La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo séptimo
Discurso undécimo

De lo que conviene quitar en las Súmulas


Advertencia previa a los Discursos siguientes

Protesto, que cuanto dijere en los Discursos que se siguen, no quiero que tenga otra fuerza, o carácter, que el de humilde representación hecha a todos los Sabios [277] de las Religiones, y Universidades de nuestra España. No se me considere como un atrevido Ciudadano de la República Literaria, que satisfecho de las propias fuerzas, y [279] usando de ellas, quiere formar su gobierno; sino como un individuo celoso, que ante los legítimos Ministros de la Enseñanza Pública, comparece a proponer lo que le [280] parece más conveniente, con el ánimo de rendirse en todo y por todo a su autoridad, y juicio. No hay duda en que el particular, que violentamente pretende alterar la forma [281] establecida de gobierno, incurre la infamia de sedicioso. Pero asimismo, el Magistrado que cierra los oídos a cualquiera que con el respeto debido quiere representarle algunos [282] inconvenientes, que tiene la forma establecida, merece la nota de tirano. Mayormente, cuando el que hace la representación no aspira a la abrogación de leyes, sí solo [283] a la reforma de algunos abusos, que no autoriza ley alguna, y sólo tienen a su favor la tolerancia. Aun si viese yo, que mi dictamen en esta parte era singular, no me atreviera [284] a proferirle en público; antes me conformaría con el universal de los demás Maestros, y Doctores de España, así como en la práctica de la enseñanza los he seguido todo el [285] tiempo que me ejercité en las tareas de la Escuela, por evitar algunos inconvenientes, que hallaba en particularizarme. Pero en varias conversaciones, en que he tocado este [286] punto, he visto, que no pocos seguían mi opinión, o por hacerles fuerza mis razones, o por tenerlas previstas de ante mano. Así con la bien fundada esperanza de hallar muchos, [287] que leyendo este Escrito, apoyen mi dictamen, propondré en él las alteraciones, que juzgo convenientes en el ministerio de la Enseñanza Pública. Y porque la materia es dilatada, la dividiré en varios Discursos.[288]


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De lo que conviene quitar en las Súmulas

§. I

1. Consumense en el curso de Artes tres años, con poquísima utilidad de los oyentes, la cual podría ser sin comparación mayor, y aprovecharse con grandes ventajas aquella preciosa porción de la edad juvenil. Esta [289] mayor utilidad se lograría, quitando en el curso de Artes mucho que en él se enseña, y es superfluo; y añadiendo mucho que no se enseña, y sería muy provechoso. Propondremos en este Discurso lo que conviene quitar en las Súmulas.

2. En algunas Escuelas se da un curso entero al estudio de las Súmulas. ¡Qué tiempo tan perdido! En dos pliegos puede comprehenderse cuanto hay útil en las Súmulas. Dos y medio gasté yo en las que formé para mi curso de Artes, cuando las leí; y pude ahorrar algún papel, sin que por eso dejase de tener entre mis Discípulos tan buenos [290] Lógicos como los mejores que hubo en aquel tiempo en la Religión. Las siete partes de ocho, que se gastan en tantas divisiones de términos, y proposiciones, modales, exponibles, exceptivas, reduplicativas, suposiciones, apelaciones, ampliaciones, restricciones, alienaciones, diminuciones, conversiones, equipolencias, y reducciones, de nada sirven; lo primero, porque todo esto luego se olvida, de modo, que apenas entre cien Teólogos Juristas o Médicos se hallará uno que conserve todas aquellas baratijas en la memoria; lo segundo, porque aunque no se olvide, apenas tiene jamás uso en la disputa.

3. El P. Arriaga, que fue sin duda un gran Lógico, testifica, que en cuarenta años que frecuentó las disputas escolásticas, jamás le ocurrió lance, en que necesitase de reducir algún silogismo de modo imperfecto a perfecto. Yo protesto asimismo, que ni en las Aulas de mi Religión, u otras, ni en la Universidad de Salamanca, ni en esta de Oviedo, vi hacer jamás tal reducción. ¿De qué depende esto? De que cualquiera Profesor, medianamente racional, al punto que ve un silogismo bien formado, aunque sea en modo imperfecto, conoce que la consecuencia es buena, y así se guarda de conceder ambas premisas. Y cuando a primera vista no comprehenda la fuerza de la ilación, reconvenido segunda vez con el mismo silogismo, cae en la cuenta, y sin conceder ambas premisas, busca alguna escapatoria para no ser cogido en el lazo de la consecuencia. Pero si fuere tan bestia, que ni a la primera, ni a la segunda lo entienda, pronuncio que será incapaz de que nadie dispute con él.

