Biblioteca Feijoniana del Proyecto Filosofía en español
 

Respuesta a la carta, que dictó el Rmo. Pe. Mro. Fr. Benito Jerónimo Feijoo, Madrid [ 1727 ][ Anónimo ]

Respuesta
a la carta,
que dictó el Rmo. P. Mro.
 
Fr. Benito Jerónimo Feijoo,

Maestro General de la Religión de San Benito
y Catedrático de Vísperas de Teología,
de la Universidad de Oviedo,
con el fin de persuadir a que cierta señora
prefiriese el estado de religión
al de casada.

 
Con Licencia
 
En Madrid: En la Imprenta de Lorenzo Francisco Mojados, se hallará en su casa en la Calle del Olivo Alta
 
[ 1727 ]

 

Revmo. Padre.

He leído con particular cuidado la Carta, que V. Rma. dictó a un Monje de su misma Religión, para que con ella persuadiese a que tomase el estado de Religiosa, una hermana suya, con preferencia al del Matrimonio; valiéndose, por único objeto, para convencerla, Del de las temporales conveniencias, por haber ya despreciado otras sugestiones, que parece, serían espirituales, según lo da a entender la Carta.

Mucho se me ofrece, que decir; y aunque dudo del acierto, conociendo lo corto de mi talento, y lo elevado de mi insuficiencia, que esto fuera muy poco, si no es, aun respecto de muchos, que venero, por mis Maestros, me aliento a discutir, opugnando a hombre tan grande, erudito, y versado en todo género de ciencias, y noticias, sin más apoyo, para mi disculpa, que el que juzgo el mayor, según la coyuntura, fundándose éste, en la única autoridad de V. Rma., pues habiendo reconocido lo arduo de la empresa, no retrocedió en su intento, de dar a luz, el Teatro Crítico Universal, aun teniendo presente la contradicción de las muchas Plumas, que se elevarían, y que la experiencia ha acreditado.

No me persuado, las corten contra esta respuesta; porque dirigida únicamente, a replicar dicha Carta, sólo pudiera responder su Autor. No creo lo ejecute, teniendo por cierto, despreciara su gran juicio lo tosco de mis voces, y desaliñado modo de explicarme (que es de lo que se pudiera, únicamente hacer presa, para la Crítica) en consideración de las sólidas verdades, que contiene, y todas, sin contradicción. Digo sin contradicción, según mi parecer, pues no soy tan vano, que me crea infalible. Si me dicen: Que sale tarde este Papel. Respondo: Que no todos ven un Libro, luego que sale a luz; y aun después de leído, se ofrecen ocupaciones, y otros embarazos, que dilatan replicarle, por ser esto voluntario; y como cualquier tiempo, lo es, para contradecirle, nunca puede salir tarde, lo que sale a tiempo. [4]

Protesto, que no es mi intento defender, ser más perfecto, el estado del Matrimonio, que lo es, el de la Religión; antes bien asiento, no ser disputable; y suponiendo en este, la mayor perfección, sólo se divertirá mi mal cortada pluma, en defensa del séptimo Sacramento de la Iglesia nuestra Madre, a fin de desvanecer el horror, que se puede concebir de la lectura de dicha Carta, para celebrar, tan Santo Sacramento.

Ni soy casado, ni puedo serlo, ni jamás lo he deseado; advertencia, que hago, para que no se me construya pasión a este estado, por ser de él, o por desearse; ni tengo más motivo, para oponerme al dictamen de la Carta, que el único: De mantener a la justicia en su verdad, y que no perezca ésta, por el artificio de un dictamen errado. Fuerte parece la proposición, veremos si desempeña mi Escrito, que también se dirige a sacar a V. Rma. de los muchos errores, que padece en esta Carta, incurriendo en ellos, quien sólo escribió, para desterrarlos del Mundo. Tropiezo tan grande, que si como lo espero, lo pruebo, me atrevo a decir, no podrá dar V. Rma. satisfacción.

Confieso de buena fe, que movido de la fuerza, que encuentro en mis objeciones, considerando al mismo tiempo, cuán lastimados deja la Carta algunos asuntos, prorrumpo con expresiones, bastantemente vivas, por lo que prevengo, haberme ceñido a voces modestas, nada ofensivas, y que expliquen, como lo pide el asunto, con palabras conducentes a este fin, y permitidas todas en la controversia. Esto supuesto. Empiezo:

Ya oigo, que se levantan contra mí, a voz en grito, diciendo: Que según lo que dejo dicho al fin del Párrafo primero, estoy obligado a dar satisfacción; porque implica sugestiones, y espirituales, como queda escrito. Confieso, que la réplica es fuerte; pues antes de empezar las que tengo prevenidas, doy motivo, para que me hagan una, y tan penetrante. Mal principio, y que debe ponerme en la última confusión, y sin aliento, para proseguir. Así lo conozco; pero como no me comprehende este argumento, prosigo sosegado, remitiendo al Padre la satisfacción a esta instancia, por ser suyo el motivo, que la causó, y valiéndome, para probarlo, del principio y fin de su Carta.

Otra vez hermana mía (así empieza) y con distinto modo vuelvo a combatir tu resistencia, sobre el asunto... Ya hacía cuenta, de que se me habían acabdo las armas para esta empresa, pues no me sugirió razón alguna mi discurso, cuya eficacia no haya burlado, o tu agudeza, [5] o tu indocilidad... Y en el último Párrafo: En mí hallarás (dice) siempre el mismo, que te rindas a mis sugestiones, que las repruebes. Todo lo referido da a entender, que el medio, que practicó antes, fue el de las espirituales conveniencias; y usando de éste, se explica, valiéndose del verbo Sugerir, y de la voz Sugestiones; y esto, después de dejar dicho, que el medio de las temporales conveniencias, que practica, conduce antes a la vida espiritual. Lo que se confirma, por las palabras siguientes: Mas ahora me ha ocurrido (dice) usar de otras bien diferentes armas, y aun bien improprias... He de tentar reducirte por el camino de la conveniencia temporal. La elección de este medio, acaba de corroborar, práctico antes, el de la conveniencia espiritual, que dejó; y habiéndose valido (teniéndole por bueno) del verbo Sugerir, y de la voz Sugestiones, habrá de satisfacer V. Rma. a la implicancia; pues queda probado, y de pies a cabeza, que la cometió. Si me obstan, que el verbo sugerir significa reducir, ya al bien, o ya al mal, digo: Que aunque esto sea así, siempre la voz Sugestiones, se dirige a la persuasión de objeto malo; y que valiéndose, con indiferencia de las palabras sugirió, y Sugestiones, para reducir a fines, que juzga buenos, no se extrañará, se tomen, en un mismo sentido ambas; y si Sugirió, no puede arrastrar, aun de los cabellos, a que la voz Sugestiones, se dirija a objeto bueno, es preciso, para la conformidad, que practica, tenga el mismo sentido, del que tiene Sugestiones; y por consiguiente, los significados de cosa mala, así del Verbo como del Nombre.

