Filosofía en español 
Filosofía en español

cubierta del libro Tomás García Luna

Manual de Historia de la Filosofía

Imprenta de la Publicidad, a cargo de M. Rivadeneyra, Madrid 1847, 138×212 mm, 312 páginas

[1] “Manual de Historia de la Filosofía”. [3 = portada] “Manual de Historia de la Filosofía, por D. Tomás García Luna, catedrático del Ateneo de esta corte. Madrid, Imprenta de la Publicidad, a cargo de M. Rivadeneyra, Calle de Jesús del Valle, 6. 1847.”. [5] “Dedicatoria”. [7-37] “Introducción”. [39-307] Texto. [309-311] “Indice”. [312] Erratas.

En la listas oficiales de libros de texto “para el año escolar próximo venidero”, aprobadas el 8 de septiembre de 1846 por la reina, queda incorporado el recién aparecido Manual de Historia de la Filosofía de Tomás García Luna, para la asignatura Filosofía con un resumen de su historia de la Facultad de Filosofía, dentro de la lista de textos para la Segunda Enseñanza:

«Lista núm. 1º. Segunda enseñanza. […] Facultad de filosofía […] Filosofía con un resumen de su historia. Manual de filosofía de Servant Beauvais, traducido por D. José Uribe. Curso elemental de filosofía por J. Tissot, traducido por D. Isaac Nuñez Arenas. Compendio de filosofía por Arboli. Manual de la historia de la filosofía por Don Tomás García Luna.” (Gaceta de Madrid, 11 septiembre 1846.)

«El Manual de la Historia de la Filosofía que acaba de publicar don Tomás García Luna, es un libro digno de un examen más detenido que el que cabe en las columnas de un diario. El que escribe estas líneas se propone analizarlo detenidamente en una de las más acreditadas revistas que se publican en esta capital. Entre tanto, es nuestro deber recomendarlo con empeño, a todos los que cultivan aquel importante y ameno estudio. La publicación de esta obra llena cumplidamente un gran vacío en los estudios universitarios. No conocemos otra ninguna, publicada sobre el mismo asunto en español que encierre tanta doctrina, y en que brillen con tanto esplendor la imparcialidad, el método, la copia de noticias, la sensatez de los juicios, y la solidez de las opiniones. Debemos creer que se adopte por texto en todos los establecimientos de enseñanza, de lo que resultará el ahorro de un inmenso trabajo para los profesores, y un vasto campo de aprovechamiento y adelanto para los alumnos.” (El Español, Madrid, domingo 3 de octubre de 1847, pág. 2.)

→ Facundo Goñi, “Manual de la Historia de la Filosofía, por D. Tomás García Luna, catedrático del Ateneo” en El Heraldo, Madrid 3 noviembre 1847.


dedicatoria

Al Sr. doctoral D. Juan José Arbolí.

Más confiado en la indulgencia de V. que en el escaso mérito de mi tarea, me atrevo a dedicarle el presente Manual como eterno testimonio de sincero afecto y de agradecimiento.

Jamás se borrarán de mi corazón las muestras de entrañable cariño que de V. he recibido; porque siguiendo V. rumbo distinto del que suele llevar la generalidad de los hombres, ha estrechado los lazos de nuestra amistad a medida que crecía mi infortunio, y se hacían más penosos los desaires de mi adversa estrella.

Reciba V. con ojos benévolos este humilde homenaje que le tributa su afectísimo amigo

Tomás García Luna.

[Tomás García Luna, Manual de Historia de la Filosofía, Madrid 1847, pág. 5.]

introducción

La filosofía es fruto de la razón. Empieza cuando la inteligencia reflexiona acerca de los fenómenos del mundo físico, intelectual y moral, para descubrir las causas a que unos y otros son debidos; y ve coronadas con el éxito sus tareas, cuando los principios descubiertos explican esos mismos fenómenos. Como nace de la inteligencia, todo su criterio se libra en la razón; no pudiendo menos de viciarla en su origen el intento de someterla a cualquiera otra autoridad, por más venerable que se la suponga. La historia de la filosofía es la narración de las varias tentativas que en distintas épocas y en diversos países ha hecho la inteligencia humana para alcanzar el fin apetecido. Las escuelas filosóficas, cuyos anales conocemos, presentan a nuestros ojos el resultado de cada una de esas tentativas; y su conjunto es, por decirlo así, el inventario de las ciencias filosóficas.

Utilidad de la historia de la filosofía.

Tanto se ha encarecido la utilidad de la historia en general, que casi parece ocioso empeñarse en demostrar lo que todos conceden de buen grado. Basta con advertir que los sucesos consignados en sus páginas ofrecen, como de relieve, [8] las creencias, los intereses y las pasiones que mueven al hombre, dándonos a conocer los secretos que se encierran en lo más íntimo de su ánimo, merced a los actos exteriores, expresión casi siempre de lo que sentimos y de lo que pensamos. Es la historia un medio de suplir ventajosamente la falta de la experiencia; es un caudal heredado que nos enriquece a costa de las vigilias de los que vivieron antes que nosotros.

Aplicada a las ciencias y a la literatura, aun se ve mas palpable la exactitud de la anterior observación; porque la noticia de los esfuerzos practicados con el fin de constituir una ciencia determinada, nos enseña el método a propósito para su estudio, viniendo a suceder que los errores mismos sirvan de preservativo, mostrándonos la cautela con que debemos caminar para no incurrir en otros semejantes; y lo que es más, si versan acerca de las grandes verdades, estimulan el ingenio, excitándole a que indague la verdad que ha de sustituirse al error recibido, a lo cual se ha de atribuir que más de una vez haya descubierto una teoría verdadera el que al principio solo se propuso hacer patente la vanidad de una hipótesis. El conocimiento de los tesoros acumulados excusa la estéril tarea de andar en solicitud de las verdades ya descubiertas; porque quien sabe cuánto se ha discurrido sobre la materia, objeto de sus investigaciones, empieza donde los otros concluyeron, y prescindiendo de las dotes naturales, les aventaja, puesto que parte de un punto más cercano al término adonde todos se dirigen. Cuanto decimos se aplica de lleno a la historia de que tratamos. Saber lo que pensaron los filósofos y examinar sus aciertos y sus errores, es el medio más oportuno para aprender filosofía.

Utilidad de la historia de la filosofía en la época actual.

Si las reflexiones anteriores dan a conocer el provecho que puede reportarse de los estudios históricos en todos tiempos, mucho más considerable parecerá ese provecho atendiendo al estado de la filosofía en el siglo XIX. Repútese como adelanto, o califíquese como signo de decadencia, es lo cierto [9] que el espíritu de exclusivismo ha desaparecido en la era presente. Ninguna escuela de filosofía domina en la actualidad de una manera absoluta, cual sucedía a la sensualista en Francia durante la época de Condillac y sus discípulos; y esto mismo acontece en política, en economía y en derecho. Sin el entusiasmo de los eruditos del renacimiento, los pensadores del día estudian los monumentos del saber que nos legó la antigüedad, apreciando a la luz de la ciencia moderna las teorías de aquellos hombres ilustres; no desdeñan tampoco las sutiles argucias de los escolásticos, siguiendo la idea de Leibnitz; y a tal punto llevan la tolerancia que, a pesar del señorío de las cosas positivas, tan extendido en nuestros tiempos, investigan cuidadosamente las aberraciones de la magia, considerando que esa inclinación constante a lo maravilloso, distintivo de la especie humana en todos los períodos de su vida, revela acaso la existencia de un elemento de nuestra naturaleza, y es por consiguiente una nueva faz de las ciencias intelectuales y morales.

Los errores a que fueron a parar las escuelas diversas que se figuraron haber descubierto la verdad; el espectáculo producido por los trastornos políticos verificados al fin del siglo XVIII, y las consecuencias desastrosas que trajo consigo la exageración de los principios, hicieron que la mente humana, volviendo de su desvanecimiento, moderara sus pretensiones y fuera más cauta en lo sucesivo. El mundo moral había roto el círculo de hierro en que lo tuvo encerrado la autoridad durante la edad media: había saludado con la fe del neófito el astro de la antigua sabiduría cuando por primera vez iluminó el horizonte de Europa, y había por fin seguido las huellas de Bacon, abandonando por la observación y la experiencia los sistemas que antes arrancaron sus aplausos; y creyendo que el nuevo método era por sí solo bastante para construir el edificio todo del saber humano. Imaginó que le era dado hallar el punto que buscaba Arquímedes para sacar a la tierra de la órbita de sus movimientos, y Descartes le suministró el ejemplo de una enciclopedia formada por la inteligencia, reflexionando sobre sus propias facultades.

Pero el empeño era desproporcionado a las fuerzas humanas. [10] El hombre es un ser imperfecto, cuya vida apenas le deja tiempo para contemplar la morada en que el Criador hubo de colocarle. Querer abrazarla con solo una mirada es la más vana de todas las imaginaciones; y mientras mayor va siendo el caudal de la ciencia, crece el desvarío del que pretenda sustituirlo con el que por sí propio haya reunido a costa de desvelos y fatigas.

