Ante el fallecimiento de

Antonio Millán Puelles

11 febrero 1921 / 22 marzo 2005

El martes 22 de marzo de 2005 falleció en Madrid, a los 84 años de edad, el filósofo español Antonio Millán Puelles:

  1. Fallece el filósofo Antonio Millán-Puelles, Universidad de Navarra
  2. Fallece el filósofo Antonio Millán-Puelles, Agencia EFE
  3. Fallece el catedrático y filósofo Antonio Millán Puelles, Europa Press
  4. Muere a los 84 años el filósofo gaditano Millán Puelles, Diario de Cádiz
  5. Si Millán Puelles hubiera sido francés..., Eulogio López
  6. Antonio Millán-Puelles, filósofo de la libertad, Alejandro Llano
  7. Fallece Antonio Millán-Puelles, La Razón
  8. Fallece Antonio Millán-Puelles, José Antonio Ibáñez-Martín, ABC
  9. Antonio Millán-Puelles, filósofo premio Nacional de Literatura, El Mundo
  10. Esquela, ABC
  11. Fallece Antonio Millán-Puelles, La Voz de Galicia
  12. 'In memóriam' de un metafísico, Antonio Millán-Puelles, El País
  13. Millán-Puelles, Luis María Ansón, La Razón
  14. Millán-Puelles, un fenomenólogo realista, Luis Sánchez de Movellán
  15. Abierto a la verdad, Jesús Villagrasa, Alfa y Omega
  16. Millán-Puelles, mi maestro, José María Barrio Maestre, Alfa y Omega
  17. Un joven profesor, Ramón Bello Bañón, La Verdad
  18. La herencia filosófica de Wojtyla y de Millán-Puelles, Villagrasa, Zenit

Fallece el filósofo Antonio Millán-Puelles,
profesor extraordinario de la Universidad de Navarra

Comunicación institucional, miércoles 23 de marzo de 2005,
Universidad de Navarra, Pamplona.

Antonio Millán-Puelles El filósofo Antonio Millán-Puelles falleció el 22 de marzo en Madrid a los 84 años. Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, fue catedrático de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Madrid desde 1951 y, desde 1976, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense.

Viajó con frecuencia a Pamplona, donde impartió su docencia como profesor extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra. Entre sus discípulos se encuentra el catedrático y ex rector Alejandro Llano.

Interés por la verdad y la libertad. Nacido en Alcalá de los Gazules (Cádiz) el 11 de febrero de 1921, Antonio Millán-Puelles fue profesor visitante en varias universidades europeas y americanas, donde numerosos pensadores se reconocen seguidores suyos. Algunos de los reconocimientos más sobresalientes que recibió en España son el Premio Nacional de Literatura (1960), el Premio Juan March de Investigación Filosófica (1966) y el Premio Nacional de Investigación Filosófica (1976).

De su producción bibliográfica, traducida a varios idiomas, cabe destacar obras como El problema del ente ideal, La formación de la personalidad humana, Sobre el hombre y la sociedad, La estructura de la subjetividad, Economía y libertad, El interés por la verdad, El valor de la libertad, etc. Junto a sus libros, se cuentan cientos de artículos especializados y abundantes colaboraciones para la prensa periódica.


Fallece el filósofo Antonio Millán-Puelles

Agencia EFE, 23 de marzo de 2005.

El filósofo Antonio Millán-Puelles, Premio Nacional de Literatura y Premio Nacional de Investigación Filosófica, falleció ayer en Madrid a los 84 años, informó hoy la Universidad de Navarra, centro del que era profesor extraordinario.

Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, fue catedrático de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Madrid desde 1951 y, desde 1976, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense.

Dichas fuentes precisaron que viajó con frecuencia a Pamplona, donde impartió su docencia como profesor extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, en donde tuvo, entre sus discípulos, al catedrático y ex rector Alejandro Llano.

Nacido en Alcalá de los Gazules (Cádiz) el 11 de febrero de 1921, Antonio Millán-Puelles fue profesor visitante en varias universidades europeas y americanas.

Algunos de los reconocimientos más sobresalientes que recibió en España son el Premio Nacional de Literatura (1960), el Premio Juan March de Investigación Filosófica (1966) y el Premio Nacional de Investigación Filosófica (1976).

De su producción bibliográfica, traducida a varios idiomas, destacan obras como 'El problema del ente ideal', 'La formación de la personalidad humana', 'Sobre el hombre y la sociedad', 'La estructura de la subjetividad', 'Economía y libertad', 'El interés por la verdad' o 'El valor de la libertad'.


Fallece el catedrático y filósofo Antonio Millán Puelles

Agencia Europa Press, 23 de marzo de 2005.

A los 84 años. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura y el de Investigación Filosófica, entre otros

El filósofo Antonio Millán-Puelles falleció el martes 22 de marzo en Madrid a los 84 años. Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, fue catedrático de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Madrid desde 1951 y, desde 1976, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense. Viajó con frecuencia a Pamplona, donde impartió su docencia como profesor extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra.

Nacido en Alcalá de los Gazules en 1921, Antonio Millán-Puelles fue profesor visitante en varias universidades europeas y americanas. Algunos de los reconocimientos más sobresalientes que recibió son el Premio Nacional de Literatura (1960), el Juan March de Investigación Filosófica (1966) y el Premio Nacional de Investigación Filosófica (1976).

De su producción caben destacar obras como «El problema del ente ideal», «La formación de la personalidad humana», «Sobre el hombre y la sociedad», «La estructura de la subjetividad», «Economía y libertad», «El interés por la verdad»,«El valor de la libertad», entre otras.


Muere a los 84 años el filósofo gaditano Millán Puelles

Diario de Cádiz, Cádiz, miércoles 23 de marzo de 2005.

Antonio Millán-Puelles, foto tomada en 1978

Nacido en Alcalá de los Gazules y catedrático en Madrid, obtuvo los premios nacionales de Literatura y de Investigación Filosófica

Cádiz. El filósofo gaditano Antonio Millán Puelles, Premio Nacional de Literatura y Premio Nacional de Investigación Filosófica, falleció el martes en Madrid a los 84 años, informó ayer la Universidad de Navarra, centro del que era profesor extraordinario.

Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, fue catedrático de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Madrid desde 1951 y, desde 1976, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense.

Dichas fuentes precisaron que viajó con frecuencia a Pamplona, donde impartió su docencia como profesor extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, en donde tuvo, entre sus discípulos, al catedrático y ex rector Alejandro Llano.

Nacido en Alcalá de los Gazules el 11 de febrero de 1921, Antonio Millán Puelles fue profesor visitante en varias universidades europeas y americanas. Algunos de los reconocimientos más sobresalientes que recibió en España son el Premio Nacional de Literatura (1960), el Premio Juan March de Investigación Filosófica (1966) y el Premio Nacional de Investigación Filosófica (1976).

