La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Apología del Escepticismo Médico

Apología del Escepticismo Médico,
escrita por el Rmo. P. M. Fr. Benito Jerónimo Feijoo, Benedictino,
Catedrático de Teología en la Universidad de Oviedo, &c.


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Videte ne quis vos decipiat per Philosophiam, & inanem fallaciam.
Pauli ad Colossens. cap. 2.

1. Estos días llegó a mis manos un libro intitulado: Centinela Médico-Aristotélica contra Scépticos, su Autor Don Bernardo López de Araujo y Ascárraga; cuyo intento es impugnar el que se intitula: Medicina Scéptica, escrito por el Dr. D. Martín Martínez, uno y otro Médicos de los Reales Hospitales de la Corte; y el Dr. Martínez también Honorario de su Mag. en su Real familia, y Socio de la Academia de Sevilla.

2. Había yo leído la Medicina Escéptica y algún otro escrito del Dr. Martínez, admirando (como creo les sucede a todos los que han estudiado algo) el sutilísimo ingenio, solidísimo juicio, y admirable erudición de este Autor, prendas a que junta en grado ventajoso la elegancia, claridad, y gracia en el estilo. Viendo, pues, ahora en la Obra de su antagonista (que verdaderamente más es antípoda suyo en las dotes del espíritu, que en las opiniones de la Escuela) todo lo contrario, apenas pude contener mi admiración de que ingenios pigmeos se empeñen en combatir gigantes. [204]

3. Todo aquel libro es un tejido de dicterios, atribuyendo al Dr. Martínez los epítetos de necio, loco, ignorante, y otros igualmente decorosos en cada página (lo que a mí me servirá de disculpa, si contra mi genio, y costumbre tratare con alguna aspereza a Araujo en este escrito). Y no menos se nota a cada paso la ineptitud de los argumentos, que aun no arriban a paralogismos: continuación de supuestos falsos en la doctrina del Autor impugnado: ignorancia grande de la misma Escuela que defiende: digresiones lejos del intento: citas fuera del asunto: afectación pueril de una erudición trivial, trayendo con violencia lo más vulgarizado de las Poliantéas: el estilo bajo, aunque con inútiles esfuerzos de culto quiere tal vez levantarle del suelo: las voces impropias, el método desordenado, y la expresión embarazada y confusa.

4. Notable es el daño, que en la República Literaria ocasionan semejantes impugnaciones, sirviendo de embarazo para sus adelantamientos a los hombres doctos a quienes se oponen; los cuales en sacudirse de estos despreciables estorbos, desperdician parte del tiempo que útilmente consumieran en enriquecer el Orbe con otros escritos: así como a un ejército arreglado le retardan marchas, y atrasan operaciones las repetidas invasiones de desordenados voluntarios, aunque tan inferiores en las fuerzas: y por otra parte llenan de errores a la ignorante juventud, la cual desnuda aun de capacidad para decidir de la calidad de los libros, prefiere frecuentemente a las fuentes claras de doctrina estos inmundos charcos, con cuyo cenagoso licor se obstruyen de tal calidad las mentales vías, que no hay después aperientes eficaces para limpiarlas, haciéndose cada día el mal más irremediable por más envejecido.

5. Demás de este gravísimo daño que a todos toca, funda la Obra de Araujo un particular resentimiento a los que seguimos la Escuela Aristotélica, viendo tan mal defendida en ella la doctrina de nuestro Maestro, que quien no se instruyere por otros libros de los fundamentos que hay para seguir a Aristóteles, con preferencia a otros Filósofos, dará sin duda la sentencia a favor de éstos; sucediendo a [205] este Autor lo que al mal Abogado, que hace perder la hacienda a la parte que tenía mejor causa.

6. No discurro que moviese a Araujo para este arrojo alguna pasión de envidia a los aplausos que el Dr. Martínez logra entre los eruditos, por más que la amarguísima hiel, y destemplanza de dicterios con que escribe, lo arguya, siendo éstas las señas que dio Ovidio de aquel villano afecto: Pectora felle virent, lingua est suffusa veneno. Met. lib. 2; sino la ansia de hacerse famoso, impugnando a un hombre celebrado: medio inicuo, que para conseguir gloria mucho ha tenía inventado la malicia, y que logra felizmente no pocas veces, por lo menos en aquel poco tiempo que tardan los sabios, que son pocos, en desengañar a los ignorantes, que son muchos.

7. Pero haya sido el que se quisiere el motivo, vamos a la Obra. Lo primero que en ella noto, es, que el Autor faltó enteramente a la promesa, y al intento. Había ofrecido en el Prólogo atacar el libro del Dr. Martínez, y defender la doctrina Aristotélica. Ni uno, ni otro hace, ni aun lo emprende: pues sólo se estrecha a las nueve hojas de la Introducción de Martínez, en las cuales ninguna doctrina particular de Aristóteles se impugna: sólo se expone el asunto y el modo de tratarle: explica el Hipocrático, en qué sentido se aplica al epíteto de Escéptico, y discurre por los varios capítulos por donde puede errarse el juicio físico de las cosas, que se funda en las especies sensibles. En los varios Diálogos que componen el cuerpo de la Obra de Martínez, hay muchos y terribles argumentos contra las doctrinas Aristotélicas que se van tocando en ellos. Aquí no llegó, ni aun a darles vista siquiera Araujo, contentándose con ir puerilmente glosando la Introducción. Y así cumplió tan exactamente con la obligación en que se puso, como cumpliera un Capitán empeñado en la conquista de alguna Ciudad, si no hiciera más que registrar de lejos los muros, y dar una vuelta por el campo. Este libro, pues, podría darle alguna reputación al Autor con aquellos lectores que sólo son capaces de entender y decir que Araujo sacó a luz un libro contra la Medicina Scéptica de Martínez (y acaso no [206] pretendió otra cosa que el que sonase esto entre los ignorantes para hacer algún ruido en el mundo). Pero los inteligentes dirán que este libro ni es impugnación de la Medicina Escéptica, ni defensa de la doctrina de Aristóteles, sino un fárrago inútil sin propósito alguno; y si les preguntan, ¿qué hizo en él su Autor? responderán bien, que sacó la espada y no hizo nada.

8. En todo el discurso de la Obra reina un falso supuesto (defecto capital y transcendental de toda ella), que es la atribución del Escepticismo en su mayor rigor, y en toda la extensión posible al Dr. Martínez. Este había señalado a su Escepticismo límites bien estrechos, ciñendo sus dudas al asunto de aquellas disputas puramente físicas, que hoy tienen divididas las Escuelas. Araujo quiere hacerle cargo, y se le hace a cada paso, de una duda o suspensión de asenso generalísima hacia todos los objetos, cual la profesaron los rigurosos Escépticos o Pirronianos. Ser aquella la mente del Dr. Martínez, se ve con evidencia en toda su Obra. Que funda en esta suposición falsa la suya Araujo se palpa con la misma claridad en toda ella. ¿Pues adónde estamos? ¿Cómo hay osadía para una calumnia tan clara y tan sangrienta?

9. En este supuesto falso funda aquel ridículo argumento que importunamente repite sobre cualquiera cosa que el Dr. Martínez afirma: O el Dr. Martínez conoce que es así como lo afirma, o no. Si no lo conoce, ¿por qué lo dice? Y si lo conoce, luego no es Escéptico; porque los Escépticos dudan de todo. Y lo mejor es, que luego triunfa como si le hubiera cogido en una contradicción notoria. Y no menos infeliz que en los argumentos que propone, lo es en las autoridades que cita, las cuales siendo todas contra los rigurosos Escépticos, ninguna viene contra el Dr. Martínez. ¡Qué dolor es que con estos extravíos se ocupen las prensas!

10. En este falso supuesto funda aquella graciosa invectiva del número catorce, probando que la secta Escéptica se opone a la Religión Católica: como si esto se lo negara nadie, de la Escéptica tomada en toda la latitud posible. Pero si el Dr. Martínez no profesa esa Escéptica, todo lo que amontona [207] a ese intento, no es del caso. Y si la profesa, y en su escrito lo manifiesta, debió delatarle al Santo Tribunal, y excusar a los lectores la risa que precisamente les ha de saltar a borbotones, cuando vean la incongruidad y extravagancia con que en aquel párrafo zurce el principio del Símbolo de S. Atanasio: lo que le preguntan al que quiere bautizarse, y lo que éste responde; cuántas partes tiene la Doctrina Cristiana, &c.

11. Que el Escepticismo del Dr. Martínez no sale del recinto de la Física, consta con evidencia no sólo de la Introducción, mas de todo el cuerpo de la Obra: pues todas sus dudas terminan en materias físicas, en las cuales basta para justificar la suspensión del asenso la porfiada discordia de las Escuelas; ¿y quién negará que es éste un proceder racionalísimo? Si alguno de los partidos que batallan, tuviera a su favor algún argumento concluyente, ya se hubiera hecho dueño del campo, y cesaría la disputa. Y pues ninguno le tiene, ¿por qué no podrá quedarse neutral el entendimiento, por no arriesgarse al error en cualquier partido que abrace? Yo hallo que en esta materia los miedos son propios de los más generosos espíritus: y entendimientos prontos a abrazar con invencible adherencia conclusiones disputables, son ligeros o temerarios; si no es que digamos (y acaso con razón) que por sus escasas luces pueder ver los fundamentos propios que están cercanos, pero no los ajenos, si no es con mucha confusión, por más distantes. Y de aquí nace aquel reprehensible desprecio de las opiniones contrarias, que se ha hecho tanto lugar en las Escuelas.

12. El Divino Valles favorece el Escepticismo del Dr. Martínez en el mismo lugar que Araujo cita para impugnarle. Tan ciego va este Autor, que no advierte que se degüella con las mismas armas que saca a la batalla. Vuelva a leerle, que éstas son sus palabras: Eorum vero quae in opinione versantur, cujusmodi sunt omnia fisica problemata, constat, nullum prorsus sciri posse, quia, si quodpiam illorum sciretur, accedente scientia, tolleretur omnis opinio, sublata omnis obscuritate, & incertitudine, quae non possunt abesse ab opinione. Non solum autem non est hactenus [208] comparata scientia physicarum assertionum, sed ne comparari quidem potest, quia physicus non abstrabit a materia; materialum vero notitia, cum pertineat ad sensus, non potest ultra opinionem procedere. Scientia enim est universalium, & intelligibilium. Itaque physicus, quantumvis laboret, non potest suarum theseon scientiam comparare.

13. Vea Araujo si Martínez dice más que Valles. Y vea si la criminalísima consecuencia que hace contra Martínez, de que la Física no es ciencia, no está anticipadamente concedida con toda claridad por Valles. Y para que ni a Araujo, ni a otro alguno que quede duda de que Valles fue en las cosas físicas tan Escéptico como Martínez, lea al principio del mismo capítulo 46 de su Filosofía Sacra esta sentencia definitiva suya: Homines, quantumvis studio Philosophiae insudent, fieri non potest, ut aliquando inveniant rationes, & causas eorum, quae fiunt sub sole; sed necesse est, ut in earum investigatione, dum sunt in tenebris sensuum horum, plus, aut minus alhucinentur, & de his etiam, quae sibi videntur probabilissima, nisi se ipsos velint fallere, dubitent.

14. Aun en las materias físicas no es absoluto y general el Escepticismo del Dr. Martínez, pues concede el conocimiento claro seguro y cierto de muchas verdades, negando sólo que ese conocimiento sea científico, u demostrativo (que es lo mismo que dice Valles), y así aun dentro del ámbito de las cosas sensibles dista infinito de los Pirronianos. Lea el Dr. Araujo otra vez en la Introducción de Martínez aquellas palabras del Hipocrático, que es quien representa su persona: No es el ánimo de los prudentes Escépticos negar que hay verdades (como Pirrón, que llegó a tal estado de demencia, que no se apartaba, aunque viese venir un caballo corriendo), sino negar que haya ciencia física de ellas. ¿Adónde tenía, no digo el entendimiento, sino el sentido común Araujo, cuando leyó esto? ¿Cómo trata de Pirroniano al Dr. Martínez, cuando él se aparta tanto de Pirrón? ¿Cómo le hace cargo de un Escepticismo universal, cuando él le ciñe a tan estrechos límites? Y así efectivamente todo el libro de Araujo es una continuada impertinencia sin substancia: todos sus argumentos, y citas cuchilladas al [209] aire, o a un fantasma de Pirrón que fabricó su imaginativa.

