Filosofía en español 
Filosofía en español

cubierta del libro III Simposio de Lógica y Filosofía de la Ciencia
Valencia, 11, 12 y 13 de noviembre de 1971

Filosofía y ciencia en el pensamiento español contemporáneo (1960-1970)

Editorial Tecnos S. A. O'Donnell, 27 · Madrid 9 · Madrid 1973. Depósito legal: M. 65071973 · 326 páginas · 135×214 mm

Colaboradores: Josep Ll. Blasco, Valeriano Bozal, Alberto Dou, José Ferrater Mora, Manuel Garrido, Manuel Medina, Amando de Miguel, Jesús Mosterín, Javier Muguerza, Vicente Muñoz Delgado, Carlos París, Pedro Pascual, José M. Rodríguez Delgado, Pedro Schwartz.

«Durante los años 1960-1970 han surgido en España varios centros de investigación filosófica (Departamentos de Filosofía de las Universidades Autónoma de Madrid, Barcelona, Oviedo y Valencia; grupo “Comunicación” de Madrid) que coinciden, por encima de sus discrepancias, en la preocupación por construir una filosofía crítica y científica.
El Simposio sobre “Filosofía y Ciencia en el pensamiento español contemporáneo (1960-1970)”, tercero de los organizados por el Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valencia y celebrado bajo la Presidencia de J. Ferrater Mora, reunió a personalidades representativas de cada uno de esos centros y a figuras relevantes del mundo científico español, interesadas también por iniciar un encuentro entre filosofía y ciencia. Entre ellas asistió como invitado de honor J. M. Rodríguez Delgado.
Las comunicaciones del Simposio, que tuvo lugar en la Universidad de Valencia durante los días 11, 12 y 13 de noviembre de 1971, se organizaron en tres grupos.
I. “Filosofía y Ciencias Formales”, con la intervención de los Profesores Mosterín (Barcelona), Dou (Madrid), Blasco (Valencia), Ferrater Mora (Bryn Mawr, Pensilvania) y Muñoz (Salamanca).
II. “Filosofía y Ciencias de la Naturaleza”, con la intervención de los Profesores Pascual (Barcelona), París (Madrid), Garrido (Valencia) y Rodríguez Delgado (Yale, U. S. A.).
III. “Filosofía y Ciencias Sociales”, con la intervención de los Profesores Schwartz (Madrid), De Miguel (Valencia), Muguerza (Madrid), Montero (Valencia), Bozal (Madrid) y Medina (Erlangen, Alemania).
Este Simposio reunió, además, un conjunto de comunicaciones escritas que constituyen una visión panorámica completa de las diversas corrientes filosóficas y del desarrollo de los distintos campos científicos en el reciente pensamiento español. Dichas comunicaciones aparecerán formando otro volumen, cuya publicación correrá a cargo de Editorial Tecnos. Una información más detallada sobre el contenido de ese volumen figura en las páginas finales de este libro.» [ contracubierta ]

Programa del Simposio e Índice

Programa

11 de noviembre [de 1971]

Tema general: Filosofía y ciencias formales

Discurso inaugural del presidente del Simposio, profesor Ferrater Mora.

Profesor Mosterín, Departamento de Lógica, Universidad de Barcelona: «Universo de la teoría de conjuntos».

Profesor Dou, Departamento de Análisis Matemático, Universidad de Madrid: «Inteligencia artificial y su alcance antropológico».

Profesor Lledó, Departamento de Historia de la Filosofía, Universidad de Barcelona: «La filosofía del lenguaje en el pensamiento actual».

Moderador: profesor París.

Profesor Blasco, Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia, Universidad de Valencia: «Análisis categorial».

Profesor Ferraté, director de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, Barcelona: «Una generalización de la lógica: técnicas de cálculo estocástico».

Profesor Muñoz, Departamento de Lógica, Universidad Pontificia de Salamanca: «El formalismo como método auxiliar de la historia de la lógica».

Profesor Ferrater Mora, Departamento de Filosofía, Bryn Mawr College: «Pinturas y modelos».

Mesa redonda: «Filosofía y lenguaje».

12 de noviembre

Tema general: Filosofía y ciencias de la naturaleza

Moderador: profesor Lledó.

Profesor Pascual, Departamento de Física Teórica, Universidad de Barcelona: «Problemas y resultados de la investigación física contemporánea».

Profesor París, Departamento de Fundamentos de Filosofía, Universidad Autónoma de Madrid: «Hacia una antropología filosófica».

Profesor López Piñero, Departamento de Historia de la Medicina, Universidad de Valencia: «Aproximación a una sociometría de la ciencia».