De su bibliografía, traducida a varios idiomas, destacan El problema del ente ideal, La formación de la personalidad humana, Sobre el hombre y la sociedad, La estructura de la subjetividad, Economía y libertad, El interés por la verdad o El valor de la libertad.

Antonio Millán Puelles pertenecía a una familia de origen vasco pero arraigada desde hace mucho tiempo en Cádiz, donde su padre ejercía la profesión de médico. Estudió el bachillerato como alumno libre en su pueblo natal. En los primeros años del levantamiento de Franco contra la República se traslada a Cádiz y, mientras permanecen cerradas las universidades, alterna sus estudios particulares con sus actividades en publicaciones y organizaciones juveniles adeptas al Movimiento.

De 1939 a 1941 cursa los estudios comunes en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de San Fernando de Sevilla, y los acaba en Madrid en 1943. En 1951 obtiene la cátedra de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Madrid. Allí forma, junto a Laín Entralgo, Pérez Bustamante y Germán Ancoechea de la dirección de la Revista de la Universidad. A partir de entonces, es muy solicitado para dar conferencias en todos los rincones de España. Fue profesor extraordinario en Mendoza (Argentina).

Una cosa entre filósofos

Un artículo publicado en el primer número de la revista de filosofía Punta Europa, publicado en enero de 1956, relata una anécdota significativa. «Un día en Alcalá de los Gazules, patria de Millán Puelles y además del 'Tempranillo', un santero, como se llama en Andalucía a los que cuidan de los santuarios que hay en las afueras, le preguntó a nuestro filósofo:
—Usted ¿que estudia?
—Filosofía.
—Bueno ¿pero qué es lo que hacen ustedes? inquirió con curiosidad el santero. Millán si saber qué responder, no se le ocurrió para salir del paso, otra cosa que decirle:
—Hacemos filosofía. El santero, que seguía sin entender nada, presagiando algo muy importante en las vacilaciones del filósofo, volvió a la carga:
—Pero ¿qué es lo que hacen con los demás?
—Mire usted, contestó el filósofo haciendo un gran esfuerzo. Nosotros enseñamos a los demás unas cosas que ellos aprenden y luego enseñan a otros, que a su vez... El santero entendió:
—¡Total que eso es una cosa que se queda entre ustedes!»


Si Millán Puelles hubiera sido francés...

hispanidad.com, Madrid, miércoles 23 de marzo de 2005.

En la madrugada del martes 22, fallecía en Madrid el filósofo Antonio Millán Puelles, miembro del Consejo Privado de Don Juan y profesor de S. M. Juan Carlos I, a quien enseñó Historia del Pensamiento Contemporáneo, siendo ya Príncipe Heredero.

Si Puelles hubiera sido francés, el mundo oficial y el mundo académico se hubieran movilizado, pero en España rige la moda y el miedo escénico, y resulta que Millán Puelles no ha querido adaptarse al signo de los tiempos... y permaneció católico hasta su muerte, no sólo en su vida privada sino también en toda su actividad intelectual. Una provocación.

Catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense madrileña, su obra Fundamentos de Filosofía, publicada en la década de los 50 del pasado siglo, ha tenido una larga vida. En todo el mundo, no sólo en España, ha sido el manual de filosofía cristiana por excelencia, que se ha mantenido como una firme columna ante los vaivenes, aún más filosóficos que teológicos, que la Iglesia ha sufrido durante los últimos 30 años del pasado siglo. La filosofía de Puelles era aristotélica, tomista y fenomenológica, tendencia esta que Juan Pablo II, un enamorado de la fenomenología, ha popularizado en todo el mundo intelectual. Para los especialistas, el libro más citado de Puelles es Teoría del objeto puro, para algunos la obra filosófica más importante del mundo hispano durante la pasada centuria.

Pero no era francés. Sólo era español. Y encima católico.


Antonio Millán-Puelles, filósofo de la libertad

Diario de Navarra, Pamplona, miércoles 23 de marzo de 2005.

Con el fallecimiento de Antonio Millán-Puelles, ocurrido en Madrid el martes 22 de marzo, el panorama del pensamiento español contemporáneo pierde una de sus figuras más fecundas y brillantes. Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, nos deja una obra filosófica de una hondura y amplitud que difícilmente encuentra parangón en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.

Autor de más de treinta libros de estricta investigación, traducidos a varios idiomas, Millán-Puelles obtiene su inspiración especulativa inicial de la fenomenología husserliana, se acerca progresivamente al aristotelismo y, en su larga etapa de madurez creativa, despliega un vigoroso pensamiento original centrado en la antropología realista de la subjetividad y en la ética de la libre aceptación de nuestro ser.

Rigor conceptual y sensibilidad cultural

Su estilo filosófico se caracteriza tanto por el rigor conceptual como por la apertura a cuestiones actuales y la sensibilidad ante los movimientos culturales contemporáneos. La variedad de sus inquietudes filosóficas se articula en torno a los diversos niveles de la libertad humana: sobre la base de la libertad ontológica o trascendental, dilucida la libertad psicológica y se abre a la perspectiva ética y política.

Nacido en Alcalá de los Gazules el 11 de febrero de 1921, Antonio Millán-Puelles, fue catedrático de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Madrid desde 1951 y, desde 1976, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense. Premio Nacional de Literatura en 1960, Premio Juan March de Investigación Filosófica en 1966 y Premio Nacional de Investigación Filosófica en 1976. Profesor visitante en varias universidades europeas y americanas, se reconocen discípulos suyos numerosos pensadores de muchos países. También fue profesor extraordinario de la Universidad de Navarra.

Desde que en 1947 publica El problema del ente ideal, la producción de Millán-Puelles se ha sucedido ininterrumpidamente con una excepcional altura filosófica. Entre los libros que han obtenido un mayor eco entre la crítica especializada, se podrían señalar: Ontología de la existencia histórica, La formación de la personalidad humana, La función social de los saberes liberales, Sobre el hombre y la sociedad, La estructura de la subjetividad, Teoría del objeto puro, Economía y libertad, El interés por la verdad, El valor de la libertad, y Lógica de los conceptos metafísicos. Junto a sus libros, se cuentan cientos de artículos especializados y abundantes colaboraciones para la prensa periódica.

Alejandro Llano,
Catedrático de Metafísica, Universidad de Navarra


Fallece Antonio Millán-Puelles,
uno de los pensadores más destacados de la postguerra

La Razón, Madrid, miércoles 23 de marzo de 2005.

Antonio Millán-Puelles El intelectual, autor de «Fundamentos de la filosofía» y «El interés por la verdad», fue profesor del Rey. La lectura de «Las investigaciones lógicas», de Husserl, dio forma a una vocación entonces sin definir. Desde entonces, el filósofo Antonio Millán-Puelles cursó una intensa y brillante carrera en el pensamiento español. Su obra establece un diálogo con autores clásicos, como Kant o Nietzsche, sin descartar los padres de la filosofía, como Aristóteles o Platón. En todos ellos demostró un hondo conocimiento. Fue profesor de Don Juan Carlos cuando aún era príncipe y, entre sus galardones, sobresale la Orden Civil de Alfonso X El Sabio, que obtuvo hace apenas unos cuatro años.

