La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo sexto
Discurso séptimo

Sátiros, Tritones y Nereidas


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§. I

1. Fueron estas tres especies famosísimas en el Paganismo. Terrestre la primera, marítimas la segunda, y la tercera. Pintaban los Gentiles a los Sátiros en la figura medios brutos, y medio hombres; pero en la estimación eran medio hombres, y medio Deidades. Tenían cuernos, cola, y pies de cabras: en el resto humana toda la configuración. Habitaban las selvas como fieras, y eran adorados en los Templos como Semidioeses.

2. Los Tritones, medio hombres, y medio peces, gozaban la misma prerrogativa de Semideidades. Venían a ser los trompeteros de Neptuno, bajo de cuyas órdenes, inspirando su aliento a una concha retorcida en forma de bocina, con su ronco sonido aterraban el piélago.

3. Las Nereidas no se distinguían de los Tritones, sino en el sexo, y en que no se les atribuía el uso de la bocina. Tenían la mitad del cuerpo de mujer, el resto de pez, y eran Semidiosas marinas, como los Tritones Semidioses.

4. Suenan en el mundo Sátiros, Tritones, y Nereidas como meros entes fabulosos. Pero yo, sin negar que mezcló en ellos algo la fábula, siento que fueron entes verdaderos, y reales. [257]


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§. II

5. Diodoro Siculo, Autor recomentdable, refiere, que a Dionisio, Tirano de Sicilia, fueron presentados unos monstruos, cuales pintaban los antiguos los Sátiros; y Plutarco, que no es de autoridad inferior a Diodoro, dice, que a Syla, pasando por Albania, mostraron un Sátiro, que en un bosque habían cogido.

6. A los testimonios de estos dos Autores profanos pueden añadirse los de otros dos Escritores Eclesiásticos. Estos son San Athanasio, y San Jerónimo. Aquel en la Vida de San Antonio Abad, y éste en la de San Pablo primer Ermitaño, cuentan, que el Grande Antonio encontró en el desierto un monstruo de estos, el cual, preguntado quién era, respondió ser uno de aquellos, que el vano error del Gentilismo veneraba debajo del nombre de Sátiros, Silvanos, e íncubos, y que de parte de los demás de su Grey venía a pedirle, que los encomendase a Dios, el cual creían, que por la salud de los hombres había bajado a la tierra a tomar carne humana.

7. Pero confieso, que esta última noticia siempre me hizo tan grave dificultad, que me es imposible darle asenso. Yo creo, que hubo Sátiros, y acaso los hay hoy; pero no Sátiros de esta nota, no Sátiros racionales, o en caso que racionales, no Cristianos, no con habla, y que vivan hermanos, y como congregación. El que haya tal casta de hombres, no solo distintísimos de nosotros en la organización, mas también totalmente separados en cuanto al comercio, naturalmente excita la idea de que no son hijos del mismo padre común que nosotros; lo cual es contra lo que ensaña la Fe, como notamos en el Tomo V, tratando de los Preadamitas.

8. Pero sean norabuena descendientes de Adán estos hombres: aún queda lleno de dificultades el caso. Pregunto, ¿por qué órgano se les comunicó el Evangelio? Si alguno de los Apóstoles tuvo especial misión para los Sátiros, ¿cómo en ninguna de las antiguas Actas hay el más leve vestigio de la conversión de tales hombres? ¿Cómo después jamás [258] pareció alguno, ni en los desiertos de Egipto, ni en otra parte? ¿Pereció acaso toda la casta, sin que nadie les hiciese guerra, pues de ésta no consta? Cierto, que no merecía su ruina una gente tan devota, que de común acuerdo hacía una legacía al grande Antonio, para que la encomendase a Dios. Preguntaré más: ¿En qué lengua habló a Antonio el Sátiro Legado? Precisamente sería en idioma ignorado del Santo, pues una gente incomunicable a todo el resto del mundo, necesariamente había de tener lenguaje diferente. Vuelvo a decir, que el caso tiene todas las apariencias imaginables de conseja. ¿Pero qué hemos de decir a la autoridad de San Athanasio, y San Jerónimo? No faltan modos de ocurrir a esta gravísima dificultad.