Que se podrá extrañar (dice) el intento por desvarío (aunque lo conoce, no se detiene) y que no deben buscarse en la Religión conveniencias temporales; y que aunque se busquen, no se hallan. Pretende satisfacer a lo primero, diciendo: Que las conveniencias, que propane son lícitas, que no perjudican, y que antes conducen a la vida espiritual. Parece, que el Padre se aparta, del medio temporal, que propuso aquí, para la prueba: porque la expresión, de que se vale, De conveniencias temporales, lícitas, que no perjudican, y que antes conducen a la vida espiritual, tiene más de espiritual, que de temporal. Lo que se convence, por la fuerza, que expresa la particula Antes, y por el fin, que se tiene; pues siendo éste, espiritual, suele tomarse de él, la denominación.

A lo segundo: De que aunque se busquen, no se hallan. Responde. Que así se piensa en el Mundo. Mas a la verdad (dice) el Mundo está tan ciego, que basta que sea el dictamen más válido, para ser el más errado. Pretendiendo con ponderación, tan destituida [6] de fundamento, dejar su nunca oída proposición, asegurada. Lo que excede al intento, que propone, De desterrar Errores Comunes en todo género de materias; pues no repugna a esto, el que haya muchas verdades, que lo sean, de las que el Mundo tiene, por tales; porque no todas han de ser errores, lo que niega universalmente su segunda proposición, por la ceguera en que está el Mundo. ¡Válgame Dios, qué discurso! Repárenlo bien, y díganme: ¿Quién es el ciego?

No añade más prueba, que la de referir diferentes infaustos sucesos de Casadas, sin considerar, se pudiera hacer lo mismo, en cuanto a las Religiosas, que obliga la modestia, que se debe a tan perfecto estado, se callen, enterrándolos en el más escondido, y remoto sepulcro del silencio. Sólo diré: Que debiera la Carta hacernos ver, ¿a dónde se hallan las temporales conveniencias, en tantos Conventos pobres, donde están pereciendo las Religiosas, faltándoles, aun para lo más preciso? Y esto, en las Comunidades, que reciben con dote.

Prosigo, y digo: Que siendo el intento del Teatro Crítico, desterrar los Errores Comunes, es muy fuera del caso esta Carta, pues no puede ser Error Común, el casarse; y cuando se quisiera dar al público, que nunca debiera hacerse, ni aun haberse escrito, no le corresponde el lugar, adonde se coloca. De que nunda debiera darse al público, ni menos haberse escrito, lo justifica la Carta en su contenido, y cuanto vamos diciendo contra ella: Y si esto se condena, con tanta razón; ¿con cuánta más, debe condenarse, el haberla impreso, después de tantos años, que se escribió? Lo que es, muy reprehensible, así por el mucho tiempo, que se padeció el error, como porque aún se persevera en él, incurriéndose en duplicados errores.

De que sea muchos años, se prueba; pues dice V. Rma. que la dictó algún tiempo ha, y que la señora, para quien se escribió, es hoy muy observante Religiosa en un Convento Cisterciense. De lo que se convence los muchos años, que han pasado. Por lo que no se le puede admitir la ligera disculpa, que podría dar, de haberla escrito, con calor, por la perseverancia, que mantiene. Lo que se acaba de confirmar; pues habiendo impreso nuevamente el Teatro Crítico, y pasándose un año, después, que salió a luz la primera vez, repite su impresión. Vean, pues, ¿si persevera en su mal dictamen, y con el tesón, que le mantiene?

De que no le corresponde el lugar, adonde se coloca, se prueba. Porque siendo el Tratado de las Virtudes, y Vicios, y el Argumento: [7] Desterrar los Errores Comunes, pretende lo son: Concebirse la Virtud toda asperezas, y el Vicio todo dulzuras: La Virtud, metida en espinas: El Vicio, reposando en lecho de flores. Y propone, hacer ver: Que independiente de premio, y castigo, es mucho más molesto, y trabajoso el abandono a los deleites, que la práctica de las Virtudes Morales, y Cristianas.

Según esto pregunto: ¿Cómo considera el Mundo al Matrimonio? ¿Si como virtud? En lo que no puede haber duda, deben experimentarse en él (y esto, según dictamen de la Carta) menos asperezas, y espinas, de las tan decantadas, que por tan exorbitantes, no las alcanza la imaginación más lince, como asimismo debe suceder, por ser virtud, en el estado de la Religión.

¿Podrá decirse, que establece la Carta, ser el Matrimonio vicio? Ab sit, ni lo permite la caridad, ni el concepto, que se debe formar de Varón tan Docto, tan Cristiano, y tan Religioso. ¡Ah! ¿Qué desgracia, que teniendo esto, por cierto, dén motivo sus escritos a ilación, tan abominable? ¿Cómo podrá, pues, colocarse esta Carta, por pertenecerle (como lo dice V. Rma.) en el Tratado de los Errores, que se cometen, sobre Virtudes, y Vicios?

Se coloca, dirá V. Rma. para desterrar del Mundo el error, en que se está, de que en el Matrimonio, son todo felicidades, y que lo mismo es casarse, que holgarse, sin querer advertir las espinas de este estado. Padre mío, no nos levante testimonios: Todos vivimos en el Mundo, y conocemos, que tal error no se padece, pues cada cual tiene sus ojos abiertos, para evidenciarse, de que hay casadas felices, y otras infelices; de que se convence: nunca pudo ser del caso esta Carta, porque tal error, no se padece, y que lo es, dejar dicho: Porque pertenece al argumento,que seguimos en este capítulo; y mucho mayor, vanagloriarse, con las palabras siguientes: Y que le esfuerza mucho, pues sólo sirven para repetir a pares, los errores.