15. Para mayor demostración de esta verdad (si cabe mayor) transcribiré otras palabras del Hipocrático, y el donoso argumento que sobre ellas forma Araujo. Dice así el Hipocrático en la misma Introducción: En lo físico nos ha concedido Dios el uso de algunas verdades: pero nos ha ocultado el íntimo conocimiento de ellas, que presume tener la arrogancia dogmática. Sabemos que el fuego quema, que la luz alumbra, que el opio adormece; pero cómo hagan esto no nos es concedido penetrarlo. Entra aquí Araujo, y como si cogiera a su contrario en una implicación manifiesta le arguye asi: Pregunto: O sabe que el fuego quema, o no: si dice que sí, ya sabe algo en lo físico; si dice que no, ¿para qué dice que lo sabe? Y prosigue: De aquí se sigue, que el Escepticismo queda destruido por sus propias razones.

16. ¡Notable equivocación de hombre! Si el Dr. Martínez le ha dicho con tanta claridad, así en las palabras que poco ha cité, como en las antecedentes, y en otros infinitos lugares, en qué sentido es Escéptico, y en qué sentido no: qué verdades se pueden alcanzar en la Física, y cuáles son impenetrables; ¿para qué mancha el papel con ese armatoste, que por sí mismo está desbaratado? Y éste es el argumento que frecuentemente repite en varias partes del libro, y con el cual (¡hasta aquí puede llegar la vanidad!) se juzga triunfante de su contrario.

17. El Escepticismo, pues, del Dr. Martínez no alcanza a negar el conocimiento cierto de varios fenómenos, o efectos sensibles, sino de sus causas físicas, y del íntimo modo de obrar, o acción de ellas (y ésta es puntualísimamente la sentencia que alegamos de Valles): v.g. sábese ciertamente que el ruibarbo purga; pero no con qué virtud; si es por la combinación de las cuatro primeras cualidades; si por otra cualidad tercera, distinta adecuadamente de aquéllas; si por la figura o movimiento de sus partículas; si obra atrayendo, o fermentando, &c. Sábese que la sangre circula, pero se ignora quién da el primer impulso a este [210] movimiento. ¿Qué virtud motriz es la suya? Si elástica, ¿cómo no se debilita en pocos años? ¿Qué fuerza contraria restituye sucesivamente al punto de su mayor vigor el elatério? ¿Cómo no se equilibran estas dos fuerzas contrarias, y se suspende del todo el movimiento, pareciendo preciso que en el mútuo encuentro haya un punto en que sea igual el impulso de los dos resortes? por cuya razón se juzga comúnmente, que es imposible hallar por medio de muelles el movimiento continuo. Sábese que el opio adormece; pero se ignora tanto cómo hace este efecto, que aun se duda si es caliente o frío, prevaleciendo ya hoy, contra el consentimiento de la antigüedad, la opinión de que es caliente.

18. Explicado el Escepticismo de este modo (pues éste es el que defiende el Dr. Martínez), es claro que todo el libro de Araujo es fuera del caso, y no toca el Escepticismo de Martínez en el pelo de la ropa. Y así puede guardar todas sus citas y argumentos, tales cuales son ellos, para cuando encuentre un Escéptico que dude universalmente de todo; y yo aseguro que jamás le encuentre.

19. Podrá acaso juzgarse reprehensible en el Dr. Martínez, que no preste a algunas doctrinas disputables aquel asenso probable que motiva el peso de razones en que estriban; mayormente cuando aquel peso es tal, que inclina sensiblemente la balanza del juicio más a una parte, que a otra, que es lo que reprehende Valles en el Físico Pirroniano, prosiguiendo así el lugar primero que citamos arriba, y cita Araujo: Non tamen debet more Pyrrhonicorum dubitari de omnibus, sed probabilioribus assentiri: magna enim stupiditas est putare omnium rationum contrariarum esse parem vim; etiamsi ubi probabilis est contradictio, neutri liceat citra dubitationem assentiri.

20. A este cargo respondo, que la Escéptica mitigada que profesa el Dr. Martínez, no estorba que dé asenso probable a muchas aserciones controvertibles. La razón es, porque el asenso probable no estorba la duda; antes necesariamente la envuelve, pues los Teólogos, con Santo Tomás, le definen: Judicium quo intellectus assentitur uni parti [211] contradictionis, cum formidine alterius. Y este miedo o recelo de que la verdad se halle en la contradictoria de la conclusión a que se asiente, formalísimamente es duda. Así lo entiende y enseña Santo Tomás 2, 2, q. 1 art. 4, donde hablando del asenso opinativo o probable, dice así: Alio modo intellectus asentit alicui, non quia sufficienter moveatur ab objecto proprio, sed per quamdam electionem voluntarie declinans in unam partem magis quam in aliam: & si hoc quidem sit cum dubitatione, & formidine alterius partis, erit opinio. Con que el Escepticismo, o duda de cual de las contradictorias es verdadera, no sólo no quita, antes acompaña necesariamente el asenso probable u opinativo a una de ellas. Y así los Teólogos probabilistas, para que la opinión probable pueda regular la operación honesta quieren que in praxi se deponga la duda especulativa circa honestatem operationis, que consideran inseparable del asenso especulativo puramente probable, circa licitum operationis secundum se. Y el mismo Valles en las palabras citadas asienta esta verdad, pues dice que cuando hay probabilidad por ambas sentencias opuestas, no puede darse a alguna de ellas tal asenso que excluya la duda. Neutri licet citra dubitationem assentiri. Y aun más claro en las alegadas más arriba: Necesse est... ut de his etiam quae sibi videntur probabilissima, nisi se ipsos velint fallere, dubitent. Luego el asenso probable no quita el Escepticismo: ni el ser Escéptico, o dubitante estorba dar asenso probable a varias conclusiones: como efectivamente lo hace el Dr. Martínez, quien jamás se muestra reñido con él, sino con aquel asenso firme tenaz decisivo de algunos, y no pocos dogmáticos que desprecian como delirios las opiniones opuestas.

21. Dígame el Sr. Araujo: Cuando un Autor está tan resolutoriamente fijo en la sentencia que defiende, que llama a la contradictoria desatino o necedad, y a los que la propugnan ignorantes necios insensatos, ¿se puede decir, que da su sentencia asenso sólo probable, u opinativo? Es claro que no: pues éste no tiene recelo alguno de que la contradictoria sea verdadera: condición esencial del asenso [212] probable, como hemos visto de Santo Tomás. Pues que hay muchos dogmáticos de este humor, es indubitable: raro sectario de la nueva Filosofía se ve, que no trate de deslumbrados bárbaros y ciegos a los Aristotélicos. Y del mismo modo apenas hay Aristotélico, que no honre a los nuevos Filósofos con los epítetos de necios insensatos estúpidos, &c; siendo entre estos el más encaprichado el mismo Dr. Araujo, hombre tan fuera de lo razonable y tan dentro de Aristóteles, que llegó a soñar canonizada la doctrina de este Filósofo por el Breve de N. SS. P. Benedicto XIII, dirigido a los Religiosos de su Orden, que empieza Demissas preces; siendo así, que no se hace mención en dicho Breve de Aristóteles ni de su doctrina. Pero de esto ya hablaremos adelante, por ver si podemos despertar al Sr. Araujo de tan extravagante sueño.

22. Contra esta especie de dogmáticos procede el Dr. Martínez, y con harta razón; quedándose él en el medio de un Escepticismo racional, pues ni de todo duda, ni a todo asiente. Cree aquellos fenómenos que la observación y experiencia persuaden: duda de sus íntimas causas, y tal vez las juzga impenetrables, por lo menos con aquel conocimiento que puede engendrar verdadera demostración a priori. Aun en las materias controvertidas presta no pocas veces asenso probable, inclinándose más a una parte que a otra (y así no tiene que reñirle Valles) como en lo del jugo nutricio, la existencia de los espíritus animales, existencia, y movimiento de la materia sutil, y en otras muchas cosas.

23. Lo que en esta materia es más insufrible es la temeraria pretensión de que el Escepticismo moderado se oponga, ni aun por remotísimas consecuencias, a alguno de los dogmas revelados. Supongo que nadie es tan alucinado que lo sienta así. Es artificio vulgar de Filosofastros desnudos de razones acudir luego a que la sentencia que impugnan, es contraria a los sagrados dogmas. Cualquier alusión o equivocación de voces con que coloreen este asunto, les basta para engañar a los ignorantes, y poner miedo a los doctos. [213] ¿Escepticismo dijiste? Vaya al fuego: que ésta es la sentencia de Pirrón.

24. Esto me suena al chiste del Gran Tacaño, siendo niño, que aquel vecino que se llamaba Poncio Aguirre, sólo por tener el nombre de Poncio, le llamaba Poncio Pilato. Espíritus superficiales y pueriles, que se dejan llevar del sonido de las voces, sin atender a la substancia de los significados, siempre se quedarán en el primer umbral de las Ciencias. Sr. Araujo, ¿qué importará que haya sido Escéptico Pirrón, o que lo sea el Sr. Martínez? Examine V.md. cuál Escepticismo fue el de aquél, y cuál el de éste. No confunda a Poncio Pilato con Poncio Aguirre.

25. Ocasionan grave daño, no sólo a la Filosofía, mas aun a la Iglesia, estos hombres que temerariamente procuran interesar la doctrina revelada en sus particulares sentencias filosóficas. De esto se asen los herejes para calumniarnos de que hacemos artículos de Fe de las opiniones de la Filosofía; y con este arte persuaden a los suyos ardua y odiosa nuestra creencia. En esto se fundan algunos extranjeros, cuando dicen, que en España patrocinamos con la Religión el idiotismo. Poco ha que escribió uno que son menos libres las opiniones de España, que los cuerpos en Turquía. Para que se guarde el respeto debido a lo sagrado, es menester no confundirlo con lo profano. Si alguno erigiese las habitaciones todas en Templos, sería autor de que a los Templos se perdiese la reverencia y el decoro. Jueces tiene la Iglesia para calificar cuáles doctrinas son útiles, cuáles perniciosas, y cuáles indiferentes. Déjese a ellos la decisión, y no sean perturbados los que sinceramente buscan la verdad, con otros espantajos que les opone la parcialidad y la facción; o tal vez la ira de los que dieron su nombre a alguna particular Escuela, o la envidia de los que no pueden adelantar tanto.

26. Otro capítulo de acusación en que se enfurece igualmente Araujo contra el Dr. Martínez, es el condenar éste por inútiles para la práctica de la Medicina las cuestiones teóricas que se agitan en las Escuelas. Y yo creo que [214] ningún cordáto dejará de asentir al dictamen del Dr. Martínez. Estamos viendo a cada paso que los Autores Médicos que llevan muy opuestas sentencias en estas cuestiones especulativas, convienen en la práctica de la curación: luego no se dirigen por sus opiniones teóricas para las operaciones prácticas; de donde evidentemente se sigue la inutilidad de aquéllas para éstas.

27. ¡Cuánta oposición hay entre los Médicos antiguos y modernos sobre señalar las causas de las enfermedades, y modo de obrar de los medicamentos! Con todo, dice Etmulero que en la práctica concuerdan: In rebus facti (éstas son sus palabras) hoc est experimentis, observationibus, historiis, &c. nulla lis est, aut differentia inter veteres, & recentiores: v. gr. Quoad usum Jalappae, Mercurii in lue venerea; differentia saltem est quoad rationem, seu causarum scrutinium.

