Filosofía en español 
Filosofía en español

cubierta del libro Literatura y educación

Encuesta realizada por Fernando Lázaro Carreter

Emilio Alarcos, Dámaso Alonso, Manuel Alvar, Andrés Amorós, Rosa Bobes, Juan Benet, Gustavo Bueno, Buero Vallejo, Eugenio de Bustos, Camilo José Cela, Fernando Chueca, Miguel Delibes, Elías Diaz, G. Díaz-Plaja, M. Fraga Iribarne, Gloria Fuertes, Joan Fuster, P. Laín Entralgo, Rafael Lapesa, Julián Marías, Amando de Miguel, José Monleón, E. Moreno Báez, Carlos París, José María Pemán, Francisco Rico, Leonardo Romero, Juan Manuel Rozas, Tierno Galván, J. Luis Varela, Francisco Yndurain, A. Zamora Vicente

Editorial Castalia (colección Theoría Castalia), Madrid 1974, 339 páginas

Sumario

Pórtico, 7

I. El punto de vista de los profesores, 19

II. El punto de vista de los escritores, 195

III. El punto de vista de los críticos de nuestra cultura, 247

Palabras finales, 329


III. El punto de vista de los críticos de nuestra cultura

Gustavo Bueno
Fernando Chueca Goitia
Elías Díaz
Manuel Fraga Iribarne
Pedro Laín Éntralo
Julián Marías
Amando de Miguel
José Monleón
Carlos París
Enrique Tierno Galván

[Literatura y educación, Encuesta realizada por Fernando Lázaro Carreter, Madrid 1974, página 247.]

Cuestionario

1 ¿Qué función atribuye al estudio de la Literatura, en el seno de una sociedad como la nuestra?

2 ¿Qué opinión le merecería la supresión de tal disciplina en la Enseñanza General Básica (antiguo Bachillerato) e, incluso, en las Facultades de Letras, para los alumnos que no cursen las especialidades de Filosofía?

3 ¿En qué supuestos cree Vd. que debe fundarse la docencia literaria? (Enjuicie, por favor, los móviles estéticos que tradicionalmente le han sido atribuidos, y la mera información erudita en que, salvo meritísimas excepciones, ha consistido.)

4 ¿Podría una educación literaria bien orientada, por sí sola, cubrir las necesidades de formación humanística del hombre contemporáneo?

[Literatura y educación, Encuesta realizada por Fernando Lázaro Carreter, Madrid 1974, página 249.]

Gustavo Bueno

1. ME parece que esta pregunta es verdaderamente la primera pregunta de las cuatro que se nos formulan, en el sentido de que las respuestas a las restantes son, en cierto modo, consecuencias lógicas de las respuestas dadas a ésta. Por consiguiente, me propongo invertir la casi totalidad del espacio de que dispongo para responder a esta primera pregunta.

Se refiere esta pregunta al estudio de la Literatura y no a la Literatura en sí misma. Ambas cosas se intersectan profundamente, desde la tradición alejandrina, pero no cabe confundirlas. Cabe dar por descontado un juicio “positivo” o “negativo” (adverso) acerca de las funciones sociales de la Literatura –un juicio similar, respectivamente, al de César o al de Mario sobre la Literatura griega– y, sin embargo, mantener un juicio respectivamente “negativo” o “positivo” sobre las funciones sociales de su estudio. No será imposible la posición de quien subestimando, como Platón, a los poetas valora positivamente sin embargo a quien los somete a estudio “científico” –¿quién no respeta la jerarquía científica de la Patología, aunque aborrezca las enfermedades?– pero es mucho más probable la actitud de quien, acaso sobreestimando la significación cultural y espiritual de la Literatura, subestima el alcance de su estudio y aun lo considera pernicioso y contraproducente, dentro del tópico faustico según el cual la ciencia mata la espontaneidad de la vida. Se atribuirá generosamente a la Literatura una principal significación espiritual y, a la vez, se desconfiará de los efectos derivados de su tratamiento escolar, un poco como el creyente desconfía del teólogo y se acoge a la “fe del carbonero”.

Sin embargo, y por razones de carácter general que sería aquí impertinente explicitar, presupongo que solamente aquellas formaciones culturales cuyo “valor” no queda dañado por el análisis científico son aquellas que verdaderamente “valen”. Y que si bien el estudio de la Literatura podría fundarse en motivos puramente críticos (como ocurre, en gran medida, con la Ciencia de las religiones comparadas), sin embargo la comprensión de las funciones que cabe atribuir a ese estudio, así como la comprensión de su misma organización, será muy distinta si se fundamenta en una “valoración positiva” de la Literatura, en el conjunto de las formaciones culturales.