4. Lo primero sucede, y aun con mas fuerte razón, en orden a la barahúnda de reglas de modales, exponibles, apelaciones, conversiones, equipolencias, &c. ¿Qué Profesor hecho, para mostrar, o la fuerza de su argumento, o la verdad de su respuesta, recurre a tales reglas? Solo los pobres principiantes, o porque no saben otra cosa, o porque no les ocurre otro modo de proseguir el argumento, echan mano de aquellas fruslerías; las cuales tal vez ocasionan el gravísimo inconveniente de acreditar a un mentecato, [291] y deslucir a un docto, con la ignorante multitud de los asistentes; cuando aquel por tener presentes estos argadillos, se mete con el argumento en ellos, y éste, que del todo los ha olvidado, y apenas entiende ya, ni aun los significados de las voces, se ve perplejo, y enredado, sin saber qué decir a ellos. No es cosa lastimosa, y aun infamia de la Escuela, ver entonces salir de la Aula una tropa de necios, proclamando: Gran mozo es fulano! Apretó de tal modo con el argumento a tal Maestro, que lo atorrolló.


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§. II

5. Pero acaso a los principiantes serán necesarias las reglas expresadas, aunque después se hayan de olvidar, o no tenga uso; del modo que los andamios son precisos para formar el edificio, y después se derriban, porque él se sostiene por sí mismo sin ese auxilio. Digo, que en parte convengo en ello, como aquellos preceptos se den muy sucintamente: pues en ellos se aprenden las voces facultativas propias para expresar las buenas, o malas condiciones de los argumentos. Estoy persuadido a que todo hombre de buena razón, al momento que sobre materia que tiene estudiada, se le propone un silogismo vicioso, sin atención a regla alguna, y aun sin memoria, y estudio de ella, conoce que es defectuoso: esto es, que la ilación no es buena, y aun dará alguna explicación del vicio que tiene, aunque no con voces propias, y facultativas. Pongo por caso, que se varía de apelación, que el medio no se identifica con las dos extremidades en las premisas, &c. ¿Quién al oír aquel vulgar Sofisma: Mus est vox monosyllaba, sed vox monosyllaba non manducat caseum: ergo mus non manducat caseum, no conocerá, que es un modo de argüir defectuosísimo, y se reirá del que lo propone? Pero no sabrá decir, que el vicio que tiene, es la variación de suposición.

6. Y si se mira bien, se hallará, que ningún Escolástico, sea principiante, o no toma en disputa las reglas Sumulísticas como medio para examinar si algún silogismo es vicioso, o no. La prueba es clara, porque para eso sería menester detenerse en el examen de cada silogismo una, u dos horas; pues todo este tiempo sería menester para ir repasando [292] mentalmente todas las reglas, y contemplando si en la aplicación falta, o no la observancia de cada una. Lo mas, pues, que pueden servir las reglas al Escolástico, es para dar la razón del vicio del silogismo, cuando el Arguyente se la pide. Mediante la luz natural, y precisamente por ella, luego que ve un defectuoso silogismo, conoce que lo es; sobre cuyo supuesto concede, o permite una y otra premisa, y niega la consecuencia. Instale el contrario sobre que diga quĂ© vicio tiene el silogismo, y aquí entra el ver a qué regla Sumulística contradice.

7. Pero ni aun esta utilidad se logra, sino en una mínima parte. Rarísimo es el Escolástico, que tiene presentes todas las reglas. A este rarísimo no se le da espacio para reflexionar lo que es menester, para ver a qué regla se falta en el silogismo; con que ya por falta de tiempo, ya por falta de memoria, solo a unas poquísimas reglas generales se recurre en la disputa; pongo por caso, si se varió la apelación, si se varió la suposición, si se infiere la consecuencia de dos proposiciones negativas, si se deduce de dos particulares, si hay algún término en el consiguiente, que no parezca en las premisas, &c. Luego convendría instruir solo en estas reglas generales, que son las que han de tener en uso, y no descender a tanta menudencia, cuya enseñanza consume mucho tiempo, y después no es de servicio.