9. Lo primero, diciendo, que la Vida de San Antonio, que hoy tenemos como escrita por San Athanasio, es supuesta a este Santo Doctor. De este sentir fueron André Rivet, y Abrahán Scutet; pero ambos Autores Protestantes, por consiguiente malísimos fiadores para empeñarnos sobre su fe, y palabra. Así es preciso recurrir a otra solución.

10. Lo segundo puede decirse, que San Athanasio recibiría aquella noticia de Autor a quien tendría por verídico, y bien informado; y le faltaría una, u otra circunstancia, o ambas juntas. En esto no hay imposibilidad alguna, ni física, ni moral. Por lo que mira a San Jerónimo, no tiene alguna dificultad el caso, pues éste no hizo más que trasladar al latín lo que San Athanasio había escrito en Griego.

11. Lo tercero, hay el recurso de que el Sátiro aparecido a San Antonio, sería algún demonio, que con fin depravado tomaría la figura de tal. Consta, que a aquel Santo molestaron, y tentaron los espíritus infernales de muchas, y diversísimas maneras. Así no hay inverosimilitud alguna en que tentasen, con la aparición de Sátiro, precipitarle a algún error.

12. Finalmente cabe, que algún infiel copista, en cuyas manos cayese muy desde los principios la Vida de San [259] Antonio, escrita por San Athanasio, introdujese en ella el cuento de Sátiro, y que después, prediéndose el original, de esta viciada copia se sacasen todas las demás.


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§. III

13. Negados, pues, Sátiros racionales, y con uso de locución, solo admitidos Sátiros brutos, o embrutecidos, y mudos, cuales eran aquellos de quienes hablan Diodoro Siculo, y Plutarco éste con expresión refiere, que habiendo hablado al Sátiro, presentado a Syla, por Intérpretes de varias lenguas, no solo no respondió a alguna, pero ni se le oyó son alguno articulado; ni aun la voz tiraba a la humana, sí solo a una confusa mezcla de caballar, y caprina.

14. No solo es posible la producción de estos monstruos; pero muy verosímil, que hayan nacido algunos de la detestable comixtión de individuos de la especie humana con los de la caprina; y una fuerte conjetura me confirma en que los Sátiros, que veneró el Paganismo, no eran otra cosa, que los partos de estos concúbitos infames.

15. Muchos eruditos son de sentir, que el Dios Pan, Sátiros, Silvanos, Íncubos, y Faunos, todos eran una misma cosa debajo de diferentes nombres. Así dicen, que no hubo un Pan solo, sino muchos, para lo cual hay testimonios claros en los antiguos Poetas. En efecto el Dios Pan era pintado por los Gentiles en la misma forma que los Sátiros; esto es, con cuernos, cola, y pies de cabra, en lo demás humano el aspecto. Tenía el Dios Pan especialísimo culto entre los Pastores, como singular patrono suyo. Así Ovidio le llama Dios del Rebaño: Virgilio, y otros Poetas, ya Dios de los Pastores, ya Dios de la Arcadia (Provincia pastoril por antonomasia). Nótese ahora, que los pastores son la gente más ocasionada que hay en el mundo a los crímenes de bestialidad, ya por su ruda educación, ya por la continua asistencia a los ganados, ya por faltarles otro menos torpe desahogo a la lascivia. Todo lo dicho coincide [260] a hacer creíble, que habiendo nacio algunos individuos de esta tercera especie semicaprina, y semihumana en la figura, por la abominable commixtión de Pastores con cabras, la barbarie, junta con la malicia de aquella rústica gente, quisiese autorizar el delito, atribuyendo una especie de divinidad al parto (lo que venía a ser producir otro monstruo mental harto más horroroso que el físico); y luego como cosa propia la constituyesen Deidad tutelar suya, a quien después por varios accidentes, o motivos apellidasen con distintos nombres. De aquí los Panes, los Sátiros, los Silvanos, los Faunos, y los Íncubos.

16. Si se me opusiese, que algunos Filósofos niegan ser posible, que provenga generación alguna del comercio de hombre, y bruto: Responderé lo primero, que contra la autoridad de esos pocos Filósofos está la de muchos más, que sienten lo contrario, y de más a más el común consentimiento de los Teólogos, que cuando tratan del Bautismo de los monstruos, suponen posibles tales generaciones. Lo segundo, que los que las niegan posibles, no dan razón, que haga alguna fuerza. Lo tercero, que son muchas, y muy autorizadas las Historias que hay de semajantes generaciones, como saben todos los que manejan algo los libros. Esto supuesto, no hay el menor vistigio de inverosimilitud, antes muchas razones de congruencia para creer, que los monstruos, que los antiguos veneraban, debajo del nombre de Sátiros, fuesen producciones de la especie humana mezclada con la caprina.