No solo a la industria es aplicable la fecunda idea de la división del trabajo; porque la armonía de lo físico y lo moral hace que la ley del cuerpo alcance al alma, y al contrario, acaeciendo así que la repetición de actos intelectuales produzca los mismos resultados de rapidez y facilidad que observamos en los que son meramente materiales. La ciencia se elabora también con los esfuerzos de muchos hombres y de muchas generaciones. Por otra parte es pura vanagloria la pretensión de arrogarnos el privilegio de haber descubierto la verdad, condenando sin oírlos a los que nos precedieron. Cada siglo tiene sus laureles literarios y científicos, porque la inteligencia aspira siempre a la verdad; y si por limitadas no la comprenden jamás nuestras facultades de un modo completo, tampoco hay tiempo ni país que no haya percibido algún destello de esa luz divina. No el menosprecio sino el examen es lo que merecen las obras de nuestros antepasados.

Careciendo de autoridad que supla el uso de la razón, y no pudiendo sostener ninguna escuela el monopolio del pensamiento, el siglo XIX todo lo estudia y todo lo discute apropiándose la ciencia, sea que la encuentre en los diálogos del divino Platón, sea que se la deparen las sutiles disputas de los escotistas y tomistas.

Superfluo sería acumular razones para persuadir la utilidad de los estudios históricos, cuando sin exageración puede afirmarse que conforme al rumbo que ha tomado hoy la ciencia, aprender filosofía es casi lo mismo que adquirir conocimiento de su historia, porque mal pudiera de otro modo tener cabida el principio de imparcialidad a que ahora aludíamos.

Sin embargo, conviene explicar este punto para que mejor [11] se perciba su importancia; pero antes, y aunque sea desviándonos algún tanto de nuestro propósito, parece oportuno insinuar algunas especies acerca de la utilidad de la misma filosofía, pues ya que de utilidades se trata, fuera desacierto no inculcásemos ante todo la de la ciencia misma; porque si esta es inútil, como por moda o por ignorancia se repite todos los días, ¿qué clase de utilidad habría de traernos el estudio de sus vicisitudes?

Rara es la idea de desdeñar la ciencia de la razón, cuando de todo se buscan razones, y el menos aventajado se resiste a posponer su propio juicio al juicio ajeno. Todo se analiza, todo se controvierte, y al mismo tiempo se afecta tener en poco el instrumento del análisis y de la controversia: el gobierno se funda en la discusión; todas las instituciones que de él emanan corren igual fortuna; la autoridad de los maestros se respeta según el valor de las razones que aducen en prueba de sus doctrinas; y hasta las creencias mismas van a refugiarse al santuario de la ciencia para que les proporcione argumentos con que reanimar la fe amortiguada por el escepticismo. El siglo XIX, menospreciando los estudios filosóficos, es lo que sería el soldado que arrojara lejos de sí las armas que le sirven de defensa.

Replicase a esto que la filosofía es en la actualidad semejante a un árbol cuyas ramas han ido cortándose sucesivamente, y que plantadas en distintos parajes se han convertido en otros tantos árboles frondosos que para nada necesitan de aquel que les dio la vida. Los filósofos de Grecia hacían objeto de su estudio a la naturaleza, al hombre y a Dios: sus doctrinas eran síntesis vastísimas que abrazan el universo todo, y en aquel entonces filósofo y sabio eran vocablos sinónimos. No acaece ahora lo mismo: las ciencias, a medida que han ido ensanchando sus límites, se han separado unas de otras, y cada una tiene su vida propia y peculiar.

El mundo físico ha producido materiales para muchas ciencias, la medicina y los varios ramos de que consta, la que propiamente se llama física, la historia natural y la química. Cada una de estas ciencias posee su filosofía especial, y para [12] nada necesita acudir al tronco común, seco e incapaz de comunicarle la savia de que él mismo carece. Otro tanto puede decirse del mundo intelectual y moral. Hay estética, y por consiguiente filosofía de las bellas artes; hay derecho, y filosofía de las leyes; hay política, y filosofía social: ¿a qué queda pues reducida la ciencia que ha ido desprendiéndose sucesivamente de los elementos que la constituían?

Solo conserva por patrimonio las interminables cuestiones del origen del mundo, del destino del hombre, del bien y de mal, del espíritu y la materia, y otras que comprende la metafísica y que la razón aspira en vano a resolver por más que lo haya intentado siempre. Es la filosofía meramente especulativa una estéril polémica, en que el entendimiento agota sus fuerzas corriendo en pos de fantasmas que divagan por los espacios imaginarios.

Fácil es responder de un modo concluyente a tales inculpaciones. Cierto es que a medida que se aumentan los conocimientos se siente la necesidad de dividirlos; porque ningún pensador, por privilegiadas que sean sus facultades, es capaz de poseer la ciencia en su totalidad. Apenas basta la vida para apurar uno de los ramos del saber, si ha de poseerse cabalmente. Pero no olvidemos que la división y la multiplicidad de las ciencias son efecto de nuestra flaqueza, y que entre lo que hemos dividido y multiplicado existen íntimas relaciones que revelan la unidad que el Criador imprimió a la obra de su omnipotencia.

La historia natural y la medicina son dos ciencias distintas: ¿podrá sin embargo dudarse del enlace que entre sí tienen? Lo mismo puede decirse de todas las ciencias físicas; y prueba la exactitud de esta observación el anhelo constante de volver a la unidad que mueve a los sabios más esclarecidos. Los ejemplos de Humboldt{1}, de Hegel{2} y de Sciná{3}, son claros testimonios de nuestro aserto. [13]

En las ciencias intelectuales y morales es esto aun mas palpable. La legislación civil y penal, la política, la economía y la estética, son en hecho de verdad aspectos diversos de las facultades humanas; tan estrechamente relacionados, que casi no es dable penetrar en alguno de ellos sin que luego se traspasen sus límites. La imaginación crea las bellas artes; pero sus creaciones participan del espíritu que domina en la época en que las concibió la fantasía del artista; y como este espíritu le forman el gobierno, las creencias, las leyes, las costumbres y hasta la situación topográfica de los pueblos, no cabe aislar una ciencia que por su propia índole tiene conexión con tantos puntos diferentes. La economía trata de la producción, del repartimiento y del consumo de la riqueza; mas ¿quién podría abstraerla de la política y de la legislación, que tanto influyen en el aumento o en la decadencia de esa misma riqueza? La ética impone deberes y concede derechos al individuo: el derecho natural hace lo propio con la sociedad; pero es bien perceptible que en vez de distintas son dos faces de una ciencia única; y si se atiende a que los principios morales provienen de la razón, vendrá a concluirse que la ética es parte de la psicología.

Esta última tampoco puede prescindir de la gramática y de la retórica, porque sin adoptar del todo la doctrina de Bonald, no es posible desconocer que el lenguaje es el instrumento más eficaz de la inteligencia.

Hallamos pues la unidad en el mundo intelectual y moral, como antes la habíamos descubierto en el mundo físico. Ya esto nos inclina a desconfiar de la exactitud de la metáfora poco ha referida. Si las ramas han sido separadas del tronco común, han quedado por lo menos tan cercanas unas a otras que llegan a confundirse las raíces en el nuevo campo donde quiso colocárselas.

Pero aun así dista mucho de la verdad el aserto que impugnamos. [14] Todas las ciencias que tratan del hombre versan sobre sus necesidades, sus afectos, sus ideas, sus hábitos y sus creencias. Hay filosofía del derecho penal; mas cuando se investigan las nociones del delito, de pena y de responsabilidad, ha de penetrarse en la conciencia para determinarlas. ¿Hay libre albedrío? ¿Existe la ley moral? ¿Es el interés el solo estímulo que nos mueve? La solución de estos problemas solo puede darla la psicología; y si queremos profundizar en materia de política, ¿no advertiremos que la constitución de la sociedad es resultado de las necesidades y de las facultades del individuo, y que en el estudio de unas y otras han de hallar el publicista y el legislador el fundamento de sus tareas?

Por no ser prolijos excusamos traer aquí más ejemplos: los aducidos sobran para demostrar que la independencia de las filosofías con que se nos arguye es más aparente que real, puesto que todas acuden de continuo a su origen y han menester el auxilio de la que se reputa ya agotada. Aunque las ramas hayan crecido, y aunque de ellas hayan brotado otras nuevas, todas deben su incremento al tronco principal de que proceden.

En cuanto a la metafísica y a las cuestiones de que hacíamos ahora mérito, es de observar que no se cifra en ellas toda la filosofía. Puede discurrirse acerca de la inteligencia y de la voluntad sin penetrar en esas tenebrosas profundidades: no es preciso comprender la esencia del espíritu y de la materia para descubrir las leyes del mundo moral y del mundo físico; ni se necesita resolver el problema de la creación para adquirir idea de los deberes que la conciencia nos revela. Además no parece cordura prescindir de esa insaciable curiosidad que lanza al hombre fuera de la órbita de lo finito, en busca de un ideal de perfección que concibe oscuramente, y que sin embargo no es capaz de refrenar, por mas que a veces el sentimiento de su debilidad le incline a dar al olvido enigmas que así perturban su ánimo. Si el Hacedor supremo infundió en nosotros este anhelo, ¿habremos de suponer que es una superfetación de la obra más privilegiada de su poder infinito? [15] El que cuidó del insecto microscópico, haciendo de manera que sus instintos hallaran con que satisfacerse en la naturaleza, ¿es presumible que interrumpiera la cadena de los seres precisamente en la criatura formada a su imagen y semejanza? El siglo del positivismo condena como quiméricas las ideas de eternidad, de inmensidad, de perfección y todas las que a ella se refieren; cree que es tiempo perdido todo el que no se gasta en hacer manufacturas y caminos para trasportarlas de unas a otras naciones; y propende a convertir el mundo en una vasta factoría. Pero sin desconocer las ventajas de la moderna cultura, ni tratar de oponernos al curso que llevan las cosas, no podemos menos de insistir en la utilidad de lo que sin razón quiere desecharse como devaneo. Reflexiónese que los encantos de las bellas artes nacen de ese ideal que inspira al artista sus más sublimes concepciones; que las leyes jamás se mejorarían si el modelo de la justicia absoluta no se ofreciera incesantemente a los ojos del legislador para advertirle los defectos de su obra; y que las mismas artes mecánicas adelantan porque la mente va mas allá de los sentidos. Aseméjase el hombre, cuando se da a contemplar el mundo de las ideas, al viajero que después de haber recorrido lejanas tierras vuelve a sus hogares enriquecido con conocimientos que luego comunica a sus compatriotas. La armonía es la ley del universo, y lo mismo la quebranta el asceta que anonada la materia, que el sibarita que hace su apoteosis.