Profesor Pinillos, Departamento de Psicología, Universidad de Madrid: «Panorama crítico de la psicología española contemporánea». [10]

Moderador: profesor Pinillos.

Profesor Garrido, Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia, Universidad de Valencia: «Biología y mecanicismo».

Profesor Laín, Departamento de Historia de la Medicina, Universidad de Madrid: «Métodos y problemas en la historia de la medicina».

Profesor Rodríguez Delgado, Departamento de Fisiología, Universidad de Yale: «El control del cerebro y la dirección psicocivilizada de la conducta».

Mesa redonda. Presidente, profesor Rodríguez Delgado: «Filosofía y biología».

13 de noviembre

Tema general: Filosofía y ciencias sociales

Moderador: profesor Bueno.

Profesor Schwartz, Departamento de Historia de las Doctrinas Económicas, Universidad de Madrid: «Una crítica de la definición de ciencia económica de Robbins».

Profesor de Miguel, Departamento de Sociología, Universidad de Valencia: «Sociología y subversión. Revisión crítica de la sociología española».

Profesor Rojo, Departamento de Teoría Económica, Universidad de Madrid: «Problemas y resultados de la metodología económica».

Profesor Bueno, Departamento de Fundamentos de Filosofía, Universidad de Oviedo: «Dialéctica y filosofía».

Moderador: profesor Ferrater Mora.

Profesor Muguerza, Departamento de Filosofía, Universidad Autónoma de Madrid: «Ética y ciencias sociales».

Profesor Bozal, Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Madrid: «Dialéctica y ciencias sociales».

Profesor Montero, Departamento de Historia de la Filosofía, Universidad de Valencia: «Sobre la teoría de la esencia de Zubiri».

Mesa redonda: «Filosofía y ciencia: convergencias y fricciones». Discurso final del presidente del Simposio, profesor Ferrater Mora.

Envían también comunicaciones:

Profesor M. Sánchez-Mazas, Asociación Suiza para la Automática, Ginebra. M. Medina, Departamento de Lógica, Universidad de Erlangen.

Índice

M. Garrido, Presentación, 13

J. Ferrater Mora, Discurso inaugural, 15

J. Mosterín, La matemática como lenguaje, 23

A. Dou, Implicaciones de la inteligencia artificial para el conocimiento humano, 37

J. Ll. Blasco, Análisis categorial, 53

V. Muñoz Delgado, El formalismo como método auxiliar de la Historia de la lógica, 69

J. Ferrater Mora, Pinturas y modelos, 87

M. Medina, Lógica de la preferencia y economía normativa, 99

P. Pascual, Problemas y resultados de la investigación física contemporánea, 111

C. París, Hacia una antropología filosófica, 131

M. Garrido, Biología y mecanicismo, 153

M. Rodríguez Delgado, Control cerebral y conducta psicocivilizada, 169

P. Schwartz, La definición de ciencia económica por Robbins. Una crítica, 187

A. de Miguel, Revisión crítica de la Sociología española, 231

J. Muguerza, Ética y ciencias sociales, 275

V. Bozal, Dialéctica y ciencias sociales, 299

J. Ferrater Mora, Discurso final, 317

[ Como complemento… ]

[ páginas 7-11 ]

Presentación

Durante los años 1960-1970 han surgido en España varios centros de investigación filosófica (Departamentos de Filosofía de las Universidades Autónoma de Madrid, Barcelona, Oviedo y Valencia; grupo «Comunicación» de Madrid) que coinciden, por encima de sus discrepancias, en la preocupación por construir una filosofía crítica y científica.

El Simposio sobre Filosofía y ciencia en el pensamiento español contemporáneo (1960-1970), que es el tercero de los organizados por el Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valencia, reunió en esta ciudad durante los días 11, 12 y 13 de noviembre de 1971 a personalidades representativas de cada uno de esos centros y a figuras relevantes del mundo científico español, interesadas también por iniciar un encuentro entre filosofía y ciencia.

Este Departamento agradece su participación a todos los Profesores invitados, de modo muy particular al Profesor J. Ferrater Mora, de Bryn Mawr, Pensilvania, por haber aceptado la Presidencia, y al Profesor J. M. Rodríguez Delgado, de la Universidad de Yale, por haber accedido a participar como invitado de honor.

Asimismo agradece su ayuda a las personas y entidades que hicieron posible la realización del Simposio, especialmente al Rector de la Universidad de Valencia, Profesor J. J. Barcia Goyanes, y a las Cajas de Ahorros de Valencia y Sagunto.

Valencia, diciembre de 1971.

