Ante el fallecimiento de

Pablo Ricoeur

27 febrero 1913 / 20 mayo 2005

El viernes 20 de mayo de 2005 falleció en Châtenay-Malabry (París), a los 92 años de edad, el filósofo cristiano protestante –hugonote– francés Pablo Ricoeur:

  1. Muere filósofo Paul Ricoeur, terra.es / EFE
  2. Chirac rinde homenaje a Ricoeur, terra.es / EFE
  3. Murió el francés Paul Ricoeur, Univisión / AFP
  4. Falleció el filósofo francés Paul Ricoeur, El Observador / AP
  5. Fallece el filósofo Paul Ricoeur, El Universal / DPA
  6. Falleció el filósofo Paul Ricoeur, La Gaceta / AFP-NA
  7. Filósofo de la finitud, maestro de la sospecha, Patxi Lanceros
  8. Paul Ricoeur, el filósofo del perdón y la culpa, Germán Cano
  9. Muere Paul Ricoeur, figura imprescindible, ABC
  10. Paul Ricoeur, filósofo, Octavi Martí
  11. Fallece el filósofo francés Paul Ricouer, Diario de Sevilla

Muere filósofo Paul Ricoeur
marcó obra con reflexividad cristiana

terra.es, sábado 21 de mayo de 2005 (EFE)

El filósofo francés Paul Ricoeur, que marcó toda su obra próxima al existencialismo cristiano por una voluntad reflexiva, murió en la madrugada del viernes a los 92 años, anunció hoy el diario Libération.

El fallecimiento de Ricoeur, que había publicado su última obra L'Hermenéutique biblique (la hermenéutica bíblica) en 2001 estaba enfermo desde hace meses, indicaron fuentes próximas al filósofo.

Fuera de los ambientes académicos, eran conocidos sus pronunciamientos como cristiano de izquierdas contra todo tipo de totalitarismos y contra la guerra, en los que pesaron mucho su fe protestante.

También fue bastante mediatizada su implicación en el movimiento estudiantil de mayo francés del 68 como profesor de la recientemente creada universidad de Nanterre, al defender a los estudiantes que propugnaban la revuelta.

Sin embargo, después de ser elegido decano de la facultad, fue objeto de ataques de esos mismos estudiantes a comienzos de 1970, y para acabar con las revueltas recurrió a la policía que reprimió las protestas con dureza y le pusieron en una situación insostenible que condujo a su dimisión.

A partir de ese momento, Ricoeur desarrolló el grueso de su carrera y de su obra en el extranjero, en Lovaina, Ginebra, Montreal y, sobre todo, en Estados Unidos.

El filósofo había nacido en 1913 en Valence (sureste de Francia), quedó huérfano muy pequeño y se licenció en filosofía en Rennes (noroeste de Francia) en 1935, lo que marcó el inicio de su trabajo como profesor en varios liceos, hasta que fue movilizado en 1939 para la Segunda Guerra Mundial.

Ricoeur fue hecho prisionero y estuvo detenido en Polonia y en Alemania durante cuatro años.

A su vuelta a Francia, fue uno de los animadores de la revista Esprit, verdadera tribuna del existencialismo cristiano, y amigo de su responsable Emmanuel Mounier.

En 1956 consiguió la cátedra de filosofía en la Sorbona de París, pero diez años después dejó esa universidad para participar en la creación de la de Nanterre, que sería el vivero del movimiento del mayo francés del 68.

Intelectualmente, participó en los grandes debates de posguerra sobre la lingüística, el psicoanálisis, el estructuralismo y la hermenéutica, con un interés particular por los textos sagrados del cristianismo.

De hecho, en su obra Dios aparece como la voz de la Biblia, y para acercarse a él, el filósofo entendía que la mejor manera era aplicarse con el arte de interpretar los textos bíblicos.

Su trabajo hermenéutico, que partía de la consideración de Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud como los maestros de la sospecha, era un ejercicio de desmistificación de los símbolos, que a su juicio eran la muestra de la relación con lo sagrado, y tras los cuales había que buscar la verdad primera.


Chirac rinde homenaje a Ricoeur: espíritu libre y hombre de fe

terra.es, sábado 21 de mayo de 2005 (EFE)

El presidente francés, Jacques Chirac, rindió homenaje hoy al filósofo Paul Ricoeur, fallecido ayer a los 92 años, y recordó que había sido un «espíritu libre», un «hombre de fe y de convicciones».

Chirac, que lamentó su fallecimiento, dijo que Ricoeur había sido antes que nada «un espíritu libre, esa libertad que era para él la marca de la dignidad del hombre».

«Frente a los dramas de nuestra época, no cesó de afirmar con fuerza la exigencia de diálogo y de respeto del otro», y en tanto que «pensador exigente de la modernidad, no eludía ninguno de sus desafíos, de la bioética a la ecología, poniendo siempre más alta la ambición de una filosofía que, en la mejor tradición francesa, se mide con las realidades y las interrogaciones de la ciudad».