17. No ignoro que Plinio da el nombre de Sátiros a unos animales, que hay en ciertos montes de la India, muy parecidos al hombre; por consiguiente parece, que de ellos vendría el gentílico error de los Sátiros. Pero obsta el que aquellos eran cierta especie de monos, como el mismo Plinio manifiestamente insinúa, los cuales no tienen cuernos; y los Sátiros generalmente se pintaban bicornes.

18. Noto aquí para los curiosos, que esta especie de monos, ni más ni menos, que los describe Plinio, hoy se hallan en algunos parajes de la India. El P. Le Comte [261] dice, que navegando en la China a la Costa de Coromandel, vio en el Estrecho de Malaca unos monos de figura mucho más parecida a la humana, que los comunes: que se mueven levantados, como los hombres, sobre los pies de atrás; o digámoslo mejor, solo sobre los pies. Aun la voz es parecida a la humana; y semejante al chillido de los niños. Son cariñosísimos con las personas que tratan. De su agilidad dice cosas admirables. Es tanta, que de un brinco se avanzan a treinta, cuarenta, y cincuenta pies de distancia. Digo, que esta descripción es perfectamente semejante a la que hace Plinio de los animales, que llama Sátiros. Véase lo que en el lib. 7, cap. 2 dice de su semejanza al hombre, de su portentosa agilidad, y de la circunstancia de andar erguidos. Lo de ser animal afabilísimo, lo insinúa en el lib. 8, cap. 54.


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§. IV

19. Esta noticia naturalmente me conduce a rectificar otra, que en la forma que hasta ahora se ha comunicado del Oriente a Europa, es de difícil creencia; pero bien entendida, no deja el menor tropiezo al asenso. Algunas relaciones de la Isla de Borneo, situada en el mar de la India, dicen, que en las selvas de aquella Isla se hallan hombres salvajes, o silvestres. Así los llaman, no solo en el sentido en que se aplica este epíteto a algunas cerriles Naciones de la América; sí con más propiedad, porque aunque en la disposición de todos los miembros, y modo de usar de ellos nada desdicen de la especie humana, pero les falta la locución; y por otra parte su modo de vivir carece de toda policía, ni más, ni menos que el de las fieras.

20. Sobre esta noticia luego ocurre la dificultad, que arriba propusimos contra la existenica de los Sátiros. Tales hombres, si los hay, apenas se pueden considerar descendientes de Adán; pues si lo fuesen, sucesivamente se iría comunicando de unos a otros alguna policía, y el uso de la habla. Añádese, que sin milagrosa, e infusa ilustración [262] no se les podrá comunicar la luz del Evangelio; lo que en las leyes ordinarias de la benignísima Providencia soberana no cabe.

21. Después de todo, estas dificultades no parecen insuperables. A la primera se puede satisfacer con la posiblidad del caso, que dos tiernos infantes de distinto sexo, cuyos padres viviesen en algún retirado monte, por la muerte, o por la fuga de éstos quedasen al abrigo de la Providenica en aquella soledad, que en ella creciesen, y procreasen. Es para mí probabilísimo, que ni ellos, ni sus hijos hablarían idioma alguno; por consiguiente, aunque descendientes del mismo padre común, carecerían del uso de la locución.

22. No por eso siento, que sea preciso comunicarse el lenguaje originariamente por infusión, como a nuestros primeros Padres; pero me parece, que en una familia, o congregación de gente, donde no hubiese ni inspiración, ni enseñanza, pasarían algunas, y aun muchas generaciones, antes que a fuerza de ingenio, estudio, y práctica se formasen idioma para entenderse. Es esta una obra muy larga, y muy difícil. Podrían pasar mil, o dos mil años, y aun nuchos más, antes que a ninguno de aquella progenie ocurriese, que con los varios movimientos de la lengua se podían explicar los pensamientos, que tenía en el ánimo.