Redacción. Madrid. Ayer falleció, a los 84 años, Antonio Millán-Puelles, filósofo y catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense de Madrid, que nació en Alcalá de los Gazules, Cádiz, el 11 de febrero de 1921. Después de cursar el bachillerato en Jerez de la Frontera, inició la carrera de Medicina. Sin embargo, la abandona y se decide por los estudios de Filosofía y Letras, que comienza en Sevilla en 1939 y acaba en Madrid en 1943. Un hecho capital en el rumbo de su formación intelectual fue la lectura de «Las investigaciones lógicas», de Husserl. Este libro encauzaría una vocación, entonces, seducida por el estudio de las matemáticas. Un año después de concluir la licenciatura, lograría aprobar la oposiciones para catedrático de Filosofía en Institutos de Enseñanza Media.

Premio Nacional. Desde ese momento, compagina la actividad docente con la investigación y en 1947 se doctora en Filosofía con la tesis titulada «El problema del ente ideal», publicada el mismo año. Más tarde, en 1951, se hace cargo de la cátedra de Fundamentos de Filosofía e Historia de los sistemas filosóficos de la Universidad de Madrid, después, cátedra de Metafísica. Desde 1961 fue nombrado miembro numerario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

También era miembro honorario de las universidades argentinas desde 1949 y profesor extraordinario de la Universidad de Mendoza, Argentina, en 1954.

En 1962 se le concedió el Premio Nacional de Literatura destinado a libros de ensayo político por su obra «La función social de los saberes liberales». En el transcurso de mismo año fue nombrado vicerector del Instituto de Pedagogía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), del que fue consejero desde el año 1964.

En diciembre de 1988, apareció un estudio de «Camino», el libro más importante del fundador del Opus Dei, Escrivá de Balaguer, y en el que Antonio Millán Puelles colabora junto a otros profesores universitarios, teólogos y escritores.

Era considerado como una de las figuras filosóficas más destacadas de la postguerra española, y el curso de trayectoria llegó a ser profesor del Rey Juan Carlos I, quien, entonces, todavía era Príncipe, y al que impartió clases de historia de la filosofía y de filosofía social, durante dos años.

Además, imparte conferencias tanto en España como en América. Es autor entre otras de las obras: «Ontología de la existencia histórica», 1951; «Fundamentos de Filosofía», 1958; «La función social de los saberes liberales», 1961; «La formación de la personalidad humana», 1963; «La estructura de la subjetividad», 1966; «Economía y libertad», 1974; «Sobre el hombre y la sociedad», 1976; «Fundamentos de filosofía», 1981; «Léxico filosófico», 1984; «Persona humana y justicia social»; «Universidad y sociedad», 1976; y «Teoría de la Educación», 1983. En su obra «El interés por la verdad», de 1997, establece un diálogo con los principales pensadores de la historia, mostrando un hondo conocimiento sobre ellos. En sus páginas aparecen nombres como Kant, pero también, Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger, Russell y Locke, aparte de Aristóteles, Santo Tomás o Husserl.


Fallece Antonio Millán-Puelles,
el esplendor de la argumentación

ABC, Madrid, miércoles 23 de marzo de 2005.

Antonio Millán-Puelles El filósofo Antonio Millán-Puelles murió ayer en Madrid a los 84 años. Autor de una extensa obra que mereció los premios Nacionales de Literatura y de Investigación Filosófica, y miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, deja un recuerdo imborrable entre sus discípulos Cualquiera que le haya conocido, estoy seguro que hubiera pronunciado esas mismas palabras. Antonio ha tenido una vida intelectual extraordinariamente fecunda, y, a la vez, ha sido un verdadero aristócrata, pues ya nos recuerda Cervantes, a través de Dorotea, que la verdadera nobleza consiste en la virtud, y él siempre se comportó como un caballero cabal.

Sobrepasa los límites de estas notas dar cuenta de la veintena de libros que dio a la imprenta, del centenar de artículos que ha publicado o de las distinciones que recibió ya desde muy joven. En efecto, tras unas reñidas oposiciones, pasó a ser catedrático de la Universidad de Madrid con treinta años, y con menos de cuarenta fue elegido miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Gran ambición intelectual

Debido a las cambios en los planes de estudio universitarios, fue director del Departamento de Historia de la Filosofía y del de Metafísica, en la Universidad Complutense, habiendo colaborado también con varias Universidades argentinas, con la Universidad a Distancia y con la Universidad de Navarra. Su tarea investigadora fue reconocida mediante numerosos premios, pues primero recibió los premios extraordinarios de licenciatura y de doctorado y, más tarde, se le concedió el premio Nacional de Ensayo y el de Investigaciones Filosóficas, así como la Academia Internacional de Filosofía, con sede en Liechtenstein, le distinguió con su premio Aletheia.

Quizá este último premio es muy expresivo de sus ambiciones intelectuales más intensas. Millán, que tenía un hondo conocimiento de la lengua española, huyó siempre del peligro de seducir con la brillantez de la palabra, pues lo que deseaba era escudriñar la verdad de las cosas, que no pretendía imponer a nadie, pero sí se esforzaba en proponerla con una claridad y un esplendor que facilitara el auténtico desarrollo de la inteligencia de sus lectores, al hacer ostensible el nexo entre la conclusión y sus principios. Este vigor argumentativo lo mantuvo hasta el final, de modo que estaba dispuesto a mantener en la clínica cualquier conversación de corte filosófico, pues decía, con mucha gracia, que era una mens sana en un corpore insepulto.

Antonio Millán ha ayudado a muchas personas a estructurar su pensamiento. A veces se trataba de jóvenes estudiantes que leían sus «Fundamentos de Filosofía» o graduados que acudían al «Léxico filosófico» para conocer el sentido más profundo de los conceptos filosóficos esenciales. Pero también fueron muchos los pensadores más selectos que han leído sus obras con aprovechamiento.

A Millán le llenaba de orgullo recordar cómo, habiendo coincidido como ponente con el cardenal Wojtyla en un simposio organizado en Roma por el CRIS, un centro de formación teológico dirigido por sacerdotes del Opus Dei, Juan Pablo II entró en la sala con la traducción italiana de su libro «La estructura de la subjetividad» y le manifestó que habían seguido caminos filosóficos muy similares.

Siempre admiré su inteligencia prócer, del mismo modo que también ha sido grande mi gozo al observar que se ha comportado hasta el último día como un caballero cristiano, sabiendo incluso ganarse el afecto y la admiración de quienes le conocieron y trataron por primera vez durante su última estancia en la clínica. Descanse en paz.

José Antonio Ibáñez-Martín
Catedrático de la Universidad Complutense


Antonio Millán-Puelles
filósofo y premio Nacional de Literatura

El Mundo, Madrid, miércoles 23 de marzo de 2005.