El presidente francés aseguró que la obra del filósofo, por su «amplitud y profundidad, continuará alimentando la reflexión de todos los que buscan entender mejor nuestro tiempo».

El primer ministro, Jean-Pierre Raffarin, lamentó que «con la desaparición de este gran filósofo acaba de apagarse una voz francesa y europea que buscaba en el pasado, en la memoria y en la historia las razones para avanzar gracias al perdón y a la reconciliación».

El ministro de Cultura, Renaud Donnedieu de Vabres, consideró por su parte que «con Paul Ricoeur, Francia pierde un intelectual y un filósofo pero sobre todo un hombre de una gran exigencia que permite a cada uno de los que quieran escucharlo bien pensarse a sí mismo como a otro», en alusión a una frase del mismo filósofo, que «ha sabido rehabilitar y reconciliar la ética y la política».

Ricoeur, que murió de una larga enfermedad en su casa de Chatenay-Malabry, en las afueras de París, había nacido en 1913 en Valence (sureste de Francia) en una familia protestante, quedó huérfano muy pequeño y pasó unos años en el hospicio.

Licenciado en filosofía por la universidad de Rennes (noroeste de Francia) en 1935, fue movilizado en 1939 al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, hecho prisionero al año siguiente y estuvo detenido en Polonia y en Alemania durante cuatro años.

A su vuelta a Francia, fue uno de los animadores de la revista Esprit, verdadera tribuna del existencialismo cristiano, y amigo de su responsable Emmanuel Mounier.

En 1956 consiguió la cátedra de filosofía en la Sorbona de París, pero diez años después dejó esa universidad para participar en la creación de la de Nanterre, que sería el vivero del movimiento del «mayo francés del 68».

Estuvo fuertemente implicado en el movimiento estudiantil de 1968 y defendió a los cabecillas de la revuelta, aunque después de ser elegido decano de la facultad, fue objeto de ataques de esos mismos estudiantes a comienzos de 1970 y dimitió después de haber recurrido a la policía para acabar con las revueltas.

A partir de ese momento, Ricoeur desarrolló el grueso de su carrera y de su obra en el extranjero, en Lovaina, Ginebra, Montreal y, sobre todo, en Estados Unidos.

Intelectualmente, participó en los grandes debates de posguerra sobre la lingüística, el psicoanálisis, el estructuralismo y la hermenéutica, con un interés particular por los textos sagrados del cristianismo.


Murió el francés Paul Ricoeur, filósofo de prestigio internacional

univisión.com, sábado 21 de mayo de 2005

París, Mayo 21, 01:47pm (AFP). El filósofo cristiano francés Paul Ricoeur, que murió el viernes a la edad de 92 años en su domicilio en la región parisina, era considerado uno de los más importantes pensadores de la postguerra y un hombre comprometido que militó en el socialismo desde 1933.

Filósofo «de la acción», comprometido, pero opuesto a todos los totalitarismos y profundamente cristiano, Paul Ricoeur fue un «espíritu libre» y «un pensador exigente de la modernidad», según el presidente francés Jacques Chirac.

El primer ministro francés Jean Pierre Raffarin estimó que con su desaparición «acaba de apagarse una voz francesa y europea que buscaba en el pasado, en la memoria y en la historia, las razones para avanzar hacia el perdón y la reconciliación».

Por su parte el ministro de Educación francés François Fillon rindió homenaje este sábado al pensamiento de esta figura, estimando que «siempre privilegió el principio de responsabilidad personal y de respeto humano».

«Su filosofía nos lega el modelo precioso de un pensamiento que siempre ha privilegiado el principio de responsabilidad personal y el respeto a lo humano a través de escuchar y de prestar constante atención al otro», dijo en un comunicado.

Para el ministro de Cultura francés, Renaud Donnedieu de Vabres, el filósofo supo «rehabilitar y conciliar la ética con la política, una política concebida no como lugar de enfrentamiento, sino como un 'querer vivir juntos'».

Muy apreciado también en el extranjero, sobre todo en Alemania y en Estados Unidos, este heredero espiritual del existencialismo cristiano renovó la cuestión de la interpretación dialogando con la lingüística, la teología, la literatura, la historia y el psicoanálisis.

Paul Ricoeur, enfermo del corazón desde hacía varios meses, murió mientras dormía en la noche del jueves al viernes, indicó su amigo y también filósofo Olivier Abel.

Nacido en 1913 en Valence (Francia), pronto se quedó huérfano, y fue educado por sus abuelos protestantes.

Profesor de instituto a partir de 1933, fue movilizado en 1939 y estuvo prisionero durante la Segunda Guerra mundial.