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§. III

8. Confieso, que si se pudiesen dar reglas para desenredar todo género de Sofismas, sería utilísimo aprenderlas, y conservarlas prontas en la memoria, aunque fuese a costa de mucho estudio. Pero el mal es, que todas las que dan los que con mas prolijidad escriben las Súmulas, no alcanzan a manifestar, ni aun la centésima parte de las trampas de que se puede usar en la disputa. Aquellos antiguos Dialécticos, Crisipo, Euclides de Megara y Eubulides, inventaron varios Sofismas, cuyo desenredo no se ha logrado con todas las reglas Sumulísticas, prolijamente estampadas en tantos libros. Tales son [293] aquellos de la invención de Eubulides, a quienes él, con alusión a la materia de que trataban, dio los nombres de el Mentiroso, el Engañador, la Electra, el Sorites, el Velado, el Cornuto, el Calvo.

9. Pongo por ejemplo: el sofisma llamado el Calvo, probaba, que un hombre no quedaría calvo aunque le quitasen todos los pelos de la cabeza, discurriendo así: Si a un hombre, que tiene toda la cabeza cubierta de cabello, le quitan un pelo, no por eso quedará calvo, porque la carencia de un pelo solo a nadie puede constituir calvo: por esa misma razón tampoco lo será porque le quiten otro pelo. Tampoco por quitarle el tercero: y progrediendo así de pelo en pelo hasta llegar al último, siempre subsistirá la misma razón, de que por quitar un pelo solo no puede hacerse calvo el que antes de quitarle aquel pelo no lo era.

10. El Sofisma llamado el Mentiroso, probaba, que una indivisible proposición podía ser a un mismo tiempo falsa y verdadera: como si un hombre profiere esta: Yo miento. En la cual se infiere, que si dice verdad, miente, porque eso es lo que afirma en la proposición; y del mismo modo se infiere, que si miente dice verdad. De este Sofisma descienden aquellas proposiciones que los Dialécticos llaman se ipsas falsificantes; y si se mira bien, todos, o casi todos los enredos sofísticos, con que algunos Autores de Súmulas muy prolijas llenan muchas páginas, como que son producciones de caviladores modernos, lo fueron de Dialécticos antiquísimos, especialmente de los de la Secta Megárica.

11. El ingenio humano siempre fue más fértil en cavilaciones para oscurecer la verdad, que en discursos para descubrirla. Reinó en muchos Filósofos de aquellos retirados siglos una furiosa manía de ocuparse totalmente en las argucias Lógicas: y lo que sucedía era, que enredaban mucho más de lo que podían desenredar. Diodoro, discípulo de Eubulides, y gran fabricante de Sofismas, no pudo disolver algunos, que le propuso el Filósofo Stilpon, lo que le apesaró de tal modo, que rindió la vida al dolor de quedar vencido. Cuéntalo Diógenes Laercio. Aun más notable es lo que refiere Atheneo de Philetas Coo, tan [294] perdidamente entregado al enredo, y desenredo de estos mentales palillos, que no pudiendo apenas reposar de día, ni de noche, se fue consumiendo, y secando, hasta dar consigo en el sepulcro, donde para memoria de su tragedia, se fijó este epitafio:

Hospes, Philetas sum: mendax, & captsiosa ratio
Me perdidit, vespertinaeque, ac nocturnae studiorum curae.

12. Crisipo fue el que más trabajó en el Arte Lógica, de cuantos hubo en el mundo. Dice Diógenes Laercio, que compuso trescientos y once Libros de esta facultad. Parece que este sería hombre más capaz (mayormente cuando todos sientan que era muy sutil), que nunca hubo, para desatar todo género de Sofismas. Bien lejos de eso, no acertó a dar solución a muchos, que él mismo formó a favor de la Secta Académica. No deja duda en ello el testimonio de Cicerón { (a) Academ. Quaest. lib. 2}: De quo (Crisipo) queri solent Stoici, dum studiose omnia conquisierit contra sensus, & perspicuitatem, contraque omnem consuetudinem, contraque rationem, ipsum sibi respondentem inferiorem fuisse: itaque ab eo armatum esse Carneadem. Y en el libro 4 de las mismas Cuestiones Académicas: Haec Chrysippea sunt, ne ab ipso quidem soluta.