Antonio Millán-Puelles Pamplona (EFE). El filósofo Antonio Millán-Puelles, premio Nacional de Literatura y Premio Nacional de Investigación Filosófica, falleció ayer en Madrid a los 84 años, según ha informado la Universidad de Navarra, de cuyo centro era profesor extraordinario.

Académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, fue catedrático de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Madrid desde 1951 y, desde 1976, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense.

Dichas fuentes precisaron que viajó con frecuencia a Pamplona, donde impartió su docencia como profesor extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, donde tuvo, entre sus discípulos, al catedrático y ex rector Alejandro Llano.

Nacido en Alcalá de los Gazules (Cádiz) el 11 de febrero de 1921, Antonio Millán-Puelles fue profesor visitante en varias universidades europeas y americanas.

Algunos de los reconocimientos más sobresalientes que recibió en España son el Premio Nacional de Literatura (1960), el Premio Juan March de Investigación Filosófica (1966) y el Premio Nacional de Investigación Filosófica (1976).

De su producción bibliográfica, traducida a varios idiomas, destacan obras como 'El problema del ente ideal', 'La formación de la personalidad humana', 'Sobre el hombre y la sociedad', 'La estructura de la subjetividad', 'Economía y libertad', 'El interés por la verdad' o 'El valor de la libertad'.


Esquela de Antonio Millán-Puelles. ABC, Madrid jueves 24 de marzo de 2005
ABC, Madrid, jueves 24 de marzo de 2005.


Fallece en Madrid a los 84 años de edad
el filósofo Antonio Millán-Puelles

La Voz de Galicia, jueves 24 de marzo de 2005.

El filósofo Antonio Millán-Puelles falleció el martes en Madrid a los 84 años. Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, fue catedrático de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Madrid desde 1951 y, desde 1976, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense.

Viajó con frecuencia a Pamplona, donde impartió su docencia como profesor extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra. Entre sus discípulos se encuentra el catedrático y ex rector Alejandro Llano.

Nacido en Alcalá de los Gazules (Cádiz) el 11 de febrero de 1921, Antonio Millán-Puelles fue profesor visitante en varias universidades europeas y americanas, donde numerosos pensadores e intelectuales se reconocen seguidores suyos.


'In memóriam' de un metafísico,
Antonio Millán-Puelles

El País, Madrid, jueves 24 de marzo de 2005.

Con el fallecimiento del filósofo Antonio Millán-Puelles, el 22 de marzo, la cultura hispánica pierde uno de sus más preclaros pensadores. Nacido en Alcalá de los Gazules (Cádiz), hace 84 años, dedicó su vida a la enseñanza y a la investigación de la filosofía. Desde 1951 fue catedrático en la Universidad Complutense de Madrid, primero en la disciplina de Fundamentos de Filosofía y luego en la de Metafísica.

Su reconocido prestigio como escritor –tanto de ensayo como de investigación fundamental– quedó avalado por acreditados premios: Nacional de Literatura (1960), Juan March de Investigación (1966), Nacional de Investigación Filosófica (1976), Roncesvalles de Filosofía (1999). Prestigio que le hizo también merecedor de otros calificados reconocimientos: académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, profesor invitado en varias universidades extranjeras (como la de Mainz), presidente de la Sociedad Española de Fenomenología, socio de honor de la Sociedad Mexicana de Filosofía, etcétera.

Con 20 libros esenciales –hoy imprescindibles para abordar los más principales temas de la filosofía–, y un centenar de artículos de crítica filosófica, el profesor Millán-Puelles deja una estela de meditación profunda, abierta siempre al diálogo con las cabezas más representativas del siglo XX: Brentano, Husserl, Hartmann, Heidegger, Ortega, Jaspers, entre otros.

Buen conocedor del pensamiento clásico –como el de Aristóteles y santo Tomás–, sus temas favoritos se centran, con espléndidas monografías, en la antropología (La estructura de la subjetividad, La libre afirmación de nuestro ser, El valor de la libertad, Ética y realismo), en la metafísica (Ontología de la existencia histórica, Teoría del objeto puro, La lógica de los conceptos metafísicos) y en la ética (Universidad y Sociedad, Economía y libertad, El interés por la verdad, La libre afirmación de nuestro ser).

Con voz profunda y con insobornable sentido del humor se dirigía a sus alumnos y amigos, quienes se sentían siempre recompensados con la agudeza de su palabra y el gozo de su relato.

Tengo el convencimiento de que Antonio Millán-Puelles es, junto con Ortega y Zubiri, uno de los metafísicos más hondos que ha producido la cultura española del siglo XX. Su obra lo acredita.

Juan Cruz Cruz
Profesor de Filosofía de la Universidad de Navarra


Millán-Puelles

La Razón, Madrid, domingo 27 de marzo de 2005, página 3.

Millán-Puelles, como «no era de los nuestros», fue silenciado en vida por esa izquierda sectaria capaz de negar a un sabio el pan y la sal o de encumbrar a un memo sin otra razón que su posición ideológica. Siempre he sido partidario de reconocer el mérito allí donde se produce y eso me ha permitido decir que mi amigo Neruda ha sido, tal vez, el máximo poeta en lengua española del siglo XX, o mi amigo Pemán, el mejor articulista, quizá, de la historia del periodismo en nuestro país. La libertad intelectual exige desprenderse de los escapularios ideológicos.

Antonio Millán-Puelles llevaba mucho tiempo enfermo. Estaba completamente lúcido. Aseguraba que él era una «mens sana in corpore insepulto». Aunque le conocí hace cincuenta años y mantuve siempre relación y correspondencia, no tuve amistad con él. Cuando ganó en 1996 el premio Aletheia, uno de los máximos galardones filosóficos del mundo, me escribió alborozado, tal vez por primera vez en su vida. Era el reconocimiento internacional de uno de los filósofos españoles de más relieve y solidez de la pasada centuria. Aparte de sus Fundamentos de filosofía, se instaló en la metafísica general, en la ontología. El problema del ente ideal: un examen a través de Husserl y Hartman, Ontología de la existencia histórica o La estructura de la subjetividad, son libros reveladores de la hondura de pensamiento, de la renovación neotomista, de la preocupación por su tiempo, de la calidad intelectual de este filósofo que ha muerto sin que los sectarios de cierta izquierda, cada vez más desprestigiada, le hayan dedicado una línea desde el ulular de sus artículos.

Era Antonio Millán-Puelles hombre albriciado por un gran sentido del humor, que hacía gala de moderación, de equilibrio, de ponderación, de buen sentido. También de humildad. Huyó siempre de los fulgores, de los oropeles y de los fuegos artificiales. Ardían en él llamas más profundas. Deja una obra imprescindible para conocer y calibrar lo que ha sido la filosofía pura en el siglo XX español. Ha fallecido, tan discretamente como vivió, mientras las campanas ahorcadas de la Semana Santa doblaban a muerto.