Furiosamente discurre V. Rma. en los Párrafos quinto, sexto, y séptimo: Pedían estos los transcribiera, con toda su extensión, para que se conozca la furia; lo que omito, por no abultar más, este Papel, y porque cualquiera los podrá ver en la Carta, entresacando lo bastante, para probar mi intento: Que los hombres (dice) sólo dan alguna atención a la alhaja poseída, cuando la posesión no está segura; y que cuando poseen, sin poder enajenar, como sucede en nuestro asunto, no sólo la miran sin cuidado; pero aun con tedio. Creo que hay muchos hombres malos; pero también debo juzgar, [8] que habrá muchos buenos, y con esto sólo, queda falsa la universalidad de esta proposición; y para que se vea el furor, con que se explica, y lo perjudicial de este Discurso, hago esta reflexión.

¿Puede suceder, que muchas mujeres, que viven mal, quieran salir de pecado, por medio del Matrimonio, y como todas deseen, ser estimadas, y atendidas, se entibien, y aun se aparten de tan santa resolución, por haber leído la Carta, y no querer verse despreciadas, y aborrecidas, y que continúen, manteniéndose en su ilícito comercio. ¿Quién será la causa de tanto mal?

La soberanía del Matrimonio (prosigue) muy pocos días consiente los privilegios de la hermosura. Es prenda esta, que con el tiempo se pierde; pero respeto del dueño de ella, mucho antes, se pierde su estimación. Con que no hay otro medio, para que se casen las mujeres, sino, el de que su hermosura sea perpetua; y aunque esto fuera, no bastará; porque respeto de los maridos, según la Carta, aun conservándola, se pierde su estimación. A la verdad excede esto, toda imaginación; pues parece se quiere, que aunque Dios transtorne, y derribe sus inviolables establecimientos, no puede llegar el caso, de que una mujer se case; y aun esto, no bastará, según lo dicho. Faltan voces para explicar, lo malo de este Discurso.

Prosigue en el Párrafo séptimo otro igual. Porque, ¿qué puede resultar (hablando de las casadas) de estas palabras? Todo lo continuado enfada; no es regalo al manjar lo dulce, sino lo exquisito. El plato más sabroso muy repetido, engendra hastío. Aquél siempre, que se atraviesa en la imaginación, al que posee de por vida, llena de mirra y de azibar lo mismo que goza. Nada tiene el hombre más inconstante, que el gusto. En su aprehensión mejora, como mude, aunque mudando empeore. Tan escandaloso es este Discurso, como el pasado.

Es muy bueno, y santo el reprehender los vicios, y muy proprio de un Religioso; pero esto, se debe practicar, con mucho cuidado, para que no resulte su enseñanza, de la misma reprehensión; y siendo lo venéreo, punto tan delicado, que ni aun permite parvidad de materia, el tiento para corregir, debe ser, usando de palabras, muy escogidas; porque cualquiera falta en este asunto, es grave; y siendo el Discurso referido instructivo, y aun provocativo, queda fuertemente herido el sexto Mandamiento; que también se atropellan estos, cuando se habla con furor.

Lo que se confirma, por este Discurso (no hablo con los malos maridos, ni con las malas mujeres, porque los considero, como gente [9] perdida, hasta que Dios quiera, se arrepientan, sino es, con las buenas casadas, y castas conyugalmente, como también con los continentes, y buenos maridos, que se ajustan a las leyes del Matrimonio) siendo tan sutil, como lo es el Demonio, este nuestro cruel y astuto enemigo, sugerirá a los casados, que se hubieren leído el referido Discurso, una, y otra vez, a los continentes, digo: Gustad de la mudanza, experimentad estos deleites; pues todo lo continuado enfada, &c. según sentir del Padre Feijoo, y como convengo, en que podrán resistirse a estas detestables, y abominables sugestiones (aquí está puesta la palabra Sugestiones, con la propiedad de su significado). Si por desgracia, como puede suceder, cayeren en la tentación, pasando estos casados, de felices a infelices; ¿quién será causa de estos pecados? Confieso, que quedo temblando, cuanto más considero este Discurso, y más viendo, que nuestro capital enemigo, se vale de este medio, para introducir sus asechanzas.

Prosigue, y dice: Resueltamente me atreveré a decir, que para hacer durable su complexión, le estaría bien a la discreta, poder ser tonta, y a la hermosa, transformarse en fea. Me ha parecido omitir, lo que se puede replicar, contra este Discurso, dejando la respuesta, para que la hagan, las señoras mujeres, casadas, y discretas.

Añade: Si el marido, se tiene por discreto, a ti, que lo eres, te mirará con ceño. Aun entre Bárbaros, se aborrecerá este Discurso; porque, por más, que lo sean, deben estimar en mucho, a la mujer discreta; y siendo esto así, ¡qué será, entre maridos Cristianos, y discretos! No prosigo, porque, para que estos, no tengan queja, me ha parecido asimismo, remitirles, la respuesta, que merece este Discurso.

Concluye este Párrafo, después de haber hablado, como queda referido, y dice: Tiene el tálamo mil linajes de disgustos, y muy agrios para quienes la modestia aún no ha hallado voces. Creeme sobre mi palabra, ya que no permite descender a mucha individuación esta materia. ¿Cuál será lo que calla, a vista de lo que deja dicho? Vean si esto, es preliminar, para que le crean a ciegas, o sobre su palabra. Y no pudiendo dar crédito a lo que ha escrito, ¿cómo se le podría creer, en caso de romper el silencio, que insinúa? Alabo lo que calla, y hubiera sido mejor, callar mucho más.

Veamos ahora, si podemos creer al Padre, sobre su palabra, y [10] cómo cumple las que da. Estoy esperando (dice al fin del Prólogo al Lector de su Teatro Crítico) muchas impugnaciones... Y aun algunos me previenen, que cargarán sobre mí, injurias, y dicterios... Si me opusieren razones, responderé a ellas; si chocarrerías, y dicterios, desde luego, me doy, por concluido, porque en ese género de disputa, jamás me he ejercitado. Pasemos al folio 343 de su mismo Teatro Crítico, y se verá, que citando al Filósofo, le calumnia, de hombre de pequeña cabeza. ¿Puede ser esto cierto? Díganlo sus palabras, que son las siguientes: Aristóteles pretende, (discurre el Filósofo en averiguar, de qué procede el discurrir unos hombres, más que otros) que los de cabeza pequeña son más discursivos; y el Padre añade: Conjeturo, que antes de escribirlo, tomó la medida a la suya. Vean si este modo de hablar, es injurioso, y con dicterios. ¡Y esto de un hombre, como Aristóteles! Muy presto faltó V. Rma. a su palabra, y con este ejemplar, cómo quiere que le crean, cuando, sin salir de su libro, se ve, que no la cumple, y si contra un Filósofo tan grande, respetado, después de millares de años, ejercita estas chocarrerías, ¿quién estará seguro de sus dicterios? Uso de estas voces, por ser las mismas, de que el Padre se vale, contra los que las injurian.

