La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Justa repulsa de inicuas acusaciones

Aprobación
del M.R.P.M. Fr. Gregorio Moreiras, del Gremio, y Claustro de la Universidad de Oviedo, y su Catedrático de Santo Tomás, Abad del Real Colegio de S. Vicente de dicha Ciudad, y Examinador Sinodal de su Obispado, &c.


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De orden de N. Rmo. P.M. Fr. Iñigo de Ferreras, General de la Congregación de S. Benito de España, y Inglaterra, reconocí el nuevo escrito del Rmo. P. M. Fr. Benito Feijoo, del Consejo de S.M. &c. cuyo título es: Justa repulsa de inicuas acusaciones. Reconocíle digo, y reconocí también en su letra, que me engañé en el concepto, que antes había hecho, de que no hallaría en este escrito más que admirar, que lo que hasta ahora admiré, y admiró conmigo toda la Europa en los demás de este célebre Autor. Sin embargo hallé en él una nueva, y nada esperada materia a la admiración. Reconociendo Cicerón {(a) Apud Quintilian. lib. 11, cap. 1.}, que en la declinación de su edad hacia la senectud se iba debilitando, como la fuerza de su cuerpo, el vigor de su elocuencia, decía, que ya su oratoria empezaba a encarnecerse. En efecto, en cuanto a esto, a un mismo paso caminan la oratoria, y la poética; una, y otra van perdiendo las fuerzas a proporción que se van avanzando los años.

Así esperaba yo que sucediese a nuestro Autor; y el ver que no le sucede así, antes todo lo contrario, es lo que ministra nueva materia a mi admiración, y la ministrará a todo el mundo. No llegó Cicerón, ni con mucho, a la edad en que hoy está nuestro Autor, porque complaciendo a la ira de Marco Antonio, le quitaron la vida antes de cumplir sesenta y cuatro años. Y antes de esta edad Cicerón, el gran Cicerón, el glorioso Príncipe de la Elocuencia Romana, sentía ya lánguida, y decadente la suya. Al contrario nuestro Autor, puesto en edad más avanzada, nos muestra en este escrito, que mantiene aún todo el vigor, fuerza, energía, y esplendor de aquella elocuencia, que ha hecho apellidarle [*IV] el Marco Tulio Español. Esto sólo le faltaba para ser en todo Fénix, para ser en todo singular, y único.

No obstante debo confesar, que no lo es tanto, que no tenga un ejemplo en la antigüedad. Este nos mostró la Grecia en el Poeta Sófocles, que por su dulcísimo divino numen fue llamado la Sirena Attica. Un indigno hijo de este gran hombre, en atención a la avanzadísima edad de su padre, pretendió ante los Jueces Atenienses quitarle el gobierno de casa, y hacienda, alegando que como decrépito estaba incapaz de ese manejo. ¿Cómo rebatió Sófocles esta inicua pretensión? Leyendo a los Jueces parte de su tragedia, intitulada el Edipo, que actualmente estaba componiendo; y hallándola los Jueces tan hermosa, y brillante, como las que había compuesto en sus mejores años, unánimes votaron a su favor; y cargado de ignominia arrojaron al hijo del Tribunal {(a) Mons. Roll. Hist. antig. tom. 5, tract. 4, §. 2.}. Este ejemplo hallo de conservarse en una senectud grandaeva toda la gala, y valentía de elocuencia, de que sólo se considera capaz una edad robusta. Mas sólo este ejemplo hallo; y al fin, fue menester dejar pasar el espacio de veinte y dos siglos, para que en nuestro Autor se repitiese otro semejante, dándonos ocasión para llamarle el Sófocles de este siglo.