28. Aun la oposición de sistemas, que es la mayor que en lo teórico puede haber, no induce variedad en la práctica: pues Médicos que siguen diferentes sistemas, curan de un mismo modo; y será un bárbaro el Médico que abandonando la observación y experiencia, que son las verdaderas guías en la Medicina, artem experientia fecit, exemplo monstrante viam, se dirija por el sistema que concibió verdadero para la curación; por cuya razón Médicos celebérrimos declaman fuertemente contra el uso de los sistemas en la Medicina, condenándolos no sólo como inútiles, más aun como perniciosos. El famoso Ballivio es tan frecuente en esta invectiva en varias partes de sus Obras, que en el Prólogo se disculpa con el lector de su prolijidad sobre este asunto: Librum istum lecturos hoc unum rogo, ut me in ingerenda, ac saepius inculcanda experientiae, & naturae sectandae necessitate, nec non hypotheson, ac systematum vanitate explodenda molestum forte, ac fere putidum excusatum habere velint. Y poco más abajo atribuye el poco, o ningún adelantamiento que hizo la Medicina en los próximos siglos, en que hicieron tan grandes progresos las demás artes, a la demasiada aplicación de los Profesores a sistemas [215] y cuestiones especulativas. Quod cur ita sit id unum in causa esse arbitror, quod observatiorum ratione contempta sistematis in hypothesibus prorsus indulserint; non tam de cognoscendis, curandisque morbis, quam quo pacto eorum probabilem rationem reddent solliciti: ex quo fit, ut in maximam humani generis perniciem, & medicinae dedecus, non jam tutissima artis praescripta, sed proprii ingenii commenta consulant. Lo mismo lamenta el famoso práctico Sidenham: Enim vero dici vix potest, quot erroribus ansam praebuerint hipotheses istae physiologicae, dum scriptores, quorum animos falso colore illae imbuerint, istiusmodi phaenomena moribus affingant, qualia nisi in ipsorum cerebro locum numquam habuerunt. El juiciosísimo Mr. Lefranzois, Médico del difunto Duque de Orleans, así en su libro de Reflexiones Críticas sobre la Medicina, como en el que intituló Proyecto de la Reforma de la Medicina, pondera largamente el gravísimo daño que a este arte ocasiona la aplicación a formar y seguir sistemas: llora amargamente el tiempo que se desperdicia en disputar cuestiones especulativas: quiere que sigan otro orden las Universidades en la instrucción de la juventud que se aplica a esta Facultad, que el que hasta aquí han seguido: que no los examinen defendiendo teses, sino de otra forma. En fin, si Araujo viere este y los demás Autores citados, hallará en ellos puntualmente cuanto sobre este capítulo le desagrada en el Dr. Martínez; y conocerá que no es él sólo quien lo dice, sino que sigue a muchos y grandes Patronos.

29. Lo que dice en su Introducción el Dr. Martínez de la inconducencia de la Dialéctica y Física que se enseña en las Escuelas, para la Medicina, le revuelve a Araujo su adusta cólera; de modo, que en muchísimas hojas no hace sino arrojar vómitos atrabiliarios, y aun le falta poco para echar los hígados. Terriblemente se enciende al ver quejarse a su contrario del mucho tiempo que sin fruto se consume en la Dialéctica, y me le pone por este delito ras con ras de Lutero, y otros Heresiarcas. Téngase un poco más allá, Sr. Dr. y lea antes al celebrado Ballivio Prax. Medic. lib. 2, [216] cap. 5, §. 3, donde señala a la Dialéctica por igualmente inconducente para la Medicina, que la Matemática, Retórica, Astronomía, &c. Y llega a afirmar que es tan inútil para el Médico, como el Arte de pintar para el Músico: Tanti interest Medici ad intimiorem morborum historiam assequendam, quanti interest Musici ars pictoria.

30. Cierto que no dijo tanto el Dr. Martínez, y supongo que no dirá Araujo, que Ballivio fue un ignorante necio insensato loco como dice de Martínez a cada paso; pues todos los Médicos de estos tiempos le veneran como oráculo de la Medicina. Y la gran estimación que hace el orbe literario de su libro de Praxi Medica, se evidencia de que en el espacio de treinta años van ya hechas diez ediciones de él; pues aunque la última, hecha en Amberes este año de 1725, se llama nona en la frente de la Obra, fue por no tener presente el Impresor la que se había hecho en Venecia en el año de 15, la cual era la nona verdaderamente, habiéndose seguido a la octava hecha poco antes en París. También supongo que habiendo impreso esta Obra la primera vez en Roma, y dedicadola al Sumo Pontífice Inocencio XII, a nadie olerá a chamusquina; pues tienen en Roma bien delicado el olfato para percibir todo tufo de herejía.

31. Repito que no dijo tanto el Dr. Martínez, pues no condena absolutamente la Dialéctica, sino el mucho tiempo que se consume en su estudio, doliéndose de que las Súmulas solas gasten en muchas Escuelas un año entero. ¿Y quién negará que este es exceso? En otras Escuelas se enseñan las Súmulas en uno o dos meses, y no han menester más sus estudiantes para hacerse, como se hacen después muchos, eminentes en otras ciencias. Lo mismo se puede decir, y lo dijeron muchos hombres grandes, del mucho tiempo que se gasta en cuestiones inútiles de la Lógica, Física, y Metafísica. ¿Cuándo llegará el caso de que a un Médico le sirva algo para la curación, haberse quebrado la cabeza sobre si el ente de razón es objeto de la Lógica, cuál es el definido en la definición del género, cómo prescinde el ente, [217] si la Materia existe por propia existencia? &c. Pues aun para los Teólogos reprueba por inútiles semejantes cuestiones el insigne Cano: Quis enim (dice) ferre possit disputationes illas de universalibus, de nominum analogia, de primo cognito, de principio individuationis, sic enim inscribunt, de distinctione quantitatis a re quanta, de maximo, & minimo, de infinito, de intensione, & remissione, de proportionibus, & gradibus, deque aliis hujusmodi sexcentis? Y poco más abajo: Quid vero illas nunc quaestiones referamus? Num Deus materiam possit facere sine forma? Num plures Angelos ejusdem speciei condere? Num continuum in omnes suas partes dividere? Num relationem a subjecto separare? Aliasque multo vaniores, quas scribere hic nec licet, nec decet: Ne qui in hunc locum sorte inciderint, ex quorundam ingenio omnes scholae Auctores aestiment.

32. Vuelvo a decir: Si el gastar el tiempo en estas cuestiones, es perderle aun para el Teólogo, en sentir de uno que lo fue grande, ¿qué será para el Médico? La respuesta común es, que semejantes disputas sirven para afilar el ingenio. ¿Y es posible, dirá el Dr. Martínez, que el ingenio no puede afilarse sino en materias inútiles? El ingenio se afila ejercitándose; ¿y no puede ejercitarse razonando sobre asuntos útiles, y cuyo conocimiento conduzca para la Medicina, o para otras ciencias? Será bueno que por ejercitar el ingenio, disputemos en las Escuelas aquellas graciosas cuestiones que con falsedad atribuyó el otro Satírico a una gran familia: An si mus in mare mingat timendum naufragium? An puncta Mathematica sint receptacula spirituum? An canum latratus lunam reddat maculosam? An in spatiis imaginariis possit institui navigatio? An tympana corio Asini intecta delectent Intelligentias?

33. El discurso, pues, se aguza con el ejercicio de razonar y discurrir, y mucho mejor en cosas útiles y provechosas, que en las inútiles y vanas; pues demás de habituarse el entendimiento a gustar de asuntos dignos, se adquieren de camino noticias conducentes. Y de verdad algunos ingenios se aguzan tanto en las cuestiones inútiles, que [218] a manera del cuchillo que se afila prolijamente, pierden el acero, y se quedan con el hierro, o se les dobla el filo, de modo que ya no corta. Es la Dialéctica una espada versatil a todas partes, por su naturaleza tan apta para cortar los errores, como para herir las verdades; y se experimenta que los que se envician en esta esgrima, con indiscreto manejo hacia todas partes revuelven, y no hay verdad tan segura a quien no toque su cuchillada cuando prescindiendo importunamente formalidades, despedazan miserablemente los objetos.

34. Por esta razón, así como el sobrio y recto uso de la Dialéctica aprovecha mucho a los Teólogos para impugnar los errores; el exceso y abuso sirvió a muchos herejes para defenderlos. Véase lo que dice S. Ambrosio de los Arrianos, lib. 1 de Fide: Omnem venenorum suorum Ariani in Dialectica disputatione constituunt; sed non in Dialectica placuit Deo salvum facere populum suum. Y en el comento al Psalmo 118: Sic enim Arianus in perfidiem ruisse cognoscimus; dum Christi generationem putant usu hujus saeculi colligendam; reliquerunt Apostolum, sequuntur Aristotelem. De modo, que no todos los herejes están reñidos con la Dialéctica de Aristóteles, como piensa Araujo. Y si la ojeriza de algunos Sectarios contra Aristóteles fuera argumento a favor de este Filósofo, sería también prueba a favor de Descartes haberse declarado contra su sistema, como se declararon las Universidades heréticas de Leydem, Groninga, y Duisberg.

35. No por esto se puede ni debe negar, que la Dialéctica y Filosofía que se enseñan en las Escuelas, como sirvientes de la Teología Escolástica, conducen mucho para defender las verdades reveladas; y así lo confiesa a boca llena el Dr. Martínez. Pero es ineptísima impertinencia inferir de aquí que sean necesarias para la Medicina, como pretende Araujo, a quien señalaré ahora dos disparidades notables, para que de aquí adelante, mejor instruido, no tome las cosas a bulto. La primera es, que en la doctrina Católica no necesitamos de buscar las verdades, sino de defenderlas. [219] Infaliblemente asegurados de que es cierto el camino que seguimos, sólo hemos menester luz para descubrir las falacias con que los herejes pretenden apartarnos de la senda. Y a este fin es importantísima la Dialéctica. En la Medicina no es así; porque en esta Facultad no es necesario desenredar sofismas, sino descubrir verdades: examinar los pasos de la naturaleza en las enfermedades, la diferencia de ellas, y de sus síntomas, y buscar remedios oportunos. Y como nada de esto se puede conseguir con la Dialéctica, ni con todo lo que se enseña en los ocho libros de los Físicos, sino con las observaciones experimentales, ya propias, ya ajenas; de aquí es, que toda la Dialéctica y Física de Aristóteles es inútil para la Medicina.

36. La segunda disparidad consiste, en que siendo Dios, que es objeto de la Teología, simplicísimo, que en una indivisible entidad contiene todas las perfecciones posibles, no puede adquirir aquel conocimiento de Dios que produce la Teología Escolástica, distinguiendo esencia, atributos, predicados formales, y eminenciales, &c., quien no estuviere bien instruido en todas las abstracciones lógicas y metafísicas. Asimismo sin entender bien las nociones de naturaleza, supuesto, existencia, relación, y otras muchas que se enseñan en los Cursos de Artes, no se podrá dar un paso en los Tratados de los Sacrosantos Misterios de Trinidad, y Encarnación. Ni sin saber qué es substancia, accidente, hábito, virtud operativa, &c, se podrá alcanzar en algún modo la esencia, información, y causalidad eficiente de los entes sobrenaturales. Generalmente apenas hay materia Teológica que no sea una Noruega para quien no lleva delante las luces de la Dialéctica, Física, Metafísica, y Animástica que se enseñan en las Escuelas.

37. Lo contrario sucede en la Medicina, para quien todas aquellas noticias son impertinentes. Nada de cuanto contienen los Cursos de Artes conduce para conocer los señales diagnósticos, ni prognósticos de las enfermedades, ni para la curación de ellas, o para la invención de los remedios. Y así, ni una palabra de la Física, o Metafísica de Aristóteles [220] se halla en los Tratados de Medicina práctica. Aunque desde el tiempo de Aristóteles hasta hoy se hubiera estado filosofando sobre la quina, sobre la raíz de la hipecacuana, y sobre la gran valeriana silvestre, no se hubiera descubierto que la primera era específico contra las fiebres intermitentes; la segunda contra disentereas, y diarreas; y la tercera contra los insultos epilécticos. Lo mismo se puede decir de todos los demás remedios, así específicos, como generales. La experiencia los ha descubierto, como también las repetidas y atentas observaciones manifestaron la diferencia de enfermedades, sus síntomas, sus metastáses, los plazos de las crises, y todo lo demás que se sabe en la Medicina: no habiendo hecho otra cosa la Física (y no la que se enseña en los ocho libros de Aristóteles, pues ésta, contenta con nociones universalísimas, ni aun a eso alcanza) que discurrir con mucha variedad, y poca fortuna sobre las causas, después que la experiencia le mostró los efectos. De todo lo cual se infiere cuán inútil es cuanto se enseña en los Cursos de Artes para la práctica de curar; y cuán ridícula ilación es deducir de la necesidad de la Dialéctica y Física para la Teología Escolástica, su utilidad para la Medicina.