Largo y fuera de sazón se juzgará quizá este episodio si se atiende al propósito del presente párrafo, y muy diminuto para hacer la apología de las ciencias filosóficas: sírvanos de disculpa el sano deseo de defender una justa causa, y la esperanza de contribuir a que los pensadores no desdeñen lo que debiera ser asunto de sus más graves meditaciones.

Viniendo ahora a la utilidad de la historia de la filosofía, notaremos que el conocimiento de lo pasado, fructuoso en todas materias por las razones antes insinuadas, crece aquí a todas luces en importancia.

Examinando con mente reflexiva los sistemas de las varias [16] escuelas filosóficas, no solo adquirimos los conocimientos debidos a las tareas de sus fundadores, sino que alejamos del ánimo toda especie de parcialidad, y nos hallamos predispuestos a juzgarlas de una manera equitativa, sin adherirnos ciegamente a una doctrina con mengua de todas las demás. Nuestro entendimiento es limitado, y propende a la unidad, tanto en fuerza de su misma constitución, cuanto por la pereza que se halaga con la idea de ver reducidas a fórmulas sencillas las nociones científicas. El que solo estudia un libro de filosofía, se asimila, sin sentirlo, su doctrina, y acaba por persuadirse de que allí está encerrado el tesoro todo de la ciencia. Esto explica el señorío de Aristóteles durante la edad media, y el aura de que gozó el sensualismo en Francia desde que Voltaire puso de moda la escuela de Locke. Mal puede abrigar pretensiones exclusivas el que conoce muchos sistemas distintos; la lucha entre unos y otros le da idea clara del valor que debe atribuir a las razones que cada filósofo ostenta como concluyentes.

No menos cierto es que siguiendo un sistema desde sus primeros rudimentos hasta sus más remotas consecuencias, se abraza de una vez el conjunto que lo forma, y se descubren en los errores mismos que ha producido el germen de error que llevaba encubierto en sus orígenes. Poco aprovecha declamar contra el atomismo de Demócrito, o el panteísmo de Espinosa: la lección importante que su estudio suministra, consiste en seguir los pasos de aquellos pensadores, a fin de descubrir el punto en que se separaron de la observación y de la experiencia, para reducirlo todo al principio que habían admitido; y nunca mejor se comprende la causa de los desaciertos, que cuando se ve a los discípulos, arrastrados por la lógica inflexible que hace que un principio vaya brotando de sí todas las consecuencias que en él estaban contenidas, venir a parar a extremos y exageraciones que no entraron por ventura en la mente de sus maestros.

Ni Locke ni Condillac eran materialistas; sin embargo Cabanis y Broussais fueron razonadores consecuentes, deduciendo de la sensación el materialismo. Kant no pasa por panteísta, [17] y a pesar de eso Hegel fue al panteísmo por la senda trazada en la crítica de la razón pura.

No hacemos más que apuntar las ventajas que en esta parte pueden sacarse de los estudios históricos; pero si por un momento consideramos lo que influyen en nosotros las preocupaciones de la época en que vivimos, que casi nos persuaden de que todo está concentrado en el punto que ocupamos en el espacio y en los breves instantes que dura nuestra vida; si atendemos a lo que nos deslumbran las teorías ideadas por el talento y embellecidas con las galas de la elocuencia, y a la facilidad con que damos asenso a paradojas cuyos funestos efectos ni siquiera acertamos a vislumbrar, semejantes al que se alimentara con viandas agradables a la vista, salvo luego el conocer que se había equivocado cuando el dolor le advirtiese su equivocación; y por fin, si tenemos en cuenta que es, no difícil, sino imposible que un individuo, por vasta que sea su capacidad, sin auxilio ajeno descubra todos los principios y deduzca todas las consecuencias, percibiremos la incalculable utilidad que ha de traernos la comunicación y el estudio de los filósofos de las pasadas edades. Y no se diga que la multitud de noticias abruma el entendimiento, y convierte la memoria en un caos de nombres propios y de fechas donde se agota la fuerza de pensar, y la originalidad desaparece; porque a tal reparo contestaremos con ejemplos que por nadie serán recusados. Eruditos eran Platón y Aristóteles, y por cierto no habrá quien les niegue la prenda de originales. Erudito era también Leibnitz, y su vasta y variada lectura no fue obstáculo para que concibiese la armonía preestablecida. La verdadera originalidad no se ahoga por la abundancia de los conocimientos; ni por desembarazado que se encuentre llega jamás a inventar aquel a quien el cielo rehusó este don precioso: cuando la vasta lectura sirve de apoyo a los principios cardinales de la ciencia, lejos de obstruir el ingenio, le presta nuevas alas para alzar más alto su vuelo; es como los adornos de un edificio: si se considera cada uno de por sí, distraen la mente del objeto principal; pero si se atiende a la relación que tienen con la obra donde los [18] colocó la mano del artista, contribuyen mejor a darnos a conocer la belleza del conjunto.

La historia de la filosofía nos presenta también las diversas direcciones que ha seguido el entendimiento humano en la investigación de la verdad, mostrándonos al propio tiempo los problemas capitales de la ciencia y las soluciones para ellos discurridas. Vemos así prácticamente adonde puede conducir la observación del mundo exterior, y la que hace el hombre concentrándose en lo íntimo de su ánimo para averiguar las leyes que rigen los actos de su mente, o lo que hoy se denomina observación psicológica: conocemos cuáles son los problemas filosóficos, porque al considerar cómo unos mismos se reproducen en todas las grandes épocas de la filosofía, llegamos a descubrir que la causa de este fenómeno es la índole misma de nuestra naturaleza, y que hay algo de fatal y necesario en las soluciones que reciben. Cuando el filósofo solo atiende a lo contingente, deduce por conclusión que el hombre y el mundo son puro mecanismo, y que nada existe fuera de los fenómenos: si prescindiendo de estos hace objeto de su estudio los principios absolutos de la razón, va a parar al idealismo que por el propio enlace de las doctrinas acaba por absorberlo todo en la unidad primitiva. El escepticismo y el misticismo nacen del descrédito de la razón, que pierde su autoridad a impulsos de las controversias de idealistas y sensualistas: el primero duda, y no concluye; el segundo se arroja en brazos de Dios, buscando la verdad que en vano esperaba le enseñasen los filósofos.

Basta con lo enunciado para penetrarse de la exactitud de nuestro aserto. Si la filosofía es el estudio de las facultades humanas, ¿habrá para conocerlas medio mas a propósito que el de observar las teorías que con su auxilio se han formado? A la manera que el que ha vivido y experimentado mucho sabe lo que es el amor propio, la vanidad, la ambición, la codicia, la liberalidad y los otros afectos reprensibles o laudables que agitan el alma y nos impelen a obrar unas veces conforme a la justicia y otras vulnerando sus sacrosantos fueros: el que ha leído y meditado la historia de la filosofía, [19] puede saber mejor que otro alguno cuáles son las facultades de la inteligencia y cuáles los métodos adecuados para evitar los extravíos de los filósofos. El conocimiento del corazón humano nos enseña de qué modo hemos de precavernos de los vicios y de los crímenes a que nos arrastran las pasiones: el de la inteligencia nos muestra cuál es la vía que han de seguir nuestras facultades para no terminar en el error en vez de hallar la verdad que apetecían; y para conseguirlo es fuerza consultar sus anales.

Pero una vez concedida la importancia del estudio que inculcamos, ¿cuáles serán las condiciones que ha de tener la obra que consultemos?

Bello ideal de la historia de la filosofía.

En todo linaje de historias, la noticia de los sucesos, de las épocas y de los países en que acaecieron, forma la base de la composición; mas esta no pasaría de un mero catálogo de escaso provecho, si la reflexión no acudiese a fecundar los materiales hacinados en la memoria. Más palpable es lo que decimos si se aplica a nuestro propósito. Un cronista de la filosofía sigue rumbo opuesto al que llevaron sus mismos héroes.

Para que una historia de la ciencia de la razón correspondiese a la grandeza de su objeto, todo en ella debería ser razonado. Las varias direcciones de la inteligencia de que ahora tratábamos no nacen fortuitamente. En el ánimo del filósofo influyen todas las circunstancias, así las físicas como las morales: la situación topográfica, la época, el gobierno, las creencias, las leyes, las costumbres y hasta la educación y vicisitudes particulares de su vida. El historiador no ha de concentrarse solo en el filósofo y en su teoría, sino que ha de fijar su consideración en todo lo que pudo contribuir a que la última se produjese. Es preciso que atienda al lugar de la escena y a los espectadores que asistían al drama: ¿quién que ignore los antecedentes de Platón y de la Grecia podrá comprender los diálogos del que a un tiempo mismo [20] fue filósofo y consumado poeta? ¿Quién se dará cuenta de la idea de la humildad sustituida por Epitecto al primitivo orgullo de los estoicos, si prescinde de la predicación del Evangelio?