Luis María Ansón
de la Real Academia Española


In memoriam:
Antonio Millán-Puelles, un fenomenólogo realista

elsemanaldigital.com, nº 753, Madrid, martes 29 de marzo de 2005.

Una vez más surge la esquizofrenia que nos atacó en el siglo XVIII y ha conducido a dividir los valores patrios en dos grupos: el de los afines que hay que exaltar, y el de los otros que hay que desprestigiar o silenciar. Éste es el caso del ilustre filósofo español Antonio Millán-Puelles, cuyo fallecimiento bajo los tañidos penitenciales de la Semana Santa ha pasado desapercibido fundamentalmente por obra del espeso manto de silencio que han vuelto a lanzar los ignaros mandarines de la cultura progre más antañona y reaccionaria.

Nuestro gran metafísico nació en Alcalá de los Gazules (Cádiz) el 11 de Febrero de 1921. Licenciado y Doctor en Filosofía con Premio Extraordinario, ganó por oposición a los treinta años la cátedra de Fundamentos de Filosofía en la Universidad de Madrid. Más tarde alcanzó la cátedra de Metafísica. Su formación fue aristotélico-tomista; pero desde muy joven se interesó por Husserl y adoptó el método fenomenológico, que le acompañará ya siempre en sus posteriores investigaciones filosóficas.

Era varón de enjuta figura, de miopía interrogante, de fonética andaluza discretamente atenuada por su dilatada vecindad castellana, y de verbo claro, agudo y veloz. Sorprendía el rigor conceptual y la precisión terminológica en sus sugerentes improvisaciones. Conocedor de las lenguas clásicas y modernas, poseía una inmensa erudición filosófica, especialmente germánica. Supo compatibilizar una profunda y acendrada fe religiosa con una amplia apertura intelectual y una innovadora capacidad creadora.

En una vida consagrada por entero a la filosofía publicó obras imperecederas y de obligada referencia: El problema del ente ideal (1947), Ontología de la existencia histórica (1955), Fundamentos de Filosofía (1955), La función social de los saberes liberales (1961), La formación de la personalidad humana (1963), Economía y Libertad (1974), Sobre el hombre y la sociedad (1976), Léxico filosófico (1984), y su investigación capital, La estructura de la subjetividad (1967), que son más de cuatrocientas páginas de apretada tipografía y densa prosa metafísica.

Millán-Puelles fue un filósofo alineado en la tradición aristotélica, pero no como glosador, sino como un liberal continuador, atento a las vanguardias de su tiempo y empeñado en dotar a la filosofía recibida con nuevas y deslumbrantes aportaciones propias. Su obra la escribió en un castellano sencillo, correcto e, incluso, bello, pero con un nivel de abstracción complejo en su exposición, sobre todo en sus obras de fuerte contenido metafísico. Sus exotismos terminológicos como «consectario», «iteración», «analéptico», «oréctico», «aptitudinal», &c. nos recuerdan a otro gran metafísico español de la pasada centuria, Xavier Zubiri, quien junto al hoy glosado y el gallego Amor Ruibal forman la tríada metafísica española del siglo XX.

Luis Sánchez de Movellán de la Riva


Antonio Millán-Puelles, filósofo. In memoriam.
Alfa y Omega, Madrid, nº 444, jueves 31 de marzo de 2005.

Don Antonio Millán-Puelles falleció el pasado 22 de marzo. De él nos queda toda una vida dedicada al estudio de la Filosofía. El autor de este artículo es profesor de Metafísica en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, de Roma, e hizo su tesis doctoral sobre la Teoría del objeto puro, de Antonio Millán Puelles.

Abierto a la verdad

En la madrugada del martes día 22 de marzo, fallecía en Madrid Antonio Millán-Puelles, uno de los mejores filósofos españoles del siglo XX. Quienes hemos tenido la dicha de conocerle, de estudiar su obra y de gozar de su amistad sincera, sentimos su partida. Nos consuelan la fe, la esperanza y el amor cristianos que animaron su vida. Quisiéramos recordar su persona, su calidad humana, su vida cristiana, su dedicación a la familia y a la enseñanza, su amor a su esposa, María Josefa, a sus hijos y nietos, su nobleza y lealtad a los amigos... Todo aquello lo hacía ser un gran hombre.

Antonio Millán-Puelles nació en Alcalá de los Gazules (Cádiz), el 11 de febrero de 1921. Un día, en los años de la guerra civil española, leyendo las Investigaciones lógicas, de Husserl, se perfiló su vocación filosófica. Su obra más difundida –va por la 14ª edición–, Fundamentos de filosofía, vio la luz en 1955. De 1958 es La claridad en filosofía y otros estudios. En 1961, su obra La función social de los saberes liberales recibió el Premio Nacional de Literatura, sección Francisco Franco, para libros de pensamiento. En ella completa algunas de las ideas de su discurso de ingreso a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, en abril de ese año. De 1962 es Persona humana y justicia social. Entre 1963 y 1968 dirigió la sección de Filosofía, de la Enciclopedia de la Cultura Española.

Una valiosa aportación

A Millán-Puelles se le reconoce un peso específico en la Filosofía de la Educación española. Más allá de su docencia y de algunos artículos menores publicados en revistas y diccionarios, este influjo se debe a la difusión de su obra La formación de la personalidad humana (1963). La estructura de la subjetividad (1967) fue considerada -hasta las obras de la etapa de jubilado- su principal aportación a la filosofía y recibió el Premio Juan March de Investigación Filosófica.

Las principales tradiciones filosóficas que han influido en Millán-Puelles son la fenomenológica y la aristotélico-tomista. Millán Puelles se interesa por la fenomenología de Husserl desde sus años de estudiante, y en sus investigaciones posteriores no abandonará el método fenomenológico. Es considerado un pionero de la fenomenología en el mundo de habla hispana. Los mejores rasgos de la auténtica fenomenología se dan en él: la apertura a la verdad, venga de donde venga, y el apego a los fenómenos y a los datos de la experiencia, analizados cuidadosamente y sin reduccionismos o construccionismos. Se refiere frecuente y positivamente a fenomenólogos y protofenomenólogos como Bolzano, Brentano, Meinong, Marty, Husserl y Hartmann, entre otros. Hacia Brentano siente una deuda de gratitud, que expresará con la traducción y el prólogo a Sobre la existencia de Dios (1979).

Admira las críticas de Husserl al psicologismo y al escepticismo, pero dirige serias críticas al idealismo fenomenológico del último Husserl. Piensa que los discípulos de Göttingen, de primera hora, tienen en conjunto razón al ver en la fenomenología un instrumento extraordinario, que no cierra el paso al realismo metafísico, sino que más bien lo abre. El simultáneo uso y crítica de la fenomenología, de Husserl expresa su coherencia con un verdadero espíritu objetivo y fenomenológico, que lo lleva al desacuerdo con el fundador de la fenomenología si percibe distorsiones o malas interpretaciones de los datos.