¿Qué le ha hecho a V. Rma. este Autor, para tratarle, tan ignominiosamente? Me atrevo a decir, se le ha olvidado, que son más de dos mil años, que corren sus obras, en todas las Universidades, con estimación, sin que hayan perdido la menor cosa, porque algunos modernos, le hayan impugnado en algunos puntos físicos, porque uno, y otro ha quedado en el estado de probabilidad; y que se levantó con el título, de ser entendido, por Antonomasia, Aristóteles, cuando sólo, se cita al Filósofo, título, que hasta ahora, nadie le ha quitado, siendo reparable la animosidad, que V. Rma. ejercita, buscando las ocasiones, sean, o no del caso, para explicarse, contra este tan grande Autor. Lo que redunda en desestimación de V. Rma. sino le gustan sus obras, impúgnelas, con la modestia, que se practica en las Escuelas, y no con calumnias; porque siendo éstas, armas vedadas, aseguran más la verdad, de lo que escribió el Filósofo, según lo deja V. Rma. establecido en el ya último citado Párrafo, del Prólogo al Lector, de su Teatro Crítico. Pues dice: Y aun algunos, me previenen, que cargarán sobre mí, injurias, y dicterios. En ese caso, me aseguraré más de la verdad, de lo que escribo, pues es cierto, que desconfía de sus fuerzas, quien contra mí se aprovecha [11] de armas vedadas. Vea V. Rma. por su proprio Discurso, del modo que queda, y cómo deja a Aristóteles.

Si en fuerza de esta réplica, quiere dar a entender, que cuando dijo, después de haber referido, que Aristóteles escribió, Que los de pequeña cabeza, eran más discursivos: conjeturo, que antes de decirlo, tomó la medida a la suya, no fue con intención, de injuriarle de hombre de pequeña cabeza; debe persuadirse, que estas escapatorias, ya se las conocemos, con el uso, que ha hecho de ellas, contra los que le han replicado, y que no se las admitimos; porque el sentido, que le damos a sus palabras, es literal; y cuando se le dé, de barato, ser equívoco, lo que dijo, debía prevenirlo, para que no se pudiese pensar, en tan gran calumnia. Además, de que de sus proprias palabras, se convence, cuál fue su intención; pues dice inmediatamente: Otros votan, a favor de las cabezas grandes. Y V. Rma. repite, como arriba: No debían ser las de estos, pequeñas; porque si lo fueran, seguirían a Aristóteles. De que se infiere, del modo, que V. Rma. hace burla, así de Aristóteles, como de los otros Filósofos, que ocupados, en asuntos, tan serios, para averiguar la verdad, quiere, que unos hombres, como estos, tomen la medida a su cabeza, para decidir, por lo grande, y pequeño de las suyas. No vaya cosa sin prueba; he dicho, Que el Padre, busca las ocasiones, sean, o no del caso, para explicar su animosidad, contra Aristóteles. Lo que pruebo.

Si V. Rma. escribiera la vida de este Filósofo, podría usar de estas palabras, que lleva al folo 346. Aunque es dudoso, si el resentimiento (de Aristóteles) llegó a tanto, que conspirase con Antípatro, contra la vida de Alejandro, y discurriese el modo, de conducir, para la ejecución del veneno. Sin escribir su vida, ¿puede ser otro el motivo, para este Discurso, que el de la mala voluntad? Y donde halló esto, pudo encontrar, que esta calumnia, no hizo la menor impresión en Alejandro; pues le encargó, después de ella, escribiese la Historia de los Animales. Lo que calla, quizás, porque podría servir a la justificación del Filósofo. Este tuvo mucho enemigos, (como sucede regularmente a los hombres Grandes) pues también le acusó Eurimedón, (Sacerdote de aquellos tiempos) de impío, de cuya impostura, quedó asimismo justificado. Al Párrafo 348 dice: Dejadas, pues, estas pruebas, que proceden, sobre doctrinas, Aristotélicas, o falsas, o inciertas, y sólo podrán servir a las mujeres, para redarguir a los Aristotélicos [12] cerrados, que aprueban, cuanto dijo su Maestro. Aquí, ya va contra éste, y sus Discípulos. Bastantemente parece, quedar probada la animosidad. Espero, se me disculpe esta digresión, pues no parece extraña, y ser causa la Carta de ella; y vamos a otra cosa.

No podré aprobar el dictamen dado: ¿Por qué no se le pidió parecer, sobre cúal era mejor estado? Pues cualquiera, que tenga mediano uso de razón, conocerá serlo el de la Clausura. Ni menos, el que fuese, para persuadir a una mujer, que resistía a entrar Religiosa; porque aunque su hermano, lo deseaba, y le instó para ello; tuviera, por respuesta Prudente, Cristiana y Religiosa, hacerle comprehender: ser lo más fuerte, de lo que se tropieza en este Mundo, la elección del estado; pues siendo todos buenos, y santos, debe vincularse la resolución a la misma persona, que lo ha de tomar; sin que Padres, ni Parientes, ni Amigos, deban mezclarse, en cosa de tanta importancia, en más de lo permitido, contribuyendo todos, en cuanto se pueda, para que se ejecute, la vocación; porque atravesándose, no menos, que la consciencia de todos, ¿quién no temblará, de aplicar medios, tan fuertes, que persuadiendo con artificio, lleguen a la fuerza, y a la violencia?

Dice con apariencia de sutileza: Que se excusa el medio de la súplica, valiéndose de la sola persuasión, por ser tanta, (dice) la abstracción del intento, que no es capaz de otra fuerza, que la que hicieren las razones (de otra fuerza dice: Luego, se valió de ella. ¡Qué Consecuencia tan buena!¡Qué Antecedente tan malo!) son tan soberanos (palabras formales, que se siguen a las referidas) los fueros, que goza el albedrío, en la elección de estado, que los ofende, aun la súplica. Si ésta los ofende, siendo más fuerte la persuasión, valiéndose de ella, ¿cómo quedará el albedrío? Hablo, contra la persuasión, vestida de razones aparentes, artificiosa, y seductiva, que es, la que V. Rma. practica. Porque conozco, que la pura, y sana, no sólo, se puede, sino es, que se debe practicar, cuando se trata, de apartar a alguno de un mal intento, y mayormente, cuando le concibe, como bueno. Para cuyos casos, juzgo indispensable, toda la mayor fuerza de la persuasión, para convencer al entendimiento; y aun la de la súplica, en la forma que V. Rma. da a entender, la comprehende. Pero como nadie puede decir: Que el quererse casar, sea, intento malo, todo el artificio, de que se vale la Carta, además, de ser, sin fundamento, por no poderle haber, contra objeto, tan perfecto, y [13] santo, como lo es el Matrimonio, contiene la más fuerte violencia; pues se vale de medios seductivos, con el fin de estorbar cosa tan santa, como lo es un Sacramento.