38. Y para acabar de desengañar a Araujo, y a otro cualquiera que sintiere con él, pondré aquí una autoridad del grande Hipócrates, en que no sólo condena por inútil para el arte Médico la Física general y abstracta (cual es la que se enseña en los ocho libros de Aristóteles), mas aun aquella particular del hombre, que llaman los Médicos Fisiología. Así dice lib. de Veteri Medicina, part. 36, fol. mihi 6. Porro Medici quidam itemque sophistae dicunt quod impossibile est medicinam cognoscere eum, qui non novit quid sit homo, & quomodo primum factus, & compactus sit. Ego vero quae alicui sophistae, aut Medico de natura dicta sunt, aut scripta, minus censeo medicinae arti convenire, quam pictoriae. Róan ese hueso los señores Médicos sofistas que tanto aprecio hacen de su Física.

39. Ni por esto se excluye el razonamiento, y el discurso [221] de la Medicina. ¿Cuántas veces en las consultas se litiga racionalísimamente sin tocar cuestión alguna de Física, ni usar de sus principios abstractos? ¿No pueden lucir muy bien un discurso agudo, y un entendimiento claro en la recta aplicación de las observaciones hechas, en la oportuna combinación de los indicantes, y en otras advertencias prácticas de donde se debe deducir lo que conviene ejecutar en las circunstancias ocurrentes? Así lo ejecutan los Médicos sabios, y dan a conocer su saber y su discurso en las consultas, sin acordarse de los ocho libros de Phisica auscultatione. Y yo quisiera ver cómo le va a un Dogmático, si tropieza con un Escéptico en alguna consulta, con todo el aprecio que hacen aquellos, y desprecio que hacen estos de la Física y Dialéctica. Mas ya lo adivino, viendo en estos dos escritos el valiente modo de argüir de Martínez, y la flaqueza en argüir y responder de Araujo. ¡Raro empeño de hombre! Tratar a su contrario de ignorante en la Física y Dialéctica, sólo porque desprecia como inútiles las cuestiones teóricas, cuando está viendo en todo su libro la energía agudeza solidez y erudición con que se maneja en ellas.

40. Pero aunque no podrá dejar establecida su idea en el mundo, a lo menos en el mundo de los sabios; mucho me temo que tengamos después otro cuento insípido como el de los dos pobres Practicones en la concurrencia con los dos Médicos Aristotélicos, en que, después de razonar éstos solidísimamente sobre las causas, señales, pronósticos, y curación de la enfermedad, uno de los prácticos dijo: Eu en tal casu non facere nada; y no habló más palabra. El otro respondió: Eu cum farina, è aqua plantage, è brodelo; y aquí paró.

41. Sr. Araujo (hago de caso que le tengo presente), ¿no me dirá de qué nación eran estos dos hombres? Porque yo, en lo poco que hablaron, advierto una confusión de lenguas no menor que la de la torre de Babel. Vamos al primero. Eu en tal casu non facere nada. La voz eu es Gallega, que significa yo: en tal es Castellano: casu es Latino; y asimismo [222] non facere nada, es Castellano. Con que este hombre en media línea corta habló Latín, Gallego, y Castellano. Vamos al segundo. Eu cum farina, è aqua plantage, è brodelo. Eu es Gallego, cum farina Latino: è es conjunción Gallega: aqua es Latino; y con c antes de la q Italiano: plantage ni es Castellano, ni Gallego, ni Latino, ni Francés, ni Italiano, aunque se avecina a la voz Latina plantago, y supongo que eso quiso decir: brodelo será voz Moscovita, o Polaca; Gallega, Castellana, ni Latina no lo es: en Francés la que más se acerca es broder, que significa bordar, y brodè bordado; pero supongo que no quiso decir esto: en Italiano brodo significa caldo; broda lo mismo, y también agua cenagosa: brodetto significa huevos batidos. Mucho comento se necesita para lo poco que dijo este Practicón: pues en una línea amontonó Latín, Gallego, Italiano, y otra lengua incógnita. Vuelvo a preguntar: ¿De qué nación eran esos hombres? Sin duda que serían de todas las Naciones, o tendrían por patria a la torre de Babel; o lo que es más cierto serían nullis rationis, como nullius Dioecesis, porque no hubo tales hombres. Supongo que no se halló en la consulta Araujo: y sin escrúpulo podremos discurrir que creyó con facilidad lo que otro le refirió sin alguna verisimilitud.

42. Y cuando creamos que en la Corte ejercieron la Medicina dos profesores tan bárbaros, ¿se inferiría de ahí, que todo los que desestiman la Dialéctica y Física de Aristóteles sean otros tales? ¿Y no hay medio entre los puros Empíricos, cuales eran esos dos Practicones, según las señas, y los Racionales propasados que todo lo fían a sus silogismos? Pues en verdad, que en este medio está la virtud curativa. Y así lo conoció el superior talento de Bacon de Verulamio, aunque doliéndose de que en su tiempo aún no se había dado con este medio. Compara este grande hombre los Empíricos a las hormigas, los puros Racionales a las arañas: y dice, que los Médicos buenos no deben ser hormigas, ni arañas, sino abejas. Los Empíricos son hormigas, porque usan a bulto de los materiales (Médicos), [223] que juntan sin poner nada de su casa; esto es, de su discurso. Los puros Racionales son arañas, porque fiándolo todo al discurso de sí propios, esto es, de las entrañas de su mente, fabrican aquellas sutiles telas de vanos raciocinios, que ni tienen solidez ni utilidad; ni unos, ni otros son buenos. ¿Pues cuáles lo serán? Aquellos que como las abejas, usando de los materiales que la naturaleza ofrece a la observación, con atenta consideración, en los senos mentales los disponen, preparan y digieren para sacar de ellos, según las ocurrencias, el néctar saludable para cada enfermo: Empyrici formicae more congerunt tantum, & utuntur: Rationales aranearum more telas ex se conficiunt: apis vero ratio media est, quae materiam ex floribus horti, & agri elicit; sed tamen eam propria facultate vertit, & digerit. Si Araujo se complace en ser araña, allá se las haya; y deje a Martínez ser abeja.

43. Pero ya es tiempo de que lleguemos a aquella tremenda zurra que le da a este pobre, pretendiendo probarle que defiende doctrina condenada por la Santa Sede, y opuesta a la Religión Católica. ¿Cómo pretendiendo probar? Dice que lo ha de demostrar con evidencia num. 382. ¿No menos que con evidencia? Salga ese toro: allá va. El Dr. Martínez condena como inútiles para la Medicina, la Dialéctica y Física de Aristóteles. Bien: ¿y qué tenemos con eso? ¿Cómo qué tenemos con eso? ¡Ahí es nada el sapazo que se traga! Hay un Breve de N.SS. P. Benedicto XIII, dirigido a todos los Religiosos del esclarecido Orden de Predicadores, en que S.S. dice que las Obras de Santo Tomás son más claras que la luz del Sol, y que no hay en ellas error alguno. Sed sic est, que la Dialéctica, y Física de Santo Tomás es la Dialéctica y Física de Aristóteles: luego diciendo S.S. que no hay error alguno en las Obras de Santo Tomás, define que no hay error alguno en la Dialéctica y Física de Aristóteles. Luego quien impugna la Dialéctica y Física de Aristóteles, impugna una doctrina canonizada por la Santa Sede. Más: Dice S.S. en el referido Breve, que con la doctrina de Santo Tomás se defiende la verdad de nuestra [224] Santa Religión, y se confunde la herejía. El Dr. Martínez dice, que la Dialéctica y Física de Aristóteles no son de provecho para la Medicina: de que se infiere que tampoco son de provecho la Dialéctica y Física de Santo Tomás, pues son la misma Dialéctica y Física de Aristóteles. Luego se opone el Dr. Martínez al Breve de S.S. Este es en suma el discurso de Araujo, y su ofrecida evidencia.

44. ¡Oh insigne descubridor de los pestíferos dogmas! ¡Oh vigilantísima centinela de la Iglesia de Dios! Viva Aristóteles; que de esta hecha se incorporan su Física y Dialéctica con los Concilios Generales. ¡Oh, en qué abismos se precipita quien ciego de una pasión se mete a escribir de lo que no entiende! Veamos ya si podemos senderear a este hombre descaminado. ¿Piensa el Sr. Araujo que por este Breve queda canonizado cuanto escribió Santo Tomás, y condenado cuanto se opone a cualquier Doctrina suya? Si no queda canonizado todo, pueden exceptuarse su Física y Dialéctica de esa canonización; y con razón especial deben exceptuarse, pues no tratan de cosas pertenecientes a la Fe. Si todo queda canonizado, queda por consiguiente condenada cualquiera Escuela que impugne alguna doctrina del Santo. La Escuela Jesuítica impugna algunas sentencias del Angélico Doctor, aunque pocas: la Escotística muchísimas, con que cayó el rayo de la condenación Apostólica sobre estas dos Ilustrísimas Escuelas. Vea el Sr. Araujo en qué charco se ha metido.

45. Alguno pudiera decir, para sacarle de él, que nuestro Santísimo Padre en el Breve alegado, no sólo no define lo que él sueña; pero ni aun define cosa alguna, porque no habla ex Cathedra. Lo cual podía probar, porque las señas de enseñar el Papa ex Cathedra, son hablar con toda la Iglesia, como Pastor universal suyo, proponer lo que enseña como cosa que firmemente se ha de creer. Y sobre esto añaden los Teólogos dos condiciones: La primera, que la materia sea de rebus fidei, aut morum (que la que no lo es, no es capaz de definición). La segunda, que haya previa y madura consulta, o en Concilio, o con los Cardenales, o con [225] gravísimos Teólogos. Otros añaden otras circunstancias; pero las expresadas son de todos los Autores que tratan de esto. Y Araujo puede ver a su amado Palanco, tract. de Fide, disp. 3, quaest. 12. Ahora pregunto: ¿Habla el Papa en el citado Breve con toda la Iglesia? No por cierto; sí sólo con los Religiosos de Santo Domingo. ¿Usa de palabras definitivas propias de Juez, que da sentencia? Ninguna hay tal, sino suasorias consolatorias y encomiásticas. ¿Precedió aquella solemne consulta? Nadie lo dijo hasta ahora. Luego parece que no habló ex Cathedra, y por consiguiente, que nada hay definido en dicho Breve; porque el Papa sólo define cuando habla ex Cathedra.

46. Pero prescindiendo de esto, y dejándolo indeciso, demos que el Breve de nuestro Beatísimo Padre fuese definitivo, y que hablase en él su Santidad ex Cathedra. ¿Piensa el forastero de la Teología, y mal vecino de la Medicina Araujo, que por eso quedaba definido cuanto contiene dicho Breve? Piensa mal; porque no todo lo que en las decisiones de los Pontífices (y lo mismo digo de los Concilios Generales) se propone, se entiende definido; sino sólo aquello que de intento va a definirse. Todo lo demás que se añade, o por mayor explicación, o comprobación, o por respuesta, o por incidencia, no logra infalibilidad alguna, ni se constituye de Fe por dichas decisiones. Así el Cardenal Esfrondati, in Regali Sacerdotio, lib. 3, §. 9, num. 15: Quae autem in Conciliis, vel Pontificum Decretis adducuntur explicandi tantum causa, vel ab objecta respondendo, vel rationes aliquas afferendo, vel incidenter solum; & praeter causam principalem asserendo; haec ad Fidem non pertinent, sed tantum ad majorem minoremve Pontificum doctrinam. Lo mismo afirma Cano lib. 5 de Locis, cap. 5. Y así, aunque en el Concilio cuarto Lateranense, cap. Firmiter, de Summa Trinit. se había afirmado que los Angeles son omnino incorpóreos; Santo Tomás quaest. 16 de Malo, art. 1, dice que esta aserción no es de Fe, porque esta doctrina era fuera del intento esencial del Concilio.