23. ¡Oh cuántos, al leer esto, juzgarán, que les propongo una extravagante paradoja! ¿Hay cosa más fácil, dirán, que hablar? Habiendo infinitos hombres rudísimos para materias muy triviales, para el uso de la locución ninguno es rudo. Hasta los más fatuos le logran. O por mejor decir, todos, cuando lo logran son fatuos, pues hablan todos los niños, antes de llegar al uso de la razón. ¿Por qué, sino por ser una obra tan natural, que apenas, ni aun apenas tiene que hacer en ella en entendimiento? Esta réplica es hija de la falta de reflexión. Digo, que el hablar por enseñanza es facilísimo: hablar por esfuerzo del propio disurso, sumamente arduo. Tiénese, y con razón, por [263] un peregrino descubrimiento, una sutilísima ingeniada, acaso la mayor, que hasta ahora cupo en el humano entendimiento, como ya insinuamos en otra parte, la invención de las letras. Hácese palpable la suprema dificultad que esto tiene, en que ninguna de las Naciones Americanas se halló el uso de ellas. O porque los primeros que pasaron a aquel Continente no habían aprendido a escribir, o porque aún no se había inventado el escribir cuando pasaron; y así no hubo quien enseñase el uso de la pluma en la nueva Colonia. ¿Y qué sucedió? Que por más que se multiplicó la gente en aquellos vastísimos Países, siglos, y más siglos se estuvieron sin que a nadie ocurriese, que la pluma podía suplir la lengua, o los caracteres las palabras. De tantos millares de millares, y aun millares de millones de hombres nadie dio en ello, sin embargo de que la necesidad era grande, y la importancia universalísima. Pregunto ahora: ¿Cuál invención es más ardua, la de explicar con las letras las palabras, o la de explicar con las palabras los conceptos? Sienta cada uno como quisiere: yo decido, que es mucho más ardua la segunda. La razón es, porque hay mucho mayor distancia del signo al significado en ella, que en la primera. Los rasgos de la pluma, y los movimientos de la lengua convienen en ser uno, y otro cosa material; pero de los conceptos del ánimo a los movimientos de la lengua hay enorme distancia, que se considera entre lo espiritual, y lo corporeo. Ni se me oponga, que también la pluma explica los pensamientos; porque esto no lo hace sino mediante las palabras. Es mera copia de copia.

24. Aún resta más. Considérese, que desde la invención, o aquella primera ocurrencia de los movimientos de la lengua pueden servir a explicar los conceptos del ánimo, hasta la formación del idioma más imperfecto, o más rudo, hay larguísimo camino que andar; no solo larguísimo, pero escabrosísimo. Así, computado todo, se hallará sumamente verosímil, que una progenie, que ni por infusión, ni por escuela hubiese adquirido idioma, se estaría [264] muchos siglos sin habla. Con que queda resuelta la primera dificultad, que se porpuso contra la noticia de los hombres salvajes de la Isla de Borneo.

25. La segunda dificultad, que es puramente teológica, nos quiere meter en un piélago, cuya orilla ignoran los hombres: quiero decir, en el abismo de la Divina Providencia, cuyos límites son incógnitos a todos los mortales. Una cosa nos consta ciertamente de las sagradas letras; y es, que Dios con sincera voluntad quiere, que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad, y se salven. Pero así como con esta voluntad antecedente, y general (como la llaman los Teólogos) es compatible, que tantos infantes perezcan en los claustros maternos, sin que con alguna humana diligenica pueda procurarse su salvación por medio del Sacramento del Bautismo; ¿por qué no será compatible con esa misma voluntad general, y antecedente, el que algunos adultos queden imposibilitados al beneficio de la enseñanza? Casi todos los Teólogos, a la reserva de un cortísimo número afirman, que aun a aquellos infantes se extiende la voluntad antecedente de la salvación. La misma doctrina, con que componen esto, es idéntica para componer lo otro. Aun cuando por la imposibilidad de lograr el beneficio de la predicación pereciese una Nación entera, deberíamos resignados venerar los Divinos decretos, conformándonos a aquella sagrada máxima: Quis tibi imputabit, si perierint Nationes, quas tu fecisti? (Sapent. cap. 12)