La libertad, para elegir estado, es precepto de nuestra Santa Religión, los inconvenientes, que resultan de forzarla, y más en este asunto, son muy grandes. Lleno está el Mundo de melancólicos, tristes, y horrorosos sucesos, originados de estas violencias. ¿Cuántos, y cuántas Religiosas, estarán hoy ardiendo en los Infiernos, que quizás, si se hubieran casado, estarían gozando de la Eterna Gloria? ¿Y cuántas casadas, habrá sepultadas en las llamas de aquel horroroso Abismo, que si hubieran sido Religiosas, se hallaran actualmente, en la presencia de Dios?

Cada cual tiene su genio, inclinándose unas a la Clausura, y otras, a casarse, todo es santo, y bueno; uno, y otro quiere Dios, y en nada se ofende, de que ésta, se case, y aquélla, profese; y se ofenderá su Divina Bondad, de que se disuada a la que quiere ser Religiosa, de este intento, persuadiéndola a que se case; como asimismo, de que se aparte, a la que quiere contraer Matrimonio, induciéndola a la Clausura; mayormente, cuando el artificio de los medios, explica el mayor horror, contra este, tan Santo Sacramento, como sucede en este caso. Lean la Carta, y lo verán.

Tampoco tuviera por conveniente, aun siendo consultado, por persona, que quiera sujetarse a dictamen ajeno, con resignación de condescender, a lo que se le aconseje, el que el sujeto consultado, determinase por sí, por más, que se lo rogasen; porque en tal caso, tratándose de Religión, o Matrimonio, parece, se desvía ejecutar, para dar dictamen, con acierto: Proponerle a esta mujer las conveniencias, así espirituales, como temporales, que se logran en la Religión, sin omitir la menor de las adversidades, porque en todos estados hay Cruz; y practicando lo mismo, en cuanto al Matrimonio, la aconsejará: Estudiase unas, y otras, con la mayor aplicación; y que después de muy bien premeditadas, por muchos días, con la mayor reflexión, ejercitándose, al mismo tiempo, con muchas, y diferentes buenas obras, pidiese, muy de veras a su Divina Majestad, la alumbrase, para la elección; exortándola, y esto, con eficacia, a que espere. Que pidiéndolo, con buena intención, la asistirá su Divina Piedad, para que escoja el estado, que más la podrá convenir; con lo cual, esta Alma, será feliz; porque Dios, a [14] nadie deja, el consejo, será tanto, y sin recelo, en su consciencia, de haber dado un mal parecer. Esto es, lo que debía contener la Carta.

¿Quién hasta ahora, ha visto, discurriéndose de estados, tan perfectos, y que en entrambos, concurren, por nuestra desgracia, tantas y tan graves penalidades, se ponderen, sólo, bienes y convenicencias del Religioso, sin individualizar, aun con mayor exactitud, como se deviera, las adversidades? ¿Y quién, tan horrorosamente, ha desentrañado las inquietudes, y fuertes disgustos del Matrimonio, sin mencionar, la menos de sus felicidades y conveniencias?

Del modo, que se pinta el Matrimonio, no hay mujer casada, dichosa. Fuerte desgracia, cuando las más, rabian por casarse. ¡Ah! ¡Pobres casadas, si fuera cierto, lo que la Carta dice! Mayormente, siendo, con tanta generalidad, pues quiere: Que, aun, de aquellas, de las cuales se ignoran los desconsuelos, afirma el Padre, con su gran caridad, callan sus trabajos que aseguran tienen, por no pasar por la vergüenza de decirlos, y porque no las tengan, por despreciadas, sabiéndose las tratan como esclavas; sin que haya marido, que sea bueno, aunque lo parezca, ni quererlo creer, en medio de que habrá muchos, y muy buenos. Juicio que le tengo por muy temerario. Pruébolo.

Debe V. Rma. tener presente, como tan Docto y Catedrático de Teología, facultad tan sagrada, que entre todas las otras, es la sola y única que tiene por su objeto a Dios, que es Virtud Teologal la caridad, y tan grande, que es la única, que entra en el Cielo, Virtud, que nos aconseja y manda que cuando se está en duda, de si un sujeto es bueno o malo, se ha de presumir y creer lo mejor. Esto supuesto, discurro así: Que se hable de algunos maridos, que son ciertamente malos, entre los que lo saben, vaya; aunque fuera mejor excusarlo; pero que se tengan, por malos, sólo porque son maridos aquellos de los cuales no se quejan sus mujeres, ni por otra parte se entiende, que lo sean, y creerlo así V. Rma. es tremendo incurso, contra la caridad. Tan común es esto, que lo lleva el Catecismo. Pues, no es esto lo peor: Lo peor es: que no sólo lo cree y quiere, sino: que quiere persuadir a los demás a que lo crean. Si el pensar de esta fuerte del próximo, no es juicio, y muy temerario, no sé cuál lo pueda ser. Porque nunca se ha de presumir lo malo, sin que conste, y V. Rma. no [15] sólo lo presume, y lo afirma, sino es que quiere que los otros lo crean. ¡Valiente y voluntario desacierto! Y con duplicado error.

¿Qué trabajos, qué angustias, qué penas, y qué contratiempos, no se le aplican a la mujer casada? Y esto, en general, el que leyere la Carta, lo verá. Referiré sólo algunos, por no ser prolijo: ¡Cuánto desconsuelo, si no hay hijos! ¡Y cuánto afán, si los hay! ¿Qué vigilancia basta, para su buena educación? Si salen malos, ¿qué disgustos no ocasionan? Si son muchos, ¿qué congojas al pensar en el modo de darles estado? ¿Qué dolor, si muere alguno?