47. Siendo, pues, el único intento de nuestro Santísimo [226] Padre en su Breve declarar que la Doctrina Tomística de Gratia ab intrinseco efficaci no estaba condenada en la Constitución Unigenitus de Clemente XI (como pretendían los Quesnelistas, y sobre que cayó la queja del General de Santo Domingo a su Santidad) si algo hay definido en dicho Breve, de modo que en virtud de él se pueda tener por de Fe, será únicamente este punto. Lo demás que contiene el Breve, es incidente respecto del asunto intentado, y como se ha dicho, suasorio consolatorio y encomiástico, en que el SS. P. explica el tierno afecto que profesa a su Sagrada Religión, y la especialísima estimación que hace de la Doctrina de Santo Tomás. Y así, aunque en el mismo Breve anima a los Padres Dominicanos a que desprecien las calumnias intentadas por los Quesnelistas contra sus sentencias de la Gracia ab intrinseco eficaz, y de la Predestinación ante praevisa merita, y dice que laudablemente hasta ahora las enseñó su Escuela; no por eso dejaron de quedar las sentencias opuestas a éstas con la probabilidad que tenían antes.

48. Mas démosle ya en fin al Sr. Araujo, que N. SS. P. en el referido Breve hablase ex Cathedra; y también que cuanto en él se contiene se haya de tener por doctrina de Fe. ¿Piensa que logra algo con eso? Se engaña. ¡Oh, que dice su Santidad que los Escritos de Santo Tomás están libres de todo error! Es verdad; y se lo concederá redondamente el Dr. Martínez. ¿De aquí se sigue que cuanto dice Santo Tomás en sus tratados Filosóficos, ni aun Teológicos sea verdadero? Nada menos. Sepa el Sr. Araujo que la voz error en las Bulas doctrinales se toma en sentido no vulgar sino dogmático, en el cual significa no cualquier proposición falsa, sí sólo aquella que contradice a la Fe, o a la doctrina definida por la Iglesia. Y con más especialidad llaman los Teólogos errores o erróneas a ciertas proposiciones que no contradicen directa o inmediatamente a las verdades constantemente reveladas; pero se acercan mucho a eso, aunque en la noción, u definición de la proposición errónea, y en la explicación de lo que significa la censura de tal, cuando se aplica a alguna proposición, están algo [227] varios, conviniendo no obstante en que es inferior, y inmediata a la censura de herética. Lo que quiere decir, pues, su Santidad, es, que en las Obras de Santo Tomás no hay proposición herética alguna, ni error del modo expresado. Y esto era lo que únicamente conducía al intento de su Santidad, que era separar enteramente la Doctrina de Santo Tomás de la doctrina condenada de Quesnel. En esta inteligencia la Escuela Escotística ha impugnado hasta ahora, y prosigue en impugnar a muchas Conclusiones Teológicas de Santo Tomás; y si se pueden impugnar sus doctrinas Teológicas, ¿cuánto más las Filosóficas, con quienes únicamente se mete el Dr. Martínez?

49. No por eso pretendo yo aprobar cuanto en oposición de la Filosofía de Aristóteles se ha dicho hasta ahora por los Filósofos Modernos. Sé, que sin salir de la Filosofía, se pueden fabricar sistemas peligrosos para la Teología. Y de hecho en el Cartesiano encuentro algunos Scilas y Caribdis, pues de su idea de la materia constituida por la extensión, asentando como asienta Descartes que adonde quiera que se imagina extensión la hay realmente, se infieren, a mi parecer, la existencia de la materia ab aeterno, y la infinidad del mundo; ambos errores contra la Fe. Y negando universalmente toda forma accidental, son de dificultosísima explicación los dogmas Teológicos en materia de gracia, por más que en esto haya trabajado agudísimamente el Padre Maignan con sus secuaces, quienes responden con más felicidad a la objeción de los accidentes Eucarísticos. Con todo no me meteré en censurar el sistema de Maignan, diferente en muchas cosas del Cartesiano, pues hasta ahora no le ha condenado Tribunal alguno. También la constitución puramente maquinal de los brutos, sobre ser impersuasible a la razón y al sentido, padece gravísimas dificultades en la Escritura, e induce por cierto rodeo a algún peligro de asenso a la mortalidad del alma racional. Aquella duda universal, aunque pasajera, que pide Descartes por preámbulo a su Filosofía, tiene mal olor; y genios hallará dispuestos a hacer asiento en ella, y una vez introducida, de huéspeda [228] de la razón pasará a señora. En fin (omitiendo otros reparos) aquella absoluta repugnancia de la aniquilación que asienta este Filósofo, disminuye mucho el Poder soberano. Pero en aquellas cuestiones que no tienen conexión alguna con los dogmas, podrá cada uno sentir como quisiere, y seguir, o abandonar a Aristóteles como se le antojare.

50. El Sr. Araujo es de aquellos Aristotélicos cerrados, de quienes aunque Aristotélico también, y tan gran Filósofo como Matemático, el Jesuita Dechales se mofa con gracia, lib. 2 de Magnete, prop. 8, diciendo que están tan enfurecidos contra la Filosofía Corpuscular, ut solo nomine corpusculorum exhorrescant. Yo convengo en que la Filosofía de Aristóteles como más abstracta, y (digámoslo así) más espiritualizada, es también más oportuna para el uso de la Teología; bien que para este fin reconoció S. Agustín más propia, por más elevada, la de Platón, lib. 8 de Civitat. Dei, cap. 11. Pero para examinar la naturaleza sensible, creo que las reglas mecánicas son más acomodadas, y las ideas abstractas serán siempre, como hasta ahora lo han sido, inútiles; porque según el célebre dicho de Bacon de Verulamio, natura non abstrahenda est, sed secanda. Y si los Aristotélicos encuentran en los corpusculistas rígidos algunos tropiezos para los dogmas católicos, acuérdense que sobre este capítulo más tuvo que expurgar Aristóteles, que Descartes.

51. Santo Tomás hizo sapientísimamente con el Príncipe de los Peripatéticos, lo que el Santo Tribunal de la Inquisición ejecuta con los Libros útiles, pero en alguna parte viciados, borró lo nocivo y aprovechó lo útil. Antes que Santo Tomás viniese al mundo padeció Aristóteles la misma fortuna, y aun peor que hoy Descartes. Los PP. de la primitiva Iglesia miraron la Doctrina Aristotélica con notable ojeriza, considerándola enemiga de la Católica. El año de mil doscientos y nueve, quince años antes que naciese Santo Tomás, se juntó en París un Concilio contra Amalrico, que en la Doctrina de Aristóteles fundaba algunos perniciosos errores: y por los PP. del Concilio fueron condenados, [229] y mandados quemar los Libros de Aristóteles, imponiendo pena de excomunión a cualquiera que los tuviese, o leyese. Cesario, y Roberto, Monje Antisiodorense, dicen que la lectura de la filosofía Aristotélica fue prohibida sólo por el espacio de tres años. Poco después fue condenada su Metafísica por una Asamblea de Obispos, en tiempo de Filipo Augusto, el año de 1215. El Cardenal del título de S. Esteban, Legado de la Santa Sede, confirmó las mismas prohibiciones, permitiendo sólo la lectura y enseñanza de la Dialéctica de Aristóteles el año de 1231. El Papa Gregorio IX prohibió enseñar la Física y Metafísica de Aristóteles, hasta que fuesen revistas, y corregidas.

52. En este infeliz estado halló Santo Tomás a Aristóteles al dar los primeros pasos en la carrera de las letras. Y al modo del advertido Caudillo que halla más ventajas en traer a su partido a los enemigos, que en destruirlos, concibió un proyecto digno de su generoso y alto talento, que fue traer a Aristóteles al bando de la Doctrina Católica, y hacer que militasen debajo de las banderas de la verdad las armas que antes servían al error. No sólo algunos Herejes se abroquelaban con la Doctrina de Aristóteles, pero también los Mahometanos, entre quienes, por la solercia de su traductor y comentador Averroes, había cogido gran vuelo el Estagirita, en la Escuela de Córdoba, y hacían con sus sutilezas guerra a nuestros Santos Misterios. Y de hecho los Arabes se habían hecho como depositarios de los escritos de Aristóteles, y de sus manos los recibimos los Católicos. Conociendo, pues, Santo Tomás (como observó el Cardenal Palavicino Hist. Concil. Trident. lib. 5 cap. 14) que en cualquiera Reino domina aquella Religión que es patrocinada de los hombres eminentes en sabiduría; y viendo la alta reputación que entre los enemigos de la Fe se había adquirido Aristóteles, con religiosa y admirable política aplicó el singularísimo ingenio, y superior luz de que el Cielo le había dotado, a hacer a Aristóteles de nuestra parte, depurando su Filosofía de todos los errores; de modo que pudo servir de basa a aquel admirable harmonioso sistema de [230] Teología Escolástica que debemos al Doctor Angélico.

53. Es cierto que la Filosofía moderna, como más pegada a la naturaleza sensible, no puede lograr tan superior uso; pero por el mismo caso que está alejada de los Divinos Misterios, se considera más vecina a las cosas materiales, y por tanto más apta para registrar de cerca sus fenómenos. Los Aristotélicos desde la alta atalaya de sus abstracciones metafísicas miran de lejos, y sólo debajo de razones comunes la naturaleza de las cosas, con que están bien distantes del conocimiento real y físico de ellas. Y aunque los modernos no nos hayan dado hasta ahora el hilo con que se pueda penetrar seguramente este laberinto, al fin dan algunos pasos hacia la puerta de él, como dice el P. Dechales, insigne Aristotélico, y que supo de una y otra Filosofía cuanto cualquiera otro hombre de éste y del pasado siglo. Pondré sus palabras, porque contienen un acertado documento para Araujo, y otros de su humor: Rident communis philosophiae sectatores recentiorum, ut vocant commenta. Jure id facerent, si aliquid dicerent. Sed dum ipsi nihil explicant, & principiis universalibus insistunt, alios ulterius progredi aequo animo patiantur. Lib. 2 de Magnete, prop. 9.

54. Yo quisiera que se moderara aquella ciega veneración de la antigüedad, tan dominante en algunos, que a los antiguos los consideran como Deidades, a los modernos como bestias; y ni a unos, ni a otros (que es lo que debieran) como hombres. Pero aun con más razón se debiera extirpar el indiscreto amor de novedades reinante en otros, para quienes la Doctrina se hizo cosa de moda, y nada les agrada sino lo que empezó a decirse ayer. Aquéllos obstinadamente repelen; éstos ciegamente abrazan cuanto dicen los modernos; y uno y otro exceso, como notó el Gran Canciller de Inglaterra, son dos grandes estorbos para los progresos de las Ciencias: Reperiuntur ingenia alia in admirationem antiquitatis, alia in amorem, & amplexum novitatis effusa. Pauca vero ejus temperamenti sunt, ut modum tenere possint; quin aut quae recte posita sunt ab Antiquis convellant, aut ea contemnant, quae recte afferuntur a Novis. Hoc [231] vero magno scientiarum, & Philosophiae detrimento sit; cum studia potius sint antiquitatis, & novitatis, quam judicia. Nov. Org. scient. lib. 1, num. 56. Pero no se puede negar que hay más riesgo en abrazar inconsideradamente las nuevas opiniones, que en defender obstinadamente las antiguas. Sean algunas de éstas norabuena, o inútiles, o falsas. Examinadas ya por infinitos sapientísimos Católicos, estamos libres de que nos induzcan a algún error contra los dogmas canonizados: seguridad que no puede haber en las nuevas opiniones, si luego que nacen se permite indistintamente a sabios, y a ignorantes estudiarlas, y defenderlas. En esto hubo tanto exceso en Francia, luego que Descartes dio a luz su nuevo sistema, que a Ludovico Desclache, célebre Aristotélico, inventor de las Tablas Filosóficas, le abandonaron casi todos sus Discípulos por ir a estudiar la nueva Filosofía.