M. Garrido

[ página 13 ]

Discurso inaugural

José Ferrater Mora
Departamento de Filosofía, Bryn Mawr, Pensilvania

Si por improbable ventura anduviéramos cortos de problemas, podríamos comenzar por plantearnos uno: en un Simposio de lógica y filosofía de la ciencia, ¿pertenece al Simposio el Discurso Inaugural? Puesto que éste lo es del Simposio, forma parte de él; puesto que no trata ni de lógica ni de filosofía de la ciencia, no forma parte de él: el Simposio consiste en ponencias de lógica y filosofía de la ciencia, no en discursos sobre estas ponencias.

El problema puede resolverse de dos modos. Uno consiste en concluir que el ya iniciado Discurso Inaugural es un fragmento de un metalenguaje que habla del lenguaje resumido en la expresión 'ponencias del Simposio' –no necesariamente al modo como un metalenguaje que dispone de medios lógicos más poderosos que un determinado lenguaje puede hablar de éste, sino simplemente al modo como las palabras 'El teorema 33 reza…' anuncian que, tras ellas, viene la formulación del teorema 33. El otro modo de resolver el problema es mucho más sencillo y más a tono con el sentido común: un Discurso Inaugural de un Simposio de lógica y filosofía de la ciencia es un Discurso Inaugural de tal simposio y ahí termina la cosa. El susodicho Discurso no plantea, pues, ningún problema, ni tiene por qué plantearlo; al fin y a la postre, no estamos embutidos en una reunión de vetustos escolásticos que se complacen en ensartar cuestiones en fila india, vengan o no a cuenta, sino en medio de gentes que no necesitan armar problemas más o menos facticios, porque tienen bastante con los muchos que les asedian constantemente y que son todo lo contrario de facticios –digamos «reales», en un sentido de 'reales' que dentro del presente contexto pierde toda su hinchada trascendencia.

Que éste sea no sólo un Simposio de lógica y filosofía de la ciencia, sino, además, el tercero que se celebra regularmente en España, dice muchas cosas en favor de algunos de nuestros compatriotas –y por carambola (pero con algunas de esas carambolas se va haciendo la historia), mucho también en favor de nuestro [18] país, que de este modo prueba lo que los carteles proclaman, esto es, que «es diferente», aunque diferente de lo que se quería hacer creer, lo que, en último término, equivale a decir que no es tan diferente como se pintaba. Por descontado, y ante todo, dice mucho en favor de quienes han dedicado tanto tiempo, talento y esfuerzo a la organización del Simposio, con el profesor Manuel Garrido al frente y con el Departamento de lógica y filosofía de la ciencia de la Universidad de Valencia sirviendo de firme soporte. Al profesor Garrido hay que agradecer la iniciativa de este Simposio y de los que lo precedieron, y al propio profesor Garrido hay que conminarle para que siga en la brecha y (si se me permite echar mano de palabras floreadas sin las cuales ningún Discurso Inaugural es digno de este nombre) para que no deje marchitarse esta flor espléndida que ha surgido, no como por encanto, sino como resultado de mucho afán y ajetreo, en la Valencia que cantó don Antonio Machado:

–Valencia de finas torres,
en el lírico cielo de Ausias March,
trocando su río en rosas
antes que llegue a la mar–

El único reproche que puedo hacer al profesor Manuel Garrido y a quienes han colaborado en la organización de este Simposio es tan obvio que no necesita decirse, pero lo diré como suelen decirse todas las cosas que se declaran obvias: el haberme invitado a mí, no sólo para presentar una ponencia en el Simposio, sino también, y nada menos, para presidirlo. Y no es que me sienta incapaz de cumplir con este halagador encargo, porque no se necesitan cualificaciones especiales para ejecutar esa doble operación como porteril de apertura y clausura; es que me vienen en tropel los nombres de muchas otras personas, presentes y ausentes, a quienes el honor de esta presidencia cuadraría mejor con sus méritos y reconocido prestigio. En vista de ello, no puedo evitar pensar que el profesor Garrido, junto a una indudable generosidad, ha hecho gala de una no menos indudable falta de objetividad.

Por supuesto que hubiera podido fácilmente poner coto a la liberal iniciativa de nuestro amigo con haberle dicho oportunamente en privado lo que ahora estoy diciendo en público. Pero [19] hay tentaciones a las que uno sucumbe tan gustosamente que uno queda agradecido de la tentación y, seamos francos, nada arrepentido de haber sucumbido a ella.