Trabajó para el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), antes de ser profesor de Historia de la filosofía en la facultad de letras de Estrasburgo (1948-1956), y enseñar posteriormente en la célebre universidad parisina de La Sorbonne.

Miembro del comité de la revista Esprit a partir de 1947, comenzó a publicar en los años cincuenta, particularmente su tesis sobre la filosofía de la voluntad, y en los años sesenta enfocó sus estudios hacia el psicoanálisis freudiano (De la interpretación. Ensayo sobre Freud, 1965).

Tras su dimisión en 1970 en la universidad parisina de Nanterre, Ricoeur enseñó en la universidad de Chicago y fue director de La revista de metafísica y moral (1974).

Entre sus principales obras, que marcaron toda una generación de filósofos franceses, se encuentran Historia y verdad (1955), Tiempo y relato (1983), Sí mismo como otro (1990) y La memoria, la historia y el olvido (2000).


Falleció el filósofo francés Paul Ricoeur

El Observador, Caracas, sábado 21 de mayo de 2005

A la edad de 92 años falleció Paul Ricoeur, un filósofo francés que escribió sobre una amplia gama de temas, analizando desde estudios sobre la percepción humana hasta textos de interpretación de la Biblia.

Su hijo, Marc, informó que el Ricoeur murió de causas «naturales» mientras dormía, entre la noche del jueves y la madrugada del viernes, en su vivienda de Chatenay-Malabry, al oeste de París.

«Hemos perdido hoy más que a un filósofo», dijo el primer ministro Jean Pierre Raffarin en una declaración. «Toda la tradición humanista europea está de duelo por uno de sus portavoces más talentosos».

Este filósofo nació en la población de Valence, al sureste de Francia. Obtuvo un doctorado en filosofía de la universidad de Rennes en el oeste de Francia. Fue profesor de un colegio secundario en el oeste de Francia cuando estalló la segunda guerra mundial. Pasó la mayor parte de la guerra en un campo de concentración alemán, debido a sus actividades en el partido Socialista.

Tras la guerra, Ricoeur fue profesor en la universidad de la Sorbona, en París, y en la universidad de Chicago.

Tal vez su labor más conocida es en el campo de la fenomenología, el estudio de cómo percepciones de eventos modelan la realidad de una persona, e intentó comprender cómo el ser humano logra superar temores y dudas a través de un análisis de su herencia espiritual, una preocupación surgida de sus años como preso en campos de concentración.

Fue autor de por lo menos 20 libros, la mayoría traducidos al castellano. En ellos Ricoeur examinó una amplia gama de temas, entre ellos la lingüística, la psicología, el marxismo, la religión, y el papel que debe desempeñar la ética en la política. Con información de AP.


Fallece el filósofo Paul Ricoeur

El Universal, México, domingo 22 de mayo de 2005

El pensador francés participó en el 'mayo del 68' y se opuso a la guerra contra Argelia

París (DPA). Uno de los filósofos franceses más importantes de la posguerra, Paul Ricoeur, murió a los 92 años, comunicó su amigo y también filósofo Olivier Abel.

Ricoeur, que padecía del corazón, falleció a primeras horas del viernes mientras dormía en su casa de Chatenay Malabry, a las afueras de París.

Nacido en la localidad francesa de Valence, Ricoeur se convirtió en uno de los más conocidos filósofos cristianos en todo el mundo, y se ganó la reputación de militante antiautoritario que se opuso tanto a la guerra francesa en Argelia como al conflicto bélico en Bosnia.

Durante su larga carrera académica, dio clases en la Universidad de Estrasburgo, en la Sorbona de París, en Yale y en la Universidad de Chicago.

«Fue un gran filósofo de acción y también un gran filósofo de la literatura, tanto bíblica como de las de Proust y Shakespeare», señaló Abel.

Entre sus obras publicadas figuran Historia y verdad, La memoria, la historia, el olvido, La semántica de la acción, El conflicto de las interpretaciones, Hermenéutica y estructuralismo y Tiempo y narrativa.

El fallecimiento de Ricoeur, que había publicado su última obra L'Hermenéutique biblique (La hermenéutica bíblica) en 2001 estaba enfermo desde hace meses, indicaron fuentes próximas al filósofo.

Fuera de los ambientes académicos, eran conocidos sus pronunciamientos como cristiano de izquierda contra todo tipo de totalitarismos y contra la guerra, en los que pesaron mucho su fe protestante.

También fue bastante mediatizada su implicación en el movimiento estudiantil del «mayo francés del 68» como profesor de la recientemente creada universidad de Nanterre, al defender a los estudiantes que propugnaban la revuelta.

Sin embargo, después de ser elegido decano de la facultad, fue objeto de ataques de esos mismos estudiantes a comienzos de 1970, y para acabar con las revueltas recurrió a la policía que reprimió las protestas y le pusieron en una situación insostenible que condujo a su dimisión.