55. No pienso que haya de ser ingrata esta digresión a los genios amantes de la verdad. Y volviendo a coger el hilo, juzgo que concluyentemente ha demostrado el sumo despropósito del Libro de la Centinela, en alegar el Breve Demissas preces, para probar que el Dr. Martínez defiende Doctrina condenada por la Iglesia. Pero ¿qué extraño yo, que el Autor de dicho Libro no haya penetrado la intención, y fuerza del Breve, cuando veo, que ni aun gramaticalmente supo construirlo? Erroribus damnatis Augustinianae, & Angelicae Doctrinae nomen obtendi. Construyó, que el nombre de la Doctrina de S. Agustín, y el Angélico Doctor se encubra, u ofusque con los errores rechazados. Esto dependió de no saber qué significa el verbo obtendo, obtendis, siendo, en su legítimo sentido, aquella cláusula invectiva contra los Herejes que osan colorear excusar o patrocinar sus errores con el nombre de la Doctrina Agustiniana, y Angélica. Pero mucho más desatinadamente está traducida aquella otra cláusula: Pergite porro Doctoris vestri opera Sole clariora sine ullo prorsus errore conscripta, quibus Ecclesiam Christi mira eruditione clarificavit, inoffenso pede decurrere. Increíble se hará a quien no viere el Libro de [232] Araujo, que siendo este latín tan claro, tan torpemente le haya errado la construcción. De este modo le traduce: Proseguid, pues, id adelante, obras de vuestro Doctor más claras que el Sol, escritas sin el más mínimo error, con las cuales aclaró con maravillosa erudición que la Iglesia de Cristo corre sin tropiezo. En aquella cláusula habla su Santidad, no con las Obras de Santo Tomás, sino con los PP. Dominicanos, como se evidencia de ella, y de su contexto. ¿Y quién no ve que es un desatinadísimo romance: Id adelante, obras de vuestro Doctor? El inoffenso pede decurrere, que se refiere a los PP. Dominicanos (exhortándolos a que prosigan sin tropiezo en leer, y estudiar las Obras de Santo Tomás), lo refiere Araujo a la Iglesia de Cristo, diciendo, que ésta corre sin tropiezo. Opera vestri Doctoris, que en la oración es acusativo de decurrere, lo hace Araujo nominativo de pergite. Y los mismos errores de construcción se continúan en la segunda parte de esta cláusula. Fuera de esto, todo el Breve está traducido con extrañísima impropiedad, y confusión.

56. Si según Araujo no puede ser Médico quien no sabe la Dialéctica y Física: quien no sabe Gramática, ¿qué podrá ser? Y no digo más.

57. ¡Pues qué cosa tan graciosa es ver a un Médico, con sólo este carácter, entrarse por la Teología como por su casa, y echar en tono magistral decisiones de treinta suelas! Había escrito el Dr. Martínez, que las verdades reveladas engendran en nosotros fe, no ciencia. Y al leer esto Araujo, arrugando sin duda la frente, y extendiendo los brazos, prorrumpió en esta decisión total. No me suena bien esta proposición. Pues sepa, Sr. Dr. que esta proposición, que a v.md. le suena mal, a Santo Tomás le sonó muy bien. Enseña el Santo 2,2. quaest. 1, art. 5 exprofeso, que son incomponibles Fe, y ciencia acerca de un mismo objeto. Y en la solución al tercer argumento dice que la existencia de Dios, por ser demostrable por razón natural, no puede ser objeto de la Fe, ni pertenece a ella sino praesupositive. Y aún más le digo, Sr. Dr. la proposición de Martínez, en el sentido en [233] que él la profiere, no sólo suena bien, sino que es de Fe. Habla el Dr. Martínez del hábito, o acto propio de las verdades reveladas, que éstas engendran o causan como objeto suyo, y a quienes aquellos se terminan. Esto es evidente, pues dice que engendran Fe, y la Fe sólo la causan en el hábito, y acto propios, que tienen por objeto las mismas verdades reveladas. Pues este hábito, y este acto es de Fe que no pueden ser científicos, o tener razón de ciencia; pues S. Pablo dice ad Hebr. cap. 11, que la Fe es argumentum non apparentium, y así envuelve esencialmente la obscuridad incomponible con la clara luz del conocimiento científico. Con que venimos a parar, Sr. Dr. en que es una proposición de Fe la que no le suena bien. Pero no se asuste, que yo, como conozco la gran sinceridad con que dijo esto y otras cosas, no le he de delatar al Santo Tribunal.

58. Si yo hubiese de censurar todo lo que es reprehensible en la Obra de Araujo, sería preciso hacer otro libro tan grande como el suyo (que es la mayor ponderación), pues no hay página en todo él, que no tenga bastante que corregir. Pero lo menos remisible es aquel casi continuo torcer el sentido a lo que dice el Dr. Martínez: en lo cual, aunque las más veces yerre por equivocación, algunas es cierto que peca de malicia. Pondré por ejemplo la primera nota, o acusación que hace a su contrario.

59. Empieza Martínez su introducción de este modo (hablando el Galénico): Nuestro famoso Valles, para estímulo de su aplicación, tenía sobre su mesa este aviso. Si quiere vivir largo tiempo, no le pierdas. Yo a su ejemplo he procurado me naciesen estas canas, más de la edad que he aprovechado, que de la que he vivido. No hay cosa más torpe (decía Séneca) que un antiguo viejo, que no tiene otra prueba de haber vivido mucho, que la edad. Larga es la vida, si está empleada, &c.

60. Este contexto no permite dudar del sentido verdaderamente moral, en que aplica Martínez y entiende el dicho de Valles. Pues ve aquí que el Dr. Araujo le levanta el testimonio de que le entiende materialmente, como que [234] el Dr. Martínez le trae para apoyo de que el mucho estudio, real y físicamente alarga la vida, y hace vivir más número de años: y prolijamente se pone a probar que los muy aplicados a las letras están más sujetos a enfermedades, y acortan el número de sus días. ¿Pues no es más claro que la luz del día, que Martínez no toma el dicho de Valles en el sentido que Araujo le achaca? ¿No está diciendo inmediatamente el Galénico (que es quien habla allí), que el estudio le ha anticipado las canas? Luego no siente que la mucha aplicación a las letras alarga materialmente la vida. La sentencia de Séneca que luego cita: Larga es la vida, si está empleada, ¿no evidencia el verdadero sentido, en que toma aquel dicho de Valles el Galénico? ¿Pues cómo Araujo le hace tan injusto cargo? Vuelvo a decir, que esto no puede ser efecto de ignorancia, o falta de inteligencia. Y de aquí puede conocer cualquiera, cuanto se debe deferir a la buena fe de este Autor.

61. Otras veces (y son las más) toma al revés, por falta de inteligencia, lo que dice el Dr. Martínez. Así sucede en una alucinación que se puede contar entre las capitales del Libro, porque muy frecuentemente se sirve de ella para argüir a su contrario de inconsecuencia. Pondera el Dr. Martínez la dificultad de conocer físicamente las cosas; porque cuanto físicamente conocemos, es por especies sensibles, y las especies sensibles, son por muchos modos, falaces. Dice en otra parte que los Escépticos dan razón de las cosas, creyendo a los sentidos y observación; y los Dogmáticos, no sólo creen lo sensible, y lo observado, sino lo que les parece se sigue por racional consecuencia; y que las más veces engaña, si va desnudo de autopsia, o propia observación.

62. Entre estos dos lugares halla evidente contradicción Araujo, porque parece que en el uno se dice que no se ha de dar crédito a las especies sensibles, siendo éstas por muchos modos, falaces; y en el otro, se pretende arreglar el conocimiento de las cosas por ellas, creyendo únicamente a los sentidos y a la observación. Deduce también de la combinación de los dos lugares, que los Escépticos van descaminados, [235] porque se gobiernan por las especies sensibles (que son falaces) creyendo a los sentidos y observación: y los Dogmáticos proceden con acierto, porque con sus racionales consecuencias rectifican las observaciones, y desvanecen las falacias de los sentidos.

63. Entendió según esto Araujo, que la mente del Dr. Martínez, en el segundo lugar que citamos, sea que se ha de creer a los sentidos groseramente y sin reflexión alguna, ni uso de discurso para descubrir sus falacias, y rectificar las observaciones. Ya se ve que lo entendió así; porque si no, no le notara de inconsecuente, ni infiriera lo que infiere. Pues que lo entendió mal, es claro. Porque el Dr. Martínez, después que dice que las especies sensibles son por muchos modos, falaces, va discurriendo por los varios modos que tienen de engañarnos, señalando hasta catorce, y descubriendo con muchas reflexiones sólidas y agudas, las falacias de los sentidos, para que sobre su simple informe no precipitemos el juicio. Y de aquí se deduce también, que cuando condena en los Dogmáticos el asenso que dan a las conclusiones que a su parecer se infieren de la observación, por consecuencia racional no excluye el uso de reflexión y discurso en el manejo de las experiencias; sino aquella velocidad, con que muchos Dogmáticos (si no todos) precipitan el asenso, deduciendo de una experiencia mal examinada, una conclusión. En esto pecaron mucho los antiguos, al paso que los modernos de cuyo bando está Martínez, proceden con más circunspección, apurando más las observaciones, cotejando los fenómenos, y examinando unas experiencias por otras.

64. Explicaránme algunos ejemplos (y discúlpeseme si soy en esto algo prolijo, porque es la materia importante). En la cuestión de si hay esfera elemental del fuego, extendida por todo el cóncavo del Cielo de la Luna, los antiguos hasta el tiempo de Cardano procedieron con precipitación, infiriendo de una experiencia sola, y ésa mal examinada, la existencia de aquella esfera. Vieron el continuo conato de la llama en subir, hasta que se disipa, y sin más examen [236] concluyeron, que esto nacía del ansia con que el fuego va a buscar su esfera. Los modernos más atentos, conocieron la futilidad de esta ilación, registrando con más reflexión la experiencia que la fundaba; porque observaron lo primero, que generalmente entre cuerpos de desigual levedad, o gravedad, si hallan abierto el camino al movimiento, siempre el más leve sube sobre el que lo es menos, sin necesitar para esto de tener arriba esfera propia que le llame; y así sube el humo, sin que haya arriba una esfera propia del humo. Suben las exhalaciones, suben los vapores sin parar, hasta que llegan a aquel punto donde el aire, siendo ya más leve que este inferior que respiramos, ya por menos oprimido del superior, ya por menos mezclado con las partículas de otros elementos, y de los mixtos, quedan en equilibrio con él en cuanto al peso, no pudiendo ninguno de los dos cuerpos protrudir o impeler al otro más arriba; porque para esto era necesario que fuese más pesado que él, contra lo que se supone. Lo mismo se experimenta en los licores de sensible desigualdad en cuanto al peso. El aceite se está quieto en el suelo del vaso; y si echan otro licor más pesado que él en el mismo vaso, va subiendo; y tanto más, cuanto más licor echaren, según la capacidad del continente; no porque haya arriba alguna esfera de aceite, sino porque siendo el otro licor más pesado que él, llevándole su peso hacia abajo, empuja hacia arriba el aceite, el cual queda sobre el licor, por ser más leve que él, y debajo del aire, por ser más pesado que el aire. Lo mismo que al aceite con el agua, sucede al espíritu de vino rectificado con el aceite, por ser aquél mucho más leve. No es, pues, necesario para que la llama suba, que mire arriba a su elemento, sino que el ambiente que la circunda, como más pesado, la obligue al ascenso.