Padre mío, si Dios se los lleva, antes del uso de la razón, ¿será justo el desconsuelo de una madre, que puede considerarse, serlo de Ángeles? Si Adultos, pueden morir Santos, que no todo se lo ha de llevar el Diablo; y descendiendo del Cielo a la Tierra, pueden ser de mucho consuelo a sus Padres, remediándolos en muchas necesidades, muy Doctos, sabios Magistrados, grandes Prelados, insignes Obispos, famosos Capitanes, y de mucho provecho, y gran lustre a la Patria; y no repugnándoles las primeras Dignidades, pueden ser, con la Púrpura, Príncipes de la Iglesia, Soberanos, Reyes, Emperadores, y Pontífices, como se han visto muchos, con estos legítimos títulos, aun naciendo de padres muy humildes.

Supongamos, lo que Dios no quiera, que salgan malos. Los Padres, los pueden hacer buenos, con su ejemplo, saludables consejos y otras aplicaciones; y si esto no se consigue, habiendo hecho por su parte lo que está a su obligación y cuidado, podrán sacar mucho mérito, conformándose con la voluntad de Dios los Padres; como asimismo, en caso de no tenerlos, y estos casados, gobernándose de esta fuerte, y ofreciendo los trabajos a Dios, y en particular la mujer, a los cuales la sujeta el marido, si es que es malo, será más perfecta, que muchas Religiosas. Digo la mujer, porque todo el conato de la Carta es de protegerlas y lisonjearlas (y aun fuera de ella) sin considerar que tanto incienso es muy perjudicial hacia estas y ni puro, ni sano, hacia la consciencia de un Religioso.

¿Es posible se logren tales felicidades como se pondera en la Clausura? Oh y cuánto nos alegráramos de que esto fuese así. No dudo que algunas las experimentarán; pero que las logren [16] todas lo tengo por arrojo. Ya veo (dice la Carta) Que no se puede negar, el que hay varias penalidades, haciendo sólo mención de la que tiene, por la mayor, que es: La principal, que consiste en algunas horas de Coro, distribuidas de modo que no alteran las del sueño; y aun esto (dice) no sé si lo llame trabajo.

Como se compone, confesar varias penalidades, hacer sólo mención de la Principal, que sin duda tiene por la mayor (que no creo sea la que refiere en comparación de otras, que hay mucho más fuertes) ignorar que esta sea trabajo, al paso que confiesa ser lo más penoso, y quedar muy satisfecho de haber establecido ser todo dichas y felicidades en la Clausura; porque a las Religiosas, en la asistencia al Coro, que dice ser su principal gravamen, se les da tiempo, para que duerman. Confieso, que no lo entiendo. Allá se lo averigüen.

¡Cómo qué! ¡Todas de buena gana al Coro! ¡Todas obedecen con gusto! ¡Todas amigas íntimas, de cada una de por sí, recíprocamente, y en todas edades contentas! Gran felicidad, si así sucediera; ninguna mal hallada en la Clausura, asegurando V. Rma. esta última circunstancia, con expresiones tan fuertes, como decir: Gracias a Dios, que puedo usar de luces más sagradas, para disipar estas sombras. Es casi increíble lo que voy a decirte. Habiendo frecuentado algún tiempo los Confesionarios de las Religiosas, ninguna baja ahora en la manifestación de su consciencia, me tocó la materia de Clausura, a ninguna jamás oí, ni el menos desconsuelo de padecerla, ni la más leve tentación de violarla. Esto en lo natural, parece que no cabe; pero gasta Dios, muy especiales atenciones con sus Esposas, suavizándoles, aunque sea a costa de milagros, las prisiones, en que le han sacrificado su libertad.

Quiero creer, que no haya encontrado V. Rma. una, entre tantas, con el deseo de salir de la Clausura, por el respeto que debo a su Persona, que así lo asegura; pero no podré dejar de decirle, habrá confesado a pocas porque como la misma Carta insinúa, parece no cabe en lo natural; y conociéndolo así, recurre a milagros: De que se infiere, no puede pasar la proposición a ser universal; pues aunque diga: Que gasta Dios muy especiales atenciones, en sus Esposas, suavizándoles, aunque sea a costa de milagros, las prisiones, en que le han sacrificado su libertad. Se [17] podrá creer, respecto de algunas, pero no en la generalidad con que se habla; pues aunque es ciert: Que Dios, hace muchos milagros, también lo es de que no los hace sin necesidad. Lo que se comprueba por los muchos que hizo (hablo de los que causaban admiración, ya que por nuestra desgracia no nos admiramos de los infinitos que vemos continuamente) en la primitiva Iglesia, cuando estableció Cristo la Ley de Gracia, y la mandó predicar a los Apóstoles, como asimismo de los muchos que hizo Dios en la Ley Natural y Escrita, por ser conveniente entonces la repetición de sus Prodigios. Esto todos lo conocen; como asimismo de que podrá Dios también a costa de milagros, a algunas casadas, consolarlas, para que tengan alivio en las penalidades que pueden padecer. Y qué sé yo, si hubiera sido más prudente, más cauto y aun más acertado excusar al Sacramento de la Penitencia para esta prueba; pues aunque no digo se revele cosa positiva, es muy delicado el sigilo, aun para que se declare lo que no se sujetó a él, mayormente, no habiendo necesidad e importar menos el querer probar un imposible que no debiera hacerse por medio tan Sagrado. Cualquiera conocerá sus consecuencias; y así Padre mío, a espacio con los Sacramentos.

¿Es posible que no se encontrará en algunas (muchas serán, y sin duda) padecer disgustos de una Prelada, que justa o injustamente niegue la licencia para el Locutorio, y para otras cosas, que se desean y tal vez con ansia, y que mande, ya por mortificar o ya por capricho, lo que se repugna? ¿Enemistades caseras, poco gusto al Coro, a la abstinencia, ayunos, disciplinas y otras tantas mil cosas a que suele repugnar el amor proprio, y que de ordinario, suceden en las Comunidades? Bien puede ser; pero no es creíble: Y si acontece lo referido, ¿adónde hallarán estas las felicidades y dichas exageradas con tanta seguridad?