Falleció el filósofo Paul Ricoeur

La Gaceta, Tucumán, domingo 22 de mayo de 2005

Nacido en 1913 en Valence (Francia), pronto se quedó huérfano, y fue educado por sus abuelos protestantes.

París, AFP-NA. El filósofo cristiano francés Paul Ricoeur, que murió el viernes a los 92 años en su domicilio de París, era considerado uno de los más importantes pensadores de la posguerra y un hombre comprometido que militó en el socialismo desde 1933.

Filósofo de la acción, comprometido, pero opuesto a todos los totalitarismos y profundamente cristiano, Ricoeur fue un espíritu libre y un pensador exigente de la modernidad, según aseguró el presidente francés Jacques Chirac.

El ministro de Cultura francés, Renaud Donnedieu de Vabres, dijo: «el filósofo supo rehabilitar y conciliar la ética con la política, una política concebida no como lugar de enfrentamiento, sino como un 'querer vivir juntos'». Enfermo del corazón desde hacía varios meses, Ricoeur murió mientras dormía, según informó su amigo y también filósofo Olivier Abel.

Nacido en 1913 en Valence (Francia), pronto se quedó huérfano, y fue educado por sus abuelos protestantes. Profesor a partir de 1933, fue movilizado en 1939 y estuvo prisionero durante la Segunda Guerra Mundial.


Paul Ricoeur. Filósofo de la finitud, maestro de la sospecha

El Mundo, Madrid, domingo 22 de mayo de 2005, página 6

Pablo Ricoeur Quizá sea cierto que las experiencias tempranas –incluso, o sobre todo, aquellas que se viven sin conciencia– se inscriben, indelebles, en la vida; y en la obra, en el caso de un creador, un pensador o un artista. Tal vez lo anterior valga para Paul Ricoeur, nacido en Valence (Francia) en 1913, que ya en 1915 tuvo experiencia, todavía sin conciencia, de la finitud y del abandono, de la orfandad. En ese año muere su madre, en ese año su padre cae abatido en una de las primeras sangrientas batallas de la Primera Guerra Mundial en el frente occidental, la del Marne. Recogido y educado por su familia, Ricoeur estudia filosofía y obtiene su licenciatura en 1935. Tras unos años como profesor en institutos de enseñanza media (liceos) y de una estancia de estudios en Munich es movilizado en septiembre de 1939. Se cruza en su camino, como en el de tantos europeos, otra guerra, la Segunda Guerra Mundial. En 1940 es hecho prisionero en Alemania: pasa cinco años en un campo de concentración del que es liberado en 1945, tras el fin de la contienda. Muchos años después comentaría, con tono mitad irónico mitad resignado, que el campo le habría permitido, al menos, aprender alemán. Seguramente el campo también le enseñó algo sobre la finitud, sobre el mal y la culpa, sobre las mil dimensiones del conflicto y sobre el sentido, o sobre la ausencia de sentido.

«Me encuentro siempre combatiendo en dos frentes o conciliando adversarios recalcitrantes al diálogo.» Esta frase de Ricoeur resume, de forma económica, tanto la intención como el permanente estado de su vasta obra: un estado que es un incesante proceso de búsqueda de mediaciones. A lo largo de los sesenta años en los que esa obra se vierte y se dilata han cambiado los adversarios, han cambiado los extremos entre los que el pensador francés intenta tender puentes. Y precisamente por su posición intermedia y mediadora, ha sido el texto de Ricoeur testigo implicado, observador participante, de buena parte de los debates de la historia reciente: existencialismo contra racionalismo, estructuralismo contra filosofía del sujeto, filosofía del lenguaje frente a filosofía de la acción, analítica contra hermenéutica, deconstrucción frente a teoría de la argumentación. Más de medio siglo de labor intelectual incesante, atenta a los diferentes desarrollos de la filosofía, pero también de las ciencias humanas y sociales, de la literatura o de la ciencia política. Más de medio siglo de magisterio repartido, fundamentalmente, entre dos continentes y tres países: Francia, Canadá y Estados Unidos. Efectivamente, si en su país natal enseñó en las universidades de Estrasburgo, Sorbona y París X (Nanterre) –siendo decano de la Facultad de Ciencias Humanas de esta última justo tras los levantamientos estudiantiles de 1968–, fue asimismo profesor en Toronto y Montreal (Canadá) y en Nueva York, Carolina del Norte, Yale y Chicago (Estados Unidos).

De hecho puede decirse que si su obra es ineludible en Francia y, por extensión, en Europa, Paul Ricoeur ha sido uno de los profetas de la «filosofía continental» en Norteamérica. La implantación de la Hermenéutica, de la filosofía de la interpretación, tanto en EEUU como en Canadá debe mucho a la presencia continuada de Ricoeur en ambos países.