Los principios de la metafísica aristotélico-escolástica suelen ser el punto de apoyo, o el motivo inspirador de sus obras. Podría ser llamado también tomista, pues muchas de las posiciones que sostiene son tomistas, pero las sostiene porque le parecen verdaderas; y, si es el caso, no duda en criticar a los tomistas más reconocidos. Se mantiene atento a las vanguardias filosóficas del tiempo, e incrementa el acervo recibido de la tradición con aportaciones propias.

Las obras de Millán-Puelles tienen el sello de la originalidad, por la temática tratada o por la perspectiva adoptada. Concibe la tarea del filósofo como un replanteamiento y desarrollo de los grandes problemas y temas filosóficos de siempre, expresados con nuevos términos y en nuevos contextos. Incluso en su manual para universitarios, Fundamentos de filosofía, que es el más tradicional y aristotélico-tomista de sus escritos, dialoga con filósofos de todos los tiempos, e incorpora la terminología adecuada al momento presente, renunciando a tecnicismos inconvenientes. Su amplio conocimiento de la historia de la filosofía y su talante especulativo lo libran de las estrecheces de escuela y lo mantienen en un pensamiento de vanguardia.

Millán-Puelles reconoce como maestros inmediatos a Manuel García Morente y a Leopoldo Eulogio Palacios, pero sus fuentes son directas, lejanas y múltiples; sin despreciar las ibéricas, entre las que sobresalen Juan de Santo Tomás, Francisco Araujo y Francisco Suárez.

Una conclusión inmediata que se saca de sus antecedentes personales y de sus maestros es que no resulta fácil etiquetar a Millán-Puelles dentro de alguna escuela. Pero si hubiera que encuadrarlo, habría que colocarlo entre los tomistas por dos motivos: porque él mismo da un lugar de preferencia a santo Tomás y a sus comentadores en el planteamiento de los problemas y en la exposición de las soluciones, y porque en la investigación mantiene el mismo espíritu abierto y crítico de Tomás de Aquino.

Jesús Villagrasa


Antonio Millán-Puelles, filósofo. In memoriam.
Alfa y Omega, Madrid, nº 444, jueves 31 de marzo de 2005.

El autor, alumno de don Antonio Millán-Puelles, es profesor titular en la Universidad Complutense de Madrid

Millán-Puelles, mi maestro

Acaba de fallecer don Antonio Millán-Puelles, una de las cabezas más preclaras de la filosofía española y mundial del último medio siglo. Académico numerario de la Real de Ciencias Morales y Políticas, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense, todos los que hemos tenido la suerte de recibir de viva voz su magisterio sabemos de su buen hacer y humanidad, de su estilo a la vez brillante para la materia y modesto para su propia persona, del alto nivel de exigencia que a sí mismo se imponía, por respeto a la filosofía y a los estudiantes que atendía, del cuidadoso empeño en buscar la claridad y suscitar la atención por lo verdaderamente interesante, recurriendo en ocasiones a una fina ironía y a su bien acendrado sentido del humor. Asiduo a ciertos recursos retóricos como los juegos de palabras, en los que gastaba un ingenio muy notable, pero sin hacer nunca concesiones que rebajaran la dignidad del trabajo docente y, sobre todo, la envergadura de los temas que abordaba en clase, hemos podido ver en su persona una representación preclara de la filosofía como forma de pensar, y también de vivir.

Nunca quiso simplificar la filosofía. A lo largo de toda su carrera docente, su esfuerzo no consistía en rebajarla para que estuviera al alcance de los estudiantes, sino en habilitarnos para que llegáramos a entenderla en toda su profundidad. Fuera de la universidad, en conferencias, coloquios, etc., y cuando no se dirigía a un público especialmente versado en estas cuestiones, los temas filosóficos adquirían un atractivo e interés capaz de entusiasmar a cualquiera, y que difícilmente podía dar a la filosofía quien no ha llevado a cabo un esfuerzo titánico por profundizar en ella y por explicarla con claridad. He aquí la clave de su peculiar estilo docente, la perfecta combinación entre claridad y profundidad. Con toda justicia le son aplicables sus propias palabras: «El dicho, no escasamente difundido, según el cual se dedican a la enseñanza quienes realmente no sirven para otra cosa, no tiene por fundamento ningún dato objetivo, y su origen debe buscarse únicamente en la lógica propia del utilitarismo» (El interés por la verdad, ed. Rialp).

De todas maneras, lo que de su personalidad más destacaba en clase era su entusiasmo por la filosofía y su coherencia de vida. Todos los que conocen a don Antonio saben bien de su honradez intelectual, y quienes hemos frecuentado sus lecciones no hemos visto en él una sola concesión a un planteamiento extraño al interés por la verdad. Era patente, además, que vivía lo que decía, y que se hacía cargo plenamente de todas las consecuencias, tanto teoréticas como prácticas, de los planteamientos que defendía.

Hablar de Millán-Puelles es hablar de filosofía. Toda su vida se enmarca en el ideal del sabio, el que busca y ama el saber, con la conciencia de no acabar nunca de poseerlo en plenitud. Su personalidad puede describirse diciendo que es la de un hombre entregado por entero al trabajo filosófico. Desde que en sus años de estudiante la lectura de las Logische Untersuchungen, de E. Husserl, le arrancara de sus estudios de Medicina, que sólo llegó a comenzar, su biografía intelectual es la de quien ha tenido como meta permanente la búsqueda de la verdad y el servicio abnegado a ella.

Es difícil encontrar unidos el rigor característico del pensamiento de tradición alemana con la agudeza intuitiva de raíz latina. Millán-Puelles logra una feliz síntesis de estas dos fuentes de su propio filosofar. Su profunda disciplina de pensamiento –tenazmente forjada con el método escolástico– no le hace perder la expresividad y viveza de sus raíces andaluzas.

Familiaridad con los clásicos

Ha dedicado un esfuerzo exhaustivo al estudio de los clásicos del pensamiento occidental; su dominio del aristotelismo, del tomismo, de la tradición kantiana y de la fenomenológica –cuyos textos leía en la lengua original con perfecta soltura– encuentra difícil parangón entre sus contemporáneos. Pero también ha dedicado muchas horas a leer a los clásicos de la literatura universal, en especial los del Siglo de Oro español. Su castellano tiene la gracia de la expresión afortunada, justa, tantas veces paradójica. La consistencia de su discurso, la envergadura de sus planteamientos y la penetrante profundidad de sus observaciones componen, junto con la elegancia de su expresión, un trabajo filosófica y literariamente cabal.

Uno de los compromisos esenciales de su esfuerzo intelectual es la claridad. Sus escritos distan mucho de la lucubración abstracta y esotérica que algunos, casi instintivamente, adscriben al trabajo filosófico. Nada más lejano a su estilo, franco y abierto. Sus tesis son nítidas, su discurso bien ensamblado. Tanto en sus escritos como en las lecciones magistrales, e incluso en la conversación informal sobre cuestiones de pensamiento, el lector, oyente o interlocutor tiene siempre la impresión de estar ante quien no tiene nada que ocultar, y mucho menos algo que aparentar.