¿Quién quedará persuadido, de que las Religiosas sin una virtud muy acrisolada, estén contentas, de ser Ancianas?. Debiera esto ser así, no sólo respecto de las Religiosas sino es aun respecto de todas las Criaturas racionales, para dar gracias a Dios, de la dilatada vida que les concedió; pero como cada cual tiene sus pasiones, y aun hablando de las Religiosas, no todas son santas, es fiero enemigo el amor proprio que las combate; siendo más que cierto que por lo general desagrada la vejez. [18]

Pregunto: ¿Cómo se compone el gusto, de ser Ancianas, con lo que dice V. Rma. De haber Conventor, donde las más de las Religiosas a porfía huyen de ser Preladas? Siendo así, que para estos empleos se suelen buscar las Ancianas; ¿cómo, pues, podrán estar contentas de serlo las que repugnan la Prelacía? Con lo cual quedará V. Rma. convencido, en su misma contradicción, y cuán aventuradas son las proposiciones universales sobre lo que discurriré en lugar más proprio.

Llama la Carta, con el Epíteto de Rudos, a los que tienen, por quebradiza, y vidriada la complexión de la mujer. Si esto es así, ¿qué razón ha tenido el Teatro Crítico, para no desterrar del Mundo, como Error Común, este sentir, de los que calumnia de Rudos? Que yo los llamara con más razón Sabios; y si responde, que prosigue la obra y que con el tiempo lo hará; sólo le diré, que me alegraré de ver cómo lo prueba que es del modo que se deben establecer las proposiciones. Padre mío, con la Gracia de Dios, ni hay flaqueza ni complexión vidriada, y tan fuertes, son con ella las Religiosas como las Casadas; y fuera de esta circunstancia en lo general siempre se ha tenido por quebradiza y vidriada la complexión de la mujer. Entiéndalo así V. Rma. y no nos introduzca novedades, porque regularmente es esto muy peligroso.

Quien padece, por ignorante que sea: El notable error, de no distinguir (como dice la Carta) lo que puede Dios y el hombre de lo que puede el hombre solo. Todos saben ser casi nada lo que puede sola la Criatura, y en esto no hay Error Común, como ni tampoco en que todo lo puede asistida de la Divina Gracia; y si se hallan con esta, las Religiosas podrán más que las Casadas, que carezcan de ella; como asimismo serán estas más poderosas si la gozan que las Religiosas que no la tuvieren. Pues no es creíble se quiera que asista Dios con su Gracia a cuantas Religiosas hay, y que la niegue a todas las Casadas.

Oigamos ahora a los Plebeyos, y veremos cuáles son los clamores de sus espíritus. Se quejan amargamente de la injuria que V. Rma. les hace, cuando dice: Y es que estos, puesta siempre la mira en la villana condición de nuestra naturaleza, no tienen ojos para las maravillas de la gracia. Es tan grande el dolor, que les causa este Discurso, que no pudiendo tolerarle, [19] uniformemente gritan diciendo: Que no pueden perdonar a V. Rma. en este falso testimonio, que les levanta, hasta que, arrepentido, les restituya al Cristianismo. Nosotros, dicen, no somos Idiotas; y aunque Plebeyos, profesamos la Religión, Católica, Apostólica y Romana; y no somos tan rudos, que ignoremos la Doctrina Cristiana, y no se nos administran los Sacramentos sin que preceda examen, de si la sabemos o no, de nuestros Curas, que es lo que basta, para hacer diferencia, de lo que se puede Dios, y el hombre, y de lo que se puede el hombre solo. Si algunos desalmados son como el Padre dice, no lo ha de pagar el pobre Pueblo; porque en todas clases se halla gente mala; y así, Padre mío, nos ha de volver la honra, y ha de confesar, que somos Cristianos, y Católicos, que recibimos los Sacramentos y que estos no se dan al que no conoce a Dios, y a quien ignora, lo que puede el hombre con su Gracia. A estos justos clamores, se levantó de entre ellos un venerable Viejo, y dijo: Conozco, que aunque está de nuestra parte la razón, gritamos en el Desierto; porque el Padre, perseverando siempre en sus trece, la despreciará como Voz del Pueblo.

Poco importa, respondió otro Viejazo, de no menor representación: Diga lo que quisiere, pues estando la justicia de nuestra parte, conocerán todos que el Padre nos ofendió, faltando al mismo tiempo al octavo Mandamiento de la Ley de Dios. Parece, que la Plebe deja autorizada su queja; y según la cuenta, son ya tres Mandamientos de la Ley de Dios los ofendidos; y acordándome que por haber dejado V. Rma. un Sacramento herido y otro casi leso, dije: Y así, Padre mío, a espacio con los Sacramentos, haciendo reflexión de haber probado, deja asimismo atropellado el sexto Mandamiento, quebrantado del de Al prójimo, como a ti mismo, y ahora el de No levantar falso testimonio. Con cuánta razón, y con cuánto dolor, prorrumpiré, repitiendo a espacio Padre mío, a espacio con los Mandamientos, a espacio. ¡Oh si de tanto a espacio, resultara la enmienda!

Aunque en lo general, (dice la Carta) los vicios, son hijos de las pasiones, se puede decir con alguna propiedad, que hay pasiones que son hijas de los mismos vicios. Que es lo mismo, que decir: Que hay vicios que son primero que las pasiones; [20] lo que ni es ni puede ser; porque nunca puede existir, primero el efecto, que la causa; y siendo las pasiones Madres y causas de los vicios, deben ser éstos posteriores. Añade V. Rma. Que hay cierta especie de pasiones, en quienes quien nunca ha sido vencido, apenas tiene que vencer. De las cuales discurro no se podrá dudar, el que sean primero, que los vicios; pues, no existiendo estos, subsisten aquéllas; y no como quiera, serán primero, sino es, que lo serán, con prioridad de tiempo. Esto supuesto, digo: Que aunque las pasiones sean tan fuertes y desordenadas, que lo mismo sea tenerlas, que seguirse los vicios, aun en este caso siempre serán primero que estos a lo menos, por prioridad de origen, y de naturaleza; de que se infiere, por legítima consecuencia, que nunca podrán ser las pasiones hijas de los vicios; pues jamás puede ser posterior la causa a su causado.

Esto probado, y supuesto sin embargo de ser el asunto tan serio, pido se me permita referir una pregunta pueril, por la propiedad con que quedará convencido, el Discurso del Padre. Para divertirse con los Niños, se les suele preguntar: ¿Quién fue primero, el Huevo o la Gallina? Responde el Niño, con su acostumbrada viveza: Primero fue la Gallina. No hay tal, se le replica: Primero fue el Huevo, porque de este salió la Gallina. Es verdad, responde el Niño, con su natural inocencia. Pues no es así, se le vuelve a replicar: Primero fue la Gallina, porque de esta salió el Huevo; y con este artificioso y seductivo juguete, queda embarazado el pobre Rapaz, sin asegurarse de que respondió bien, habiendo dicho que fue primero la Gallina.