En varias ocasiones ha atribuido Ricoeur el carácter mediador de su filosofía a la presión de su doble cultura, bíblica y griega, que le ha llevado a explorar, sin excluir, los extremos de la voluntad y de la razón, o «a incorporar a la filosofía reflexiva, surgida de Descartes y Kant la interpretación de los símbolos de la mancha, del pecado, de la culpabilidad». A explorar, en breves palabras, la simbólica del mal y a atender a los grandes mitos de la caída. Quizá esa doble influencia, bíblica y griega, haya sido más honda y conscientemente experimentada y fecundada por un hombre, Ricoeur, que es, a la vez filósofo convicto y confeso protestante, hugonote. El riesgo de una contradicción fundamental entre esas dos posiciones ha obligado al pensador a una dinámica y a un estilo propios, a los que denomina «mediación incompleta entre posiciones rivales». Y esa permanencia en la tensión es la que ha hecho que Ricoeur haya formulado alguno de los sintagmas que han hecho época, o que han dado nombre al pensamiento de la época: conflicto de interpretaciones, sistematicidad quebrada, cogito herido...

Desde sus primeras obras, La filosofía de la voluntad, por ejemplo, pasando por textos hoy canónicos como Finitud y culpabilidad (que completa el ciclo de la voluntad), Sobre la interpretación, El conflicto de las interpretaciones, Tiempo y relato, hasta los últimos libros en los que se manifiestan preocupaciones más éticas y políticas, el pensamiento y el discurso de Paul Ricoeur han reivindicado el lugar de la mediación como lugar propio en la búsqueda de sentido; o han propuesto un difícil equilibrio entre fragmento y sistema. Si el pensador francés reconoce la imposibilidad del sistema cerrado, de la reflexión totalizadora, no es para incurrir en un elogio –posmoderno– del fragmento: ya que lo fragmentario «sigue siendo el camino privilegiado de lo sistemático». Nunca se nos da el sistema total, nunca la totalidad de la experiencia o de la comprensión: esa es la primera enseñanza de la finitud, de la aceptación de la finitud, que es finitud de vida, experiencia, conciencia y comprensión. Y es la finitud radical la que nos arroja al conflicto de interpretaciones, a la imposibilidad de la mediación acabada y completa. Es la finitud la que nos entrega fragmentos de experiencia que es preciso interpretar e impulsar a nuevos, y más amplios, estadios de comprensión.

De ese pensamiento fundamental surge uno de los debates que más se recordarán de entre los muchos que ha entablado Ricoeur: el debate entre la interpretación amplificadora y la interpretación reductora. La primera, la que Ricoeur defiende, está atenta al excedente de sentido que reverbera en cada símbolo, o en cada metáfora, o en cada texto; la segunda, la interpretación reductora, es suspicaz y, a juicio del filósofo francés, anula el excedente de sentido, lo ahoga a través de una explicación que mutila sus posibilidades. El combate –combate aparentemente desigual, quijotesco– se libró inicialmente con Freud, y posteriormente con todos aquellos (Feuerbach, Marx, Nietzsche) a los que Ricoeur denomina «intérpretes de la sospecha», expresión que ya ha encontrado su lugar en los manuales de filosofía y de crítica literaria; y operación teórica que no está lejos de la que hoy mismo cimenta el enfrentamiento entre Harold Bloom y su lectura de los clásicos con lo que el crítico norteamericano llama «escuela del resentimiento».

Si la filosofía y las ciencias humanas y sociales del último cuarto del siglo XX pueden explicarse desde el giro lingüístico, la extensión de la hermenéutica y los conflictos de interpretación, Paul Ricoeur permanecerá como uno de los más avezados intérpretes de los movimientos del pensar de una época que se debate en sus crisis y debate su propio estatuto: entre tradición y crítica, entre sistema y fragmentos, o entre modernidad y posmodernidad. Más de treinta doctorados honoris causa son testimonio del universal reconocimiento.

Siempre atento a la tradición y a su legado, Paul Ricoeur no desdeñó jamás la confrontación con lo nuevo, con lo más nuevo. En una no lejana visita al museo Guggenheim de Bilbao, Ricoeur se interesaba por la obra de Rauschenberg; y contemplaba con atención, no exenta de crítica, las líneas y los perfiles del propio edificio, ejemplo de arquitectura posmoderna: «Es el triunfo del cálculo», decía, «estas líneas, estas caídas y estos ángulos son inconcebibles, humanamente inconcebibles. Es el triunfo del cálculo, el triunfo de la máquina, del ordenador». Tal vez una nostalgia humanista inspire esas palabras, sosegadas, en cualquier caso. Con toda seguridad se trata de una interpretación, de otra interpretación. De un conflicto que demanda mediación. O de otro enésimo fragmento para un imposible sistema.