No menos necesario es seguir la filiación de los sistemas, observándolos desde el momento en que comienzan hasta que desarrollándose progresivamente producen sus más remotos resultados: ha de estudiarse cómo de las creencias cosmogónicas y teológicas conservadas por las antiguas tradiciones de los pueblos, se desprenden los primeros gérmenes de las ideas filosóficas, y de qué manera van en seguida fructificando. La conexión y la dependencia de los sistemas entre sí explican mejor que la cronología el orden sucesivo de las escuelas. Sin los sofistas no se concibe la dialéctica de Sócrates; sin el epicureísmo y el platonismo es un enigma la doctrina estoica. Descartes nos suministra luz para conocer a Leibnitz; y este pensador explica la filosofía germánica hasta nuestros días. Todo se encadena en el mundo de las ideas como en el de los cuerpos. Contemplando la variedad de situaciones de Grecia y de Roma; los usos, las artes, las leyes y los cultos religiosos de ambos pueblos; las vicisitudes de las guerras y las conquistas; la irrupción de los bárbaros del Norte, y la trasformación social, obra del Evangelio, no advertimos al primer aspecto mas que multiplicidad y desorden. Las escuelas filosóficas parecen aisladas unas de otras, y los filósofos que han existido en el discurso de los tiempos no presentan vínculos de parentesco con sus antecesores. Sin embargo, a ese caos suceden el orden y la armonía cuando la razón acierta a descubrir los lazos que unen al filósofo con el mundo en que vive, y los que tienen entre sí las doctrinas filosóficas a pesar de que a veces las separen largas distancias y prolongadas edades.

Con ser de tamaña trascendencia el punto de que tratamos, no lo es tanto que a él hayan de sacrificarse todos los demás. Por atender al influjo de las causas exteriores no ha de olvidarse lo que el filósofo saca de la energía misma de su mente. Todo lo que hemos enumerado es el pábulo que alimenta la llama, pero la llama misma procede de lo íntimo del alma. [21] El historiador nos conduciría al fatalismo dejándose llevar de la ilación que une las cosas entre sí, y desconociendo la parte que en todo tienen las facultades y el libre albedrío del individuo.

Para apreciar debidamente la historia bajo todos los aspectos que la hemos considerado, se necesita un principio de criterio capaz de juzgarlos con acierto. Aquí hallamos un obstáculo casi, por no decir de todo punto, insuperable.

Ya dijimos que el estudio de la historia nos acostumbra a la imparcialidad; y también es notorio que no dominando ahora en el mundo principios absolutos, y aumentadas de una manera prodigiosa las comunicaciones de los pueblos, estamos dispuestos a hacer a todos justicia, porque a todos los conocemos mejor que antes. Mas nunca llega el ánimo a quedar ajeno enteramente de prevenciones. Nuestra civilización difiere de la que tuvieron los pueblos del Asia, y de la que hizo célebres a los griegos y a los romanos: acaso en el crítico momento de figurársenos que usamos de más cumplida equidad, sea cuando mayor injuria reciba de nosotros la justicia. Es imposible que el hombre se desprenda de lo que ha recibido de los tiempos pasados, de su época y de las ideas dominantes, para abstraerse de todo y quedar en contacto con la verdad, sin que ningún velo se interponga entre sus ojos y el objeto de sus anhelos. El único preservativo de este error es penetrarse del espíritu del país y del tiempo en que vivió el filósofo, juzgándole por las ideas de entonces y no por las de ahora; y aunque la práctica de este consejo es muy difícil, no vemos otro medio para conseguir o por lo menos aproximarse al objeto que debe proponerse el historiador de la filosofía.

Por fin, las concepciones de los pensadores representan el estado intelectual de la sociedad; y si recientemente se han reputado la literatura, las leyes y las creencias como otras tantas expresiones de la civilización de los pueblos, ninguna expresión podrá ser más adecuada que la que ofrecen las teóricas filosóficas; y como las ideas constituyen las fuerzas motrices del mundo moral, el historiador de la filosofía deberá [22] inquirir cuál sea el influjo que han ejercido en las leyes, en las artes y en las creencias.

Vasto es el plan que trazamos, porque abraza juntamente la erudición y la ciencia, y porque queremos que todo sea filosófico en la historia de la filosofía, no siendo tal vez posible lograr que así suceda en la actualidad, puesto que faltan en mucha parte hasta los materiales necesarios para construir el edificio. Nos parece sin embargo oportuno presentar el modelo, aunque no llegue a realizarse; porque el aspirar a la perfección es en todas materias manantial fecundo de progresos.

Historiadores de la filosofía.

Las noticias relativas a los primeros filósofos se encuentran en sus sucesores, porque son pocos los que dejaron consignadas por escrito sus doctrinas. Las obras de Aristóteles y Platón contienen preciosos monumentos de la antigüedad filosófica; las de Cicerón abundan también en datos curiosos, porque recogió en sus diálogos las opiniones de los mas esclarecidos pensadores. Asimismo deben consultarse los libros de Hipócrates y de Séneca. Jenofonte es buen texto para conocer a Sócrates, y Lucrecio para Demócrito y Epicuro. Sexto Empírico, a vueltas de la historia del pirronismo, trata también de los otros filósofos. Plutarco, De placitis philosophorum, es un colector muy digno de atención. Diógenes Laercio, aunque escribió sin orden y es muy crédulo, no es por eso menos útil para adquirir conocimiento de la antigüedad. Ateneo, natural de Nausicrates en Egipto y contemporáneo de Marco Aurelio, es autor de una obra titulada Los Dipnosofistas, dividida en quince libros, y de mucho interés por las abundantes citas que contiene: debe consultarse la edición hecha por Casaubon en 1621. Eusebio, Clemente de Alejandría, Lactancio y Epifanio también nos suministran materiales abundantes para la historia, y muy en particular Clemente, en sus Stromates. En el cuarto siglo de la era cristiana compuso Eunapio las Vidas de los Filósofos y Sofistas. [23] Stobeo, en el IX, reunió porción considerable de sentencias de los antiguos, dividiendo la obra en cuatro libros.

Hesychius de Mileto, en el sexto siglo, trazó un Compendio de las vidas de los filósofos, que luego dio a luz Meursius, en 1613. Suidas, en el siglo X, escribió el Lexicón, que contiene curiosidades apreciables. Gaultier Burley, en el siglo XIV, formó también una Colección de vidas de filósofos.

Al renacimiento de las letras, las eruditas tareas de Marsilio Ficino, de Pompanato, de Erasmo, del español Luis Vives y otros no menos célebres, hicieron revivir en Europa las ciencias y las artes de Grecia y Roma. Escribiéronse entonces en Italia muchas obras acerca de la historia de la filosofía, tales como la de Leonardo Lozzando, Doctrina de los antiguos filósofos, publicada en Colonia, en 1682; Buonafede, que, con el título de Agatopisto Cromatiano, publicado en Padua en 1767, escribió ocho tomos sobre la Historia y el genio de cada filósofo. Gasendi dio a conocer en Francia la doctrina de Epicuro: Deslandes compuso la Historia crítica de la filosofía. No mencionamos multitud de disertaciones parciales sobre puntos históricos, porque no nos proponemos hacer un catálogo, sino suministrar algunas indicaciones que reputamos útiles para el que haya de emprender este estudio. No omitiremos citar, a pesar de eso, los fragmentos de la Historia de la filosofía de Adam Smith, que ha publicado Dugald-Stewart; la Storia della filosofia de Rosmini; y la de Mamiani de la Rovere.

En Alemania precedieron muchos historiadores al célebre Brucker. La Historia crítica de la filosofía de este autor es una obra concebida con plan más vasto que las anteriores, y tan rica en noticias, que no ha omitido ni las particularidades mas mínimas de las vidas de los filósofos. Cita fielmente los libros de que se ha valido; discute el crédito que merecen unas autoridades respecto de otras, y usa un método claro y sencillo. Es su obra indispensable para todo el que quiera cultivar este ramo del saber.

Tiedemann, en su Historia de la filosofía, ha procurado suplir el vacío que dejaba la obra de Brucker; [24] porque más atento este a la composición exterior que a la inteligencia de los sistemas que consignaba en sus páginas, no había penetrado bastante el verdadero espíritu y el término adonde propendían las doctrinas.

Buhle trata la historia de la filosofía bajo el punto de vista de Kant. Tennemann, en su libro, se ha aprovechado de las tareas de sus predecesores, mejorándolas considerablemente; de modo que la Historia que empezó a publicar en 1798, hace ventajas a todas las que hasta aquí se han enumerado.

La Historia comparada de los sistemas de filosofía de M. Degerando, está escrita con claridad suma y con citas numerosas que auxilian eficazmente al que de nuevo emprende este estudio. Mr. Cousin, en su Historia de la filosofía del siglo XVIII, traza un cuadro general de toda la historia, en que resplandecen la profundidad, la sensatez y la elocuencia que distinguen las producciones de este ilustre pensador.