Aplique V. Rma. este artificioso engaño y vea, cómo podrán ser algunas pasiones, hijas de los mismos vicios. Por lo que le suplico nos deje con estas verdades de todos creídas, y no nos venga con Discursos que son proprios para reír con la pueril inocencia. Pues debe causar admiración, y muy grande, de que el Teatro Crítico, cuyo argumento es: Desterrar los Errores Comunes, que se cometen en el Mundo, faltando, a lo que ofrece, introduce este y muchos otros, en el Discurso de su Carta, como queda probado sin entretenernos en los innumerables que se encuentran en la lectura de todo su Libro. Que ya otros han manifestado.

Pues, ¿qué diré de las proposiciones universales, que establece? [21] Son casi infinitas, lo que en sujeto tan Docto es muy reprehensible; pues debe saber, según Reglas de Súmulas, que la Proposición universal afirmativa queda falsa por cualquier particular negativa, que es verdadera, por oponérsele contradictoriamente; como al contrario, muchas son las contradicciones en que incurre la facilidad de arrojar proposiciones universales; y si en esto se hubiera ido más a la mano, se viera menos acometido el Teatro Crítico, de tanta multitud de cargas cerradas como con acierto, se han disparado contra el blanco de su Obra. Porque las consecuencias de proposiciones universales sólo se infieren de universales premisas, sin que jamás puedan ser ilativas de premisas particulares; a menos de añadirle a estas la Partícula, & sic, de caeteris; cuyo modo de argüir llaman los Sumulistas, Inducción. Confieso que me causa grandísimo rubor entretenerme en esto, hablando con un Catedrático de Vísperas de Teología, de una Universidad tan célebre como la de Oviedo.

Concluida la Carta nos advierte: Que hizo el efecto, que se deseaba, que entró Religiosa la persona, y que actualmente persevera muy observante. Debo alegrarme de este suceso, como con efecto me alegro infinito; pero, como pudo acontecer lo contrario, no por eso deja de ser indigno de alabanza el consejo, que se dio; y que supongo se hubiera callado esta noticia (y así se creerá generalmente) si el suceso hubiera sido malo; porque al paso que los que se precian de Valientes, cuentan lo airoso, que salieron en sus pendencias, callan cuando quedaron con la cabeza rota.

Concluyo este Escrito diciendo: Que la Propagación del Género Humano fue mandada desde el principio del Mundo por Dios, cuando instituyó el Matrimonio de nuestros primeros Padres; todas las Leyes, la Natural, la Escrita y la de Gracia, la establecieron: en el Principio, sólo destinó su Divina Majestad Macho y Hembra; en la Ley de Moisés, por la dureza de los Judíos, se permitió con mayor extensión; y en la Evangélica con algunas restricciones dirigidas al restablecimiento de su primer Instituto, como más convenientes a la mayor perfección que restableció Cristo Señor Nuestro, cuando de puro contrato elevó al Matrimonio a la grande Dignidad de Sacramento; pero siempre teniendo presente la Propagación, como de Precepto Divino irrevocable. [22] No sé que el Estado Religioso, aunque sea más perfecto, tenga esta antigüedad; y aunque el propagar no tuviera por su Autor al mismo Ser infinito, sólo por lo antiguo de su origen, fuera muy recomendable, mayormente habiéndose practicado, sin interrupción, en todas las Edades; ¿y cómo pudiera mantenerse el Género Humano de otra forma?

El Santo Sacramento del Matrimonio tiene por su objeto principal mantener la Propagación, de la cual fue su Legislador Dios; (digo principal porque la Iglesia permite se casen algunos, por otros motivos) y no pudiendo padecer la menor réplica lo referido; independiente, de otros motivos que puede haber, considerando, cuán Escandalosa y Denigrativa es la Carta, y que directamente se opone al Matrimonio, SAcramento de Nuestra Santa Madre Iglesia, instituido por la misma Majestad de Cristo Señor Nuestro, por fin, tan Santo, como lo es, el mantener al Mundo con licencia de tan Docto Padre, y salvando el mejor parecer, la juzgo digna de la más seria Centuria.

Puede ser, se halle menos, salga este Papel, sin la Autoridad de leyes, ya refiriendo sus lugres, con expresión, o ya citándolos solamente; como asimismo, sin la de Autores, que le comprueben y adornen. A lo que se responde, que el haberse omitido esta erudiciión, ha sido con particular cuidado; así por seguir al Autor de la Carta, en el riguroso silencio, que observa sobre estas dictas, (Discurro, que aunque quiera darlas, para probar su intento, destruyendo mis réplicas, no podrá) como porque cualquiera comprehenderá, por su simple y natural exposición, la fuerza y notoriedad de sus verdades. El Docto tendrá presentes las Sagradas Escrituras que lo apoyan, como asimismo los Sagrados Cánones, Concilios y Autoridades de los Santos Padres; pues apenas hay proposición que carezca de estas Protecciones debajo de cuyos estables y sólidos fundamentos están aseguradas sus verdades.

Confieso, que aunque me arguyan de Inconsecuente, no he podido contenerme ni resistir a pasar por alto el famoso lugar de San Pablo. Exclama el Apóstol, ad Effes. 5. v. 32. hablando del Matrimonio, y dice: Sacramentum hoc magnum est; ego autem dico, in Christo, & in Ecclesia. Para que teniendo presente, verdad tan Sagrada, los malos casados se corrijan, y se hagan buenos, a fin de que juntos con los de esta Clase, ayudándose [23] cada día más, y más, se fortifiquen, para conseguir la mayor perfección y el aumento de la Gracia, que causa este Sacramento; y los que tuvieren verdadera vocación que causa este Sacramento; y los que tuvieren verdadera vocación de entrar, en tan perfecto estado, se alienten y animen para ejecutarlo en Gracia de Dios, como su Divina Majestad lo manda, con la felicidad del Don de la perseverancia.

Omnia sub Correctione.

 

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Transcripción, realizada a partir de un ejemplar original, del texto contenido en un impreso de 23 páginas, en el que no se hace figurar ni el nombre del autor ni la fecha de la edición, descrito con el nº 1076 en Doscientos cincuenta años de bibliografía feijoniana (de Silverio Cerra Suárez, Studium Ovetense, Oviedo 1976), donde se data en [ 1727 ].


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