Así planteado el asunto, no me queda otro remedio que entrar en el “fondo de la cuestión”, respondiendo a esta pregunta: “¿Qué funciones han de atribuirse a la Literatura en el seno de una sociedad como la nuestra?” (Sobreentiendo que “nuestra sociedad” es la sociedad industrial capitalista y que la “Literatura”, pese a la heterogeneidad de los géneros literarios, posee una cierta unidad categorial derivada de su forma de organización, principalmente la escritura en lenguaje nacional).

Pero las funciones de la Literatura son múltiples y muy complejas, como los estudios empíricos –psicológicos, sociológicos, &c.– nos van revelando poco a poco. Mi propósito aquí es sugerir algunos criterios muy generales para una tipología de estas funciones adaptada a nuestro asunto –tipología muy general también, pero no por ello, me parece, menos esencial, a los efectos de una discusión. Quien aborrece los procedimientos escolásticos, aborrecerá también este proyecto de tipología –pero no por ello puede considerarse inmune de un pensamiento tipológico, probablemente inadecuado. La tipología que propongo quiere ser ya una crítica a estas tipologías implícitas que inspiran, por ejemplo, a todo aquel que se acoge a las categorías de “medio” y de “fin”, metafísicamente elaboradas. Hay quien procede como si la Literatura fuese solamente un medio, cuyo fin (o justificación) fuese por ejemplo, la salvación (el Discurso a los jóvenes sobre el modo de leer los libros de los paganos de San Basilio) o la revolución (la Literatura será crítica, denuncia social, arenga política, &c., &c.: todo lo demás es pura frivolidad y esteticismo burgués). Hay quien, inversamente, considera a la Literatura como el verdadero fin, hasta el punto de que prácticamente la justificación de la revolución se pone en su capacidad para producir las más excelentes obras literarias. Esta es una versión de la doctrina hegeliana del Espíritu Absoluto, en la cual la serie: religión-arte-ciencia, se trastocase en esta otra: religión-ciencia-arte, considerando, por lo demás, como el propio Hegel lo hacía, a la Literatura como el arte supremo. No deja de ser curioso constatar, en nuestro país –y en otros muchos– el intenso “hegelianismo” que anima a tantos grupos de clara filiación política, pero cuya actividad, por las razones que sean, se polariza en el sentido de una “acción cultural” (sociedades culturales) cuyo núcleo no es tanto la ciencia o la religión, sino el Teatro, la Novela, la Poesía, es decir, la Literatura.

Prescindamos aquí de estas categorías de “fin” y de “medio” que a tan difíciles situaciones nos conducen y atengámonos, cuando queramos establecer una tipología de funciones de la Literatura, al propio concepto de “función” que nos suministra la Encuesta presente. Consideremos las funciones de la Literatura no como “medios” o “fines” –en el sentido metafísico– sino como relaciones en el contexto “diamerico” de las restantes formaciones culturales, que suponemos ya dadas. De este modo, incluso podemos intentar aproximar el concepto “informal” de función –tal como lo suelen utilizar los sociólogos o etnólogos “funcionalistas”– al concepto lógico formal hoy día ya popularizado entre los filólogos. Como campo de variables independientes consideraremos los lenguajes nacionales. Como campo de variables dependientes (o funciones) consideremos a la propia obra literaria (que es “univoca a la derecha”, cuando no es un plagio de otra obra literaria o de otra formación cultural). Las “características” son las funciones de la Literatura por las cuales preguntamos –y que incluyen al “escritor”, o a su “grupo”, en el sentido de Goldman.

Hemos renunciado a las viejas categorías de “medio” y de “fin”, pero no por viejas, sino por inadecuadas. Apelamos a otras categorías no menos arraigadas en la tradición, a saber, las categorías de sustancia y de causa –¿acaso Hjelmslev, entre los lingüistas, no ha tenido también que recurrir a la noción de “sustancia”? Tal y como pensamos las funciones sociales de la Literatura, es evidente que estas funciones o bien puede considerarse como formando (conformando, como diría Alarcos), por la obra literaria, un contenido o sustancia del campo lingüístico o bien (simultáneamente) determinando la causalidad inherente a este campo lingüístico, en tanto que está socialmente constituido. Hablaremos, por tanto, de funciones sustanciales y de funciones causales, de la Literatura.

Ahora bien: Cualquiera de estos dos tipos de funciones asignadas a la Literatura, pueden ser propias de la obra literaria o bien pueden ser comunes a otras formaciones culturales y, por tanto, sustituibles, en lo esencial al menos, por ellas (en el sentido en que la información contenida en un cierto relato literario puede ser alternativamente suministrada por una película o por un tratado científico). Las funciones sustanciales propias, pueden denominarse “funciones específicas”; las funciones comunes, “genéricas”. En cuanto a las funciones causales de la Literatura: El carácter “propio” de las funciones literarias es ahora su carácter de “causa principal o directa” mientras que su carácter común es su tesitura de causa “oblicua o secundaria”, cuya acción es determinada por la eficacia de otra formación cultural “identificable”.