El Dr. Enrique Ritter ha publicado los cuatro primeros tomos de su Historia de la filosofía, que ha traducido al francés Mr. Tissot. Erudito y dotado de excelente criterio, son de ordinario acertados sus juicios, y presenta su libro el último periodo del progreso en punto al método de escribir la historia de la filosofía. Los cuatro tomos publicados hasta ahora no pasan de la escuela neo-platónica. Del mismo Ritter hay una Historia de la filosofía cristiana, traducida por M. Trullard.

El Dr. D. Tomás de la Peña imprimió en Burgos, en 1806, una obra en tres tomos, titulada Ensayo sobre la historia de la filosofía desde el principio del mundo hasta nuestros días. Es obra apreciable por su buen método y noticias en que abunda.

Épocas de la historia de la filosofía.

Distínguense tres principales: Filosofía antigua, Filosofía de la edad media, Filosofía moderna.

La filosofía antigua comprende las escuelas de Oriente y de Grecia; y como, según veremos en breve, no hay todavía datos bastantes para determinar las épocas en que florecieron [25] los filósofos de la India, ni se ha resuelto por los orientalistas la cuestión que se suscita acerca de si los griegos recibieron la filosofía de aquellas regiones, o por el contrario la llevaron con sus armas victoriosas en tiempo de las conquistas de Alejandro Magno, habremos de abstenernos de hacer en esta parte clasificaciones que no podrían menos de resentirse de la falta de documentos en que fundarlas.

La filosofía griega comienza con las escuelas de Tales y de Pitágoras, seiscientos años antes de Jesucristo, y recorre un período de doce siglos, que termina en el año 529 de nuestra, era.

Las escuelas jónica e itálica, fundadas la primera por Tales de Mileto y la segunda por Pitágoras, comprenden un periodo que empieza seiscientos y acaba cuatrocientos años antes de Jesucristo. Ambas se proponen resolver el problema de la naturaleza. La jónica por la observación de los fenómenos: la itálica por las relaciones numéricas.

Jenófanes, fundador de la escuela de Elea, sigue la vía descubierta por Pitágoras, reduciéndolo todo a la unidad. Empédocles y Anaxágoras procuran conciliar los dos sistemas. Leucipo y Demócrito establecieron en Elea la doctrina atomística: naciendo de la lucha de estos principios el escepticismo de los sofistas, entre los cuales se distinguen Gorgias, Pródico y Protágoras.

Sócrates, cuatrocientos setenta años antes de Jesucristo, emprende la reforma de la filosofía, apartando la consideración de las hipótesis astronómicas y físicas para fijarla en el estudio del hombre. Antístenes, trescientos ochenta años antes de Jesucristo, establece la escuela cínica. Aristipo, hacia la misma época, la cirenaica. Pirrón y Euclídes de Megara participaron también del influjo de las ideas socráticas.

Epicuro, trescientos cuarenta y un años antes de Jesucristo, enseña que la felicidad es el fin a que debe encaminar al hombre la filosofía.

Platón y Aristóteles perfeccionan las tareas de los filósofos que les habían precedido, elevando el idealismo y el sensualismo a la categoría de ciencias. [26] Las obras de estos dos ilustres pensadores son monumentos clásicos del saber filosófico de los antiguos.

Zenón, trescientos sesenta y dos años antes de Jesucristo, enseña el estoicismo. Corresponden a esta escuela Crisipo, Cleanto y Antipatro.

A la academia establecida por Platón y que se conoce con el epíteto de antigua, para significar el periodo en que los discípulos siguieron fielmente la enseñanza del maestro, sucede la academia media, cuyo fundador es Arcesilao, y la nueva, erigida por Carnéades, doscientos quince años antes de Jesucristo.

La primera combate el dogmatismo de los estoicos y epicúreos con la dialéctica de Sócrates. La segunda todo lo reduce a la probabilidad, desechando los afirmaciones absolutas.

Enesidemo, contemporáneo de Cicerón, niega la existencia de un criterio especulativo que pueda darnos a conocer las relaciones de los fenómenos con las realidades. Sexto Empírico, contemporáneo de Marco Aurelio, constituye el escepticismo en sistema.

La filosofía griega se difunde en Roma después de la conquista de la Grecia. Carnéaes, Diógenes y Aristolao iniciaron a la república en las doctrinas de los filósofos. Cicerón, Lucrecio, Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, Arriano y Andrónico de Rodas, cultivaron las teorías de los académicos, estoicos, aristotélicos y epicúreos; mas no aumentaron el caudal de los conocimientos filosóficos.

Los gnósticos adoptaron el sistema de las emanaciones. Saturnino, que vivía en tiempo de Adriano, Basílides, Bardesano y Valentino, pertenecen a esta escuela, cuyo sistema es un conjunto de doctrinas persas, caldeas y egipcias, con algunas reminiscencias de la India.

Del gnosticismo traen origen las herejías de Manes, Arrio, Nestorio y Eutiques.

Ammonio Sacas, hacia fines del siglo II después de Jesucristo; comienza la era del eclecticismo. Plotino, en el tercer siglo después de Jesucristo, funda la escuela ecléctica de Alejandría. Porfirio, Jamblico, Hierocles y Proclo, fueron los [27] sectarios de esta nueva filosofía, que termina el año 529 de nuestra era, con el edicto de Justiniano, que mandó cerrar las escuelas de Atenas.

Algunos rabinos escribieron sobre la Kábala en los primeros siglos del cristianismo. Hállanse en el Talmud muchos de sus principios.

Los SS. PP., desde San Justino, ciento tres años después de Jesucristo, hasta San Agustín, que pertenece al siglo IV de la era cristiana, impugnaron unos y usaron otros de la filosofía en pro de la religión de Jesucristo. A la primera clase pertenecen Hermias, Tertuliano, Arnobio, San Ireneo, Lactancio.

A la segunda San Justino, Taciano, San Teófilo, Atenágoras, San Panteno, Clemente de Alejandría, Orígenes, San Gregorio Taumaturgo, San Gregorio, obispo de Nisa, y San Agustín.

Desde el siglo VI hasta el IX hay un período que separa la filosofía antigua de la escolástica. Boecio, Casiodoro, Claudino Mamerto, San Isidoro de Sevilla, Beda, Egberto y San Juan Damasceno, conservaron durante este intervalo las tradiciones filosóficas de los antiguos.

La escolástica empieza en tiempo de Carlomagno.

Los árabes conocieron en la misma época las obras de Aristóteles, comentadas por los neo-platónicos. Alkendi es el primer filósofo árabe: Alfarabi; Al Asshari, Avicena; Al Gazel, Avenpas; Averróes y su discípulo Maimónides llenan este periodo que alcanza hasta principios del siglo XIII.

En el bajo-imperio decaen los estudios filosóficos desde el noveno al decimocuarto siglo. La Biblioteca de Porcio; los comentarios hechos por Jorge Paquimeres en el siglo XIII a los escritos de San Dionisio; los de Teodoro Metochita sobre el peripatetismo, y los de Miguel Pselo son los únicos testimonios de la escasa vida intelectual que aun conservaba el Oriente.

La escolástica cuenta tres períodos. El primero empieza con Alcuino en el siglo IX: en él existieron Juan Scoto Erigeno, Eginardo, Raban Maur, Gerberto, que vivió en el siglo X, San Anselmo de Cantorbery y Abelardo, que corresponden al XI; y termina en Pedro Lombardo, y Roscelino, caudillo de los nominalistas. [28]

La segunda empieza a fines del siglo XII, aumentándose entonces los conocimientos filosóficos por la propagación de las obras de Aristóteles, debida a los árabes; Alejandro de Hales, Alberto el Grande, San Buenaventura, Sto. Tomás de Aquino y Dun Scot, en el siglo XIII comprenden este período.

La tercera época empieza en el siglo XIII con Rogerio Bacon y Raimundo Lulio: el primero cultivó las ciencias físicas, el segundo fue hábil dialéctico. Juan d'Occam reprodujo el nominalismo en el siglo XIV. Henrique Goethals, Walter Burleigh combatieron la teoría de Juan d'Occam. En el siglo XIV Juan Tauler, Tomas a Kempis y Gerson adoptaron el misticismo.

Los siglos XV y XVI cuentan varios sistemas que dieron a conocer los griegos después de la conquista de Constantinopla por los turcos. La escuela idealista platónica enumera entre sus más ilustres sostenedores a Marsilio Ficino, los Pico de la Mirandula, Nicolás de Cusa, Ramus, Patrizio, Jordano Bruno. La sensualista peripatética a Pomponato Aquilini, Cesalpini, Vanini, Telesio y Campanela. La escéptica a Montaigne, Charron y Sánchez. La mística a Marsilio Ficino, los Pico, Reuchlin, Agripa, Paracelso, la sociedad de Rosa-Cruz, Roberto Fludd, Van Helmont y Boehme. La antigüedad fue en esta época la autoridad en filosofía.

Filosofía moderna.

Bacon, nacido en 1561; Hobbes, en 1568; Gasendi, en 1592; Locke en 1632; Hume, en 1711, discurren con total independencia adoptando el sensualismo. Descartes, nacido en 1596; Malebranche en 1638; Spinosa en 1677; Leibnitz en 1648, pertenecen a la escuela idealista.

Lucha de estos sistemas.