Su pensamiento y su estilo filosófico era el de un realismo no simplista ni dogmático: abierto siempre al diálogo con la tradición viva, al contraste con las eternas cuestiones del pensamiento occidental, y al enriquecimiento con otras posturas alternativas, sin caer jamás en un sincretismo irenista. Su convicción más neta: la riqueza de lo real, que se deja entender y, al mismo tiempo, se sustrae, invitando siempre a nuevas profundizaciones y ampliaciones de la investigación. Su actitud respecto de las ideas que no compartía era de una honestidad extraordinaria, la del noble reconocimiento de los puntos que entendía verdaderos y la de poner de relieve, siempre con respeto, pero sin la menor concesión, lo que le parecía falso. La estima que profesaba por determinados filósofos en ningún caso le impedía rebatir –con un rigor argumental impecable, aunque no exento de elegancia humana– aquellos planteamientos con los que discrepaba.

No son estas palabras un elogio gratuito, sino un sincero y creo que justísimo homenaje a quien, para mí, ha encarnado mejor, entre todos los filósofos que he conocido, los grandes ideales socráticos que dieron lugar al surgimiento del pensamiento en Occidente. Descanse en paz, don Antonio.

José María Barrio Maestre


Un joven profesor

La Verdad, Albacete, lunes 4 de abril de 2005

En una luminosa mañana de la primavera de 1946, en el aula de la planta primera del Instituto del Parque, un joven profesor de Filosofía, comunicativo y afable con los alumnos del 6º curso de bachillerato, disertaba sobre los conceptos de percepción y sensación. Nos preguntó si el jugador que remata de cabeza el balón que le envía un colega (Zarra-Gainza) ¿percibe o siente?, o ambas cosas a la vez. Más allá de los amplios ventanales, veíamos las altas copas de los árboles del parque (antes del arboricidio perpetrado por aficionados) y, pausadamente, percibíamos (¿o sentíamos?) el rumor de un renqueante automóvil por la aún no trazada Avenida que, años después, enderezaría el alcalde Martínez de la Ossa. La mañana resultaba agradable para escuchar al joven profesor. Antonio Millán Puelles había ganado la cátedra de Filosofía dos años antes y su primer destino fue el Instituto de Enseñanza Media de Albacete. Los alumnos desconocíamos que había sido premio extraordinario de licenciatura en la Universidad de Madrid y que preparaba el salto a una cátedra en aquella Universidad. Este profesor era un gaditano de fácil oratoria, que nos habló sobre Cervantes y Manuel de Falla.

Cuando en 1951 ganó por oposición la cátedra de Fundamentos de Filosofía, algunos de sus alumnos habíamos superado el Examen de Estado y cursábamos estudios universitarios. Tuve tiempo de conocer por la prensa local que siendo profesor en Albacete, había asistido al primer Congreso Nacional de Filosofía en Argentina, con los catedráticos de la Universidad de Murcia González Álvarez y Muñoz Alonso. Sobre La función social de los saberes liberales versó su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. En mi biblioteca guardo su libro sobre los Fundamentos de Filosofía, que han estudiado sus alumnos de la Universidad Central y que hemos leído, anotado y conservado algunos seguidores de su primera cátedra en Albacete.

Millán Puelles (siempre don Antonio para nosotros) es un inolvidable profesor, uno de esos maestros que dejan huella en sus alumnos. Ha fallecido en Madrid en los últimos días del mes de marzo. El nombre de Albacete ha estado ausente en muchas de sus referencias biográficas. Recuerdo en estas líneas a él y a tres personas que fueron, entre sus muchos amigos, amigos especiales: Francisco Pérez González, Gonzalo Botija Cabo y Luis Lapiedra de las Fuentes, quien ocupará la misma cátedra en Albacete al ingresar en el Cuerpo de Catedráticos Numerarios de Institutos Nacionales de Enseñanza Media de España.

Ramón Bello Bañón


La herencia filosófica de Karol Wojtyla y de Antonio Millán-Puelles
Entrevista al filósofo Jesús Villagrasa

Zenit, Agencia Internacional Católica de Noticias
Roma, lunes 11 de abril de 2005.

En la madrugada del pasado 22 de marzo fallecía en Madrid a la edad de 84 años, Antonio Millán-Puelles, uno de los mejores filósofos españoles del siglo XX. Pocos días después, el 2 de abril, Karol Wojtyla, a la misma edad, moría en Roma.

Zenit ha entrevistado al filósofo Jesús Villagrasa [sacerdote LC, Legionarios de Cristo], profesor de Metafísica en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, autor de una tesis doctoral sobre la obra Teoría del objeto puro de Millán-Puelles y de un libro, La fundación metafísica de una ética realista (La fondazione metafisica di un'etica realista, Ateneo Pontificio Regina Apostolorum 2005), donde presenta el pensamiento de K. Wojtyla y de A. Millán-Puelles sobre ese argumento.

—¿Hay algo que acomune a estos dos filósofos?

—Villagrasa: En apariencia, poco. La historia de K. Wojtyla es conocida: polaco, seminarista clandestino, sacerdote, profesor universitario, obispo, Papa. Millán-Puelles era español, padre de una familia numerosa, filósofo de profesión, catedrático de universidad por oposición con sólo treinta años, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas a la edad de cuarenta. En realidad hay muchas semejanzas. Los dos han sido grandes filósofos, que han recogido la tradición aristotélico tomista y fenomenológica y la han renovado en diálogo con la modernidad. Se conocieron en vida durante un simposio celebrado en Roma y que Millán-Puelles amaba recordar. En esa ocasión, mientras intercambiaban unas palabras, el entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, sacó de su maletín la traducción italiana del libro «La estructura de la subjetividad» de Millán-Puelles, publicada por Marietti, y manifestó al filósofo español que ambos habían seguido caminos filosóficos muy similares.

—Antonio Millán-Puelles es menos conocido ¿Qué recuerdo tiene de él?

—Villagrasa: Recuerdo sobre todo al hombre, al amigo. Era un hombre noble, un caballero, leal, amigo de la verdad, de fino sentido del humor, de profunda espiritualidad católica. Amaba mucho a su esposa María Josefa, a sus hijos y nietos. La última vez que conversé con él en su casa, el pasado mes de noviembre, lo encontré enfermo, en cama. Aun entre fuertes dolores, conservaba su característico sentido del humor. Barruntaba su próxima muerte, me dijo, porque «el único apetito natural que me queda es dormir». Amaba conversar de filosofía. En esta ocasión me desarrolló el esquema de una obra sobre la inmortalidad del alma que ha dejado incompleta.

—¿Qué recuerdo tiene de Antonio Millán-Puelles como filósofo?