He aquí una sumaria descripción de los cuatro tipos de funciones asignables a la Literatura según los criterios precedentes:

Funciones F1. Es decir, funciones específicas (por su sustancia o contenido) y directas (por su causalidad). La obra literaria clasificada en F1 –en la medida en que ello es posible, atendiendo al grado de saturación relativa en este tipo de funciones– ofrece un contenido que no puede ser configurado por ninguna otra formación cultural, un contenido “específicamente literario”, insustituible (cualquiera que sea su valor moral, estético, &c., &c.) y actuará según una causalidad que, si bien nunca es aislada, se presenta como directa, no meramente subordinada a otra formación cultural identificable (como ocurre con el texto literario de una ópera, subordinado prácticamente por entero a la música vocal, que ejerce la causalidad directa y principal).

Funciones F2. Funciones específicas por su contenido, pero cuya causalidad no es directa sino oblicua, ejercida dentro de una causalidad formal principal. Estas funciones están desempeñadas por la “literatura de elite”. La función de la literatura es ahora un instrumento de discriminación de grupos sociales, un discriminante de grupo (expresado groseramente: “Es preciso leer y dominar determinadas obras literarias –novelas, poemas– para poder participar en la velada del salón, en la tertulia”). La ignorancia de la Literatura define a los que están marginados del grupo (Juliano prohíbe leer Homero a los cristianos –considerados como incultos, socialmente inferiores). Evidentemente el prestigio de muchas obras literarias y su eficacia está intrínsecamente ligado a la acción de determinados grupos de presión (¿sería concebible de otro modo la importancia que un tiempo adquirió el teatro de Claudel?).

Funciones F3. Funciones genéricas por su contenido, pero de acción directa. La literatura “didáctica”, la literatura de agitación revolucionaria, de “denuncia”, de “testimonio”, está casi enteramente saturada por este tipo de funciones.

Funciones F4. Funciones genéricas por su contenido y oblicuas por su causalidad. Las obras literarias que desempeñan este tipo de funciones son obras cuyos contenidos podrían ser realizados por vía extraliteraria; además, la acción de estas obras no es directa. Como paradigma, podría señalarse la literatura pornográfica.

El siguiente diagrama condensa la tipología recién esbozada:

 Funciones causales
DirectasOblicuas
Funciones
sustanciales
Específicas F1 F2
Genéricas F3 F4

Observaciones a la Tabla

1. En cada una de estas cuatro funciones puede prevalecer más el componente “sustancial” que el “causal”, según el contexto.

2. La tabla de funciones sugiere un uso que no es meramente taxonómico. Ofrece alguna base para una ordenación o jerarquización de las obras literarias según criterios objetivos (aunque no únicos), y no meramente subjetivos (el “gusto” del crítico o del público). Definamos para ello la operación “suplencia” o “incorporación”: Una Función Fi, incorpora a otra Fj, cuando, sin perder sus características, puede desempeñar otras.

Supongamos admitido que las funciones de la fila superior pueden incorporar las correspondientes de la fila inferior (pero no recíprocamente) y que las funciones de la columna izquierda pueden incorporar a las correspondientes de la columna derecha (pero no recíprocamente). En este supuesto, la máxima “potencia” ha de atribuirse a las funciones F1, porque puede incorporar a las F2 y F3 y, a su través, a las F4. El mínimo rango corresponderá a las funciones F4. Según este criterio, F3 y F2 quedan equiparadas en rango. La ordenación de funciones será la siguiente:

F1 > [F2 = F3] > F4

En este sistema, la función F4 podría valer para redefinir objetivamente lo que suele llamarse “infraliteratura” así como la función F1 podría valer como condición necesaria (¿y suficiente?) de la “clasicidad”.

3. El cuadro F1 es el que plantea los mayores problemas, porque podría ser impugnado como utópico –podría ser considerado como la clase vacía. Como si fuera la clase vacía lo tratan de hecho todos aquellos que solo quieren ver en la obra literaria una virtualidad religiosa o político-táctica. Muchos estimarán el concepto de F4 como incompatible con el marxismo y su doctrina de las superestructuras –olvidando aquel “texto célebre” sobre el arte griego. (Cuando, por parte de tantos críticos militantes, se descalifica a una obra literaria por esta su pureza literaria o formal ¿realmente la crítica se ejerce sobre esa supuesta pureza y no más bien, sobre ciertos componentes parásitos, precisamente “extraliterarios” que la supuestamente obra pura contiene?).