Lamothe-le-Lavayer, Huet, Jerónimo Hirnaim y Berkeley profesan el escepticismo en el siglo XVII: lo propio Pascal, y Bayle, nacido en 1706. [29]

Mercurio Van-Helmont, en 1618; Pedro Poiret, en 1646; Swedenborg, el misticismo.

Condillac, nacido en 1715, Helvecio y d'Holbach, en 1723, son sensualistas; Rousseau, Turgot y Price idealistas; así como la escuela escocesa, en la que se cuentan a Hutcheson, Smith, Ferguson, Reid, Beattie, Dugald-Stewart. Kant, en 1781 publica la Crítica de la razón pura; Fichte, Schelling, Hegel son idealistas; M. Ern Schulze adopta el escepticismo. Jacobi el sentimentalismo, y Herder el sensualismo.

El siglo XIX enumera entre los sensualistas a Desttut-Tracy, Garat, Volney y Broussais: entre los idealistas a Maine-Biran y Royer-Collard. Entre los místicos, o mas bien teólogos, a De-Maistre, Bonald, el barón d'Eckstein y Saint-Martín. V. Cousin proclama el eclecticismo: Jouffroy, Droz, Damiron, Remusat corresponden a esta escuela.

——

Método para estudiar la historia de la filosofía.

Hemos inculcado en los párrafos anteriores las ventajas que trae el conocimiento de la historia de la filosofía, y trazado un ligero bosquejo de las condiciones que ha de cumplir y de las prendas que han de adornar al historiador para que lleguen a verse realizadas.

Tratando ahora del método más oportuno para estudiar esa misma historia, observaremos que, semejante en esta parte a todos los ramos del saber, ofrece a los ojos del pensador un bello ideal que tal vez nunca pase de serlo, y al que sin embargo se dirigen todos los que la cultivan en fuerza de la perfectibilidad propia de nuestra naturaleza.

El bello ideal de que hablamos consiste en acudir a las fuentes originales; porque siempre habrá de ser imperfecta y [30] diminuta la idea que formemos de Platón, Aristóteles, Descartes o Leibnitz, si contentándonos con las exposiciones que los historiadores hacen de sus doctrinas, no vamos a buscarlas en las obras que escribieron. Hay considerable distancia entre oír las cosas y verlas uno por sí mismo, y mucho más cuando la exposición mejor hecha no pasa de un epílogo en que quedan desnudos los principios faltando las ampliaciones, los ejemplos y la vida que les comunicaba el lenguaje y el estilo del autor.

Para adquirir cabal convencimiento de lo que decimos, examínense las páginas dedicadas a Platón en cualquiera historia de la filosofía, y compárese la impresión así recibida con la que produce la lectura de sus inimitables diálogos.

Pero es claro por demás que si emprendiésemos el estudio de este modo, trascurrirían muchos años antes que pudiéramos alcanzar conocimiento de dos o tres escuelas filosóficas; pudiendo suceder que absorbidos por la grandeza misma de las concepciones de los grandes pensadores, más que críticos imparciales, fuésemos adeptos de sus sistemas. Y si con el anhelo de llegar en todo a la perfección, desdeñáramos las versiones y quisiéramos leer las obras en los idiomas que hablaban los filósofos que las compusieron, la tarea se dilataría sobremanera, y acaso jamás lograríamos verla terminada.

No es esta la vía que nos aconseja la prudencia.

Antes de leer a Platón o a Aristóteles, preciso es haber adquirido idea general de la historia de la filosofía; al modo que para estudiar geografía, comenzamos por el mapamundi, pasando luego a los mapas de cada una de las grandes divisiones de la tierra, descendiendo en adelante a los de los reinos en que estas se dividen, y viniendo por fin a los mapas de las provincias y de los pueblos que, o no eran mencionados, o apenas ocupaban un punto imperceptible en el mapa primitivo.

Mas ¿cuál será el medio de conseguir este propósito?

Una obra elemental de historia de la filosofía debe contener exposiciones sucintas y claras de las doctrinas adoptadas por las varias escuelas conocidas, procurando el autor que los [31] principios capitales de cada sistema no se confundan con las ideas accesorias, para que sea factible formar concepto adecuado del conjunto, y percibir después el enlace de unos con otros sistemas. También convendrá determinar los objetos sobre que versan las cuestiones filosóficas, para que sirvan como de centro a las opiniones varias de las escuelas; pues el fin principal es reducir en cuanto es posible a la unidad aquello mismo que más divergente parece, ya por la diversidad de los tiempos y de los lugares, ya por la de las formas de que ha ido sucesivamente revistiéndose.

Los tres grandes objetos de la filosofía son Dios, la naturaleza y el hombre; y aunque cada uno de ellos haya dado origen en lo sucesivo a multitud de ciencias y de artes, no es por eso menos cierto que en los primeros períodos el filósofo pretendía explicarlos en su totalidad. Las escuelas jónica e itálica se fijaron en la naturaleza, formando la ciencia del hombre y la de Dios con la que habían sacado, la primera de la observación de los fenómenos naturales, y la segunda de las relaciones numéricas. Sócrates, al contrario, comienza por el hombre, cuyo conocimiento le sirve luego para deducir las otras dos ciencias; y los neo-platónicos pretenden que la ciencia de Dios sea la fuente de que dimanen la del hombre y la de la naturaleza. He aquí tres direcciones diversas y tres soluciones diversas también de los grandes problemas filosóficos. Parando la atención en este punto de vista general, fácilmente podrá el que empieza el estudio de la historia referir a ideas capitales las variedades y los pormenores de los sistemas que abruman la memoria de ordinario cuando la inteligencia no los pone en armonía.

Para mayor esclarecimiento habrá de consignarse que las dos escuelas citadas y las que de ellas proceden contienen las soluciones materialista y espiritualista del problema del mundo, que luego se han reproducido en las edades sucesivas; que el mismo fenómeno se observa respecto al del hombre, como lo prueban Platón y Aristóteles, los estoicos y los epicúreos, y que la solución del problema de Dios ha conducido al panteísmo, al materialismo o al dualismo, según los datos [32] de que han usado los filósofos. Desde los primeros pasos de la filosofía podemos ver adonde conducen el método de observación y de experiencia ceñido a los hechos exteriores: el psicológico que descubre los hechos interiores del alma, y el éxtasis que no puede llamarse método, porque es la negación de todos los métodos.

La Grecia recorrió el ámbito entero de la ciencia, habiéndose suscitado el escepticismo en tiempo de los sofistas y en la época de Enesidemo y Sexto-Empírico.

La copiosa nomenclatura de filósofos jónicos, pitagóricos, eleáticos, platónicos, estoicos, &c., apenas podría dejar recuerdo duradero en el ánimo, si el autor del libro, y todavía más el catedrático, no ordenaran lo que así aparece diseminado y confuso.

Objetos de la filosofía. Métodos. Soluciones.

Estos son los centros adonde todo el resto ha de terminar necesariamente.

Una vez considerada de este modo la historia de la filosofía en Grecia, puede aplicarse el mismo sistema a los otros países y a las otras épocas hasta nuestros días.

Entre los romanos fue la filosofía una mera importación de la Grecia: los alejandrinos quisieron fundir las teorías filosóficas y las tradiciones para alcanzar la ciencia a que ninguna de ellas aislada había llegado; la edad media es casi del todo aristotélica; los árabes siguieron al mismo maestro, y al renacer las letras los nuevos filósofos fueron discípulos de los antiguos.

Es pues muy digno de notarse que la ciencia de la Grecia se ha ido reproduciendo en el discurso del tiempo: unas veces bien conocida, como sucedió en Roma; otras solo en parte y de una manera imperfecta, como acaece en la edad media, y otras en toda su extensión, según ha sucedido después del renacimiento de las letras.

El que acabamos de indicar es uno de los aspectos más importantes de la historia de la filosofía, porque da a conocer [33] que lejos de reinar la discordia y la confusión que parecen consiguientes al gran número de escuelas que han existido, y aun existen, la ciencia ha conservado siempre su unidad.

Es la Grecia el sol que difunde su luz por todas partes, si bien se modifica y toma distintas apariencias según la disposición de los objetos adonde van a parar sus rayos.

Llegando a la época moderna, será necesario observar que si bien Bacon y Descartes intentaron construir de nuevo la ciencia, sus métodos no difieren en lo esencial de los que siguieron las escuelas griegas; que las ideas innatas son las reminiscencias de Platón, y que Gasendi, Helvecio y Bentham reproducen la doctrina de Epicuro.

Pero no se entienda que, por insistir como lo hacemos en la necesidad de armonizar y dar unidad a los hechos históricos, sea nuestro ánimo inculcar en el que comience el estudio de este importante ramo la idea de que la ciencia no hace más que repetirse, y que es incapaz de progreso. A vueltas de las analogías han de buscarse las diferencias, y en estas los adelantos. Objeto de estudio es para los modernos la naturaleza, como lo fue para Tales de Mileto y sus discípulos: ¿podrá dudarse de los adelantos de este ramo del saber en nuestros tiempos? Esto mismo es aplicable a los otros dos objetos, y a los métodos, y a las soluciones.

Naturalmente se viene a parar a esta conclusión teniendo en cuenta todo lo que hasta aquí dejamos observado. La ciencia nace en Grecia, pasa a Roma, solo es conocida en parte por los árabes y los escolásticos durante la edad media, recibe los honores de autoridad religiosa en la época del renacimiento, cae en descrédito por algún tiempo, y acaba por ser asunto de las meditaciones de los hombres más esclarecidos.