A pesar de todos esos gustosos pesares, me place, pues, presidir oficialmente este Simposio, y ello por muchas razones. Algunas son personales: el honor que ello comporta, la oportunidad de reunirme con ya viejos amigos, la posibilidad de trabar amistad con otras personas, la ocasión de estar, por vez primera en mi vida, en Valencia… Ninguna de estas razones es, sin embargo, suficiente –en puridad, ninguna de ellas es ni siquiera necesaria–. Hay otras razones de más sustancia, y aunque sospecho que todos los presentes las han ya rumiado, no estará de más ponerlas oficialmente de relieve.

Hace quince años, o diez, o seis –no son aquí del caso detalles exactos–, un simposio como el presente hubiera parecido a algunos una empresa utópica (No hablo de quienes lo hubiesen considerado un despropósito, porque bastantes de ellos siguen manteniendo seguramente idéntica opinión, y lo único que cabe hacer es pedir que se les perdone, porque no saben lo que hacen). Uso ahora el vocablo 'utópico' en un sentido literal, o lexicográfico: como lo característico de «un plan, proyecto o ficción ideal, pero de realización imposible». Concibo que algunos hubiesen podido abrigar –y apuesto que algunos abrigaban– la idea de organizar un Simposio de esta naturaleza, pero sospecho que hubiera quedado en mero deseo o en vana esperanza. Para decirlo de un modo un tanto pintoresco: el horno no estaba para bollos, no sólo porque no alcanzaba la adecuada temperatura, sino también porque no había bastantes bollos que cocer en él. Nada de ello presupone que no hubiese habido gentes muy bien preparadas para tratar con entera competencia asuntos del tipo de los que van a empezar a dilucidarse dentro de poco. Había gentes, pero…

En primer lugar, no las había en número suficiente para armar un simposio de lógica y filosofía de la ciencia con solo nombres españoles en la tribuna –o, caso de haberlas en número suficiente habrían seguramente agotado el repertorio; no habrían quedado, como quedan ahora, bastantes otras personas que habrían podido participar en este Simposio y que es de esperar contribuyan a los sucesivos. En segundo lugar, aun si (para cambiar de imagen) se hubiesen puesto a la sazón todas [20] (o casi todas) las castañas en el asador, todavía se habría echado de menos esa «cosa» tan impalpable como necesaria que se llama «ambiente». Un simposio no consiste solo en un grupo de gentes que hablan de temas de su especialidad y que se limitan a discutir entre ellos; para que dé algo de sí, es menester que el número de oponentes supere al de los ponentes. Suponiendo (lo que pongo en duda) que hace quince, o diez, años hubiese habido bastantes ponentes, no les habría acompañado el «ambiente».

Con todo esto no quiero decir ni mucho menos que el que los nombres de ponentes en un simposio sean todos españoles constituya por sí misma una virtud. Tan sospechosa como la xenofilia es la xenofobia. Quiero decir solo que el hacer una prueba de envergadura como la actual con solo nombres españoles despeja el camino para una auténtica colaboración, sin más considerandos que los estrictamente científicos y científico-filosóficos, entre españoles y no españoles. En ciencia y en filosofía, y posiblemente en todo lo demás, ni unos ni otros se bastan, ni se sobran.

Son varias las razones que cabe aducir para explicar que un simposio como éste haya llegado a ser una «plena realización» y no un mero «plan, proyecto o ficción ideal».

Por lo pronto, se observará que la gran mayoría de los ponentes es gente joven –a mí, desde luego, así me lo parece. Puede observarse que son jóvenes también muchos de los asistentes al Simposio. Esto no les confiere ningún privilegio; ser joven no es una condición suficiente para usufructuar competencia profesional. Es, sin embargo, significativo que el primer simposio exclusivamente hispánico en materias de lógica y de filosofía de la ciencia esté constituido principalmente por personas que son a la vez jóvenes y competentes. Está constituido asimismo por personas de propensiones filosóficas muy diversas y con un campo de intereses muy amplio. No me parece que haya incompatibilidad en esas propensiones e intereses, pero sí la hay entre ellos y algunos de los manjares que con el nombre de «filosofía» se les habían servido a grandes dosis y sin escatimar detalles a no pocos de los ponentes. Estos han hecho lo que es propio de todos los que no están dispuestos a doblegarse bajo el peso de tradiciones momificadas: salir por sus fueros. Ahora bien, es notable –y loable– que hayan salido por sus fueros con un [21] enorme sentido de responsabilidad intelectual. Esto les ha llevado no solo a sacudirse el polvo de tradiciones cadavéricas, sino también el del dogmatismo. Para alcanzar tan feliz resultado, ¿qué importa que se hayan contraído tales o cuales sarampiones (si es que, en verdad, de sarampiones se trata)? Algunos de quienes miran desde fuera y con cierta irritación (a veces mal disimulada con un gesto de condescendencia) la labor de muchos de nuestros jóvenes ponentes (y oponentes) se habrá hecho ya seguramente su composición de lugar, y como seguramente también estará atrasado de noticias, se apresurará a rotular semejante labor con nombres cómodos: «neopositivismo», «cientificismo», «analitismo», &c. Bueno: en alguna manera no estará del todo despistado, porque ningún filósofo de la ciencia digno de este nombre puede, o ha podido, prescindir por entero de las citadas «tendencias», que si nos empeñamos en considerar como sarampiones habrá que concluir que deben de ser unos sin los cuales es difícil alcanzar a gozar nunca de buena salud. Pero estará despistado en tanto que no habrá comprendido que, se hallen afectos o no a alguna de las indicadas direcciones, ninguno de nuestros ponentes ha sucumbido a la tentación de pronunciar anatemas a diestra y siniestra. Estoy seguro de que los más «analíticos» entre nosotros no miramos con desdén a los más «dialécticos», y de que estos últimos no se encogen simplemente de hombros ante los primeros.