13. El mismo Cicerón dice, que Crisipo trabajó mucho, y con grande afán, en buscar solución al Sofisma llamado Sorites, y no pudo hallarla. ¿De qué le sirvió, pues, tan prolijo estudio de la Lógica? Así se ve la insuficiencia de este Arte para desenredar los argumentos capciosos, por mas que se multipliquen sus preceptos. Lo cual, siendo así, convendría estrecharlos a algunos pocos, y generalísimos, y no consumir mucho tiempo en lo que ha de tener poco, o ningún uso. [295]


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§. IV

14. Mas entre todas las baratijas sumulísticas nada juzgo tan inútil como el capítulo de las Equipolencias. Llámanse proposiciones equipolentes aquellas que siendo opuestas, vienen a hacerse equivalentes la una a la otra; esto es, significar lo mismo, añadiendo una negación, tal vez dos, a una de ellas anteponiendo, o posponiendo la negación según la diferente oposición que tienen las proposiciones. Como estas dos proposiciones contradictorias: Todo hombre es blanco, algún hombre no es blanco; se hacen equivalentes, y se reducen a una misma significación, anteponiendo una negación a una de ellas, o bien a la primera. De este modo: No todo hombre es blanco, o bien a la segunda de éste: No algún hombre es blanco.

15. Lo primero, al momento se deja ver, que el discernir si dos proposiciones tienen la misma, o distinta significación, pertenece a la Gramática, o hablando más generalmente, a la comprehensión del Idioma en que se profieren las proposiciones. ¿Qué Lógica es menester para percibir que esta proposición: No todo hombre es blanco, no es opuesta, antes equivalente a ésta: Algún hombre no es blanco? ¿Habrá algún racional inteligente de la lengua Castellana, que no perciba esto? Hay cosa más graciosa, que darnos reglas para que entendamos que esta proposición, nonnullus homo currit, es equivalente de esta, aliquis homo currit; y esta non possibile est hominem esse equum, equivalente de estotra, impossibile esse hominem esse equum? Como si hubiese algún Latino, por ínfimo que sea, que ignore, que nonnullus significa lo mismo que aliquis; y non possibile lo mismo que impossibile. Es verdad, que en otras no está tan clara la equivalencia, porque son tantos los argadillos que hay en esta materia, especialmente cuando se trata de la equivalencia de los modales, que a veces es menester parar algo la atención en las proposiciones, para discernir si son equivalentes. Pero insisto en que todo esto pertenece a la Gramática, y que no hay hombre alguno, inteligente del Idioma en que le hablan, que no [296] se haga capaz de la oposición de la equivalencia de las proposiciones, sin el subsidio de la Dialéctica.

16. Lo segundo pregunto: ¿Qué fruto se puede sacar de estas instrucciones? Solo estos tres, que voy a señalar: Fatigar con el estudio de ellas a los principiantes, introducir un lenguaje de algarabía en las Escuelas, y dar ocasión a que Arguyentes ignorantísimos, y que no saben sino estas fruslerías, reduciendo a ellas sus argumentos, enreden, y alucinen a los que comprehenden muy bien la materia que se cuestiona, pero están olvidados, o nunca pusieron estudio especial en tales bagatelas. Pongo por ejemplo. Niega el Sustentante al Arguyente una proposición de significación muy clara, y que toda la Aula entiende; y el Arguyente, que no tiene con que probarla, ¿qué hace? Tomando los términos de la misma proposición, les inserta dos, o tres negaciones, ya por el derecho, ya por el envés, y proponiendo por premisa mayor de otro silogismo, que esta segunda proposición es equivalente a la primera, prosigue así el silogismo: Sed sic est, que la segunda es verdadera: luego también la primera. Ve aquí lo primero introduciendo el lenguaje de algarabía en la equipolente, sembrada de negaciones. Lo segundo, embrollado el argumento, y el Sustentante. Cualquiera cosa que éste quiera responder, le meterá el Arguyente en el embolismo de las reglas Canónicas de Equipolencias, contenidas en aquellos versos Sumulísticos:

Non omnis, quidam non: omnis non, quasi nullus;
Nonnullus, quidam: sed nullus non, valet omnis;
Non aliquis, nullus: non quidam non, valet omnis.
Non alter, neuter: neuter non, praestat uterque.

