo que entre los Médicos Dogmáticos (dígolo así) soy el mayor Escéptico, y entre los rígidos Escépticos el mayor Dogmático.

Es así que la Medicina, como dice el Discurso, se engendró con discordias, y se nutre con opiniones; ¿pero qué Facultad humana no padece este mismo infortunio? Aún la misma Teología, fuera de lo que es de Fe, se arde en litigios, y batallas. La Matemática (exceptuando los axiomas universales, los cuales también tiene la Medicina) en llegando a lo singular de curar un edificio, delinear una Ciudadela, o batir una Plaza, tiene tantos dictámenes como cabezas; y en la Milicia, Política, Jurisprudencia, y Moral sucede lo mismo.

Los Moralistas, procediendo con opinión, sólo están obligados a seguir la probable: los Médicos tienen más estrecho el camino, pues están obligados a seguir la más probable; por eso dijo Hipócrates: Opinio in Medicina maxime in crimen vertitur eam adhibentibus; luego si la Providencia se contenta con sólo una prudente, y probable seguridad para la salud del alma; con más razón se debe contentar el mundo con la más probable para la salud del cuerpo; mayormente cum multo pretiossor sit salus animae, quam corporis, que dijo el cap. Canonic. Cum infirmit. de Paenitent. & remissionib. Conque si todas las demás Facultades son dudosas, ¿qué hay que admirar que no goce más privilegios la Medicina?

Fuera de que las noticias Anatómicas, que constituyen una de las principales provincias de esta profesión, son demostrativas, y fundadas sobre leyes geométricas, y mecánicas, por las cuales nos consta el uso de las partes, y sus varios consentimientos, y coligaciones, lo cual es perpetuo, [347] e indefectible; porque, para decirlo con elegancia:

Continuo has leges, aeternaque faedera certis
Imposuit natura locis.

Ni siempre se puede fiar a la naturaleza la curación de las dolencias, sin recurrir al Arte; porque ¿cómo reducirá la naturaleza un hueso dislocado, si no la ayuda algún Perito, que por estudio, o experiencia concurre a colocarle? ¿Cómo echará la piedra de la vejiga, sin auxilio del diestro Litótomo? ¿O cómo evacuará las aguas del abdomen, sin Artífice que ejecute la Paracentesis?

Y pasando a los males internos, las tercianas, que al paso de la naturaleza eran antiguamente lance de a prueba, y estése, hoy es cosa de ajustar accesiones. En la cólera morbo, de que pocos se libertaban, hoy rarísimo se desgracia. Los dolores infaliblemente se aplacan cuando quiere el Médico. Las disenterías, que como estrella pestilente solían asolar un Ejército, ya se rinden a las vencedoras manos de los Médicos. El mal venéreo indubitablemente se sujeta al Mercurio, la clorosis al Marte, y el histerismo a Júpiter: tanto, que dice el Sinapio, que ya parece no falta sino un secreto contra la muerte: y si estos pasos hay dados en solos dos mil años de Arte, a vigilancia de los Médicos, ¿cuánto se adelantará dentro de otros dos mil, o dentro de otros diez mil (si no le da antes al Mundo la ardiente calentura de que ha de acabar), principalmente si los Soberanos, y los Pueblos prosiguen en promoverlo con el aprecio, y la protección? ¿Cuántos hombres se perderían en una epidemia de fiebres perniciosas, o sincopales, si no hubiera esta saludable Facultad? Me atrevo a decir que a no haber resistido la Medicina a la insaciable hidra del mal venéreo, hubiera ya acabado con el género humano. ¿Cuántos perecerían de sus glotonerías, si no se hubieran descubierto eméticos, y disolventes? Sólo se conociera bien la utilidad de la Medicina si se perdiera; porque ningún bien hay que hasta que se pierde se conozca.

Por esta ocasión se me ofrece satisfacer a la mentira de Plinio, que ha dado fundamento para calumniar a los [348] Médicos, de que fueron desterrados de Roma por seiscientos años; lo cual muy frecuentemente se suele inculcar en las conversaciones por gente seria, aunque de pocas noticias, y de una más que ferina ingratitud contra una facultad, de quien no pocas veces habrán recibido beneficios: pero que mintió Plinio es claro; porque según Hemina, Emilio, y Livio, hasta el año de 535 de la fundación de Roma, que Archagato llevó el uso de la Medicina a los Romanos, no tuvieron noticia de ella: conque no pudieron desterrarla sin conocerla; y el año 550, sujetada la Grecia, trajeron los mismos Romanos debajo de su servidumbre muchos Médicos, los cuales, o por facilidad de dar venenos empezaron a ser temidos, pues se hallaba en sus casas venal la muerte; o por los adultérios, y revelación de secretos que cometían, empezaron a ser aborrecidos, como insinúa el mismo Plinio; o por el demasiado abuso de cortar, y quemar, que había en los Cirujanos de aquel tiempo (pues para los males internos, según Cicerón, y Quintiliano, no usaban los Médicos, y sólo recurrían a los Dioses); o lo que es más, por ser entonces todos los Médicos Griegos, a los cuales reputaban como esclavos, y enemigos de su Nación, temían que su odio procurase servirse de la Medicina para vengarse de los vencedores; por los cuales motivos, el Senado mandó desterrarlos de Roma el año casi 590, y la proscripción duró solos cien años, hasta los primeros Césares; de donde se infiere que miente Plinio en los seiscientos años, y que es error vulgar esta calumnia, pues esto no fue desterrar los Médicos por Médicos, sino por Griegos; o no fue en odio de la Arte, sino de los Artífices, que abusaban de ella: lo cual consta del citado Plinio, que confesando la utilidad de la Medicina en otra parte, dice que en ninguna facultad hay más inconstancia, cum sit fructuosior nulla.