Creo, pues, que se equivocarían de punta a cabo quienes se emperraran en colocar rótulos a este Simposio; en todo caso, si se quisieran rótulos habría que multiplicarlos, y para ello es mejor abstenerse simplemente de ellos. Acaso el único rótulo que convendría es el que usó, con otros propósitos, Franz Brentano, al titular uno de sus escritos: «Abajo los prejuicios.» Tengo la impresión, si no la certeza, de que si nuestros ponentes y los que debatirán con ellos, desde los más jóvenes a los menos, tienen algún prejuicio, es el de echar los prejuicios abajo. Lo cual no los convierte en meros demoledores, pues se ha llegado a una situación en la que no hay ni siquiera necesidad de consagrar demasiado tiempo a las operaciones de limpieza intelectual. Derribar prejuicios es solo una primera, bien que indispensable, etapa para una más fecunda labor, que consiste, según las preferencias o los temas tratados, en excavar o en construir, pero en todo caso en investigar. [22]

Es asunto de mera equidad recordar que nuestros jóvenes ponentes, y eventuales oponentes, no habrían alcanzado (o no habrían alcanzado tan deprisa) su equilibrada madurez intelectual sin la ayuda, o cuando menos el estímulo, de algunos maestros de mi generación (o poco más o menos) –maestros cuyo rasgo más conspicuo es el rehuir justamente ser, y aparecer como, maestros, el tratar a, y discutir con, sus sedicentes discípulos de igual a igual, no por falsa modestia, sino por tener plena conciencia de que son falibles y de que tienen siempre mucho que aprender–. No menciono nombres, porque estoy seguro de que están en la mente de todos –además de estar alguno que otro en esta sala–. No pido tampoco para ellos ningún aplauso; hicieron lo que tenían que hacer, y más de una vez lo hicieron no sólo –si se me permite emplear este insulso vocablo– como «intelectuales», sino también como ciudadanos.

No quisiera que este Discurso Inaugural se convirtiera en un acto de autocomplacencia colectiva; no hemos venido aquí para felicitarnos, sino más bien para criticarnos constructivamente unos a otros, esto es, para trabajar. Lo que me recuerda que ha llegado el momento de poner fin a las expansiones verbales en que suelen consistir los «discursos». Me limitaré, pues, para concluir, a reiterar mi agradecimiento a los organizadores de este Simposio, y hacerlo extensivo a todos los que han accedido a participar en él. Dicho lo cual sólo me falta agregar las cuatro palabras consagradas: «Se abre la sesión».

[ páginas 15-22 ]

Discurso final

José Ferrater Mora
Departamento de Filosofía, Bryn Mawr, Pensilvania

Por razones obvias, compongo estas líneas antes de que haya concluido nuestro simposio. No puedo, por tanto, proceder a un resumen. Sin embargo, por lo que ya he oído, puedo permitirme algunos comentarios, con la esperanza de que lo que me falta oír no los falsifique por completo.

Lo primero que se me ocurre es que si a algunos colegas –que, por lo demás, estarán probablemente ausentes de esta sala– les queda aún la sospecha de que aquí se ha tratado sólo de minucias y no de «grandes problemas», me temo que para su mal no haya ya remedio. Y ello no porque estime que aquí se han dilucidado grandes y no pequeños problemas, sino sencillamente porque no veo que en filosofía unos problemas sean «grandes» y otros «chicos». La única distinción que se me antoja legítima en lo que toca a problemas, es que unos lo son y otros lo parecen, y lo que aquí ha pasado es que se ha atendido a los primeros y se ha hecho caso omiso de los segundos.