—Villagrasa: Su humildad. Siempre disponible para acoger críticas, me animó a introducir en la tesis los eventuales puntos de disenso que le planteaba, que no eran muchos. Se prodigaba en las explicaciones. No hacía alarde de la erudición que poseía. Sólo quien tiene familiaridad con autores y sistemas puede desarrollar los temas filosóficos con la agilidad, soltura y profundidad con que él lo hacía. Tampoco hacía alarde de original, aunque lo sea en muchas de sus páginas.

—¿Qué considera más representativo de este filósofo?

—Villagrasa: Su modo de hacer filosofía. Era un pensador serio. Pensaba a fondo lo que decía o escribía y trataba de exponerlo con claridad y rigor, tanto en las obras de alta especulación como en las de divulgación. La claridad era, para Millán-Puelles, una exigencia misma de la filosofía, porque ella misma es una aclaración. Cuidaba la claridad estilística, pero sobre todo el rigor o claridad intelectual: es decir, la precisión, claridad y distinción del concepto y el orden y la brevedad del discurso. Millán-Puelles es un autor claro, pero no fácil. Se expresa en un lenguaje denso y apretado sin concesiones a excesos literarios. La profundidad hermanada con la claridad no ahorran al estudioso la fatiga en los temas difíciles. La frase es ajustada, fácil o difícil según la idea misma que expresa. No elude la construcción compleja ni el periodo largo. Con fines pedagógicos recurre a juegos de palabras para apretar en una frase un amplio argumento. Su estilo ha sido comparado al del orfebre, por la densidad, minuciosidad, cuidado y pulcritud del trabajo.

—¿Dónde encuadraría la filosofía de Antonio Millán-Puelles?

—Villagrasa: Es un metafísico, no sólo por haber sido catedrático de esta materia sino porque concibe la filosofía como metafísica. Ha incursionado en todos los sectores de la filosofía pero siempre como metafísico. Los títulos de sus publicaciones manifiestan una gran variedad temática, cosa sorprendente en este tiempo de especialización. La inteligencia de Millán-Puelles, de gran finura analítica, al estar abierta a un amplio espectro de intereses, se ha librado de la excesiva fragmentación del saber filosófico y de imponer puntos de vista pasajeros o unilaterales. Esta apertura temática no era en él una opción arbitraria, sino el estilo mismo de la auténtica filosofía.

—¿Y dónde encuadraría la filosofía de Karol Wojtyla?

—Villagrasa: Fue profesor de ética filosófica. Pero también es, sin duda, un metafísico. Su primer encuentro con la metafísica fue duro. En un encuentro con estudiantes romanos que abarrotaban el aula Pablo VI, en el mes de marzo de 2003, hablando sin papeles, les dijo que mientras trabajaba como obrero había estudiado la metafísica, por su cuenta, sin profesores, y que trataba de entender esas categorías, y que al final, logró entenderlas. Y concluyó: «he constatado que esta metafísica, esta filosofía cristiana me da una nueva visión del mundo, una más profunda penetración de la realidad. Antes tenía estudios más bien humanistas, ligados a la literatura y a la lengua y aquí, con esta metafísica y con la filosofía en general, he encontrado la clave para una comprensión y penetración intelectual del mundo más profunda y, diría, última».

—¿En qué corriente o escuela filosófica incluiría a estos filósofos?

—Villagrasa: Con reservas en los dos casos, diría que son aristotélico-tomistas y fenomenólogos, abiertos a las aportaciones válidas de la filosofía moderna y contemporánea. Los principios de la metafísica aristotélica, «repensados», estructuran sus obras. Millán-Puelles se interesó de la fenomenología de Husserl desde su tesis doctoral titulada «El problema del ente ideal. Un examen a través de E. Husserl y N. Hartmann». En sus investigaciones posteriores no abandonó el método fenomenológico. Lo han considerado un pionero de la fenomenología en el mundo de habla hispana. La tesis en filosofía de K. Wojtyla es sobre un fenomenólogo y se titula Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler. El fenomenólogo realista con quien más sintoniza K. Wojtyla es el polaco Roman Ingarden. Un buen conocimiento de la historia de la filosofía y un talante especulativo libran a Wojtyla y a Millán-Puelles de las estrecheces de escuela.

—¿Lograron una síntesis entre la escolástica aristotélico-tomista y la fenomenología?

—Villagrasa: No lo pretendieron. No corresponde al estilo de Millán-Puelles. Era poco amigo de trasposiciones, falsos irenismos o fáciles paralelismos. No le convencen las fusiones, síntesis o mezclas inestables de sistemas filosóficos o autores. Prefiere la confrontación clara, distinguir para unir, perfilar fronteras nítidas cuando las hay y reconocer, al mismo tiempo, semejanzas y elementos comunes. La contraposición entre sistemas, autores e ideas es una constante en su modo de hacer filosofía. K. Wojtyla es un filósofo muy creativo. En sus análisis, aprovecha las tradiciones que mejor conoce, sin pretender elaborar un sistema.

—¿Podría señalarse algún tema principal en estos autores?

—Villagrasa: El tema que absorbe la atención de K. Wojtyla desde el inicio de su carrera académica es la acción humana. Busca una ontología del espíritu que sirva de fundamento a la ética. Sus dos obras principales Amor y responsabilidad y Persona y acción se colocan en este contexto. La atención de su filosofía está dirigida sobre todo al hombre como sujeto inteligente y libre que actúa en comunidad. La subjetividad del hombre emerge cuando cada persona se experimenta como responsable de las propias acciones. El acto revela al hombre como persona. Gracias a la acción, al amor, al don sincero de si, el hombre llega a realizarse.

Millán-Puelles, en toda su obra –también en un libro tan abstracto y aparentemente alejado de la realidad como Teoría del objeto puro, que trata de lo irreal– va del conocimiento objetivo a la acción moral pasando por la metafísica del ser. En alguna ocasión dijo que el problema que más le interesaba era comprender cómo es posible que el hombre haga mal uso de su libertad, cómo salvar la libertad de un ejercicio autodestructivo. Teoría del objeto puro (1990) es un análisis de la irrealidad e, indirectamente, un estudio sobre el hombre, que es un «animal de irrealidades» porque se representa muchas «cosas» que no existen. Pues bien, el libro se cierra con esta frase: «En todo uso de la libertad –también en el uso práctico– lo irreal es imprescindible para la realidad de nuestro ser».

A. Millán-Puelles y K. Wojtyla son filósofos realistas. La conexión entre realismo y ética, presente en ambos, está expresada en el título de una de sus obras más representativas de Millán-Puelles, La libre afirmación de nuestro ser. Fundación de una ética realista (1994).

—¿Cuál es la herencia que dejan estos filósofos?

—Villagrasa: El contenido de sus obras y un ejemplar modo de hacer filosofía. Espero que los filósofos sepan apreciar, acoger, divulgar y hacer fructificar este legado.

 

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