Desde la tipología de las funciones de la Literatura recién esbozada, construiría mi respuesta a la pregunta primera (referida a las funciones atribuibles al estudio de la Literatura) del siguiente modo: El estudio de la Literatura en una sociedad como la nuestra debe, en cualquier caso, orientarse en el sentido de la discriminación de las diferentes funciones desempeñadas por las obras literarias. Por ello, este estudio incorporará necesariamente las perspectivas sociológicas, aunque no formalmente. El estudio es esencialmente crítico, en tanto tiene siempre presente la idea de una patología literaria. Los criterios de juicio intraliterario –que los propios críticos elaboran– no pueden ser confundidos con los juicios extraliterarios (por ejemplo, la capacidad de una obra literaria para estimular un determinado movimiento religioso o político). El concepto de un juicio intraliterario no puede confundirse, en ningún caso, con el concepto del “arte por el arte”. Desde una perspectiva política, basta reflexionar que también “después de la Revolución” puede pensarse en una actividad literaria, cuyo valor ya no podría medirse por su “capacidad de conducir a la revolución”.

2. ESTA supresión significaría una regresión a un estado de cosas semibárbaro, en el cual la producción literaria sería ofrecida a un público inerme, ineducado e incapaz, en principio, de discriminar la literatura genuina de la infraliteratura. Este estado de cosas es el estado ideal para una tutela ideológica inmoderada del público por parte de las clases dirigentes de la empresa editorial. Es cierto que la organización actual de los estudios literarios está también profundamente entretejida con la superestructura ideológica burguesa y que la mayor parte de los profesores de Literatura defienden, sin sospecharlo casi nunca, con sus críticas literarias, el estado de cosas de la sociedad burguesa. Pero es preferible, en todo caso, esa crítica ideologizada que la ausencia de toda disciplina crítica; porque una crítica genera siempre su contracrítica y tiene la posibilidad de ser neutralizada por ella.

3. TAL como he desarrollado mi respuesta a la primera pregunta, creo que esta pregunta tercera ya ha sido respondida. Subrayaré aquí, sin embargo, la tesis según la cual la docencia literaria debe ser formalmente “literaria” –y no sociológica, o psicológica, &c.– aunque, precisamente por serlo, no pueda menos de utilizar los recursos de la sociología o de la psicología. Pero esta utilización no debe transformar a la docencia literaria en una suerte de “sociología aplicada” –que, además, será con toda probabilidad sociología de aficionado. El estudio de la Literatura se organiza según los procedimientos de las ciencias culturales –y precisamente al sociólogo y al político le resultarán de mucho más interés resultados literarios ciertos– con la certeza exigible a estos estudios –que redundancias lejanas de sus propios tópicos.

4. NO, en modo alguno, salvo que se entienda gratuitamente por formación humanística precisamente la educación literaria. El modo “filológico” de entender las humanidades tuvo su época, en el Renacimiento –cuando la Música polifónica o la Física matemática no habían alcanzado todavía su madurez mínima– pero hoy está, me parece, enteramente rebasado. En España es cierto que durante todo el siglo XVII teníamos que contentarnos con Góngora y Gracián –cuando en otras naciones aparecían Descartes o Newton. Incluso la prodigiosa inflación de la producción novelística de nuestro país en la actualidad tiene mucho que ver con este subdesarrollo cultural que venimos arrastrando desde hace siglos. Porque el desarrollo cultural no tiene el aspecto de ser “armónico”, con todas sus direcciones compatibles entre sí. Más bien el desarrollo de algunas incluye la mutilación de otras –esto es lo que unilateralmente se revela en la idea de Snow sobre las “dos culturas”. La Literatura ha sido desplazada gradualmente por otras formaciones culturales –la ciencia, la historia, la etnología, la psicología– en tanto este desplazamiento es una sustitución de funciones sustituibles, podría ser contemplado como una purificación de las funciones literarias genuinas. Estas funciones no son utópicas y a la Literatura le corresponden, me parece, funciones insustituibles. Estas funciones están ligadas a la realidad misma del propio lenguaje nacional, con todo lo que esta realidad comporta (¿hará falta recordar a Stalin?). La Literatura es por eso uno de los canales específicos de articulación del “espíritu subjetivo” en el “espíritu objetivo” de una cultura, una agencia específica de incor­poración de la subjetividad psicológica y cuasi infantil al éter de la objetividad de una cultura espiritual e histórica. Debieran saber los tecnócratas que si España es algo más que un campo soleado de reposo para millones de maniáticos o de horteras de todo el mundo será debido no tanto a las redes de apartamentos que, como humildes servidores, podamos poner a disposición de los susodichos maniáticos y horteras, sino, esencialmente, a los Nombres de Cristo, de Fray Luis de León o a Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Pero cuando se impulsan los estudios de hostelería en detrimento de los estudios de Literatura, cuan­do el Assimil sustituye a la Gramática española, precisamente se ignoran las relaciones esenciales, aunque nominalmente se diga lo contrario.

[Literatura y educación, Encuesta realizada por Fernando Lázaro Carreter, Madrid 1974, páginas 249-259.]