Se me ocurre asimismo que si otros colegas –que por ventura son los mismos– se han sentido inquietos por suponer que aquí iban a seguirse modelos de pensar filosóficos angostos o cerrados, ya tienen que haberse tranquilizado –a menos de persistir en considerar angostos y cerrados todos los modelos de filosofar que no sean los suyos propios–. Es cierto que la filosofía que aquí se ha venido practicando ha sido en muchos casos un análisis filosófico, que se han usado argumentos y se ha apelado a hechos, que se ha prestado atención constante a las cuestiones que se plantean en las ciencias formales, naturales y sociales, y a los métodos usados para resolverlas, pero confieso que no veo otro modo de practicar la filosofía decentemente. (La alternativa es considerar la filosofía como una enfermedad, acaso incurable). Dentro de las citadas condiciones, las opiniones han proliferado, los debates lo han sido a fondo, y a nadie se le ha hecho caso sólo porque era «una autoridad en la materia»; si tal era, habrá tenido que probarlo: con decirlo, [320] no bastaba. En este punto no ha habido, ni tenía por qué haberla, diferencia entre «ciencia» y «filosofía».

Acabo de proferir dos palabras mayores cuyos significados, usos, abusos y referencias posibles (amén de algunas imposibles) suscitan una cuestión que ha estado implícita en muchas de las ponencias aquí presentadas, y que se habrá tratado explícitamente en la mesa redonda que habrá precedido a este discurso final: la cuestión de la relación o, como se ha anunciado, la de las posibles fricciones y convergencias entre la filosofía y la ciencia. Permítaseme tocar esta cuestión muy brevemente –lo que subrayo para no atemorizar los ánimos, no se vaya a creer que, hoy por hoy, vamos a continuar las disputas; a estas alturas, ya debemos de estar un poco hartos de escucharnos los unos a los otros.

Muy brevemente, pues: no creo que la cuestión aludida sea definitivamente soluble, ya que toda línea de demarcación –entiéndase como línea que separa o bien que une– está fundada en algún criterio, y lo más probable es que se pueda discutir lo mejor o peor fundado que es cualquier criterio al respecto. No obstante, cabe por lo menos expresar ciertas perplejidades, y a mí se me plantean dos, que no sé bien cómo acordar, si bien confío en que puedan acordarse.

Por un lado, me inclino a pensar que lo que se llama «filosofía», especialmente bajo la especie del «análisis filosófico», no agrega nada al conocimiento, que es de incumbencia de las ciencias (y de la percepción y conceptuación «corrientes»). La filosofía no tiene por qué formular leyes o teorías sobre el comportamiento de fenómenos naturales o de procesos sociales; las ciencias se encargan de ello. No tiene tampoco por qué codificar percepciones y conceptuaciones «corrientes»: esto lo hace el lenguaje, que es, por lo demás, objeto de estudio de una o varias ciencias. Vista de esta suerte, la filosofía no es una ciencia natural o social. No es tampoco, como la lógica, la matemática, las teorías axiomáticas, &c., una ciencia formal. ¿Será, pues, una «supraciencia» en cualquiera de los dos sentidos en que ha solido entenderse: como «síntesis de los resultados de la ciencia» o como «escrutamiento de sus fundamentos»? Tengo al respecto dudas, algunas bastante bien fundadas. La síntesis de resultados y el examen de fundamentos son empresas plenamente científicas. La titulada «filosofía como ciencia exacta», así como lo que Mario Bunge [321] ha llamado «metafísica científica»{1} son partes de la ciencia; el que sean «más generales» o «más ambiciosas» (suponiendo que sepamos lo que esto quiere decir) no las hace, o no debería hacerlas, menos científicas. Así concebida, la filosofía es un análisis de estructuras conceptuales y de los modos como éstas funcionan. Cierto que cuando tales estructuras lo son de una ciencia, sirven para ejecutar operaciones como describir, explicar, probar, falsificar, &c., con las cuales se constituye el conocimiento. Pero una cosa es explicar o falsificar, y otra es examinar qué condiciones se siguen, o se asume que deben seguirse, cuando se explica o falsifica.