Patxi Lanceros

Paul Ricoeur, filósofo francés, nació en 1913 en Valence y murió en la madrugada de ayer en Chatenay (París).


Paul Ricoeur, el filósofo del perdón y la culpa,
falleció el viernes a los 92 años

La Razón, Madrid, domingo 22 de mayo de 2005, página 32

El pensador francés, que padecía una larga enfermedad de corazón, murió en su casa de Chatenay Malabry

Pablo Ricoeur Madrid. Por su voluntad de integrar y establecer canales fructíferos de diálogo entre diversas tradiciones y escuelas a simple vista inconmensurables, la obra filosófica del francés Paul Ricoeur (Valence, 1913) ha terminado siendo sin duda una de las más interesantes de la segunda mitad del siglo XX. Y también más a contracorriente, Ricoeur fue una «rara avis» en el mundo académico que le tocó vivir: humanista entre estructuralistas, hermeneuta entre científicos sociales, filósofo de la historia «sui generis» entre historiadores profesionales, hombre de hondas preocupaciones religiosas entre escépticos o ateos recalcitrantes. Quizá por ello el reconocimiento de su valía intelectual fue, en comparación con otros colegas de generación, algo tardío –aproximadamente desde mediados de los ochenta– y, todo hay que decirlo, fruto en parte de la propia descomposición interna de la vida intelectual francesa de las décadas anteriores. Pese a ello, en los últimos años Ricoeur no sólo ha sido considerado, junto a H. G. Gadamer y G. Vattimo, uno de los máximos exponentes de la ontología hermenéutica y de la nueva orientación lingüística y dialógica de la filosofía, sino una especie de Quijote intempestivo presto siempre a defender el papel activo de la subjetividad frente a todo apresurado entierro de lo humano.

Primeros pasos. La posición filosófica de Ricoeur convivió desde sus primeros pasos existencialistas con una clara orientación por los problemas antropológicos y éticos. La originalidad de este profesor emérito en la Universidad de Chicago y ex-catedrático de la Universidad de París-X (Nanterre), fue apropiarse desde muy joven de los horizontes reflexivos allanados por Jaspers, Husserl y Heidegger para configurar una fenomenología hermenéutica de cuño muy original. Desde aquí Ricoeur desplegó un impresionante abanico de intereses. Nada escapó a su curiosidad teórica: el valor metafórico del lenguaje (merece destacarse aquí su interesante y agria polémica con Derrida en «La metáfora viva»), la función cognitiva del mito o del símbolo, el significado del concepto de «ideología» o el estatuto de la narración en la forja de la identidad personal y colectiva. Testimonio de todo ello son obras como «Ideología y utopía», «Sí mismo como otro», «Finitud y culpabilidad», «Del texto a la acción», «Tiempo y relato», o «Historia y narratividad», que ya han alcanzado, incluso para sus detractores, el rango de clásicas.

Como buen hermeneuta, Ricoeur tampoco dejó de dialogar de manera original con la mayor parte de las tendencias y corrientes de la filosofía contemporánea. De ahí su privilegiada familiaridad con el estructuralismo, el psicoanálisis, la fenomenología, la filosofía analítica anglosajona o el «magisterio de la sospecha» (Marx, Nietzsche, Freud), célebre fórmula que él mismo felizmente acuñó. Por si esto fuera poco, su reflexión además supo nutrirse con acierto de los desarrollos teóricos obtenidos en ciencias como la etnología cultural, la sociología, la pedagogía o la lingüística o en estudios como la teología.

En 1965 tuvo lugar su conocida interpretación de Freud («Freud: una interpretación de la cultura») como pensador hermenéutico «avant la lettre», donde estudiaba cómo, lejos de consideraciones cientificistas, el descubrimiento del inconsciente por parte del psicoanálisis era inseparable de una actividad de interpretación y un enfoque narrativo. Precisamente a partir de su obra «El conflicto de las interpretaciones», donde se interesará en términos críticos por el método estructuralista de Lévi-Strauss o Saussure, Ricoeur irá bosquejando poco a poco una teoría sistemática y más amplia de la interpretación, en la que se acentúa la función de «distancia» de todo texto. Aunque reconoce en la línea de otros hermeneutas que el texto es el objeto privilegiado de la interpretación, no menoscaba el posible interés de métodos explicativos de análisis. De este modo, Ricoeur también mediará en la célebre discusión en torno a la relación entre comprensión y explicación en las ciencias sociales y extrapolará sus conclusiones hermenéuticas al terreno de la filosofía de la acción.