En este mismo sentimiento mío creo que está V. Rma. cuyos singulares talentos no pueden menos de tener presentes estas reflexiones; pero como su fin fue torcer al vulgo al lado contrario de la confianza, dejó correr la pluma [349] con tan ágil, y vehemente vuelo, que hasta lo último no pudo detenerla.

Preciso es confesar que la sangría es remedio dudoso, y que tiene dividida en bandos toda la familia Apolínea; pero cuando al enfermo le llega el lance de temer, y al Médico el de obrar, no pudiendo hallar la evidencia, es fuerza que ambos tomen partido en la probabilidad, como la prudencia de V. Rma. habrá hecho, y hará siempre que se ofrezca. Ya dije en mi Medicina Escéptica, que aborrezco los Hemófobos, y detesto los Hematochitas: en todo hay sus ciertos modos.

Quos ultra, citraque nescit persistere rectum.

El mismo ingenuo Boix, de quien V. Rma. hace honrosa mención, sólo pretendió reformar el abuso de las sangrías, pues las usaba en su práctica, y no del todo las condenaba en sus particulares coloquios, de que gocé con tan fruto no pocas veces, y de que sólo me ha quedado el consuelo de la memoria, lamentándome con Horacio:

Ergo Boixium perpetuus sopor urget?

Me escandaliza oír el copioso número de sangrías que antiguamente solía hacerse, pues el Doctor D. Juan Nieto en su Memorial refiere que uno sufrió en espacio de cinco años (¡rara ponderación!) más de quinientas sangrías (supongo que no serían largas) sin algunas sanguijuelas. Dice también, que a todas las preñadas se sangraba por establecimiento, como si el concebir fuera enfermedad, o delito. Esta práctica es tan abominable como contraria de dejar ahogar los enfermos a la Napolitana, según cuenta Ballonio en el lib. 2. epid. 1576 que en una terciana con plétora, en que los Médicos omitieron la sangría, al cuarto paroxismo se rompieron las venas, y se siguió la muerte.

De las purgas digo lo mismo, y de todo, que debe ser gobernado por dictamen de experto, y prudente Médico, dejando aparte los puntos morales, en quienes cada uno oirá su conciencia, y seguirá el consejo de sabio Confesor, dejando aparte también a los idiotas, de quienes ni se habla, ni se debe hablar, en lo cual es cierto que hay gran [350] tolerancia; pero también es cierto que ni hay modo, ni esperanza de enmendarlo, y sólo hay el consuelo de que en todas las facultades hay idiotismo.

Las observaciones de Ribeiro, que nos objeta V. Rma. no tienen la mayor aceptación entre nuestros Críticos, porque muchas de ellas más son cuentos para entretener principiantes, que observaciones para ilustrar adultos; demás de las que V. Rma. cita, tenemos entre nosotros mismos reparadas otras. Gracia es verle que después de seis, o siete sangrías a la moda Francesa, y un terrible escuadrón de friegas, ligaduras, ventosas, cantáridas, cataplasmas, emulsiones, fomentos, y ayudas, nos salga conque se murió un pleurítico, cosa que puede sucederle al más inhábil. Parece esta observación al milagro de Juan Sánchez, que habiéndosele reventado una escopeta, mató a otro que iba delante en un borrico, y una astilla le descaderó a él, y puso el milagro, que decía: Habiéndosele reventado una escopeta a Juan Sanchez, mató a uno, y él quedó descaderado: EX VOTO: cosa que sin milagro pudo sucederle a cualquiera. Cosa es también de gusto, que en un dolor de estómago aplicase vino, clavo, y nuez de especia; y no hallando alivio, pasase del fuego a la agua, y pusiese un lienzo mojado en vinagre: pues aunque esto suele suceder, pudo excusar contarnos lo que no nos puede traer provecho. En esto de observaciones reparó bien Ramazzini que fuéramos más doctos, si como hay centurias de curaciones, hechas quizás por acaso, hubiera obras en que se contasen los desaciertos; porque como notó Verulamio, más presto nace la verdad del error, que de la confusión. ¡Pero cuán al contrario de las de Riberio son las de Hipócrates, y Sydenham! Estas sirven de lustre a la Medicina, como las otras de baldón.