Por otro lado, se me hace a cuestas pensar que la filosofía no se halla unida a –o, mejor, es continua con– la ciencia en una forma bastante más astringente de lo que se desprende de lo antes sugerido, aunque reconozco no saber exactamente (ni inexactamente) en qué podría consistir tal unión o continuidad. Conjeturo que tanto la filosofía como la ciencia forman parte de un cuerpo llamado (vagamente) «conocimiento», que el modo cómo semejante cuerpo se halla, por decirlo así, «articulado» (por tanto, la posibilidad misma de hablar de «filosofía» y «ciencia») cambia en el curso de los tiempos, y que lo único que puede razonablemente presumirse es que la «parte» de ese cuerpo que se titula «filosofía» es como un conocimiento de segundo grado –con un montón de incógnitas–. Esto no es enteramente incompatible con la idea de la filosofía en tanto que «análisis de estructuras conceptuales», pero le imprime una más decidida dirección hacia un efectivo y constante entrelazamiento con la ciencia (o las ciencias). El conocimiento de segundo grado –que se puede llamar, si se quiere, «metaconocimiento», pero sin suponer que con una palabra lo resolvemos todo–, no está entonces desligado del conocimiento; no sólo por formar parte de él, sino también, y sobre todo, por estar en buena parte determinado y condicionado por él. El susodicho metaconocimiento no impone ni dicta condiciones al conocimiento stricto sensu, pero no es lógicamente deducible del último. Para recurrir (y lamento no poder hacer otra cosa) a una analogía, ambos son como piezas que engranan entre sí mejor o peor, pero que tienen que engranar de alguna manera, a menos de decidirse que una [322] de ellas –que en este caso termina por ser la filosofía– es eliminable. La discusión sobre los modos cómo han engranado, engranan o pueden engranar, equivale a la discusión sobre las fricciones y convergencias entre ciencia y filosofía.

Como el tiempo que nos queda es corto, y nuestro anhelo de reposar largo, me limitaré a traer a colación muy rápidamente dos modos de entender la filosofía y la ciencia que, aunque opuestos en puntos decisivos, coinciden (acaso) en confirmar mis vagas presunciones de que la filosofía y la ciencia no están ni igualmente unidas ni igualmente separadas, ni tampoco desigualmente separadas, sino más bien desigualmente unidas –lo que, con menos solemnidad, viene a decir que filosofía y ciencia no son exactamente la misma cosa, ni son dos cosas enteramente distintas, sino dos que funcionan distintamente dentro de un mismo «marco», sea este «marco» lo que fuere, aunque lo más probable es que sea lo que he llamado (vagamente, recuérdese) «conocimiento».

Consideremos las posiciones de Thomas S. Kuhn y de K. R. Popper. Según el primero –muy simplificado–, la ciencia es, ante todo, «ciencia normal», de modo que la actividad del científico consiste en resolver perplejidades dentro de un paradigma –en cualquiera de los 21 sentidos en que, según Margaret Masterman{2}, puede entenderse este vocablo. Ello equivale a decir que una crisis –o revolución– en la ciencia es un acontecimiento más filosófico que propiamente científico; la ciencia o, menos «realísticamente», sus practicantes, tiende a volver al estado «normal» tan pronto como ello sea factible. De acuerdo con el segundo –no menos simplificado–, la ciencia se halla en estado de crisis permanente, de suerte que se la podría llamar «filosofía» –una filosofía, por descontado, muy determinadamente «científica»–. Parece, según ello, que para Kuhn la filosofía sea una intrusión, acaso inevitable, en la «ciencia normal», y que para Popper la ciencia sea una permanente «intrusión» en la filosofía.

¿Concluiremos por ello que uno resuelve la cuestión en favor de la ciencia (como ciencia normal), y otro hace lo propio en favor de la filosofía (como ciencia «anormal»)? [323]

Supongamos, para simplificar de nuevo, que así sea. Lo interesante aquí es que en ninguno de los dos casos, aun llevándolos a un extremo, cabe sostener que ha quedado eliminado de una vez por todas el problema de la relación entre ciencia y filosofía. Tampoco en ninguno de tales casos cabe concluir que ciencia y filosofía están o completamente separadas o enteramente unidas, quod erat demonstrandum o, por lo menos, coniecturandum.

Lo que, para terminar, diré, debe tomarse sólo como una sugerencia, que empiezo para hacerme a mí mismo, aunque sólo sea para tranquilizarme.