Lenguaje y texto. Por otro lado, la ubicación especial de Ricoeur en la tradición hermenéutica se cifra además en su tentativa de encontrar un punto medio entre la objetividad del lenguaje y el texto y la función activa del sujeto hablante. Lejos de confinar su reflexión dentro de los estrechos límites del paradigma hermenéutico, uno de los méritos de su pensamiento radica en su elaborada posición integradora, conciliadora, atenta a las diversas discusiones en liza. Desde este punto de vista su actualización de la fenomenología corre parejas con su intento de reformular desde parámetros más epistemológicos la revolución radical impulsada por la concepción hermenéutica de Heidegger. De hecho, su última aportación más alabada en el debate teórico de los últimos años fue la aguda respuesta al llamado «conflicto nihilista de las interpretaciones», espinoso asunto que le llevó a mediar en la polémica suscitada entre Gadamer y Habermas en torno al posible valor de la crítica ideológica tras el derrumbe del sujeto ilustrado. Aquí Ricoeur atenuó la posible contraposición existente en la dualidad gadameriana entre verdad y método, sosteniendo que la rehabilitación de los insoslayables prejuicios no debía implicar necesariamente una aceptación pasiva de la tradición.

Germán Cano

Herencia de un humanista. El «hombre de todos los diálogos» calló para siempre. Paul Ricoeur murió el pasado viernes, a sus 92 años, mientras dormía en su casa de Chatenay Malabry. Con Ricoeur se apaga una voz con dos ecos. El primero, el del humanismo razonado, la construcción laboriosa de una utopía racional al alcance de la mano. El segundo es el de la memoria. Ricoeur argamasó su pensamiento con el cemento de miserias del nazismo. En su caso, con el lastre de haber justificado el autoritarismo de la Francia «petainista», tras haber sido prisionero en Alemania, en 1940. Culpa que influyó en sus últimas teorías, que merodean el perdón y el olvido. Una prueba de su capacidad para anudar acuerdos entre todos los horizontes ideológicos fueron los elogios que ayer se le dedicaron. El presidente francés, Jacques Chirac, resaltó que «frente a los dramas de nuestra época, no cesó de afirmar con fuerza la exigencia de diálogo», y en tanto que «pensador no eludía los desafíos de la bioética o la ecología, poniendo siempre más alta la ambición de una filosofía que se mide con las realidades de la ciudad». El ministro francés de Cultura, Renaud Donnedieu de Vabres, homenajeó a Ricoeur por haber legado la «herencia de la reconciliación entre la ética y la política». A la secretaria general del Partido Comunista Francés no le dolieron prendas por saludar la obra de «un creyente, un hombre que se consagró a razonar la emancipación y la esperanza», informa Javier Gómez.


Muere Paul Ricoeur, figura imprescindible del pensamiento contemporáneo

ABC, Madrid, domingo 22 de mayo de 2005

Fallecido a los noventa y dos años, Ricoeur fue uno de los raros profesores que tomaron partido a favor de los estudiantes durante Mayo del 68

Pablo Ricoeur Juan Pedro Quiñonero, París. Olivier Abel anunció ayer la muerte de su amigo Paul Ricoeur (92 años), uno de los grandes filósofos franceses del siglo XX, profesor, historiador, epistemólogo, traductor, exegeta de la Biblia, mucho más apreciado en Nueva York que en París durante muchos años, hasta que una gloria tardía lo consagró como una figura imprescindible del pensamiento de su tiempo. Huérfano de padre y madre muy temprano, educado en un hospicio primero antes de consagrarse a la enseñanza, Ricoeur comenzó siendo un existencialista cristiano, en la gran estela de Jaspers y Gabriel Marcel, que marcaron profundamente su primer gran libro, «Karl Jaspers y la filosofía de la existencia» (1947), un libro contemporáneo de «El Ser y la Nada» de Sartre, publicado pocos años antes, y «biblia» canónica del existencialismo agnóstico.

Con Mounier, Ricoeur fue uno de los grandes animadores de la corriente existencialista cristiana que floreció en torno a la revista Esprit. De aquella primera aventura –a la que siempre fue fiel, hasta el fin–, Ricoeur fue evolucionando hacia otros terrenos, como la fenomenología, la hermenéutica, la historia, los comentarios bíblicos, la historia y el pensamiento de la culpa, que lo emparenta, con frecuencia, con Emmanuel Levinas. Ricoeur se inició a la vida pública con las protestas europeas que siguieron a la condena y ejecución de Sacco y Vanzetti, los legendarios anarquistas norteamericanos. Desde entonces, el compromiso político no partidista estuvo íntimamente ligado a la reflexión filosófica, ética y estética. Profesor emérito, sin embargo, fue víctima de un cierto ostracismo inconfesable.