65. Observaron lo segundo, que un carbón encendido no sube, aunque tiene la forma de fuego; y esto no tiene solución en el sentir de aquellos Filósofos que no admiten en el carbón encendido otra forma substancial, que la del fuego: no habiendo lugar a la disparidad que señalan entre el [237] carbón, y la llama, diciendo que aquél es pesado, y denso, ésta leve, y rara; porque aunque esto es verdad, no es compatible con los principios de los que dan esta respuesta; pues si, según los Peripatéticos, la raridad, y levedad son propiedades de la forma substancial de fuego, y la materia del carbón, y la llama es específicamente una, que no tiene diferentes propiedades; o por mejor decir, no tiene ninguna, deberá ser igualmente leve, y raro uno, que otro. Y también es bien difícil la solución que dan otros Peripatéticos, diciendo que el carbón encendido conserva la forma substancial de leño, envolviendo en sus poros las partículas de fuego, así como el hierro encendido. Digo que es harto difícil esta solución en la sentencia común, que da a la forma de ceniza por sucesora de la forma de fuego, como a la cadavérica de la viviente. Luego si el carbón todo se hace ceniza, todo fue fuego antes. No sucede así en el hierro encendido, pues sacudida la llama se ve que retiene su antigua forma. Observaron lo tercero, que un fuego invisible sin luz, ni pábulo, es una quimera, o por lo menos un misterio que no se debe creer sin que Dios lo revele, o alguna razón concluyente lo persuada; y bien lejos de eso, es débil o ninguno el argumento en que se funda esta esfera imaginaria. Por estas razones muchos insignes Aristotélicos niegan la esfera del fuego, en tanto número, que Mastrio, aunque la defiende, confiesa que ya son más los que en esta cuestión siguen a Cárdano, que a Aristóteles, tom. 4 Philos. disp. 4, ad lib. de Coelo, quaest. 2, art. 1. Y los Astrónomos universalmente tienen por fantástica esa esfera.

66. En este ejemplo se ve cómo los antiguos usando de la decisión dogmática sobre una experiencia sola, mal entendida, fundaron un teorema falso, deduciendo precipitadamente lo que a su parecer se infería de ella por racional consecuencia; pero los modernos, manteniéndose sobre las reglas de una prudente Escéptica, miraron y remiraron aquel fenómeno, combinándole con otros experimentos de lo que acaece en el encuentro de los demás cuerpos líquidos de peso desigual, y de lo que sucede en el mismo fuego [238] cebado en materia sólida; y esto fue usar de autopsia, o propia observación, para no caer en el error.

67. Y no omitiré aquí, que aunque los Autores que defienden la esfera del fuego, se cubren con la autoridad de Aristóteles, es tan insubsistente este patrocinio como el impugnado argumento, de lo cual haré evidencia. Los lugares que se citan de Aristóteles, son el primero, lib. 4 de Coelo, cap. 2, & 3: el segundo, lib. 4 de Coelo, cap. 4; y el tercero, lib. 1 Meteor. cap. 4. En el primer lugar habla Aristóteles, no del fuego elemental, sino de la materia celeste a quien a veces da el nombre de fuego: de lo cual se convencerá quien leyere con atención aquellos dos capítulos, y especialmente la última parte del cuarto. En el segundo lugar no dice palabra de tal esfera del fuego; sólo afirma y prueba que el fuego es el más leve de todos los elementos, porque en cualquiera parte del aire que se coloque la llama, se mueve hacia arriba. El último lugar, que es donde podía buscar algún patrocinio la sentencia que defiende la esfera del fuego, es donde Aristóteles manifiestamente la degüella; pues dice abiertamente, que aquel cuerpo colocado entre el aire, y último Cielo, aunque se acostumbra llamar fuego, no lo es, y que sólo se le dio ese nombre por ser un cuerpo caliente, y seco. Pondré sus palabras, para que a nadie quede rastro de duda: Ergo in medio, & circa medium id habetur quod gravissimum atque frigidissimum, idemque discretum est, terram dico, & aquam. Sed circum haec, & illa quae iisdem ipsis proxima cohaerent. Tum aerem, tum id quod ex consuetudine ignem vocamus poni affirmamus, ignis tamen non est, cum ille sit caloris redundantia, & quasi fervor quidam. ¿Quiérenlo más claro? Prosigue: Verum oportet intelligere partem elementi terrae circumfusi, qui aer dicitur, quique a nobis etiam ita appellatur, humidam calidamque esse, quoniam vapores mittit, ipsiusque terrae aspirationes continet; superiorem autem partem calidam, & siccam: Natura enim evaporationis statuitur humor, & calor; aspirationis calor & siccitas: Evaporatio etiam facultate est tamquam aqua: aspiratio perin ac ignis. ¿Quién no [239] se admira a vista de esto, que en las Escuelas constantemente se dé a Aristóteles por Autor de la esfera del fuego, creyéndolo unos sin examen, porque otros lo dijeron sin reflexión?

68. El segundo ejemplo pondré en la cuestión de si es posible vacío el Universo. En esta disputa se pueden ver claramente los diferentes modos que hay de filosofar. El primero, de aquellos que sin consultar la naturaleza deciden en materias físicas por la preocupación de sus ideas. El segundo, de los que de una experiencia sola, mal entendida, deducen una conclusión filosófica, que a su parecer se siguen por racional consecuencia. Y el tercero, de aquellos que suspenden el asenso, hasta que una sutil y sólida reflexión sobre varios experimentos los determine a formar dictamen.

69. El primer papel hacen aquí los Cartesianos, quienes sobre sus falsas ideas de que el constitutivo de la materia es la extensión, y que donde quiera que se imagine extensión la hay realmente: concluyen que es absolutamente repugnante el vacío, de tal calidad, que le es imposible a Dios aniquilar o secar el aire que hay entre cuatro paredes, sin introducir al mismo tiempo otro cuerpo. Su fundamento es decir, que en este espacio siempre inevitablemente se imagina extensión; y porque ésta es una idea innata que no puede engañar, se sigue que verdaderamente la hay. Luego siendo la extensión constitutivo de la materia, haga Dios cuanto quisiere, y cuanto pudiere, siempre habrá materia entre las cuatro paredes. Qué consecuencias se sacan en lo físico, cuando se funda sólo en la preocupación de las propias ideas el discurso, se puede ver en lo absurdo de esta opinión, pues de ella se sigue que el espacio imaginario, es espacio real; esto es, que todo está lleno de materia, porque en cualquiera parte de él se imagina extensión; y por consiguiente, que el mundo es infinito, sin que aproveche a Descartes decir, que no es infinito, sino indefinito: pues éstas son voces, y nada más; porque indefinito es aquello que tiene términos, pero indesignables; y a aquella materia inmensa no sólo no se pueden señalar términos, sino que [240] verdaderamente no los tiene, según la opinión de Descartes: lo cual se evidencia, de que en aquel espacio mismo que se concibe restante, después de los términos indesignables, se imagina extensión, y por consiguiente hay materia. Síguese también de esta opinión, que la materia es ab aeterno; porque en el mismo espacio que hoy ocupa el mundo, concibe antes de su creación, extensión; y esto retrocediendo sin límite por aquel tiempo imaginario que precedió a la formación del Universo; luego mil años, un millón, un millón de millones, &c. antes que Dios criase al mundo, había materia en este mismo espacio.

70. Los Aristotélicos antiguos, del ascenso del agua en la bomba coligieron la imposibilidad natural del vacío, no hallando otra causa a que atribuir el movimiento espontáneo del agua hacia arriba, contra la natural inclinación que tiene por su gravedad, sino al horror que tiene la naturaleza al vació, por cuya razón, cediendo de su inclinación propia en obsequio del bien público del Universo, sube el agua a llenar aquel espacio que desocupa al retirarse el émbolo. En esta opinión se precipitó el juicio, por fundarse el discurso en una experiencia sola tomada a bulto, y sin examinarla en varias circunstancias, como era necesario.

71. En fin, a la diligencia de los modernos en repetir sus experimentales observaciones, variando de muchos modos las circunstancias, debemos el desengaño de que no el horror del vacío, sino el peso del aire (y en algunos experimentos también su virtud elástica) es quien determina el agua al ascenso. No se me escandalicen mis Aristotélicos, cuando oyen que el aire es pesado, como ya he visto suceder a algunos; pues Aristóteles lo enseña muy de asiento lib. 4 de Coelo, cap. 4. Y lo prueba con la experiencia de que el pellejo inflado pesa más que vacío. ¡Ojalá se estudiara bien este gran Filósofo! que así se viera cómo muchas cosas que nos dan los modernos por nuevamente descubiertas, ya él las dejó advertidas.

72. Que no es, pues, el miedo del vacío quien llama arriba al agua, se demuestra con las experiencias siguientes: [241] Usando de un tubo muy largo, como de cuarente pies, o más, cerrado por una extremidad; el cual se llene de agua; y después se vuelva, sin que el agua se vierta, hasta colocar el orificio patente en la superficie del agua de un estanque, u de un barreñón, bajará el agua del tubo hasta la altura de treinta y tres pies, donde se quedará suspensa. Si la experiencia se hiciere con el mercurio, no subirá éste, en cualquiera tubo que sea, más de dos pies, y tres dedos. Si los tubos se inclinan, cuanto más se aparten de la perpendicular, tanto más capacidad de ellos ocuparán, así el agua, como el mercurio; pero sin pasar jamás el agua de la altura perpendicular de treinta y tres pies, ni el mercurio de la de dos pies, y tres dedos.

73. Ahora se arguye así: Si el agua, o el azogue subieran sólo por estorbar el vacío, moviéndolos el bien público de la naturaleza contra su natural inclinación, al volver el tubo quedarían elevados hasta su mayor altura, ocupando toda la capacidad del tubo; y usando de una bomba de la altura sobredicha, irían continuando el movimiento hasta arribar a la eminencia para ocupar toda la concavidad, y estorbar en ella el vacío; porque idem manens, idem semper est natum facere idem. No sucede así: luego no es el horror del vacío quien llama los líquidos hacia arriba. Más: o aquel espacio, que resta desde la altura de treinta y tres pies, adonde llega el agua, hasta la extremidad superior del tubo, queda vacío de todo cuerpo, o no. Si lo primero, ya el vacío es naturalmente posible, y no le tiene la naturaleza el horror que se dice: si lo segundo, cualquiera cuerpo, que se diga que ocupa aquel vacío, ese mismo podrá ocupar toda la concavidad del tubo, y excusar al agua, que suba contra su natural inclinación en la bomba ni un dedo sólo; y cuando se vuelve el tubo, caerá toda la agua que ocupa el tubo; porque si pudo entrar algún cuerpo en la parte superior, y por eso bajó el agua aquellos siete pies primeros, como lo restante del tubo no está más cerrado, podrá entrar en todo él: con que no tendrá el agua motivo para quedarse suspensa en la altura de treinta y tres pies, como ni el mercurio [242] en la de dos pies, y tres dedos. Otros muchos argumentos se hacen sobre estas, y otras experiencias.

74. La causa, pues, del asenso de estos líquidos es el peso del aire, el cual, gravitando sobre el agua, o azogue del estanque, o vaso donde se pone el tubo, impele el líquido hacia arriba, no pudiendo entonces contrapesar, o resistir aquella fuerza la columna de aire colocada en rectitud sobre el tubo; porque al subirse, o estando retirado el émbolo, ya no gravita sobre el líquido contenido en el cañón. Por esto sube el agua a treinta y tres pies, y el azogue a dos pies, y tres dedos; porque tanto peso tiene esta altura en el azogue, como aquella en el agua, y así se equilibra el peso de la agua con el aire en treinta y tres pies de altura, y el del azogue en dos pies, y tres dedos. Ni pueden subir de este término, porque llegando a estar equilibrado el peso del aire con el de los dos líquidos, no tiene ya fuerza para hacerlos subir más. Supongo sabido, para inteligencia de esta materia, que los líquidos comunicantes entre sí, o contiguos, se equilibran a proporción de su peso específico, combinado con la altura de la columna, y no con el grueso de ella. Y así en dos tubos comunicantes, de los cuales el uno fuese mil veces más ancho que el otro, se equilibraría una libra de agua en el menor con mil libras de agua en el mayor, y quedarían en la misma altura.