26. Esto es responder al argumento, aun sin salir de los límites de la común Providencia. ¿Pero quién sabe, si Dios respecto de gente incapaz de la predicación, usaría de otra providenica particular? Es sacrílega temeridad pretender apurar lo que Dios quiere, y puede hacer. Lo que no tiene duda es, que esta dificultad todos deben tragarla, y digerirla; siendo cierto, que muchos adultos, que hay entre los bárbaros, sin culpa suya carecen del Bautismo, y de la predicación. ¿Qué dicen a esto los Teólogos? Unos, por salvar en toda la extensión imaginable la sentencia de San [265] Juan: Illuminat omnem hominem venientem in hunc mundum, dicen, que si con algún pecado personal no lo desmerecen, Dios por medio de un Ángel, o infundiéndoles especies de los Misterios, los ilumina: otros, que como respecto de éstos no está promulgado el Evangelio, o es lo mismo que si no se hubiese promulgado, no pertenecen a la Ley de Gracia, sino a la Ley de la Naturaleza. Aplique cada uno lo que quisiere a los salvajes de la Isla de Borneo.

27. Pero aunque lo dicho basta para salvar, que no hay imposiblidad alguna en que los que se dicen hombres, salvajes de la Isla de Borneo, sean realmente hombres, no tengo esto por lo más verosímil; sino que son una especie de monos, o la misma, o poco diferente de la que pintan Plinio, y el Padre Le Comte. Por eso dije arriba, que mi intento era rectificar aquella noticia; y la rectificación consiste en degradar de hombres a los que se dicen tales, dejando en todo lo demás la relación en su ser.

28. El Padre Le Comte, sobre las circunstancias de andar rectos, y tener la voz semejante a la humana los monos, que vio en el Estrecho de Malaca, añade, que en el rostro son muy parecidos a los hombres salvajes del Cabo de Buena Esperanza: que su estatura es alta cuatro pies por lo menos: que son sumamente advertidos, y explican con acciones, y gestos cuanto quieren, tan bien como los hombres mudos: en fin, que se nota en ellos una acción muy frecuente en los hombres, especialmente en los niños, y que no se observa en ninguna otra bestia, que es patear cuando se enojan, o se alegran con algún exceso.

29. Como consurran todas estas señas en los que se dicen salvajes de Borneo, sin dejar de ser monos, tendrán lo que basta para que los bárbaros de aquella Isla los juzguen hombres. Aunque se acerquen más a la figura, y acciones humanas, no por eso se debe hacer juicio de que son nuestra especie; porque ¿quién sabe hasta qué límites puede extenderse en alguna especie bruta la exterior imitación del hombre? En los animales marinos, de que vamos a tratar inmediatamente, se verá que a lo menos en [266] la parte superior, y principal del cuerpo cabe mayor semejanza entre el hombre, y el bruto, que la expresada.


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§. V

30. En los Tritones, y Nereidas hay poquísimo que purgar de fábula a la verdad. Cuales nos los pintan los antiguos Poetas, tales se hallan hoy en los mares, a la reserva de la bocina, cuyo uso no han reconocido los modernos en los Tritones. Digo que se hallan en los mares, bien que son infrecuentes a la vista, unos acuátiles, de medio abajo peces, que de medio arriba observan exactamente todos los lineamientos de la humana configuración, con todas las señas, que distinguen los dos sexos; de suerte, que unos en cuanto a la figura son medio peces, y medio hombres, otros medio mujeres, y medio peces. Los modernos, tomando la denominación de la parte principal, llaman hombres marinos a aquellos, y mujeres marinas a éstas. De los antiguos Escritores en Plinio, Eliano, y Pausanias se leen algunas historias de estos hombres, y mujeres marinas. Nauclero, Belonio, Lilio Girarldo, Alejandro de Alejandro, Gesnero, y otros Autores más modernos refieren historias semejantes.

31. Los dos sucesos más cercanos a nuestros tiempos, que he leído, son: El primero, el que se ha esparcido en varias relaciones del hombre marino, descubierto el año 1671 cerca de la Gran Roca, o Isla Petrosa, llamada el Diamante, que dista una legua de la Martinica. Viéronle diferentes veces muy a la orilla dos Franceses, y cuatro Negros, que estaban sobre el borde de dicha Roca, y unánimes depusieron después juridicamente del hecho. Tenía desde la cintura arriba perfecta figura de hombre, la talla del tamaño de un muchacho de quince años, los cabellos mezclados de blancos, y negros, pendientes sobre las espaldas, como si los hubiesen peinado, la cara llena, la barba parda, y por todas partes igual, la nariz muy roma: cara, cuello, y cuerpo medianamente blancos, y el cutis al parecer delicado. La parte inferior, que se veía entre [267] dos aguas, era de pez, y terminaba en una cola ancha, y hendida.