Añade V. Rma. que nuestros Profesores tendrán el temor de que si se da en ahorrar de medicinas, también se ahorrará de Médicos. Los idiotas puede ser que lo teman; pero los doctos siempre tendrán su merecido apláuso; pues como se dice: Vino vendibili non opus est hedera. [351]

Concluye V. Rma. dando reglas para la elección de Médico, todas prudentísimas; pero aquí quisiera yo que por un rato se hubiera desnudado V. Rma. de sí mismo, y de su innata discreción, revistiéndose del carácter del Pueblo; porque las reglas señaladas más son propias para una comunidad de doctos, que para un vulgo de ignorantes. La primera es que sea buen Cristiano: difícil es hacerle los informes; pero más difícil averiguarle las hipocresías. La segunda, que sea juicioso, y de temperamento no muy ígneo: el vulgo suele tener por juicio lo que es simpleza, y estolidez, y en todo hay riesgo; porque cuando el Médico debe ser pegaso, no se le ha de buscar tortuga. La tercera, que no sea jactancioso: mejor sería que sus aciertos los contasen los vecinos; pero es disculpable que alabe sus agujas quien teme que otro las despache primero. La cuarta, que no sea adicto a sistema alguno filosófico. El Pueblo ni entiende de sistemas, ni de filosofías; y a ninguno tendrá por menos adicto que al ignorante que más calle, porque jamás ha saludado libros. La quinta, que no amontone remedios. Cuando el vulgo le repare, ya lo habrá pagado muy bien, y más si el Médico ha hecho escritura por cuatro años. Fuera de que cuando muere el enfermo, como víctima que van a inmolar con muchos cordiales, parches, vendas, bálsamos, y ungüentos, no queda otro consuelo a los parientes que el que no ha habido cosa que no se haya hecho. En desterrar este dañoso error privadamente quisiera yo que V. Rma. emplease su incomparable elocuencia, e inexhausto caudal de noticias, desterrándole primero del vulgo de los hombres. La sexta, que observe, y se informe exactamente de las señales de la enfermedad, que son muchas, y se toman de muy varias fuentes. El que haya de ser fiscal de esto, debe primero saberlas todas; y este le tengo por muy arduo arbitrio para un pastor, o un rústico.

§. XII

En el erudito Discurso del Régimen de los sanos empieza V. Rma. diciendo que nada saben, ni pueden saber de [352] esto los Médicos; y V. Rma. toca en él con tal destreza tan varios puntos para conservar la salud, que me hace creer que no sólo lo saben los Médicos, sino los curiosos. Toda la razón es, que nadie ha menester preguntar al Médico lo que sabe por experiencia; y lo que el Médico no puede saber sin que él primero se lo diga. Yo quisiera preguntar si el Juez, o el Moralista, que para dar la sentencia, o el consejo necesitan ser informados del hecho, se puede decir que nada saben, ni aun pueden saber de sus profesiones. Temerario sería decir esto; porque supuesto los hechos, hay excepciones, reformas, y contracciones, que sólo saben los científicos, y discurren acerca de lo no experimentado, para que pueda experimentarse sin temeridad: en fin, siendo la paridad tan uniforme en la Jurisprudencia, Moral, y Medicina, cuanto pueda responderse por aquellas, milita a favor de esta; porque en necesitar ser informados de lo experimentado, no nos llevan ventaja los Jurisperitos, o Moralistas:

Totidemque gradus distamus ab illis.

En fin, Rmo. P. Mro. hasta aquí ha llegado el discurso, contenido a los límites de una alabanza de mi profesión: creo que estamos en un mismo pensamiento: conque esta Disertación más es glosa, o interpretación de la mente de V. Rma. que impugnación suya, de cuya osadía está muy lejos mi respeto, amistad, y propio conocimiento; y aun así espero que V. Rma. castigue cualquier defecto, cuya decisión resignadamente veneraré como de un Oráculo. Quedo admirado la elocuencia, ingenuidad, erudición, y juicio de la Obra, y repitiendo que en la lúcida esfera de nuestros Sabios, sólo es V. Rma.

Qui reliquas stellas perstringit, uti aethereus Sol.

Dios guarde a V. Rma. para crédito de las Letras, y de nuestra Nación. De mi Estudio, Septiembre 1 de 1726.

B. L. M. de V. Rma.
su obsequioso amigo, y servidor
Martín Martínez.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 322-352.}


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