Si las Equipolentes son de las modales, se pasa a los otros de igual harmonía.

Omne, necessum valet: impossibile, nullum;
Possibile, quiddam; quiddam non, possibile non.

Luego estos versos se adjetivan con la prosa de aquellas [297] cuatro misteriosas dicciones, purpurea, iliace, amabimus, edentuli, cuyas vocales rigen, o señalan las varias oposiciones de las modales, o sus equipolentes; como las vocales de aquel verso Populeam vigam mater regina ferebat, el orden con que se han de colocar Cristianos y Moros, para que la fatalidad del cuchillo caiga sólo sobre estos. Finalmente, uno y otro se cose con aquel versículo Possibile, contingens, impossibile, necesse. Que todo ello a los que no están en el misterio parecerán conjuntos mágicos.

17. No niego que esta disposición artificiosa de voces es un auxilio oportunísimo de la memoria, pero quisiera que solo se usara de él para lo que es útil conservar en ellas, no para lo que es mejor para olvidado. ¿Qué se sacará de un argumento reducido a estos términos? Que se llenará la Aula de polvo, de modo, que cuantos están en ella no vean gota, sino algún raro, que tenga presentes aquellos argadillos; que en la opinión de todos los circunstantes aje, atropelle, confunda y aun concluya un Arguyente ignorante a un Sustentante docto; en fin, se acabe el Acto sin tocar palabra de la cuestión. Así se debiera impedir tal modo de disputar, como pernicioso a la Escuela.

18. Si yo me hallase presidiendo en un Acto público, donde el Arguyente, después de negársele esta proposición: Los futuros están físicamente presentes a la eternidad, la probase de este modo: Esta proposición, la no presencia física de los futuros a la eternidad es carencia de un predicado, el cual necesariamente en cuarto modo conviene a los futuros, es equipolente de ésta: los futuros están físicamente presentes a la eternidad; sed sic est, que esta proposición, la no presencia física de los futuros a la eternidad es carencia de un predicado, el cual necesariamente en cuarto modo conviene a los futuros, es verdadera: luego esta proposición, los futuros están físicamente presentes a la eternidad, también es verdadera. Si me hallase, repito, presidiendo en tal Acto, le diría al Arguyente: Señor Bachiller, hable cristianamente, y déjese de algarabías. La proposición que se le ha negado al Actuante está bien clara, y no necesita de comentarse con equipolentes, que en vez [298] de explicarla la oscurecen. Si tiene con que probar la equipolente, tendrá con que probar aquella. Vamos, pues, derechamente a la prueba, sin gastar tiempo en esos circunloquios. Y si no tiene prueba, deje el argumento, y váyase a estudiar la cuestión, con el aviso de que otra vez no se venga a un Teatro tan serio con esos enredos pueriles.


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§. V

19. Las reglas de la Conversiones allá se van, poco mas, o menos, con las de las Equipolencias. Un entendimiento claro, sin fatigar la memoria, y la atención con esas reglas, luego ve si por la transposición de los extremos hay consecuencia de una proposición a otra; y el que no le tiene tal, a cada paso se equivoca, o alucina en la aplicación de las reglas. Casi se puede decir lo mismo de todos los demás preceptos sumulísticos. Lo que he visto, y observado siempre, es, que cada uno razona según la cantidad de entendimiento que Dios le ha dado. Un ingenio perspicaz, con poquísimas, y aun con ningunas Súmulas discurre oportunamente, y sin perder el hilo en las materias que ha estudiado; y el embarazado, y confuso, aunque esté estudiando Súmulas toda la vida, dará trompicones a cada paso. No por eso concluyo que las Súmulas son inútiles, sino que la utilidad que se puede sacar de ellas, se logrará con los poquísimos preceptos generales, que se reducen a dos pliegos. Con ellos, y una buena Lógica natural, se puede cualquiera andar arguyendo por todo el mundo, Y si la Lógica natural no es buena, no sirve la artificial sino para embrollar, y confundir.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo séptimo (1736). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por Andrés Ortega, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo séptimo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 288-298, la «Advertencia previa» en las páginas 277-287.}


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