32. El segundo, aun mucho más próximo al tiempo presente, es del hombre marino, visto en Brest el año de 1725, y de que dan amplia noticia las Memorias de Trevoux del mismo año, Tom. IV, pag. 1902. Viéronle largo tiempo treinta y dos perosnas, que había en un bajel, cuyo Capitán era Olivier Morin. Era perfectamente proporcionado, y sus miembros en todo semejantes a los nuestros, salvo que entre dedos de manos, y pies tenía una especie de aletas al modo de las anades. Sería prolijidad referir los varios movimientos, y ademanes que hizo todo el tiempo que duró la observación. Lo más notable fue, que viendo la figura, que había en la proa del bajel, que era imagen de una mujer hermosa, después de contemplarla, suspenso un rato, se abalanzó fuera del agua, en ademán de querer asirla. Hubo también dos circunstancias ridículas en este suceso. La primera de parte del monstruo, el cual, como haciendo irrisión de la gente del navío, vueltas a ella las espaldas, y levantado algo en el agua, exoneró el vientre a vista de todos. La segunda, de parte del Contramaestre del bajel, el cual tenideno enarbolado ya un arpón para tirarle, dejó de arrojarle, sorprendido de un terror pánico. Es el caso, que el año antecedente un Francés, llamado Lacommune, en el mismo bajel se había desesperadamente quitado la vida, y le habían arrojado al margen en el mismo sitio. Ocurriole, pues, al Contramaestre al tiempo que estaba para lanzar el arpón, y se le imprimió fuertemente, que el hombre marino era no más que un espectro, fantasma, o aparición del desventurado Lacommune.


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§. VI

33. Pero se ha de advertir, que entre las varias historias de mujeres, y hombres marinos, se encuentran algunas, en que el cuerpo era enteramente humano. Tal era el hombre marino, que dice Plinio fue visto en su [268] tiempo en el Oceano Gaditano, toto corpore absoluta similitudine. Y porque no se piense que esta es alguna de las patrañas, que un vano rumor llevaba a Plinio de lejas tierras, él mismo advierte, que lo oyó a algunos Caballeros Romanos, testidos oculares del caso: Auctores habeo in Equestri ordine splendentes, visum ab his, &c. Tal el que refiere Mr. de Larrei en su Historia de Inglaterra haber sido pescado en aquella Isla el año 1187, y presentado al Gobernador de Oxford, el cual le tuvo en su casa seis meses; a cuyo término, hallando ocasión de volverse al mar, lo hizo, y no pareció más.

34. Tal era también la mujer marina, que en el Diccionario Universal de Trevoux se lee haberse hallado, la bajar la marea, en la orilla de Westfrisia, después de una gran tempestad, el año de 1430. Unas mujeres de la Ciudad de Edam, que la hallaron, la llevaron, al Pueblo, la vistieron, y enseñaron a hilar. Fue después transferida a Harlem, donde vivió algunos años usando de nuestros alimentos; pero nunca perdió la inclinación a habitar en el agua.

35. Pero el hallazgo más plausible, que ha habido en esta materia, es el que en el mismo Diccionario se lee haberse logrado el año de 1560, cerca de la Isla de Manar, sobre la costa Occidental de Ceilán. Unos Pescadores en una redada sola cogieron siete hombres marinos, y nueve mujeres. Algunos Jesuitas, entre ellos el Padre Enrique Enriquez, juntamente con Dimas Bosque de Valencia, Médico del Virrey de Goa, fueron testigos del hecho. No solo la figura era enteramente humana, mas también las partes interiores eran perfectamente parecidas a las del hombre, lo que constó por el examen anatómico que hizo el Médico.

36. Otro hombre marino, que Alejandro de Alejandro cuenta haber sido cogido en su tiempo en Epiro, y cuyo hecho afirma como autenticado por actas públicas, parece que también era de configuración perfectamente humana. Este se escondía a tiempos en una cueva próxima [269] al mar, desde donde acechaba a las mujeres, que iban a tomar agua a una fuente, que estaba cerca de la cueva; y cuando observaba alguna sola, y vueltas las espaldas, con silenciosos pasos se llegaba a ella, y lascivamente oprimía.