La filosofía tiene posiblemente múltiples tareas que puede emprender con perspectivas más o menos prometedoras; la práctica humana, por ejemplo, le brinda un número casi ilimitado de cuestiones. En rigor, el talento que muchos filósofos derrochan en darle vueltas a la pregunta «¿Qué es la filosofía?» podría aprovecharse mejor ejecutando alguna que otra tarea filosófica, aun si a la postre resultara que había sido –o que ha resultado ser– menos filosófica de lo que se barruntaba. Tratar de establecer precisas líneas de demarcación entre lo que es filosofía y lo que no lo es, y en el caso presente entre la filosofía y la ciencia tiene alguna utilidad siempre que no se crea con ello haber llegado al cabo de la calle. Los resultados de estos esfuerzos son casi siempre provisionales. En puridad, lo que llamamos en cada caso «filosofía» o «ciencia» será probablemente función de un cuerpo de conocimiento dado, unido a un conjunto de estipulaciones semánticas. En este simposio, por ejemplo, se han tratado cuestiones que sería ocioso debatir si eran «propiamente científicas» o «propiamente filosóficas», porque se han examinado bajo el supuesto de que la filosofía y la ciencia forman un continuo dentro del cual, y no fuera del cual, tiene sentido trazar, si en ello nos empeñamos, líneas de demarcación –un continuo, además, dentro del cual filosofía y ciencia se condicionan mutuamente, cuando menos en el sentido mínimo (pero éste basta) de que se tienen mutuamente en cuenta. Se puede alegar que esto ha ocurrido porque ha sido un simposio de lógica y filosofía de la ciencia, pero sospecho (a un tiempo que deseo) que tal también sucedería, o debiera suceder, en reuniones filosóficas de índole menos específica. Dicho sea de paso, si ello sucediera, haría semejantes reuniones más específicas, lo que despejaría no pocas nieblas. En todo caso, en este simposio filosofía [324] y ciencia y, congruentemente, la filosofía de la ciencia, han estado continuamente en marcha, y cuando así es las respectivas líneas de demarcación importan menos que los caminos recorridos.

«Ciencia y filosofía (y filosofía de la ciencia) en marcha»: tal hubiera podido ser, si nos hubiera picado el mosquito de la retórica, el título de este simposio. El cual está tocando a su fin, que no quisiera que llegara sin reiterar a todos los ponentes y oponentes, y en particular al profesor Manuel Garrido y a la Universidad de Valencia, mi más sincero agradecimiento por haberme dado la oportunidad de asistir a una serie de reuniones donde, en vez de discutirse ad nauseam sobre lo que se podría hacer, si algo pudiera hacerse, se ha hecho efectivamente algo. Tengo fundadas esperanzas de que el IV Simposio va a continuar este saludable ejemplo.

{1} Mario Bunge: «Is Scientific Metaphysics Possible?», Journal of Philosophy, 68 (1971), 507-20.

{2} Margaret Masterman: «The Nature of a Paradigm», en Criticism and the Growth of Knowledge, ed. Imre Lákatos y Alan Musgrave (Cambridge, Inglaterra, 1970), págs. 61-65.

[ páginas 317-324 ]

[ Como complemento… ]

Como complemento de la revisión del presente de la Filosofía y Ciencia españolas, que se recogerá en el volumen de comunicaciones orales, y como fondo histórico de la misma, este Simposio reunió además un conjunto de comunicaciones escritas de carácter crítico que constituyen una visión panorámica completa de las diversas corrientes filosóficas y del desarrollo de los distintos campos científicos en el reciente pensamiento español. En la realización de este trabajo han participado los departamentos filosóficos y científicos de distintas universidades (Barcelona, Autónoma de Madrid, Oviedo, Valencia) y varias figuras relevantes de la ciencia y la filosofía españolas.

Dichas comunicaciones serán reunidas en otro volumen, con arreglo al siguiente plan:

I
La filosofía en el pensamiento español contemporáneo

La filosofía española de postguerra
La neoescolástica.
La escuela de Madrid.
El espiritualismo cristiano.
La escuela de Barcelona.
La revista THEORIA.

Evolución de las grandes figuras del pensamiento español de primera mitad de siglo
Santayana.
Unamuno.
Amor Ruibal.
Ortega.
Zubiri.

La filosofía española fuera de España
Gaos.
García Bacca.
Nicol.
Ferrater Mora. [326]

Tendencias actuales de la filosofía española
La lógica matemática.
La filosofía de la ciencia.
El análisis.
La filosofía dialéctica.
El estructuralismo.

Filosofía e ideología en el pensamiento español contemporáneo.
Principales figuras del pensamiento político español contemporáneo.
Historia de las ideologías en la España contemporánea.
Recepción del pensamiento extranjero en la filosofía española.
Función social de la filosofía en la España contemporánea.
Instituciones filosóficas en la España contemporánea.
Historia de las ideas estéticas en el pensamiento español contemporáneo.
La historia de la filosofía en la España contemporánea.

II
El desarrollo científico en el pensamiento español contemporáneo

Las ciencias del lenguaje.
La investigación matemática.
Rey Pastor.
La investigación física.
La investigación química y biológica.
Ochoa
Rodríguez Delgado.
Historia de la medicina.
Psicología y psiquiatría.
La ciencia económica.
Las ciencias sociales.
La ciencia del derecho.
Jiménez de Asúa.
La historiografía.
Bibliografía.

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