Aunque parezca paradoja, puede asegurarse que la ciencia de los antiguos no ha sido debidamente conocida hasta nuestros días. A la edad media le faltaba criterio, porque todo su saber era lógico; los eruditos que recogieron el tesoro traído por los griegos de Constantinopla, mal podían librarse del entusiasmo que la antigüedad debía infundirles; y aun [34] suponiéndolos desapasionados carecían de principios capaces de servir para juzgarla debidamente. Era indispensable, para que esto se realizara, que la ciencia hubiese vuelto a nacer de una manera espontánea, como había sucedido en Grecia. Bacon, Descartes, Leibnitz, Kant, Locke y Spinosa, nos han hecho comprender a Platón, Epicuro, Aristóteles y los otros filósofos griegos; porque la ciencia antigua ha podido ser considerada por el prisma de la moderna, descubriéndose así la identidad de los métodos, y lo que debía atribuirse a la variedad de las circunstancias.

La crítica filosófica en la época actual es, respecto a la hasta aquí conocida, lo que la crítica literaria de Chateaubriand, Mma. Síael, y sobre todo Ampere y Villemain, es a la de Marmontel, Boileau y La Harpe. Compárense los juicios de Mr. Cousin acerca de Platón con los de sus predecesores; los de Aristóteles, de Barthélemy de Saint-Hilaire y Ravaison, con los que se encuentran en los libros en que antes habían sido examinadas las doctrinas aristotélicas, y al menos imparcial no podrá menos de venírsele a los ojos de parte de quién está la ventaja.

Teniendo siempre a la vista los puntos esenciales de identidad, el autor o el catedrático harán notar mejor los de disidencia. El cristianismo es el elemento principal de la cultura europea. Los fragmentos de la antigua sabiduría que quedaron en la edad media no pudieron menos de participar del influjo ejercido en la sociedad por la predicación del Evangelio. A las ideas metafísicas y cosmogónicas de los filósofos griegos hubieron de sustituirse las sanas doctrinas de la teología, tal como la enseñaban los santos padres.

Cuando la antigüedad, por largo tiempo oscurecida, volvió de nuevo a presentarse en el orbe literario, sus adeptos más fervorosos eran cristianos. En la semilla no había habido mudanza; pero el terreno en que iba a depositarse estaba de muy diversa manera preparado. Los escolásticos de la edad media diferían grandemente de los discípulos de Sócrates y de Zenón. Las máximas de la moral evangélica habían convertido los ánimos hacia el mundo espiritual: de aquí la [35] transformación de las bellas artes, y el nuevo espíritu de los gobiernos y de las relaciones sociales. Todo esto debía influir, y de hecho tuvo gran influencia en la filosofía griega, porque las doctrinas antiguas habían de examinarse al través de las ideas modernas.

Por otra parte, los primeros filósofos, como Tales de Mileto y Pitágoras, no encontraron entre sus contemporáneos las ciencias físicas y matemáticas en el grado de desarrollo en que se hallaban cuando Descartes y Leibnitz establecieron sus respectivas teorías. De aquí las ventajas que en este punto debían hacer sus ideas a las de los antiguos.

Todas estas diferencias explican de una manera satisfactoria los progresos de las ciencias filosóficas, cuyos primeros lineamientos dejó trazados la Grecia con caracteres indelebles.

Repetimos que nuestro propósito, al insinuar estas especies acerca del método que debe seguirse en el estudio de la historia de la filosofía, es alcanzar que los varios hechos esparcidos en sus páginas adquieran el debido enlace, y queden consignados a un tiempo mismo en la memoria y en el entendimiento de los discípulos. Una crónica de la filosofía es la más estéril de todas las obras que pueden idearse; porque las teorías científicas no comprendidas se desprenden de la memoria, sin dejar de sí rastro alguno duradero.

Solo nos resta indicar los libros más adecuados para este estudio, y el orden que ha de seguirse en su lectura.

Para adquirir idea general de la historia de la filosofía, deben consultarse obras elementales, como lo son el Manual de Tennemann, traducido por V. Cousin; el de Renouvier, y la Introducción y la Historia de la Filosofía del siglo XVIII, del mismo Cousin. El libro de Tennemann es una copiosa biblioteca de filosofía, donde hay noticia de cuantos libros pueden necesitarse para conocer a fondo cualquiera de las escuelas antiguas o modernas; pero sus exposiciones son en extremo concisas y no tan claras como fuera de apetecer. La obra de Cousin presenta un cuadro animado cuyas partes están entre sí íntimamente unidas, no olvidándose nunca el narrador de que su misión no se reduce a consignar los hechos y las vicisitudes, [36] sino que es deber suyo manifestar los lazos que los unen y la secreta concordancia que se deja percibir a vueltas de la lucha y de la disparidad de encontradas opiniones.

Para dar mayor latitud a los conocimientos históricos, deben consultarse las obras de Ritter, Tiedemann, Tennemann, Degerando y Brucker, citadas antes, siendo conveniente leer a Ritter antes que a Tennemann, y hacer que la lectura de este preceda a la de Brucker, porque cada una de estas obras hace ventajas a la anterior, si no precisamente en la abundancia de datos, en la parte de criterio y de método. Para dar ejemplo de lo que decimos sería forzoso entrar en pormenores que alargarían demasiado la presente Introducción. Cualquiera que compare los capítulos relativos a una misma escuela en las obras citadas, quedará penetrado de la solidez de nuestro dictamen.

Por fin, la lectura de las obras originales debe ser el complemento de los estudios históricos; pero abundando siempre en la idea de que la erudición no ahoga el ingenio, y que lejos de eso las ideas que adquiere aumentan su vigor y le hacen más capaz de espaciarse en el vasto campo de las invenciones, aconsejaríamos al que se propusiera estudiar a Aristóteles o a Platón que no desaprovechase acerca del primero las tareas de Ravaison{4}, J. Simón{5}, S. Barthelemy{6}, y acerca del segundo las de Cousin{7} y H. Martin{8}. Siguiendo el mismo sistema, deben consultarse las obras de Remusat{9}, Rousselot{10} y Saint-René de Taillandier{11} sobre la escolástica; las de Damiron{12} y Renouvier sobre el siglo XVII; y las de Matter{13} y Jules Simón sobre la escuela de Alejandría{14}.[37]

La crítica literaria y filosófica es quizá uno de los progresos mas reales del siglo XIX: a la rigidez de la autoridad que desecha cuanto de ella propende a desviarse, al ciego entusiasmo que entona himnos a los pensadores en vez de meditar sus obras, y al espíritu de partido que niega todo lo que no es su idea favorita, han sucedido la imparcialidad y la sensatez, que teniendo en cuenta las doctrinas, los hombres que las profesaron y los tiempos y los países en que hubo de colocarlos la Providencia, dan a todo su justo valor, haciendo comprender así aun aquello mismo que más repugna a nuestros hábitos y a nuestras creencias.

Dos palabras acerca del presente manual.

Para formarlo, hemos tenido presentes el de Tennemann, las obras de Ritter y Degerando, las de Cousin, el Compendio de la Historia de la Filosofía, publicado en 1834 por los directores del colegio de Juilly, y el Ensayo sobre la Historia de la Filosofía del siglo XIX, de Damiron. No desconocemos los numerosos defectos de la tarea que emprendimos; pero confiamos en que las reflexiones de la precedente introducción y las abundantes noticias de obras antiguas y modernas que hemos recogido, podrán servir para que el lector o el catedrático encuentren medios suficientes de completar el estudio de la filosofía.

——

{1} Cosmos, ou Essai d'une description physique du monde.

{2} Obras completas. En sus varios tratados ha querido siempre reducir a síntesis general todas las ciencias, así físicas como intelectuales y morales.

{3} Introducción a la física. En esta obra explica el enlace que las ciencias experimentales tienen unas con otras, observando que a medida que adelantan van descubriéndose los puntos de contacto y que llegará día en que reunidas constituyan una sola ciencia. (Véanse los Opúsculos políticos y literarios de D. Salvador Costanzo, Madrid 1847.)

{4} Essai sur la métaphysique d'Aristote, 1837, vol. 2.

{5} Le Dieu d'Aristote, 1840, 1 vol.

{6} De la Logique d'Aristote, 2 vol.

{7} OEuvres completes de Platon, 13 vol.

{8} Études sur le Timée de Platon, 1841, 2 vol.

{9} Abelardo.

{10} Études sur la philosophie dans le moyen àge, 1843, 1 vol.

{11} Scot Erigène et la philosophie scolastique, 1843, 1 vol.

{12} Essai sur l'Histoire de la philosophie au XVII siecle, 1846, 2 vol.

{13} Histoire de l'école d'Alexandrie, 1845, 2 vol.

{14} Ibidem, 1845, 2 vol.

[Tomás García Luna, Manual de Historia de la Filosofía, Madrid 1847, págs. 7-37.]

Nota sobre los autores españoles

En nuestro país no ha habido propiamente escuelas filosóficas; si bien los nombres de Luis Vives, Pedro Simón Abril, Sánchez de las Brozas, Jiménez Patón, Juan Huarte de S. Juan y Quevedo, pudieran figurar muy bien entre aquéllos de los más ilustres pensadores. Los ascéticos, como S. Juan de la Cruz, [307] Sta. Teresa, Rivadeneyra, Malón de Chaide, Granada y León, abundan en ideas psicológicas, metafísicas y morales que podrían dar ocasión para útiles tareas al que se propusiese estudiar las obras de tan esclarecidos ingenios bajo el aspecto filosófico. Pero bien se deja conocer que la empresa no es proporcionada a los reducidos términos de un manual.