37. Estas Historias, por el mismo caso que prueban más de lo que pide nuestro asunto, le persuaden eficacísimamente; pues si son posibles, y existentes animales marinos en todo el cuerpo semejantes al hombre, con mucho mayor razón se hacen creíbles los que solo en alguno, o en algunos miembros son semejantes.


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§. VII

38. Podrá argüirse contra las Historias referidas, que la total semejanza en la organización ifiere total semejanza en la forma específica; por consiguiente, si los animales marinos, de quienes se hizo memoria, son totalmente semejantes al hombre en la organización, se debe discurrir, que verdaderamente son hombres; lo cual, siendo imposible, por algunas razones, que facilmente se presentan al discurso, debemos concluir, que aquellas narraciones son fabulosas.

39. Prescinidiendo por ahora de si es, o no posible, que haya verdaderos hombres habitadores del mar, como los peces (de que trataremos en el Discurso siguiente); respondo por ahora al argumento, permitiendo el antecedene, y negando la consecuencia. Asiento a que la total semejanza en la organización infiere conveniencia específica en la forma substancial, pero no está averiguado, ni acaso es posible averiguarse, si aquellos animales son organizados en todo, y por todo, como el hombre. El examen que esta materia hace la vulgar Anatomía, no pasa de las partes de sensible extensión; y aunque haya de éstas toda la semejanza que pueden percibir nuestros sentidos, cabe que haya en las partes más sutiles de los órganos la desemejanza que basta, para que sean proporcionadas a ellos, otra forma substancial, y otras facultades diversas. [270]

40. Puede comprobarse esto con la reflexión de que la mayor, o menor semejanza de organización sensible entre diferentes especies, no prueba mayor, o menor semejanza en las facultades. La organización sensible del elefante es mucho más diversa de la del hombre, que la de otros muchos brutos; no obstante lo cual, en las facultades animásticas es el elefante más semejante al hombre, que aquellos. Así como, pues, la mayor semejanza en la organización sensible no arguye mayor semejanza en las facultades, tampoco la total semejanza en la organización sensible argüirá a total semejanza en las facultades, y por consiguiente, ni en la forma específica, a quien aquellas son consiguientes.


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§. VIII

41. No faltarán quienes me culpen la omisión de las Sirenas en este Discurso, juzgando, que puede representarlas en los monstruos marinos medio mujeres, y medio peces, con igual propiedad que a las Nereidas, pues medio mujeres, y medio peces se pintan también las Sirenas. Pero esta acusación procede sobre un supuesto falso, o por lo menos incierto. Es constante, que los Pintores unanimemente representan a las Sirenas mujeres de medio arriba, y peces de medio abajo; mas este es uno de los muchos errores, que cometen los Profesores de este Arte, por ignorancia de la historia, y la fábula. Los Poetas, y Escritores antiguos, por lo menos los de mejor nota, describen las Sirenas, no medio mujeres, y medio peces, sino medio mujeres, y medio aves. Plinio las coloca entre las aves fabulosas (lib. 10, cap. 49). Lo mismo Servio, el cual, comentando aquello de Virgilio en el quinto de la Eneida: Jamque adeo scopulos sirenum advecta subibat, dice: Sirenes secundum fabulam partim Virgines fuerunt, partim volucres. Ovidio Metamoph. lib. 5, hablando con ellas, les atribuye rostros de doncellas con plumas, y pies de aves:

Plumas pedesque avium cum virginis ora feratis [271]

Ni más, ni menos Claudiano en sus Epigramas:

Dulce malum pelago Siren, volucresque puellae [272]

{(a) 1. Llegó poco ha a mi mano un libro Francés modernísimo, cuyo título es: Caprices d`imagination: o Cartas sobre diferentes asuntos de Historia, Moral, Crítica, Historia Natural, &c. En una de estas Cartas (la tercera) el Autor, que es Anónimo, trata de las Sirenas, Tritones, y Nereidas; a cuyo propósito, usando por la mayor parte de las mismas noticias de hombres, y mujeres marinas, que hemos propuesto, tratando del mismo asunto, añade dos, que yo no había leído, y que añadidas aquí, creo no desagraden a los lectores.

2. La primera es, que en el Río de Tachni, que corre sobre los confines de la Provincia de Lucomoria, en las extremidades del Imperio Rusiano, se hallan muchos hombres marinos de uno, y otro sexo, perfectamente semejantes en la configuración de todo el cuerpo a los individuos de nuestra especie, como desemejantes en el alma, por carecer de discurso, y de locución. Cita el Anónimo sobre esta noticia a Pedro Petoivitz de Erlesund en su Historia de Moscovia; el cual añade, que la carne de estos animales es sumamente suave al gusto.