75. Que el peso del aire, y no otra causa, determina los líquidos al ascenso, se demuestra más, porque constantemente observan la regularidad de subir más, o menos, a proporción del menor, o mayor peso de los mismos líquidos. La agua sube con el exceso que se ha dicho sobre el mercurio, porque otro tanto exceso hace el mercurio en el peso al agua. El vino sube (como observó Robervallio) algo más que el agua, porque es algo más ligero. El ingeniosísimo Matemático Mons. Paschal, bien conocido en el mundo por su libro de las Cartas Provinciales, habiendo hecho experiencia con el mercurio a la falda de un altísimo monte, llamado por los Franceses Le puits de Doume, sito junto a Claramonte, después en la tercera parte, o poco menos de [243] su altura, y al fin en la cumbre, halló, que a la tercera parte de la altura del monte subía el mercurio un dedo menos, y en la cumbre tres dedos menos que en la falda. Lo cual no puede atribuirse a otra causa, que al menor peso del aire, a proporción que se iba subiendo, ya por ser menor la columna que gravita, ya por estar menos oprimido del superior: otros dirán, que por más puro. Omito mucho más que se podía decir sobre esta materia, y la solución de algunas objeciones de poco momento, porque no es mi ánimo tratar esta cuestión más de lo que pide el presente asunto.

76. Ni por eso los modernos asientan la posibilidad del vacío; sólo pretenden que su imposibilidad no se prueba con la experiencia dicha: y de hecho, ella es tan débil para probarla, que algunos con ella misma han querido probar, que el vacío es naturalmente posible; lo cual fundan de este modo: Si un tubo, como de cuatro pies, bien sellado por una extremidad, después de llenarle de mercurio, se cierra con el dedo por la extremidad abierta, hasta colocarle sobre un vaso lleno también de mercurio, y entonces se abre el orificio, baja el mercurio por el tubo, hasta quedar en la altura de dos pies, y tres dedos; en cuyo experimento parece, que el espacio restante del tubo queda vacío de todo cuerpo. Los Cartesianos responden con su materia sutil, que penetra prontamente todo cuerpo, por sólido que sea, y así se entra sin detención por los poros del tubo a ocupar aquel espacio. Otros acuden al aire, o espíritus vaporosos, encarcelados en el mercurio, que desprendiéndose de él cuando desciende, y capaces por la dilatación de ocupar mayor espacio, llenan lo que resta hasta la altura del tubo. Como quiera que sea, el Jesuita Dechales en el lib. 1. de la Statica prueba con ingeniosa solidez, que aquel espacio del tubo no está vacío de todo cuerpo. Porque lo que con el calor se arrara, y con el frío se condensa, es algún cuerpo, o substancia: pues que allí hay rarefacción, y condensación, se demuestra, porque calentando la parte superior del tubo, baja algo más el mercurio, y enfriándola sube. Luego se arrara, y comprime aquel espacio, y por consiguiente hay [244] allí algún cuerpo; y de este experimento infiero también, que el cuerpo que ocupa aquel espacio, no es la materia sutil Cartesiana, porque ésta es incapaz de rarefacción, y condensación, siendo ella, según sus defensores, la que ocasiona la rarefacción en los demás cuerpos, metiéndose en sus poros, y la condensación, saliendo de ellos (que de este modo explican los Cartesianos la condensación, y rarefacción); y así sería menester que subiese otra materia más sutil, para que aquella se arrarase, admitiéndola en sus poros, o excluyéndola se condensase: contra lo que se supone de ser suma su sutileza.

77. He discurrido en este asunto no más que lo preciso para mostrar la variedad con que proceden en las cuestiones físicas los Filósofos, según la variedad de sus aplicaciones, y genios. Pues aquí se ve, que unos discurren sólo según las ideas a su arbitrio establecidas: otros, consultando muy superficialmente la experiencia, por precipitar la ilación, yerran el aserto; y otros, en fin, más cautos miran, y remiran la naturaleza en sus fenómenos, suspendiendo el asenso, hasta que experiencias reiteradas los relevan de toda duda. A estos últimos llama el Dr. Martínez Escépticos; a los primeros, y segundos Racionales, y Dogmáticos. Si aplica con propiedad estas voces, será cuestión de nombre; porque Escépticos es lo mismo que dubitativos, de la voz Scepsis, que significa duda; y como los Dogmáticos Médicos en las Escuelas están tan lejos de la duda, que establecen muchos axiomas inconsideradamente en sus Tentativas, los cuales pone en duda el Dr. Martínez; por eso no impropiamente aplica a su Obra el nombre de Escéptica; porque expone dudas, de las cuales están muy lejos los Escolásticos Dogmáticos; pero sea la voz como quisiere, en la substancia no se le puede negar, que hace bien en ponerse contra los primeros, y segundos, de parte de los terceros. Y con esto quedan explicadas aquellas cláusulas del Dr. Martínez; sobre que, por no entenderlas Araujo levantó tanta polvareda.

78. Pero quiero ya dejar en paz a Araujo, terminando [245] la crisis de su libro, aunque tenía impulsos de decir algo también sobre aquellos insípidos cuentos, y desgraciados chistes, con que salpica la Obra toda. Déjase conocer, que quiso Araujo imitar a un gran genio de esta Corte, cuyas Obras críticas se han hecho plausibles en toda España, no menos por su saladísimo gracejo, que por su incomparable erudición, y singular energía en el estilo; que fue lo mismo que apostárselas al Sol una linterna, o querer seguir los vuelos del águila un avestruz. Recójase Araujo al sagrado de sus silogismos, tales cuales se los deparase su poca, o mucha Dialéctica; v.gr. como el que propone al núm. 439. donde ningún término de la mayor se halla en la menor, ni en la consecuencia alguno de las premisas, procurando trampear con armatostes lógicos la falta de conocimiento en las materias de que se trata; y déjese de escritos críticos, que piden otra gracia, otra profundidad, otra agudeza, otra erudición, y aun otra sinceridad.

79. Y por cerrar con llave de oro este escrito, le concluiré con una alta reflexión del Divino Valles, a favor del Escepcticismo Filosófico: Explicando este doctísimo hombre en el cap. 64 de su Filosofía Sagrada (donde se declara verdaderamente Escéptico en orden a las cosas Físicas) tres textos del Eclesiastés. El primero del cap. 1: Proposui in animo meo quaerere, & investigare sapienter de omnibus, quae fiunt sub sole. Hanc occupationem pessimam dedit Deus filiis hominum ut occuparentur in ea. El segundo del capítulo 3: Cuncta fecit bona in tempore suo, & mundum tradidit disputationi eorum, ut non inveniat homo opus, quod operatus est Deus ab initio usque ad finem. El tercero del capítulo 8: Et intellexi quod omnium operum Dei nullum possit homo invenire rationem eorum, quae fiunt sub sole, & quanto plus laboraverit ad quaerendum, tanto minus inveniet: etiam si dixerit sapiens se nosse, non poterit reperire. Explicando (digo) Valles estos textos, colige de ellos dos verdades. La primera, que el deseo de adquirir el conocimiento físico de las cosas, y de sus causas, es natural, como índito por el mismo Autor de la naturaleza. La segunda, que por más que los [246] hombres trabajen a este fin, jamás podrán lograr dicho conocimiento.

80. Pero pónese después esta objeción, que está saltando a los ojos. Si al hombre le es imposible alcanzar ciencia de las cosas naturales; ¿para qué le infundió Dios el apetito de conseguirla? y da a ella dos respuestas. La primera, es, que dio Dios este apetito al hombre, para que, dedicado a esta ocupación honesta de investigar las causas naturales, evitase la ociosidad y otras ocupaciones criminosas.

81. La segunda es más plausible, y la que hace a nuestro intento. Dice, que tan lejos está la imposibilidad de conocer las cosas naturales de hacer inútil la ocupación de investigarlas, que antes de esa misma imposibilidad le resulta al hombre una utilidad suma. ¿Y cuál es? El que sobre esta basa forma el discurso un argumento concluyente de que hay otro mundo, otra vida, otra bienaventuranza que la presente. Lo cual se convence de este modo: El apetito de conocer con toda claridad las cosas naturales es natural, como cada uno en sí propio experimenta; y como sea evidente, que el apetito natural no puede terminarse a cosa absolutamente imposible, se sigue con la misma evidencia, que este conocimiento, que se busca, es absolutamente posible. Luego no pudiendo alcanzarse en esta vida mortal, y en esta elemental esfera que habitamos, precisamente hay otra vida inmortal, y otra región superior adonde se puede conseguir esa ciencia, que anhelamos: Cum enim homini (hable el mismo Valles) sit scientiae de natura appetitus naturalis, talis vero appetitus non possit esse impossibilium, constat eum talem scientiam consequi posse omnino. Quare si in hac vita, ac sensuum horum ministerio non potest, fit ut illum maneat vita alia beatior, in qua a perpetua, qua in hac torquetur siti, sit satiandus, cum scilicet apparuerit gloria Dei.

82. Esta utilísima consecuencia sacan los Escépticos, insistiendo en sus dudas, que ciertamente importa más que cuantas ilaciones hacen en materias físicas los Dogmáticos; y esto aun cuando con ellas adelantarán algo, o mucho en el conocimiento de las cosas naturales; pues más vale dar un [247] paso con el desengaño hacia el Reino de la gracia, que conquistar con el discurso todo el Imperio de la naturaleza.

83. Debajo de esta reflexión de Valles pondré otra mía, del mismo orden en cuanto a la utilidad; y es, que los Escépticos Físicos están más dispuestos a rendir el asenso a las verdades reveladas. Conociendo la insuficiencia de su discurso para alcanzar las cosas naturales, están más distantes de presumirse con capacidad de decidir contra la realidad de los misterios: bien saben que mucho más lejos está lo sobrenatural, que lo natural de su comprehensión; y así si su razón no puede registrar los fondos de la naturaleza, menos podrá los senos de la gracia. A cada uno le está diciendo su propia reflexión lo que a Tales Milesio su criada cuando contemplando la esfera celeste, cayó en el hoyo: Si no conoces lo que está tan cerca de tus pies, ¿cómo has de comprehender lo que dista millares de leguas de tus ojos? La Iglesia nuestra Madre siempre halló más dóciles para su enseñanza a los que más desconfían de su propia capacidad; y siempre son más fáciles a rendirse a ajeno gobierno los que menos caudal hacen del talento propio. Al contrario casi todas las herejías nacieron de la demasiada estimación que hicieron de su discurso sus Autores: Omnium haereticorum (dice S. Agustín epístola 56) quasi regularis est illa temeritas, scilicet ut conentur auctoritatem stabilissimam fundatissimae Ecclesiae quasi rationis nomine, & pollicitatione superare. Y ha sido tan frecuente el hacerse herejes obstinados de Filósofos presumidos, que Tertuliano lib. de Anima, cap. 3, llamó a los Filósofos, Patriarcas de los herejes. Y en el libro de Praescript. cap. 6: Haereses (dice) a Philosophia subornantur. No se entienda empero, que este daño le ocasione la Filosofía por sí misma; sino la presunción filosófica de aquellos que son fáciles a concebir por demostraciones sus discursos probables, y aun sofísticos (como en el pasado siglo Descartes, que quiso vender por evidencias no pocos paralogismos); porque en habiendo facilidad a concebir evidencias donde no las hay, puede extenderse a los objetos sobrenaturales esta ligereza; y en concibiendo [248] evidencia, se le niega el debido tributo a la revelación. Por lo cual concluyo con la palabra de S. Pablo, que propuse en la frente de este escrito: Videte ne quis vos decipiat per Philosophiam, & inanem falaciam.

Acabando de hacer esta Aprobación Apologética, recibí el segundo Tomo de la Medicina Scéptica del Dr. Martínez, donde incluye otro Apologema contra la Centinela. Confieso, que en algo hemos coincidido; pero sinceramente afirmo, que cuando llegó a mis manos dicho segundo Tomo, ya tenía yo concluida, y aun remitida mi Aprobación. Hago esta salva, porque ni en uno, ni otro se tenga por hurto lo que ha sido coincidencia; por lo demás tengo por útil, y segura esta Medicina Escéptica, y digna de la pública luz, por ver si con este estímulo llega algún tiempo en que nuestras Escuelas Médicas enmienden el siniestro uso de sus estudios.

Oviedo 1 de Septiembre de 1725.

Fr. Benito Feijoo.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Apología del Escepticismo Médico (Oviedo 1725). Texto tomado de la edición puesta al final de la Ilustración apologética..., Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), páginas 203-248.}


Biblioteca Feijoniana
Edición digital de las Obras de Feijoo
Teatro crítico universal / Cartas eruditas y curiosas / Varia
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