Muy lejos estaba de pensar esto el M.R.P. Soto Marne. Por lo menos, uno de su hábito, aquí en Oviedo, dijo que el P. Cronista se había metido en la empresa de escribir contra nuestro Autor, debajo de la confianza de que éste, por sus años, y achaques, no estaba ya capaz de tomar la pluma para cosa alguna. Y para mí esto es muy creíble, pues sólo fundado en un tal supuesto, pudo atreverse temerariamente a derramar en su escrito tantas, y tan horribles imposturas, que era sumamente fácil al Rmo. Feijoo hacer visibles al Público, como ejecuta en el breve impreso, que ahora le presenta, aunque sólo se reduce a descubrir las que encontró en las primeras hojas del primer Tomo. Mas descubriendo éstas, viene a descubrirlas todas; porque, ¿quién [*V] esperará veracidad alguna, de quien en pocas hojas amontonó tantas falsedades? Añado, que tan torpemente inadvertido procedió en ellas el M.R.P. Soto Marne, que él mismo las descubrió. ¿Quién no admirará la ceguera de este Escritor en especificar Autores, que muchos tienen a mano, como que el Rmo. Feijoo los copió, apropiándose trabajos ajenos, y facilitando de este modo el conocimiento de su detestable audaz ilegalidad? ¿Quién no se asombrará de que haya escrito, que muchos de los Discursos del Rmo. Feijoo no son más que traslados literales de otros? Quien no se arroja a esto sin duda tiene por estúpidos a todos los Españoles; pues sólo los estúpidos dejarán de conocer que el estilo del Rmo. Feijoo en todas sus Obras es uno mismo.

Creo firmísimamente, que cuantos con algo de luz natural las han leído, en ellas mismas se evidenciaron de la índole noble, generosa del Autor, totalmente incapaz de la bajeza de solicitar aplausos a costa de ajenos desvelos. Y porque la ocasión se viene rodada para decir lo que siento en esta materia, a todo el mundo testifico, después del continuo trato, que por espacio de quince años he tenido con el Rmo. Feijoo, que hasta ahora no he visto, ni dentro, ni fuera de mi Religión, hombre más sincero, más abierto, más cándido, ni más declarado enemigo de todo fraude, dolo, ficción, o embuste. Y esto puntualmente es lo que le ha suscitado por enemigo al P. Cronista, y a otros de su genio, que llevan muy mal que nuestro Autor impugne errores, en cuya manutención se consideran interesados.

Pero aunque todos los que han leído las Obras de nuestro Autor se indignarán de la grosera acusación de Autor plagiario, que le intentó el P. Soto Marne, mucho más los que han tratado a este incomparable hombre, por haber experimentado lo que yo; esto es, que en la conversación es el mismo que en sus escritos: igual gracia, y hermosura en el estilo: igual agudeza, y solidez en los Discursos; igual oportunidad en las noticias; igual fecundidad en las sentencias; igual energía en las persuasiones; igual dulzura, y atractivo en substancia, y modo para conciliarse los ánimos: [*VI] en fin, tan uno mismo en lo hablado, y en lo escrito, que no sé si a su lengua llame imagen viva de su pluma, o a su pluma imagen viva de su lengua. Y a éste, a quien puedo llamar Sol de España con más justicia, que Justo Lipsio llamó Sol de la Francia a Adriano Turnebo: Sol ille Galliae Turnebus; ¿hay quien se atreva a llamar Autor plagiario? ¿Qué diré a tan descubierto calumniador, sino lo que el mismo Lipsio dijo a Dionisio Lambino por haber escrito, que Turnebo era plagiario: O Jupiter! audis haec? ut plagiarius sit Turnebus? non credam hoc sexcentis Lambinis {(a) Lib. 5, Epist. Quaest. epist. 17.}. Oigame ahora el P. Soto, que es infinitamente inferior en todo a Lambino: O Jupiter! audis haec? ut plagiarius sit Feyxous? non credam hoc sex millionibus Sotorum.

Y reduciéndome ahora a lo que pide mi comisión de Censor, digo, que en nada desdice este escrito de las obligaciones de una cristiana, y religiosa pluma. Así lo siento en este Real Colegio de S. Vicente de Oviedo a 26 de Agosto de 1749.

Fr. Gregorio Moreiras.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Justa Repulsa de Inicuas Acusaciones (Madrid 1749). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), páginas *III-*IV.}


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