3. La segunda noticia sería mucho más curiosa, si fuese igualmente verosímil. Navegando el año de 1619 unos Consejeros del Rey de Dinamarca de la Noruega a Copenague, vieron caminar por el agua a un hombre marino, llevando un haz de hierba. Tuvieron modo de apresarle; pero apenas le tuvieron dentro de la nao, cuando la admiración de su figura, perfectamente semejante a la nuestra, creció mucho, viendo que también tenía el uso de la locuela. No le dieron lugar a que hablase mucho, porque habiéndoles amenazado, que si no le soltaban luego, haría arruinarse el bajel, atemorizados le dejaron saltar al agua. Cita el Anónimo a Juan Felipe Avelino que refiere este suceso en el primer Tomo de su Teatro de la Europa; pero dándole poca, o ninguna fe, porque, dice, ¿quién había enseñado al hombre marino la lengua Danesa, ni otra alguna? Así concluye, que si hay alguna verdad en el hecho, se debe reputar aparición de espectro, o ilusión diabólica. Los que por lo que han leído en algunos Relacioneros están en la persuasión de que en las tierras Septentrionales hay innumerables hechiceros, fácilmente asentirán a la narración de Avelino, discurriendo que el hombre marino, apareciendo a los Consejeros Dinamarqueses, era alguno de tantos magos como hay en el Norte. Pero ya en otra parte hemos descubierto, que no hay más Mágica en el Septentrión, que en el Mediodía; y que los que en aquellas Regiones pasan, o han pasado por hechiceros, no eran más que unos tramposos, [272] que a los navegantes extranjeros se vendían por tales, para venderles el viento, que habían menester: embuste, que acreditaban ya una, u otra casualidad, ya el conocimiento práctico, que tal vez por algunas señas naturales tenían del viento, que se había de levantar a otro día. Fuera de que, si el hombre marino, era hechicero, ¿qué necesidad tenía de pedir a los navegantes que le soltasen?

4. Yo a la verdad, sin recurrir a pacto, o hechicería, tengo el hecho por posible. Las pruebas de la posibilidad se pueden ver en el Discurso VIII del mismo Tomo (donde filosofamos sobre el peregrino suceso del Montañés Francisco de la Vega), desde el num. 53, hasta el 57 inclusive. Y aunque es verdad, que en aquel lugar discurrimos conjeturalmente, que aun en caso de ser de nuestra especie los hombres marinos perfectamente semejantes a nosotros en la configuración interna, y externa, después de alguna larga estancia en el mar, perderían el uso de la locución, ya se deja ver, que aquel discurso no excluye la posibilidad de que algunos la conserven; pues no es preciso que todos se enbrutezcan hasta el punto de olvidar enteramente las voces. Las causas, que pueden turbar la razón al hombre, no obran igualmente en todos los individuos. Pero de la posibilidad no se infiere la verosimilitud. El suceso, que refiere Avelino, carece enteramente de ésta. Todo lo extraordinario, prescindiendo de la fuerza de los testimonios, que pueden acreditarlo, es inverosímil en el mismo grado que extraordinario; y el suceso en cuestión es sumamente extraordinario, pues no se halla en las Historias otro semejante. ¿Qué fuerza tiene Avelino para hacerlo creíble?

5. Es bien notar aquí que el Autor Anónimo, a quien debemos los dos noticias, que acabamos de copiar, tratando asimismo de las Sirenas, como de los Tritones, y Nereidas, en la Carta citada, cayó en el vulgar error de que el nombre de Sirenas fue aplicado por los Antiguos a unos peces, que de medio cuerpo arriba tienen figura de mujeres. Al num. 41 del Discurso que ahora adicionamos: se pueden ver las pruebas de que eran, o por mejor decir, se fingían medio aves, y medio mujeres, los monstruos a quienes llamaban sirenas.}

Advierto, que la materia del Discurso siguiente nos abrirá campo para filosofar de otro modo sobre algunos puntos principales de éste. Así no debe recibirse como última decisión lo que hemos razonado hasta aquí.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo sexto (1734). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por Andrés Ortega, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo sexto (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 256-272.}


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