Durante los acontecimientos de Mayo del 68, él fue, con Alain Touraine, uno de los raros profesores que tomaron partido a favor de los estudiantes, que, paradójicamente, no soportaban la obra filosófica de Ricoeur, acogido con los brazos abiertos en las grandes universidades de la costa Este americana, donde consiguió pronto gran respeto, influencia y celebridad. Ricoeur sólo fue finalmente «aceptado» en los medios filosóficos franceses muy tardíamente, tras el ocaso de las escuelas y «epidemias» existencialistas y estructuralistas.


Paul Ricoeur, filósofo

El País, Madrid, domingo 22 de mayo de 2005, página 51

Pablo Ricoeur El filósofo francés Paul Ricoeur (Valence, 1913) falleció la noche del pasado viernes en su domicilio de Cháteau-Malabry, cerca de París. Se trata de una de las grandes figuras de una tradición de pensadores que tiene como abuelo a Bergson; como padres, a Gabriel Marcel y Emmanuel Mounier, y establece lazos de hermandad con Emmanuel Levinas, Jacques Derrida, Gaston Bachelard o Canguilhem, si nos circunscribimos al área francófona, pero que, en el caso de Ricoeur, se interesó mucho también por Edmund Husserl y Karl Jaspers, algo menos por Martin Heidegger y, más recientemente, por John Rawls y Hannah Arendt.

A lo largo de su obra escrita, que arranca en 1947 con Karl Jaspers et la Philosophie de l'existence y tiene sus grandes hitos en Temps et Récit (1983-85) y La mémoire, l'histoire, l'oubli (2000), Ricoeur ha reflexionado sobre el lugar de la ética en la política, se ha interrogado por el deseo del Mal y por el sentido de los actos involuntarios. Cristiano, socialista y pacifista, Ricoeur parecía destinado a adaptarse al molde del llamado «personalismo», pero el debate que mantiene en 1949 con Mounier en la revista Esprit ya prueba su capacidad para pensar al margen de capillas. Para Ricoeur, el filósofo ha de saber situarse «entre la ineficacia del yogui y la eficacia del comisario político, es decir, escapar a la beatitud de la no violencia profética y al compromiso de la violencia progresista».

A comienzos de la década de los sesenta, su debate con Claude Lévi-Strauss es básico dentro del panorama intelectual europeo y mundial. El punto de vista de Ricoeur, humanista, cuestiona la voluntaria deshumanización de Lévi-Strauss y del estructuralismo en general, admitiendo, eso sí, que su rigor científico no conlleva la incompatibilidad con el mantener criterios morales y políticos, tal y como sí sucede con Heidegger, un pensador al que ha criticado con admiración desde el momento en que Ricoeur estima inextricables los vínculos entre historia y memoria.

Los acontecimientos de mayo de 1968 tienen una dimensión de Revolución Cultural maoísta que margina a las grandes figuras francesas del momento. Si Lévi-Strauss y el estructuralismo carecen de la proyección utópica que reclama el marxismo degradado de la época, la voluntad de trascendencia de Levinas o Ricoeur es también mal vista. En 1969, siendo rector de la Universidad de Nanterre, Ricoeur es agredido por los estudiantes, a los que él defiende de la policía. La decepción es enorme y, entre 1970 y 1983, el filósofo enseña en EE UU, sobre todo en Chicago.

En sus últimos grandes libros, su curiosidad le llevó a preguntarse por la cada vez mayor pasión conmemorativa, quiso poner orden entre memoria e historia. El caso de Wilkomirski, ese personaje que se fabrica una falsa estancia en un campo de exterminio para reconciliar su realidad anodina con un destino imaginario de víctima, le lleva a confrontar dos tipos de relato, el de la ficción y el histórico, y a poner en evidencia el progreso de una suerte de enfermedad colectiva que nos ha convertido a todos en víctimas de los abusos de memoria.

Octavi Martí


Fallece el filósofo francés Paul Ricouer

Diario de Sevilla, lunes 23 de mayo de 2005

EFE, París. El filósofo francés Paul Ricoeur, que marcó toda su obra próxima al existencialismo cristiano, murió en la madrugada del viernes a los 92 años, víctima de una enfermedad cardíaca.

Fuera de los ambientes académicos eran conocidos sus pronunciamientos como cristiano de izquierdas contra todo tipo de totalitarismos y contra la guerra, en los que pesaron mucho su fe protestante.

Como profesor de la creada universidad de Nanterre, defendió a los estudiantes que propugnaban la revuelta de Mayo del 68. Sin embargo, después de ser elegido decano de la facultad, fue objeto de ataques de esos mismos estudiantes a comienzos de 1970, y para acabar con las revueltas recurrió a la Policía, que reprimió las protestas con dureza. A partir de ese momento, Ricoeur desarrolló su carrera en Suiza y EEUU.

Intelectualmente, participó en los grandes debates de posguerra sobre la lingüística, el psicoanálisis, el estructuralismo y la hermenéutica, con un interés particular por los textos del cristianismo.

 

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