Con la mudanza acaecida en la forma de gobierno ha comenzado a despertarse en España la afición a los estudios morales y filosóficos. No siéndonos posible analizar debidamente las obras hasta ahora publicadas, nos ceñiremos a dar noticia de las que han visto la luz pública.

Sin hablar de la traducción del Curso de Condillac, hecha por el Sr. Gorosarri; de la Ideología matemática, del Sr. Vallejo, y de las que los Sres. Caamaño y Uribe hicieron, el primero, de la Gramática general, de Destutt-Tracy, y el segundo, del Manual de Filosofía de Servant-Beauvais, podemos enumerar:

El compendio de Filosofía del Dr. D. Juan José Arbolí.

Cursos de Ética y Lógica, de D. José Joaquín de Mora.

Lecciones de Filosofía moral, de D. Francisco de Cárdenas.

Ensayo de Antropología, o Historia fisiológica del hombre, de D. Juan Varela de Montes.

Gramática general, por D. J. G. Hermosilla.

Unidad simbólica y destino del hombre en la tierra.

Filosofía fundamental, del Sr. D. Jaime Balmes.

Criterio, del mismo autor.

Cartas a un escéptico, del mismo autor.

Filosofía elemental, 4 tomos en 8.º

fin

[Tomás García Luna, Manual de Historia de la Filosofía, Madrid 1847, págs. 306-307.]

índice

Dedicatoria, 5
Introducción, 7
Utilidad de la historia de la filosofía, id.
Utilidad de la historia de la filosofía en la época actual, 8
Bello ideal de la historia de la filosofía, 19
Historiadores de la filosofía, 22
Épocas de la historia de la filosofía, 24
Filosofía moderna, 28
Lucha de estos sistemas, id.
Método para estudiar la historia de la filosofía, 29
Objetos de la filosofía. Métodos. Soluciones, 32
Dos palabras acerca del presente manual, 37
Filosofía oriental. China, 39
Confucio, 41
Persia, 43
Egipto, 45
Caldea, 47
Fenicia, id.
Judea, 48
India, id.
Escuelas ortodoxas. Mimansa, 50
Sistema vedanta, 51
Sistemas en parte conformes, y en parte contrarios a la doctrina de los Vedas, 54
Sankya, id.
Sankya de Kapila, 55
Yoga-Sastra o Sankya de Patandjali, 59
Sistemas Nyaya y Vaisechika, 60
Sistema Nyaya, id.
Sistemas heterodoxos, 64
De los Djainas y Budas, id.
Autores que hablan de la filosofía oriental, 65
Observaciones, 66
Grecia, 74
Escuela Jónica, id.
Autores que hablan de esta escuela, 76
Escuela itálica, id.
Escuela pitagórica, 77
Escuelas eleáticas, 80
Escuela metafísica, id.
Escuela física, 81
Heráclito, 84
Empédocles, id.
Observaciones, 85
Autores que han tratado acerca de la escuela eleática, 86
Los sofistas, id.
Protágoras, 87
Gorgias, id.
Pródico de Julis, id.
Observaciones, 88
Autores que hablan de los sofistas, id.
Sócrates, id.
Observaciones, 90
Autores que han tratado de Sócrates, id.
Escuela cínica, id.
Diógenes, 91
Escuela cirenaica, id.
Escuela escéptica, 92
Escuela de Megara, id.
Escuela de Elis, id.
Observaciones, 93
Autores que tratan de estas escuelas, id.
Platón, id.
Observaciones, 97
Autores que hablan de Platón, 98
Academia antigua, id.
Epicuro, 99
Observaciones, 101
Autores que hablan de Epicuro, id.
Aristóteles, id.
Observaciones, 105
Autores que han de consultarse, 106
Escuela estoica, id.
Observaciones, 108
Autores que han tratado de la escuela estoica, 109
Nueva academia, id.
Observaciones, 111
Autores que hablan de las Academias, id.
Filosofía en Roma, 112
Marco Tulio Cicerón, 114
Autores que hablan de Cicerón, id.
Filósofos romanos, 115
Autores que hablan de esta escuela, 117
Escuela escéptica, id.
Sexto-Empírico, 118
Observaciones, 120
Autores que hablan de la escuela escéptica, 121
Filosofía de los primeros siglos de la era cristiana, 122
Gnosticismo, id.
Saturnino, 125
Bardesanes, 126
Basilides, id.
Valentino, id.
Observaciones, 127
Autores que hablan del gnosticismo, 128
Escuela de Manes, id.
Autores que hablan del maniqueísmo, 129
Doctrinas filosóficas de los judíos, id.
Autores que hablan de Filón, 131
Cabalística, id.
Autores que hablan de la Cábala, 132
Escuelas de Alejandría, 133
Ammonio Sacas, 134
Plotino, id.
Porfirio, 135
Jámblico, 136
Hierocles, id.
Proclo, 137
Autores que hablan de la escuela de Alejandría, 143
Observaciones, id.
Filosofía de los santos Padres de la Iglesia, 144
San Justino, 145
Taciano, 146
San Ireneo, id.
Hermias, 147
Atenágoras, id.
Tertuliano, id.
Clemente de Alejandría, 148
Orígenes, id.
Arnobio, 150
Lactancio, id.
San Agustín, 151
San Dionisio Areopagita, 153
Sinesio, 153
Eneas de Gaza, 154
Autores que hablan de los Santos Padres, 154
Observaciones, 155
Filosofía de la Edad Media, 157
Boecio, id.
Casiodoro, 158
Autores que han de consultarse, 159
Filosofía del Oriente desde el siglo VII al VIII, 159
San Juan Damasceno, 160
Filosofía árabe, id.
Alkendi, 161
Al Farabi, id.
Avicena, id.
Algazel, id.
Avicebrón, 162
Averroes, 163
Autores que tratan de la filosofía de los árabes, 164
Observaciones, id.
Filosofía del Bajo-Imperio desde el siglo IX al XIV, 165
Filosofía de Occidente, 166
Alcuino, id.
Scoto Erigeno, id.
Berenger, 168
San Anselmo, 169
Roscelino, id.
Guillermo de Champeaux, 170
Abelardo, id.
Pedro Lombardo, 171
Juan de Salisbury, 172
Amaury de Chartres, 173
Alberto el Grande, 173
San Buenaventura, 174
Sto. Tomás de Aquino, 177
Contemporáneos de Sto. Tomás, 180
Dun Scoto, 181
Raimundo Lulio, 182
Rogerio Bacon, 183
Guillermo de Ocam, 184
Autores que hablan de la filosofía escolástica, 187
Observaciones, id.
Nicolás de Cusa, 191
Marsilio Ficino, 192
Juan Pic, id.
Juan Renchlin, 193
Paracelso, id.
Van Helmont, 194
Pedro Pomponato, 195
Pedro La Ramée, 196
Justo Lipsio, id.
Telesio, 197
Tomás Campanela, id.
Jordano Bruno, 199
Montaigne, 201
Pedro Charron, id.
Autores que hablan de los filósofos comprendidos en este periodo, id.
Observaciones, 202
Francisco Bacon, 202
Tomas Hobbes, 206
Herberto de Cherbury, 208
Pedro Gassendi, 209
Juan Bautista Van-Helmont, 210
Roberto Fludd, 211
Jacobo Boehm, id.
Renato Descartes, id.
Nicolás Malebranche, 215
Benito Spinosa, 221
Jorge Berkeley, 225
Juan Locke, id.
Isaac Newton, 228
Pedro Bayle, 230
Samuel, barón de Pufendorf, 230
Godofredo Guillermo Leibnitz, 231
Thomasius, 239
Christian Wolf, 240
Manuel Kant, 242
Leonardo Reinhold, 250
J. Gottleb Fichte, id.
F. G. Schelling, 251
Hegel, 252
Enrique Jacobi, 253
Condillac, 254
Helvecio, 256
D'Holbach, id.
David Hume, 258
Escuela escocesa, 259
Tomas Reid, 260
Autores que hablan de esta época, 268
Observaciones, 269
Cabanis, 272
Destutt-Tracy, 274
Volney, 275
Garat, 277
Lancelin, id.
Broussais, 278
El Dr. Gall, 279
Azais, 281
Observaciones, id.
El conde José de Maistre, 282
M. de Lamennais, 284
M. de Bonald, 286
El barón d'Eckstein, 287
M. Ballanche, 288
Saint-Martin (el filósofo incógnito), 289
Observaciones, 290
Escuela espiritualista racional, 291
F. Berard, id.
M. Virey, 292
Keratry, id.
M. Masías, 293
M. Boustetten, id.
M. Ancillon, id.
M. Droz, 294
M. de Gerando, 295
M. Laromiguiére, id.
M. Maine de Biran, 296
Royer-Collard, 297
M. Cousin, id.
M. Th. Jouffroy, 301
M. Damiron, 303
M. Massias, id.
Mr. de Senancour, 304
M. Freyre, id.
M. Bautain, id.
M. Buchez, id.
M. Thurot, 305
M. Cardaillac, id.
Nota sobre los autores españoles, 306

[Tomás García Luna, Manual de Historia de la Filosofía, Madrid 1847, págs. 309-211 (revisado sobre el texto).]